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martes, 5 de julio de 2022

Noam Chomsky culpa a la provocativa expansión de la OTAN de la guerra en Ucrania

29 junio, 2022

El Nuevo Orden Mundial, que se está definiendo en la singularidad de Ucrania y sus varias guerras en una, toma el camino (aquí proyectado) de la bipolaridad regional geoestratégica del bloque EU/OTAN/Unión Europea (UE)/G-7 frente al dúo euroasiático de Rusia y China, al que se inclinan, desde el punto de vista geoeconómico, un tanto cuanto los BRICS+, al que buscan incorporarse por lo menos 16 países, entre ellos Argentina e Irán (https://bit.ly/3OK2Kyk).

Las cumbres de finales de junio e inicios de julio –los BRICS+, el alicaído G-7 y la OTAN– reflejan la nueva bipolaridad regional geoestratégica cuando el presidente Putin, exorcizado por Occidente, se siente ya más libre para realizar dos visitas en el mero corazón centroasiático: Turkmenistán y Tayikistán.

La alta probabilidad de una Guerra Termonuclear entre EU y Rusia, que aniquilaría a los seres vivientes de la biosfera –con excepción de las cucarachas–, ha valido que dos jázaros, ideológicamente antagónicos entre sí, Kissinger, de 99 años (https://bit.ly/3Nu1dLV), y Chomsky, de 93 años, se desmarquen de su correligionario: el comediante Zelensky (https://bit.ly/3OK1POk), quien sin tapujos ha sentenciado que su objetivo (sic) es convertir a Ucrania en el “ Gran Israel (https://bit.ly/3NsDpry)”. Ucrania –población de 43.5 millones (hoy con 8 millones de refugiados), ¡0.2 por ciento (sic) de judíos jázaros (de origen mongol centroasiático (https://amzn.to/2MR0PfM)!– es el asiento del sionismo histórico con el jázaro Zeev Jabotinsky (https://bit.ly/3OKupzd).

Los dos graves escollos de la irredentista cosmogonía racista del Gran Israel del comediante Zelensky son que Israel no es frontera con Rusia y la población jázaro-israelí de Ucrania es una micro-minoría (¡0.2 por ciento!).

Ya en una previa entrevista al periodista británico Owen Jones (https://bit.ly/3bwJUwg), Chomsky había fustigado al sistema de propaganda occidental que ha llevado a la escalada militar en Ucrania, que puede acabar siendo destruida. En ese momento, Chomsky abogó por la neutralización de Ucrania y el olvido de su alucinante ingreso a la OTAN.

En una reciente entrevista al académico y periodista palestino-estadunidense Ramzy Baroud y a la periodista italiana Romana Rubeo, Chomsky aduce que las raíces etiológicas de la guerra en Ucrania se deben a la provocación de la expansión de la OTAN que la prensa occidental omite en forma deliberada mediante una censura que jamás ha visto en su vida (https://bit.ly/3y4kfT5).

Chomsky es una celebridad por su aportación a la neurolingüística y la gramática generativa, además de impulsar la revolución cognitiva en las ciencias humanas. De ahí que sea muy crítico de la histeria de los multimedia de Occidente, donde no se permite la racionalidad (sic), ni siquiera conocer el punto de vista de Rusia.

Según Chomsky, no es sólo su opinión, sino la de cada funcionario de alto (sic) nivel en EU familiarizados con Rusia y Europa oriental: desde George Kennan y, en la década de 1990, el embajador Jack Matlock con Reagan, incluyendo al presente director de la CIA, quienes han estado advirtiendo a Washington que es temerario y provocativo ignorar (sic) las muy claras y explícitas líneas rojas de Rusia.

Chomsky juzga que las líneas rojas son anteriores a Putin –no tienen nada que ver con él–, ya que Gorbachov siempre dijo lo mismo. Ucrania y Georgia no pueden integrarse a la OTAN, que son el corazón (sic) geoestratégico de Rusia.

Chomsky culpa a Bill Clinton de haberse pasado por su Arco del Triunfo las líneas rojas respetadas por Daddy Bush.

Peor aún: Baby Bush llegó a la temeridad de invitar a Ucrania a integrarse a la OTAN, al unísono de su pequeña camarilla (sic) de Cheney y Rumsfeld, mientras Francia y Alemania lo vetaban. Pues sí: eran otras Francia y Alemania…

Después de desglosar la provocación de Biden y su secretario de Estado, el jázaro Antony Blinken, Chomsky sentenció que es imposible (sic) dañar a Rusia severamente, por lo que si Ucrania prosigue la guerra, será devastada. Tal es la política de EU.


Facebook: AlfredoJalife





miércoles, 2 de marzo de 2022

Noam Chomsky: La escalada militar estadounidense contra Rusia no tendría vencedores

La invasión rusa de Ucrania tomó por sorpresa a gran parte del mundo. Es un ataque no provocado e injustificado que pasará a la historia como uno de los principales crímenes de guerra del siglo XXI, argumenta Noam Chomsky en esta entrevista exclusiva para Truthout. Las consideraciones políticas, como las citadas por el presidente ruso Vladimir Putin, no pueden utilizarse como argumentos para justificar el lanzamiento de una invasión contra una nación soberana. Sin embargo, frente a esta horrible invasión, EEUU debe elegir la diplomacia urgente sobre la escalada militar, ya que esta última podría constituir una “sentencia de muerte para la especie, sin vencedores”, dice Chomsky


200 soldados estadounidenses llegan a Alemania para participar en la guerraCJ Polychroniou, Truthout

Noam Chomsky es reconocido internacionalmente como uno de los intelectuales vivos más importantes. Su estatura intelectual ha sido comparada con la de Galileo, Newton y Descartes, ya que su trabajo ha tenido una gran influencia en una variedad de áreas de investigación académica y científica, que incluyen lingüística, lógica y matemáticas, informática, psicología, estudios de medios, filosofía, política y asuntos internacionales. Es autor de unos 150 libros y ha recibido decenas de premios de gran prestigio, incluidos el Premio de la Paz de Sydney y el Premio Kyoto (el equivalente japonés al Premio Nobel), y de docenas de doctorados honorarios de las universidades más renombradas del mundo. Chomsky es Profesor Emérito del Instituto en el MIT y actualmente Profesor Laureado en la Universidad de Arizona.

-CJ Polychroniou: Noam, la invasión rusa de Ucrania ha tomado por sorpresa a la mayoría de la gente, enviando ondas de choque en todo el mundo, aunque hubo muchos indicios de que Putin se había agitado bastante por la expansión de la OTAN hacia el este y la negativa de Washington a tomarse en serio su seguridad de "línea roja" con respecto a Ucrania. ¿Por qué crees que decidió lanzar una invasión en este momento?

-Noam Chomsky: Antes de pasar a la cuestión, debemos establecer algunos hechos que son indiscutibles. El más crucial es que la invasión rusa de Ucrania es un gran crimen de guerra, al igual que la invasión estadounidense de Irak y la invasión de Polonia por Hitler y Stalin en septiembre de 1939, por citar solo dos ejemplos destacados. Siempre tiene sentido buscar explicaciones, pero no hay justificación, ni atenuación.

Volviendo ahora a la pregunta, hay muchas efusiones supremamente confiadas sobre la mente de Putin. La historia habitual es que está atrapado en fantasías paranoicas, actuando solo, rodeado de cortesanos serviles del tipo familiar aquí en lo que queda del Partido Republicano que se dirige para recibir la bendición del Líder.

La avalancha de invectivas podría ser precisa, pero tal vez se podrían considerar otras posibilidades. Quizás Putin quiso decir lo que él y sus asociados han estado diciendo alto y claro durante años. Puede ser, por ejemplo, que, “Dado que la principal demanda de Putin es una garantía de que la OTAN no aceptará más miembros, y específicamente no Ucrania o Georgia, obviamente no habría habido base para la crisis actual si no hubiera habido una expansión de la alianza después del final de la Guerra Fría, o si la expansión se había producido en armonía con la construcción de una estructura de seguridad en Europa que incluía a Rusia”. El autor de estas palabras es el ex embajador de EEUU en Rusia, Jack Matlock, uno de los pocos especialistas serios en Rusia en el cuerpo diplomático de EEUU, que escribió poco antes de la invasión. Continúa concluyendo que la crisis “puede resolverse fácilmente mediante la aplicación del sentido común…. Bajo cualquier estándar de sentido común, a los Estados Unidos les interesa promover la paz, no el conflicto. Tratar de separar a Ucrania de la influencia rusa —el objetivo declarado de quienes agitaban a favor de las "revoluciones de color"— era una tontería y una tarea peligrosa. ¿Hemos olvidado tan pronto la lección de la crisis de los misiles en Cuba?”

Las opciones que quedan después de la invasión son sombrías. Lo menos malo es el apoyo a las opciones diplomáticas que aún existen. Matlock no está solo. En las memorias del jefe de la CIA, William Burns, otro de los pocos especialistas auténticos en Rusia, se llega a muchas de las mismas conclusiones sobre los problemas subyacentes. La posición aún más fuerte del [diplomático] George Kennan ha sido ampliamente citada tardíamente, respaldada también por el exsecretario de Defensa William Perry, y fuera de las filas diplomáticas por el destacado estudioso de las relaciones internacionales John Mearsheimer y muchas otras figuras que difícilmente podrían ser más convencionales.

Nada de esto es oscuro. Documentos internos de EEUU, publicados por WikiLeaks, revelan que la imprudente oferta de Bush II a Ucrania para unirse a la OTAN suscitó inmediatamente fuertes advertencias de Rusia de que no se podía tolerar la amenaza militar en expansión. Comprensiblemente.

