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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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lunes, 13 de julio de 2020

COVID Y GLOBALIZACIÓN

Por Jorge Gómez Barata

El devenir mediante el cual la humanidad, con intervención divina o sin ella, se hizo así misma, es demasiado maravilloso como para creer que un virus, una pandemia o un estúpido, pueden paralizarlo o revertirlo. La COVID no modificará el curso de la civilización, Donald Trump tampoco.

Algunas afirmaciones teóricas y sociológicas, modernas, ignorantes de lo ocurrido, no solo en el pasado remoto, sino en épocas más recientes, son especulaciones o expresiones del mismo pensamiento mágico de los creadores de los tótems y los ídolos de antaño. No hay modo de precisar el momento en que surgió el estado ni argumentos para probar que “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases” o que la “mano invisible del mercado es la palanca que mueve a la civilización”.

Lo que con certeza se conoce es que, apelando al libre albedrio, los hombres crearon las civilizaciones y las culturas, así como las entidades necesarias para sobrevivir, organizar y regular la convivencia y la cooperación, entre ellas la política, que confiere legitimidad y hace viable el ejercicio del poder.

Así, para satisfacer necesidades históricas aparecieron los caudillos, líderes carismáticos y mesiánicos, revolucionarios e ideólogos que llenaron épocas en la historia política, pero que están siendo trascendidos. La evolución que terminó con aquellos especímenes, superará también los límites del estado nacional, estructura geopolítica que cederá ante los procesos operados en la economía, las finanzas, el comercio, la cultura e incluso la política que transitan hacia fórmulas de integración coherentes con la era global.

Ese curso, explicito desde hace unos 500 años, cuando Africa y América se sumaron a Europa y Asia para formar los ambientes mundiales, se aceleró hace unos 70 años, cuando en respuesta a la amenaza fascista, se diseñó un orden internacional que, aun con carencias estructurales y funcionales, teniendo como eje a la ONU y su Carta y las instituciones de Breton Woods impulsaron la globalización que, aunque perjudicada por acentos neoliberales circunstánciales, marca el rumbo como una insustituible brújula económica, política y social.

Aunque como ocurrió en los años cuarenta del siglo XX, será necesario el consenso de los países más avanzados, como es el caso del “Grupo de los Veinte”, que ya viene forjándose, se requiere la participación del mundo en desarrollo, un entorno dinámico, en el cual comienzan a prevalecer los gobernantes pragmáticos, que sintonizan su desempeño con las circunstancias, soslayando los estilos ideológicos de los quienes han creído promover sus ideas es más importantes que cumplir sus obligaciones y que, al tener un plan, a veces una quimera, tienen una solución.

Las ideologías que han tratado a los hombres como a inocentes e inexpertos menores, a los cuales es preciso “asistir”, “educar” y “guiar”, debido a que ellos no saben o no pueden hacerlo por sí mismos, resultan ahora ineficaces porque no se atienen a los avances civilizatorios reales.

Prescindir de los discursos ideológicos no convierte a los hombres en salvajes, sino que los coloca a la altura de realidades en las cuales los saberes, la tecnología, la cultura productiva y otros elementos del mundo de hoy y del futuro, les permiten realizar sus aspiraciones de bienestar y paz sin necesidad de mesías y caudillos. No comulgar con las ideologías y las propuestas políticas, no significa retroceder sino ser más razonable y menos especulativo. Allá nos vemos.

domingo, 5 de julio de 2020

NINGUNA ADVERSIDAD FRENARÁ A LA HUMANIDAD

Por Jorge Gómez Barata

El auge de los conocimientos y las facilidades creadas por las nuevas tecnologías de la información, han posibilitado que alrededor de la COVID-19 se elaboren una enorme variedad de tesis. Entre tantas, me parece errada la que sostiene la pandemia posee potencial para descartar la globalización y hacer que la humanidad regrese a las “soluciones nacionales”.

El error consiste en asumir la globalización como un hecho corriente cuando se trata de un peldaño en los procesos civilizatorios, como un día lo fueron la creación del mercado mundial de bienes, fuerza de trabajo, tecnologías y dinero, generado por la imbricación de las economías de Europa, el Nuevo Mundo y África, la Revolución Industrial y el advenimiento del capitalismo y la democracia.

Por otra parte, es preciso tener en cuenta el mundo global es una arquitectura en desarrollo que si bien no estará completa hasta tanto haya una cierta nivelación entre países y regiones, puede convivir con grandes asimetrías. Para que sus ciudadanos sean razonablemente felices, Nigeria no necesita alcanzar el nivel de Gran Bretaña.

Se trata de procesos que han soportado las deformaciones entronizadas por el neoliberalismo y cuyo avance ha sido favorecido o frenado por hechos puntuales, y por el desempeño de líderes que ocupan roles decisivos. La sensatez de Deng Xiaoping quien arrojó el lastre remanente de la era soviética impulsando el progreso de China que es una de las fuerzas impulsoras de la globalización.

En sentido contrario, la revisión del papel de los Estados Unidos realizada por el presidente Donald Trump, son evidencias de que el más importante cometido histórico de la actualidad, todavía corre peligros.

La base de la globalización y sus resultados tangibles, no son quimeras ni acciones imperiales, sino procesos económicos, tecnológicos y culturales que, irradiando desde los grandes centros de poder y de desarrollo, han creado interrelaciones y encadenamientos de todo tipo cuya racionalidad intrínseca favorece las transferencias tecnológicas y los intercambios que coadyuvan a la unidad del mundo y también a su interdependencia.

