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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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lunes, 20 de octubre de 2025

Código martiano para la perdurabilidad de la Revolución y la Nueva República.

 En el inmenso arsenal de la obra martiana se identifican un numero importantes de ideas, conceptos y principios cuya observancia podrían considerarse condiciones sine qua non para la perdurabilidad de la Revolución. Entre esos destacamos los siguientes:

·       Tener sentido del factor tiempo, como factor decisivo en el éxito o el fracaso: Hacer en cada momento, lo que en cada momento es necesario. No intentar lo que se sabe no se ha de lograr.

·       La política es una solución de ecuaciones: la solución falla, cuando la ecuación ha sido mal planteada.

·       Imponer la reflexión y el juicio ante la improvisación y la ausencia de rigor en la identificación de las amenazas y desafíos y al reaccionar tarde antes los cambios. El miedo al cambio puede ser una condena de muerte.

·       Evitar la experimentación empírica en la toma de decisiones. No abandonar lo viejo, sin tener lo nuevo como respuesta (no acabar con lo malo y lo bueno a la vez).

·       Una condición del éxito es: La unidad de pensamiento. No triunfa quien no aprende a ceder y a crear puentes. Vale tanto resistir, como arremeter. Abrir espacio a otros pensadores.

·       La organización revolucionaria será mediante la agrupación de todas las fuerzas vivas de la Patria, conforme a métodos democráticos. 

·       El equilibrio y compensación de las fuerzas para enfrentar los problemas políticos y ante manifestaciones tales como: clases sociales, distribución de la riqueza, la tenencia y monopolio de la propiedad. 

·       Impedir a tiempo la burocratización exagerada de la sociedad.  Todo el poder que adquiere la casta de funcionarios, lo pierde el pueblo.

·       La existencia de mecanismos regulatorios del ejercicio de la democracia, que impidan a tiempo, el surgimiento de castas, los cultos a la personalidad, el hegemonismo, las tiranías y el personalismo o el despotismo y sustentado en el ejercicio del sufragio.

·       Nada son los partidos que no representen las condiciones reales del país. Perdura el que concilia: cae el que persiste en un solo interés.

·       La no convocatoria permanente de las masas que aleje al pueblo del pleno protagonismo en el ejercicio del poder.

·       La exclusión de la práctica del odio ante el adversario.

·       Todo lo que no es compatible con la dignidad humana: caerá.

·       El gobierno es el decoro de la Patria. Si el gobierno yerra, se le advierte, se le indica el error, se le señala el remedio, se le razona y se le explica. Debiera establecerse sosegada comparación entre los que yerran en el poder y los que fuera de el dan medios sensatos para no errar.

·       El gobierno es un encargo popular: debe consultarse su voluntad, sus aspiraciones, escuchar su voz.

·       Ha de tenerse en grado igual sumo, la conciencia del derecho propio y el respeto por el derecho ajeno. Todo aquel que no mira por el derecho ajeno como por el propio. Merece perder el propio.

·       Balancear bien los presupuestos y las ofertas y demandas en la economía y el comercio. Igualar la producción agrícola al consumo.

·       La formación de virtudes éticas y morales de los funcionarios, de la sociedad y en particular de las nuevas generaciones

·       Cuidar la dignidad plena del hombre y la libre expresión del pensamiento, en manifestaciones tales como: Ideología, cultura y economía. La libertad política no estará asegurada mientras no se asegure la libertad espiritual. 

·       Las relaciones sociales, políticas y económicas deberán estar refundadas por la ley.

·       Excluir la práctica de la mentira en el ejercicio de la política y el no uso práctico de la crítica, como medio de rectificación de errores.

·       Una democracia fundada en la educación del pueblo, el acatamiento a las mayorías y el mejoramiento del carácter del ciudadano, por una educación que cuide mas por formar al hombre entero, sincero y cabal, que al hombre instruido, pero sin virtudes.

·       La honradez en el ejercicio de la política. A ella se entra y se sale con las manos limpias.

·       Impedir toda manifestación de Corrupción y de privilegios.

·       Es necesario impedir que con la propaganda de las ideas anexionistas, se debilite la fuerza que vaya adquiriendo la solución revolucionaria.

·       Patria es humanidad. La América ha de promover todo lo que acerque a los pueblos y de abominar todo lo que los aparte. Evitar que los Estados Unidos intenten hacer de la América sometida: un peón que sirva a sus rivalidades imperiales y una mesnada dócil para su predominio mundial.

·       Coadyuvar la unidad latinoamericana, económica y políticamente, capaz de hacer frente al imperialismo estadounidense.  Los pueblos de América Latina, serán más libres y prósperos, en la medida que más se aparten de los Estados Unidos y de su política de intriga y división.

Este breve resumen fue preparado por:

Luis Carlos Guerrero García, La Habana, Agosto de 2017

Guerrelc18@gmail.com

domingo, 18 de mayo de 2025

José Martí y la propiedad sobre los medios de producción[1]

A 130 años de la caida en combate de José Martí, reproducimos este breve ensayo, que conserva plena vigencia, realizado por el hoy Dr. C. Luis Marcelo Yera en el centenario de aquel hecho fatídico.