Incidentalmente, podríamos tomar nota del extraño concepto de "la izquierda" que aparece regularmente en la crítica de "la izquierda" por su escepticismo insuficiente sobre la "línea del Kremlin".

El hecho es, para ser honesto, que no sabemos por qué se tomó la decisión, incluso si fue tomada por Putin solo o por el Consejo de Seguridad de Rusia en el que desempeña el papel principal. Sin embargo, hay algunas cosas que sabemos con bastante confianza, incluido el registro revisado con cierto detalle por los que acabamos de citar, que han estado en lugares altos dentro del sistema de planificación. En resumen, la crisis se ha estado gestando durante 25 años cuando EEUU rechazó con desdén las preocupaciones de seguridad rusas, en particular sus líneas rojas claras: Georgia y especialmente Ucrania.

Hay buenas razones para creer que esta tragedia podría haberse evitado hasta el último minuto. Lo hemos discutido antes, repetidamente. En cuanto a por qué Putin lanzó la agresión criminal en este momento, podemos especular como queramos. Pero el trasfondo inmediato no es oscuro: se elude pero no se cuestiona.

Es fácil entender por qué quienes sufren el crimen pueden considerar como una indulgencia inaceptable investigar por qué sucedió y si podría haberse evitado. Comprensible, pero equivocado. Si queremos responder a la tragedia de manera que ayude a las víctimas y evitar catástrofes aún peores que se avecinan, es sabio y necesario aprender todo lo que podamos sobre lo que salió mal y cómo podría haber sido el curso. Corregido Los gestos heroicos pueden ser satisfactorios. No son útiles.

Como siempre antes, recuerdo una lección que aprendí hace mucho tiempo. A fines de la década de 1960, participé en una reunión en Europa con algunos representantes del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur ("Viet Cong", en el lenguaje estadounidense). Fue durante el breve período de intensa oposición a los horrendos crímenes estadounidenses en Indochina. Algunos jóvenes estaban tan furiosos que sintieron que solo una reacción violenta sería una respuesta apropiada a las monstruosidades que se desarrollaban: romper ventanas en Main Street, bombardear un centro ROTC. Cualquier cosa menos equivalía a complicidad en crímenes terribles. Los vietnamitas vieron las cosas de manera muy diferente. Se opusieron firmemente a todas esas medidas. Presentaron su modelo de protesta efectiva: unas pocas mujeres de pie en oración silenciosa ante las tumbas de los soldados estadounidenses asesinados en Vietnam. No estaban interesados en lo que hacía que los opositores estadounidenses a la guerra se sintieran justos y honorables. Querían sobrevivir.

Es una lección que he escuchado a menudo de una forma u otra de las víctimas del horrible sufrimiento en el Sur Global, el objetivo principal de la violencia imperial. Uno que debemos tomar en serio, adaptado a las circunstancias. Hoy eso significa un esfuerzo por comprender por qué ocurrió esta tragedia y qué se podría haber hecho para evitarla, y aplicar estas lecciones a lo que viene después.

La pregunta corta profundamente. No hay tiempo para revisar este asunto de importancia crítica aquí, pero repetidamente la reacción a la crisis real o imaginaria ha sido alcanzar las seis pistolas en lugar de la rama de olivo. Es casi un reflejo, y las consecuencias generalmente han sido terribles, para las víctimas tradicionales. Siempre vale la pena tratar de comprender, pensar un paso o dos por delante sobre las posibles consecuencias de la acción o la inacción. Objeciones, por supuesto, pero vale la pena reiterarlas, porque son tan fáciles de descartar en tiempos de pasión justificada.

Las opciones que quedan después de la invasión son sombrías. Lo menos malo es el apoyo a las opciones diplomáticas que aún existen, con la esperanza de alcanzar un resultado no muy lejano de lo que era muy probable que se lograra hace unos días: la neutralización de Ucrania al estilo austriaco, alguna versión del federalismo de Minsk II dentro. Mucho más difícil de alcanzar ahora. Y, necesariamente, con una escotilla de escape para Putin, o los resultados serán aún más nefastos para Ucrania y todos los demás, tal vez de manera casi inimaginable.

Muy alejado de la justicia. Pero, ¿cuándo ha prevalecido la justicia en los asuntos internacionales? ¿Es necesario revisar el atroz historial una vez más?

Nos guste o no, las opciones ahora se reducen a un resultado feo que recompensa en lugar de castigar a Putin por el acto de agresión, o la gran posibilidad de una guerra terminal. Puede resultar satisfactorio llevar al oso a un rincón desde el que atacará desesperado, como puede. Difícil saberlo.

Mientras tanto, debemos hacer todo lo posible para brindar un apoyo significativo a quienes defienden valientemente su patria contra los agresores crueles, a quienes escapan de los horrores y a los miles de valientes rusos que se oponen públicamente al crimen de su estado con gran riesgo personal, una lección para todos nosotros.

Y también deberíamos tratar de encontrar formas de ayudar a una clase mucho más amplia de víctimas: toda la vida en la Tierra. Esta catástrofe tuvo lugar en un momento en el que todas las grandes potencias, de hecho todos nosotros, debemos trabajar juntos para controlar el gran flagelo de la destrucción ambiental que ya está cobrando un precio terrible, y que pronto llegará mucho peor a menos que se realicen grandes esfuerzos, rápidamente. Para recalcar lo obvio, el IPCC acaba de publicar la última y, con mucho, la más siniestra de sus evaluaciones periódicas de cómo nos dirigimos hacia la catástrofe.

Mientras tanto, las acciones necesarias se estancan, incluso se revierten, ya que los recursos que tanto se necesitan se dedican a la destrucción y el mundo ahora está en camino de expandir el uso de combustibles fósiles, incluido el más peligroso y abundante de ellos, el carbón.

Un demonio malévolo difícilmente podría idear una coyuntura más grotesca. No se puede ignorar. Cada momento cuenta.

La invasión rusa constituye una clara violación del artículo 2(4) de la Carta de la ONU, que prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial de otro Estado. Sin embargo, Putin trató de ofrecer justificaciones legales para la invasión durante su discurso del 24 de febrero, y Rusia cita a Kosovo, Irak, Libia y Siria como evidencia de que Estados Unidos y sus aliados violan repetidamente el derecho internacional. ¿Puede comentar sobre las justificaciones legales de Putin para la invasión de Ucrania y sobre el estado del derecho internacional en la era posterior a la Guerra Fría?

No hay nada que decir sobre el intento de Putin de ofrecer una justificación legal para su agresión. Su mérito es cero.

Por supuesto, es cierto que EEUU y sus aliados violan el derecho internacional sin pestañear, pero eso no atenúa los crímenes de Putin. Sin embargo, Kosovo, Irak y Libia tuvieron implicaciones directas en el conflicto de Ucrania.

La invasión de Irak fue un ejemplo de libro de texto de los crímenes por los que los nazis fueron ahorcados en Nuremberg, pura agresión no provocada. Y un puñetazo en la cara de Rusia.

En el caso de Kosovo, la agresión de la OTAN (es decir, la agresión de los EEUU) fue declarada “ilegal pero justificada” (por ejemplo, por la Comisión Internacional sobre Kosovo presidida por Richard Goldstone) sobre la base de que el bombardeo se llevó a cabo para poner fin a las atrocidades en curso. Ese juicio requirió la inversión de la cronología. La evidencia es abrumadora de que la avalancha de atrocidades fue consecuencia de la invasión: predecible, prevista, anticipada. Además, las opciones diplomáticas estaban disponibles, [pero] como de costumbre, se ignoraron en favor de la violencia.

Altos funcionarios estadounidenses confirman que fue principalmente el bombardeo del aliado ruso Serbia, sin siquiera informarles con anticipación, lo que revirtió los esfuerzos rusos para trabajar junto con los EEUU. De alguna manera para construir un orden de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría, un revés acelerado con la invasión de Irak y el bombardeo de Libia después de que Rusia acordara no vetar una Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que la OTAN violó de inmediato.

Los eventos tienen consecuencias; sin embargo, los hechos pueden estar encubiertos dentro del sistema doctrinal.

El estatus del derecho internacional no cambió en el período posterior a la Guerra Fría, ni siquiera en palabras, y mucho menos en acciones. El presidente Clinton dejó en claro que Estados Unidos no tenía intención de acatarla. La Doctrina Clinton declaró que Estados Unidos se reserva el derecho de actuar “unilateralmente cuando sea necesario”, incluido el “uso unilateral del poder militar” para defender intereses tan vitales como “garantizar el acceso desinhibido a mercados clave, suministros de energía y recursos estratégicos”. Sus sucesores también, y cualquier otro que pueda violar la ley con impunidad.

Eso no quiere decir que el derecho internacional no tenga ningún valor. Tiene un rango de aplicabilidad y es un estándar útil en algunos aspectos.

El objetivo de la invasión rusa parece ser derrocar al gobierno de Zelensky e instalar en su lugar uno prorruso. Sin embargo, pase lo que pase, Ucrania se enfrenta a un futuro desalentador por su decisión de convertirse en un peón en los juegos geoestratégicos de Washington. En ese contexto, ¿qué tan probable es que las sanciones económicas hagan que Rusia cambie su postura hacia Ucrania, o que las sanciones económicas apunten a algo más grande, como socavar el control de Putin dentro de Rusia y los lazos con países como Cuba, Venezuela y posiblemente incluso ¿La propia China?

