Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

sábado, 1 de diciembre de 2018

Ganadores y perdedores de la guerra comercial en el mundo


El tercer trimestre de 2018 ha sido el primero de la guerra comercial iniciada por EE UUcon la imposición de aranceles a las exportaciones de acero y aluminio a la UE, China y algunos países asiáticos y americanos. Esos recargos fueron respondidos por la UE y China con la imposición de recargos adicionales a las ventas de bienes de EE UU y posteriormente algunos países, como Canadá o México, quedaron exonerados de esos aranceles tras renegociar el tratado de libre comercio que le unía con EE UU. En ese contexto, ¿quién ha salido beneficiado y perjudicado de la guerra comercial?


La comparación de los datos mensuales de la Organización Mundial de Comercio, a los que ha tenido acceso Cinco Días, muestran resultados muy dispares. Rusia es la gran vencedora entre las grandes potencias exportadoras al acumular un crecimiento anual de las exportaciones del 30,4% entre julio y septiembre hasta rozar los 96.000 millones de euros, lo que seguramente le valdrá para recuperar las posiciones pérdidas desde 2016 como consecuencia de la depreciación del rublo y del petróleo, una de sus principales fuentes de ingresos. La segunda nación más beneficiada es Reino Unido, con un tercer trimestre en el que las exportaciones crecieron un 12,5% hasta los 108.000 millones de euros.

La eliminación de aranceles impulsó los intercambios entre EE UU, Canadá y México

Aunque las ventas de bienes no han caído entre ninguna de las grandes naciones exportadoras en el mundo, sí que se ha producido una desaceleración muy severa en tres de las cuatro mayores economías de la zona euro: Francia, España e Italia. Las exportaciones en el país galo crecieron un 3,8% entre julio y septiembre cuando doce meses antes lo hicieron a un ritmo del 10,4%. Ese mismo deterioro se puede constatar en el caso de España, con un avance del 2,3% entre julio y septiembre de 2018 frente al 10,5% del mismo período de 2017, y en el de Italia, con un crecimiento del 1,9% frente al 11,7% del tercer trimestre de 2017. En el caso de la zona euro, a los aranceles se ha unido un contexto económico perjudicial, con un euro apreciado frente al dólar, lo que encarece las ventas fuera de la zona euro, y un barril de petróleo instalado en los 80 dólares, lo que penaliza a la mayoría de países que importan su energía. También ha tenido impacto la debilidad de la demanda en los países europeos, ya que el comercio intracomunitario se lleva más de la mitad de los intercambio comerciales.

China no sufre y disparó su cuota hasta el 15,2% de las exportaciones mundiales

En la lista de ganadores también aparecen EE UU, Canadá y México. Los tres firmaron en verano una renovación del tratado de libre comercio que les vincula, por la que quedó eliminada la imposición de cualquier arancel. Las exportaciones de México y Canadá crecieron en el entorno del 12% entre julio y septiembre, mientras que las de EE UU, también muy ligadas a ambos países, subieron un 8,1%. El análisis de los datos muestra, sin embargo, alguna sorpresa. Pese a la progresiva imposición de aranceles a las exportaciones chinas a EE UU, que ya afectan a ventas por valor de 200.000 millones de dólares, las ventas de bienes de China a otros países, lejos de caer, han subido. En concreto crecieron un 11,6% hasta los 571.000 millones de euros, lo que arroja una cuota de mercado del 15% y abre la brecha con respecto a EE UU, que acumula un peso del 9,2% en el mismo período.

Cuando la fantasía choca con la realidad

El déficit comercial es una causa secundaria de la caída de la producción industrial, al revés de lo que cree Trump



Seguidores de Trump en Melbourne, Florida, el martes pasado. AP

Aceptémoslo: el “Hagamos Estados Unidos grande otra vez” fue un eslogan político brillante. ¿Por qué? Porque podía significar cosas diferentes para personas diferentes. Para muchos seguidores de Donald Trump, era básicamente la promesa de volver a los buenos tiempos del racismo y el sexismo puros y duros. Y Trump está cumpliendo esa promesa.

