Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

sábado, 29 de agosto de 2026

¿Por qué atacan al Nobel que defiende a la clase trabajadora?




Fuentes: El diario [Fotografía de archivo del economista turco-estadounidense Daron Acemoglu. EFE/EPA/PONTUS LUNDAHL SWEDEN OUT]


Daron Acemoglu ha utilizado las herramientas de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento pone en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA y aboga por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes tecnológicas.

Daron Acemoglu, economista ganador del llamado premio Nobel de economía en 2024, acaba de publicar un nuevo libro titulado What Happened to Liberal Democracy? (¿Qué pasó con la democracia liberal?) y la famosa revista The Economist, fundada en 1843 y paradigma de la defensa del libre comercio y del liberalismo económico, ha aprovechado para pasarle algunas facturas. En un artículo que ha sorprendido a todos, la revista aprovechó para lanzar unas dispersas críticas teóricas a su trabajo y, sobre todo, para impugnar el estatus del reputado economista. Quizás la mejor prueba es que The Economist afirma en su titular que Acemoglu es extrañamente poco convincente y que sus argumentos “sobre la IA son además pesimistas hasta el punto de perder credibilidad”. No es de extrañar que el afectado haya considerado el ataque como algo personal y haya tenido que responder públicamente.

Todo apunta a que la causa última del desencuentro se encuentra en el hecho de que el trabajo académico de Acemoglu, que gira en torno al cambio técnico y el papel de la inteligencia artificial, ha desembocado en una propuesta para reforzar a la clase trabajadora. Este punto es precisamente uno de los atacados por The Economist, que etiqueta su enfoque como pesimista e inespecífico. La economista Mònica Martínez Bravo sintetizó bien esta tensión al escribir: “Qué cosas tan curiosas pasan cuando un Nobel de Economía escribe un libro defendiendo volver a poner a la clase trabajadora en el centro de la política económica”. En este análisis vamos a ver en qué sentido y hasta qué punto la visión de Martínez Bravo es cierta. Y, de paso, aprovechamos para meternos en el apasionante y preocupante mundo de las consecuencias socioeconómicas de la inteligencia artificial.

El papel de la automatización

Uno de los grandes interrogantes de la economía es averiguar cuáles son los efectos de la automatización, es decir, de la sustitución de trabajadores humanos por máquinas. ¿Se destruye empleo?, ¿se deprimen los salarios?, ¿se modifica la correlación de fuerzas entre capital y trabajo? Se trata de un debate que, después de doscientos años, no ha derivado en consenso alguno, sino en diferentes enfoques con los que pensar un proceso tan complejo. Y, para entenderlo bien, tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XIX.

David Ricardo es considerado uno de los padres fundadores de la economía política. Con veintipocos años se hizo millonario especulando en bolsa y pudo retirarse a sus propiedades a escribir. Su libro Principios de Economía Política y Tributación se convirtió pronto en un indispensable, y sigue siendo la base de la actual teoría del comercio internacional e incluso de la teoría del valor-trabajo del marxismo. En las dos primeras ediciones Principios, Ricardo apenas tuvo nada que decir especial sobre el proceso de automatización, pues compartía el criterio convencional y optimista de los economistas de la época. Es importante que entendamos esta forma de pensar la automatización, porque es a grandes rasgos la que domina en la profesión todavía. Según esta visión, cuando las máquinas sustituyen a trabajadores en un proceso productivo se producen dos efectos. El primero, el obvio de que un cierto número de personas pierden su empleo. El segundo, que la propia introducción de las nuevas máquinas es capaz de crear nuevos puestos de trabajo que absorberán el empleo previamente expulsado.

Es decir, para los economistas no estamos ante un problema preocupante porque la economía se regula de manera que la introducción de máquinas (la incorporación de nueva tecnología) es capaz de mantener el nivel de empleo. Y Ricardo pensaba más o menos esto, pero sólo hasta 1821.

En su famosa tercera edición de los Principios, Ricardo introdujo un nuevo capítulo donde consideró errónea la visión convencional y reconoció que “estoy convencido ahora de que la sustitución del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora”. El impacto de este cambio fue enorme, y su discípulo John Ramsay McCulloch se quejó ante él amargamente (p. 381) porque entendía que daba pábulo a los movimientos obreros antimaquinaria. Era un tiempo de enorme agitación social, ya que la Revolución Industrial se estaba desplegando en el Reino Unido y estaba transformando radicalmente el modo de vida de la clase trabajadora.

En un artículo académico de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson trataron justamente este momento histórico. Para ellos el cambio de Ricardo respecto de la maquinaria tuvo que ver con que el hecho de que fuera elegido miembro de la Cámara de los Comunes, es decir, diputado. Gracias a eso, Ricardo fue testigo de lo que realmente estaba ocurriendo en la industria del algodón y, de ese modo, pudo corregir sus ideas previas. Porque lo que estaba pasando no tenía nada que ver con la visión optimista de los economistas, sino que la Revolución Industrial estaba deteriorando gravemente las condiciones de vida de la clase trabajadora.

El artículo, por cierto, se apoya en gran medida en los trabajos de dos gigantes de la historiografía marxista británica, Edward Palmer Thompson y Eric Hobsbawm (aunque también cita, de manera complementaria, al reputado —léase, convencional— historiador Joel Mokyr). Los números de Acemoglu indican que, con la automatización, los salarios reales de los tejedores manuales cayeron un mínimo de un 25%, sin que esos trabajadores pudieran trasladarse a nuevos sectores emergentes. Simplemente, sus condiciones de vida fueron arrasadas por la introducción de maquinaria en la industria. La paradoja es que como la productividad estaba creciendo, y los salarios no, los empresarios ganaron enormes beneficios que elevaron la desigualdad. En palabras que repite mucho Acemoglu, la prosperidad no fue compartida.

La lógica de esta lectura crítica del proceso de automatización ya había sido incorporada en el trabajo de Acemoglu mucho antes. Donde aparece de forma divulgativa con más claridad es en su libro de 2023 Power and Progress (Poder y progreso), coescrito también con Simon Johnson, donde subrayaban que no hay nada automáticamente beneficioso para la sociedad en la introducción de nueva tecnología. Según ellos, que los incrementos de productividad sean compartidos depende de aspectos como el tipo de tecnología, las instituciones (normas, costumbres, leyes) y la orientación que se quiera imprimir desde la sociedad. De manera significativa, Acemoglu y Johnson aceptan que la prosperidad sólo es compartida cuando los avances de la tecnología se apartan del interés egoísta de las élites. De ahí que los autores explicaran que la clave para entender los aumentos de calidad de vida de la clase trabajadora durante la segunda mitad del siglo XIX tuvieran que ver con la democratización del sistema político, el crecimiento de los sindicatos y la legislación para proteger los derechos de los trabajadores; elementos todos que obligaban a orientar el cambio tecnológico en otra dirección distinta a la de los meros intereses económicos de las élites. Cualquiera familiarizado con la historia del movimiento obrero puede ver en este razonamiento de Acemoglu y Johnson un elemento político claramente subversivo.

Hay que cuidarse mucho de pensar que esto es solo historia económica, o economía política del siglo XIX. El punto de referencia de Acemoglu es siempre el cambio tecnológico actual, y más concretamente la adopción de la inteligencia artificial en los procesos productivos actuales. Pero Acemoglu usa la historia económica para reflexionar sobre el proceso contemporáneo, preguntándose (en Power and Progress) qué pasa si los economistas convencionales están equivocados y la IA fundamentalmente provoca distorsiones en el mercado de trabajo que incrementan la desigualdad de salarios y empleo, su impacto redistribuye poder hacia las élites, empobrece a miles de millones de personas en el mundo no desarrollado, si refuerza prejuicios étnicos o sociales, o si destruye las instituciones democráticas. Su conclusión ha sido que lo que necesita la sociedad contemporánea es, como ocurrió en el siglo XIX, el crecimiento de contraargumentos y organizaciones que puedan contrarrestar al pensamiento convencional. Para hacerse una idea más completa, baste decir que uno de los últimos artículos de Acemoglu, firmado con David Autor y Simon Johnson, se llama “Building pro-worker artificial intelligence” (Construir una inteligencia artificial favorable a los trabajadores).

No es un economista heterodoxo, lo que lo hace más peligroso

Aunque a algunos les haya parecido demasiado disidente, debemos recordar que Daron Acemoglu no es un revolucionario en el sentido clásico. Ni siquiera en su disciplina. El primer libro suyo que llegó a mi biblioteca no fue un ensayo, sino su manual Introduction to Modern Economic Growth de 2009. Se trata de un texto de posgrado con álgebra sumamente avanzada y en el que se repasan los modelos de crecimiento económico desde una óptica unilateral: la neoclásica (una teoría ahistórica que abandona muchas de las preocupaciones de los economistas clásicos, como Adam Smith, David Ricardo o Karl Marx). Esta es la dominante en las facultades de economía, y frente a ella se han elevado históricamente otras escuelas de pensamiento, como la poskeynesiana o la marxista, consideradas por ello como heterodoxas. Acemoglu pertenece a esta escuela de pensamiento, y de hecho recientemente ha afirmado que encuentra la discusión sobre el capitalismo “descerebrada”. En la cosmovisión subyacente a los modelos de Acemoglu no hay relaciones de producción, el poder entra como una categoría de capacidad de negociación y captura regulatoria y la visión de las instituciones es débil y nunca estructural. Consecuentemente, su concepto de clase trabajadora no es marxista, pero conduce a lo que él denomina “liberalismo de clase trabajadora”.

Pero todo esto es, para los economistas convencionales, lo que realmente supone un peligro. Porque Acemoglu llega a sus “radicales” conclusiones desde dentro de la profesión y del mainstream. Todo su trabajo académico es una lúcida (y algebraicamente compleja) reformulación de los modelos neoclásicos de progreso técnico. Y cada paso que ha dado en los últimos veinte años, como considerar el reparto del ingreso entre capital y trabajo endógeno al cambio técnico, lo hace sin recurrir a la vastísima cantidad de trabajos heterodoxos que ya pisaron ese camino mucho antes que él. Hoy Acemoglu tiene una visión del comercio que no sería extraña para los autores marxistas, y una visión de la distribución de la renta que reconocerían autores poskeynesianos como Joan Robinson o Nicholas Kaldor. Y ya hemos visto que su lectura de algunos aspectos de la historia económica del siglo XIX presenta sorprendentes puntos de contacto con la historiografía marxista.

La clave es que Acemoglu ha llegado a conclusiones muy similares a la de las escuelas postkeynesianas e incluso marxistas, pero empleando otros conceptos y métodos. Los economistas convencionales no pueden criticarle por falta de brillantez técnica, ampliamente acreditada, pero están asustados por las conclusiones políticas que se extraen de su desviación.

Con Joseph Stiglitz ya se había ensayado la jugada. El economista estadounidense recibió el Nobel en el año 2001 por sus contribuciones a la teoría neoclásica, en particular por sus análisis con información asimétrica, y durante los años noventa destacó, entre otras cosas, por su crítica a la versión dura de la economía ecológica. Gracias a todo ello se convirtió en el economista jefe del Banco Mundial, una de las instituciones encargadas de promover el ‘Consenso de Washington’ entre los países en desarrollo, es decir, de imponer políticas neoliberales. Antes de terminar su mandato, Stiglitz abandonó su cargo y en 2002 publicó su libro Globalization and Its Discontents, donde cuestionó gran parte de la política neoliberal. Se trataba de un duro diagnóstico que a los estudiantes de posgrado de Economía Internacional y del Desarrollo siempre nos pareció ilustrativo: un neoclásico criticando las conclusiones de su viejo paradigma.

Como ahora, también The Economist fue punta de lanza contra lo que les parecía un giro inadmisible, afirmando con ironía que “Stliglitz podría haber escrito un buen libro sobre globalización. Quizás la próxima vez” y reconociendo que era un economista brillante antes de rebajar completamente su estatus. No fue el único ejemplo, ya que el entonces director de investigación del FMI (la otra pata neoliberal en el sistema internacional), Kenneth Rogoff, atacó duramente a Stiglitz y asentó la conclusión generalizada entre los economistas convencionales, a saber, que como académico Stiglitz era un genio con una mente maravillosa, pero que como político era mucho menos impresionante. Es el precedente más claro del artículo de The Economist contra Daron Acemoglu.

Lo que podemos esperar en los próximos años es un proceso, encabezado por parte de la comunidad mainstream y del que The Economist es solo la avanzadilla, para intentar devaluar la reputación de Acemoglu, no tanto en sus bases técnicas sino por sus “extravagancias” políticas. Como ya hemos visto, no es el primer caso y probablemente no será el último, pero la lógica está impresa desde hace mucho tiempo. El aura de respetabilidad en la comunidad de los economistas convencionales es dependiente tanto de las bases técnicas (con una alta sofisticación matemática, lo que hace muy inaccesible su comprensión para el público general) como de la “razonabilidad” de las conclusiones políticas. Recordemos que el premio Nobel de Economía no es tal, ya que Alfred Nobel nunca consideró entregar uno de esta materia. Que hoy exista un premio Nobel de Economía es resultado del interés del banco central sueco que, en 1968 y en un contexto de duro enfrentamiento con los socialdemócratas suecos (que estaban desplegando su vía reformista al socialismo), necesitaba mejorar la reputación de quienes defendían sus posiciones políticas (conservadoras). El gran economista sueco Gunnar Myrdal recibió el premio en 1974, pero su propia interpretación es que como era un “radical” (sus propias palabras) le hicieron compartirlo con un “reaccionario”, Friedrich Hayek. En 1977, escribió un breve artículo reconociendo que se equivocó al aceptarlo, que la economía no es una ciencia equivalente a la física o las “ciencias duras” y que, ojo, no debería existir el premio Nobel. Lo que sugería, en última instancia, es que se trataba de un reconocimiento muy cargado de valores y principios políticos.

