miércoles, 21 de diciembre de 2016

Meditar: La reacción como progreso: Los economistas como intelectuales, de József Böröcz.

Por Desiderio Navarro
21 DICIEMBRE, 2016, La Pupila Insomne
Foto: Hubert Moreno
Foto: Hubert Moreno
La extrema escasez y superficialidad de la información ofrecida entre nosotros sobre los procesos de desintegración del socialismo y transición al capitalismo en la Europa del Este, propició, y a menudo también generó,  una serie de generalizaciones homogeneizantes que no reflejaban  las grandes diferencias entre esos procesos en los distintos países de la región. Significativamente desde el punto de vista ideológico, al tiempo que se pasaban en silencio fenómenos realmente generales como el importante papel de gran parte de la nomenklatura partidista y estatal (y no sólo de dirigentes aislados) en el desmantelamiento del sistema y la constitución de las nuevas élites, a menudo se elevaba a “regularidad” general el papel de la intelectualidad literaria y artística como factor iniciador y hasta lidereante de esos procesos, haciendo caso omiso de que, por ejemplo, en un país como Hungría, era otro sector de la intelectualidad el que constituía la vanguardia de la intelectualidad de la reforma: los economistas. El trabajo del destacado sociólogo húngaro József Böröcz que hoy presentamos, es precisamente una investigación de sociología del conocimiento económico sobre aquellos que, presentando su disciplina como una ciencia natural, ajena a los condicionamientos e intereses ideológicos y políticos, como “la ciencia objetiva del mercado”, fueron, en realidad, “agentes clave” de la reforma y la transición al capitalismo,  “no como profesionales fríos, no involucrados (de acuerdo con su propia imagen de sí), sino como actores sociales involucrados profundamente en la política”. 
“Para resumir, cualquier argumento hecho bajo el socialismo de estado en favor de abandonar ese sistema (y muchos de los argumentos concernientes a su reforma) en el contexto de un mundo bipolar, estaba obligado a ser tanto utópico como ideológico en el sentido mannheimiano. Era utópico en su concentración de la atención en elementos que sustancian un deseo de la “destrucción y transformación de una realidad dada” (Mannheim 1936, 40).
Sin embargo, trabaja para la “destrucción y transformación” del socialismo de estado mediante una imagen concreta del futuro que usa como su contenido utópico un reflejo convenientemente idealizado de una alternativa “capitalista” “realmente existente”. La meta del cambio social, político y económico está “siempre ya” allí, y es esa referencia la que determina el peculiar patrón de hechos revelados y encubiertos por ella. En este respecto, esta forma de saber funciona como saber desestabilizante, o: utopía.
Al poner énfasis en los problemas estructurales inaceptables, y hasta intolerables, de la realidad A, y afirmar las cualidades deseables de la realidad B, ella encubre tanto los aspectos deseables de la primera como los aspectos repugnantes de la segunda. El saber utópico ideado para la reforma y transformación profundas del socialismo de estado es, a la vez, una forma poderosamente apologética de conocimiento con respecto a la alternativa, el capitalismo.”

La reacción como progreso: Los economistas como intelectuales.  Por József Böröcz

“Es imposible discutir con usted. Usted no es un liberal.”1
“Por una cuestión de principio, no intento decir nombres polacos. Son impronunciables.”2
Introducción
El propósito de este capítulo es investigar, en gran medida in abstracto, la postura epistémica del grupo de productores de conocimiento comúnmente —aunque imprecisamente— conocidos como los economistas de la reforma húngara. Esos pensadores obtuvieron aclamación internacional durante el período del socialismo de estado por los niveles académicos notablemente altos que lograron a pesar de las difíciles circunstancias en que tuvieron que trabajar. Para los propósitos de este capítulo, abordaré la escritura económica como un terreno de teleología política y social sobre un fondo de cambio social profundo, y veré a los economistas como agentes clave en el proceso. Esta investigación constituye el primer paso de un proyecto de investigación mayor en el campo de la sociología del conocimiento económico, y mis objetivos son correspondientemente modestos: después de definir de manera más cuidadosa mi objeto de estudio —los economistas de la reforma húngara— con la ayuda de las obras de Carl Schmitt y Mannheim, delineo la posición epistémica de los mismos en términos de la sociología de los intelectuales de Mannheim y con una breve referencia a la obra reciente de A. O. Hirschman.3
Consideremos, como punto de partida, el asunto de la autorreflexión de los economistas. Está claro que ellos no se consideran a sí mismos intelectuales en el sentido tradicional: la economía (modelada fielmente a imagen de la física) es vista por sus practicantes como la ciencia objetiva del mercado (modelado fielmente a imagen de la naturaleza).4 Para nuestros propósitos, la consecuencia más importante de estas notables autoproclamadas objetividad y desvinculación de todas las preocupaciones evaluativas, culturales y políticas, es que la ciencia económica no ha considerado que valga la pena desarrollar una teoría epistemológica explícita. Esta carencia de una actitud de duda [skepsis] epistemológica  distingue con toda claridad a la economía de todas las otras ramas de la ciencia social.
La ciencia económica que se amoldara a esa imagen sería una actividad inmanente: producción de conocimiento no afectada por preocupaciones extrínsecas y relacionada con ellas sólo “en último análisis”. Semejante ciencia constituiría un cuerpo de conocimientos y un modo de análisis social cuyas principales preocupaciones, énfasis paradigmáticos y formulaciones semejantes a leyes cambiarían o muy lentamente (de acuerdo con el modelo estrictamente acumulativo de la ciencia normal) o en erupciones repentinas, con consecuencias importantes (las revoluciones semejantes a rupturas de los paradigmas kuhnianos).
