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sábado, 29 de agosto de 2026

A manera de aldabonazo

Por Dr Julio Carranza

Colegas a cargo de la reforma económica en curso:

Es fundamental entender que a pesar de la importancia de las 176 medidas recientemente aprobadas, aún cuando alguna puede ser discutida de manera puntual, estas no constituyen en sí mismas un programa de reforma económica integral como la economía cubana necesita, eso es una cosa mucho más compleja, no se trata de estar siguiendo cuantas medidas se han cumplido, etc. etc. la reforma debe incluir etapas, áreas de acción objetivos, la articulación entre las diferentes medidas, o sea la secuencia adecuada para articular el sistema, que incluye, entre otras cosas, la construcción de los mercados y su adecuada regulación y sobre todo tener un horizonte estratégico claro.

Por otra parte, es imprescindible distinguir entre las urgencias que son fundamentales, imprescindibles, para tratar la profunda crisis social que vive el pueblo, de la transformación estratégica, además de qué la transformación estratégica debe estar precedida y acompañada , en sus inicios, de una etapa de estabilización macroeconómica. Eso está en la tapa de cualquier libro serio sobre economía.. Además hay que buscar financiamientos. Nada de eso está claro hasta hoy. Si sólo se sigue mirando cómo se cumple la medida tal o más cual, los territorios, etc, el resultado puede ser lo mismo un caballo que un camello.

Es fundamental hacer estas consideraciones, tomarlas en cuenta y actuar rápido, antes de que nuevamente se vuelva a descarrilar el proceso. Esto a pesar del bloqueo y la agresión. Cada vez hay menos tiempo, el tema no se puede mirar con pasividad.

Por otra parte, creo que se debe comprender que la dicotomía en Cuba hoy no es socialismo o capitalismo, es: una nación soberana con justicia social (lo cual incluye mercados regulados y diversidad de formas de propiedad, nuevas formas representación, etc, por supuesto) o subordinación total a los intereses norteamericanos con una economía liberal y desprotegida. Esa es la disyuntiva.


28 de agosto 2026.



17 empresas mixtas desaparecen y se convierten en CPP en acuerdo por 100 años entre EE.UU. y Venezuela. Comentario HHC



La nueva era petrolera de Venezuela se anota 7 meses este 29 de agosto, desde que se aprobó la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, y ocurre justo cuando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, anuncia un acuerdo histórico por 100 años, que en la práctica implica la conversión de al menos 17 empresas mixtas en contratos de participación productiva de hidrocarburos (CPPH).

Estas empresas mixtas estaban ya en el tiempo de vigencia que fueron aprobadas hace 20 años y el Ministerio de Hidrocarburos tomó la decisión de no renovarlas. De esa manera, las referidas áreas pasan a ser controladas totalmente por Petróleos de Venezuela (PDVSA) de acuerdo a los establecido por la propia LOH antes y después de modificación legal hecha en enero pasado.

Ese proceso de revisión y no renovación de empresas mixtas se hizo como parte de adecuación a un nuevo esquema fiscal petrolero que estableció la reforma de LOH y de manera paralela el Ministerio de Hidrocarburos venezolano llevó adelante las negociaciones con los Estados Unidos para definir la entrada o el regreso de empresas norteamericanas al país sudamericano tal como fue anunciado por Trump.

Bajo mi dirección, el Secretario de Estado, Marco Rubio, y el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, trabajando en estrecha colaboración con la muy respetada presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, y mediante una alianza con el sector privado, han asegurado el control mayoritario de Estados Unidos sobre 65.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo en Venezuela sin costo alguno para el contribuyente”, dijo el Presidente estadounidense. “Esta transacción histórica duplica con creces las reservas de petróleo estadounidenses, aumenta considerablemente nuestro suministro de petróleo y reducirá sustancialmente los precios de la gasolina para todos los estadounidenses a largo plazo”, añadió el mandatario.

A las palabras de Trump, se sumaron las de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, quien emitió un comunicado para ratificar el carácter histórico que tenía el acuerdo y aseguró que “tendrá un impacto significativo en el renacimiento de Venezuela”.

La mandataria explicó que el acuerdo se enmarca dentro de la nueva etapa de las relaciones diplomáticas entre los Estados Unidos y Venezuela tras la invasión a Caracas el pasado 3 de enero y la detención del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores.

