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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

sábado, 24 de octubre de 2026

Sobre el actual proceso inflacionario y las regulaciones estatales de precios. Comentario HHC

Por: Joel Ernesto Marill

 

El acelerado alza de varios precios claves para la vida y la reintroducción de regulaciones estatales de precios en determinadas regiones del país, ha vuelto a poner el tema de la inflación y los topes de precio en el centro del debate económico cubano.

Desde el inicio de la crisis económica actual en 2019, la economía cubana ha convivido con episodios de alta inflación en momentos concretos, combinando con periodos de relativa desaceleración en el crecimiento de los precios. Desaceleración que no implica una reducción de precios, sino, una reducción en su ritmo de crecimiento.

En el mes de agosto de 2026, la tasa de inflación mensual registrada -5%- se posicionó  como la mayor de los últimos 48 meses (Gráfico 1). Y aunque este valor específico se encuentra influenciado por factores coyunturales como la escasez de bienes básicos, producto a las disrupciones logísticas de las cadenas de importación –derivada de las sanciones a las navieras-, es necesario reconocer que la aceleración en el crecimiento de los precios ha sido constante y acumulativa durante todo lo que va de 2026.




Inflación en la economía cubana: causas estructurales en el periodo 2020-2026.

Las causas del proceso inflacionario cubano en los últimos años son múltiples,  y pueden atribuirse con mayor o menos incidencia en cada momento a los cuatro determinantes clásicos de la inflación:

Factores de oferta: Cuando cae la producción interna o la importación de bienes, disminuye la cantidad disponible y los precios se ajustan para hacer corresponder la menor oferta existente con la cantidad de dinero circulante. En Cuba este canal es especialmente relevante: la economía depende de importaciones para una parte sustancial de los alimentos y los insumos productivos, de modo que una caída de las importaciones o de la producción agropecuaria e industrial se traduce con rapidez en escasez y en alzas de precios.

Factores de costo: El aumento de los costos de importación -precio internacional, flete, seguros- y, sobre todo, el tipo de cambio al que se accede a la divisa, se traslada de forma muy directa a los precios finales de la economía, debido a la escaza oferta interna disponible para sustituir importaciones y el carácter abierto de nuestra economía.

Factores de demanda: La inflación es impulsada por la demanda cuando la cantidad de liquidez en manos de los hogares y actores económicos no estatales  crece más rápido que la oferta de bienes disponibles. Una mayor cantidad de pesos demanda una cantidad igual o menor de productos.

Factores de expectativas: Los actores económicos fijan precios igualmente en función de la inflación que esperan. Estas expectativas se forman a partir de la experiencia reciente y de los acontecimientos previstos -ajustes cambiarios, déficit, interrupciones de oferta-. Si los actores económicos anticipan alzas futuras de precios, adelantan el ajuste y la inflación se vuelve persistente, incluso cuando el impulso inflacionario inicial se ha agotado.

En el cuadro siguiente muestran el desempeño de alguno de los principales indicadores relacionados a la inflación por cada uno de sus factores explicativos.

AñoInflación (dic/dic)Liquidez en CUP

(dic/dic)

TC informal (dic/dic)Importaciones (MM USD)PIB real
202177,350,3107,38.245,7+1,3
202239,146,9108,07.488,0+1,8
202331,335,849,67.331,0−1,9
202424,918,88,57.233,0−1,1
202514,128,0*58,2n. d.−4,0**
2026 (ene-sep)24,838,0*71,3n. d.−10,3**


Como puede observarse, el proceso inflacionario cubano ha sido impulsado por una acelerada contracción de la oferta importada y la producción real, a la par de una acelerada expansión monetaria, que tuvo un pico inicial en 2021 con la Reforma Monetaria (Tarea Ordenamiento) y que tuvo una tendencia a la moderación hasta el año 2024, donde el crecimiento de los déficit fiscales volvió a impulsar al alza el crecimiento de la cantidad de dinero en la economía.

Proceso inflacionario actual: la aceleración de la inflación desde abril de 2026.

Entre enero y septiembre de 2026 el nivel de precios aumentó 24,8 %, frente a 10,9 % en el mismo período de 2025. La inflación interanual pasó de 12,5 % en enero a 28,4 % en septiembre. En términos generales el crecimiento del nivel de precios más que duplicó el ritmo observado en 2025.


Gráfico 2. Inflación mensual, enero-septiembre de 2026 frente a 2025 (%)

Sin embargo, este periodo se puede subdividir en tres sub-periodos (Gráfico 5):

  • Primer trimestre (enero-marzo). La inflación acumulada fue de 5,5 %, algo menor que el 6,1 % de 2025.
  • Segundo trimestre (abril-junio). La inflación mensual sube a 1,6 %, 1,9 % y 2,8 % y comienzan a ser superior a la del año anterior.
  • Tercer trimestre (julio-septiembre). La inflación mensual llega a su máximo de 4,9 % en agosto y se modera a 3,4 % en septiembre.

Aunque no se cuenta con información oficial disponible para analizar este repunte inflacionario,  es posible atribuir la espiral inflacionaria de 2026 a tres factores fundamentales.

El primero es la contracción de la actividad económica, derivada del recrudecimiento de las sanciones, que la CEPAL estima en torno a 10 % del PIB para 2026 (−10,3 %), lo que reduce aún más una oferta interna ya deprimida. El segundo es la aceleración del ritmo de crecimiento de la cantidad de dinero en la economía, resultado de la conjunción de un mayor déficit fiscal y del aumento de las remuneraciones en el sector público, que eleva los saldos monetarios de los hogares. El tercero son los impactos derivados de la posible reducción de importaciones por la disrupción logística de contenedores hacia Cuba.

Alternativas para frenar la inflación a corto y mediano plazo.

Distinguir entre diferentes causas de la inflación: oferta, costos, demanda y expectativa, ayuda a analizar igualmente cuáles son las mejores alternativas para frenar o reducir los impactos de la inflación sobre los segmentos poblacionales más vulnerables del país.