 “Solo Darwin en las ciencias naturales ha dejado en nuestros tiempos una huella comparable a la de George en la ciencia de la sociedad”.[2]

Como veremos, esta sentencia de Martí realizada en junio de 1887, define la base teórica de su pensamiento en desarrollo acerca de la propiedad sobre los medios de producción, ese aspecto decisivo de todo proyecto político. A la vez, contrasta, según observó perspicazmente Fernández Retamar[3] con lo dicho por Engels cuatro años antes, en 1883, durante su famoso discurso en las exequias de Carlos Marx.[4]

Es así, que el estadounidense Henry George, y no Marx, era el teórico social que más había impactado a nuestro Héroe Nacional. No obstante, este trabajo tiene el objetivo de mostrar no solo los diferentes e inusitados puntos de contacto que sobre la temática poseen el Apóstol y un redescubierto Carlos Marx, sino de extraer de sus respectivas concepciones y actitudes algunas lecciones para el presente.

Comencemos con los criterios de Martí sobre el máximo libro de George, Progreso y Miseria. Esta obra la valoró como un "examen hondísimo de los males humanos y sus causas" que "llega a asentar que todo el mal viene de la acumulación de la tierra en manos privadas, y sostiene que el problema de la pobreza no tiene en estos pueblos grandes (es decir, en los que hoy diríamos «países capitalistas desarrollados») más remedio que ir convirtiendo pacíficamente por una reforma en la tarifa toda la tierra, que la naturaleza creó para todos los hombres, en propiedad nacional, por cuyo uso pague el ocupante a la comunidad, explótelo o no, el alquiler de la tierra que ocupa, el cual irá como contribución única a pagar las legítimas expensas del Erario, quien no tendrá en esa manera que agravar los costos de la vida con los derechos de aduana, y aún podrá, con lo que ha de sobrarle reunir en sus manos y gobernar por sí todos los medios de comunicación necesaria para la felicidad humana que por no poder existir sin el elemento nacional de la tierra, pertenecen de derecho a la nación para el beneficio de sus habitantes".[5]

La limitación de George de resolver el problema social nacionalizando solamente la tierra y los llamados servicios públicos de la época —el correo, los telégrafos y el ferrocarril—, y cobrando un impuesto único por el uso de la primera, lo convertía en un representante de los intereses de los pequeños agricultores norteamericanos, afectados como nadie por los impuestos de los latifundistas y las tarifas de carga del ferrocarril privado. De todas formas, George alcanzó también un gran apoyo obrero, aunque el propio Marx lo criticó en 1881 cuando escribió a Sorge, entre otras cuestiones, que: “El hombre (se refiere a George) está, en el plano teórico, totalmente atrasado”.[6]

Sin embargo, el hecho de que Martí diera una connotación tan grande a la obra de George no impidió que nuestro Héroe Nacional rebasara con sus concepciones sobre la propiedad al norteamericano. En 1890 preconizaba porque “… la industria, los bienes perennes y comunes de la naturaleza no estén concentrados en manos de monopolios privados para el beneficio de los monopolios, sino en manos de la nación para el beneficio nacional".[7]

Obsérvese cómo el Apóstol añade a las nacionalizaciones de George la de los monopolios industriales. Así, estamos ante un Martí más avanzado, que le preocupa menos que gane espacio la propiedad estatal al modo de la abordada en su trabajo sobre Hebert Spencer, filósofo inglés que había escrito por aquel entonces el libro El hombre contra el Estado, en cuatro ensayos. El segundo de ellos, con el título de La futura esclavitud, lo analizó Martí en 1884 en un artículo periodístico, compartiendo y discrepando puntos de vista del británico sobre las consecuencias que tendría la extensión de la propiedad del Estado a todas las esferas de la vida de una nación.[8]

Los planteamientos de Spencer se sustentan en lo fundamental en dos ideas muy discutibles: todo colectivismo socialista debilita la acción individual y la de que todos los males sociales proceden de la naturaleza humana, eternamente defectuosa.

Sobre la primera concepción, Martí acepta la propiedad del Estado en importantes sectores de la economía, mientras que la segunda, la rechaza.    

En la lógica de su pensamiento económico deja fuera del Estado la explotación de la tierra y las pequeñas y medianas empresas en otras esferas de la economía. Había escrito en su momento: "Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios".[9] Aquí es necesario recordar la preocupación constante del Apóstol, influido por Spencer, por la libertad del individuo para que no sea aplastado por la comunidad, pero también apuntamos su desvelo porque las relaciones de propiedad privada tengan una función suficientemente social de equidad y dignidad para el hombre, por lo cual era preciso regularla.

¿Marx en Martí?


Se ha discutido si nuestro Héroe Nacional leyó o no a Marx, para sostener posiciones como estas y, en ese debate, las opiniones al respecto se han mantenido divididas hasta por Io menos la aparición del ensayo de Rafael Almanza: "En torno al pensamiento económico de José Martí". No sé qué opinarán hoy los partidarios de una lectura de Marx por Martí, pero, con exhaustividad argumental, este excelente texto concluye que "con los datos que tenemos hasta ahora, resulta imposible sostener que Martí conocía cabalmente a Marx”[10],  aunque se capta en el libro una convicción más íntima en el autor en relación con que es en realidad muy difícil que ello hubiera ocurrido.

No se repetirá aquí a Almanza, pero sí se brindarán elementos adicionales que fortalecen su reserva.