La globalización beneficia tanto a las economías subdesarrolladas, a los países emergentes y a los centros de poder, lo cual conduce espontáneamente a un consenso mundial. De alguna manera se perciben mutaciones que modifican las actitudes imperiales que en el pasado caracterizaron la relación de los grandes centros de poder con el resto del mundo. Son notorias, tanto la influencia positiva de China como la retranca de los Estados Unidos, gobernados por Trump.

Sin provocar mayores tensiones políticas, de modo indoloro, China cuya relación con América Latina es cada vez más intensa, está participando en la refundación de Africa, estimulando demás el progreso de, prácticamente todas las economías emergentes.

No caben dudas de que eventos negativos de la trascendencia de la COVID-19 y el revisionismo de Trump, si bien pueden retrasar algunos procesos, carecen de potencial para detener la globalización en su conjunto. Creer que ello ocurrirá es tan errado como hubiera sido frenar la Revolución Industrial o pretender “desinstalar” el capitalismo cosa que hizo a la Unión Soviética y a los países del
socialismo real perder la mejor oportunidad que tuvo el socialismo de avanzar a escala global. Allá nos vemos.

5/7/2020
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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto! Al
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martes, 30 de junio de 2020

EL MUNDO HOY Y DE MAÑANA

Por Jorge Gómez Barata

La idea de que de la COVID-19 emergerá un mundo mejor es una fantasía de quienes alimentan su ideología con utopías. Atribuir a una enfermedad la función de “motor de la historia” es un desatino.

Cien años atrás el orden social y político constituido por el capitalismo y la democracia liberal, instalados en el siglo XVIII, fue retado. Desde la Rusia bolchevique se intentó un cambio revolucionario cuya propuesta de instalar un modelo de sociedad alternativo resultó inviable y, aunque marcó algunas huellas, colapsó y dejó de formar parte de las soluciones factibles.

Desde otra orilla, hace unos 75 años, como parte del reajuste geopolítico asociado a la II Guerra Mundial, el propio sistema capitalista comenzó a desplegar una transición pacífica que, aunque desigual y asimétrica, condujo a la globalización. Debido a que la mutación concebida no requería cambios políticos, sino que se asentaba en el modelo de capitalismo y democracia liberal existente, las transformaciones se concentraron en los escenarios económicos y
jurídicos.

La promoción de la globalización, que disfrutó de amplios consensos, incluido el respaldo de la entonces Unión Soviética, en lugar de batallas políticas se concentró en la creación de la ONU, cuya Carta y estructura, especialmente el Consejo de Seguridad, es lo más parecido a un gobierno mundial y en la puesta a punto de las instituciones de Breton Woods, principalmente el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el GATT creó un entorno económico, financiero y comercial, incluida una moneda virtualmente común, para dar viabilidad
a esa opción.

Con la presencia de la Unión Europea que forma parte del núcleo del proyecto y la adhesión al G20 de países tercermundistas emergentes, como China, Rusia, India, Australia, Brasil, Argentina, México, Corea del Sur, Turquía, Sudáfrica, Indonesia y otros, la globalización se constituyó en el curso económico más viable para la humanidad en su conjunto.

Por su significado histórico y por su escala planetaria, la globalización ha sido confrontada por el neoliberalismo que intentó secuestrarla y más recientemente las posiciones aislacionistas y chovinistas del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, que ha ralentizado su avance, sin anularla como proyecto histórico.

Lamentablemente, el sabotaje a las esencias globalizadoras desde Estados Unidos que no ha podido vencer la resistencia de Europa, China, Rusia, ha entroncado que la COVID-19, que además de sus terribles costos humanos, ha ocasionado a la economía mundial perjuicios que no podían ser imaginados.

No obstante, la globalización económica mundial es de las fortalezas con que cuenta la humanidad para reponerse. El camino no será expedito, aunque tampoco intransitable. Con toda probabilidad, el curso anterior a Trump y a la COVID-19, será retomado y llevará a la humanidad a nuevas cumbres. Ello no ocurrirá por ninguna crisis sanitaria ni económica, sino a pesar de ellas. Allá nos vemos.
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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto! 
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miércoles, 8 de abril de 2020

Una encuesta constata el fin de la era de la globalización en la economía

ECONOMÍA
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Según una encuesta mundial, al menos el 50% de las em
presas reconsideran sus relaciones con sus proveedores y prefieren elegir a aquellos que tienen un nivel de costos más convenientes, lo cual podría poner en entredicho el proceso de la globalización.
Las máscaras protectoras son un ejemplo particularmente llamativo, pues ahora casi todo el mundo depende de China, país donde se encuentra la mayor parte de la producción mundial. Según publica el medio alemán Die Welt, una encuesta mundial realizada por la consultora EY arrojó indicadores claros de que la mayoría de la empresas ya están realizando cambios en sus cadenas de suministro, no solo en la medicina sino también en casi todas las industrias.
La encuesta incluyó a 2.900 directivos de diferentes empresas de todo el mundo. En los resultados el 39% de las empresas de diferentes países creen que el impacto de la pandemia del coronavirus será grave, mientras un 5% que considera que esto no afectará a su trabajo.
Sin embargo, más de la mitad de las empresas de todo el mundo ya está tomando medidas para cambiar sus cadenas de suministro. El medio alemán pronostica que en un futuro el argumento decisivo para elegir un proveedor será no solo el nivel de los costos, sino también parámetros como la fiabilidad y la continuidad del suministro.
"El coronavirus identifica las vulnerabilidades de una economía globalizada y puede hacer que las empresas vuelvan a ser más activas en la producción local en el futuro", dice Philipp Wechter, economista jefe de la empresa francesa de inversiones Ostrum Asset Management.
Según los economistas, la globalización puede decaer aún más y rápidamente, ya que los gobiernos pueden aprovechar la preocupación por la salud de los ciudadanos y las nuevas restricciones al comercio, los viajes y la migración. De esta manera, los objetivos de varios políticos y otros oponentes a la globalización se harían realidad.

viernes, 8 de junio de 2018

La crisis de la globalización: ¿una guerra inevitable?

