sábado, 27 de mayo de 2017

Una locomotora llamada deseo

De cara al 2020, el Ministerio de Turismo se ha propuesto agregar 20 000 habitaciones a las 66 547 con que cerró el 2016 y otras tantas para llegar a 104 000 en el 2030 en toda Cuba


MÁS QUE NÚMEROS

La primera vez que oí esa cifra pensé que era un error, una alteración en el tropeloso fluir de información que suele acompañar a las ferias de turismo. El sueño de 19 000 habitaciones en una península virgen, Ramón de Antilla, medio escondida en la bahía de Nipe, Holguín, lo defiende el Ministerio de Turismo como parte del programa de desarrollo hasta el 2030. El dato impresiona. La célebre Varadero, después de varias décadas y de miles de millones de dólares de inversión, cuenta hoy con una oferta hotelera de magnitud casi similar: 20 600 habitaciones.

La comarca holguinera posee playas y condiciones naturales casi celestiales. Abundan en la geografía cubana, deslumbran a expertos del mundo e incitan planes francamente ambiciosos, en una escala sin igual en la historia cubana.

De cara al 2020, el Ministerio de Turismo se ha propuesto agregar 20 000 habitaciones a las 66 547 con que cerró el 2016 y otras tantas para llegar a 104 000 en el 2030. Las empresas constructoras tendrán que duplicar o más el promedio anual de habitaciones nuevas. Desde el inicio del boom turístico en los años 90, la planta hotelera ha crecido en alrededor de 2 000 cuartos cada año, ritmo que no ha superado en la última etapa, aunque los planes para el 2016 eran más altos.

El desafío se vuelve más duro, si se suma la reparación y mantenimiento de las instalaciones turísticas, gestión menos favorecida hasta el presente y que aumentará en proporción con el crecimiento de la planta hotelera.

¿De dónde saldrá el financiamiento millonario que necesitan esas inversiones? ¿Y la fuerza de trabajo para construir y operar luego los hoteles y demás instalaciones? Los recursos para las primeras obras están calculados y negociados ya.

Pero las metas posteriores son propósitos potenciales, alentados por una perspectiva providencial. En mucho dependerá su ejecución de la capacidad de la industria cubana del turismo para generar el capital o para negociarlo con firmas de otros países. Hasta el presente, el grueso de las inversiones para edificar instalaciones turísticas ha corrido a cargo de Cuba, mientras el capital extranjero se ha centrado más en la administración hotelera.

Cifras y dudas a un lado, un hecho es real: el turismo se acelera. La inauguración de hoteles y hostales comienza a ser noticia habitual. Llegan nuevas líneas aéreas, cruceros, cadenas hoteleras, agencias de viajes. Los empresarios extranjeros acuden a explorar; también desde Estados Unidos. La oferta cubana abre puertas a un segmento de lujo. Los récords de visitantes desatan una guerra de pronósticos espléndidos ante los cuales ninguna inversión parece desmesurada.

El conflicto mayor, en mi opinión, no está en la velocidad de la industria que tiene la misión de actuar como locomotora de la economía cubana, sino en su capacidad para tirar de los demás vagones. Algo está fallando, o simplemente les falta todavía fuerza de tracción a los negocios del turismo, cuando la recepción de visitantes crece a un ritmo supersónico desde hace tres años, aumentan las inversiones, y la economía cubana no reacciona en igual dirección; en lugar de despegar, retrocedió un 0,9 % en el 2016.

¿Puede sentirse el beneficio del turismo a escala de toda la economía? Lo creo. Comienza a percibirse en las provincias y municipios de mayor actividad turística, y en otros sectores que han encontrado en ese destino un mercado idóneo para sus producciones y servicios.

Junto con los anuncios de planes para ampliar hoteles, aeropuertos, marinas y la infraestructura extrahotelera, vendría bien oír de programas igual de sustanciosos para desarrollar la producción de alimentos, materiales de la construcción, textiles y otros tantos bienes que devora el turismo. Si la locomotora se separa del tren, el turismo tendrá que acudir a suministros de otros países, aumentarán las importaciones y la dependencia externa, y escapará de Cuba una parte grande de las ganancias esperadas de Ramón de Antilla y demás enclaves en desarrollo.

Pero un factor de aceleración, las inversiones extranjeras, tienen en otros sectores menos protagonismo que en el turismo. De los más de 200 acuerdos con capital foráneo en marcha —con bajos montos financieros comprometidos—, cerca de la mitad los absorbe la actividad turística: 27 empresas mixtas y 82 contratos de administración hotelera, al cierre de marzo del 2017.

El desequilibrio se mantiene en la Cartera de Oportunidades de Inversión presentada a empresarios extranjeros a fines del 2016: casi la tercera parte, 114, son proyectos del turismo. Las propuestas son pocas en actividades importantes para calzar a la industria sin humo: en el comercio (7), la industria (16), el transporte (10) y la construcción (10). Más promete el sector agroalimentario con 76 oportunidades de negocio, mientras ejecuta inversiones tecnológicas para levantar la producción de hortalizas, frutas y otros alimentos.

El balance mejora en la Zona Especial de Desarrollo Mariel, con varias empresas mixtas y extranjeras aprobadas para desarrollar servicios logísticos y producciones con destino a la hotelería.

Los encadenamientos productivos de la industria turística con otros sectores continúan entre las deudas de la economía.

Trabas burocráticas en el sistema empresarial, limitaciones de financiamiento para inversiones tecnológicas y otros conflictos lastran la calidad de producciones nacionales y frenan la articulación entre las instalaciones turísticas y los productores del patio. A veces, el vínculo falla por la carencia de transporte refrigerado o de envases y embalajes modernos.

La dualidad monetaria y cambiaria contamina y empantana los nexos comerciales entre las empresas mixtas y estatales del turismo y una figura económica reconocida ya como su aliado importante: los negocios privados de hospedaje y de gastronomía.

Buena parte de los cambios que hacen falta para limpiar el contexto empresarial, monetario y de precios, y flexi­bilizar más la entrada de inversiones extranjeras, están elucubrados ya en la estrategia de transformaciones de Cuba. De su adopción dependerá que la locomotora alcance la velocidad soñada en los planes inversionistas del turismo y, sobre todo, que su marcha la sienta todo el tren de la economía.

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