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martes, 21 de julio de 2026

Sobre las actuales reformas económicas en Cuba (Parte 1): de las críticas y los consensos.

Por Joel Ernesto Marill Domenech

En los últimos días, pocos temas han acaparado tanto la atención nacional como la aprobación de un nuevo grupo de reformas/transformaciones económicas orientadas a enfrentar la sumamente compleja situación económica y social que vive el país en la actualidad.

La profundidad, sentido y magnitud de varias de estas transformaciones han propiciado que este nuevo paquete de medidas sea interpretado como cualitativamente diferente a otros similares del pasado. Determinadas medidas que modifican el fundamento mismo del modelo económico cubano en su forma actual, indican que no nos encontramos ante “otro paquetes de medidas más”, sino ante un grupo de propuestas que tienen el potencial para modificar -para bien o para mal según a quien se le pregunte- el entramado de relaciones productivas del país. 

En tal escenario, las críticas no han tardado en llegar desde diferentes posiciones del espectro político cubano. Las mismas podríamos agruparlas en dos grupos fundamentales, que no intentan abarcar la totalidad de los posicionamientos vertidos en el debate en las últimas semanas, pero que ilustran algunos de los posicionamientos más representativos.

En primer lugar están aquellas que consideran que estas son aún reformas insuficientes, que llegan demasiado tarde, o que simplemente no dan respuestas a otras demandas que se realizan al estado cubano respecto a cambios en el sistema político del país. Sobre este grupo no me extenderé en este comentario. El potencial transformador de estas reformas ha sido reconocido por múltiples colegas, y en el actual momento no creo resulte especialmente productivo centrar el debate técnico en propuestas de reforma que condicionan cualquier mejora económica a cambios en el sistema político o cesiones de soberanía ante las presiones del gobierno americano.

Sin embargo, al mismo tiempo, existe a la par un grupo no menor de compañeros, que han expresado igualmente preocupaciones genuinas sobre el sentido, y los cambios contenidos en las reformas.

Determinadas medidas han sido identificadas que desmontan elementos considerado como pilares del modelo socialista cubano -como la planificación material centralizada, la propiedad absoluta de las empresas estatales-, o que introducen cambios que podrían afectar a la población a corto plazo –como el levantamiento de los controles de precios- o que desatan fuerzas que profundizan la desigualdad social y la concentración de la riqueza -como la posibilidad de que las pymes tengan más de 100 trabajadores o que una persona sea socio de más de una pyme-.

Para polemizar con estos argumentos es necesario partir de un reconocimiento básico. Las transformaciones aprobadas efectivamente desmontan -lo que quedaba- del modelo de socialismo euro-soviético: una economía monopólica en el estado en múltiples sectores, con empresas estatales tradicionales coordinadas esencialmente mediante una planificación central material y con señales del mercado que jugaban un rol pasivo, al menos en el sector estatal.

De alcanzarse la completa implementación de las medidas anunciadas, ese modelo de socialismo en particular dejaría finalmente de caracterizar la economía cubana, y en su lugar se intenta edificar algo diferente. Un modelo edificado sobre varios pilares simultáneos: un sistema empresarial caracterizado por diversidad de actores económicos, con mayor presencia de empresas privadas, que en su conjunto se coordinan a corto plazo mediante señales de mercado, mientras que el esquema de planificación central pasa a jugar un rol más financiero y de gestor de políticas públicas.

Si solo se entiende como “socialismo” el modelo eurosoviético, aun en la muy deformada estructura que llega al momento previo a las reformas actuales, pues estas transformaciones, constituyen sin duda el fin de dicho modelo. Sin embargo, esto no tiene que implicar -y de hecho no lo hace- el fin de los derechos y garantías producidas bajo el amparo de dicho esquema de funcionamiento.

En el fondo, subyace una discusión de ¿que entender por socialismo?, e incluso una mucho más perentoria: ¿qué elementos mínimos deben conformar el contrato social que configura estas reformas? ¿Qué derechos que pretende garantizar el modelo de socialismo actual deben sobrevivir en cualquier modelo de socialismo aplicado, y cuáles deben modificarse?

El acceso universal a la salud y la educación, El derecho a un trabajo y un salario digno para todo aquel que lo demande. El derecho a que todo ciudadano sea asistido por la sociedad mediante el estado cuando no pueda asistirse por sí mismo. El derecho a una pensión digna. O el derecho y los mecanismos de acceso a una vivienda digna. Todos ellos representan derechos constitutivos de nuestro modelo de socialismo.

Estos y otros, son derechos materiales que constituyen pilares insustituibles de nuestro proyecto de país y que deben ser garantizados por este o cualquier modelo económico. Y es una responsabilidad de los que hemos impulsado académica e institucionalmente estas reformas, demostrar a la ciudadanía cubana y a la militancia que es posible.