Se habla de los CPP

La reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos en Venezuela a finales de enero propició que la presidenta encargada Delcy Rodríguez le le diera máxima prioridad a los CPPH frente al esquema clásico de empresas mixtas, que se aprobó en 2001 y se instauró en 2007 a inicios del segundo mandato de Hugo Chávez.

Si bien la modificación legal permite la convivencia de los dos esquemas de negocio, en la práctica la promoción y actuación del Ministerio de Hidrocarburos -sobre todo en foros en Estados Unidos- se centra en impulsar los CPP y omitir las empresas mixta, aunque este último aún predomina por la cantidad de acuerdos que se firmaron por un período promedio de 20 años, los cuales están próximos a su fecha de vencimiento.

Oficialmente se cuentan 46 empresas mixtas en las que Petróleos de Venezuela (PDVSA), a través de su filial la Corporación Venezolana de Petróleo -la histórica CVP- tiene una participación promedio de 60% y el restante 40% se corresponde a una o varias empresas transnacionales y unas pocas a firmas privadas venezolanas. De esa cantidad, ya 17 cesan sus operaciones porque forman parte justamente de los contratos a los que le llegó su fecha de caducidad.

Por el lado de los CPP, aparecen 31vcontratos de servicios suscritos por la filial PDVSA Petróleo, en los que no comparte participación accionaria pero sí delega el manejo gerencial y operacional, permite que puedan exportar directamente una parte de la producción y reduce la carga fiscal.

El caso más notorio de migración de empresas mixtas a CPP se lo anota North American Blue Energy Partners (Nabep), que tiene el manejo de dos empresas que en otrora fueron mixtas: Petro Zamora, en la costa oriental del lago de Maracaibo; y Petro Cedeño en la División Junín en la faja del Orinoco. A eso se agrega el área Junín Sur sobre la que nunca consiguió un socio.

El otro caso es Petro Delta, que era una sociedad entre PDVSA y DP Delta Finance del empresario Oswaldo Cisneros Fajardo, que fue revocada por incumplimiento en mayo pasado y pasó también al esquema de CPP a favor de la firma estadounidense Pacific Coast Energy. No obstante, una parte de la familia de Cisneros acusa al gobierno de confiscación a la corporación estatal pero aún espera un arreglo amistoso y evalúan introducir una demanda ante un tribunal de arbitraje internacional. Un caso similar ocurre con Petro Cabimas, en la que la venezolana con registro español Suelopetrol era el socio B y se optó también por revocárselo y pasar al esquema de CPP también con Pacific Coast Energy.

Tanto Nabep como Pacific Coast Energy cuentan además con una comfort letter o carta de conformidad, otorgada por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos (OFAC) para operar en Venezuela; y se asegura que ambas tienen la mejor relación con el gobierno de Donald Trump.

Empresas mixtas, especie en extinción

El modelo de empresas mixtas prácticamente se está convirtiendo en una especio en vías de extinción, aprovechando justamente que está concluyendo el período de contrato; y las renovaciones que se han dado tan solo son aquellas donde la sociedad minoritaria la tiene alguna transnacional, que explícitamente aparece en la Licencia General Nº 50 de la OFAC: Chevron (Estados Unidos), Repsol (España), ENI (Italia) y Maurel & Prom (Francia).

En tal sentido, es así como para los próximos 20 años, están garantizadas las siguientes empresas mixtas:

o Petro Piar, Petro Boscán y Petro Independencia porque tienen a Chevron como socio minoritario
o Petro Quiriquire y Petro Piar en las que está Repsol
o Petro Junín, Petro Güiria y Petro Sucre con ENI
o Petro Regional del Lago con Maurel & Prom

Comentario HHC:  El saqueo a Venezuela se esta consumando, con la anuencia de la traidora e ilegitima y "agente CIA" Delcy Rodriguez.  Y los chavistas ? bien gracias. De esto se trataba siempre.

Es sintomático, que Trump, Marco Rubio y el Secretraio de Guerra son los que estan detras de esto.

En Cuba van tras el Cobalto, el Niquel y el Turismo. 

