Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

domingo, 21 de junio de 2020

Los Estados Unidos de la desesperación


PRINCETON – Mucho antes de la llegada de la COVID-19 otra epidemia proliferó en Estados Unidos y mató a más personas en 2018 que el coronavirus hasta el momento. Lo que llamamos «muertes por desesperación» —muertes por suicidio, enfermedades hepáticas relacionadas con el alcohol y sobredosis de drogas— aumentaron rápidamente desde mediados de la década de 1990, para pasar de aproximadamente 65 000 al año en 1995 a 158 000 en 2018.

El aumento de las muertes por esta otra epidemia se limita casi completamente a los estadounidenses que carecen de estudios universitarios de al menos cuatro años de duración. Mientras que las tasas de mortalidad totales cayeron para quienes cuentan con un título de estudios de cuatro años, aumentaron para los estadounidenses con menos capacitación. La esperanza de vida al nacimiento para todos los estadounidenses cayó entre 2014 y 2017. Esa fue la primera caída de tres años en la expectativa de vida desde la pandemia de la gripe española en 1918-19; ahora que tenemos dos epidemias virulentas a la vez, es probable que la expectativa de vida se vuelva a reducir.

Detrás de estas cifras de mortalidad hay datos económicos igualmente sombríos. Como documentamos en nuestro libro, los salarios reales (ajustados por inflación) para los hombres estadounidenses sin título universitario cayeron durante 50 años. Al mismo tiempo, la diferencia en los ingresos a favor de los graduados universitarios respecto de quienes no cuentan con ese título llegó hasta un increíble 80 %. Como se fue reduciendo la probabilidad de que los estadounidenses con menos educación consiguieran empleo, la participación en la fuerza de trabajo de los hombres en su mejor edad para trabajar tendió a caer durante décadas, al igual que la participación en la fuerza de trabajo de las mujeres desde 2000.

Los estadounidenses con más educación se están alejando de quienes no cuentan con ella, no solo en términos de ingresos, sino también de salud. El dolor, la soledad y la discapacidad se han vuelto más frecuentes entre quienes no cuentan con títulos universitarios.

Así estaba EE. UU. en vísperas de la pandemia de COVID-19 y recientemente el virus expuso las desigualdades preexistentes.

Se puede argüir que, históricamente, las pandemias han traído consigo mayor igualdad. El caso más famoso, la peste negra, mató a tanta gente en Europa durante el siglo XIV que creó escasez de mano de obra y mejoró la capacidad de negociación de los trabajadores. Luego, en el siglo XIX, la epidemia de cólera inspiró la teoría de la transmisión de enfermedades a través de gérmenes y preparó el camino para el aumento moderno de la longevidad, primero en los países ricos y luego, después de la Segunda Guerra Mundial, en el resto del mundo. Una gran divergencia en la esperanza de vida en todo el planeta dio lugar a una gran convergencia. 

Pero EE. UU. ha estado experimentando una gran divergencia local durante dos generaciones y la COVID-19 promete ampliar las ya enormes desigualdades del país en términos de salud e ingresos. Los efectos del virus están estratificados según los logros educativos, porque para quienes tienen un mayor acceso a la educación la probabilidad de seguir trabajando y generar ingresos desde sus hogares es mayor. A menos que estén entre los trabajadores más capacitados en atención sanitaria y otros sectores expuestos directamente, pueden sentarse a ver cómo el mercado de valores aumenta aún más sus fondos jubilatorias.

Por el contrario, los dos tercios de los trabajadores que carecen de un título universitario de cuatro años trabajan en actividades no esenciales, por lo que corren el riesgo de perder sus ingresos, o esenciales, por lo que corren el riesgo de contagiarse. Mientras los graduados universitarios han logrado salvaguardar en gran medida tanto su salud como su riqueza, los trabajadores con menos estudios deben arriesgar una o la otra.

Por este motivo, las brechas en el ingreso y la longevidad que ha revelado la tendencia en las muertes por desesperación se están ampliando aún más, pero, aunque los blancos menos educados fueron los más afectados en la primera epidemia, la cantidad de afroamericanos e hispanos que murieron por la COVID-19 fue desproporcionada. En consecuencia, se desbarató la convergencia previa de las tasas de mortalidad de blancos y negros.

Hay muchos motivos para estas disparidades raciales, que incluyen la segregación residencial, el hacinamiento y los patrones de viajes diarios para trabajar. Aunque estos factores fueron especialmente importantes en la ciudad de Nueva York, su incidencia fue menor en otros lugares. En Nueva Jersey, por ejemplo, no hubo tasas desproporcionadamente elevadas de afroamericanos ni hispanos en las estadísticas de mortalidad por la COVID-19.