Por otra parte, los críticos de izquierda de las reformas actuales, deben igualmente  reconocer que, la conjunción de las sanciones, el fin de los subsidios externos y los límites de nuestro modelo económico, hacen hoy materialmente imposible sostener la mayoría de estos derechos, y que existen problemas estructurales profundos –endeudamiento externo, descapitalización del plantel industrial, electroenergético y otras infraestructuras-, que no se resuelven, ni con cooperativas ni con democracia obrera ni con nuestros propios recursos, que demandan de fuerzas materiales para las cuales no existe, ni existirá excedente ni recursos en el país para emprender por sí solo.

La inversión extranjera, la inversión privada nacional -íntimamente relacionadas al capital de la diáspora- y la reinserción al sistema comercial y financiero internacional, en los espacios y formas que las sanciones nos permitan, son condiciones existenciales de supervivencia del país y aspectos claves e ineludibles del éxito de las transformaciones.

Es necesario continuar explicando y haciendo comprensible procesos que en un primer momento no son intuitivos o pueden parecer ideológicamente contradictorios: como el efecto nocivo de los topes de precios, como las razones de una mayor y más profunda  dolarización de la economía en un contexto de múltiples shocks externos, desequilibrios macro e inestabilidad de la moneda, o porque hay concesiones que dentro determinados límites será necesario hacer para atraer el capital, la tecnología y las inversiones que hoy el país necesita para sobrevivir.

Adicionalmente a ello, existen una demanda genuina de establecer elementos de control que brinden certidumbre sobre las medidas más polémicas: como la transparencia de los procesos de accionarización y venta de participaciones estatales, como los mecanismos que garanticen que las tierras entregadas en usufructo serán empleadas productivamente, y muy especialmente como el sistema tributario dará respuesta a un contexto de previsiblemente mayor polarización del ingreso y permitirá una redistribución de la riqueza creada que garantice que los resultados  de la reforma -en términos de riqueza creada- no se expresan solo en beneficio de unos pocos sino en toda la sociedad.

Estamos en un momento límite y decisivo, lo que está en juego es la supervivencia misma del proyecto nacional cubano, y por ello hoy más que nunca los instrumentos empleados para la generación de consensos en las filas del “campo revolucionario” deben ser capaces de producir una unidad genuina: el convencimiento de que estas transformaciones, por duras que sean y aunque existan medidas que rompan con la visión tradicional que por socialismo muchos compañeros tienen, vienen para hacer sostenibles y materialmente posible el sostenimiento de aquellos derechos fundamentales que todos identificamos con el proyecto revolucionario cubano.

Mientras exista un cubano que esté dispuesto a defender con las armas la revolución, y que considere necesario una explicación más profunda de las medidas adoptadas, existe una responsabilidad de darla. Esa perspectiva no podemos perderla nunca. Como tampoco se puede –en especial por determinados segmentos críticos de izquierda-, perder la perspectiva del escenario en que nos encontramos, y que aún con sus innumerables insuficiencias la administración pública cubana y sus representantes -muchos bajo limitantes sanciones-, siguen buscando soluciones en un escenario sumamente hostil y lleno de incertidumbres.

Como han señalados otros colegas economistas, en las medidas anunciadas existe el potencial para un cambio transformadores en la dinámica productiva del país que permita dar pasos en la reconstrucción de las conquistas sociales, pero también existen riesgos, y aspectos que dependen para su éxito de una correcta implementación, de un ejercicio crítico de fiscalización democrática y de un visión estratégica de cómo balancear en cada momento necesidades económicas y ajustes sociales que puedan hacer políticamente viables las reformas en cada momento.

Las críticas de los compañeros nunca pueden interpretarse como fuego amigo, constituyen en primer lugar una señal y una responsabilidad ineludible de que es necesario invertir más tiempo en hacer política, en construir el consenso social que tan necesario, como las reformas mismas, será para superar la situación actual.

Meliá completa su salida de Cuba y cancelará todos sus contratos y servicios en la isla el 24 de julio


La salida de la cadena balear certifica el fin de la presencia de hoteles españoles en el país tras el endurecimiento de las sanciones estadounidenses.


Personas caminan frente a la entrada de un hotel de Meliá el 5 de junioERNESTO MASTRASCUSA ((EPA) EFE)

Washington - 21 JUL 2026 - 04:16


La cadena de hoteles Meliá ha comunicado este martes a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) que su filial portuguesa, Ilha Bela Gestao e Turismo, pondrá fin desde el próximo 24 de julio de 2026 a la totalidad de sus servicios de gestión y comercialización hotelera en Cuba. La decisión supone el fin de una era de dominio hotelero español en la isla. Los grandes grupos como Meliá, Barceló, Iberostar y Riu desarrollaron un modelo de turismo en el Caribe de todo incluido que se convirtió en un símbolo de su internacionalización. Ahora la presencia española se apaga al calor de las nuevas sanciones impuestas por la Administración de Donald Trump desde principios de junio, que apunta a todas las compañías que intercambien bienes y servicios con el Gobierno cubano.

