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lunes, 10 de octubre de 2016

¿La Fed está jugando a la política?

Kenneth Rogoff, Professor of Economics and Public Policy at Harvard University and recipient of the 2011 Deutsche Bank Prize in Financial Economics, was the chief economist of the International Monetary Fund from 2001 to 2003.

CAMBRIDGE – En su reciente debate con su oponente Hillary Clinton, el candidato presidencial republicano, Donald Trump, dijo enfáticamente que la presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos, Janet Yellen, persigue motivaciones políticas. La Fed, sostiene Trump, está aplicando sobredosis de estímulo monetario para hipnotizar a los votantes y hacerles creer que la recuperación económica está en marcha.

No es una idea completamente descabellada, pero yo no veo que sea así. Si Yellen está tan decidida a mantener las tasas de interés congeladas, ¿por qué ha intentado promover en los últimos meses las tasas de más largo plazo al insistir en que la Fed probablemente aumente las tasas más rápido de lo que hoy cree el mercado?

Se sabe, por supuesto, que los banqueros centrales ayudan a los candidatos antes de las elecciones al permitir que aumente la inflación y al mantener el empleo en alza. Durante la campaña por la reelección del presidente Richard Nixon en 1972, el mandatario sermoneó duramente al presidente de la Fed, Arthur Burns, sobre la necesidad de sacar adelante la economía y así ayudarlo a derrotar a su rival demócrata, George McGovern. Nixon obtuvo una victoria resonante, pero las políticas de Burns ayudaron a desencadenar la inflación mundial de los años 1970 y trajeron aparejada la disolución del sistema de posguerra de tipos de cambio fijos. Los efectos a largo plazo fueron catastróficos.

¿Acaso Yellen lanzará una repetición de los malos tiempos de los años 1970, cuando la inflación estadounidense llegó a los dos dígitos? Lo dudo. Si bien no es difícil imaginar que Yellen en privado sienta por Trump el mismo escaso aprecio que él siente por ella, muchos observadores no ven señales de que la inflación esté a la vuelta de la esquina.

Es verdad, algunos todavía insisten en que si la Fed no aumenta de manera urgente las tasas de interés y controla la masa monetaria, la economía estadounidense seguirá los pasos de Zimbabue (donde la inflación superó con creces el 25.000% a fines de 2008). Pero el argumento de que la expansión del balance de la Fed se traducirá en una alta inflación ha sido profundamente erróneo en los últimos seis años. La inflación en Estados Unidos se ha mantenido consistentemente por debajo de la meta y, aún hoy, los rendimientos de los bonos reflejan un profundo escepticismo sobre si la Fed tiene o no la voluntad o la capacidad de sustentar el crecimiento de los precios en la meta oficial del 2% de manera consistente.

Por cierto, los bancos centrales que han intentado aumentar las tasas de interés de manera prematura, inclusive el Banco Central Europeo y el Banco Nacional Suizo, se han visto obligados a revertir el curso, y la Fed quiere evitar ese desenlace. A la economía de Estados Unidos le está yendo mucho mejor en estos días, y el momento de aumentar más las tasas probablemente esté cerca.

Ahora bien, es absurdo pensar que se vayan a implementar más incrementos de manera inmediata. De hecho, todavía existe una tendencia bajista de las tasas de interés a nivel mundial. El BCE y el Banco de Japón continúan muy inmersos en una modalidad de flexibilización, al igual que muchos bancos centrales más pequeños. La Fed ya está permitiendo cierta contracción simplemente al no prestarse al juego, y dejar que el dólar estadounidense se aprecie.

A decir verdad, los bancos centrales no son inmunes a la manipulación, y combatir las presiones políticas es una batalla interminable. Durante la crisis financiera, se les pidió a las autoridades monetarias que asumieran poderes temporarios de emergencia, incluidas compras masivas de bonos del gobierno y del sector privado. Para la mayoría, incluida la Fed, todavía no hay una salida clara a la vista, y esto ha tornado más difícil el problema del aislamiento político, con o sin una elección.

Algunos creen que la única salvación es un retorno a la era del patrón oro de fines de los años 1800, cuando los gobiernos fijaban el precio de su moneda en oro, dejando poco margen para la interferencia política. Desafortunadamente, los fanáticos del oro, curiosamente -o quizá por tozudez- son ignorantes de las crisis financieras crónicas y las recesiones profundas de esa era. En definitiva, el patrón oro colapsó, después de que los gobiernos se vieron obligados a abandonarlo durante la Primera Guerra Mundial y luego nunca más pudieron restablecer la confianza pública del todo.

Pensadores con más visión de futuro señalan a las criptomonedas privadas, como el Bitcoin, como el futuro del dinero. Su argumento es que sacan a la política por completo de la ecuación. Pero esto también es muy ingenuo. Los gobiernos ya pueden impedir que las criptomonedas circulen en la economía legal al restringir el acceso bancario, imponer leyes tributarias y también obstruir la capacidad del comercio minorista de aceptarlas. (Y, como explico en mi nuevo libro The Curse of Cash, el Bitcoin difícilmente pueda considerarse un sustituto a largo plazo de los billetes de alta denominación).

Sí, la tecnología blockchain es muy apasionante y tal vez tenga muchas aplicaciones en la banca, las finanzas y en toda la economía. Pero no es ninguna garantía contra la influencia política en la inflación. En la larga historia de la moneda, desde la acuñación hasta la llegada del papel moneda, el sector privado puede innovar, pero en definitiva es el sector público el que toma el control. Al final de cuentas, el gobierno siempre podrá controlar las reglas.

Irónicamente, la mejor manera de aislar a los bancos centrales de la presión política sería expandir su kit de herramientas para permitir una política efectiva de tasas de interés negativas, aunque esto llevará tiempo (como también analizo en mi libro). Mientras tanto, la Fed y otros bancos centrales tendrán que seguir caminando por una cuerda floja que los torna especialmente vulnerables a la presión externa. Afortunadamente, la Fed hoy tiene una presidenta que puede y está dispuesta a hacerle frente al embate.

Reiniciada la producción en industrias del níquel


Publicado el 10 octubre, 2016 • 10:51 por Manuel Valdés Paz, Trabajadores



Fábrica de Níquel Pedro Soto Alba, en Moa, provincia de Holguín. Foto: Manuel Valdés Paz

La rápida repuesta de los trabajadores posibilitó reiniciar en breve las operaciones en las dos industrias del níquel de Moa, las únicas dedicadas a la producción de este importante rubro exportable en el país, tras el paso del huracán Matthew.

El proceso fabril se detuvo previamente en ambas plantas, las cuales entraron en fase de liquidación para evitar que una parada repentina por las afectaciones del fenómeno meteorológico ocasionase males mayores, como obstrucciones por solidificación del mineral.

La primera en arrancar fue la empresa Comandante Pedro Sotto Alba, donde tras una urgente evaluación de la situación, los trabajadores ocuparon sus puestos y cumplieron con todos los pasos previstos en cada una de las fases de puesta en marcha.

Otro tanto sucedió en la empresa Comandante Ernesto Che Guevara, donde fueron restañadas algunas averías y se activaron las diferentes partes de un largo y complejo proceso, que comprende desde la preparación hasta la reducción y sinterización del mineral (Acción de producir piezas de gran resistencia y dureza calentando, sin llegar a la temperatura de fusión, conglomerados de polvo a los que se ha modelado por presión).

El espíritu y determinación imperantes en estos colectivos obreros fue constatado por George Batista Pérez, secretario general de la CTC, quien en compañía de dirigentes sindicales del municipio recorrió las instalaciones fabriles y se interesó por la situación existente.

