domingo, 7 de mayo de 2017

El libro prohibido de la economía (VI)

Por Fernando Trias de Bes


CANTIDAD DE

PRODUCTO


Versión oficial:

Es el peso, volumen o cantidad de producto que se introduce en un envase de forma que se adapte al perfil del cliente, sus necesidades o su situación de consumo.

Versión prohibida:

Es la combinación de precio, cantidad y apariencia de cantidad que maximiza el gasto de los clientes.

¿A qué diantre jugamos? A mí esto me resulta penoso y patético. Se ha desvirtuado por completo la función de un envase y nos hemos dedicado a complicar la toma de decisiones para que al final el comprador se guíe exclusivamente por la marca o los diseños. Naturalmente que soy hombre de marcas y valoro especialmente los buenos diseños de etiquetas y envases, pero nunca las pondría al servicio de unas políticas encaminadas a arrancar del bolsillo del consumidor el máximo dinero posible a base de desorientarlo en el momento de la compra.

La forma de defenderse de estas políticas es, bajo mi punto de vista, bien simple. Fíjese únicamente en el precio por unidad de medida y en la marca; y decida en base a estas dos variables únicamente. ¿Qué prefiere, la pasta de dientes Colgate a 3,2 céntimos el mililitro o la Eroski a 2,95 céntimos el mililitro? La decisión es mucho más sencilla. Respecto a si desembolsa más o menos y si compra más o menos cantidad de la deseada, qué quiere que le diga, tómelos como daños colaterales y subsanables de una decisión simple y bien tomada, por lo menos en cuanto al precio.

La verdad es que sobre precios podría escribir mucho. Hay viejos trucos, ya sobradamente conocidos por el público, que son más antiguos que un botón y que, sin embargo, siguen siendo muy efectivos porque la gente en realidad no sabe con qué cometido lo emplean las marcas. Uno de ellos es el de las famosas terminaciones acabadas en 99. Mucha gente piensa que son una tontería y que es un truco que ya no surte efecto. A nadie engañan situando un precio a 3,99 euros. En el fondo, sabemos que son cuatro euros. ¿Qué sentido tiene esta estrategia infantil y fácilmente detectable?

En marketing se los llama «precios mágicos» y tienen la capacidad de situar el referente psicológico a efectos comparativos una unidad por debajo de lo que indican.

Su   razón  de   ser   no   es   tanto  el número en sí como su fuerza oculta a la hora de realizar comparaciones.

Por ejemplo, si observamos en el supermercado un producto a 5,10 euros y otro a 5,99 euros la diferencia es la misma que si vemos un producto a 3,80 euros y otro a 4,69 euros. Sin embargo, en el primer caso los precios nos resultan parecidos mientras que en el segundo caso, los precios parecen mucho más dispares y lejanos. Si realiza la resta, observará que la diferencia en los dos casos es de 89 céntimos.

Y por eso las marcas siguen utilizando los precios acabados en 99. De forma aislada son fácilmente identificables, pero cuando se introduce otro precio, como nadie va a realizar la resta exacta, se logra una menor diferencia percibida.

Y del maravilloso mundo de los precios, pasamos al de las promociones.

Promoción proviene del latín promovere, y su principal objetivo es impulsar las ventas mediante algún tipo de incentivo temporal.

Incentivo temporal es lo que debería ser una promoción. Ambas cosas vienen violándose sistemáticamente: el carácter de incentivo y la temporalidad.

Una marca ofrece un producto o un servicio a un precio determinado. Ya hemos visto cómo a través de la cantidad, del pack y de la fijación del precio se intenta confundir al consumidor en lugar de ayudarlo a tomar la mejor decisión posible. Para acabar de desorientar al cliente, la herramienta promocional, la cual ofrece a las marcas un infinito abanico de posibilidades, se ha convertido en la punta de lanza para deslumbrar e ilusionar a los compradores y decepcionarlos a continuación.

De nuevo, como en todos los conceptos que vengo analizando en este capítulo, solo en casos muy flagrantes podemos hablar de fraude intencionado promocional, que los hay. Pero mi misión no es prevenirle de timos, sino enseñarle a ganar la partida a las marcas que,  dentro  de  los  límites  de  la  ley,

tergiversan ciertos instrumentos promocionales.

Vayamos primero con los sorteos, incentivo que me saca de quicio.

