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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

martes, 21 de julio de 2026

Meliá completa su salida de Cuba y cancelará todos sus contratos y servicios en la isla el 24 de julio


La salida de la cadena balear certifica el fin de la presencia de hoteles españoles en el país tras el endurecimiento de las sanciones estadounidenses.


Personas caminan frente a la entrada de un hotel de Meliá el 5 de junioERNESTO MASTRASCUSA ((EPA) EFE)

Washington - 21 JUL 2026 - 04:16


La cadena de hoteles Meliá ha comunicado este martes a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) que su filial portuguesa, Ilha Bela Gestao e Turismo, pondrá fin desde el próximo 24 de julio de 2026 a la totalidad de sus servicios de gestión y comercialización hotelera en Cuba. La decisión supone el fin de una era de dominio hotelero español en la isla. Los grandes grupos como Meliá, Barceló, Iberostar y Riu desarrollaron un modelo de turismo en el Caribe de todo incluido que se convirtió en un símbolo de su internacionalización. Ahora la presencia española se apaga al calor de las nuevas sanciones impuestas por la Administración de Donald Trump desde principios de junio, que apunta a todas las compañías que intercambien bienes y servicios con el Gobierno cubano.

En cuanto a Meliá, la decisión anunciada oficialmente completa el proceso iniciado por el grupo de la familia Escarrer el pasado 3 de junio (cuando registró la retirada inmediata de gestión y uso de marca en 15 establecimientos iniciales) y supone ahora el cese definitivo en todos sus establecimientos en el país, que sufre una grave crisis económica y de suministro energético.

“Esta decisión es consecuencia de las notables dificultades de carácter operativo, legal, económico y financiero que persistentemente han venido y vienen afectando al entorno de ese país, y que imposibilitan de hecho y de derecho una mínima estabilidad operativa en sus actividades”, señala la compañía a través de un comunicado ante el supervisor bursátil español.

La medida adoptada por Meliá abarca la supresión total del uso de sus marcas autorizadas, la actividad receptiva y la cadena de suministro local vinculada a la operativa. Preguntada por más información acerca de esta salida, la cadena hotelera se remite al comunicado enviado a la CNMV.

Meliá siguió los pasos que había dado antes otro gigante balear. “Iberostar Cuba Hotels & Resorts confirma que ya no opera ni comercializa ningún hotel en Cuba. La compañía continúa apoyando a sus equipos durante esta etapa, manteniendo su compromiso con la proyección futura del país”, ha subrayado también este martes el grupo hotelero propiedad de la familia Fluxá.

La retirada de los grupos hoteleros internacionales de Cuba se debe a la frágil situación del país. La isla caribeña sufre la peor crisis humanitaria de su historia por el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos que está asfixiando al país. Los cortes de la corriente eléctrica se suceden prácticamente cada día. La carestía de carburantes, necesarios para el transporte, se suma a que las pocas fábricas que quedan en el país están sumiendo a La Habana en la depresión. Los generadores, muy populares en la isla para el uso cotidiano de empresas y familias, tampoco funcionan. A la falta de combustible se añade la escasez de productos básicos.

La economía cubana está sufriendo una fuerte recesión. Su principal motor, el turismo, se ha consumido conforme aumentaba la presión por parte de Estados Unidos en busca de un cambio de régimen en el país. Los viajes internacionales a la isla, situada a apenas 145 kilómetros de Florida, se han desplomado tras el embargo de petróleo que ha provocado el cierre de los complejos turísticos gestionados por compañías extranjeras y muchas aerolíneas han cancelado vuelos.

El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, de origen cubano, está liderando la escalada . El departamento que dirige publicó este martes un documento en el que acusa a Cuba de “respaldar una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en Estados Unidos”. En un informe titulado Cuba: la capital del comunismo del siglo XXI, defiende que “durante casi siete décadas, el régimen cubano ha llevado a cabo una campaña sostenida de subversión contra Estados Unidos”. Y asegura que el régimen cubano ha logrado “infiltrarse en las más altas esferas del Gobierno estadounidense, reclutar y cultivar a generaciones de activistas norteamericanos, respaldar una ola sin precedentes de terrorismo de izquierda en suelo estadounidense y ejecutar una de las operaciones de penetración de inteligencia extranjera más duraderas y perjudiciales de la historia de Estados Unidos”.

La campaña política de Washington contra Cuba comenzó a principios de año, poco después de la operación militar para capturar a Nicolás Maduro en Caracas. La Administración de Donald Trump esgrime la doctrina Monroe o su actualización, Donroe (un juego de palabras entre Donald, por Trump, y Monroe), por la que defienden que Estados Unidos debe ser la potencia hegemónica de América con el control e influencia de todo el hemisferio occidental.

La ofensiva económica y política contra Cuba se ha reflejado en varias rondas de sanciones aprobadas por el Departamento de Estado y el Tesoro contra las principales empresas y organismos públicos de la isla, así como contra los principales dirigentes del régimen.

El movimiento anunciado este martes da continuidad a otra comunicación remitida al supervisor el 3 de junio de 2026. En dicho anuncio previo, Meliá ya había notificado la cancelación de contratos en un bloque inicial de 15 hoteles —entre los que se encontraban insignias como el Gran Hotel Bristol Habana Vieja, Paradisus Varadero o Sol Varadero Beach— en el marco de una evaluación continuada de riesgos en la región.

El grupo hotelero de la familia Escarrer explica al supervisor bursátil que, en aplicación del principio de prudencia contable, está evaluando el impacto financiero derivado de esta salida global del mercado cubano, incluyendo la eventual revisión del valor en libros de sus activos vinculados a la isla. La compañía detallará la cuantía contable del golpe para su actividad de esta situación durante la presentación de sus resultados semestrales del ejercicio 2026.

Las acciones de la compañía en Bolsa se han mantenido sin grandes variaciones pese a la noticia que afecta a su negocio. En el último mes, los títulos del grupo se han dejado algo más de un 14%.

La filial Ilha Bela ha precisado que seguirá ejecutando los trámites necesarios para garantizar una transición ordenada que minimice el impacto del cese de actividad, al tiempo que implementará protocolos de comunicación transparente con colaboradores, proveedores y clientes.

Un negocio “comprometido”

La cadena española, que llegó a gestionar hasta 34 hoteles en Cuba con cerca de 14.000 habitaciones, era hasta hace poco el principal operador turístico extranjero en la isla. La decisión comunicada por la compañía se produce tras un primer trimestre severamente castigado en la isla por el impacto de las tensiones geopolíticas regionales. Según consta en el informe financiero del primer trimestre del ejercicio, el negocio de Meliá en Cuba se vio “comprometido de forma significativa” como consecuencia de la intervención de Estados Unidos en la zona a comienzos de año.

Esta situación derivó en una dificultad sobrevenida para la obtención de combustible y en la imposición de un estricto bloqueo comercial que golpeó de lleno al sector turístico, provocando incluso la cancelación masiva de conexiones aéreas directas —incluidas las procedentes de Canadá, su principal mercado emisor, por falta de combustible de aviación—.

Como resultado de este complejo entorno, la hotelera se vio obligada a acometer un cierre paulatino de sus establecimientos, llegando a operar a finales de marzo a tan solo el 50% de su capacidad instalada, lo que lastró severamente sus indicadores operativos y anticipó el desenlace anunciado este martes.

Wilder Peréz Varona: El problema es quién gobierna el mercado

21 julio 2026



A pesar del consenso sobre la necesidad de hacer cambios en la economía cubana, las medidas anunciadas el 25 de junio de 2026 han abierto más preguntas que certezas. Llegan en medio de una crisis que combina contracción productiva, colapso energético y éxodo migratorio, agravada por el recrudecimiento del cerco estadounidense. Y bajo estas circunstancias es imposible no preguntarse quiénes podrán acumular riqueza, qué ocurrirá con los trabajadores de los sectores menos rentables, cómo se evitará que privilegios burocráticos muten hacia formas oligárquicas, y qué papel jugará el mercado.