En cuanto a Meliá, la decisión anunciada oficialmente completa el proceso iniciado por el grupo de la familia Escarrer el pasado 3 de junio (cuando registró la retirada inmediata de gestión y uso de marca en 15 establecimientos iniciales) y supone ahora el cese definitivo en todos sus establecimientos en el país, que sufre una grave crisis económica y de suministro energético.

“Esta decisión es consecuencia de las notables dificultades de carácter operativo, legal, económico y financiero que persistentemente han venido y vienen afectando al entorno de ese país, y que imposibilitan de hecho y de derecho una mínima estabilidad operativa en sus actividades”, señala la compañía a través de un comunicado ante el supervisor bursátil español.

La medida adoptada por Meliá abarca la supresión total del uso de sus marcas autorizadas, la actividad receptiva y la cadena de suministro local vinculada a la operativa. Preguntada por más información acerca de esta salida, la cadena hotelera se remite al comunicado enviado a la CNMV.

Meliá siguió los pasos que había dado antes otro gigante balear. “Iberostar Cuba Hotels & Resorts confirma que ya no opera ni comercializa ningún hotel en Cuba. La compañía continúa apoyando a sus equipos durante esta etapa, manteniendo su compromiso con la proyección futura del país”, ha subrayado también este martes el grupo hotelero propiedad de la familia Fluxá.

La retirada de los grupos hoteleros internacionales de Cuba se debe a la frágil situación del país. La isla caribeña sufre la peor crisis humanitaria de su historia por el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos que está asfixiando al país. Los cortes de la corriente eléctrica se suceden prácticamente cada día. La carestía de carburantes, necesarios para el transporte, se suma a que las pocas fábricas que quedan en el país están sumiendo a La Habana en la depresión. Los generadores, muy populares en la isla para el uso cotidiano de empresas y familias, tampoco funcionan. A la falta de combustible se añade la escasez de productos básicos.

La economía cubana está sufriendo una fuerte recesión. Su principal motor, el turismo, se ha consumido conforme aumentaba la presión por parte de Estados Unidos en busca de un cambio de régimen en el país. Los viajes internacionales a la isla, situada a apenas 145 kilómetros de Florida, se han desplomado tras el embargo de petróleo que ha provocado el cierre de los complejos turísticos gestionados por compañías extranjeras y muchas aerolíneas han cancelado vuelos.

El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, de origen cubano, está liderando la escalada . El departamento que dirige publicó este martes un documento en el que acusa a Cuba de “respaldar una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en Estados Unidos”. En un informe titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, defiende que “durante casi siete décadas, el régimen cubano ha llevado a cabo una campaña sostenida de subversión contra Estados Unidos”. Y asegura que el régimen cubano ha logrado “infiltrarse en las más altas esferas del Gobierno estadounidense, reclutar y cultivar a generaciones de activistas norteamericanos, respaldar una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en suelo estadounidense y ejecutar una de las operaciones de penetración de inteligencia extranjera más duraderas y perjudiciales de la historia de Estados Unidos”.

La campaña política de Washington contra Cuba comenzó a principios de año, poco después de la operación militar para capturar a Nicolás Maduro en Caracas. La Administración de Donald Trump esgrime la doctrina Monroe o su actualización, Donroe (un juego de palabras entre Donald, por Trump, y Monroe), por la que defienden que Estados Unidos debe ser la potencia hegemónica de América con el control e influencia de todo el hemisferio occidental.

La ofensiva económica y política contra Cuba se ha reflejado en varias rondas de sanciones aprobadas por el Departamento de Estado y el Tesoro contra las principales empresas y organismos públicos de la isla, así como contra los principales dirigentes del régimen.

El movimiento anunciado este martes da continuidad a otra comunicación remitida al supervisor el 3 de junio de 2026. En dicho anuncio previo, Meliá ya había notificado la cancelación de contratos en un bloque inicial de 15 hoteles —entre los que se encontraban insignias como el Gran Hotel Bristol Habana Vieja, Paradisus Varadero o Sol Varadero Beach— en el marco de una evaluación continuada de riesgos en la región.

El grupo hotelero de la familia Escarrer explica al supervisor bursátil que, en aplicación del principio de prudencia contable, está evaluando el impacto financiero derivado de esta salida global del mercado cubano, incluyendo la eventual revisión del valor en libros de sus activos vinculados a la isla. La compañía detallará la cuantía contable del golpe para su actividad de esta situación durante la presentación de sus resultados semestrales del ejercicio 2026.

Las acciones de la compañía en Bolsa se han mantenido sin grandes variaciones pese a la noticia que afecta a su negocio. En el último mes, los títulos del grupo se han dejado algo más de un 14%.

La filial Ilha Bela ha precisado que seguirá ejecutando los trámites necesarios para garantizar una transición ordenada que minimice el impacto del cese de actividad, al tiempo que implementará protocolos de comunicación transparente con colaboradores, proveedores y clientes.

