martes, 25 de abril de 2017

Desigualdad en Cuba: ¿combatiendo la riqueza o la pobreza?


Pedro Monreal , El estado como tal.

Reducir la desigualdad en Cuba requiere medidas de diverso tipo, pero no todas tienen la misma prioridad, ni similar urgencia. Contrario a lo que muchas veces parece asumirse en el debate nacional, reducir la desigualdad en Cuba no consiste, fundamentalmente, en comprimir la riqueza de quienes la tienen, sino en resolver la pobreza de quienes la padecen.

Para que no haya equívocos, no me parece éticamente apropiado que existan en el país personas y grupos sociales con niveles de ingreso y de riqueza 30 veces, o más, superiores al de muchos ciudadanos que son personas calificadas, decentes y trabajadoras; pero el imperativo ético que debe ser priorizado y las acciones de política para respaldarlo deben ser colocados en erradicar las causas de la pobreza y no tanto en aminorar la creación de riqueza que se produce dentro de la ley.

Establecer mecanismos de redistribución acreditados –como los impuestos- que permitan hacer transferencias de unos grupos a otros debe ser, sin duda, parte de las políticas nacionales para alcanzar una sociedad más equitativa. Es un componente para evitar altos niveles de concentración de los ingresos y de la riqueza, pero la prioridad debe colocarse en políticas que favorezcan incrementar el ingreso de quienes hoy son pobres.

La desigualdad siempre es un concepto relativo. En lo económico, se refiere a la diferencia en los niveles de vida entre personas y grupos, como resultado de procesos de distribución de ingresos y de riqueza.

En el mediano y largo plazos, la desigualdad económica pudiera expresarse como desigualdad social –por ejemplo, la re-estratificación social- y también como desigualdad política, por ejemplo, el desencanto de sectores sociales con la política y el resultante vacío participativo que no queda “desocupado”, sino que pudiera beneficiar a otros grupos sociales.

En la práctica, desigualdad y pobreza tienden a existir simultáneamente y están relacionadas entre sí, aunque se trata de dos conceptos distintos. No siempre ocurre de esa manera pues hay países donde existen niveles relativamente altos de desigualdad, pero la pobreza extendida no es significativa. Sin embargo, este no parece ser el caso de Cuba.

La existencia de bienes y servicios públicos de acceso universal (como la salud y la educación) han desempeñado un papel importante en evitar niveles masivos de pobreza y un crecimiento aun mayor de la desigualdad, pero mantener e incluso mejorar esos bienes y servicios públicos no va a reducir, por sí solo, la pobreza y la desigualdad en Cuba.

A pesar de la ausencia de datos oficiales actualizados sobre desigualdad y pobreza -la última valoración del índice de Gini fue de 0,407 hace casi 20 años atrás y el nivel de pobreza estimado por especialistas es de aproximadamente el 25 por ciento de la población-, Cuba parece encontrase en una situación donde la reducción de la pobreza y de la desigualdad deben ir de la mano.

Expresado en otros términos: existe pobreza porque determinados grupos sociales han sido colocados en una situación permanente de desigualdad que les impide superar la pobreza. Por esa razón, tratar de reducir la pobreza dependería de la modificación de la condición de desigualdad en la que viven esos grupos sociales.

En un país donde la mayoría de quienes reciben un ingreso son trabajadores asalariados, las causas de la pobreza y de la desigualdad deben ser buscadas en el mercado laboral. Es, esencialmente, un problema de bajos salarios. Dado el peso mayoritario que tiene el sector estatal en el empleo asalariado, es plausible asumir que los bajos salarios estatales parecen ser una causa central de los niveles de desigualdad y de pobreza.

Aunque las llamadas “líneas de pobreza” son una medición insuficiente y controvertida del nivel de pobreza de un país, es, de todas maneras, un dato que hay que tener en consideración. No existe un cálculo oficial de la “canasta básica” en Cuba, pero existen economistas cubanos que han realizado estudios de terreno, que aportan evidencia que, aunque obviamente no puede ser asumida como un reflejo estadístico preciso de la media nacional, permiten tener datos concretos para hacerse una representación de la desigualdad y de la pobreza.