Un análisis de la “crisis del aceite” a través del modelo de Oferta Agregada – Demanda Agregada (OA-DA)

 Por Luis Gutiérrez Urdaneta

       Julio Carranza Valdés

 En un trabajo anterior, publicado hace más de cuatro años, comentábamos:

“En el enfoque macroeconómico convencional, la producción potencial (PP) es el Producción Interno Bruto (PIB) real de alto empleo, o lo que es igual, la máxima cantidad de producción en un periodo teniendo en cuenta la tecnología, el capital, el trabajo y la eficiencia técnico-administrativa sin que se acelere la inflación. Una vez que la producción sobrepasa la potencial, los precios comienzan a subir abruptamente, pues la economía se “recalienta” y surgen cuellos de botella y rigideces: la respuesta productiva se debilita frente al crecimiento de la demanda agregada. 

La producción potencial para las economías desarrolladas, debido a su menor sensibilidad para los shocks externos, cambia en largos periodos de tiempo. Así, las políticas monetaria y fiscal, dependiendo de la modalidad de tipo de cambio, pueden incidir significativamente en el aumento de la renta real cuando la producción y el empleo se encuentran debajo del potencial (Samuelson & Nordhaus, 2010).

En muchos países subdesarrollados la producción potencial se reduce notablemente ante fuertes shocks de oferta por la insuficiente diversificación productiva, e insuficiente acceso a divisas y de capital externo (Gustafson, Jones, Hiller, Rivington, & J. Richard Tiffin, 2015) (OECD, 2021), y las crisis productivas son más prolongadas. La economía cubana enfrenta enormes rigideces debido al bloqueo norteamericano, la aguda escasez de divisas, la insuficiente información y encadenamientos, la centralización administrativa, la inexistencia de mercados plenos y la debilidad funcional de las instituciones, entre otros factores. Así, los llamados shocks negativos de oferta (reforzamiento del bloqueo, pandemia, plagas, incremento de precios de importaciones) casi siempre reducen la oferta potencial. 

Esta precisión en el desplazamiento de la producción potencial es clave para tratar de explicar las causas del proceso inflacionario mediante el modelo de OA-DA en Cuba.

De ahí, las limitaciones de las políticas monetaria y fiscal expansiva para enfrentar estos shocks, y el riesgo de que las acciones de reactivación económica concluyan con significativas subidas de precios (Gutiérrez Urdaneta L. y Carranza Valdés J., 2022).”

La “crisis del aceite” y el modelo OA-DA

La amenaza de sanciones a las navieras por parte del gobierno de Estados Unidos y los miles de contenedores varados en puertos extranjeros puso de relieve de manera drástica las vulnerabilidades de la economía cubana.

Las insuficientes reservas nacionales y la débil o inexistente respuesta de la industria nacional ante el shock de oferta mencionado motivaron, en lo fundamental, que el producto potencial se desplazara hacia la izquierda, provocando el súbito aumento de precios, ya altísimo con relación al ingreso medio individual, de productos básicos: aceite, huevos, carnes, leche en polvo, entre otros.

Como anteriormente también hemos afirmado, “Se trata de una dinámica explicable al coincidir la crisis y el bloqueo con la reforma económica necesaria, pero no desprovista de contradicciones y tensiones que deben ser atendidas por la política del estado.”

A continuación, intentaremos tratar de comprender desde el punto de vista macroeconómico, mediante el modelo OA-DA, cómo se generó la situación actual. También, utilizando este mismo modelo, trataremos de explicar las acciones a tomar para aumentar el producto potencial. Esto es fundamental no sólo para remontar la “crisis de aceite”, sino para que la economía cubana esté mejor preparada para resistir otras medidas punitivas provenientes de los Estados Unidos en el futuro. 

Este texto tiene un carácter eminentemente técnico, pero hemos tratado de ser lo más claros posible para que sea útil no solo a economistas que conocen de estos modelos, si no a todas las personas interesada y afectadas por estos procesos, lo cual es nuestro objetivo mayor.


Precisiones para comprender el modelo:

DA: Demanda agregada

OACP: Oferta agregada a corto plazo antes del shock asociado a las amenazas a las navieras

OALP: Oferta agregada a largo plazo antes del shock asociado a las amenazas a las navieras

OACP´: Oferta agregada a corto plazo después del shock

OALP´: Oferta agregada a largo plazo después del shock

PP: Producción potencial antes del shock

PP´: Producción potencial después del shock

PE: Precio de equilibrio antes del shock

PE´: Precio de equilibrio después de shock

  La reducción del producto potencial (de PP a PP´, ver flecha en rojo) provocó que la oferta agregada a corto plazo se desplaczara a la izquierda. Al no existir cambios simultáneos significativos en la demanda, los precios se movieron hacia arriba, de PE a PE´.