Dos conjuntos de observaciones empíricas proporcionan un sorprendente contraste con el enfoque considerado.
Conjunto de observaciones Uno
Cuando les preguntamos a cierto número de destacados economistas húngaros sobre la estructura interna de su disciplina, esperábamos diversas versiones de descripciones de linderos disciplinarios tales como “neoclásica vs. institucionalista”, “teórica vs. empirista”, y así sucesivamente. El propósito de nuestra indagación era determinar si había, además, algunos linderos intradisciplinarios peculiares.
Para nuestra sorpresa, los veintiocho economistas entrevistados respondieron, todos, sosteniendo o que la disciplina “no tiene estructura” (el primer ejemplo de un fenómeno social sin estructura que este autor haya encontrado alguna vez) o que tiene una estructura política en algunos respectos, pero no enteramente. La idea de que pudiera “no tener estructura” puede ser entendida como el producto de una de dos posiciones: 1) una resistencia general a la suposición de que la economía puede ser descrita en términos de distinciones nítidas (“escultura mental”), o 2) una resistencia más específica a la aplicación de distinciones rígidas (Zerubavel 1995). En la medida en que la resistencia más general pueda ser válida, podríamos aprovechar la idea de Carl Schmitt de que la esencia de la política es la distinción entre amigo y enemigo, “la distinción política específica a la que se pueden reducir las acciones y motivos políticos” (Schmitt 1976 [1927], 25-26). En un ambiente enteramente politizado, un enfoque desde afuera —en este caso, con una inocente pregunta relativa a las estructuras internas de su disciplina— puede ser percibido como una intrusión o incluso como una franca agresión. “Sólo existe un enemigo cuando, al menos potencialmente, una colectividad humana que lucha se enfrenta a una colectividad similar” (ibid., 28). En las circunstancias de la lucha política, el cuestionamiento externo puede dar origen a un cierre de filas —en este caso, de la falange de los científicos económicos. “Lo político no reside en la batalla misma, que posee sus propias leyes técnicas, psicológicas y militares, sino en el modo de conducta que es determinado por esta posibilidad, al evaluar claramente la situación concreta y, así, ser capaz de distinguir correctamente al amigo real y al enemigo real” (ibíd.., 37).5 En otras palabras, esta lectura de la réplica “la economía no tiene estructura” describe una ciencia que opera de un modo altamente politizado, sumamente combativo, convirtiendo a los economistas productores de conocimiento en especialistas de la guerra intelectual. Esta conclusión, desde luego, le prestaría un fuerte apoyo a nuestro señalamiento básico relativo a la naturaleza inherentemente política de los economistas de la reforma húngara.6
El segundo tipo de respuesta —la referencia a divisiones explícitamente políticas en el sentido de la política de partidos convencional— incorpora luchas políticas bastante mundanas en las estructuras internas de la producción de conocimiento económico. Esto constituiría una reducción considerable en el radio de acción de la economía, puesto que equivale a sostener que la economía es coextensiva con la economía política (la interfaz entre ciencia económica y las actividades de los políticos, preocupados con el comportamiento óptimo del Estado, particularmente con respecto a la economía). Tomando como ejemplo la obra clásica de Schumpeter, la economía política es una actividad productora de conocimento fronteriza que combina economía, Staatswissenschaft y práctica política y está encaminada a la rectificación del problema de que “la teoría económica moderna… está colgando demasiado en el aire y no toma en cuenta suficientemente el hecho de que no se puede hacer ninguna aplicación razonable de sus resultados a cuestiones prácticas o incluso al análisis de situaciones dadas de una economía sin referencia al marco político-histórico dentro del cual esos resultados han de ser válidos” (Schumpeter 1954, 22). Sin embargo, la igualación de economía con economía política es poco más que una sinécdoque burdamente politizada, que deja fuera claramente todos los otros componentes de la ciencia económica de Schumpeter: historia económica, estadística, teoría, y sociología económica, por no mencionar los otros campos aplicados (ibid, 12-24).
Una ilustración particularmente clara del segundo tipo de respuesta la proporciona el juego de herramientas contenido en una figura que bosquejó uno de los economistas entrevistados cuando se le preguntó sobre las estructuras internas de su campo (Figura 1). Los dos ejes —mercado-planificación y nacional-internacional: dimensiones definitorias de la elaboración de la política económica— se usan para identificar las principales orientaciones de los principales partidos políticos de Hungría (en el caso del MSZP o Partido Socialista Húngaro, la exactitud requiere que se lo vea como compuesto de dos facciones). El entrevistado también se tomó el trabajo de ubicarse a sí mismo en el campo (“Yo”).
Figura 1: Autoubicación de un economista húngaro entrevistado por el autor.
Figura 1: Autoubicación de un economista húngaro entrevistado por el autor.
SZDSZ:  Alianza de los Demócratas Libres. MDF: Foro Democrático Húngaro. FIDESZ: Unión Cívica Húngara.MSZP: Partido Socialista Húngaro. KDNP: Partido Popular Demócrata Cristiano. FKGP: Partido Independiente Cívico de los Pequeños Propietarios y de los Trabajadores Agrarios. MIÉP: Partido Húngaro de la Verdad y la Vida. MUNKÁSPÁRT: Partido de los Trabajadores.
