domingo, 13 de noviembre de 2016

Libro " La Gran Brecha" Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Parte XVI

Por Joseph Stiglizt


SÉPTIMA PARTE

PERSPECTIVAS REGIONALES

La desigualdad se ha convertido en un asunto de interés internacional. Se aprecia una pauta general: los países que han seguido el modelo económico de Estados Unidos, incluyendo la financiarización a fondo de la economía, han terminado cosechando resultados parecidos. De ahí que el Reino Unido, que ha seguido más de cerca el modelo estadounidense, y en algunos aspectos ha sido su fuente de inspiración (había muchas similitudes entre la política y la ideología de la primera ministra Thatcher y las del presidente Reagan) tenga, cosa nada sorprendente, el nivel de desigualdad mayor de todos los países avanzados, junto a Estados Unidos. Los países pagan un alto precio por esta desigualdad; lo que está en juego no sólo es la desigualdad de ingresos sino también la desigualdad de oportunidades.


A lo largo del pasado cuarto de siglo he tenido la buena fortuna de viajar por todo el mundo hablando con Gobiernos, estudiantes, otros economistas, grupos sindicales, organizaciones no gubernamentales y gente del mundo de la empresa. Me he interesado especialmente por la forma en que la ciencia económica y la política interactúan de forma distinta en diferentes países, por cómo algunos países han logrado tener sociedades más igualitarias y con mayor igualdad de oportunidades.


Los artículos presentados en esta sección analizan estas evoluciones divergentes a lo largo y ancho del mundo. Empiezo por «El milagro de Mauricio». No hay forma de saber cuándo un artículo va a tener repercusión, pero este sí la tuvo. El minúsculo Estado de Mauricio, situado en el océano Índico, al este de África, está considerado desde hace mucho tiempo como protagonista de una auténtica historia de éxito del desarrollo. Su economía ha crecido con rapidez. Uno de los motivos de mi visita fue comprender mejor por qué. La respuesta, muy poco sorprendente, que me dio su presidente, que había sido primer ministro en los primeros tiempos del rápido crecimiento del país, era que se habían visto muy influenciados por el modelo de desarrollo de Asia oriental, donde el Estado desempeñó un papel central en la promoción del desarrollo (lo que dio origen al término «Estado desarrollista»)[76].

No obstante, lo que más me intrigaba de Mauricio era cómo aquel país relativamente pobre conseguía proporcionar a todos sus ciudadanos atención sanitaria y educación universitaria gratuitas, cuando por lo visto Estados Unidos no puede permitírselos. Incluso proporciona transporte gratuito a la juventud y a los ancianos: a los primeros porque son el futuro del país, y a los segundos por lo que han hecho por la sociedad. Quise subrayar algo sencillo: nosotros podíamos permitirnos proporcionar estos servicios a todos los estadounidenses. Invertir en nuestra juventud fortalecería a nuestro país. La mayoría de naciones consideran el acceso a la atención sanitaria elemental como un derecho humano básico. El hecho de que nosotros no lo hayamos hecho es una elección que refleja las prioridades establecidas por un proceso político en el que se otorga un peso desproporcionado a los intereses y pareceres de quienes están en la cima de la pirámide social.


Nada puso esto tan claramente de relieve como los sucesos que rodearon a una reciente crisis financiera. Poco antes, el presidente Bush había vetado una ley que habría proporcionado atención sanitaria a los niños pobres con el argumento de que no podíamos permitírnosla. De algún modo, sin embargo, encontramos de repente 700 000 millones de dólares para rescatar a los bancos, y más de 150 000 millones de dólares para rescatar a una empresa descarriada. Disponíamos de dinero para proporcionarles una red de seguridad a los ricos, pero no a los pobres. Por supuesto, el argumento de que, al hacerlo, la economía quedaría a salvo y todo el mundo se beneficiaría, era, ni más ni menos, una versión brutal de la teoría económica del goteo. No fue así: a quienes estaban en la cima les fue muy bien, mientras que el estadounidense medio está peor que hace un cuarto de siglo.


La experiencia de Mauricio demuestra, por el contrario, que invertir en las personas sí es rentable.


