Paul Blackledge
26/07/2026

Una caricatura hostil presenta a Friedrich Engels como un determinista acérrimo que describía a los seres humanos como marionetas de las fuerzas económicas. De hecho, sus escritos históricos eran sutiles y sofisticados, y mostraban cómo la acción humana puede cambiar el curso de la historia.
Existe el mito de que Friedrich Engels distorsionó la teoría social revolucionaria de Karl Marx convirtiéndola en una forma políticamente fatalista de determinismo tecnológico. Aunque es posible sacar frases de contexto para justificar esta afirmación, la verdad es que Engels era un pensador muy sofisticado, con un conocimiento enciclopédico de la historia, que situaba la acción humana consciente en el centro de su comprensión del proceso histórico. Aunque entendía que la acción humana estaba determinada materialmente, su modelo de determinación distaba mucho de ser mecánico y reduccionista.
E. P. Thompson tenía indudablemente razón cuando sostuvo que debíamos protegernos contra los intentos de convertir a Engels en el «chivo expiatorio» de cualquier defecto «que uno elija impugnar en el marxismo posterior». Y Perry Anderson se opuso con razón a los intentos de denigrar el legado de Engels cuando sugirió que, en realidad, era un historiador más sólido que Marx: «Los juicios históricos de Engels son casi siempre superiores a los de Marx. Poseía un conocimiento más profundo de la historia europea y tenía una comprensión más certera de sus estructuras sucesivas y destacadas».
El nacimiento del materialismo histórico
En sus propios comentarios, eminentemente sensatos, sobre el método que él y Marx desarrollaron, Engels hizo una observación que se ha hecho famosa:
Si algunos autores más jóvenes atribuyen al aspecto económico más importancia de la que le corresponde, Marx y yo somos, en cierta medida, responsables. Tuvimos que hacer hincapié en este principio rector frente a los oponentes que lo negaban, y no siempre dispusimos del tiempo, el espacio o la oportunidad para hacer justicia a los demás factores que interactuaban entre sí. Pero la cuestión era diferente a la hora de describir un período de la historia, es decir, de aplicar la teoría en la práctica, y aquí no cabía ningún error.
Para Engels, «el factor determinante de la historia es, en última instancia, la producción y la reproducción de la vida real». Sin embargo, insistía, «si alguien distorsiona esto al declarar que el momento económico es el único factor determinante, convierte esa proposición en una jerga sin sentido, abstracta y ridícula».
Por desgracia, a lo largo del último siglo y más, ha existido toda una industria dedicada a distorsionar las proposiciones de Marx y Engels para convertirlas en jerga sin sentido, abstracta y ridícula. Esto es especialmente cierto en lo que respecta a los escritos de Engels. Las calumnias vertidas sobre él pueden estar relacionadas con el hecho de que no solo acuñó el término «materialismo histórico», sino que podría decirse que también inventó su práctica al ser autor de la primera obra de historia «marxista»: La guerra campesina en Alemania (1850).
Elaborado con el telón de fondo de las revoluciones derrotadas de 1848, este estudio tenía por objeto tanto aportar pruebas de una auténtica tradición revolucionaria alemana como contrarrestar las tendencias moralistas y voluntaristas existentes entre los fragmentos de la izquierda revolucionaria derrotada. Mientras que el padre de la historia positivista moderna, Leopold von Ranke, afirmaba de manera superficial y mística que el levantamiento campesino de 1525 surgió como una «convulsión de la naturaleza», Engels trató a todos los protagonistas como agentes racionales cuyo comportamiento podía entenderse mejor mediante un análisis en profundidad de sus intereses materiales contradictorios, arraigados en las relaciones sociales de la época.
Su intención era captar la esencia social subyacente del movimiento revolucionario más allá de su apariencia superficial como una mera explosión de misticismo religioso. La estructura y la agencia no son, según este modelo, opuestas: de hecho, se constituyen mutuamente. Su afirmación de que las revoluciones tienen causas profundas no es una alternativa a la exploración del papel de la agencia en ellas, sino más bien el requisito previo necesario para tal investigación.
Crítico militar
El poder de este enfoque del estudio de la historia queda patente en sus escritos militares. Como observó Walter Gallie, Engels se consolidó como «probablemente el crítico militar más perspicaz del siglo XIX». Al comentar un ensayo de Engels sobre este tema, «El ejército» (1857), Marx escribió que se quedó «atónito» no solo «por su enorme volumen», sino también por su calidad: lo consideraba una obra que «demuestra la corrección de nuestras opiniones en cuanto a la conexión entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales».