Ese es el caso del estudio realizado en 2015 por la Dra. Blanca Munster basado en una muestra de hogares del Consejo Popular Santa Fe. En ese estudio, el 96 por ciento de los hogares registraron ingresos per cápita iguales o menores de 420 pesos, en tanto el gasto mensual declarado por cada familia era de 1,955 pesos, de los cuales 1,710 pesos fueron gastos de alimentación.

El dato que debe ser retenido es que se necesitaban cuatro fuentes de ingreso promedio per cápita por cada núcleo familiar, simplemente para comer. Expresado de otra manera: el ingreso per cápita apenas cubría la cuarta parte de los gastos en alimentación de una familia.

Nótese que este tipo de estudios concretos ilustra una realidad que es mucho más compleja que la ilusión que pudieran ofrecer cifras como el salario estatal medio mensual que ha crecido en los últimos años, alcanzando un nivel de 687 pesos en 2015.

Hay un punto importante que debería ser entendido: reducir la pobreza y la desigualdad en Cuba no pasa, esencialmente, por medidas de redistribución social sino por transformar la esfera productiva, especialmente en lo relativo a la distribución primaria del ingreso. Resolver el problema en el sector estatal debería ser una prioridad y una urgencia.

Seguramente pudiera argumentarse que el sector estatal no puede pagar salarios más altos porque debe evitarse una potencial situación inflacionaria que acarrearía más pobreza y más desigualdad. Este es un argumento válido, pero no estoy abordando ahora las disfuncionalidades de una empresa estatal que ni siquiera es capaz de retribuirles a sus empleados el valor del “producto necesario” (valor producido por el trabajador para cubrir sus necesidades).

Estoy discutiendo ahora las causas de la pobreza y de la desigualdad, y la función que desempeña en ambos procesos la existencia de salarios muy bajos. Son discusiones que deben hacerse de manera integrada, pero lo que afirmo es que la pregunta “¿por qué hay pobreza en Cuba?”, tiene una respuesta directa en los bajos salarios y en ingresos asociados, como las jubilaciones.

Es importante entender cómo funciona la pobreza y la desigualdad. Claire Melamed, especialista de OXFAM, ha anotado una cuestión que me parece conveniente adoptar como marco general para abordar temas de desigualdad y de pobreza en Cuba: “Existen dos maneras muy diferentes de pensar en la desigualdad. La primera se enfoca en el rico. La segunda se enfoca en el pobre. La primera es sobre la que más escuchamos hablar. La segunda es la que verdaderamente importa”.

¿Por qué debería importarle –exactamente- a un obrero cubano que unos pocos “ricos” tuviesen más ingresos que muchos trabajadores “pobres”? (una respuesta como esa no es obvia, hay que explicarla);

¿Es que si esos “ricos” fueran despojados de su riqueza, mejoraría realmente ello la situación del trabajador “pobre”? (la redistribución pudiera ser parte de la solución, pero el problema es mucho más complejo)

De nuevo, expreso mi rechazo ético a la concentración de ingresos y riqueza en manos de unos pocos. Simplemente trato de llamar la atención sobre preguntas que me parecen de sentido común.

Resumiendo:

– La reducción de la desigualdad y la pobreza demandan la existencia de empresas –de cualquier tipo de propiedad- que sean capaces de sostener un mercado laboral con un salario medio que tenga, al menos, un nivel de entre tres y cuatro veces el actual, es decir, en el rango de 2,100 a 2,800 pesos mensuales. Crecer económicamente con equidad exige, en Cuba, contar con entidades productivas vigorosas y unidades presupuestadas eficientes que paguen buenos salarios.

– Un objetivo de política económica de esa magnitud probablemente exigiría una transformación más radical y más acelerada que la que parece haberse sugerido oficialmente hasta ahora. La reforma de la empresa estatal y la creación de un marco adecuado para la empresa privada nacional deberían ser dos áreas cruciales, y simultáneamente priorizadas, de la reforma económica. Creo que esta es una percepción compartida; lo interesante es la parsimonia con la que sigue discutiéndose sobre la posibilidad de una nueva ley de empresas y la inacción que se observa respecto a algo que ya ha sido políticamente admitido como política de Estado: la legalización y regulación adecuada de la empresa privada nacional.