En un contexto donde la aceleración inflacionaria esté gobernada por factores de demanda -exceso de cantidad de dinero, exceso de gasto público-, medidas de ajuste de demanda como el aumento de las tasas de interés –que contraen la inversión y el consumo, por tanto la demanda agregada- suelen ser eficaces para hacer retornar a las economías a su senda inflacionaria natural.

Sin embargo, en un contexto donde primen factores de costos u oferta en la inflación, los ajustes de demanda –recorte del gasto público, incremento de las tasas de interés- tienen un impacto mucho más limitado para incidir de forma realista sobre los niveles de inflación.

En términos agregados, si la oferta disponible de una economía -producción nacional más importación- se contrae, digamos en un 20%, el impacto de la aplicación de fuertes medidas de ajuste tendrá un efecto limitado para reducir el nivel de precios, y mucho menos incrementar los niveles de consumo real de la población.

No existe aumento de salarios o regulaciones administrativas, que permitan incrementar el consumo real en un contexto donde la oferta agregada se desploma. En este escenario, la inflación estaría expresando en el fondo el contexto productivo real de la economía: un escenario donde la demanda se ajusta a la oferta disponible mediante una inflación que “licua” o reduce el valor real del dinero, hasta llevarlo al nuevo nivel de oferta que existe realmente para respaldarlo.

En el escenario de la economía cubana, donde la inflación pareciera, al menos en esta última etapa de 2026, estar gobernada por factores de oferta y costo, el rango de acción de la política económica es sumamente limitado. En tal sentido conviene distinguir entre medidas paliativas a corto plazo y transformaciones que permitan modificar las condiciones estructurales de la economía –caída de la oferta, aumento de la cantidad de dinero, depreciación cambiaria- que están en el fondo del proceso inflacionario.

Sobre las segundas -las transformaciones de fondo- no me extenderé mucho en este texto, contemplan aquellas que permitan ampliar la oferta, la cantidad de divisas para importaciones o la reducción del déficit presupuestario. Todas estas medidas, aun correctamente ejecutadas, tienen un impacto lento y demoraran meses o años en surtir efecto en la magnitud necesaria para tener impactos perceptibles sobre los niveles de vida y la inflación. A corto plazo puede existir algún nivel de medidas paliativas que resulta necesario analizar.

En primer lugar tenemos las regulaciones administrativas de precios -topes de precios-. Si bien pueden palear el efecto de altos márgenes de ganancia sobre los precios en algunos mercados donde exista una baja competencia, resultan en la práctica insuficientes en un contexto donde la inflación viene gobernada por factores de oferta.

Los topes de precios no garantizan un acceso focalizado a las familias más vulnerables, permiten que familias con holgura económica se beneficien de los “precios topados” y al mismo tiempo si el precio topado se retrasa respecto a las condiciones reales de los costos de reposición en pesos -tipo de cambio, fletes- puede llevar una contracción de las importaciones y niveles productivos agravando la escasez.

Por su parte, la disminución de impuestos generales sobre el consumo, como los que sustentan los denominados “mercados de barrios”, son otro instrumento posible de contención de precios. El argumento en contra de la reducción de impuestos para combatir la inflación es en muchos casos similares a los del tope.

Son un instrumento no focalizado que permite que se beneficie de la reducción de impuestos familias con holgura económica, sin garantizar acceso a las de menos ingresos. A la par en las condiciones concretas de la economía cubana, resulta sumamente complejo verificar que una reducción de impuestos lleve a un precio sustancialmente inferior al de mercado, y la multiplicidad de cadenas de suministro privada hace que dichas reducciones se dispersen por una amplia variedad de surtido de productos y precios finales.

Otra alternativa para contener la inflación a corto plazo podría ser la intervención directa en el mercado cambiario. Como señalamos anteriormente la depreciación del tipo de cambio informal constituye uno de los factores de incremento de costos que más impacta en la inflación minorista del país. Sin embargo, sin reservas de divisas abundantes, cualquier intervención cambiaria que trate de fijar un precio de la divisa artificialmente bajo se encontrará con la persistencia de un mercado informal, que no por su carácter informal deja de ser determinante en mucha de las operaciones económicas del país.

Como puede observarse son reducidos los espacios de política con que se cuenta para incidir eficazmente sobre los precios en el corto plazo. La pregunta que en este contexto se impone es: ¿qué medida podría en la práctica tener un impacto sobre la inflación en el país?

Una respuesta posible podría ser, que más que garantizar luchar contra la inflación general, tratar de minimizar los impactos de la misma sobre sectores concretos de la sociedad.

Una alternativa posible sería implementar medidas que, sin ir en contra de las acciones de descentralización y flexibilización contenidas en las Transformaciones económicas y sociales, sí permitan disminuir de forma considerable los impactos del actual proceso inflacionario sobre los segmentos más vulnerables de la población.

Un esquema de compras mayoristas y distribución regulada por el Estado para familias de bajos ingresos podría funcionar para paliar el impacto de la inflación sobre el incremento de múltiples bienes básicos.

En un esquema de este tipo el Estado compraría al por mayor productos básicos a proveedores privados y los distribuiría, a precio de costo o con subsidio, a los hogares vulnerables. En la práctica este es un mecanismo existente y que se emplea en determinados insumos o productos de forma puntual, pero que se podría extender como un mecanismo temporal de protección en un escenario donde las restricciones de oferta derivada de las sanciones económicas y el bloqueo petrolero amenacen la subsistencia alimentaria de sectores de la población.

El esquema anterior no elimina la inflación de mercado, pero separa la protección de los más vulnerables del precio general: el resto de la economía sigue ajustándose por el mercado, mientras los hogares priorizados acceden a una canasta estable. A diferencia de los topes o de las rebajas generales de impuestos, el apoyo llega a quien lo necesita y no distorsiona los precios del resto de los consumidores. Los incentivos para los importadores o productores locales no se reducen significativamente, pues el Estado pagaría el costo total más un margen de ganancia justo pactado con los suministradores, garantizando así un mercado seguro y rentable para los mismos.