La falsa ilusión de la globalización tal y como la concibió hace veinte años gente muy insensata es insostenible

James K. Galbraith, CTXT

En su libro más reciente, Kari Polanyi Levitt señala que la palabra “globalización” no aparece en los diccionarios de lengua inglesa Oxford Shorter English anteriores a 1994 ni en los programas correctores ortográficos de la época. Surgió de la nada en ese momento por una razón: para arrojar cierta luz de benigna inevitabilidad sobre el proyecto de hegemonía occidental que se ofrecía como futuro tras la disolución de la URSS.

Hoy, mientras escribo en el 200 aniversario del nacimiento de Karl Marx, este proyecto no ha estado a la altura, y quizá se tambalee y esté a punto de sufrir su propia disolución. Hay tres motivos principales: uno es China; el segundo es Rusia; y el tercero, y más importante, es la mala gestión financiera de Estados Unidos y Europa.

La gran idea de la década de 1990 era que un orden mundial liberal, abierto y unificado, dominado por los bancos, podría llevar democracia y prosperidad al Este. Esta idea, ciertamente, se había puesto a prueba en el hemisferio sur desde comienzos de la década de 1980 y la experiencia se denominó la “Década Perdida”. Sin embargo, en el Este era novedoso –además de ser, hasta cierto punto, algo en lo que se confiaba fielmente en los vertiginosos momentos en que se producía la desaparición de un socialismo mediocre en Europa.

La ilusión no duró mucho tiempo. En Rusia se vio frustrada por los tanques de Yeltsin en 1993 y después por la descarada corrupción de su reelección en 1996. Entretanto, la promesa de la prosperidad se desvaneció en una orgía de privatizaciones, alzamientos de bienes, sustracción de salarios y pensiones y desastres demográficos. A finales de la década de 1990, el engaño había quedado totalmente al descubierto, había que tomar medidas correctivas y el coqueteo ruso con la democracia “occidental” llegó a su fin.

China, entretanto, escogió un camino distinto: un kadarismo de dimensiones épicas. Recordemos al primer ministro húngaro que instalaron los soviéticos tras la derrota de la revolución de 1956, que entonces declaró: “Si no estáis contra nosotros, estáis con nosotros” y encontró el modo de lograr una liberalización social y cultural y una economía basada en el consumo sin llevar a cabo una reforma política. Elevémoslo a una escala exponencial y tenemos a China. Una prudencia crucial impidió, a mediados de la década de 1990, la liberalización de los controles del capital, de modo que en 1997 China se libró de la crisis financiera asiática. Posteriormente, el crecimiento chino de la década de 2000 provocó un boom mundial de los productos básicos que hizo posible el verano sudamericano y que llevó cierto grado de democracia social sostenible a dicho continente por primera vez.

Cimientos vacíos

En Occidente, George W. Bush y Dick Cheney demostraron la obsolescencia y futilidad del poder militar moderno en Afganistán e Iraq. Al mismo tiempo, tras la ampliación de la OTAN y Kosovo, agotaron lo poco que quedaba de respeto en el Este –así como entre una parte importante de la opinión europea– por la idea de que los valores occidentales eran un principio rector en vez de un eslogan vacío. La globalización se convirtió en sinónimo de la aceptación de que un país, que funcionaba por su propio interés y sin tener en cuenta a nadie más, establecería los términos por los que se gobernaba el mundo, lanzando su fuerza militar incluso mucho después de que se hiciera evidente, a ojos de cualquier observador imparcial, hasta qué punto los beneficios eran inferiores a los costes.

Así, al final de la era Bush, la gran crisis mostró al mundo entero los cimientos vacíos de las finanzas de Occidente. En la década posterior, la consecuencia derivada de las doctrinas económicas reaccionarias y de unos legisladores obstinados e incompetentes ha sido hacer trizas el gran proyecto constructivo de la era neoliberal, concretamente la Unión Europea. De este modo, una década después de que Wall Street siguiera el camino de la URSS –aunque fue rescatado y apuntalado, a diferencia de los soviéticos, manteniéndolo en modo zombi bajo la administración de Obama–, tenemos un mundo envejecido, una potencia hegemónica cansada y una alianza tambaleante que provoca peleas y que, de repente, se sorprende al comprobar que en realidad no puede ganar una guerra nuclear.

En Siria, Rusia ha puesto fin al proyecto de cambio de régimen, cuyos efectos se extenderán a Ucrania, el Cáucaso y finalmente al corazón de Europa. En África y Asia occidental, China está al frente de la ingeniería de desarrollo. Estos fenómenos carecen de contenido ideológico; no tienen nada que ver con Marx, Lenin o incluso el socialismo –únicamente con la consolidación de una política de interés nacional no dominada por Estados Unidos–. En Sudamérica, por el momento, los regímenes neofascistas enfocados hacia EE.UU. van en aumento, pero no pueden durar mucho. Y cuando los oprimidos se rebelan de nuevo, los líderes de esos países tendrán que cuestionarse quién interfiere en sus asuntos políticos y quién no.

