domingo, 27 de septiembre de 2015

Libro "Cooperativas y Socialismo. Una mirada desde Cuba".TEMA 4 Cooperativismo socialista y emancipación humana. El legado de Lenin


Por Iñaki Gil de San Vicente 

Desde el inicio de su vida revolucionaria, Lenin optó por el cooperativismo como una de las soluciones definitivas para avanzar al socialismo. Esta convicción se fortaleció en el inicio de la revolución bolchevique. Esto se debió a dos razones estrechamente unidas: la importancia de la cooperación para la antropogenia* y la posibilidad que ofrece el cooperativismo de unir a distintos sectores sociales; razones que serán analizadas a continuación. Ambas razones se basan en, por un lado, la importancia del denominado “factor subjetivo” (la conciencia, la cultura, las utopías, etc.) como fuerza material que moviliza a los pueblos; y, por otro lado, el valor de la democracia socialista para el poder popular y la construcción del socialismo. 

La cooperación social y antropogenia 

En primer lugar, Lenin asumía la teoría marxista sobre el cooperativismo tanto en la producción como en el consumo como uno de los métodos de avance al socialismo. Contrario a la opción reformista del cooperativismo solamente de consumo, o solamente de producción,y siempre dentro de la dictadura del mercado burgués, Lenin defendía la existencia de cooperativas en uno y otro ámbito y la necesidad de que ellas formaran parte de una economía planificada.



* Por antropogenia se entiende el proceso de evolución de la especie humana a partir de la interacción entre la selección natural de las especies prehomínidas y la transformación social humana mediante el trabajo. Las primeras tesis materialistas sobre la antropogenia aparecieron en la Grecia clásica y en Roma, en contraste con las tesis idealistas sobre la creación divina. Darwin y otros científicos demostraron la razón de fondo de aquel materialismo burdo inicial, y Engels aportó la decisiva visión dialéctica del papel del trabajo en la evolución humana. Pero el idealismo se niega a aceptar estas irrefutables pruebas científicas, y recientemente organizaciones fundamentalistas cristianas de EE.UU. han recrudecido los ataques a la teoría de la evolución de las especies, a la antropogenia, con las tesis del creacionismo y del diseño inteligente. 

Para Marx y Engels, la antropogenia, o sea, que nuestra especie se crease a sí misma mediante el trabajo social, era una de las bases del materialismo histórico desde sus inicios, y todos los estudios posteriores así lo han demostrado.1* 



Ellos advirtieron también que las dinámicas positivas de esa auto-construcción se habían roto con el surgimiento de la propiedad privada sobre los medios de producción.2 Bien pronto alertaron que la separación de los hombres y mujeres en clases sociales producto de la propiedad privada abría la posibilidad de la autodestrucción de la humanidad de no triunfar la revolución de las mayorías;3 aviso que entonces produciría risa pero que ahora está al borde de ser una tragedia. 

La deriva de la antropogenia a la autodestrucción responde al irracionalismo de la propiedad privada. Ella destroza lo esencial de la especie humana: la cooperación o trabajo conjunto entre pro-ductores asociados al someterla a una disciplina militar burguesa.4 La acumulación originaria de capital esconde y se basa en el robo y saqueo violento de la propiedad comunal y colectiva.5 La represión de la resistencia llevada a cabo por los pueblos precapitalistas fue brutal porque el colonialismo tuvo que aplicar toda su fuerza asesina al comprobar la solidez defensiva de estos pueblos, la cual estaba basada en sus relaciones comunales. Marx admiraba esas luchas contra los incipientes capitalistas de los que él definió como “sistemas nacionales de producción precapitalista”.6 Asimismo, Marx aplaudía las luchas de los trabajadores occidentales. Veía a sus experiencias cooperativistas como una “primera brecha”7 en el sistema de explotación a pesar de sus limitaciones muy comprensibles. 

En la Comuna de París de 1871 Marx confirma la importancia de la síntesis dialéctica entre cooperativismo, planificación y poder comunal para el comunismo: «Los individuos de las clases dominantes que son lo bastante inteligentes para darse cuenta que la imposibilidad de que el actual sistema continúe —y no son pocos— se ha erigido en los apóstoles molestos y chillones de la producción cooperativa. Ahora bien, si la producción cooperativa ha de ser algo más que una impostura y un engaño; si ha de sustituir al sistema capitalista; si las sociedades cooperativas unidas han de regular la producción nacional con arreglo a un plan común, tomándola bajo su control y poniendo fin a la constante anarquía y a las convulsiones periódicas, consecuencias inevitables de la producción capitalista, ¿qué será eso entonces, caballeros, más que comunismo, comunismo “realizable”?»8 

1* Las notas de referencia aparecen al final del tema. 

Engels hace en esa época tres aportaciones también decisivas para el tema que tratamos. En primer lugar, él propone a Bebel utilizar las expresiones “Comunidad”, “Gemeinwesen” y “Commune” en vez de “Estado”9 porque reflejan mejor el ideal socialista de lo comunal como eje de la praxis comunista a lo largo de la historia. Engels había estudiado profundamente las luchas populares y valoraba el contenido emancipador de la consigna “Todo es común” —Omnia sunt comuna!—10 que expresaba el ideal del anabaptismo, grupo político-religioso europeo del primer tercio del siglo xvi. 

El ideal comunista, como veremos más adelante, siempre ha estado inspirado por lo “común”, lo “comunal”. De hecho, la raigambre del ideal comunista expresado de forma utópica reapareció a mitad del siglo xvii cuando los “cavadores” ingleses, siguiendo la tradición medieval, recuperaron las tierras comunales volviéndolas productivas.11 Semejante recurrencia histórica, materializada brillantemente en la Comuna de 1871, convencieron a Engels de que lo comunal pervivirá en el comunismo, mientras que el Estado desaparecerá. Desde la larga visión del materialismo histórico, el Estado es un instrumento pasajero, mientras que la propiedad comunal y la cooperación autogestionada son la base de la antropogenia. 

Segundo, Engels plantea a Lavrov que: «La lucha por la existencia —si dejamos por un momento aquí en vigor esta categoría— se con-vierte, por tanto, en lucha por los placeres, no ya solo por los medios de existencia, sino, además, por los medios de desarrollo, por los me-dios de desarrollo producidos socialmente».12 Es decir, a partir de un determinado momento, la sociedad puede dar el salto de la produc-ción para las necesidades a la producción, para los placeres, aunque sean en principio para la minoría dominante. Luego, bajo la presión de las crisis internas al sistema, la clase trabajadora debe arrebatar «la dirección de la producción y de la distribución» a la clase dominante, «y eso es precisamente la revolución socialista».13 

La importancia para la autogestión y para el cooperativismo de lo aquí visto radica en que hay que buscar que el trabajo humano sea un medio de desarrollo que promueva las potencialidades vi-tales de nuestra especie. Para ello, la organización del trabajo debe superar las formas burguesas de explotación autoritaria, suplantándolas por la práctica de un “ideal de felicidad” en el que tanto la lucha contra la opresión como la creatividad cultural sean los ejes definidores de la praxis; tal cual lo explicitó sucinta y esencialmente Marx14 una década antes de las palabras de Engels. Las cooperativas no lograrán ser fuerzas de emancipación si refuerzan la esclavización burguesa del trabajo, si no avanzan en la práctica hacia otra forma de trabajo social. Ya en 1864, en reuniones de las que saldría la I Internacional en 1866, se analizaban las razones por las que el cooperativismo desligado de la lucha por la conquista del poder político de clase solo sirve para crear «esclavos individuales asalariados»15 Como veremos más adelante, Lenin también le otorgaba una decisiva importancia a la interacción entre el cooperativismo y la revolución cultural. 