El mayor impacto negativo de este esquema podría ser el impacto fiscal. Si bien el Estado podría vender plenamente al costo de adquisición los productos a las familias, en cuyo caso no existiría un subsidio presupuestario. En la práctica un esquema de este tipo siempre podría demandar un nivel de subsidio para compensar el bajo nivel de ingresos en algunos segmentos que accedieran al esquema.

Apuntes finales.

El esquema antes propuesto no implica como ya dijimos una transformación de fondo, sino una medida paliativa en un contexto donde la inflación más que un fenómeno puramente macroeconómico de origen fiscal, es el resultado de una severa contracción de la actividad productiva y la oferta agregada disponible. En dicho contexto intentar reducir la inflación mediante regulaciones administrativas de precios y reducción de impuestos, tiene un impacto real limitado para palear los impactos de la inflación sobre los segmentos más vulnerables.

Debido a su esencia estructural, es necesario insistir que la inflación en Cuba no es el resultado de un grupo de inescrupulosos que inflan artificialmente los precios o de una especulación sin base material alguna. La inflación actual en Cuba es un fenómeno derivado de una severa contracción de las variables de oferta que hacen en el fondo imposible mantener los niveles de consumo previos e impulsa a los precios a elevarse para restablecer el equilibrio entre la menor disponibilidad de productos y un nivel de demanda –medido por la cantidad de dinero- similar o superior.

Combatir la inflación, y en un sentido similar, alcanzar un escenario de mayor prosperidad material para todas las familias cubanas no será el resultado de medidas administrativas de corto plazo, ni de un impulso de supervisión de unos pocos meses, sino de la capacidad real de implementar las transformaciones económicas aprobadas, y que estas, aun en un contexto internacional tan hostil, sean capaces de revertir el declive de la actividad productiva en el país, y con ello dar sustento material a los salarios, pensiones e ingresos de las familias cubanas.

Nota: Todos los datos empleados en este texto, a menos que se indique lo contrario, son tomados de anuarios y publicaciones sistemáticas elaboradas por la Oficina Nacional de Estadística e Información.

Comentario HHC: Buen artículo, como tiene acostumbrado Joel. Aunque al citarse un grafico 5 ( inexistente), puede tratarse de un texto mas amplio, y que está reducido, pero no lo sabemos.

¿Son suficientes las medidas propuestas?

No, son necesarias pero insuficientes. El propio autor lo reconoce: su propuesta es "paliativa" y no una transformación de fondo. La valoración crítica es la siguiente:
Como medida de corto plazo, el esquema de compras mayoristas focalizado es superior a los topes de precios y a las rebajas generales de impuestos, por su focalización y menor distorsión. En ese sentido, es una mejora relativa dentro del menú disponible.

Pero no ataca las causas. Si la oferta agregada sigue contrayéndose (importaciones, producción interna) y la liquidez sigue expandiéndose (déficit fiscal, aumento salarial), el esquema solo redistribuye el impacto de la inflación, no la reduce. Incluso podría agravar el déficit fiscal y, con ello, la expansión monetaria.

Se requiere medidas adicionales complementarias, entre ellas:
  1. Reforma cambiaria y unificación de tipos de cambio, con transición creíble, para reducir el canal de costos.
  2. Reforma de incentivos a la producción interna (agropecuaria, industria ligera) para sustituir importaciones y ampliar oferta.
  3. Consolidación fiscal creíble, que incluya reducción del déficit y control de la expansión monetaria, sin la cual cualquier subsidio se diluye.
  4. Fortalecimiento institucional para la focalización de beneficiarios (registro de hogares, verificación de ingresos) y transparencia en la distribución.
  5. Política de comunicación y anclaje de expectativas, para romper la inercia inflacionaria.
  6. Apertura selectiva a inversión y divisas (remesas, exportaciones de servicios, inversión extranjera) para relajar la restricción externa.
Conclusión

El artículo es un aporte valioso y honesto al debate: diagnostica con rigor, desmonta soluciones populistas y propone una alternativa focalizada razonable. Su principal debilidad es que, al reconocer el carácter estructural del problema, deja el análisis de las soluciones de fondo incompleto y no resuelve la tensión entre el subsidio propuesto y la expansión monetaria que él mismo identifica como factor inflacionario. Las medidas propuestas son un paliativo útil y superior a las alternativas administrativas, pero no sustituyen —ni el autor pretende que lo hagan— las transformaciones estructurales que la propia dinámica inflacionaria exige.

La carga esencial que salva vidas: 44 nuevos vehículos eléctricos



Distribuir medicamentos, insumos médicos y otras cargas para el funcionamiento del sector de la salud, constituye una prioridad y a la vez un enorme reto en el escenario actual de desabastecimiento de combustibles, derivado del cerco energético que nos han impuesto.

La responsabilidad es muy alta porque sabemos que la vida de seres humanos depende de que las instituciones médicas puedan contar con los insumos disponibles, en medio de las tantas tensiones que ellas enfrentan.

Con el objetivo de continuar avanzando en la atención a estas problemáticas, el Gobierno, a través del Fondo para el Desarrollo del Transporte Público, impulsa diferentes proyectos que aportan soluciones a las necesidades de transportación de pasajeros y cargas, y a la vez contribuyen a la transición energética del país en el sector del transporte, con un mayor uso de las energías de fuentes renovables, que aportan opciones en momentos en que nos enfrentamos a una asfixia energética.


Son fondos limitados, en comparación con las necesidades, pero el propósito es emplearlos de la mejor manera posible y atender las prioridades, como es el apoyo a la salud pública.

En esta ocasión, nos complace informarles, sobre la adquisición, llegada al país y distribución hacia todas las provincias de 44 nuevos vehículos eléctricos de carga, con capacidad de 3.2 toneladas, destinados a dar cobertura a una parte de las necesidades de movilidad de las cargas del sector de la salud. No cubren todas las necesidades, pero continuamos dando pasos en función de mejorar los servicios de transportación, en este caso vinculados a un sector tan sensible para la población.