Guerra o depresión

De modo que sí, crisis de globalización. Una crisis con una posibilidad razonable de acabar mal, bien en una catastrófica guerra o –más probablemente– en una Gran Depresión en Occidente, junto con una consolidación de estrategias de desarrollo nacional en el continente euroasiático. Al fin y al cabo, China realmente no necesita a Estados Unidos. Y, al fin y al cabo, Rusia, puede forjar las alianzas que necesita con sus vecinos geográficos cercanos, incluidas algunas zonas de lo que alguna vez se consideró Europa “occidental”. Estos procesos, a menos que se vean interrumpidos por una guerra o revueltas internas, probablemente se opondrán a una ruptura procedente del exterior.

Para Occidente todo esto plantea una cuestión profunda y difícil. Si has dilapidado la reputación de poseer valores superiores, si has degradado la democracia a favor de las finanzas, si has mostrado desprecio por las estructuras del derecho internacional de posguerra y, al mismo tiempo, has demostrado que Mao no iba desencaminado cuando acuñó el logrado “tigre de papel”; después de hacer todo eso, ¿cómo restituyes tu reputación y posición en el mundo?

Un poco de humildad, de reconocer que la falsa ilusión de la “globalización” tal y como la concibió hace veinte años gente muy insensata es insostenible, y que la creación de un programa de reconstrucción nacional y regional centrado en los problemas más urgentes –sociales y los derivados del cambio climático– podría ser la forma correcta de empezar.
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Este artículo se publicó en inglés en Social Europe. Jaque al Neoliberalismo
Traducción: Paloma Farré.

domingo, 9 de julio de 2017

El desacertado globalismo del G20

Dani Rodrik is Professor of International Political Economy at Harvard UThe Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economyand Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science. His newest book Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy will be published in Fall 2017.

HAMBURGO – La cumbre de este año del G20 en Hamburgo promete estar entre las más interesantes de los últimos años. El Presidente estadounidense Donald Trump, cuya actitud hacia el multilateralismo y la cooperación internacional es de estudiado desdén, asistirá por primera vez.

Trump llega a Hamburgo habiendo ya abandonado uno de los compromisos clave de la cumbre del año pasado: unirse al acuerdo climático de París “lo antes posible”. Y no tendrá mucho entusiasmo por la habitual exhortación de estos encuentros a rechazar el proteccionismo o dar más ayuda a los refugiados.

Más aún, la de Hamburgo sigue a dos cumbres anuales del G20 en países autoritarios (Turquía en 2015 y China en 2016) donde las protestas se podían sofocar. Se puede predecir que la cumbre de este año será una ocasión para estridentes manifestaciones callejeras, no solo contra Trump sino también Recep Tayyip Erdogan de Turquía y Vladimir Putin de Rusia.

El G20 tiene sus orígenes en dos ideas, una relevante e importante, la otra falsa y molesta. La idea importante es que incentivar el desarrollo de economías emergentes como Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica y China se ha vuelto demasiado significativo como para quedar excluido de los debates sobre gobernanza global. Si bien el G7 no ha sido reemplazado (su última cumbre se celebró en mayo en Sicilia), las reuniones del G20 son una oportunidad para ampliar y desarrollar el diálogo.

El G20 se creó en 1999 tras la crisis financiera asiática. Al principio los países desarrollados lo consideraron como un espacio de encuentro, en donde ayudarían a las economías en desarrollo a nivelar la gestión financiera y monetaria para alcanzar los estándares del mundo desarrollado. Con el tiempo, los países en desarrollo encontraron su propia voz y han cumplido un papel más importante en la determinación de la agenda del grupo. En todo caso, la crisis financiera global de 2008 que se originó en Estados Unidos y la subsiguiente debacle de la eurozona socavó mucho la idea de que los países desarrollados tengan grandes conocimientos que impartir en estos asuntos.

La segunda idea, y también la menos útil, que apuntala al G20 es que para solucionar los acuciantes problemas de la economía mundial se requieren una cooperación y coordinación cada vez más intensas a nivel global. La analogía que se suele usar es que la economía mundial es un “bien común global”; o todos los países hacen su parte para contribuir a su mantenimiento, o todos sufrirán las consecuencias. 

Esto suena a verdad y ciertamente se aplica a algunas áreas. Por ejemplo, para abordar un problema clave como el cambio climático son necesarias medidas colectivas. Reducir las emisiones de dióxido de carbono es un verdadero bien público global porque cada país, dejado a sus propios recursos, preferiría aprovechar los recortes de otros y hacer muy poco en casa.

De manera similar, las enfermedades infecciosas que se propagan más allá de las fronteras requieren inversiones globales en sistemas de aviso temprano, monitoreo y prevención. En este aspecto, también los países individuales tienen pocos incentivos para contribuir a estas inversiones y muchos para aprovechar las de otros.

Considerar en el mismo tono los temas económicos básicos del G20 (estabilidad financiera, gestión macroeconómica, políticas comerciales y reforma estructural) se aleja un poco de esos argumentos. Pero, en gran parte, la lógica del bien común global no va en línea con tales problemas económicos.

Piénsese en el tema que estará en la cabeza de todos los líderes del G20 en Hamburgo (excepto, por supuesto, en la de Trump): la amenaza de un creciente proteccionismo comercial. Un nuevo informe de Global Trade Alert advierte que el G20 no ha cumplido sus promesas anteriores al respecto. Hasta ahora, los ladridos de Trump sobre el comercio han sido más ruidosos que sus hechos. Sin embargo, argumenta el informe, las miles de medidas proteccionistas que siguen impidiendo las exportaciones estadounidenses a otros países bien pueden darle la excusa que necesita para elevar las barreras por su cuenta.

Sin embargo, en realidad la incapacidad de mantener políticas de libre comercio no se deriva de la cooperación global o un insuficiente espíritu global. Es esencialmente un fracaso a nivel nacional.