¿Alcanza con leer este paquete como un ajuste técnico para salir de la angustiosa crisis?

Para aportar a este debate converso con el investigador cubano Wilder Pérez Varona, doctor en filosofía, ensayista e investigador cubano, quien ha dedicado tiempo a analizar la recomposición del imaginario político en Cuba, sobre todo en el ecosistema digital. En estos momentos, investigador posdoctoral del CONICET por la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina).

En el diálogo Wilder examina qué relaciones de poder redefine la reforma, qué estructura social empieza a consolidarse detrás del lenguaje del «perfeccionamiento del socialismo» y si es posible sostenerla sin transformar, también, el ordenamiento político que la administra.

Estamos frente al paquete de reformas más abarcador en los últimos 30 años. 

¿Son solo medidas técnico/económicas?

No. El paquete aprobado de 176 medidas tiene un contenido profusamente técnico —tipos de cambio, sociedades por acciones, procedimientos de quiebra—, pero su naturaleza es decididamente política. Estas medidas no solo cambian la economía; cambian quién tendrá poder sobre la riqueza del país durante las próximas décadas.

Es cierto que nacen de una emergencia. Cuba enfrenta una crisis productiva, energética y demográfica a la que es difícil hallar precedentes, agravada por el endurecimiento del asedio estadounidense. Hoy Washington restringe el comercio, intenta impedir el acceso al financiamiento, desalienta la inversión extranjera y obstaculiza el suministro de combustible, mostrando que existe una estrategia deliberada para cerrar cualquier margen de recuperación económica.

Pero reconocer el peso del bloqueo no significa asumir que las reformas son políticamente neutras. Toda reforma económica redistribuye poder. El problema no es únicamente cómo producir más, sino quién decidirá sobre esa riqueza y quién se beneficiará de ella.

El cambio más importante de este paquete no es que exista más mercado, sino que se redefine la relación entre propiedad y poder. Una empresa puede seguir llamándose socialista mientras los trabajadores y la ciudadanía no tengan ninguna capacidad real para decidir sobre ella, con lo cual la propiedad social se vuelve una ficción jurídica.

GAESA es el ejemplo más claro de ese mecanismo. Más allá de las noticias recientes sobre liberación de activos, podría conservar su capacidad de gestión con estas reformas, y convertirla en participación accionaria sobre las mismas empresas que ya dirigía. La propiedad sigue siendo, en el papel, del pueblo; quien decide sobre ella sigue siendo, en los hechos, quien ya decidía antes de la reforma.

Hay consenso en que el modelo de estatismo burocrático agotó sus posibilidades. Cuba necesita empresas más dinámicas, mayor autonomía de gestión y nuevos espacios para la iniciativa económica, pero ¿autonomía para quién y bajo qué controles?

Las medidas proponen fortalecer a las empresas y a los nuevos actores económicos, pero apenas hablan de democratizar las decisiones sobre la riqueza que producen. Estamos descentralizando empresas, pero no necesariamente poder.

Eso también modifica la lógica del proyecto socialista. Durante décadas, con muchas contradicciones, la igualdad fue el punto de partida del modelo. Como afirmó el propio Díaz-Canel, hoy la secuencia parece invertirse: primero acumular, después redistribuir. El crecimiento deja de estar subordinado a la justicia social; la justicia social pasa a depender del crecimiento.

Esto es un cambio de filosofía económica. El mercado puede ser un instrumento útil para desarrollar una economía socialista. Lo que no puede hacer es sustituir la política. Si las nuevas oportunidades de acumulación no van acompañadas de transparencia, regulación democrática y control social, el riesgo es que terminemos sustituyendo una burocracia poco eficiente por una nueva élite económica estrechamente vinculada al poder estatal. El Programa Nacional de Valoración de Activos, sin un sistema judicial independiente ni transparencia sobre quién compra qué, puede convertir a gerentes y cuadros militares en accionistas legales de las mismas empresas que hoy administran a nombre del Estado. Esto es, con matices, lo que ocurrió en buena parte de la transición postsoviética.

Por eso el debate no debería reducirse a Estado o mercado. La discusión de fondo es si estas reformas ampliarán la socialización del poder económico o si abrirán el camino a una nueva estructura de privilegios.

¿Qué impactos se avizoran a la estructura socioclasista que se viene configurando en los últimos años?

Estas reformas, en caso de implementarse, cambiarán toda la sociedad. Y, sobre todo, cambiarán las relaciones de clase.

Durante décadas, el socialismo cubano consiguió construir una sociedad mucho más igualitaria que la existente antes de 1959. Esa igualdad relativa comenzó a erosionarse desde los años noventa con las remesas, el turismo y la expansión del sector privado. Lo nuevo es que ahora la diferenciación social deja de ser una consecuencia de la crisis para convertirse en un componente estable del modelo.

Habrá más empresarios, empresas más grandes y mayor concentración de riqueza. Claro que toda economía necesita actores capaces de invertir, innovar y asumir riesgos. La cuestión es quiénes serán esos empresarios, si emergen del trabajo productivo y de la innovación, o bien de la conversión de privilegios burocráticos en propiedad privada. Ese riesgo existe porque la frontera entre administrar recursos públicos y apropiarse de las oportunidades que genera la reforma puede volverse cada vez más difusa. La eliminación del tope de cien trabajadores para las mipymes y la posibilidad de que una misma persona sea titular de varias empresas sientan las bases para una acumulación de capital. La conversión de empresas estatales en sociedades por acciones, con particulares comprando participaciones, es el mecanismo concreto de esa concentración. Todavía no sabemos si esas acciones las comprará el emprendedor que arriesgó capital propio o el directivo que ya administraba la empresa antes de que se convirtiera en sociedad.

Al mismo tiempo, también cambiará el mundo del trabajo. El universo, hasta hace algunos años relativamente homogéneo, del empleo estatal dará paso a trabajadores con condiciones muy distintas según el sector, el acceso a divisas, las remesas o el vínculo con empresas privadas y extranjeras. El llamado «muro de la divisa» puede consolidarse, esta vez por diseño, como la principal línea de fractura de la sociedad cubana.

Esa desigualdad tendrá además color, territorio y apellido, porque quienes dispongan de capital inicial, familiares en el exterior o mejores redes económicas partirán con ventajas evidentes frente a quienes dependan exclusivamente de un salario en pesos. En el territorio se ve con mayor crudeza, ya que descentralizar hacia municipios sin base industrial ni atractivo turístico distribuirá más déficit que autonomía. Las diferencias sociales tenderán a reproducirse de generación en generación si el Estado renuncia a intervenir sobre ellas.

Otro cambio igual de importante es el tránsito de políticas universales hacia subsidios focalizados, tantas veces anunciada, que modifica la relación entre ciudadanía y Estado. Ahora se propone una plataforma que clasifica a las personas como «vulnerables» para decidir quién recibe ayuda y quién no. Los trabajadores de las empresas rentables se integrarán, de algún modo, al nuevo circuito de la economía; los de las llamadas empresas «zombis» quedarán expuestos a la quiebra o la liquidación. La igualdad deja de entenderse como un derecho y la «vulnerabilidad» —es decir, la pobreza— pasa a administrarse como una condición permanente. El riesgo es que el Estado deje de prevenir la desigualdad para limitarse a gestionar sus consecuencias.

El problema no es solo cuánto crecerá la desigualdad, sino qué tipo de poder producirá. Como es sabido, cuando la riqueza se concentra, también tiende a concentrarse la capacidad de influir sobre las decisiones públicas.

