viernes, 24 de febrero de 2017

Los estudios del FMI sobre la desigualdad: Punto de encuentro entre la investigación y la realidad

Publicado en February 24, 2017


(Versión en English)

En los últimos 30 años, la desigualdad del ingreso ha aumentado en la mayoría de las economías avanzadas y en muchas economías en desarrollo. ¿Por qué? Gran parte de las investigaciones sobre desigualdad se han centrado en los avances tecnológicos y la liberalización del comercio como principales causas del fenómeno. Es cierto que la tecnología y el comercio marcan tendencias que son difíciles de contener, pero los estudios del FMI han demostrado que el diseño de las políticas públicas reviste importancia y puede ayudar a limitar los aumentos de la desigualdad.

Otra conclusión importante de las investigaciones del FMI: el aumento de la desigualdad plantea riesgos para el crecimiento económico duradero. Con esto, la tarea de abordar la desigualdad queda claramente encuadrada dentro del mandato de la institución de ayudar a los países a mejorar su desempeño económico. Por lo tanto, el FMI ahora está aprovechando las investigaciones sobre desigualdad que ha realizado durante años para ofrecer soluciones a los países miembros, sobre todo en cuanto a estrategias para lograr equidad en el cobro impuestos y el gasto.

Comprender la desigualdad

Un buen ejemplo es Bolivia, país que a comienzos del siglo tenía uno de los niveles más altos de desigualdad del ingreso en América Latina. Cuando los precios de las materias primas se dispararon en los primeros años de este siglo, Bolivia registró una marcada disminución de la desigualdad que situó al país en el medio del escalafón regional. Con el afán de preservar los avances, el gobierno se propuso entender las causas de esa disminución y formular políticas que atajaran el repunte de la desigualdad a raíz del reciente descenso de los precios de las materias primas.

Así, la desigualdad se convirtió en un aspecto destacado en las consultas anuales del FMI con el gobierno en 2015 y 2016, que se basaron en un estudio detallado con datos de ingreso de hogares bolivianos. Este análisis en profundidad demostró que la desigualdad había disminuido porque la riqueza derivada de las exportaciones de materias primas había sido compartida con el resto de la economía a través de una mayor inversión pública, transferencias sociales y un aumento del salario mínimo. Otro estudio demostró lo vital que puede ser ampliar el acceso a los servicios financieros para reducir la desigualdad.

El FMI elaboró un modelo de la economía boliviana para simular la probable evolución de la desigualdad y para probar las políticas que podrían ayudar a preservar los avances logrados. Lo que se observó fue que los mecanismos de política más eficaces serían mantener la inversión en infraestructura y hacerla más eficiente, y focalizar mejor las transferencias de efectivo.

Etiopía ofrece otro ejemplo de las recomendaciones prácticas del FMI. En ese país, el FMI analizó la evolución de la desigualdad y midió los efectos distributivos de las políticas para reforzar el crecimiento. Lo que se recomendó fue adoptar umbrales más progresivos para el impuesto sobre la renta, promover los instrumentos financieros para los ahorristas en zonas rurales y reformar los subsidios indirectos para atender a los hogares de bajo ingreso.

Causas: Déficits presupuestarios, mercados laborales


A la hora de estudiar las causas de la desigualdad, los economistas del FMI se han concentrado en tres ámbitos de las políticas: reducción de los déficits presupuestarios mediante aumentos de los impuestos o recortes del gasto, liberalización de los mercados laborales y eliminación de las barreras a la circulación transfronteriza del capital. Estas políticas pueden ser beneficiosas, pero a veces también pueden tener el efecto secundario de aumentar la desigualdad.

Estas conclusiones fueron corroboradas por estudios de países específicos, basados en una amplia muestra.

Las investigaciones sobre Honduras, Guatemala, la República del Congo y Uganda confirmaron que las políticas fiscales repercuten con fuerza en la desigualdad.

Además, demostraron que la magnitud de las repercusiones depende de los métodos empleados para recaudar impuestos y gastar el ingreso. Los efectos en la desigualdad son mayores cuando se recurre menos a los impuestos directos sobre la renta y más a los impuestos indirectos; por otro lado, el gasto en infraestructura reduce la desigualdad.

