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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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sábado, 24 de enero de 2026

La ruptura China en Davos

 

El hecho que verdaderamente importa es que se espera que China  reemplace a Estados Unidos como principal mercado de consumo del mundo.

Pepe Escobar, analista geopolítico

El viejo mundo está muriendo y el nuevo mundo lucha por nacer: ahora es la época de los monstruos.

Antonio Gramsci

Davos 2026 fue un caleidoscopio demencial. La única forma posible de hundirse en el fango era ponerse los auriculares y recurrir a la Banda de Gitanos , rompiendo barreras sónicas y ahogando una serie de eventos francamente aterradores, incluyendo una conexión Palantir-BlackRock, el encuentro entre las grandes tecnológicas y las grandes financieras ; el «Plan Maestro» para Gaza; y el profundo desconcierto en la diatriba de neo-Calígula, aquí en la versión de 3 minutos .

Luego estaba lo que los medios dominantes del Occidente fragmentado erigieron como un discurso visionario: la mini-obra magna del Primer Ministro canadiense Mark Carney , completa con una –qué otra cosa– cita de Tucídides (“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”) para ilustrar la “ruptura” del “orden internacional basado en reglas”, que ya era un zombi que no caminaba desde hacía al menos un año.

¿Y cómo no reírse de la idea, tan rica, de una carta  de 400 millonarios y multimillonarios «patriotas» dirigida a los jefes de estado en Davos, reclamando más «justicia social»? En otras palabras: están aterrorizados —en modo Paraíso de la Paranoia— por la «ruptura», en realidad, el colapso avanzado del ethos neoliberal que los enriqueció inicialmente.

El discurso de Carney fue una estrategia astuta y acaparadora de titulares para, según su tesis, enterrar el «orden internacional basado en normas», el eufemismo de moda desde el final de la Segunda Guerra Mundial, para designar la dominación total de la oligarquía financiera angloamericana. Carney ahora solo reconoce una mera «ruptura», supuestamente sellada por las «potencias intermedias», principalmente Canadá y algunos europeos (sin el Sur Global).

Y ahí está la clave: el supuesto antídoto contra la «ruptura» no tiene absolutamente nada que ver con la soberanía. En realidad, es una estrategia de cobertura controlada, una especie de multipolaridad artificial gestionada —nada que ver con el impulso de los BRICS— basada en una mezcolanza difusa de «realismo basado en valores», «formación de coaliciones» y «geometría variable», destinada a mantener vigente la misma vieja estafa monetarista.

Bienvenidos a El Gatopardo de Lampedusa , remezclado: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.

Y todo eso viniendo de un liberal de manual, exgobernador del Banco de Inglaterra. Estos tigres nunca cambian de postura. Las verdaderas palancas del poder —ejercidas por la City de Londres y Wall Street— son totalmente inmunes al antídoto de la «ruptura».

La asociación estratégica multidimensional entre Rusia y China, en constante evolución, ya invalida el sofisticado fraude de Carney, que engañó a mucha gente informada. Al igual que los BRICS, a medida que avanzan en el largo y sinuoso camino hacia una verdadera multinodalidad .

Lo que nos lleva al verdadero mensaje generado por el lugar de reunión limitado y característico de Carney:

Canadá y las “potencias medias” europeas se encuentran hoy no en la mesa, sino en el menú, mientras que neo-Calígula, el gobernante del mundo, puede hacerles lo que la OTAN ha estado haciendo de facto con el Sur Global durante los últimos 30 años.

“Todo debe cambiar para que todo siga igual”

Muchos de los que ahora consagran a Carney como el Nuevo Mesías –y un gran defensor del derecho internacional– ignoraron o encubrieron totalmente el genocidio sionista de Gaza; demonizaron a Rusia hasta el fin del mundo y siguen instigando una guerra eterna; y ahora ruegan de rodillas que el neo-Calígula entable un “diálogo” para resolver su autoproclamada apropiación de tierras de Groenlandia.