“Hay protagonismo, responsabilidad y compromiso entre los trabajadores del níquel, destacó, quienes respondieron de inmediato al llamado de restablecer la producción y crearon brigadas especiales para reparar los techos y prestar ayuda donde se requiera”.

Luego de concluir la evaluación preliminar de los daños ocurridos en el municipio de Moa, el más perjudicado de la provincia de Holguín y que incluyó mil 873 viviendas, escuelas, postes y tendidos eléctricos y de comunicaciones, se comenzaron los trabajos de recuperación y se abrió la vía hasta el puente del río Toa, totalmente destruido por la crecida, lo cual posibilitó llevar ayuda a los pobladores de los asentamientos de Cayo Güin, Nibujón y Santa María, pertenecientes a Baracoa.

Las lluvias asociadas a Matthew provocaron algunas afectaciones en las montañas del este holguinero y el saldo general resultó favorable en la provincia, donde cayeron 75,6 milímetros como promedio, beneficiosas para las presas -que recibieron más de 27 millones de metros cúbicos de agua- y la agricultura.

Cuando Bernstein revisó la "ortodoxia" marxista

Entre 1896 y 1900 el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) - una organización de masas de la clase trabajadora, comprometida con el socialismo - fue sacudida por un debate sobre el "revisionismo". Esta fue la primera brecha intelectual importante dentro de las fuerzas del marxismo desde que desarrolló un apoyo de masas en la década de 1880.
El debate revisionista comienza cuando Eduard Bernstein (en la foto con K. Kautsky), uno de los principales teóricos del partido, escribió un artículo sobre el colonialismo en 1896. En él, Bernstein argumentó que, dado que el SPD representaba ya en 1896 a una cuarta parte de los votantes del Reich alemán (estado), "tenemos un cierta responsabilidad de la política de ese Reich" (1). Los trabajadores, escribió, tienen una nación a la que deben ser leales. Cuando la causa es justa, como el apoyo a los armenios contra la represión turca, los socialistas deben apoyar al gobierno.
El excéntrico socialista británico Ernest Belfort Bax respondió duramente. Había conocido a Bernstein en Inglaterra y estaba convencido de que Bernstein había "inconscientemente dejado de ser un socialdemócrata " (2). Siempre un poco romántico cuando se trataba de las sociedades no-europeas, Bax insistió en que el deber de los socialistas era " luchar con uñas y dientes contra todo avance de la civilización en los países bárbaros y salvajes ... 'Mejor la esclavitud que el capitalismo; mejor el tratante de esclavos árabe que la empresa de tráfico de esclavos': esas deben ser nuestra respuesta a estas preguntas" (3).
A Bernstein no le costó mucho responder, aunque su apología del imperialismo fue más allá de la prudencia requerida ("bajo el dominio directo europeo, los salvajes están, sin excepción, mejor que antes" (4) ). Incluso cuando Bax respondió bastante más sofisticado que los socialistas deben rechazar el imperialismo por su expansión de los mercados, lo que podría prolongar la existencia del capitalismo, ganó pocas simpatías entre los ortodoxos por incluir en su polémica imputaciones antisemitas (Bernstein era judío) (5). No obstante, Bernstein defendía evidentemente el "colonialismo patriótico”. El debate implicó que las sospechas de los ortodoxos se confirmaron cuando Bernstein comenzó su serie de artículos en la Neue Zeit , la revista editada por Karl Kautsky, sobre “Los problemas del socialismo''.
En su serie de artículos revisionistas, Bernstein irritó a otros socialistas al atacar insistentemente supuestos argumentos de autores sin identificar o sin referencias a textos (con la única excepción del blanco fácil de Bax). Una excepción a esta imprecisión fue la referencia directa de Bernstein a una resolución de la Internacional Socialista en el Congreso de Londres de 1896 (o, en todo caso, una versión de ella – porque hubo cierta controversia sobre el propio texto de la resolución aprobada). La resolución decía:
“El desarrollo económico ha llegado al punto en que una crisis podría ser inminente. Por consiguiente, el Congreso hace un llamamiento a los trabajadores del mundo para aprender a dirigir la producción, de modo que estén en condiciones de hacerse cargo de la gestión de la producción en tanto que trabajadores con conciencia de clase con el objetivo del bien común” (6).
Bernstein interpretaba el texto como una teoría del colapso catastrófico del capitalismo como precursor de la revolución social. Era un poco exagerado interpretar así la resolución y, de hecho, en el canon marxista o del SPD era difícil encontrar algo que pudiese sugerir semejante teoría de una crisis inevitable y terminal del capitalismo como sistema económico (7).  De hecho, su principal texto inspirador, discretamente pasado por alto por Bernstein, eran los escritos y discursos de August Bebel (8). Y no eran de ninguna manera considerados patrimonio comun de la izquierda socialista.
Bernstein argumentó - en contra de esta supuesta "teoría del colapso" - que las grandes crisis económicas eran una cosa del pasado, debido al desarrollo de la "capacidad de adaptación y flexibilidad" del mundo de los negocios, principalmente en forma de crédito y de la organización en carteles de los mercados (9). Bienvenido fuera, ya que hacia menos probable una revolución repentina, y Bernstein advirtió que una "revolución" no era nada bueno. Esos "sentimientos y pasiones excitados" por las crisis revolucionarias, escribió, eran lo contrario de las reformas socialistas constructivas (10).
La idea de la lucha de clases - una "noción simplista ... largamente acariciada en Alemania y todavía no muerta en nuestra literatura" (11) - era un "desperdicio completo de tiempo, esfuerzo y material" (12). Para ilustrar lo que él consideraba el verdadero "motor del progreso", que conduciría al colectivismo, (13) Bernstein volvió a publicar un artículo del simpatizante fabiano británico, John A. Hobson. Para Hobson, el crecimiento del colectivismo tenía poco que ver con las demandas de los trabajadores o incluso de los socialistas. Era simplemente el resultado lógico natural de ciertas industrias a gran escala - como los servicios públicos, la banca, los seguros, el transporte marítimo, etc - que tendían hacia el monopolio. Para Hobson, tales industrias inevitablemente evolucionaban hacia la propiedad colectiva por el "empuje de las leyes naturales" (14).
Bernstein fue un poco más preciso que esto. El capitalismo, dijo, "tiene su propia historia de desarrollo y ... bajo la presión de las instituciones democráticas modernas, y los conceptos de obligación social que conllevan,debe asumir un rostro distinto de aquel que evidenciaba cuando el poder político estaba monopolizado por la propiedad privada" (15). El socialismo, por lo tanto, no era una alternativa al liberalismo constitucional; era una variante del mismo: " liberalismo organizado" (16).
Bernstein aceptaba en general la teoría marxista que veía en el trabajador industrial moderno "el verdadero y auténtico vehículo instrumental del socialismo". Sin embargo, matizaba mucho esta afirmación. Los marxistas, creía, pasaban por alto el hecho de que no había un "proletariado homogéneo", sino que era un término que agrupaba sin distinciones al ganadero y al pastor, al secretario y al pinche de cocina, al trabajador cualificado y al peón (17). Apuntó correctamente, sin embargo, que el núcleo duro de los trabajadores socialistas no tendía a provenir de la gran industria, sino de "industrias relativamente atrasadas, subordinadas o intermedias": por ejemplo, los fabricantes de cigarros, los carpinteros, los zapateros, los sastres, los maestros artesanos, los trabajadores a domicilio en la industria textil y los encuadernadores (18).
Los asalariados, Bernstein insistió, no se oponen a la extracción capitalista de la 'plusvalía' como tal, sino a lo que subjetivamente perciben como el robo de su ‘trabajo excedente'. Los socialistas, a su vez, actúan movidos por una creencia ética y bastante general de la justicia. De ello se desprendía que la creencia socialista no era un reflejo automático de la condición proletaria (19) : "El proletariado, como suma total de los asalariados, es una realidad; el proletariado como una clase que actúa con un propósito y una perspectiva común es en gran medida producto de la imaginación" (20).
Bernstein vio la reforma social gradual del capitalismo como un reflejo no de la lucha de clases, sino de la democracia naciente. Esta democracia la concibió como un mecanismo de filtro, que ayudaba a limitar la influencia del proletariado en la sociedad en la medida apropiada a su desarrollo: "la democracia significa que en todo momento dado la clase obrera debe pesar en la medida en que lo permita su madurez intelectual y la etapa actual de su desarrollo económico" (21). (Aseguró estar citando a Engels, pero parece ser una paráfrasis tendenciosa de la introducción de 1891 de Engels a una nueva edición de Las luchas de clases en Francia de Marx (22)).
"No está listo para el poder"