 ¿Cómo superar la crisis del aceite? Una explicación desde el modelo OA-DA.

Parece ser que la evasión fiscal ha tomado en Cuba magnitudes extraordinarias. Sea por el no completamiento ni operatividad del mercado cambiario, la no aceptación de pagos por vía electrónica, sobre todo a la cuenta fiscal, se han creado condiciones para el aumento de la evasión de los impuestos indirectos. Es muy probable que esto ocurra también en la captación de impuestos directos, mientras es observable un incremento de la informalidad en las ventas.

La inflación continúa creciendo y dañando a los más pobres. Un aumento de la recaudación tributaria haría que la curva de Demanda Agregada se desplazara hacia debajo. Ello, aunque podría reducir el nivel de precios, también provocaría una reducción adicional de la Oferta a Corto Plazo, generada a partir del shock: tremendo dilema. Ya se nota en muchos negocios privados una disminución del nivel de actividad.

La manera de encarar este problema, que provoque en la caída de los precios y el aumento de la producción es a través de un acelerado proceso de sustitución de importaciones, fundamentalmente en la agricultura, pero no cualquiera, sino uno que reduzca los costos de producción, así como el aumento de las exportaciones. Esta dinámica contribuiría al aumento futuro de las exportaciones netas, el consumo, la inversión y los gastos del gobierno.

Es decir, con una política decidida de reducción de la evasión tributaria, la demanda agregada se desplazaría de DA a DA´´ (flecha 2 en rojo), y simultáneamente la oferta a corto plazo se trasladaría de OACP´ a OACP´´ (flecha en rojo 3) y el nivel de precios se reduciría de PE´a PE´´.

Para lograr esto habría que encarar medidas urgentes, como las que describimos en el artículo “Volver sobre las urgencias y el horizonte estratégico”.

Con este ejercicio sólo hemos intentado “formalizar” y comprender mejor, mediante el modelo OA-DA, los resultados en el producto y los precios derivados de la ”crisis del aceite” y delinear con mayor rigor las acciones para intentar recuperar la senda del crecimiento y mejorar la ya la crítica situación social, pese al bloqueo.

 Bibliografía

- Gutiérrez Urdaneta L. y Carranza Valdés J. (abril 2022), “Conjurar la inflación: lo esencial de una política integral (la oferta, la demanda y la política monetaria). Blog Cuba y la economía.

- Samuelson, P., & Nordhaus, W. (2010). Economía con aplicaciones a Latinoamérica. México: McGraw-Hill/Irwin.

- Gustafson, D., Jones, A., Hiller, B., Rivington, M., & J. Richard Tiffin, J. (2015). Country Level Impacts of Global Grain Production Shocks. UK’s Global Food Security programme, UK Foreign and Commonwealth Office and UK Government Science and Innovation Network.

- OECD. (2021). Global value chains: Efficiency and risks in the context of COVID-19. Obtenido de https://www.oecd.org/coronavirus/policy-responses/global-value-chains-efficiency-and-risks-in-the-context-of-covid-19-67c75fdc/

- Carranza Valdés J. & Gutiérrez Urdaneta L. (agosto 2026), “Volver sobre las urgencias y el horizonte estratégico”. Blog Cuba y la economía..

¿Por qué atacan al Nobel que defiende a la clase trabajadora?




Fuentes: El diario [Fotografía de archivo del economista turco-estadounidense Daron Acemoglu. EFE/EPA/PONTUS LUNDAHL SWEDEN OUT]


Daron Acemoglu ha utilizado las herramientas de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento pone en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA y aboga por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes tecnológicas.

Daron Acemoglu, economista ganador del llamado premio Nobel de economía en 2024, acaba de publicar un nuevo libro titulado What Happened to Liberal Democracy? (¿Qué pasó con la democracia liberal?) y la famosa revista The Economist, fundada en 1843 y paradigma de la defensa del libre comercio y del liberalismo económico, ha aprovechado para pasarle algunas facturas. En un artículo que ha sorprendido a todos, la revista aprovechó para lanzar unas dispersas críticas teóricas a su trabajo y, sobre todo, para impugnar el estatus del reputado economista. Quizás la mejor prueba es que The Economist afirma en su titular que Acemoglu es extrañamente poco convincente y que sus argumentos “sobre la IA son además pesimistas hasta el punto de perder credibilidad”. No es de extrañar que el afectado haya considerado el ataque como algo personal y haya tenido que responder públicamente.

