domingo, 28 de agosto de 2016

Libro " La Gran Brecha" Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Parte V

Por Joseph Stiglizt


CÓMO SALIR DE LA CRISIS FINANCIERA[4*] 

El volumen de malas noticias que hemos tenido en las últimas semanas ha anonadado a mucha gente en todo el mundo. Las bolsas se han derrumbado, los bancos han dejado de prestarse dinero unos a otros, y los banqueros centrales y ministros de Hacienda aparecen a diario en televisión con el rostro preocupado. Muchos economistas han advertido que nos enfrentamos a la peor crisis económica que ha visto el mundo desde 1929. Lo único bueno es que los precios del petróleo, por fin, han empezado a descender. 

Aunque es una época alarmante y extraña para los estadounidenses, muchas personas de otros países tienen una sensación de que ya han pasado por todo esto. Asia vivió una crisis similar a finales de los noventa, y otros lugares (Argentina, Turquía, México, Noruega, Suecia, Indonesia y Corea del Sur, entre otros) han padecido crisis bancarias, caídas de los mercados de valores y crisis del crédito. 

El capitalismo es tal vez el mejor sistema económico que ha inventado el ser humano, pero nadie ha dicho nunca que vaya a crear estabilidad. En los últimos treinta años, las economías de mercado han experimentado más de cien crisis. Por eso muchos economistas creemos que la regulación y la supervisión del Gobierno son elementos fundamentales para que la economía de mercado funcione. Sin ellas, seguirá habiendo crisis económicas graves y frecuentes en distintas partes del mundo. El mercado no basta por sí solo, debe desempeñar una función el Estado. 

Es una buena noticia que, al parecer, el secretario del Tesoro, Henry Paulson, se haya dado cuenta por fin de que el Gobierno de Estados Unidos necesita ayudar a recapitalizar nuestros bancos y debe recibir a cambio paquetes de acciones de los bancos que rescate. Pero hay que hacer más cosas para evitar que la crisis se extienda a todo el mundo. Esto es lo que va a hacer falta. 

CÓMO LLEGAMOS AQUÍ 

Los problemas que atravesamos ahora se han debido en gran parte a la mezcla de desregulación y bajos tipos de interés. Tras el estallido de la burbuja tecnológica, la economía necesitaba un estímulo. Pero los recortes fiscales de Bush no la estimularon demasiado. Entonces, la tarea de mantener la economía a flote recayó sobre la Reserva Federal, que respondió inundando el mercado de liquidez. En circunstancias normales, está muy bien tener dinero dando vueltas por el sistema, porque ayuda a crecer a la economía. Pero ya había un exceso de inversiones, de modo que ese dinero de más no se utilizó con fines productivos. Los bajos tipos de interés y el acceso fácil a los fondos fomentaron los préstamos imprudentes, las famosas hipotecas de alto riesgo sólo con intereses, sin pago inicial y sin documentación («mentirosas»). Estaba claro que, si la burbuja se deshinchaba incluso un poco, muchas hipotecas se irían al traste, con un precio inferior a su valor. Es lo que ha sucedido: doce millones hasta ahora, y sigue habiendo más casos. Los pobres están perdiendo no sólo sus hogares sino los ahorros de toda una vida. 

El clima de desregulación que dominó la época de Bush y Greenspan ayudó a difundir un nuevo modelo bancario. La base era la titulización: los intermediarios hipotecarios emitían hipotecas que luego vendían a otros. A los prestatarios se les decía que no se preocupasen por cómo iban a pagar una deuda cada vez mayor, porque los precios de la vivienda iban a seguir subiendo y podrían refinanciar y utilizar parte de la plusvalía para comprarse un coche o irse de vacaciones. Esta actitud, por supuesto, infringía la primera ley de la economía: no existe nada gratis. La idea de que los precios de la vivienda podían seguir subiendo a toda velocidad era especialmente absurda en una economía en la que la mayoría de los estadounidenses estaban viendo cómo disminuían sus ingresos. 

A los intermediarios de hipotecas les encantaban estos nuevos productos porque garantizaban una entrada constante de ingresos. Sacaban el máximo provecho emitiendo todas las hipotecas posibles y refinanciándolas con frecuencia. Sus aliados en los bancos de inversiones las compraban, dividían y se repartían el riesgo, y luego se las pasaban a otros, al menos todas las que podían. Nuestros banqueros se olvidaron de que su trabajo era administrar con prudencia los riesgos y distribuir el capital. Se convirtieron en auténticos casinos que apostaban con el dinero de otras personas, a sabiendas de que el contribuyente intervendría si las pérdidas eran demasiado grandes. Colocaron mal el dinero, con enormes cantidades destinadas a unas viviendas que, al final, eran imposibles de costear. El dinero fácil y la laxitud reguladora crearon una mezcla tóxica. Y explotó. 

UNA CRISIS MUNDIAL 

Lo que hizo que la imprudencia de Estados Unidos fuera tan peligrosa es que la exportamos. Hace unos meses, algunas voces hablaban de desvinculación, de que Europa seguiría como hasta ahora aunque Estados Unidos sufriera una crisis. Yo siempre pensé que la desvinculación era imposible, y los hechos me han dado la razón. Gracias a la globalización, Wall Street pudo vender sus hipotecas tóxicas en todo el mundo. Parece que se exportó alrededor de la mitad. De no haberlo hecho, Estados Unidos estaría en una situación aún peor. Además, incluso cuando nuestra economía empezó a frenarse, las exportaciones nos sostuvieron. Pero los problemas de nuestro país empujaron el dólar hacia abajo e hicieron que a Europa le fuera más difícil vender sus productos en el extranjero. Unas exportaciones débiles significan una economía débil, y así fue como Estados Unidos exportó su crisis igual que antes había exportado sus hipotecas tóxicas. 

Ahora, sin embargo, esos problemas están volviendo a propagarse. Las hipotecas de alto riesgo están llevando a muchos bancos europeos a la bancarrota. (No sólo exportamos préstamos abusivos sino también malas prácticas crediticias y reguladoras; muchos de esos préstamos abusivos en Europa perjudican a ciudadanos europeos). A medida que los agentes del mercado se dieron cuenta de que el incendio se había extendido de Estados Unidos a Europa, se desató el pánico. Esa preocupación, en parte, es psicológica. Pero en parte es debida a la estrecha relación de nuestros sistemas financieros y económicos. Los bancos se prestan y piden prestado, compran y venden complicados instrumentos financieros unos a otros en todo el mundo; por eso, las malas prácticas reguladoras en un país, que permiten los préstamos abusivos, pueden contagiarse al sistema mundial. 