Bernstein consideraba claramente que el proletariado tenía bastante camino por recorrer antes de alcanzar la madurez política. La clase obrera, que vive en condiciones de hacinamiento, con un ingreso incierto e insuficiente y mal educada, estaba lejos de poder ejercer el poder (23). Criticó lo que consideraba un "culto" socialista de las masas. Las masas eran, de hecho, en gran medida, un "animal de rebaño" irracional (24). El ejercicio del poder político del proletariado, a menos que fuera preparado para la responsabilidad y delimitado por las poderosas instituciones de la propiedad privada, "podría, de hecho, ser posible sólo en la forma de un poder central dictatorial, revolucionario, apoyado por la dictadura terrorista de los clubes revolucionarios" (25).
Los países más avanzados de la época no estaban maduros para la "dictadura del proletariado" - lo que significaba el gobierno de la clase trabajadora sino para que los partidos de la clase obrera influyeran sobre la política del gobierno (26). En el futuro previsible, los socialistas debían trabajar sobre la base de "coaliciones y compromisos "con los partidos liberales burgueses, tanto fuera como dentro del gobierno (27). En caso de que un gobierno socialista llegase al poder, no sería prudente tratar de poner en práctica su programa máximo. El capitalismo no puede ser revocada por decreto, dado el gran número de pequeñas empresas que no podrían ser rápidamente socializadas, ni podría incluso dar marcha atras en gran medida, por temor a socavar la confianza empresarial (28). Un gobierno socialdemócrata "no podría en un principio prescindir del capitalismo, a menos que quisiera frenar en seco la vida económica" (29).
Desde su punto de vista, sólo se podría intentar la socialización de sectores o empresas que fuesen aceptables para los sectores de negocios y otros intereses de los propietarios. Un partido socialista sólo podía legítimamente proponer reivindicaciones que fuesen aceptables para los no socialistas: "Una exigencia a la que todos los partidos burgueses se opusieran necesariamente por principio sería, por ese solo hecho, calificada de utópica" (30) (el subrayado es mío). Solo tendría sentido, por lo tanto, para el estado burgués en el poder llevar a cabo únicamente las medidas de socialización que creyera prudente. El papel más productivo para el partido político de la clase obrera sería permanecer en la oposición, instando a la burguesía a avanzar hacia el colectivismo (31).
El SPD había caracterizado habitualmente las medidas de socialización emprendidas por el gobierno alemán semi-autoritario, como la legislación laboral fabril y la nacionalización de servicios públicos como los ferrocarriles y correos, no como los primeros pasos hacia el socialismo, sino más bien como un "capitalismo de Estado", cuyo objetivo era reforzar la independencia del gobierno vis-à-vis la sociedad, y para regular a la clase obrera. Bernstein rechazó esta idea. Tales medidas por parte de la derecha eran de hecho los primeros avances hacia el socialismo (32).
Para Bernstein, la función principal del movimiento socialista era educar a la clase obrera para ejercer un papel corporativo en la democratización del estado. La socialdemocracia tenía que tomar en sus manos una clase obrera "impregnada de superstición y con una educación deficiente" (33). A este respecto, como resumió con tanto éxito, francamente admitió que tenía "poquísimo interés, o intuición, de lo que por lo general se denomina ‘el objetivo final del socialismo’. Este objetivo, sea lo que sea, no significa nada para mí; el movimiento lo es todo" (34).
Cualquier idea de autogestión de los trabajadores de la sociedad era utópica, porque "a menos que la sociedad socialista haga del diletantismo un principio rector, se necesitan funcionarios con experiencia". Cuando se trataba de la economía, esos ‘funcionarios’ eran idealmente los mismos capitalistas. La autogestión cooperativa no podía funcionar en las empresas de mayor escala, y la fábrica moderna jerárquica debilitaba más que fortalecía el instinto de trabajo cooperativo (35). No se podía prescindir de los gestores profesionales. "No es una cuestión de cuán grande es el ejército ‘revolucionario’, sino de si podemos prescindir de los capitanes de industria, para usar la frase de Carlyle" (36). Era necesario, por tanto, que los trabajadores aprendiesen auto-disciplina y auto-subordinación a la autoridad del estado que evidentemente les faltaba (37).
Para Bernstein, era crucial que los socialistas dejasen de aterrar a las clases poseedoras, que eran indispensables para el funcionamiento social, con tanta mención a la lucha de clases. Esto sólo serviría para empujarlas hacia la reacción. La socialdemocracia debía dejar clara su oposición a la "revolución violenta", porque "cuanto más claramente se diga y se fundamente, más pronto se disipará el miedo [de la burguesía] " (38).
Bernstein negó que la sociedad se polarizase entre un diminuto número de capitalistas y una masa de proletarios no diferenciada, como la obra de Marx parecía predecir:
“Los modernas asalariados no son la masa homogénea, uniforme sin el estorbo de la propiedad, la familia, etc., que se prevé en el Manifiesto [Comunista]. Amplios estratos se han levantado entre ellos para lograr condiciones de vida pequeño-burguesas. Y, por otro lado, la disolución de las clases medias se está produciendo mucho más lentamente que lo que el Manifiesto creía” (39).
Precisamente en la industria manufacturera más avanzada era donde la división jerárquica tendía a desarrollarse más entre los trabajadores, y "entre éstos, hay sólo un sentimiento tenue de solidaridad" (40). Los trabajadores se dividían por las grandes diferencias de ingresos y los modos de trabajo: "El tornero de precisión y el minero de carbón, el experto decorador de casas y el portero, el escultor y modelador y el fogonero, llevan como regla tipos de vida muy diferentes y tienen diferentes tipos de necesidades" (41).
Bernstein argumentó que el proletariado asalariado era mucho más débil en los países capitalistas avanzados que lo que los socialistas estaban dispuestos a admitir, porque - en contra de las predicciones de Marx - la pequeña propiedad o la propiedad pequeño-burguesa seguía siendo sustancial y numerosa. La gran industria, que, vale la pena recordar se definía en Alemania como cualquier empresa con 50 empleados o más, representaba el 60% de la producción, pero un poco más del 38% del empleo (42). Esta fragmentación de la economía significaba, además, que la propiedad colectiva de la industria social a una escala que permitiese superar rápidamente el capitalismo simplemente no estaba al orden del día.
El revisionismo de Bernstein, aunque global en su menosprecio de las versiones bastardas de la ortodoxia marxista, no estaba exento de ambigüedades y predicciones aventuradas. En su respuesta a los críticos se quejó regularmente de ser mal interpretado, e insistió en que no pretendía ninguna nueva orientación táctica. Karl Kautsky tenía razón cuando escribió que "el único resultado final práctico" de la crítica dispersa de Bernstein era "una exhortación a no utilizar términos que podrían asustar a la burguesía" (43).
Respuesta 1: Parvus
En una respuesta bastante eficaz a Bernstein, el socialista de izquierda ‘Parvus’ (Alexander Helphand, en la foto), señaló que el tamaño de los lugares de trabajo no determinaba si un sector industrial estaba maduro para la socialización. Si numerosos talleres relativamente pequeños se coordinaban en red convenientemente, estando socializados bajo el capital, podrían ser igualmente socializados como propiedad colectiva. Apuntó asimismo que el sector de la fabricación de gas alemán, un candidato obvio incluso para la nacionalización bajo un "capitalismo de estado", estaba compuesto por 427 empresas que empleaban cerca de 35 hombres por empresa. Pero estaba integrado (44). Por el contrario, las empresas que estaban verdaderamente dispersas y eran independientes entre sí,  como aquellas orientadas principalmente al servicio personal, no eran técnicamente aptas para la "concentración" incluso si se empleaban proletarios. Parvus puso como ejemplos a instaladores, fontaneros, electricistas y decoradores de interiores (45).
Parvus reconoció que la clase media de "personal técnico y administrativo", aunque por lo general indiferente a los trabajadores y rechazados por estos como capataces, necesariamente tendrían un "papel destacado" en una economía socialista como "planificadores". Esto planteaba un peligro para un gobierno obrero, ya que tenían la voluntad y la capacidad de dominar:
“Nosotros, como políticos que conscientemente preparan el camino para la revolución social, no tendremos entonces más remedio que 1) desarrollar una rápida expansión de la educación técnica para asegurar que la sociedad tiene suficiente personal técnico y administrativo a su disposición, y  2) desalentar [su] aventurerismo mediante la extensión de la organización democrática de la dirección de la fábrica y el uso energético de un poder político central” (46).
