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martes, 9 de junio de 2020

Fortalecer un sector no estatal, pero no capitalista

Jun 8 · 19 min read

Por Luis Miguel Uharte Pozas

En una breve estancia en La Habana, Luis Miguel Uharte nos concedió esta entrevista en una cafetería cercana a su hospedaje, con un pie en el apartamento y otro en el taxi. En ella condensa la reflexión colectiva del libro Repensar la economía desde lo popular* donde se incluyen ocho experiencias de construcción de alternativas económicas en Venezuela, Argentina, Cuba y Brasil. Asentamientos del Movimiento de trabajadores rurales sin tierras (MST), comunas venezolanas, fábricas recuperadas en Argentina y cooperativas urbanas en Cuba sirven para demostrar más que la posibilidad, la necesidad de «otra economía».

LT: ¿Cuál es el camino que lleva a este libro Repensar la economía desde lo popular? ¿Por qué este campo en particular en el estudio de los movimientos sociales en los procesos de América Latina? ¿De qué manera tú «aterrizas» con Julia Martí en pensar un libro con estas características que agrupe este tipo de experiencias en particular?

Luis Miguel: El libro es fruto de una reflexión colectiva donde participamos diferentes compañeros y compañeras de nuestro grupo de investigación; un grupo de investigación vinculado a la Universidad del País Vasco que trabaja temas de democracia participativa. Ese es nuestro paraguas: los temas de participación política. Al interior del grupo conformamos un núcleo hace unos poquitos años para trabajar, sobre todo, temas de América Latina. Hay gente latinoamericana, compañeros que viven allá, y también quienes somos del País Vasco pero que tenemos un vínculo con América Latina y el Caribe desde hace bastante por los años vividos, por los viajes que hacemos de manera más o menos regular a diferentes países, etcétera.

En mi caso, tengo un vínculo a partir de la experiencia de mi tesis doctoral en Venezuela, donde viví cinco años; del año 2005 a 2009. Y a partir de ahí, el seguimiento de lo que han sido los procesos de cambio en la región: Venezuela, Bolivia, Ecuador, entre otros. Hay una primera parte en la que hay un interés por intentar analizar los procesos de cambio y los aportes que habían hecho en estos últimos años; y después hay una transición, dejamos esa primera fase y entramos en una segunda con otro contexto regional: los procesos de cambio tuvieron ya su momento más álgido.

Hoy en día es otro contexto. De alguna manera, los gobiernos ya no están y también porque entendíamos, en primer lugar, no solo que hay un momento histórico diferente, sino que la mirada puesta en los procesos más gubernamentales ya estaba muy trabajada. Creíamos que era muy necesario, por dos razones, trabajar los procesos o los proyectos desde la base: uno, porque las reflexiones críticas desde la izquierda en torno a esos procesos indicaban que había habido una serie de contradicciones, vacíos y debilidades en términos de construcción de poder popular, más allá de la retórica; y dos, porque partimos también de la visión política nuestra de que los procesos de cambio, entre otras cosas, tienen que buscar fortalecer el poder popular. Eso nos lleva a que en estos últimos tres años tomamos la decisión de que había que dedicar los próximos años a intentar identificar experiencias de poder popular e intentar no solo conocerlas, analizarlas y ver sus aportes y sus debilidades, sino que se pudieran visibilizar experiencias que son estimulantes.

Lo que decidimos en este caso fue acercarnos a experiencias del poder popular vinculadas a proyectos productivos o proyectos económicos, entendiendo que la construcción de poder desde abajo implica en gran medida, que si quieren ser autónomos y tener soberanía, es necesario que tengan una vía de financiación propia. Por tanto, nos parecía clave que los proyectos que analizáramos e investigáramos tuvieran alguna expresión económica: cooperativa, comuna o lo que fuera. Ese es el hilo conductor de la investigación, del libro y de las experiencias que aparecen recogidas.

LT: Creo que el libro logra expresar, a través distinto contextos, esta tensión en cuanto a la construcción de las alternativas entre este paradigma del socialismo del siglo XX de tomar el poder, estatalizar la economía, nacionalizar y este otro polo, por lo menos a partir de los ochenta y el ascenso del neoliberalismo, de buscar la autonomía, una soberanía popular desde abajo, la reapropiación de espacios de poder comunitarios, locales, otro tipo de lucha. Este rescate que ustedes hacen de esta segunda perspectiva, de este socialismo desde abajo por llamarlo de alguna manera, ¿cómo se relaciona con la primera?, ¿se pierde totalmente esta otra perspectiva del poder desde arriba, desde el Estado? Es una problemática que también en cada uno de los contextos se trabaja de maneras muy diversas y de distintas formas. Este rescate de este socialismo desde abajo, de la construcción orgánica del poder popular ¿cómo juega con el problema más clásico de la toma del poder, esta idea de tomar poder, esa relación con el estado y la relación entre movimiento social y estado?

Luis Miguel: Las compañeras y compañeros que conformamos el equipo partimos de una sensibilidad política bastante similar en el sentido de compartir una visión política en torno a un proyecto anticapitalista que esté anclado en la idea del socialismo; pero que plantee una mirada a partir de lo que han sido las experiencias del siglo XX y de la evaluación crítica del siglo XX. En el siglo XXI hace falta un socialismo para el siglo XXI. De hecho la etiqueta existe, y funciona como una especie de significante vacío en el que cada uno puede volcar aquello que considera más conveniente. Yo creo que hay que una perspectiva en la que se intenta buscar una especie de síntesis en lo que pudo ser lo más positivo de la experiencia del siglo XX, de la práctica y luego como es obvio, a partir de aquellas debilidades que tuvo la experiencia del siglo XX, avanzar. No se busca, de ninguna manera, alejarse de forma absolutamente radical de lo que pudo ser la experiencia del socialismo del siglo XX ni del marxismo ni nada por el estilo. Lo que se plantea es que la experiencia del socialismo del siglo XX, a partir también de lo que pudo ser un modelo de socialismo, surgido en la Unión Soviética y que luego se fue replicando en la práctica en todos los lugares del mundo con alguna excepción, como el caso yugoslavo, en su realización concreta tuvo una serie de avances incontestables. Mostró una serie de aspectos muy positivos en términos de políticas sociales, en términos de garantía de derechos para los y las trabajadoras, en términos de construir una economía en la que el sector privado y el control privado de la economía casi desapareció.

En paralelo hay dos debates, dos grandes debates que implican también limitaciones del socialismo del siglo XX: uno tiene que ver con la economía y otro tiene que ver con la política.

