El Secretario de Estado Marco Rubio no habla al pueblo cubano: habla sobre el pueblo cubano. Su mensaje por el 20 de mayo, presentado como una oferta de ayuda y una explicación de la crisis cubana, es en realidad una pieza de manipulación política cuidadosamente construida
El Secretario de Estado Marco Rubio no habla al pueblo cubano: habla sobre el pueblo cubano. Su mensaje por el 20 de mayo, presentado como una oferta de ayuda y una explicación de la crisis cubana, es en realidad una pieza de manipulación política cuidadosamente construida. El halcón de la Florida selecciona problemas reales, los descontextualiza, exagera algunos datos, oculta otros y reduce la complejidad de Cuba a una consigna funcional a Washington: todo lo malo proviene de La Habana; todo lo bueno vendría de Estados Unidos.
El mecanismo es conocido. Primero, niega el impacto del bloqueo. Después, atribuye la crisis a un culpable interno absoluto. Luego introduce cifras impactantes, aunque no verificables, para producir indignación. Más tarde convierte una crítica posible a la opacidad económica en una condena total. Finalmente, presenta como «ayuda al pueblo» lo que en realidad es una operación política para desconocer al Estado cubano y abrir canales de intervención.
Esa es la secuencia de mentiras del Secretario de Estado
Nadie que observe con seriedad la realidad cubana puede sostener que la crisis eléctrica se explica únicamente por Washington. El Sistema Eléctrico Nacional arrastra problemas acumulados: termoeléctricas envejecidas, averías reiteradas, déficit de mantenimiento, falta de inversión, obsolescencia tecnológica y una dependencia estructural del combustible importado. Pero reconocer esos factores internos no autoriza a borrar el efecto de las sanciones, la persecución financiera y las restricciones energéticas aplicadas por Estados Unidos.
Ahí reside la manipulación de Rubio. No niega solo una interpretación; niega una política concreta. Estados Unidos ha presionado durante años contra el suministro energético a Cuba, ha sancionado empresas, buques y operadores vinculados al transporte de combustible, ha obstaculizado operaciones financieras y ha encarecido las condiciones de acceso de la isla a petróleo, crédito, seguros, piezas de repuesto y tecnología.
La crisis energética cubana es multifactorial. Pero precisamente por eso resulta falso presentarla como si Washington no tuviera ninguna responsabilidad. Rubio necesita separar los apagones del bloqueo para que la política estadounidense aparezca limpia de culpa. Necesita que el sufrimiento cotidiano del pueblo cubano parezca consecuencia exclusiva de la gestión interna, y no también de una estrategia de asfixia diseñada para agravar las dificultades materiales de la isla.
La mentira, por tanto, no consiste en negar que Cuba tenga problemas internos. La mentira consiste en usar esos problemas para encubrir la responsabilidad de Estados Unidos.
2. La mentira del culpable único: «la verdadera razón es que han saqueado miles de millones»
La segunda pieza del discurso de Rubio consiste en presentar la falta de electricidad, combustible y alimentos como resultado directo de una élite que habría saqueado al país. Es una fórmula políticamente eficaz porque parte de una zona sensible: la existencia de estructuras económicas como GAESA en sectores estratégicos y la legítima demanda de mayor transparencia en la economía cubana.
Pero Rubio no busca transparencia. Busca una coartada. Su operación consiste en tomar una verdad parcial para fabricar una conclusión falsa: que todo el sufrimiento del pueblo cubano se explica por corrupción interna y no por el entramado de bloqueo económico, sanciones financieras, caída de ingresos externos, restricciones comerciales, crisis energética, deterioro productivo y presión internacional de Washington.
Es una mentira de encuadre. No necesita que todo sea inventado; le basta con ordenar los hechos de manera tramposa. Lo interno aparece como causa única. Lo externo desaparece. Las sanciones se evaporan. La persecución bancaria no existe. El impacto del bloqueo sobre el comercio exterior, la inversión, los pagos internacionales, el transporte marítimo o las importaciones queda fuera del relato.
3. La mentira de las cifras absolutas: «GAESA controla el 70% de la economía y tiene 18 mil millones de dólares»
La tercera mentira opera mediante cifras redondas, contundentes y fáciles de repetir. Rubio afirma que GAESA controla el 70% de la economía cubana y posee 18 mil millones de dólares en activos. Comunicacionalmente, la frase funciona: es simple, escandalosa y apta para titulares. Periodísticamente, es mucho más problemática.