Las 20 unidades destinadas a La Habana, ciudad donde se concentran importantes centros de salud, serán operadas por la empresa TRANSMED, entidad que hasta el momento se ha mantenido atendiendo una parte, de la gran demanda de transportación de trabajadores de la salud, gracias a un proyecto también implementado este año. Ahora incorpora las transportaciones de cargas. En el resto del país, los equipos serán gestionados por las empresas provinciales de transporte, con igual propósito.

Las compras de estos nuevos vehículos vienen acompañadas del debido respaldo de insumos para el mantenimiento y las reparaciones que sean necesarias. Ello, unido a una adecuada y responsable explotación, nos debe permitir garantizar en buenas condiciones la vida útil de estos medios.

Han sido también contratadas las estaciones de carga con paneles solares fotovoltaicos que darán respaldo energético a estas y otras unidades que hemos adquirido, asunto que estamos acelerando, a pesar de los nuevos obstáculos que enfrentan las empresas involucradas en este propósito, como consecuencia de las ilegítimas sanciones adoptadas este año por el gobierno de los Estados Unidos.
Pese a todo, 44 nuevos vehículos se incorporan en Cuba a transportar las cargas esenciales que salvan vidas.

viernes, 23 de octubre de 2026

Resumen de "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis"


Por Humberto Herrera Carles  

Introducción General

El libro "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis", compilado por Ileana Díaz Fernández y Juan A. Tr
iana Barros, es una obra colectiva que reúne a veinte autores de diversas disciplinas para analizar la compleja y multifacética crisis que atraviesa Cuba. El concepto central que articula la obra es el de
"policrisis", un término que describe una situación en la que múltiples crisis sistémicas (económicas, energéticas, alimentarias, sanitarias, sociales y migratorias) no ocurren de forma aislada o secuencial, sino de manera sincronizada, recursiva y acumulativa. El efecto conjunto de estas crisis interconectadas supera con creces la suma de sus partes, creando un laberinto de causas y efectos que se retroalimentan.

El prólogo, a cargo de Julio A. Carranza Valdés, y la introducción de Silvia Odriozola, establecen el tono y el propósito del libro: ofrecer un diagnóstico riguroso, multidisciplinario y accesible sobre la realidad cubana, situando a la población y su vida cotidiana en el centro del análisis. Se argumenta que la crisis actual es el resultado de la confluencia de shocks externos (como el recrudecimiento del bloqueo estadounidense y la pandemia de COVID-19), brechas estructurales de larga data (ineficiencias del modelo económico, dependencia de importaciones, baja diversificación productiva) y errores de política interna. El libro se estructura en dos bloques: el primero se enfoca en las cuatro crisis nucleares que impactan directamente el bienestar de la población (alimentaria, energética, sanitaria y migratoria), y el segundo examina los mecanismos estructurales (financieros, institucionales, productivos) que explican por qué estas crisis se sostienen y retroalimentan entre sí.

Capítulo 1: El Concepto de Policrisis y su Aplicación al Caso Cubano

Mayra Paula Espina Prieto, en el capítulo "Policrisis a la cubana. Entre la realidad y el concepto", sienta las bases teóricas de la obra. Explora la genealogía del concepto de "crisis" desde la medicina y la tragedia griega hasta su uso en las ciencias sociales por pensadores como Marx, Gramsci y Habermas. Posteriormente, introduce el término "policrisis", surgido del pensamiento de la complejidad (Edgar Morin) y popularizado por el Foro Económico Mundial, para describir la situación global actual.

Espina argumenta que la situación cubana encaja perfectamente en esta categoría. No se trata solo de una crisis económica, sino de una crisis de naturaleza sistémica donde lo económico, lo social, lo sanitario, lo energético y lo político se entrelazan. La autora identifica una "matriz de causalidad recursiva" en la que, por ejemplo, la crisis energética provoca apagones que afectan la producción de alimentos y la conservación de medicamentos, lo que a su vez deteriora la salud de la población y alimenta el descontento social y la migración. La autora critica la narrativa oficial que atribuye la crisis principalmente a factores externos (el bloqueo), señalando que, si bien es un factor determinante, las políticas internas y las fallas estructurales del modelo también han jugado un papel crucial. Concluye que superar la policrisis requiere un cambio de paradigma en el pensamiento y la acción política, con soluciones integrales y multidimensionales que aborden las causas raíz y no solo los síntomas.

Capítulo 2: La Crisis Alimentaria como Expresión Cotidiana de la Policrisis

Anicia García Álvarez analiza en profundidad la crisis alimentaria, presentándola como una de las manifestaciones más tangibles y dolorosas de la policrisis. El capítulo se aleja de las explicaciones simplistas y examina el problema desde la perspectiva de los sistemas alimentarios, que abarcan la producción, transformación, distribución y consumo.

García documenta un deterioro sostenido en la disponibilidad y el acceso a los alimentos. La producción nacional ha caído drásticamente desde 2018, y aunque las importaciones de alimentos han aumentado en términos de valor, los volúmenes físicos no han podido compensar la caída de la producción doméstica debido al aumento de los precios internacionales. El resultado es un consumo aparente de alimentos que se aleja cada vez más de las recomendaciones nutricionales de las autoridades de salud cubanas. Un aspecto central del análisis es el costo de la canasta básica de alimentos (CBA), que se ha multiplicado de forma exponencial en los últimos años, volviéndose inaccesible para amplios sectores de la población que dependen de salarios estatales o pensiones. La autora demuestra cómo el ingreso promedio de un trabajador estatal o de un pensionado es insuficiente para adquirir una canasta básica, lo que genera inseguridad alimentaria y estrategias de supervivencia que incluyen la reducción de la calidad y cantidad de las comidas, el endeudamiento y la dependencia de remesas. La crisis alimentaria, por tanto, no es solo un problema de producción, sino también de acceso económico, y está íntimamente ligada a la crisis de ingresos y a la inflación.

Capítulo 3: El Colapso del Sistema de Salud Pública

Luisa Íñiguez Rojas examina la crisis en el sistema de salud, uno de los pilares históricos del modelo social cubano. El capítulo utiliza el concepto de "capacidad resolutiva", que se refiere a la habilidad del sistema sanitario y de la propia población para responder a los problemas de salud. Íñiguez documenta un deterioro dramático en todos los indicadores clave.