Se diga lo que se diga de «El ejército», no se trata de una obra de materialismo mecánico ni de determinismo tecnológico. De hecho, es un magistral repaso de la historia militar occidental desde la Antigüedad hasta la época inmediatamente posterior a Napoleón. A lo largo del ensayo, aunque Engels enmarcó su narrativa en relación con su contexto social, su enfoque en la organización, el liderazgo, la moral y la cultura puso de manifiesto la naturaleza no reduccionista de su materialismo.
Al analizar los enfrentamientos entre griegos y persas, argumentó que la organización, el entrenamiento y el liderazgo de los griegos hacían que las «multitudes torpes y desordenadas» de sus oponentes fueran «totalmente incapaces de ofrecer más que una resistencia pasiva frente a la incipiente falange de Esparta y Atenas». En relación con los conflictos entre los propios griegos, explicó de manera similar el dominio de Esparta en la guerra terrestre como resultado de su organización interna.
Sin embargo, también señaló que el sistema social griego podía sustentar el servicio militar de los hombres libres porque se basaba en la esclavitud. En Atenas, la preparación militar consistía en dos años de servicio a los dieciocho años, tras los cuales el hombre libre mantenía un puesto en la reserva hasta los sesenta años.
Si bien este sistema formaba soldados muy buenos, los cuarenta años de servicio militar de los hombres espartanos entre los veinte y los sesenta años garantizaban que sus hoplitas estuvieran aún mejor entrenados. Dado que el movimiento unificado que exigía la falange solo podía dominarse tras largos años de práctica colectiva, «mientras la falange decidiera el resultado de la batalla, los espartanos, a la larga, salían ganando».
Un arte practico
La característica salvedad que Engels añadió a este argumento, «a la larga», junto con su énfasis en el aspecto organizativo del análisis, pone de manifiesto que su materialismo distaba mucho de ser mecánico. Tomemos, por ejemplo, sus comentarios sobre la forma revolucionaria en que Epaminondas condujo a los tebanos a la victoria sobre Esparta en el año 371 a. C. En una innovación táctica de gran mérito, Epaminondas decidió no enfrentarse a los espartanos en una línea tradicional, sino que formó una ordenación oblicua cuyo punto más fuerte era una columna profunda que avanzaba contra el flanco más fuerte de sus adversarios espartanos.
Esta novedosa formación rompió la línea espartana en su punto más fuerte, tras lo cual Epaminondas flanqueó a un enemigo que se había vuelto incapaz de restablecer su orden táctico. Engels reconoció que la genialidad de Epaminondas residía en su capacidad para reconocer el poder organizativo del enemigo y modificar sus tácticas para socavar ese poder. A partir de ese momento, como escribió en otra ocasión, el liderazgo militar se convirtió en un arte «que debe aprenderse tanto teórica como prácticamente».
Si bien los macedonios perfeccionaron esta revolución táctica, la fuerza de su formación militar siguió dependiendo de un intenso programa de entrenamiento que solo era posible porque la esclavitud había liberado a su infantería de la necesidad de realizar trabajos manuales. No obstante, por mucho que entrenaran los hoplitas, su poder se limitaba al del propio sistema de la falange.
Al final, la misma característica que confería poder a la falange resultó ser la causa de su caída. Si bien la eficacia de la falange dependía del movimiento coherente de una masa de hombres, el hecho de estar agrupados significaba que la falange era relativamente inflexible.
Especialmente en terreno accidentado, la formación de la falange podía verse comprometida al enfrentarse al enemigo. Así ocurrió con los romanos, que supieron aprovechar este punto débil mediante el despliegue de infantería pesada en una formación más flexible.
De la Antigüedad al feudalismo
Los romanos lograron derrotar a los griegos gracias a sus innovaciones organizativas. Sin embargo, a medida que el Imperio Romano se expandía y se estabilizaba, el ejército tendía a perder su carácter romano. Las exigencias militares hicieron que, en lugar de esclavizar a los bárbaros derrotados para reproducir las relaciones de producción existentes, Roma reclutara en masa a estos antiguos adversarios para su ejército.
Para Engels, este proceso dio lugar a la desromanización gradual del ejército y a la eventual caída del imperio. Fue cuando «cesó toda distinción de equipamiento y armamento entre romanos y bárbaros» cuando las tribus germánicas, «física y moralmente superiores, marcharon sobre los cadáveres de las legiones no romanizadas».