Por eso no basta con preguntarse si se consolidará una nueva burguesía. La pregunta decisiva es si Cuba contará con instituciones suficientemente democráticas para impedir que el poder económico termine capturando también el poder político. Las reformas redistribuyen mucho más que ingresos; redistribuyen poder. Y será esa nueva distribución del poder, más que las propias medidas económicas, la que terminará definiendo la Cuba que viene.

¿Por qué dices que modelo propuesto hace suponer la desigualdad como parte de su estructura y condición para su funcionamiento?

No es porque el Gobierno haya decidido que la desigualdad sea un objetivo, sino porque el nuevo modelo termina convirtiéndola en una condición para dinamizar la economía.

Ese es, probablemente, el cambio más profundo que introducen estas reformas y que, digan lo que digan, se aparta de los documentos rectores aprobados anteriormente.

Se puede seguir, medida por medida, cómo la inversión de la lógica que organizaba la producción según principios de distribución igualitaria queda incorporada al diseño técnico. La fijación salarial, ahora descentralizada y supeditada a la «capacidad económico-financiera» de cada empresa, condena a los trabajadores de los sectores menos rentables a la precariedad mientras habilita salarios liberados en el sector dinámico. Los procedimientos de quiebra, con indemnizaciones de apenas tres a seis meses, convierten la inseguridad laboral en un mecanismo más de disciplina de mercado, incluso dentro del propio sector estatal. Y la dolarización parcial estratifica el consumo hasta en servicios que antes eran gratuitos, se cobra a quien tiene, y se sostiene apenas una protección precaria para el resto. Estos mecanismos son piezas de un mismo diseño que necesita la desigualdad para funcionar, porque es ella la que genera el incentivo de mercado que el Estado ya no puede generar por sí mismo.

Ahora bien, el riesgo de que la riqueza provenga del acceso privilegiado a información, a relaciones políticas o al control de recursos públicos existe en Cuba porque la reforma amplía las oportunidades de acumulación sin proponer mecanismos de transparencia y control social. Esta apertura puede terminar consolidando una oligarquía nacida desde el propio Estado. Y ese riesgo, una vez materializado, es muy difícil de revertir, en cuanto esa nueva burguesía consolida activos —vía el Programa Nacional de Valoración de Activos, vía la compra de acciones—, deshacer esa concentración exige un costo político que ningún actor con poder de veto va a estar dispuesto a asumir. La desigualdad, dicho de otro modo, no se disuelve con el crecimiento, tiende a fijarse.

Por eso me preocupa que el debate se reduzca a cuánto crecerá el PIB o cuánta inversión llegará al país. Una economía puede crecer y, al mismo tiempo, perder cohesión social. Puede aumentar la productividad y reducir la capacidad de la sociedad para controlar democráticamente la riqueza que produce.

La cuestión decisiva no es cuánto mercado admite una economía, sino quién gobierna ese mercado. Si la riqueza termina concentrando también el poder político, el problema ya no será únicamente la desigualdad; será la formación de un nuevo bloque dominante.

Si dentro de diez años Cuba es un país más próspero, pero también más oligárquico, habremos cambiado el modelo económico sin resolver el problema histórico de nuestro maltrecho socialismo.

¿Serán viables estas reformas económicas sin ajustes al ordenamiento político?

Tengo muchas dudas. No porque toda reforma económica exija automáticamente un cambio del sistema político, sino porque ninguna transformación de esta magnitud puede sostenerse sin democratizar el ejercicio del poder. Y cuando hablo de democratización me refiero a quién controla las decisiones económicas fundamentales y mediante qué instituciones la sociedad puede supervisarlas.

Las reformas proyectan enormes cuotas de poder hacia empresas, bancos, inversionistas y nuevos actores privados. Eso puede ser necesario para reactivar la economía. Lo que resulta difícil de comprender es por qué esa descentralización no viene acompañada de una ampliación equivalente del control ciudadano.

Estamos creando empresas más autónomas, pero no necesariamente más democráticas.

Ese ha sido, precisamente, uno de los grandes problemas del socialismo cubano. Durante demasiado tiempo confundimos propiedad estatal con propiedad social. Pero una empresa no pertenece realmente a la sociedad porque aparezca así en un documento. Pertenece a la sociedad cuando quienes producen su riqueza y quienes dependen de ella pueden conocer cómo funciona, participar en sus decisiones y exigir cuentas a quienes la administran.

La democratización económica no es un lujo para tiempos mejores; es una condición para que la reforma siga siendo socialista. Eso supone, más que hacer eficientes las empresas, transparencia sobre el uso de los recursos públicos, rendición de cuentas, instituciones capaces de prevenir conflictos de interés y espacios reales donde trabajadores y ciudadanos puedan intervenir en las grandes decisiones económicas. De lo contrario, la autonomía empresarial puede convertirse simplemente en autonomía frente a la sociedad.

Hay otro aspecto igualmente importante. Si las reformas crean nuevos empresarios, nuevas relaciones laborales y nuevas formas de propiedad, también deberían fortalecer la capacidad de organización de los trabajadores. Un país que transforma profundamente su economía sin ampliar la participación del trabajo corre el riesgo de desequilibrar aún más la relación entre capital y sociedad.

Todo esto resulta todavía más importante bajo las condiciones excepcionales que impone el bloqueo estadounidense. Precisamente porque Cuba enfrenta una presión externa extraordinaria necesita fortalecer su cohesión interna. La Sherritt, después de más de tres décadas operando en Moa, se retiró por sanciones que amenazaron cortarle el acceso al sistema bancario internacional, y terminó en una venta forzada, en condiciones de liquidación, a un fondo vinculado a un exasesor de la administración Trump. Conviene no perder de vista que, si bien Cuba necesita divisas para que la banca privada y el mercado cambiario funcionen, quien controla ese flujo de capital condiciona cualquier alivio a una transformación política que el Gobierno ha declarado fuera de la mesa. Solo en el discurso se puede desacoplar al mercado del sistema.

Pero esa cohesión interna, que solía descansar en la legitimidad histórica de nuestro proyecto social, necesita construirse ahora sobre nuevas formas de participación, transparencia y confianza pública, porque el margen para el error se ha vuelto muy estrecho. Si al desmontar los subsidios universales no existe un Fondo de Protección Social ya capitalizado y operativo, la brecha entre el ajuste y la ayuda directa puede alimentar el mismo malestar social que estalló en julio de 2021.

Las reformas solo tendrán estabilidad si la mayoría siente que participa de sus beneficios, pero también de sus decisiones.

Otra vez, el desafío consiste en impedir que la modernización de la economía desemboque en una nueva concentración del poder, ahora bajo formas de mercado. Si el horizonte sigue siendo el socialismo —virtualmente ausente de las medidas anunciadas—, entonces la democratización política y económica no puede llegar después de la reforma. Tiene que ser parte de la reforma desde el primer día.

¿Qué modelos, fórmulas o concepciones consideras debieron ser tenidas en cuenta?

Creo que la discusión ha estado mal planteada desde el principio. Se nos ha hecho creer que solo existen dos caminos, o conservar un estatismo burocrático fracasado o avanzar hacia una economía cada vez más gobernada por el mercado. Pero el problema nunca ha sido elegir entre Estado y mercado; es decidir quién ejerce el poder sobre la economía.

Si algo ha demostrado la experiencia cubana es que la propiedad estatal, por sí sola, no garantiza el socialismo. Una empresa puede ser formalmente pública y funcionar de espaldas a la sociedad. Del mismo modo, admitir espacios de mercado no implica necesariamente abandonar un horizonte socialista. Lo decisivo es si la riqueza es sometida al control democrático o termina convirtiéndose en patrimonio de una minoría, sea burocrática o privada.