Como antes señalé, Asia oriental, con unos ingresos per cápita que han llegado a multiplicarse hasta por ocho en los últimos treinta años, es la región del mundo que más éxito ha tenido en materia de desarrollo. Es más, en otros tiempos nadie, ni siquiera el economista más optimista, habría pensado que un crecimiento tan rápido fuera posible. No es de extrañar, pues, que lo que había ocurrido en estos países se convirtiera en tema de intenso estudio. Lo que está claro es que no siguieron el modelo fundamentalista de mercado; los mercados desempeñaron un papel decisivo en su éxito, pero se trataba de mercados dirigidos (dirigidos en conjunto del beneficio de la sociedad, no de unos cuantos accionistas o directivos). Se trataba de unas economías de mercado en las que el Estado desempeñaba el papel de un director de orquesta. Catalizaba el crecimiento, e invertía intensamente en tecnología, educación e infraestructura.


La prosperidad compartida era un rasgo central de la mayoría de estos países; la desigualdad, de acuerdo con los parámetros convencionales, era reducida, e invertían intensamente en educación femenina. Crearon la sociedad de clase media que Estados Unidos creía ser, allá por la época que sucedió a la Segunda Guerra Mundial.


Entre los países económicamente más exitosos de Asia oriental estaba Singapur, un pequeño Estado isleño en el que en la actualidad viven unos cinco millones y medio de personas. Cuando fue expulsado de lo que en aquel entonces, en 1969, se llamaba la Unión Malaya, era un país desesperadamente pobre con una tasa de desempleo del 25 por ciento. Su líder, el primer ministro Lee Kuan Yew, llegó a hacerse archiconocido por echarse a llorar en televisión al pensar en las sombrías perspectivas del país. No obstante, a Singapur el Estado desarrollista le dio resultado, tanto que hoy en día sus ingresos per cápita son superiores a los 55 000 dólares, lo que significa que ocupa el noveno puesto entre los países de ingresos más elevados del mundo. Y (si dejamos a un lado a los ricos que se han mudado a Singapur porque muchos lo consideran como un puerto seguro en una parte turbulenta del mundo) tiene un grado de desigualdad relativamente reducido.


El artículo sobre Singapur suscitó enérgicas reacciones, al igual que el artículo sobre Mauricio. Evidentemente, a muchos estadounidenses no les gustó ver a su país puesto en entredicho. En Estados Unidos la idea de que en algunos apartados otros estuvieran haciendo las cosas mejor (más aún teniendo en cuenta sus limitados recursos) era anatema. En el caso de Singapur existía otro problema. Las deficiencias de su democracia vienen señalándose desde hace mucho tiempo, y yo las indiqué cuidadosamente en mi artículo. No obstante, y de forma cada vez más frecuente, quienes viven en otros países han hecho comentarios acerca de las deficiencias de la nuestra, que tanto alcance ha dado al poder del dinero.


Los artículos siguientes tratan sobre Japón. En el momento en que yo estaba emprendiendo mi estudio acerca del milagro económico de Asia oriental, al final de la década de 1980 y comienzos de la década de 1990, su milagro económico estaba tocando a su fin.[77] Ahora lleva ya más de un cuarto de siglo en un estado poco menos que de estancamiento, que a menudo se denomina el malestar económico japonés. No obstante, de algún modo, incluso al atravesar esos tiempos difíciles, Japón consiguió mantener un nivel de desempleo reducido (con una media en torno al cinco por ciento, la mitad del máximo alcanzado por Estados Unidos durante la desaceleración). Su grado de desigualdad era menor que el de Estados Unidos y su red de seguridad era mucho mejor (incluyendo sus prestaciones de atención sanitaria), de manera que uno tiene la impresión de que engendró mucho menos sufrimiento. Con todo, «Japón debería estar alerta» señala los peligros de una creciente desigualdad.[78] A lo largo del último cuarto de siglo se han producido grandes cambios en la economía japonesa, y el país ha estado sometido a presiones para introducir algunas de las «reformas de mercado» que contribuyeron al aumento de la desigualdad en otras partes. Hay indicios de un preocupante incremento de la desigualdad, y la situación podría agravarse.


No obstante, a fin de cuentas, creo que «Japón es un modelo, no una fábula moralizante». La disminución de la población activa (la población en edad de trabajar) distorsiona la imagen del deslucido crecimiento nipón. Si se tiene esto en cuenta, durante la última década más o menos, Japón ha estado en lo más alto del ranking, por mucho que a algunos les cueste creerlo, dadas las críticas lanzadas contra este país. Más aún, como antes mencioné, hasta ahora ha sido capaz de gestionar un crecimiento más inclusivo que el de Estados Unidos.