Elon Musk, por cierto, también se presentó en Davos con poca antelación. Es un gran defensor de la apropiación de tierras de Groenlandia. Musk y otras figuras tecnofeudalistas no pueden evitar sentirse seducidos por el proyecto de convertir ese «pedazo de hielo» (terminología neocaligulaiana) en el centro principal de los estados digitales, los sucesores de los estados-nación, supuestamente gobernados por tecnodirectores ejecutivos que se hacen pasar por reyes filósofos.

Combine esto con la conexión entre las grandes tecnológicas y las grandes financieras (en la mesa Palantir-BlackRock) y tendremos a los reyes de la IA liderando el camino, seguidos por los financieros.

El «trozo de hielo», por supuesto, se derretía sin parar en todo el espectro de Davos. Cuando Neo-Calígula anunció que no le haría a Groenlandia lo que le hizo a Venezuela, el alivio colectivo europeo hizo estallar el champán-ómetro.

Le tocó al caniche certificado de la OTAN Tutti Frutti al Rutti, con esa sonrisa perpetua de tulipán holandés marchito, convencer a “Papá” para que fuera indulgente, demostrando una vez más que la UE es una República Bananera, en realidad una Unión, sin plátanos.

Neo-Calígula y el tulipán marchito improvisaron un «marco» para que Estados Unidos obtuviera terrenos en Groenlandia para bases militares y un desarrollo ilimitado de la minería de tierras raras, además de la prohibición obligatoria de proyectos rusos y chinos. Dinamarca y Groenlandia ni siquiera estaban presentes cuando se alcanzó este «acuerdo».

Aun así, todo eso podría cambiar en un instante o en una publicación en redes sociales. Porque eso no es lo que quiere el neocalígula. Quiere ver Groenlandia salpicada de rojo, blanco y azul en un mapa de Estados Unidos.

Aun así, el plan de apropiación de tierras más aterrador que se destacó en Davos fue Gaza. Aquí viene ese insufrible imbécil sionista —el cerebro de la familia pertenece en realidad a su esposa Ivanka—, quien presentó el plan maestro para la «nueva Gaza» .

O cómo comercializar el terror…el terror (mis excusas a Joseph Conrad).

Aquí tenemos una campaña de masacre/exterminio masivo acompañada de la toma de lo que ha sido reducido a escombros, lo que conduce a una zona de contención de alta seguridad para palestinos simbólicos, “aprobados”, y propiedades inmobiliarias privilegiadas frente al mar para estafadores inmobiliarios y colonos israelíes.

Todo esto gestionado por una empresa privada, presidida por un neo-Calígula vitalicio, ahora encargado de la anexión, ocupación y explotación de Gaza: una monstruosa apropiación de tierras que entierra de una sola vez un genocidio y lo que queda del derecho internacional; todo ello plenamente aprobado por la UE y un puñado de “líderes” políticos, algunos demasiado aterrorizados, otros básicamente tratando de eludir la ira del neo-Calígula.

La “ruptura” china

Un payaso llamado Nadio Calvino, presidente del Banco Europeo de Inversiones, llegó a afirmar en Davos que la UE “es una superpotencia”.

Bueno, la Historia se resiste a registrar como superpotencia a un sistema que depende totalmente de los EE. UU. y la OTAN para su defensa, que no exhibe ninguna proyección de poder, que no alberga grandes empresas tecnológicas (las que aún existen están colapsando), que depende en un 90 % de suministros extranjeros de energía y que se está ahogando en deudas (17 billones de dólares en total, equivalentes a más del 80 % del PIB de la UE).

Así que, al final, en medio de tanto ruido y furia absurdos, ¿cuál fue el verdadero punto de inflexión en Davos? No fue la «ruptura» ni siquiera los planes para la apropiación de tierras. Fue el discurso del viceprimer ministro chino, He Lifeng .

Por cierto, el discurso de “ruptura” de Carney estuvo fuertemente influenciado por su reciente viaje a China, donde se reunió con He Lifeng, un serio candidato para suceder a Xi Jinping en el futuro.

En Davos, He Lifeng dejó muy claro que China está decidida a convertirse en “el mercado mundial” y que impulsar la demanda interna está ahora “en lo más alto de la agenda económica [de China]”, como se refleja en el 15º plan quinquenal que se aprobará el próximo marzo en Beijing.