Consecuencias para la actualidad

El trabajo de Daron Acemoglu tiene, para mí, muchos límites. Quizás el más obvio es que, a pesar de girar en torno a la tecnología y el cambio técnico, toda consideración sobre la energía está ausente. Hablar de la transformación de la economía del siglo XIX en el Reino Unido sin mencionar el papel del carbón es extraño. También resulta problemática la escasa atención a la dimensión imperial de la industrialización británica, es decir, al hecho de que el comercio colonial, la esclavitud, la extracción de recursos y la posición de Gran Bretaña en la economía mundial formaron parte de las condiciones históricas en las que se produjo la Revolución Industrial. Esto tiene que ver con otro punto ampliamente criticado a Acemoglu, esta vez desde la heterodoxia, y presente en libros anteriores como Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty (Por qué fracasan los países), coescrito con James Robinson. La visión del desarrollo económico de Acemoglu es institucionalista, atribuyendo a aspectos tales como la innovación, la democracia o los tipos de gobierno la variable central que determina qué países crecen y cuáles no.

Pero su interpretación sobre la inteligencia artificial y su énfasis en el modelo de tareas —que no se automatizan empleos sino tareas— y la constatación de que los efectos de la automatización dependen del poder y de instituciones como las leyes es correcto y crucial para nuestro presente. Es cierto que otras tradiciones pueden ofrecer enfoques más agudos y estructurales sobre el papel de la tecnología, pero la originalidad y brillantez de Acemoglu es que ha llegado al mismo destino que autores heterodoxos, aunque por otro camino. Existen complementariedades entre las diferentes tradiciones que merecen la pena explotar. Por ejemplo, su insistencia en diferentes trabajos en que la tecnología puede usarse (mal) para elevar el control sobre los trabajadores (cosa que la IA ya está haciendo) puede beneficiarse mucho de toda la tradición marxista que nace con el fantástico libro del marxista Harry Braverman y que revolucionó toda la teoría sobre el mercado de trabajo. O el papel de la distribución del ingreso, que es no sólo un aspecto moral sino también de eficiencia económica (sobre todo en modelos donde la demanda juega un papel importante).

Para terminar, apuntar que hay muchos aspectos sin concluir en el trabajo de Daron Acemoglu que merecerán un desarrollo en los próximos meses y años, y que son claves para la política pública. La proposición central de Acemoglu es que la tecnología, para que promueva una prosperidad compartida, tiene que estar dirigida. Los críticos, incluido el texto de The Economist, señalan lo ambiguo que resulta eso en la práctica. Tienen razón en este punto, ya que el trazo de Acemoglu y sus coautores apunta en la dirección de intervenir en los destinos del mercado autorregulado a fin de dirigir la tecnología ‘hacia otra parte’. Por la comparación histórica se deduce que el efecto buscado es el fortalecimiento de los sindicatos, de la democracia y del poder frente a las élites (léase, los tecnooligarcas), pero está ausente todavía el ‘cómo’ lograr todo eso.

Por otro lado, Acemoglu insiste en que la sociedad tiene alternativas a la implantación de tecnología en formas que provocan graves daños a la clase trabajadora. Él acepta que los empresarios buscan elevar sus beneficios y aumentar la productividad promedio del trabajo, aunque esa implantación no produzca bienestar social (en su terminología, que no incremente la productividad marginal del trabajo). Un análisis estructural objetará que un empresario asume una determinada tecnología maximizadora de beneficios porque está obligado por la competencia, de modo que no está claro cómo podría ser de otra forma sin recurrir a instrumentos clásicos como la regulación estatal. En el fondo, la gramática habitual de un proceso de “dirección tecnológica” es la que tiene que ver con la planificación, el Estado y la protección social; y probablemente por ahí vendrán las próximas discusiones en el campo.

En definitiva, espero haber mostrado por qué creo, junto con otros economistas, que se explica la crítica de The Economist a un economista ampliamente reputado y brillante. El problema de Acemoglu para el mainstream es que ha utilizado las propias herramientas conceptuales de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento implica poner en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA (y también los costes que lleva asociados, donde la energía de nuevo juega un papel central) y abogar por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes empresas tecnológicas. Para mí, ese camino es muy fructífero y es claro que necesitamos más prosperidad compartida, es decir, más intervenciones y políticas como las de Acemoglu.


viernes, 28 de agosto de 2026

Inflación: Una nueva aceleración

Por Ricardo González Aguila, LJC
28 agosto 2026




Al comenzar 2026, nuestros modelos situaban la inflación esperada en 12,1 % para todo el año. La estimación se basaba en la desaceleración observada en períodos anteriores y en el mantenimiento de las condiciones que la habían hecho posible. En la práctica, esto no significaba que los precios fueran bajos o asequibles para la mayoría de los hogares, sino que aumentarían a un ritmo menor.

Esa trayectoria se interrumpió. Entre diciembre de 2025 y julio de 2026, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) aumentó 15,1%, es decir, en siete meses, la inflación acumulada superó la prevista para todo el año. Desde marzo, además, el IPC se mantiene por encima del rango de variación previsto por el modelo y la brecha respecto a la inflación esperada continúa ampliándose. Esto indica que no estamos ante una fluctuación aislada, sino ante un cambio estadísticamente significativo y económicamente relevante en la dinámica de los precios.

Las cifras oficiales no recogen necesariamente toda la inflación experimentada por los hogares. El IPC conserva ponderaciones basadas en los patrones de consumo de 2010, aunque desde entonces han cambiado considerablemente la composición del gasto y los mercados en los que se realizan las compras. Aunque esta limitación exige cautela al interpretar las magnitudes, la comparabilidad de la serie permite examinar de forma continua la trayectoria de los precios e identificar cambios en su velocidad de crecimiento.

La evidencia disponible apunta, además, a que todavía podríamos no haber llegado a los meses más difíciles. Los factores que ayudaron a contener la inflación en años anteriores se están debilitando, mientras continúan acumulándose presiones fiscales, cambiarias y productivas. Si este deterioro persiste, el último trimestre podría registrar una inflación mayor que la observada en la actualidad.

De la desaceleración al cambio de trayectoria

El actual ciclo inflacionario comenzó en 2020, cuando Cuba registró, por primera vez en años, una inflación de dos dígitos (18,5 %). El Ordenamiento Monetario de 2021 representó, sin embargo, un cambio de escala. La devaluación oficial y el reajuste simultáneo de precios, salarios, pensiones y tarifas provocaron un incremento extraordinario de los precios y los costos empresariales. Posteriormente, la contracción de la producción, la escasez de bienes y divisas, los déficits fiscales, la emisión monetaria y la depreciación del peso en el mercado informal prolongaron el proceso.

Después del salto de 2021, la inflación comenzó a moderarse y descendió año tras año. Como muestra el Gráfico 1, pasó de 39,1 % en 2022 a 14,1 % en 2025. Seguía siendo una tasa elevada —en economías con estabilidad de precios, las metas suelen situarse alrededor de 2 % o 3 % anual—, pero la trayectoria era descendente.

Inflación: Una nueva aceleración 11

La moderación observada no fue resultado de una corrección estructural de los desequilibrios, sino de varios mecanismos de contención:Baja transmisión de la inflación hacia los ingresos. Los salarios estatales y las pensiones no aumentaron al mismo ritmo que los precios. La ausencia de mecanismos automáticos de indexación (ajustes periódicos de los ingresos de las familias en función del aumento de los precios) limitó la formación de una espiral entre precios e ingresos, pero trasladó buena parte del costo del ajuste hacia el poder adquisitivo de la población.

Contracción de la demanda interna. La recesión, la reducción de los ingresos reales y el debilitamiento de la inversión limitaron el consumo. Parte de la desaceleración respondió, por tanto, a la contracción de la demanda y no a una recuperación de la producción o la oferta.

Menores necesidades de financiamiento monetario. El déficit fiscal total del sector público disminuyó de 11,5% del PIB en 2023 a 7,3% en 2024 y 5,4% en 2025. Esta corrección acumulada de 6,1 puntos porcentuales redujo las necesidades de financiamiento del presupuesto y, por tanto, la presión para cubrirlas mediante emisión monetaria. De ese modo, se moderó una de las principales fuentes internas de inflación.

Contención administrativa de algunos precios. El tipo de cambio oficial permaneció fijo y numerosos precios y tarifas estatales continuaron administrados. Estos mecanismos limitaron la transmisión de mayores costos hacia determinados componentes del IPC, aunque su capacidad de contención se redujo a medida que la oferta estatal perdió participación frente a mercados con precios más flexibles.


Gráfico 1. Inflación anual en Cuba, 2021–2025 / Notas: Variación del IPC en diciembre respecto a igual mes del año anterior.

Cuba llegó así a diciembre de 2025 con una inflación en descenso, pero sin una estabilización macroeconómica consolidada ni una reactivación de la actividad económica que garantizara la continuidad de esa tendencia.

La inflación que cabía esperar en 2026

Para establecer un punto de comparación, estimamos cómo habría evolucionado el IPC si hubiera conservado las regularidades observadas hasta finales de 2025. Esta referencia permite evaluar si los precios siguieron la trayectoria esperada o comenzaron a aumentar más rápidamente.

El modelo considera la tendencia del IPC, la influencia de sus valores anteriores y los movimientos que suelen repetirse durante el año. Como muestra el Gráfico 2, reproduce de cerca la trayectoria observada hasta diciembre de 2025.


Gráfico 2. IPC observado, estimado y esperado, 2021–2026 / Notas: La línea gris representa el ajuste del modelo hasta diciembre de 2025; la azul discontinua, la trayectoria esperada para 2026. La línea vertical marca el inicio del pronóstico. El modelo se estima desde febrero de 2021 para evitar que el incremento excepcional asociado al Ordenamiento Monetario sea tratado como parte de la dinámica habitual de la inflación.

Con la información disponible hasta ese momento, el modelo situó la inflación esperada para 2026 en 12,1 %, ligeramente por debajo del 14,1 % registrado el año anterior. Esta previsión constituye la referencia para evaluar el comportamiento de los precios durante 2026.

El cambio de tendencia aparece en los datos

El Gráfico 3 compara la evolución real del IPC en lo que va de 2026 con su trayectoria esperada. En enero, los precios todavía se mantuvieron en línea con la desaceleración anterior. En febrero comenzaron a superar la trayectoria central prevista, aunque permanecieron dentro del rango estadísticamente esperado. Desde marzo, el IPC se situó de manera persistente por encima de ese rango.



Gráfico 3. En 2026, el IPC supera la trayectoria esperada / Notas: La línea negra muestra el IPC observado y la azul discontinua, la trayectoria esperada con información hasta diciembre de 2025. Las líneas grises delimitan el margen de predicción del 95 %.

La persistencia de esta desviación es relevante. Un dato aislado podría responder a un acontecimiento puntual o a la volatilidad habitual de la serie. En este caso, el IPC permaneció fuera del rango previsto durante cinco meses consecutivos y la brecha continuó ampliándose.

En julio, el IPC alcanzó 581,56 puntos. Desde diciembre de 2025, los precios habían aumentado 15,1 %, más del doble del 7,0 % esperado para igual período. La diferencia entre ambas tasas acumuladas fue de 8,1 puntos porcentuales. Además, en solo siete meses, la inflación observada ya superaba el 12,1 % previsto para todo 2026. En términos simples, esto significa que los precios están subiendo bastante más rápido de lo que se esperaba al comenzar el año, una señal de que las presiones inflacionarias se intensificaron durante el primer semestre.

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En conjunto, la persistencia y la magnitud de la desviación constituyen evidencia estadística de un cambio económicamente relevante en la dinámica de los precios.
Qué cambió en 2026

El cambio observado en la inflación no tiene una explicación única. Cuba comenzó 2026 con desequilibrios fiscales, monetarios, cambiarios y productivos que ya ejercían presión sobre los precios. Durante el primer semestre, además, la intensificación de las sanciones estadounidenses añadió restricciones externas sin precedentes recientes. Estas últimas constituyeron el rasgo distintivo del período, actuando sobre una economía profundamente debilitada por factores internos.

Inflación: Una nueva aceleración 13

Las sanciones pueden incidir sobre la inflación mediante cuatro canales principales:Combustibles, producción y costos internos. Las restricciones al suministro de petróleo profundizaron una crisis energética preexistente. La escasez de combustible afecta la generación eléctrica, el transporte, la producción y la distribución, lo que reduce la oferta y eleva los costos.

Pagos, transporte e importaciones. Las dificultades financieras y logísticas obstaculizan los pagos a proveedores, el traslado de mercancías y la reposición de inventarios. También afectan las importaciones privadas, que durante los últimos años ampliaron la oferta de alimentos y otros bienes de consumo.

Ingresos externos y tipo de cambio. La contracción del turismo y de la exportación de los servicios profesionales, junto con el deterioro de la inversión y el financiamiento externos, reduce la disponibilidad de divisas. En un mercado cambiario ya desequilibrado, esta reducción aumenta las presiones sobre el peso y encarece los bienes e insumos importados.

Cuentas fiscales y financiamiento monetario. La contracción de la actividad reduce los ingresos fiscales y amplía las presiones sobre el presupuesto. Después de disminuir hasta 5,4 % del PIB en 2025, el déficit fiscal total podría acercarse a 10 % en 2026. Su efecto sobre los precios dependerá también de las decisiones internas de gasto y de la forma en que se financie.

Estos canales se refuerzan mutuamente, debilitan la capacidad productiva y contraen la oferta agregada. La magnitud del deterioro es considerable: la CEPAL proyecta una caída del PIB cubano de 10,3 % en 2026, la mayor de la región. No se trata, por tanto, de una perturbación sobre un producto particular, sino de presiones simultáneas sobre la producción, los costos y varios de los mecanismos que determinan la inflación.