Escribí este artículo poco después de que Shinzo Abe se convirtiera en primer ministro. Fui a Tokio dos veces durante los primeros meses de su administración, para debatir con él y con sus asesores sobre las políticas que han acabado conociéndose con el nombre de la «Abeconomía». Me impresionó que reconocieran que no se podía depender de la política monetaria; también era preciso estimular la economía mediante la política fiscal (gasto y/o rebajas de impuestos), así como con políticas estructurales que favorecieran el crecimiento. Esos eran los tres pilares de la «Abeconomía». La política monetaria (bajo los auspicios de mi buen amigo Haruhiko Kuroda) tuvo un éxito notable. Por desgracia, la política fiscal fue vacilante. A las políticas expansionistas iniciales les siguió una subida de impuestos que tuvo el efecto pronosticado: el crecimiento descarriló. Otras políticas podrían haber dado mucho mejor resultado: un impuesto sobre el carbono habría recaudado fondos y estimulado a las empresas para que realizaran inversiones ahorradoras de energía, lo que habría redundado en beneficio de la macroeconomía. Pero por lo visto, la situación política no lo permitía.


A las políticas estructurales les costó mucho más levantar el vuelo. Algunas de ellas quizá fueran más simbólicas que reales (aunque podrían dar resultado en industrias concretas). Por ejemplo, el primer ministro Abe propuso sumarse a los debates sobre la gestación del Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica, un acuerdo comercial que Estados Unidos estaba impulsando en varios países de la Cuenca del Pacífico. Una de las presuntas razones para hacerlo era la esperanza de que ayudase a reestructurar el muy subvencionado sector agrícola japonés. La ironía, por supuesto, estribaba en que Estados Unidos también subvenciona intensamente su sector agrícola (en efecto, ¿cómo si no podría alguien cultivar arroz en medio de lo que en caso contrario sería un desierto?). Ahora bien, incluso si hubiera reestructurado con éxito la agricultura, este sector es tan pequeño que eso apenas habría tenido impacto sobre la economía.


Cosa interesante, una de las reformas más prometedoras fomentaría a la vez la igualdad. Antes señalamos el declive de la población activa provocada por la disminución de la población combinada con la resistencia a la inmigración. Abe propuso recurrir a un sector importante de la mano de obra japonesa que lleva mucho tiempo infrautilizado: una población femenina muy formada.


Los dos artículos siguientes tratan sobre China. He estado involucrado de manera activa en el desarrollo de China desde los comienzos de la transición del comunismo a la economía de mercado. Realicé mi primera visita de larga duración a ese país en 1980. Una segunda visita prolongada formó parte de mi proyecto de investigación sobre el milagro de Asia oriental. Desde mediados de la década de 1990, tuve ocasión de ir a China una o más veces al año, así como de celebrar encuentros con el primer ministro y otros altos cargos, primero como miembro del Gobierno estadounidense y más tarde como partícipe del Foro de Desarrollo de China, donde a menudo se me pidió que reflexionara sobre las nuevas estrategias económicas a medida que estas iban desplegándose.


«La hoja de ruta de China» fue escrito en 2006, poco después del anuncio del undécimo plan quinquenal. (Cada cinco años, en China se elabora una «hoja de ruta» para dar orientaciones de cara al periodo venidero). Como expongo en el artículo, la creación de una sociedad armoniosa era consustancial a ese plan y tenía como objetivo tratar de evitar las brechas que han acabado caracterizando a la sociedad estadounidense. En el caso de China, esa inquietud no se refiere sólo a la brecha entre ricos y pobres, sino también a la brecha entre zonas urbanas y rurales, así como entre las zonas costeras (donde comenzó la transición del país a la economía de mercado) y las regiones occidentales.