CÓMO ARREGLARLA 

Nos enfrentamos a un problema de liquidez, un problema de solvencia y un problema macroeconómico. Estamos en la primera fase de una espiral descendente. Por supuesto, forma parte del inevitable proceso de ajuste: devolver los precios de la vivienda a unos niveles equilibrados y eliminar el exceso de apalancamiento (deuda) que mantenía en funcionamiento nuestra economía fantasma. Incluso con el nuevo capital suministrado por el Gobierno, los bancos no querrán o no podrán prestar tanto dinero como en otros tiempos más temerarios. Los propietarios de viviendas no querrán endeudarse hasta ese punto. El ahorro, que ha sido casi inexistente, crecerá, lo cual es bueno a la larga pero malo para una economía que está entrando en recesión. Puede que algunas grandes empresas tengan dinero en efectivo, pero las pequeñas necesitan los préstamos, no sólo para poder invertir sino incluso para seguir sufragando los costes operativos. Eso va a ser más difícil de solucionar. Y la inversión en vivienda, que fue un factor tan importante en nuestro modesto crecimiento de los seis últimos años, ha bajado hasta unos niveles que no se veían desde hace veinte. 

El Gobierno ha dado bandazos de una solución chapucera a otra. El pánico atenazó a Wall Street, pero también a la Casa Blanca, y les costó más decidir lo que tenían que hacer. Las semanas que dedicaron Paulson y Bush a promover el plan original de rescate del primero —frente a una oposición generalizada— podrían haberse dedicado a arreglar de verdad el problema. Ahora necesitamos un enfoque de conjunto. Otro intento pusilánime y fallido podría ser catastrófico. 

He aquí una estrategia general en cinco pasos: 

Recapitalizar los bancos. Con todas las pérdidas, los bancos no tienen suficiente capital. Y les va a ser difícil reunirlo en las circunstancias actuales. El Estado debe proporcionárselo. A cambio, debe lograr participaciones con voto en los bancos a los que ayude. Pero las inyecciones de dinero también rescatan a los portadores de bonos. En la actualidad, el mercado no tiene en cuenta esos títulos porque dice que existe una gran probabilidad de impago. Es necesaria una conversión forzosa de esa deuda a capital. De esa forma, se reducirá enormemente el volumen necesario de ayuda del Gobierno. 

Es positivo que el secretario del Tesoro Paulson parezca haber comprendido, por fin, que su propuesta original de comprar lo que calificó con el eufemismo de «activos en peligro» estaba llena de errores. Es preocupante que haya tardado tanto en darse cuenta. Estaba tan apegado a la idea de que el mercado libre era la solución que no podía aceptar lo que los economistas de todo tipo le estaban diciendo: que necesitaba recapitalizar los bancos y suministrar dinero nuevo para compensar las pérdidas debidas a los préstamos basura. 

El Gobierno ha empezado a hacerlo, pero surgen tres interrogantes: ¿es justo para el contribuyente? La respuesta parece evidente: los contribuyentes han salido perdiendo, como se ve al comparar los términos de la inyección de 5000 millones de dólares de Warren Buffett en Goldman Sachs con las condiciones impuestas por el Gobierno. En segundo lugar, ¿hay supervisión y restricciones suficientes para garantizar que no vuelvan las malas prácticas del pasado y sí se concedan nuevos préstamos? También aquí, si comparamos las condiciones exigidas por el Reino Unido y el Tesoro estadounidense, hemos salido perdiendo. Por ejemplo, los bancos pueden seguir pagando a los accionistas a medida que el Gobierno les dé dinero. Tercero: ¿es suficiente dinero? Los bancos son tan poco transparentes que nadie puede responder con seguridad esta pregunta, pero lo que sí sabemos es que los agujeros en el balance seguramente van a aumentar. Y el motivo es que no se está haciendo casi nada para abordar el problema de fondo. 

Cortar la oleada de ejecuciones hipotecarias. El plan original de Paulson es como una transfusión masiva de sangre a un paciente con una grave hemorragia interna. No podemos salvar al paciente si no resolvemos el problema de las ejecuciones hipotecarias. Incluso después de las revisiones en el Congreso, lo que se está haciendo se queda corto. Debemos ayudar a la gente a conservar su hogar, transformando el interés de la hipoteca y las deducciones sobre el impuesto de patrimonio en créditos fiscales que puedan cambiarse por efectivo, reformando las leyes sobre bancarrota para permitir agilizar las reestructuraciones, lo cual rebajaría el valor de la hipoteca cuando el precio de la vivienda sea inferior; e incluso con préstamos oficiales, para aprovechar que el precio del dinero del Gobierno es más bajo y trasladar esos ahorros a los propietarios de viviendas de rentas medias y bajas. 

Aprobar un paquete de estímulos eficaz. Ayudar a Wall Street y detener las ejecuciones hipotecarias no son más que parte de la solución. La economía de Estados Unidos se dirige hacia una recesión grave y necesita un gran estímulo. Necesitamos más seguro de desempleo; si no se ayuda a los estados y los municipios, estos tendrán que disminuir los gastos a medida que desciendan sus ingresos fiscales, y esa disminución desembocará en una contracción de la economía. Pero para volver a impulsar la economía, Washington debe invertir en el futuro. El huracán Katrina y el derrumbe del puente de Minneapolis fueron siniestros recordatorios de lo decrépitas que están nuestras infraestructuras. Las inversiones en este sector y en tecnología estimularán la economía a corto plazo e impulsarán el crecimiento a la larga. 

Restaurar la confianza mediante reformas de la regulación. El origen de los problemas está en las malas decisiones y los fallos reguladores de los bancos. Hay que abordarlos para restaurar la confianza en nuestro sistema financiero. Es preciso cambiar las estructuras de gobierno corporativo que producen estructuras de incentivos defectuosas, pensadas para recompensar con generosidad a los directivos, así como muchos de los propios sistemas de incentivos. No sólo el grado de compensación; también la forma, las opciones de compra de acciones sin transparencia que ofrecen incentivos para practicar una contabilidad falsa que hinche los supuestos rendimientos. 

Crear un organismo multilateral eficaz. Con una economía mundial cada vez más interconectada, necesitamos una mejor supervisión mundial. Es inimaginable que el mercado financiero estadounidense pudiera funcionar con eficacia si tuviéramos cincuenta órganos reguladores independientes, uno para cada estado. Pues eso es lo que tratamos de hacer a escala mundial. 