El debate que tiene que ver con la economía alude a cuál es el balance que hacemos de la estatización casi absoluta de la economía. Ese balance, vistas las experiencias, y vistas las debilidades de estas experiencias, evidencia en nuestro criterio que una economía absolutamente estatalizada, más allá de que en términos ideológicos podamos compartirlo, en la práctica se ha demostrado que tiene limitaciones estructurales. Eso implica que el nuevo socialismo tendrá que plantear, y así por lo menos es nuestra visión, una pluralidad de propiedades. Una pluralidad de propiedades en el sentido de que la propiedad estatal sigue teniendo un peso importante en sectores estratégicos de la economía pero que propiedades no capitalistas, propiedades que son sociales también, y que implican otro tipo de propiedad no pública, no estatal, y que puede ser en términos cooperativos o comunales, entre otras son importantes y deben tener un espacio en este nuevo sistema que uno vislumbra.

En lo político — que también es lo económico — esa experiencia del socialismo del siglo XX centraliza la economía, pero también centraliza el poder. Una experiencia socialista que parta del principio de que hay que desconcentrar y hay que repartir de la manera más justa posible no solo la propiedad sino también el poder, supone que la gente tiene que tener más poder para poder decidir en torno a la economía y en torno a la política. Significa la gestión directa por parte de los y las trabajadoras en las empresas. En primer lugar, en las empresas del Estado, que pueden seguir siendo propiedad pública, propiedad estatal, pero con una redefinición de la gestión, no una dirección y orientaciones que vienen desde arriba. Y también, como es obvio, todas aquellas empresas que son sociales, aunque no estatales en las cuales las personas tienen la propiedad de las empresas y debe tener la gestión directa.

Yo creo que ese es el planteamiento: buscar una síntesis entre lo bueno del siglo XX y en aquellos vacíos centrarse más en esta idea «desde abajo» y a partir de la idea del poder popular.

LT: Cierta corriente marxista más filosoviética, o soviética de plano, padecía un fetichismo de la propiedad tremendo. Uno de los logros de este libro para sentir orgullo, me parece, es no desestimar en su totalidad a la cuestión de la propiedad, sino complementarla — como decías — con el tema del poder y de la gestión. No es tan importante la propiedad en sí, el problema de la propiedad, qué tipo de propiedad es, sino cómo se maneja, cómo se gestiona, cómo se determina la cuestión del poder. Pero, y este es otro de los aciertos, no es solo una discusión del poder sobre la decisión de cómo se produce. Este mestizaje con otras tradiciones de pensamiento como el feminismo y la ecología, aporta la visión desde la reproducción. ¿Qué importancia le prestan a esta visibilización de paradigma de la reproducción del trabajo, de la reproducción de la vida cotidiana dentro de estas alternativas económicas?

Luis Miguel: Bajo nuestro punto de vista tener en cuenta la reproducción de la vida es fundamental. Es vital porque es más que evidente, desde las últimas décadas del siglo XX, que una serie de planteamientos desde la economía feminista, desde la economía ecologista han ido cobrando cada vez más fuerza. Estas visiones, sobre todo, han ido complementando esos vacíos que el pensamiento socialista tradicional no había trabajado de la manera necesaria: quizás porque era otro el contexto histórico, y no era lo mismo a finales del siglo XIX y principios del XX cien años más tarde y lo que puede ser la crisis ecológica, incluso civilizatoria, en la que estamos viviendo. La mirada feminista en el siglo XIX tenía tanta vigencia como en la actualidad. Ahí, de igual manera, hay que hacer una autocrítica muchísimo más profunda del socialismo o de los pensamientos de izquierda tradicionales, producto de lo que es la historia del patriarcado.

Se ha demostrado que había dos grandes vacíos en la teoría socialista clásica: la mirada feminista y la mirada ecologista. En este momento yo creo que hay que plantear una mirada triangular entre esas tres perspectivas: la mirada socialista tradicional en relación a todo lo que supone la lucha de clases, la centralidad de la clase trabajadora y por lo tanto la centralidad de la propiedad y de la gestión directa. Pero luego está todo aquello que tiene que ver, entrando ya en la cuestión de la reproducción de la vida, con la igualdad, por la igualdad en términos de género. Cualquier tipo de propuesta que se construya y que pretenda ser emancipatoria, tiene que tener como principio básico no solo la igualdad social sino también la igualdad de hombres y mujeres.

Eso supone que hay muchísimas reflexiones, desde el feminismo, que son grandes aportes en clave emancipatoria para el ser humano y son, en este contexto histórico, vitales y que podemos enumerar: una de ellas es esta idea de la sostenibilidad de la vida. Quizás hace cien años podría tener menos impacto una categoría de este calibre. En este contexto, en el que la vida está sometida a impactos graves en el planeta como resultado, no solo del capitalismo, sino de la mentalidad desarrollista del pensamiento occidental moderno y también una gran parte de la experiencia del socialismo del siglo XX, sostener la vida supone una prioridad: detrás de esta categoría lo que se está planteando es el conflicto es entre capital y vida. El capital es el que bajo su lógica cotidiana está destruyendo la vida en el planeta, destruyendo la posibilidad de que podamos vivir en este planeta en las próximas décadas. Yo creo que eso es un tema clave.

Unido a eso, la idea de la reproducción de la vida no es solo una cuestión de que el planeta se reproduzca: la idea de la reproducción tiene tanta potencia porque alude también a la cotidianidad nuestra, en todos los espacios de nuestra vida y no solo en los espacios laborales. Quizás la mentalidad productivista del pensamiento moderno y el pensamiento occidental que sitúa en el centro a la producción, ha hecho que se olvidaran un montón de aspectos que tienen que ver con lo reproductivo. Sin esos no se puede sostener la vida. La sostenibilidad de la vida del planeta, la sostenibilidad de la vida en las empresas, en las familias ha tenido y sigue teniendo que ver con millones de horas de trabajo gratuitas que las mujeres en la historia han entregado y siguen entregando. Es insostenible el sistema si no hay un trabajo gratuito de manera continua y permanente por parte de más de la mitad de la humanidad que son las mujeres.

Esta idea de la reproducción es importante desde ese punto de vista: si no dedicamos horas a la reproducción, a aquello que formalmente no es productivo, no se sostiene nada: ni una familia, ni una pareja ni una empresa. Es importante porque pensar la reproducción supone que el ser humano se siente interpelado en términos políticos para redefinir cómo afrontamos la reproducción en el día a día en nuestra familia, en el trabajo, entre los amigos, entre otros espacios. Implica que — si aspiramos a una igualdad entre hombres y mujeres, esas horas que todos los días se dedican a la reproducción y que sobre todo las dedican las mujeres — los hombres vamos a tener cada vez que asumir un mayor rol en todas esas prácticas reproductivas que tienen que ver con los cuidados — y la mayoría de los cuidados que hacen las mujeres pasan de manera gratuita — y con un montón de actividades reproductivas: preparación de comidas, limpieza, aquellas que no se han considerado históricamente productiva.