Un negocio “comprometido”

La cadena española, que llegó a gestionar hasta 34 hoteles en Cuba con cerca de 14.000 habitaciones, era hasta hace poco el principal operador turístico extranjero en la isla. La decisión comunicada por la compañía se produce tras un primer trimestre severamente castigado en la isla por el impacto de las tensiones geopolíticas regionales. Según consta en el informe financiero del primer trimestre del ejercicio, el negocio de Meliá en Cuba se vio “comprometido de forma significativa” como consecuencia de la intervención de Estados Unidos en la zona a comienzos de año.

Esta situación derivó en una dificultad sobrevenida para la obtención de combustible y en la imposición de un estricto bloqueo comercial que golpeó de lleno al sector turístico, provocando incluso la cancelación masiva de conexiones aéreas directas —incluidas las procedentes de Canadá, su principal mercado emisor, por falta de combustible de aviación—.

Como resultado de este complejo entorno, la hotelera se vio obligada a acometer un cierre paulatino de sus establecimientos, llegando a operar a finales de marzo a tan solo el 50% de su capacidad instalada, lo que lastró severamente sus indicadores operativos y anticipó el desenlace anunciado este martes.

Wilder Peréz Varona: El problema es quién gobierna el mercado

21 julio 2026



A pesar del consenso sobre la necesidad de hacer cambios en la economía cubana, las medidas anunciadas el 25 de junio de 2026 han abierto más preguntas que certezas. Llegan en medio de una crisis que combina contracción productiva, colapso energético y éxodo migratorio, agravada por el recrudecimiento del cerco estadounidense. Y bajo estas circunstancias es imposible no preguntarse quiénes podrán acumular riqueza, qué ocurrirá con los trabajadores de los sectores menos rentables, cómo se evitará que privilegios burocráticos muten hacia formas oligárquicas, y qué papel jugará el mercado.

¿Alcanza con leer este paquete como un ajuste técnico para salir de la angustiosa crisis?

Para aportar a este debate converso con el investigador cubano Wilder Pérez Varona, doctor en filosofía, ensayista e investigador cubano, quien ha dedicado tiempo a analizar la recomposición del imaginario político en Cuba, sobre todo en el ecosistema digital. En estos momentos, investigador posdoctoral del CONICET por la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina).

En el diálogo Wilder examina qué relaciones de poder redefine la reforma, qué estructura social empieza a consolidarse detrás del lenguaje del «perfeccionamiento del socialismo» y si es posible sostenerla sin transformar, también, el ordenamiento político que la administra.

Estamos frente al paquete de reformas más abarcador en los últimos 30 años. 

¿Son solo medidas técnico/económicas?

No. El paquete aprobado de 176 medidas tiene un contenido profusamente técnico —tipos de cambio, sociedades por acciones, procedimientos de quiebra—, pero su naturaleza es decididamente política. Estas medidas no solo cambian la economía; cambian quién tendrá poder sobre la riqueza del país durante las próximas décadas.

Es cierto que nacen de una emergencia. Cuba enfrenta una crisis productiva, energética y demográfica a la que es difícil hallar precedentes, agravada por el endurecimiento del asedio estadounidense. Hoy Washington restringe el comercio, intenta impedir el acceso al financiamiento, desalienta la inversión extranjera y obstaculiza el suministro de combustible, mostrando que existe una estrategia deliberada para cerrar cualquier margen de recuperación económica.

Pero reconocer el peso del bloqueo no significa asumir que las reformas son políticamente neutras. Toda reforma económica redistribuye poder. El problema no es únicamente cómo producir más, sino quién decidirá sobre esa riqueza y quién se beneficiará de ella.

El cambio más importante de este paquete no es que exista más mercado, sino que se redefine la relación entre propiedad y poder. Una empresa puede seguir llamándose socialista mientras los trabajadores y la ciudadanía no tengan ninguna capacidad real para decidir sobre ella, con lo cual la propiedad social se vuelve una ficción jurídica.

GAESA es el ejemplo más claro de ese mecanismo. Más allá de las noticias recientes sobre liberación de activos, podría conservar su capacidad de gestión con estas reformas, y convertirla en participación accionaria sobre las mismas empresas que ya dirigía. La propiedad sigue siendo, en el papel, del pueblo; quien decide sobre ella sigue siendo, en los hechos, quien ya decidía antes de la reforma.

Hay consenso en que el modelo de estatismo burocrático agotó sus posibilidades. Cuba necesita empresas más dinámicas, mayor autonomía de gestión y nuevos espacios para la iniciativa económica, pero ¿autonomía para quién y bajo qué controles?

Las medidas proponen fortalecer a las empresas y a los nuevos actores económicos, pero apenas hablan de democratizar las decisiones sobre la riqueza que producen. Estamos descentralizando empresas, pero no necesariamente poder.

Eso también modifica la lógica del proyecto socialista. Durante décadas, con muchas contradicciones, la igualdad fue el punto de partida del modelo. Como afirmó el propio Díaz-Canel, hoy la secuencia parece invertirse: primero acumular, después redistribuir. El crecimiento deja de estar subordinado a la justicia social; la justicia social pasa a depender del crecimiento.