Estudios de casos de Etiopía y Myanmar confirman que las reformas del sector financiero pueden agravar la desigualdad si persisten las limitaciones de acceso a los servicios financieros y si la movilidad laboral está restringida.

Consecuencias: Desigualdad y crecimiento

Muchos gobiernos ahora reconocen la importancia de abordar el problema de la desigualdad, lo cual hace pensar que se han percatado de que no hacerlo tendría secuelas socioeconómicas adversas. Sus inquietudes han encontrado asidero en que, según las investigaciones del FMI, la desigualdad hace menos duradero el crecimiento económico.

Esta conclusión ha concitado abundante atención porque demuestra el costo económico directo derivado de un alto grado de desigualdad, además de los costos señalados por otros investigadores (ajenos al FMI), como la captura del proceso político por parte de las élites y la menor cohesión social. Esta conclusión significa además que la desigualdad cae dentro del ámbito de la labor encomendada al FMI: fomentar un crecimiento sostenido, uno de los objetivos del asesoramiento del FMI, exige prestar cierta atención a la desigualdad.
¿Por qué una mayor desigualdad termina siendo perjudicial para el crecimiento duradero? En las economías en desarrollo, la desigualdad elevada a veces ha desencadenado crisis sociales o políticas, que a la larga pueden descarrilar el crecimiento.

En el caso de las economías avanzadas, las investigaciones demuestran que una mayor desigualdad del ingreso puede inducir a los hogares de ingreso bajo y mediano a endeudarse excesivamente, lo cual a la larga puede desencadenar una crisis; esta secuencia de eventos se observó en los períodos previos a la Gran Depresión y la Gran Recesión. El examen más reciente del FMI sobre la economía de Estados Unidos muestra que la polarización del ingreso desde 2000 “ha tenido un impacto negativo en la economía que ha frenado el principal motor de crecimiento de Estados Unidos: el consumo”.

Curas para la desigualdad excesiva

Los estudios de las causas y las consecuencias de la desigualdad excesiva lógicamente abrieron el debate sobre los posibles remedios. Por ejemplo, si las políticas fiscales contribuyen a la desigualdad, las recomendaciones del FMI sobre el diseño de esas políticas deben tener en cuenta tal hecho, dado que las consecuencias distributivas pueden ser inherentemente importantes para algunos gobiernos y, además, pueden reducir la durabilidad del crecimiento.


El diseño de la política fiscal es crítico tanto para la distribución como para la “pre-distribución”; es decir, la tarea de mejorar la igualdad de oportunidades para evitar de entrada que surja la desigualdad. Una de las políticas en cuestión es la de gasto público en salud y educación, que puede crear oportunidades más equitativas para los integrantes de hogares de bajo ingreso.

En cambio, la redistribución se refiere a medidas tomadas a posteriori, para que el ingreso disponible —o neto— sea más igualitario que el ingreso de mercado. Esto se logra mediante la tributación progresiva, transferencias de efectivo a familias de bajo ingreso y otras prestaciones de bienestar. Una importante conclusión de las investigaciones, con implicaciones para el diseño de muchas políticas, es que la redistribución, salvo que sea extrema, no incide negativamente en el crecimiento.

Conclusión

En resumen, las investigaciones del FMI han aportado mucho al estudio de la desigualdad.
En lo que respecta a las causas, la conclusión de que las políticas económicas son determinantes importantes de la desigualdad implica que los gobiernos pueden tomar medidas para reducir la desigualdad si la consideran excesiva.
En cuanto a las consecuencias, se ha demostrado que la desigualdad tiene un costo económico directo en términos de la menor durabilidad del crecimiento, con lo cual la desigualdad queda encuadrada dentro del mandato básico de la institución.
En lo que atañe a las curas, el diseño de las políticas debe tener en cuenta los resultados en materia de distribución. Esto es algo que está cada vez más presente en el asesoramiento que el FMI brinda a los países miembros.

Véase también una reciente declaración del FMI sobre cómo la institución hace operativas sus recomendaciones relativas a la desigualdad.