Conjunto de observaciones Dos
Los escritos económicos sobre las relaciones de propiedad producidos en los últimos siete años tienen claramente una dimensión política. Las dramatis personae son siempre las mismas (los “esquivadores del cambio” enfrentados por los “fanáticos”), mientras que el debate se mueve a lo largo de un continuum entre apologías igualmente obstinadas del socialismo de estado y del capitalismo. Durante los ocho años transcurridos desde principios de 1986 (socialismo de estado tardío) hasta finales de 1993 (la crisis del primer gobierno húngaro post-socialismo-de-estado), el debate atravesó las siguientes etapas:
— una apología casi “catatónica” del socialismo (según la cual los problemas reconocidos eran fabricaciones de los imperialistas y así sucesivamente);
— una defensa retórica del socialismo en términos de su potencial para “mejorar” (quizás los problemas son reales, pero están relacionados con los actores y no con las estructuras, y, por ende, no es necesaria una reforma de gran alcance);
— una crítica del socialismo de estado (los problemas son estructurales; por lo tanto, las soluciones eficaces requieren reformas serias, incluyendo mecanismos estructurales tan profundos como la propiedad);
— propuestas de transformar las economías socialistas en economías mixtas y/o pronunciamientos relativos al advenimiento de una forma compuesta bautizada como “economía social de mercado” o “socialismo de mercado”;
— llamados en favor de una transición atrevida a capitalismos de diversos tipos, de los cuales los dos más característicos eran: (1) el “capitalismo con una conciencia social” (modelado a imagen de los sistemas de estado de bienestar de Europa del Norte y del Centro-Oeste de los años 60 y 70), y (2) el capitalismo en su forma prístina (“la cosa real”, modelada no a imagen de ejemplos existentes, sino de escritos de principios del siglo XIX que trataban sobre mercados capitalistas que se autorregulaban mágicamente, si bien a veces se hacían referencias oblicuas a características “bien conocidas” de la economía estadounidense, aunque sin ningún análisis específico);
— una apología del capitalismo no menos catatónica que la que se ofrecía en nombre del socialismo (los problemas advertidos son fabricaciones de los comunistas, y así sucesivamente).
Dentro de este marco podemos definir nuestro objeto con mayor nitidez. “Economía de la reforma” es una denominación errónea que se aplica solamente a un momento particular de la historia de esos debates: el punto en que las disputas se caracterizaron por el abanico de posiciones caracterizadas como la “apología catatónica”, el “mejoramiento del socialismo” y la “crítica del socialismo” (las tres primeras posiciones arriba enumeradas). En aquellas circunstancias, era totalmente posible aislar un grupo de productores de conocimiento que argumentaban coherentemente en favor del cambio social en la esfera económica sin abogar por la destrucción de las propiedades estructurales básicas del socialismo de estado. Ésa es una caracterización aproximada, si bien adecuada para mis propósitos, de los debates económicos en Hungría desde principios de los años 60 hasta principios de los años 80.7
Sin embargo, la historia se ha movido con brío más allá de esa conceptualización. Los “fanáticos” han corrido bastante temerariamente para ocupar nuevas posiciones que van desde la economía mixta hasta una calculada apología del capitalismo, mientras que la mayoría de los “esquivadores del cambio” —y, ciertamente, todos aquellos que tienen voz en los debates de hoy— han abandonado toda defensa explícita del socialismo de estado, asumiendo posiciones más moderadas. De hecho, como pueden atestiguar los muy pocos marxistas prácticos comprometidos, la presentación de una apología abierta del socialismo en cualquier forma sería considerada hoy un acto extraordinario de fanatismo intelectual. Puesto que los antiguos economistas de la reforma han cubierto todo el espectro de posiciones abiertas durante los últimos ocho años, es más apropiado concebir el objeto del presente análisis como la economía “panglossiana transformacionista de la reforma”.8
Lo más conspicuo con respecto a estos debates es el grado en que su cambio gradual está en armonía con la apertura de las posibilidades políticas de la época (desde 1986 hasta 1993), y cuán poco se asemejan los textos que surgieron de ellos a los productos de una ciencia inmanente. No hay ninguna referencia a alguna puesta a prueba de propuestas teóricas comparándolas con observaciones empíricas (o sea, no hay indicio alguno de un enfoque científico “normal”); no se invierte ningún esfuerzo en bosquejar paradigmas específicos de la ciencia económica. También es imposible hallar en ellos alguna gran revelación o nuevo descubrimiento que reordene la lógica interna del campo en alguna medida importante. En términos temporales, el cambio en los debates que conciernen a la propiedad en la economía húngara es demasiado rápido para la ciencia normal, pero demasiado lento para constituir una revolución de paradigma.
Esta vinculación de los debates económicos sobre la propiedad con la dinámica de la política establece la base sobre la que suministraré las líneas generales de un análisis de los economistas centroeuropeos, no como profesionales fríos, no involucrados (de acuerdo con su propia imagen de sí), sino como actores sociales involucrados profundamente en la política. En su mayor parte, las dinámicas de su ciencia económica no son inmanentes, sino extrínsecas: tienen mucho más que ver con la transformación gradual de la esfera pública —en la que, paso a paso, se amplió el radio de lo que era considerado discurso político permisible— y con los debates políticos partidistas de la época que con las necesidades intrínsecas de una ciencia “natural”, absorta en sí misma, de la vida económica. Los participantes en esos debates están, pues, empeñados en batallas políticas a causa de que son economistas, y no a pesar de que lo son: son actores políticos —articuladores de los deseos de la sociedad concernientes al cambio social— precisamente como economistas. Ha llegado el momento de analizarlos en términos de la teoría de los intelectuales de Mannheim.