La reciente crisis ofrece un ejemplo de los peligros: cuando varios Gobiernos extranjeros ofrecieron garantías totales a sus depósitos, el dinero empezó a salir de lo que parecían paraísos fiscales. Entonces otros países tuvieron que reaccionar. Algunos Gobiernos europeos han sido más cuidadosos que Estados Unidos sobre lo que hay que hacer. Ya antes de que la crisis se globalizara, el mes pasado, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, en su discurso ante la ONU, pidió una cumbre mundial que siente las bases para imponer más normas estatales en lugar de la actitud actual de dejar hacer. Quizá nos encontramos en un nuevo «momento Bretton Woods», como aquel en el que el mundo, tras salir de la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, se dio cuenta de que era necesario un nuevo orden económico mundial. 

Dicho orden ha durado más de sesenta años. Hace mucho que está claro que no sirve para el nuevo mundo de la globalización. Ahora, cuando el mundo sale de la Guerra Fría y la Gran Crisis Financiera, habrá que construir un nuevo orden para el siglo XXI, que incluya un nuevo organismo regulador mundial. 

Es posible que esta crisis nos haya enseñado que los mercados sin control son peligrosos. Debería habernos enseñado también que el unilateralismo no puede funcionar en un mundo de interdependencia económica. 

DE AQUÍ EN ADELANTE 

El próximo presidente de Estados Unidos lo va a tener muy difícil. Es posible que no salgan bien ni siquiera los planes más meditados. Pero estoy seguro de que un programa que siga las líneas generales que he sugerido —detener las ejecuciones hipotecarias, recapitalizar los bancos, estimular la economía, proteger a los parados, consolidar las finanzas públicas, ofrecer garantías cuando sea necesario y apropiado, reformar las normativas y las estructuras reguladoras y sustituir a los reguladores y a otros responsables de proteger la economía por personas que piensen más en rescatar la economía que en rescatar a Wall Street— no sólo restablecerá la confianza sino que, con el tiempo, hará posible que Estados Unidos desarrolle todo su potencial. Por el contrario, las estrategias que se queden a medio camino y produzcan continuas decepciones fracasarán sin remedio. 

En un país en el que se respeta el dinero, solíamos respetar a los líderes de Wall Street. Confiábamos en ellos. Pensábamos que eran una fuente de sabiduría, al menos en cuestiones económicas. Los tiempos han cambiado. El respeto y la confianza han desaparecido. Es una lástima, porque los mercados financieros son necesarios para el buen funcionamiento de una economía. Pero la mayoría de los estadounidenses cree que la gente de Wall Street tiene más probabilidades de poner sus intereses por delante de los del país y que lo disfrazan con todo el lenguaje florido que sea necesario. Si el próximo presidente pone en práctica unas políticas excesivamente influidas por Wall Street e incapaces de resolver nada, su luna de miel será breve. Y eso será malo para él, para el país y para el mundo. 

PRIMERA PARTE 

GRANDES IDEAS 

Esta parte comienza con mi artículo para Vanity Fair «Del 1 por ciento, por el 1 por ciento, para el 1 por ciento», en el que evocaba las frases del famoso discurso del presidente Lincoln en Gettysburg con las que aseguró que el verdadero motivo de la guerra de Secesión era garantizar «que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparezca de la faz de la Tierra». La democracia, sabemos hoy, no consiste sólo en elecciones periódicas: en algunos países, esas elecciones han servido para dar legitimidad a regímenes esencialmente autoritarios y privar a grandes sectores de la ciudadanía de sus derechos fundamentales. 

Quizá el aspecto más importante de la desigualdad sea la desigualdad de derechos políticos; la Declaración de Independencia de Estados Unidos, al afirmar que «todos los hombres fueron creados iguales», no se refería a que todos tuvieran la misma capacidad, sino, sobre todo, a que todos debían tener los mismos derechos políticos.[31] Pero ni siquiera está claro el significado de «derechos políticos», como han demostrado varios debates en Estados Unidos en los últimos años. Aunque todo ciudadano tiene derecho a votar,[32] las reglas del juego influyen en la capacidad y la probabilidad de ejercer ese derecho. Cuando ciertos grupos tienen más dificultades para registrarse en el censo o incluso para emitir su voto (por ejemplo, los que carecen de permiso de conducir, que es el carné más habitual en Estados Unidos, donde no existe un documento nacional de identidad), eso les disuade de acudir a las urnas. El impuesto de sufragio (un impuesto que se cobra a cada elector que acude a votar) afecta a la «economía» de la votación y, en la práctica, arrebata esa potestad a los pobres. Pues bien, esta era una de las costumbres tradicionales en el sur de Estados Unidos. Algunos países intentan facilitar el voto a los trabajadores pobres celebrando las elecciones en domingo. Otros, como Australia, hacen todo lo posible para que se oigan las voces de todos los ciudadanos. Allí el voto es obligatorio —se castiga con una multa a todo el que no acuda al colegio electoral—, y eso influye en la economía de las elecciones precisamente al revés que el impuesto de sufragio. 

La voz es todavía más importante: la capacidad de determinar el proceso político, ya sea a través de las pautas de voto o de forma más directa, influyendo en las acciones de los responsables políticos. Si los ricos pueden utilizar su dinero para controlar la prensa o influir (una palabra más suave pero quizá menos certera que «comprar») en políticos, su voz se oirá con más fuerza. Es casi inevitable que, en ese sentido, los ricos sean más influyentes que otros; pero las reglas del juego establecen hasta qué punto. Y por eso las leyes y regulaciones que rigen en Estados Unidos la labor de los grupos de presión, las contribuciones a las campañas y el paso de profesionales del sector público al privado son tan odiosas: otras democracias occidentales se toman más en serio la idea de la igualdad política y limitan esos abusos; algunas incluso refuerzan la posibilidad de que se oigan todas las voces por igual (por ejemplo, mediante la subvención a medios públicos de comunicación o garantizando el mismo acceso a los medios para todos los candidatos). Y por eso muchos estadounidenses consideran que Citizens United, la decisión del Tribunal Supremo que abrió la puerta al gasto descontrolado de las empresas, tiene unas consecuencias negativas para la igualdad y contribuye a agravar la enfermedad endémica del país, la «corrupción al estilo americano». Es una corrupción que se produce no mediante sobres llenos de dinero que se entregan a los políticos, sino mediante un método igualmente odioso, con las contribuciones a las campañas para comprar «políticas» que enriquecen a unos pocos. 

