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jueves, 15 de enero de 2026

La doctrina Donroe en acción



La interferencia en los asuntos de otros países no salvó a Estados Unidos de la guerra civil


Leonid Savin, Fondsk

En enero de 2025, el periódico New York Post publicó un artículo con el provocativo título «La doctrina Donroe. La visión de Trump para el hemisferio», en el que se analizaban las declaraciones audaces y grandilocuentes del recién elegido presidente, que accedía por segunda vez a la Casa Blanca. En ese momento, predijo que Canadá se convertiría en un nuevo estado de los Estados Unidos, que Groenlandia también pasaría a formar parte de América, que el Golfo de México pasaría a llamarse Golfo de América y que el Canal de Panamá pasaría a ser propiedad de Washington. El término no se difundió ampliamente en ese momento, y solo en diciembre del año pasado, tras los ataques militares contra lanchas motoras en el Golfo del Caribe, se dio a conocer en los medios de comunicación estadounidenses. Finalmente, el propio Trump lo mencionó inmediatamente después del ataque militar contra Venezuela.

Esta mezcla de la doctrina Monroe, que ya tiene más de doscientos años, y la nueva llamada corolaria de Trump (anteriormente, a la doctrina Monroe se le había añadido la corolaria de Roosevelt) ahora es utilizada activamente por analistas políticos de todo el mundo. Si Panamá aceptó rápidamente todas las concesiones posibles de Estados Unidos y no fue necesaria una intervención militar en este país centroamericano (de manera similar, la República Dominicana y Trinidad y Tobago anunciaron su disposición a apoyar la nueva estrategia de Estados Unidos), las recientes amenazas de anexionar Groenlandia, así como de lanzar ataques contra el territorio de México y organizar un golpe de Estado en Cuba, demuestran que la visión específica de Trump sobre la política mundial sigue vigente.



Mientras tanto, a pesar de los intereses declarados de Estados Unidos en el hemisferio occidental, Washington sigue actuando activamente en la Isla Mundial, como llamaba a Eurasia y África uno de los fundadores de la geopolítica anglosajona, Halford Mackinder. Y claramente no tienen intención de reducir su presencia allí, aunque el propio Trump prometió retirar las tropas estadounidenses de varias regiones. La guerra proxy de la OTAN contra Rusia en Ucrania, los ataques contra Irán junto con Israel en 2025 y los posibles nuevos ataques, la reactivación de las operaciones militares en los países de África y Oriente Medio son los principales elementos visibles de la política de fuerza de Estados Unidos fuera del hemisferio occidental.

La doctrina Monroe no surgió de la nada. En vísperas (1814-1815) se celebró el Congreso de Viena, donde se sentaron las bases de la política internacional clásica y las relaciones diplomáticas. El concierto de potencias, formado por cinco superpotencias (término que también apareció en esa época), logró gestionar durante varias décadas la seguridad colectiva y suavizar las disputas territoriales. Es evidente que la doctrina Monroe surgió de los temores de los políticos estadounidenses de que la nueva configuración pudiera suponer una amenaza para sus intereses, por lo que América Latina fue declarada patio trasero de Washington.

Algo similar está ocurriendo ahora. La destrucción de la hegemonía unipolar de Estados Unidos y el gran número de Estados que han optado por un orden mundial multipolar han puesto a Washington ante un dilema: cambiar su política exterior o seguir la tendencia general. Bajo el lema «MAGA», Trump y los círculos oligárquicos que lo respaldan, desde las grandes empresas de TI y petroleras hasta los contratistas militares, decidieron ir a por todas. Venezuela se convirtió en el objetivo por varias razones. Además de las reservas de petróleo y el fortalecimiento del petrodólar, el país cuenta con grandes yacimientos de otros recursos minerales y metales preciosos, sobre los que Estados Unidos querría obtener el control. La revolución tecnológica y el desarrollo industrial, incluido el complejo militar-industrial, son imposibles sin acceso a estos recursos estratégicos.