La coincidencia temporal y la consistencia de estos canales respaldan la hipótesis de que la intensificación de las sanciones contribuyó al cambio de tendencia observado. Sin embargo, sus efectos se combinan con desequilibrios fiscales, monetarios, cambiarios y productivos que ya existían. Nuestros modelos aún no permiten estimar qué proporción del aumento corresponde a cada factor.
Los alimentos refuerzan la señal

La evolución de los alimentos aporta evidencia adicional. Este componente representa cerca del 30 % de la canasta oficial usada en el IPC, una proporción inferior a la que actualmente ocupa en el gasto efectivo de los hogares. Su encarecimiento afecta especialmente a las familias de menores ingresos.

La inflación mensual de los alimentos se había desacelerado notablemente en los datos oficiales: su promedio descendió de alrededor de 4% en 2022 a 1,1% en 2025. Durante los primeros siete meses de 2026 aumentó hasta aproximadamente 2,5% mensual, más del doble del promedio del año anterior. En junio alcanzó 4,3% y en julio permaneció elevada, en torno a 3,5%.

 

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Esto significa que el precio de los alimentos no solo siguió aumentando, sino que comenzó a hacerlo a un ritmo cada vez mayor durante 2026, después de varios años en los que la velocidad de esos aumentos venía disminuyendo.

 
Gráfico 4. La inflación de los alimentos vuelve a acelerarse / Notas: Las barras muestran la variación mensual de los precios de los alimentos. La línea representa el promedio mensual de cada año.

Uno de los canales descritos anteriormente es el traslado de la depreciación del peso hacia los precios. Nuestras estimaciones indican que una depreciación de 10 % del tipo de cambio informal se asocia con un aumento adicional acumulado de aproximadamente 1,4 % en los precios de los alimentos durante los tres meses siguientes.

En junio, el tipo de cambio informal aumentó de 550 a cerca de 648 pesos por dólar como promedio mensual, mientras, en el Segmento III de las tasas oficiales publicadas por el Banco Central de Cuba, el aumentó fue de 502,6 a 554,3 pesos por dólar como promedio mensual. De acuerdo con la relación histórica estimada, un movimiento de esta magnitud se asocia con un incremento adicional acumulado de alrededor de 2,3 % en los precios de los alimentos durante los tres meses siguientes. Esto no significa un aumento de 2,3 % cada mes, sino que al finalizar ese período los alimentos podrían ser 2,3 % más caros de lo que habrían sido sin la depreciación de junio. El dato de julio podría recoger una parte de ese efecto; el resto podría manifestarse durante agosto y septiembre.

El repunte de los alimentos amplifica la dimensión social del proceso inflacionario. Como estos productos absorben una proporción mayor del gasto de los hogares de menores ingresos, su encarecimiento reduce con más intensidad el poder adquisitivo y aumenta el riesgo de inseguridad alimentaria.

Podríamos no haber llegado a los meses más difíciles

Los datos analizados del IPC muestran un patrón estacional: julio, agosto y septiembre suelen registrar aumentos inferiores al promedio mensual del año. Es decir, hay meses del año en los que, de manera recurrente, los precios tienden a subir más lentamente que en otros. En el caso cubano, julio, agosto y septiembre suelen ser meses de menor presión inflacionaria. Sin embargo, hacia el último trimestre, las estimaciones apuntan a una mayor inflación, aunque esa diferencia es menos concluyente estadísticamente (Gráfico 5).

Gráfico 5. La inflación suele moderarse entre julio y septiembre / Notas: Las barras muestran la diferencia estimada respecto al promedio mensual del año. Las líneas verticales muestran el margen de incertidumbre del 95%. Si cruzan el cero, la diferencia respecto al promedio no es concluyente (barras grises).

Cuba atraviesa en estos momentos el período habitualmente menos inflacionario del año. Aun así, en julio el IPC general aumentó 2,6 % y los precios de los alimentos, cerca de 3,5 %. Si las presiones no ceden durante los meses normalmente más moderados, el comportamiento observado hasta ahora podría no representar el momento de mayor intensidad del año.

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La estacionalidad no constituye un pronóstico ni permite afirmar con certeza que la inflación aumentará durante el último trimestre. Sin embargo, el período estacionalmente más favorable coincide con la acumulación de presiones fiscales, cambiarias y productivas.

En el frente fiscal, nuestras estimaciones sitúan el déficit de 2026 alrededor del 10 % del PIB, frente al 5,4 % registrado en 2025. Su efecto sobre los precios dependerá de la ejecución del gasto y, especialmente, de la forma en que se financie. Un aumento del financiamiento monetario podría intensificar las presiones inflacionarias hacia finales del año.

A ello se añade el posible efecto de las reformas económicas anunciadas en junio. Los ajustes de los precios administrados, las tarifas y el tipo de cambio oficial modificarían algunas de las anclas nominales que habían contribuido a contener la inflación y podrían elevar directamente el nivel de precios en el corto plazo.

El incremento salarial aplicado desde julio en el sector presupuestado beneficia a más de 1,2 millones de trabajadores y tiene un costo presupuestario anual estimado en 42 500 millones de pesos. La recuperación de los salarios resulta necesaria después de varios años de pérdida de poder adquisitivo. El riesgo no reside en el aumento en sí mismo, sino en que se produzca sin una recuperación paralela de la oferta, la productividad y los ingresos fiscales. En esas condiciones, parte del incremento podría trasladarse a los precios, especialmente si amplía el déficit y requiere financiamiento monetario.

También persisten riesgos sobre la oferta agrícola. Parte de los productos que llegarán al mercado durante el segundo semestre fue cultivada bajo mayores restricciones de combustible, fertilizantes y otros insumos. El aumento de los costos, las posibles pérdidas de rendimiento y las dificultades de distribución podrían trasladarse a los precios con cierto retraso.

Aunque ninguno de estos factores permite afirmar categóricamente que el último trimestre será más inflacionario, considerados conjuntamente constituyen señales de un posible deterioro adicional durante los próximos meses.
Las señales que seguiremos observando

El comportamiento de los próximos meses no dependerá de un único indicador, sino de la interacción entre las presiones existentes. Una depreciación persistente encarecería las importaciones y los alimentos; el deterioro fiscal reduciría la capacidad del Estado para contener sus efectos; y las reformas de precios, tarifas y salarios podrían añadir un nuevo impulso si no están acompañadas por una recuperación de la oferta y fuentes sostenibles de financiamiento.

El principal riesgo es que estos mecanismos comiencen a reforzarse mutuamente y conviertan la desviación observada durante el primer semestre en una nueva dinámica inflacionaria. Por ello, Señales seguirá, no solo la evolución del IPC, sino también los factores que permitirán distinguir entre un choque transitorio y un proceso más persistente.

La tormenta todavía no puede medirse en toda su magnitud. Pero ya no es solamente una amenaza en el horizonte: sus primeras señales aparecen en los datos.

La nueva reforma económica en Cuba: ¿punto de inflexión o nuevo intento bajo restricciones extremas?

Por Dra Vilma Hidalgo de los Santos 1*https://orcid.org/0000-0001-6006-5330 
Facultad de Economía. Universidad de La Habana. Cuba.

*Autor para la correspondencia: vilmah@rect.uh.cu

RESUMEN

El artículo analiza la nueva agenda de transformaciones económicas anunciada en Cuba en 2026 y examina bajo qué condiciones podría constituir un punto de inflexión institucional que permita superar el patrón histórico de reformas parciales, implementación incompleta y episodios de reversión. Mediante un enfoque cualitativo, histórico-institucional y comparado, se reconstruyen los principales ciclos de reforma desde los años noventa y se reorganizan las 176 medidas oficiales en cinco vectores: mercados y relaciones de propiedad; arquitectura financiera y cambiaria; empresa estatal, Estado y regulación; apertura exterior; y precios, empleo y protección social. El artículo sostiene que el potencial transformador de la agenda no depende de la amplitud de las medidas, sino de su articulación en una secuencia macroeconómicamente viable, institucionalmente gobernable y socialmente sostenible. Se identifican tres condiciones fundamentales: una secuencia que combine urgencia, gradualidad y protección; la reconstrucción de la credibilidad exterior mediante reglas estables, cumplimiento contractual y convertibilidad; y la transformación del papel del Estado desde la administración directa hacia funciones de regulación, supervisión y protección social. Se concluye que las restricciones externas condicionarán el ritmo y los recursos disponibles, pero que la viabilidad de la reforma dependerá, en última instancia, de la capacidad interna para convertir decisiones formales en reglas operativas, en resultados acumulados visibles y en legitimidad social.

INTRODUCCIÓN

Durante más de tres décadas, Cuba ha transitado por sucesivos ciclos de reforma económica orientados a modificar parcialmente los mecanismos de funcionamiento del modelo socialista, sin alterar sus fundamentos esenciales. Desde las transformaciones adoptadas durante la crisis de los años noventa hasta los Lineamientos de la política económica y social, la Conceptualización del Modelo y el Plan de desarrollo económico y social, el proceso se ha caracterizado por avances, retrocesos y frecuentes discontinuidades. Aunque estas reformas introdujeron cambios,no lograron configurar una arquitectura económica coherente y estable. La reiterada brecha entre formulación e implementación ha limitado sus resultados y generado elevados costos en términos de credibilidad institucional.

La nueva agenda económica anunciada en 2026 emerge en un contexto particularmente crítico caracterizado por una prolongada recesión, escasez de divisas, deterioro energético, inflación persistente, pérdida del poder adquisitivo de salarios y pensiones, descapitalización empresarial, ampliación de las desigualdades sociales y una profunda erosión de la confianza en los mecanismos formales de asignación económica. Estas restricciones internas están fuertemente vinculadas a un contexto externo adverso caracterizado por el endurecimiento del bloqueo económico y financiero del gobierno de EE. UU., el acceso limitado al crédito y a los mercados financieros internacionales, y una débil inserción en circuitos estables de inversión y comercio.

Interpretar esta agenda como una respuesta urgente a la crisis y a las presiones externas sería una lectura incompleta. De un lado, el agotamiento de los mecanismos históricos de funcionamiento y el fracaso de las reformas parciales anteriores podrían explicar el mayor alcance y profundidad del programa anunciado: ampliar la pluralidad de actores y formas de propiedad, modificar las relaciones entre Estado y mercado, transformar la empresa estatal, diversificar la arquitectura financiera, movilizar activos, promover una mayor apertura externa y sustituir progresivamente mecanismos de administración directa por reglas, incentivos, regulación y sistemas más focalizados de protección social. De otro lado, la mayor amplitud no garantiza por sí misma una transformación efectiva. El problema central no reside, por tanto, únicamente en identificar qué medidas son nuevas o más audaces, sino en determinar si la agenda actual puede superar el patrón histórico de reformas parciales y convertir sus objetivos en reglas operativas, compromisos creíbles y resultados sostenibles.

Partiendo de este problema, la autora de este artículo se pregunta bajo qué condiciones la nueva agenda económica puede constituir un punto de inflexión institucional, en lugar de reproducir un nuevo ciclo de apertura parcial, lenta implementación de medidas y episodios de reversión.

El argumento central es condicional. La agenda puede representar un intento de rediseño de la arquitectura económica cubana, impulsado simultáneamente por el aprendizaje derivado de reformas anteriores y por la urgencia de una crisis sistémica. Sin embargo, su potencial transformador no depende principalmente del número o la amplitud de las medidas anunciadas, sino de la capacidad para articularlas en una secuencia macroeconómicamente viable, institucionalmente gobernable, creíble y socialmente sostenible (Bergara y Hidalgo, 2016). Desde esta perspectiva, el problema crucial no es solamente qué reformar, sino en qué orden, mediante qué reglas, con qué capacidades estatales y bajo qué mecanismos de protección, coordinación y construcción de credibilidad.

El artículo sostiene que la viabilidad de la reforma descansa en tres condiciones interrelacionadas:

1. Una secuencia capaz de combinar rapidez en las medidas destinadas a desbloquear la producción, reducir la discrecionalidad y generar confianza, con gradualidad y protección en aquellas que imponen altos costos a empresas, hogares y territorios.

2. La reconstrucción de la credibilidad externa mediante reglas estables, cumplimiento contractual, tratamiento ordenado y reconversión de las deudas acumuladas y protección de los nuevos flujos de inversión y financiamiento.

3. La transformación del papel económico del Estado, desde la administración directa y las autorizaciones discrecionales hacia funciones de regulación, supervisión, protección social y del patrimonio nacional.

Estas condiciones suelen analizarse desde una perspectiva de economía política e institucional. El éxito de una reforma no depende exclusivamente de la calidad técnica de su diseño, sino también de la adecuada distribución de costos y beneficios, del balance de intereses, de la capacidad de romper el inmovilismo y las inercias burocráticas, de la eficiencia de los nuevos mecanismos de asignación, de la capacidad para construir consensos favorables al cambio y de la legitimidad social del proceso. En este sentido, la secuencia no constituye un simple y ordenado cronograma de medidas; es, ante todo, una ruta para reducir resistencias, generar resultados iniciales y acumular apoyo para sostener etapas posteriores.

El caso cubano puede dialogar con la literatura comparada sobre economías socialistas, sin una interpretación mecánica. Comparte con China y Vietnam la continuidad del sistema político y la conducción estatal del proceso, pero se diferencia sustantivamente en su trayectoria, claridad inicial de objetivos e inserción internacional. Tampoco corresponde a las transiciones postsocialistas de Europa Central y Oriental y de la antigua Unión Soviética, caracterizadas por transformaciones rápidas de la propiedad y liberalización de precios sin construcción institucional, y frecuentemente acompañadas por anclas externas de financiamiento. Cuba representa, en este sentido, un caso de reforma políticamente conducida, con una trayectoria acumulada de reformas incompletas, desarrollada bajo una restricción externa excepcionalmente grave.

Las contribuciones del artículo apuntan a tres direcciones.

Primero, debatir sobre reforma económica en Cuba al caracterizar e interpretar la agenda de 2026 como un posible rediseño económico e institucional que intenta modificar simultáneamente los mecanismos de asignación, propiedad, apertura y protección. 

Segundo, enfatizar la importancia de la dimensión institucional al mostrar que la secuencia debe considerar la acumulación progresiva de capacidades estatales, credibilidad y legitimidad social para que las medidas anunciadas se materialicen.