Desarrollo estos temas en muchos de los ensayos que figuran a continuación: la desigualdad económica (sobre todo de la dimensión que tiene en Estados Unidos) lleva a la desigualdad política (en particular cuando las reglas del juego político lo facilitan, como en Estados Unidos). 

La desigualdad económica no es sólo ni tanto consecuencia de las leyes inexorables de la economía como de nuestras políticas y nuestra política. Es, en este sentido, una opción. Pero nos encontramos con un círculo vicioso, porque la desigualdad económica produce y refuerza la desigualdad política, que refuerza la desigualdad económica. 

Sostengo asimismo que la desigualdad —al menos, una vez más, en la forma extrema que se da en Estados Unidos— ni siquiera beneficia los intereses del 1 por ciento. «El problema del 1 por ciento» explica con más detalle algunos motivos por los que las desigualdades son malas para la economía. Si los miembros del 1 por ciento defendieran sus intereses con sensatez les preocuparían las desigualdades y tratarían de hacer algo para remediarlas. Como sugiero en «La desigualdad no es inevitable», en algunas partes del mundo está empezando a suceder. 

La reacción conservadora 

En el periodo de tiempo transcurrido desde que se publicaron estos artículos, varios críticos han dicho que las desigualdades no eran tan malas como indicaban las estadísticas; con los cambios en las leyes tributarias, ahora existían menos incentivos para cometer evasión de impuestos. Por supuesto, si esos críticos tuvieran razón, eso sólo querría decir que las escandalosas desigualdades actuales —con un 1 por ciento que obtiene entre la cuarta y la tercera parte de las rentas nacionales— existen en Estados Unidos desde hace mucho más tiempo del que pensábamos. Implicaría también que el comportamiento económico del país es incluso más débil de lo que creíamos, porque los únicos a los que les ha ido bien son los que se encuentran en lo alto de la escala. Estos críticos conservadores parecen decir que ni siquiera los más ricos han aumentado las rentas, sino sólo las rentas que se les suponen. Pero la minuciosa labor de Emmanuel Saez y sus coautores tuvo en cuenta los efectos de los cambios en la ley tributaria;[33] en cualquier caso, incluso con modificaciones fiscales posteriores, que habrían restablecido los incentivos para evadir impuestos, la parte correspondiente a los más ricos siguió aumentando. 

Otros han dicho que lo que importa no es la desigualdad de resultados sino la desigualdad de oportunidades. Sin embargo, como señala un artículo de la tercera parte («Igualdad de oportunidades: nuestro mito nacional»), Estados Unidos ha dejado de ser la tierra de oportunidades que pretende ser (y que otros creen que es). En gran parte, el sueño americano es un mito. No cabe duda de que algunos inmigrantes de gran talento llegan a la cima. Pero cuando los especialistas en ciencias sociales hablan de la igualdad de oportunidades, se refieren a la probabilidad de que alguien que está en el fondo suba hasta arriba del todo. Para un joven estadounidense, hoy, las posibilidades son mucho menores que para los jóvenes de otros países avanzados. 

Un interés sensato 

El ensayo «El problema del 1 por ciento» (también publicado originalmente en Vanity Fair) estaba dirigido, en cierto sentido, a los miembros de ese 1 por ciento, para explicarles por qué, si eran inteligentes, verían que el nivel de desigualdad que caracterizaba a Estados Unidos no favorecía sus intereses. 

En unas cuantas páginas resumo por qué las desigualdades son tan malas para el rendimiento económico. Este es quizá el cambio más profundo que ha habido en nuestra reflexión sobre la desigualdad desde hace décadas. Antes se creía que, aunque uno se opusiera a las desigualdades, el coste de intentar remediarlas para el comportamiento económico global era demasiado grande. Las discusiones solían tratar de la redistribución, o al menos de pedir a los de arriba que aportaran más al sostenimiento de los bienes públicos, como la defensa nacional, no sólo en términos absolutos sino como porcentaje de sus rentas. Se decía que la redistribución era como un cubo con agujeros: cien dólares que se cogieran de los de arriba valdrían la mitad para cuando llegaran a los de en medio o a los de abajo. Sin embargo, en este artículo afirmo que quizá no sea necesario renunciar a nada: podemos tener al mismo tiempo más igualdad y un PIB más alto, porque hay políticas que pueden aumentar la igualdad de las rentas antes de impuestos y los ingresos por transferencia, además de políticas de redistribución, y que todo ello puede reforzar el comportamiento general. De hecho, algunas políticas fiscales —gravar a los ricos sobre sus ganancias obtenidas de bienes inmuebles— podrían incluso generar inversiones más productivas (en vez de la especulación inmobiliaria) y más creación de empleo. Limitar los desmesurados ingresos del sector financiero podría hacer que muchas personas de inmenso talento se pasaran a actividades que aumentarían la productividad de la economía. Y al mejorar el comportamiento económico en general, se beneficiaría no sólo la sociedad en su conjunto, sino también el 1 por ciento o, al menos, muchos de sus miembros. Saldrían ganando, no sólo por formar parte de una sociedad más cohesionada, sino también desde el punto de vista económico. 

La desigualdad como opción política 

El siguiente capítulo empieza donde acaba este. Tras observar que el aumento de nuestras desigualdades ha sido en parte responsable de que tengamos un crecimiento tan lento, afirmo que tanto uno como otro son opciones políticas y que podemos escoger otras. El artículo «Capitalismo de pacotilla» lo escribí después de tres años de debate sobre las desigualdades, un debate que mi primer artículo para Vanity Fair había contribuido a poner en marcha. The Washington Monthly organizó una edición especial para describir de qué manera se plasman las desigualdades en Estados Unidos en cada etapa de la vida. Hubo especial énfasis en la educación, una de las principales vías de transmisión de los privilegios de padres a hijos. Aquí hablo brevemente de las desigualdades en materia de salud, que producen grandes diferencias, por ejemplo en las expectativas de vida. No es nada extraño, teniendo en cuenta la magnitud de la desigualdad de rentas del país y la dependencia de un sistema médico y de seguros caro y privado. Estados Unidos es el único país avanzado que no reconoce el acceso a la sanidad como un derecho humano básico. 