Esto es un cambio de filosofía económica. El mercado puede ser un instrumento útil para desarrollar una economía socialista. Lo que no puede hacer es sustituir la política. Si las nuevas oportunidades de acumulación no van acompañadas de transparencia, regulación democrática y control social, el riesgo es que terminemos sustituyendo una burocracia poco eficiente por una nueva élite económica estrechamente vinculada al poder estatal. El Programa Nacional de Valoración de Activos, sin un sistema judicial independiente ni transparencia sobre quién compra qué, puede convertir a gerentes y cuadros militares en accionistas legales de las mismas empresas que hoy administran a nombre del Estado. Esto es, con matices, lo que ocurrió en buena parte de la transición postsoviética.

Por eso el debate no debería reducirse a Estado o mercado. La discusión de fondo es si estas reformas ampliarán la socialización del poder económico o si abrirán el camino a una nueva estructura de privilegios.

¿Qué impactos se avizoran a la estructura socioclasista que se viene configurando en los últimos años?

Estas reformas, en caso de implementarse, cambiarán toda la sociedad. Y, sobre todo, cambiarán las relaciones de clase.

Durante décadas, el socialismo cubano consiguió construir una sociedad mucho más igualitaria que la existente antes de 1959. Esa igualdad relativa comenzó a erosionarse desde los años noventa con las remesas, el turismo y la expansión del sector privado. Lo nuevo es que ahora la diferenciación social deja de ser una consecuencia de la crisis para convertirse en un componente estable del modelo.

Habrá más empresarios, empresas más grandes y mayor concentración de riqueza. Claro que toda economía necesita actores capaces de invertir, innovar y asumir riesgos. La cuestión es quiénes serán esos empresarios, si emergen del trabajo productivo y de la innovación, o bien de la conversión de privilegios burocráticos en propiedad privada. Ese riesgo existe porque la frontera entre administrar recursos públicos y apropiarse de las oportunidades que genera la reforma puede volverse cada vez más difusa. La eliminación del tope de cien trabajadores para las mipymes y la posibilidad de que una misma persona sea titular de varias empresas sientan las bases para una acumulación de capital. La conversión de empresas estatales en sociedades por acciones, con particulares comprando participaciones, es el mecanismo concreto de esa concentración. Todavía no sabemos si esas acciones las comprará el emprendedor que arriesgó capital propio o el directivo que ya administraba la empresa antes de que se convirtiera en sociedad.

Al mismo tiempo, también cambiará el mundo del trabajo. El universo, hasta hace algunos años relativamente homogéneo, del empleo estatal dará paso a trabajadores con condiciones muy distintas según el sector, el acceso a divisas, las remesas o el vínculo con empresas privadas y extranjeras. El llamado «muro de la divisa» puede consolidarse, esta vez por diseño, como la principal línea de fractura de la sociedad cubana.

Esa desigualdad tendrá además color, territorio y apellido, porque quienes dispongan de capital inicial, familiares en el exterior o mejores redes económicas partirán con ventajas evidentes frente a quienes dependan exclusivamente de un salario en pesos. En el territorio se ve con mayor crudeza, ya que descentralizar hacia municipios sin base industrial ni atractivo turístico distribuirá más déficit que autonomía. Las diferencias sociales tenderán a reproducirse de generación en generación si el Estado renuncia a intervenir sobre ellas.

Otro cambio igual de importante es el tránsito de políticas universales hacia subsidios focalizados, tantas veces anunciada, que modifica la relación entre ciudadanía y Estado. Ahora se propone una plataforma que clasifica a las personas como «vulnerables» para decidir quién recibe ayuda y quién no. Los trabajadores de las empresas rentables se integrarán, de algún modo, al nuevo circuito de la economía; los de las llamadas empresas «zombis» quedarán expuestos a la quiebra o la liquidación. La igualdad deja de entenderse como un derecho y la «vulnerabilidad» —es decir, la pobreza— pasa a administrarse como una condición permanente. El riesgo es que el Estado deje de prevenir la desigualdad para limitarse a gestionar sus consecuencias.

El problema no es solo cuánto crecerá la desigualdad, sino qué tipo de poder producirá. Como es sabido, cuando la riqueza se concentra, también tiende a concentrarse la capacidad de influir sobre las decisiones públicas.

Por eso no basta con preguntarse si se consolidará una nueva burguesía. La pregunta decisiva es si Cuba contará con instituciones suficientemente democráticas para impedir que el poder económico termine capturando también el poder político. Las reformas redistribuyen mucho más que ingresos; redistribuyen poder. Y será esa nueva distribución del poder, más que las propias medidas económicas, la que terminará definiendo la Cuba que viene.

¿Por qué dices que modelo propuesto hace suponer la desigualdad como parte de su estructura y condición para su funcionamiento?