Un tercer aporte de Engels es que él describe el papel del trabajo social, en cooperación, de la “ayuda mutua”, de la “actividad conjunta” en un contexto de “transformación del mono en hombre”.16 Él indica cómo la “cooperación de la mano, de los órganos del lenguaje y del cerebro” y la “acción planificada” permiten avanzar en un primer momento. Pero también cómo el trabajo conjunto o cooperado bajo la propiedad privada generan efectos negativos, incontrolables y desastrosos. Engels demuestra cómo la búsqueda del beneficio indivi-dual burgués “al privar de toda propiedad a la inmensa mayoría”, al destruir la propiedad común, acelera la ruptura con la naturaleza y la “venganza” de esta contra la especie humana. 

La filosofía interna de estas y otras tesis marxistas impactó muy pronto a Lenin. Ya en 1899 disponía de una visión muy teorizada de la necesidad de que la clase trabajadora desplegase todo su potencial crítico y creativo dentro de la fábrica, en un proceso inserto en la tendencia ascendente de la participación al control y a la cogestión obrera, no limitándose a hacerlo únicamente fuera de la fábrica.17 

En 1904, Lenin insistía en la “autoadministración de las comunas”18 como una de las lecciones positivas de la Comuna de 1871, y en el resto de los logros y avances materiales que esta ejemplar experiencia supuso para los pueblos explotados. En 1905, Lenin asumió las ideas de Marx sobre el “reparto negro”,19 como se le conoció a la toma de tierras por los campesinos norteamericanos y puestas a trabajar por estos, en una clara autogestión revolucionaria. Y ese mismo año aplicó las tesis de Marx a la lucha campesina proponiendo los “comités campesinos revolucionarios”. Lenin propuso que esos comités dotasen de dirección política a la recuperación de tierras, creando un “derecho revolucionario”, y que actuasen como “órganos de gobierno”, legitimando la recuperación de las tierras del mismo modo que el derecho de autodeterminación legitima el derecho a la independencia.20 

El cooperativismo y la superación de las divisiones sociales, de la alienación 

La segunda razón por la que Lenin defendía la utilidad de las cooperativas para la construcción socialista es que el cooperativismo socialista debía servir de puente de unión a las diferentes fracciones de las clases trabajadoras, desde el campesinado hasta los obreros de las grandes fábricas, pasando por los trabajadores de las pequeñas empresas arruinadas. Según Lenin, todos esos actores económicos debían cooperar para racionalizar, ahorrar, evitar costos y tiempos muertos, y llevar los productos vitales directamente de la producción al mercado. 

Al inicio de la revolución, Lenin habla de las “comunas de con-sumo”21 que han de integrar a las de producción. Al final de 1918, él expresa la necesidad de recuperar la cooperación rota por la disciplina laboral burguesa y por su división del trabajo: «Todos convenimos en que las cooperativas son una conquista del so-cialismo. Por eso cuesta tanto lograr las conquistas socialistas. Por eso es tan difícil triunfar. El capitalismo dividió intencionada-mente a los sectores de la población. Esta división tiene que desaparecer definitiva e irrevocablemente, y toda la sociedad ha de convertirse en una sola cooperativa de trabajadores».22 Implícito en este lenguaje está presente la teoría marxista de la cooperación humana como bases de la autogénesis, y de la necesidad de reconstruir esa unidad entre los humanos rota por el capitalismo, retomando la esencia cooperativa del trabajo y expandiéndola a “toda la sociedad”. 

En 1919 el Partido bolchevique editó un Manual de formación de la militancia en el que se explica la importancia del cooperativismo en aquellos años cruciales. Se sostiene que antes de la revolución el cooperativismo estaba controlado por la derecha y por el reformismo, y que la mayoría de las cooperativas optaron por el zarismo.23 Pese a esto se insiste en la necesidad de fortalecer el cooperativismo obrero, de que integre a toda la clase trabajadora, que sea de producción y de consumo, que esté muy unido a los sindicatos, que los comunistas más formados teórica y políticamente sean hegemónicos en su interior «que consigan en él un papel dominan-te»,24 y que integre también a la pequeña industria urbana, la artesanía y los trabajadores a domicilio.25 El cooperativismo, y en menor medida los gremios, son imprescindibles para atraer a la revolución a estas clases y capas sociales urbanas tan propensas a la ideología pequeño-burguesa. Esto es cierto también para las poblaciones rurales, pero con diferente complejidad porque la producción agrícola es un espacio muy apto para que «el pequeño capitalismo se atrinchere contra el poder soviético y la gran explotación socialista».26 

A la vez, desde ese mismo año, 1919, Lenin insiste en fortalecer el cooperativismo aumentando la participación proletaria, semiproletaria y de comunistas en su interior,27 y en socializar el debate sobre el cooperativismo publicando en la prensa la lucha que se libraba al interior de las cooperativas contra la burguesía y su ideología.28 Lenin explica la urgencia de aumentar el con-trol de las cooperativas mediante la intervención de comisarios,29 pero respetando los niveles de conciencia: no nacionalizando por la fuerza a las cooperativas reaccionarias sino ganándolas con el ejemplo comunista y con el apoyo estatal.30 

Lenin sabe que en las cooperativas proliferan los fraudes, los abusos y las ocultaciones en su funcionamiento pero: «En ningún caso deberán poner trabas a las cooperativas, sino ayudarlas por todos los medios y colaborar con ellas».31 Según Lenin los mejores comunistas cooperativistas debían dirigir el Banco Cooperativo.32 La tolerancia hacia las cooperativas no socialistas, que como hemos visto arriba eran mayoritarias antes de la revolución y estaban dirigidas por terratenientes y burgueses, o por el reformismo, optando por el zarismo, era parte de la política de concesiones tácticas necesarias a la burguesía, y él debió explicarlo tanto en el interior del Partido33 como en la Internacional Comunista.34 A la vez, asume las tesis del marxismo expresadas en las dos primeras Internacionales y apoya abiertamente que el cooperativismo obrero se expanda por el mundo, dirigido por los comunistas.35 Está convencido de que un fuerte cooperativismo internacional dirigido por comunistas aportará una muy importante ayuda a la agotada revolución. 

Los “últimos escritos” de Lenin, del 23 de diciembre de 1922 al 2 de marzo de 1923, luchan contra cuatro crecientes peligros de la revolución: la burocratización; el ascenso del nacionalismo gran-ruso; el desprecio del cooperativismo; y los síntomas de desmoralización. Lenin era muy consciente de que los cuatro formaban una unidad y que era imposible resolverlos uno a uno, separadamente. El escrito titulado “Sobre las cooperativas”, terminado el 6 de enero de 1923, concluye así: 

"Se nos plantean dos tareas principales que hacen época. Una es la de rehacer nuestra administración pública, que ahora no sirve para nada en absoluto y que tomamos íntegramente de la época anterior; no hemos conseguido rehacerla seriamente en cinco años de lucha, y no podíamos conseguirlo. La otra estriba en nuestra labor cultural entre los campesinos. Y el objetivo económico de esta labor cultural entre los campesinos es precisamente organizarlos en cooperativas. Si pudiéramos organizar en cooperativas a toda la población, pisaríamos ya con ambos pies en terreno socialista. Pero esta condición, la de organizar a toda la población en cooperativas, implica tal grado de cultura de los campesinos (precisamente de los campesinos, pues son una masa inmensa), que es imposible sin hacer toda una revolución cultura".36 

El ideal igualitario al centro de las utopías autogestionarias

¿Qué podemos aprender de estas propuestas de Lenin en una sociedad como la rusa de 1918-1922 con una compleja interrelación de modos de producción y de formaciones sociales tan diferentes?37 ¿Y de la China de 1927 tan bien estudiada por Mao38 y de sus pro-puestas sobre las asociaciones de todo tipo, el cooperativismo, la integración social de los sectores reaccionarios y criminales, etc.? ¿Y qué decir sobre las aportaciones de Mariátegui, de Mella y de tantas otras personas revolucionarias que han estudiado minuciosamente las realidades de las Américas, o de África, y no solo sobre los “clásicos”39 marxistas europeos? Otro tanto debemos preguntar-nos sobre la extremadamente rica experiencia mundial consejista, comunalista, sovietista, asamblearia, y en general sobre todo lo que engloba la autogestión, concepto que definiremos en extenso más adelante. 

