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martes, 21 de julio de 2026

Sobre las actuales reformas económicas en Cuba (Parte 1): de las críticas y los consensos.

Por Joel Ernesto Marill Domenech

En los últimos días, pocos temas han acaparado tanto la atención nacional como la aprobación de un nuevo grupo de reformas/transformaciones económicas orientadas a enfrentar la sumamente compleja situación económica y social que vive el país en la actualidad.

La profundidad, sentido y magnitud de varias de estas transformaciones han propiciado que este nuevo paquete de medidas sea interpretado como cualitativamente diferente a otros similares del pasado. Determinadas medidas que modifican el fundamento mismo del modelo económico cubano en su forma actual, indican que no nos encontramos ante “otro paquetes de medidas más”, sino ante un grupo de propuestas que tienen el potencial para modificar -para bien o para mal según a quien se le pregunte- el entramado de relaciones productivas del país. 

En tal escenario, las críticas no han tardado en llegar desde diferentes posiciones del espectro político cubano. Las mismas podríamos agruparlas en dos grupos fundamentales, que no intentan abarcar la totalidad de los posicionamientos vertidos en el debate en las últimas semanas, pero que ilustran algunos de los posicionamientos más representativos.

En primer lugar están aquellas que consideran que estas son aún reformas insuficientes, que llegan demasiado tarde, o que simplemente no dan respuestas a otras demandas que se realizan al estado cubano respecto a cambios en el sistema político del país. Sobre este grupo no me extenderé en este comentario. El potencial transformador de estas reformas ha sido reconocido por múltiples colegas, y en el actual momento no creo resulte especialmente productivo centrar el debate técnico en propuestas de reforma que condicionan cualquier mejora económica a cambios en el sistema político o cesiones de soberanía ante las presiones del gobierno americano.

Sin embargo, al mismo tiempo, existe a la par un grupo no menor de compañeros, que han expresado igualmente preocupaciones genuinas sobre el sentido, y los cambios contenidos en las reformas.

Determinadas medidas han sido identificadas que desmontan elementos considerado como pilares del modelo socialista cubano -como la planificación material centralizada, la propiedad absoluta de las empresas estatales-, o que introducen cambios que podrían afectar a la población a corto plazo –como el levantamiento de los controles de precios- o que desatan fuerzas que profundizan la desigualdad social y la concentración de la riqueza -como la posibilidad de que las pymes tengan más de 100 trabajadores o que una persona sea socio de más de una pyme-.

Para polemizar con estos argumentos es necesario partir de un reconocimiento básico. Las transformaciones aprobadas efectivamente desmontan -lo que quedaba- del modelo de socialismo euro-soviético: una economía monopólica en el estado en múltiples sectores, con empresas estatales tradicionales coordinadas esencialmente mediante una planificación central material y con señales del mercado que jugaban un rol pasivo, al menos en el sector estatal.

De alcanzarse la completa implementación de las medidas anunciadas, ese modelo de socialismo en particular dejaría finalmente de caracterizar la economía cubana, y en su lugar se intenta edificar algo diferente. Un modelo edificado sobre varios pilares simultáneos: un sistema empresarial caracterizado por diversidad de actores económicos, con mayor presencia de empresas privadas, que en su conjunto se coordinan a corto plazo mediante señales de mercado, mientras que el esquema de planificación central pasa a jugar un rol más financiero y de gestor de políticas públicas.

Si solo se entiende como “socialismo” el modelo eurosoviético, aun en la muy deformada estructura que llega al momento previo a las reformas actuales, pues estas transformaciones, constituyen sin duda el fin de dicho modelo. Sin embargo, esto no tiene que implicar -y de hecho no lo hace- el fin de los derechos y garantías producidas bajo el amparo de dicho esquema de funcionamiento.

En el fondo, subyace una discusión de ¿que entender por socialismo?, e incluso una mucho más perentoria: ¿qué elementos mínimos deben conformar el contrato social que configura estas reformas? ¿Qué derechos que pretende garantizar el modelo de socialismo actual deben sobrevivir en cualquier modelo de socialismo aplicado, y cuáles deben modificarse?

El acceso universal a la salud y la educación, El derecho a un trabajo y un salario digno para todo aquel que lo demande. El derecho a que todo ciudadano sea asistido por la sociedad mediante el estado cuando no pueda asistirse por sí mismo. El derecho a una pensión digna. O el derecho y los mecanismos de acceso a una vivienda digna. Todos ellos representan derechos constitutivos de nuestro modelo de socialismo.