El costoso sistema de salud estadounidense continuará aumentando los efectos de la pandemia. Entre las decenas de millones de estadounidenses que perdieron sus puestos de trabajo esta primavera, muchos también perdieron los seguros de salud que les brindaban sus empleadores, y a muchos les resultará imposible conseguir una cobertura alternativa.

Aunque no se negó el tratamiento a nadie que presentara los síntomas de la COVID-19, es posible que quienes no contaban con seguros no hayan procurado recibirlo. Al momento de escribir estas líneas, la cantidad de muertes en EE. UU. es de al menos 113 000 y más de 200,000 personas han sido hospitalizadas, por lo que incurrieron en costos médicos que tal vez les resulte imposible pagar (incluso si cuentan con seguros) y arruinarán su crédito de por vida. El gobierno federal ha otorgado a las empresas farmacéuticas miles de millones de dólares del presupuesto público para desarrollar una vacuna y, gracias a los lobistas, no estableció condiciones en cuanto a los precios ni se reservó derechos públicos sobre las patentes.

Además, la pandemia está impulsando una mayor consolidación de los sectores económicos al favorecer a los gigantes que ya dominan el comercio electrónico a expensas de las empresas tradicionales en dificultades. La participación de la mano de obra en el PIB —que durante mucho tiempo se creyó inmutable— cayó en los últimos años y el poder de mercado tanto en los mercados de productos como en el de trabajo puede ser una de las causas. Si la tasa de desempleo se mantiene elevada en los próximos años, los términos de intercambio entre trabajo y el capital serán empujados aún más hacia el segundo, invirtiendo la analogía de la peste negra y justificando el optimismo del mercado de valores frente a la catástrofe.

Dicho eso, no creemos que la economía post-COVID vaya a crear un aumento en las muertes por desesperación. La causa fundamental de esa epidemia, según lo que sugiere nuestro análisis, no fueron las fluctuaciones económicas sino la pérdida en el largo plazo de un estilo de vida entre los estadounidenses blancos de la clase trabajadora. Notablemente, las muertes por desesperación estaban aumentando antes de la crisis financiera de 2008 y la Gran Recesión, cuando el desempleo en Estados Unidos pasó del 4,5 % al 10 %, y continuaron subiendo cuando el desempleo cayó gradualmente al 3,5 % en los días previos a la pandemia. Si alguna vez hubo una relación entre suicidio y desempleo, ya no es evidente en EE. UU.

Sin embargo, los episodios del pasado sugieren que quienes ingresen al mercado de trabajo en 2020 tendrán menores ingresos durante toda la vida, creando posiblemente la desesperación que lleva a la muerte por suicidio, alcohol o sobredosis de drogas. En otras palabras, el Estados Unidos post-COVID probablemente será igual al Estados Unidos pre-COVID, solo que con más desigualdad y disfunciones.

Es cierto, la furia del público debida a la violencia policial o la atención sanitaria excesivamente costosa podrían crear una ruptura estructural. Si eso sucede, tal vez veamos una sociedad mejor... o tal vez no. No siempre lo que surge de las cenizas es un fénix.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

La ONEI publica otras informaciones del 2019

Por Humberto Herrera Carles

La ONEI ha retomado este mes el ritmo de publicaciones   y han publicado otras informaciones anuales del 2019 de Indicadores Seleccionados .

1- TURISMO NACIONAL INDICADORES SELECCIONADOS 2019

2-  SECTOR SILVICULTURA INDICADORES SELECCIONADOS 2019

3-  GASTOS DE INVERSIÓN PARA LA PROTECCIÓN DEL MEDIO AMBIENTE 2019


4- Protección del Trabajo, Indicadores Seleccionados 2019

EL ESTADO GLOBAL ANTE LA PANDEMIA

Por Jorge Gómez Barata

Nadie podía suponer que el estado moderno tuviera el poder y la capacidad de convocatoria exhibida ante la COVID-19. De modo relampagueante, sin discusiones ni oposición, los gobiernos de todas las latitudes y de todos los colores políticos, decretaron la paralización de la economía mundial; los empresarios asumieron pérdidas billonarias y cientos de millones de trabajadores fueron al paro. Los filósofos callaron, no hubo protestas, huelgas ni lockout.

La pandemia se trasmite en vivo y en tiempo real, sus cifras y ranking, sin dramatismo, incluso con cierta frivolidad, se narran y comentan con ligereza, los países se colocan por lugares según el número de enfermos y muertos y se percibe resignación ante cifras millonarias de pacientes y difuntos. Incluso, con demasiada frecuencia, los médicos se enferman y mueren.