Refuto un argumento conservador habitual, la idea de que no podemos permitirnos hacer más cosas para promover la igualdad y la igualdad de oportunidades. Muy al contrario: a nuestra economía le sale muy caro que no lo hagamos. Tomamos decisiones políticas sobre cómo gastar nuestro dinero, en rebajas fiscales para los ricos o en educación para los ciudadanos corrientes; en armas que no funcionan contra enemigos que no existen o en atención sanitaria para los pobres; en subsidios a los ricos cultivadores de algodón o en cartillas de comida para aliviar el hambre entre los pobres. Podríamos incluso aumentar los ingresos fiscales sólo con hacer que empresas como General Electric y Apple paguen los impuestos que ya deberían estar pagando. Si graváramos la contaminación, podríamos tener un medio ambiente más limpio y más dinero que gastar para reducir las desigualdades en nuestra sociedad y estimular el crecimiento de nuestra economía. 

Perspectivas mundiales 

Aunque Estados Unidos tiene quizá más desigualdades que cualquier otro país avanzado, la mayoría de ellos han vivido un incremento, si bien no todos. A veces, esas desigualdades han desempeñado un papel crucial en la evolución de los acontecimientos políticos. 

Estaba en Egipto el 14 de enero de 2011, el histórico día en el que Ben Alí, el dictador tunecino, cayó derrocado. Recuerdo que durante una cena en la Universidad Americana de El Cairo, después de que la noticia recorriera el norte de África de forma casi instantánea, me dijeron: «Egipto es el siguiente». Menos de dos semanas después, las predicciones se hicieron realidad. Durante mi visita pude ver por qué: aunque el país estaba creciendo, los beneficios no llegaban a la mayoría de los egipcios. El socialismo de Gamal Abdel Nasser no les había servido de nada. El neoliberalismo de Hosni Mubarak, tampoco. La desesperación por probar con algo nuevo era palpable. Mustafá Nabil, más tarde gobernador del banco central de Túnez, me explicó las razones del malestar. No era sólo el alto nivel de desempleo. Eran las injusticias del sistema, las desigualdades. Los que conseguían triunfar eran los que tenían conexiones políticas, los que estaban dispuestos a dejarse corromper por el sistema, no quienes trabajaban duro, estudiaban y respetaban las reglas teóricas. 

En años posteriores volví varias veces a Egipto y Túnez, y llegué a conocer bastante bien a algunos jóvenes revolucionarios, así como a otras personas de más edad, más establecidas, que habían dado la bienvenida a la revuelta. Admiraba el entusiasmo de los primeros, su idealismo, pero me preocupaba su ingenuidad, su convicción de que tener la razón de su parte era suficiente para resultar vencedores. Las cosas no han ido bien en Egipto, pero en el momento de escribir este libro, da la impresión de que por lo menos en un país, Túnez, las semillas sembradas en la Primavera Árabe sí han echado raíces. 

La concienciación sobre el papel que las desigualdades habían desempeñado en la Primavera Árabe —y sobre el aumento de las desigualdades en todo el mundo— hizo que pasara a ser un problema prioritario. «La desigualdad se globaliza»[34] lo escribí a mi vuelta de la reunión del Foro Económico Mundial de 2013 en Davos, Suiza. Este es el encuentro anual de la élite mundial, poderosos a los que entretienen e instruyen unos cuantos profesores, en compañía de personajes de la sociedad civil y emprendedores sociales. La reunión es un buen sitio para tomarle el pulso al mundo, o al menos el pulso de ese grupo tan selecto. Antes de la crisis, había una euforia descontrolada sobre la globalización y la tecnología. El optimismo se hundió al mismo tiempo que la economía. Pero con la tambaleante y desigual recuperación, se empezó a prestar atención a varios problemas que venían de lejos. Lo más destacado de la reunión de 2013 fue que las desigualdades se habían convertido en la principal preocupación de los asistentes. 

Escribí «La desigualdad es una opción» para el número inaugural de la edición internacional de The New York Times (en realidad, un cambio de nombre, porque era The International Herald Tribune). Decidí centrarme en un aspecto llamativo de las desigualdades en el mundo: a pesar de que estaban aumentando en la mayoría de los países, en algunos no era así, y en ciertos casos las desigualdades eran mucho menos marcadas que en Estados Unidos. No son simplemente las leyes económicas las que determinan el grado de desigualdad en un país, sino las políticas y las decisiones estratégicas. 

Las repercusiones de la globalización en la desigualdad global han sido complejas. La India y China, dos países con aproximadamente el 45 por ciento de la población mundial, y cuya porción del PIB mundial había caído a menos del 10 por ciento, están resurgiendo. Con unos índices de crecimiento muy superiores a los de los países avanzados, la brecha entre ellos y los países avanzados se está cerrando, aunque todavía queda mucho camino que recorrer. China es ya la mayor economía del mundo, lo cual significa que, como tiene más o menos cinco veces más población que Estados Unidos, su renta per cápita no es más que la quinta parte (basándonos en unos criterios estadísticos llamados «paridades de poder adquisitivo», concebidos para transformar la renta de un país en la renta equivalente en otro). No obstante, es una situación mucho mejor que la de hace veinticinco años, cuando la renta per cápita con paridad de poder adquisitivo era menos del 5 por ciento de la de Estados Unidos. Sin embargo, al mismo tiempo, en China las desigualdades han aumentado enormemente, a medida que hay más millonarios y multimillonarios. En cuanto a la India, aunque su crecimiento no ha sido tan prolongado ni tan rápido como el de China, en su apogeo alcanzó el 9 por ciento. Pero mientras que hay menos personas y un porcentaje menor de la población que han abandonado la pobreza, el incremento del número de millonarios y multimillonarios es igual de impresionante. Por otra parte, en África, si bien ha empezado a crecer y cada vez hay más familias africanas de clase media, todavía es muy alto el número de personas que viven en la pobreza, unos 415 millones que viven con menos de 1,25 dólares al día. Con todos estos datos, la conclusión es decepcionante: las desigualdades totales, de acuerdo con la forma convencional de medirlas (el coeficiente de Gini, un número que va de cero, la igualdad perfecta, a uno, la desigualdad perfecta), apenas se han movido. 

El fenómeno Piketty 

Los dos últimos artículos de esta sección son, en parte, una respuesta al enorme éxito del libro de Thomas Piketty El capital en el sigloXXI. La resonancia de este libro refleja la preocupación creciente por las desigualdades, expresada en Davos por los dirigentes mundiales y coherente con el éxito viral que mi propio artículo «Del 1 por ciento, por el 1 por ciento, para el 1 por ciento» había tenido. En 2013, el presidente Obama declaró que las desigualdades centrarían su atención durante los tres años que le quedaban en el cargo. Hay, dijo, «una desigualdad peligrosa y cada vez mayor y una falta de movilidad ascendente que es una amenaza contra el pacto esencial de la clase media estadounidense, acerca de que, si uno trabaja duro, tiene la oportunidad de progresar». 