Implotando la dicotomía de Mannheim
Ideología y utopía de Karl Mannheim va directamente al meollo de nuestro tema, por entero aparte del hecho de que Mannheim vino de la Europa Central y del papel de su obra en la definición de un nicho institucional genérico para la sociología del conocimiento. El principal interés de la obra de Mannheim reside en la especificación que él hace del papel del conocimiento y sus productores socialmente situados en la gran conexión marxiana entre estructura social y cambio social, sin reproducir lo que a menudo se ha visto como las tendencias esencializantes, deterministas y mesianistas de una parte de la tradición de Marx. Mannheim bosquejó un modelo dicotómico para insertar el conocimiento intelectual en el cambio social, resumido en su distinción clásica entre ideología y utopía.
La idea preliminar, no-evaluativa, que de la ideología tiene Mannheim insiste en que,
en su modo de pensar, los grupos gobernantes pueden llegar a estar tan ligados por sus intereses a una situación, que ya simplemente no pueden ver ciertos hechos. En la palabra “ideología” está implícita la percepción de que en ciertas situaciones el inconsciente colectivo de ciertos grupos oculta la condición real de la sociedad tanto de sí mismos como de otros, y, con ello, la estabiliza. (Mannheim, 1936,40)
Como su principal interés concierne a la comprensión de la relación entre estructura social y cambio social a través de la producción de conocimiento por los intelectuales, el fondo socio-ontológico que la lógica de Mannheim supone es una “situación”, una constelación estructural dada, discreta, de poder y privilegio. Como resultado, no se aborda explícitamente el problema de si el cambio ya ha sido puesto en marcha mediante algún impulso que se origina fuera de la esfera de los productores de conocimiento, y de los posibles efectos de tal cambio social sobre las actividades productoras de conocimiento de los intelectuales —o incluso en la sociedad como un todo. La referencia a la “estabilización” de la situación puede ser leída, desde luego, como algo que implica la presencia de esa dinámica preexistente y exógena, pero eso no se analiza en suficiente detalle.
De hecho, el cambio social constituye la otra parte de la estructura dicotómica de la producción de conocimiento: la utopía. Manheim ideó esta noción en reconocimiento del hecho de que
(c)iertos grupos oprimidos están intelectualmente interesados con tanta intensidad en la destrucción y transformación de una determinada condición de la sociedad, que, sin saberlo, ven sólo aquellos elementos de la situación que tienden a negarla. Su pensamiento es incapaz de diagnosticar correctamente una condición existente de la sociedad. No se ocupan en absoluto de lo que existe realmente; en vez de eso, en su pensamiento ya procuran cambiar la situación que existe. Nunca su pensamiento es un diagnóstico de la situación; sólo puede ser usado como una dirección para la acción. En la mentalidad utópica, el inconsciente colectivo, guiado por la representación deseosa y la voluntad de acción, oculta ciertos aspectos de la realidad. Le vuelve la espalda a todo lo que debilitaría su creencia o paralizaría su deseo de cambiar las cosas. (Mannheim 36, 40)
Reformulando eso para nuestros propósitos: el contraste clásico entre ideología y utopía está basado en la distinción entre la presencia o la ausencia de una orientación hacia una voluntad de cambio social con una particular dirección. Esto supone la preexistencia de una constelación, dada, estable, de características estructurales (“una condición dada”) de modo que el cambio pueda ser presentado analíticamente como un resultado de las operaciones de la mentalidad utópica. Por consiguiente, en el esquema analítico se encubre cualquier noción de cambio social preexistente o exógeno.
La aplicación de la sociología del conocimiento de Mannheim a la Europa Central actual requiere, pues, alguna modificación. Esto implica el reconocimiento del hecho de que los actores que estamos observando están —y se puede sostener que han estado por varias generaciones— operando sobre un fondo de cambio social de gran escala, a menudo planeado centralmente, y siempre abarcador. Los reordenamientos arquitectónicos de las realidades de esas sociedades han tenido todo que ver con la dinámica imperial, las negociaciones de superpotencias y cosas parecidas, y así han sido casi completamente exógenos desde la perspectiva de los pensadores de la Europa Central. Los importantes reordenamientos de la realidad social se han vuelto parte y parcela de la herencia histórica de esta parte del mundo, abarcando no sólo la presente transformación de la Europa Central, sino también gran parte de su historia socialista pre-estatal y socialista del siglo XX (véanse, por ejemplo, Böröcz 1991a y 1992).9 Parece del todo razonable esperar que las actividades intelectuales productoras de conocimiento estén profundamente influidas por esta condición.
Una segunda característica importante del aparato conceptual de Mannheim es la condición incrustada [embeddedness] de su análisis. La obra de Mannheim supone implícitamente el carácter unitario del universo social: para su esquema es axiomático que, en el presente comparativo, para los productores de conocimiento socialmente trascendente no está disponible una alternativa sustantivamente diferente, y tal vez radicalmente más atractiva. Como consecuencia, no sólo las ideas concernientes a la implementación, sino también los diseños morfológicos básicos de la dirección alternativa para el cambio social, se caracterizan por cierta especulatividad. La sociología del conocimiento de Mannheim tiene una tendencia codificada hacia el deseo histórico: lo político como la voluntad de un futuro específico cuyos contornos son establecidos a través de la especulación científica sin una realidad social alternativa realmente existente como punto de referencia. El deseo histórico descrito en la utopía mannheimiana es, pues, completamente especulativo en su base.