Obviemos, como digo, las clásicas mentiras sobre regalos falsos, de bajísima calidad o letra pequeña donde indica que la entrega del regalo está sujeta a disponibilidad de stocks. No quiero dedicar ni dos líneas a estas prácticas porque son directamente denunciables. Prefiero ayudarle a tomar decisiones ante promociones legales.

¿Qué es un sorteo? Un sorteo es la entrega de un premio a un reducido número de participantes. Normalmente se participa en el sorteo promocional a través del ticket de compra, enviando los datos o bien coleccionando etiquetas de producto, que hacen las veces de números del boleto.

¿Cómo actuar cuando se vea tentado de escoger cierta marca al verse atraído por un sorteo? Yo le recomiendo algo que prácticamente nadie hace y que consiste simplemente en pensar como cuando compra lotería. Al fin y al cabo, la lotería es un sorteo. La única diferencia es que cuando compramos lotería no nos dicen: «con el boleto de lotería le regalamos una lata de anchoas», cosa que, a la inversa, sí realizan las marcas.


Al adquirir un número de lotería, sabemos que hay un conjunto de premios y que nuestro éxito está vinculado a unas determinadas probabilidades. Si nuestro boleto tiene la misma terminación que el número premiado nos devuelven el dinero, por ejemplo. Eso significa que tenemos un 10% de probabilidades de recuperar el dinero del boleto. Si el boleto tiene cinco cifras, que suele ser lo habitual, la Administración del Estado informa sobre el número total de boletos que se van a imprimir. Por ejemplo, en el último sorteo de Navidad se emitieron 100 000 números. Si compró un décimo, tenía un 0,001% de posibilidades de que le tocase el gordo.

Quien decide gastarse dinero en un sorteo puro y duro conoce sus auténticas y únicas probabilidades. Sin embargo, cuando esa misma persona está ante una chocolatina que sortea diez quads, por poner un ejemplo, no se pregunta cuál es la probabilidad de que le toque uno de los diez quads.

¿Por qué? Por dos motivos. Primero, porque ya recibe una chocolatina que consumir, con lo que el sorteo del quad es percibido como un beneficio añadido. Del mismo modo, si al comprar lotería nos regalaran latas de anchoas tal vez no prestaríamos atención a las probabilidades de compra.

Y   en   segundo   lugar   porque   las marcas juegan con una grandísima ventaja: el cliente no sabe ni puede fácilmente acceder a la información de cuántas chocolatinas ha impreso el fabricante para el sorteo ni cuánta gente enviará sus datos para participar.

Se produce así una auténtica asimetría entre marca y consumidor: el hecho de participar en un sorteo desconociendo las probabilidades de ser premiado. Pensemos que en muchos casos la marca solicita sus datos personales para poder participar, por lo que debería dar previamente alguna de las siguientes informaciones: cuántos productos han sido promocionados y cuántas personas van inscritas de momento o, en su defecto, cuántas esperan que participen en función de históricos de redención. Absolutamente ninguna marca informa de esto. Y sería lo más justo porque, al fin y al cabo, entregamos a la marca una información personal que va a poder ser explotada comercialmente y lo hacemos a cambio de una posibilidad de premio cuya probabilidad ignoramos por completo.

Entrar o no a este juego es, desde luego, una opción personal. Pero mi opinión es que hemos dado ya por normal una dinámica y bases de participación que son absolutamente injustas y asimétricas para con los consumidores.


Mi recomendación es aquí muy simple: antes de participar en un sorteo organizado por una marca haga cuatro números o realice una rápida búsqueda en Internet para comprobar si le merece la pena.

Haré un ejercicio en vivo y en directo mientras escribo estas líneas. Voy a imaginar que voy por el supermercado y una determinada marca de cereales para el desayuno me brinda un sorteo de un coche. Al lado hay otra marca que ofrece un descuento del 10% y que me ahorra diez céntimos respecto a la marca del sorteo. La diferencia de precio, diez céntimos, es muy pequeña. Solo por diez céntimos tengo la posibilidad de ganar un coche. La verdad es que el mío está un poco viejo, con lo que la promoción ha capturado mi atención. ¿Y si me tocase? ¿Por qué no? Y escojo la caja de cereales del sorteo, descartando la del descuento. En realidad, he decidido impulsivamente. Hagámoslo ahora de forma racional.