Nota : Texto publicado originalmente en Cuba Posible, Abril 25, 2017
https://cubaposible.com/desigualdad-cuba-combatiendo-la-riqueza-la-pobreza/

Una mirada al turismo internacional en Cuba rumbo a 2017

25/04/2017

A partir de enero de 2015, bajo un clima de distensión en las relaciones políticas entre Cuba y los Estados Unidos, el turismo internacional para la mayor de las Antillas ha mostrado crecimientos significativos en el indicador llegada de visitantes. Han transcurrido 24 meses desde entonces, en los que 7 560 000 de personas han visitado la Isla. En estos dos años, las vías de entrada al país se han multiplicado con la incorporación de nuevas líneas aéreas que cubren itinerarios desde más de un centenar de aeropuertos de todas las regiones del mundo. El turismo de cruceros muestra un crecimiento sorprendente con el arribo de buques de gran porte a los puertos de La Habana, Cienfuegos y Santiago de Cuba; así como a otros puntos de fondeo alrededor del extenso archipiélago cubano.

El recién finalizado 2016 acogió 4 035 000 visitantes, que representan 17% por encima del año anterior. Interesados en el otrora destino prohibido, viajaron desde los Estados Unidos 614 500 residentes en el territorio vecino, de ellos 284 550 estadounidenses; ninguno lo hizo como turista; todavía las restricciones del gobierno del Norte, prohíben hacer turismo en esta pequeña isla caribeña.

La Habana se consolidó como el principal destino turístico de Cuba, recuperando con creces su imagen cosmopolita que siempre la identificó. En 2016 arribaron a la "capital de todos los cubanos", 2 134 968 visitantes, que representaron un crecimiento de 26,6% en relación con el año anterior. De estos, 1 718 474 lo hicieron por el aeropuerto José Martí y 112 991 por el puerto de La Habana, como principales accesos. La ciudad cerró el año con una ocupación de 74,9% de las habitaciones hoteleras disponibles, y un supuesto 90% de ocupación lineal en las 8 593 habitaciones del sector no estatal, que alojaron a 350 600 visitantes extranjeros, la mayoría estadounidense y europea.

Sin embargo, ante tal novedoso escenario, la oferta cubana no mostró nuevos cambios por limitaciones endógenas y exógenas. Las restricciones que enfrenta el sector turístico cubano no han variado en todos estos años: escasez de recursos materiales y financieros, dualidad monetaria, falta de mantenimiento a las instalaciones de alojamiento, deterioro y obsolescencia de la infraestructura de acceso (aeropuertos y puertos marítimos), baja calidad del servicio, entre otras.

Los planes de desarrollo turístico se han enfocado, desde hace años, hacia la demanda de un turismo masivo de sol y playa proveniente de Canadá y Europa, comprometido con los grandes touroperadores y los paquetes todo incluido. No se previó que en un corto plazo pudiera cambiar la visión hacia una normalización de las políticas; ni de los Estados Unidos, ni de la Unión Europea. Ante esta situación de constantes restricciones, el plan de desarrollo hotelero se dirigió hacia los litorales con playas, que actualmente concentran 45,5% de las 382 instalaciones de alojamiento y 73,3% de las 66 547 habitaciones de que dispone el país. Como oferta complementaria, el alojamiento privado ha tenido un exitoso desempeño al disponer de 17 790 habitaciones en las llamadas “casas particulares”.

En el transcurso de estos dos últimos años, nuevos segmentos de turistas arriban a la Isla impulsados por motivos distintos al sol y las playas. Son visitantes que exploran las ciudades en busca de la singular cultura cubana y de conocer la idiosincrasia y los espacios de vida de los cubanos. 

En este nuevo escenario, la preocupación no radica en los “impactos sociales” del turismo; pues estos ya han ocurrido durante las últimas dos décadas, en que Cuba ha recibido más de 45 millones de visitantes internacionales. El problema radica en el “impacto de consumo” de estos viajeros, exigentes de la calidad en los servicios y la variedad de la oferta en los productos que demandan. No es el convencional mercado de sol y playa en modalidad all inclusive, que caracteriza al modelo turístico cubano; sino un visitante que se interesa por las actividades culturales, la naturaleza, los deportes náuticos y el contacto auténtico pueblo a pueblo.