Como si el mundo se operara mediante un “mando a distancia”, al apretar “pausa”, cesó el turismo, cerraron miles de hoteles, balnearios, estadios y lugares de diversión, se inmovilizó el transporte automotor, aéreo, ferroviario y marítimo; se detuvo la producción cultural y se cancelaron los eventos y espectáculos culturales. Todas las ligas y deportes profesionales de futbol, tenis
y ciclismo, las Grandes Ligas de Béisbol, la NBA y la Fórmula Uno de automovilismo cesaron sus actividades, incluso los Juegos Olímpicos fueron pospuestos.

La actividad política mundial se frenó. La ONU, la OTAN, la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial, así como los parlamentos de todo el mundo comenzaron a trabajar “a distancia” o recesaron. Con la única excepción de los Estados Unidos, las manifestaciones y las protestas obreras, estudiantiles, raciales y de género se paralizaron, y los partidos de oposición hicieron mutis. Disminuyeron los delitos porque los narcotraficantes, contrabandistas y tratantes de personas se cogieron a la moratoria y las prostitutas tomaron vacaciones.

Los famosos desaparecieron de la escena, el glamour se remitió, no hubo oportunidad para salones de belleza, atelieres ni boutiques; los estudiantes abandonaron las aulas y los niños dejaron de jugar al aire libre, las bicicletas, los patines y los ómnibus escolares cesaron de rodar y las pelotas de saltar. Las ceremonias de matrimonios y los velorios fueron prohibidas, urbes tan orgullosas como Nueva York, enterraron sus muertos en fosas comunes y los hospitales y consultorios solo aceptaban enfermos de COVID.

El silencio se impuso sobre el ruido urbano y el recogimiento sobre la alegría y los animales salvajes invadieron grandes urbes. La frustración, la pobreza y sobre todo el miedo, prevalecieron.

Los regímenes autoritarios y las democracias más cultivadas, actuaron del mismo modo, usando decretos, ukases y órdenes que las gentes de todo el planeta obedecieron sin invocar la libertad de movimiento, reunión u opinión, conquistas que se creían definitivas. En algunos sitios la policía fue investida de facultades omnímodas.

Todo fue logrado por los gobiernos con solo avisar a la población, algunos líderes ni siquiera se tomaron el trabajo de ir a la televisión y hubo partidos que no convocaron a sus militantes y, el lema universal, al que se cantan alabanzas no pudo ser más conminatorio: ¡Quédese en casa! Y si sale, hágalo con la cara cubierta por una mascarilla.

Ocurrió lo que nadie supuso que ocurriría. La parálisis económica y cultural y el aislamiento social aparecieron como soluciones a un problema de escala global. ¿Por qué? ¿Tal vez fue miedo? O quizás, sin percatarse, la humanidad ha llegado a un estadio civilizatorio en el cual la autoridad y la sensatez pueden operar juntas y las partes del entramado social han comenzado a encontrar terrenos comunes.

Ahora está por ver si la eficiencia y la voluntad política mostrada para paralizar la economía y la actividad social, existe para echarla a andar. Ahora se pone a prueba la voluntad de los estados para apoyar a todos los actores sociales, especialmente, a los trabajadores y campesinos, los emprendedores, los empresarios medianos y pequeños que solos no pueden levantarse con la rapidez a que la subsistencia obliga. Luego les cuento más. Allá nos vemos.
21/06/2020
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El presente artículo fue publicado por el diario ¡Por esto! Al
reproducirlo indicar la fuente

“El socialismo participativo es un escenario abierto para la crisis que se avecina”. Entrevista a Thomas Piketty