GAESA existe. Su peso en sectores estratégicos de la economía cubana también es real. Pero una cosa es afirmar que se trata de un conglomerado económico relevante y otra muy distinta presentar como hecho probado una cifra que no cuenta con balances públicos auditados, metodología transparente ni verificación independiente suficiente.
Rubio utiliza el número como arma política. No lo presenta como estimación, hipótesis o cálculo discutible. Lo usa como procedimiento propagandístico para transformar un dato opaco en certeza absoluta, repetirlo como evidencia y usarlo para desplazar el debate desde el bloqueo hacia una supuesta explicación única de la crisis.
En un análisis serio, una cifra sin metodología verificable no puede funcionar como prueba definitiva. Puede abrir preguntas. Puede justificar investigaciones. Puede exigir transparencia. Pero no puede utilizarse como base para absolver a Washington de su política de sanciones ni para presentar a Estados Unidos como actor ajeno al deterioro económico cubano.
Rubio no busca esclarecer las cuentas de GAESA. Busca producir indignación dirigida. La cifra no aparece para informar mejor, sino para clausurar el debate: si «ellos tienen 18 mil millones», entonces el bloqueo desaparece como problema. Esa es la trampa.
4. La mentira absoluta: «nada» de lo que gana el gobierno cubano llega al pueblo
La cuarta mentira es todavía más evidente por su carácter absoluto. Rubio dice que las ganancias llega al pueblo. Ese «nada» no es una categoría analítica.
Es un recurso de propaganda. La frase está construida para producir una condena moral total, no para describir con rigor la realidad.
El objetivo político es claro: instalar la imagen de una casta que lo roba todo, mientras Estados Unidos aparece como el actor que quiere ayudar «directamente» al pueblo cubano. Rubio necesita esa imagen porque prepara el terreno para la siguiente maniobra: justificar que Washington se salte al Estado cubano, desconozca sus instituciones y defina desde fuera quién puede recibir, administrar o distribuir recursos dentro del país.
La exageración absoluta cumple una función estratégica. Deshumaniza al adversario, elimina matices, borra contradicciones y convierte cualquier política de presión externa en un acto supuestamente moral. Así funciona la guerra narrativa: primero se construye un enemigo totalmente corrupto; después se presenta la intervención como rescate.
5. La mentira humanitaria: «Estados Unidos ofrece una nueva relación directamente con el pueblo cubano»
La quinta mentira es la más sofisticada. Rubio afirma que Estados Unidos ofrece una nueva relación con Cuba, pero «directamente» con el pueblo cubano y no con sus instituciones. También presenta una oferta de ayuda en alimentos y medicinas condicionada a que sea distribuida por actores «de confianza» para Washington, como la Iglesia Católica u otras organizaciones, y no por el Estado cubano.
A primera vista, parece una propuesta humanitaria. En realidad, es una operación política. Ningún Estado establece una relación bilateral «directamente con el pueblo» de otro país saltándose por completo a sus instituciones, salvo que esté proponiendo una arquitectura de presión, desconocimiento o cambio de régimen. La fórmula suena democrática, pero niega la soberanía. Suena solidaria, pero llega acompañada de sanciones. Suena humanitaria, pero exige que Cuba acepte canales definidos por la potencia que la bloquea.
La ayuda humanitaria, cuando se formula al mismo tiempo que se mantienen sanciones, persecución financiera, presión energética y campañas de deslegitimación, deja de ser únicamente asistencia. Se convierte en instrumento de disputa política.
Rubio intenta separar artificialmente dos cosas que forman parte de una misma estrategia: por un lado, asfixiar económicamente a Cuba; por otro, presentarse como quien ofrece alivio condicionado. Es la lógica del cerco y la limosna. Primero se contribuye a crear o agravar la escasez; después se ofrece ayuda bajo condiciones políticas; finalmente se acusa al gobierno bloqueado de no aceptar la «generosidad» del bloqueador.
Por eso la frase «directamente con el pueblo» es engañosa. No propone una relación respetuosa entre países. Propone una relación vertical entre una potencia y una sociedad a la que se intenta separar de sus instituciones. Busca administrar políticamente el sufrimiento.
Lo que Rubio ofrece no es una salida real. Es una narrativa de rendición: aceptar la culpa única, aceptar los canales impuestos, aceptar la ayuda condicionada y aceptar que la soberanía cubana sea sustituida por una relación diseñada desde Washington.
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