Cuando los economistas enseñamos el principio de las ventajas comparativas y las ganancias del comercio, explicamos que el libre comercio amplía el pastel económico del país de origen. Comerciamos no para beneficiar a otros países, sino para mejorar las oportunidades económicas de nuestros propios ciudadanos. Responder al proteccionismo de otros países erigiendo nuestras propias barreras equivale a dispararnos a los pies.

Es verdad que los acuerdos de libre comercio no han traído beneficios para una gran cantidad de estadounidenses; muchos trabajadores y comunidades se han visto afectados. Pero los acuerdos comerciales desequilibrados y sesgados que produjeron estos resultados no fueron impuestos a EE.UU. por otros países. Son los que los poderosos intereses financieros y corporativos estadounidenses (los mismos que apoyan a Trump) exigieron y se las arreglaron para obtener. El no haber compensado a quienes salieron perdiendo no fue el resultado de una cooperación global inadecuada, sino una opción deliberada de política interna.

Lo mismo vale para la regulación financiera, la estabilidad macroeconómica o las reformas estructurales que promueven el crecimiento. Cuando los gobiernos se comportan mal en estas áreas, pueden generar consecuencias adversas para otros países, pero son sus propios ciudadanos quienes pagan el mayor precio. Las exhortaciones en las cumbres del G20 no solucionarán ninguno de estos problemas. Si queremos evitar un proteccionismo erróneo, o beneficiarnos de una mejor gestión económica en general, tenemos que comenzar por nuestros propios países.

Peor todavía, el globalismo irreflexivo tan prevalente en las reuniones del G20 alimenta la narrativa populista. Da justificación a Trump y otros líderes similares para desviar la atención de sus propias políticas y culpar a otros. Pueden decir que nuestro pueblo sufre porque otros países rompen las reglas y se aprovechan de nosotros. El globalismo como solución se transforma fácilmente en globalismo como chivo expiatorio.

La realidad, como podría decirlo un César tardío, es que la culpa no está en nuestros socios comerciales, sino en nosotros mismos.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

miércoles, 28 de diciembre de 2016

La globalización ha muerto


Álvaro García Linera, La Jornada

El desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de los estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta.

La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la Unión Europea –el proyecto más importante de unificación estatal de los cien años recientes– y la victoria electoral de Trump –que enarboló las banderas de un regreso al proteccionismo económico, anunció la renuncia a tratados de libre comercio y prometió la construcción de mesopotámicas murallas fronterizas–, han aniquilado la mayor y más exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos. Y que todo esto provenga de las dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas de guerra, anunciaran el advenimiento del libre comercio y la globalización como la inevitable redención de la humanidad, habla de un mundo que se ha invertido o, peor aún, que ha agotado las ilusiones que lo mantuvieron despierto durante un siglo.

La globalización como meta-relato, esto es, como horizonte político ideológico capaz de encauzar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos. Y hoy no existe en su lugar nada mundial que articule esas expectativas comunes. Lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tipo de tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no es el mundo de nadie.

La medida geopolítica del capitalismoQuien inició el estudio de la dimensión geográfica del capitalismo fue Karl Marx. Su debate con el economista Friedrich List sobre el capitalismo nacional, en 1847, y sus reflexiones sobre el impacto del descubrimiento de las minas de oro de California en el comercio transpacífico con Asia, lo ubican como el primero y más acucioso investigador de los procesos de globalización económica del régimen capitalista. De hecho, su aporte no radica en la comprensión del carácter mundializado del comercio que comienza con la invasión europea a América, sino en la naturaleza planetariamente expansiva de la propia producción capitalista.

Las categorías de subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al capital con las que Marx devela el automovimiento infinito del modo de producción capitalista, suponen la creciente subsunción de la fuerza de trabajo, el intelecto social y la tierra, a la lógica de la acumulación empresarial; es decir, la supeditación de las condiciones de existencia de todo el planeta a la valorización del capital. De ahí que en los primeros 350 años de su existencia, la medida geopolítica del capitalismo haya avanzado de las ciudades-Estado a la dimensión continental y haya pasado, en los pasados 150 años, a la medida geopolítica planetaria.

La globalización económica (material) es pues inherente al capitalismo. Su inicio se puede fechar 500 años atrás, a partir del cual habrá de tupirse, de manera fragmentada y contradictoria, aún mucho más.

Si seguimos los esquemas de Giovanni Arrighi, en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova (siglos XV-XVI), Países Bajos (siglo XVIII), Inglaterra (siglo XIX) y Estados Unidos (siglo XX), cada uno de estos hegemones vino acompañado de un nuevo tupimiento de la globalización (primero comercial, luego productiva, tecnológica, cognitiva y, finalmente, medio ambiental) y de una expansión territorial de las relaciones capitalistas. Sin embargo, lo que sí constituye un acontecimiento reciente al interior de esta globalización económica es su construcción como proyecto político-ideológico, esperanza o sentido común; es decir, como horizonte de época capaz de unificar las creencias políticas y expectativas morales de hombres y mujeres pertenecientes a todas las naciones del mundo.

El fin de la historia La globalización como relato o ideología de época no tiene más de 35 años. Fue iniciada por los presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher, liquidando el Estado de bienestar, privatizando las empresas estatales, anulando la fuerza sindical obrera y sustituyendo el proteccionismo del mercado interno por el libre mercado, elementos que habían caracterizado las relaciones económicas desde la crisis de 1929.