La experiencia centroeuropea del socialismo de estado ofrece un patrón distinto. Aquí, los que tratan de bosquejar una dirección alternativa para la sociedad (para usarla como una brújula para el cambio social) tienen ante ellos una alternativa “realmente existente” —llamada comúnmente, y de manera imprecisa, “capitalista occidental”. En tales circunstancias, la actividad intelectual en el modo utópico puede ser descrita en términos del proverbio “La hierba siempre es más verde del otro lado”. Sin embargo, la envidia descrita en esta actividad productora de conocimiento es totalmente específica cuando se la pone en contraste con el genérico “impulso que está en el núcleo de la vida del hombre como ser social, y que ocurre tan pronto como dos individuos se vuelven capaces de comparación mutua” (Schoeck 1969 [1966], 1), y ello en dos sentidos: primero, su objeto no es otro individuo, sino el retrato idealizado de una grandiosa experiencia colectiva, el “capitalismo occidental”; segundo, este tipo particular de envidia no se deriva de experiencia social genérica (una necesidad colectiva de control), como en Schoeck, sino de la herencia cultural colectiva de la Europa Centro-Oriental — “la longue durée”—: una poderosa reflexión simbólica sobre la “aparición demorada”, por varios siglos, de la industrialización capitalista de la región. El saber de oposición que surgió durante la experiencia socialista de estado no inventó esa actitud mental; estaba dada, más o menos ya lista, en la forma de una herencia intelectual compartida, específica de la región. Las culturas centroeuropeas por lo menos desde finales del siglo XIX han sido conformadas profundamente por la presencia a la vez inspiradora e imponente de una realidad “occidental” alternativa —y superior—,10 la referencia implícita11 a la cual es en la región un marcador común y corriente de competencia.12 Como resultado, a los contornos de la sociedad imaginada, deseable, no se llega especulativamente, sino por la vía de la referencia empírica a una alternativa (para los críticos del socialismo de estado, la alternativa es una selección bastante arbitraria de ejemplos “positivos” del capitalismo euroccidental). Huelga decir que la disponibilidad de una realidad alternativa no hace que esa construcción de utopías sea menos idealizada que el deseo histórico especulativo de Mannheim; no obstante, las utopías críticas que se desarrollaron desde el socialismo de estado sí tienen a su disposición una referencia de la vida real que le presta considerable legitimidad a su argumentación.
Una vez más, la producción de conocimiento aquí abordada no consiste en una puesta a prueba rigurosa de hipótesis alternativas contra material empírico, a pesar de la obvia presencia de una amplia variedad de economías capitalistas y amplia información sobre ellas. En todo caso, los obstáculos bien conocidos —aunque del todo diferenciados— que durante el período socialista de estado les impedían a los intelectuales centroeuropeos discernir las realidades sociales de las sociedades capitalistas, no hicieron más que exacerbar esa idealización —ya firmemente establecida— de una otredad socio-morfológica de un tipo específico.
Para resumir, cualquier argumento hecho bajo el socialismo de estado en favor de abandonar ese sistema (y muchos de los argumentos concernientes a su reforma) en el contexto de un mundo bipolar, estaba obligado a ser tanto utópico como ideológico en el sentido mannheimiano. Era utópico en su concentración de la atención en elementos que sustancian un deseo de la “destrucción y transformación de una realidad dada” (Mannheim 1936, 40, ya citado). Sin embargo, trabaja para la “destrucción y transformación” del socialismo de estado mediante una imagen concreta del futuro que usa como su contenido utópico un reflejo convenientemente idealizado de una alternativa “capitalista” “realmente existente”. La meta del cambio social, político y económico está “siempre ya” allí, y es esa referencia la que determina el peculiar patrón de hechos revelados y encubiertos por ella. En este respecto, esta forma de saber funciona como saber desestabilizante, o: utopía.
Al poner énfasis en los problemas estructurales inaceptables, y hasta intolerables, de la realidad A, y afirmar las cualidades deseables de la realidad B, ella encubre tanto los aspectos deseables de la primera como los aspectos repugnantes de la segunda. El saber utópico ideado para la reforma y transformación profundas del socialismo de estado es, a la vez, una forma poderosamente apologética de conocimiento con respecto a la alternativa, el capitalismo.13 Esta dualidad de crítica utópica del socialismo y afirmación ideológica del capitalismo fue captada de manera excelente por uno de los más respetados teóricos políticos entre los intelectuales de la oposición democrática húngara, quien, en 1989, al intervenir en el debate emergente sobre la inminente crisis del sistema político, observó con ingenio burlón: “Hay una salida. Es hacia Hegyeshalom” (un punto de control en la frontera austro-húngara). Parte de esta actitud mental —la economía “panglossiana transformacionista de la reforma”— hace que efectivamente la dicotomía mannheimiana haga implosión.
“Sabiendo qué no saber”
Imagine a un sociólogo económico, quizás uno con un sentido ligeramente exagerado de positivismo ingenuo. Él hallaría por lo menos seis modos fundamentales en los que el saber específico producido en el modo “panglossiano-transformacionista-de-la-reforma” de análisis económico es “falso”, incluyendo las siguientes falacias analíticas:
— la dependencia exclusiva respecto del marco “estado-nación”;
— la concentración exclusiva de la atención en las economías centrales y en las experiencias de beneficios sociales bajo el capitalismo;
— una estrategia comparativa idealizada;
— comparaciones empíricas ilegítimas;
— la selección manipuladora de variables dependientes;
— una parcialidad formalista.14
Examinémoslas sucesivamente.
La dependencia exclusiva respecto del marco “estado-nación”
Gran parte de la economía “panglossiana transformacionista de la reforma” reproduce el encubrimiento del foco analítico, tan característico de las viejas ideologías de la modernización: el fantasma de la economía del estado-nación desconectada. Éste aparece en tres formas principales.
En primer lugar, muchos analistas “panglossianos transformacionistas de la reforma” hacen total caso omiso de las características estructurales específicas del mundo más allá de las fronteras del estado.