La nueva etapa de la actividad turística en Cuba exige transitar de un modelo de desarrollo litoral-hotelero y una política oligopólica; hacia un modelo intensivo e inclusivo, con énfasis en una estrategia que haga corresponder la diversificación de la oferta con la nueva demanda, y su autentificación en una relación coherente con la identidad cultural nacional de los productos turísticos, tanto en su conjunto como en sus numerosos componentes de lo público y lo privado, lo que equivale a la necesidad de una nueva concepción de la actividad turística en términos de destino integral y no sólo de un conjunto de productos poco o nada diferenciados.

Para lograr una oferta satisfactoria dirigida hacia este nuevo turista, la participación activa de la oferta no estatal, tiene que desempeñar un rol protagónico en la relación entre la oferta y la demanda. Esta participación activa se justifica por la necesidad de garantizar espacios de alojamiento, restauración, ocio y recreación; que satisfagan las demandas de crecientes flujos de visitantes. La falta de mantenimiento y el deterioro acumulado de la infraestructura hotelera, exige una reconstrucción en corto tiempo; al unísono con una reconversión tecnológica, con participación de los sectores de las comunicaciones, la construcción y el transporte, que tienen que crear sinergias para ofrecer un producto verdaderamente integral, contemporáneo y diferenciado.

Incrementar la competitividad del destino a partir de la elevación de la calidad de los servicios y la variedad de la oferta

Como es sabido, en la prestación de servicios turísticos, producción y consumo ocurren simultáneamente; esto hace que la demanda tenga un papel fundamental en la configuración de las innovaciones propias del sector, y muy especialmente aquellas dirigidas a las nuevas ofertas y al mejoramiento de los productos existentes, dada la alta personalización de los servicios turísticos y la co-innovación del propio usuario turístico. La innovación en turismo, como base de la competitividad, puede abordarse desde varias perspectivas: proceso, producto, organización y, marketing y comunicación.

La innovación como proceso puede observarse en la forma de entrega de un servicio, la secuencia determinada en la estandarización de este proceso y el cumplimiento de las normas o estándares internacionales. En innovación de productos pueden ser consideradas acciones conducentes al diseño y la adaptación de estancias o visitas tematizadas en función de las características de cada territorio, o como resultado de la combinación de actividades integradas en una oferta. Solo creando nuevas excursiones, rutas y circuitos no se cumplen con las demandas del nuevo turista.

Por otra parte, la innovación en la organización exige una novedosa concepción de la estructura seguida para la operativización de funciones implicadas en el servicio a los turistas. Coherentemente, la innovación en promoción y comunicación, exige considerar mejoras en la integración de la información de los elementos del destino en los diversos soportes, la presencia comunicadora en foros y redes sociales especializadas, o la orientación de contenidos hacia segmentos o nichos en función de los intereses y motivaciones específicas.

En suma, la generación de innovaciones depende de decisiones tomadas por los empresarios o los gestores de los destinos (públicos y privados), entre cuyos incentivos y motivaciones se encuentran las expectativas de acrecentar los márgenes de beneficios, tanto empresariales como personales, con el objetivo de mejorar la posición competitiva de la oferta integrada, frente a otros destinos competidores.

El turismo se construye en función de atractivos paisajísticos, patrimoniales, históricos y culturales, que en este caso constituyen la oferta. Y el ejercicio de construir esa oferta hace que los actores locales confieran valor consciente a su espacio de vida. En principio, es volver a transitar y reconocer ese territorio de lo cotidiano, en el que han habitado por generaciones: pueblos, barrios, calles, lagos, lagunas, bosques, montañas y valles, todos elementos de un paisaje, que aun cuando cotidianos para ellos, ahora se objetivizan, se les toma distancia para apreciarlos, valorándolos, porque antes de convertirse en atractivos turísticos, vuelven a ser objetos de atracción e innovación para los propios pobladores del territorio.