Para Parvus, mientras que el tamaño de la empresa determina si el empresario tenía una conciencia capitalista o pequeño-burguesa, esto no se aplicaba pari passu a los trabajadores. Esos trabajadores de la gran fábrica - y dependiendo de la industria, señaló, una fábrica que emplease a 50 trabajadores podría considerarse "grande" – no necesariamente tenían que ser la mayoría de los asalariados para que existiese un proletariado consciente, pero sí el núcleo determinante de la población urbana socialmente progresista. El número relativamente pequeño de trabajadores de la gran industria "actuaría como centro de coordinación de capas asalariadas mucho más amplias” (47).
Parvus menospreciaba demasiado la capacidad de la verdadera pequeña-burguesía de resistir el movimiento proletario: "la revolución social no será frenada por la posible, pero muy poco probable, resistencia de las lavanderas y los barberos" (48). Sin duda, pero la enorme masa de la pequeña-burguesía y las crecientes clases profesionales eran una auténtica barrera para el avance socialista. El énfasis de Parvus, sin embargo, se apoyaba en el argumento de que no era necesario esperar a que el capitalismo se articulase en grandes unidades de producción para que el socialismo se convirtiese en una alternativa.
Respuesta 2: Rosa Luxemburgo
Rosa Luxemburgo (en la foto en un mitin del SPD) también atacó a Bernstein desde la izquierda. Sus argumentos, sin embargo, fueron bastante poco ortodoxos. Reconoció que las tácticas propuestas por Bernstein - la lucha por reformas - no diferían de la práctica cotidiana de la socialdemocracia. Tampoco estaba en contra. En lo que no estaba de acuerdo con Bernstein era en su balance de esta actividad práctica cotidiana. Donde Bernstein veía una actividad política y sindical con el objetivo de subordinar el capitalismo al control social, Luxemburgo insistía que no eran más que vehículos para preparar al proletariado mentalmente para la revolución social:
“La principal importancia socialista de la actividad política y sindical consiste en el hecho de que se socializa la conciencia , la conciencia de la clase obrera. Si se concibe como un medio para la socialización directa de la economía capitalista, no sólo no alcanzará su supuesto objetivo; también perderá su otra y única posible significación social: dejará de ser un medio para preparar a la clase obrera para la revolución proletaria” (49).
La lucha de clases sin llegar a la revolución, sin embargo, tenía un méritointrínseco relativo.
Luxemburgo aceptaba que la conciencia del proletariado no era espontáneamente socialista. De hecho, la actividad sindical no cuestiona el capitalismo sino que refleja "la ley capitalista de los salarios: es decir, la venta de ... la fuerza de trabajo a los precios del mercado" (50). Los sindicatos podían ser positivamente reaccionarios al intentar frenar la introducción de mejoras técnicas en la producción en defensa de la posición relativamente privilegiada de los trabajadores cualificados. Si los sindicatos trataban de utilizar su poder de negociación para mantener artificialmente el precio de los bienes producidos por sus miembros, estaban operando efectivamente como un cartel con los empleadores contra los consumidores. Las reformas sociales reivindicadas por Bernstein tendían a tener estos efectos regresivos (51).
En lugar de mantener o mejorar la productividad capitalista, el reformismo de Bernstein tendía a debilitarla. El reformismo, por lo tanto, no era práctico, ya que, desconectado de la lucha para trascender el capitalismo, simplemente debilitaba su dinamismo económico (Georges Sorel argumentó algo similar). La política de clase del proletariado, desconectada del ideal socialista, era simplemente negativa. " Tan pronto como los resultados prácticos inmediatos [en la forma de reformas sociales] se convierten en el objetivo principal, el punto de vista de clase duro e implacable, que no tiene sentido, excepto en relación con la lucha para tomar el poder político, se vuelve cada vez más una influencia negativa" (52).
Para Luxemburgo, por lo tanto, el socialismo era necesario para salvar al proletariado de un punto de vista de clase instintivamente egoísta contrario a los intereses de la comunidad:
“El socialismo, por lo tanto, no es definitivamente una tendencia inherente a la lucha diaria de la clase obrera. Es inherente sólo en las contradicciones objetivas crecientes de la economía capitalista y en el reconocimiento subjetivo de la clase obrera que la supresión de estas contradicciones por medio de la revolución social es una necesidad absoluta” (53).
La lógica del reformismo, si quería permanecer fiel al ideal de la mejora de la sociedad en general, debe inevitablemente implicar el abandono de la posición de clase (54).
Para Luxemburgo, el modelo de organización estable del proletariado del SPD era, de hecho, inadecuado para alcanzar el socialismo, y en su lugar creaba ilusiones reformistas. Apostaba, por lo tanto, por crisis cada vez más agudas que tenderían hacia un colapso sistémico del capitalismo como el mecanismo para la radicalización de las masas y la revolución socialista. En contraste con casi todos los otros críticos de Bernstein, defendió con toda claridad que para ella "la teoría del derrumbe capitalista ... es la piedra angular del socialismo científico" (55).
En su trabajo de 1910, la acumulación de capital , Luxemburgo intentó elaborar una teoría del colapso. Argumentó que los capitalistas se apoyaban en sectores no capitalistas de la economía mundial - el campesinado y la pequeña burguesía en los países avanzados, y las colonias - para proporcionar una demanda suficiente para realizar los beneficios que el capitalismo no podía producir en su seno. La consecuencia era el imperialismo, en sí mismo un proceso potencialmente catastrófico, ya que creaba las condiciones de las guerras interimperialistas. En última instancia, esto llevaría a un colapso económico:
“... Cuanto con más violencia, ferocidad e intensidad provoque el imperialismo la caída de las civilizaciones no capitalistas, más rápidamente corta la yerba bajo los pies de la acumulación capitalista. ... La mera tendencia hacia el imperialismo hace que adopte formas que convierten la fase final del capitalismo en un período de catástrofes” 56.
El argumento de Luxemburgo era que el reformismo en sí era insostenible: que no superaría el capitalismo ni lo haría más eficiente. De hecho, todo lo contrario. Sólo la revolución socialista era un objetivo viable para un partido obrero, y la revolución sería el resultado de la reacción popular a las crisis capitalistas agudas.
Respuesta 3: Karl Kautsky
August Bebel, líder del SPD, fue relativamente rápido a la hora de condenar los artículos de Bernstein como "absolutamente vergonzosos" (57). Se mostró especialmente molesto por la acusación indirecta de Bernstein de que sus colegas del SPD aceptaban ciegamente sin discusión cada línea del Manifiesto Comunista (58).
Bebel empujó a Karl Kautsky a escribir una réplica. Kautsky no estaba muy dispuestos a enfrentarse a su viejo amigo, Bernstein, y en el Congreso de Stuttgart del SPD, de hecho, argumentó que su análisis era totalmente apropiado para Inglaterra, pero no para Alemania (59). Finalmente, sin embargo, saltó al ruedo.
En su Anti-crítica (1899) – que curiosamente nunca se tradujo al inglés - Kautsky señaló que esas predicciones de Marx criticadas por Bernstein (la progresiva miseria del proletariado, la desaparición de las clases intermedias y el declive de la pequeña-burguesía) estaban lejos de ser posiciones exclusivas de Marx. Fueron defendidas ampliamente por otros socialistas y comentaristas de la época. Lo original de Marx fue su predicción del crecimiento de la organización del proletariado, de su disciplina y madurez política (60). Como Kautsky resumió, la teoría marxista:
“Ve en el modo de producción capitalista el factor que impulsa al proletariado a la lucha de clases contra la clase capitalista, que a su vez hace que crezca cada vez más en número, unidad, inteligencia, confianza en sí mismo y madurez política, que cada vez más aumente su importancia económica , que debe conducir a su organización como partido político, cuya victoria es segura, como lo es el surgimiento de la producción socialista como consecuencia de esta victoria.
Esta es la teoría básica para el futuro del socialismo organizado; lo que forma el programa básico de los partidos socialistas; esto - no la ridícula teoría del "colapso", que Bernstein nos atribuye - es lo que no debemos perder de vista ...” (61).
Para Kautsky, la "miseria física" del proletariado disminuía, aumentando así su capacidad para organizarse y educarse, mientras que al mismo tiempo su "miseria social" crecía - una miseria social que derivaba de la conciencia del proletariado de la polarización de la riqueza, la proliferación de las mercancías y, por tanto, su afilado sentido de que no estaba recibiendo lo que merecía en justicia.
