viernes, 2 de septiembre de 2016

Metrocontadores infrarrojos: la cura contra el fraude eléctrico


Gisselle Morales Rodríguez • 1 de septiembre, 2016


SANCTI SPÍRITUS. “A ver, tía, dónde se lo pongo”, le dio a escoger el operario que llegó, metrocontador infrarrojo en mano, a sustituir el equipo digital que le habían instalado hace apenas unos años.

Tenía que ser en la fachada, por más que ella le explicara a la brigada de la empresa eléctrica que su vivienda estaba en pleno Centro Histórico y que esa caja plástica atornillada a unos centímetros de la puerta lucía fatal.

“Lo sabemos, tía —le habían dicho—, pero eso ya no es culpa nuestra; lo de nosotros es dejar instalado el metrocontador infrarrojo y aquí afuera es donde tiene que estar”.

Sonia Guerra, como otros miles de trinitarios que habitan la zona declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, no pensó que los nuevos equipos de medición eléctrica invadieran los gruesos muros de mampuesto levantados a finales del siglo XVIII o principios del XIX, ni que la Oficina del Conservador de Trinidad y el Valle de los Ingenios se rindiese sin siquiera luchar por la preservación de la visualidad urbana, seriamente comprometida con esos artefactos posmodernos.

“Pero donde manda capitán, no manda soldado, así que yo les dije: pónganlo ahí mismo, y ahí mismo está”, sostiene sin disimular demasiado la molestia que había comenzado algunos meses antes, cuando la nueva tecnología saltó del rumor a la realidad.

Que los metrocontadores infrarrojos resultaban prácticamente invulnerables, que para leerlos había casi que ir a la universidad y que más bien parecían un capricho de la empresa eléctrica era parte del rumor que la gente en la calle había echado a rodar y que —rumor al fin— tenía en el fondo algo de verdad.


Foto: Carlos Luis Sotolongo

Así lo confirman fuentes de la Organización Básica Eléctrica (OBE) Trinidad, quienes enumeran las razones de esta mudanza ahora, cuando todavía algunos se estaban adaptando al cambio de los metrocontadores analógicos por los digitales.

El aumento de la demanda y, en la misma medida, de los casos confirmados de fraude, las cuantiosas pérdidas y el auge del sector no estatal en toda Cuba terminaron de convencer a especialistas y directivos de la Unión Nacional Eléctrica (UNE) a optimizar el funcionamiento del sistema electroenergético de la Isla, y qué manera más eficaz de lograrlo que blindando sus mecanismos de medición.

Por ello a nadie le extrañó que municipios como Trinidad (Sancti Spíritus), Varadero (Matanzas) y Playa (La Habana), con altos índices de consumo y gran concentración de trabajadores por cuenta propia, quedaran incluidos en la primera vuelta de esta especie de experimento cuya filosofía es la del paga lo que debes.

“La diferencia con respecto al modelo anterior es que la lectura se lleva a cabo a través de un dispositivo, también de tecnología infrarroja, llamado Asistente Personal Digital (PDA, por sus siglas en Inglés), que contribuye a la disminución de la lectura ficticia”, asegura a la prensa Javier González Díaz, director de la OBE Trinidad.

Baste un dato para ilustrar: a raíz del cambio de medición aplicado a 101 clientes aumentó el nivel de consumo de casi la mitad, según las estadísticas que arrojó una prueba piloto realizada en el terreno.

“No se trata de ser extremistas, sino justos —añade González Díaz—. Que cada cual consuma lo que necesite, pero que luego no intente robar”.

La reducción al mínimo del contacto operario-cliente en el proceso de medición es otra de las ventajas de una tecnología que ya ha sido instalada en más de 7 100 hogares de Trinidad, de ellos alrededor de 1 730 en lo que va de año, cifras que dicen mucho de la prioridad que la UNE concede a la permuta de metrocontadores.

Los consumidores, sin embargo, le huyen como el diablo a la cruz por una razón de matemática elemental: aun cuando en Cuba las tarifas para el pago de la electricidad son altamente subsidiadas —incluso después del aumento ostensible de los últimos años—, tampoco están al alcance de todos los bolsillos. Mucho menos al alcance de los bolsillos promedio, llamémosle así a los que ingresan un salario que ronda los 500 pesos y deben pagar, como mínimo, por enfriar el agua y encender los ventiladores.

(Que conste: que un propietario de hostal pague 1 000 pesos de corriente no es directamente proporcional a que un trabajador de Servicios Comunales pague 100. Digamos que en este caso ni la tarifa es proporcional, ni el dolor en el bolsillo es homologable).

Una vez colocado el equipo de medición, el ciclo se cierra con un hombre trepado en el poste de la electricidad dando mantenimiento a las redes para garantizar que la entrada y la salida de la corriente estén en los parámetros adecuados y, por ende, que la lectura sea lo más fiel posible.


El proceso culmina con el mantenimiento de las redes eléctricas. Foto: Vicente Brito.

En la seguridad del nuevo sistema quiere confiar Sonia Guerra, la trinitaria que arquea las cejas mientras sirve café a los operarios “porque imagínese, ya estábamos acostumbrados al otro contador”. Los trabajadores de la empresa eléctrica, por su parte, han chocado lo suficiente con semejantes reacciones de rechazo como para comprender los motivos tras bambalinas.

Y si con arqueos de cejas y argumentos sobre el ornato de las fachadas no les bastara, bien pudieran prestar oídos a la expresión de moda en el argot de las comadres: “Es más chismosa que un metrocontador infrarrojo”; una frase que, sin dudas, la Unión Nacional Eléctrica debería interpretar como un piropo.

Foto de portada: Carlos Luis Sotolongo

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