Todo apunta a que la causa última del desencuentro se encuentra en el hecho de que el trabajo académico de Acemoglu, que gira en torno al cambio técnico y el papel de la inteligencia artificial, ha desembocado en una propuesta para reforzar a la clase trabajadora. Este punto es precisamente uno de los atacados por The Economist, que etiqueta su enfoque como pesimista e inespecífico. La economista Mònica Martínez Bravo sintetizó bien esta tensión al escribir: “Qué cosas tan curiosas pasan cuando un Nobel de Economía escribe un libro defendiendo volver a poner a la clase trabajadora en el centro de la política económica”. En este análisis vamos a ver en qué sentido y hasta qué punto la visión de Martínez Bravo es cierta. Y, de paso, aprovechamos para meternos en el apasionante y preocupante mundo de las consecuencias socioeconómicas de la inteligencia artificial.

El papel de la automatización

Uno de los grandes interrogantes de la economía es averiguar cuáles son los efectos de la automatización, es decir, de la sustitución de trabajadores humanos por máquinas. ¿Se destruye empleo?, ¿se deprimen los salarios?, ¿se modifica la correlación de fuerzas entre capital y trabajo? Se trata de un debate que, después de doscientos años, no ha derivado en consenso alguno, sino en diferentes enfoques con los que pensar un proceso tan complejo. Y, para entenderlo bien, tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XIX.

David Ricardo es considerado uno de los padres fundadores de la economía política. Con veintipocos años se hizo millonario especulando en bolsa y pudo retirarse a sus propiedades a escribir. Su libro Principios de Economía Política y Tributación se convirtió pronto en un indispensable, y sigue siendo la base de la actual teoría del comercio internacional e incluso de la teoría del valor-trabajo del marxismo. En las dos primeras ediciones Principios, Ricardo apenas tuvo nada que decir especial sobre el proceso de automatización, pues compartía el criterio convencional y optimista de los economistas de la época. Es importante que entendamos esta forma de pensar la automatización, porque es a grandes rasgos la que domina en la profesión todavía. Según esta visión, cuando las máquinas sustituyen a trabajadores en un proceso productivo se producen dos efectos. El primero, el obvio de que un cierto número de personas pierden su empleo. El segundo, que la propia introducción de las nuevas máquinas es capaz de crear nuevos puestos de trabajo que absorberán el empleo previamente expulsado.

Es decir, para los economistas no estamos ante un problema preocupante porque la economía se regula de manera que la introducción de máquinas (la incorporación de nueva tecnología) es capaz de mantener el nivel de empleo. Y Ricardo pensaba más o menos esto, pero sólo hasta 1821.

En su famosa tercera edición de los Principios, Ricardo introdujo un nuevo capítulo donde consideró errónea la visión convencional y reconoció que “estoy convencido ahora de que la sustitución del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora”. El impacto de este cambio fue enorme, y su discípulo John Ramsay McCulloch se quejó ante él amargamente (p. 381) porque entendía que daba pábulo a los movimientos obreros antimaquinaria. Era un tiempo de enorme agitación social, ya que la Revolución Industrial se estaba desplegando en el Reino Unido y estaba transformando radicalmente el modo de vida de la clase trabajadora.

En un artículo académico de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson trataron justamente este momento histórico. Para ellos el cambio de Ricardo respecto de la maquinaria tuvo que ver con que el hecho de que fuera elegido miembro de la Cámara de los Comunes, es decir, diputado. Gracias a eso, Ricardo fue testigo de lo que realmente estaba ocurriendo en la industria del algodón y, de ese modo, pudo corregir sus ideas previas. Porque lo que estaba pasando no tenía nada que ver con la visión optimista de los economistas, sino que la Revolución Industrial estaba deteriorando gravemente las condiciones de vida de la clase trabajadora.

El artículo, por cierto, se apoya en gran medida en los trabajos de dos gigantes de la historiografía marxista británica, Edward Palmer Thompson y Eric Hobsbawm (aunque también cita, de manera complementaria, al reputado —léase, convencional— historiador Joel Mokyr). Los números de Acemoglu indican que, con la automatización, los salarios reales de los tejedores manuales cayeron un mínimo de un 25%, sin que esos trabajadores pudieran trasladarse a nuevos sectores emergentes. Simplemente, sus condiciones de vida fueron arrasadas por la introducción de maquinaria en la industria. La paradoja es que como la productividad estaba creciendo, y los salarios no, los empresarios ganaron enormes beneficios que elevaron la desigualdad. En palabras que repite mucho Acemoglu, la prosperidad no fue compartida.