Pero al menos para algunos votantes de Trump, era una promesa de restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, una economía que todavía ofrecía muchos trabajos viriles en fabricación y minería. Por desgracia para los que confiaron en don Arte del Acuerdo, Trump nunca tuvo ni idea de cómo cumplir esa promesa. E incluso si hubiese sabido algo sobre cómo hacer política, no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, la cual se aleja sin tregua de la fabricación física de cosas y avanza hacia la prestación de servicios.

Como consecuencia de ello, Trump, a quien por encima de todo le preocupa la imagen, acapara ahora titulares que ponen en ridículo su postureo en campaña, titulares sobre el cierre de fábricas de coches y la pérdida de empleo. Ahora bien, los automóviles son un caso especial; el empleo en la fabricación sigue aumentando en general, aunque no especialmente rápido. Pero en lo que se refiere a sus grandes promesas, lo que está pasando es un vergonzoso fiasco.

¿Por qué era absurda la idea de la recuperación de la industria? Por supuesto, hablar de lo que Trump no sabe es una tarea ingente, ya que su ignorancia es profunda. Pero parece que no ha entendido bien tres cosas concretas sobre la fabricación. En primer lugar, cree que los déficits comerciales son la razón por la que abandonamos la fabricación. Pero no lo son. Para ser justos, esos déficits han desempeñado un papel en la reducción del empleo en la industria. Si pudiésemos eliminar el actual desequilibrio comercial, tendríamos alrededor de un 20% más de trabajadores en el sector que ahora. Pero eso solo revertiría una pequeña parte del descenso de la fabricación, que ha pasado de representar más de un 25% de la mano de obra en 1970 a menos del 10% hoy.

De hecho, incluso en países que registran superávits comerciales enormes, como Alemania, se ha producido un importante descenso de la industria en el empleo total. Y el comercio no es toda la historia. Lo que está pasando es que, a medida que crece el gasto general, una parte cada vez mayor se dedica a los servicios, no a los bienes. El consumo de productos manufacturados sigue aumentando, pero el progreso tecnológico nos permite producir esos productos con cada vez menos trabajadores; por eso la economía se desplaza hacia los servicios.

Por cierto, por si quieren saber qué significa “servicios”: de los cuatro sectores ocupacionales en los que el Departamento de Trabajo prevé que se creará más empleo a lo largo de la próxima década, tres son de algún tipo de asistencia (el cuarto es el sector alimentario). Y si no pueden imaginarse hasta qué punto se puede construir una economía próspera basándose en los servicios, tengan en cuenta que la asistencia sanitaria es una importante fuente de empleos de clase media y que podría crear todavía más con las políticas adecuadas. Así y todo, aunque los déficits comerciales sean una causa claramente secundaria del descenso de la fabricación, ¿no puede Trump ayudar un poco poniéndose duro con los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: no, las prácticas comerciales extranjeras injustas no causan los déficits.

El hecho es que, aunque los aranceles pueden afectar al comercio en sectores concretos, el balance comercial general refleja sobre todo los tipos de cambio, los cuales, a su vez, derivan principalmente de los flujos de capital: el dólar es fuerte porque los extranjeros quieren comprar activos estadounidenses. Y las políticas de Trump —recortes fiscales para las multinacionales, grandes déficits que impulsan al alza los tipos de interés— están haciendo que el dólar sea aún más fuerte. Por último, la furiosa reacción de Trump ante los cierres de fábricas de coches nos recuerda su tercera gran equivocación política: cree que se puede dirigir la economía gritando a la gente.

¿Por qué está equivocado? No es solo que las empresas hayan aprendido a no tener en cuenta sus amenazas. Lo más importante es que la economía es demasiado grande para hacer política señalando a empresas individuales y despotricando. ¿Hasta qué punto es grande? Cada mes se pone en la calle a alrededor de 1,7 millones de trabajadores. Así que ni siquiera un presidente que pasase menos tiempo jugando al golf podría amenazar a suficientes empresarios como para tener una incidencia significativa en el mercado laboral. O, por decirlo de otra forma, dirigir EE UU no es como dirigir una empresa familiar. Se tiene que hacer fijando unas políticas generales y ciñéndose a ellas, y no intimidando a algunas personas cuando aparece un titular negativo. Por eso la promesa de Trump de recuperar la fabricación estaba condenada al fracaso.