Por ejemplo, si las empresas estatales van a ganar autonomía, también deberían ganar participación de los trabajadores y mecanismos efectivos de rendición de cuentas. Si el sector privado va a crecer, el Estado debe impedir que el éxito económico se convierta en poder político mediante impuestos progresivos, regulaciones antimonopólicas y reglas estrictas contra los conflictos de interés. Si la inversión extranjera será más importante, la sociedad tiene derecho a conocer cuáles son las prioridades nacionales que esa inversión debe servir.

En otras palabras, sin contrapesos democráticos, el mercado deja de ser un instrumento para desarrollar el país y se convierte en un mecanismo para concentrar riqueza e influencia.

También habría apostado mucho más por las formas de propiedad verdaderamente sociales, como cooperativas, empresas cogestionadas por sus trabajadores, iniciativas de desarrollo local y espacios donde las comunidades participen en las decisiones sobre la riqueza que producen. Pienso, en concreto, en redes de bancos cooperativos y fondos municipales de desarrollo, gestionados localmente, capaces de captar remesas y reinvertirlas en la propia comunidad en lugar de canalizarlas hacia la acumulación privada de unos pocos actores. No porque estas experiencias vayan a sustituir al Estado o al mercado, sino porque distribuyen poder. Y, al final, de eso trata el socialismo, de impedir que el poder económico quede concentrado en pocas manos.

Hay además una lección que Cuba no debería perder de vista. Todas las transiciones económicas producen nuevas clases sociales. Aunque esto no pueda evitarse, sí se debería impedir que una nueva élite económica capture gradualmente al Estado. Ese riesgo es aún mayor en un país donde una parte importante de la economía ha estado históricamente administrada por estructuras estatales y empresariales muy concentradas. La transparencia, el control de las instituciones de gobierno a todos los niveles, la prensa pública y la participación ciudadana se vuelven entonces mecanismos para proteger el carácter público de la riqueza nacional.

Por supuesto, ninguna de estas discusiones puede hacerse ignorando el bloqueo estadounidense. Cuba necesita crecer bajo condiciones extraordinariamente adversas y tiene derecho a buscar los instrumentos económicos que le permitan sobrevivir. Pero precisamente porque enfrenta esa presión externa, es aún más importante preservar aquello que históricamente distinguió al proyecto socialista, la idea de que el desarrollo debía estar al servicio de la mayoría y no de una nueva minoría privilegiada.

En definitiva, creo que el verdadero debate no es si Cuba debe parecerse más a China, a Vietnam o a cualquier otro modelo. Cómo construir una economía capaz de generar riqueza sin renunciar a democratizar el poder sigue siendo, a mi juicio, la tarea pendiente.

Porque el futuro del socialismo cubano no dependerá únicamente de cuánto crezca la economía. Dependerá de si quienes producen la riqueza participan también en las decisiones sobre su destino. Si las reformas solo modernizan los mecanismos de acumulación, pero dejan intactas o incluso profundizan las relaciones de poder existentes, habrán cambiado la economía sin transformar aquello que, desde una perspectiva socialista, realmente importa: quién gobierna la riqueza colectiva y en nombre de quién se gobierna.

J.D. Vance, Epstein, la CIA y el Mossad



Para que Estados Unios pueda salir de la trampa de Ormuz, debe escapar de las garras de Israel


Por Enrico Tomaselli, Arianna Editrice

Está causando un gran revuelo la entrevista concedida por el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, al podcast de Joe Rogan, en la que lanzó una serie de duras acusaciones contra Israel. No hay nada nuevo en lo que ha dicho, pero la novedad radica más bien en el hecho de que sea él quien diga estas cosas.

Afirmó que Epstein estaba en contacto con los altos mandos de la CIA y del Mossad, que Israel ha orquestado una campaña para sabotear las negociaciones entre EEUU e Irán, y precisó que «algunos miembros» del Gobierno israelí actúan en ese sentido, porque su objetivo es continuar la campaña militar (…) no con un objetivo específico, sino simplemente de forma indefinida».

Son cosas que se llevan diciendo desde hace tiempo en Estados Unidos, por ejemplo por parte de Tucker Carlson, pero que, al salir de la boca del número dos de la Casa Blanca, cobran un peso muy diferente. Por el momento, no hay comentarios, ni por parte de Israel ni de la propia Casa Blanca. Y será interesante ver si deciden decir algo, cuándo y qué. Pero, ¿cómo se puede interpretar esta singular declaración de Vance?

En los últimos días, se había conocido la noticia de que la delegación negociadora iraní había hecho llegar precisamente a Vance, a través de un intermediario, un mensaje en el que se denunciaban los numerosos sabotajes llevados a cabo por el dúo Witkoff-Kushner, hombres de confianza de Trump, acusados de ser mentirosos, incompetentes y aprovechados. Ambos son sionistas, y el yerno del presidente —Jared Kushner— está muy vinculado a Netanyahu.

El hecho de que los negociadores iraníes hayan considerado oportuno enviar este mensaje y hayan identificado a Vance como el destinatario adecuado merece, a su vez, una reflexión. Durante las negociaciones en Pakistán, de hecho, el vicepresidente se mostró totalmente incapaz de gestionar la situación y sometido a un estricto control precisamente por parte de los dos enviados de Trump. Araghchi y Qalibaf, evidentemente, debieron de percibir cierto malestar en Vance y consideraron oportuno aprovecharlo, subrayando —y documentando— el papel nefasto de ambos.

Además, sabemos que Vance siempre se ha mostrado, como mínimo, escéptico respecto a la agresión contra Irán, aunque luego se viera obligado a alinearse con las posiciones oficiales.

Todo ello podría llevar a pensar que, al final, ha encontrado el valor para salir a la luz, para desahogarse y, sobre todo, para distanciarse del trumpismo, quizá con vistas a la carrera por la sucesión. Pero, francamente, esta hipótesis no resulta muy convincente. En primer lugar, este hombre no destaca precisamente por su valentía ni por su espíritu de iniciativa. Y su principal patrocinador —Peter Thiel, de Palantir— no está precisamente interesado en ponerse en contra del Gobierno de Estados Unidos.

Por lo tanto, si descartamos la hipótesis de una iniciativa personal, que lo expondría a la hostilidad de los lobbies sionistas estadounidenses, debemos concluir que está actuando por encargo. ¿Y de quién, si no es del presidente?

Trump se encuentra entre la espada y la pared, tanto por sus históricos y estrechos vínculos con Netanyahu como por su dependencia del apoyo de los citados lobbies (la super sionista Miriam Adelson se encuentra entre sus principales donantes). Se ve, por tanto, atado a este bloque de poder interno-externo, independientemente de si puede ser chantajeado o no por sus conexiones con Epstein.

Pero, al mismo tiempo, es consciente de que, en esta fase, los intereses estratégicos estadounidenses y los israelíes coinciden muy poco, y probablemente también de que lo están manipulando —algo que, a una persona egocéntrica y narcisista, desde luego no le hace ninguna gracia—.

Por lo tanto, es posible que la salida de Vance sirva para poner en aprietos al bloque sionista, con el fin de que la Casa Blanca pueda recuperar una mayor libertad de acción. Al fin y al cabo, Trump —que tiene olfato para estas cosas— sabe bien que la popularidad de Israel en EEUU está por los suelos y que, por lo tanto, un ataque frontal de este tipo, aunque sea llevado a cabo con guantes de terciopelo, obligará a Netanyahu y a sus grupos de presión a ponerse a la defensiva.

Para salir de la trampa de Ormuz, debe escapar de las garras de Israel.

lunes, 20 de julio de 2026

PROPUESTA PARA TRANSFORMAR LA ECONOMÍA CUBANA

 

Julio, 2026

Cuba Transformación ofrece un diagnóstico de la crisis estructural del país y propone un camino para su estabilización, recuperación y desarrollo.