La lógica de esta lectura crítica del proceso de automatización ya había sido incorporada en el trabajo de Acemoglu mucho antes. Donde aparece de forma divulgativa con más claridad es en su libro de 2023 Power and Progress (Poder y progreso), coescrito también con Simon Johnson, donde subrayaban que no hay nada automáticamente beneficioso para la sociedad en la introducción de nueva tecnología. Según ellos, que los incrementos de productividad sean compartidos depende de aspectos como el tipo de tecnología, las instituciones (normas, costumbres, leyes) y la orientación que se quiera imprimir desde la sociedad. De manera significativa, Acemoglu y Johnson aceptan que la prosperidad sólo es compartida cuando los avances de la tecnología se apartan del interés egoísta de las élites. De ahí que los autores explicaran que la clave para entender los aumentos de calidad de vida de la clase trabajadora durante la segunda mitad del siglo XIX tuvieran que ver con la democratización del sistema político, el crecimiento de los sindicatos y la legislación para proteger los derechos de los trabajadores; elementos todos que obligaban a orientar el cambio tecnológico en otra dirección distinta a la de los meros intereses económicos de las élites. Cualquiera familiarizado con la historia del movimiento obrero puede ver en este razonamiento de Acemoglu y Johnson un elemento político claramente subversivo.

Hay que cuidarse mucho de pensar que esto es solo historia económica, o economía política del siglo XIX. El punto de referencia de Acemoglu es siempre el cambio tecnológico actual, y más concretamente la adopción de la inteligencia artificial en los procesos productivos actuales. Pero Acemoglu usa la historia económica para reflexionar sobre el proceso contemporáneo, preguntándose (en Power and Progress) qué pasa si los economistas convencionales están equivocados y la IA fundamentalmente provoca distorsiones en el mercado de trabajo que incrementan la desigualdad de salarios y empleo, su impacto redistribuye poder hacia las élites, empobrece a miles de millones de personas en el mundo no desarrollado, si refuerza prejuicios étnicos o sociales, o si destruye las instituciones democráticas. Su conclusión ha sido que lo que necesita la sociedad contemporánea es, como ocurrió en el siglo XIX, el crecimiento de contraargumentos y organizaciones que puedan contrarrestar al pensamiento convencional. Para hacerse una idea más completa, baste decir que uno de los últimos artículos de Acemoglu, firmado con David Autor y Simon Johnson, se llama “Building pro-worker artificial intelligence” (Construir una inteligencia artificial favorable a los trabajadores).

No es un economista heterodoxo, lo que lo hace más peligroso

Aunque a algunos les haya parecido demasiado disidente, debemos recordar que Daron Acemoglu no es un revolucionario en el sentido clásico. Ni siquiera en su disciplina. El primer libro suyo que llegó a mi biblioteca no fue un ensayo, sino su manual Introduction to Modern Economic Growth de 2009. Se trata de un texto de posgrado con álgebra sumamente avanzada y en el que se repasan los modelos de crecimiento económico desde una óptica unilateral: la neoclásica (una teoría ahistórica que abandona muchas de las preocupaciones de los economistas clásicos, como Adam Smith, David Ricardo o Karl Marx). Esta es la dominante en las facultades de economía, y frente a ella se han elevado históricamente otras escuelas de pensamiento, como la poskeynesiana o la marxista, consideradas por ello como heterodoxas. Acemoglu pertenece a esta escuela de pensamiento, y de hecho recientemente ha afirmado que encuentra la discusión sobre el capitalismo “descerebrada”. En la cosmovisión subyacente a los modelos de Acemoglu no hay relaciones de producción, el poder entra como una categoría de capacidad de negociación y captura regulatoria y la visión de las instituciones es débil y nunca estructural. Consecuentemente, su concepto de clase trabajadora no es marxista, pero conduce a lo que él denomina “liberalismo de clase trabajadora”.