No es porque el Gobierno haya decidido que la desigualdad sea un objetivo, sino porque el nuevo modelo termina convirtiéndola en una condición para dinamizar la economía.

Ese es, probablemente, el cambio más profundo que introducen estas reformas y que, digan lo que digan, se aparta de los documentos rectores aprobados anteriormente.

Se puede seguir, medida por medida, cómo la inversión de la lógica que organizaba la producción según principios de distribución igualitaria queda incorporada al diseño técnico. La fijación salarial, ahora descentralizada y supeditada a la «capacidad económico-financiera» de cada empresa, condena a los trabajadores de los sectores menos rentables a la precariedad mientras habilita salarios liberados en el sector dinámico. Los procedimientos de quiebra, con indemnizaciones de apenas tres a seis meses, convierten la inseguridad laboral en un mecanismo más de disciplina de mercado, incluso dentro del propio sector estatal. Y la dolarización parcial estratifica el consumo hasta en servicios que antes eran gratuitos, se cobra a quien tiene, y se sostiene apenas una protección precaria para el resto. Estos mecanismos son piezas de un mismo diseño que necesita la desigualdad para funcionar, porque es ella la que genera el incentivo de mercado que el Estado ya no puede generar por sí mismo.

Ahora bien, el riesgo de que la riqueza provenga del acceso privilegiado a información, a relaciones políticas o al control de recursos públicos existe en Cuba porque la reforma amplía las oportunidades de acumulación sin proponer mecanismos de transparencia y control social. Esta apertura puede terminar consolidando una oligarquía nacida desde el propio Estado. Y ese riesgo, una vez materializado, es muy difícil de revertir, en cuanto esa nueva burguesía consolida activos —vía el Programa Nacional de Valoración de Activos, vía la compra de acciones—, deshacer esa concentración exige un costo político que ningún actor con poder de veto va a estar dispuesto a asumir. La desigualdad, dicho de otro modo, no se disuelve con el crecimiento, tiende a fijarse.

Por eso me preocupa que el debate se reduzca a cuánto crecerá el PIB o cuánta inversión llegará al país. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, perder cohesión social. Puede aumentar la productividad y reducir la capacidad de la sociedad para controlar democráticamente la riqueza que produce.

La cuestión decisiva no es cuánto mercado admite una economía, sino quién gobierna ese mercado. Si la riqueza termina concentrando también el poder político, el problema ya no será únicamente la desigualdad; será la formación de un nuevo bloque dominante.

Si dentro de diez años Cuba es un país más próspero, pero también más oligárquico, habremos cambiado el modelo económico sin resolver el problema histórico de nuestro maltrecho socialismo.

¿Serán viables estas reformas económicas sin ajustes al ordenamiento político?

Tengo muchas dudas. No porque toda reforma económica exija automáticamente un cambio del sistema político, sino porque ninguna transformación de esta magnitud puede sostenerse sin democratizar el ejercicio del poder. Y cuando hablo de democratización me refiero a quién controla las decisiones económicas fundamentales y mediante qué instituciones la sociedad puede supervisarlas.

Las reformas proyectan enormes cuotas de poder hacia empresas, bancos, inversionistas y nuevos actores privados. Eso puede ser necesario para reactivar la economía. Lo que resulta difícil de comprender es por qué esa descentralización no viene acompañada de una ampliación equivalente del control ciudadano.

Estamos creando empresas más autónomas, pero no necesariamente más democráticas.

Ese ha sido, precisamente, uno de los grandes problemas del socialismo cubano. Durante demasiado tiempo confundimos propiedad estatal con propiedad social. Pero una empresa no pertenece realmente a la sociedad porque aparezca así en un documento. Pertenece a la sociedad cuando quienes producen su riqueza y quienes dependen de ella pueden conocer cómo funciona, participar en sus decisiones y exigir cuentas a quienes la administran.

La democratización económica no es un lujo para tiempos mejores; es una condición para que la reforma siga siendo socialista. Eso supone, más que hacer eficientes las empresas, transparencia sobre el uso de los recursos públicos, rendición de cuentas, instituciones capaces de prevenir conflictos de interés y espacios reales donde trabajadores y ciudadanos puedan intervenir en las grandes decisiones económicas. De lo contrario, la autonomía empresarial puede convertirse simplemente en autonomía frente a la sociedad.

Hay otro aspecto igualmente importante. Si las reformas crean nuevos empresarios, nuevas relaciones laborales y nuevas formas de propiedad, también deberían fortalecer la capacidad de organización de los trabajadores. Un país que transforma profundamente su economía sin ampliar la participación del trabajo corre el riesgo de desequilibrar aún más la relación entre capital y sociedad.