En segundo lugar, cuando se siente que eso es insostenible, se supone que el contexto internacional es similar al ideal finisecular de los Juegos Olímpicos, en el cual caballeros distinguidos, confiados en sí mismos y extremadamente galantes competían para exhibir su fuerza y habilidad, gobernados por reglas eminentemente limpias a las que se apegaban con devoción. Esta visión de la economía global ha sido despedazada durante las últimas cuatro décadas por un importante trabajo analítico sobre el subdesarrollo, el análisis de los sistemas mundiales, y la globalización. De éstos, los dos primeros son bien conocidos en Europa Central debido a sus afinidades marxistas, lo que significaba que su importación era no sólo permitida, sino a veces incluso alentada durante el período socialista de estado. Su omisión es, pues, todo un obvio caso de olvido.
Por último, si se introduce en el análisis para la crítica el asunto de los constreñimientos externos, es sólo con vistas a deplorar los aspectos irracionales y opresivos del así llamado “comercio” dentro del Consejo de Ayuda Mutua Económica con base en Moscú y las concomitantes políticas del mismo. El no llevar a cabo un análisis crítico de los procesos de intercambio global hace que las operaciones del mercado mundial sean consideradas como “necesarias” y que se equipare su así llamada “libertad” con la “eficiencia”. Esta omisión es un elemento integral de ese tipo de razonamiento, aparte de los obvios problemas epistemológicos que resultan de su descripción de la economía mundial como “real” y “libre”.
La concentración exclusiva de la atención en las economías centrales y en las ubicaciones de clases aventajadas
En este patrón de “falacia” analítica, las referencias al capitalismo generalmente dependen de material probatorio procedente de países y ubicaciones de clase que son ampliamente reconocidos como excepcionalmente aventajados; formulado de manera simple: la experiencia de lo excepcional es universalizada por la vía de la imprecisión teórica.
Esto tiene dos consecuencias principales para el saber académico: (1) la descripción sinecdóquica del capitalismo que surge de esa retórica está marcada por una “parcialidad” clara —y del todo burda— hacia el éxito. Por ejemplo, si la distribución de los países del mundo en términos de ingreso nacional per cápita es descrita como una sola pirámide, los practicantes de la economía “panglossiana transformacionista de la reforma” estarían interesados solamente en los que están en la cima, dejando una enorme porción del mundo empírico fuera del radio de acción de su análisis comparativo. En la medida en que algunos patrones económico-institucionales fundamentales están correlacionados con niveles de ingreso nacional —una tesis relativamente trivial—, este enfoque tiene como resultado serias omisiones analíticas. De manera similar, cuando se describen las operaciones de la determinación del ingreso en cualquier sociedad capitalista “realmente existente”, se concentra la atención en grupos situados en las secciones superiores, privilegiadas y protegidas del mercado laboral dividido, olvidando convenientemente la parte no protegida, caracterizada por términos adversos de empleo —a tiempo parcial, mal pagado y carente de interés— con una buena dosis de formas diferentes de discriminación por añadidura. Como consecuencia de esa imprecisión teórica, no es posible ni una descripción adecuada del socialismo de estado “existente” ni una crítica sui generis eficaz del mismo. Semejante estado de cosas pudiera ser aceptable para los estudiosos sólo si existiera un acuerdo tácito concerniente al abandono de la crítica del socialismo de estado en favor de algo más tentador, la utopía de un cambio de régimen.
Las estrategias comparativas idealizadas
La comparación adversa de materiales empíricos procedentes de sociedades socialistas de estado y modelos típico-ideales de capitalismo puede ser explicada en gran parte —aunque un tanto condescendientemente— en términos de la continuada ausencia en las lenguas y bibliotecas centroeuropeas de una gran cantidad de trabajo analítico reciente y materiales empíricos detallados procedentes de sociedades capitalistas “realmente existentes”, un estado de cosas que ha forzado a los interesados en el tema a confiar en descripciones de tipo-ideal, muchos de los cuales eran traducidos —u obtenidos por bibliotecas en el original— antes de que se levantaran los controles estatales de la libre expresión. Aunque la credibilidad que uno le dé a esa explicación puede alterar la evaluación moral de uno, eso no afecta el resultado principal: el “resultado” de la importantísima comparación “capitalismo vs. socialismo de estado” está virtualmente decretado de antemano.
Cuando se usan los materiales empíricos tomados tanto de las experiencias capitalistas como de las socialistas, con demasiada frecuencia se hacen los contrastes sin controles adecuados. Esto es particularmente obvio cuando se hacen comparaciones entre pares o grupos de países con estadísticas de ingreso nacional ampliamente diferentes que conciernen a variables dependientes altamente sensibles a variaciones del ingreso nacional. Esta falacia totalmente trivial —descrita, por ejemplo, en cursos sobre metodología sociológica como en parte parcialidad de selección y en parte correlación espúrea— conduce a conclusiones relativas a la superioridad sistémica del capitalismo “realmente existente” y a las deplorables realidades del socialismo de estado sin que se desglosen apropiadamente los efectos de los niveles de ingreso nacional —así como muchos otros efectos externos— de los del contraste “socialismo de estado versus capitalismo”.