Tercero, aportar a la discusión sobre economía política al identificar la diversidad de factores que condicionan la posibilidad de superar la trayectoria de reformas parciales.

La segunda sección del artículo realiza una reconstrucción histórico-institucional de los principales ciclos de reforma económica desarrollados en Cuba desde los años noventa, con énfasis en los factores que explican su parcialidad, inestabilidad y limitada capacidad de implementación y, sobre esa base, examina el patrón que se pretende superar. Además, realiza una breve y selectiva comparación analítica con la experiencia de reforma en economías socialistas y en transición para completar la caracterización y extraer lecciones relevantes para la discusión posterior. La tercera analiza la agenda económica anunciada en 2026, reorganizada en cinco vectores: mercados y relaciones de propiedad; arquitectura financiera y cambiaria; empresa estatal, Estado y regulación; apertura externa; y precios, empleo y protección social; y se discute sobre la dirección del cambio. La cuarta constituye el núcleo analítico del trabajo al discutir sobre tres dilemas de implementación: secuencia macroeconómica y legitimidad; apertura externa, convertibilidad y credibilidad; y transformación del Estado, los mercados y las capacidades institucionales. La quinta examina dos escenarios externos alternativos y discute las condiciones internas de viabilidad comunes a ambos. Finalmente, las conclusiones retoman la pregunta inicial y valoran en qué medida la nueva agenda puede romper el patrón histórico de reformas parciales y crear las bases de una nueva arquitectura económica.

NATURALEZA DE LA REFORMA: ¿AJUSTE ANTICRISIS O REDISEÑO DE ARQUITECTURA ECONÓMICA?

La agenda de 2026 debe interpretarse a la luz de dos factores interrelacionados: la gravedad de la crisis actual y el aprendizaje acumulado tras varias décadas de reformas parciales. La primera explica la urgencia del programa; la segunda, su mayor amplitud y el reconocimiento de que las modificaciones puntuales no bastan para transformar el funcionamiento de la economía.

Esta sección examina el patrón de reformas incompletas a partir de la trayectoria seguida en sus diferentes etapas y establece bases para el análisis comparado, con el propósito de caracterizar la nueva agenda y su potencial configuración diferencial.

A partir del derrumbe del bloque socialista europeo, Cuba ha intentado modificar el funcionamiento de su economía sin abandonar los principios esenciales del proyecto socialista. Este proceso ha reflejado una tensión recurrente entre la necesidad de introducir mecanismos de mercado, diversificar actores, atraer financiamiento externo y elevar la eficiencia productiva, por una parte; y la permanencia de estructuras centralizadas, restricciones institucionales, predominio de la empresa estatal y la preservación de condiciones concebidas como salvaguardas del modelo, por otra.

Las condiciones externas han influido decisivamente en la velocidad, profundidad y orientación de los sucesivos ciclos de reforma. También lo hacen en la actualidad. Sin embargo, como ya se ha mencionado, merece incorporarse al análisis del aprendizaje derivado de las reformas anteriores.

La nueva agenda parece reconocer con mayor claridad la ineficacia de los mecanismos centralizados de administración y control directo, la inflexibilidad institucional bajo la que opera el sector productivo, los efectos de las autorizaciones puntuales y las trabas burocráticas, así como la necesidad de ampliar el espacio de los actores no estatales y del capital extranjero para captar el ahorro necesario que permita impulsar la economía. Desde la economía política de las reformas, este punto es central porque los procesos de transformación más allá de sus diseños avanzan cuando muestran capacidad para modificar equilibrios entre restricciones, intereses y consensos políticos y sociales.

Consecuentemente, el problema esencial es la credibilidad de la reforma y su determinación y capacidad de implementación. Esta cuestión se manifiesta en dos direcciones. La primera concierne a la posibilidad de superar el patrón de sucesivos intentos de reforma y cerrar la brecha entre formulación, aplicación y resultados, de modo que estos últimos generen legitimidad suficiente para sostener y profundizar el proceso. La segunda se refiere a la capacidad de conducir una transformación de mayor alcance sin abandonar los objetivos sociales, evitando que la apertura derive en fragmentación económica, captura de rentas, concentración patrimonial o profundización de las ya reconocidas desigualdades. La reforma vuelve a situarse, por tanto, en un terreno políticamente sensible: ampliar los espacios de mercado y la pluralidad de actores, preservando, al mismo tiempo, las capacidades estatales para conducir, regular y mitigar sus posibles efectos económicos y sociales adversos.

En este análisis conviene distinguir entre condiciones estructurantes y condiciones transversales, cuya complementariedad es necesaria para la sostenibilidad de la reforma. Las primeras se centran en los principales desafíos de implementación: una secuencia macroeconómica e institucional coherente; la reconstrucción de la credibilidad externa; y la transformación del papel del Estado y de sus capacidades para regular, coordinar y proteger. Las segundas atraviesan esos tres ámbitos y condicionan su viabilidad política y social: liderazgo, coherencia estratégica, consensos favorables al cambio, protección de grupos más vulnerables y resultados tempranos capaces de reforzar la legitimidad del proceso.

La articulación de estas condiciones resulta especialmente compleja en el contexto de una crisis interna profunda y agravada por un entorno internacional extremadamente adverso, marcado por las consecuencias económicas y políticas del recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos y las tensiones derivadas, así como por la limitada inserción de Cuba en circuitos comerciales y de inversión estables.

La trayectoria de reformas incompletas

La reforma de los años noventa respondió a una crisis de supervivencia asociada al colapso del bloque socialista europeo y a la pérdida abrupta de mercados, financiamiento y suministros externos. Su orientación principal no consistió en modificar integralmente los fundamentos del modelo, sino en evitar el colapso económico y social mediante un programa pragmático de apertura selectiva.

Las medidas adoptadas permitieron recuperar parcialmente la actividad económica y crear nuevos circuitos de generación de divisas, especialmente a través del turismo y la inversión extranjera. Sin embargo, no lograron articular un programa coherente de transformaciones que abarcara las empresas estatales, el papel económico del Estado, las relaciones de propiedad, las instituciones y las reglas del mercado. La apertura al sector privado fue limitada e inestable; la reforma del Estado y de las empresas públicas tuvo escaso alcance; y se mantuvieron marcos institucionales restrictivos para la gestión económica.

Como resultado, la economía quedó atrapada en una estructura caracterizada por la segmentación de los circuitos económicos, la dualidad monetaria y cambiaria, y las distorsiones de los precios relativos. Las soluciones adoptadas permitieron responder a la emergencia de manera coyuntural, pero postergaron las transformaciones estructurales necesarias y trasladaron al futuro problemas que afectarían durante décadas la transparencia, la asignación de recursos y la eficiencia del sistema económico.

Los años posteriores mostraron una oscilación entre apertura y centralización, poniendo de manifiesto la ausencia de un consenso estable respecto al alcance y la dirección de la reforma. El impulso transformador de los primeros años de la década de 1990 se debilitó ante un contexto internacional más favorable, especialmente por el fortalecimiento de las relaciones económicas con Venezuela y los acuerdos del ALBA. Este nuevo escenario reorientó el patrón de crecimiento hacia la exportación de servicios profesionales y proporcionó fuentes externas de ingresos, pero agudizó el modelo de dependencia externa. El problema fundamental no fue el tipo de inserción internacional sino la insuficiente capacidad para aprovechar las mejores condiciones en función de la diversificación de exportaciones, la transformación del aparato productivo, la menor dependencia energética y de alimentos; lo que habría permitido reducir la vulnerabilidad ante shocks externos.

Hacia el período 2007-2011, el deterioro de la posición externa, los problemas de convertibilidad y la baja eficiencia del sistema productivo condujeron a un nuevo examen crítico del modelo.

Los Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución, y el Plan de Desarrollo reconocieron de manera más explícita estos problemas y articularon un esfuerzo más programático de transformación, que incluía mayor autonomía empresarial, ampliación del sector no estatal, modernización de la administración, inversión extranjera y descentralización territorial. Tampoco fueron plataformas exentas de errores de diseño; en particular, el Plan de Desarrollo incorporó más enfoques sectoriales que modificaciones efectivas en el sistema de incentivos, asignación de recursos, funcionamiento empresarial, financiamiento y la inserción internacional (Torres, 2020).

Sin embargo, la mayor orientación programática de estos documentos no se correspondió con una capacidad equivalente de implementación: numerosas medidas quedaron subordinadas a regulaciones contradictorias, prolongados procesos de aprobación y mecanismos administrativos que limitaron sus efectos. La reforma de la empresa estatal permaneció inconclusa; la autonomía empresarial fue formal; la inversión extranjera no alcanzó los niveles requeridos; el sector no estatal continuó enfrentando restricciones; la descentralización territorial avanzó sin recursos y competencias suficientes; y la reforma monetaria y cambiaria fue reiteradamente pospuesta (Triana e Hidalgo, 2022). En este contexto, continuaron ampliándose las desigualdades sociales.

El principal límite no radicó únicamente en la formulación de las políticas. También estuvo relacionado con la secuencia, la institucionalidad, los incentivos y la capacidad del Estado para convertir una plataforma conceptual en reglas operativas, mecanismos coordinados y resultados económicos. La inconsistencia entre objetivos anunciados e inercias institucionales con instrumentos administrativos heredados del modelo centralizado impidió que avanzaran las transformaciones y debilitó la credibilidad del proceso.

El ordenamiento monetario y cambiario de 2021 mostró con particular claridad los riesgos de una secuencia inadecuada. Su objetivo de corregir distorsiones acumuladas durante décadas era necesario, pero se aplicó sin disponer de condiciones fiscales y monetarias, de un lado, e institucionales y productivas, de otro; y en medio de un contexto externo extraordinariamente desfavorable, caracterizado por la recesión asociada a la pandemia, la fuerte contracción del turismo y una severa escasez de divisas; sin un colchón de liquidez para enfrentarlo.

El sector productivo no pudo responder a la devaluación ante la escasez de insumos, divisas y financiamiento, sumado a la rigidez del marco regulatorio (Vidal y Luis, 2024). Particularmente, los beneficios potenciales para el sector exportador prácticamente se anularon debido a la persistencia de mecanismos centralizados de asignación y retención de divisas. Las pérdidas empresariales se convirtieron en cargas fiscales insostenibles sin una reestructuración posterior equivalente. El resultado fue una rápida expansión del déficit, la inflación, la dolarización y los mercados informales.

Después de este episodio, se han continuado aprobando de manera continuada nuevos paquetes de medidas destinados a corregir desequilibrios y dar continuidad a la reforma. Sin embargo, el deterioro económico no solo persistió, sino que se agudizó a causa de la complejidad del contexto internacional, reduciendo el margen de maniobra y agravando los costos de credibilidad acumulados.

La trayectoria histórica puede caracterizarse, por tanto, no como ausencia de reformas, sino como una sucesión de transformaciones selectivas, débilmente articuladas y acumulativamente incompletas, que al parecer no tuvo la capacidad de anticipar el sentido de urgencia frente al endurecimiento de las condiciones externas.

También es importante focalizarse en las discontinuidades de la reforma desde un punto de vista de economía política. Estas no solo son atribuibles a errores de diseño o inercias burocráticas, sino a otros factores como concepciones ideológicas y resistencia institucional. Las reformas tienden a alterar la autoridad, los recursos y la capacidad de decisión dentro de la economía. La mayor autonomía empresarial o territorial reduce facultades administrativas establecidas en niveles centralizados. Al mismo tiempo, cuando la reforma no ofrece resultados tempranos, es muy vulnerable a estas resistencias para continuar profundizando el proceso.

En síntesis, la trayectoria combina cinco rasgos recurrentes: reformas inducidas por crisis; apertura selectiva bajo marcos regulatorios inestables; insuficiente complementariedad entre medidas; coexistencia de nuevos incentivos con instituciones heredadas y entornos institucionales inflexibles; y débiles consensos y resistencia institucional incapaces de ofrecer estabilidad. La agenda de 2026 debe evaluarse por su capacidad para modificar este patrón, y no solo por la novedad de sus instrumentos.

La agenda de 2026: estabilización, liberalización selectiva y rediseño institucional

Frente a la trayectoria descrita, la agenda de 2026 combina tres lógicas interdependientes. La primera es la estabilización de los desequilibrios fiscales, monetarios, cambiarios y de precios; que intenta recuperar instrumentos básicos de conducción macroeconómica, corregir señales económicas y reducir espacios de informalidad y segmentación de mercados. La segunda, reconociendo que el crecimiento no puede descansar en la administración centralizada, plantea la liberalización selectiva orientada a ampliar los espacios de actuación, inversión, contratación y financiamiento de una mayor pluralidad de actores. La tercera es el rediseño institucional –posiblemente el componente más importante y complejo– destinado a sustituir progresivamente la administración directa y las autorizaciones excepcionales por reglas generales, capacidades regulatorias y mecanismos de responsabilidad.

Ninguna de estas lógicas resulta suficiente por separado. La estabilización sin recuperación de la oferta puede profundizar la recesión y los costos sociales; la liberalización sin instituciones puede ampliar el arbitraje y la captura de rentas; y el rediseño institucional sin recursos, autoridad y capacidad de implementación puede quedar reducido a una nueva formulación normativa. El potencial diferenciador de la agenda reside, por tanto, en la posibilidad de articular las tres dimensiones como componentes de una misma transformación.

El capítulo siguiente examina cómo estas lógicas se expresan en los cinco vectores funcionales en que se ha reorganizado el conjunto de medidas.

La experiencia internacional comparada

La experiencia internacional de las reformas en economías socialistas y en transición, aporta a la caracterización del tipo de reforma planteada en Cuba, así como también ofrece lecciones a tomar en cuenta para su implementación futura.