Escribí «La reforma del equilibrio entre Estado y mercado en China» ocho años más tarde, poco después de que un nuevo Gobierno hubiese accedido al poder y comenzase a formular la estrategia económica que iba a guiar al país a lo largo de la década siguiente. En lo relativo a asegurar que sus ciudadanos compartiesen de manera amplia la creciente prosperidad del país, el historial de China era desigual. Consiguió sacar a 500 millones de personas de la miseria, lo que supone el programa contra la pobreza con mayor éxito de todos los tiempos. Al mismo tiempo, cuando escribí este artículo, el nivel de desigualdad, medido de acuerdo con los criterios habituales (el coeficiente de Gini), era comparable al de Estados Unidos. En algunos sentidos resultaba impresionante: treinta años antes, el país había sido relativamente igualitario. ¡A Estados Unidos le costó mucho tiempo obtener el mismo nivel de desigualdad logrado por China en treinta años!


Ahora bien, es importante comprender la diferencia entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. En las etapas iniciales del desarrollo, algunas partes del país empiezan a crecer más que otras. El desarrollo casi siempre es una cuestión de industrialización y urbanización; dado que los ingresos urbanos son mucho más elevados que los ingresos de las zonas rurales, la desigualdad aumenta desde el principio. No obstante, a medida que la importancia del sector rural disminuye, la desigualdad va disminuyendo. Esa es una de las razones por las que Simon Kuznets previó que los aumentos en la desigualdad ampliamente observados en las primeras etapas del desarrollo se revertirían. Hasta el momento, China no ha sido una excepción a esta pauta. Estados Unidos (y en una medida cada vez mayor, otros países avanzados) sí lo es. La reducción de la desigualdad sí caracterizó a Estados Unidos durante las primeras tres cuartas partes del siglo pasado, pero desde el comienzo de la era Reagan el rumbo se invirtió.


Mi mensaje a China en este artículo pretendía ser un toque de atención, sobre todo en lo que se refiere al entusiasmo de sus dirigentes en torno a continuar la transición a una economía de mercado. Sí, en muchos sectores debería acogerse la introducción del mercado con los brazos abiertos. Ahora bien, muchos de los problemas acuciantes a los que se enfrenta la economía china —la desigualdad y la contaminación entre otros— han sido en gran medida obra del sector privado, y serían precisas políticas gubernamentales activas para revertir estas inquietantes tendencias.


Cuando viajo por el mundo, de vez en cuando experimento algo completamente imprevisto, algo que me da esperanzas, que me inspira. Mi visita a Mauricio fue una de esas experiencias. Una visita a Medellín, Colombia, en abril de 2014, fue otra. Había acudido allí para participar en un encuentro del Foro Urbano Mundial, que se celebra cada tres años. Este encuentro fue el más concurrido de todos: había allí unas 22 000 personas, de las cuales unas 7000 escucharon con entusiasmo mi discurso. En «Medellín: una luz para las ciudades» describí el giro de ciento ochenta grados dado por una ciudad que antaño había sido tristemente célebre por sus bandas de narcotraficantes. La lucha contra la desigualdad estuvo en el meollo de su éxito. Pese a que el grueso de la batalla principal por crear una sociedad más justa y más igualitaria, en la que la prosperidad sea compartida y todo el mundo viva con un mínimo de dignidad, tenga que darse a escala nacional, Medellín muestra que a nivel local se puede hacer mucho, sobre todo teniendo en cuenta que gran parte de los servicios fundamentales decisivos para el mantenimiento del nivel de vida de todos los individuos se suministran de forma local: la vivienda, el transporte público o servicios como los parques y la enseñanza. Se trata de un mensaje importante para Estados Unidos, donde el punto muerto político significa que a nivel nacional los avances serán mínimos; más aún, la inquietud es que la política nacional conducirá a un incremento de la desigualdad en años venideros. Si ha de haber avances, pues, en lo relativo a estas cuestiones, tendrá que producirse a nivel local.


La batalla entre quienes intentan crear una sociedad más igualitaria y quienes se oponen a esos cambios se está librando en todo el mundo. A menudo me he visto envuelto en esas luchas, incluso durante mis giras de conferencias más académicas. Así sucedió durante mis visitas a Australia en 2011 y 2014. Escribí «Delirios estadounidenses en Oceanía» tras mi regreso de Australia a comienzos de julio de 2014.[79] Tony Abbott acababa de convertirse en primer ministro y estaba empeñado en revertir las políticas emprendidas por administraciones anteriores, que se habían plasmado en éxitos enormes para el país, hasta tal punto que los ingresos per cápita eran de unos 67 000 dólares (es decir, que se encontraba entre los más elevados del mundo, y muy por encima de los de Estados Unidos). Aquellas políticas habían desembocado en una prosperidad más compartida —un salario mínimo que doblaba al de Estados Unidos, con una tasa de desempleo que era (en aquel entonces) mucho menor, una deuda pública que era mucho más reducida que la de Estados Unidos y una forma de financiar la enseñanza superior que ofrecía oportunidades a todo el mundo—, préstamos en los que los plazos estaban vinculados a los ingresos del individuo, un sistema de atención sanitaria que tenía como consecuencia una esperanza de vida más elevada y una mejor salud a un coste mucho menor que el de Estados Unidos. A pesar de estos éxitos, Abbott pretendía lograr que de algún modo Australia siguiera el modelo estadounidense, en un clara muestra de obsesión ideológica que prevalece sobre todo lo demás.