LT: Al abordar el lado ecológico de esta discusión, hay dos cuestiones que merecieron en el libro un tratamiento bastante particular. Me refiero a la vocación de estudiar casos tanto urbanos como rurales, de manera que están representados tanto el derecho a la ciudad como el derecho a la tierra: dos aspectos esenciales de la lucha contemporánea por la emancipación. Ahora, tanto el derecho a la tierra como el derecho a la ciudad son cuestiones que pueden caer en determinado aislamiento. El mero hecho de que una comuna desarrolle una actividad autogestionaria, distinta, en un municipio apartado, en una localidad o el hecho de que exista una comuna o una cooperativa urbana que logre determinadas prácticas emancipatorias en un espacio pequeño plantea la relación de ese espacio, digamos liberado, con el resto de los espacios de manera que no se aísle. Este reto no solo es un reto en términos económicos y políticos, sino también en términos de sostenibilidad. ¿Qué tan sostenible puede ser esta unidad aislada? ¿Cómo se expresa este problema en las experiencias que ustedes analizaron dentro del libro?

Luis Miguel: Este es un tema clave que planteamos en una de las dimensiones: la articulación. La articulación como un aspecto vital en términos políticos y de sostenibilidad de esta serie de experiencias. En términos ideológicos, y en relación con la pregunta que me hacías antes sobre cómo poder articular las virtudes del socialismo del siglo XX con las necesidades del socialismo en el siglo XXI, yo creo que hay un aspecto fundamental y es que plantearse proyectos que impliquen espacios territoriales amplios continúan siendo, sin discusión alguna, fundamentales. Es verdad que hay un sector en la izquierda — quizás en posiciones más autónomas, más anarquistas — que o no les preocupa esto o están frente a posiciones más de articulación o más de conformar conglomerados territoriales mayores. Pero creo que tenemos claro que la sostenibilidad de cualquier proyecto pequeño a nivel local, a escala comunitaria implica articularse con otras experiencias porque si no la vulnerabilidad es estructural. Es difícil que se pueda sostener un proyecto de cien o ciento cincuenta personas en una realidad sistémica global planetaria capitalista en la que la fuerza que tiene el sistema es absolutamente descomunal, y por lo tanto la capacidad de hacerte desaparecer, de arrinconarte o de dominarte es total. Si no se parte de asumir que eso es así, y que si tú eres muy pequeño el gigante te puede destrozar, y que los pequeños se tienen que unir para crear algo mucho más grande, pues tenemos un problema.

La articulación se plantea en dos perspectivas. En primer lugar, una articulación entre las experiencias de poder popular, todas, sean cooperativas, comunas o lo que fuera que forman parte de un espacio territorial concreto y que además se deben articular también en espacios geográficos mayores. La segunda vertiente es articularse con el Estado: es un regreso a este planteamiento de que se asumen propiedades plurales y se asumen también institucionalidades plurales que se tienen que articular y buscar una especie de síntesis. Es importante que lo público, que lo estatal, acompañe, fortalezca; y es importante también que aquello que se construye en clave de poder popular, considere también al Estado como un necesario aliado. Partimos, como es obvio, de la idea de la autonomía, pero si planteamos la propuesta en términos sistémicos — porque por supuesto que es una propuesta sistémica — esto supone articularse con lo público con lo estatal, porque estamos caminando juntos hacia una sociedad poscapitalista.

LT: Cuba vivió un tremendo impulso emancipatorio como proceso revolucionario pero también sufrió y sufre hoy todavía muchos de los vicios del socialismo del siglo XX: una estatalización extrema y el intento, todavía no concretado, de la construcción de un poder popular desde abajo siempre socavado por la centralización de la economía y la centralización del poder, derivada de su condición muy particular de plaza sitiada bajo asedio constante. Estas ideas de gestión directa se han defendido en Cuba desde de los años noventa. El retroceso del Estado con la crisis abrió un espacio que el Estado antes cubría pero ahora simplemente no posee la capacidad material para hacerlo. A pesar de este retroceso, una cultura muy estatalizada permanece. En el contexto de Cuba, y creo que la pregunta es muy pertinente porque el artículo que escribiste con Mirell Pérez analiza un caso cubano, ¿cómo ves esta perspectiva de una transformación cultural necesaria para — en las condiciones un proyecto emancipatorio socialista, con una determinada edad o un determinado camino recorrido — impulsar estas iniciativas que se relacionan con el Estado pero desde la autonomía, desde un sustrato anticapitalista y en confrontación con proyecto que llevan a la construcción de una «otra economía» pero que sería una otra economía en el orden más tradicional de la propiedad y gestión privada, la restauración de una determinada funcionamiento normal del capitalismo en determinados espacios, determinados ámbitos? ¿Cómo plantear esta alternativa, tanto al Estado o a una cierta visión Estado-céntrica del socialismo, como al impulso «irrefrenable» y hasta donde se piensa «inevitable» de las fuerzas del mercado en la sociedad?

Luis Miguel: El caso cubano yo creo que, a pesar de que tiene muchos obstáculos por factores tanto externos como internos, factores de índole no solo económica, sino política, tiene una ventaja: ha podido observar qué ocurrió en aquellos países donde de la experiencia del socialismo del siglo XX se pasa a una experiencia de capitalismo del siglo XX-XXI con características muy radicales de neoliberalismo extremo. Aquí hay sectores ideológicos con diferentes planteamientos y hay una disputa teórica, ideológica, pero también política, económica para, entiendo yo, orientar lo que va a ser la construcción del nuevo modelo económico, lo que aquí llaman «la actualización». En esa disputa, bajo mi punto de vista, sería muy importante que todos aquellos sectores que coinciden — y estos sectores en algunas cosas coinciden y en otras no, pero coinciden en esto — en la necesidad de preservar o de construir o impulsar un sistema (llamémosle socialista), o que por lo menos tengan claro que hay que evitar la restauración del capitalismo en el país; pues deberían construir puentes por lo menos para que eso se garantizara. Como apuntas, hay un sector con peso en diferentes instituciones, en diferentes espacios en los que su objetivo más o menos expreso es la restauración del capitalismo en Cuba.

Ahí la clave es cómo consiguen generarse puentes entre dos sectores que, como es obvio, tienen, en este momento, fuerza muy desigual. El más estatista tiene una fuerza todavía muy, muy grande respecto a lo que pueden ser los sectores del socialismo más autogestionario. A veces sí que es verdad que por desgracia se miran con muchas reticencias. Sería bien importante si desde el sector más estatista se asume — y que de facto se está asumiendo pues ya no es una cuestión del debate teórico — que hay que transferir una parte de propiedad — y por lo tanto de control de la economía — a sectores no estatales o le das más relevancia a la transferencia al sector privado tradicional o le das más relevancia a un sector que en términos formales va a estar en clave socialista, instalando cooperativas o empresas más o menos de esa línea.