El cooperativismo es una de las expresiones particulares de lo que en marxismo se define como “el ser humano-genérico”, el que posee en abstracto las potencialidades implícitas en nuestra especie, decisivas en la antropogenia, y que I. Mészáros llama “poderes esenciales” desvirtuados por el “trabajo forzoso” y la propiedad privada.40 El ser humano genérico se materializa en los distintos modos de producción, en las diferentes formaciones económico-sociales. Pero bajo la propiedad privada los “poderes esenciales” son sumergidos en la represión y en la alienación burguesa, desapareciendo de la vida pública, refugiándose en la lucha revolucionaria, en el cooperativismo y en otras prácticas asociativas. 

Pero esas prácticas frustradas por el modo de producción capitalista siempre dejan un rastro expresado en un “ideal social”. Siempre perduran utopías igualitarias que alimentan lo que E. Bloch llama la “materia de la esperanza”, que impulsan a las gentes explotadas a levantar la bandera roja: «derrocar todas las realidades en las que el hombre es un ser humillado, esclavizado, abandonado, despreciable».41 
 
* Las utopías autogestionarias son aquellas del socialismo utópico que no pudieron responder a las presiones del capitalismo, de su división autoritaria del trabajo, de su cooperación militarizada, y que terminaron bien integrándose en el sistema, bien desapareciendo. El owenismo y el saint-simonismo, y en menos medida el fourierismo, y muchos anarquismos, terminaron de esta forma. 

Parte de la cultura europea se formó sobre el componente milenarista e igualitarista que sobrevive muy reprimido dentro de las diversas versiones de la religión cristiana “polifacética”,42 y que refleja las contradicciones clasistas en las que late el resto muy tergiversado de un ideal comunista.43 Otra parte de la cultura europea que ha sido muy bien descrita por N. Cohn, estuvo influenciada por la utopía grecorromana del “Estado natural igualitario”44 que terminaría dando cuerpo ideológico al “Milenio igualitario” después de integrar algunos componentes de la utopía comunitarista cristiana. Por un lado, actuaba el principio cristiano de “vivir así en la tierra como en el cielo” desde una visión colectivista, y por otra parte, se recuperó el mito de la “Edad de Oro”, del reino de la abundancia, etc., del que forman parte entre otros los mitos del Paraíso, del Maná, etcétera. 

Según Cohn hay que datar en 1380 el momento definitivo de irrupción del “Milenio igualitario”,45 cuando las luchas campesinas, artesanas y burguesas irrumpen definitivamente. Dentro de estas corrientes existían grupos político-religiosos, como los husitas radicales, los anabaptistas, o los cavadores ingleses que reivindicaban abiertamente la primacía de la propiedad común. A todos estos grupos les unía la definición genérica de “propiedad común”, que luego cada uno rellenaba con un contenido social propio según su historia de lucha, su cultura, su interpretación de la Biblia, etcétera. 

Entre otros muchos, M. Beer (1973) investigó este ideal de igual-dad entre los hombres en el marco europeo pero llegando solo hasta la década de 1920. Estudios más recientes han investigado esta dialéctica en Oriente,46 lo que confirma la existencia de un poso socializante de valores igualitarios en lo remoto de las tradiciones y de la cultura popular. 

Con respecto a las Américas, cuando los españoles invadieron Cuba, una de sus primeras atrocidades fue atacar y destruir la “casa grande”47 que guardaba el excedente social, matando a la mayoría de sus ocupantes. La “casa grande” era como el templo en el modo de producción asiático o tributario. Los grandes imperios maya, azteca e inca, tenían también sus respectivas “casas grandes”, templos y palacios. Estas “casas grandes” pueden asemejarse, salvando las distancias, a las salas de asamblea en las cooperativas, en donde se debaten las decisiones. Más al norte, a los pueblos de las praderas como los sioux, les resultaba incomprensible el concepto europeo de propiedad privada de la tierra,48 por lo que se resistían con todas sus fuerzas a la privatización de lo que siempre habían tenido como colectivo, en común. 

El sincretismo religioso andino y afro-indio e indio-europeo, se basó y se basa en una revalorización de lo comunal, como se aprecia en la “teología de la esclavitud”49 de la mitad del siglo xvi en adelante. La teología de la liberación solamente podía haber surgido en las Américas porque era en estos pueblos donde la realidad comunal de las sociedades precapitalistas conectaba muy fácilmente con los restos del comunismo primitivo de la religión cristiana. 

Todas estas diversas tradiciones, ideologías y prácticas tienen una conexión de fondo: lo comunal y su defensa no ha desaparecido del todo aunque esté desvirtuado. Asimismo, el dinero y el valor de cambio no dominan absolutamente sobre el trueque, la reciprocidad y el valor de uso; es decir, el fetichismo y la alienación no se han exterminado totalmente a otras formas de intercambio. 

Veamos dos casos que nos ilustran sobre la complejidad de las interacciones entre lo comunitario precapitalista y la lógica mercantil. El primero es el de las “Encomiendas de la Compañía de Jesús” como medio de “civilizar” a los irreductibles guaraníes50 y —coin-cidentemente— de explotación económica muy rentable,51 gracias a la síntesis entre el comunitarismo guaraní y la disciplina económica jesuítica. A pesar de su gran y eficaz fuerza represiva, las Encomiendas no pudieron impedir el surgimiento de resistencias que darían forma a los “comuneros”52 de Paraguay en la mitad del siglo xvii y a las rebeliones indígenas y comuneras de comienzos del siglo xviii.53 

El segundo caso, muy actual, es el debate sobre el “Buen Vivir” que entronca con las tradiciones comunitarias de las culturas andinas y que da pie a muchas versiones diferentes, desde la socialdemócrata54 hasta la que sostiene que “El marxismo tenemos que indianizarlo”,55 pasando por otras más.56 Sin embargo, las tradiciones y prácticas comunitarias están divididas socialmente en su interior, lo que permite que se impongan las versiones ideológicas creadas por las castas y/o clases dominantes en esos pueblos. Esto exige a los marxistas un esfuerzo teórico imprescindible,57 para no repetir los errores de las utopías reaccionarias del pasado que aún marcan las actuales. 

De hecho, el ideal igualitario, por cuanto utópico, no puede garantizar que el cooperativismo sea siempre un instrumento de emancipación. Como hemos visto antes, ya en 1864 el movimiento socialista europeo sabía que el cooperativismo puede ser un eficaz medio de esclavización y aburguesamiento. Una de las razones es que existen utopías reaccionarias que han alimentado ideológicamente determinados cooperativismos. Platón creó una utopía reaccionaria, que justificaba la mentira del Estado al pueblo, como un médico miente a un enfermo, que daba el poder a los filósofos “guías y reyes de la colmena”,58 protegidos por los guerreros, y que vivían gracias al trabajo de los campesinos. San Agustín ideó otra utopía autoritaria en la que “los justos” y “los señores”59 deben castigar con benignidad y justicia a los esclavos, siervos e hijos, dirigiendo la ciudad terrenal con las mismas leyes que la ciudad celestial. 

Estas y otras utopías reaccionarias han creado una corriente autoritaria y burocrática, pues ellas tienen en común el rechazo de la dirección colectiva, de la autogestión social, y defienden la supeditación de la mayoría ignorante a la minoría sabia. Pero hay utopías que admiten más participación popular en la dirección del movimiento, sobre todo en algunas de las utopías “heréticas” medievales, como la husita en su rama más revolucionaria, la de los Taboritas,60 o la del amplio y complejo movimiento de los lolardos y de los campesinos insurrectos en la Inglaterra de 1381.61 La invasión de las Américas propició el surgimiento de nuevas utopías igualitarias que, empero, tampoco resolvieron definitivamente el problema de la dirección colectiva y democrática porque ninguna de ellas podía llegar a las raíces del problema: la dialéctica entre la propiedad privada y el poder de clase. 