En sentido ideológico, Caracas fue durante muchos años un bastión de la multipolaridad y construyó, según Hugo Chávez, un eje del bien. Intimidación y posterior desmantelamiento del gobierno chavista (el Departamento de Estado de EEUU está ahora construyendo una línea de negociación para que el Gobierno de Venezuela lo haga por sí mismo, con una mínima participación de la presión externa) puede conducir no solo a la reorientación de este país hacia Washington, sino también a la desintegración de la Alianza Bolivariana ALBA y al parálisis de la integración latinoamericana en su conjunto.

Una vez más, la acción militar, al igual que el bombardeo nuclear de las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, es una estrategia de intimidación global: la demostración de poderío militar está dirigida principalmente a las potencias regionales que se oponen a la hegemonía de Estados Unidos, como Cuba, Nicaragua, México, Colombia, Brasil, pero también al resto del mundo.

Aunque las pérdidas reales de Estados Unidos, como de costumbre, se silencian y se ocultan, el propio potencial de fuego, los sistemas avanzados de armamento y de inteligencia del Pentágono también crean vulnerabilidades cognitivas en forma de incertidumbre estratégica tanto en los adversarios de Estados Unidos como en las fuerzas neutrales e incluso en los aliados (un ejemplo de ello son los debates dentro de la OTAN sobre el tema de Groenlandia).

En cuanto a las posibles consecuencias, es evidente que, al violar una serie de disposiciones del derecho internacional (tanto en la agresión contra Caracas como en la captura de petroleros en aguas neutrales y la declaración de que cualquier país debe ahora coordinar la compra de petróleo venezolano con Washington), esto conducirá a una mayor erosión. Además, Donald Trump ha rechazado abiertamente el sistema de la ONU y ha firmado de manera ostensible un decreto para salir de otras estructuras de esta organización, aprobando de hecho un único imperativo de política exterior: la ley del más fuerte.

Por otra parte, la polarización política interna en Estados Unidos y el desprecio por las leyes pueden conducir a un fortalecimiento de las posiciones de los demócratas en vísperas de las elecciones intermedias. Y a continuación, seguiría el juicio político al presidente en ejercicio.

Por último, si se desarrolla esta línea lógica con la mirada puesta en los acontecimientos históricos, hay que recordar que la doctrina Monroe no salvó a Estados Unidos de la guerra civil. Y la situación actual dentro de Estados Unidos es, en realidad, no menos explosiva, aunque las causas de las contradicciones sociales y políticas sean ahora algo diferentes. Aunque es difícil predecir cuándo estallará el conflicto interno, es posible que, debido a su avanzada edad, el propio Trump ya no lo vea. Pero, en tal caso, pasará a la historia como una de sus principales causas.

viernes, 26 de diciembre de 2025

De Monroe a Trump, dos siglos de injerencia imperial



Trump como buen imitador, quiere hacerse dueño de las tierras y el petróleo venezolano, y sin quedarse atrás, pone la mira en Europa, en África o en Asia.


Por Carlos Aznárez, Al Mayadeen

Cuando el ahora tan citado James Monroe lanzó aquella famosa frase "América para los americanos" en 1823, no podía a llegar imaginarse que esa declaración de sinceridad iba a recorrer toda la historia posterior de la política exterior estadounidense, y mucho menos que 200 años después uno de sus compatriotas -tan prepotente y ambicioso como él- iba a levantar la apuesta.

El primero advertía a los europeos colonizadores que se les había acabado la licencia para hacer lo que querían en el continente que va desde el sur del Río Bravo hasta los confines de Tierra del Fuego, no porque fuera un justiciero sino porque la frase susodicha significaba que "esas tierras son nuestras, los norteamericanos".