¿Por qué la hizo en un principio? Por si sirve de algo, sospecho que en este caso Trump realmente no intentaba engañar a los votantes. Yo creo que creía sinceramente que podía hacer que la fabricación industrial, la minería del carbón y demás se recuperasen espectacularmente, y que otros fracasaron solo porque no fueron lo bastante duros. Puede que se pregunten de dónde sacaba esa confianza, teniendo en cuenta lo poco que sabe sobre economía. La respuesta, probablemente, es el efecto Dunning-Kruger: las personas ineptas confían a menudo en su capacidad, porque son demasiado ineptas para saber lo mal que lo están haciendo. Pero la verdadera pregunta no es si Trump se dará cuenta alguna vez de que no sabe cómo “hacer EE UU grande otra vez”. Es si sus seguidores se darán cuenta y cuándo. Supongo que conoceremos la respuesta en los próximos meses.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2018. Traducción News Clips

Conferencia de la CTC en La Habana insiste en el papel de los trabajadores en la planificación de la economía

Por: Thalia Fuentes Puebla

Conferencia Provincial de la CTC en La Habana. Foto: Thalía Fuentes/Cubadebate.
Los delegados a la Conferencia Provincial de la Central de Trabajadores de Cuba en La Habana se refirieron a la importancia de la participación de los trabajadores e innovadores en la elaboración del plan de la economía en cada uno de los centros laborales.
En la cita se destacó el papel que hoy tienen los obreros para solucionar los problemas económicos del país, mediante el aumento de la cantidad y calidad de la producción; y en este sentido, la importancia de cada uno de los sindicatos participe en la toma de decisiones de conjunto a la administración.
Asimismo, llamaron la atención sobre los incumplimientos en los planes de ventas y utilidades de un número de empresas, y como los dirigentes sindicales deben de velar por que no se pague sin respaldo productivo, o sea priorizar la gestión de inventarios y aportes al presupuesto.
Por su parte, Ulises Guilarte de Nacimiento, secretario general de la CTC habló sobre los retos que tiene los trabajadores en la conceptualización del modelo económico del país.
“En La Habana se concentra el 25 por ciento de los afiliados del país y están los principales y más importantes centros de investigación, universidades, instituciones médicas de carácter nacional y una alta presencia de industrias con alto impacto en la economía”, comentó el dirigente sindical.
Hizo referencia también, a cómo el funcionamiento de la organización no es un fin en sí mismo, sino una vía para representar los derechos de los trabajadores, que, debido a nuestro sistema socialista, son copropietarios de los medios de producción.
También llamó la atención a la importancia de exigir los derechos planteados en el Código del Trabajo y el convenio colectivo de trabajo, que asegura los espacios para plantear las inquietudes. “Hay que legitimar la gama de espacio que tenemos ganados por derecho”, exhortó Guilarte.
A decir del Secretario General: “El 11% de los afiliados no creen en el papel del sindicato en la toma de decisiones del país y en la representación de los trabajadores. El resto lo califica como un instrumento capaz de canalizar las opiniones de los trabajadores en el escenario del país, pero la mayoría quieren un sindicato con voz propia y con mayor inserción en la política del país”.
Habló también de la voluntad política del país de continuar desarrollando las formas de gestión no estatal, aseguró que el sindicato apoya esta decisión.
Al respecto, Luis Manuel Castanedo, secretario de la CTC en la provincia, propuso en la cita acordar la realización de un posterior encuentro entre todas las cooperativas de La Habana, para el intercambio de experiencias positivas como las que ha tenido AUTOCHAPT, y trasmitir como el sindicato puede contribuir al logro de la eficiencia productiva.
Esta cita da fin a las conferencias provinciales que se han realizado en todo el país de cara al proceso orgánico del XXI Congreso de la CTC, a realizarse en abril del 2019 para analizar el funcionamiento interno de la organización mediante de todos los planteamientos que han hecho los trabajadores desde la base.
Conferencia Provincial de la CTC en La Habana. Foto: Thalía Fuentes/Cubadebate.