La selección manipuladora de las variables dependientes
Con el punto anterior está íntimamente relacionada la práctica de seleccionar medidas en términos de las cuales se comparan los dos sistemas económicos sin tomar en cuenta sus lógicas diferentes. El ejemplo más conspicuo de esto es el uso del indicador “Nivel de acceso a bienes de consumo final” —por ejemplo, automóviles—, lo cual bien puede ser una buena medida del éxito económico individual en un tipo de sociedad (especialmente la versión norteamericana de capitalismo, en la que la crisis o la franca ausencia de transporte público hace de la propiedad de un vehículo privado una necesidad, incluso en las ciudades), pero es considerablemente menos importante (por ejemplo, en un país socialista de estado centroeuropeo desde los años 60 hasta principios de los años 80, cuando el transporte público barato, confiable, frecuente y seguro hacía de la propiedad privada de automóviles más bien un lujo).15
La parcialidad formalista
En este modo de análisis, el enorme material acumulado en la sociología económica, la antropología e incluso la economía del desarrollo, relativo a la profunda significación de las estructuras informales y los patrones de conducta para los resultados económicos, es pasado por alto sistemáticamente en favor de una comparación de la lógica formal de los dos sistemas. Se describe el capitalismo como una interacción sin rostro entre autómatas de mercado maximizadores de la ganancia que se comunican entre sí sólo sobre la base de los precios. Los procesos redistributivos bajo el capitalismo son olvidados sistemáticamente o se los trata como si del todo no estuvieran conectados empíricamente con las operaciones del mercado. El socialismo, por contraste, es tratado como una sola jerarquía redistributiva en la que las órdenes deducidas del “Plan” autoritario son comunicadas hacia abajo, y la información concerniente a la implementación es transmitida hacia arriba, por autómatas “apparatchiki de la economía de mando” sin rostro. Los diversos arreglos institucionales complejos conocidos comúnmente como mecanismos de intercambio son o pasados por alto o tratados como si no estuvieran conectados conceptualmente en absoluto con el proceso redistributivo. Lo que es más importante: ambas visiones cometen el grave error de pasar por alto las conexiones en red densas, rápidas y a menudo extremadamente eficientes entre los actores en contextos sociales en los que tales redes están entre los indicadores más precisos de éxito económico y de otras formas de éxito. Los dos modelos económicos que surgen de tales obras tienden, como resultado, a ser especificados de manera extremadamente pobre desde el punto de vista empírico y a no ser susceptibles de ulterior desarrollo.
Sólo es posible calificar de “falacias” esas características si adoptamos la perspectiva de un crítico externo imaginario. Esas características nunca son reconocidas como falacias, debilidades, problemas o errores en términos de los criterios profesionales de facto de la economía “panglosiana transformacionista de la reforma”: por eso su representación como “errores” sería indebidamente generosa.
El modelo de opinión experta que surge de esos textos analíticos es un modelo cuyo más importante componente es el saber de un tipo extremadamente específico: “saber qué no saber”. La opinión experta surge en este caso de los silencios cuidadosamente orquestados, los gestos no-verbales y los entendimientos tácitos que codifican y sancionan la no pertinencia, y que articulan el desaliento frente a cualquier intento de romper esos silencios, aunque no sea de modo intencional. La manera en que el “saber qué no saber” es producido y transmitido —por no mencionar las implicaciones teóricas de los muchos enormes silencios que componen esta retórica— es un asunto para una elaboración detallada en otra parte.
Conclusión
En su brillante libro sobre la retórica pública contra el “involucramiento” del Estado en las “operaciones del mercado” (The Rhetoric of Reaction, 1991), Albert O. Hirschman analiza tres tipos característicos de tal argumentación “anti-estado”: perversidad, futilidad y peligro. Según el argumento de la perversidad, “cualquier acción intencionada para mejorar alguna característica del orden político, social o económico sólo sirve para exacerbar la condición que se desea remediar” (ibid., 7). Según el de la futilidad, “los intentos de transformación social serán inútiles… simplemente no ‘harán mella’” (ibid.). Por último, los teóricos del peligro sugieren que “el costo del cambio o reforma propuesto es demasiado alto, pues pone en peligro algún logro previo, precioso” (ibid.). La producción de conocimiento en la economía “panglosiana transformista de la reforma” parece no encajar en ninguno de esos argumentos. Por lo tanto, sugiero que se la trate como un tipo distinto (cuarto): la “reacción como progreso”. Operando desde dentro de la visión del mundo modernizacionista de una visión teleológico-prescriptiva de la historia, esta postura declara inválido el contenido de la utopía socialista de estado (y, si es necesario, invoca con toda libertad diversas versiones de los tres tipos de Hirschman como argumentos auxiliares). Al remplazar el contenido de la utopía socialista con su contrario, la “reacción como progreso”, uno continúa adhiriéndose a un importante aspecto de la herencia de la Ilustración, preservado tanto en la versión capitalista de estado de la modernidad como en la socialista: en vez de abandonar su ambición teleológico-prescriptiva, la reproduce y refuerza deslizando rápidamente otro telos en su contenedor utópico. La “reacción como progreso” es, por lo tanto, un saber profesional con una “visión” política, producido y diseminado desde la posición del intelectual de vanguardia —y que, por consiguiente, contribuye a la reproducción extendida de esa posición.16
Traducción del inglés: Desiderio Navarro
*  “Reaction as Progress: Economists as Intellectuals”, en: András Bozóki (ed.), Intellectuals and Politics in Central Europe, Budapest, Central European University Press, 1999, pp. 245-262.
Notas
1      Dicho por un joven economista húngaro al autor a fines de 1989. (Sin embargo, de esto no se debieran sacar conclusiones relativas a la posición política de este último).
2    Dicho por una distinguida profesora estadounidense mientras charlaba con un colega en una conferencia sobre “Ideas europeas” en 1996 (en la que se presentó la primera versión del presente capítulo). Al mencionar a modo de prefacio a mi charla esa conversación oída sin querer, noté que la dama en cuestión estaba sentada en el auditorio. En ese punto, me interrumpió y exclamó: “¡Sí, es verdad! ¡Lo oí de un polaco!”