Puede que Ucrania no haya tomado las decisiones más juiciosas, pero no tenía nada como las opciones disponibles para los estados imperiales. Sospecho que las sanciones llevarán a Rusia a una dependencia aún mayor de China. Salvo un cambio serio de rumbo, Rusia es un petroestado cleptocrático que depende de un recurso que debe disminuir drásticamente o todos estamos acabados. No está claro si su sistema financiero puede resistir un fuerte ataque, mediante sanciones u otros medios. Razón de más para ofrecer una escotilla de escape con una mueca.

Los gobiernos occidentales, los principales partidos de oposición, incluido el Partido Laborista en el Reino Unido, y los medios corporativos por igual se han embarcado en una campaña chovinista contra Rusia. Los objetivos incluyen no solo a los oligarcas de Rusia, sino también a músicos, directores y cantantes, e incluso a propietarios de equipos de fútbol como Roman Abramovich del Chelsea FC. Rusia incluso ha sido prohibida en Eurovisión en 2022 después de la invasión. Esta es la misma reacción que los medios corporativos y la comunidad internacional en general exhibieron hacia los EEUU luego de su invasión y posterior destrucción de Irak, ¿no es así?

Tu comentario irónico es bastante apropiado. Y podemos continuar de maneras que son demasiado familiares.

¿Cree que la invasión iniciará una nueva era de disputa sostenida entre Rusia (y posiblemente en alianza con China) y Occidente?

Es difícil saber dónde caerán las cenizas, y eso podría resultar no ser una metáfora. Hasta ahora, China está jugando con calma y es probable que intente llevar adelante su extenso programa de integración económica de gran parte del mundo dentro de su sistema global en expansión, incorporando hace unas semanas a Argentina dentro de la iniciativa Belt and Road, mientras observa a los rivales. destruirse a sí mismos.

Como hemos discutido antes, la contestación es una sentencia de muerte para la especie, sin vencedores. Estamos en un punto crucial de la historia de la humanidad. No se puede negar. No se puede ignorar.

sábado, 15 de enero de 2022

Noam Chomsky: “Yo crecí durante la Gran Depresión, pero entonces reinaba una atmósfera de esperanza”

Es uno de los mayores intelectuales vivos de la izquierda estadounidense. A sus 93 años, sigue en la brecha. En esta entrevista que concede en primicia a ‘Ideas’ habla de sí mismo, cosa poco habitual, y se muestra como un pensador pragmático




Noam Chomsky, ofrece una conferencia en la Universidad de Sonora, en México, en marzo de 2018.ALAMY STOCK PHOTO

Noam Chomsky (Filadelfia, 93 años) sigue en la brecha. Escribe, da conferencias y entrevistas, y se sitúa en la primera línea de fuego por lo que cree justo. Forma parte del movimiento progresista europeo Diem25, ha disparado las alarmas sobre los riesgos del cambio climático y se ha convertido en azote del trumpismo. Es uno de los mayores intelectuales vivos de la izquierda estadounidense, pero también padre de la lingüística moderna al haber establecido, en los años cincuenta, la teoría de la gramática generativa. Prolijo autor, filósofo reputado y activista insobornable, fue detenido por oponerse a la guerra de Vietnam, entró en la lista negra de Richard Nixon y apoyó la publicación de los Papeles del Pentágono. Insobornable, pero también pragmático, se volcó, por ejemplo, en pedir el voto para Joe Biden en las elecciones de 2020. Desde 2017 reside en Tucson (Arizona), desde donde atiende esta entrevista [que no se pudo hacer presencial, ni de la que se pudieron hacer fotos por las precauciones covid] por videoconferencia. Con puntualidad también incorruptible, la melena cana del viejo profesor aparece en la pantalla a la hora precisa. Los años han agrietado su voz, pero no su pensamiento. Se extiende en las respuestas, pero no divaga y contesta a todos los matices. Su libro Sobre el anarquismo acaba de ser reeditado en español (Capitan Swing). El viejo profesor hablará sobre ello, pero también, algo que suele costarle, sobre sí mismo.

Pregunta. ¿De verdad escribió su primer ensayo con solo 10 años y versaba sobre la guerra civil española?

Respuesta. Sí, y puedo decirle la fecha exacta porque trataba sobre la caída de Barcelona, así que fue en febrero de 1939. No era un gran artículo, pero trataba la expansión del fascismo en Europa, en Alemania, Austria, Checoslovaquia…Desde mi punto de vista de un niño de 10 años, parecía que el mundo se iba a terminar, que el fascismo era incontrolable.

P. Ese niño trabajaba en un quiosco de prensa de Nueva York que regentaba su tío y se acabó convirtiendo en un centro de reunión de intelectuales europeos que podían pasar noches enteras discutiendo. ¿Aquello sembró una semilla en usted?

R. Hay una buena dosis de trágica ironía en esa pregunta. La mía era una familia de inmigrantes, principalmente desempleados. Yo crecí durante la Gran Depresión, a principios de los años treinta, pero reinaba una atmósfera de esperanza, aspiración y expectación debido al movimiento del trabajo. Ese movimiento había sido aplastado en los años veinte, pero estaba reviviendo. Había partidos políticos radicales, había debate, discusión, una sensación de que podíamos salir de aquello juntos. En Europa, la reacción a la Gran Depresión fue el fascismo, con Franco, Mussolini o Hitler, pero en Estados Unidos la reacción fue la democracia social. El new deal de Roosevelt llevó a una era de la democracia social moderna que luego fue repetida en Europa. Si mira las crisis actuales, en cambio, Europa aún se agarra a una democracia social, pero Estados Unidos se encamina al protofascismo, lo contrario de lo que ocurrió en mi infancia.

P. ¿Y esta pandemia no brinda también una oportunidad para ese tipo de catarsis, un “podemos salir de esta juntos”?

R. Debería serlo y hay algunas señales de ello si bajas al nivel de las comunidades. Encuentras a gente cooperando y ayudándose la una a la otra. Las favelas de Brasil figuran entre los lugares más miserables del mundo y durante esta pandemia hemos visto cómo las mismas bandas criminales que las tienen aterrorizadas están organizando a la gente para lidiar con esta situación y que se ayuden unos a otros. Pero si vamos a los líderes de los principales países te encuentras que monopolizan las vacunas y piden que las multinacionales farmacéuticas mantengan el exorbitante control de las patentes, unos derechos otorgados por un régimen neoliberal que es opuesto al verdadero libre comercio.

En Estados Unidos los intentos por desarrollar medidas sociales simples están bloqueados por la ideología neoliberalNoam Chomsky

P. Dice que Estados Unidos está encabezando el camino al protofascismo, ¿Por qué los movimientos de extrema derecha están avanzando tanto, no solo en Estados Unidos, sino también en Europa?

R. El capital privado y la riqueza privada se han puesto a la cabeza. Por supuesto, siempre han dominado el sistema, también en España, pero en los últimos 40 años han ganado un poder y una riqueza abrumadores. Rand Corporation, que es una institución muy respetada, hizo un estudio sobre la transferencia de riqueza de la clase trabajadora a la clase alta y se encontró que el 90% de la población había perdido peso en la riqueza en favor de los más ricos, en favor del 1% más rico principalmente. Y hay muchas otras formas de robar a la gente. Ronald Reagan abrió la puerta a los paraísos fiscales, por ejemplo. Ha habido una época muy destructiva para los trabajadores. En términos reales, un trabajador varón gana lo mismo que en 1979. En Europa los programas de austeridad han dañado a los pobres y enriquecido a los ricos. Esto ha llevado a un resentimiento que es terreno abonado para demagogos como Donald Trump o Viktor Orbán y lo están capitalizando.

P. Un año después del asalto al Capitolio, ¿cuáles son las consecuencias?

R. Aquello fue un intento por derrocar un Gobierno electo. Y fue muy explícito por parte de Trump: “Las elecciones han sido robadas, vamos al Capitolio”. Un intento de derribar un Gobierno electo es un golpe de Estado. Fue un intento violento de golpe de Estado. Un grupo de republicanos rechazó formar parte y evitó que triunfase. Pero ese intento ha venido seguido ahora por un golpe blando, que está ocurriendo cada día ante nuestros ojos. Los republicanos están planeándolo de forma cuidadosa para que la próxima vez tenga éxito. [A través de reformas electorales en diferentes Estados conservadores] están asegurándose de que la gente que gestiona las elecciones tenga poder para anular votos y están aprobando decenas de leyes para impedir el voto de la gente equivocada, de minorías y pobres [a través del endurecimiento de requisitos para votar]. El Partido Republicano ya no es un partido político, es un partido neofascista. Estados Unidos es una sociedad avanzada tecnológicamente, y culturalmente, pero es premoderna en otros ámbitos. Y Trump es un demagogo muy efectivo, ha sabido agitar los venenos que corren bajo la superficie de la sociedad estadounidense y los ha sacado a la superficie. Ahora hay un grupo que lo venera como a un Duce II, elegido por Dios, es la gente que asaltó el Capitolio. La democracia estadounidense corre un grave peligro.