“La conclusión es el hecho de que el contraste entre las necesidades de los asalariados y la capacidad de satisfacerlas con sus salarios, por tanto también la oposición entre trabajo y capital, es cada vez mayor. En esta era de creciente miseria de una fuerza de trabajo física y mentalmente fuerte, no en la creciente desesperación de hordas medio embrutecidas y delirantes [Marx vio] ... la fuerza motriz más poderosa del socialismo. El trabajo [de Marx] no se refuta señalando el aumento del nivel de vida de la clase obrera” (62).
Kautsky criticó a Bernstein por mezclar, descuidadamente, el término preciso, "capitalista", con el impreciso de 'propietario' ( Besitzender ). Marx no había formulado ninguna predicción sobre el crecimiento o reducción de estos "propietarios", y si los asalariados poseían ropa, sábanas, muebles, quizás una pequeña casa y un campo de patatas, eso no los hacía menos proletarios (63).
Sin embargo, si la producción industrial de mercancías daba paso a una economía basada en el comercio y el mercantilismo – como había ocurrido con la economía holandesa desde el siglo XVIII y quizá la economía británica en el XX - la propiedad rentista se volverían más importante que el trabajo asalariado, y el dinamismo político se agotaría: "lo que es seguro es que el socialismo saldrá de la fábrica y no de la bóveda [ de los bancos]" (64).
Kautsky reconocia que una "nueva clase media" se estaba expandiendo. Se trataba de las clases educadas ( Intelligenz ): médicos, abogados, artistas, funcionarios públicos, periodistas, oficiales de policía, clero, empleados administrativos, técnicos, comerciantes, ingenieros y otros. En contraste con la vieja pequeña burguesía, no estaban unidos fanáticamente a la propiedad privada individual. Tampoco, sin embargo, eran una fracción del proletariado, porque estaban inevitablemente unidos a la burguesía por todo tipo de afinidades y vínculos sociales.
Cuando la nueva clase media actuaba como administradores en los centros de trabajo para el capital, asumían el antagonismo de sus empleadores con la fuerza de trabajo. "Pero la barrera más importante que separa a la Intelligenzdel proletariado es que la primera constituye una clase privilegiada. Su posición privilegiada se basa en el privilegio de la educación" (65). Se ven como los líderes meritocráticos naturales de la sociedad, que dominan sobre las masas embrutecidas.
Una minoría de intelectuales, gracias a la ventaja de sus amplios horizontes intelectuales y su formada capacidad para el pensamiento abstracto, puede vincularse al movimiento de los trabajadores progresista, aunque incluso entonces es probable que sean hostiles a la lucha de clases. Sin embargo, con la difusión de la educación, este privilegio se ve amenazado, y la Intelligenzcada vez más es prisionera de ideas reaccionarias y del antisemitismo (66).
Los cárteles y las sociedades participadas, que Bernstein celebraba, pueden suavizar la violencia de los ciclos de auge y recesión, pero al mismo tiempo tienden a hacer que la sobreproducción capitalista sea una enfermedad crónica en lugar de un problema cíclico. Al socavar la sana competencia y al explotar los recursos del estado, también contribuyen mucho a socavar la legitimidad de la propiedad privada capitalista a ojos de los trabajadores. Ningún otro fenómeno de la vida capitalista hace más para convencer a los trabajadores de que el poder político sobre el Estado es una condición necesaria para expropiar a los propietarios ociosos de capital (67).
Bernstein estaba en efecto defendiendo, afirmaba Kautsky, que la socialdemocracia se transformase de un partido de clase del proletariado en un partido democrático interclasista. Pero los elementos no proletarios de semejante partido, al depender de la propiedad privada o de los privilegios de la educación, deben rechazar inevitablemente toda deferencia al proletariado no propietario: "Un partido de concentración democrático sólo es posible bajo un liderazgo burgués" (68).
Si el SPD renunciaba a su orientación de clase, perdería confianza en si mismo y unidad. La realización del socialismo, Kautsky argumentó, requiere la supremacía política del proletariado (aunque era poco entusiasta acerca de la noción marxista de la "dictadura del proletariado" (69)). De hecho, una vez que un partido verdaderamente proletario dominase el estado, sea cual fuera su ideología oficial, las campanas doblarían por el capitalismo. Kautsky asumía que un régimen obrero actuaría inmediatamente para socializar los grandes monopolios capitalistas y para acabar con el desempleo. Esto dejaría a los capitalistas restantes sin ningún medio eficaz para intimidar y disciplinar a su fuerza de trabajo. Soportarían la carga de ser dueño de sus empresas sin ser capaces de gestionarlas de manera eficaz y expresarían el deseo rápidamente de que fuesen adquiridas por el estado.
“En otras palabras, el modo de producción capitalista y la dominación política del proletariado son irreconciliables ... Sea el que sea que organice al proletariado en un partido político independiente de este modo prepara el camino para la idea de ?? la revolución social, cualquiera que sea su amor a la paz, la placidez y el escepticismo con el que contemple el futuro” (70).
En este sentido, Kautsky argumentaba que el reformismo, incluso totalmente ausente de "socialismo científico", conducía inevitablemente al socialismo, pero sólo si estaba guiado por un partido proletario firmemente de clase (para Kautsky, el programa formal de tal partido era totalmente secundario).
Kautsky comprendia que el proletariado puede dividirse por su formación, salario, religión, región y un gran número de otros factores. Estas divisiones eran ciertamente evidente para cualquier persona involucrada en la agitación socialista, que hacían el reclutamiento cada vez más difícil a medida que se alejaba del corazón de la mano de obra industrial. Pero la división del proletariado no era mayor que la de la burguesía, que iba desde pequeños maestros a los plutocráticos señores de la industria, que sin embargo en el siglo XIX habían defendido el liberalismo (71). Y, si bien era cierto que el proletariado no era homogéneo políticamente, siempre en la historia una élite de vanguardia con capacidad política había dirigido a las masas en la lucha.
Para Kautsky, apostar por el proletariado era un deber moral. Si Bernstein tenía razón en creer que el proletariado asalariado era políticamente inmaduro, entonces no cabía ninguna esperanza no ya en el socialismo sino en la misma democracia. Los socialistas no podían esperar "controlar" una falange proletaria homogénea; sólo podían alentar a los trabajadores a mirar más allá de sus intereses sectoriales y ayudar a la clase a organizar de forma independiente su capacidad para gobernar: "Si hacemos uso de todos nuestros esfuerzos en este sentido, habremos cumplido con nuestro deber como socialistas: el éxito de nuestro trabajo depende de factores que no controlamos" (72).
Para Kautsky, las reformas eran una parte necesaria de la lucha proletaria, porque ayudaban a elevar el proletariado, haciéndole capaz de reconstruir la sociedad. El dominio político del proletariado, por sí, llevaría a la construcción de un orden socialista. No podía, sin embargo, garantizarse la madurez de la clase obrera antes de la revolución. Y, cuando la revolución llegó a Europa central en 1917-1919, provocando la división del movimiento socialista internacional, Kautsky con tristeza llegó a la conclusión de que la clase obrera había demostrado no estar todavía lista (73).
Conclusiones
Con demasiada frecuencia, la "controversia revisionista” se ha descrito como un simple debate sobre la exactitud de las predicciones de Marx (en el que Bernstein actúa como el chico solitario valiente, que dice al rey que está desnudo). Bernstein, sin embargo, estaba defendiendo una línea políticaen contra de la idea de un partido de clase y a favor de una alianza estratégica con la burguesía liberal.
Que perdiese el debate en aquellos años no es sorprendente ( el "revisionismo" fue condenado formalmente en el congreso del SPD de Dresden en 1903): no había ningún grupo importante de la burguesía alemana a favor de una alianza a largo plazo con los trabajadores socialistas. Incluso en Inglaterra, que tanto idealizaba Bernstein, el ideal fabiano de 'permeación' de la clase política con planes socialistas 'razonables' y tecnocráticos obviamente había fallado, ya antes incluso del comienzo de la controversia, y estaba constituyéndose un Partido Laborista sólidamente proletario (como lo era entonces).
Los oponentes de Bernstein defendían alianzas tácticas con los progresistas burgueses, si eran posibles, pero insistían en la necesidad de un partido proletario sólidamente comprometido con sus propios intereses de clase. Pero no se limitaban simplemente a repetir a Marx. Parvus negó la caricatura (aún en vigor) de que la inevitable "polarización de clases” fuese una predicción marxista; Luxemburgo insistió en que el reformismo era económicamente y socialmente regresivo a menos que condujese al socialismo; Kautsky (el "Papa del marxismo”) conjeturó una revolución socialista ¡sin socialistas! No hubo una respuesta única "ortodoxa" a Bernstein.