La condición física y la moral, que habían quedado en un segundo plano mientras la organización y la táctica ocupaban el primer plano, cobraron así mayor importancia a medida que las diferencias organizativas tendían a desaparecer. Estos cambios organizativos reflejaban la decadencia del modo de producción esclavista.
A medida que Roma se fragmentaba hacia el nuevo modo de producción feudal, la caballería resurgió como factor decisivo en la guerra. Si bien los caballeros feudales que surgieron de este proceso podían vencer fácilmente a los campesinos locales sin entrenamiento, los conflictos con las fuerzas árabes durante las Cruzadas y con los mongoles en Europa del Este demostraron que estas tropas a caballo no eran rival para «los ágiles jinetes ligeros de Oriente».
A pesar de esta debilidad, las derrotas a manos de estos jinetes ligeros no provocaron el colapso del antiguo orden. Esta transformación tuvo que esperar hasta que el surgimiento del capitalismo embrionario dentro del modo de producción feudal comenzara a crear las condiciones que acabarían por desmoronar el sistema militar feudal.
Engels sostenía que el auge de las ciudades y los Estados centralizados, junto con la introducción de la pólvora procedente de Oriente, sustentó una lenta revolución en la organización y las tácticas militares. El papel de la infantería volvió a cobrar importancia a medida que las limitaciones de la caballería se hacían cada vez más evidentes. Este proceso hizo que los mosquetes se convirtieran en armas de guerra cada vez más poderosas, ya que los avances tecnológicos aumentaron la velocidad de recarga.
La guerra revolucionaria
Estas innovaciones tecnológicas marcaron los cambios en las tácticas militares, ya que una mayor velocidad de recarga permitía formar líneas de infantería más largas y menos densas con una mayor cadencia de fuego. Sin embargo, las evidentes ventajas de esta nueva táctica crearon dificultades inéditas, pues las líneas de soldados, difíciles de manejar, requerían un entrenamiento incesante —que hoy se recuerda a través de los obsoletos ejercicios que forman parte de los desfiles para dictadores y reyes—, mientras que las líneas largas y delgadas presentaban puntos débiles en sus flancos.
No obstante, las fortalezas del nuevo sistema culminaron inicialmente en los abrumadores éxitos de Federico el Grande contra los austriacos. El propio Federico fue el primero en admitir que había aplicado a las condiciones modernas las lecciones aprendidas de Epaminondas y su orden de ataque oblicuo.
Mientras que los éxitos de Federico dependían de un ejército bien adiestrado, a los pocos años de su muerte la Revolución Francesa tuvo que defenderse con un ejército ciudadano relativamente sin entrenamiento, reclutado a través de las levées en masse. Este nuevo ejército ciudadano, forjado a partir de la conciencia nacional, aprendió de los éxitos de las tropas estadounidenses, igualmente inexpertas, contra los británicos una década antes.
Engels señaló que, al igual que los estadounidenses, las nuevas tropas francesas estaban ideológicamente comprometidas con su causa, pero disponían de poco tiempo para dominar las complejidades de la instrucción militar. En consecuencia, se decantaron por tácticas de escaramuza contra el enemigo. Por desgracia para los franceses, no contaban ni con los bosques vírgenes de Estados Unidos en los que poder desaparecer del enemigo ni con su espacio infinito para la retirada. Como resultado, el ejército ciudadano francés, relativamente poco entrenado, necesitaba algo más que esta táctica para poder hacer uso de sus nuevas armas.
Lo encontraron en la columna cerrada. Cuando se combinaban con los escaramuzadores, las columnas cerradas se enfrentaban eficazmente al enemigo en línea extendida, con tropas que actuaban con flexibilidad según el contexto geográfico. Buscaban protección en terrenos accidentados y en pueblos, sobreviviendo gracias a los recursos del terreno.
Engels señaló dos avances tecnológicos que facilitaron esta flexibilidad. En primer lugar, los franceses introdujeron en 1777 la culata inclinada del fusil, que permitía a sus tiradores de infantería (tirailleur) apuntar mejor al enemigo. En segundo lugar, aprovecharon «el afuste más ligero, pero aún así sólido, construido a mediados del siglo XVIII», lo que permitió «la mayor movilidad que más tarde se exigió a la artillería».