El cooperativismo moderno nació dividido por esta impotencia heredada, en parte, de los límites del utopismo. Dentro del movimiento cooperativo se pueden identificar dos ramas o tendencias: una neutral, interclasista, o apolítica; y otra crítica, clasista o revolucionaria. La rama neutral ante el poder y la propiedad privada, fue admitida por la clase burguesa; mientras que la rama crítica, que unía el cooperativismo autogestionado con la lucha por el poder político, fue más o menos reprimida. 

Sin embargo, puesto que las ofensivas capitalistas terminan aumentando aún más los grados de explotación y miseria humana, ellas también han provocado la consolidación del modelo cooperativo y autogestionario como alternativa. La dictadura del mercado burgués no es absoluta ni total, no puede exterminar la tendencia a la recuperación de resistencias colectivas basadas en la cooperación no mercantilizada. 

La autogestión como alternativa ante la ofensiva capitalista 

Las primeras cooperativas modernas surgieron simultáneamente a los primeros efectos terribles de la protoindustrialización en Gran Bretaña, a finales del siglo xviii. Según F. Bedarida, en 1760 surgió una cooperativa de molineros para ellos mismos realizar la molienda y vender la harina con precios más baratos, rompiendo el monopolio de la industria harinera.62 Así, al calor del aumento de la explotación, poco a poco aumenta el cooperativismo, y lo hace con ideas socialistas y hasta comunistas tal cual se pensaban en aquella época. 

A partir de 1826, surge en Europa un cooperativismo con una fuerte crítica moral al capitalismo. Este resultó un fracaso económico fundamentalmente porque la burguesía comercial presionó para limitar las cooperativas de consumo y distribución, con el fin de impedir que los precios bajasen. Además, este fue influenciado por la fuerte presencia del socialismo utópico premarxista, con una crítica moral pero apolítica y fácil de ser engañado con las promesas del poder. El movimiento obrero premarxista tendía a creerse las promesas del capital porque aún era desconocida la teoría de la explotación asalariada, de la plusvalía, descubierta por Marx años después, lo que impedía tener una praxis liberadora en todos los sentidos, y también en las cooperativas de producción. 

En 1844 se inicia una nueva fase del cooperativismo más centrada en la búsqueda de la rentabilidad que garantice una mejora de los cooperativistas aunque sea ablandando o abandonando la lucha ético-moral contra el sistema capitalista. Los Pioneros de Rochdale inician esta segunda fase que culmina en 1863 con el Congreso de las cooperativas de consumo al por mayor, y con la imagen neutral y aséptica del cooperativismo oficial. 

La experiencia más reciente en América Latina muestra las debilidades del cooperativismo interclasista sometido al ataque del capital: «Durante la implantación del modelo neoliberal, el cooperativismo fue uno de los medios sociales más afligido. Esto se debe, en primer lugar, a su debilidad doctrinaria e ideológica. En segundo lugar, a la agresiva competencia entre cooperativas por ganar clientela, y por último, a la falta de cambios estructurales para institucionalizar al cooperativismo».63 La debilidad doctrinaria solamente se supera con la formación teórica y la conciencia política que, además, sirven para luchar contra los egoísmos que están en el fondo de la competencia desmedida entre cooperativas para ganar clientela, que no es otra cosa que la competencia interburguesa disfrazada de cooperativismo. Por último, la poca institucionalización del cooperativismo nos remite a saber qué clase tiene el poder político, el que puede hacer que esa institucionalización sea más o menos positiva, o que puede aplicar toda una serie de obstáculos. En síntesis, las tres razones vistas nos llevan, como siempre, al problema del poder y de la propiedad. 

No obstante, las contradicciones irreconciliables del capitalismo reactivan la tendencia a la cooperación y a la autogestión obrera. La ocupación de fábricas, que muchas veces es el primer paso para fundar una cooperativa, es una práctica recurrente en el movimiento obrero del capitalismo más “desarrollado”, como lo demuestra I. García-Perrotes64 cuando hace un recorrido minucioso por Europa y EE.UU. hasta comienzos de la década de 1980. La experiencia latinoamericana, y en particular las fábricas recuperadas por los trabajadores en Argentina se inscriben en esta dinámica.65 

En contextos de crisis estas fuerzas emergen e impulsan el coopera-tivismo66 y la lucha por lo comunal y por la cooperación, aumentando las ocupaciones de empresas* y las transformaciones en cooperativas de muchas de ellas.67 En la situación presente, el cooperativismo no integrado puede distanciarse de las medidas que el Estado capitalista68 impone a la clase trabajadora para descargar sobre ella los enormes costos sociales, mientras que otro cooperativismo, más integrado, también puede capear la crisis con menos pérdidas, como reconoce la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2010).69 

* Moretti se centra en la Argentina, país en el que la autogestión, la recuperación de empresas, el cooperativismo obrero, etc., habían resurgido con enorme fuerza durante la crisis de 2002 (O. Moretti: “Aumentan las fábricas recuperadas por sus trabajadores”. www. rebelion.org, 23-07-2009). 

Las utopías autogestionarias bullen en las contradicciones irreconciliables surgidas cuando la cooperación y la propiedad común fueron rotas por la disciplina explotadora y por la propiedad privada. La recurrencia histórica del cooperativismo y del resto de expresiones de la cooperación humana asentada en los “poderes esenciales” de nuestra especie nace del potencial creativo de la fuerza de trabajo,70 del trabajo vivo y del valor de uso, que tarde o temprano choca de nuevo con el capital, con el trabajo muerto y con el valor de cambio. Por otro lado, la experiencia de los trabajadores asalaria-dos replantea el valor de los métodos organizacionales “desde una perspectiva autogestionaria”71 para, entre otros logros, superar las formas dirigistas con altos contenidos de “obediencia y sumisión” inherentes a la disciplina burguesa. 

Las utopías autogestionarias y el poder político 

Atilio Boron reprocha a quienes no ven o rechazan la importancia del poder revolucionario para acelerar la autogestión, que olvidan la historia real de las luchas y de las formas políticas de autoorganización como partidos, soviets, consejos obreros, etc., y los programas de reforma agraria, nacionalizaciones, expropiaciones de los capitalistas, etc.72 El poder estatal es decisivo para todo, y en especial para la lucha de clases y para el cooperativismo en cualesquiera de sus formas. 

La importancia para una utopía autogestionaria de conquistar el poder del Estado depende de la visión de autogestión que ella proclame. Por ejemplo, Robert Owen, considerado por R. Massari como uno de los primeros defensores de la autogestión73 y por F. Badari-da como el pensador del “comunismo cooperativo”,74 defiende la idea utópica de organizar la sociedad desde arriba aunque se hable en nombre de un pueblo al que se invita a autogestionarse o al “comunismo cooperativo” pero dentro de los límites marcados por R. Owen, entre los que destacan el interclasismo, el pacifismo y el intervencionismo estatal. 

Por su parte, I. Bourdet muestra que aunque el concepto de “autogestión” no aparece escrito en Marx y Engels,75 es sin embargo imposible entender su teoría si no se tiene en cuenta la realidad práctica de la lucha autogestionada de la clase trabajadora. Si la autogestión o el “comunismo cooperativo” de Owen era pacifista y pedía subvenciones a un Estado definido de forma interclasista, y a la banca filantrópica, no sucedía lo mismo con lo propugnado por Marx y Engels y con la experiencia de las posteriores comunidades o colectivizaciones autogestionadas de los trabajadores.76 

El comportamiento esperado del Estado era, por tanto, muy diferente, opuesto en todo, en el primer caso que en el segundo. Otro ejemplo de la primera posición, la “neutral”, es la autogestión reformista del socialismo francés de la década de 1970, que se limitaba a compaginar la lucha de masas, la autogestión en todas sus modalidades no radicalizadas en exceso y la acción gubernativa socialista;77 pero en ningún momento plantea cruda y esencialmente el problema del Estado de clase, sino que lo silencia, lo esquiva. 

