sábado, 19 de noviembre de 2016

Los asesinos del Medicare


Durante la campaña, Donald Trump prometió a menudo que sería otra clase de republicano, uno que representase los intereses de los votantes de clase trabajadora que dependían de los grandes programas sociales del Gobierno. “No voy a recortar la Seguridad Social, como han hecho los demás republicanos, y tampoco voy a recortar Medicare ni Medicaid”, declaraba bajo el titular “Por qué Donald Trump no tocará sus ayudas sociales”.

Era mentira, por supuesto. El responsable de la Seguridad Social dentro del equipo de transición es un viejo defensor de la privatización, y todo indica que el Gobierno entrante se prepara para eliminar Medicare y sustituirla por cupones que puedan utilizarse para contratar un seguro privado. Ah, y también es probable que aumente la edad a la que se puede optar a la asistencia de Medicare.

De modo que es importante no permitir que esta tomadura de pelo tenga lugar antes de que los ciudadanos se den cuenta de lo que pasa.

Hay tres argumentos, concretamente, que deben pregonarse tanto como sea posible.

Primero, que el ataque contra Medicare será una de las violaciones de promesa electoral más flagrantes de la historia.

Algunos lectores recordarán el intento de George W. Bush de privatizar la Seguridad Social amparándose en la afirmación de que los votantes se lo habían “exigido”, a pesar de haber centrado toda su campaña en otros asuntos. Aquello estuvo mal, pero esto es mucho peor, y no solo porque Trump haya perdido la votación popular por una diferencia considerable; sería peregrino hablar de “exigencia”.

El candidato Trump hizo campaña a favor de una postura diametralmente opuesta a la que el presidente electo Trump parece estar adoptando, afirmando que es un populista económico que defiende a la clase trabajadora (blanca). ¿Ahora va a destruir un programa que es crucial para esa clase?

La privatización de Medicare violaría una promesa fundamental de la campaña de Donald Trump

Lo que me lleva al segundo punto: aunque Medicare sea un programa esencial para la gran mayoría de los estadounidenses, es especialmente importante para esos votantes blancos de clase trabajadora que apoyaron a Trump con más vehemencia. Ello se debe, en parte, a que los beneficiarios de Medicare son bastante más blancos que el país en general, precisamente porque son mayores y reflejan la demografía de una época anterior.

Aparte de eso, piensen en lo que pasaría si Medicare no existiese. Algunos estadounidenses mayores probablemente podrían mantener su cobertura sanitaria permaneciendo en puestos de trabajo que se la proporcionan. Pero, en líneas generales, solo dispondrían de esta opción quienes poseyesen una formación muy amplia: entre los mayores, la participación en el mercado laboral está muy relacionada con la educación, en parte porque quienes tienen formación superior gozan de mejor salud que los menos formados, y en parte porque sus trabajos les exigen menos esfuerzo físico. Los mayores de clase trabajadora quedarían abandonados, incapaces de conseguir la atención médica que necesitasen.

Aun así, ¿no hay que hacer algo con Medicare? No (y este es el tercer razonamiento). A menudo, la gente como Paul Ryan, el presidente de la Cámara de Representantes, se las ha arreglado para embaucar a los medios de comunicación y hacerles creer que los intentos de desmantelar Medicare y otros programas se deben a inquietudes económicas válidas. No es así.

Desde hace mucho tiempo, resulta evidente que Medicare es, de hecho, más eficaz que los seguros privados, sobre todo porque no dedica grandes sumas a gastos indirectos y publicidad ni, por supuesto, tiene que dejar un margen para beneficios.

Lo que no todo el mundo sabe es que las medidas de ahorro contempladas por la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, también llamada Obamacare, han tenido un éxito considerable en su intento de que “la curva alcance un punto de inflexión” (que se frene la subida a largo plazo de los gastos de Medicare). De hecho, desde 2010, el desembolso de Medicare por beneficiario solo ha subido un 1,4% anual, menos que la tasa de inflación. Este triunfo es una de las principales razones por las que las previsiones presupuestarias a largo plazo han mejorado de forma espectacular.

Entonces, ¿por qué intentar destruir este programa popular, que funciona mejor que nunca en determinados aspectos importantes? La respuesta fundamental, desde el punto de vista de gente como Ryan, probablemente sea que Medicare está en el punto de mira justo a causa de su éxito: a quienes se oponen a la Administración, les vendría muy bien deshacerse de un programa que deja patente el poder del Gobierno para mejorar la vida de la gente.

Y la privatización de Medicare tendría una ventaja adicional para la derecha: generaría muchas oportunidades de beneficio privado, obtenido mediante el desvío de unos fondos que podrían haberse usado para proporcionar asistencia sanitaria.

En resumen, la privatización de Medicare violaría una promesa fundamental de la campaña de Trump, perjudicaría especialmente los intereses de ese grupo de votantes que creía haber encontrado un adalid y sería una medida política desastrosa.

A lo mejor piensan que todo esto impedirá que las idea tenga la más mínima posibilidad. Y esta iniciativa, de hecho, fracasará —al igual que la privatización de la Seguridad Social en 2005— si los votantes se dan cuenta de lo que pasa.

Ahora, lo esencial es asegurarse de que, en efecto, los votantes toman conciencia de lo que sucede. Y esta labor no corresponde solo a los políticos. También representa una oportunidad para que los medios de comunicación, que fracasaron tan estrepitosamente durante la campaña, empiecen a hacer su trabajo.

PAUL KRUGMAN ES NOBEL DE ECONOMÍA.THE NEW YORK TIMES COMPANY, 2016 TRADUCCIÓN DE NEWS CLIPS.

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