Thomas Piketty 19/06/2020, Sin Permiso
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“Hace tiempo que dejamos de imaginar otro sistema”, aseguró el economista, autor del libro Capital e Ideología, entrevistado para Il Manifesto por Roberto Ciccarelli. “Todo el modelo económico debe ser repensado, de manera más equitativa y sostenible después de la pandemia”, señaló Piketty.
Los grandes disturbios político-ideológicos acaban de comenzar. En su último, monumental, libro Capital e ideología Thomas Piketty los observa a partir de una idea orientadora contra las antiguas y las nuevas desigualdades que se derivarán de la crisis desencadenada por la pandemia de Covid-19. El economista francés habla de un “socialismo participativo” cuyo objetivo es realizar una transformación radical del modo de producción capitalista y de su régimen de la propiedad, que debería transformarse en una “propiedad social y temporal que también puede requerir también una reforma constitucional”. En esta perspectiva, el tan comentado regreso del estado de bienestar a la escena adquiere una connotación política precisa. Piketty considera que se trata de transformar el antiguo Estado de bienestar restableciendo una fiscalidad equitativa y un régimen financiero internacional para que los más ricos y las grandes empresas puedan contribuir en la medida de lo necesario.
A este cambio se une también una nueva regulación global para garantizar la sostenibilidad social y ecológica de este replanteamiento. “No hace falta decir– señala Piketty– que tal transformación requiere muchos cambios de opinión. Por ejemplo, ¿están dispuestos el presidente francés Macron y el presidente estadounidense Trump anular los recortes fiscales a los más ricos decididos al inicio de su mandato?”.
En los primeros meses de la nueva crisis, el Estado se utilizó en todo el mundo como asegurador contra los daños de la pandemia a la salud, a las empresas y a los trabajadores autónomos. ¿Es suficiente para reducir las desigualdades del pasado y otras que se producirán mañana?
 La crisis económica y social provocada por la emergencia sanitaria mundial demuestra la violencia de las desigualdades sociales y la necesidad de cambiar el sistema económico. La seguridad social  puede ayudar a amortiguar el shock, y su ausencia puede exacerbar la crisis, como está ocurriendo hoy en los Estados Unidos. Pero no será suficiente: todo el modelo económico debe ser revisado, de una manera más equitativa y sostenible.
¿Por qué cree que es necesaria una reforma fiscal progresiva de los impuestos sobre la renta y el patrimonio?
La fiscalidad progresiva es una de las instituciones que ha contribuido a reducir las desigualdades en las sociedades ricas a lo largo del siglo XX, garantizando al mismo tiempo su prosperidad. En los Estados Unidos, el tipo impositivo aplicado a los ingresos más altos fue, por término medio, del 82% entre 1930 y 1980, lo que no impidió la prosperidad, sino todo lo contrario. En los años 80, Reagan estableció la tasa a más del 28% con la esperanza de estimular la innovación y el crecimiento. Como resultado, la desigualdad explotó, los multimillonarios prosperaron. Y el crecimiento se ha reducido a la mitad: 1,1% anual de crecimiento de la renta nacional per cápita entre 1990 y 2020, frente a 2,2% entre 1950 y 1990 y 2,1% entre 1910 y 1950. Históricamente, la prosperidad viene de la educación y la igualdad, no de una búsqueda desenfrenada de desigualdad y de agotamiento de los recursos. En mi libro propongo hacer un balance de la historia de la progresividad fiscal y avanzar en esta dirección, tanto a nivel nacional como europeo, permitiendo a los países que lo deseen votar por mayoría a favor de un suplemento de la progresividad fiscal europea sobre rentas y riquezas muy elevadas.
También hablas de “una renta de 120 mil euros para todos” y el establecimiento de un ingreso básico. ¿Cómo construir una alianza capaz de apoyar la lucha política que será necesaria para construir el “socialismo participativo”?
Para empezar, creo que es importante hablar sobre el sistema económico que queremos. Después de la caída del comunismo, dejamos de pensar en otro sistema. Pero esto es esencial hoy si queremos salir de las desigualdades sociales y climáticas producidas por el hipercapitalismo. El «socialismo participativo» que apoyo se apoya en tres pilares esenciales: la justicia educativa, que es real y verificable; el reparto del poder a través de nuevos derechos de voto para los trabajadores en las empresas; y la circulación permanente de la riqueza, con un impuesto progresivo sobre el patrimonio y las sucesiones. Actualmente, en Italia o Francia, el 50% más pobre tiene solo el 5% del total de activos inmobiliarios, financieros y profesionales, contra casi el 60% para el 10% más rico y casi el 25% para el 1% más rico. .
Tras el dramático colapso de todas las economías ¿tendremos que esperar al crecimiento y la recuperación de las fuerzas del mercado para lograr una reforma fiscal verdaderamente justa?
No hay nada radical en el sistema que propongo: quien no herede nada (actualmente el 50% más pobre) recibiría 120 mil euros, y quien herede un millón de euros recibiría de todos modos 600 mil euros.
Considerando el nivel de injusticia social, ¿crees que es suficiente?
Si quiere mi opinión, podríamos ir incluso más lejos. Los partidos socialdemócratas han perdido el electorado popular porque han abandonado toda ambición de redistribución.
Criticó el plan de recuperación de Ángela Merkel y Emmanuel Macron porque no tiene fondos suficientes y porque no prevé una democratización de la política europea. ¿Se han resuelto estos problemas con el “Fondo de recuperación” propuesto por la Comisión Europea?
No, porque el problema democrático básico persiste. Debemos alejarnos de la regla de la unanimidad y la opacidad. Seguimos trabajando con los Consejos Europeos que deciden a puerta cerrada y, a menudo, a través de negociaciones secretas. Esto causará enormes problemas a la hora de acordar el monto de los préstamos, la naturaleza de los gastos autorizados y los impuestos comunes que deben aplicarse. Tenemos que crear una asamblea europea, como la Asamblea Parlamentaria Franco-Alemana creada el año pasado, en la que se puedan tomar decisiones mayoritarias para decidir el nivel del plan de saneamiento, su uso, los impuestos comunes sobre los más ricos.
¿Existe una mayoría en los gobiernos que puedan apoyar esta hipótesis?
Con Italia, Francia y España, ahora hay una mayoría para un plan de recuperación mucho más ambicioso. Si estos tres países propusieran una asamblea de este tipo, Alemania aceptaría esta perspectiva y los demás se unirían gradualmente. Pero si nos quedamos atascados en la regla de la unanimidad, existe el gran riesgo de aumentar la desconfianza y la frustración. Es hora de que Europa confíe en la democracia.
La transformación que deseabas no tuvo lugar después de la crisis de 2008. ¿Por qué debería tener lugar en 2020?
La crisis de 2008 se resolvió imprimiendo mucho dinero para salvar a bancos y banqueros. El balance del Banco Central Europeo pasó del 10% del PIB antes de la crisis a más del 40% del PIB. Esta política ha evitado una depresión generalizada, pero también ha llevado a un aumento en los precios de las propiedades y las bolsas de valores y al enriquecimiento de los más ricos, sin resolver los problemas fundamentales de la economía real (falta de inversiones, aumento de las desigualdades, cambio climático). Si hoy no podemos demostrar a la opinión pública europea que podemos movilizar al menos tantos recursos para luchar contra Covid-19 y poner en marcha otro modelo de desarrollo, entonces corremos el riesgo de un divorcio dramático y potencialmente fatal para la construcción de Europa.