Ahora mismo mientras escribo este libro voy a entrar un momento en Internet. Enseguida vuelvo.

(…)

Aquí estoy de nuevo. Me ha costado tres minutos saber que en España se vendieron 64 millones de kilos de cereales en el año 2008. Dado que los tamaños de las cajas oscilan entre los 300 g y los 500 g (lo acabo de comprobar en la despensa de mi casa), significa que se venden unos 160 millones de cajas al año. La marca en cuestión tiene un 8% de cuota de mercado (Google dixit) y la promoción dura tres meses. Asumiendo que sus ventas se reparten más o menos de forma homogénea a lo largo del año, obtengo que habrá promocionado unos 3200 000 cajas de cereales. Pongamos que el 3% (los índices de redención de promociones son también públicos) de los compradores envían sus datos para ver si les toca el coche. Eso significa que compito contra 96 000 participantes. ¡Las probabilidades son casi iguales a que me toque el gordo de Navidad! Ahora puedo decidir si ahorrarme diez céntimos o jugármelos en el sorteo. Tal vez decida igualmente el envase del sorteo y enviar los datos, pero por lo menos tendré una estimación de mis probabilidades.

La jugada maestra de los sorteos es para las marcas, obviamente. Sus números son bastante sencillos. Pongamos que el coste del coche que sortea la susodicha marca de cereales es de 7000 euros (no suelen sortear coches de alta gama). La caja de cereales cuesta 2,89 euros y el margen comercial es del 10%. Solo con que, gracias a la promoción, venda 24 220 cajas más en tres meses, el coche lo habrán pagado todos los consumidores. Considerando que la marca vende unos tres millones de cajas en tres meses esa cantidad es un aumento del 0,75%.

Resumen de la operación para la marca: regala un coche que le sale gratis si logra aumentar un 0,75% las ventas a cambio de recibir los datos personales de unas 100 000 personas que desconocen sus probabilidades de ser premiadas.

No sé, pero yo no lo considero un trato demasiado justo. ¿Estamos ante un verdadero incentivo o ante un señuelo? Creo desde hace tiempo que las marcas deberían informar de las probabilidades de premio en los sorteos que incluyen en sus ofertas, máxime cuando solicitan nuestros datos personales.

El lector puede pensar que no vale la pena dedicar tiempo a estos cálculos, pero es rápido y sencillo. Yo los hago a menudo y con el tiempo he ido aprendiendo a saber contra cuántos «boletos» me dispongo a participar. Si les sirve de algo, casi siempre he acabado optando por el pájaro en mano, es decir, las marcas que me conceden un descuento seguro. Y suelo prescindir de los sorteos.

De todas formas, les daré una fórmula mucho más sencilla. Cuanto menor sea el importe de un producto, más unidades suelen venderse. Se venden más caramelos que cajas de cereales, que se venden menos que latas de berberechos que, a su vez, se venden menos que tostadoras que, al mismo tiempo, se venden menos que televisores.

A menos unidades más posibilidades de que le toque un sorteo porque hay menos boletos. Si es de los que cae en las tentaciones de los sorteos, participe preferentemente en los de productos cuya venta en unidades es reducida.


SORTEO


Versión oficial:

Acción que consiste en someter a personas al arbitrio de la suerte.

Versión prohibida:

Compra indirecta de un boleto sin ser informados previamente de las probabilidades de ser premiado.

Mi recomendación con las promociones en general es que sea muy pragmático: busque ahorro directo. Al igual que con los sorteos, no se deje llevar por las ilusiones de regalitos dentro del envase (suelen ser una porquería), casi siempre 
dirigidos a niños. Cuando nos acompañan al supermercado a hacer las compras, los niños tienen una capacidad inaudita para detectar los juguetes que se regalan dentro de los productos de alimentación. Si ya resulta difícil negarse a la compra de chucherías de las máquinas expendedoras que hay junto a las cajas registradoras, ya no digamos cuando tenemos que comprar unas galletas y el niño pide que sean las del regalo. Claro, galletas hay que comprar igualmente, por lo que la capacidad de los padres de oponerse a una opción algo más cara cuando el niño berrea es reducida. Como le decía, es mucho mejor que opte siempre por descuentos en dinero contante y sonante. Si es menester, ofrezca al crío una parte del ahorro para que luego se compre lo que quiera, pero en cuestión de promociones, de verdad, dinero y solo dinero. Cuando alguno de mis hijos me insiste en una marca con regalito cuando yo quiero comprar otra más económica sin obsequio le digo: «Mira, hijo, esta otra no tiene regalo, pero es 50 céntimos más barata. 20 céntimos para ti, te los guardas y ya te comprarás alguna chuche, ¿vale?». El niño suele acceder. Garantizado. Se trata, simplemente, de proporcionarle toda la información. Los niños ven el regalo impreso, pero no realizan cálculos de precios. Sin embargo, cuando usted les hace ver el llamado «coste de oportunidad», no les hace falta ser economistas para saber qué opción es mejor.