Las referencias entre los casos de China y Vietnam, por un lado, y los países de Europa del Este, por otro, son útiles no para establecer equivalencias históricas, sino para identificar mecanismos relevantes para el caso cubano. Como es conocido, sus diferencias no dependieron exclusivamente de la velocidad de liberalización, sino de la dirección estratégica del cambio, la capacidad estatal y regulatoria, la secuencia entre estabilización y transformación productiva, la construcción de instituciones de mercado, la disciplina financiera de las empresas, el tratamiento de activos públicos, el rol de la inserción internacional, y protección y legitimidad.

China y Vietnam se distinguen por modelos de gradualidad acumulativa, experimentación, creación progresiva de nuevos sectores e inserción internacional. Las reformas avanzaron mediante procesos políticamente conducidos que combinaron continuidad institucional, descentralización productiva, ampliación de incentivos, expansión de actores no estatales e integración creciente en los mercados internacionales. Su gradualidad no significó ausencia de dirección ni postergación indefinida, todo lo contrario, el gobierno mostró liderazgo y determinación como protagonista del proceso de cambio. Los experimentos exitosos tendieron a generalizarse, los nuevos sectores crecieron junto a las estructuras heredadas sin barreras y la reforma fue acumulando beneficiarios productivos como base para fortalecer el consenso. 

La gradualidad acumulativa asiática permitió modificar progresivamente el funcionamiento de la economía sin exigir el desmontaje inmediato de todas las instituciones anteriores. Obviamente, no estuvo exenta de costos como dualidades, desigualdades territoriales, corrupción y riesgos de captura; lo que fue dando más importancia a la necesidad de regulación, disciplina financiera y construcción institucional. De esta forma, mostró que la experimentación solo puede convertirse en transformación cuando existe una dirección hacia objetivos claros, capacidad de monitoreo y evaluación y mecanismos para avanzar en aquellas dimensiones que producen resultados.

Las transiciones de Europa Central y Oriental y de la antigua Unión Soviética siguieron trayectorias más heterogéneas, aunque su dirección fue diferente del caso asiático al abandonar el modelo socialista. En varios países, la liberalización de precios y comercio, la privatización y la reestructuración empresarial avanzaron rápidamente. Pero, en general, no tuvieron capacidad para establecer instituciones regulatorias, imponer disciplina financiera, proteger derechos de propiedad y evitar la captura de activos. Allí donde la transformación de la propiedad precedió ampliamente a la construcción institucional, aumentaron los riesgos de concentración patrimonial, extracción de rentas, debilitamiento del Estado y pérdida de legitimidad; como fue evidente en la antigua Unión Soviética. En cambio, los países que contaron con mayores capacidades institucionales, reglas más claras y anclas externas de financiamientoe integración regional tuvieron mejores condiciones para consolidar resultados.

Las lecciones de estas experiencias para Cuba son varias:

1. La disyuntiva relevante no es el ritmo gradual o acelerado de la reforma, sino que se logre una transformación acumulada con objetivos claros sin ambigüedades ni inmovilismo. La velocidad hay que diferenciarla según la naturaleza de cada medida. Algunas medidas, como la eliminación de barreras, la apertura de espacios productivos o la creación de garantías para nuevos flujos comerciales y financieros, requieren rapidez y credibilidad. En cambio, la corrección de precios relativos, la reestructuración empresarial, la reforma de subsidios o las transformaciones patrimoniales exigen capacidades institucionales previas, protección social y una secuencia más cuidadosa.

2. Determinadas capacidades regulatorias, jurídicas, financieras y administrativas deben preceder o acompañar la apertura. De lo contrario, la reforma puede sustituir ineficiencias administrativas por concentración, captura patrimonial y nuevas formas de extracción de rentas.

3. La autonomía empresarial requiere tanto incentivos como disciplina financiera. Otorgar autonomía formal a las empresas estatales, sin modificar sus incentivos, mecanismos de gobernanza y restricciones institucionales; es condenarlas al fracaso al margen de su forma de propiedad. Asimismo, imponer disciplina sin crear condiciones y márgenes para la reconversión productiva puede provocar cierres desordenados, pérdida de capacidades y elevados costos sociales.

4. La apertura externa no se reduce a crear canales de captación de divisas. Para Cuba, considerando las condiciones actuales de bloqueo económico y financiero por parte de Estados Unidos, esta apertura tendrá que ser parte de una estrategia política más amplia de inserción internacional.

En síntesis, las reformas no dependen de la velocidad, sino de la coherencia y profundidad con que se transforman los mecanismos de coordinación, los incentivos productivos y el espacio de los actores no estatales y la inserción internacional (Mesa, 2024).

Estas lecciones se retoman en el capítulo 4 para profundizar en los dilemas de implementación.

Entre el potencial de inflexión y la reproducción del ciclo histórico

La agenda de 2026 presenta un alcance mayor que los ciclos precedentes. Una mirada optimista apunta hacia una reforma que logre modificar las reglas y los incentivos bajo los cuales actúan empresas, hogares, territorios, inversionistas y organismos estatales; a que la apertura sea acompañada por instituciones regulatorias y disciplina financiera; a que la inserción externa contribuya a recuperar capacidades productivas; a que los costos de la transformación sean distribuidos de manera socialmente sostenible y protejan a los grupos más vulnerables.

También apunta a la capacidad de lograr el equilibrio entre aprendizaje y urgencia. El aprendizaje proviene de la evidencia de que las reformas parciales y las aprobaciones formales no lograron transformar la arquitectura económica ni generar una trayectoria sostenida de crecimiento; y de que los objetivos no se alcanzan ampliando facultades subordinadas a estructuras administrativas que permanecen intactas. La urgencia deriva de una crisis sistémica que ha reducido los márgenes para continuar postergando decisiones y administrando distorsiones. En estas condiciones, el principal riesgo no es únicamente una implementación lenta, sino un gradualismo inmóvil en el que las medidas transitorias se conviertan en arreglos permanentes y las nuevas facultades continúen subordinadas a mecanismos administrativos heredados.

No se trata, por lo tanto, de un recorrido sin conflictos que dependerá de la consolidación tanto de las condiciones estructurales: secuencia, credibilidad y reconfiguración institucional, como de las condiciones transversales: coherencia estratégica, la existencia de apoyos políticos y sociales favorables al cambio, la protección de los grupos más expuestos.

En ausencia de esas condiciones, la reforma no tendría capacidad de cerrar la brecha histórica entre formulación e implementación y producir resultados acumulativos capaces de sostener el proceso.

En los próximos capítulos se discutirá en detalle sobre las direcciones de cambio que se proponen y los dilemas para enfrentarlos.

LOS PRINCIPALES VECTORES DE CAMBIO: DE VEINTITRÉS EJES OFICIALES A CINCO TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS

La agenda económica anunciada en 2026 comprende 176 medidas agrupadas oficialmente en 23 ejes temáticos (Consejo de Ministros de la República de Cuba, 2026). Para identificar la dirección económica de la agenda, los ejes se reorganizan en cinco vectores funcionales:

1. Mercados y relaciones de propiedad.

2. Arquitectura financiera y cambiaria.

3. Empresa estatal, Estado y regulación.

4. Apertura externa.

5. Precios, empleo y protección social.

El análisis se concentra en la transformación implícita en cada vector y en su relación con las tres lógicas previamente identificadas: estabilización, liberalización selectiva y rediseño institucional. La reorganización se realizó mediante una clasificación funcional de los veintitrés ejes oficiales según el objetivo económico predominante de sus medidas y los instrumentos que movilizan. Dado que varias medidas inciden sobre más de una dimensión, la asignación a cada vector responde a su función principal dentro de la transformación propuesta.

Un componente transversal de los cinco vectores es la importancia atribuida a la información, la digitalización y la trazabilidad. La facturación electrónica, la interoperabilidad de registros, la modernización estadística, las compras públicas digitales, la automatización de licitaciones y la incorporación de nuevas tecnologías a la administración pública aparecen como instrumentos para gestionar una economía con más actores, operaciones descentralizadas y relaciones contractuales de mayor complejidad. Su relevancia no reside únicamente en la modernización tecnológica, sino también en la posibilidad de reducir la opacidad, mejorar la supervisión y generar información para la regulación y la toma de decisiones.

Parte de los objetivos incluidos en la agenda ya había sido formulada en ciclos anteriores de reforma. El elemento potencialmente diferenciador es que estas orientaciones reaparecen acompañadas de instrumentos patrimoniales, financieros, cambiarios, contractuales, fiscales, digitales y regulatorios más específicos.

El primer vector amplía los espacios de mercado y las relaciones de propiedad. Su alcance no se limita a autorizar nuevos actores, sino que extiende sus posibilidades de inversión, asociación, contratación, financiamiento y participación patrimonial. La incorporación de nuevas formas societarias, la participación en acciones, los derechos de usufructo y superficie, los arrendamientos de largo plazo y la utilización económica de activos estatales introducen una separación entre propiedad y gestión que antes no estuvo presente. El cambio potencial consiste en transitar de un sistema basado predominantemente en autorizaciones administrativas y formas restringidas de gestión, hacia otro con mayor pluralidad contractual. Se trata, no obstante, de una liberalización selectiva que, para materializarse, requiere, simultáneamente, reglas más precisas sobre propiedad, contratos, valoración de activos y responsabilidades de los distintos participantes.

El segundo vector se dirige a diversificar la arquitectura bancaria, financiera y cambiaria. Las medidas anunciadas amplían los canales de crédito, ahorro, pagos, garantías, inversión financiera y operaciones en divisas mediante nuevos intermediarios, instituciones no bancarias, microcrédito, plataformas de pago, casas de cambio, mecanismos de subasta y un eventual mercado de valores. En el ámbito cambiario, la orientación apunta a formalizar operaciones que actualmente se desarrollan en circuitos segmentados o informales y a incorporar mecanismos flexibles que capturen las condiciones de mercado. Este vector combina una función potencial de estabilización y formalización de los flujos monetarios y de divisas con la liberalización de la intermediación financiera. También supone un rediseño institucional, dado que la presencia de nuevos operadores e instrumentos exige capacidades de supervisión prudencial, regulación cambiaria, gestión de riesgos y protección de los usuarios.

El tercer vector articula la transformación de la empresa estatal con la redefinición del papel económico del Estado. La agenda propone ampliar la autonomía operativa, modificar los mecanismos de formación de precios y salarios, flexibilizar el uso de utilidades, introducir mayor responsabilidad económica y endurecer la relación de las empresas con el presupuesto. La eliminación de subsidios empresariales automáticos, junto con la reestructuración o liquidación de entidades con pérdidas sostenidas, podría fortalecer la disciplina financiera y reducir los incentivos asociados al rescate permanente de empresas estatales, lo cual ha sido una de las mayores fuentes de ineficiencia cubierta por el Estado.

La transformación empresarial incorpora, además, instrumentos de valoración, titulación y utilización económica de los activos públicos. La posibilidad de valorar activos tangibles e intangibles, emitir certificados de propiedad utilizables como garantía, captar inversión financiera y transformar empresas en sociedades mercantiles conecta la reforma de la empresa estatal con el crédito, la inversión y la reorganización patrimonial. Estas medidas implican una modificación de los mecanismos mediante los cuales el Estado ejerce la propiedad, establece prioridades estratégicas y supervisa el desempeño empresarial.

En este mismo vector se inscriben el redimensionamiento de la administración pública, la transformación de los mecanismos de control, la digitalización de procesos y la ampliación de las competencias territoriales. Consideradas en conjunto, estas medidas sugieren un desplazamiento parcial desde la administración directa hacia funciones de regulación, supervisión, provisión de bienes públicos, producción de información y conducción estratégica. Este es probablemente el ámbito donde la lógica de rediseño institucional aparece con mayor claridad, pues la autonomía empresarial y territorial solo adquiere contenido efectivo cuando se acompaña de reglas de responsabilidad, disciplina presupuestaria y capacidades regulatorias.

El cuarto vector corresponde a la apertura externa. Su propósito potencial es ampliar el acceso a capital, tecnología, mercados, insumos, financiamiento y divisas mediante inversión extranjera, participación de cubanos residentes en el exterior, comercio exterior directo y nuevas formas de asociación. Una de las modificaciones más significativas es la declaración de ruptura del monopolio estatal del comercio exterior, al permitir que empresas estatales, privadas y cooperativas accedan directamente a operaciones de importación y exportación sin autorización previa.

La inversión extranjera también amplía sus espacios de participación mediante la posibilidad de intervenir en empresas privadas y cooperativas, utilizar derechos de superficie y usufructo, realizar determinadas operaciones inmobiliarias, acceder al mercado cambiario y operar bajo procedimientos de aprobación más descentralizados y simplificados. La agenda incorpora, además, instrumentos como la nomenclatura negativa, el silencio administrativo positivo y la apertura a nuevas modalidades y zonas de negocio.

El alcance de este vector no radica únicamente en aumentar las entradas puntuales de capital o divisas. Históricamente, la apertura al capital extranjero ha estado condicionada por estas urgencias, pero, a su vez, restringida por la voluntad de preservar un elevado grado de control estatal sobre la economía (Morris, 2008). En esta ocasión, la dirección del cambio apunta a ir más allá, a través de la configuración de circuitos económicos en los que los actores puedan producir, importar insumos, exportar, cobrar, retener una parte de las divisas, cumplir obligaciones y reinvertir. De este modo, la apertura externa se conecta tanto con la liberalización de operaciones como con el alivio de la restricción externa y la recuperación de capacidades productivas.

El quinto vector reúne las transformaciones de precios, subsidios, empleo y protección social. Este ámbito conecta directamente la estabilización macroeconómica con la distribución de sus costos. La descentralización de precios, la reducción de subsidios generalizados, los cambios tributarios y la búsqueda de una mayor correspondencia entre precios, costos y condiciones de mercado forman parte de la corrección de desequilibrios fiscales y de precios relativos. Al mismo tiempo, estas medidas pueden trasladar una parte importante de los costos a hogares, trabajadores y pensionados.