Primeramente, para conocer con una adecuada profundidad a Marx habría que estudiar el no fácilmente accesible tomo I de El Capital, donde según el propio pensador estaba lo mas importante de su teoría. Ello es difícilmente posible en Martí, no porque no estuviera a su alcance intelectual y paciencia la lectura, sino debido a la historia de las ediciones fuera de Alemania. Las primeras de ellas se comenzaron a vender en marzo de 1872 en Rusia y tres meses más tarde en Francia.[11]

En Inglaterra ello ocurrió, con éxito editorial, en 1887.[12] Es decir, para lo que se quiere argumentar, al parecer solo ediciones extranjeras del primer tomo de El Capital hubieran podido llegar a Martí entre su fecha de publicación en Alemania en 1867 y el momento en que nuestro Apóstol se introdujo de lleno en las tareas de la "guerra necesaria" en tierras norteamericanas, lo cual puede ubicarse en 1891. Es oportuno recordar que Martí residió en los Estados Unidos de 1880 a 1895, prácticamente el único lugar y período de su vida donde pudo recibir estas influencias.

Interesa hacer notar, además, que existía una idea divulgativa en Federico Engels hacia los obreros norteamericanos que por extensión pudo afectar a Martí. En el mismo 1887 no los consideraba maduros para leer siquiera el Manifiesto del Partido Comunista, aconsejando suministrarles la teoría del tomo I de El Capital dosificadamente,[13] lo cual se había comenzado en la década de los setenta, cuando Martí aún no vivía allí. No obstante, el mismo Engels ratifica en 1872 la existencia ya de varias ediciones del Manifiesto en Norteamérica.[14]

Martí, por su parte, no hace referencia ni a estas ni a ninguna otra obra marxista en sus textos, Io cual no quiere decir que desconociera su existencia.

En 1991, un investigador puertorriqueño, José C, Ballón, realizó un valiosísimo hallazgo en la biblioteca personal de Martí que custodia el Consejo de Estado de Cuba a través del Archivo de Asuntos Históricos: un libro de 1887 en inglés con 21 notas y 12 subrayados del Héroe, El socialismo contemporáneo de John Rae, compendio sobre las distintas teorías socialistas en el siglo XIX, catalogado de riguroso por Ballón. En este texto, uno de los capítulos más voluminosos, con 67 páginas, está dedicado a divulgar la vida y teoría de Marx y menciona, tanto a El Capital como al Manifiesto.[15]

Sería interesante leer qué dijo realmente Rae en su obra acerca de Marx, pero aunque Martí no anota ni subraya nada en esta parte, no es difícil demostrar, partiendo del conocimiento de la teoría marxista sobre el socialismo, que el Héroe cubano no la conoce con profundidad, no obstante llamar a Marx en su famosa crónica motivada por la muerte de este último, "veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres", y estar, asombrosamente, más próximos de lo que parece.

Para darnos cuenta de ello, el polémico artículo martiano de 1884 sobre el texto de Hebert Spencer: "La futura esclavitud", es uno de los buenos argumentos. Sobre este trabajo, convengo con Cintio Vitier en el giro sorpresivo que da Martí al final cuando conmina a la política y al Estado ante la solución liberal de Spencer de excluir este último: "iYerra, pero consuela!, que el que consuela, nunca yerra".[16] Pero aquí y en otras partes de su obra parece manifestarse un Martí que se debate entre dos esperanzas: la implícita en su escrito sobre Spencer de que "el edificio... de veras tenebroso" de la absolutización de la propiedad estatal al estilo vislumbrado por el inglés no se llegara a producir y cuando escribió en 1886: 'Todo el anhelo de la civilización está en volver a la sencillez y justicia de Ios repartimientos primitivos".[17]

Es como si le faltara un eslabón, un eslabón que solo Marx podía brindarle, Un Marx que ni entonces ni aún se conoce totalmente.

Porque el principal ideólogo del materialismo filosófico, independientemente de las graves limitaciones que observó en la doctrina Georgista, tenía puntos de contacto con ella y con Martí y una concepción sobre lo que es la propiedad social sobre los medios de producción, que un poco más adelante se propondrá.

Valorando las similitudes, Carlos Marx coincidía con George y con Martí en la necesidad de nacionalizar la tierra y cobrar una renta por su uso. La primera medida de transición a adoptar por el Estado proletario de los países avanzados está referida en el Manifiesto del Partido Comunista: "Expropiación de la propiedad territorial y empleo de la renta de la tierra para los gastos del Estado".

La diferencia marxista radica en el tipo de explotación a establecer como estrategia sobre los terrenos.

Por cierto, excusándome de la digresión, en el artículo sobre "La futura esclavitud" demuestra Martí no conocer o recordar el Manifiesto cuando discrepa de la medida que propone una llamada "Federación Democrática Inglesa" y que es, en esencia, la octava medida de transición planteada por el documento: la "formación de ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el Estado"[18], inexplicablemente omitida por Almanza como la segunda cita casi textual de Marx conocida por Martí.

La primera, "una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos", del Manifiesto, la debió oír y leer Martí, según se ha investigado, partiendo de su casi segura asistencia al acto por la muerte de Marx celebrado en New York el 20 de marzo de 1883, donde la expresó un orador, y de la lectura de las reseñas publicadas por la prensa norteamericana sobre dicho evento, bases informativas ambas para preparar su crónica "Honores a Karl Marx, que ha muerto", aparecida ese mismo mes.

Martí, al igual que Spencer, opinaba sin conocer el concepto de Estado en Marx que "semejantes empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos ya excesiva”[19].