Noam Chomsky durante una conferencia en la Universidad de Sonora, en México, en 2018.ALAMY STOCK PHOTO

P. ¿Y cree que Trump podría presentarse o incluso ganar en 2024?

R. Es muy posible. Tiene una base rabiosa de devotos que lo adoran. A los líderes del Partido Republicano los tiene aterrorizados, todos corren a Mar-a-Lago [la zona de Palm Beach donde reside Trump] para lustrarle los zapatos y obtener su bendición. Si triunfan con el actual golpe en marcha, el de controlar y modificar el sistema electoral, pueden conseguir ganar. Recuerde que tenemos un sistema electoral muy reaccionario, que otorga a las áreas blancas, rurales y conservadoras una ventaja estructural abrumadora. Por ejemplo, en el Senado, un Estado como Wyoming, de 578.000 habitantes, tiene dos votos. California, con 40 millones, tiene dos votos. Si ahora EE UU quisiera entrar en la Unión Europea, la Corte Europea de Justicia se lo tumbaría.

Si hubiéramos preguntado a mi abuela si estaba oprimida, no lo habría entendido. Saber lo que es requiere trabajo Noam Chomsky

P. ¿El primer año de gobierno de Biden ha sido más progresista de lo que esperaba?

R. Bueno, no esperaba mucho, francamente, pero los programas nacionales han sido mejores de lo que esperaba. En buena medida fueron diseñados por Bernie Sanders, que representa al ala más progresista del Partido Demócrata. Pero han sido recortados por la oposición y no se ha conseguido casi nada. El principal [el gran plan de reformas sociales llamado Build Back Better, que supone la mayor ampliación del Estado de bienestar en décadas] es tremendamente necesario. Estados Unidos es un país rezagado en prestaciones sociales. Mire por ejemplo el permiso de maternidad, hay alrededor de seis países en el mundo que no lo tienen. Pues los republicanos se oponen [a implementarlo]. Y Joe Manchin [el senador demócrata centrista] lo ha bloqueado. Es el país más rico del mundo, pero los intentos por desarrollar unas medidas sociales simples están bloqueados por el capital privado y la ideología neoliberal.

P. ¿Usted se sigue considerando anarquista? ¿Qué significa eso?

R. Es un término que se ha usado de muchas maneras, igual que liberal, conservador, socialista o marxista. La idea básica es que cualquier forma de jerarquía, dominación o autoridad en cualquier aspecto de la vida debe justificarse y demostrarse legítima, no está justificada de por sí. Si una comunidad decide de forma democrática seguir unas normas de tráfico, como circular por la derecha y detenerse ante un semáforo en rojo, se está sometiendo a una autoridad, pero se puede argumentar que es legítima. Sin embargo, muy pocas relaciones resisten esta crítica y el trabajo de un anarquista es descubrirlas, revelarlas y hacer que la gente debata sobre ellas para ver si las legitiman o las cambian. Ni siquiera el primer paso es fácil. Si le hubieras preguntado a mi abuela si estaba oprimida, ella no hubiera sabido ni de qué hablas. Las mujeres vivían como se suponía que debían, haciéndose cargo de la casa, de los hijos y obedeciendo a su marido. No era opresión, era la vida. Descubrir que eso es opresión requiere un trabajo.

P. ¿Y en el trabajo?

R. ¿Qué es un empleo? Para la mayoría de la gente significa pasar la mayor parte del tiempo que estás despierto siguiendo las órdenes de un jefe totalitario, que puede dar órdenes de un modo que ni Stalin hubiese soñado. Stalin no hubiese podido decirle a alguien que tiene cinco minutos para ir al baño o que no puede hablar con el compañero de al lado. Quizá tengas un jefe amable que te lo permita, pero es su decisión. A eso se le llama tener un empleo, y la gente reacciona como mi abuela, pensando que es lo normal. Al principio de la revolución industrial los trabajadores se opusieron a esta forma de autocracia que les quitaba sus derechos y su dignidad. Es algo que se está reviviendo. De hecho, mucha gente está rechazando volver al trabajo con esta llamada Gran Dimisión, están diciendo eso a su propia manera.

Ahora hay un grupo que lo venera [a Donald Trump] como a un Duce II, elegido por Dios. Es la gente que asaltó al Capitolio Noam Chomsky

P. Pero la economía necesita un cierto grado de organización y eso implica autoridad.

R. Claro, tiene usted un ejemplo en España. Fíjese en la Cooperativa Mondragón, ha estado ahí desde los años cincuenta y es un conglomerado propiedad de los trabajadores y gestionado en buena medida por ellos. Puede encontrarle fallos, pero en buena medida, hasta un punto infrecuente en el mundo, es un conglomerado exitoso que se basa en la idea de que los participantes en una comunidad deben controlarlo.

P. En su libro habla del consentimiento, la aceptación de la autoridad por parte de la gente aunque no esté justificada. ¿Qué es más natural en el ser humano, el hambre de libertad o la necesidad de autoridad?

R. Nuestra naturaleza como participantes del orden social tiene muchas opciones y puede creer muchas cosas. Los liberales clásicos, como Wilhelm von Humboldt, creen que nuestro instinto es la libertad. Creen que la esencia de la naturaleza humana es la libertad frente a la coacción arbitraria. El pensador liberal clásico en Inglaterra, John Stuart Mill, pensaba que una empresa debía ser propiedad de los trabajadores y debían gestionarla. Eso es el liberalismo clásico. Por supuesto, todo esto fue aplastado por el capitalismo, que tomó un curso diferente de autoridad y dominación y, en su forma más extrema y salvaje, el tipo de neoliberalismo impuesto en los últimos 40 años, con efectos devastadores en todas partes.

P. ¿Se considera un pensador pragmático?

R. Sí, deberíamos hacer lo que podemos, no buscar lo que no podemos. No tienen sentido los gestos románticos, que no solo van a fracasar, sino que van a llevar a los peores resultados. Debemos afrontar el mundo tal y como es y actuar para mejorarlo. Yo tenía amigos en los años sesenta que decidieron que querían una revolución, así que iban a una fábrica, por ejemplo, de General Electric, y empezaban a repartir ejemplares del Libro Rojo de Mao a las puertas, para organizar a la gente para hacer esa revolución. Puede imaginarse lo que pasó, ese no es el modo en el que se logra un cambio. Lo que hicieron fue fortalecer el apoyo a la reacción y el apoyo a la guerra. Tienes que afrontar el mundo como es, no como te gustaría. Tienes que intentar construir el mundo que te gustaría, pero enfrentándote a él tal y como es.

Conservador ante el cambio global

Chomsky, por extraño que suene, se define como conservador ante el cambio social. “De entre los muchos usos del término conservador, uno es el liberal clásico. El término se sigue usando, pero no en el sentido en el que sus creadores pensaban. Wilhelm von Humboldt dijo que si el artesano producía algo hermoso a la orden, admiraremos lo que ha hecho, pero despreciaremos lo que es, alguien que trabaja a la orden, no en función de lo que crece en su desarrollo interno. Eso es el núcleo del liberalismo clásico y en ese sentido soy conservador. Además, en otros aspectos, creo que nuestras instituciones básicas necesitan cambios muy sustanciales y radicales, pero no creo que se pueda hacer así como así. Tienes que construir un debate para ello”, explica.

Cuando se le pide un ejemplo, señala el movimiento de derechos de las mujeres, que data de siglos pero que obró un gran cambio en los sesenta. “¿Cómo se logró? Grupos de mujeres, jóvenes sobre todo, se reunieron, mantuvieron debates, descubrieron y pensaron en los tipos de opresión que existían, decidieron que no tenían por qué someterse, organizaron a otras mujeres y crearon un movimiento a gran escala. Con eso, antes o después tendrás cambios sustanciales. Pero no es un proceso fácil, muchos lo rechazan y dirán que quieren esa autoridad”.

El intelectual estadounidense se muestra exasperado ante la respuesta política al calentamiento global. “La destrucción medioambiental está viniendo, nos guste o no, y nuestras instituciones no están en una situación en la que pueda lidiar con ello, como vimos en Glasgow [en la conferencia del clima]. La principal decisión que tomaron fue aplazar la decisión hasta el año que viene y, mientras, la tierra está ardiendo”, explica. A su juicio, “los grandes bancos dicen palabras bonitas sobre la necesidad de hacer algo, pero lo que están haciendo es financiar las energías fósiles con billones de dólares. Esas son nuestras instituciones y, si no podemos

Amanda Mars Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE UU. Comenzó su carrera en 2001 en Europa Press, pasó por La Gaceta de los Negocios y en 2006 se incorporó a EL PAÍS, donde fue subjefa de Economía y corresponsal en Nueva York. Desde 2017 vive en Washington. Ha cubierto dos elecciones presidenciales, unas legislativas, dos impeachment y un asalto al Capitolio.

domingo, 13 de junio de 2021

La política exterior de Biden es en buena medida indistinguible de la de Trump. Entrevista a Noam Chomsky

 Por Noam Chomsky

Las medidas de política interior del presidente Joe Biden, sobre todo en el plano económico, resultan bastante alentadoras, y ofrecen mucha esperanza en un futuro mejor. No se puede decir lo mismo de la agenda de la administración en política exterior, tal como revelan las penetrantes intuiciones y los sagaces análisis de Noam Chomsky en esta entrevista exclusiva con C.J. Polychroniou para Truthout [publicada a finales del pasado mes de marzo]. Chomsky, intelectual público de renombre mundial, es catedrático emérito del MIT y profesor laureado de Lingüística en la Universidad de Arizona. La entrevista ha sido ligeramente editada por razones de claridad y espacio.

Noam Chomsky

C. J. Polychroniou: Noam, después de dos meses en la Casa Blanca, la agenda de política exterior de Biden empieza a cobrar forma. ¿Qué señales hay hasta ahora de la manera en que la administración Biden piensa encarar los retos a la hegemonía que plantean sus rivales geopolíticos primordiales, a saber, Rusia y China?