El tránsito de subsidios generalizados a productos hacia mecanismos focalizados en personas y hogares vulnerables modifica una de las bases históricas de la política social cubana. La creación de un Fondo de Protección Social, los registros digitales de vulnerabilidad, el trabajo social proactivo y la corresponsabilidad de actores estatales, comunitarios y no estatales apuntan hacia un sistema de compensación más diferenciado. Su implicación institucional no es únicamente fiscal: supone sustituir mecanismos universales, aunque crecientemente deteriorados, por una capacidad administrativa más exigente para identificar beneficiarios y garantizar una protección efectiva.

Considerados en conjunto, los cinco vectores revelan, al menos en el plano de su formulación, una agenda potencialmente más articulada que las precedentes y una relación de complementariedad entre estabilización, liberalización selectiva y rediseño institucional. No obstante, esa coherencia formal no resuelve los problemas de implementación. La viabilidad de la transformación dependerá de cómo se gestionen tres tensiones: la secuencia entre medidas y costos distributivos; la relación entre apertura, convertibilidad y credibilidad; y la ampliación de la autonomía junto con la construcción de capacidades estatales. Estas tensiones estructuran el capítulo siguiente.

LOS TRES DILEMAS DE IMPLEMENTACIÓN

El dilema de la secuencia: urgencia, gradualismo y credibilidad

El primer dilema de implementación se refiere a la secuencia. El orden de las medidas no es un asunto meramente técnico, sino una condición de viabilidad económica, institucional y política. Una reforma puede fracasar no solo por deficiencias de diseño, sino porque determinadas medidas se aplican sin que existan las condiciones macroeconómicas, productivas, financieras, regulatorias y sociales necesarias para absorber sus efectos. La experiencia cubana muestra que la falta de complementariedad, la persistencia de mecanismos administrativos incompatibles con los nuevos incentivos y la aplicación de correcciones macroeconómicas sin respaldo productivo e institucional pueden neutralizar los resultados esperados y elevar sus costos.

La secuencia debe analizarse desde una doble perspectiva. La primera es económica e institucional: qué medidas pueden producir resultados tempranos, cuáles requieren capacidades previas y qué condiciones permiten pasar de una fase inicial de desbloqueo a otra de consolidación. Los resultados tempranos no cumplen únicamente una función económica. Si la primera etapa queda dominada por costos, inflación y pérdida de ingresos, sin mejoras visibles en la oferta o el empleo, puede fortalecer las resistencias y debilitar un clima favorable al cambio. La segunda es distributiva y política: quiénes reciben los beneficios y soportan los costos, cómo se protege a los grupos más expuestos y qué resultados pueden reforzar la legitimidad del proceso.

Por ello, se requiere rapidez para eliminar restricciones, ampliar la oferta, reducir la discrecionalidad y generar señales tempranas de credibilidad; y mayor gradualidad, respaldo institucional y mecanismos de compensación en aquellas transformaciones que trasladan costos directos a hogares, empresas y territorios o modifican profundamente los regímenes de precios, subsidios, propiedad y disciplina financiera.

La secuencia puede organizarse analíticamente en dos etapas, diferenciadas no solo por sus medidas, sino por los resultados verificables y las condiciones de tránsito. La primera tendría que generar respuestas productivas inmediatas y establecer condiciones mínimas de estabilización e institucionalidad. Su objetivo no sería alcanzar de forma inmediata una estabilización plena ni culminar la unificación monetaria y cambiaria, sino crear un entorno en el que los mercados, el financiamiento y los nuevos actores puedan operar con menores distorsiones y restricciones.

En las condiciones actuales, una unificación monetaria o cambiaria sin respaldo suficiente en divisas, recuperación de la oferta, disciplina fiscal, confianza institucional y capacidad productiva podría reproducir errores recientes. Más que punto de partida, debería ser resultado de la corrección progresiva de los fundamentos que hagan posible su sostenibilidad. Dentro de esta primera etapa, la formalización del mercado cambiario ocupa una posición central, porque el tipo de cambio informal funciona como referencia de expectativas y formación de precios. La mayor apertura al capital privado y extranjero, combinada con la liberalización de precios, comercio y financiamiento, puede intensificar el pass-through cambiario si no existen canales institucionales para captar y asignar divisas. La formalización requiere mecanismos transparentes y accesibles que desplacen operaciones desde el mercado informal, reduzcan la prima de riesgo y permitan que el tipo de cambio refleje mejor las condiciones de oferta y demanda.

Simultáneamente, debe avanzarse en la bancarización, el funcionamiento del sistema de pagos y la formalización de las actividades económicas. En una economía donde predominan el efectivo, la informalidad y la desconfianza en los bancos, no basta con ampliar canales digitales ni imponer obligaciones administrativas. Es necesario mejorar la disponibilidad y utilización de los depósitos, eliminar restricciones contraproducentes y diversificar los proveedores de servicios de pago, acompañando su actuación con garantías regulatorias frente a las instituciones bancarias. Del mismo modo, la ampliación de la base tributaria debe apoyarse desde el inicio en mejores incentivos, simplificación, facturación y trazabilidad, antes de avanzar hacia instrumentos más complejos.

La primera etapa debe incluir, además, medidas urgentes de desbloqueo institucional y productivo. La disponibilidad de energía, alimentos, insumos, transporte, capital de trabajo y divisas condiciona la respuesta de la oferta. Sin avances en estos ámbitos, la liberalización y la apertura podrían intensificar la inflación y el desorden macroeconómico.

La protección social constituye igualmente una condición inicial y no un componente posterior. La corrección de precios relativos, la eliminación de subsidios empresariales y la focalización de apoyos pueden trasladar costos importantes hacia hogares, trabajadores, pensionadosy territorios con capacidades desiguales. La legitimidad de la secuencia dependerá, por tanto, de generar nuevas oportunidades de empleo y proteger tempranamente a los grupos más expuestos mediante registros sólidos y coordinación territorial.

La segunda etapa correspondería a una fase de consolidación macroeconómica, transformación productiva e inserción financiera más profunda. Una vez creadas condiciones mínimas de credibilidad, formalización cambiaria, recuperación parcial de la oferta, protección social y cumplimiento contractual, la reforma podría avanzar hacia una convergencia cambiaria más estructurada, una eventual unificación monetaria, una reforma fiscal integral, mayor intermediación financiera, inversión extranjera de mayor escala, mercados de capitales y financiamiento externo de largo plazo.

Esta segunda etapa no debe interpretarse como un horizonte lejano ni como una postergación de medidas necesarias. Sus fundamentos deben construirse desde el inicio, aunque su consolidación requiera resultados acumulados: avances verificables en la estabilización, recuperación de la oferta, fortalecimiento de la supervisión financiera, reconstrucción de la credibilidad contractual y reducción de los riesgos asociados a pagos, convertibilidad y repatriación de beneficios.

Las dos etapas no representan compartimentos rígidos ni una secuencia lineal. Algunas capacidades se construyen desde la primera, mientras que determinados instrumentos iniciales deberán ajustarse a medida que cambien las condiciones macroeconómicas. El tránsito dependerá de umbrales verificables y no de fechas, en materia fiscal, cambiaria, productiva, social y financiera, así como de la capacidad política e institucional para sostenerlos.

El dilema consiste, por tanto, en encontrar un equilibrio entre urgencia y capacidad de absorción. Una aplicación simultánea de medidas profundas, sin condiciones mínimas, puede aumentar la inflación, la desigualdad, la informalidad y la fragmentación social. Pero una postergación indefinida de la apertura, la corrección de incentivos y la disciplina económica puede cerrar la oportunidad de movilizar recursos, recuperar la oferta y reconstruir la confianza. Se trata de evitar tanto una reacción desordenada frente a la emergencia como un gradualismo inmóvil.

El Anexo 1 presenta una ruta crítica indicativa para un conjunto de temas especialmente sensibles –reforma fiscal, bancarización, mercado cambiario, empresa estatal, apertura externa, movilización de activos y protección social–, identificando cómo podrían iniciarse y profundizarse, así como las condiciones necesarias para avanzar. No se trata de un cronograma exhaustivo ni de un programa detallado de política económica, sino de una síntesis de los principales mecanismos y umbrales de implementación derivados de esta sección y de los epígrafes siguientes.

Los dos dilemas que se examinan a continuación –apertura externa, convertibilidad y credibilidad, y transformación del Estado, los mercados y las capacidades institucionales–desarrollan los fundamentos de esta secuencia.

Apertura formal, convertibilidad y credibilidad

Apertura y restricción de credibilidad

El segundo dilema de implementación se refiere a la relación entre apertura externa y credibilidad. La autorización formal de nuevos espacios para la inversión extranjera, el comercio exterior, la participación de la diáspora o la actuación de agentes privados no se traduce automáticamente en entrada de recursos. Inversionistas, proveedores y bancos visualizarán oportunidades reales sobre la base de una evaluación del binomio rentabilidad-riesgo y, en particular, de la posibilidad efectiva de invertir, operar, cobrar, reinvertir y repatriar beneficios bajo reglas previsibles.

En el caso cubano, esa evaluación está condicionada por un conjunto de factores acumulados: atrasos de pagos, restricciones de convertibilidad, dificultades para repatriar utilidades, baja autonomía empresarial, sanciones externas, debilidad de las garantías, incertidumbre contractual, inestabilidad regulatoria y escasa previsibilidad de los mecanismos de aprobación. En consecuencia, el principal desafío de la apertura externa no consiste solamente en ampliar formalmente los canales de participación, sino en construir un régimen creíble para invertir, financiar, vender, comprar, cobrar, reinvertir y repatriar.

Este aspecto es decisivo porque la apertura externa constituye una condición de viabilidad del conjunto de la reforma, y la credibilidad debe ser entendida como uno de sus principales activos económicos. Sin divisas, capital y financiamiento externo, resultará difícil sostener la estabilización macroeconómica, aliviar cuellos de botella, modernizar capacidades productivas y mejorar la inserción internacional. Sin embargo, esos recursos difícilmente se movilizarán si la nueva agenda reproduce los problemas de incumplimiento, discrecionalidad y baja previsibilidad que han caracterizado etapas anteriores.

En este marco, será necesario reinterpretar el rol delos actores externos trascendiendo el canal de fuentes de financiamiento o remesas, y aspirando al aporte de inversión, redes comerciales, conocimiento de mercados, proveedores, tecnología, representación externa, canales financieros y capacidades de gestión. Y para que esos recursos se orienten hacia actividades productivas, la apertura formal tendría que traducirse en reglas estables y no discriminatorias, vehículos adecuados de inversión, participación accionaria, derechos claros sobre activos, cuentas operativas en divisas, protección contractual, mecanismos de repatriación o reinversión, procedimientos de solución de controversias y garantías frente a cambios discrecionales.

La participación de la diáspora presenta particularidades propias. No depende únicamente de la exposición a sanciones, ni puede asumirse que responderá automáticamente a invitaciones de inversión o a proyectos atractivos antes restringidos. Su participación estará condicionada por la construcción gradual de un clima de confianza basado en transparencia, reglas claras y cumplimiento de compromisos. Como en el caso de otras reformas, su cercanía cultural y los vínculos naturales con su país pueden constituir un canal para facilitar inversiones de pequeña y mediana escala, alianzas comerciales, servicios profesionales, aprovechamiento formal del talento, plataformas externas de distribución, financiamiento de proveedores y conexiones con mercados internacionales.

Desde una visión de la economía política habrá que distanciarse de patrones históricos caracterizados por restricciones políticas e institucionales internas que condicionaron su alcance, o medidas parciales que no se acompañaron de transformaciones coherentes en el sistema empresarial, financiero y cambiario (Morris, 2008).

Menos discrecionalidad: reglas públicas y supervisión basada en riesgos

La apertura externa necesita regulación, pero no puede descansar en discrecionalidad. Si cada proyecto, importación, exportación, cuenta externa o repatriación depende de autorizaciones excepcionales, la reforma reproducirá los mismos vicios anteriores. La reducción de la discrecionalidad exige sustituir las autorizaciones excepcionales por reglas generales de acceso, listas negativas, plazos máximos, silencio administrativo positivo para operaciones no sensibles y mecanismos de apelación. Los procedimientos deben especificar criterios de elegibilidad, documentación requerida, responsabilidades institucionales y trazabilidad de las decisiones. La supervisión posterior, basada en riesgos y cumplimiento, debe reemplazar progresivamente el control previo de cada operación.

Estas transiciones no suelen ser fáciles, pues sus implicaciones no son meramente administrativas. La reducción de espacios de control burocrático puede enfrentar la resistencia de las instituciones que anteriormente ejercían esas prerrogativas, aun cuando exista consenso general sobre la reforma. Sin embargo, constituye una condición clave para su credibilidad.

Los inversionistas y exportadores pueden aceptar reglas estrictas si son claras, estables y aplicables de manera previsible. Lo que desalienta la inversión no es solo la regulación, sino la incertidumbre sobre cómo se interpreta, quién decide, cuánto demora y qué ocurre si cambia el criterio administrativo. Por ello, una condición sería que la apertura externa se acompañe más que de normas generales sobre lo que formalmente procede, de normas específicas sobre procesos de aprobación, tipos de contratos, expedientes digitales, trazabilidad de decisiones, registros de operadores, auditorías, criterios de elegibilidad y mecanismos de revisión.

La alternativa a la discrecionalidad no es la ausencia de control. Es un control basado en información fiable, trazabilidad, cumplimiento fiscal y financiero, análisis de riesgos y sanciones efectivas. Una economía más abierta requiere una regulación más sofisticada, no una desregulación desordenada ni reglas basadas en autorizaciones informales.

El pasivo reputacional: deuda, impagos y confianza dañada

La atracción de una nueva ola de inversión extranjera depende, en buena medida, de las señales que Cuba ofrezca a quienes ya operan o han operado en el país. La deuda acumulada con empresas extranjeras, proveedores e inversionistas no constituye únicamente un problema contable, sino un pasivo reputacional. Los potenciales inversionistas observan cómo se trata a los anteriormente instalados y a los acreedores previos. Al mismo tiempo, estos últimos pueden tener incentivos para participar en esquemas de reestructuración o reinversión ante la dificultad de recuperar sus activos en un contexto de severa restricción de liquidez. Un tratamiento ordenado de estas obligaciones podría convertirse en una señal temprana de cambio institucional, al mostrar voluntad de reconocer compromisos, asumir costos acumulados y establecer reglas más previsibles. Ignorarlas, en cambio, mantendría intacta una de las principales fuentes de desconfianza.

