sábado, 11 de febrero de 2017

Cuando empiece el incendio

Lo que de verdad sorprende de leer a Trump en Twitter son sus ganas palpables de que ataquen a Estados Unidos




Donald Trump, esta semana en la Casa Blanca. JIM BOURG REUTERS

¿Qué harán cuando los terroristas ataquen, o la fricción entre Estados Unidos y alguna potencia extranjera se convierta en enfrentamiento militar? No me refiero a su vida personal, en la que deberían mantener la calma y seguir adelante, sino desde el punto de vista político. Piénsenlo con detenimiento: puede que el destino de la república dependa de su respuesta.

Por supuesto, nadie sabe si ocurrirá algo espantoso como lo del 11-S, o qué forma adoptará. Pero, desde luego, es bastante probable que, en algún momento de los próximos años, pase algo desagradable, como un atentado terrorista en algún lugar público, o un tiroteo en el mar de China Meridional, lo que sea. ¿Y entonces, qué?

Después del 11-S, la respuesta mayoritaria de los ciudadanos consistió en cerrar filas en torno al comandante en jefe. Se desecharon las dudas sobre la legitimidad de un presidente que había perdido la votación popular y había sido investido por una escasa mayoría del Tribunal Supremo. Muchos estadounidenses consideraron que lo que el patriotismo exigía era un apoyo incondicional al hombre que ocupaba la Casa Blanca.

La verdad es que, incluso entonces, el llamamiento a la unidad nacional vino de un solo lado, y la explotación republicana de aquella atrocidad para obtener rédito político empezó casi de inmediato. Pero la gente no quería saber nada del tema; recibía mensajes furiosos no solo de republicanos, sino también de demócratas, cada vez que señalaba lo que estaba pasando.

Por desgracia, la suspensión del pensamiento crítico acabó como suele acabar esa clase de suspensiones: mal. El Gobierno de Bush se aprovechó de la ola de patriotismo posterior al 11-S para meter a Estados Unidos en una guerra sin relación con los atentados y, acto seguido, utilizó la inicial ilusión de triunfo en esa guerra para colarnos unas enormes rebajas fiscales a los ricos.

Sin embargo, por malo que eso fuese, si Donald Trump se ve con un poder similar, las consecuencias serán mucho peores, sin comparación.

Solo llevamos tres semanas de gobierno de Trump, pero ya ha quedado claro que cualquier esperanza de que las responsabilidades del cargo fuesen a ennoblecer lo más mínimo a Trump y a quienes lo rodean eran vanas. Cada día tenemos nuevas pruebas de que este es un hombre que mezcla por completo el interés nacional con su interés personal, y que se ha rodeado de gente con el mismo punto de vista. Y cada día también tenemos más indicios de su falta de respeto por los valores democráticos.

Podríamos sentir la tentación de afirmar que su último estallido, ante la decisión de Nordstrom de dejar de vender la ropa de Ivanka, es una nimiedad. Pero no lo es. Por un lado, hasta ahora habría sido inconcebible que un presidente en ejercicio atacase a una empresa privada por decisiones que perjudican los intereses empresariales de su familia.

Pero todavía peor es el modo en que Sean Spicer, el portavoz de Trump, ha presentado el asunto: la decisión empresarial de Nordstrom ha sido un "ataque directo" a las políticas del presidente. L'état, c'est moi [El Estado soy yo].

El ataque de Trump al juez James Robart, que ha suspendido su orden antiinmigración, tampoco tiene precedentes. Otros presidentes, entre ellos Barack Obama, han discrepado de sentencias judiciales y se han quejado de ellas. Pero eso es muy distinto de criticar el derecho del juez —o, como ha dicho el hombre que controla 4.000 armas nucleares, el "supuesto juez"— a fallar en contra del presidente.

Sin embargo, lo que de verdad sorprende de la diatriba de Trump en Twitter son sus ganas palpables de que ataquen a Estados Unidos, puesto que ello demostraría a todo el mundo que limitar su poder es una locura: "No puedo creerme que un juez ponga a nuestro país en semejante peligro. Si pasa algo, la culpa será suya y del sistema judicial. Gente entrando a raudales. ¡Malo!"

Pasemos por alto la absoluta falsedad de la afirmación de que las malas personas están "entrando a raudales" o, para el caso, la premisa en la que se basa la prohibición. Lo que tenemos delante es al hombre más poderoso del mundo anunciando descaradamente su intención de utilizar la desgracia nacional para conseguir aún más poder. Y la pregunta pasa a ser: ¿quién va a pararle?

No me hablen de las instituciones, ni del control y el equilibrio que generan. Las instituciones son buenas en la medida en que lo es la gente que las integra. El autoritarismo, el estadounidense, solo puede evitarse si la gente tiene el valor de rebelarse contra él. ¿Y quién es esa gente?

Desde luego, no el círculo cercano a Trump. No será Jeff Sessions, el nuevo fiscal general, con su larga trayectoria de desdén por el derecho al voto. Podrían ser los tribunales, pero Trump está haciendo todo lo posible por deslegitimar la supervisión judicial de antemano.

¿Y qué hay del Congreso? Bueno, a sus miembros les gusta dar discursos patrióticos. Y quizás, solo quizás, haya suficientes senadores republicanos a los que de verdad les importen los valores fundamentales de Estados Unidos y los defiendan por encima de lo que diga su partido. Pero, a juzgar por lo que hemos visto hasta ahora, no es más que una conjetura optimista.

Al final, me temo, va a depender de los ciudadanos, o de que haya bastantes estadounidenses dispuestos a posicionarse públicamente. No podemos afrontar otra suspensión de las dudas sobre el hombre que está al frente, como la que hubo tras el 11-S; si eso sucede, el Estados Unidos que conocemos desaparecerá en breve.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2017.
Traducción de News Clips.

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