Todo esto resulta todavía más importante bajo las condiciones excepcionales que impone el bloqueo estadounidense. Precisamente porque Cuba enfrenta una presión externa extraordinaria necesita fortalecer su cohesión interna. La Sherritt, después de más de tres décadas operando en Moa, se retiró por sanciones que amenazaron cortarle el acceso al sistema bancario internacional, y terminó en una venta forzada, en condiciones de liquidación, a un fondo vinculado a un exasesor de la administración Trump. Conviene no perder de vista que, si bien Cuba necesita divisas para que la banca privada y el mercado cambiario funcionen, quien controla ese flujo de capital condiciona cualquier alivio a una transformación política que el Gobierno ha declarado fuera de la mesa. Solo en el discurso se puede desacoplar al mercado del sistema.

Pero esa cohesión interna, que solía descansar en la legitimidad histórica de nuestro proyecto social, necesita construirse ahora sobre nuevas formas de participación, transparencia y confianza pública, porque el margen para el error se ha vuelto muy estrecho. Si al desmontar los subsidios universales no existe un Fondo de Protección Social ya capitalizado y operativo, la brecha entre el ajuste y la ayuda directa puede alimentar el mismo malestar social que estalló en julio de 2021.

Las reformas solo tendrán estabilidad si la mayoría siente que participa de sus beneficios, pero también de sus decisiones.

Otra vez, el desafío consiste en impedir que la modernización de la economía desemboque en una nueva concentración del poder, ahora bajo formas de mercado. Si el horizonte sigue siendo el socialismo —virtualmente ausente de las medidas anunciadas—, entonces la democratización política y económica no puede llegar después de la reforma. Tiene que ser parte de la reforma desde el primer día.

¿Qué modelos, fórmulas o concepciones consideras debieron ser tenidas en cuenta?

Creo que la discusión ha estado mal planteada desde el principio. Se nos ha hecho creer que solo existen dos caminos, o conservar un estatismo burocrático fracasado o avanzar hacia una economía cada vez más gobernada por el mercado. Pero el problema nunca ha sido elegir entre Estado y mercado; es decidir quién ejerce el poder sobre la economía.

Si algo ha demostrado la experiencia cubana es que la propiedad estatal, por sí sola, no garantiza el socialismo. Una empresa puede ser formalmente pública y funcionar de espaldas a la sociedad. Del mismo modo, admitir espacios de mercado no implica necesariamente abandonar un horizonte socialista. Lo decisivo es si la riqueza es sometida al control democrático o termina convirtiéndose en patrimonio de una minoría, sea burocrática o privada.

Por ejemplo, si las empresas estatales van a ganar autonomía, también deberían ganar participación de los trabajadores y mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Si el sector privado va a crecer, el Estado debe impedir que el éxito económico se convierta en poder político mediante impuestos progresivos, regulaciones antimonopólicas y reglas estrictas contra los conflictos de interés. Si la inversión extranjera será más importante, la sociedad tiene derecho a conocer cuáles son las prioridades nacionales que esa inversión debe servir.

En otras palabras, sin contrapesos democráticos, el mercado deja de ser un instrumento para desarrollar el país y se convierte en un mecanismo para concentrar riqueza e influencia.

También habría apostado mucho más por las formas de propiedad verdaderamente sociales, como cooperativas, empresas cogestionadas por sus trabajadores, iniciativas de desarrollo local y espacios donde las comunidades participen en las decisiones sobre la riqueza que producen. Pienso, en concreto, en redes de bancos cooperativos y fondos municipales de desarrollo, gestionados localmente, capaces de captar remesas y reinvertirlas en la propia comunidad en lugar de canalizarlas hacia la acumulación privada de unos pocos actores. No porque estas experiencias vayan a sustituir al Estado o al mercado, sino porque distribuyen poder. Y, al final, de eso trata el socialismo, de impedir que el poder económico quede concentrado en pocas manos.

Hay además una lección que Cuba no debería perder de vista. Todas las transiciones económicas producen nuevas clases sociales. Aunque esto no pueda evitarse, sí se debería impedir que una nueva élite económica capture gradualmente al Estado. Ese riesgo es aún mayor en un país donde una parte importante de la economía ha estado históricamente administrada por estructuras estatales y empresariales muy concentradas. La transparencia, el control de las instituciones de gobierno a todos los niveles, la prensa pública y la participación ciudadana se vuelven entonces mecanismos para proteger el carácter público de la riqueza nacional.

Por supuesto, ninguna de estas discusiones puede hacerse ignorando el bloqueo estadounidense. Cuba necesita crecer bajo condiciones extraordinariamente adversas y tiene derecho a buscar los instrumentos económicos que le permitan sobrevivir. Pero precisamente porque enfrenta esa presión externa, es aún más importante preservar aquello que históricamente distinguió al proyecto socialista, la idea de que el desarrollo debía estar al servicio de la mayoría y no de una nueva minoría privilegiada.

En definitiva, creo que el verdadero debate no es si Cuba debe parecerse más a China, a Vietnam o a cualquier otro modelo. Cómo construir una economía capaz de generar riqueza sin renunciar a democratizar el poder sigue siendo, a mi juicio, la tarea pendiente.