Pero, continuemos con otra coincidencia entre los pensadores. La sexta medida recomendada por el Manifiesto apuntaba a la "centralización en manos del Estado de todos los medios de transporte", lo que significa que, por lo menos en el ferrocarril, también los fundadores del marxismo estaban de acuerdo con George y Martí. Lo único que, como ya expresamos, la palabra Estado tenía una connotación diferente en Marx. Al parecer, todo hace indicar que Martí y George jamás la conocieron. En realidad, todavía hoy se discute que quiso decir Marx con su concepción de propiedad social sobre los medios de producción, idea esta no suficientemente explícita en los textos de los clásicos.

Como se anunció unos párrafos atrás, es necesario abordar esta última cuestión para valorar mejor el pensamiento de Martí sobre el asunto.

En un voluminoso procesamiento de información en la obra de los clásicos del marxismo y en el acontecer del capitalismo desarrollado después de la muerte de Lenin, puede concluirse que la meta de la propiedad social sobre los medios de producción es, en esencia, lograr una especie de monopolio de la sociedad sobre dichos medios, conformado por empresas de trabajadores asociados o cooperativas, las que respetando los intereses cualitativos más generales y caros de la sociedad, gozan a su vez de la debida autonomía.[20]

La idea de esa sociedad, aunque aparece simplificada por motivos de espacio, fue expresada por Marx cuando planteaba la necesidad de “convertir la producción social en un sistema armónico y vasto de trabajo cooperativo”.[21]  

O por Lenin, cuando expresaba que “(…) el régimen de los cooperativistas cultos es el socialismo”.[22]

También el pionero de los dirigentes obreros de Cuba el socialista Enrique Roig San Martín (1843-1889), amigo admirado del entrañable para Martí, Fermín Valdés Dominguez, habría sido el primero en nuestra patria en definir la propiedad social como una “(…) libre federación de libres asociaciones de productores libres”.[23] Ello lo hizo, con evidente influencia marxista, en el periódico El Productor, el cual dirigía.

¿Estaría de acuerdo con esa concepción un Martí que, sobrepasando a George, coincidía con Marx en la necesidad de pasar a propiedad pública los monopolios industriales?

Considerando la justicia que, en materia de desburocratización, de distribución del ingreso y libertad de gestión genera la producción cooperativa, pienso que sí.

Hay que tener claro que la propiedad social en la variante conocida en los llamados “países socialistas” generó una costra de funcionarios públicos o burócratas que contribuyó a dar al traste con el sistema, lo cual era una gran preocupación en Martí. Recuérdese que en el artículo sobre Spencer concordaba sobre el absolutismo de la propiedad estatal, que "de ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría (el hombre) a ser esclavo de los funcionarios".[24]

Con la producción cooperativa no puede ocurrir así, debido sencillamente a la revolución que genera en materia de descentralización de decisiones hacia los trabajadores, respetuosos a su vez de los objetivos generales de la sociedad. Hay que decir sin ambages que de donde estén las decisiones, en la burocracia gubernamental o en los colectivos de trabajadores, depende el éxito del socialismo.

Martí podría tener otras dudas con la propiedad social marxista, pero no la de que genere burocracia. Adicionalmente, la producción cooperativa representa el eslabón perdido indispensable para regresar, en un nivel superior, a los ya mencionados "repartimientos primitivos" tratados por Martí.

Hay coincidencias también no menos importantes entre nuestro Apóstol y Marx en lo que se refiere al desarrollo económico latinoamericano vinculado a la propiedad en el siglo XIX, y es en lo relativo a la gradualidad en los cambios y en la consideración de las condiciones específicas de cada nación.

Muchos recordarán la crítica martiana a Marx cuando escribió injustamente que " (...) anduvo deprisa (...) sin ver que no nacen viables ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa”.[25]

Teniendo en cuenta las leyes de la concepción materialista y dialéctica de la historia, una de las tres partes componentes del marxismo, Marx no avalaba, y debe decirse que no siempre consideró la violencia, el establecimiento del socialismo en la Latinoamérica del siglo pasado donde la clase obrera y, por tanto, la burguesía, eran incipientes. Martí no estaba al tanto de ese gran descubrimiento de Marx, pero parecía intuirlo.

En el siglo XIX los países latinoamericanos tenían un desarrollo concreto en sus fuerzas productivas que pedía relaciones de propiedad capitalistas para hacerlas avanzar y dejar atrás las formas atrasadas de apropiación existentes. Por ello, cuando Martí en 1890 espetaba: "Ni Saint Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo", Marx recordando una de las leyes universales de la concepción materialista de la historia reveladas por él y que hoy mantiene su actualidad, tendría que haberle sonreído y decirle: "Correcto. Desarróllense las fuerzas productivas en cada nación latinoamericana con las formas de propiedad que más las hagan avanzar".

En relación con esto, la investigadora cubana Graciela Chailloux considera como virtualmente irrealizable a finales de siglo XIX un desarrollo económico en la región con independencia del capitalismo norteamericano o inglés,[26] aunque pienso que pudieron estar sujetos a control.

Como se aprecia, no son pocos los puntos de contacto entre Marx y Martí en la esfera de la propiedad. Es en verdad admirable en el pensamiento martiano sobre este tópico, su preocupación humanista, ponderación y la orientación hacia adelante de sus concepciones.

Actitud ante la teoría

También se debe destacar con no menos fuerza, la avidez que profesaba Martí por la teoría social de la época que estaba a su alcance y su estudio más profundo.

Hoy, en relación con esto último y en medio de una confusión generalizada en las filas de la izquierda, tenemos que tomar el ejemplo martiano y lamentar los casos de quienes se vanaglorian de no haber perdido su tiempo leyendo a los clásicos del marxismo.

