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domingo, 1 de marzo de 2026

La “guerra de 4 años” de Estados Unidos/Israel contra Irán: Trump exige capitulación/cambio de régimen y arriesga su presidencia

1 marzo, 2026

Por Alfredo Jalife-Rahme




En medio de las falsas “negociaciones” de Estados Unidos e Irán (https://bit.ly/4l13ikw), Estados Unidos e Israel asestan un doble golpe simultáneo contra Irán para decapitar al régimen persa al estilo de su “exitosa” aniquilación del liderazgo de Hezbolá en Líbano, sumado del “síndrome Maduro” en Venezuela.

¿Fueron distractores la guerra fronteriza de Pakistán contra Afganistán y las “negociaciones” de Irán y Estados Unidos?

El desarrollador inmobiliario jázaro (Khazar; https://bit.ly/3QqemJr) Steve Witkoff, doble negociador tanto con Rusia como con Irán, adujo en una entrevista que el presidente Trump estaba asombrado que el régimen iraní no haya capitulado después del impresionante despliegue militar (https://bit.ly/46y8err).

La hoy “guerra regional” en el Medio Oriente para el diseño de su nueva configuración geopolítica –ya sea por el carcomido irredentismo del “Gran Israel” (https://bit.ly/4rGxKTA), la Pax Judaica, sea por la asombrosa resiliencia de Irán que podría implementar la Pax Persica– rememora la Guerra del Peloponeso, según Tucídides, en el siglo V aC que duró “casi 30 años”, en cuya fase final la “intervención persa (¡megasic!)” otorgó el triunfo a Esparta (sic).

Mucho del discurso ateniense se parece a la filípica de Trump contra Irán, cuando Atenas conminó a los melios a rendirse perentoriamente a la “Liga de Delos (el Imperio Ateniense)”, debido a su intrínseca debilidad frente al poder naval crudo y rudo: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben” (Tucídides dixit).

Irán hasta ahora no se rindió ante el “Imperio Epstein” (https://bit.ly/4aYFUQo) cuando Trump exige el “cambio de régimen” con el fin de “obliterar las industrias de misiles iraníes” (https://bit.ly/4rGz7BI), por lo que les aconseja la “capitulación” al estilo melio.

La guerra de Trump/Netanyahu contra Irán no ha cesado desde que Trump 1.0 decapitó al icónico Qasem Soleimani, comandante de la “Fuerza Quds”, quien estaba a cargo del eje periférico de la resistencia de Irán –Hezbolá en Líbano, el depuesto Bashar Al Assad en Siria, Hamas en Gaza y Ansarala en Yemen–, y luego Trump 2.0 libró otra guerra, en la que supuestamente “destruyó” las plantas nucleares de Irán (Natanz, Fordow e Isfahán), al unísono de la “guerra de los 12 días” de Israel que concluyó en empate.

Ahora cunde la desinformación, que forma parte de la guerra, cuando los clamores de Trump, para castigar a Irán sobre el alcance hasta Estados Unidos de los misiles persas, carecen de evidencia (https://bit.ly/4smjH5U).

Vale la pena exponer la reacción del ex presidente ruso Dmitry Medvedev: “El pacificador volvió a mostrar su rostro… Todas las negociaciones con Irán son una operación encubierta… Nadie lo dudaba… Nadie quería realmente negociar nada… La pregunta es quién tiene más paciencia para esperar el final nada glorioso de su enemigo… Estados Unidos sólo tiene 249 años… El Imperio Persa se fundó hace más de 2 mil 500 años… Veamos qué pasa dentro de 100 (sic) años” (https://bit.ly/4qZ4Ywj).

Mas allá del clásico infanticidio del genocida Israel que asesinó a 160 niñas (¡megasic!) en una primaria en la ciudad costera de Minab (https://bit.ly/4rHHDAu y https://bit.ly/4u2HUj7), las represalias de Irán han golpeado instalaciones e intereses de Estados Unidos /Israel en cinco de las seis petromonarquías del Golfo Pérsico (con excepción de Omán), sumadas a Jordania, lo cual subsume una “guerra regional”, mientras el gran mendaz Netanyahu festeja que el ayatollah Jamenei fue aniquilado (https://bit.ly/3N0Gq8e).

El muy solvente Scott Ritter (https://bit.ly/3MDJs2m) acaba de sentenciar la “derrota de Estados Unidos e Israel” que tendrá consecuencias en todo el Medio Oriente cuando Estados Unidos no puede sostener una guerra mayor de cinco días por su depleción de municiones.

Irán cerró el estrecho de Ormuz, lo cual disparará el precio de los hidrocarburos y tendrá severos efectos en Estados Unidos y en “Occidente”.

Trump apostó muy alto al elevar su puja al “cambio de régimen” en Irán (https://bit.ly/4l77lMA) que, en caso de resistir, podría revertir el “cambio de régimen” en Israel y en Estados Unidos.