Es un aspecto fundamental cómo fortalecer el surgimiento y crecimiento de empresas autogestionadas con la evaluación que sea necesaria, con el seguimiento que sea necesario pero que puedan de alguna manera ir fortaleciendo un sector relevante en la economía que sería un sector no estatal, pero no capitalista. Implicaría reproducir esto que estabas planteando antes: propiedad colectiva y gestión directa. Es clave cómo articular esos puentes y que haya una apuesta clara por apoyar estas experiencias.

Sé también que en la experiencia de desestatización en la Unión Soviética hubo empresas «cooperativas», que se disfrazaron de cooperativas pero que en el fondo tenían como horizonte constituirse como empresas privadas y esto ocurrió cuando el marco jurídico-político y la correlación de fuerzas lo permitió. Puedo entender que haya estas reticencias. Pero lo que es evidente es que en este contexto, a principios del siglo XXI, el socialismo híperestatizado no funciona, y no funciona en el caso cubano tampoco por una cuestión de productividad, de eficiencia. La realidad te obliga a tener que redefinir tu economía. La cuestión es dónde ponemos énfasis: en fortalecer lo privado o en fortalecer lo cooperativo, lo comunitario. Ahí está la clave.

LT: Y en tu experiencia concreta sobre el desarrollo de cooperativas cubanas en la investigación ¿cuáles han sido los aciertos, resultados y límites de esas experiencias del sector cooperativo?

Luis Miguel: En términos generales, por no particularizar, aciertos creo que hay varios. Aspectos positivos que tienen que ver más con la cotidianidad de la economía cubana y es que más allá de la ideologización del debate o de la idealización del socialismo hay una serie de necesidades urgentes que tiene acá la gente sobre mejorar las condiciones materiales en el día a día. Y está claro que las cooperativas han posibilitado una mejora sustancial en términos porcentuales del ingreso de los trabajadores de las cooperativas en relación a lo que pueden ser los salarios del los trabajadores del Estado. Eso es en este momento clave. Otras cuestiones — aquí sí ya más ideológicas — se relacionan con el rescate de la cultura del trabajo. En el sentido de que aquí tu esfuerzo como persona pero también como colectivo será, — no me gusta ni sé si es la palabra conveniente — «premiado», pero de alguna manera va a ser valorado en función de tu esfuerzo y por lo tanto vas a cobrar en función de tu esfuerzo y creo que también es importante. Sobre todo porque en la experiencia del socialismo del siglo XX, y también del cubano, en el que la cultura del trabajo se ha visto bastante deteriorada.

Otro aspecto también interesante ha sido por lo menos el valorar el trabajo en colectivo. Por las experiencias que he podido investigar, la gente se sentía satisfecha no solo porque mejoran sus condiciones individuales sino porque consideran que en su cotidianidad hay prácticas cooperativas, de cooperar con el compañero y la compañera, que les hacen sentirse más «unidos». Lo decían así, utilizando literalmente esa palabra: unidad. Pero unidad a partir de un trabajo cooperativo, cooperado, que además evidencia que los empleos anteriores del Estado eso no se daba, lo cual es paradójico. Solo se daba en algunos lugares donde la gente trabajaba. Ahora dicen «aquí sin embargo estamos recuperando una idea de la unidad en el trabajo». También está el hecho de que hay gente que había venido de la empresa privada cubana, que estaban trabajando — por ejemplo en paladares — y dicen «estaba trabajando en algunas empresas privadas y aparte de que aquí ya no me siento explotado, porque en el otro lugar obviamente me sentía explotada, aquí todos cobramos en función de lo que trabajamos y no hay nadie que se apropie de más». Otra vez el debate de la plusvalía que es muy interesante, y que ahí si lo comparas con la experiencia de la privada pues hay un avance bien interesante.

Y tenemos el hecho de la gestión directa, la existencia de la asamblea — que lo resaltan de manera bastante evidente — «hay una asamblea, podemos decidir, en la asamblea decidimos las cosas importantes»; más allá de que no hay una cultura del trabajo asambleario, es una cultura asalariada y esto es bien importante. Lo que nos lleva un poco a lo que serían las debilidades. Todavía no hay una identidad laboral muy anclada en la cultura del trabajo asalariado y por lo tanto en estar acostumbrado a recibir directrices desde arriba y hay que construir cultura cooperativista. Construir cultura cooperativista es uno de los retos todas las cooperativas y esto consiste, en primer lugar, asumir que el cooperativista decide, que tiene que participar en la asamblea y que por lo tanto tiene el derecho a decidir. Hay un tránsito que creo que se está dando pero todavía implica que pasen una número de años.

Otro elemento tiene que ver al final con cómo construir una cultura cooperativa en clave no capitalista, es que hay todavía un recorrido largo a la hora de poder practicar, y que la gente interiorice, una serie de principios básicos del cooperativismo que tienen que ver con que estamos construyendo una empresa no capitalista. No solo es solucionar nuestros problemas de condiciones materiales individuales o colectivas, sino que lo que estamos construyendo aquí va a ser parte de un nuevo sistema, un nuevo tipo de socialismo. La palabra «riesgo» es un tanto dura, pero creo que hay un reto muy grande: ¿cómo imprimir esos principios cooperativistas en todas las experiencias? Porque también es verdad que hay algunas experiencias cooperativistas que han sido suspendidas en las que había empresas privadas encubiertas o había un interés claro por trabajar a partir del ánimo de lucro, de crecer en términos capitalistas. Creo que ahí sí que hay que hacer una especie de seguimiento constante y son muy importantes — por los liderazgos de mucha gente clave — que puedas acompañar estos procesos de politización al interior de las cooperativas.

* Uharte, Luis Miguel y Martí Comas, Julia (coords.). Repensar la economía desde lo popular. Aprendizajes colectivos desde América Latina. Editorial Icaria. Barcelona. 2019

sábado, 9 de junio de 2018

Sobre el sector privado en Cuba. Tres opiniones

I - ¿Bombas de tiempo millonarias en Cuba?
 La economía reclama mayor dinamismo, eficiencia, pero sin entregar el país a las leyes del mercado.