El desafío a la hegemonía norteamericana planteado por Rusia y, sobre todo, por China ha sido asunto importante del discurso de la política exterior desde hace un tiempo, con un acuerdo persistente sobre la gravedad de la amenaza.

La cuestión es claramente compleja. Una buena regla práctica consiste en echar un vistazo escéptico cuando hay acuerdo general sobre algún asunto complejo. Y éste no es una excepción.

Lo que por lo general encontramos, creo, es que Rusia y China impiden a veces acciones norteamericanas destinadas a aplicar su hegemonía global en regiones de su periferia [de Rusia y China] que son de particular preocupación para ellos. Podemos preguntarnos si tienen justificación en su intento de limitar de este modo el abrumador poder norteamericano, pero eso dista mucho de la forma en la que se entiende por lo común ese desafío: como esfuerzo por desplazar el papel global norteamericano en el sostenimiento de un orden internacional liberal, fundamentado en reglas, por parte de nuevos centros de poder hegemónico.

¿Desafían en realidad Rusia y China la hegemonía norteamericana en las formas comúnmente entendidas?

Rusia no es un actor de envergadura en la escena mundial, aparte de su fuerza militar, que es un residuo (muy peligroso) de su anterior estatus. No puede en principio ni compararse con los EE.UU. en alcance e influencia.

China ha experimentado un crecimiento económico espectacular, pero está todavía lejos de acercarse al poder de los EE.UU. en casi cualquier dimensión. Sigue siendo un país relativamente pobre, que figura en el puesto 85 en el Índice de Desarrollo Humano, entre Brasil y Ecuador. Los EE. UU., si bien no aparecen cerca de lo más alto debido a su pobre historial en material de bienestar social, están bastante por encima de China. En fuerza militar y alcance global (bases, fuerzas en combate activo) no hay comparación, las multinacionales con origen en los EE. UU. poseen la mitad de la riqueza mundial y son las primeras (a veces las segundas) en casi cualquier categoría. China queda bastante por detrás. China se enfrenta asimismo a graves problemas internos (ecológicos, demográficos, políticos). Los EE.UU., por contraposición, gozan de ventajas internas y de seguridad sin paralelo en ningún otro lugar.

Consideremos las sanciones: un instrumento de poder mundial de primer orden para un país de la Tierra: los EE.UU. Son, por ende, sanciones de terceros. Si las desobedeces, se te acabó la suerte. Te pueden dejar fuera del sistema financiero mundial, o cosas peores. Viene a ser lo mismo donde quiera que miremos. Si contemplamos la historia, encontramos los ecos habituales del consejo que en 1947 dio al presidente el senador Arthur Vandenberg, que consistía en “meter el miedo en el cuerpo al pueblo norteamericano”, si quería suscitar en ellos un frenesí de temor por la amenaza rusa de apoderarse del mundo. Sería necesario ser “más claros que la verdad”, tal como explicaba Dean Acheson, uno de los creadores del orden de postguerra. Se estaba refiriendo al NSC-68 de 1950, un documento fundacional de la Guerra Fría, desclasificado décadas más tarde. Su retórica sigue resonando todavía hoy, de un modo u otro, en relación a China.

La NSC-68 apelaba a una enorme progresión militar y a la imposición de disciplina en nuestra sociedad, peligrosamente libre, para que podamos defendernos del “Estado esclavo” con su “implacable propósito… de eliminar el desafío de la libertad” por doquier, estableciendo un “poder total sobre todos los hombres [y] absoluta autoridad sobre el resto del mundo”. Y así sucesivamente, en un flujo impresionante.

China se enfrenta al poder norteamericano… en el mar del Sur de China, no en el Atlántico o en el Pacífico. Hay también un desafío económico. En ciertos campos, China es líder mundial, sobre todo en energías renovables, donde va bastante por delante de otros países, tanto en volumen como en calidad. Es también la base mundial de la manufactura, aunque los beneficios van en su mayoría a otros lugares, a gestores como Foxconn, de Taiwán, o a los inversores de Apple, que dependen cada vez más de los derechos de propiedad intelectual, los exorbitantes derechos de patentes que son parte central de los acuerdos de “libre comercio”, altamente proteccionistas.

La influencia global de China se está extendiendo, a buen seguro, en la inversion, el comercio, la adquisición de instalaciones (como la gestión del puerto principal de Israel). Esa influencia es probable que se extienda, de seguir adelante con el suministro de vacunas prácticamente a precio de coste, comparado con el acaparamiento de vacunas por parte de Occidente y su intento de impedir la distribución de una “Vacuna popular”, con el fin de proteger las patentes y beneficios de las grandes empresas. China está progresando también de modo substancial en alta tecnología, para gran consternación de los EE.UU., que tratan de impedir su desarrollo.

Resulta bastante extraño considerar todo esto como un desafío a la hegemonía norteamericana.

La política norteamericana podría contribuir a crear un desafío más grave por medio de actos hostiles y de enfrentamiento que impulsen a Rusia y a China a unirse más como reacción. De hecho, es lo que ha ido sucediendo con Trump, y en los primeros días de Biden, aunque Biden sí que respondió en el ultimo minuto al llamamiento de Rusia de renovar el Nuevo Tratado START de limitación de armas nucleares, poniendo a salvo el único elemento de envergadura del régimen de control de armas que había escapado a la labor de demolición de Trump.

Está claro que lo que hace falta son negociaciones y diplomacia sobre cuestiones disputadas, y cooperación de veras en cuestiones tan cruciales como las del calentamiento global, el control de armamento y las futuras pandemias, crisis todas muy graves que no conocen fronteras. Que el equipo de halcones de la política exterior de Biden vaya a tener la sensatez de moverse en esa dirección es algo de momento poco claro, en el mejor de los casos, y aterrador, en el peor. A falta de presiones populares significativas, no pintan bien las perspectivas.

Otra cuestión que exige atención popular y activismo es la política de proteger la hegemonía buscando dañar a potenciales rivales, muy públicamente en el caso de China, pero también en otros lugares, a veces con formas que resultan difíciles de creer.

Un ejemplo notable se encuentra sepultado en el Informe Anual para 2020 del Departamento de Salud y Servicios Humanos, que se honra en presentar su secretario, Alex Azar. En el subapartado, “Combatir influencias malignas en las Américas”, el informe discute los esfuerzos de la Oficina de Asuntos Globales (OGA) del Departamento por mitigar los esfuerzos de aquellos estados, entre los que se cuentan Cuba, Venezuela y Rusia, que están trabajando para aumentar su influencia en la región en detrimento de la seguridad y protección de los EE.UU. La OGA se coordinó con otras agencias del gobierno norteamericano para fortalecer lazos diplomáticos y ofrecer ayuda técnica y humanitaria a fin de disuadir a los países de la región de que acepten ayuda de estos estados malintencionados. Entre los ejemplos se cuenta el utilizar la oficina del Agregado Sanitario de la OGA para persuadir a Brasil de que rechace la vacuna rusa de la COVID-19 y ofrecer asistencia técnica de la CDC [Centro de Control de Enfermedades], en lugar de que Panamá acepte una oferta de médicos cubanos, [La cursiva es mía].

En medio de una furiosa pandemia, de acuerdo con este informe, debemos bloquear malignas iniciativas que ayuden a las desgraciadas víctimas.

Con la grotesca mala gestión del presidente Jair Bolsonaro, Brasil se ha convertido en una historia global de terror por su fracaso a la hora de enfrentarse a la pandemia, pese a sus notables institutos de salud y su buen historial, en el pasado, de vacunaciones y tratamientos. Sufre de una grave escasez de vacunas, de manera que los EE.UU. se enorgullecen de sus esfuerzos por impedirles que utilicen la vacuna rusa, que las autoridades occidentales reconocen comparable a las vacunas Moderna y Pfizer que utilizamos aquí.

Lo que resulta todavía más asombroso, tal como comenta el autor de este artículo en el Brasil Wire, ubicado en la UE, es “que los EE.UU. disuadieran a Panamá de que aceptara medicos cubanos, que han estado globalmente en primera línea contra la pandemia, trabajando en más de cuarenta países”. Debemos proteger a Panamá de la “maligna influencia” del único país del mundo que muestra la clase de internacionalismo que es necesario para salvar al mundo del desastre, crimen que debe impedir el poder hegemónico global.

La histérica dedicación de Washington a aplastar a Cuba desde los primeros días de su independencia en 1959 constituye uno de los fenómenos más extraordinarios de la historia moderna, pero, con todo, el grado de sadismo constituye una constante sorpresa.

Por lo que respecta a Irán, tampoco parece haber señales de esperanza, al haber nombrado la administración Biden a Richard Nephew, arquitecto de sádicas sanciones contra Irán con Barack Obama, como segundo del enviado a Irán. ¿Correcto o no?

Biden adoptó el programa sobre Irán de Trump prácticamente sin cambios, hasta en la retórica. Vale la pena recordar los hechos.

Trump rescindió la participación norteamericana en la JCPOA (el acuerdo nuclear), violando la Resolución 2331 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que obliga a todos los estados a someterse a la JCPOA, y violando los deseos de los demás signatarios. En un impresionante despliegue de poder hegemónico, cuando los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas insistieron en ceñirse a la 2331 y no ampliar las sanciones de las Naciones Unidas, el secretario de Estado, Mike Pompeo, los mandó a paseo: Renueven ustedes las sanciones. Trump impuso nuevas sanciones extremadamente severas a las que los demás se ven obligados a atenerse, con el objetivo de causar el máximo sufrimiento a los iraníes, de modo que el gobierno pueda ceder y acepte su exigencia de que el JCPOA se vea substituido por un nuevo acuerdo que imponga restricciones mucho más duras a Irán. La pandemia ofreció nuevas oportunidades de torturar a los iraníes, privándoles de de una ayuda que necesitaban desesperadamente.

