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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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domingo, 25 de mayo de 2025

Estado cubano: los tropiezos del regulador

En estos años aciagos aprendimos que en el complejo reajuste que vive nuestro Estado socialista a veces este hasta puede perder, desde distintas perspectivas, y que al hacerlo esa estructura esencial para la libertad y la justicia en Cuba perdemos los que lo hemos elegido para representar nuestros sagrados intereses y los de la nación

Publicado: Sábado 24 mayo 2025 | 08:04:05 pm.

ronquillo@juventudrebelde.cu

Cuando en un análisis público en el año 2017, todavía en fase de despegue el sector privado en el país, un funcionario apostillaba, como quien eleva a los elementos una plegaria divina: «El único que no puede perder es el Estado», algunos en el auditorio ponían caras de «poema». Si el único que no puede perder es el Estado, ¿a quién le corresponde hacerlo entonces, a nosotros?, parecían preguntarse…

Unos ocho años después aprendimos que en el complejo reajuste que vive nuestro Estado socialista a veces este hasta puede perder, desde distintas perspectivas, y que al hacerlo esa estructura esencial para la libertad y la justicia en Cuba perdemos quienes lo hemos elegido para representar nuestros sagrados intereses y los de la nación.

Ahora mismo, en medio de las duras disyuntivas de asfixia despiadada y reconfiguración socialista profunda, podemos apreciar, sin mayores profundizaciones académicas o de otra naturaleza, solo con el ojo del periodista atento a los dilemas nacionales y de la cotidianidad, algunas circunstancias en que nuestro Estado sufre pérdidas:

—Cuando toma decisiones sin suficiente consenso que no dan en la diana de la solución de los problemas.

—Cuando establece disposiciones, sin medir todos los alcances y circunstancias, y que luego deben ser revertidas.

—Cuando se adoptan normas que luego son violadas sin que se ejerza suficiente control.

—Cuando en un escenario donde se favorece y requiere de la convivencia y articulación de diversos actores económicos se pierde la capacidad de concertación.

—Cuando se evade el fisco, importante mecanismo de redistribución de la riqueza.

—Cuando se falla en la atención diferenciada a los más impactados por la crisis.

—Cuando se difumina su capacidad reguladora…

—Cuando adopta medidas para proteger la capacidad adquisitiva de las familias de menos ingresos que terminan por perjudicarlas.

—Cuando anuncia medidas circunstanciales que se extienden en el tiempo y permanecen sin explicación alguna…

Solo nombro algunas de las que son más evidentes y de las que más preocupación pública suscitan por el momento, sobre todo entre esa mayoría de cubanos con plena conciencia de la responsabilidad esencial de nuestro Estado en la preservación de la independencia nacional y la justicia social como principios irrenunciables.

No faltan quienes, para intentar defender las rectificaciones y transformaciones actuales, o con su guerra sucia comunicacional, pretenden levantar un extraño muro entre los intereses de los trabajadores y de los ciudadanos con los del Estado que estos eligieron para representar la soberanía de sus intereses y los de su país.


Las visitas de Díaz-Canel a los municipios y su diálogo directo con el pueblo, evidencian la prioridad que el Gobierno le confiere al contacto con las masas y los actores estatales y empresariales para conocer las mejores experiencias y también los principales problemas, en ese irrevocable camino de la construcción del socialismo. Foto: Estudios Revolución

Lo anterior, como afirmé en otro momento, resulta una seña difusa e inquietante en tiempos en que reconfiguramos los alcances y papeles del Estado. Nuestro debate nacional incluye, entre otros dilemas, cuál debería ser el cuerpo exacto y la función de esa institución, cuyo origen y atribuciones fueron analizados por numerosos estudiosos del socialismo, desde Carlos Marx y Federico Engels, autor este último de un texto emblemático como El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, hasta nuestros días.

Lo cierto es que la teoría y la práctica socialistas han tenido en esa interrogante una prueba de generaciones. Lo acabamos de comprobar durante el 6to. Seminario Teórico entre el Partido Comunista de Cuba y su homólogo vietnamita que tuvo lugar hace unos días en La Habana, en la que el tema de la propiedad y el papel del Estado en las desafiantes condiciones del siglo XXI suscitaron las mayores inquietudes y los debates.