Piketty reunió una gran cantidad de datos que reforzaban lo que yo y otros habíamos señalado a propósito del aumento de las desigualdades desde 1980 más o menos, sobre todo en la franja más alta de la sociedad. Su gran aportación fue situarlo en un contexto histórico, demostrar que el periodo en el que yo crecí, después de la Segunda Guerra Mundial, fue una anomalía. Fue la única época en la que todos los grupos sociales de Estados Unidos incrementaron sus rentas, pero los de abajo las incrementaron más que los de arriba. El país creció al mismo tiempo, y más deprisa que en ningún otro periodo. Piketty demostró que, en general, había sucedido lo mismo en otros países. Y, sobre todo, demostró que era algo muy infrecuente en la historia. Habíamos empezado a pensar en un nuevo capitalismo de clase media, pero la división de la sociedad en «clases» (que había funcionado al menos desde Marx), trabajadores y capitalistas, parecía peculiar y anticuada. Todos éramos clase media. 

Mi artículo sobre el «1 por ciento» sugería una clasificación nueva: casi todo el mundo —alrededor del 99 por ciento de la población— estaba en el mismo barco, pero ese barco era muy diferente del otro en el que viajaba el 1 por ciento restante. El barco del 99 por ciento estaba hundiéndose, o al menos en dificultades. Mientras que el otro barco navegaba sin problemas. Piketty demostró que Estados Unidos no estaba solo: podían verse situaciones similares en otros países. Los economistas habían entendido mal lo que había ocurrido tras la Segunda Guerra Mundial. Simon Kuznets, uno de los fundadores de nuestro sistema nacional de cuentas (con el que se mide el tamaño de la economía), que recibió el premio Nobel en 1971, había sugerido la idea de que, tras un periodo inicial de crecimiento en el que aumentaban las desigualdades, a medida que las economías se volvían más ricas, también se volvían más igualitarias. Las experiencias vividas desde 1980 han probado que no es así. La conclusión a la que llegó Piketty, por tanto, era natural: el capitalismo se caracteriza por un alto grado de desigualdad. Lo más preocupante era su argumento de que, como los capitalistas reinvertían la mayor parte de su riqueza, su patrimonio crecería en función del tipo de interés y, si este era mayor que la tasa de crecimiento de la economía, la ratio entre su capital y la renta nacional seguiría aumentando a perpetuidad. 

Me gustó el libro de Piketty y me gustó la atención que recibió; éramos compañeros de lucha tratando de cambiar el discurso global y de lograr que se reconociera la gravedad del problema de las desigualdades. Su obra era especialmente alarmante porque su principal recomendación, un impuesto global sobre el capital, parecía imposible de conseguir a corto (o incluso largo) plazo. ¿Quería eso decir que teníamos que aceptar sin más unas desigualdades que no dejaran de aumentar? Escribí dos artículos, entre otras cosas, para responder con un enfático «no» a esa pregunta. Las desigualdades —al menos en los extremos que estaban experimentando Estados Unidos y algunos otros países— no eran inevitables. 

De hecho, me había preocupado la cuestión de si existía una tendencia en las economías capitalistas al aumento constante de las desigualdades ya en mi tesis doctoral, que completé en el MIT en 1966 y a la que me refiero en la introducción. En ella alegaba que se daba por supuesto que la economía acabaría por acercarse a una desigualdad equilibrada de rentas y riqueza, una situación en la que la desigualdad no aumentaría ni disminuiría. Desde luego, los cambios en la economía, los modelos sociales y las políticas podían hacer que la economía pasara de un nivel de equilibrio a otro; hacer, por ejemplo, que la economía tuviera más desigualdad. 

En ese trabajo y otros posteriores se han identificado varias fuerzas centrífugas y centrípetas, unas fuerzas que empujan hacia más o menos desigualdad. Yo había dicho que, a la larga, lo normal era que hubiera un equilibrio entre esas fuerzas. Por ejemplo, el caso frecuente de que los hijos o los nietos de los muy ricos, a menudo, no ganen tanto dinero y despilfarren la fortuna familiar, pone un límite a la acumulación de desigualdades (como expresa un dicho, de pobre a rico y de nuevo pobre en tres generaciones). 

El hecho de que los ricos que viven en barrios residenciales gasten en la educación de sus hijos más de lo que se invierte en la educación de los pobres es un ejemplo de fuerza centrífuga: los ricos transmiten sus ventajas económicas a sus descendientes. Si Estados Unidos está cada vez más segregado desde el punto de vista económico es porque esta fuerza centrífuga es cada vez más poderosa, y eso implica que el reparto de la riqueza y las rentas en el futuro será seguramente más desigual que en la actualidad (salvo que suceda alguna cosa). 

El libro de Piketty cuestionó la teoría económica tradicional. La riqueza (o «capital») estaba creciendo más deprisa que los ingresos y la mano de obra. Lo normal sería que ese aumento de la riqueza produjera una disminución del rendimiento del capital; uno de los principios más antiguos de la economía, que conoce cualquier estudiante del tema, es la ley de los rendimientos decrecientes. Piketty parece haber refutado discretamente esta ley. Si el principio funcionara (como yo había supuesto en mi trabajo), a medida que el capital aumentara (en relación con la oferta de mano de obra), el tipo de interés caería. Tendría que descender hasta un punto en el que el capital aumentara al mismo ritmo que los ingresos. Entonces la desigualdad de riquezas no aumentaría sin cesar. Piketty es un empírico. Se limitó a observar que el ritmo del rendimiento del capital no estaba disminuyendo y dedujo que no había por qué pensar que fuera a disminuir en el futuro. 