Foto: Cubadebate
Tales reacciones no salen del aire. Restablecer formas de propiedad privada como las interrumpidas aquel año, y acaso otras, se ha considerado insoslayable para evitar el agotamiento de una centralización que se había valorado como necesaria. La economía reclama mayor dinamismo, eficiencia, pero sin entregar el país a las leyes del mercado. Estas, dejadas de la mano, conducirían a un tipo de sociedad que ni de lejos sería la equitativa por la que Cuba ha hecho grandes esfuerzos y sacrificios.
Todo eso estará claro en el pensamiento con que —Partido, Estado, participación popular mediante— la nación se ha planteado alcanzar la solvencia necesaria para que el país sea vivible y no se asfixie en una resistencia sin salida. No obstante, si se pone el oído a la vida, se perciben señales o pruebas de que alcanzar ese logro vital sin sucumbir al pragmatismo economicista del capitalismo puede ser un deseo mayoritario, pero no necesariamente unánime, ni tendría por qué serlo.
El asunto es complejo, y Cuba no puede ni ha de aislarse del mundo; pero ¿debe por eso confiar el futuro socialista que busca a formas de capitalismo de Estado o del modo de producción asiático? En el nombre del primero el núcleo es capitalismo, y el segundo, aunque se actualice, es tan ajeno a la cultura del país como la realidad sueca u otras marcadas por una socialdemocracia que se concibió para cerrar puertas al socialismo que parecía erigirse en la euroasiática URSS y en algunos territorios europeos.
Acaso conceptos claros y controles eficaces no sean suficientes, pero sí indispensables si se quiere edificar un socialismo plenamente participativo, con el pueblo en el centro de las decisiones, para no perder el rumbo de una Revolución cuya esencia radica en haber sido y ser hecha por los humildes, con los humildes y para los humildes. Las excepciones pueden ser luminosas, pero son minoritarias.
Que lo planeado como una cooperativa municipal pase a ser una empresa privada con sucursales desde Guantánamo hasta Pinar del Río puede acarrear males de difícil reversión, o sin retorno. La influencia del despropósito aumenta si la entidad no produce presillas para tendederas, sino algo tan vital como viviendas, tarea con serios déficits acumulados y de la cual el Estado no debe desentenderse. Siempre serán útiles las rectificaciones necesarias. Pero frente a males mayúsculos poco valdrían autocríticas y lamentaciones. El dueño de la exitosa empresa se las arreglaría, y recursos no le faltarán, para tener testaferros que, enmascarados como presidentes de cooperativas territoriales más o menos “modestas”, den la cara por él.
¿Es fácil lograr controles perfectos, invulnerables, e impedir que surjan millonarios? Cabe suponer que no lo es. Por eso mismo se requiere aplicar las medidas prácticas más eficaces, no solo para que no surjan monstruos, sino incluso para que también los réditos de las entidades que cumplan las leyes se reviertan de veras en la sociedad, según lo establecido. Con ese fin se ha creado un sistema de impuestos que seguramente podrá perfeccionarse. Pero sería ingenuo imaginar que quienes se hagan de negocios particulares estarán pensando primordialmente en asegurar la construcción del socialismo, y no en fomentar sus ingresos personales, o familiares.
Como en otros tiempos, en el nuevo sector privado puede haber y habrá patriotas que no han renunciado ni renunciarán a los grandes ideales de la Revolución, y estén dispuestos a seguir defendiéndola hasta con las armas si fuera necesario. Ahora bien, no hace falta negar esa posibilidad, o realidad, para saber que la base del proyecto socialista radica en la propiedad social bien entendida, ni para saber por qué el imperio como sistema —no solo un “mago” suyo como el “encantador” Barack Obama— apuesta por ese sector y proclama que únicamente en él tiene Cuba personas emprendedoras, y soluciones.
Para impedir descarrilamientos no basta la propaganda enfilada a sustentar valores y a decir que aquí el socialismo —aún en construcción, y con tremendos obstáculos que vencer— es irreversible, y el capitalismo no podrá volver jamás. Aunque todo eso está muy bien como reclamo de rumbo y defensa del deber ser, la experiencia internacional muestra que no cabe confiar en supuestas irreversibilidades como si fueran un hecho fatal, inevitable, designio de dioses. Junto con la propaganda bien intencionada, y sustentaciones de los más altos ideales, se requieren mecanismos que de veras funcionen como se desea y se necesita que hagan.
Lucidez y prevención resultan indispensables, pero estarán inseguras si entre los seres humanos encargados de cuidarlas no priman la ética, la disciplina y la honradez. Sería incauto suponer que estas se hallan del todo garantizadas cuando no faltan indicios de desorden y comportamientos aberrantes, para no hablar de escandalosos actos delictivos probados. Estos, aunque no suela informarse sobre ellos en la prensa tanto como se debería, son la expresión más ostensible de violaciones desarrolladas al amparo de una insuficiente asunción de lo que significa la propiedad social, a veces entendida como una entelequia que no le pertenece a nadie o es patrimonio del Estado, no del pueblo.
Para que la redistribución social de las ganancias se distorsione, o naufrague, basta el relajamiento más o menos generalizado, aunque fuese a bajos niveles, del orden, la convivencia y la legalidad. El mal se agrava si actúan unos cuantos —¿pocos?— inspectores venales y otros agentes del orden que, en lugar de cumplir sus funciones, las supediten al logro de ganancias y prebendas inmorales. Por ese camino proliferan la defraudación del fisco y pueden darse casos en que, si lo establecido y legal es, digamos, la tenencia de un solo restaurante, alguien se las amañe para ser dueño de varios establecimientos de ese tipo, y de otros, como hoteles, y quién sabe cuántos más.
Pensar que no se debe poner límites al enriquecimiento, o al menos controlarlo, supone abogar por una libertad de empresa que no llevaría a tener un sector privado que, además de obtener sus ganancias, sirva al desarrollo del país con afán socialista. Se fomentarían propietarios privados que acabarían teniendo una influencia social y económica contraria al fin de construir el socialismo. Ese es un propósito para el cual no basta que numéricamente la propiedad social sea básica: es indispensable que resulte eficiente y que la privada no le pase por encima ni en los hechos ni a nivel simbólico.
La escasa o nula inclinación de Fidel Castro a la aparición de ricos —no ya de millonarios como los que van surgiendo— no era cuestión de manual, sino voluntad práctica de prevenir males. Uno de ellos, y no el menor, sería la imagen de prosperidad dable a la vía privada en menoscabo de la social, vistos los hechos desde el egoísmo. A lo que el desequilibrio representaría simbólicamente, se añadiría en los hechos el influjo deformante de lo que puede recibir distintos nombres, pero equivaldría a comprar conciencias, por los “favores” que el rico puede prestar a quienes le rodean, y por el deseo de emularle que su nivel de vida incentive en otros que no han llegado a ser ricos, pero lo añoran. Máxime si los salarios en el sector social son insolventes.
Hace poco, de visita el autor de este artículo en un pueblo de cuyo nombre sí quiere acordarse, pero no viene al caso mencionarlo porque tal vez no sería un caso aislado, los candidatos a diputados por el territorio al Poder Popular fueron recibidos con cordialidad, esperanzas y euforia justificadas. La mayor aportación para el recibimiento —un lechón asado— no fue obra del colectivo, sino de un propietario rico que, a su vez, es delegado de su circunscripción. No hay por qué negarle el derecho a serlo, y llevar a cabo en ello una buena labor, ni escatimarle el reconocimiento de buenas intenciones; pero hechos e imágenes tienen su propio valor en la realidad, en la vida.
A lo largo del país el enriquecimiento de un propietario de finca—terrateniente, aunque no sea latifundista— puede haber venido de tierras otorgadas por el Estado, incluso por la vía de la fundacional Reforma Agraria, que no se concibió para fomentar desigualdades, sino para erradicar o mermar las que existían, y prevenir otras. Además, no todos los ricos se hallan en el sector agrícola, que tampoco se libra forzosamente de las generalidades, y el enriquecimiento puede proceder de varias fuentes, no siempre de la consagración al trabajo y de ganancias bien habidas.
Entre dichas fuentes figura la explotación de unos seres humanos por otros, realidad medularmente opuesta a los ideales socialistas, pero que ocurre siempre que alguien medra con la plusvalía extraída del trabajo ajeno. Eso no lo impide el mero hecho de que alguien entusiasta y bien intencionado quiera suponer que Cuba es un caso tan particular que en ella no funcionan las leyes de la historia y de la economía. Estas son palmarias y actúan aunque no se les quiera tener en cuenta ni se mencione el marxismo. Acaso operen con mayor fuerza cuando se incurre en omisiones tales.
Y hay otras fuentes posibles, o comprobadas, de enriquecimiento. Dos pueden guardar especial relación entre sí: una, aludida ya, es la ineficiencia —que no es inevitable, sino a menudo fruto de errores y desidias— de la propiedad social; otra, la corrupción, las malversaciones, la pérdida de lo que debería llegar al erario público para beneficio ciudadano, y toma otro camino. Como si todo eso fuera poco, nada autoriza a ignorar que entre las vías para hacerse rico en Cuba puede hallarse el dinero recibido del exterior, y no precisamente de un reservorio creado, en Marte, para financiar la equidad en el planeta Tierra.
Vale recordar lo sucedido en lo que fueron la Unión Soviética y el campo socialista europeo. De la corrupción surgieron en esos lares mafias que calzaron fruitivamente —ni siquiera furtivamente en todos los casos, sino quizás ante la vista pública— el desmontaje del socialismo y la suplantación de este, desde dentro, por la maquinaria capitalista. En ningún lugar se debe decretar que tales deformaciones sean imposibles. Tampoco en Cuba, aunque exista el firme propósito de impedir que ocurran.
Este país, que está rodeado por un entorno mundial capitalista, viene de un capitalismo dependiente contra el cual unas décadas de afán socialista pueden no blindar lo bastante el triunfo deseado. Téngase especialmente en cuenta que sus relaciones con el exterior incluyen de manera descollante, y traumática, la hostilidad de una potencia imperialista vecina que apuesta por aplastarlo y borrar de la faz de la tierra el “mal ejemplo” que él viene dando al mundo desde 1959.
Nada de eso puede desconocer Cuba, ni siquiera por la creencia de que esta nación ha tomado un camino del cual no hay fuerza alguna capaz de desviarla. Salvo que, por su excepcionalidad, real o supuesta, le nazcan millonarios y millonarias que, dados con vehemencia a estudiar a fondo El manifiesto comunistaLa historia me absolverá y los documentos del Partido, abracen como la pasión de su vida construir el socialismo. Pero ¿hay por qué contar con que así sea? ¿No sería aconsejable más bien tener presente la propia historia de la nación, en caso de que no se quisiera mirar al mundo?
Cuba viene de una trayectoria en la cual el independentismo halló inicialmente líderes surgidos del seno de la opulencia, con mayor o menor grado de crisis, o sin ella, y al final de la Guerra de los Diez Años lo representaban y defendían básicamente patriotas ubicados en sectores de menos recursos económicos, pobres incluso. Así, radicalizándose, llegó esta nación a la gesta de 1895, y a la etapa de luchas que, iniciada en 1953, le abrió en 1959 el rumbo que la ha traído hasta hoy.
Si para la Cuba de su tiempo halló Martí la palabra de pase en crear, José Carlos Mariátegui entendió el socialismo como un acto de creación heroica. Que los toros sean indóciles, no será razón para ignorarlos, sino para agarrarlos por los cuernos y tratar de que no funcionen como bombas de tiempo contra el socialismo.