El fundador del primer Estado de obreros y campesinos y autor de un texto trascendental como El Estado y la revolución, dedicó energías intelectuales sustanciales a este asunto que consideró decisorio. Durante una conferencia pronunciada en la Universidad Sverdlov, el 11 de julio de 1919, Vladimir I. Lenin reconoció que el tema del Estado es uno de los más complicados y difíciles, y tal vez aquel en el que más confusión han sembrado los eruditos, escritores y filósofos burgueses.

«Porque es un problema tan fundamental, tan básico en toda política y porque, no solo en tiempos tan turbulentos y revolucionarios como los que vivimos, sino incluso en los más pacíficos, se encontrarán con él todos los días… a propósito de cualquier asunto económico o político… Todos los días, por uno u otro motivo, volverán ustedes a la pregunta: ¿qué es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación?».

Semejantes cuestionamientos saltaron del invierno ruso a la calidez caribeña, a bordo de la tropicalizada Revolución Cubana, primer intento de levantar una experiencia socialista en el hemisferio occidental. Como señalé en otros momentos, también desde los primeros días este proceso fue perseguido por el «fantasma» del tipo de Estado sobre el cual se estructuraría, y la forma en que se relacionaría con el resto de las instituciones y los ciudadanos.

Si nos atenemos a los manuales, los revolucionarios lo usaríamos en la fase de transición hacia el comunismo —donde desaparecería—. En nuestro caso, como instrumento de las mayorías trabajadoras frente a la subversión burguesa. Lenin delineó su teoría de la dictadura del proletariado; mientras Antonio Gramsci concibió la compleja concepción de la hegemonía, ofreciéndole al Estado proletario connotaciones educativas e ideológicas superestructurales.

Ernesto Guevara, cuyas inquietudes filosóficas marxistas y predisposición para una práctica socialista disruptiva y provocadora son bien reconocidas, debió responder desde el temprano 1965 a la provocación, en un documento que nos queda entre las más lúcidas de sus meditaciones. En carta a Carlos Quijano, editor del semanario uruguayo Marcha, el Che admitió que es común escuchar de boca de los voceros capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la afirmación de que este sistema social o el período de construcción del socialismo al que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado.

En la misiva apunta, entre otras consideraciones, la siguiente: «Esta institucionalidad de la Revolución todavía no se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre el Gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones peculiares de la construcción del socialismo y huyendo al máximo de los lugares comunes de la democracia burguesa, trasplantados a la sociedad en formación… Se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria que es ver al hombre liberado de su enajenación».

Por ello, tras las graves escaramuzas sufridas por el socialismo, algunas de las cuales pudo avizorar el propio Che, no será sencillo el salto de un Estado expansivo, con su herencia de paternalismo, como el que intentamos superar en Cuba, a uno mucho más pequeño en estructura, aunque más grande por su modernidad, eficacia y sensibilidad social.


Consolidar las políticas sociales universales, entre las que cobra especial relevancia la educación, es una aspiración del Estado cubano en su propósito, no solo de actualizarse y perfeccionarse en su actuación, sino de concentrarse en las funciones que le son inherentes. Foto: Abel Rojas Barallobre

La disyuntiva no se decide solo en el avance, o las retrancas, de las políticas públicas que determinan la suerte de la profunda transformación estructural del país, una de las más notables del mundo actual, aunque no falten los interesados en pasarlo por alto. También se da en la subjetividad individual y en la social, razón por la cual se manipula para la combustión política, precisamente para demeritar, hasta caotizar y desarmar ese Estado.

Con tantos años de preminencia estatal en casi todos los ámbitos, acostumbrados a esperar que parte importante de las soluciones a nuestros dilemas surgieran de esa estructura, no tenemos siempre la predisposición «genética» para asimilar el cambio hacia un Estado cuyo peso y valor no dependerá tanto de su intervención directa en nuestra existencia como de su capacidad para erigirse en un potente y eficaz regulador de toda la sociedad.