3    A fin de mantener una economía de enfoque y presentación, me abstendré de (pospondré para otra fecha) entrar en varios campos teóricos (por ejemplo, Scheler, Gramsci, Foucault, Habermas, y así sucesivamente).
4    Véase la última década de trabajo sobre el análisis retórico —por ejemplo, McCloskey (1985, 1994) y Lebovics (1992)— y el histórico —Mirowski (1989, 1991)— de la economía, así como también el impresionante gran número de estudios incluido en Mirowski (1994). La economía, a lo largo de su historia, se ha descrito a sí misma, efectivamente, como la ciencia desapasionada, transparente, de la “sociedad-como-naturaleza”. Entre las muchas consecuencias interesantes de esto está que la economía preserve características de la física decimonónica que fueron abandonadas hace mucho tiempo por la propia física.
5      La comparación, desde luego, termina aquí a causa de la frecuente insistencia de Schmitt en el “sentido existencial original” no-metafórico (Schmitt 1976 [1927] 33) de violencia, un uso que no halla aplicación en relación con la economía.
6      “Toda antítesis religiosa, moral, económica, ética o de otra índole se transforma en una antítesis política si es lo suficientemente fuerte para agrupar a los seres humanos efectivamente en amigos y enemigos” (Schmitt 1976 [1927] 37).
7      Deseo enfatizar de nuevo que mi principal preocupación en este punto es describir las amplias líneas generales del campo epistémico de los debates sobre la reforma. El análisis detallado de los textos, con toda la multidimensionalidad, complejidades e ironías de éstos, corresponde a otra parte.
8      Con particular referencia a la opinión del Dr. Pangloss de que vivimos en el mejor de los mundos posibles (véase Cándido de Voltaire).
9      Eso probablemente es cierto a propósito de gran parte del resto de la parte “no privilegiada” del mundo, aunque consideraciones de espacio impiden explorar más este asunto.
10   De ahí la posibilidad —en realidad, la probabilidad— de que un polaco sostuviera que los nombres polacos son impronunciables.
11   O incluso la referencia explícita, como en gran parte de la ciencia social húngara a todo lo largo del siglo XX, sin tomar en consideración en absoluto —como muestra Attila Melegh (1996)— el contexto político de la orientación política del teórico.
12   Considérense algunos ejemplos del todo obvios para los centroeuropeos. La modernidad literaria nacional húngara de comienzos del siglo XIX fue definida por la sentencia: “Vigyázó szemetek Párizsra vessétek!” — “¡Pongan su mirada observadora en París!” Este topos es reproducido más o menos en toda la región, yendo desde el nombre de la mejor revista literaria húngara publicada entre guerras, Occidente (Nyugat), a la insistencia del escritor checo Milan Kundera en que La vida está en otra parte.
13   Eso es también una característica de cualquier argumento revolucionario que, llamando a la destrucción del capitalismo en el contexto del mundo bipolar, no contenga una crítica explícita, sistemática, del socialismo de estado “existente”. El paralelismo especular se torna borroso, desde luego, en el caso de la economía “panglossiana transformacionista de la reforma” por obra de la sucinta referencia de sus practicantes al saber experto y el marco modernizacionista subyacente de gran parte de la tradición de la ciencia social “occidental” desde el siglo XIX.
14   Esas características, desde luego, no son únicas de la economía “panglossiana transformacionista de la reforma”: ellas caracterizan también otros cuerpos de saber académico dentro de la economía y más allá de ella. Sin embargo, delinear de manera más precisa el área de acción de las disciplinas involucradas está más allá del alcance del presente capítulo.
15     Véase Bodnár (1996).
16   Acerca del camino que condujo a eso, véase Böröcz (1991b).
Referencias
Bodnár, Judith. 1996. “The Post-State-Socialist City: Urban Change in Budapest”, Disertación, Departamento de Sociología, The Johns Hopkins University, Baltimore.
Böröcz, József. 1991a. “Tetszettek volna forradalmat csinálni”, en Csendes? Forradalom? Volt?, ed. András Bozóki, Tamás Csapody, Ervin Csizmadia y Miklós Sükösd, pp. 26-29, Budapest, T-Twins.
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Lebovics, Herman. 1992. “Economic Positivism as Rhetoric”, International Review of Social History, 27, pp. 244-251.
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boroczJózsef Böröcz. Sociólogo húngaro, profesor de sociología de la Universidad de Rutgers, EUA. Es autor de los libros La migración del ocio: Un estudio sociológico sobre el turismo (1996) y La Unión Europea y el cambio social global: Un análisis geopolítico-económico crítico (2009). Ha sido coeditor de ¿Un nuevo orden mundial? La transformación global  a finales delsiglo XX (con David A. Smith, 1995) y Las nuevas ropas del Imperio: Develando la ampliación de la UE (con Melinda Kovács, 2001). Fue Presidente fundador del Instituto Karl Polányi para el Análisis Social Global, de la Universidad Corvinus de Budapest (2013) y  Director fundador del Instituto de Estudios Húngaros de la Universidad Rutgers (1995-2007). Es miembro del Consejo Editorial de varias importantes revistas estadounidenses y húngaras de sociología y política. Fue distinguido con el otorgamiento de la Cátedra Immanuel Wallerstein de Ética Global de la Universidad de Gante, Bélgica (2005-2006). En 2005 fue laureado por el Presidente de la República de Hungría con la “Cruz de Caballero del Mérito de Honor de la República Húngara” “en reconocimiento de su excelencia académica”.

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