Joseph Stiglitz: “El poder del mercado es abuso de poder”

Por Álvaro Guzmán Bastida, Ignasi Gozalo Salellas y Héctor Muniente Sariñena,


El mundo parece decidido a dejar a Joseph Stiglitz en fuera de juego.

Después de asesorar al gobierno de Bill Clinton y liderar el Banco Mundial a mediados y finales de los años noventa, y de ganar un Premio Nobel en 2001, el economista de la Universidad de Columbia pasó a ser uno de los críticos más agudos tanto del abandono de la clase trabajadora por parte del Partido Demócrata como -de manera clave- de las desigualdades y desequilibrios de poder originados por la globalización en los países del Sur. En estas apareció Donald Trump. Y Stiglitz volvió a estar a la altura de las circunstancias, profundizando y ensanchando si cabe el nivel de su crítica. ¿Cómo es posible que el mismo sistema contra el que había arremetido por dejar de lado a los pobres de África y los campesinos de América Latina alumbrara una monstruosidad política que decía hablar en nombre de los "olvidados" de Estados Unidos? ¿Podía ser América la perdedora de un sistema que creó y se esforzó en imponer? Stiglitz, que ha actualizado su libro más influyente, El Malestar de la globalización para abordar tamañas novedades, recibe a CTXT en su oficina del norte de Manhattan para departir sobre la guerra comercial con China, la insuficiencia de un análisis geopolítico de la globalización que deje de lado cuestiones de clase y la urgencia de la protección social como antídoto al ascenso de reaccionarios y neoproteccionistas.

-La última vez que hablamos, en la primavera de 2016, tenía mucho que decir sobre la crisis de la desigualdad en Estados Unidos, las fallas de la recuperación tras la crisis económica. Sin duda, el gran acontecimiento tras aquella conversación fue el ascenso político de Donald Trump. ¿Cree que este tiene una explicación económica? ¿Cuál es, por así decirlo, el sustrato material en el que echó raíces Trump?

Cualquier cosa tan compleja como Trump no puede explicarse sólo a través de la economía. Pero sí creo que hay un factor económico subyacente, y es la realidad de la que ya hablaba entonces y que ha empeorado desde entonces: a grandes sectores de la sociedad estadounidense, en especial de los hombres estadounidenses, no les ha ido bien últimamente. Por ejemplo, los ingresos medios de los trabajadores hombres a tiempo completo -y quienes trabajan a tiempo completo tienen suerte hoy en día- son más bajos hoy que hace cuarenta y dos años. Los salarios reales de la gente de abajo están al mismo nivel que hace sesenta años. Son estadísticas demoledoras, que reflejan medio siglo de estancamiento para sectores muy amplios del país, mientras que a unos pocos de arriba les ha ido muy, pero que muy bien. Antes prácticamente todos los jóvenes podían esperar vivir mejor que sus padres. Hoy sólo la mitad de los jóvenes puede hacerlo. De modo que, para la mayoría de los estadounidenses, la noción de progreso se ha esfumado.

Los niveles de salud, de esperanza de vida, de EEUU están decayendo. Y entre los hombres blancos que no tienen estudios universitarios, el declive es aún más abrupto. Gran parte de esto se debe a lo que Anne Case y Angus Deaton llaman "muertes por desesperación": suicidios, sobredosis de drogas, alcoholismo. Estos son síntomas extremos de una enfermedad social, y por debajo de todo esto subyace el proceso de desindustrialización que ha dejado abandonado a gran parte de Estados Unidos. 

El momento decisivo de esta historia quizá fuera la última crisis financiera, porque supuso el golpe definitivo a la industria. La gente perdió su casa, su empleo. Perdió la esperanza. Y, al mismo tiempo que sucedía esto, el Estado gastó cientos de miles de millones de dólares en rescatar a los banqueros que habían causado el problema. Era inevitable que surgiera el mantra de "el partido está amañado". Y lo hizo por la izquierda -con el movimiento Occupy Wall Street- y por la derecha, con Trump.