Es lógico que ello ocurra, porque, pese a sus deformaciones, ese Estado ha sido esencial para promover la justicia, la dignidad personal y nacional, la equidad, la libertad, la solidaridad social e internacional y derechos fundamentales, entre otros atributos dignos de reconocerse y sin los cuales, sin duda, hubiera colapsado entre tantas tempestades propias e impuestas.

Pero si para ese cambio no están suficientemente preparados segmentos significativos de la ciudadanía, tampoco los responsables de hacer avanzar el Estado hacia dicho puerto, es previsible que las actuales confusiones entre Partido y Estado, entre funciones estatales y empresariales y otras interferencias, que enrarecen los límites y los terrenos de competencia de cada actor en el nuevo diseño institucional de la República se repetirán por un tiempo todavía imprevisible.

No por casualidad esta se recoge entre las principales transformaciones que fundamentan la actualización del modelo, incluidas dentro de la llamada Conceptualización de este. En el documento se establece que aspiramos a perfeccionar el Estado, sus sistemas, órganos y métodos de dirección, como rector del desarrollo económico y social, coordinador y regulador de todos los actores. Ello implica, se acentúa, que el Estado se concentre en las funciones que le son inherentes.

Entre las que la Conceptualización le atribuye se encuentran consolidar las políticas sociales universales y focalizadas con sostenibilidad, relevantes en la salud, la educación, la seguridad y asistencia sociales, la cultura, el fomento de la actividad física y deportiva, la formación en valores y la calidad de los servicios públicos; modernizar la administración pública; descentralizar facultades a los niveles territoriales y locales con énfasis en el municipio; aplicar de manera más efectiva la política de cuadros del Estado y del Gobierno y sus reservas, y perfeccionar el sistema de normas jurídicas sustentado en la Constitución de la República, asegurando los derechos de los ciudadanos.

En la proyección del modelo se adiciona que las funciones estatales en el ámbito económico y social —incluyendo las gubernamentales—, se derivan del carácter socialista del Estado cubano, rector de todos los actores económicos y sociales. Incluyen la elaboración, aplicación y perfeccionamiento de las políticas del Estado y el Gobierno, realizar su función de fisco, dictar regulaciones oficiales, así como dirigir su implementación y controlar su cumplimiento.

Ni los más connotados oponentes de nuestro Estado podrían negarle que parte importante del esfuerzo transformador de los últimos años en Cuba —pandemia coronavírica y obsesión enfermiza y oportunista anticubana de por medio—, se dirigió precisamente a este propósito, gracias a lo cual tenemos, además de una nueva estructura de este, enriquecida, equilibrada y compensada con el surgimiento del Gobierno, así como una amplia gama de políticas que promueven una singular metamorfosis de toda la sociedad.

Bastaría mirar el giro de 180 grados que ocurre en el ámbito de la propiedad, a partir de definiciones como la de que una cosa es el Estado como propietario, en representación del dueño colectivo, que es el pueblo, y otra los diferentes modelos en que esta puede gestionarse.

La ampliación acelerada del sector privado nacional, asociada al fomento de las pequeñas y medianas empresas y el trabajo por cuenta propia, el estímulo a otras formas económicas asociativas, la liberación de ataduras a las empresas estatales para favorecer su despegue autónomo, aún sin cuajar favorablemente, y la ya para nada «invisible» mano del mercado, por momentos exageradamente visible, decidiendo en la economía, acento de la ciencia y la innovación en la gestión y en el contacto sistemático con las bases, testimonian sobre un Estado que cambia dramáticamente sus roles en las nuevas reglas del juego legales e institucionales que se derivan de la nueva Constitución.

Es una prueba de confianza en el Estado revolucionario que una mayoría de ciudadanos miremos sus reacciones, y hasta las exijamos, frente a nuestros dramas cotidianos: inflación e inflazón galopantes azuzadas no pocas veces por los actores públicos y privados, desde lo básico en los mercados de alimentos hasta otros productos, servicios que se resienten, insolidaridad y desorden social, creciente migración, y otros demonios menos objetivos, aunque mediados por estos, como la pérdida de perspectiva o de fe en algunos segmentos.