Además, es responsabilidad de Irán dar los primeros pasos hacia unas negociaciones en las que capitular ante las exigencias, poniendo fin a las acciones que llevó a cabo como reacción a la criminalidad de Trump.

Tal como hemos debatido antes, tiene su mérito la exigencia de Trump de que se puede mejorar la JCPOA. Una solución bastante mejor consiste en establecer una zona libre de armas nucleares (o una zona libre armas de destrucción masiva) en Oriente Medio. Hay solo un obstáculo: que no lo permitirán los EE.UU., que vetan la propuesta cada vez que surge en los foros internacionales, como se ha visto muy recientemente en el caso del presidente Obama. Se entiende bien la razón: es necesario proteger de las inspecciones el importante arsenal de Israel. Los EE.UU. ni siquiera reconocen formalmente su existencia. Hacerlo perjudicaría el enorme aluvión de ayuda norteamericana a Israel, que puede discutirse si viola las leyes norteamericanas, una puerta que no quiere abrir ninguno de los partidos políticos. Es otra cuestión que no se discutirá siquiera, a menos que la presión popular haga imposible suprimir eso.

En el discurso norteamericano, se critica a Trump debido a que su política de torturar a los iraníes no tuvo éxito a la hora de conseguir que capitulase su gobierno. Esa posición recuerda a los pasos dados por Obama -y enormemente elogiados- de relaciones limitadas con Cuba, puesto que, tal como explicó, nos hacen falta tácticas nuevas después de que hayan fracasado nuestros esfuerzos por llevar la democracia a Cuba: a saber, una despiadada guerra terrorista que casi nos llevó a la extinción en la crisis de los misiles de 1962 y sanciones de una crueldad sin paralelo condenadas de forma unánime por la Asamblea General de las Naciones Unidas (salvo Israel). De manera parecida, se critican nuestras guerras en Indochina, los peores crímenes desde la II Guerra Mundial, por ser un “fracaso”, como es el caso de la invasión de Irak, un ejemplo de libro del “supremo crimen internacional” por el que se ahorcó a los criminales de guerra nazis.

Se encuentran estas entre las prerrogativas de un verdadero poder hegemónico, inmune a las carcajadas de los extranjeros y confiado en el apoyo de aquellos a los que un crítico acerbo llamó una vez “rebaño de mentes independientes”, el grueso de las clases instruidas y la clase política.

Biden adoptó el conjunto del programa de Trump sin cambio alguno. Y para más inri, nombró a Richard Nephew como segundo del enviado a Irán. Nephew ha explicado sus puntos de vista en su libro The Art of Sanctions, en el que delinea la adecuada “estrategia para hacer aumentar el sufrimiento de modo cuidadoso, metódico y eficaz en aquellos campos que suponen vulnerabilidades, a la vez que se evita aquellos que no”. Justo la elección correcta para la política de torturar a los iraníes porque el gobierno al que desprecia la mayoría de ellos no se pliega a las exigencias de Washington.

La política del gobierno norteamericano respecto a Cuba e Irán proporciona una información muy valiosa sobre cómo funciona el mundo bajo la dominación de un poder imperial.

Desde que se volvió independiente en 1959, Cuba ha sido objeto de una implacable violencia y tortura por parte de los EE.UU., que ha llegado a niveles de verdadero sadismo, sin apenas una palabra de protesta por parte de los sectores de la élite. Afortunadamente, los EE.UU. son un país desacostumbradamente libre, de modo que tenemos acceso a registros desclasificados que explican la ferocidad de los esfuerzos por castigar a los cubanos. El crimen de Fidel Castro, explicaba el Departamento de Estado en los primeros años, consiste en su “desafío con éxito” de la política norteamericana desde la doctrina Monroe de 1823, que establecía el derecho de Washington a controlar el hemisferio. Se requieren medidas claramente severas para sofocar esos esfuerzos, como entendería bien cualquier Don de la Mafia, y la analogía del orden mundial con la Mafia es considerablemente merecida.

Buena parte de lo mismo vale para Irán desde 1979, cuando un levantamiento popular derribó al tirano instalado por los EE.UU en un golpe militar que dejó al país sin su régimen parlamentario. Israel había disfrutado de estrechas relaciones con Irán durante los años de la tiranía del Shah y de violaciones extremas de derechos humanos, y, al igual que los EE.UU., quedó consternada por su derrocamiento. El embajador de facto de Israel en Irán, Uri Lubrani, expresó su “firme” convicción de que pudiera someterse el levantamiento y se repusiera al Shah “con una fuerza relativamente pequeña, decidida, despiadada, cruel. Quiero decir que los hombres que dirijan esa fuerza tendrán que estar emocionalmente hechos a la posibilidad de que tengan que matar a diez mil personas”.

Las autoridades norteamericanas se mostraron muy de acuerdo en ello. El presidente Carter envió al general de la OTAN Robert E. Huyser a Irán para tratar de convencer a los militares iraníes de que se encargaran de la tarea, una hipótesis confirmada por documentos internos que han visto recientemente la luz. Y la rechazaron, al considerarla imposible. Poco después, Sadam Husein invadió Irán, un ataque que causó centenares de miles de muertos entre los iraníes, con total apoyo de la administración Reagan, hasta cuando Sadam recurrió a armas químicas, primero contra los iraníes, luego contra los kurdos iraquíes en las atrocidades de Halabja. Reagan protegió a su amigo Husein atribuyendo los crímenes a Irán y bloqueando la censura del Congreso. Pasó después a un apoyo militar total a Husein con fuerzas navales en el Golfo. Un navío norteamericano, el USS Vincennes, derribó a un avión de pasajeros iraní en un espacio aéreo comercial claramente señalado, matando a 290 personas, y volvió a su base, en la que fue recibido por todo lo alto, y donde su comandante y el oficial de vuelo que había dirigido la destrucción del avión comercial fueron recompensados con la Medalla al Honor.

Dándose cuenta de que no podía luchar contra los EE.UU., Irán, efectivamente, capituló. Washington pasó entonces a severas sanciones contra Irán, al tiempo que recompensaba a Husein de forma tal que aumentaba de manera aguda las amenazas a Irán, que acababa justo de salir de una guerra demoledora. El presidente Bush I invitó a ingenieros nucleares iraquíes a los EE.UU. para su formación avanzada en la producción de armas nucleares, lo cual no era un asunto sin importancia para Irán. Impulsó la ayuda agrícola que Husein necesitaba desesperadamente después de haber destruido feraces zonas agrícolas con su ataque con armas químicas contra los kurdos iraquíes. Envió una misión de alto nivel a Irak, encabezada por el líder republicano en el Senado, Bob Dole, posteriormente candidato presidencial, para presentar sus respetos a Husein, para asegurarle de que se moderarían los comentarios críticos en su contra en Voice of America, [emisora propagandística de radio norteamericana] y para aconsejar a Husein que ignorase los comentarios críticos en la prensa, algo que no podía impedir el gobierno norteamericano.

Esto sucedió en abril de 1990. Pocos meses después, Husein desobedeció (o malentendió) las órdenes e invadió Kuwait. Y entonces todo cambió.

Casi todo. Continuó el castigo a Irán por su “exitoso desafío”, con severas sanciones, y nuevas iniciativas del presidente Bill Clinton, que emitió órdenes ejecutivas y firmó una legislación del Congreso que imponía sanciones a las inversiones en el sector petrolífero, base de su economía. Europa puso objeciones, pero no tenía manera de de evitar las sanciones extraterritoriales norteamericanas.

Sufrieron asimismo las empresas norteamericanas. Un especialista en Oriente Medio de la Universidad de Princeton, Seyed Hossein Mousavian, antiguo portavoz de los negociadores nucleares iraníes, informa de que Irán ofreció un contrato multimillonario en dólares a la empresa energética norteamericana Conoco. La intervención de Clinton bloqueando el acuerdo clausuró una oportunidad de reconciliación, uno de los muchos casos que analiza Mousavian.

Las acciones de Clinton formaban parte de un patrón general, un patrón inusual. Por lo común, sobre todo en cuestiones relativas a la energía, la política se ajusta a los comentarios de Adam Smith sobre la Inglaterra del siglo XVIII, en la cual los “dueños de la humanidad”, que poseen la economía privada, son los “arquitectos principales” de la política del gobierno, y actúan para asegurarse de que sus intereses queden por delante, por “penoso” que sea el efecto sobre otros, incluida la gente de Inglaterra. Son raras las excepciones, e instructivas.

Cuba e Irán constituyen dos excepciones notables. Hay intereses comerciales de envergadura (farmacéuticas, energía, “agribusiness”, aviación y otros) que han estado dispuestos a entrar en los mercados de Cuba e Irán y establecer relaciones comerciales con empresas del país. El poder del Estado prohibe dar esos pasos, fallando en contra de intereses provincianos de los “dueños de la humanidad” y en favor de la meta transcendente de castigar el desafío exitoso.

Hay mucho que decir sobre esas excepciones a la regla, pero eso nos llevaría demasiado lejos.