-Resulta curioso que triunfe un mensaje que presenta a EEUU como el perdedor de la globalización. Como usted mismo señala, Estados Unidos sigue siendo el poder hegemónico mundial, tiene una supremacía militar a escala global sin precedentes y es el único país con poder de veto en el Fondo Monetario Internacional. ¿De verdad es el perdedor de la globalización?

No. Eso es lo que dice Trump, pero Trump es famoso por su enorme ignorancia y no entiende absolutamente nada, exceptuando su intuición sobre los lamentos subyacentes, y cómo jugar con las ansiedades de la gente. De modo que decir "los tratados comerciales son injustos" forma parte de ese echar la culpa a los otros. Yo he visto cómo se negociaban todos esos acuerdos y una cosa está clarísima: los Estados Unidos dictan en esencia los términos de esos acuerdos. Son tratados diseñados por EEUU.

-También conecta el ascenso de Trump con una suerte de retroceso global en la influencia de EEUU, medida con parámetros tan dispares como el poder blando o el equilibrio de poderes económicos. ¿Es Trump un síntoma del declive imperial estadounidense?

Es posible ver la coyuntura actual como nuestro "momento Tucídides", aquel en el que Persia entró en declive en relación con Grecia en un momento de gran agitación global, de conflicto. Y hay síntomas de eso que estaban presentes ya con Obama. Sin ir más lejos, el Acuerdo Transpacífico (TPP, en sus siglas en inglés), un tratado comercial urdido para contener el poder de China estuvo francamente mal diseñado. No era un buen acuerdo comercial, ni siquiera desde le punto de vista de EEUU.

La geoeconomía y la geopolítica nos dicen que China ha pasado de ser un país muy pequeño a tener poder adquisitivo que ya es -en términos reales- mayor que el de Estados Unidos. Pero incluso medido en los parámetros de tipo de cambio habituales, en treinta años su economía será mucho más grande que la de EEUU. De pronto, la gente se despierta ante una realidad nueva: desde la caída del Muro de Berlín hasta la caída de Lehman Brothers, dominamos el mundo. Y ahora el modelo estadounidense no tiene el brillo ni el dominio que tuvo durante ese largo periodo.

-Gran parte de su análisis de la globalización hasta la elección de Trump se centraba en los efectos negativos de esta, en especial en el Sur del planeta y en los países en desarrollo. Y en esto irrumpe Trump quien, según usted "lanza una granada de mano al sistema económico global". Habrá algunos -incluso entre quienes leen y admiran su trabajo- que digan, "¿y qué tiene eso de malo? Que se hunda un sistema que ha creado tantas injusticias" ¿Qué se les escapa a quienes piensan así?

La llegada de Trump ha hecho a mucha gente repensar cuidadosamente qué tiene de bueno y de malo la globalización. Cuando uno ve en peligro un sistema, empieza a valorarlo. Setecientos cuarenta millones de chinos han salido de la pobreza, el movimiento más grande de gente que abandona la pobreza en un periodo tan corto de tiempo probablemente de la historia de la humanidad. Y la globalización ha jugado un papel muy importante en ese proceso. El crecimiento de la clase media en África, India, China... Ahí también ha tenido mucho que ver la globalización. De acuerdo con algunos parámetros, la desigualdad a nivel global ha descendido. Y ahí, de nuevo, la globalización ha jugado un papel importante, pese a que la desigualdad haya aumentado mucho en EEUU o en Europa. 

Pero por encima de eso, la manera de pensar en ello es la siguiente: no concebimos la posibilidad de gobernar nuestras economías nacionales sin un Estado de derecho. Si vamos a comerciar, necesitamos reglas. La alternativa a un sistema basado en reglas es la ley de la jungla. Dicho esto, en nuestras democracias, siempre luchamos por conseguir las leyes adecuadas. El feudalismo era un Estado de derecho, pero no era un Estado de derecho demasiado bueno, sino que otorgaba todo el poder a unas pocas personas que tenían una enorme capacidad para abusar de él. Lo mismo sucede en el sector financiero, donde reina el abuso de poder, o con el poder de mercado, que es abuso de poder. Conocemos cómo se redactan leyes que dan ventaja a la minoría a expensas de la mayoría, pero en nuestras democracias, luchamos para tener marcos legales que protegen a los débiles frente a los fuertes y por tener un estado de derecho justo. Y eso es lo que estoy empeñado en lograr a escala global.