Como subrayamos en otros momentos, lo único que no podríamos permitirnos es que en la readecuación y acomodo de sus funciones y responsabilidades se transforme de omnipresente a ausente, que la ciudadanía, sobre todos los segmentos más humildes y golpeados por la situación actual, perciban sicológica y sociológicamente que se les está dejando a su suerte. Sería ir contra la naturaleza misma de nuestro Estado.

Es bueno recalcar que ello no depende únicamente de las reacciones del Estado y del Gobierno centralmente —también esencial—, en la misma medida en que muchas atribuciones y decisiones se trasladan a otros escalones y se comparten competencias con otras instancias, para acabar con los verticalismos excesivos.

Un problema ya a la vista, que se deriva de lo anterior, es la falta de congruencia que está suscitándose entre las políticas, programas y planteos que se hacen desde las instancias de dirección principales del país y la recepción y concreción de estas en la vida práctica hacia las bases.

También es evidente que muchos años de decidir desde arriba atrofiaron la capacidad de maniobra política de nuestras instituciones y sus dirigentes, desentrenados para una sociedad mucho más diversa y plural, donde los intereses ya no son tan lineales u homogéneos. Ello reclama dominar los terrenos de la concertación, una palabra casi olvidada cuando se discute sobre las nuevas formas de participación en nuestro socialismo.

La intelectual Graziella Pogolotti aconsejaría aprender a tener «dos orejas y una boca», como en la moraleja de cierta fábula, escuchar dos veces y hablar una única vez. Que las decisiones sean tales, como decía un grande de nuestra historia, que se puedan hacer cumplir, para que no vuelvan a reproducirse las diferencias que se nos dieron entre lo legal y lo legítimo. Y una vez que las decisiones se concertaron justa y democráticamente, exigir por su cumplimiento y su control.

No hay nada mansamente paternal en todo lo anterior, como tampoco lo será alcanzar el Estado deseado. Como bien vaticinó el Gran Vladimir la pregunta aún nos persigue…Y nos perseguirá…

sábado, 23 de abril de 2022

Papá Estado: ¿ausencia quiere decir olvido?

Con tantos años de preminencia estatal en casi todos los ámbitos, no tenemos siempre la predisposición «genética» para asimilar el cambio hacia un Estado cuyo peso y valor no dependerá tanto de su intervención directa en nuestra existencia como de su capacidad para erigirse en un potente y eficaz regulador de toda la sociedad

ronquillo@juventudrebelde.cu


El Estado cubano ha sido fundamental para promover la justicia y la dignidad personal y nacional. Autor: Falco Publicado: 23/04/2022 | 09:41 pm

No será sencillo el salto de un Estado expansivo, con su herencia de paternalismo, como el que intentamos superar en Cuba, a uno mucho más pequeño en estructura, aunque más grande por su modernidad, eficacia y sensibilidad social.

La disyuntiva no se decide solo en el avance, o las retrancas, de las políticas públicas que determinan la suerte de la profunda transformación estructural del país, una de las más notables del mundo actual, aunque no falten los interesados en pasarlo por alto. También se da en la subjetividad individual y en la social, razón por la cual se manipula para la combustión política, precisamente para demeritar, hasta caotizar y desarmar ese Estado.

Con tantos años de preminencia estatal en casi todos los ámbitos, acostumbrados a esperar que parte importante de las soluciones a nuestros dilemas surgieran de esa estructura, no tenemos siempre la predisposición «genética» para asimilar el cambio hacia un Estado cuyo peso y valor no dependerá tanto de su intervención directa en nuestra existencia como de su capacidad para erigirse en un potente y eficaz regulador de toda la sociedad.

Es lógico que ello ocurra, porque, pese a sus deformaciones, ese Estado ha sido esencial para promover la justicia, la dignidad personal y nacional, la equidad, la libertad, la solidaridad social e internacional y derechos fundamentales, entre otros atributos dignos de reconocerse y sin los cuales, sin duda, hubiera colapsado entre tantas tempestades propias e impuestas.

Pero si para ese cambio no están suficientemente preparados segmentos significativos de la ciudadanía, tampoco los responsables de hacer avanzar al Estado hacia dicho puerto, por lo que es previsible que las actuales confusiones entre Partido y Estado, entre funciones estatales y empresariales y otras interferencias, que enrarecen los límites y los terrenos de competencia de cada actor en el nuevo diseño institucional de la República se repetirán por un tiempo todavía imprevisible.