Porque el futuro del socialismo cubano no dependerá únicamente de cuánto crezca la economía. Dependerá de si quienes producen la riqueza participan también en las decisiones sobre su destino. Si las reformas solo modernizan los mecanismos de acumulación, pero dejan intactas o incluso profundizan las relaciones de poder existentes, habrán cambiado la economía sin transformar aquello que, desde una perspectiva socialista, realmente importa: quién gobierna la riqueza colectiva y en nombre de quién se gobierna.

J.D. Vance, Epstein, la CIA y el Mossad



Para que Estados Unios pueda salir de la trampa de Ormuz, debe escapar de las garras de Israel


Por Enrico Tomaselli, Arianna Editrice

Está causando un gran revuelo la entrevista concedida por el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, al podcast de Joe Rogan, en la que lanzó una serie de duras acusaciones contra Israel. No hay nada nuevo en lo que ha dicho, pero la novedad radica más bien en el hecho de que sea él quien diga estas cosas.

Afirmó que Epstein estaba en contacto con los altos mandos de la CIA y del Mossad, que Israel ha orquestado una campaña para sabotear las negociaciones entre EEUU e Irán, y precisó que «algunos miembros» del Gobierno israelí actúan en ese sentido, porque su objetivo es continuar la campaña militar (…) no con un objetivo específico, sino simplemente de forma indefinida».

Son cosas que se llevan diciendo desde hace tiempo en Estados Unidos, por ejemplo por parte de Tucker Carlson, pero que, al salir de la boca del número dos de la Casa Blanca, cobran un peso muy diferente. Por el momento, no hay comentarios, ni por parte de Israel ni de la propia Casa Blanca. Y será interesante ver si deciden decir algo, cuándo y qué. Pero, ¿cómo se puede interpretar esta singular declaración de Vance?

En los últimos días, se había conocido la noticia de que la delegación negociadora iraní había hecho llegar precisamente a Vance, a través de un intermediario, un mensaje en el que se denunciaban los numerosos sabotajes llevados a cabo por el dúo Witkoff-Kushner, hombres de confianza de Trump, acusados de ser mentirosos, incompetentes y aprovechados. Ambos son sionistas, y el yerno del presidente —Jared Kushner— está muy vinculado a Netanyahu.

El hecho de que los negociadores iraníes hayan considerado oportuno enviar este mensaje y hayan identificado a Vance como el destinatario adecuado merece, a su vez, una reflexión. Durante las negociaciones en Pakistán, de hecho, el vicepresidente se mostró totalmente incapaz de gestionar la situación y sometido a un estricto control precisamente por parte de los dos enviados de Trump. Araghchi y Qalibaf, evidentemente, debieron de percibir cierto malestar en Vance y consideraron oportuno aprovecharlo, subrayando —y documentando— el papel nefasto de ambos.

Además, sabemos que Vance siempre se ha mostrado, como mínimo, escéptico respecto a la agresión contra Irán, aunque luego se viera obligado a alinearse con las posiciones oficiales.

Todo ello podría llevar a pensar que, al final, ha encontrado el valor para salir a la luz, para desahogarse y, sobre todo, para distanciarse del trumpismo, quizá con vistas a la carrera por la sucesión. Pero, francamente, esta hipótesis no resulta muy convincente. En primer lugar, este hombre no destaca precisamente por su valentía ni por su espíritu de iniciativa. Y su principal patrocinador —Peter Thiel, de Palantir— no está precisamente interesado en ponerse en contra del Gobierno de Estados Unidos.

Por lo tanto, si descartamos la hipótesis de una iniciativa personal, que lo expondría a la hostilidad de los lobbies sionistas estadounidenses, debemos concluir que está actuando por encargo. ¿Y de quién, si no es del presidente?

Trump se encuentra entre la espada y la pared, tanto por sus históricos y estrechos vínculos con Netanyahu como por su dependencia del apoyo de los citados lobbies (la super sionista Miriam Adelson se encuentra entre sus principales donantes). Se ve, por tanto, atado a este bloque de poder interno-externo, independientemente de si puede ser chantajeado o no por sus conexiones con Epstein.

Pero, al mismo tiempo, es consciente de que, en esta fase, los intereses estratégicos estadounidenses y los israelíes coinciden muy poco, y probablemente también de que lo están manipulando —algo que, a una persona egocéntrica y narcisista, desde luego no le hace ninguna gracia—.

Por lo tanto, es posible que la salida de Vance sirva para poner en aprietos al bloque sionista, con el fin de que la Casa Blanca pueda recuperar una mayor libertad de acción. Al fin y al cabo, Trump —que tiene olfato para estas cosas— sabe bien que la popularidad de Israel en EEUU está por los suelos y que, por lo tanto, un ataque frontal de este tipo, aunque sea llevado a cabo con guantes de terciopelo, obligará a Netanyahu y a sus grupos de presión a ponerse a la defensiva.

Para salir de la trampa de Ormuz, debe escapar de las garras de Israel.