-¿Quiere decir que la manera en la que Trump, y tantos otros a izquierda y derecha, observan la globalización, enfrentando a unos países con otros, es miope? ¿Propone un análisis más 'de clase' para entender la globalización? 

En primer lugar, digo, sí, es un análisis más 'de clase'. Se le puede llamar de clase o de intereses corporativos contra intereses de los trabajadores, pero va muy en esa línea. Es esa la división que viene operando a nivel global. Pero también digo que la idea de Trump de que el mundo es, en definitiva, un juego de suma cero es fundamentalmente errónea. Si gestionamos la globalización de la manera adecuada, es un juego de suma positiva. Si China crece comprará más bienes nuestros y nos irá mejor al poder comprar más bienes suyos, así que seremos más prósperos tanto ellos como nosotros.

-En su crítica a los cuarenta años de globalización y el malestar que genera, ahora desde una perspectiva diferente, escribe sobre cómo la noción hegemónica de 'libre comercio' impulsada por derecha e izquierda en todo el mundo es en realidad confusa. Habla, en su lugar, del 'comercio dirigido'. ¿Dirigido por quién? ¿Para lograr qué? 

La manera en la que intento resumirlo es la siguiente: si realmente tuviéramos libre comercio, sería muy sencillo. Se eliminan todas las barreras al comercio, los aranceles, los subsidios. Si se tratara de eso, los acuerdos serían muy cortos. En las recientes negociaciones para revisar el NAFTA, se eliminó directamente la expresión "libre comercio". Al menos en eso Trump ha sido honesto: este asunto tiene que ver con todo menos con el libre comercio. Por fin reconocen que estamos ante un comercio dirigido para favorecer ciertos intereses particulares. 

Ni siquiera está claro que los trabajadores del automóvil vayan a salir beneficiados. Los costes de las empresas automovilísticas van a aumentar. Y esos aumentos en costes van a verse reflejados en los precios, por lo que la demanda de coches estadounidenses descenderá, al ser estos menos competitivos así que no está claro quién saldrá ganando con todo esto. Tampoco lo está en el asunto de los aranceles sobre el acero: los consumidores de acero van a empobrecerse, y hay muchos más trabajadores que utilizan el acero que aquellos que lo producen, así que los trabajadores en su conjunto van a empobrecerse.

-Detengámonos por un segundo en esa gente que dice que ha sufrido los daños de la globalización en sus carnes. ¿Cree que Trump cumplirá lo que prometió a esa gente?

No, no. En absoluto. Van a empobrecerse y ya estamos empezando a verlo. Su reforma fiscal va a aumentar los impuestos para la mayoría de gente del segundo, tercer y cuarto quintil cuando se termine de implementar; es decir, para la clase media. Otros trece millones de estadounidenses van a quedarse sin sanidad por culpa de esta reforma fiscal, en un país en el que la esperanza de vida ya está en declive. El déficit comercial está alcanzando nuevas cotas, en parte por culpa de las políticas macroeconómicas que Trump está implementando. 

Ahora bien, la parte positiva de todo eso es que estimula la economía, al menos a corto plazo. No es sostenible, pero se ha estimulado la economía, y el desempleo ha bajado. Y quizá, llegados a cierto punto, eso haga que suban los salarios un poco. Es algo que empezamos a ver, pero resulta notable lo mal que están las cosas en lo relativo a los salarios. Y eso se debe a que, incluso con el estímulo que se ha generado, ¿quiénes son los ganadores de la reforma fiscal? Los promotores inmobiliarios. ¿Y quiénes son los grandes perdedores? La educación y los gobiernos locales.

-Pero usted también ha dicho que el proyecto de reindustrializar EEUU o cualquier otro país del centro desarrollado de Occidente es algo anacrónico.