No por casualidad esta se recoge entre las principales transformaciones que fundamentan la actualización del modelo, incluidas dentro de la llamada Conceptualización de este. En el documento se establece que aspiramos a perfeccionar al Estado, sus sistemas, órganos y métodos de dirección, como rector del desarrollo económico y social, coordinador y regulador de todos los actores. Ello implica, se acentúa, que el Estado se concentre en las funciones que le son inherentes.

Entre las que la Conceptualización le atribuye se encuentran consolidar las políticas sociales universales y focalizadas con sostenibilidad, relevantes en la salud, la educación, la seguridad y asistencia sociales, la cultura, el fomento de la actividad física y deportiva, la formación en valores y la calidad de los servicios públicos; modernizar la administración pública; descentralizar facultades a los niveles territoriales y locales con énfasis en el municipio; aplicar de manera más efectiva la política de cuadros del Estado y del Gobierno, y sus reservas y perfeccionar el sistema de normas jurídicas sustentado en la Constitución de la República, asegurando los derechos de los ciudadanos.

En la proyección del modelo se adiciona que las funciones estatales en el ámbito económico y social —incluyendo las gubernamentales— se derivan del carácter socialista del Estado cubano, rector de todos los actores económicos y sociales. Incluyen la elaboración, aplicación y perfeccionamiento de las políticas del Estado y el Gobierno, realizar su función de fisco, dictar regulaciones oficiales, así como dirigir su implementación y controlar su cumplimiento.

Ni los más connotados oponentes de nuestro Estado podrían negarle que parte importante del esfuerzo transformador de los últimos años en Cuba —pandemia coronavírica y obsesión enfermiza y oportunista anticubana de por medio— se dirigieron precisamente a este propósito, gracias a lo cual tenemos, además de una nueva estructura de este, enriquecida, equilibrada y compensada con el surgimiento del Gobierno, así como una amplia gama de políticas que promueven una singular metamorfosis de toda la sociedad.

Bastaría mirar el giro de 180 grados que ocurre en el ámbito de la propiedad, a partir de definiciones como la de que una cosa es el Estado como propietario, en representación del dueño colectivo, que es el pueblo, y otra los diferentes modelos en que esta puede gestionarse.

La ampliación acelerada del sector privado nacional, asociada al fomento de las pequeñas y medianas empresas y el trabajo por cuenta propia, el estímulo a otras formas económicas asociativas, la liberación de ataduras a las empresas estatales para favorecer su despegue autónomo, aun sin cuajar favorablemente, y la ya para nada «invisible» mano del mercado, por momentos exageradamente visibles, decidiendo en la economía, acento de la ciencia y la innovación en la gestión y en el contacto sistemático con las bases, testimonian sobre un Estado que cambia dramáticamente sus roles en las nuevas reglas del juego legales e institucionales que se derivan de la nueva Constitución.

Es una prueba de confianza en el Estado revolucionario que una mayoría de ciudadanos miremos sus reacciones, y hasta las exijamos, frente a nuestros dramas cotidianos: inflación e inflazón galopantes azuzada no pocas veces por los actores públicos y privados, desde lo básico en los mercados de alimentos hasta otros productos, servicios que se resienten, insolidaridad y desorden social, creciente migración, y otros demonios menos objetivos, aunque mediados por estos, como la pérdida de perspectiva o de fe en algunos segmentos.

Como subrayamos en otros momentos, lo único que no podríamos permitirnos es que en la readecuación y acomodo de sus funciones y responsabilidades se transforme de omnipresente a ausente, que la ciudadanía, sobre todos los segmentos más humildes y golpeados por la situación actual, perciban sicológica y sociológicamente que se les está dejando a su suerte. Sería ir contra la naturaleza misma de nuestro Estado.

Es bueno recalcar que ello no depende únicamente de las reacciones del Estado y del Gobierno centralmente —también esencial—, en la misma medida que muchas atribuciones y decisiones se trasladan a otros escalones y se comparten competencias con otras instancias, para acabar con los verticalismos excesivos.