Confiar solo en el atractivo natural, como las playas o los verdes campos, o la cultura vista como manifestaciones artísticas, puede llevar a inmovilidad o exceso de confianza, recreando “más de lo mismo”.

La constante revitalización de los productos y las ofertas es lo que garantiza el sostén y crecimiento de los estándares para un mercado cada vez más heterogéneo, exigente y segmentado. De ahí que las inversiones proyectadas incluyan hoteles de alto estándar en ciudades, pequeños hostales boutique, balnearios y spa, parques temáticos, centros culturales y deportivos, campos de golf, marinas náuticas; en un ambiente en que se perciba la autenticidad de una cultura y no del espectáculo falso y espurio, que, por cierto, ya no es sustentable. Esto no representa de ninguna manera abandonar el hoy predominante turismo de sol y playa con todo incluido, que también forma parte de la identidad y la cultura del turismo cubano y caribeño; y que satisface a un mercado nada despreciable, que concibe las vacaciones junto al sol, las arenas y el mar; en un destino seguro y hospitalario.

Cuba en el Año Internacional del Turismo Sostenible

Resulta interesante observar cómo en los últimos tiempos, el término “sustentable” o “sostenible” se ha transformado, para muchos, en lo que se conoce como un buzzword: una palabra de moda que se utiliza más para impresionar que para explicar. También tiene un profundo significado para un pequeño número de expertos y significa muchas otras cosas para diferentes especialistas.

Un desarrollo turístico sostenible implica pasar de un desarrollo pensado solo en términos cuantitativos ―basado en el crecimiento económico― a uno de tipo cualitativo, donde se establecen estrechas vinculaciones entre aspectos económicos, sociales y ambientales, en un renovado marco institucional democrático y participativo, capaz de aprovechar las oportunidades que supone avanzar simultáneamente en estos tres ámbitos, sin que el avance de uno signifique ir en desmedro de otro. O sea, se puede hablar de “turismo sostenible” solamente cuando los destinos turísticos específicos se desarrollan y gestionan sobre bases sustentables.

El turismo internacional, como parte de la globalización, no es un sistema cerrado; y su desarrollo debe entenderse como un proceso. Un proceso es sostenible cuando el sistema, en este caso el turismo, ha desarrollado la capacidad para producir indefinidamente a un ritmo en el cual no se agotan los recursos que utiliza y que necesita para funcionar y no produce más contaminantes de los que puede absorber su entorno.

Del anterior enunciado se infiere que hay que tener en cuenta la “capacidad de sostenimiento” del sistema; lo que se materializa en el Plan de Desarrollo Turístico por etapas, elaborado a partir del Esquema Nacional de Ordenamiento Territorial. En este sentido, se considera que la capacidad de sostenimiento es la actividad máxima que puede mantener el sistema sin degradarse en el largo plazo.

Para el sector turístico cubano, 2017 deberá representar un crecimiento inclusivo que garantice la sustentabilidad mediante la innovación constante, como respuesta a los cambios del mercado y dinamice realmente la economía, manteniendo un equilibrio con lo ambiental y lo social, en que el país se apresta a recibir algo más de 4,2 millones de visitantes internacionales.

José Luis Perelló es Profesor Titular de la Universidad de la Habana
Fuente: Revista Temas

¡No es la desigualdad, estúpido!