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La mano visible de Adam Smith: por qué sus ideas siguen siendo influyentes


El pensador escocés, considerado por muchos como “el padre del capitalismo”, publicó hace 250 años ‘La riqueza de las naciones’, su obra magna. En ella acuñó la metáfora de la mano invisible, que no se refiere a un orden mágico, sino a un mercado con un marco institucional que propicia el crecimiento. Sus ideas influyeron decisivamente en el pensamiento liberal, especialmente por su confianza en la libertad del individuo y por su recelo hacia el intervencionismo del Estado.




El título completo del libro que Adam Smith publicó en 1776 fue: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Considerando que no fue el primer texto de economía, ni de liberalismo, y que no estuvo exento de errores, ¿por qué atrajo, y aún atrae, tanta atención?

Sospecho que la respuesta está en su título. Parece que Smith (1723-1790), efectivamente, explicó bien la naturaleza y las causas del crecimiento económico, y lo hizo desde una perspectiva moderna, institucional y multidisciplinar, porque Smith era un pensador con amplias miras más allá de la economía; y con un matizado liberalismo que hizo que su análisis fuera convincente y aplicable tanto en su tiempo como en el nuestro.

Las primeras palabras del libro son: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente” (La riqueza de las naciones, Alianza; todas las citas corresponden a esta edición).

Este comienzo ya traza una línea divisoria con la falacia que basa la prosperidad en los recursos naturales o los metales preciosos. A Smith no le asombraría saber que el petróleo ayudó a enriquecer a los noruegos, pero no a los venezolanos.

Precisará la modernidad de su análisis, separando la riqueza de una nación de la del Estado, porque para él la riqueza que cuenta es la del pueblo: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”.

Pero si el trabajo es la causa de la riqueza ¿por qué no hubo riqueza desde Adán?

Economía, incentivos e instituciones

Smith explica el aumento de la riqueza por la productividad del trabajo, y en concreto por su división, que no puede fructificar hasta que crezca el tamaño del mercado. Por eso cuando selecciona los dos acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad no se le ocurren inventos sino dos extensiones del mercado: el descubrimiento de América y el paso hacia Oriente por el cabo de Buena Esperanza.

La riqueza se crea mediante la producción y el comercio, y no existe la suma cero, otra venerable falacia, según la cual lo que ganan unos lo pierden otros. Todos pueden ganar, y todos cuentan con un poderoso incentivo, una regularidad de la naturaleza humana que Smith subraya en varias ocasiones: el deseo de mejorar nuestra condición, “que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”.


El interior del Royal Exchange, la antigua bolsa de comercio de Londres, en 1788.HERITAGE IMAGES / GETTY IMAGES

Todos queremos mejorar, y lo logramos relacionándonos con los demás. Smith no postula el individualismo, porque no hay prosperidad sin intercambios voluntarios en provecho mutuo. Y su mensaje también es contrario al egoísmo, porque los egoístas atienden al propio interés a expensas del ajeno. El mercado es lo contrario, donde la gente satisface su propio interés a la vez que el ajeno.

No basta, sin embargo, con ciudadanos productivos y deseosos de progresar, sino que es imprescindible un marco institucional propicio. Eso ha hecho que la visión multidisciplinar smithiana del crecimiento haya tenido impacto en los teóricos del desarrollo. La economía necesita paz, y por eso “la defensa es mucho más importante que la opulencia”; y también seguridad jurídica: “El comercio y la industria rara vez florecen durante mucho tiempo en un Estado que no disfruta de una administración regular de la justicia, donde el pueblo no se siente seguro en la posesión de sus propiedades, donde el cumplimiento de los contratos no está amparado por la ley”.

Estado y libertad

De lo dicho hasta aquí se desprende que Smith pondera el papel del Estado. ¿En qué medida? Él mismo aclara que en un sistema liberal el soberano ha de cumplir con tres deberes: la defensa, la justicia, y “edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás será del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos el edificar y mantener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o un reducido número de personas, aunque frecuentemente lo reponen con creces para una gran sociedad”.

Se comprende fácilmente que el tercer deber puede justificar un indefinido intervencionismo. Y, de hecho, el escocés recomienda medidas antiliberales en diversos campos, desde la educación y la protección de bandera en la navegación hasta la regulación de la banca, entre otras —la cuestión ha sido intensamente debatida—.

Su propia desconfianza práctica en el mercado, empero, da pistas sobre su posición liberal. En efecto, Smith defiende el capitalismo, pero no a los capitalistas, a los que acusa abiertamente: “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”. Pero este recelo no lo lleva a inclinarse en favor del político o estadista —“animal insidioso y astuto”—, sino de los más vulnerables, como son típicamente los consumidores: “El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. No le impresionarían, por tanto, las manifestaciones nacionalistas ruidosas de los empresarios que reclaman protección para sus “sectores estratégicos” y la “soberanía” variopinta, haciendo pagar más a la gente.

Tampoco aceptaba la habitual arrogancia de los poderosos a la hora de interferir en la propiedad de sus súbditos: “Resulta por ello una grandísima impertinencia y presunción de reyes y ministros pretender vigilar la economía privada de los ciudadanos, y restringir sus gastos… Ellos son, siempre y sin ninguna excepción, los máximos dilapidadores de la sociedad. Que vigilen ellos sus gastos, y dejen confiadamente que los ciudadanos privados cuiden de los suyos. Si su propio despilfarro no arruina al Estado, el de sus súbditos jamás lo hará”.