Pero todo esto es, para los economistas convencionales, lo que realmente supone un peligro. Porque Acemoglu llega a sus “radicales” conclusiones desde dentro de la profesión y del mainstream. Todo su trabajo académico es una lúcida (y algebraicamente compleja) reformulación de los modelos neoclásicos de progreso técnico. Y cada paso que ha dado en los últimos veinte años, como considerar el reparto del ingreso entre capital y trabajo endógeno al cambio técnico, lo hace sin recurrir a la vastísima cantidad de trabajos heterodoxos que ya pisaron ese camino mucho antes que él. Hoy Acemoglu tiene una visión del comercio que no sería extraña para los autores marxistas, y una visión de la distribución de la renta que reconocerían autores poskeynesianos como Joan Robinson o Nicholas Kaldor. Y ya hemos visto que su lectura de algunos aspectos de la historia económica del siglo XIX presenta sorprendentes puntos de contacto con la historiografía marxista.

La clave es que Acemoglu ha llegado a conclusiones muy similares a la de las escuelas postkeynesianas e incluso marxistas, pero empleando otros conceptos y métodos. Los economistas convencionales no pueden criticarle por falta de brillantez técnica, ampliamente acreditada, pero están asustados por las conclusiones políticas que se extraen de su desviación.

Con Joseph Stiglitz ya se había ensayado la jugada. El economista estadounidense recibió el Nobel en el año 2001 por sus contribuciones a la teoría neoclásica, en particular por sus análisis con información asimétrica, y durante los años noventa destacó, entre otras cosas, por su crítica a la versión dura de la economía ecológica. Gracias a todo ello se convirtió en el economista jefe del Banco Mundial, una de las instituciones encargadas de promover el ‘Consenso de Washington’ entre los países en desarrollo, es decir, de imponer políticas neoliberales. Antes de terminar su mandato, Stiglitz abandonó su cargo y en 2002 publicó su libro Globalization and Its Discontents, donde cuestionó gran parte de la política neoliberal. Se trataba de un duro diagnóstico que a los estudiantes de posgrado de Economía Internacional y del Desarrollo siempre nos pareció ilustrativo: un neoclásico criticando las conclusiones de su viejo paradigma.

Como ahora, también The Economist fue punta de lanza contra lo que les parecía un giro inadmisible, afirmando con ironía que “Stliglitz podría haber escrito un buen libro sobre globalización. Quizás la próxima vez” y reconociendo que era un economista brillante antes de rebajar completamente su estatus. No fue el único ejemplo, ya que el entonces director de investigación del FMI (la otra pata neoliberal en el sistema internacional), Kenneth Rogoff, atacó duramente a Stiglitz y asentó la conclusión generalizada entre los economistas convencionales, a saber, que como académico Stiglitz era un genio con una mente maravillosa, pero que como político era mucho menos impresionante. Es el precedente más claro del artículo de The Economist contra Daron Acemoglu.

Lo que podemos esperar en los próximos años es un proceso, encabezado por parte de la comunidad mainstream y del que The Economist es solo la avanzadilla, para intentar devaluar la reputación de Acemoglu, no tanto en sus bases técnicas sino por sus “extravagancias” políticas. Como ya hemos visto, no es el primer caso y probablemente no será el último, pero la lógica está impresa desde hace mucho tiempo. El aura de respetabilidad en la comunidad de los economistas convencionales es dependiente tanto de las bases técnicas (con una alta sofisticación matemática, lo que hace muy inaccesible su comprensión para el público general) como de la “razonabilidad” de las conclusiones políticas. Recordemos que el premio Nobel de Economía no es tal, ya que Alfred Nobel nunca consideró entregar uno de esta materia. Que hoy exista un premio Nobel de Economía es resultado del interés del banco central sueco que, en 1968 y en un contexto de duro enfrentamiento con los socialdemócratas suecos (que estaban desplegando su vía reformista al socialismo), necesitaba mejorar la reputación de quienes defendían sus posiciones políticas (conservadoras). El gran economista sueco Gunnar Myrdal recibió el premio en 1974, pero su propia interpretación es que como era un “radical” (sus propias palabras) le hicieron compartirlo con un “reaccionario”, Friedrich Hayek. En 1977, escribió un breve artículo reconociendo que se equivocó al aceptarlo, que la economía no es una ciencia equivalente a la física o las “ciencias duras” y que, ojo, no debería existir el premio Nobel. Lo que sugería, en última instancia, es que se trataba de un reconocimiento muy cargado de valores y principios políticos.