La propuesta Cuba Transformación, anunciada el 22 de junio de 2026, es el resultado del trabajo conjunto de los economistas cubanos Mauricio de Miranda Parrondo, Pedro Monreal González, Omar Everleny Pérez Villanueva, Ricardo Torres Pérez y Pavel Vidal Alejandro. Nuestro propósito es ofrecer ideas con rigor técnico, abiertas al debate público y orientadas a explorar alternativas realistas ante la profunda crisis que enfrenta Cuba. Buscamos contribuir a sentar las bases de una recuperación económica sostenible que mejore el bienestar de la población y amplíe sus libertades.

Esta propuesta no pretende ser un plan infalible ni ofrecer soluciones mágicas. Presenta, en cambio, un marco analítico coherente, realista y flexible que puede ayudar a estabilizar la economía, retomar el crecimiento y construir un futuro mejor para los cubanos. Partimos de la convicción de que no existe una única respuesta correcta. Por eso, aspiramos a que este documento sirva como punto de partida para una discusión amplia, plural y responsable sobre el futuro económico de Cuba.

Se trata de una primera versión. Publicaremos revisiones sucesivas que incorporarán las críticas, comentarios y sugerencias que recibamos. Con este espíritu, invitamos a la comunidad académica, a los profesionales, a los técnicos y a la sociedad cubana en general a leer, evaluar y enriquecer esta propuesta. Su participación es esencial para fortalecerla con nueva evidencia, diferentes perspectivas y un debate constructivo.

Cuba Transformación es una iniciativa apoyada por instituciones como el Cuba Study Group y el Observatorio sobre la Economía Cubana. Los economistas mantienen plena independencia editorial sobre su trabajo.


Link del resumen Ejecutivo https://pub-b3efec60654a46eb9cfe8b62a3f029ab.r2.dev/cuba-transformacion-resumen-ejecutivo-es.pdf 19 paginas

Link del Informe completo de https://pub-b3efec60654a46eb9cfe8b62a3f029ab.r2.dev/cuba-transformacion-propuesta-es.pdf 118 paginas

Actualización económica en Cuba 2026: Una mirada desde el marxismo-leninismo

 Por: Ramón Labañino Salazar

 



No es claudicación, es realismo revolucionario. El bloqueo nos ha estrangulado, y la planificación central, por sí sola, ya no podía con todo. Por eso recurrimos a mecanismos de mercado, pero sin perder el control político ni la propiedad social sobre los medios fundamentales. Es, en esencia, una actualización necesaria.

Resumen: Cuando en junio pasado la Asamblea Nacional aprobó las 176 medidas económicas, muchos en el extranjero se apresuraron a decir que estábamos virando al capitalismo. Nada más lejos de la realidad. Lo que hicimos fue aplicar una vieja lección del marxismo: cuando las fuerzas productivas chocan con relaciones de producción que ya no les dan cauce, hay que ajustarlas. No es claudicación, es realismo revolucionario. El bloqueo nos ha estrangulado, y la planificación central, por sí sola, ya no podía con todo. Por eso recurrimos a mecanismos de mercado, pero sin perder el control político ni la propiedad social sobre los medios fundamentales. Es, en esencia, una actualización necesaria, comparable en espíritu —aunque no en forma— a la NEP que impulsó Lenin en Moscú, 1921. El mercado como instrumento, no como fin.

Introducción

Quienes vivimos el día a día en Cuba sabemos que el 2026 no es un año más. La aprobación de esas 176 medidas ha generado un debate intenso, dentro y fuera del país. Hemos escuchado de todo: que si el socialismo se termina, que si es una rendición ante el imperio, que si estamos copiando modelos neoliberales. Pero el estudio de la economía política desde la perspectiva marxista leninista demuestra todo lo contrario.

Esto no es un cambio de rumbo, es una corrección de tiro. Y no es la primera vez que el socialismo recurre al mercado para sobrevivir. Lenin lo hizo en 1921 con la NEP, y no por eso dejó de ser socialista. Lo que pasa es que a veces confundimos los instrumentos con los fines. El fin sigue siendo el mismo: construir una sociedad más justa, con soberanía y bienestar para nuestro pueblo. Lo que cambian son las herramientas, y eso lo dicta la realidad, no los manuales.

En este trabajo no voy a repetir lo que ya han dicho otros. Quiero compartir mi análisis, desde la experiencia y desde la teoría, de por qué estas reformas no solo son necesarias, sino que están profundamente enraizadas en la tradición marxista-leninista. Y ojo: no son perfectas, tendrán contradicciones, pero es mejor avanzar con correcciones que quedarnos paralizados mientras el bloqueo nos asfixia.

Bases teóricas: por qué el materialismo histórico nos obliga a cambiar

A veces se olvida que el marxismo no es un dogma, es un método de análisis. Y si aplicamos ese método a la realidad cubana actual, llegamos a una conclusión incómoda pero ineludible: nuestras relaciones de producción se habían quedado rezagadas frente al desarrollo de las fuerzas productivas. No porque los planificadores sean malos, sino porque el contexto cambió drásticamente.

Cuando desapareció el campo socialista, perdimos un mercado y un apoyo financiero que eran vitales. Y cuando el bloqueo se recrudeció —especialmente en los últimos años—, la capacidad de nuestra planificación central para asignar recursos se vio seriamente limitada. No es culpa de nadie en particular, es una contradicción objetiva, de esas que Marx y Engels ya describieron en Bruselas, 1845-1846 (La Ideología Alemana): cuando las relaciones de producción se convierten en trabas, hay que transformarlas.

Eso es lo que hemos hecho. No por capricho, es porque la realidad nos empujó. Y aquí quiero ser claro: el presidente Díaz-Canel lo ha planteado con sinceridad: no se trata de abandonar el socialismo, sino de preguntarnos cómo lo hacemos viable bajo un bloqueo que ya dura más de seis décadas. Esa pregunta no tiene respuesta fácil, pero Lenin nos enseñó que la teoría es guía para la acción, no recetario.

Él mismo lo subrayó en Ginebra, 1908 (Materialismo y Empiriocriticismo) y también en sus Cuadernos filosóficos, escritos entre 1914 y 1916, donde insistió en que cada época exige sus propias soluciones.

El bloqueo, como bien lo definió Lenin en Zúrich, 1916 (El Imperialismo, fase superior del capitalismo), es una herramienta del capital financiero para doblegar a los pueblos rebeldes. Y nosotros, los cubanos, lo sabemos mejor que nadie. Nos ha impedido acumular, nos ha cortado el acceso a tecnología, nos ha encarecido todo. Frente a eso, las reformas no son una concesión, son una respuesta necesaria. Usar el mercado para resolver lo que la planificación ya no puede resolver sola no es traición, es creatividad revolucionaria.

¿Qué cambia y qué no cambia?

Aquí hay que hacer una distinción que a menudo se pierde en el debate: la propiedad de los medios fundamentales de producción sigue siendo estatal y social. Eso no se negocia. Lo que cambia es la gestión, la operativa. Y eso no es poco, pero tampoco es privatización.

El sistema bancario

Se ha dicho que permitir instituciones financieras privadas es el fin del control estatal. No es así. El Banco Central mantiene la supervisión y la rectoría sobre los sectores estratégicos. Lo que hacemos es ampliar el ecosistema financiero, porque necesitamos más fuentes de crédito e inversión. La banca estatal no va a desaparecer, pero sí va a coexistir con actores privados que canalicen el ahorro interno y las remesas de nuestros compatriotas en el exterior. Eso lo ha explicado bien el primer ministro Manuel Marrero (2026): se trata de tener un sistema más diverso, más flexible, pero vigilado. No es rendirse, es adaptarse. Y en esto seguimos la línea que Lenin trazó en Zúrich, 1916, al advertir sobre la necesidad de usar el capital externo sin perder el control político sobre los destinos del país.