Acuda solo a las promociones que descuentan cierto importe del precio de venta, ni siquiera acuda a aquellas que regalan cierta cantidad de producto adicional. Se lo voy a demostrar, incluso con aquellas promociones más agresivas, porcentaje de producto gratis y dos por uno. Ahí van mis definiciones:


CANTIDAD GRATIS


Versión oficial:

Acción que consiste en añadir una cierta cantidad de producto al envase habitual manteniendo el precio.

Versión prohibida:

Regalo en dinero varias veces inferior al aparente.

La primera de las promociones, muy habitual en productos de perfumería y cosmética, consiste en alargar o agrandar el envase poniendo una banda alrededor donde dice: 33% gratis, por ejemplo. El porcentaje suele ser 50%, 33%, 35% o 20%, habitualmente. El valor percibido para el cliente es muy alto, pues realmente obtiene una cantidad de producto adicional que, de otro modo, le costaría proporcionalmente el precio por mililitro o gramo habitual. Sin embargo, para la marca este regalo tiene un valor en dinero muy muy pequeño, especialmente en los sectores de cosmética, donde los márgenes son muy elevados.

Hagamos el ejercicio. Supongamos una crema facial. Puede fácilmente tener un margen del 80% y, por tanto, un coste de producción del 20%. Cuando le regalan el 25% del producto gratis, la marca incurre en dos costes.

Uno, es un coste teórico: el coste de oportunidad de que usted hubiese pagado por ese volumen adicional. Es un coste de oportunidad relativo porque no es seguro, es circunstancial.

El segundo coste sí es real, pero es muy pequeño. Es el dinero que le cuesta a la marca regalarle esos mililitros de crema facial. Como la marca tiene un coste de producción del 20%, en realidad, ese 25% que le regala le supone un 5% del precio total que usted paga. Ese es el desembolso efectivo que la marca hace por usted. Usted ve 25% pero la marca efectivamente descuenta un 5% del precio.


¿Hay aquí un engaño? No, pero saber esto le servirá para saber si, según el descuento real, le será fácil encontrar marcas rebajadas de precio.

Por eso insisto en que se decante por promociones en precio. Todas las demás tienen una componente asimétrica para con el cliente. Una marca con un 20% de costes de producción en realidad me da un 5% de mi desembolso cuando, aparentemente, me regala el 25% del producto. Es cierto que a coste consumidor ese 25% sería más elevado, pero lo esencial es que el desembolso que hace la marca, no nosotros, es reducido y, por tanto, es altamente probable encontrar un ahorro en dinero superior en alguna otra marca, dispuesta a rebajar ese dinero directamente del precio a pagar.

En el segundo de los casos, el dos por uno, la situación es parecida pero hay un matiz adicional. En España y en casi todos los países del mundo está prohibido vender productos por debajo de su coste de fabricación. Los economistas lo denominamos dumping y está penado por la ley. Las marcas lo saben. Para calcular si una marca incurre en dumping se compara el coste de lo que entrega con el importe total que abona el cliente. Si una marca oferta un dos por uno, que es la promoción más agresiva del mercado, tiene que estar, por ley, fuera del dumping y, por tanto, el coste de fabricación de dos unidades debe ser aún menor que el precio de una. De lo contrario, estaría vendiendo por debajo de sus costes de fabricación.

Por tanto, si la marca entrega dos y cobra una, aun así debe ganar dinero. De ahí se deduce que su margen es superior al 50%, lo que es un margen muy elevado.