Ese mismo año me vi involucrado en un debate sobre la independencia de Escocia. Había prestado mis servicios (con sir James Mirrlees, buen amigo y laureado con el premio Nobel) en un consejo asesor del Gobierno escocés. Escocia se había mostrado activa en la puesta en práctica de ideas que yo llevaba tiempo promoviendo acerca de cómo medir mejor el comportamiento económico. Había presidido la Comisión Internacional sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social, donde acordamos de forma unánime que el PIB era una medida inadecuada —y en ocasiones engañosa— de medir el comportamiento económico.[80] Yo estaba entusiasmado con los países interesados en poner en práctica nuestras ideas, y Escocia era uno de ellos. Hubo otras ideas innovadoras, por ejemplo, políticas de fomento de mejoras medioambientales y políticas industriales activas destinadas a crear empleo y promover la innovación.


En septiembre de 2014, Escocia votó sobre su independencia. Quienes se oponían a ella habían sido muy alarmistas al describir los desastrosos efectos que podrían seguir a la independencia. Si bien a mí me inquietaba la creciente fragmentación nacional del mundo, los alarmistas no me convencieron, y quedé impresionado por el tono del debate entre los partidarios de la independencia: era positivo, versaba sobre las posibilidades que podrían abrirse y estaba muy alejado del nacionalismo provinciano que caracteriza a muchos movimientos semejantes. Este pequeño país fue el lugar de nacimiento de la Ilustración, el movimiento intelectual con el que todos tenemos una gran deuda tanto por lo que se refiere a nuestros valores democráticos como por los progresos científicos y tecnológicos a los que dio lugar. Y lo que es más importante para los objetivos de este libro: mientras Inglaterra seguía el modelo económico estadounidense —con el consiguiente y esperado aumento de la desigualdad—, Escocia se veía a sí misma siguiendo el modelo escandinavo, dotado de una mayor igualdad de oportunidades. «Independencia escocesa» se publicó en Escocia en los días previos al referéndum.


La independencia fue rechazada, aunque un asombroso 45 por ciento de los votantes, en unos comicios muy concurridos, votó a favor de poner fin a una unión de 300 años. Cosa interesante: en los días inmediatamente posteriores se produjo un aumento del apoyo al Partido Nacionalista Escocés (SNP) y la mayor autonomía prometida significó que, con casi toda certeza, Escocia pondrá en práctica políticas que fomenten una mayor igualdad.


Mientras que Escocia nos proporciona una nota de optimismo en un mundo de creciente desigualdad, España es un ejemplo de todo lo contrario. Visito España a menudo. Entre las protestas que marcaron la primavera de 2011, las de España fueron particularmente importantes, y se entiende por qué, dadas las dificultades que atraviesa el país. Me dirigí a los jóvenes manifestantes en el parque del Retiro, en Madrid. Me mostré de acuerdo con ellos en que algo fallaba en nuestros sistemas económicos y políticos: teníamos trabajadores en paro y gente sin hogar en un mundo en el que había enormes necesidades insatisfechas y viviendas vacías, y mientras los ciudadanos de a pie sufrían, a aquellos que habían provocado la crisis —los banqueros y sus amigotes— les iba muy bien.


Escribí «Depresión en España» como prólogo a la edición española de El precio de la desigualdad. España era uno de los países que realmente habían logrado reducir la desigualdad durante los años previos a la Gran Recesión, o sea, que había seguido una trayectoria diametralmente opuesta a la de Estados Unidos. Pero todos los avances se estaban perdiendo a raíz de la Gran Recesión. Mientras que en Europa la mayoría de gente —y sobre todo sus líderes políticos— dudan en llamar depresión a lo que estaba ocurriendo en España, eso es lo que era, y había acarreado una inmensa disminución de los ingresos y una tasa de paro juvenil superior al 50 por ciento. En este texto sostengo que los problemas residen por completo en la estructura de la eurozona y las políticas de austeridad impuestas al país, más que en políticas españolas o en la estructura económica de España.