La disponibilidad de recursos humanos se ha contraído severamente debido a la emigración de profesionales y a la migración hacia otros sectores con mejores salarios, lo que ha provocado una reducción de más de la mitad de los médicos de familia en la comunidad. La actividad asistencial ha disminuido: las consultas por habitante han caído, las cirugías se han reducido en más del 40% en comparación con 2019, y las listas de espera quirúrgica se han disparado. La escasez de medicamentos e insumos es crítica, afectando la atención de enfermedades crónicas y agudas. Esto ha llevado a un aumento de los gastos de bolsillo de las familias, que deben recurrir al mercado informal o a la importación personal para obtener medicamentos.

Como consecuencia, los indicadores de salud de la población han retrocedido a niveles de décadas pasadas. La tasa de mortalidad infantil, que se mantenía por debajo de 5 por 1000 nacidos vivos, se elevó a 9,9 en 2025, un nivel no visto desde 1994. La mortalidad materna también se ha incrementado. La crisis sanitaria se configura así en la intersección entre la retracción institucional de los servicios y las restricciones de las familias para acceder a ellos, amplificando sus efectos mutuamente.

Capítulo 4: La Crisis Eléctrica: Un Laberinto de Dependencia y Obsolescencia

Lídice Vaillant Roca y Juan A. Triana Barros analizan la crisis del Sistema Electroenergético Nacional (SEN), un sector que es a la vez causa y consecuencia de la policrisis. El capítulo traza la evolución del SEN desde sus inicios, marcada por una alta dependencia de combustibles fósiles importados y una infraestructura que se ha vuelto obsoleta.

Los autores describen cómo la crisis actual se ha gestado por una combinación de factores: la falta de mantenimiento e inversión en las termoeléctricas durante décadas, la reducción drástica de las importaciones de combustible (agravada por el recrudecimiento del bloqueo estadounidense) y la desarticulación de la generación a partir de biomasa cañera. Esto ha llevado a un estado de colapso parcial, con apagones que superan las 20 horas diarias en muchas provincias.

El capítulo también examina la Estrategia Nacional de Transición Energética, que busca transformar la matriz energética hacia las fuentes renovables, con la energía solar fotovoltaica como principal apuesta. Sin embargo, se señala una paradoja: la instalación de paneles solares ha crecido a un ritmo notable, pero al mismo tiempo, el bloqueo ha estrangulado el acceso a los combustibles fósiles que se necesitan como respaldo para estabilizar la red. La energía solar es intermitente y no puede sostener la demanda nocturna. Los autores concluyen que la crisis eléctrica no se resolverá solo con la instalación de renovables, sino que requiere una combinación de inversiones en mantenimiento de la base térmica, diversificación de fuentes (solar, eólica, biomasa), sistemas de almacenamiento y una gestión más eficiente, todo ello en un contexto de enormes restricciones financieras y geopolíticas.

Capítulo 5: La Crisis Migratoria y la Dinámica Demográfica

Antonio Aja Díaz y María O. Rodríguez Soriano abordan la crisis migratoria, contextualizándola dentro de la dinámica demográfica de Cuba, marcada por un acelerado envejecimiento poblacional y una baja fecundidad. Los autores argumentan que la migración, aunque es una constante histórica en Cuba, se ha convertido en los últimos años en una estrategia de supervivencia y una válvula de escape ante la falta de oportunidades y la incertidumbre generada por la policrisis.

El capítulo presenta cifras contundentes: entre 2021 y 2024, Cuba ha perdido más de 1,4 millones de habitantes, y el saldo migratorio externo ha alcanzado niveles récord. La emigración se caracteriza por ser selectiva, afectando principalmente a la población en edades productivas y reproductivas (20-44 años), lo que acentúa el envejecimiento y la pérdida de capital humano. Estados Unidos sigue siendo el principal destino, pero las rutas y los flujos se han diversificado. Los autores señalan que la migración no es solo una consecuencia de la crisis, sino que también la retroalimenta: la pérdida de población reduce la capacidad productiva del país, desestructura familias y redes de cuidado, y desincentiva la inversión. La crisis migratoria, por tanto, es un síntoma y a la vez un multiplicador de las demás crisis que conforman la policrisis cubana.

Capítulos 6-13: Los Mecanismos Estructurales de la Policrisis

La segunda parte del libro examina los engranajes que hacen que la policrisis se perpetúe. El sistema financiero, como lo analizan Carlos Lage Codorníu y Karina Cruz Simón (Capítulo 6), actúa como un amplificador de la crisis. Un sistema bancario débil, sin un mandato claro para su banco central, con escasa intermediación financiera y desconectado de los mercados internacionales, limita la capacidad de movilizar recursos, asignar capital y transmitir la política económica. Esta fragilidad financiera restringe el financiamiento a los sectores productivos, agravando las crisis alimentaria, energética y sanitaria.

El turismo, examinado por Miguel Alejandro Figueras y Niurka Cruz (Capítulo 7), sector estratégico para la obtención de divisas, se encuentra en una situación crítica. A pesar de su potencial, factores como la caída de la conectividad aérea internacional, la crisis energética que afecta los servicios básicos y una gestión centralizada y poco flexible han llevado al sector a un declive profundo, limitando su capacidad para generar los ingresos externos que el país necesita con urgencia.

María del Carmen Zabala y Silvia Odriozola (Capítulo 8) ponen el foco en las personas, analizando las dimensiones sociales de la crisis. Examinan cómo la crisis energética, alimentaria y sanitaria impacta de manera diferenciada a los grupos poblacionales, profundizando desigualdades preexistentes y creando nuevas. Se evidencia un incremento de la pobreza y la vulnerabilidad, así como el desarrollo de estrategias de afrontamiento individuales y familiares (como la migración, el trabajo informal o la dependencia de remesas) que, si bien mitigan el impacto, también refuerzan las brechas sociales.