El camino hacia la riqueza, por tanto, descansa más en los ciudadanos que en las autoridades: “Toda persona, en tanto no viole las leyes de la justicia, queda en perfecta libertad para perseguir su propio interés a su manera y para conducir su trabajo y su capital hacia la competencia con toda otra persona o clase de personas. El soberano queda absolutamente exento de un deber tal que al intentar cumplirlo se expondría a innumerables confusiones y para cuyo correcto cumplimiento ninguna sabiduría o conocimiento humano podrá jamás ser suficiente: el deber de vigilar la actividad de los individuos y dirigirla hacia las labores que más convienen al interés de la sociedad”.

Realista mano invisible

La metáfora más famosa de la economía, la mano invisible, ha sido confundida con la competencia perfecta, que nunca estuvo en la mente de Smith —“si ninguna nación pudiese desarrollarse salvo con el disfrute de una libertad y una justicia perfectas, entonces en el mundo ninguna nación podría haberse desarrollado jamás”—


 

Primera edición de ‘La riqueza de las naciones’ de Adam Smith, publicada en 1776.GRANGER ( ALBUM )

La sociedad es un orden complejo, de tal manera que conviene dejar en paz al ser humano, que “al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”. Criticó Smith la desigualdad en la riqueza, pero subrayó la responsabilidad “de la política de Europa, que en ninguna parte deja que las cosas se desenvuelvan con completa libertad”.

Adam Smith cometió errores, como en su defectuosa teoría del valor objetiva o en su pronóstico del poco futuro de las sociedades anónimas. Pero acertó en su teoría fundamental, a saber, que la riqueza de las naciones depende del esfuerzo de cada uno de nosotros para salir adelante —en un contexto pacífico, justo y con una fiscalidad moderada—, y en la idea de que a menudo lo logramos a pesar del Gobierno.

Con prudencia y realismo previno contra la utopía y advirtió sobre la dificultad de las reformas liberalizadoras, porque las regulaciones intervencionistas “no solo introducen desórdenes muy peligrosos en el estado del cuerpo político, sino que son desórdenes con frecuencia difíciles de remediar sin ocasionar, al menos durante un tiempo, desórdenes todavía mayores”.

Reivindicación y legado

Adam Smith es reivindicado por economistas actuales, lo que resulta notable considerando cómo han cambiado tanto la economía real como la teoría económica.

Su visión institucional y multidisciplinar ha sido saludada por destacados académicos. Hablando solo de nuestro tiempo, y limitándonos a los premios Nobel de Economía, han estudiado a Smith y apreciado su pensamiento figuras como Friedrich Hayek, George Stigler, Amartya Sen, Ronald Coase, James M. Buchanan, Vernon Smith y Douglass North. Esta lista no pretende ser exhaustiva, sino solo ilustrativa del impacto científico que han tenido el profesor escocés y su magnum opus oeconomicum.

En cuanto a su legado doctrinal y político, Smith tiene, a causa de su matizado liberalismo, críticos entre los economistas más intervencionistas y también entre las huestes liberales, en particular en la Escuela Austriaca de Economía —pero no toda ella: Hayek lo alaba—.

Por fin, cabe detectar un legado smithiano en la política y la opinión pública. Se extiende el aprecio por el comercio y el mercado, y cunde una reacción política y popular en contra de las intromisiones de las autoridades y su onerosa fiscalidad.

Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) es catedrático jubilado de Historia del Pensamiento Económico y miembro del Real Colegio Libre de Eméritos. Es traductor de La riqueza de las naciones y de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith.

Las metas del MINEM para 2030 se necesitan actualizar y que sean realistas.

 

Por Humberto Herrera Carlés

En la situación complicada que tenemos a lo interno y externo, es hora  de que se ajusten en el mas breve plazo las metas hasta el 2030 de nuestro país. 

En particular en relación a la generación de energía eléctrica, estas son las metas.( seis primeras)

Metas hasta el 2030

- Alcanzar un 24 % de generación de electricidad utilizando fuentes renovables de energía.

- Instalar 755 MW de biomasa cañera y forestal, a partir de la construcción de 19 bioeléctricas.

- Instalar 633 MW en 13 parques eólicos.

- Instalar 700 MWp en parques solares fotovoltaicos.

- Instalar 56 MW a partir de la construcción de 74 pequeñas centrales hidroeléctricas.

- Instalar 800 MW de generación térmica.

- Generalización de la venta liberada de GLP al 100 % de las cabeceras provinciales y municipales.

- Incrementar los recursos y reservas de materias primas minerales que demanda el sector productivo y su utilización eficiente.

- Incrementar el conocimiento geológico del territorio nacional.

- Crear el Consejo Nacional de Geología.

- Incrementar la producción de níquel más cobalto con la ejecución de nuevos proyectos: Cajalbana en Pinar del Río, San Felipe en Camagüey, Colas negras y rojas de Moa y Nicaro y gestión y transportación de mineral del Pinares de Mayarí hacia Moa.