Ello, claro está, no es obligatorio para nadie, pero la ausencia de una lectura y un debate abiertos sobre cuestiones tan complejas y cruciales como las del tratamiento de la propiedad, tuvieron un peso inestimable en la catástrofe del llamado "socialismo real". El marxismo no es culpable de ello, mientras que las abiertas y sabias actitudes de Martí y Marx ante la difícil ciencia social, nos pueden servir de guía. Recordemos la deliciosa cita de un Marx preocupado por la posible impaciencia del público francés, siempre deseoso de empaparse de todo con rapidez, como el cubano, según pudiera haber dicho Jorge Mañach, y la ardua lectura, dada por el novedoso método de análisis, de los primeros capítulos de El Capital: "Esa es una desventaja contra la cual nada puedo y todo lo que puedo hacer, sin embargo, es prevenir a los lectores cuidadosos de la verdad. No existe atajo para la ciencia y únicamente tienen oportunidad de escalar su cima luminosa aquellos que no temen fatigarse al trepar sus escarpados senderos".[27]

Engels, en su oportunidad, había advertido, y cada marxista sabe que lo hacía sobre todo pensando en el procedimiento a seguir con la propiedad, que... "el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir que se le estudie",[28] mientras que nuestro Martí repetía dicha actual alerta al llamarnos la atención sobre uno de los peligros que tenía la idea socialista “(...) el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas".[29]

Por oposición nos llamó, pues, a una lectura propia, clara y total. Marx también.


Citas

¹ Conferencia impartida por el autor el 12 de mayo de 1993 en la Cátedra Latinoamericana y del Caribe que dirigía el fallecido intelectual cubano Cintio Vitier, en la Universidad de la Habana. Posteriormente, fue seleccionada por un jurado presidido por el Dr. Julio Le Riverend para formar parte de la edición especial que con motivo del centenario de la caída en combate de José Martí, preparó la Revista Cubana de Ciencias Sociales en su número 30 de 1995, hace 30 años. Se incorporan muy ligeras correcciones y adiciones que no afectan la esencia del texto original. 

[2] José Martí: Obras completas, t. 11, Editorial de Ciencias Sociales, la Habana, 1975, p. 146.  

[3] Rafael Almanza: En torno al Pensamiento económico de José Martí, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1990, p. 261.

[4] Engels dijo allí: "Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la   ley del desarrollo de la historia humana”; Federico Engels "Discurso ante la tumba de Marx", en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, 1 t., Editorial Progreso, Moscú, (s. a), p. 451.

[5] Rafael Almanza: Ob. cit., p. 274. 

[6] Carlos Marx y Federico Engels: Cartas sobre El Capital, Editora Política, La Habana, 1982, p.314.

[7] José Martí: Ob. cit., t. 12, p. 377.

[8] Ibídem, t.15.

[9] Rafael Almanza: Ob. cit., p. 123.

[10] Ibídem, p. 252.

[11] Carlos Marx y Federico Engels: Ob. cit., pp. 274-275.

[12] Ibídem, p.357.

[13] Ibídem, pp. 354-356.

[14] Federico Engels: "Prefacio a la edición alemana de 1872" (del Manifiesto del Partido Comunista), en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, 1 t., ed.cit., p.27.

[15] José Carlos Ballón: "Martí y el socialismo contemporáneo de John Rae", conferencia para el evento "José Martí, hombre universal", la Habana, abril de 1992. 

[16] Cintio Vitier: "Algunas reflexiones en torno a José Martí", Conferencia magistral dictada en el evento "José Martí, hombre universal", suplemento del periódico Granma, La Habana, 11 de abril de 1992.

[17] Rafael Almanza: Ob. cit., p. 280.

[18] José Martí: Ob. cit., t. 15, p. 390.

[19] Ídem. 

[20] Posteriormente, el autor enriqueció esta visión general, a alcanzar muy gradualmente, al definirla “anatómica y fisiológicamente”, como la de “un único conglomerado estatal integrado por grupos empresariales ramales o subramales, organización que sustenta la planificación de cada grupo —ramal de hecho—, en los distintos horizontes de esta, contexto en el que las empresas, orientadas en esta perspectiva, se gestionarían descentralizadamente de manera cooperativa”. Tomado de su tesis doctoral, “Los tipos socioeconómicos en la fundamentación de las políticas futuras sobre el universo empresarial cubano”, defendida con éxito en mayo de 2023.

[21] Carlos Marx: “Instrucción sobre diversos problemas a los delegados del consejo central provisional”, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, 2 t., t. 2, Editorial Progreso, Moscú, 1973, p. 82.

[22] V.I.Lenin: “Sobre las cooperativas”, en Obras completas, t.45, Editorial Progreso, Moscú, 1987, p.389.

[23] Aleida Plasencia: “El Productor”, en autores varios, Historia de la prensa en cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1988, p.134. 

[24] José Martí: Ob. cit., t. 15, p. 391.

[25] Ibídem, t. 9, p. 388.

[26] Graciela Chailloux: Estrategia y Pensamiento económico de José Martí frente al imperialismo norteamericano, Centro de Estudios sobre Estados Unidos (CESEU), la Habana, 1989, p.139. 

[27] Carlos Marx y Federico Engels: Cartas sobre El capital, ed. cit., p. 272.

[28] Federico Engels: "Prefacio a la guerra campesina en Alemania", 2da. ed., 1870, en Carlos Marx y Federico Engels, Obras escogidas, 1 t., ed. cit., p. 254.