En la sociedad capitalista, los poderes burgueses en su totalidad intervienen en contra de las luchas autogestionadas que, de algún modo u otro, amenazan con superar el sistema dominante. Volviendo al planteamiento de V. Alba de identificar autogestión con colectivización, la experiencia de los Consejos Obreros en la Alemania de 1918 es demoledora: la socialdemocracia, la burocracia del Estado, la extrema derecha burguesa y los sectores militares reaccionarios se unieron para, aprovechando la debilidad teórica de los consejistas, vencerlos políticamente primero para luego masacrar en sangre al amplio sector revolucionario.78 

Esta misma estrategia de liquidación fue aplicada en 1970 en Italia, cuando la autogestión fue liquidada soterradamente en la mayoría de los casos por las fuerzas reformistas interesadas en pactar con la burguesía. Se castró la autoorganización cooperativa que franjas obreras y populares expandían en el transporte, la vivienda, la sanidad, la educación, etc. Consciente de la amenaza de este movimiento, la burguesía legalizó los consejos de zona y otras formas de autogestión para facilitar el poder manipulador del reformismo en ellos.79 Al pudrimiento interno se unía a la feroz represión policiaco-militar y judicial contra los sectores más combativos mientras que, a la vez, se reestructuran fábricas y poblaciones industriales80 para destruir las bases de las organizaciones armadas. 

Pues bien, a las fuerzas revolucionarias se les presentan cuatro retos decisivos en los países capitalistas si quieren derrotar los ataques a la autogestión: uno, luchar por la democracia y sus valores como una necesidad diaria en todos los aspectos de la vida; dos, luchar por una forma de vida cualitativamente superior a la burguesa y que tenga en la cooperación su medio autoorganizativo de modo que busque siempre ir “más allá del capital”;* tres, luchar por la auto-confianza del pueblo en sí mismo; y cuatro, la lucha por los placeres emancipadores y contra el consumismo capitalista. 

De la autogestión restringida a la generalizada 

Markovick ha definido la autogestión mediante dos sentidos interrelacionados. Un sentido es el restringido: «la autogestión es la incorporación directa de los obreros a los órganos básicos que adoptan decisiones en las empresas individuales». El otro, el sentido general: «autogestión es la estructura básica de la sociedad socialista en el campo de la economía, de la política y de la cultura».81 Teniendo esto en cuenta, la autogestión “restringida” se produce en toda la sociedad capitalista de múltiples formas e intensidades, en muchas circunstancias y problemas de la vida, incluido el cooperativismo. Estas formas también se expresan en los niveles aparentemente privados y reducidos de la vida cotidiana, siempre que busquen acelerar y expandir la liberación colectiva e individual de las personas que se autogestionan. 

En síntesis, bajo el capitalismo, es “autogestión” —aunque restringida— toda práctica conscientemente orientada a la emancipación e independización de todas aquellas estructuras opresoras que en-cadenan a las personas. De hecho, Kosik sugiere que la autogestión y la independencia forman instantes interactivos del proceso liberador.82 Pero bajo el capitalismo, las conquistas sociales siempre son inciertas e inseguras y, en la medida que avanzan, chocan con el poder estatal. Por esto es fundamental rechazar la ficción burguesa, no arrodillarse y no acobardarse. 

* Mészáros ha planteado reflexiones muy enriquecedoras sobre avanzar más allá de la lógica del capital para empezar a construir otra realidad en la medida de lo posible. Ver: El desafío y la carga del tiempo histórico. Ed. Vadell Hermanos, Caracas, 2008, pp. 108-206; La educación más allá del capital. Ed. Siglo XXI, Argentina, 2008 y Más allá del capital. Ed. Vadell Hermanos, Caracas, 2001. 

La autogestión “general”, o “generalizada”, existe en un país que avanza al socialismo, que ha superado barreras estructurales fortísimas que el capitalismo opone a la emancipación humana. Pero la autogestión generalizada ha requerido de las experiencias de las prácticas y luchas autogestionarias “restringidas” que son sostenidas en la fase previa a la toma del poder. Sin esta acumulación es imposible dar el salto a una nueva fase histórica. 

Ahora bien, ¿cuáles son las mediaciones prácticas y teóricas diarias que posibilitan el salto de la autogestión restringida a la generalizada, al socialismo?* Sin estas y otras preguntas sobre prácticas reales no podremos responder a la cuestión decisiva de por qué y cómo tenemos que construir el futuro desde el presente aprendiendo del pasado. 

Mendizabal y Errasti han demostrado de forma general las conexiones irrompibles que tiene la autogestión con la “democracia social participativa”, con la lucha contra la alienación burguesa, con la planificación realizada por un poder transparente. Para ellos, «la autogestión articula la sociedad global con el modelo de desarrollo, la gestión participativa y la cooperación, en una realidad dialéctica y multidimensional en que los trabajadores – ciudadanos maduran con sus decisiones; tanto con sus aciertos como con sus errores y equivocaciones. Este proceso vital que exige sociedades vivas, activas, conscientes, con pensamiento propio, protagonistas de su destino y profundamente democráticas, es el gran proyecto de la autogestión»83 

El futuro comunista se va acercando al interactuar estas dinámicas y al debatirse mediante la democracia socialista y el control obrero84 las dificultades y problemas que siempre surgirán, sobre todo en los períodos de crisis mundial.85 Se trata de una tarea a la vez personal y colectiva, nacional e internacional: por esto, el internacionalismo proletario luchó y lucha para que el cooperativismo y la autogestión sean mundiales. 

* Utilizamos tres niveles de definición del socialismo: 1. la transición postcapitalista y protosocialista, en el que luchan lo que aún no ha muerto del capitalismo con lo que aún está naciendo del socialismo; 2. el socialismo como fase previa o inferior del comunismo, durante la que terminan de desaparecer las clases sociales y con ellas el Estado, se extingue la ley del valor y sus secuelas morales y psicológicas, y desaparecen el patriarcado y la opresión nacional y 3. el socialismo como el comunismo realizado. 

La autogestión como prefiguración comunista 

La teoría ha de poder anticipar el futuro; la práctica debe “prefigurar” el futuro de forma concreta. Esto exige pensar siempre en el presente el futuro como algo que late en nuestra esperanza y que germina en lo concreto como tendencia inacabada que necesita de nuestra praxis para materializarse. Para que lo que “todavía-no-llegado-a-ser” sea, la “decisión se halla en manos del hombre”.86 Es decir, lo “todavía-no-llegado-a-ser” está como posibilidad estructural en el presente y puede “llegar-a-ser” dependiendo de nuestra acción. 

La dialéctica entre la necesidad y la libertad adquiere su pleno sentido al intentar anticipar o prefigurar el futuro mediante la práctica en el ahora mismo. Las utopías buscaban realizar en la tierra un ideal sin base histórica. Por el contrario, Marx demostró que el futuro ya palpita en las contradicciones presentes, y ponía al coope-rativismo como ejemplo de la posibilidad de prefigurar en el presen-te parte del futuro. Mediante la cooperación no burguesa, el pueblo va vislumbrando y realizando esbozos del futuro. Por ejemplo, las cooperativas, la ayuda mutua, los bancos de tiempo, el trueque,87 etc., son “islas socializadas en un mar capitalista”.88 Con todas sus dificultades, estas islas deben convertirse en archipiélagos, pero su salto cualitativo para ser la Tierra entera solo puede lograrse mediante la revolución socialista. 