Un problema ya a la vista, que se deriva de lo anterior, es la falta de congruencia que está suscitándose entre las políticas, programas y planteos que se hacen desde las instancias de dirección principales del país y la recepción y concreción de estas en la vida práctica hacia las bases.

También es evidente que muchos años de decidir desde arriba atrofiaron la capacidad de maniobra política de nuestras instituciones y sus dirigentes, desentrenados para una sociedad mucho más diversa y plural, donde los intereses ya no son tan lineales u homogéneos. Ello reclama dominar los terrenos de la concertación, una palabra casi olvidada cuando se discute sobre las nuevas formas de participación en nuestro socialismo.

La intelectual Graziella Pogolotti aconsejaría aprender a tener «dos orejas y una boca», como en la moraleja de cierta fábula, escuchar dos veces y hablar una única vez. Que las decisiones sean tales, como decía un grande de nuestra historia, que se puedan hacer cumplir, para que no vuelvan a reproducirse las diferencias que se nos dieron entre lo legal y lo legítimo. Y una vez que las decisiones se concertaron justa y democráticamente, exigir por su cumplimiento y su control.

No hay nada mansamente paternal en todo lo anterior, como tampoco lo será alcanzar el Estado deseado. Es obligado siempre a demostrar que como en una antigua canción, ausencia no quiere decir olvido.

martes, 3 de marzo de 2020

Estaticular, el raro “híbridopropietario” cubano

Por: Ricardo Ronquillo

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Caricatura: Martirena.










Imagine que llega a un establecimiento de servicios de reparación, propiedad estatal. Le indican que pase por la mesa de la recepcionista que, además de tener la responsabilidad de tomar sus señas particulares, confecciona el vale mediante el cual se recoge, en los documentos contables, el tipo de atención que le prestarán y el consiguiente costo. A seguidas le indican dirigirse a algunos de los reparadores presentes. Este mirará con denuedo su aparato, ¡el de la rotura, por supuesto!, y a continuación se establecerá un curioso diálogo en el que el susodicho le dirá que para el tipo de desperfecto de su equipo no hay piezas en la unidad… Pero —y este es siempre un interesante acto salvador— el reparador se las arregló para conseguirla, y está dispuesto a resolverle su perentorio problema.
Claro que hacerlo implica un costo, con seguridad mucho más costoso que si la pieza sustituyente fuera propiedad del taller… A partir de entonces usted no terminará su encadenamiento productivo dentro del establecimiento regresando a pagar el servicio con la primigenia compañera que le atendió, sino en un acuerdo íntimo, muy privado, con el reparador, que salpicará hacia otros confines internos…
Historias como la anterior le dan forma en Cuba, paulatinamente, a un tipo de propiedad que no se recogió en Lineamiento económico o social alguno, y por consiguiente tampoco en la Constitución de la que celebramos ya su primer año de aprobada en mayoritario referendo popular, o en cualesquiera del resto de los documentos programáticos que apuntan a la reconfiguración de nuestro modelo socialista.
La racionalidad y sentido prácticos del ciudadano común ya le hizo su acto de bautizo, con nombre incluido, a esta curiosa variante de dueño: la propiedad “estaticular”. Un amigo directo y certero la define como un establecimiento híbrido, que en los papeles está a nombre del Estado pero, en la concreta, buena parte de las piezas y los dividendos van, subrepticiamente, a los bolsillos de sus trabajadores.
Se trata de una sigilosa y extraña forma de expropiación de la posesión pública a la que ya no son pocos los acostumbrados, a fuerza de necesidad, porque de lo contrario les sería muy difícil conseguir la solución de asuntos que enmarañan la existencia.
En el reciente balance del Ministerio de Comercio Interior saltaban algunas de las esquirlas de esta deformación. Buena parte de los productos que se destinan, por ejemplo, a los establecimientos gastronómicos terminan trasvasándose al sector privado o cooperativo, sin que cumplan los propósitos por los que fueron financiados por el Estado. Y lo más doloroso es que ello ocurre mientras las deudas financieras en esos ámbitos son sumamente abultadas, tanto como los pagos por pérdidas a la cuenta del bolsillo de la nación y lamentables cadenas corruptivas.
Estos fenómenos son más visibles ahora, mientras nuestro Estado intenta encontrar sus límites verdaderos. El cuerpo de esa insoslayable institución para la justicia, la libertad y la soberanía en Cuba, desproporcionado por años, cede en tamaño y funciones.
Una de las definiciones más importantes de la denominada Actualización es precisamente la aceptación de que una cosa es el Estado como propietario en nombre de la nación y del pueblo, y otra los diversos modelos en que puede gestionarse la propiedad, algo en discusión desde que se decidiera la llamada ofensiva revolucionaria, que convirtió a la propiedad estatal casi todo el entramado económico nacional, uno de los errores de idealismo, reconocidos por Fidel.
Dicha definición permite avanzar en la ampliación del trabajo por cuenta propia o la pequeña propiedad personal o familiar —incluso la prevista aceptación del concepto de propiedad privada, hasta la escala de pequeñas y medianas empresas—, la apertura experimental de cooperativas en el sector no agropecuario, la entrega de tierras ociosas en usufructo, el arrendamiento de locales estatales de servicios, y el incipiente propósito de transformar la empresa estatal socialista, vista como el corazón de la economía y de la actualización.
Ejemplos como el citado obligan a una visión más flexible y acotada a las circunstancias actuales, que favorezca la aparición de formas más socializadas de gestión de la propiedad, todo lo cual debería contribuir a zanjar el arrastre de las experiencias socialistas con respecto a la enajenación de los trabajadores de los procesos productivos.
Ir a las causas de esa fragilidad implica revisar el papel de los trabajadores en la concepción política de nuestro Estado, para lo cual es preciso abarcar aristas de mayor significación, como el tema de la propiedad y sus formas de organización.
No olvidemos que el tema de la propiedad es tan básico que los teóricos del neoconservadurismo norteamericano sostienen que en él se desarrolla el verdadero y crucial escenario de la decisiva guerra cultural a escala planetaria. No por gusto sus tanques pensantes y su ajustada maquinaria publicitaria intentaron fabricar el fantasma de un Obama socialista, y la misma receta ahora con el emergente Bernie Sanders.
No es cualquier minucia desdeñable entonces nuestro híbridopropietario estaticular.
(Tomado de Cubaperiodistas)