El libro cierra con un análisis de los factores institucionales y productivos. Juan Publio Triana Cordoví y Jorge Alejandro González Quintana (Capítulo 9) aplican la economía institucional para argumentar que la baja capacidad institucional y la falta de coherencia en las reformas han sido un obstáculo fundamental para superar la crisis. Carlos Enrique González García y Joel Ernesto Marrill Domenech (Capítulo 10) realizan un balance crítico de la reforma monetaria y cambiaria de 2021, concluyendo que sus objetivos no se cumplieron y que, por el contrario, profundizó los desequilibrios macroeconómicos. Ricardo González Águila (Capítulo 11) analiza la crisis exportadora, argumentando que no se debe solo a la falta de producción, sino a un sistema de precios y un tipo de cambio que desincentivan la exportación. Humberto Blanco Rosales (Capítulo 12) examina el tejido empresarial, señalando que tanto la empresa estatal como las nuevas formas de gestión (mipymes, cooperativas) operan en un entorno que limita su competitividad y contribuye a la policrisis. Finalmente, Ileana Díaz Fernández (Capítulo 13) analiza el papel de la ciencia, la tecnología y la innovación, concluyendo que, a pesar del potencial científico del país, el sistema está centralizado y orientado a la alta tecnología (biotecnología), desatendiendo las necesidades de innovación incremental en sectores clave como la agricultura y la energía, que son fundamentales para resolver los problemas más acuciantes de la población.

Conclusión General

En su conjunto, "Miradas a la Economía Cubana: El laberinto de la policrisis" ofrece un diagnóstico devastador pero profundamente lúcido de la realidad cubana. Los autores, desde diversas perspectivas, coinciden en que la crisis actual es de naturaleza sistémica y que las soluciones parciales o sectoriales están condenadas al fracaso. El laberinto de la policrisis requiere un enfoque integral que aborde simultáneamente la estabilización macroeconómica, la transformación productiva, la reforma institucional y la reconstrucción del pacto social. El libro es una herramienta indispensable para comprender la profundidad y complejidad de los desafíos que enfrenta Cuba en su camino hacia un futuro sostenible y próspero.

Los invito a descargarlo  en la web del CEEC  https:/ceec.uh.cu, o si gustan me escriben al correo  hhcarles@gmail.com y se los envio.  

Un análisis del sector agrícola no azucarero de Cuba (1959-1990)


La disolución de la Unión Soviética en 1991 y el inicio del "Período Especial" 1 en Cuba provocaron la interrupción del suministro de insumos importados esenciales y el colapso de la producción agrícola.

En Cuba, el período comprendido entre 1959 y 1990 estuvo marcado por una profunda transformación del sector agrícola, impulsada por los principios del nuevo estado socialista con un fuerte apoyo de la Unión Soviética y el Consejo de Asistencia Económica Mutua (CMEA).

El objetivo de los planes agrícolas era lograr la soberanía alimentaria, aumentar la producción para el consumo interno y, en algunos casos, exportar ciertos productos con una fuerte demanda, en particular los cítricos.

Fondo

Tras 1959, el gobierno cubano heredó un sector agrícola dominado por la caña de azúcar y un sector de producción de alimentos de propiedad privada que operaba con tecnología limitada.

Entre las primeras medidas adoptadas por el gobierno revolucionario se encontraba la nacionalización de la tierra, seguida de la creación de grandes empresas agrícolas estatales y cooperativas, en el marco de la implementación del modelo de planificación centralizada socialista. Simultáneamente, el gobierno impulsó la mecanización, la electrificación rural y el uso de tecnologías agrícolas avanzadas.

Sin embargo, el punto clave es que el pienso y la nueva maquinaria utilizada en el desarrollo de las poblaciones de ganado vacuno, porcino y avícola, así como en la producción de huevos, se importaron de países que entonces eran socialistas pero que ahora funcionan como economías de mercado.

Aunque los planificadores se esforzaron por utilizar subproductos de producción nacional, la realidad es que el sector agrícola, en particular la producción ganadera intensiva, no podría funcionar sin insumos importados, especialmente piensos para animales (piensos concentrados).

Agricultura no azucarera (cultivos de raíces, hortalizas, cereales y frutas )

Lo cierto es que el gobierno hizo un esfuerzo enorme por diversificar la producción agrícola más allá de la caña de azúcar. Sin embargo, este esfuerzo fue financiado en gran medida por países socialistas, que proporcionaron a Cuba recursos prácticamente ilimitados para la producción agrícola.  

En el caso de los tubérculos y otros cultivos básicos, como la papa, la yuca, el taro, el boniato y el plátano, el gobierno invirtió intensamente en su cultivo para satisfacer la demanda interna. La producción de papa, por ejemplo, aumentó drásticamente como resultado de la mecanización, el uso de fertilizantes y un conjunto de herramientas tecnológicas que el gobierno puso a disposición exclusivamente de las empresas estatales.

En el caso de hortalizas como tomates, cebollas, pimientos, pepinos y judías, el gobierno amplió la producción, principalmente aumentando la superficie cultivada, en lugar de incrementar la productividad por hectárea, al tiempo que importaba semillas de alta calidad para muchos cultivos. 

La fruta, en particular los cítricos (naranjas y pomelos), recibió una enorme inversión del gobierno, convirtiéndose en la segunda categoría de exportación más importante después del azúcar, y se destinó principalmente a los mercados de la Unión Soviética y Europa del Este, mientras que los mangos, las guayabas y los aguacates se cultivaron para el consumo interno.

En el caso de los cereales, el Estado intentó aumentar la producción de arroz y maíz, aunque nunca se logró la autosuficiencia total y el país siguió dependiendo de las importaciones, sobre todo de arroz. Las semillas de alta calidad para muchos cultivos también dependían de las importaciones. 

Solo algunos de los insumos necesarios para estos cultivos estaban disponibles a nivel nacional. Dos recursos locales importantes eran la tierra y el agua; el bagazo de caña de azúcar (un subproducto de la producción de azúcar) se utilizaba como fuente de energía y, en menor medida, para mejorar los suelos.