 
es director de investigación en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, profesor en la Paris School of Economics y codirector de la World Inequality Database. Es autor de los libros El capital en el siglo XXI y de Capital e Ideología.
Fuente:
Il Manifesto, 09/06/2020
Traducción:
Carlos Abel Suárez

El mito del déficit y la TMM

Michael Roberts 20/06/2020, Sin Permiso
Stephanie Kelton es profesora de economía y políticas públicas en la Universidad Stony Brook, ex economista jefe del Comité de Presupuestos del Senado de los Estados Unidos (asesora demócrata) y fue asesora de política económica del senador Bernie Sanders, el aspirante presidencial que fue la esperanza de la izquierda estadounidense. Kelton es una destacada exponente y divulgadora de la llamada Teoría Monetaria Moderna (TMM).
En un nuevo libro, The Deficit Myth , Kelton explica cuál es la conclusión más importante que se puede extraer de la TMM: es un mito que si el gobierno tiene grandes déficits presupuestarios (es decir, gasta más de lo que obtiene en ingresos fiscales) y pide prestada la diferencia, finalmente la deuda del sector público se volverá insostenible (es decir, el pago de la deuda y de los intereses se volverán imposibles para el gobierno), lo que implica fuertes aumentos fiscales o recortes en el gasto público y posiblemente una huida de la moneda nacional por parte de los acreedores extranjeros.
Kelton afirma que este argumento de los 'austeridanos' es un mito. En su libro, presenta los principales argumentos de la TMM: primero, que "los gobiernos de las naciones que mantienen el control de sus propias monedas, como Japón, Gran Bretaña y Estados Unidos, y a diferencia de Grecia, España e Italia, pueden aumentar el gasto sin necesidad de aumentar los impuestos o pedir dinero prestado a otros países o inversores". El estado (el gobierno nacional) controla la unidad de moneda aceptada y utilizada por el público, por lo que puede crear la cantidad que desee de esa moneda para gastar. Por lo tanto, el estado no necesita emitir bonos para pedir crédito al sector privado, simplemente puede 'imprimir' digitalmente el dinero. De hecho, continúa el argumento, eso es lo que está sucediendo en este momento durante la pandemia de COVID-19. La administración Trump y otros gobiernos están gastando billones en pagar a los trabajadores para que se queden en sus hogares y las empresas entren en hibernación. Sí, está financiando algo de esto mediante la emisión de bonos, pero son la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra los principales compradores de estos bonos, por lo que en realidad están "imprimiendo" dinero para gastar.
El argumento de la TMM y Kelton es que es una nueva forma de ver las finanzas públicas y la política monetaria. Verán, de lo que nadie se ha dado cuenta hasta que por fin se escuchó a los chicos de la TMM es que, históricamente, "es la capacidad del estado de legislar y hacer cumplir sus leyes impositivas lo que sostiene su demanda, lo que a su vez hace que esos dólares tengan valor". Esta es la teoría del chartalismo , desarrollada por un economista alemán de la década de 1920, George Knapp y por otros, de que el dinero ha surgido en las economías modernas como resultado de la necesidad del Estado de gastar y de la necesidad de inventar una unidad monetaria en la que pueda gravar a la gente. Así que la demanda de dinero de la gente ha sido creada por el estado para que paguen impuestos. El dinero es creado por el estado y luego devuelto (destruido) mediante impuestos. Por lo tanto, como ve, el estado controla el dinero y, por lo tanto, puede controlar la economía moderna. Puede gastar sin los limites impuestos por el aumento de la deuda.
Kelton señala lo que todos los partidarios de la TMM defienden: "la TMM simplemente describe cómo funciona realmente nuestro sistema monetario". Su poder explicativo no depende de ideología o partido político". Cuando leo o escucho eso a los partidarios de la TMM, me preocupo. Por supuesto, la verdad y la realidad se pueden distinguir de la ideología, pero la ideología usa la verdad que quiere revelar: nunca hay una objetividad neutral. ¿Es realmente la TMM la base de la política económica socialista o de izquierda como tantos de sus seguidores afirman? - Bueno, no según Kelton. Aparentemente, la TMM es tan útil para los republicanos de derecha como para los marxistas. De hecho, la idea de que los gobiernos pueden incurrir en el déficit que quieran atrae tanto a la izquierda como a la derecha en el espectro capitalista. Como dijo Dick Cheney, el vicepresidente de extrema derecha de George W. Bush, cuando el gasto militar se disparó para financiar la invasión de Irak: "los déficits no importan".