II- El sector privado, ¿enemigo?




Cuentapropista en Santa Clara, Cuba. Foto: Desmond Boylan / AP.


Hace unos días, la revista de cultura cubana La Jiribilla publicó el artículo “¿Bombas de tiempo millonarias en Cuba?” firmado por Luis Toledo Sande. En este material, el autor abordó el peligro que puede representar para la Revolución y la construcción del socialismo en Cuba la existencia de un sector privado sin regulaciones ni control de algún tipo.

Esta cita del texto en cuestión resume su tesis central: “Pensar que no se debe poner límites al enriquecimiento, o al menos controlarlo, supone abogar por una libertad de empresa que no llevaría a tener un sector privado que, además de obtener sus ganancias, sirva al desarrollo del país con afán socialista”.

Si bien esta preocupación es totalmente verídica, discrepo en varias cuestiones argumentadas por el autor. La fórmula “control, exigencia y disciplina”, única opción de política hacia el trabajo por cuenta propia, que se repite hasta el cansancio y que se asume en la publicación, ha demostrado su insuficiencia para hacer que el país se ponga en la línea de arrancada de la carrera hacia el desarrollo.


Negocio privado en La Habana. Foto: Roby Gallego.


Abordar el fenómeno del sector privado en Cuba desde una arista política, requiere considerar adecuadamente las condiciones reales del mundo en que vivimos y no de aquel en el que creemos vivir.

Insistir a esta altura en desconocer la aspiración de las personas a prosperar y a tener mejores condiciones de vida, es, precisamente, un craso error político. El artículo falla en ese sentido al afirmar que “…sería ingenuo imaginar que quienes se hagan de negocios particulares estarán pensando primordialmente en asegurar la construcción del socialismo y no en fomentar sus ingresos personales o familiares”.

La preocupación de asegurarse la vida y prosperar está presente en todos y cada uno de los habitantes de este planeta. ¿O los trabajadores de nuestras empresas estatales concurren a sus deberes laborales únicamente por vocación socialista? ¿Optaría entonces el autor por eliminar los salarios para contribuir al ahorro nacional? Estoy seguro de que no. Es hora de que, sin convertirlos en nuestro credo, se acepte que el interés y las necesidades materiales de las personas son fuerzas que operan en nuestra sociedad.


Restaurante privado en La Habana, enero de 2018. Foto: Ramón Espinosa / AP.