Cuando reflexioné sobre ello, comprendí que ninguno de los dos había subrayado lo suficiente un aspecto clave del aumento de las desigualdades y el comportamiento aparentemente anómalo de la proporción entre riqueza e ingresos y el rendimiento del capital. Lo tradicional era que la riqueza creciera a medida que las familias y las empresas ahorraban dinero, año tras año. Pero el aumento del patrimonio declarado era mucho mayor de lo que unos ahorros así podían explicar. Un análisis detallado de los datos mostró que gran parte de ese incremento procedía de las plusvalías. Los economistas llaman también rentas a los ingresos obtenidos de la tierra; un dinero obtenido no del esfuerzo sino del mero hecho de poseer un bien inmueble. Las rentas más grandes derivan en un precio más alto, pero un precio más alto por ese bien no produce una oferta mayor. Sin embargo, ahora, los economistas utilizan «rentas» de forma más general, no sólo hablando de la tierra sino también de los rendimientos, por ejemplo, que obtiene un monopolista («rentas del monopolio»). Si esas rentas —las de los bienes inmuebles, y el monopolio, y otras formas de explotación de mercado— crecen, se obtendrán las ganancias de capital correspondientes. Gran parte del aumento de las desigualdades de ingresos y riqueza tiene que ver con el incremento de las rentas y las plusvalías, que reflejan el valor creciente de los bienes inmuebles y el mayor poder de mercado (explotación) en muchos sectores de la economía. Pero eso significa que «riqueza» y «capital» (en sus sentidos convencionales) son conceptos distintos. Incluso es posible que la riqueza aumente aunque el capital disminuya. En el país natal de Piketty, Francia, el valor de los bienes inmuebles en la Riviera estaba aumentando. Pero eso no quería decir que hubiera más tierra. La tierra disponible en la Riviera es la misma que hace cincuenta años. Lo único que iba en aumento era el precio. 

El dinero fácil (por ejemplo, relacionado con la flexibilización cuantitativa, que permitió a la Reserva Federal triplicar su balance mediante la compra de un gran volumen de deuda a medio y largo plazo e incrementarlo en unos dos billones de dólares en poco tiempo) había provocado una avalancha de crédito. La economía convencional indicaba que eso debería aumentar el volumen de préstamos y reducir sus costes, y ambas cosas habrían ayudado a la economía estadounidense. Pero en un mundo globalizado, el dinero creado por la Reserva Federal no tiene por qué permanecer en Estados Unidos, sino que puede ir a cualquier parte del mundo; y, como es natural, fue a parar a economías que estaban en pleno auge, no precisamente la nuestra. El dinero fue donde no lo querían ni lo necesitaban. No fue donde se suponía que debía ir. Ahora bien, ni siquiera cuando el dinero se quedó en casa fue un gran estímulo para la economía. 

El dinero se puede utilizar para comprar dos tipos de cosas: objetos producidos y objetos inmuebles (como la tierra). Cuando el dinero paga los primeros, su demanda aumenta y seguramente la producción también (a no ser que haya un atasco temporal en la producción). Pero cuando el dinero va a parar a los objetos inmuebles, sólo tiene efecto en el precio, porque aumenta el valor del bien, pero no su cantidad. En los últimos años, las autoridades monetarias han encaminado muy mal el dinero. Pequeñas empresas que lo necesitaban como fuera se quedaron abandonadas mientras el dinero aumentaba los valores en bolsa y los precios de los activos en todo el mundo. Como consecuencia, grandes partes de unas políticas monetarias supuestamente de estímulo crean burbujas de precios de los activos, como el incremento del precio de la tierra. Entonces, un aumento del crédito aparece como un aumento de riqueza, pero no hay que confundirse sobre lo sucedido: el país no es más rico. La cantidad de bienes es la misma. 

Existe un verdadero peligro de que, en la exuberancia irracional sobre el aumento de los precios de los bienes inmuebles (la burbuja inmobiliaria), las inversiones en capital real —la infraestructura y los equipamientos que hacen que la economía funcione y crezca— podrían incluso disminuir. La atención a la tierra nos ofrece una solución a los dilemas planteados más arriba: si el capital real baja o no sube de manera importante (en proporción con la oferta de mano de obra), no es extraño que la tasa de rendimiento del capital no haya bajado y los salarios medios no hayan subido. Las burbujas de precios de bienes pueden durar mucho, aunque acaban por estallar y entonces bajan los precios. No obstante, incluso cuando bajan, pueden ser todavía muy altos, y puede formarse otra burbuja de precios de activos. El mundo ha pasado años yendo de una burbuja de precios a otra, desde la burbuja tecnológica hasta la inmobiliaria. 

No cabe duda de que incluso una burbuja puede tener ciertos aspectos positivos durante un tiempo; cuando alguien se siente rico, quizá gaste más de lo que pensaba, y eso puede impulsar la economía. Aun así, toda burbuja llega a su fin, y es una locura que los responsables políticos intenten basar la recuperación de una crisis en la creación de una nueva burbuja, como parece hacer la Reserva Federal desde que tomó posesión Alan Greenspan en 1987.[35] 

He aquí mi intento de cuadrar el círculo planteado por el argumento de Piketty: si podemos evitar una burbuja, los rendimientos del capital acabarán disminuyendo lo suficiente para que no haya un aumento constante de las desigualdades, pero es posible que la desigualdad equilibrada a la que llegue la economía esté por encima del nivel actual, que ya es alto e inaceptable. Existen varias políticas —políticas prácticas, que cada país puede implantar incluso sin necesidad de cooperación internacional— que pueden rebajar el nivel de desigualdad equilibrada. Muchas de ellas no sólo producirán menos desigualdades sino un mayor crecimiento, porque generarán más inversiones reales. 

Las rentas de los bienes inmuebles no son la única fuente de ese tipo de rentas en nuestra economía. Por ejemplo, a los rendimientos que se obtienen del ejercicio del poder monopolístico los economistas los llaman «rentas del monopolio». Por desgracia, gran parte de la riqueza de los de arriba es resultado de la apropiación de patrimonio o de la captación de rentas. 

Cuando se produce un aumento en ese tipo de captación de rentas, puede parecer que aumenta la riqueza de la economía, pese a que la productividad disminuya. Porque las rentas pueden comprarse y venderse. Se «capitalizan». Se dejan ver en un incremento del valor en las bolsas. Pero esos incrementos de la riqueza no significan que la economía sea más rica, sino todo lo contrario. El poder monopolístico refleja una ineficiencia sustancial. Se produce una redistribución desde los consumidores a los que tienen poder de mercado. Y en realidad, debido a la distorsión que va asociada al poder de mercado, disminuye la productividad de la economía, aunque la riqueza declarada haya aumentado. 

Es decir, una gran proporción del aumento de riqueza en nuestra economía es un aumento del valor (pero no de la cantidad) de bienes inmuebles como la tierra; una parte es la capitalización de los incrementos del poder monopolístico. A finales del siglo XIX había muchas posibilidades de ese tipo, porque las economías de escala hicieron que unas cuantas compañías dominaran industrias fundamentales como el acero. Pero muchos otros casos de ese predominio, como en el petróleo y el tabaco, tenían poco que ver con la escala o el alcance y no eran más que muestras de puro poder económico. Teddy Roosevelt encabezó la campaña para romper esos monopolios, porque la concentración de poder político le preocupaba tanto como la de poder económico. Una lección que hoy deberíamos tener más en cuenta. 