Las MIPYMES y la inversión extranjera

Otro punto que ha generado polémica es la ampliación del límite de trabajadores para las MIPYMES, o que una misma persona pueda ser titular de varias empresas. También la apertura del sector agropecuario a estas formas de gestión. Yo veo esto como un reconocimiento de la capacidad productiva del sector no estatal, que ya ha demostrado su eficacia en muchos rubros. No estamos hablando de grandes capitalistas, sino de pequeños y medianos productores que, insertos en la economía nacional, pueden aportar mucho. Hasta ahora se han aprobado 12,751 MIPYMES no estatales, y hay miles más en trámite (Marrero Cruz, 2026).

Y la inversión de cubanos residentes en el exterior, con usufructo de tierras por hasta 99 años, es una medida audaz, pero no se cede la propiedad. Se asegura un flujo de divisas que necesitamos como el aire. Es supervivencia, no entrega.

La empresa estatal se transforma

Quizás lo más revolucionario —y lo más riesgoso— es convertir empresas públicas en sociedades mercantiles, con autonomía de gestión y expuestas incluso a reestructuraciones si acumulan pérdidas. También se permitirá participación accionarial cruzada entre empresas estatales y privadas. El objetivo es claro: hacer más eficiente el sector estatal, sanearlo, evitar el derroche. Marx ya mostró en Londres, 1894 (El Capital, Tomo III) cómo la competencia y la eficiencia son fuerzas objetivas que, incluso en el socialismo, deben ser gestionadas para evitar el derroche. El Estado sigue siendo el regulador, pero ya no el gestor único. Se implementará, además, un programa de valoración y titulación de activos para que las empresas estatales puedan usar sus activos como garantía para préstamos. Es un cambio profundo, pero necesario.

La ley del valor en el socialismo: ¿contradicción o complemento?

Uno de los debates más interesantes es el papel de la ley del valor en el socialismo. Marx nos enseñó en Londres, 1867 (El Capital, Tomo I) que la ley del valor no desaparece mientras exista producción mercantil. No podemos ignorarla, pero sí subordinarla a la planificación.

Eso es precisamente lo que buscamos: corregir distorsiones de precios y asignación de recursos usando señales de mercado, pero sin perder el rumbo estratégico.

El Estado pasa de ser fijador de precios a regulador mediante impuestos, aranceles y un fondo de protección social focalizado. Se eliminan subsidios universales y se concentran en los más vulnerables. Esto es un cambio sustancial. Marrero (2026) ha señalado que el Presupuesto del Estado subsidiaba el sector empresarial con 92.5 mil millones de pesos, la mitad de los cuales iban a parar a las tarifas eléctricas. Revisar y eliminar gradualmente esa carga es coherente con una gestión socialista racional, como ya apuntaba Engels en Londres, 1877 (Anti-Dühring), al advertir que los subsidios generalizados pueden distorsionar la ley del valor y generar ineficiencias. Y en esto seguimos también el camino que Lenin abrió en Moscú, 1921 (Sobre el plan económico único), cuando aceptó el comercio como complemento necesario de la planificación.

El bloqueo sigue siendo el problema de fondo

Todas estas reformas son, en gran medida, una respuesta al bloqueo. Si no existiera ese cerco económico, quizás no necesitaríamos tantos cambios. Pero la realidad es la que es. Al abrir la economía a la inversión de la diáspora —que no está sujeta al bloqueo— y a nuevas formas de comercio, buscamos diversificar fuentes de financiamiento y reducir nuestra dependencia de actores hostiles. El uso de criptomonedas para pagos internacionales, autorizado por el Banco Central, es otro ejemplo de adaptación creativa. Lenin nos advirtió en Zúrich, 1916 que la lucha por la soberanía económica pasa por romper los mecanismos de dependencia financiera. Vamos en esa dirección.

¿Nuevos empresarios, nueva burguesía?

Con estas reformas, hay una transferencia de poder de decisión desde la burocracia estatal hacia los gestores empresariales. Pero el Estado cubano, como instrumento de la clase obrera —en la tradición de la «dictadura del proletariado» que Lenin desarrolló en Petrogrado, 1917 (El Estado y la Revolución)— mantiene su capacidad de rectoría a través de la regulación, la supervisión bancaria y la política fiscal.

Surge, eso sí, una nueva capa social de empresarios privados. ¿Es eso la restauración de una burguesía? Yo no lo creo. Son pequeños y medianos productores, insertos en la economía nacional y dependientes del marco regulatorio que establece el Estado socialista. Lenin ya enfrentó este desafío en Moscú, 1918 (Las Tareas Inmediatas del Poder Soviético), cuando con la NEP sostuvo que el Estado obrero puede tolerar el capital privado siempre que mantenga el control de los «puestos de mando». El reto actual es asegurar que el excedente generado se reinvierta en el país y no se fugue al exterior. Para eso están los mecanismos de control y supervisión.

A modo de cierre

Desde una perspectiva marxista-leninista, las medidas de junio de 2026 son una postura estratégica necesaria, comparable en espíritu a la NEP que Lenin impulsó en Moscú, 1921, pero adaptada a las condiciones concretas de la Cuba del siglo XXI. Son el resultado de la búsqueda de un nuevo equilibrio entre el poder del Estado y la eficiencia del mercado, impulsada por una necesidad material e histórica que Marx y Engels ya vislumbraron en Londres/Bruselas, 1848 (Manifiesto del Partido Comunista): la revolución permanente de las fuerzas productivas exige transformaciones constantes en las relaciones sociales.

El verdadero criterio para evaluarlas no será solo ideológico, sino práctico: ¿se traduce el excedente generado en mejoras de la calidad de vida, en sostenibilidad de los servicios públicos, en fortalecimiento de la soberanía nacional? El Partido y el gobierno han asumido este desafío con la claridad de que la historia no se repite, pero que la teoría marxista-leninista nos da las herramientas para interpretar y transformar la realidad, siempre que se aplique con creatividad y apego a las condiciones concretas del país, tal como Lenin defendió en Ginebra, 1908 (Materialismo y Empiriocriticismo), al subrayar el carácter práctico y dialéctico del conocimiento.

Una premisa esencial, que no debe perderse de vista, es que ni el mercado ni la propiedad privada están por encima de los intereses del pueblo y del Partido Comunista de Cuba. La soberanía popular y la dirección del Partido se anteponen al mercado, buscando siempre satisfacer las necesidades de la nación. No hay tiempo que perder, como tampoco hay espacio para quienes detengan, burocraticen, corrompan o traicionen la voluntad de nuestro pueblo de avanzar hacia una mejor calidad de vida, independencia y soberanía. Cambiemos todo lo que debe ser cambiado, como expresara el Comandante Fidel Castro en su definición de Revolución. Eso implica también renovar los cuadros que no estén a la altura de estos tiempos.

(Tomado de Bohemia)

sábado, 18 de julio de 2026

Las 176 medidas: ¿despegará el nuevo plan de reformas en Cuba?


Las 176 medidas son el giro más profundo que proyecta el gobierno cubano en la reforma de su modelo económico y social entre debates y dudas de la sociedad.



17 julio, 2026




El gobierno de Cuba ha puesto a correr un programa que conduce a una reforma más profunda de su modelo económico y social.

Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El Plan de 176 medidas presentado por el gobierno cubano en junio promete acelerar la reforma económica y social emprendida en Cuba desde hace más de una década. La apuesta oficial emerge entre debates recalentados sobre los destinos del socialismo cubano y hasta las dudas sobre la viabilidad de estas transformaciones en una economía asediada por Estados Unidos.

A la par, una sintomática recuperación del peso cubano en el mercado cambiario informal le ha dado aparente respaldo a las nuevas propuestas.