El auge del fusil
Los aspectos relativos a las escaramuzas y a vivir de la tierra revisten una importancia fundamental para nuestra historia. En cuanto a las escaramuzas, en su ensayo «Infantería» (1859), Engels argumentó que esta práctica había sido una parte habitual de la guerra desde la Antigüedad, pasando por la Edad Media e incluso hasta el siglo XVII. Posteriormente desapareció, para reaparecer en la Guerra de Independencia de Estados Unidos:
Mientras que no se podía confiar en que los soldados de los ejércitos europeos, mantenidos unidos por la coacción y un trato severo, lucharan en formación extendida, en América tuvieron que enfrentarse a una población que, aunque no estaba entrenada en las maniobras habituales de los soldados de línea, era buena tiradora y conocía bien el rifle. La naturaleza del terreno les favorecía; en lugar de intentar maniobras de las que al principio eran incapaces, inconscientemente recurrieron a las escaramuzas. Así, el enfrentamiento de Lexington y Concord marca una época en la historia de la infantería.
Este cambio de táctica sustentó la necesidad de una revolución en la tecnología militar. En su «Historia del rifle» (1861), Engels señaló que el rifle era un producto de la tecnología alemana del siglo XV cuya construcción apenas había experimentado mejoras antes del siglo XIX.
Hasta ese momento, los fusiles eran más precisos que los mosquetes de ánima lisa hasta una distancia máxima de unas 400-500 yardas, pero también eran más complejos de fabricar y su recarga resultaba significativamente más lenta. En consecuencia, los mosquetes de ánima lisa constituían la mayor parte de las armas de fuego de la infantería y la caballería. Y aunque los ejércitos europeos seguían utilizando fusiles, su despliegue era muy limitado y, en gran medida, irrelevante para el resultado de la batalla.
Sin embargo, las cosas cambiaron con el resurgimiento de las escaramuzas en las guerras revolucionarias estadounidense y francesa. En lugar de ejércitos que se enfrentaban predominantemente en líneas, «a partir de entonces se introdujo la formación extendida en todos los enfrentamientos; la combinación de escaramuzadores con líneas o columnas se convirtió en la característica esencial del combate moderno».
Como señala Engels, la mayor parte de la munición se gastaba durante las escaramuzas, dirigida contra objetivos que «rara vez eran más grandes que el frente de una compañía; en la mayoría de los casos, tenían que disparar a hombres aislados bien ocultos tras objetos que les servían de cobertura. Y, sin embargo, el efecto de su fuego es de suma importancia». Mientras que los antiguos mosquetes resultaban prácticamente inútiles en esta nueva forma de guerra, los fusiles existentes eran casi igual de inadecuados porque eran demasiado lentos de recargar y, como consecuencia de la dificultad que suponía introducir las balas en cañones más largos, demasiado cortos para ser utilizados con bayonetas.
Estas deficiencias hacían que los soldados armados con fusiles fueran vulnerables a los ataques, ya fuera por parte de la infantería con bayonetas o de la caballería. En estas circunstancias, escribió Engels, «se planteó de inmediato el problema: inventar un arma que combinara el alcance y la precisión del fusil con la rapidez y la facilidad de carga, y con la longitud del cañón del mosquete de ánima lisa». Dicha arma tendría que ser «apta para ponerse en manos de todo soldado de infantería».
Marchando con el estómago lleno
La demanda de armas estriadas generada por esta revolución en la guerra sustentó la transformación revolucionaria del rifle en el siglo XIX. Engels dio la vuelta al determinismo tecnológico:
Con la propia introducción de la escaramuza en las tácticas modernas, surgió la demanda de un arma de guerra mejorada de este tipo. En el siglo XIX, siempre que surge la demanda de algo, y esa demanda está justificada por las circunstancias del caso, es seguro que se satisfará.
El resto del ensayo es un análisis sofisticado del desarrollo acumulativo del rifle a partir de 1828. En «Tácticas de infantería derivadas de causas materiales: 1700-1870» (1877), describió cómo el uso generalizado de fusiles de retrocarga en la Guerra franco-prusiana condujo a la sustitución de las columnas por cadenas compactas de escaramuzadores, ya que las primeras se habían convertido en un blanco demasiado fácil para las nuevas armas.
En cuanto a la cuestión de subsistir de los recursos del terreno, Engels vinculó este punto a la cuestión de la innovación tecnológica a través del concepto de la productividad del trabajo. Si Federico abrió la puerta a una revolución en la guerra, fue Napoleón quien profundizó enormemente esta revolución en materia de movilidad al dividir la Grande Armée en corps d’armée que podían actuar como fuerzas militares relativamente autosuficientes.