Exacto. La productividad en la industria ha superado en tanto a los niveles de demanda que el empleo en manufactura a nivel global está descendiendo. Somos víctimas de nuestro propio éxito. Hace sólo 75 o 100 años, era necesaria el 70% de la población para producir la comida necesaria para alimentarnos. Hoy, basta con el 2 o el 3%. Nadie diría: "Para que la economía avance, el 70% de la población debería volver a las granjas". No podemos hacer eso, ni debemos, y yo veo la manufactura de la misma manera. El desempleo en EEUU se reduce hasta el 8 o 9% y puede que aumente algo el nivel de producción industrial, pero la harán los robots. No va a crecer el empleo en ese sector. Esa es la realidad económica, y me gustaría que nos centrásemos en crear una economía para el siglo veintiuno, y no remontarnos a otro momento histórico y empeñarnos en hacer algo que no es posible.

-Ha mencionado un par de veces a China, así como los efectos que podría tener un aumento del comercio con una China cada vez más poderosa. China es también la mayor tenedora de la deuda estadounidense. ¿Nos aproximamos a una guerra comercial global con China? 

Sí, desgraciadamente. Yo fui muy ingenuo al pensar, como tantos, "¿cómo van a dejar que suceda algo así las grandes empresas, que son las que gobiernan EEUU desde hace mucho tiempo?" Esas empresas se cuentan entre las perdedoras de todo esto. Pero en los tiempos que corren hay que dejar a un lado todas las teorías políticas y sí, Trump, parece decidido a llevarnos inexorablemente a una guerra comercial. Y la manera en la que lo está haciendo me lleva a pensar que durará mucho tiempo. Lo digo por lo siguiente: hace demandas a las que China no puede acceder. 

Históricamente, EEUU ha pedido a China que abra sus mercados de seguros y financieros, y es algo que China podría llegar a aceptar. Hay mucho que negociar, pero se puede transigir y llegar a acuerdos. Pero hoy EEUU exige a China que renuncie a sus objetivos de convertirse en un país avanzado para 2025. Ningún país aceptaría esa demanda.

-¿Cuáles serían las consecuencias de una guerra comercial entre EEUU.y China?

Somos países enormemente interdependientes. El motivo por el que compramos tanta ropa y otros artículos de China es porque resulta mucho más barato. Lo que sucederá es que compraremos productos textiles de otros países, no que los fabriquemos en EEUU. Puede que tengamos robots fabricando productos textiles, pero no demasiados. Simplemente, se los compraremos a Bangladesh, Sri Lanka o Vietnam. Esto no va a resultarles de ayuda a los trabajadores estadounidenses. Simplemente, nuestros consumidores pagarán más caro, de manera que no tendremos más empleo, sino más gastos. Hasta un 10 o 20%.

-Ha dicho antes algo sobre que no esperaba que esto sucediera porque las grandes empresas no lo querrían, y estas tienen un poder desmedido en EEUU. Es cierto que Trump no era el candidato favorito de Wall Street o Silicon Valley, pero resulta difícil imaginárselo gobernando contra la gente que financia a su partido. ¿Estamos ante una ruptura dentro de la clase dominante de EEUU.?

Bueno, hay un par de aspectos interesantes en este asunto. Las grandes corporaciones estadounidenses han estado bastante más calladas en torno a esto de lo que me hubiera podido imaginar. Y hay dos hipótesis sobre el por qué: una es que le tienen miedo a Trump, a sus tuits. La otra es que, durante veinte años, han visto a China como una mina de oro. Podían producir allí pagando salarios bajos, sin tener que atenerse a ningún estándar medioambiental y con competencia muy limitada. Eso ha cambiado. Los controles medioambientales han aumentado, los sueldos han subido, y la competencia dentro de China se ha acrecentado, de modo que ya no están ante la mina de oro de antaño.

Pero sí que hay una división, una ruptura, en el seno del Partido Republicano. Es algo que vemos de manera más vociferante en lo que atañe a los hermanos Koch, los multimillonarios donantes del Tea Party. Son grandes adalides de salir del acuerdo climático de París, de deshacerse de todo tipo de regulaciones, pero también son decididamente internacionalistas.