Dada la escasez de divisas líquidas, la respuesta difícilmente puede descansar exclusivamente en pagos inmediatos. Un programa de reestructuración requeriría partir de un inventario auditado de la deuda comercial y financiera con empresas extranjeras, proveedores e inversionistas, y clasificar las obligaciones según su naturaleza: deudas pagables en plazos definidos, deudas reestructurables y deudas susceptibles de compensación mediante activos, participaciones o flujos futuros. La transparencia de esta clasificación resulta fundamental para evitar que la negociación sea percibida como selectiva, discrecional o desigual.

Sobre esa base, podrían utilizarse diversos instrumentos: reconversión de deuda por activos o participación en proyectos, vinculación de pagos a flujos futuros, concesiones temporales, derechos de explotación, arrendamientos de largo plazo, participación accionaria en sociedades comerciales, cuentas escrow y garantías parciales. Estos mecanismos permitirían transformar parte de los pasivos acumulados en vehículos de reinversión, recuperación productiva y generación de divisas. Pero el principal objetivo sería convertir un problema de credibilidad en una oportunidad para impulsar las transformaciones.

Sin embargo, la viabilidad de estos mecanismos depende crucialmente de salvaguardas capaces de proteger el patrimonio nacional y limitar riesgos de captura, corrupción y conflictos de intereses, así como posiciones privilegiadas de acreedores con mayor acceso a información. La reconversión de deuda no debería apoyarse en negociaciones opacas ni en adjudicaciones discrecionales de activos. Requeriría criterios públicos de elegibilidad, auditoría de los pasivos reconocidos, valoración independiente de activos, reglas transparentes de asignación y prioridad a proyectos con capacidad de generar divisas netas o aliviar restricciones, especialmenteen energía, alimentos, logística, exportaciones y sustitución eficiente de importaciones.

La creación de vehículos específicos –fondos, fideicomisos, sociedades de propósito especial o esquemas de project finance– podría contribuir a separar los flujos del proyecto de la caja fiscal general y ofrecer mayor seguridad al acreedor-inversionista. La lógica no sería una privatización indiscriminada ni un traspaso patrimonial sin control al capital extranjero, sino la conversión ordenada de parte de los pasivos acumulados en instrumentos de reinversión, recuperación productiva y generación futura de divisas bajo reglas verificables y mecanismos de cumplimiento.

Convertibilidad operativa y garantías para los nuevos flujos

Uno de los principales componentes de la credibilidad externa es la posibilidad efectiva de convertir, retener, reinvertir y repatriar los ingresos obtenidos por inversionistas y empresas. El riesgo no deriva únicamente de episodios de iliquidez, sino de la incertidumbre sobre las reglas que determinan el acceso a divisas, la prioridad de pagos y la protección de los flujos generados por cada proyecto. En las primeras etapas de la reforma, la credibilidad no dependería de prometer una convertibilidad plena e inmediata para toda la economía, sino de establecer regímenes diferenciados, verificables y contractualmente protegidos para proyectos capaces de generar divisas netas, sustituir importaciones críticas, resolver cuellos de botella productivos o aportar financiamiento externo.

En estos casos, las condiciones para operar en divisas, pagar proveedores y deuda, distribuir dividendos, reinvertir utilidades y repatriar excedentes tendrían que quedar definidas desde el inicio. Instrumentos como cuentas escrow, fideicomisos, cuentas de reserva para el servicio de deuda, sociedades de propósito especial y esquemas de project finance pueden contribuir a separar los flujos de los proyectos de la caja general del Estado o de la empresa contraparte, establecer reglas de pagos anticipados y vincular el repago a los ingresos generados por la propia inversión.

Estas estructuras pueden complementarse con garantías parciales, seguros de riesgo político y comercial, cláusulas de estabilidad regulatoria, arbitraje, derechos de intervención de los financiadores ante incumplimientos y contratos de compra de largo plazo cuando exista una demanda identificable. Tales mecanismos no eliminan los riesgos macroeconómicos ni externos, pero transforman compromisos declarados en obligaciones verificables. La credibilidad cambiaria depende, por tanto, menos de ofrecer garantías amplias difíciles de cumplir que de establecer reglas realistas y respetarlas de manera consistente.

De las oportunidades declaradas a proyectos bancables y estratégicos

La apertura externa tampoco puede descansar únicamente en carteras generales de oportunidades. Identificar sectores prioritarios o anunciar proyectos no equivale a disponer de operaciones financiables. Un proyecto bancable requiere una definida estructura financiera, fuente de repago, activos y permisos identificados, demanda estimada, reglas cambiarias, distribución de riesgos, cronograma de ejecución, mecanismos de gobernanza y procedimientos de solución de controversias.

Esta transformación resulta especialmente relevante en un contexto de elevada percepción de riesgo. La promoción de inversiones tendría que concentrarse en proyectos técnicamente estructurados y vinculados con las restricciones críticas de la primera y la segunda etapa: energía, alimentos, agroindustria, logística, infraestructura, transporte, servicios exportables, biotecnología, turismo con mayores encadenamientos y sustitución eficiente de importaciones. La contribución de la inversión extranjera no se valora exclusivamente por el monto aprobado, sino por su capacidad de generar divisas netas, reducir importaciones esenciales, desbloquear producción, transferir tecnología y fortalecer encadenamientos internos.

La preparación de estos proyectos exige capacidades técnicas, financieras y jurídicas que no siempre están disponibles en las entidades promotoras. La participación de consultoras, entidades financieras, universidades, cámaras empresariales, organismos de cooperación y otros actores especializados puede mejorar los estudios de factibilidad, los modelos financieros, la asignación de riesgos y las estructuras contractuales. El Estado mantendría una función estratégica en la selección de prioridades, pero la calidad de la estructuración sería determinante para reducir la distancia entre una oportunidad declarada y una inversión ejecutable.

Inserción financiera internacional y respaldo externo de la reforma

La inserción financiera internacional constituye una condición crítica para la viabilidad de una transformación económica de esta magnitud. El ahorro interno, las remesas, la reinversión de empresas instaladas y los nuevos flujos de inversión extranjera directa pueden contribuir a aliviar restricciones inmediatas, pero difícilmente permitirían financiar por sí solos la estabilización macroeconómica, la recuperación de infraestructuras, la modernización energética, la reconversión productiva y los costos sociales asociados a la reforma. La experiencia comparada muestra que, aunque el impulso y la conducción del cambio son esencialmente internos, su consolidación suele apoyarse en una combinación de acceso a mercados, inversión, crédito de largo plazo, cooperación técnica y vinculación con instituciones financieras internacionales.

El caso de Vietnam resulta ilustrativo. Las reformas se iniciaron como una respuesta interna a los desequilibrios de la economía, pero su profundización se vio favorecida por una reinserción internacional gradual. En este sentido, el diálogo técnico contribuyó a generar confianza y construir un marco pragmático de cooperación, dando paso, posteriormente, a un mayor apoyo. Así, la transformación productiva estuvo estrechamente vinculada con una inserción internacional más profunda, la atracción de inversión extranjera y el acceso a mercados, tecnología y financiamiento (Mesa, 2024).

Cuba enfrenta una restricción geopolítica de carácter sistémico. La permanencia del conflicto con Estados Unidos y el alcance extraterritorial de sus sanciones no solo reducen las fuentes potenciales de financiamiento, sino que elevan los costos de intermediación, desalientan a instituciones bancarias de terceros países y limitan el acceso a mecanismos multilaterales de gran escala. Cuba, además, no forma parte actualmente del Banco Mundial ni del Fondo Monetario Internacional, por lo que una eventual aproximación a esas instituciones requeriría un proceso político e institucional de mayor alcance.

Estas restricciones no significan que Cuba carezca por completo de espacios potenciales de reinserción. Su condición de país asociado de los BRICS, su pertenencia al Banco Centroamericano de Integración Económica y sus relaciones bilaterales con gobiernos, agencias de cooperación y bancos nacionales de desarrollo abren posibilidades de diálogo, asistencia técnica, cofinanciamiento e inversión en sectores prioritarios. Para aprovechar mejor estas oportunidades, es fundamental convertir prioridades generales en una cartera de proyectos bancables, con estudios de factibilidad, estructuras financieras transparentes, entidades ejecutoras identificadas, mecanismos de repago, evaluación de riesgos y garantías creíbles. Hay que entender que la insuficiente y lenta preparación de proyectos constituye una barrera adicional. Incluso las instituciones con voluntad política para cooperar necesitan operaciones técnicamente sustentadas y compatibles con sus mandatos, procedimientos y criterios.

A ello se añade que la evaluación externa no se limita a cada proyecto individual; también requiere ofrecer señales positivas sobre la trayectoria de la reforma y sus resultados. Cuando esas señales no aparecen, incluso los socios más cercanos pueden optar por limitar su exposición, aplazar decisiones o concentrarse en operaciones pequeñas y fuertemente garantizadas.

La inserción financiera internacional es una condición necesaria para ampliar la escala y reducir los costos de la reforma, pero no puede sustituir la credibilidad creada por los resultados internos.

Estado y mercados: ampliar autonomía con regulación, capacidades y protección social

El tercer dilema de la reforma concierne a la relación entre Estado, mercados e instituciones. La experiencia de las economías en transición y de las reformas latinoamericanas muestra que los mercados no surgen únicamente al eliminar prohibiciones, liberalizar precios o autorizar nuevos actores.

Desde una perspectiva institucional, esta transformación supone modificar de manera coherente las reglas, los incentivos y las capacidades organizacionales que condicionan el comportamiento de los actores públicos y privados. La sostenibilidad de las reformas depende no solo de las políticas adoptadas, sino también de la calidad del entorno institucional en el que estas se diseñan e implementan (Bergara, 2016).

Por lo tanto, su funcionamiento exige derechos de propiedad definidos, contratos exigibles, información confiable, normas de competencia, regulación sectorial, supervisión financiera, mecanismos de quiebra y solución de controversias, junto con sistemas de protección social capaces de gestionar los costos de la transición.

Para Cuba, por tanto, la cuestión no es optar entre Estado y mercado, sino transformar el papel del Estado para que una economía más plural, descentralizada y orientada por señales de mercado funcione con eficiencia y legitimidad.1 No se trata de reducir al Estado sino de crear una infraestructura institucional de calidad, coherente y capaz de respaldar la reforma (Hidalgo, 2016). En este marco, se plantea que la ampliación de la autonomía empresarial y territorial avance simultáneamente con la construcción de una infraestructura institucional que reduzca la discrecionalidad, diseñe un adecuado sistema de incentivos, proteja el patrimonio público, asegure el cumplimiento de disciplina fiscal, monetaria y financiera, y especialmente, preserve la cohesión social.

En conjunto, este dilema expresa una condición básica del programa: las medidas económicas pueden producir mejores resultados cuando se enmarcan en las nuevas reglas del juego para ejercer las capacidades públicas necesarias. Una condición necesaria sería que la reforma institucional y económica lograra avanzar de manera articulada e iterativa.

Estado regulador: de la discrecionalidad administrativa a instituciones de mercado

Uno de los mayores desafíos del programa es la transición de un Estado administrador directo de operaciones hacia funciones de regulación, supervisión, garantías de reglas, coordinación, producción de información, solución de conflictos y protección social. Este cambio no se logra mediante una simple reducción de estructuras ni con la creación de nuevas entidades que reproduzcan prácticas anteriores. Requiere delimitar con precisión las funciones de ministerios, organismos reguladores y entidades propietarias, separar los roles del Estado como representante del propietario, gestor y regulador, y fortalecer las capacidades técnicas necesarias para formular, ejecutar y evaluar políticas.

La frontera difusa entre propiedad y gestión ha generado garantías implícitas, restricciones presupuestarias blandas y problemas de riesgo moral en las empresas públicas (Hidalgo, 2016). Corregirlos supone establecer reglas sobre autonomía, responsabilidad patrimonial, contratación, competencia, permanencia y liquidación de empresas, así como mecanismos eficaces de rendición de cuentas y resolución de controversias (Kornai, 1992).

El objetivo no es retirar al Estado, sino sustituir el control administrativo directo por una regulación basada en normas públicas, información verificable y sanciones efectivas. La racionalización de la estructura del gobierno puede aliviar la excesiva carga fiscal, pero hay que evitar que estrechos presupuestos y vacíos institucionales restrinjan las capacidades para ejercer los mandatos. Desde una visión institucional, lo relevante es alinear las entidades con las nuevas reglas del juego; por lo tanto, pueden desaparecer o transformarse algunas instituciones y surgir otras (North, 1990).

Otro punto crítico será reemplazar las prácticas burocráticas de autorizaciones caso a caso por reglas generales. Descentralizar decisiones sin modificar esta lógica podría trasladar los «cuellos de botella» y crear nuevas oportunidades de captura. La reforma debería avanzar hacia listas negativas, criterios públicos de aprobación, plazos máximos, silencio administrativo positivo para operaciones no sensibles, expedientes digitales y mecanismos de apelación. Como ya se señaló, al caracterizar los vectores de la agenda, la digitalización, la interoperabilidad de registros, la identificación del beneficiario final, las compras públicas digitales, las licitaciones transparentes, la actualización de las estadísticas y la trazabilidad constituyen parte de la infraestructura institucional necesaria para sustituir autorizaciones discrecionales por supervisión basada en información y riesgos.