Consecuencias para la actualidad

El trabajo de Daron Acemoglu tiene, para mí, muchos límites. Quizás el más obvio es que, a pesar de girar en torno a la tecnología y el cambio técnico, toda consideración sobre la energía está ausente. Hablar de la transformación de la economía del siglo XIX en el Reino Unido sin mencionar el papel del carbón es extraño. También resulta problemática la escasa atención a la dimensión imperial de la industrialización británica, es decir, al hecho de que el comercio colonial, la esclavitud, la extracción de recursos y la posición de Gran Bretaña en la economía mundial formaron parte de las condiciones históricas en las que se produjo la Revolución Industrial. Esto tiene que ver con otro punto ampliamente criticado a Acemoglu, esta vez desde la heterodoxia, y presente en libros anteriores como Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty (Por qué fracasan los países), coescrito con James Robinson. La visión del desarrollo económico de Acemoglu es institucionalista, atribuyendo a aspectos tales como la innovación, la democracia o los tipos de gobierno la variable central que determina qué países crecen y cuáles no.

Pero su interpretación sobre la inteligencia artificial y su énfasis en el modelo de tareas —que no se automatizan empleos sino tareas— y la constatación de que los efectos de la automatización dependen del poder y de instituciones como las leyes es correcto y crucial para nuestro presente. Es cierto que otras tradiciones pueden ofrecer enfoques más agudos y estructurales sobre el papel de la tecnología, pero la originalidad y brillantez de Acemoglu es que ha llegado al mismo destino que autores heterodoxos, aunque por otro camino. Existen complementariedades entre las diferentes tradiciones que merecen la pena explotar. Por ejemplo, su insistencia en diferentes trabajos en que la tecnología puede usarse (mal) para elevar el control sobre los trabajadores (cosa que la IA ya está haciendo) puede beneficiarse mucho de toda la tradición marxista que nace con el fantástico libro del marxista Harry Braverman y que revolucionó toda la teoría sobre el mercado de trabajo. O el papel de la distribución del ingreso, que es no sólo un aspecto moral sino también de eficiencia económica (sobre todo en modelos donde la demanda juega un papel importante).

Para terminar, apuntar que hay muchos aspectos sin concluir en el trabajo de Daron Acemoglu que merecerán un desarrollo en los próximos meses y años, y que son claves para la política pública. La proposición central de Acemoglu es que la tecnología, para que promueva una prosperidad compartida, tiene que estar dirigida. Los críticos, incluido el texto de The Economist, señalan lo ambiguo que resulta eso en la práctica. Tienen razón en este punto, ya que el trazo de Acemoglu y sus coautores apunta en la dirección de intervenir en los destinos del mercado autorregulado a fin de dirigir la tecnología ‘hacia otra parte’. Por la comparación histórica se deduce que el efecto buscado es el fortalecimiento de los sindicatos, de la democracia y del poder frente a las élites (léase, los tecnooligarcas), pero está ausente todavía el ‘cómo’ lograr todo eso.

Por otro lado, Acemoglu insiste en que la sociedad tiene alternativas a la implantación de tecnología en formas que provocan graves daños a la clase trabajadora. Él acepta que los empresarios buscan elevar sus beneficios y aumentar la productividad promedio del trabajo, aunque esa implantación no produzca bienestar social (en su terminología, que no incremente la productividad marginal del trabajo). Un análisis estructural objetará que un empresario asume una determinada tecnología maximizadora de beneficios porque está obligado por la competencia, de modo que no está claro cómo podría ser de otra forma sin recurrir a instrumentos clásicos como la regulación estatal. En el fondo, la gramática habitual de un proceso de “dirección tecnológica” es la que tiene que ver con la planificación, el Estado y la protección social; y probablemente por ahí vendrán las próximas discusiones en el campo.

En definitiva, espero haber mostrado por qué creo, junto con otros economistas, que se explica la crítica de The Economist a un economista ampliamente reputado y brillante. El problema de Acemoglu para el mainstream es que ha utilizado las propias herramientas conceptuales de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento implica poner en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA (y también los costes que lleva asociados, donde la energía de nuevo juega un papel central) y abogar por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes empresas tecnológicas. Para mí, ese camino es muy fructífero y es claro que necesitamos más prosperidad compartida, es decir, más intervenciones y políticas como las de Acemoglu.