[29] José Martí: Ob. cit., t. 3, p. 168. 

jueves, 23 de mayo de 2024

PARTIDO MARTIANO Y PARTIDO ÚNICO

17 mayo

A propósito del 129 aniversario de la muerte de Martí.

***

La intención de legitimar la existencia de un partido único al atribuirle como precedente al Partido Revolucionario Cubano, corresponde al ámbito de la propaganda política pero carece de sustentación histórica y presenta notables deficiencias conceptuales. Las diferencias entre la organización creada por Martí en 1892 y el partido de origen leninista, son de tal magnitud que sugerimos revisar los conceptos.

LA ORGANIZACIÓN FUNDADA POR MARTÍ

Si el propósito es gestar una sociedad democrática, justa y equitativa, las instituciones que se lo propongan deben estructurarse y funcionar sobre tales principios. El Partido Revolucionario Cubano se diferenciaba de cualquier otra organización de su época por ser absolutamente original, gestada dentro del movimiento patriótico cubano, heredero de experiencias antillanas, latinoamericanas y universales, cuya concepción y estructura se deben al pensamiento de José Martí, quien lo propuso a dirigentes y personalidades de la emigración e incorporó sus sugerencias, emanadas de intercambios ocurridos a fines de 1891 e inicio del 92 en Tampa y Cayo Hueso.

El programa de la nueva agrupación se encuentra, en lo esencial, en las Bases del Partido Revolucionario Cubano —precisadas y ampliadas en comunicaciones del Delegado a los clubes y Cuerpos de Consejo. Sus bases ideológicas y políticas son el patriotismo y el independentismo absoluto, que implicaba rechazar toda forma de dependencia económica y política, no solo de España, sino de Estados Unidos y de cualquier otro país.

Organización inclusiva, hallamos en sus filas a seguidores del liberalismo, el marxismo y el anarquismo, diferenciados únicamente por los matices en la manifestación de su fidelidad a la libertad de Cuba y Puerto Rico. Solamente se excluirían quienes antepusieran sus intereses personales o de clase a la causa independentista.

Su base social era multiclasista, mayoritariamente de origen popular, provenientes de sectores de trabajadores manuales e intelectuales de diversos oficios y profesiones, obreros tabaqueros de las emigraciones, así como de la pequeña burguesía y de la que puede considerarse la burguesía patriótica, formada por propietarios de tabaquerías. La genialidad de Martí le permitió comprender que en aquella coyuntura histórica era posible la confluencia de intereses de diversas clases sociales. Tendrían cabida en el Partido Revolucionario Cubano todas las personas que acataran su programa e ingresaran a un club desde el cual laboraran por la independencia. Esto permite su clasificación como un partido de masas.

Eran objetivos esenciales de la nueva agrupación preparar la guerra independentista de Cuba y auxiliar la de Puerto Rico. Al unísono, crearía las condiciones político-ideológicas que garantizaran el espíritu y la práctica republicanos, democráticos y populares de la república que surgiría de la contienda bélica. Estos dos objetivos se hallan íntimamente imbricados, no eran procesos sucesivos, sino se realizarían paralelamente hasta alcanzar la ansiada libertad, y con ella las condiciones propicias para la emancipación humana.

Martí lo expresó en múltiples ocasiones: «lo que estamos preparando, porque no hay otro modo de salvar nuestro país, es la guerra», [Epistolario, t. III, p. 120] promovida por la nueva agrupación, fundada «para poner la república sincera en la guerra, de modo que ya en la guerra vaya, e impere naturalmente, por poder incontrastable, después de la guerra». [OC., t. 1, p. 388]

El Partido dedicaría sus esfuerzos a organizar las condiciones para el inicio de la lucha armada, pero sin pretensiones de dirigirla una vez comenzada. El Delegado expresó que su «misión previa y transitoria» cesaría «el día en que ponga en Cuba su parte de la guerra». [OC, t. 2, p. 275] El proceso bélico generaría sus propios jefes, y sería el gobierno elegido en territorio insurrecto el encargado de guiar a los patriotas una vez constituido; entonces la institución partidista asumiría las tareas de auxiliar, subordinada a la autoridad suprema de la Isla en armas, que se caracterizaría por su «respetable representación republicana», garantía de la «plena libertad en el ejército». [OC, t. 4, p. 169]

Nadie podría acusar a la dirigencia partidista de ir contra los principios democráticos que enunciaba, pues desde la etapa de preparación de la guerra el Apóstol había hecho público el desinterés con que la agrupación se entregaba a las labores por la independencia: «El Partido Revolucionario [...] ni tiene cabeceras que levantar, ni jefes viejos o nuevos que poner sobre los del país, ni pretensiones que serían de un aliento arrolladas por el derecho anterior de la primera república, y el derecho nuevo y supremo del país». [OC, t. 2, p. 275]

La política unitaria y democrática se manifestaba con sumo tacto en este delicado aspecto, pues debían borrarse las prevenciones y desmentir a quienes en Cuba le atribuían ambiciones de poder. Una de las primeras tareas que asumió Martí, de consuno con el general Máximo Gómez, tras incorporarse a la contienda, fue organizar la Asamblea de Delgados ante la cual depondría «la autoridad que ante ella cesa. Y ayudaré a que el gobierno sea simple y eficaz, útil, amado, uno, respetable, viable». Ambos firmaron las convocatorias, que expresaban: «Los poderes creados por el Partido Revolucionario Cubano, al entrar éste en las condiciones más vastas y distintas en que le pone la guerra en el país, deben acudir al país y demandarle, como lo hace, que dé al gobierno que la ha de regir formas adecuadas a las nuevas condiciones». [OC, t. 4, p. 135]

Ninguna de estas resoluciones constituía, en aquel momento, un elemento perturbador, como hubiera sido pretender otra solución que no tuviera antecedentes ni justificación histórica en el último decenio del siglo XIX en Cuba. La preocupación fundamental del Maestro en aquellos días mambises se centraba en la forma que debía darse al organismo a constituir, pues de la estructura de este dependería el futuro de la guerra y de la república democrática, justa y equitativa a que aspiraba la mayoría de los cubanos.