Como la mayoría de los debates en un movimiento vivo, hubo más respuestas que preguntas.
Notas:
1. E Bernstein, ‘German social democracy and the Turkish troubles’ Neue ZeitOctober 14 1896, in H and JM Tudor (eds) Marxism and Social Democracy: the revisionist debate 1896-1898 Cambridge 1988, p51.
2. EB Bax, ‘Our German Fabian convert; or, socialism according to Bernstein’Justice November 7 1896, in JM Tudor op cit p64. Cf EB Bax, ‘The socialism of Bernstein’ Justice No21, November 1896, in JM Tudor op cit p71.
3. EB Bax, ‘Our German Fabian convert’, in JM Tudor op cit p73.
4. E Bernstein, ‘The struggle of social democracy and the social revolution’, part 1: ‘Political aspects’ Neue Zeit January 5 1898, in JM Tudor op cit p154.
5. EB Bax, ‘Colonial policy and chauvinism’ Neue Zeit December 21 1897, in JM Tudor op cit pp140-49.
6. Cited in E Bernstein, ‘The struggle of social democracy and the social revolution’, part 2: ‘The theory of collapse and colonial policy’ Neue ZeitJanuary 19 1898, in JM Tudor op cit p159.
7. Un punto que Kautsky subrayó en K Kautsky Bernstein und das sozialdemokratische Programm: eine Antikritik Stuttgart 1899 pp42-43. Un compañero revisionista, Konrad Schmidt, decía identificar la teoría del colapso en el Manifiesto Comunista , pero sólo fue capaz de ello en tanto que una crisis social multidimensional en vez de una convulsión económica singular. Ver K Schmidt, "El objetivo final y el movimiento” Vorwärts, 20 de febrero de 1898. Rosa Luxemburgo, en respuesta a Bernstein, de hecho sí formuló una teoría del colapso basada en la incapacidad del capitalismo internacional de generar mercados suficientes para su producción de mercancías, y su incorporación y agotamiento de todos los mercados no capitalistas. El capitalismo estaba así "inexorablemente acercándose al principio del fin, el momento de la crisis final del capitalismo" (R Luxemburgo, “El método” Leipziger Volkszeitung, 21 de septiembre en 1898 JM Tudor op.cit P258.
8. Por ejemplo, A Bebel La mujer y el socialismo, Nueva York, 1910, P366.
9. E Bernstein, ‘Collapse and colonial policy’, p164.
10. E Bernstein The preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p125.
11. E Bernstein, ‘The conflict in the English engineering industry’, part 1: ‘The issues of principle in the conflict’ Neue Zeit December 20 1897, in JM Tudor op cit p124.
12. E Bernstein, ‘General observations on utopianism and eclecticism’ Neue ZeitOctober 28 1896, in JM Tudor op cit p77. Cf E Bernstein, ‘Problems of socialism’, second series: ‘Socialism and child labour and industry’ Neue ZeitSeptember 29 1897, in JM Tudor op cit p106.
13. E Bernstein, ‘General observations on utopianism and eclecticism’ Neue ZeitOctober 28 1896, in JM Tudor op cit p80.
14. JA Hobson, ‘Collectivism in industry’ (October 1896):www.marxists.org/archive/hobson/1896/10/collectivism.html.
15. E Bernstein, ‘The struggle of social democracy and the social revolution’, part 1: ‘Political aspects’ Neue Zeit January 5 1898, in JM Tudor op cit p153.
16. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p150.
17. Bernstein to Bebel, October 20 1898, in JM Tudor op cit p326.
18. E Bernstein, ‘The realistic and the ideological moments in socialism’ Neue Zeit Nos34 and 39, 1898, in JM Tudor op cit p235.
19. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p107.
20. E Bernstein, ‘The realistic and the ideological moments in socialism’ Neue Zeit Nos34 and 39, 1898, in JM Tudor op cit p241.
21. ‘Statement’ by Edward Bernstein, read by August Bebel to the SPD party in Stuttgart, in JM Tudor op cit p290.
 22. El sufragio universal nos "informó con precisión de nuestra propia fuerza y ​​de la de todos los partidos hostiles y, por lo tanto, nos proporcionó una medida de la proporción de nuestras acciones insuperable, salvaguardándonos tanto de una inoportuna timidez como de una temeridad prematura": www. marxists.org/archive/marx/works/subject/hist-mat/class-sf/intro.htm.
23. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, pp206-08.
24. E Bernstein, ‘Crime and the masses’ Neue Zeit November 10 1897, in JM Tudor op cit pp109, 110, 130.
25. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p152. Cfibid p205.
26. E Bernstein, ‘General observations on utopianism and eclecticism’ Neue Zeit October 28 1896, in JM Tudor op cit pp74-75.
27. E Bernstein, ‘Social democracy and imperialism’ (May 1900), in RB Day and D Gaido Witnesses to the permanent revolution: the documentary recordChicago 2009, p219.
28. Cited in E Bernstein, ‘The theory of collapse and colonial policy’ Neue ZeitJanuary 19 1898, in JM Tudor op cit p167.
29. E Bernstein, ‘Critical interlude’ Neue Zeit March 1 1898, in JM Tudor op citp220.
30. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p175.
31. E Bernstein, ‘Critical interlude’ Neue Zeit March 1 1898, in JM Tudor op cit221.
32. E Bernstein, ‘General observations on utopianism and eclecticism’ Neue Zeit October 28 1896, in JM Tudor op cit p76.
33. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p160.
34. E Bernstein, ‘The theory of collapse and colonial policy’ Neue Zeit January 19 1898, in JM Tudor op cit pp168-69.
35. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, pp115-19.
36. E Bernstein, ‘Critical interlude’ Neue Zeit March 1 1898, footnote viii, in JM Tudor op cit p228.
37. E Bernstein, ‘The social and political significance of space and number’Neue Zeit April 14 and 21 1897, JM Tudor op cit pp83-98 (quotation p88).
38. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p158.
39. E Bernstein, ‘Critical interlude’ Neue Zeit March 1 1898, in JM Tudor op citp217.
40. E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, p104.
41. Ibid p105.
42. Cited in E Bernstein, ‘The theory of collapse and colonial policy’ Neue ZeitJanuary 19 1898, in JM Tudor op cit pp161-62.
43. K Kautsky Bernstein und das sozialdemokratische Programm: eine Antikritik Stuttgart 1899, p8.
44. A Parvus, ‘Further forays into occupational statistics’ Sächsischen Arbeiterzeitung February 1 1898, in JM Tudor op cit p181.
45. A Parvus, ‘The social revolutionary army’ Sächsischen ArbeiterzeitungFebruary 6 1898, in JM Tudor op cit pp185-86.
46. A Parvus, ‘The social revolutionary army (continued)’ Sächsischen Arbeiterzeitung February 8 1898, in JM Tudor op cit p188.
47. A Parvus, ‘Further forays into occupational statistics’ Sächsischen Arbeiterzeitung February 1 1898, in JM Tudor op cit pp182, 183-84,
48. A Parvus, ‘Further forays into occupational statistics’ Sächsischen Arbeiterzeitung February 1 1898, in JM Tudor op cit p177.
49. R Luxemburg, ‘Practical consequences and the general character of the theory’ Leipziger Volkszeitung September 28 1898, in JM Tudor op cit p270.
50. R Luxemburg, ‘The introduction of socialism through social reforms’Leipziger Volkszeitung September 24 and 26 1898, in JM Tudor op cit p260.
51. Ibid en JM Tudor op cit pp261-63. Kautsky estuvo de acuerdo con el argumento de Luxemburgo, mientras que Bernstein se negó a condenar las alianzas sindicales con los cárteles para "contrapesar la competencia desleal y la subvaloración no regulada". E Bernstein Preconditions of socialism (1899), Cambridge 1993, footnote by Bernstein, p137.
52. R Luxemburg, ‘Practical consequences and the general character of the theory’ Leipziger Volkszeitung September 28 1898, in JM Tudor op cit p271.
53. Ibid.
54. R Luxemburg, ‘Practical consequences and the general character of the theory’ Leipziger Volkszeitung September 28 1898, in JM Tudor op cit p272.
55. R Luxemburg Social reform or revolution (1899, 1908), in D Howard (ed)Selected political writings of Rosa Luxemburg New York and London 1971, p123.
56. R Luxemburg The accumulation of capital:www.marxists.org/archive/luxemburg/1913/accumulation-capital/ch31.htm.
57. Bebel to Kautsky, February 15 1898, in JM Tudor op cit p135.
58. Bebel to Bernstein, October 22 1898, in JM Tudor op cit p330.
59. Kautsky at the SPD party in Stuttgart, in JM Tudor op cit p295.
60. K Kautsky Bernstein und das sozialdemokratische Programm: eine Antikritik Stuttgart 1899, p46.
61. Ibid p48.
62. Ibid p120.
63. Ibid p81.
64. Ibid p95.
65. Ibid p131.
66. Ibid pp131-135.
67. Ibid p151.
68. Ibid p177.
69. Ibid p172.
70. Ibid pp180-183.
71. Ibid p188.
72. Ibid pp194-95.
73. "... la clase obrera no era lo suficientemente fuerte como para ser capaz de mantener el poder que la catástrofe puso en sus manos, sobre todo porque la guerra había debilitado sus filas, desmoralizado a muchos de sus miembros, y desorganizado a la mayoría de los sectores revolucionarios. En lugar de ofrecer un frente unido a sus oponentes de la clase media, la clase obrera fue devastada por las luchas internas " (K Kautsky The labour revolution (1924):www.marxists.org/archive/kautsky/1924/labour/ch02_b.htm).
Tutor de Historia Moderna, St Catherine's College, Universidad de Oxford.
Fuente:
http://weeklyworker.co.uk/worker/1123/bernsteins-assault-on-orthodoxy/
Traducción:
G. Buster