No obstante, también se requerían insumos importados para la producción de caña de azúcar. La mayor parte de la maquinaria agrícola (tractores y cosechadoras), así como los fertilizantes nitrogenados, fosfóricos y potásicos y los pesticidas, provenían principalmente de la Unión Soviética y otros países del CMEA. 

El siguiente gráfico muestra el número de tractores importados anualmente de la Unión Soviética y el consiguiente crecimiento anual del número de tractores en la flota nacional de Cuba.

Gráfico que muestra la evolución del parque de tractores en Cuba entre 1960 y 1990. El número aumenta de 9.000 tractores en 1960 a 70.000 en 1990. El crecimiento más pronunciado se produce entre 1965 y 1980. La cifra alcanza los 69.000 en 1985 y los 70.000 en 1990. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Ganadería

En la ganadería, el gobierno cubano se centró en ampliar el tamaño del hato nacional. Dio prioridad al aumento del número de cabezas de ganado, al tiempo que desarrollaba hatos de doble propósito (carne y leche) y razas capaces de adaptarse a las condiciones tropicales.

El mejoramiento genético fue un componente central de esta estrategia. El gobierno implementó ambiciosos programas de cría, recurriendo extensamente a la inseminación artificial y a ejemplares reproductores de razas lecheras, como la Holstein y la Pardo Suizo, y de razas de carne, como la Cebú, la Santa Gertrudis y la Charolais. Gran parte de este ganado reproductor fue importado o resultó de cruces iniciales con material genético extranjero. El desarrollo de la raza cubana Siboney —un cruce entre Holstein y Cebú— representó un logro significativo durante este período.

El gobierno también invirtió fuertemente en la infraestructura necesaria relacionada, construyendo grandes explotaciones lecheras tecnológicamente avanzadas e instalaciones para el engorde de ganado.

Desarrollo de piensos y ganado

La alimentación del ganado dependía de una combinación de forraje nacional e importado. La principal fuente nacional de alimento era el pastoreo de ganado en pastos naturales y cultivados, incluyendo el pasto pangola. El forraje y el ensilaje también desempeñaban un papel importante como complemento de la dieta del ganado basada en pastos. La melaza de caña de azúcar, un subproducto de la industria azucarera, disponible en abundancia, se utilizaba ampliamente como suplemento energético en la alimentación de ganado vacuno, porcino y avícola, a menudo en combinación con urea para aumentar su contenido proteico .

A pesar del uso de recursos nacionales, la producción ganadera seguía dependiendo en gran medida de las importaciones. Para lograr un crecimiento rápido y altos niveles de productividad, especialmente en el engorde intensivo de ganado vacuno y la producción lechera, el gobierno tuvo que importar piensos concentrados y suplementos proteicos, como harina de soja, harina de pescado y cereales como el maíz y la cebada.

Estos insumos importados fueron particularmente importantes para mantener la productividad de las razas de alto rendimiento y alcanzar los niveles de producción previstos. El apoyo gubernamental a estos esfuerzos incluyó medicamentos veterinarios y otros insumos para la salud animal, que en su mayoría también se obtuvieron en el extranjero.

Avicultura

La producción avícola también se benefició de una inversión sustancial, que comenzó en los primeros años posteriores a 1959. Se construyeron numerosas granjas avícolas industriales a gran escala, que incorporaban instalaciones altamente mecanizadas y automatizadas.

Al igual que en otros sectores de la ganadería, la estrategia de desarrollo hizo hincapié en la producción intensiva. Por lo tanto, priorizó las razas de pollos de engorde de rápido crecimiento y los sistemas de alimentación industrial controlados.

Nuevamente, este modelo dependía en gran medida de las importaciones. Tanto los pollos de engorde como las gallinas ponedoras se criaban mediante sistemas industriales que requerían piensos concentrados y equilibrados. Cuba producía solo una pequeña proporción de los ingredientes principales necesarios para la fabricación de estos piensos. En consecuencia, era necesario obtener en el extranjero cantidades sustanciales de granos para la alimentación animal, como maíz, sorgo y cebada.

Las fuentes de proteínas, en particular la harina de soja y la harina de pescado, también debían importarse. Los micronutrientes necesarios para la producción avícola industrial —incluidas vitaminas, minerales y aminoácidos— también se obtenían del extranjero.

La dependencia de las importaciones se extendió más allá del alimento para animales. Las razas de pollos de engorde y gallinas ponedoras de alto rendimiento también se importaban, ya fuera como pollitos de un día o como huevos fértiles.

La infraestructura necesaria para mantener este modelo de producción intensiva —que incluye gallineros, sistemas de agua potable, comederos, incubadoras y equipos relacionados— también dependía en gran medida de recursos importados.

La producción de huevos siguió esencialmente el mismo modelo de producción que la producción de carne de ave, incluyendo su dependencia de piensos, material genético, tecnología y equipos importados.

Gráfico que muestra la evolución de la producción de huevos en Cuba entre 1960 y 1990.

En todo el país se construyeron grandes granjas avícolas dedicadas a la producción de huevos, que albergaban millones de gallinas ponedoras en sistemas de jaulas, a menudo automatizados. Como resultado, los huevos se convirtieron en un alimento básico asequible en la dieta cubana y se distribuyeron ampliamente a través del sistema de racionamiento de alimentos.

Sin embargo, al igual que en la producción de pollos de engorde, la producción intensiva de huevos dependía por completo de piensos concentrados y equilibrados para mantener altas tasas de puesta y una calidad constante. Estos piensos contenían esencialmente los mismos ingredientes que se utilizaban en la producción de pollos de engorde: cereales, harina de soja, harina de pescado, vitaminas y minerales, ninguno de los cuales Cuba podía producir en cantidades suficientes para satisfacer las necesidades de la industria avícola que había desarrollado. 

La producción aumentó año tras año.