Cierto, fue un retorno amplificado a las reglas del liberalismo económico del siglo XIX, incluida la conexión en tiempo real de los mercados, el crecimiento del comercio en relación con el producto interno bruto (PIB) mundial y la importancia de los mercados financieros, que ya estuvieron presentes en ese entonces. Sin embargo, lo que sí diferenció esta fase del ciclo sistémico de la que prevaleció en el siglo XIX fue la ilusión colectiva de la globalización, su función ideológica legitimadora y su encumbramiento como supuesto destino natural y final de la humanidad.

Y aquellos que se afiliaron emotivamente a esa creencia del libre mercado como salvación final no fueron simplemente los gobernantes y partidos políticos conservadores, sino también los medios de comunicación, los centros universitarios, comentaristas y líderes sociales. El derrumbe de la Unión Soviética y el proceso de lo que Antonio Gramsci llamó transformismo ideológico de ex socialistas devenidos furibundos neoliberales, cerró el círculo de la victoria definitiva del neoliberalismo globalizador.

¡Claro! Si ante los ojos del mundo la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), que era considerada hasta entonces el referente alternativo al capitalismo de libre empresa, abdica de la pelea y se rinde ante la furia del libre mercado –y encima los combatientes por un mundo distinto, públicamente y de hinojos, abjuran de sus anteriores convicciones para proclamar la superioridad de la globalización frente al socialismo de Estado–, nos encontramos ante la constitución de una narrativa perfecta del destino natural e irreversible del mundo: el triunfo planetario de la libre empresa.

El enunciado del fin de la historia hegeliano con el que Francis Fukuyama caracterizó el espíritu del mundo, tenía todos los ingredientes de una ideología de época, de una profecía bíblica: su formulación como proyecto universal, su enfrentamiento contra otro proyecto universal demonizado (el comunismo), la victoria heroica (fin de la guerra fría) y la reconversión de los infieles.

La historia había llegado a su meta: la globalización neoliberal. Y, a partir de ese momento, sin adversarios antagónicos a enfrentar, la cuestión ya no era luchar por un mundo nuevo, sino simplemente ajustar, administrar y perfeccionar el mundo actual, pues no había alternativa frente a él. Por ello, ninguna lucha valía la pena estratégicamente, pues todo lo que se intentara hacer por cambiar de mundo terminaría finalmente rendido ante el destino inamovible de la humanidad, que era la globalización. Surgió entonces un conformismo pasivo que se apoderó de todas las sociedades, no sólo de las élites políticas y empresariales, sino también de amplios sectores sociales que se adhirieron moralmente a la narrativa dominante.


La historia sin fin ni destinoHoy, cuando aún retumban los últimos petardos de la larga fiesta del fin de la historia, resulta que quien salió vencedor, la globalización neoliberal, ha fallecido dejando al mundo sin final ni horizonte victorioso; es decir, sin horizonte alguno. Donald Trump no es el verdugo de la ideología triunfalista de la libre empresa, sino el forense al que le toca oficializar un deceso clandestino.

Los primeros traspiés de la ideología de la globalización se hacen sentir a inicios de siglo XXI en América Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el mandato del fin de la lucha de clases y se coligan para tomar el poder del Estado. Combinando mayorías parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales, mostrando que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser remplazada por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza, generar igualdad e impulsar crecimiento económico.

Con ello, el fin de la historia comienza a mostrarse como una singular estafa planetaria y de nuevo la rueda de la historia –con sus inagotables contradicciones y opciones abiertas– se pone en marcha. Posteriormente, en 2009, en Estados Unidos, el hasta entonces vilipendiado Estado, que había sido objeto de escarnio por ser considerado una traba a la libre empresa, es jalado de la manga por Barack Obama para estatizar parcialmente la banca y sacar de la quiebra a los banqueros privados. El eficienticismo empresarial, columna vertebral del desmantelamiento estatal neoliberal, queda así reducido a polvo frente a su incompetencia para administrar los ahorros de los ciudadanos.

Luego viene la ralentización de la economía mundial, pero en particular del comercio de exportaciones. Durante los 20 años recientes, éste crece al doble del producto interno bruto (PIB) anual mundial, pero a partir de 2012 apenas alcanza a igualar el crecimiento de este último, y ya en 2015 es incluso menor, con lo que la liberalización de los mercados ya no se constituye más en el motor de la economía planetaria ni en la prueba de la irresistibilidad de la utopía neoliberal.

Por último, los votantes ingleses y estadounideneses inclinan la balanza electoral en favor de un repliegue a estados proteccionistas –si es posible amurallados–, además de visibilizar un malestar ya planetario contra la devastación de las economías obreras y de clase media, ocasionado por el libre mercado planetario.

Hoy, la globalización ya no representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas populares ni la realización del bienestar familiar anhelado. Los mismos países y bases sociales que la enarbolaron décadas atrás, se han convertido en sus mayores detractores. Nos encontramos ante la muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los siglos recientes.

Sin embargo, ninguna frustración social queda impune. Existe un costo moral que, en este momento, no alumbra alternativas inmediatas sino que –es el camino tortuoso de las cosas– las cierra, al menos temporalmente. Y es que a la muerte de la globalización como ilusión colectiva no se le contrapone la emergencia de una opción capaz de cautivar y encauzar la voluntad deseante y la esperanza movilizadora de los pueblos golpeados.

La globalización, como ideología política, triunfó sobre la derrota de la alternativa del socialismo de Estado; esto es, de la estatización de los medios de producción, el partido único y la economía planificada desde arriba. La caída del muro de Berlín, en 1989, escenifica esta capitulación. Entonces, en el imaginario planetario quedó una sola ruta, un solo destino mundial. Lo que ahora está pasando es que ese único destino triunfante también fallece. Es decir, la humanidad se queda sin destino, sin rumbo, sin certidumbre. Pero no es el fin de la historia –como pregonaban los neoliberales–, sino el fin del fin de la historia. Es la nada de la historia.