Fundadores del Partido Revolucionario cubano en Key West (Foto: Tomada de Habana Radio).

PARTIDO ÚNICO

El concepto de partido único no fue generado por pensadores cubanos ni latinoamericanos; su origen fue resultado de las luchas sociales y políticas europeas del siglo XIX y principios del XX, cuando Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, se empeñaba en combatir el régimen zarista, para lo que concibió la formación de una organización, el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso —del cual se desgajaría más adelante una facción bolchevique que adoptó el nombre de Partido Comunista en 1918—, que desde la clandestinidad organizara al proletariado para luchar contra la opresión, conquistar el poder y establecer la que denominaban «dictadura democrática» de obreros y campesinos.

Una vez derrocado el zarismo, en febrero de 1917, el partido leninista participó, en igualdad de condiciones, en la convocatoria realizada por diversas agrupaciones políticas para llevar a cabo una Asamblea Constituyente, que institucionalizaría el gobierno democrático.

Las decisiones de los efímeros gobiernos constituidos en los meses subsiguientes impusieron una salida insurreccional. La Revolución de Octubre, dirigida por los bolcheviques encabezados por Lenin, logró la radicalización del proceso. El poder conquistado se transfirió a los soviets de obreros, soldados, campesinos y estudiantes, integrados por diversos sectores sociales y políticos que, en su II Congreso, se fortalecen.

En el III Congreso de los soviets, en enero de 1918, se consolidó la acción de los bolcheviques, con el apoyo de otras agrupaciones políticas. El momento era riesgoso para la nación, empobrecida en medio de la Primera Guerra Mundial —de la que Rusia se retiró mediante acuerdo de paz—, agredida desde el exterior y enfrentada a la contrarrevolución interna. Estas condiciones extremas fueron cediendo ante la fuerza del Ejército Rojo.

Hacia 1921 las circunstancias habían mejorado, hasta lograr una estabilidad suficiente. Ese año fue realizado el X Congreso del Partido Comunista, en el que prevalecieron criterios y fuerzas conducentes a la aprobación de disposiciones que comprometerían el futuro de la dirección política. Fueron prohibidos todo grupo, facción o tendencia dentro del partido. Ello se hizo con el argumento de lograr la unidad interna, pero en la práctica impedía la expresión de divergencias entre los comunistas, los revolucionarios, e inclusive los sectores que los apoyaban, so pena de ser expulsados de la agrupación. De este modo fue liquidada la democracia participativa: toda tarea de gobierno quedó concentrada en una élite de políticos dedicados exclusivamente a esa actividad.

Lenin declaró que el Partido Comunista era el único capaz de dirigir al país hacia el socialismo mediante la dictadura del proletariado, de la cual el partido era condición indispensable. Quedaron excluidas la oposición política y la oposición obrera, y se establecieron el partido único y la dictadura del proletariado. Este último concepto fue enunciado por Carlos Marx, pero como etapa transitoria que duraría el tiempo requerido para afianzar el poder y permitir la conquista de la democracia para todos los miembros de la sociedad.

En el partido leninista, la tendencia era diferente. Al no permitirse el disenso ni la discusión de las orientaciones emanadas por el Buró Político —constituido por políticos profesionales—, se impidió la democracia interna de la agrupación, que se convirtió en un aparato verticalista con enorme estructura burocrática, hasta llegar a la degeneración impuesta por Josep Stalin tras la muerte de Lenin, en 1924.

Las masas de la población, y también las bases partidarias, fueron apartadas de todo tipo de decisiones estratégicas, asumidas por dirigencias supuestamente infalibles (1, 2 y 3).



Poster soviético de propaganda en el que se muestra a un amado Stalin con la leyenda: «El capitán de la URSS nos lleva de una victoria a otra». (Imagen: Russia Beyond)

EL PARTIDO DE MARTÍ EN SU ÉPOCA

En el último decenio del siglo XIX no estaba planteada en Cuba, en modo alguno, la posibilidad de una revolución encabezada por la clase obrera, y menos aún la construcción del socialismo. Por ello resulta inadecuado atribuirle a Martí una concepción del partido que no concuerda con sus circunstancias históricas, sino con las de principios del siglo XX y en otro contexto. En este sentido, Juan Marinello enfrentó a quienes argumentaban similitudes entre el partido martiano y el leninista: «Toda equiparación y equivalencia son, desde luego, inválidas, ya que el pensamiento orientador y la naturaleza de los propósitos fueron muy distintos» (p.358).