Alfredo Apilánez - trampantojos y embelecos

La “nueva izquierda” y el trampantojo de la desigualdad
Hay que preguntarse si la economía pura es una ciencia o si es “alguna otra cosa”, aunque trabaje con un método que, en cuanto método, tiene su rigor científico. La teología muestra que existen actividades de este género. También la teología parte de una serie de hipótesis y luego construye sobre ellas todo un macizo edificio doctrinal sólidamente coherente y rigurosamente deducido. Pero, ¿es con eso la teología una ciencia?” Antonio Gramsci
Sería una gran tragedia detener los engranajes del progreso sólo por la incapacidad de ayudar a las víctimas de ese progreso
Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (1987-2006)
No existe tema que concite actualmente debates más vehementes sobre cuestiones económicas que el de las causas y posibles medidas correctoras de las crecientes desigualdades de renta y de riqueza agudizadas en estos tiempos de crisis y de recrudecimiento del embate neoliberal. En los últimos cuarenta años, el peso de los salarios en la renta nacional ha sufrido un significativo descenso en paralelo a la extraordinaria acumulación de riqueza en el fastigio de la pirámide social (la moda de referirse al abismo entre el 1 y el 99% remite a esta extrema divergencia entre la cúspide y la base). El éxito reciente del texto de Piketty (“El capital en el siglo XXI”) demuestra la enorme preocupación que la erosión acelerada de los colchones amortiguadores del WelfareState perpetrada por la apisonadora neoliberal suscita en las capas sociales ilustradas nostálgicas del capitalismo con “rostro humano”. El arco de opiniones “respetables” abarca desde las posturas- llamémoslas “redistribuidoras”- de los restos de la socialdemocracia que ejemplifica Piketty  (defensor de medidas correctoras, como un impuesto global sobre la riqueza que contrarreste las tendencias hacia una forma de capitalismo “patrimonial” marcado por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”) hasta el despiadado neoliberalismo privatizador y desregulador de los cachorros de Friedman y Hayek. Los “redistribuidores” ponen el foco asimismo en la necesidad de poner coto (la Tasa Tobin y la lucha contra los paraísos fiscales serían ejemplos paradigmáticos) a la colosal extracción de rentas por parte del capital financiero y de los monopolios energéticos que agostan con su voracidad parasitaria las virtudes  de las sanas actividades productivas que –en caso contrario- derramarían sus dones sobre el tejido social. La contraposición entre rentismofinanciarizado depredador versus capitalismo temperado creador de riqueza y empleo domina el discurso regenerador (la obra –en otros aspectos interesantísima- de Steve Keen o Michael Hudson ilustra bien esta posición) de la izquierda reformista. El Estado debe, por tanto, mediante regulaciones financieras estrictas y medidas fiscales deficitarias de incremento del gasto y la inversión públicos, posibilitar la corrección de las fuerzas desatadas por la brutalidad de la agresión neoliberal (detener el “austericidio”) orientándolas hacia cauces que reviertan los rasgos patológicos en pos de un capitalismo bonancible (recuperar la soberanía monetaria, controlar el casino financiero, cambio de modelo energético, etc.).
Tales planteamientos, hegemónicos en la “nueva izquierda” institucional y en extensos ámbitos de los movimientos sociales, están atrapados en un falso dilema y eluden afrontar el núcleo del problema que aparentemente desean mitigar. Dicho de una forma un poco brutal: “su impotencia deriva de su mojigatería”. El acento puesto en la corrección de las iniquidades (“vivimos en un mundo donde el patrimonio neto de Bill Gates supera el PIB de Haití durante 30 años”) o en la utópica reforma financiera que embride la “fiera rentista” evita enfrentarse con las causas estructurales que las provocan. El agudo crecimiento de la fractura social que reflejan los terribles niveles de desigualdad y la hegemonía de la “máquina de succión” financiera son en realidad síntomas (epifenómenos) de un proceso más profundo: el agotamiento de la base de rentabilidad del capitalismo fordista-fosilista de los “treinta gloriosos” y de su función social legitimadora (combinando el “americanway of life” de la sociedad de consumo con sistemas de protección social a la europea).