El problema a enfrentar en Cuba en cuanto a la economía de mercado no es la existencia de un sector privado que haya copado los espacios políticos imponiendo su agenda por encima de intereses nacionales ni que conspire con intereses foráneos para subvertir el orden interno. Mucho menos que haya ocurrido un proceso de privatizaciones al mejor estilo neoliberal. Si tenemos un sector privado con los defectos que todos conocemos es porque no hemos sido capaces de garantizarle un marco legal y condiciones que, además de establecer las lógicas restricciones, defina reglas de juego claras y que fomenten su desempeño saludable.

Por supuesto que las cosas no son tan sencillas; persisten contradicciones reales de la economía nacional que son difíciles de resolver. Pero en el fondo yace un hecho: no se termina de asumir al sector privado como un actor económico de grandes potencialidades y que tiene que mucho por aportar.

Mientras no se supere el criterio de que el cuentapropismo es válido únicamente como mecanismo para generar empleo y para liberar al Estado de cuestiones de importancia menor, no podremos avanzar.


La Guarida, en La Habana. Foto: Gabriel Guerra Bianchini.


La toxicidad de una economía de mercado libérrima está más que demostrada. Pero igualar en el debate a las gigantescas transnacionales con las pequeñas empresas y los cuentapropistas es una exageración. Las últimas siguen siendo las fórmulas organizativas de producción más extendidas, y son protegidas en varios países. Se pueden mencionar como ejemplos, además de China y Vietnam, no pocas naciones de nuestra área e incluso con gobiernos progresistas o de izquierda.

La CEPAL, organismo internacional que Cuba preside desde hace unas semanas, tiene investigaciones y recomendaciones políticas claras de cuánto pueden las pequeñas empresas y los trabajadores autónomos contribuir al desarrollo, la prosperidad, y cómo emplearlas para disminuir brechas de desigualdad.

Hay que saber mirar hacia el exterior sin complejos y estar dispuestos a aprender de cualquier experiencia valiosa. Contrario a esto, Toledo Sande no reconoce los resultados de China y Vietnam en su tratamiento a la economía de mercado ya que el modo de producción asiático “es tan ajeno a la cultura del país como la realidad sueca (…)”.

¿De dónde salió el socialismo que adoptó como modelo este país? ¿Acaso tenía Cuba en 1961 alguna similitud con la Alemania del siglo XIX o la Rusia zarista? El conocimiento humano, la mayor riqueza que hemos creado como especie, se construyó sumando e integrando los aportes de las diferentes civilizaciones que han poblado el planeta a lo largo de su historia.

En cambio, en el debate se prefiere oponer al sector estatal y el privado al afirmar que “…no basta que numéricamente la propiedad social sea básica: es indispensable que resulte eficiente y que la privada no le pase por encima ni en los hechos ni a nivel simbólico”.


Tienda de souvenirs en La Habana, enero de 2018. Foto: Ramón Espinosa / AP.


Esta filosofía de la “competencia” no es saludable para Cuba y resulta totalmente estéril. Ni la empresa estatal es necesariamente igual a socialismo, ni la empresa privada es el epítome del mal.

Que las industrias estratégicas permanezcan en manos del Estado no contradice la necesidad de que ambos sectores se integren para impactar en el crecimiento y desarrollo de este. Esa debería ser la principal preocupación, cuidando especialmente que los grupos sociales más desfavorecidos se beneficien también.

Un elemento inexacto de los críticos cubanos del papel del mercado, y que emplea Toledo Sande en su análisis, es vincular la desaparición de la URSS a las reformas orientadas hacia el mercado que se realizaron en ese país durante la Perestroika. Ese proceso no puede simplificarse de esa manera. Las causas del desastre fueron más diversas, algunas de las cuales, por cierto, también llevan años reproduciéndose lentamente en nuestro país.

Sin apego a lo sucedido en la URSS, se intenta establecer que los pequeños empresarios fueron los que se repartieron el enorme aparato empresarial soviético y causaron el derrumbe. Nada más lejos de la verdad.

Quienes se erigieron de un día para otro como poderosos empresarios multimillonarios fueron los burócratas, los directivos “socialistas” y toda una pléyade de funcionarios que de ser defensores de una sociedad proletaria pasaron a ser típicos capitalistas. De este hecho, el autor extrae una conclusión incorrecta. Al sector privado no hay que controlarlo por este motivo, porque los que se repartirían el país si se diera una transición capitalista en Cuba no están en la paladar de la esquina, ni detrás del volante de un almendrón. Esto es algo que el autor de “Bombas…” sabe muy bien.


Un semáforo en La Habana, mayo de 2018. Foto: Desmond Boylan / AP.


Espero que una afirmación tan inexacta no tenga la intención de levantar sospechas contra las personas de altos ingresos. Este es otro camino políticamente errado. Visibiliza además una contradicción: ¿Preferimos a los “ricos” extranjeros? ¿A ellos sí les damos garantías y condiciones para abrir sus negocios? ¿Acaso no opera en esos casos la plusvalía extraída del trabajo de sus empleados cubanos? ¿El sector privado cubano es una bomba de tiempo contra el socialismo, y a nuestros capitalistas proveedores extranjeros les agradecemos la confianza cada año en la Asamblea Nacional por esperar a que cumplamos el pago de nuestras deudas?

Es antipatriótico y un motivo de vergüenza nacional que se prefiera contratar a una empresa extranjera cuando se puede obtener el mismo servicio a través de un cubano trabajando por su cuenta, o incluso mediante otra empresa estatal. Hay casos de sobra para sostener esta afirmación.



Turistas en La Habana pasan por delante de un crucero atracado en el puerto de la capital cubana. Foto: Ramón Espinosa / AP.


Urgen coherencia y pragmatismo en Cuba. No hablo de dirigir el país con parámetros técnicos como si fuera una empresa. Pero hay que desterrar el “subjetivismo politicista” como refiriera el Dr. Oscar Fernández en un comentario enviado a La Jiribilla con motivo de “Bombas…” para referirse al daño que nos ha hecho y nos sigue haciendo la subestimación de las ciencias y realidades económicas.

Tal parece que ha surgido en el último año un miedo atroz al desarrollo del sector privado y cooperativo en Cuba. Quienes los critican como herramientas ineficaces para Cuba, ¿qué tienen que ofrecer como alternativa? ¿Cincuenta años más de centralización excesiva y tirar por la borda los lineamientos y la conceptualización del modelo económico que le ha costado años de discusión a este país? ¿Ampliar con fuerza el experimento de las cooperativas no agropecuarias? ¿Propondrán fórmulas que vayan en la dirección de socializar verdaderamente las empresas estatales, donde los trabajadores elijan a sus directivos y puedan decidir realmente sobre todos los asuntos de las empresas?

La hora de los debates se está acabando.


Cooperativa de manicure en La Habana. Foto: Ramón Espinosa / AP.