La publicación del informe sobre el asesinato de Jamal Khashoggi decepcionó a casi todo el mundo, salvo a Arabia Saudí. ¿Por qué adopta la administración Biden un enfoque blando respecto a Arabia Saudí y al príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, sobre todo, algo que llevó a Nicholas Kristof, columnista del New York Times, a escribir que “Biden … dejó escapar al asesino”?

No es difícil de adivinar. Quién quiere ofender a un estrecho aliado y a una potencia regional a la que el Departamento de Estado describió durante la II Guerra Mundial como “una formidable fuente de poder estratégico, y uno de los mayores premios materiales de la historia del mundo… probablemente el premio económico más rico en el campo de la inversión exterior”. El mundo ha cambiado en muchas cosas desde entonces, pero el razonamiento básico sigue siendo válido.

Biden había prometido que, de ser elegido, reduciría el gasto de Trump en armas nucleares, y que los EE.UU. no dependerían de las armas nucleares para su defensa. ¿Hay probabilidades de que veamos un giro drástico en la estrategia nuclear norteamericana con la administración Biden por el que el uso de estas armas sea bastante menos probable?

Ya sólo por razones de coste, se trata de una meta que debería figurar en lo más alto del orden del día de cualquiera que desee ver ese género de programas internos que el país necesita desesperadamente. Pero las razones van bastante más allá. La actual estrategia nuclear apela a preparativos de guerra, entendiendo por ello una guerra nuclear terminal….con China y Rusia.

Deberíamos recordar una observación de Daniel Ellsberg: las armas nucleares se usan constantemente, muy a la manera en que un atracador utiliza una pistola para apuntar a un tendero y decirle: “La bolsa o la vida”. Ese principio queda de hecho consagrado como política en un importante documento de 1995: “Fundamentos de Disuasión tras la Guerra Fría” elaborado por el Mando Estratégico de Clinton (STRATCOM). El estudio concluye que las armas nucleares son indispensables por su incomparable poder destructivo, pero aunque no se utilicen, “las armas nucleares arrojan siempre una sombra sobre cualquier crisis o conflicto”, permitiéndonos lograr nuestros fines mediante la intimidación: lo que apuntaba Ellsberg. El estudio prosigue autorizando el uso “preventivo” de armas nucleares y ofrece consejo a los planificadores, que no deberían “retratarnos como pleanamente racionales y de cabeza fría”. Antes bien, la “imagen pública nacional que proyectemos” debería ser “que los EE.UU. pueden volverse irracionales y vengativos si se atacan sus intereses nacionales y que “puede parecer que algunos de esos elementos están potencialmente ‘fuera de control’”.

La “teoría del loco” de Richard Nixon, pero partiendo esta vez no de asociados sino de quienes diseñaron la estrategia nuclear.

Hace dos meses, entró en vigor el Tratado sobre Prohibición de Armas Nucleares de las Naciones Unidas. Las potencias nucleares se negaron a firmar, y siguen incumpliendo su responsabilidad, de acuerdo con la No Proliferación de Armas Nucleares, de tomar “medidas efectivas” para eliminar las armas nucleares. Esa posición no está grabada en piedra y el activismo popular podría provocar avances significativos en esa dirección, algo necesario para la supervivencia.

Desgraciadamente, ese nivel de civilización parece estar todavía más allá del alcance de los estados más poderosos, que corren en dirección contraria, actualizando y mejorando los medios psra poner fin a la vida humana organizada sobre la Tierra.

Hasta los socios menores se suman a la carrera de la destrucción. Hace solo escasos días, el primer ministro británico, Boris Johnson “anunció un incremento de un 40 % del arsenal británico de cabezas nucleares. Su análisis… reconocía el ‘entorno de seguridad en evolución’, e identificaba a Rusia como la `más grave amenaza’ para Gran Bretaña”.

Queda mucho trabajo por hacer.

Noam Chomsky profesor laureado de la Universidad de Arizona y catedrático emérito de Lingüística del Massachusettes Institute of Technology, es uno de los activistas sociales más reconocidos internacionalmente por su magisterio y compromiso político. Su libro más reciente es “Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet”.

Fuente: Truthout

Traducción: Lucas Antón para sinpermiso.info

viernes, 9 de octubre de 2020

Cuál es la responsabilidad de los intelectuales?

En su nuevo libro, Noam Chomsky reúne dos ensayos distintos: el que escribió en 1967, al calor de la guerra de Vietnam, y el que firmó en 2011, tras el asesinato de Bin Laden. Los dos tratan, como explica en este texto inédito, del papel social que deben tener los expertos


Noam Chomsky, segundo por la derecha, en un acto celebrado en la Universidad de Boston en 1971. CARY WOLINSKY/THE BOSTON GLOBE GETTY


El concepto de “intelectuales” es bastante curioso. ¿A quiénes podemos considerar como tales?

He aquí una pregunta que fue abordada de un modo muy instructivo en un ensayo clásico que Dwight Macdonald escribió en 1945, titulado La responsabilidad de los intelectuales. Ese texto es una sarcástica e implacable crítica a aquellos pensadores distinguidos que pontificaban sobre la “culpa colectiva” de los refugiados alemanes cuando éstos sobrevivían a duras penas entre las ruinas catastróficas de la guerra. Macdonald comparaba allí el desprecio farisaico que tan distinguidas plumas manifestaban hacia los desdichados supervivientes con la reacción de muchos soldados del ejército vencedor, que, reconocedores de la humanidad de las víctimas, se compadecían del sufrimiento de éstas. Y, sin embargo, los primeros son los intelectuales, no los segundos.

Macdonald concluía su ensayo con unas sencillas palabras: “Qué maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante”.

¿Cuál es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Quienes entran en esa categoría disfrutan de ese relativo grado de privilegio que tal posición les confiere, lo que les brinda oportunidades superiores a las normales. Las oportunidades conllevan una responsabilidad, la cual, a su vez, implica tener que decidir entre opciones alternativas, algo que, a veces, puede entrañar una gran dificultad.

Así, una posible opción es seguir la senda de la integridad, lleve adonde lleve. Otra es aparcar esas preocupaciones y adoptar pasivamente las convenciones instituidas por las estructuras de autoridad. La tarea, en este segundo caso, se limita a seguir con fidelidad las instrucciones de quienes tienen las riendas del poder, a ser servidores leales y fieles, no como resultado de un juicio reflexivo, sino por una respuesta refleja de conformismo. Ésta es una forma muy sutil de eludir las complejidades morales e intelectuales inherentes a una actitud de cuestionamiento, y de rehuir las potenciales consecuencias dolorosas de esforzarse por que la bóveda del firmamento moral termine curvándose hacia la causa de la justicia.

Estamos familiarizados con esa clase de alternativas. Por eso distinguimos a los comisarios y los apparátchiki de los disidentes que asumen ese desafío y afrontan las consecuencias (unas consecuencias que varían en función de la naturaleza de la sociedad en cuestión). Muchos disidentes alcanzan la fama y un merecido reconocimiento, y el duro trato que reciben o recibieron es debidamente denunciado con fervor e indignación: ahí están Václav Havel, Ai Weiwei, Shirin Ebadi y otras figuras que componen una larga y distinguida lista. También es justo que condenemos a los apologistas de la sociedad mala, aquellos que no pasan de la ocasional crítica tibia a los “errores” de unos gobernantes cuyas intenciones califican global y sistemáticamente de benignas.

Hay otros nombres, sin embargo, que se echan en falta en la lista de los disidentes reconocidos: por ejemplo, los de los seis destacados intelectuales latinoamericanos, sacerdotes jesuitas, que fueron brutalmente asesinados por fuerzas salvadoreñas que acababan de recibir instrucción militar del Ejército estadounidense y actuaron siguiendo órdenes concretas de su Gobierno, satélite de Estados Unidos. De hecho, apenas si se les recuerda. Muy pocos conocen siquiera cómo se llamaban o guardan el menor recuerdo de aquellos sucesos. Las órdenes oficiales de asesinarlos no han llegado aún a aparecer en ninguno de los grandes medios de comunicación en Estados Unidos, y no porque fueran secretas: se publicaron con total visibilidad en los principales rotativos de la prensa española, por ejemplo.


Chomsky, hablando en un mitin en defensa de los insumisos de la guerra de Vietnam, en Nueva York en 1968. U.S. NATIONAL ARCHIVES

No estoy hablando de algo excepcional. Se trata, más bien, de la norma. Aquellos hechos no tienen nada de inextricables. Son de sobra conocidos para los activistas que protestaron contra los horrendos crímenes promovidos por Estados Unidos en América Central, y también para los expertos que han estudiado el tema. En una de las entradas de The Cambridge History of the Cold War, John Coatsworth escribe que, desde 1960 hasta “la caída soviética en 1990, las cifras de presos políticos, de víctimas de torturas y de disidentes políticos no violentos ejecutados en América Latina superaron con mucho a las registradas en la Unión Soviética y sus satélites del este de Europa”.

Sin embargo, ese mismo panorama se dibuja justamente a la inversa según aparece tratado en los medios de comunicación y en las revistas de los intelectuales. Por poner sólo un ejemplo llamativo de los muchos posibles, diré que Edward Herman y yo mismo comparamos la cobertura que The New York Times había realizado del asesinato de un sacerdote polaco –cuyos asesinos fueron prontamente localizados y castigados– con la de los asesinatos de cien mártires religiosos en El Salvador –incluyendo al arzobispo Óscar Romero y a cuatro religiosas estadounidenses–, cuyos perpetradores permanecieron mucho tiempo ocultos a la justicia mientras las autoridades de Estados Unidos negaban los crímenes y las víctimas no recibían de su Gobierno más que el desprecio oficial. La cobertura informativa del caso del sacerdote asesinado en un Estado enemigo fue inmensamente más amplia que la dispensada al centenar de mártires religiosos asesinados en un Estado satélite de Estados Unidos, y también su estilo fue radicalmente diferente, muy en sintonía con las predicciones del llamado “modelo de propaganda” de explicación del funcionamiento de los medios de comunicación. Y ésta sólo es una ilustración entre muchas posibles de lo que ha sido un patrón constante a lo largo de muchos años.