Lo que hoy queda en los países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce, un manojo decrépito de ilusiones marchitas y, en la pluma de los escribanos fosilizados, la añoranza de una globalización fallida que no alumbra más los destinos.

Entonces, con el socialismo de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora. Es un tiempo de incertidumbre absoluta en el que, como bien intuía William Shakespeare, todo lo sólido se desvanece en el aire. Pero también por ello es un tiempo más fértil, porque no se tienen certezas heredadas a las cuales asirse para ordenar el mundo. Esas certezas hay que construirlas con las partículas caóticas de esta nube cósmica que deja tras suyo la muerte de las narrativas pasadas.

¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales? Imposible saberlo. Todos los futuros son posibles a partir de la nada heredada. Lo común, lo comunitario, lo comunista es una de esas posibilidades que está anidada en la acción concreta de los seres humanos y en su imprescindible relación metabólica con la naturaleza.

En cualquier caso, no existe sociedad humana capaz de desprenderse de la esperanza. No existe ser humano que pueda prescindir de un horizonte, y hoy estamos compelidos a construir uno. Eso es lo común de los humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo destino distinto de este emergente capitalismo errático que acaba de perder la fe en sí mismo.

sábado, 26 de noviembre de 2016

La era de la desglobalización ha comenzado



Hasta hace pocos días, el modelo a seguir era uno solo: la globalización. Pero desde el triunfo de Donald Trump y el Brexit, la palabra de moda es el antónimo: desglobalización. Durante casi medio siglo, el mundo solo escuchó hablar de las ventajas de la apertura y el libre cambio. Este discurso adquirió toda su fuerza cuando hace 25 años se disolvió la Unión Soviética. Parecía que iban a caer todas las fronteras en un mundo hegemonizado por Estados Unidos. Sin embargo, las cosas que nos prometen eternas también terminan. Esto ya sucedió al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914, que puso fin a 40 años de extendido crecimiento del comercio internacional.

En un artículo publicado en The New York Times, Ruchir Sharma analiza la recurrencia de estos ciclos de apertura y de proteccionismo, y señala que no se trata de periodos cortos, sino que abarcan décadas de la historia. La brutal contracción provocada tras el fin de la Primera Guerra y de la Gran Depresión de 1929, redujo el comercio mundial a solo un 10% del producto bruto global, cuando en 1914 era del 30%. Los inmigrantes a Estados Unidos, que llegaban al millón por año antes de 1914, se redujeron a unas pocas decenas de miles al finalizar el conflicto bélico. Después de 1945, la rueda volvió a girar. En 1970, el comercio mundial logró recuperar los niveles de 1914 y desde entonces se duplicó, llegando al 60% del producto global. Pero a partir de 2008, empezamos el camino inverso: el comercio mundial cayó a 55%, el flujo de capital se redujo a menos del 2% del producto bruto mundial, cuando había llegado a ser del 16% en 2007. Y la migración también se frenó: a pesar de la oleada de refugiados en Europa, la migración a los países ricos se redujo a cuatro millones de personas entre 2011 y 2015, según los datos aportados por Sharma. Antes de que Trump empiece a aplicar sus medidas, desde 2011, el número de mexicanos que se han ido de Estados Unidos ha superado a los recién llegados en 140.000. 

Las dos oleadas se parecen en la enorme desigualdad que produjeron y el grosero aumento de la riqueza: entre 1870 y los años 20, el porcentaje del ingreso del 1% más rico de Estados Unidos creció hasta llegar al 20%. "El sueño americano ha muerto. El obrero industrial de la zona central del país donde solía haber una industria manufacturera, hoy tiene una calidad de vida inferior a la que tuvo sus padres. Pero lo que más le preocupa no es su retroceso social sino que su hijo va a tener una calidad de vida inferior a la que tiene hoy. Todo lo contrario a lo que prometía el sueño americano donde las generaciones debían estar cada vez mejor", dijo a Sputnik Miguel Ponce, experto en comercio internacional. 

Para Roberto Conde, antiguo vicecanciller uruguayo y experto en materia de integración, Trump recogió el voto de ese cinturón desindustrializado como consecuencia de la deslocalización de las empresas. En los últimos 25 años se han perdido unos seis millones de trabajos industrializados bien remunerados, explicó. "La llegada de Trump al poder muestra un claro rebrote de los movimientos de desglobalización. Confirma lo que viene sucediendo en Europa con los partidos antisistema ultranacionalistas. Hoy en día tener un discurso proteccionista y aislacionista como el de Trump es un discurso antiglobalizante", dijo a Sputnik Damián Jacubovich, licenciado en geopolítica. Trump aseguró que "ni su país ni su gente se pondrán a los pies del falso canto de la globalización". Para Jacubovich, su llegada al poder indica el "principio del fin" para los partidos tradicionales, con los que la población de Occidente siente un "gran descontento".

Las críticas de Trump al Tratado Transpacífico de libre comercio (TPP, por sus siglas en inglés), el acuerdo firmado por 12 países de la cuenca del Pacífico, fueron una de las claves de su victoria. En su discurso de aceptación de la candidatura, en junio, había dicho que "el TPP será el golpe de muerte para la manufactura estadounidense", porque "abrirá aún más nuestros mercados a los que especulan agresivamente con las divisas", y "hará más fácil a nuestros competidores enviar bienes baratos subsidiados a nuestros mercados", obligando a los trabajadores de EEUU "a competir con los de Vietnam, uno de los países con los salarios más bajos de la Tierra". 