¿Pero tiene razón la TMM de que el dinero emerge en las economías modernas debido a la necesidad de gastar del estado? Esta afirmación del chartalismo es ciertamente cuestionable. Los historiadores del dinero y los grandes economistas de la economía política clásica lo negarían. En particular, Marx no estaría de acuerdo. Para Marx, el dinero emerge en la sociedad como un medio universal de intercambio en el comercio en y entre las comunidades locales. ( Grundrisse: " La circulación de mercancías es la condición previa original de la circulación de dinero" p165 - no el estado). En el capitalismo, el dinero asume el papel de capital a medida que el dinero compra mano de obra y medios de producción para la explotación y la producción de valor y plusvalía "el dinero en sí mismo solo puede existir como un momento desarrollado de la producción donde y cuando existe trabajo asalariado" p 223 ). El dinero representa el valor creado en una economía (" Es la representación integral de las mercancías ", p210).
Para Marx, el dinero no surge fuera del proceso de intercambio en los mercados o de la acumulación de capital. No es exógeno, proveniente del estado, como afirma la TMM; en cambio, es profundamente endógeno al modo de producción capitalista, cuyo objetivo es ganar dinero. Como dice Marx en los Grundrisse: “El dinero no surge por convención, como tampoco lo hace el estado. Surge de un intercambio y surge naturalmente del intercambio: es un producto de lo mismo”. p 165. Para Marx, ni el Estado ni el dinero son exógenos o neutrales al modo de producción capitalista. Así, la teoría monetaria marxista, en oposición a la teoría monetaria moderna, es ideológica. Está del lado del trabajo, basado en la ley del valor y la explotación de la fuerza de trabajo. La TMM no tiene un concepto de valor o de la ley del valor en las economías capitalistas, a saber, que la producción es con fines de lucro, no para satisfacer una necesidad social; la producción es para crear valor de cambio, no valor de uso; esta basada en la explotación en la producción, no en la creación de dinero para impuestos. El beneficio ni aparece en la TMM.
Pero tal vez la teoría monetaria moderna tenga razón y la teoría monetaria marxista esté equivocada. En su libro, Kelton les cuenta a los lectores su conversión a la primera TMM. Sucedió cuando conoció al 'padre de la TMM', el ex gerente de fondos de inversión Warren Mosler. Kelton le visitó en su casa de la playa en el paraíso fiscal de las Islas Vírgenes de los Estados Unidos. Mosler le explicó que consiguió que sus hijos hicieran sus tareas al insistir en que debían pagar impuestos y que si no podían pagar, les retiraría todos sus privilegios. Su impuesto tomó la forma de sus tarjetas de visita (esta fue la unidad de moneda creada por Mosler, que representa 'el estado'). Para obtener estas tarjetas de visita, los niños tenían que realizar tareas. Así, el 'estado de Mosler' creó dinero (tarjetas de visita) que la gente necesitaba para pagar impuestos. Kelton se sintió abrumada por esta prueba de "cómo funciona el sistema monetario" y se convirtió. Y, como dice el viejo dicho, los conversos pueden ser aún más fanáticos que los profetas originales. Kelton es ahora la mayor defensora de la TMM, al menos en Estados Unidos.
Lo que Kelton no pudo reconocer en el ejemplo de Mosler es que había tareas que hacer. Las cosas tenían que ser producidas y el trabajo humano tenía que ser realizado. O los niños trabajan o la familia se hunde. Pero el hogar Mosler no producía para el intercambio, sino para el consumo dentro del hogar. El hogar Mosler no comerciaba con otros hogares e intercambiaba bienes o servicios. Si lo hiciera, las tarjetas de visita de Mosler tendrían que representar de alguna forma el valor de cambio, no solo el tiempo de trabajo involucrado dentro del hogar de Mosler. Las tarjetas tendrían que ser aceptables como representación del tiempo de trabajo en otros hogares. Su 'estado' (Mosler) no pudo decidir eso. En los Grundrisse, Marx explica por qué tener fichas de trabajo no es dinero y no puede funcionar como dinero en una economía capitalista, donde la producción (trabajo) es para el intercambio, no para el consumo.