Puede que la mera servidumbre al poder no lo explique todo, desde luego. En ocasiones –muy escasas–, sí llegan a consignarse los hechos, aunque acompañados de un esfuerzo por justificarlos. En el caso de los mártires religiosos, el distinguido periodista estadounidense Nicholas Lemann, corresponsal de nacional de The Atlantic Monthly, revista de línea editorial “liberal” (de centroizquierda), aportó una explicación alternativa en una respuesta pretendidamente sarcástica a nuestro trabajo: “Esa discrepancia puede explicarse diciendo que la prensa tiende a concentrarse sólo en unas pocas cosas en cada momento concreto”, escribió Lemann, y “la prensa estadounidense estaba entonces centrada sobre todo en Polonia”.

La tesis de Lemann es fácil de contrastar examinando el índice de The New York Times, donde se puede ver que la duración de la cobertura informativa dispensada a los dos países fue prácticamente idéntica en ambos casos, e incluso un poco mayor en el de El Salvador. Pero, claro, en un contexto intelectual donde tienen cabida los “hechos alternativos”, detalles como ése poco parecen importar.

En la práctica, el término honorífico “disidente” está reservado a quienes son disidentes en Estados enemigos. A los seis intelectuales latinoamericanos asesinados, al arzobispo y a los otros muchos que, como ellos, protestan contra los crímenes de Estado en países satélites de Estados Unidos y son asesinados, torturados o encarcelados por ello, no se les llama “disidentes” (si es que llegan a ser mencionados siquiera).


Noam Chomsky, impartiendo una clase en la Free School University, iniciativa del colectivo Occupy Boston, en octubre de 2011. MATTHEW J LEE/THE BOSTON GLOBE GETTY

También dentro del propio país hay diferencias terminológicas. Hubo, por ejemplo, intelectuales que protestaron contra la guerra de Vietnam por razones diversas. Por citar un par de destacados ejemplos que ilustran lo limitado que es el espectro de visión de la élite, el periodista Joseph Alsop se quejó en su día de que la intervención estadounidense estaba siendo demasiado contenida, mientras que Arthur Schlesinger replicó que una escalada probablemente no funcionaría y terminaría siendo demasiado costosa para nosotros. No obstante, añadió, “todos rezamos” por que Alsop tenga razón al considerar que la fuerza de Estados Unidos tal vez se imponga, y si lo hace, “puede que entonces todos reconozcamos la prudencia y el sentido de Estado del Gobierno estadounidense” para conseguir la victoria, aun a costa de dejar a aquel “desdichado país destruido y devastado por las bombas, calcinado por el napalm, convertido en un erial por los defoliantes químicos, reducido a ruinas y escombros”, y con un “tejido político e institucional” reducido a cenizas.

Y, sin embargo, a Alsop y a Schlesinger no se los llama “disidentes”. Más bien, se les considera un “halcón” y una “paloma”, respectivamente: dos figuras que marcan los extremos opuestos del espectro de lo que se entiende que es la crítica legítima a las guerras de Estados Unidos.

Por supuesto, también hay voces que caen fuera del espectro por completo, pero a ésas tampoco se las considera “disidentes”. McGeorge Bundy, consejero de Seguridad Nacional de Kennedy y de Johnson, dijo en un artículo para Foreign Affairs, una revista del establishment, que se trataba de “salvajes entre bastidores” que se oponen por principio a las agresiones estadounidenses, más allá de las cuestiones tácticas sobre su viabilidad y su coste.

Bundy escribió esas palabras en 1967, en un momento en que el implacablemente anticomunista historiador militar y especialista en Vietnam Bernard Fall, muy respetado por el Gobierno estadounidense y los círculos de opinión dominantes, temía que “Vietnam como entidad cultural e histórica […] esté corriendo peligro de extinción […] [ahora que] el campo se está muriendo literalmente bajo los impactos de la mayor maquinaria militar jamás desplegada contra un territorio de esa extensión”. Pero sólo los “salvajes entre bastidores” tenían la desfachatez de cuestionar la justicia de la causa estadounidense.

Al término de la guerra en 1975, intelectuales de todo el espectro de opinión dominante dieron sus interpretaciones de lo sucedido. Abarcaban todas las franjas del espectro Alsop-Schlesinger. Desde el extremo de las “palomas”, Anthony Lewis escribió que la intervención comenzó con una serie de “torpes esfuerzos bienintencionados” (“torpes” porque fracasaron, y “bienintencionados” por principio doctrinal, sin necesidad de demostración), pero hacia 1969 ya era obvio que la intervención era un error porque Estados Unidos “no podía imponer una solución sino a un precio demasiado costoso para sí mismo”.

Al mismo tiempo, los sondeos mostraban que en torno a un 70 % de la población no consideraba que la guerra fuera “un error”, sino “intrínsecamente injusta e inmoral”. Pero, claro, como aquellos soldados de 1945 que empatizaban con el sufrimiento de los desdichados refugiados alemanes, los encuestados no son intelectuales.

Los ejemplos son los típicos. La oposición a la guerra alcanzó su pico máximo en 1970, después de la invasión de Camboya orquestada por el dúo Nixon-Kissinger. Justo entonces, el politólogo Charles Kadushin llevó a cabo un extenso estudio de las actitudes de los “intelectuales de la élite”. Y descubrió que, a propósito de Vietnam, éstos adoptaron una postura “pragmática” de crítica a la guerra por considerarla un error que acabó saliendo demasiado caro. Los “salvajes entre bastidores” ni siquiera contaban, perdidos entre el margen de error estadístico.



Las guerras de Washington en Indochina fueron el peor crimen de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. El peor crimen del actual milenio es la invasión británico-estadounidense de Irak, con horrendas consecuencias en toda la región que aún distan mucho de llegar a un final. La élite intelectual también ha estado a su acostumbrada altura en esta ocasión. Barack fue muy elogiado por los intelectuales liberales de centroizquierda por posicionarse con las “palomas”. Según las palabras del presidente, “durante la última década, las tropas estadounidenses han realizado extraordinarios sacrificios para brindar a los iraquíes la oportunidad de reclamar para sí su futuro”, pero “la dura realidad es que todavía no hemos asistido al final del sacrificio americano en Irak”. La guerra fue un “grave error”, una “metedura de pata estratégica” con un coste más que excesivo para nosotros, una valoración que bien podría equipararse a la que muchos generales rusos hicieron en su día sobre la decisión soviética de intervenir en Afganistán.

Se trata de un patrón generalizado. No hace falta citar ningún ejemplo, pues hay sobrados estudios publicados al respecto, aunque éstos no parecen haber tenido el menor efecto en la doctrina de la élite intelectual.

De fronteras para dentro, no hay disidentes, ni tampoco comisarios ni apparátchiki. Sólo salvajes entre bastidores, por un lado, e intelectuales responsables –los considerados como los verdaderos expertos–, por el otro. La responsabilidad de los expertos la ha detallado uno de los más eminentes y distinguidos de todos ellos. Alguien es un “experto”, según Henry Kissinger, cuando “elabora y define” el consenso de su público “a un alto nivel” (entendiéndose como “público” aquellas personas que establecen el marco de referencia dentro del que los expertos ejecutan las tareas a ellos encomendadas).

Las categorías son bastante convencionales y se remontan al uso más temprano del concepto de “intelectual” en su sentido contemporáneo, durante la polémica del caso Dreyfus en Francia. La figura más destacada de los dreyfusards, Émile Zola, fue condenado a un año de cárcel por haber cometido la infamia de pedir justicia para el acusado en falso Alfred Dreyfus, y huyó a Inglaterra para evitar una pena mayor. Fue entonces duramente reprobado por los “inmortales” de la Academia Francesa. Los dreyfusards eran auténticos “salvajes entre bastidores”. Eran culpables de “una de las excentricidades más ridículas de nuestro tiempo”, por decirlo con las palabras del académico Ferdinand Brunetière: “la pretensión de alzar a escritores, científicos, profesores y filólogos a la categoría de superhombres” que se atreven a “tratar de idiotas a nuestros generales, de absurdas a nuestras instituciones sociales, y de insanas a nuestras tradiciones”. Osaban entrometerse en asuntos que debían dejarse a los “expertos”, a “hombres responsables”, “intelectuales tecnocráticos y políticamente pragmáticos”, según reza la terminología contemporánea del discurso liberal de centroizquierda.

Pues bien, ¿cuál es, entonces, la responsabilidad de los intelectuales? Siempre pueden elegir. En los Estados enemigos, pueden optar por ser comisarios o por ser disidentes. En los Estados satélites de la política exterior estadounidense, en el período moderno, esa elección puede tener consecuencias indescriptiblemente trágicas para esas personas. En nuestro propio país, pueden elegir entre ser expertos responsables o ser salvajes entre bastidores.

Pero siempre existe la opción de seguir el buen consejo de Macdonald: “Qué maravillosa es la capacidad de poder ver lo que se tiene justo delante”, y tener simplemente la honradez de contarlo tal como es.