La máquina de producir científicos y ciencia



Foto: Kaloian

10 octubre, 2016 


Tres noticias aparentemente sin relación directa motivan estas líneas. Hace muy poco la revista Nature,una de las publicaciones científicas de más prestigio en el mundo publicó un artículo donde afirmaba que la ciencia cubana puede ser “Global”. El miércoles se publicaba en Cuba que la UNESCO está pronosticando un déficit de maestros a escala mundial para la próxima década. Pero en septiembre de este año, cuando en Cuba se inauguraba el curso escolar, se hizo público también que nosotros ya tenemos un déficit de maestros.

La “máquina de producir científicos”, una parte decisiva de la “máquina de hacer ciencia”, que ha sido una de las creaciones mejor logradas por el proyecto socialista cubano desde 1959, enfrenta hoy retos prácticamente inéditos.

No es que antes de 1959 no tuviéramos científicos importantes. Sería falso afirmar algo así, pero lo que no tuvimos antes de ese año fue un sistema capaz de producir científicos de alta calidad de forma masiva.

La Universidad que tenemos hoy es el producto directo, pero evolucionado, de la Reforma Universitaria aprobada el 10 de enero de 1962. Reforma realizada para poner a tono aquella Universidad heredada del capitalismo subdesarrollado con el esfuerzo de desarrollo que el país estaba requiriendo. Dos personalidades de nuestro país muy ligadas a la economía, Regino Boti y Carlos Rafael Rodríguez, junto a otra, especialmente cercana a la educación y la cultura, Armando Hart, tuvieron a su cargo esa tarea. Lo que tenemos hoy en términos de ciencia tiene allí uno de sus factores causales.

El cambio fue radical. De apenas tres instituciones de educación superior en el país a más de cincuenta universidades y otras varias decenas de centros municipales. De un pequeño grupo de carreras que apenas respondían a las necesidades de desarrollo de Cuba a una Universidad que asumió como una de sus principales misiones formar especialistas de alto nivel. De apenas un par de centros de investigación a más de dos centenares.