Entre esas supuestas similitudes, se encuentra la de atribuirle a Martí aspiraciones de establecer la dirección política del Partido Revolucionario Cubano en la república que debía fundarse alcanzada la independencia, con lo que se pretende convertirlo en un partido único. En ningún texto o documento suyo aparece tal cosa, lo que no implicaba el alejamiento de sus deberes en las nuevas condiciones que advendrían, pues en sus análisis manifiesta la convicción de continuar enfrentando, en la etapa post-bélica, a las tendencias antidemocráticas encabezadas por aspirantes a privilegios.

En medio de la preparación de la guerra, advirtió: «Se morirá por la república después, si es preciso, como se morirá por la independencia primero». Previó obstáculos políticos y sociales que deberían afrontarse desde el final de la contienda, y que no provendrían solo de enemigos externos, sino de sectores que mostrarían sus zarpas elitistas cuando tuvieran ocasión: «Moriremos por la libertad verdadera; no por la libertad que sirve de pretexto para mantener a unos hombres en el goce excesivo, y a otros en el dolor innecesario». [OC, t. 2, p. 255]

Valoró que habría grupos, sectores o clases opuestos a la justicia social, dispuestos a defender sus posiciones e intereses a costa de la entrega de la patria a nuevos amos:

A la significación y curso estamos aquí de las fuerzas sociales, que, por el enconado apetito del privilegio, y el hábito y consejo de la arrogancia, y la docilidad de las preocupaciones naturales en Cuba, pudieran impedir, aun después de la independencia, el equilibrio justiciero de los elementos diversos de la isla, y el reconocimiento, ni demagógico ni medroso, de todas sus capacidades y potencias políticas, sin el cual vendría la patria, desmigajada en la continua guerra, a parar en el yanqui aniquilador y rapaz. [OC., t, 3, p. 264]

No aludía a la defensa de los derechos de una clase social u otra, sino a las amenazas a la integridad nacional, cuyos más decididos defensores no se encontraban entre los grandes propietarios y comerciantes vinculados al dominio colonial, sino en las amplias masas de trabajadores —concepto que incluye a todo el que libra el sustento con su esfuerzo—, a los que denominó «los pobres de la tierra», y advirtió que habrá quienes «querrán, astutos, sentarse sobre ellos»; e incluso concibió la posibilidad de que «las vanidades y ambiciones, servidas por la venganza y el interés, se junten y triunfen, pasajeramente al menos, sobre los corazones equitativos y francos».

Delimitó las posiciones que ocuparían los diversos grupos de intereses en la etapa por venir, y afirmó su puesto junto a los más necesitados: «Sépanlo al menos. No trabajan para traidores»; [OC, t. 3, p. 304] enfrentaría a los promotores de nuevas formas de injusticia social: «Aquí nos encararíamos, vigilantes, contra los que [...] no vieran en la campaña de independencia el modo de devolver a todos los cubanos sus derechos, sino de ejercitar derechos especiales, y señorío vejatorio, sobre algún número de cubanos». [OC, t. 1, p. 480]

Nada más ajeno al pensamiento martiano que una concepción de la república como régimen libre de contradicciones. En sus textos se hallan elementos suficientes para afirmar que no solo trataba de alcanzar una forma de gobierno para la república en la que existiera un pleno ejercicio de la democracia, sino, además, de establecer un orden social capaz de eliminar el colonialismo español de toda la vida nacional, a la vez que evitaba el establecimiento de nuevos vínculos de dependencia, para lo cual el Estado cubano no sería un supuesto poder neutral, sino debería asumir un papel activo en el logro del desarrollo económico y en la garantía de la protección de los intereses nacionales, frente al expansionismo del vecino del norte.



Nada más ajeno al pensamiento martiano que una concepción de la república como régimen libre de contradicciones. (Foto: Ernesto Mastrascusa/EFE)

EL LEGADO MARTIANO

Para la mayoría del pueblo cubano, conscientemente o no, son partes constitutivas de su modo de ser y vivir el patriotismo, la independencia absoluta, la unidad nacional, la defensa de los intereses populares, la lucha contra toda forma de discriminación, el internacionalismo, el antinjerencismo, el anticolonialismo, el antimperialismo. Tales principios, concepciones e ideas no provienen de la adscripción al marxismo: «Desde la primera generación de marxistas cubanos, la de los años veinte, estuvo claro que la tradición nacional, culminante en Martí, no podía ser subsidiaria de la nueva ideología, sino al revés», expresó Cintio Vitier (p.105).

El pensamiento cubano tiene profundas raíces históricas. Desde el presbítero Félix Varela se ha aspirado a un país independiente en el que la justicia social forme parte esencial de la democracia, pues la participación de sectores mayoritarios de la población en un proyecto común constituye garantía de estabilidad y fortaleza ante todas las formas de peligros y amenazas. Martí fue heredero de esta tradición, y dejó un legado que sustenta las luchas del presente.

En el momento actual de Cuba, en que algunos de los que se decían defensores de la justicia social reniegan de ella, y en que la opresión y la explotación tratan de encubrirse tras una terminología dulcificada, debemos recordar que Martí definió con claridad que la república no era «un nuevo modo de mantener sobre el pavés, a buena cama y mesa, a los perezosos y soberbios que, en la ruindad de su egoísmo, se creen carga natural y señores ineludibles de su pueblo inferior». [O. C., t. 2, p. 255]

Esta época, en que los poderosos pretenden imponer sus opiniones y silenciar todo argumento inconveniente a sus propósitos, debemos tener presente el ideario y el ejemplo del Maestro: «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es en mí fanatismo: si muero, o me matan, será por eso». [ OC., t. 3, p. 166]

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Imagen principal: Fernando Medina Fernández / Cubahora.