EL MILAGRO DE MAURICIO[38*]


Supongamos que alguien describiera a un pequeño país que proporcionara enseñanza universitaria gratuita para todos sus ciudadanos, transporte para los niños en edad escolar y atención sanitaria gratuita —cirugía cardíaca incluida— para todo el mundo. Cabría sospechar que dicho país fuera fenomenalmente rico o bien que va camino de la crisis fiscal por la vía rápida.


Al fin y al cabo, en Europa los países ricos han descubierto cada vez más que no pueden financiar la enseñanza universitaria y están pidiendo a la juventud y a sus familias que soporten los costes. Por su parte, Estados Unidos nunca ha intentado ofrecer una enseñanza universitaria gratuita para todo el mundo, y fue precisa una enconada batalla sólo para que los estadounidenses pobres tuvieran garantizado el acceso a la atención sanitaria, una garantía que en estos momentos el Partido Republicano se esfuerza denodadamente por revocar aduciendo que el país no puede permitírsela.


Aun así, Mauricio, un pequeño Estado insular que se encuentra cerca de la costa de África oriental, no es un país especialmente rico ni va camino de la ruina presupuestaria. Pese a ello, ha pasado las últimas décadas construyendo con éxito una economía diversificada, un sistema político democrático y una sólida red de Seguridad Social. Muchos países, en particular Estados Unidos, podrían aprender de su experiencia.


En el transcurso de una reciente visita a este archipiélago tropical de 1,3 millones de habitantes, tuve la oportunidad de constatar sobre el terreno algunos de los pasos de gigante que ha dado Mauricio, logros que podrían parecer desconcertantes en vista de los debates que se han producido en Estados Unidos y otros lugares. Consideremos la propiedad de la vivienda: pese a que los conservadores estadounidenses dicen que el intento del Gobierno de extenderla al 70 por ciento de los ciudadanos fue lo que provocó el colapso económico, el 87 por ciento de los habitantes de Mauricio son propietarios de su vivienda, sin que ello haya propiciado una burbuja inmobiliaria.


Ahora viene la cifra más dolorosa: durante casi treinta años el PIB de Mauricio ha aumentado a un ritmo superior al 5 por ciento anual. A buen seguro que tiene que haber algún «truco». Mauricio debe de ser rico en diamantes, petróleo o alguna otra materia prima valiosa. Sin embargo, lo cierto es que Mauricio no posee recursos naturales explotables. Es más, en 1961 sus perspectivas de futuro eran tan lúgubres que a medida que se aproximaba la independencia de Gran Bretaña —que llegó en 1968— el premio Nobel James Meade escribió: «Será todo un logro que [el país] pueda emplear productivamente a su población sin una reducción drástica del nivel de vida actual […] Las perspectivas de desarrollo pacífico parecen escasas».


Como si hubieran pretendido demostrar lo mucho que se equivocaba Meade, los habitantes de Mauricio han hecho aumentar los ingresos per cápita de menos de 400 dólares en torno a la época de la independencia a más de 6700 dólares en la actualidad. El país ha progresado desde el monocultivo basado en el azúcar a una economía diversificada que incluye el turismo, las finanzas, la industria textil y —si los planes actuales fructifican— la tecnología avanzada.


Durante mi visita, lo que me interesaba era comprender mejor lo que había conducido a lo que algunos habían bautizado como el Milagro de Mauricio, y lo que otros podían aprender de él. De hecho, se pueden desprender muchas lecciones, y los políticos estadounidenses y de otras partes deberían tener presentes algunas de ellas a la hora de librar sus batallas presupuestarias.

Para empezar, no se trata de saber si podemos proporcionar atención sanitaria o enseñanza a todo el mundo, o siquiera de garantizar que la mayoría de los ciudadanos sean propietarios de sus viviendas. Si Mauricio puede permitirse estas cosas, Estados Unidos y Europa —que son mil veces más ricos— también pueden permitírselo. De lo que se trata, más bien, es de cómo organizar la sociedad. Los ciudadanos de Mauricio han optado por un camino que conduce a niveles más elevados de cohesión social, bienestar y crecimiento económico, así como a un menor nivel de desigualdad.