domingo, 11 de agosto de 2019

Incremento salarial en Cuba: ¿Debajo de qué colchón estaba la guanaja?


Foto: Archivo.


La peculiar costumbre criolla de guardar o esconder alguna «tierrita» debajo de los colchones se nos devuelve por estos días en forma de pregunta, cuando algunos intentan responderse de dónde salieron los millones que hacen posible el ya disfrutado, por muchos, incremento salarial en Cuba.

Para no pocos contertulios es evidente que la «guanaja estaba echá». Una referencia muy típicamente jodedora para decir que alguien nos estaba escondiendo la bola; y no hay que ser muy avezado para saber a quién se refieren con ese «alguien».

Pero más allá de cualquier inquietud o picardía cubana acompañante, lo cierto es que en la contestación a esa interrogante están algunos de los detalles más llamativos de una de las últimas decisiones gubernamentales para evitar que nuestra economía vuelva a precipitarse hacia otro período especial, con las duras y subsiguientes precipitaciones que ello conllevaría, así como para energizar los incentivos y la esperanzas en un momento tan singularmente delicado.

Basta seguir atentamente las numerosas explicaciones públicas para descubrir que la susodicha «guanajita» no estaba «echada» en otra parte que en las millonarias inejecuciones del Presupuesto estatal.

Después de tanto tiempo y tanta tempestad, es evidente el descubrimiento de que en esas partidas que no alcanzan a concretarse había un potencial inexplorado que podía servir para algo más que lamentaciones, como las escuchadas, de entre otros importantes funcionarios, a la Contralora General de la República.

En el espacio de debate Catalejo, de la Unión de Periodistas de Cuba, escuché hace un tiempo a Gladys Bejerano insistir en la poca frecuencia con que discutíamos las implicaciones de que dejaran de ejecutarse sustanciosas partidas del Presupuesto.