Como en el caso de cantidad de producto gratis, una marca que puede permitirse un dos por uno es una marca cara y es la pista o indicio del que usted dispone para saber que puede encontrar marcas más baratas en el mercado. Usted me dirá: «Sí, pero en ese momento me regala dos al precio de una y el resto de marcas no son la mitad de baratas». De acuerdo, ese día, si quiere, quédese la oferta del dos por uno. El precio promedio de las dos unidades es menos que el del producto de al lado por una unidad, pero como se dice en los barrios bajos, «quédese usted con la cara de esa marca». No olvide que en circunstancias normales, fuera de la promoción, funciona con márgenes superiores al 50%. Se lo ha desvelado implícitamente. Ahora ya lo sabe.


DOS POR UNO


Versión oficial:

Acción que consiste en entregar, por la compra de una unidad, una segunda unidad sin cargo.

Versión prohibida:

Prueba fehaciente de margen superior al 50%.

Decía al hablar de promociones que se ha corrompido la naturaleza del incentivo, pero también su carácter temporal. Una promoción era, conceptualmente, algo limitado en el tiempo. Las marcas, obsesionadas por capturar la atención del cliente y presionadas por la fuerte presión competitiva, han acabado por promocionar sistemáticamente sus productos, lo que desvirtúa completamente el concepto de lo que realmente venden.

El caso más flagrante es el de las promociones de los periódicos y diarios, que empezaron ofreciendo precios agresivos en pequeños obsequios (gadgets) y han acabado por regalar vajillas enteras, baterías de cocina y juegos de sartenes con la compra del diario. Muchos domingos algunos diarios llevan en portada una cacerola en lugar de un político. Uno ya no sabe si compra prensa o si se adhiere a un club de compra. La sensación final es que voy al quiosco a comprar cacerolas y me regalan un diario, es decir, la promoción, tanto por su entidad como por su carácter sistemático, se come al producto, devaluándolo.

Uno de los problemas de estas políticas es que promueven lo que en marketing se denomina «falsa lealtad». Es decir, el comprador de un determinado diario, movido por las cacerolas, se pasará a otro diario distinto cuando la promoción le interese. Como resultado, el diario ya no se vende por su calidad periodística, sino por su capacidad de convertirse en un zoco o mercadillo. Esto que aparentemente es un problema para los diarios y no para usted va en detrimento del cliente porque tergiversa la verdadera naturaleza de la oferta y empaña el concepto de calidad. Pienso que muchas marcas se han vuelto locas con las promociones, olvidando dónde han de focalizar sus esfuerzos.

Pasa algo similar con las llamadas «tarjetas de puntos» o «tarjetas de fidelización». Quien posee una tarjeta de puntos de un supermercado suele poseer la del supermercado de al lado. Quien viaja con puntos de Iberia suele viajar con puntos de Air Europa. ¿Fidelizan realmente los carnés de puntos? Al ser una promoción recurrente, ¿tienen un efecto?

Sí que lo tienen, en los precios que usted paga.

No podemos ser tan ingenuos como para pensar que cuando un supermercado convierte en dinero los puntos que acumula, ese coste no va a ser recuperado de alguna forma por el distribuidor. Piense en ese momento en que, al pasar por la caja registradora y sumar la compra 60 euros, la cajera (o cajero) le informa de que tiene puntos suficientes como para no abonar la compra. Sintiéndonos afortunados y alabando nuestra constancia para ir acumulando puntos en cada compra, decimos: «con puntos». Y ese día no pagamos. Extrapole ahora y sume todos los actos de compra de todos los clientes que algún día pueden permitirse comprar con puntos. Bien, júntelos todos y hagamos un ejercicio teórico. En lugar de en días distintos, supongamos que todos esos clientes utilizan los puntos los mismos días. ¿Se ha planteado alguna vez cuántos días del año son precisos para atenderlos a todos sin cobrar?

Yo se lo diré. Dos semanas. Durante dos semanas seguidas, todos los clientes van al súper y no pagan nada. Compran con sus puntos. Durante dos semanas seguidas, de lunes a sábado, imagine al supermercado entregando productos sin ingresar un céntimo. ¿Cree usted que el valor de todas esas compras va a ser efectivamente gratuito?