Por tanto, a la pregunta de ¿estamos condenados a esperar pasivamente a que existan las suficientes “condiciones objetivas” o podemos y debemos impulsar desde ahora mismo las tendencias positivas ya existentes?, se le debe responder que sí debemos y podemos impulsar ahora el futuro. La socialdemocracia respondió que no, que se debía esperar, y criticó a los bolcheviques por haberse “adelantado” a las “condiciones objetivas”. Uno de los últimos textos de Lenin está destinado a responder a un determinista, explicándole que no había comprendido nada de la dialéctica marxista y de la existencia de variables nuevas que permiten acumular fuerzas.89 

La autogestión es el proceso por el que construimos nuestro futuro desde nuestro presente. No debemos esperar a que las fuerzas productivas crezcan por sí mismas sino que, mediante la planificación, debemos impulsarlas. A la vez, debemos ampliar la autogestión colectiva (cooperativas aisladas, e incluso clubes deportivos, asociaciones vecinales, etc.), hasta las redes de coordinación de las empresas autogestionadas y de las múltiples formas de cooperación entre ellas, pero siempre dentro de una planificación estatal. 

“La anticipación concreta” del comunismo puede realizarse de múltiples formas en la autogestión restringida, la que tiene lugar bajo la explotación capitalista. Pero esto siempre que se mantengan cuatro principios: el poder radica en el colectivo que se autoorganiza; las decisiones administrativas se realizan en el colectivo que se autogestiona; las decisiones estratégicas son tomadas por el grupo autoorganizado y autogestionado que se autodetermina; y la continuidad del grupo frente a las presiones burguesas de todo tipo se realiza mediante la autodefensa de la autogestión. Estas cuatro condiciones exigen de ágiles y crecientes interacciones entre estas luchas autogestionarias y las organizaciones sociales, culturales, sindicales y políticas que va creando el pueblo trabajador en su lucha.* 

Obviamente, estas condiciones o principios cambian en el caso de la autogestión generalizada o socialista, en donde el poder popular y el Estado obrero dominan sobre la burguesía y abren expectativas de desarrollo socialista imposibles de materializar bajo la explotación capitalista. 

En procesos revolucionarios en los que el pueblo tiene el gobierno y partes considerables y decisivas del Estado, pero en los que aún no ha sido expropiada y colectivizada la propiedad privada, y en los que la burguesía controla todavía grandes resortes socioeconómicos y alienadores, como es el caso de Venezuela, estos cuatro principios se adaptan al proceso de transición revolucionaria desde una estrategia de “poder comunal”, es decir, de crear espacios locales de poder. 

Hemos insistido en la ligazón entre la esperanza y la emancipación autogestionada porque uno de los instrumentos más destructores de la cooperación humana es el individualismo desesperado que surge de la política del miedo, de la incertidumbre y de la inseguridad por el futuro. Pero es toda la sociedad burguesa la sometida a un sistema global destinado a imponer el miedo a la libertad. Fromm demuestra que apreciamos los logros conquistados en el pasado, pero que tenemos miedo a conquistar más libertad en el futuro debido, fundamentalmente, a la alienación, al extrañamiento.90 

* Aquí vuelve a aparecer el “eterno debate” entre espontaneísmo y organización, entre masas y partido de vanguardia, entre grupos revolucionarios y partido de vanguardia que va integrándolos en la lucha; el cual es imposible tratar aquí.

La revolución cultural y las utopías autogestionarias 

Para el éxito de la expansión y consolidación del cooperativismo en la URSS, Lenin vio la necesidad de la revolución cultural orientada sobre todo al campesinado. Pero una lectura detenida de sus últimos textos indica que su inquietud era más extendida, realista y crítica. Él estaba consciente de que se necesitaba mucho tiempo y esfuerzo para superar la cultura reaccionaria, como insistió precisamente en el último escrito de su vida.91 La revolución cultural era necesaria no solo para el éxito del cooperativismo campesino sino de la revolución misma. 

Por su naturaleza, la revolución cultural no puede darse dentro del sistema capitalista sino solo cuando el poder del Estado pertenece al pueblo trabajador. Antes, bajo el capitalismo, puede avanzarse en la conquista de parcelas liberadas y en un fortalecimiento de hegemonía social, pero la revolución cultural puede desplegar todo su potencial liberador solo si existe un Estado obrero. Esto se debe a que la revolución cultural es imposible de materializarse si el valor de cambio, si el dinero y la mercancía, no van retrocediendo frente al ascenso del valor de uso. Dado que «la cultura es el modo como se organiza la utilización de los valores de uso»,92 la (re)construcción de una cultura socialista exige que el valor de uso vaya desplazando al valor de cambio. 

La revolución cultural, en este sentido clave, es una parte de la totalidad de la revolución socialista, de la autogestión social generalizada. Ella tiene un lugar privilegiado en los espacios donde se ejercite la autogestión, sobre todo si ella es de vocación “generalizada”. La revolución cultural está relacionada no solo con la suplantación de la lógica del valor de cambio sobre el valor de uso, sino también con la batalla contra la burocracia mediante la expansión de la par-ticipación popular en gestión de sus vidas. Ella debe poner especial atención en las relaciones entre autogestión, revolución cultural y educación como “desarrollo continuo de la conciencia socialista”.93 

El cooperativismo y la autogestión, los consejos o comités de pueblo y de zona, etc., han de decir quiénes asumirán tareas de direc-ción, por qué y cómo, hacia dónde orientan el producto de su trabajo colectivo no alienado, siempre dentro de los planes nacionalmente definidos. En esta dinámica el individualismo es sometido a una crítica práctica radical dentro de la cooperativa y, destacadamente, en la vida “exterior”, en su inserción en la economía nacional. La ideología individualista aparece a diario como un freno para el libre desarrollo colectivo e individual —no individualista en el sentido burgués, sino individual – colectivo en el sentido socialista—, y como el enemigo interno a batir dos niveles dialécticamente unidos: la personalidad del/de la cooperativista y la personalidad colectiva de la nación. 

El cooperativismo socialista no busca la ganancia burguesa sino la reinversión de lo obtenido en la emancipación humana. Debido a esto, la dirección común de la cooperativa exige a sus miembros una permanente toma de decisiones democrática que no se limita solo a las horas de trabajo colectivo, sino a toda la vida. Por esto, individualismo y cooperativismo socialista son antagónicos. 

Reaparece aquí un problema clásico en la transición postcapitalista y protosocialista, el de las tendencias a la recuperación de las relaciones burguesas al calor de las concesiones que se han tenido que hacer al capitalismo. Piñeiro (2010) expone los verdaderos riesgos de recuperación de las relaciones burguesas si estas concesiones no son controladas por la democracia socialista: “orientación de la actividad económica hacia la ganancia en lugar de hacia la satisfacción de intereses sociales”.94 No podemos reseñar siquiera los debates sobre problemas idénticos habidos en el socialismo, reactivados en los últimos años, pero sí conviene referirnos al “eterno” problema de las relaciones entre autoadministración, egoísmo y burocracia.95 

Uno de esos peligros está relacionado con las ansias de más riqueza, más dinero y más consumo. Esto lleva a una competencia mercantil más intensa, más despilfarro energético y más contaminación ambiental, etc. Algunas cooperativas burguesas recurren a la explotación de trabajadores en otras naciones sin apenas controles sanitarios, ecológicos y de recursos. Estas cooperativas, como el resto de las transnacionales, descargan sobre estos pueblos indefensos sus porquerías, suciedades y venenos, destruyendo su naturaleza y robando sus recursos, sobre todo el recurso supremo que es la vida sana y plena. Ello un expolio capitalista como otro cualquiera. Las cooperativas burguesas más pequeñas, las que producen para el mercado interno porque no tienen competitividad internacional, también incumplen las leyes proteccionistas porque asumen la dictadura del mercado, que es implacable contra la naturaleza. 



Por esto, la recuperación del medioambiente —del ambiente ente-ro, en realidad—, es imposible con un cooperativismo integrado al sistema capitalista. Solo las cooperativas socialistas pueden avanzar en esa decisiva tarea porque, al rechazar la dictadura del beneficio, puede reinvertir grandes partes de las ganancias en una tecnología limpia y blanca. Ellas pueden formar a los cooperativistas en esa tecnología, buscar “mercados verdes” en donde únicamente se admiten productos no contaminantes, y relacionarse internacionalmente con otras cooperativas ecológicas, etc. J. Bellamy (2010) propone una “revolución ecológica” dentro del socialismo, con tres ejes: uso social de la tierra, metabolismo humano con la tierra y satisfacción de las “necesidades comunales” actuales y futuras.96 

Pero lo fundamental es que el cooperativismo socialista debe contribuir a la revolución cultural, debe educar a sus miembros en otra manera de vivir. Debe promover una cultura que potencie la calidad antes que la cantidad, la satisfacción de las necesidades humanas básicas antes que el dinero. De esta manera se estará cuidando de la naturaleza. 