Cada cuerpo de ejército era lo suficientemente grande y complejo como para llevar la lucha al enemigo, al tiempo que se mantenía lo suficientemente pequeño como para abastecerse de la tierra de tal forma que se redujeran sus líneas de suministro y aumentara su velocidad. Napoleón combinó de forma célebre la velocidad con la masa al mantener cada cuerpo de ejército a solo un día de marcha de distancia. Podían engañar a sus enemigos sobre su objetivo previsto y, al mismo tiempo, ser capaces de unirse cuando se les requería para enfrentarse al enemigo: «Marchen divididos, luchen unidos», como escribió en una frase recordada por Vladimir Lenin en sus argumentos a favor de la táctica del frente único.
Según Engels, el sistema militar de Napoleón se basaba en el desarrollo previo de las fuerzas productivas. A pesar de la controversia que rodea a este aspecto de la teoría marxista, al menos en este caso parece ser de sentido común. Si los franceses eran «casi imbatibles», pero a veces seguían siendo vulnerables, incluso en su apogeo, esto no se debía simplemente a las vicisitudes de los líderes locales. Se debía también a que su estilo de guerra móvil dependía de la capacidad de los soldados para abastecerse de lo que ofrecía el terreno.
Como señaló Engels en «Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia en 1852» (1851), los aumentos previos a largo plazo de la productividad del trabajo en el campo eran el requisito previo para el éxito de este enfoque, lo que lo hacía «imposible durante un largo período en un país pobre, semibárbaro y escasamente poblado». Por eso los ejércitos franceses «perecieron lentamente en España y rápidamente en Rusia».
La pista inquebrantable
En el mismo ensayo, Engels argumentó que las dos características clave del sistema napoleónico —su carácter masivo y su movilidad— eran producto del surgimiento del capitalismo: «La guerra moderna presupone la emancipación de la burguesía y de los campesinos; es la expresión militar de esta emancipación». Al especular sobre las posibles consecuencias de una nueva Revolución Francesa, planteó el argumento materialista de que los nuevos avances en las fuerzas productivas —concretamente, el uso generalizado del telégrafo y la expansión del ferrocarril por toda Europa occidental— hacían que el dominio ruso fuera «cada día más imposible».
No obstante, Engels siguió haciendo hincapié en la idea no reduccionista de que cualquier esperanza que se pudiera tener en la Francia revolucionaria en una lucha contra la Rusia contrarrevolucionaria «presupone que habrá un buen ministro de Guerra». Reiteró su opinión sobre la importancia del liderazgo militar al referirse a los éxitos de la levée en masse.
Engels argumentó que los éxitos iniciales de los reclutas novatos franceses dependían de la existencia de un núcleo de soldados experimentados en torno al cual se organizaban. Además, las victorias francesas en las primeras guerras revolucionarias de la década de 1790, en particular sobre los prusianos y los austriacos en Valmy en 1792, fueron consecuencia no tanto de la destreza y el entusiasmo franceses como de la incompetencia alemana.
Todos estos argumentos ponen de manifiesto un punto clave: la visión de Engels sobre la centralidad de la acción humana, constituida históricamente, en la creación de la historia. Como señaló Marx en sus comentarios sobre «El ejército», Engels no redujo la historia humana a una narración del avance tecnológico, sino que utilizó su comprensión de dichos avances como medio para alcanzar una rica comprensión de la agencia humana, a través de la cual fue capaz de dar sentido al núcleo racional del voluntarismo, evitando al mismo tiempo su superficialidad.
En palabras que parafrasean la solución formal de Marx a la relación entre estructura y agencia en El 18 de brumario de Luis Napoleón, Engels escribió que
los hombres hacen su propia historia, pero en un entorno determinado por el que están condicionados, y sobre la base de relaciones existentes y reales, de las cuales las relaciones económicas —por mucho que puedan verse influidas por otras de naturaleza política e ideológica— son, en última instancia, el factor determinante y representan la clave ininterrumpida que, por sí sola, puede conducir a la comprensión.
Los escritos históricos de Engels dan vida a esta relación. Al hacerlo, constituyen un poderoso recurso para cualquiera que desee dar sentido a la historia de una manera que escape a las trivialidades superficiales de gran parte de la obra histórica y política contemporánea.