Gráfico que muestra la tendencia de la producción de carne de ave en Cuba entre 1960 y 1990. La producción aumentó de 10 000 toneladas en 1960 a 132 000 toneladas en 1990. El crecimiento más significativo se produjo entre 1965 y 1975, pasando de 25 000 a 105 000 toneladas. Entre 1980 y 1990, el crecimiento continuó de forma constante, alcanzando las 115 000 y las 132 000 toneladas. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Cerdo

En Cuba, al cerdo se le ha considerado a menudo el "mamífero nacional". Durante muchos años, la carne de cerdo desempeñó un papel importante en el equilibrio entre el consumo de proteína animal y vegetal, proveniente de las legumbres y los cultivos básicos de la dieta cubana. Sin embargo, hoy en día la producción porcina ha caído a niveles extremadamente bajos.

En los últimos años se han elaborado planes de desarrollo para aumentar la producción de carne de cerdo, con la esperanza de lograr resultados tangibles que conviertan nuevamente a la carne de cerdo en una importante fuente de proteína animal para la población cubana.

Gráfico que muestra la tendencia de la producción de carne de cerdo en Cuba entre 1960 y 1990. La producción aumentó de 25 000 toneladas en 1960 a 115 000 toneladas en 1990. El mayor incremento se produjo entre 1970 y 1975, pasando de 40 000 a 72 000 toneladas. El gráfico identifica 1985 como el año de mayor producción, con 111 000 toneladas. Fuente: FAOSTAT (FAO).

Se establecieron grandes explotaciones porcinas intensivas y complejos industriales de producción porcina, empleando métodos de cría y engorde altamente intensivos, al igual que en otros tipos de ganado. Asimismo, se realizaron esfuerzos para mejorar la genética mediante la importación de razas de alta productividad, como Yorkshire, Landrace y Duroc. Se introdujeron programas de cruzamiento para aumentar el rendimiento de la producción.

Aunque los cerdos tienen dietas relativamente flexibles y pueden consumir subproductos agrícolas y alimentarios, incluidos desperdicios de alimentos y tubérculos, la producción industrial de carne de cerdo que desarrolló el gobierno no utilizó ese alimento fácilmente disponible. En cambio, dependió en gran medida de un pienso balanceado elaborado a partir de cereales, como el maíz y la cebada, y fuentes de proteínas, como la harina de soja y la harina de pescado, la mayoría de los cuales eran ingredientes que debían obtenerse en el extranjero.

Gráfico que muestra la evolución de las importaciones de piensos en Cuba entre 1960 y 1990. Las importaciones aumentaron de 120 000 toneladas en 1960 a 1 080 000 toneladas en 1990. El crecimiento más notable se produjo entre 1970 y 1975, pasando de 430 000 a 700 000 toneladas. El gráfico muestra un crecimiento continuo y sostenido durante todo el periodo analizado. Fuente: FAOSTAT (FAO).

De hecho, se utilizaban melaza y diversos subproductos de la industria azucarera, junto con, en menor medida, tubérculos cultivados localmente y otros alimentos básicos para complementar estas dietas. Sin embargo, estos recursos locales no podían sustituir los piensos concentrados necesarios para un rápido aumento de peso y la producción eficiente de razas mejoradas.

Conclusión

Entre 1959 y 1990, Cuba logró incrementos significativos en la producción de productos agrícolas no azucareros y fuentes de proteína animal —incluyendo carne de res, aves de corral, cerdo y huevos— aprovechando subproductos nacionales como la melaza de caña de azúcar. Sin embargo, el ambicioso programa de desarrollo y mantenimiento de la producción ganadera intensiva, así como los altos niveles de productividad agrícola, dependieron fundamentalmente de importaciones a gran escala de los siguientes productos:

  • Cereales (maíz, sorgo y cebada).
  • Fuentes de proteínas (harina de soja y harina de pescado).
  • Fertilizantes y pesticidas.
  • Maquinaria y tecnología agrícola.
  • Recursos genéticos animales (razas de alto rendimiento) y medicamentos veterinarios sofisticados.

Esta dependencia se volvió crítica tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 y el inicio del «Período Especial», cuando la interrupción de las importaciones provocó un colapso en la producción agrícola. La producción ganadera intensiva se vio particularmente afectada, ya que se basaba en un modelo que no podía sostenerse sin el apoyo externo de los países que comenzaron a operar con economías de mercado.

Debido a que Cuba no había desarrollado una base de producción nacional adecuada para ciertos productos e insumos agrícolas esenciales para alimentar a la población, y debido a que posteriormente carecía de los recursos financieros necesarios en divisas fuertes para hacerlo, hasta la fecha, ni el gobierno ni los productores privados han podido restablecer esos niveles de producción.

Tabla comparativa de la producción agrícola y ganadera de Cuba entre 1975-1985 y 2024. La producción ganadera y el uso de maquinaria disminuyeron drásticamente para 2024 (la carne de ave representó el 2,0 % y la de cerdo el 8,3 % de los niveles de 1985), mientras que la producción de tubérculos y hortalizas creció más del 100 % desde 1975. El gráfico refleja un fuerte descenso en los sectores ganadero y de mecanización, en contraste con el aumento de la producción agrícola. Fuente: FAOSTAT (FAO).

En algunas categorías de producción, Cuba está obteniendo resultados muy por debajo de los niveles alcanzados durante los primeros treinta años del modelo de desarrollo socialista subvencionado.

La tabla anterior resume esta tendencia. Con excepción de los tubérculos y las hortalizas, los niveles de producción actuales son inferiores a los registrados en 1975, 1980 y 1985.

[1] El Período Especial fue la grave crisis económica que Cuba experimentó tras el colapso de la Unión Soviética y el bloque socialista a partir de 1989-1991. Su nombre formal, dado por Fidel Castro, fue el “Período Especial en Tiempo de Paz” , que refleja las medidas de emergencia originalmente contempladas para condiciones similares al aislamiento económico en tiempos de guerra.

[2] Los rumiantes, como el ganado vacuno, pueden utilizar la urea de forma diferente a los humanos y otros animales no rumiantes: los microorganismos del rumen pueden convertir su nitrógeno en proteína microbiana, que el animal puede utilizar posteriormente.