Su actual imitador, no se queda en chiquitas y además de autoproclamarse dueño de tierras y riquezas venezolanas que no le pertenecen, apelando a esa prepotencia habitual que lo caracteriza, expande el mismo anhelo colonizador cuando piensa en Europa, en África o en Asia. Y así como Monroe pensaba en ponerle coto a los europeos en su afán expropiatorio en el continente, Trump apela ahora a la Estrategia de Seguridad Nacional para hacer cumplir su dominio regional, por las buenas o por las malas, dejando fuera de juego a sus competidores Rusia y China.

Donald Trump se siente más que Monroe, y así como anhela un premio Nobel de la Paz, debe imaginar que su nombre servirá para etiquetar a futuro calles y avenidas de los países que "le pertenecen", como ya ocurre con su antecesor de principios de 1800.

Dos siglos atrás, la hipocresía tan trabajada por los gringos, que suelen ponerle alias rimbombantes a sus malas acciones, denominaron el período que gobernara Monroe, como la "era de los buenos sentimientos", por lo cual es de imaginar que a la actual "Doctrina Trump", de saqueo, injerencia en países soberanos y amenazas guerreristas le cabrá un rótulo parecido a aquel, y que repetirán disciplinadamente todos sus cómplices en la larga lista de tropelías cometidas.

En ese sentido, cuando recientemente Trump alegó, con gesto torvo, que ordenaba el bloqueo marítimo total de Venezuela bolivariana, hasta que "devuelvan a EE. UU. el petróleo y las tierras que nos robaron", no hizo otra cosa que obedecer al mandato imperial en el que abrevaron religiosamente todos los presidentes que pasaron por la Casa Blanca. No es una sorpresa que gran parte de la dirigencia norteamericana crea realmente que Latinoamérica y el Caribe les pertenece (de eso va la teoría del "patio trasero) y cada tanto, no solo se conforman con intervenir en las economías de cada uno de los países sino que también dan muestras de que tal o cual territorio, con sus riquezas naturales incluidas, es parte de lo que necesitan para su futura sobrevivencia.

Tiempo atrás, en la primera presidencia de Trump, era común encontrar en manuales de estudio o en mapas utilizados en Estados Unidos, que la Amazonia ya no era ni brasileña ni de los países vecinos, sino que se trataba de un "patrimonio universal". Tras esa definición, Washington impulsó la inversión privada en créditos de carbono con empresas tecnológicas como Microsoft y Google, generó la asistencia de la USAID con recursos para el control climático, y muchas de esas acciones derivaron en más deforestación, una sucesión de incendios masivos nunca aclarados en cuanto a sus autores, y además, el lavado de oro ilegal. Si es "universal" también es nuestro, seguro pensó el multimillonario amigo del pederasta sionista Jeffrey Epstein.

Ahora, esta vuelta de tuerca de la "Doctrina Trump" ha decidido aumentar la presión y ya no se conforma con maniobras de cooptación de dirigentes políticos o mandatarios puestos a dedo (Javier Milei y Tito Asfura, por caso), sino que, aprovechando el clima de derechización e incluso de fascistización, que reina en el Continente y en el mundo, ha dejado atrás cualquier tipo de sutilezas y avanza decididamente contra países que, como Venezuela, no solo adversan ideológicamente con "el destino manifiesto" de la usurpación y el atropello de EE. UU., sino que, entre otros bienes comunes, tiene tantos miles de barriles de petróleo como para surtirse del mismo por cien años.

Puede decirse, sin duda alguna, que de la misma manera que hicieron (y hacen) con Cuba durante 66 años, con Venezuela lo han intentado todo en este último cuarto de siglo en que un gobierno popular, revolucionario y chavista gobierna en el país caribeño.Golpe de Estado fracasado, golpe petrolero ídem, guarimbas y acciones terroristas con un saldo de numerosos ciudadanos asesinados, intentos de invadir por tierra desde Colombia, frustrado por la unidad pueblo-Fuerzas Armadas, o el ataque directo al presidente Nicolás Maduro y su gabinete mediante un dron con explosivos. A todo esto se suma un bloqueo económico que ya dura varios años, la descarada intervención del espacio aéreo, y una campaña sostenida de agresión exterior con la complicidad de Europa (subordinada a todo lo que ordene Estados Unidos), la OEA, la DEA, la CIA y varios mandatarios latinoamericanos, incluidos algunos que osan llamarse "progresistas".