La Contralora insistía en que la no concreción del destino de esos dineros derivaba en falta de eficiencia del Estado para cumplir los propósitos que se había proyectado en sus planes y en ausencia de servicios o producciones básicas que dieran mayor vitalidad al país.

Como sabemos, y es ahora frecuentemente examinado por el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros y el titular de Economía y Planificación, algunos de nuestros planes terminan en planazos, en unos casos porque la cubana es una economía acosada y asediada con virulencia inhumana, y en otros porque debilidades de la planificación y diversos errores internos complejizan el panorama.

La anterior es una de las razones que hace resplandecer la decisión de que, en vez de poner a recircular los montos de esas partidas, como venía ocurriendo, sin mayores beneficios, ellas se convirtieran en la base para resolver unos de los reclamos más justos y postergados de la sociedad cubana.

Después de tanto indagar qué debería ser primero: ¿el huevo o la gallina?, con relación al viejo dilema de los bajos ingresos, con la medida se hace evidente la respuesta de los más importantes tomadores de decisiones. Se le da especial fertilidad política, económica y social a un tesoro que estaba resultando infértil.

Adicionalmente, al salir el dinero del que ya estaba previsto ejecutar en el Presupuesto, la disposición no afectará el ya comprometido déficit fiscal de la nación.

Los escenarios que siguen tras una providencia tan arriesgada como oportuna tampoco serán fáciles. Como mismo son mayoritarios y entusiastas los beneficiarios de la medida, se corren peligros, esbozados también con claridad, tanto por las más altas autoridades de Gobierno como por cuestionadores y críticos, entre los que no faltan algunos que no entienden suficientemente las peculiaridades del proceso socialista y la sociedad cubana.

Estas disposiciones, como otras rotundas transformaciones en las que nos empeñamos para ajustar el modelo socialista, nos obligan a hacernos incluso preguntas más complicadas que la de la inusitada «guanajita».

Una de estas es cómo movernos, equilibradamente, por el filo cortante de postulados muy atrevidos de la actualización económica, como el papel del mercado y el sector privado en nuestra economía, para que rinda los frutos esperados.

En ese último filo se juega ahora, por ejemplo, la amenaza inflacionaria, que, es bueno remarcar, no se detiene solo con intervención sobre los precios, como tanto se machaca, sino con otras intervenciones defendidas por el Ejecutivo nacional, como el incremento de la producción y de surtidos en el mercado, además de la apertura de nuevos servicios.

Otra interrogante sería casi igual a la que se hizo el fundador del primer proyecto socialista del mundo, Vladimir Ilich Lenin: ¿Qué es el Estado, cuál es su naturaleza, cuál es su significación?

Para Lenin el tema del Estado era uno de los más complicados y difíciles, y tal vez aquel en el que más confusión han sembrado los eruditos, escritores y filósofos burgueses. Y como sabemos, las confusiones y los «confusionistas» nos acompañan hasta hoy, por lo que, para el líder marxista, aquella tenía que ser una interpelación en permanente respuesta.

Así que no es fortuito que entre los grandes dilemas del socialismo cubano aparezca cuál debería ser el cuerpo exacto y la función de esa institución. La interrogante leninista devino dura prueba —ante la que no pocos se desvanecieron— para la teoría y la práctica socialistas. También desde los primeros días nuestro proceso fue perseguido por el «fantasma» del tipo de Estado sobre el cual se estructuraría, y la forma en que se relacionaría con el resto de las instituciones y los ciudadanos.

Se trata de una puja histórica sobre el Estado, entre los que pretenden fundamentar su carácter perturbador y quienes resaltan su imprescindible condición de regulador.

Un dilema que parece haber encontrado en la nueva Constitución cubana una respuesta de más de 60 años. Esa ha sido una institución insoslayable para la justicia, la libertad y la soberanía. Lo inadmisible sería entonces el salto de un Estado que, en algunos casos, resultó omnipresente, a otro absolutamente ausente. Esto último equivaldría a botar no solo la guanaja, sino también sus necesarias, esperadas y promisorias echaditas.


(Tomado de Juventud Rebelde)