Algunas verdades incómodas del panorama energético global

SEBASTIÁN PUIG 24 Febrero 2017 

Hace unos días hubo un gran apagón nocturno en Bruselas, ciudad en la que resido. Durante algunas horas, barrios enteros, entre ellos el mío, quedaron completamente a oscuras. La sensación de desvalimiento y fragilidad al contemplar la negritud de las calles y edificios vecinos me hizo pensar en lo afortunados que somos aquí por poder hacer uso y abuso de la energía, sin la cual ya seríamos prácticamente incapaces de realizar nada. Bajo la agradable luz de las velas que encendimos en casa, tuve tiempo de reflexionar sobre el desconocimiento con que los ciudadanos del primer mundo opinamos sobre este tema, y muy especialmente quienes, enarbolando la bandera de las energías renovables, piensan que todo el monte global es orégano. Aquellas reflexiones, junto con algo de investigación, han dado como resultado este artículo. Les animo a despojarse de prejuicios o apriorismos, a alejar la perspectiva y a recorrer el mismo camino que me ha llevado hasta aquí. Porque va siendo hora de que dejemos de mirarnos el ombligo.


Ampliando el foco

Empecemos por resaltar una obviedad máxima: no se puede vivir sin energía. La energía es un elemento fundamental en nuestra existencia, que usamos en grandes cantidades. Además, las necesidades de energía del planeta serán cada vez más elevadas: primero, porque la población mundial no deja de crecer y, sobre todo, porque para un enorme sector de esa población, el acceso a la energía es todavía cero o muy cercano a cero. Por tanto, la demanda global de fuentes energéticas seguirá aumentando a un ritmo intenso. ¿Cómo cubrir esta demanda? Desde luego, imposible hacerlo con la mera aportación de las energías renovables. En las próximas décadas no nos quedará más remedio que seguir recurriendo, entre otros, a los malos de la película: los malvados, contaminantes y destructivos combustibles fósiles. O eso o nos apagamos. Nada mejor que el siguiente gráfico para ilustrar esta afirmación:


Ahora que el presidente Trump relanza de nuevo la producción de petróleo, gas y carbón, autorizando los oleoductos Keystone XL y Dakota Access bloqueados por Obama y eliminando restricciones al fracking y al “carbón limpio”, hemos convertido a los Estados Unidos en el villano de la película, cuando en todo el mundo la realidad energética es similar. Aquí, en la misma Unión Europea, líder en energías limpias, nos hemos marcado el ambicioso objetivo… de un 20% de consumo en renovables para 2020, un 27% para 2030 y la eliminación del carbón… en 2050.

Dicho de otra manera: en 2030, Europa seguirá dependiendo un 73% de fuentes energéticas NO renovables. Y habremos de convivir con ello, por mucho que se empeñen los campeones solares y eólicos en lo contrario. Por consiguiente, durante los próximos años, los europeos continuaremos consumiendo combustibles fósiles y nuestros principales retos seguirán siendo, como hasta ahora, la eficiencia, la seguridad del suministro a precios razonables y la reducción de la contaminación. Pero es que, además, parecemos haber olvidado que no estamos solos.


La revolución fracking

La aparición del fracking, además de conmocionar el mercado de la energía, supuso una también una convulsión geopolítica global. La producción de Estados Unidos pasó de 5,6 millones de barriles diarios de crudo en 2010 a 9,3 millones a finales de 2014, el mayor nivel en 30 años, desplomando el precio del petróleo a la mitad (ver cuadro anterior) y rompiendo el oligopolio energético ostentado durante décadas por la OPEP. En ese mismo período, EEUU pasó de ser el mayor importador neto y bruto de derivados del petróleo a convertirse ya en el mayor suministrador bruto y el segundo mayor suministrador neto después de Rusia.

Tal revolución geopolítica, además, fue impuesta por los mercados. Ni Obama ni anteriormente Bush promovieron conscientemente el fenómeno fracking, pero se beneficiaron de sus efectos. Fue la tecnología la que propició ese boom productivo y la política siguió aguas, bien para subirse a la ola como ocurrió en Estados Unidos o para tratar de frenarla como en Europa, a costa del bolsillo de los consumidores en muchos casos. La tecnología, además, es la que está permitiendo también una mejora continua de la eficiencia energética y una reducción consistente de la contaminación atmosférica pese al aumento del consumo. Se trata de un fenómeno que debe contemplarse como un todo y que rompe mitos tan persistentes en el debate público como el peak oil.