Frente a todo este accionar, el gobierno y el pueblo bolivariano respondieron con una férrea resistencia y un avance sostenido en la profundización de la Revolución, lo que no por producto de un milagro sino de una voluntad política férrea, coherente y disciplinada, ha logrado que el país resurgiera económicamente, justamente cuando los pueblos de los países vecinos, incluso con el apoyo imperial, adolecen de casi todo, y día tras día se agiganta la distancia entre un núcleo pequeño de ultra millonarios y una masa gigantesca de población empobrecida.

Venezuela es un ejemplo, como siempre lo fue Cuba, pero además tiene todos los elementos para convertirse en una gran potencia en la región. De allí el rencor y el odio visceral que genera en personajes como Trump, acostumbrados a que todos se arrodillen ante sus propuestas de sumisión, a diferencia de otros países, hundidos en debilidades intrínsecas y complicidades manifiestas hacia las políticas impuestas desde Washington, el gobierno revolucionario bolivariano siempre ha respondido con dignidad y coraje a cualquier tipo de apriete, incluido el desfachatado cerco militar que actualmente ha montado Trump en el mar Caribe con la excusa de castigar al narcotráfico.

Ante esa bravata, el pueblo venezolano no dudó en acudir al llamado de su gobierno y alistarse para la pelea. "Si quieren diálogo, por supuesto dialogaremos, pero si quieren guerra, se encontrarán con un pueblo armado dispuestos a librar una guerra popular prolongada", dijo Maduro, y ninguno de sus seguidores, que suman millones, dudó que estaba hablando con toda la seriedad que implica el actual momento.

Si la Doctrina Monroe logró durante muchos años amansar a dirigentes, gobernantes y en algunos casos, a punta de bala y masacres, a algunos sectores de la población latinoamericana, es verdad también que no faltaron las respuestas de algunos mandatarios tan dignos como lo es Maduro hoy, ni tampoco la ola de rebeldías, insurrecciones, guerrillas y todo tipo de resistencias, con que se enfrentó a los nuevos colonizadores.

Eso es precisamente lo que tiene que tener en cuenta Trump cuando en su omnipotencia se cree el emperador que puede hacer y deshacer a su gusto. Podrá hacerlo con genuflexos y cipayos como el sionista Milei, el stronista paraguayo Santiago Peña, el derechista boliviano Rodrigo Paz, el narco Daniel Noboa, el títere peruano José Jeri o el nazi José Antonio Kast, podrá incluso asustar a más de un pseudo progresista, pero con Venezuela, Cuba y Nicaragua, la realidad es muy distinta.

Cuando se ha construido un proceso revolucionario hacia el socialismo, surgido como respuesta a años o siglos de gobiernos capitalistas que excluyeron a las mayorías populares, no se lo hizo para terminar cediendo fácilmente frente a un enemigo al que se lo conoce porque desde siempre, ya que tuvo abierta injerencia en esos tres países.

De allí, que esa resistencia que hoy sustentan es la que debe alumbrar a quienes padecen la dictadura global criminal de Trump o la de Netanyahu. Así como la Resistencia del pueblo palestino se ha convertido en paradigma y un gran obstáculo para los genocidas de "Tel Aviv", Venezuela, Cuba y Nicaragua, son la plataforma fundamental para que despegue más temprano que tarde la insurgencia que entierre para siempre el legado de Monroe y la prepotencia criminal de Trump.

No es cuestión solo de imaginarlo, sino de comenzar a gestionar día a día, la solidaridad popular de los eternos agredidos por el imperio. En esa decisión estará la clave para que el continente pueda lograr esa tan ansiada y necesaria segunda independencia.