Tome un ejemplo tópico. Actualmente, muchas aerolíneas que cancelan vuelos por el COVID están tratando de evitar reembolsar a los clientes con dinero (dólares) y, en cambio, están ofreciendo cupones. Cualquiera puede ver que estos vales no son dinero, no son una representación universal del valor de cambio de todos los vuelos y de otras mercancías, sino simplemente boletos con esa aerolínea en particular y por lo tanto solo valen el precio en dólares de los viajes con esa única aerolínea. Dentro de esa “casa” de la aerolínea, estos cupones son 'dinero', pero en ningún otro lugar.
La idea de que es el poder del estado para gravar la explicación del surgimiento del dinero y de la explotación parece descabellada, de todos modos. Kelton afirma que "el Imperio Británico, y otros antes que él, pudieron gobernar de forma efectiva: conquistar, borrar la legitimidad de la moneda original de un pueblo determinado, imponer la moneda británica a los colonizados, y luego observar cómo la economía local entera comenzaba a girar en torno a la moneda británica, sus intereses y poder". ¿Realmente creemos que el imperialismo británico funcionó porque controlaba la moneda de otras naciones? ¿No sería más exacto decir que debido a que el imperialismo británico se impuso a través de la fuerza y ​​conquistó muchas naciones, fue capaz de explotar su población y luego controlar su moneda? ¿Estados Unidos gobierna el mundo porque tiene la moneda de reserva internacional, el dólar? ¿O el dólar se convirtió en la moneda de reserva internacional porque el imperialismo estadounidense dominaba el mundo en sectores como el comercio, la tecnología, las finanzas y militarmente?
Kelton cita el comentario de Mosler de que "dado que el gobierno de los Estados Unidos es el único emisor de su moneda, dijo, era una tontería pensar que el Tío Sam necesitaba obtener dólares del resto de nosotros". " Bueno, sí, eso está bien para el Tío Sam, pero para muchos países explotados por el imperialismo, que no controlan sus propias monedas y dependen en gran medida de las decisiones de las instituciones financieras y multinacionales extranjeras, ¿pueden esos gobiernos imprimir dinero sin restricciones para gastar e imponer impuestos? Pregúntenle a Argentina y otras economías emergentes en la actual crisis del COVID. Su 'espacio fiscal' está muy limitado por el capital internacional. La TMM no les sirve de nada.
Pero el verdadero problema para mí del libro de Kelton y la TMM es si saber que los gobiernos pueden gastar dinero y tener déficits sin la restricción de la carga de la deuda creciente es realmente decir algo nuevo o radical. La teoría económica keynesiana siempre ha argumentado que los déficits públicos y el aumento de la deuda del sector público no tienen que volverse 'insostenibles', siempre que el gasto adicional produzca un crecimiento económico más rápido. Si el crecimiento real del PIB es mayor que el coste del interés de la deuda (g> r), entonces la deuda (pública) puede ser sostenible. Todo lo que parece añadir la TMM es que los gobiernos ni siquiera necesitan aumentar la deuda en forma de bonos del gobierno; el banco central / estado puede 'imprimir' dinero para financiar el gasto.
Pero existen restricciones sobre el gasto gubernamental ilimitado que la TMM admite. Kelton señala: "las únicas limitaciones económicas que enfrentan los estados emisores de divisas son la inflación y la disponibilidad de mano de obra y otros recursos materiales en la economía real". Dos grandes limitaciones, me parece. ¿Cómo surgiría la inflación? Según la TMM, es cuando la capacidad no utilizada en una economía se agota, de modo que hay pleno empleo de la fuerza de trabajo y de la tecnología dada. Después de eso, si no hay capacidad adicional, un mayor gasto gubernamental financiado mediante la impresión de dinero será inflacionario. Si los gobiernos siguen imprimiendo dinero para gastar, la inflación de precios se producirá porque la oferta ha alcanzado su máximo.
Pero Kelton dice que esta restricción nos permite concentrarnos en el problema real: "la TMM nos pide que nos centremos en los límites que importan. En cualquier momento, cada economía enfrenta una especie de límite de velocidad, regulado por la disponibilidad de sus recursos productivos reales: el estado de la tecnología y la cantidad y calidad de sus tierras, trabajadores, fábricas, máquinas y otros recursos materiales. Si algún gobierno intenta gastar demasiado en una economía que ya funciona a toda velocidad, la inflación se acelerará”.