Consideraciones finales 

El cooperativismo es una parte de lo que definimos como autogestión, en la que se incluyen también aquellas formas de lucha con las que el pueblo se defiende de los explotadores y avanza en conquistas orientadas hacia un mundo mejor. Con otros nombres, estas prácticas buscan la recuperación parcial o total de la propiedad comunal, utilizando métodos de control, cogestión y autogestión que se caracterizan por su horizontalidad y democracia en los procesos de toma de decisiones por los colectivos. 

En las sociedades precapitalistas han existido utopías e ideales que, aunque borrosamente, han sostenido la necesidad de estas prácticas en sus respectivas épocas y contextos. Los explotadores han intenta-do aniquilar, tergiversar y manipular los sueños y anhelos idealiza-dos de las masas explotadas, para impedir así los estallidos sociales destinados a realizar en la Tierra lo que esas masas creen que es la vida en el Cielo. 

El socialismo utópico es la última fase de esta historia político-intelectual en la que el idealismo dominaba sobre el materialismo. La industrialización del capitalismo supuso la muerte de la utopía como método y el surgimiento del socialismo materialista marxista. 

La autogestión y el cooperativismo, tuvieron que adaptarse a los cambios globales. Marx y Engels defendieron la necesidad del cooperativismo desde la superioridad teórica de su método, asumiendo los innegables contenidos positivos heredados del pasado. Pero ellos también demostraron que, bajo el capitalismo a partir de la segunda mitad del siglo xix, las cooperativas, si quieren ser fieles a sus idea-les, deben introducir un decisivo contenido político-crítico anticapialista en su praxis, o de lo contrario serán destruidas o engullidas por el mercado burgués. 

La II Internacional mantuvo oficialmente las tesis marxistas sobre el cooperativismo pero escorándose hacia su integración en el sistema. Los bolcheviques y Lenin, como hemos visto, reinstauraron el valor emancipador del cooperativismo, aunque la degeneración burocrática posterior arrinconó esta recuperación teórica. Las luchas de liberación nacional antiimperialista volvieron a poner en primer lugar a la autogestión social y las cooperativas como medios de lu-cha. Desde finales de los años 60, en el capitalismo imperialista se reactivó la reflexión autocrítica sobre por qué se había abandonado la praxis autogestionaria, consejista y sovietista, y se había caído en el reformismo parlamentario. La nueva oleada de luchas iniciada a finales del siglo xx es incomprensible al margen de las prácticas de autogestión revolucionaria, entre las que destacan los esfuerzos por avanzar en el cooperativismo obrero. 

La historia de la lucha de clases ha producido experiencias en las que el cooperativismo socialista aparece como una fuerza emancipadora pero muy perseguida. Tras la toma del poder y la creación de un Estado obrero, el cooperativismo socialista ha surgido como una fuerza vital para acelerar el tránsito al socialismo. Según sean las condiciones estructurales del tránsito, el nuevo poder obrero se organizará de un modo u otro en relación con el espacio que se le dé a las cooperativas. Pero es recomendable que siempre se tengan en cuenta las siguientes cinco señas esenciales: 

Primero, las cooperativas socialistas no deben ser “empresas independientes”, es decir, no deben reproducir el error garrafal de la ex-Yugoslavia cuando cayeron en el “patriotismo de empresa”, cuanto las ganancias eran transformadas en beneficios empresariales absolutamente libres del mínimo control estatal, popular y vecinal. De hecho, ellas podían hacer y deshacer a su antojo, incluso pedir préstamos a la banca imperialista sin tener que responder ante el Estado obrero, y un largo etcétera. 

Segundo, por tanto, deben estar conscientemente sujetas a la planificación social y estatal de la economía en su conjunto, participando en los debates en los que se deciden las distintas ayudas que se reciben y las aportaciones que se deben hacer al país, evitando que el cooperativismo sea uno de los focos de formación de la “burguesía roja”. 

Tercero, solo en situaciones imprevistas o de aumento súbito de la demanda pueden contratar trabajadores a tiempo parcial con todos los derechos laborales y, sobre todo, con el derecho a integrarse en la cooperativa si se prolonga su contrato. Las cooperativas tampoco deben invertir en el mercado mundial con el criterio burgués, sino que han de crear redes internacionales de cooperación. 

Cuarto, deben estar abiertas en todo momento a las investigaciones y chequeos de los poderes populares y de la transparencia que debe caracterizar a la dialéctica entre empresas autogestionadas y planificación estatal. Ello será necesario para el seguimiento de las tareas encomendadas. Asimismo, la dirección elegida mediante la democracia socialista interna a la cooperativa debería ser comunicada a la vida pública exterior y a instancias del Estado que, por los canales adecuados, tiene el derecho y deber de saber quiénes dirigen y por qué, durante cuánto tiempo, etc., las empresas del país. 

Y quinto, deben ser las instancias sectoriales de administración estatal responsables de las áreas económicas de esas cooperativas las que, en última y decisiva palabra, decidan sobre las cuestiones de mayor trascendencia para la nación en su conjunto. Ellas no deben diluir ni ceder su poder planificador y estratégico a niveles territoriales menores (regional, local), que tienen solo una perspectiva limitada de las necesidades nacionales. 

Referencias bibliográficas

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2 Carlos Marx: Manuscritos: economía y filosofía. Alianza Editorial, Madrid, 1969, pp. 147 y ss.

3 Carlos Marx y F. Engels: “Manifiesto del Partido Comunista”. En Obras Escogidas, t. I, Ed. Progreso, Moscú, 1976, p. 111.

4 Carlos Marx: El capital. vol. I, FCE, México, 1973, pp. 259-271.

5 Ibídem, pp. 607-649.

6 Ibídem, vol. III, p. 322.

7 Ibídem, vol. III, p. 418.

8 Carlos Marx: “La guerra civil en Francia”. En Obras Escogidas, vol. II, Ed. Progreso, Moscú, 1976, p. 237.

9 Federico Engels: “Carta a Bebel”. En Obras Escogidas, vol. III, 1976, p. 32.

10 Espai en Blanc (coord.): Luchas autónomas en los años setenta. Ed. Traficantes de sueños, Barcelona, 2008, p. 8.

11 A. I. Volodin y E. G. Plimak: Las ideas revolucionarias de los siglos xviii y xix. Ed. Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 35.

12 Federico Engels: “Carta a P. L. Lavrov”. En Obras Escogidas, vol. III, Ed. Progreso, Moscú, 1976, p. 505.

13 Ibídem, p. 506.

14 J. Elleinstein: Marx, su vida, su obra. Argos Vergara, Barcelona, 1981, p. 285.

15 J. Freymond: La Primera Internacional. t. I, Ed. Zero, Madrid, 1973, p. 83.

16 Federico Engels: “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. En Obras Escogidas, vol. III, Ed. Progreso, Moscú, 1976, pp. 66-79.

17 Vladímir I. Lenin: “Acerca de las cámaras de trabajo”. En Obras Completas, t. 4, Ed. Progreso, Moscú, 1981, pp. 291-305.

18 _________: “Tres guiones para el informe sobre la comuna de París”. En Obras Completas, t. 8, Ed. Progreso , Moscú, 1981, pp. 511-519.

19 __________: “Marx y el “reparto negro” norteamericano”. En Obras Completas, t. 10, Ed. Progreso, Moscú, 1982, pp. 57-64.

20 ________: “Informe sobre la resolución de apoyo al movimiento campesino”. En Obras Completas, Ed. Progreso, Moscú, 1982, pp. 158-163.