-¿Cree que Trump está abriendo una camino político nuevo en lo relativo al sistema global? ¿O vivimos un impás entre los últimos cuarenta años de globalización y una nueva etapa?

No. Creo que Trump representa una versión inequívocamente estadounidense de lo que es una tendencia global de nativismo envuelto en sí mismo, antiinmigrante y escéptico para con la globalización, pero nadie quiere vivir sin su iPhone, no pagar un 50% más por su ropa. Así que no creo que nos repleguemos de la globalización tal y como la conocemos. Sin embargo, está claro que ya hemos obtenido la mayoría de los beneficios de la integración global y los próximos pasos muy probablemente no sean tan fructíferos, sino que pueden resultar los más duros. 

-Este giro neoproteccionista, desde Trump al 'Brexit', tiene su faceta comercial, pero también cuenta con un componente de gran hostilidad a la inmigración, que se propone criminalizar y limitar. ¿Qué consecuencias económicas tendrán esas políticas? 

De una manera u otra, esas políticas suponen una vuelta a algo que fue central en el Partido Republicano durante mucho tiempo: el aislacionismo, el hacer que América se repliegue sobre sí misma. Pero estamos hablando del periodo anterior a las dos guerras mundiales, antes de que EEUU se conviertiera en el poder global que es hoy en día. EEUU ha jugado un papel clave en el intento de coordinar la globalización, de apoyar un sistema basado en las reglas del juego, por mucho que yo no esté de acuerdo con las reglas que se ha tratado de imponer al resto. Y, si, en lugar de hacer eso, EEUU se vuelve una potencia aislacionista y enemiga del derecho internacional, eso tendrá consecuencias profundas para el avance del Estado de derecho a nivel mundial. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para bien o para mal, estuvimos en el centro de todo. Y ahora, con Trump, parece que nos retiramos.

-Tras escuchar su análisis sobre cómo las grandes empresas se benefician de la globalización a expensas de los trabajadores, o de cómo los hermanos Koch son partidarios del internacionalismo, algunos podrían verse tentados por propuestas que pasen por un programa progresista que incluya ciertos elementos proteccionistas. Entiendo que usted está en contra de esta vía progresista-proteccionista. ¿Por qué? 

Lo que necesitamos es protección social sin proteccionismo. Me importan la protección social y mantener una economía dinámica, que se reenfoque hacia sectores más dinámicos. Y eso requiere políticas de empleo activas, políticas industriales y protección social. Los países no pueden quedarse a merced del capital que entra y sale de la noche al día. Cuando decía que las reglas del juego las han diseñado las corporaciones, ese es un buen ejemplo. Creo que debemos gestionar la globalización, incluidos sus riesgos, lo cual implica reconocer que no todo el mundo se va a beneficiar de ella. Debemos asegurarnos de que la manera en que la gestionamos beneficia a la mayoría. 

-¿Cómo se derrota, pues, no sólo a Trump sino al 'trumpismo'? ¿Qué hacer? 

Para mí, la respuesta es la agenda progresista socialdemócrata. La gente no va a tener confianza si lo que le decimos es: "No se preocupe por el comercio; protegeremos su puesto de trabajo". Eso ya no resulta creíble. Quizá lo hubiera sido hace cuarenta años; hoy ya no. En cambio, si lo que se presenta es un marco económico de lo que llamamos estado de bienestar y se plantea que, pese a la globalización, pese a los cambios tecnológicos, tendrás que trabajar pero a cambio te garantizamos un alto grado de protección, la gente será mucho más receptiva. Y creo que otra clave pasa por aumentar el grado de apertura y transparencia democrática en nuestros gobiernos, porque demasiados de estos acuerdos se gestan en secreto y sin una discusión pública adecuada.

Lo fundamental es que la gente entienda que el Estado se preocupa por ella y está comprometido con asegurarse de que todo el mundo en nuestro país pueda alcanzar un nivel de vida de clase media, siempre que estén dispuestos a trabajar, y que a cambio les garantizaremos un empleo, una capacitación, les garantizaremos las oportunidades. La protección social le da a la gente la confianza necesaria para estar abierto no solo a la globalización, sino también a los retos que se vienen con los cambios tecnológicos del futuro.