El anuncio del nuevo presidente electo, el 21 de noviembre, de que retirará a Estados Unidos del TPP, se realizó justo un día después de que el presidente Barack Obama ratificara su adhesión a este acuerdo moribundo, en la Cumbre de Lima de los Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC). En la declaración final de la Cumbre, los líderes de la APEC, que reúne 21 países de la cuenca del Pacífico, incluyendo a Perú y Chile, se propusieron "revertir las medidas proteccionistas y distorsionadoras del comercio, que debilitan el comercio y frenan el progreso y la recuperación de la economía internacional". Se abrazan al mástil de la globalización, ahora que la misma potencia que la expandió por el mundo, ha decidido abandonarla.
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miércoles, 12 de octubre de 2016

Globalización: la última fiesta

Alejandro Nadal, La Jornada

La reunión semianual del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial en Washington, la semana pasada, podría pasar a la historia como la velada del funeral de la globalización neoliberal. Como en esas ocasiones, los discursos en memoria del difunto se suceden como colecciones de aburridos panegíricos fúnebres. Pero por más conjuros que se pronunciaron sobre los despojos mortales de la globalización neoliberal, el cadáver insepulto no quiso resucitar.

Ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales tuvieron que afrontar una larga serie de indicadores macroeconómicos negativos. No sorprende entonces que las estimaciones sobre crecimiento global que ha realizado el Banco Mundial se sitúen en el rango de 2 por ciento. Proviniendo de alguien tan sesgado en favor de los beneficios que atraería la globalización neoliberal, esos datos constituyen una señal de que las cosas no andan bien en la economía mundial. Otro indicador contundente es que las economías de los llamados mercados emergentes experimentarán tasas de crecimiento de 0.4 por ciento debido al colapso en el precio de las materias primas. O sea, estamos en medio del estancamiento.

Para empezar, la Organización Mundial de Comercio (OMC) reveló que el comercio internacional crecerá este año a la tasa más baja desde 2007. El volumen de comercio apenas crecerá 1.6 por ciento. Ese anuncio hiere también el punto de honor de la OMC porque en abril de este año el pronóstico de crecimiento era de 2.8 por ciento. Y dentro de este panorama desagradable sobresale un dato alarmante: las importaciones de las 20 economías más importantes del mundo como proporción de su producto interno bruto se han reducido durante los últimos cuatro años.

Los esfuerzos por consolidar nuevos acuerdos comerciales para cubrir macroregiones (como la cuenca del Pacífico o el Atlántico norte) se han enfrentado a obstáculos insospechados. En el caso del acuerdo para el Atlántico norte es posible que el freno que impuso Francia hace un mes sea el coup de grâce.

El volumen de inversión extranjera directa (IED) en las economías ricas del planeta (el G-20) apenas alcanzó la suma de 646 mil millones de dólares (mmdd) en 2015. Esa cifra es 40 por ciento inferior al monto más alto registrado antes de la crisis. El riesgo y la incertidumbre siguen siendo determinantes para la IED, pero los flujos de capital de corto plazo (inversiones de cartera) también siguen sufriendo el impacto de un entorno incierto y volátil.

Las menores tasas de crecimiento se traducirán en mayor presión en el mercado laboral y problemas por el lado de los ingresos fiscales. El actual presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kin ha señalado que el crecimiento económico es el motor más importante para reducir la pobreza. Ese enunciado habría que examinarlo con mayor detenimiento, pero una cosa es certera: el mal desempeño de la economía mundial organizada todavía alrededor de la política económica neoliberal no significa nada bueno para la realización de las metas del desarrollo sustentable. Por lo mismo, para el cónclave en Washington la prioridad número uno es promover el crecimiento económico y romper este ciclo depresivo que ya dura demasiado.

¿Cómo proponen los jerarcas de la política económica salir del estancamiento? Una buena síntesis del tipo de propuestas es lo que ofrece Agustín Carsterns, presidente del Comité Monetario y Financiero Internacional (organismo del FMI) y gobernador del Banco de México. Sus recomendaciones se reducen a tres. Primero, mantener la política monetaria acomodaticia en las economías avanzadas. Segundo, utilizar la política fiscal cuando sea posible. Tercero, seguir avanzando en las reformas estructurales. Pero la política monetaria no ha podido reactivar el crédito por el excesivo endeudamiento. En materia de política fiscal la austeridad ha sido el dogma dominante. Y las reformas estructurales se refieren a seguir por el rumbo de la política neoliberal que dio como resultado la crisis global. Los altos funcionarios del FMI no acaban de entender la naturaleza de la crisis que hoy está hundiendo a la economía mundial en el estancamiento.

La crisis de deflación que hoy presenciamos es resultado de poderosas inercias derivadas del súper endeudamiento que mantuvo artificialmente los niveles de crecimiento del decenio anterior a la crisis. Los niveles de endeudamiento a escala macroeconómica son extraordinarios y se sitúan en el orden del 225 por ciento del PIB mundial. Unas dos terceras partes corresponden al sector privado (hipotecas y préstamos corporativos). Es evidente que estamos frente a un círculo vicioso en el que el estancamiento hace difícil que los agentes paguen sus deudas, pero el excesivo endeudamiento conduce a un freno en la demanda y la inversión. Hay que añadir que los episodios de volatilidad estarán agravando esta situación en los próximos años. La crisis deflacionaria se traduce en lo que ya se está comenzando a llamar la Larga Depresión. Habría que organizar una última gran fiesta de despedida de lo que fue la globalización neoliberal.