Patrimonio público, activos y riesgos de captura

La movilización de activos estatales –mediante venta, arrendamiento, concesión, derecho de superficie, uso en garantía o participación en sociedades mercantiles– puede atraer capital, rehabilitar instalaciones, resolver pasivos y activar capacidades productivas. Sin embargo, también entraña riesgos de subvaloración, corrupción, concentración patrimonial y pérdida de activos estratégicos. Las experiencias de Europa del Este y América Latina muestran que la privatización no es garantía de eficiencia, y que el éxito de estos procesos depende, sobre todo, de la transparencia, la calidad de las políticas y de la regulación y la capacidad de proteger el interés público. El problema no es solo quién posee los activos, sino cómo se transfieren y bajo qué criterios de regulación. Procesos de privatización acelerados, opacos o mal regulados pueden generar ineficiencia, costos sociales y pérdida de patrimonios y de legitimidad.

Por ello, cualquier operación patrimonial sería conveniente sustentarla en valoración independiente, auditoría de activos y pasivos, reglas de beneficiario final y conflicto de interés, procedimientos competitivos, publicación de criterios de adjudicación y contratos con obligaciones de desempeño, mecanismos de reversión y salvaguardas para sectores estratégicos y servicios públicos. La pregunta no es solo si un activo se transfiere, sino con qué propósito, qué riesgos asume el nuevo gestor, qué retorno obtiene el país y cómo se evita que la movilización patrimonial derive en descapitalización sin transformación productiva.

Empresa estatal, corporatización y disciplina financiera

La empresa estatal ocupa un lugar central en esta transformación. Convertir determinadas entidades en sociedades mercantiles puede ampliar su autonomía, responsabilidad patrimonial y capacidad contractual, pero la nueva forma jurídica no garantiza la eficiencia por sí sola. Para que la corporatización tenga contenido económico se requieren contabilidad verificable, valoración de activos, saneamiento de pasivos, auditoría externa, órganos de gobierno funcionales, responsabilidades directivas definidas y evaluación sistemática del desempeño.

La secuencia es especialmente importante en ausencia de mercados de capital, como ocurre en Cuba. En una primera etapa, la prioridad sería crear empresas con autonomía comercial y financiera, gobernables y sujetas a disciplina financiera, capaces de relacionarse con bancos, proveedores, acreedores, inversionistas y socios productivos. Ello también ofrecería oportunidades que no han podido ser aprovechadas en entornos restrictivos. La apertura a emisiones de valores, participaciones accionarias amplias, fondos de inversión u otros instrumentos complejos podría reservarse para una fase posterior, atendiendo a la evolución de las empresas públicas y a que existan mayor profundidad financiera, supervisión prudencial y confianza institucional. Esta secuencia evita tanto paralizar la reforma empresarial por la ausencia de condiciones perfectas como introducir formas patrimoniales que las instituciones aún no pueden respaldar.

Competencia, contratos y solución de controversias

La competencia tampoco surge automáticamente por la entrada de nuevos actores. Sin una política específica, el monopolio administrativo puede ser sustituido por monopolios privados o posiciones dominantes territoriales o corporativas. Una política de competencia que asegure igualdad regulatoria, favorezca la innovación e impida prácticas abusivas reduciría este riesgo y otorgaría mayor legitimidad a la reforma. Ello aconseja una autoridad transversal de competencia, complementada por reguladores sectoriales en actividades como la energía, telecomunicaciones, transporte, servicios financieros, agua, logística y plataformas digitales, con independencia técnica, capacidad investigativa y potestad sancionadora.

La credibilidad del nuevo entorno dependerá también de la posibilidad de hacer cumplir los contratos y resolver conflictos de manera previsible. Los tribunales económicos especializados, arbitraje, mediación y procedimientos administrativos de apelación pueden reducir costos de transacción y mejorar las condiciones para la inversión y el crédito. Cuando estas instituciones son débiles, los mercados tienden a organizarse mediante informalidad, poder de negociación o intervención discrecional, reproduciendo incertidumbre y desconfianza.

Descentralización territorial con capacidades y controles anticaptura

La descentralización puede dinamizar la reforma y fortalecer su legitimidad, porque los municipios conocen mejor sus activos, necesidades y redes productivas, y pueden alinear las estrategias con los intereses concretos de la comunidad. Sin embargo, la transferencia formal de facultades ha tenido efectos limitados cuando no se acompaña de recursos, capacidades técnicas e instrumentos de gestión. La autonomía municipal se entiende como capacidad efectiva de decisión dentro de reglas nacionales coherentes, con financiamiento, información, coordinación multinivel y rendición de cuentas.

Esto requiere delimitar competencias entre municipios, provincias y organismos nacionales; establecer reglas públicas para asignar activos, aprobar proyectos, contratar y utilizar fondos territoriales; desarrollar sistemas de información sobre presupuestos, proyectos y resultados; y reforzar la supervisión de las asambleas municipales, la ciudadanía y los órganos de control. Las auditorías periódicas, la trazabilidad digital y los canales de reclamación son esenciales para evitar que la descentralización sustituya la discrecionalidad central por nuevas formas locales de captura. También será necesario un mecanismo estable de coordinación entre los distintos niveles de gobierno para asegurar coherencia normativa y evaluar el desempeño territorial.

Protección social y legitimidad de la reforma

La corrección de precios relativos, la reducción de subsidios generalizados, la flexibilización salarial y la reestructuración empresarial pueden estimular la oferta, pero también agravar tensiones distributivas, segmentación social y desplazamientos laborales. En un contexto de inflación persistente, escasez y expectativas desancladas, estos costos pueden ser especialmente intensos. La liberalización debe acompañarse de monitoreo de mercados esenciales, información pública, reglas contra prácticas abusivas y protección temporal y focalizada para los hogares vulnerables.

La reforma laboral debe combinar flexibilidad empresarial con garantías mínimas de seguridad social, remuneración transparente, protección frente a decisiones arbitrarias y mecanismos eficaces de reclamación. La movilidad desde empresas inviables hacia nuevos sectores requiere capacitación, intermediación laboral, reconversión profesional y protección temporal de los ingresos. En paralelo, una política salarial más flexible consistiría en vincular remuneraciones con productividad, resultados y capacidad de pago, sin perder de vista la retención de personal en servicios esenciales ni la sostenibilidad fiscal. Los ajustes de salarios mínimos, pensiones y transferencias pueden tomar como referencia la inflación, la productividad y la canasta básica, pero sin convertirse en una indexación automática que alimente una espiral inflacionaria de incrementos de precios y salarios.

La protección social es uno de los pilares institucionales de la reforma. El tránsito de subsidios generalizados hacia subsidios focalizados es necesario, pero solo será socialmente sostenible si se implementa con transparencia y capacidad administrativa. El principal desafío es que la magnitud del ajuste puede generar una ampliación de las desigualdades a una velocidad mayor de lo que el Fondo de Protección Social pueda compensar, dejando desprotegidos no solo a los grupos vulnerables ya identificados, sino a otros nuevos grupos que podrían afectarse con la reforma. Para evitar esta situación, se debe fortalecer el Fondo con recursos mínimos garantizados antes de eliminar subsidios, indexar salarios y pensiones automáticamente, y preservar la gratuidad universal de derechos básicos, como la salud y la educación (Odriozola, 2026)

La focalización exige registros sociales confiables, interoperabilidad de bases de datos, capacidad municipal de identificación, mecanismos ágiles de pago y financiamiento estable. La protección se extiende, además, a nuevas formas de empleo y políticas de capacitación e inserción productiva.

La protección social no puede ser un accesorio de los procesos de reforma económica, sino una condición de viabilidad política e institucional. Sin mecanismos creíbles para distribuir los costos y proteger a los grupos más expuestos, la reforma puede erosionar los consensos necesarios para sostenerse. Por ello, sería aconsejable situar su conducción al más alto nivel de gobierno, bajo la responsabilidad del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, en estrecha coordinación con los municipios y con sistemas de información capaces de anticipar, identificar y atender los impactos sociales de la transición.

Cadena causal desde una mirada institucional: dilemas, mecanismos, resultados intermedios y finales

Los tres dilemas discutidos están estrechamente interrelacionados y operan mediante mecanismos económicos e institucionales específicos. En la Figura 1, siguiendo la literatura, se sintetiza la cadena causal que los vincula con resultados intermedios de recuperación productiva, reducción de la incertidumbre, mejor coordinación y legitimidad social. El esquema no supone relaciones automáticas ni lineales, sino mecanismos condicionados por las capacidades estatales, la voluntad política, la protección social y el contexto internacional.

Figura 1. Diagrama causal simple: los tres dilemas de implementación de la reforma en Cuba.

Fuente: elaboración propia a partir de Bergara e Hidalgo (2016); Morris (2008); Kornai (1992); Rodrik (1996;1999); Roland (2000).

 ANÁLISIS DE ESCENARIOS Y PERSPECTIVAS

La trayectoria de la reforma dependerá de la interacción entre el contexto internacional y la capacidad interna para transformar reglas, organizaciones y mecanismos de coordinación. Ningún escenario que se presente debe entenderse como trayectoria lineal ni como estados finales predeterminados. En una transición institucional profunda, los avances pueden ser acumulativos, pero también discontinuos y parcialmente reversibles ante cambios en las expectativas, la credibilidad de las políticas, la conducta de actores estratégicos o la disponibilidad de divisas. La reforma operará, por tanto, sobre una configuración institucional frágil, caracterizada por la coexistencia temporal de instituciones heredadas, nuevas reglas de mercado y mecanismos formales e informales de adaptación, y sometida, además, a condicionantes externos fuera del control del país.

Las condiciones internacionales pueden ampliar o restringir significativamente los márgenes de maniobra e incidir en el ritmo, los costos y las posibilidades de implementación. No obstante, incluso un entorno favorable solo produciría resultados sostenibles si el país logra ejecutar la nueva agenda con coherencia, capacidad institucional y credibilidad.

Un primer escenario estaría asociado a una flexibilización gradual de las sanciones externas y a una mayor apertura de espacios de reinserción económica internacional. En ese contexto, podrían ampliarse las posibilidades de comercio, remesas, turismo, inversión extranjera, operaciones bancarias, acceso a tecnologías e insumos y financiamiento externo. La economía cubana tendría, además, mayores oportunidades de vinculación no solo con capital privado, sino también con organismos financieros internacionales, bancos de desarrollo y plataformas de financiamiento para sectores estratégicos como infraestructura, energía, alimentos, logística, salud, transformación digital y adaptación climática.

Este escenario ofrecería también mejores condiciones para una estabilización macroeconómica más rápida y ordenada y para el avance de la transformación productiva, al favorecer la disponibilidad de divisas, la reestructuración de deuda y la atracción de inversiones de mayor escala. Sin embargo, la disponibilidad de recursos no resolvería por sí sola las debilidades internas. Su impacto dependería de la existencia de proyectos bancables, reglas claras de repatriación, disciplina fiscal, transparencia contractual, protección de acreedores, mecanismos eficaces de solución de controversias y políticas de protección social capaces de acompañar el proceso. Un entorno externo más favorable ampliaría las oportunidades, pero no sustituiría las instituciones necesarias para aprovecharlas.

Un segundo escenario sería el de persistencia o endurecimiento de las restricciones externas. En ese caso, la reforma avanzaría en condiciones más lentas, inciertas y costosas. La escasez de divisas continuaría siendo la principal restricción, limitando el acceso al crédito, los pagos internacionales, la importación de insumos y la atracción de inversiones. Los flujos potenciales dependerían en mayor medida de actores con menor aversión al riesgo, capitales de menor escala, reinversión de socios ya instalados, remesas productivas, alianzas puntuales y esquemas financieros más complejos.

La estabilización macroeconómica sería igualmente más difícil, y la corrección de precios relativos podría imponer mayores costos sobre el aparato productivo y la población. En estas condiciones, la prioridad debería concentrarse en reformas institucionales capaces de generar confianza, movilizar ahorro interno y externo, preservar capacidades productivas y reducir los costos de transacción. También cobrarían mayor importancia la selección rigurosa de prioridades, la protección de los sectores esenciales y la obtención de resultados tempranos que refuercen la credibilidad del proceso.

Los dos escenarios modificarían de manera sustantiva los recursos disponibles y el ritmo posible de la reforma, pero no alterarían su desafío fundamental. En ambos casos, el resultado dependerá de la capacidad para transformar oportunidades o restricciones externas en incentivos coherentes, reglas cumplibles y decisiones coordinadas.

La reforma constituirá un verdadero punto de inflexión solo si logra sustituir progresivamente la actual fragilidad por una institucionalidad capaz de producir confianza, aprendizaje y resultados acumulativos. Su viabilidad dependerá de construir mecanismos de adaptación que permitan gestionar conflictos, corregir errores y sostener el rumbo en un entorno interno y externo inevitablemente incierto.

CONSIDERACIONES FINALES

La agenda económica de 2026 abre una posibilidad de cambio más profunda que las reformas precedentes, pero no garantiza por sí misma una ruptura con la trayectoria anterior. El verdadero punto de inflexión no estará en la cantidad de medidas anunciadas, sino en la capacidad para sostener una dirección clara, cerrar la brecha entre formulación e implementación y convertir decisiones formales en transformaciones efectivas.

En última instancia, el éxito de la reforma dependerá de la construcción de credibilidad, de la capacidad institucional para conducir el proceso y de la producción de resultados que refuercen su legitimidad social. Las condiciones externas son muy adversas y, sin dudas, representan un punto crítico que puede facilitar o restringir el proceso, pero no sustituirán la responsabilidad interna de hacerlo viable. La reforma será efectiva si logra transformar anuncios que respondan a la urgencia de la crisis en una trayectoria acumulativa de cambio que consolide las bases para el crecimiento sostenible.

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ANEXOS

Anexo 1. Secuencia indicativa de implementación de la reforma asociada a problemas críticos.


Notas aclaratorias:

1 Hay múltiples antecedentes intelectualesque debaten sobre el rol del Estado en un modelo socialista en el marco del proceso de reformas en Cuba. Una excelente referencia se encuentra en Carranza, Gutiérrez y Monreal(1995).

Conflictos de intereses

La autora declara que no existen conflictos de intereses.