Lo mismo en el caso de una aerolínea. Si pusiéramos juntos a todos los pasajeros que vuelan anualmente con puntos acumulados, llenaríamos entre 50 y 100 vuelos de Barcelona a Madrid. ¿Cree de veras que no lo van a imputar a los precios? Obviamente que sí. Los instrumentos promocionales continuados deben ser incorporados de forma sistemática al precio o, de lo contrario, la rentabilidad de las marcas y distribuidores se vería seriamente dañada. Por eso denuncio las 

promociones sine die. No porque dejen de ser temporales, sino porque sé que acaban siendo pagadas por los clientes mediante incrementos ulteriores de precios. Desengáñese, los puntos gratis los pagamos entre todos. Usted también, aunque no se dé cuenta.

Creo que la dinámica competitiva en incentivos promocionales acaba desembocando en un incremento de precios. Imagine que todas las empresas con programas de puntos se pusieran de acuerdo y plantearan al público la eliminación de todos ellos a cambio de bajar los precios de sus productos y servicios. ¿Qué preferiría la gente? Yo personalmente preferiría precios más bajos y tener libertad de comprar donde quiera. Las tarjetas de fidelización, al final, se vuelven contra el propio cliente porque nos llevan a incrementos de precios y a una menor libertad de elección.

¿Qué hacer? Hay pocas opciones. Hágase con todas las tarjetas de fidelización que pueda para no pagar usted los puntos de los demás o bien acuda a establecimientos donde no haya tarjetas de fidelización; comprobará que, por lo general, suelen ser más económicos que los que sí las tienen. ¿Casualidad?

TARJETA DE

FIDELIZACIÓN


Versión oficial:

Es una tarjeta electrónica emitida por determinados fabricantes, cadenas de distribución o empresas de servicios que la entregan gratuitamente a sus clientes. Este tipo de tarjetas permite a los usuarios la acumulación de puntos en función de los consumos realizados en los establecimientos del emisor.

Versión prohibida:


Instrumento promocional que acaba desembocando en precios más elevados y una menor libertad de elección.


Los distribuidores son especialistas en revertir los descuentos en precios. El caso más paradigmático es el de los folletos publicitarios donde encontramos ofertas súper agresivas de ciertos productos. Fíjese que los distribuidores concentran los descuentos en productos donde el cliente es muy sensible al precio. Difícilmente encontrará un folleto donde traten de atraerlo al punto de venta gracias a un descuento extraordinario de, por ejemplo, infusiones, fresas, almejas o cepillos de dientes. Existen otros productos que se denominan «productos llamada» y que son los que la mayoría de la gente toma como referencia para decidir si un punto de venta es más barato que otro. Así, si la leche, el azúcar, el café, refrescos, yogures o el detergente, paradigmas de los productos llamada, están más baratos en un sitio, el consumidor extrapola, sin comprobarlo, que todo lo demás también será más barato. Es imposible una comprobación exhaustiva, así que nos basamos en pocos referentes.

Los puntos de venta lo tienen perfectamente estudiado y por eso rebajarán al máximo el precio e incluirán en sus folletos promocionales con grandes fotos —y el precio bien destacado— determinados productos. Usted ve el café tirado de precio y elige ese fin de semana acudir ahí a comprar. Una vez desplazado al punto de venta, lógicamente realizará su compra de la semana y en su carro habrá bastantes productos más que el café. En muchos de esos productos usted no ha realizado comparaciones de precio, bien porque son de compra poco habitual o bien por puro cansancio e inercia. Pues bien, el margen adicional de esos productos cuyo precio no comparamos pagan el descuento de los productos llamada del folleto.

No hay engaño, sencillamente hay efecto llamada. Le seducen con un descuento y usted extrapola la promoción a todo el punto de venta, lo cual es mucho suponer. La solución, como puede imaginar, es bien sencilla, pero requiere una cierta dedicación de tiempo. Se llama la Estrategia de la tía Silvia. Tengo una tía, se llama Silvia, que actúa sagazmente respecto a esta cuestión. Cuando sale a comprar por el barrio consulta primero los folletos de todos los supermercados que hay en un kilómetro a la redonda, que no son pocos. Selecciona los productos que están descontados y después realiza un itinerario por todos ellos, adquiriendo únicamente los productos llamada. Lo que mi tía ha hecho, básicamente, es modificar el hábito de comprar solo en un establecimiento —que antes escogía en función de un descuento agresivo en un número limitado de productos—. Para mi tía Silvia, ahora, salir a comprar significa recorrer entre cinco y seis supermercados. Es una forma distinta de comprar. Requiere un poco más de tiempo y esfuerzo, pero su ahorro semanal es considerable.

Continuará

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