El peak del peak del peak del peak oil

El muy notable geólogo de Shell M. King Hubbert se hizo mundialmente famoso al predecir con acierto en los años 50 que la producción total de petróleo de los Estados Unidos alcanzaría su pico (peak oil) a finales de la década de los 60 o a principios de los 70. También proyectó que la producción global de crudo empezaría a declinar alrededor del año 2000. Considerado un mito por legiones de seguidores, su teoría desató innumerables predicciones apocalípticas sobre el fin de los combustibles fósiles y el colapso energético del planeta. La siguiente imagen, del año 2003, constituye un simpático ejemplo de ello:


Sin embargo, la tecnología pronto se encargó de ir rebajando ese apocalipsis a categoría de anécdota. En el año 2000 la producción mundial de petróleo fue más del doble de lo predicho por Hubbert, y en 2015 la producción estadounidense regresó a niveles de los años 70. Es más, tanto el suministro global de crudo como su consumo no han dejado de aumentar desde entonces. Y lo mismo ocurre con el gas natural.


La respuesta de los acólitos del peak oil ha sido ir lanzando balones predictivos hacia el futuro, en la seguridad de que en algún momento acertarán con sus previsiones. Y, en efecto, así ocurrirá: el propio Hubbert opinaba que podría efectuarse una transición exitosa del petróleo y otros combustibles fósiles a un mundo dominado por la energía nuclear y la energía solar, siempre que se empezara lo antes posible. Esa transición ya se está produciendo, pero a un ritmo mucho más moderado de lo previsto y con grandes contrastes regionales. Y ello ocurre tanto por la tecnología como por la cruda realidad de las necesidades globales.

Hay otro mundo ahí fuera.

Huelga insistir (o no), pero desarrollo implica energía. Cientos de millones de personas necesitan energía barata y abundante para salir de la miseria y prosperar en diversas áreas emergentes del mundo, y ello, siento decirlo, no va a conseguirse sólo con paneles fotovoltaicos o aerogeneradores. Actualmente, las energías renovables no pueden asegurar ni de lejos ese despegue y no lo harán en el medio plazo. Sin duda, los avances tecnológicos nos depararán novedosas fuentes de suministro y sustanciales mejoras energéticas en el futuro, liquidando al fin los combustibles fósiles, pero por el momento, la mayor parte la energía barata que necesita el planeta para funcionar, como hemos visto, se quema y contamina. Un hecho que ha entendido perfectamente la nueva administración norteamericana en su propuesta de relanzamiento económico que, por cierto, no deja de lado las renovables. Todo suma para su America First. Y así les cundirá.

En este sentido, Europa constituye una privilegiada rara avis. Somos ricos, estamos en nuestros topes de consumo energético, de utilización de vehículos, de calefacción doméstica y de instalación de electrodomésticos. Nos centramos ya en la búsqueda de la eficiencia, la sostenibilidad ambiental y la reducción del consumo. Todo ello resulta perfecto, pero muchas otras partes del mundo no se hallan en esa tesitura. Es el caso de África, que está viviendo un proceso de urbanización acelerada sin precedentes, al igual que ocurre en diversas zonas de Asia y Latinoamérica.


Las soluciones renovables para esos países en desarrollo pueden ser muy útiles en entornos rurales y como necesario complemento, pero sin abundante energía fósil, carbón incluido, además de un enorme despliegue hidroeléctrico (y por qué no, nuclear), todo ese boom urbano no dispondrá de los recursos necesarios para su desarrollo. No debemos olvidar, además, que tan “malvadas” fuentes energéticas son las mismas que los occidentales utilizamos durante el siglo XX para nuestra propia revolución industrial. Negar esta verdad incómoda por la vía de la dictadura energética, las prohibiciones y las restricciones internacionales supone, además de una soberbia y una hipocresía mayúsculas, condenar a la miseria a naciones enteras.

Merece la pena reflexionar sobre ello.