Producir ciencia y producir científicos es quizás la mas larga de todas las cosechas. Se siembra 25 años antes, en las escuelas primarias. Los “sembradores”, los maestros de la educación primaria, “producen” el milagro de hacernos enamorar de la ciencia. Cuando ese primer eslabón de la “cadena productiva” falla, sus dañinos efectos los recogemos muchos años después y el impacto negativo sobre nuestra sociedad y sobre nuestro sistema productivo es incalculable.

El final de esa primera fase culmina en las universidades y centros de investigación. Disponer para ese momento de profesores e investigadores con alta calificación, Doctores en Ciencias, con experiencia internacional, es decisiva. Cuba llegó a tener una planta de profesores universitarios e investigadores impresionante. Nuestra capacidad de “producir productores de ciencia” fue quizás la más importante de todas las capacidades productivas creadas en estos últimos cincuenta años.

Todo este salto fue posible por haber tenido una visión de largo plazo acerca del papel de la ciencia en el futuro desarrollo del país. La famosa frase de Fidel Castro de que el futuro debía ser el de un país de hombres de ciencia tuvo como correlato una política que generó los centros y universidades, además de dignificar el “oficio”, tanto en lo moral (estatus) como en lo material (salario).

El resultado todavía hoy se puede apreciar, cuando las diferencias salariales hacen que un título universitario apenas tenga un impacto significativo en la cuantía del salario. Para nuestras familias aún es un “valor” que sus hijos sean universitarios. De hecho, cuando hablamos de las ventajas que Cuba ofrece al inversionista extranjero afirmamos, sin temor a equivocarnos, que tener una fuerza de trabajo altamente “instruida” (término bien diferente a “calificada”) es una (y quizás para el caso, la más importante) de las ventajas que Cuba puede ofrecer.

Pero todo ha cambiado: el mundo, la propia ciencia, las empresas y también Cuba.
Foto: Kaloian Santos

Enfrentamos una cuarta Revolución Industrial, que está cambiando los paradigmas de las ciencia tal y como hoy la conocemos y con ello también el paradigma de las necesidades de aprendizaje y de instrucción. El mundo está reclamando más que una reforma de las universidades, una revolución de la enseñanza universitaria que acompañe, promueva, impulse, esta nueva Revolución Industrial.

Mientras que el acceso a Internet hace cada vez más irrelevante el acceso a los contenidos específicos de cada una de las ciencias, esa misma “revolución tecnológica” convierte en decisivo el dominio de las habilidades para “solucionar problemas”.

“Enseñar a aprender” también es un asunto clave, porque las fronteras entre las ciencias, en aquel estilo clásico en que las conocimos, van desapareciendo. El profesor universitario cada vez tendrá que ir transformándose más y más en un “mentor”.

La Universidad como una gran promotora de la innovación, como una “fabrica” de innovadores en todos los campos de la ciencia, como una gran incubadora de empresas (entendido el término en su sentido esencial, el de emprender) tendrá que ir de la mano de aquella otra función, la de formar profesionales responsables y comprometidos que contribuyan a impulsar las ciencias. Y sin ciencia, no habrá desarrollo.

La otra parte de la máquina de hacer ciencia está en las empresas. Es uno de sus destinatarios finales, pero se ha convertido a la vez, en uno de sus principales impulsores.

Si las empresas no son capaces de convertir los productos de la ciencia en bienes y servicios que mejoran la calidad de vida de los seres humanos, entonces todo el trabajo anterior pierde sentido. Si las regulaciones no impulsan, promueven, compulsan, estimulan que los empresarios tengan, conozcan, utilicen, los resultados de la ciencia, entonces veinte años de inversión en formar personas se habrán echado en un agujero negro.

El Reporte Global sobre las Perspectivas de los Altos Ejecutivos de KPGM (2016) señala que el 41% de los altos ejecutivos encuestados consideran que en los próximos tres años sus compañías deberán realizar cambios significativos, el 77% considera que incluir la innovación de forma explícita en sus estrategias es determinante en el éxito futuro y también el 77% de ellos está preocupado por la capacidad de su empresa para mantener/salvaguardar las nuevas tecnologías.

El 50% de esos empresarios consideran que deberán enfrentar una importante brecha de habilidades en las funciones principales de las empresas que dirigen, mientras que el 99% de ellos considera al desarrollo del talento como una prioridad para el futuro de su empresa.

En el sector empresarial cubano, apenas podemos encontrar innovaciones que terminen en nuevos productos. Nuestra matriz de exportaciones de productos sigue siendo dependiente de productos de primera generación de industrialización, con excepción de la biotecnología y los derivados del petróleo. Sólo en el sector de los servicios, gracias a “a la máquina de producir ciencia” logramos exportaciones de servicios médicos que han permitido equilibrar nuestra cuenta corriente.

Cuba cumple esa doble condición tan rara, de ser un país subdesarrollado con un capital humano teóricamente significativo. Es el resultado de una siembra hecha hace 40 años. Pero el talento hoy es tan buscado, o más, que el petróleo.

Los países ricos diseñan estrategias para “apropiarse” del talento creado por cualquier país, desde políticas que estimulan la inmigración selectiva, hasta trabajo de “scouting” para localizar a los “talentos destacados”. Ponernos a tono con estos tiempos, con esas tendencias, ser proactivos, es siempre mejor que estar obligados a ser reactivos.

Para nadie es un secreto hoy que enfrentamos un drenaje múltiple del talento creado. Programas de becas como la World Learning u otros esquemas políticos como el llamado “Parole” para médicos cubanos que abandonen misiones oficiales, también contribuyen a la sangría. Pero la salida de profesionales está muy asociada a nuestras propias insuficiencias, a la lentitud en adoptar políticas proactivas que nos permitan conservar, producir y reproducir el talento.

No es que no se hayan adoptado algunas, es que son insuficientes y lentas para la velocidad que estos tiempos requieren.

La movilidad de un sector a otro de nuestra economía, sacrificando calificación por salarios en puestos de menor valor agregado, la pérdida sistemática y acelerada en los últimos años de profesores universitarios, el envejecimiento natural del claustro y la brecha entre las nuevas generaciones de profesores e investigadores y las generaciones precedentes; son las consecuencias de esa relativa inercia, de la falta de actualización en el pensamiento sobre la “máquina de producir ciencia”.

Tener una buena “fábrica” de producir ciencia y científicos que la añadan valor al talento natural delsapiens cubanensis parece ser que es un reto insoslayable para el futuro desarrollo del país. Pero se necesitan “trabajadores” para esa fábrica.

La que teníamos, la que creamos a partir de los años sesenta, se ha deteriorado en los últimos veinte años. Las exigencias de las condiciones actuales de nuestro país, las tendencias de la ciencia, la tecnología y la economía en el mundo, más que una reparación de lo que tuvimos, demandan una revolución para crear lo que necesitamos.

Si las políticas no promueven la creación de empleos y nuevos negocios en sectores de mayor valor agregado con participación de todos los agentes y formas de propiedad, que permitan aprovechar con ventajas esas capacidades creadas, el “costo social” será impagable.

Si esas políticas no le dan mayor autonomía y capacidad de decisión a nuestros empresarios para aprovechar los resultados de esa especial fábrica, y no generan suficientes incentivos para que lo hagan, si esas políticas no rescatan el status moral y material de los “obreros” de la “fábrica de hacer ciencia y científicos” entonces perderemos lo que en un tiempo fue una ventaja competitiva creada por la Revolución.

La historia se escribe todos los días. Vivir de la historia conduce al ostracismo y la complacencia, aprender de ella para transformar la realidad nos conduce hacia el futuro.