21 _________: “Proyecto de decreto sobre las comunas de consumo”. En Obras Completas, t. 35, Ed. Progreso, Moscú, 1986, pp. 217-221.

22 __________: “Discurso en el III Congreso de las cooperativas obreras”. En Obras Completas, t. 37, Ed. Progreso, Moscú, 1986, p. 358.

23 N. Bujarin y E. Preobrazhenski: “ABC del Comunismo”. Fontamara. Barcelona, 1977, pp. 312-314.

24 Ibídem, pp. 314-316.

25 Ibídem, pp. 267-268.

26 Ibídem, pp. 293-297.

27 Vladímir I. Lenin: “Proyecto de disposición del CCP sobre el cooperativismo”. En Obras Completas, t. 37, Ed. Progreso, Moscú, 1986, pp. 486-487.

28 ________: “Medidas para la transición del sistema cooperativo bur-gués de abastecimiento y distribución al sistema comunista proletario”. En Obras Completas, t. 37, Ed. Progreso, Moscú, 1986, pp. 486-487.

29 _________: “Notas sobre el cooperativismo”. En Obras Completas, t. 38, Ed. Progreso, Moscú, 1986, p. 437.

30 ________: “Discurso acerca de las cooperativas”. En Obras Comple-tas, t. 40, Ed. Progreso, Moscú, 1986, pp. 289-293.

31 ________: “Sobre las cooperativas de consumo y de producción”. En Obras Completas, t. 43, Ed. Progreso, Moscú, 1987, pp. 253-254.

32 ________: 1987: “Tesis sobre el Banco Cooperativo”. En Obras Completas, t. 45, Ed. Progreso, Moscú, 1987, p. 272.

33 _________: “Sobre las concesiones y el desarrollo del capitalismo”. En Obras Completas, t. 43, Ed. Progreso, Moscú, 1987, pp. 251-252.

34 _________: “Tesis del informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia”. En Obras Completas, t. 44, Ed. Progreso, Moscú, 1987, p. 8.

35 _________: “A la primera conferencia internacional de comunistas cooperativistas”. En Obras Completas, t. 45, Ed. Progreso, Moscú, 1987, p. 271.

36 __________: “Sobre las cooperativas de consumo y de producción”…, t. 45, pp. 385-393.

37 _________:“Acerca del infantilismo “izquierdista” y del espíritu pequeño burgués”. En Obras Completas, t. 36, Ed. Progreso, Moscú, 1986, pp. 291-324.

38 Mao: “Informe sobre la investigación del movimiento campesino en Junan”. En Obras Escogidas, t. I., Ed. Fundamentos, Madrid, 1974, pp. 19-59.


39 C. Toledo: “Cooperativismo y control obrero de la producción. Lo que dicen los clásicos”. En Marxismo Vivo, No. 7, 2003.

40 István Mészáros: “La teoría de la enajenación en Marx”. Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 2005, p. 174.

41 E. Bloch: El principio esperanza. vol. III, Ed. Aguilar, Madrid, 1977, p. 479.

42 I. Kriveliov: Cristo: ¿Mito o realidad? AC de la URSS, Moscú, 1986, pp. 6-70.

43 K. Kautsky: Orígenes y fundamentos del cristianismo. Ed. Latina, 1908, pp. 293 y ss.

44 N. Conhn: En pos del milenio. Alianza Universal, Madrid, 1981, p. 186.

45 Ibídem, p. 198 y ss.

46 J. Chesneaux: “Las tradiciones igualitarias y utópicas en Oriente”. En Historia general del socialismo, vol. I, Ed. Destino, Barcelona, 1976, pp. 27-53. 


47 R. Guerra y R. Sánchez: Manual de historia de Cuba, Ed. Pueblo y Educación, La Habana, 1985, p. 7.

48 R. Osborbe: Civilización. Crítica, Barcelona, 2006, p. 432.

49 J. M. Herrera Salas: El negro Miguel y la primera revolución venezolana. Vadell Hermanos, Venezuela, 2003, pp. 71-93.

50 L. Cabrero Fernández: “Las culturas de la América austral”. En Historia de la humanidad, t. 21, Arlanza Ediciones, Madrid, 2000, p. 49.

51 P. O’Donnell: El rey blanco. La historia argentina que no nos contaron. Debolsillo, Buenos Aires, 2004, pp. 125-127.

52 S. Guerra Vilaboy: Breve historia de América Latina. Ed. de Ciencias Sociales, La Habana, 2006, p. 77.

53 P. O’Donnell: ob. cit., p. 205.

54 A. Acosta: El Buen Vivir en el camino del postdesarrollo. Una lectura desde la Constitución de Montecristi. Fundación Friedrich Ebert Ecua-dor, 2010.

55 F. Quispe: “El Mallku”. (Entrevista), www.kaosenlared.net, 05/09/2009.

56 K. Arkonada: “Debate del Buen Vivir, una solución a la crisis de la civiliza-ción moderna”. www.rebelion.org. 07-04-2010 y E. Gudynas: “Buen Vivir, un necesario relanzamiento”. www.rebelion.org, 16-12-2010.

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66 J. C. Gambina: “Crisis capitalista y desafíos para el cooperativismo”. www.cubasigloxxi.org No. XCVII diciembre 2009.

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69 OIT: “Cooperativas: más resistentes a la crisis”. www.kaosenlared.nert. 01-09-2010.

70 G. Rikovski: “Combustible para el fuego vivo: ¡la fuerza de trabajo!” En El trabajo en debate. Ed. Herramienta, Buenos Aires, 2009, pp. 215-221.

71 Ferreira, Sopransi y Contartese: “Desbordando la categoría trabajo desde los movimientos sociales”. En Revista Herramienta, No. 44, Buenos Aires, 2010, pp. 142-143.

72 A. Boron: “Poder, “contrapoder” y “antipoder”. En Contra y más allá del capital, Ed. Milenio Libre, Caracas, 2006, p. 163.

73 R. Massari: Teorías de la autogestión. Ed. Zero-Zyx, Barcelona, 1977, pp. 15-35.

74 F. Badarida: “El socialismo utópico en las primeras etapas de la era industrial”. En Historia general del socialismo, vol. I, Ed. Destino, Bar-celona, 1976, pp. 273-287.

75 I. Bourdet: Teoría y práctica de la autogestión. El Cid Editor, Cara-cas,1978, pp.49-77.

76 V. Alba: Los colectivizadores. Laertes, Barcelona, 2001,p. 171.

77 AA.VV.: La autogestión a debate. Ediciones 7x7, Barcelona, 1976, p. 58.

78 Broué, P.: Revolución en Alemania. t. I, Col. Betacinco, Barcelona, 1978, pp. 209-224.

79 Centro Operario Di Milano (CODM): “Consejos de fábrica, consejos de zona y sindicatos en Italia”. Materiales Cedos, Barcelona, 1978, pp. 7-12.

80 M. Moretti: Brigadas rojas. Akal, Madrid, 2002, pp. 84 y ss.

81 M. Markovick: “Autogestión”. En Diccionario de pensamiento marxis-ta, Ed. Tecnos, Madrid, p. 58.

82 K. Kosik: “El individuo y la historia”. En F. Torres: Dialéctica y libertad. Ed. Valencia, 1976, pp. 96-97.

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90 E. Fromm: El miedo a la libertad. Ed. Planeta-Agostini, Barcelona, 1985, pp. 128 y ss.

91 Vladímir I. Lenin: “Más vale poco y bueno”. En Obras Completas, t. 45, Ed. Progreso, Moscú, 1987, pp. 405 y ss.

92 S. Amin: Elogio del socialismo. Ed. Anagrama, Barcelona, 1978, p. 6.

93 I. Mészáros: La educación más allá del capital. Siglo XXI, Clacso, Argentina, 2008b, pp. 73 y ss.

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96 J. Bellamy Foster: “Hace falta una revolución ecológica”. www.lahaine.org. 24-10-2010.

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