Poner el acento en las políticas paliativas y en el control de las finanzas desaforadas (como si fuera posible un sistema posneoliberal, con una distribución del ingreso más equitativa y un sector financiero “domesticado”, al servicio de las actividades productivas, dentro del marco capitalista), ejes neurálgicos de los discursos moderados de los fustigadores de los excesos de la Bestia, omite el análisis –nunca más imperioso que en la actualidad- del funcionamiento de la “sala de máquinas”. Y, a su pesar, el discurso regenerador cae en la sutil trampa tendida por la economía ortodoxa que -con la pretensión de cientificidad que se arroga- trata los problemas distributivos como independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción. Se constituye así un campo de juego “neutral” que logra colar la ilusión de que, con el timonel adecuado, el control del Estado -como pretendido agente reequilibrador-será capaz de voltear las relaciones de poder social a favor de las clases subalternas. Al no explicar los mecanismos reales –y su evolución histórica- a través de los cuales la acumulación de capital esquilma sus fuentes nutricias queda en la penumbra el auténtico foco infeccioso que causa los síntomas que se pretenden combatir: la creciente dificultad de exprimir el jugo del trabajo humano que lo alimenta como sustrato de la violencia creciente –de la cual la impúdica desigualdad y la financiarización rentista son las manifestaciones más visibles- que el orden vigente ejerce sobre el ser humano y su medio natural.
Una prueba indirecta de esa centralidad de los procesos de extracción de riqueza social que se desarrollan en la “sala de máquinas” del capitalismo sería la ocultación sistemática de los mecanismos reales del funcionamiento del reino de la mercancía llevada a cabo por la disciplina que tendría como finalidad primordial desvelarlos. La economía vulgar se contenta, en las fieramente sarcásticas palabras de Marx, con “sistematizar, pedantizar y proclamar como verdades eternas las ideas banales y engreídas que los agentes del régimen burgués de producción se forman acerca de su mundo, como el mejor de los mundos posibles”.
Los ejes sobre los que gira la agudización de la lucha por el producto social (la creciente explotación del trabajo y la exacerbación del imperialismo belicista; la expropiación financiera a través del monopolio de los medios de pago y del imperio de la deuda en manos de la banca privada y la destrucción de los mecanismos redistributivos que el Estado “benefactor” implementó para amortiguar los acerados efectos de los desbridados “mercados libres”) están cuidadosamente ocultos bajo un marco conceptual permeado por la ideología dominante. Su principio axial, como decimos, es la consideración de las leyes que determinan la distribución del ingreso y del excedente social (que eran el objeto fundamental de la economía política para los clásicos: “la ciencia que se ocupa de la distribución del ingreso entre las clases sociales”, en la definición de David Ricardo) como totalmente independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción. Todos los datos relevantes (precios, salarios, beneficios y rentas) del reparto de la “tarta” se obtienen de los maravillosos modelos matemáticos construidos por los apóstoles de la teología económica a mayor gloria de la libertad de mercado y de la soberanía del consumidor. De este modo, los reformistas de nuevo cuño, al priorizar únicamente el eje redistribuidor-paliativo dejando intacta la “máquina de succión” de riqueza social que sigue operando en las calderas del modo de producción, coinciden involuntariamente con uno de los axiomas basales de la teoría ortodoxa: la exclusión de la redistribución de la renta, de las condiciones de producción y de las relaciones de propiedad del campo de la “ciencia” económica para dejarlos en manos de los bienintencionados legisladores y gestores de las políticas públicas (encargados de corregir externalidades y demás impurezas residuales generadas por el cuasi perfecto funcionamiento autónomo de las fuerzas del mercado libre y la iniciativa individual).
La crítica de las “verdades eternas” (“las verdades económicas son tan ciertas como la geometría” pontificaba solemnemente Alfred Marshall) proclamadas acerca del reino del capital por su discurso legitimador debería contribuir a descorrer el velo que camufla cuidadosamente el engranaje interno del régimen de producción de mercancías cuyos dos ejes claves son la agudización de la explotación del trabajo y de la expropiación financiera rentista que propulsa la financiación de colosales burbujas de bienes raíces por parte de la banca privada. Así pues, al contrario de la opinión de Paul Sweezy (que en su texto clásico ‘Teoría del desarrollo capitalista’ justificaba centrarse únicamente en la exposición constructiva del análisis marxista en lugar de dedicar ímprobos esfuerzos a la “ingrata tarea” de una crítica del discurso del capital), desvelarla condición profundamente ideológica de la teología económica debería servir, no sólo para revelar sus flagrantes inconsistencias al servicio de sus intereses de clase, sino sobre todo para evitar que la pusilanimidad y la falta de rigor de una visión superficial de la realidad y de las fuerzas sociales en pugna por parte de las fuerzas progresistas aumenten la sensación de impotencia que amplias capas populares sienten ante la aparente imposibilidad de lograr cotas reales de cambio social.
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