El diálogo social se inclinó de inmediato hacia las lecturas políticas polarizadas que suele suscitar la Revolución Cubana. Los temores de unos a la brújula ideológica de los cambios compartieron espacio con las críticas de otros a las demoras para emprenderlos. Afloraron criterios al respecto en las redes sociales, en la prensa global, en el parlamento unicameral y en las reflexiones de economistas y de otros expertos.

Las nuevas medidas recibieron luz verde en lo que parece, ciertamente, el peor momento posible, pese a que una gran parte ya estaba en la letra de documentos bendecidos por la mayor autoridad política del país, los congresos del Partido Comunista de Cuba (PCC), desde hace década y media. ¿Demasiado tarde?

Aunque la respuesta a esa pregunta absorbió los primeros debates, uno de los economistas críticos desde hace años, Juan Triana, optó por recordar una vieja sentencia china: “el mejor momento para plantar un árbol fue hace veinte años; el segundo mejor momento es ahora”.

El presidente Miguel Díaz-Canel mencionó el 27 de junio pasado: “la autocrítica que debemos hacernos todos, comenzando por los máximos dirigentes del país y de sus organizaciones e instituciones, por la dilación en el tiempo en espera de una mayor conciencia colectiva con respecto a la necesidad de los cambios y de un contexto más favorable”.

Esta idea, admitida ante el XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba, la reiteró en otras tribunas.

¿Despegará esta vez una reforma que plantea como primera complejidad la vulneración de un modelo de planificación centralizada que, durante seis décadas, constituyó pilar del Estado? El rediseño del poder estatal en la economía requerirá saltar sobre viejas polémicas ideológicas en las que se empantanó el consenso político de escalar la reforma presentada bajo títulos diversos desde los años 90 del siglo XX.

“Ese error no nos está permitido repetirlo en esta circunstancia”, remató Díaz-Canel ante el congreso sindical.

Obstáculos en contra


Las 176 medidas incorporan novedades que no eran esperadas, pero le da continuidad en lo esencial a líneas concebidas en programas anteriores. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

La resistencia ideológica y las lecturas ortodoxas de abandono o traición del socialismo reemergieron con la presentación del nuevo programa. Pero más alcance para obstaculizarlo pudiera esperarse, esta vez, de otras condiciones objetivas del contexto, en primer lugar, las presiones geopolíticas de EE.UU.

Las órdenes ejecutivas que ha firmado el presidente Donald Trump este año le han bloqueado totalmente el petróleo a Cuba, así como el acceso al sistema bancario y financiero transnacional, frentes imprescindibles ambos para garantizar la vitalidad de cualquier economía.

Parte importante de las 176 medidas corren el riesgo de tropezar por falta oportuna de recursos energéticos, materiales y financieros. Consecuencia similar puede tener la insuficiencia de otro recurso vital, el capital humano, debilidad de muchos de los municipios y empresas convocados para emprender las transformaciones. Sin recursos para invertir y sin cabezas para encontrarlos, el riesgo de quiebra pesa sobre esos actores de la economía y, por extensión, sobre el nuevo programa.

Paradójicamente, este espinoso contexto incuba condiciones que favorecen a la par un mejor momento para acelerar las transformaciones que el gobierno antes posponía una y otra vez.

Obstáculos a favor


Los largos apagones se han convertido en uno de los símbolos de la crisis y en fuente de tensión social. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El plan titulado escuetamente Transformaciones económicas y sociales, comienza la enumeración de medidas casi de manera directa, sin la abigarrada introducción ni las pesadas narrativas ideológicas de otros programas, lineamientos y conceptualizaciones anteriores.

De la buena voluntad o del apuro para implementar el programa hablan tanto el estilo directo como la celeridad, inusual también, con que se aprobó el documento. La Asamblea Nacional del Poder Popular (parlamento unicameral) le dio luz verde el 18 de junio, después de anunciarlo el presidente a la prensa el 12 de junio. En el interín, pasó la criba del Buró Político y del Comité Central, ambos del PCC, definido en la Constitución como la “fuerza dirigente superior de la sociedad”. La versión definitiva la publicó el Consejo de Ministros el 26 de junio.

El parto tomó solo dos semanas, aunque tenía simiente y abono en los debates públicos levantados en 2025 por el programa económico anterior. Aquel plan, a diferencia de la nueva estrategia, demoró en publicarse casi todo el año y hasta cambió de nombre, luego de enunciarlo ante el parlamento el primer ministro, Manuel Marrero, en diciembre de 2024.

Las tensiones extremas que vive la sociedad, con largos apagones y otras carencias básicas, han llevado a Cuba a un callejón del que solo pudiera salir mediante la transformación profunda y diligente del modelo económico y social. El gobierno lo ha comprendido. Apuesta a una economía con más participación de formas privadas y del mercado y un redimensionamiento real del sector estatal, a fin de hallar las alianzas y el escape comercial y financiero que EE.UU. le bloquea a este país del Caribe en el entorno global.

La existencia de tal comprensión puede sospecharse tanto por la celeridad de gestación del nuevo programa como por su pragmatismo e integralidad.

Nueva lógica empresarial


El gobierno de EE.UU. ha adoptado este año nuevas órdenes ejecutivas con el fin declarado de asfixiar económicamente a Cuba.

Las 176 medidas resultan abarcadoras en tal magnitud que han motivado dudas sobre la capacidad del gobierno para aplicarlas. No faltan opiniones de economistas, como Ileana Díaz y Triana, que han recomendado definir prioridades o una secuencia inteligente en estas transformaciones.

El nuevo plan propone una visión integral que puede marcar una diferencia con el pasado, si consigue implementarse con fluidez similar a la de su gestación. El gobierno evitó dejar en el tintero cambios que fuesen necesarios, como ha ocurrido tantas veces. Proyectos quirúrgicos previos, que se enfocaron a algún ámbito -industria azucarera, ordenamiento monetario, pequeñas y medianas empresas (mipymes) privadas y bancarización, entre otros-, fracasaron total o parcialmente al no encontrar acompañamiento y sostén en reformas simultáneas de otros sistemas de la economía y la sociedad.

Aunque agrupadas en 23 ejes temáticos diferentes, las 176 medidas muestran líneas de convergencia y conexión más estrecha que en el pasado. La mano y neurona expertas asoman esta vez en la letra del plan. Las propuestas tienen la mirilla en un punto común: la reforma de los actores económicos. Evita así la dispersión de medidas y promesas que ahogó a documentos programáticos anteriores en largas enumeraciones, que intentaban quedar bien con cada sector de la economía y de la burocracia estatal.

El primer eje temático, referido a los actores económicos, postula ideas que tienden a igualar el marco jurídico, comercial y financiero en que se mueven tanto las empresas estatales como las privadas y las cooperativas. “En lo adelante, lo que se apruebe al resto de los actores se aplicará a la empresa estatal socialista”, reza la primera medida, un enfoque nuevo.

Desde hace décadas la capacidad del país para articular encadenamientos productivos e innovaciones se ha visto empantanada en diferencias de las reglas a que están sujetas las formas estatales, las privadas y las cooperativas. La desigualdad abismal en tasas de cambio, espacios comerciales, opciones bancarias y normas salariales para unas u otras horadan la sostenibilidad del modelo. Era difícil hallar quién era la niña privilegiada en el socialismo cubano: si la empresa estatal, la cooperativa, las formas privadas o los inversionistas extranjeros.

Las transformaciones para los actores económicos funcionan como eje transversal del plan. Es a donde miran otros ejes temáticos: el 2, relacionado con un tratamiento más osado de las formas de propiedad; el 3, pensado para el sistema de planificación de la economía; el 7, que con los incentivos de la producción agrícola adopta cambios solicitados desde hace años por las cooperativas; el 10, con transformaciones de las políticas laborales y salariales, vitales para cualquier empresa; y el 14 y el 15, que abren respectivamente las puertas de la inversión extranjera y del comercio exterior a las formas privadas y cooperativas.