¡Exactamente! Y aquí emerge el verdadero problema. ¿Cómo expande una economía capitalista la capacidad, la inversión y la producción? Hay límites en su capacidad para hacer eso. Pero la TMM en realidad no se centra en estos 'límites que importan', solo en los que no importan (tanto): el déficit y la deuda. Lo más importante de entender es por qué hay capacidad no utilizada; y por qué cae el crecimiento y hay crisis. De hecho, ¿por qué hay crisis regulares y recurrentes en las economías capitalistas? La TMM no aborda ni responde estas preguntas. Según Kelton, "La TMM simplemente describe cómo funciona realmente nuestro sistema monetario". Incluso si eso fuera así, lo cual he cuestionado antes, no nos lleva muy lejos.
En contraste, la teoría monetaria marxista aborda la "restricción" que importa, porque se basa en la ley del valor; a saber, ese valor es creado por el esfuerzo del trabajo humano. Bajo el capitalismo, la fuerza de trabajo humana es comprada por el capital (que posee los medios de producción) para explotar y producir valor y plusvalía (ganancia). Bajo el capitalismo, el valor no es creado por el estado que emite dinero; en cambio, el dinero representa el valor creado por la explotación de la fuerza de trabajo. Imprimir más dinero para que los gobiernos puedan gastar más dinero no producirá más valor a menos que el capital explote más la fuerza de trabajo como resultado de ello.
Kelton dice que "en 2020, el Congreso nos ha estado mostrando, en la práctica, no en teoría, exactamente cómo funciona la TMM: esta primavera comprometió billones de dólares que en el sentido económico convencional "no tenía". Si eso es correcto, no es una buena noticia para la TMM. Porque ¿todos estos billones servirán para producir más y proveer más recursos para satisfacer las necesidades sociales? Gran parte de esta generosidad en la "impresión digital" de dinero para las reservas bancarias no implicará una mayor producción, empleo e inversión. La mayor parte de esos billones está siendo atesorada por las grandes compañías, mientras aumentan más su deuda a tasas cero; o es invertida en los mercados de acciones y bonos para obtener ganancias de capital. No aumentará la capacidad en los sectores productivos, porque la rentabilidad del capital es muy baja, como he demostrado en otros artículos. La TMM no tiene nada que decir sobre esto, porque lo confía todo a aumentar la cantidad de una unidad monetaria estatal. La teoría marxista sí: acaparar dinero es la señal de que el dinero se ha convertido en un fetiche, un objetivo en sí mismo, en lugar de ser utilizado como capital para extraer más plusvalía de la explotación del trabajo en la producción.
Puede ser un mito "austeridano" que los gobiernos no pueden tener déficit y necesitan "equilibrar los libros de cuentas". Pero es una ilusión considerar que la naturaleza tendencial a la crisis de la producción capitalista puede ser 'gestionada' por medio del 'arte del dinero', es decir, mediante la manipulación del dinero, el crédito y los déficits públicos. Esto se debe a que las causas estructurales de las crisis y de la falta de capacidad no se encuentran en el sector financiero o monetario o fiscal, sino en el sistema de producción capitalista globalizada.
La TMM y Kelton no abordan los temas importantes del fracaso del capitalismo para satisfacer las necesidades sociales y la explotación subyacente de muchos por unos pocos. Sobre esas cuestiones, la TMM no tiene nada que decir y diferentes partidarios de la TMM tienen puntos de vista distintos. Estoy seguro de que la mayoría, si no todos los partidarios de la TMM (como los keynesianos tradicionales), quieren que los gobiernos intervengan para satisfacer las necesidades sociales. Algunos (como Bill Mitchell) apoyan medidas socialistas para reemplazar la ley del valor y el modo de producción capitalista; otros (como Kelton) no lo hacen. Ah, dicen Kelton y los partidarios de la TMM, ese no es objetivo de la TMM. Solo queremos mostrar que es un mito que el estado no puede acumular déficits sin sufrir las consecuencias.  Nuevamente, eso no parece muy nuevo, ni muy radical y ni siquiera es correcto en todas las circunstancias.
 
es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2020/06/16/the-deficit-myth/
Traducción:
G. Buster