En los años posteriores no conseguimos un mercado perfectamente competitivo en muchos bienes industriales, pero tampoco el capitalismo monopolístico al que algunos temían que nos encamináramos.[36] En la última etapa del siglo XX surgieron nuevas fuentes de poder de mercado relacionadas con externalidades en red. La vida era más sencilla si todo el mundo utilizaba el sistema operativo de Microsoft, así que este se convirtió en la plataforma dominante para los ordenadores personales. Ese dominio del mercado permitió que la empresa mantuviera a raya a competidores en otros ámbitos y fuera hegemónica en productos de oficina como programas de tratamiento de textos y hojas de cálculo, a pesar de no ser innovadora en ninguno de ellos. 

En 1982, Estados Unidos descompuso el monopolio telefónico de AT&T en siete compañías regionales, las «Baby Bells». Pero los incentivos para ser monopolio —o al menos dominar lo suficiente como para ejercer el poder de mercado— es irresistible si no existen límites gubernamentales, y los que había no funcionaban demasiado bien en una época en la que muchos creían firmemente en los mercados sin control. El resultado es que hoy dos compañías telefónicas controlan alrededor de dos tercios del mercado. Y, si la fusión de Comcast con Time Warner se materializa, una sola empresa dominará la «autopista de la información». 

Como economista, comprendo el impulso de adquirir poder de mercado. Los mercados competitivos son despiadados y es difícil sobrevivir. La teoría convencional es que, en los mercados competitivos, los beneficios se reducen a cero —algo que no es agradable para un empresario—, mientras que en mercados menos competitivos sí puede haber beneficios sostenidos. 

Existen muchos otros casos en los que la riqueza declarada puede aumentar pero la economía que la sostiene puede empeorar. Por ejemplo, los bancos. Si aprobamos reglas menos estrictas (como hicimos con Reagan de presidente), el valor previsto de sus beneficios puede incrementarse, teniendo en cuenta el dinero del rescate que cuentan con recibir. Pero esas ganancias se obtienen a costa de los contribuyentes, por supuesto. Una vez más, nos encontramos ante una situación en la que todos pierden, porque las distorsiones en la concesión de préstamos hacen que nuestra economía resulte perjudicada. Sin embargo, el «mercado» muestra un aumento del valor de los bancos y nadie toma nota de las pérdidas sufridas por los contribuyentes, los costes que tendrían que asumir si los bancos vuelven a necesitar otro rescate. En apariencia, la riqueza ha aumentado gracias a la desregulación, pero, en realidad, la economía está en peor situación. 

La riqueza no es capital. Son conceptos distintos que pueden cambiar de maneras muy diferentes. Si pensamos, como sugería más arriba, que varias fuerzas centrífugas y centrípetas están desgarrando nuestra economía y nuestra sociedad —ampliando la gran brecha— o cohesionándolas, incrementando o reduciendo la igualdad, podemos tratar de identificar las fuerzas que podemos cambiar para reforzar las fuerzas centrípetas y debilitar las fuerzas centrífugas. 

El hecho de que las ganancias del capital estén gravadas con impuestos muy bajos es uno de los motivos de que los ricos se enriquezcan. Pueden abrir cuentas corporativas en algún paraíso fiscal y dejar que se acumule allí el dinero como un plan de pensiones ilimitado, no contributivo, mientras no traigan de nuevo el dinero a Estados Unidos. Pues bien, estas son situaciones fáciles de cambiar, con unas políticas que a largo plazo, casi con seguridad, reducirían la desigualdad de riqueza. Asimismo, dado que una parte tan importante del aumento de riqueza —y de esa desigualdad de riqueza— está relacionada con el incremento del valor de la tierra, unos impuestos más elevados sobre bienes inmuebles podrían ayudar a disminuir las desigualdades y, como la oferta de tierras es (relativamente) inamovible, no tendría ninguna consecuencia significativa para la cantidad de tierras en el país. 

Como destacan estos ensayos, muchas de las desigualdades que vemos hoy son resultado no de las verdaderas fuerzas del mercado sino de un «capitalismo de imitación» o, como lo llamo aquí, un «capitalismo de pacotilla». Si los mercados actuaran como verdaderos mercados, mejorarían la eficiencia y el comportamiento económico. También explico que existen muchas políticas tributarias que pueden generar una economía más eficiente y equitativa. Lo mismo harían muchas otras estrategias sociales y económicas. Sabemos qué hay que hacer para alcanzar una sociedad más igualitaria. 

Las desigualdades están relacionadas, más que con el capitalismo en el siglo XX, con la democracia en el siglo XX. Lo preocupante es que nuestro falso capitalismo —que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias— y nuestra democracia imperfecta —más próxima a un dólar, un voto que a una persona, un voto—, juntos, acaben por engendrar decepción en el ámbito económico y en el político.

Continuará

Notas

[34]           Para un análisis de este aspecto, ver George Soros, El nuevo paradigma de los mercados financieros: para entender la crisis actual, Madrid, Taurus, 2008. <<

[35]           Ver Joan Robinson, The Economics of Imperfect Competition, Londres, Macmillan, 1933, y Paul Sweezy, The Theory of Capitalist Development, Londres, D. Dobson, 1946. <<

[36]   Entre mis obras teóricas sobre este tema están «Approaches to the Economics of Discrimination», American Economic Review 62, núm. 2 (mayo 1973), 287-295, y «Theories of Discrimination and Economic Policy», en Patterns of Racial Discrimination, ed. de G. von Furstenberg et al., Lexington, Massachusetts, Lexington Books, 1974, pp. 5-26. Los trabajos con Andy Weiss establecieron las bases teóricas de la práctica de las líneas rojas, la costumbre de los bancos de negar préstamos a quienes viven en ciertos lugares. Ver J. E. Stiglitz y A. Weiss, «Credit Rationing in Markets with Imperfect Information», American Economic Review 71, núm. 3 (junio 1981), 393-410. La obra esencial que propuso la perspectiva alternativa, es decir, que las fuerzas del mercado lucharían contra la discriminación, fue la del difunto economista y premio Nobel Gary Becker, en su libro The Economics of Discrimination, 2.ª ed., Chicago, University of Chicago Press, 1971. Como es natural, mi artículo le molestó y me envió un correo electrónico para decírmelo. <<

[37]           En realidad, Kennedy lo dijo en más de una ocasión, por ejemplo en 1960, al elogiar la construcción del canal de San Lorenzo. <<


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