Las reglas propuestas en otros ejes temáticos, como el del turismo (17), el transporte (18) y el comercio, la gastronomía y los servicios (19), proponen nuevas oportunidades para las formas no estatales de gestión económica, nacionales y foráneas, incluida la diáspora, y formulan alianzas de las mismas con las empresas estatales.

Continuidad y ruptura


Desde su primer anuncio por Díaz-Canel, el programa Transformaciones económicas y sociales demoró solo dos semanas en ver la luz en versión final. Imagen: Tomada de Internet

Las transformaciones prometidas en el nuevo plan portan un signo de continuidad de estrategias y programas de años anteriores, algunos de vieja data como la Conceptualización del modelo económico y social de desarrollo socialista, acuñado por el VII Congreso del Partido en 2017 y revisado en 2021 por el VIII Congreso. Al igual que la estrategia adoptada en 2025, son documentos que fundamentaron la diversificación de formas de propiedad en el ámbito empresarial y pidieron una mayor interrelación entre todos los actores de la economía.

También soñaron con una descentralización más profunda en la gestión empresarial y en la administración de los territorios y orientaron una transformación integral del sistema de planificación centralizada, a fin de reconocer y lograr una conexión más atinada con el mercado.

La intención de otorgar una participación protagónica mayor a las inversiones extranjeras se venía articulando desde el año pasado, en planes que anticipó en la Feria Internacional de La Habana de 2025 el ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Oscar Pérez-Oliva.

Sin embargo, el Plan de 176 medidas incorpora giros más atrevidos, inesperados algunos, que conducirían, según se implementen, a un diseño del modelo de socialismo cubano impensado años atrás. Una de las primicias poco esperadas es la medida 33: “permitir la compra de acciones de empresas estatales por personas jurídicas estatales y no estatales, nacionales y extranjeras, así como por personas naturales”.

Junto a otras medidas que flexibilizan o eliminan regulaciones impuestas antes a los empresarios privados y las cooperativas, son medidas que anticipan un reordenamiento del tablero económico que integraría de manera más fluida las piezas estatales y no estatales, con participación incluso de la diáspora.

Nuevas banderas en la banca


El gobierno parece más decidido en igualar reglas del juego entre las formas estatales y no estatales del modelo económico y social. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El paso más osado del nuevo programa, a mi juicio, puede llegar con el eje temático 11, referido a la modernización del sistema bancario y, junto con él, del sistema cambiario. Son propuestas orientadas también en función del eje transversal del plan, los actores económicos.

Inesperada en alcance al dar entrada a la banca privada, es una maniobra evidente para garantizar el sostén financiero del que han carecido muchas veces la inversión y producción de las empresas de cualquier signo, tanto privadas como estatales. Aunque parecían las más fuertes y protegidas, las empresas del Estado tenían mucho menos libertad que las privadas para administrar sus cuentas bancarias.

Mientras la medida 84 propone “fomentar la participación del capital privado en la actividad bancaria”, la 89 se compromete con “recuperar el papel del crédito bancario como función esencial en la economía”. Son espacios, acciones y participaciones que abrirían oportunidad para que la banca privilegie de forma real la eficiencia empresarial.

Este eje, sin embargo, puede ser el de desarrollo más espinoso o difícil, tanto por las debilidades endógenas del sistema bancario en Cuba, como por las presiones de EE.UU., que históricamente ha aplicado multas millonarias a bancos europeos cuando abren cuentas a empresas cubanas o acompañan negocios de Cuba con terceros países.

Las medidas asociadas a la banca incluyen la ampliación de caminos emprendidos ya para el tratamiento de la deuda externa. Según el consenso de estudios económico-financieros, es un objetivo prioritario para hallar las fuentes o canales de capital externo.

Este eje profundiza igualmente transformaciones en marcha en el mercado cambiario, que rompen incluso con el concepto tradicional de un Estado sobreprotector del plan más que de la eficiencia empresarial. La medida 100 promete ser una de las más polémicas y difíciles de aplicar, en tanto orienta “devaluaciones sucesivas de la moneda nacional para reducir las diferencias de tipo de cambio. Las empresas que no soporten la devaluación serán liquidadas”.

Signos de viabilidad



El plan en marcha promete devaluaciones sucesivas de la moneda nacional, en un esfuerzo por reordenar el debilitado sistema monetario y cambiario. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

Pese a las dudas, sorpresas y debates generados en la sociedad, lo cierto es que una parte de las transformaciones será de fácil implementación. En la práctica, solo llegan para legalizar ajustes adoptados de facto por los actores de la economía y, de manera gradual, por el propio gobierno durante el mandato de Miguel Díaz-Canel.

Es el caso de la titularidad de varias empresas privadas por una persona natural (medida 21). El empresario resolvía la propiedad de varias mipymes compartiendo sus titularidades con algún familiar o agente de confianza. Por vías parecidas saltaba sobre el límite de contratación de 100 trabajadores, que tenían las mipymes, condición que desaparecerá legalmente con el nuevo programa (medida 20).

Otro caso típico es la autorización a actores económicos no estatales para participar como agentes en el mercado cambiario (medida 99). La medida aparece para ordenar un servicio que ya existe al margen de la ley. Ante las urgencias de una demanda que la banca estatal y las Casas de Cambio (Cadeca) no alcanzan a cubrir, ha proliferado un mercado informal de compra-venta de dólares y demás monedas.

El gobierno, a su vez, ha dado pasos graduales, aunque a veces con cautela manifiesta, para reordenar el sistema empresarial: desde la entrada de las privadas con las mipymes hasta el otorgamiento de mayor autonomía a las empresas estatales. El reto ahora será homogeneizar y administrar con flexibilidad y visión estratégica las reglas del juego para el conjunto de formas empresariales, estatales, privadas y cooperativas, así como extranjeras.

Otras viejas propuestas que tropezaron antes con trabas múltiples, políticas, burocráticas y culturales, encuentran hoy un contexto contradictoriamente más favorable.

La eliminación del subsidio a productos (eje temático 9) podrá aplicarse con menos dramatismo en momentos en que la canasta familiar normada ha perdido centralidad en el consumo, sin los valores comerciales y simbólicos que tuvo alguna vez. Su sustitución por el subsidio a personas gana fundamento con el reconocimiento público de sectores sociales pobres o en situación de vulnerabilidad.

De la determinación del gobierno para acelerar estos cambios y deudas políticas, habla el que haya definido ya 148 acciones jurídicas con ese objetivo, divididos entre 32 nuevas normas de rango superior y más de 50 resoluciones, unido a la derogación de 15 normas y la modificación de 101, según informó el primer ministro a los diputados.

Habla el mercado



La inflación es uno de los síntomas más torturantes de la crisis económica. Foto: Jorge Luis Baños_IPS

El mercado cambiario informal – el menos afín a las banderas del socialismo-, envió, entretanto, un polémico signo de confianza en las medidas presentadas y, sin quererlo quizás, de confianza en la capacidad gubernamental para implementarlas.

El peso cubano, desangrado por una fuerte inflación desde hace varios años, se recuperó sorpresivamente en ese mercado. Tras llegar a 700 pesos por dólar el 24 de junio, en medio de una crisis extrema este año, se apreció hasta 630 pesos por dólar una semana después de publicar el gobierno la versión definitiva de las transformaciones. Aunque esta brusca reacción puede interpretarse lo mismo como una coincidencia políticamente vulgar que como el rebote típico que sigue a los derrumbes de valor en un mercado.

Tal pareciera que el mercado se tomó en serio el discurso oficial esta vez. Queda por ver hasta cuándo y dónde le dura la confianza al mercado y hasta dónde el gobierno reposiciona la suya en el mercado, quizás su giro ideológico más difícil en esta reforma del modelo económico y social del socialismo que sigue defendiendo, sin saber a ciencia cierta cómo es. (2026)