No se trata de entregar el país a las leyes del mercado, sino de usarlas. Si Toledo Sande dice con razón que las leyes de la plusvalía existen en Cuba y que no se pueden ignorar, hacerlo con las leyes del mercado puede tener también consecuencias catastróficas.

Si queremos sacar a Cuba del hoyo económico en el que está, tendremos que aprender a dominar las fuerzas del mercado de la misma manera en que los humanos aprendieron a dominar el fuego hace millones de años.


III - Oscar Fernández Estrada. Comentarios sobre el economicismo en el debate en Cuba. El Estado como Tal 


El Dr. Oscar Fernández Estrada, colega economista invitado de este blog, comparte un breve comentario a propósito del artículo de Luis Toledo Sande “¿Bombas de tiempo millonarias en Cuba?, específicamente en relación con lo que se ha llamado el “economicismo”.


Estimado autor, partiendo de un inobjetable respeto a su trayectoria y solidez intelectual y respetando aún más su opinión como individuo, deseo sumar al debate sobre su artículo algunos breves elementos, tal vez discrepantes, que me he animado a escribirlos desde el móvil sin tiempo para revisar y resumir (ruego se me perdone por ello).

Muchas veces cuando se enarbola al supuesto “pragmatismo economicista” como peligrosa tendencia que intenta imponerse en Cuba desde algunas esferas, se parte desde un profundo desconocimiento o subestimación de la ciencia económica.

Podría decirse de igual forma (y no recuerdo haber leído esta alerta) de los peligros y las nefastas consecuencias de un “subjetivismo politicista” que hemos padecido durante muchos años que ha borrado, desconocido y estereotipado muchas propuestas rigurosas y audaces desde la ciencia económica realizada por nuestros académicos cubanos (por cierto, de una vocación socialista tan indiscutible como la de los médicos que van al África o los linieros que se movilizan con los huracanes).

Las opciones, por lo tanto, no pueden reducirse a una simplificación tan superficial: lo que existe hoy en materia de sistema económico -como quiera que se le llame- vs la opción capitalista privatizadora de las conquistas de nuestro socialismo que vendería el país a las trasnacionales y dejaría desamparado a nuestro pueblo trabajador.

No es riguroso plantear el problema con esa simpleza. Hay muchos muchos espacios de transformación de nuestra totalmente disfuncional concepción económica (disfuncional sobre todo para desarrollar las conquistas socialistas), muchas opciones para transformar una muy mala forma de administrar nuestra economía (y no me refiero a los funcionarios consagrados del MEP sino al modelo en el que están entrampados) sin que a nadie se le ocurra entregar las riquezas del país a las manos del gran capital.

El socialismo en la URSS no lo destruyeron los cuentapropistas devenidos en empresarios millonarios, sino que fueron los funcionarios del Estado y el Partido -promovidos a sus puestos durante años por un sistema muy parecido al nuestro y con opciones casi nulas de escrutar su gestión muy parecidas a las nuestras- los que se empoderaron y de hecho empujaron el socialismo por el caño.

Siguiendo esa comprobada experiencia diría que todas las alertas de nuestra intelectualidad socialista deberían centrarse mucho más en denunciar peligros potenciales más tenebrosos como la inverosímil y ascendente concentración de poder en el Grupo Empresarial GAESA, de la cual el pueblo trabajador no tiene ni la más mínima idea, pues los medios no hacen la más mínima referencia y sus máximos directivos, a diferencia de los  restantes sectores, no figuran como diputados en la Asamblea Nacional, y ni siquiera son nómina del Comité Central del Partido.

El sector privado en el socialismo cubano debe tener su espacio y el cooperativo más. Y el Estado Socialista cubano tiene que transformarse para adaptarse a su existencia, aprender a encaminarlos, a influir sobre ellos, y a establecer alianzas estratégicas de largo alcance.

El sector empresarial estatal tiene que mantener su espacio. No tiene por qué preocuparnos tanto la amenaza de una eventual privatización en un contexto en el cual en 8 años de reforma económica -que pasó ya su momento de mayor entusiasmo y audacia- absolutamente ninguna instalación estatal ha pasado ni siquiera a la gestión privada -más allá de un puñado de restaurantes y barberías- y mucho menos cambió de propiedad.

Pero el Estado Socialista cubano tiene que transformarse y de una vez entender que las empresas tienen que ser empresas y no departamentos del nivel central, que tienen que tomar decisiones, invertir, asumir riesgos, crecer, fracasar, pagar a sus empleados lo suficiente para garantizar su sostenibilidad. Pero el Estado no sabe cómo lidiar con actores autónomos, cómo controlar e influir en sus comportamientos porque siempre los ha dirigido directamente.

Por último, preferiría que evitáramos el superficial modo de referirnos al mercado como un asesino de niños. El mercado es una institución objetivada hace muchos muchos años, incluso previo a que el capitalismo lo acogiera y lo convirtiera en súmmum. Es la tecnología conocida hasta el momento más eficaz para ordenar un mundo de mercancías del cual Cubita la bella forma parte indiscutiblemente. El desprecio que nos han enseñado a profesarle nos aleja del necesario estudio de sus leyes y de los modos en los que se le puede emplear para fines nobles.

No son las leyes del mercado las que traen tanto desastre y desigualdad en este mundo. Son las leyes del capitalismo aplicadas por los capitalistas.

Construir mercados justos que equilibren la balanza a favor de los consumidores en lugar de entregar poder absoluto a los productores como ocurre en Cuba en la actualidad podría ser también una fuente de equidad social y sobre todo el único camino para combatir al tan estructurado mercado subterráneo, activista principal en la corrosión de valores a nivel social.

Hay mucho por donde aproximarnos a la compleja realidad cubana de hoy. Pero la intención tiene que ser aglutinante y no descalificadora. Personalmente quisiera dejar claro, en resumen, que:

– Comparto los peligros que entraña para la sociedad cubana el desarrollo del sector privado, pero aceptaría el reto. No veo otra opción que intentar el socialismo de este tiempo desde la heterogeneidad. Por supuesto que implica rediseñar el Estado no solo en el ámbito de sus mecanismos económicos. Pero no es posible dar marcha atrás ni desconectarnos totalmente de procesos globales que estamos lejos de controlar.

– El peligro mayor de reversión sistémica radica en el poder incontestable que descansa en empresas, grupos de empresas, supragrupos de empresas, megagrupos de empresas, así como en organismos e instituciones, que al final termina en la mesa de un mortal con nombre y apellidos, con virtudes y debilidades, con aspiraciones ideológicamente correctas o con ambiciones perversas, que requieren urgentemente ser puestas bajo profundo escrutinio público.

Perdone la improvisación y la extensión. Muchas gracias por el interés y la paciencia.

Oscar Fernández Estrada
Doctor en Ciencias Económicas
Profesor Titular de La Universidad de La Habana