En segundo lugar, y a diferencia de muchos otros países pequeños, Mauricio ha decidido que la mayor parte de los gastos militares son un despilfarro. No hace falta que Estados Unidos vaya tan lejos: una mínima parte del dinero que nuestro país gasta en armamento que no funciona contra enemigos que no existen daría para mucho a la hora de crear una sociedad más humana, comprendida ahí la provisión de atención sanitaria y enseñanza para quienes no pueden permitirse costeárselas.


En tercer lugar, Mauricio reconoció que, al carecer de recursos naturales, su único activo era su gente. Quizá ese aprecio por sus recursos humanos fuese también lo que llevó a Mauricio a darse cuenta de que, sobre todo dadas las diferencias religiosas, étnicas y políticas potenciales del país —que algunos intentaron explotar para inducir al país a seguir siendo una colonia británica—, la enseñanza para todos era fundamental para la unidad social. También lo era un férreo compromiso con las instituciones democráticas y la cooperación entre trabajadores, Gobierno y patronal, precisamente lo contrario de la clase de disensiones y divisiones que los conservadores estadounidenses están engendrando en la actualidad.


Esto no quiere decir que Mauricio no tenga problemas. Como muchos otros países de mercado emergentes que han tenido éxito, Mauricio se enfrenta a la pérdida de competitividad en materia de tipos de interés. Y a medida que cada vez más países intervengan para debilitar sus tipos de interés mediante la expansión cuantitativa, el problema empeorará. Con casi toda certeza, Mauricio también tendrá que intervenir.


Además, al igual que muchos otros países de todo el mundo, Mauricio se enfrenta hoy a inquietudes relacionadas con la importación de alimentos y la inflación energética. Responder a la inflación con la subida de los tipos de interés no haría sino agravar las dificultades creadas por unos precios elevados acompañados por un alto nivel de desempleo y unos tipos de interés aún menos competitivos. Las intervenciones directas, las restricciones sobre las entradas de capital a corto plazo, gravar las ganancias patrimoniales y estabilizar unas normativas bancarias prudenciales son medidas que habrá que tener en cuenta.


El Milagro de Mauricio se remonta a la independencia. No obstante, el país sigue enzarzado con una parte de su legado colonial: la desigualdad en el reparto de la tierra y la riqueza, así como la vulnerabilidad de su política global de alto riesgo. Estados Unidos ocupa sin compensación una de las islas del litoral de Mauricio, Diego García, como base naval; oficialmente se la arrienda el Reino Unido, que no sólo se quedó con el archipiélago Chagos, violando así las leyes internacionales y de las Naciones Unidas, sino que también expulsó a sus habitantes y se niega a permitirles regresar.


En la actualidad Estados Unidos debería ser justo para con este país pacífico y democrático, reconocer los legítimos derechos de propiedad de Mauricio sobre Diego García y purgar sus pecados pasados pagando una cantidad justa por un territorio que ha venido ocupando ilegalmente durante décadas.


Continuará




76 Washington, D. C., World Bank, 1993, y en forma de un artículo de revista más breve, «Some Lessons from the East Asian Miracle», World Bank Research Observer 11, núm. 2 (agosto 1996), pp. 151-177. <<

[77] Ver J. E. Stiglitz, «Some Lessons from the East Asian Miracle», World Bank Research Observer 11, núm. 2 (agosto 1996): pp. 151-177; J. E. Stiglitz y M. Uy, «Financial Markets, Public Policy, and the East Asian Miracle», ibíd., pp. 249-276; y Banco Mundial, The East Asian Miracle: Economic Growth and Public Policy, Washington, D. C., World Bank, 1993. <<


[78]  Reimpreso de la introducción a la edición japonesa de El precio de la desigualdad. <<
79] También escribí otro artículo, «Australia, You Don’t Know How Good You’ve Got It», para el Sydney Morning Herald, que fue publicado en septiembre de 2013. <<


[80]           El informe de la comisión se publicó con el título Mismeasuring Our Lives: Why GDP Doesn’t Add Up, con Jean-Paul Fitoussi y Amartya Sen, Nueva York, New Press, 2010. <<

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