Estos y otros, son derechos materiales que constituyen pilares insustituibles de nuestro proyecto de país y que deben ser garantizados por este o cualquier modelo económico. Y es una responsabilidad de los que hemos impulsado académica e institucionalmente estas reformas, demostrar a la ciudadanía cubana y a la militancia que es posible.

Por otra parte, los críticos de izquierda de las reformas actuales, deben igualmente  reconocer que, la conjunción de las sanciones, el fin de los subsidios externos y los límites de nuestro modelo económico, hacen hoy materialmente imposible sostener la mayoría de estos derechos, y que existen problemas estructurales profundos –endeudamiento externo, descapitalización del plantel industrial, electroenergético y otras infraestructuras-, que no se resuelven, ni con cooperativas ni con democracia obrera ni con nuestros propios recursos, que demandan de fuerzas materiales para las cuales no existe, ni existirá excedente ni recursos en el país para emprender por sí solo.

La inversión extranjera, la inversión privada nacional -íntimamente relacionadas al capital de la diáspora- y la reinserción al sistema comercial y financiero internacional, en los espacios y formas que las sanciones nos permitan, son condiciones existenciales de supervivencia del país y aspectos claves e ineludibles del éxito de las transformaciones.

Es necesario continuar explicando y haciendo comprensible procesos que en un primer momento no son intuitivos o pueden parecer ideológicamente contradictorios: como el efecto nocivo de los topes de precios, como las razones de una mayor y más profunda  dolarización de la economía en un contexto de múltiples shocks externos, desequilibrios macro e inestabilidad de la moneda, o porque hay concesiones que dentro determinados límites será necesario hacer para atraer el capital, la tecnología y las inversiones que hoy el país necesita para sobrevivir.

Adicionalmente a ello, existen una demanda genuina de establecer elementos de control que brinden certidumbre sobre las medidas más polémicas: como la transparencia de los procesos de accionarización y venta de participaciones estatales, como los mecanismos que garanticen que las tierras entregadas en usufructo serán empleadas productivamente, y muy especialmente como el sistema tributario dará respuesta a un contexto de previsiblemente mayor polarización del ingreso y permitirá una redistribución de la riqueza creada que garantice que los resultados  de la reforma -en términos de riqueza creada- no se expresan solo en beneficio de unos pocos sino en toda la sociedad.

Estamos en un momento límite y decisivo, lo que está en juego es la supervivencia misma del proyecto nacional cubano, y por ello hoy más que nunca los instrumentos empleados para la generación de consensos en las filas del “campo revolucionario” deben ser capaces de producir una unidad genuina: el convencimiento de que estas transformaciones, por duras que sean y aunque existan medidas que rompan con la visión tradicional que por socialismo muchos compañeros tienen, vienen para hacer sostenibles y materialmente posible el sostenimiento de aquellos derechos fundamentales que todos identificamos con el proyecto revolucionario cubano.

Mientras exista un cubano que esté dispuesto a defender con las armas la revolución, y que considere necesario una explicación más profunda de las medidas adoptadas, existe una responsabilidad de darla. Esa perspectiva no podemos perderla nunca. Como tampoco se puede –en especial por determinados segmentos críticos de izquierda-, perder la perspectiva del escenario en que nos encontramos, y que aún con sus innumerables insuficiencias la administración pública cubana y sus representantes -muchos bajo limitantes sanciones-, siguen buscando soluciones en un escenario sumamente hostil y lleno de incertidumbres.

Como han señalados otros colegas economistas, en las medidas anunciadas existe el potencial para un cambio transformadores en la dinámica productiva del país que permita dar pasos en la reconstrucción de las conquistas sociales, pero también existen riesgos, y aspectos que dependen para su éxito de una correcta implementación, de un ejercicio crítico de fiscalización democrática y de un visión estratégica de cómo balancear en cada momento necesidades económicas y ajustes sociales que puedan hacer políticamente viables las reformas en cada momento.

Las críticas de los compañeros nunca pueden interpretarse como fuego amigo, constituyen en primer lugar una señal y una responsabilidad ineludible de que es necesario invertir más tiempo en hacer política, en construir el consenso social que tan necesario, como las reformas mismas, será para superar la situación actual.

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