De modo que, sean lo que sean lo que traman los bárbaros, el hecho que importa es que China ya está en plena fase siguiente, en la que se espera que reemplace a Estados Unidos como principal mercado de consumo del mundo.

Esto es lo que se llama una ruptura.

Discurso íntegro de Mark Carney en Davos: “estamos en medio de una ruptura, no de una transición”





El primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su discurso en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza. Foto Ap

21 de enero de 2026 15:03

Durante su intervención en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, advirtió que el orden internacional basado en reglas atraviesa una ruptura profunda, provocada por hegemonías que ya no respetan tratados ni acuerdos multilaterales cuando éstos limitan sus intereses estratégicos. Señaló que el mundo ha dejado atrás una “ficción cómoda” en la que las normas internacionales garantizaban previsibilidad y cooperación.

Carney sostuvo que las grandes potencias han comenzado a utilizar herramientas económicas —como aranceles, integración comercial, infraestructura financiera y cadenas de suministro— como mecanismos de presión y coerción, debilitando a las instituciones multilaterales que durante décadas sirvieron de marco para la resolución de conflictos. En este contexto, dijo, las reglas se aplican de forma selectiva y la lógica de la fuerza vuelve a imponerse en las relaciones internacionales.

Ante este escenario, el primer ministro canadiense afirmó que los países de poder intermedio no son actores pasivos y deben actuar con mayor honestidad y coordinación para construir nuevas alianzas que defiendan la soberanía, la integridad territorial y el respeto al derecho internacional. Advirtió que la alternativa —un mundo fragmentado en bloques y “fortalezas”— sería más inestable, más desigual y menos sostenible.

A continuación el discurso completo:

Es a la vez un placer y un deber estar con ustedes esta noche, en este momento crucial que atraviesan Canadá y el mundo.

Hoy quiero hablar de una ruptura en el orden mundial, del fin de una ficción cómoda y del inicio de una realidad dura, en la que la geopolítica —donde las grandes potencias— parece no estar sometida a límites ni restricciones.

Por otro lado, quiero decirles que los demás países, especialmente las potencias intermedias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que incorpore nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los distintos Estados.

El poder de quienes tienen menos poder comienza con la honestidad.

Parece que todos los días se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias, que el orden internacional basado en reglas se desvanece, que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Y este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales reafirmándose.

Frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a acomodarse, a evitar problemas, a esperar que la complacencia compre seguridad.

Pues bien, no lo hará.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel, quien más tarde sería presidente, escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder, y en él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero.

Cada mañana, este comerciante colocaba un cartel en su escaparate: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. No creía en ello, nadie lo hacía, pero lo colocaba para evitar problemas, para mostrar obediencia, para seguir adelante. Y como cada comerciante en cada calle hacía lo mismo, el sistema persistía, no solo por la violencia, sino por la participación de personas comunes en rituales que en privado sabían que eran falsos.

Havel llamó a esto “vivir dentro de la mentira”.

El poder del sistema no provenía de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera verdadero, y su fragilidad provenía de la misma fuente. Cuando incluso una sola persona deja de actuar, cuando el verdulero quita el cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse. Amigos, ha llegado el momento de que las empresas y los países quiten sus carteles.



Ap

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en reglas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Gracias a ello, pudimos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa: que los más fuertes se eximían cuando les convenía, que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos, rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad.

Este pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición.

En las últimas dos décadas, una serie de crisis —financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas— han dejado al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Pero más recientemente, las grandes potencias han comenzado a usar la integración económica como arma: los aranceles como palanca, la infraestructura financiera como coerción, las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar.

No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que las potencias intermedias han confiado —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura misma de la solución colectiva de problemas, están bajo amenaza. Como resultado, muchos países están llegando a la misma conclusión: deben desarrollar una mayor autonomía estratégica en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo.

Pero seamos claros sobre a dónde conduce esto.

Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin restricciones su poder e intereses, las ganancias del transaccionalismo serán cada vez más difíciles de replicar.

Las hegemonías no pueden monetizar indefinidamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre.

Buscarán seguros, aumentarán opciones para reconstruir su soberanía —una soberanía que antes se sustentaba en reglas, pero que cada vez más se anclará en la capacidad de resistir presiones—.

Quienes están en esta sala saben que esto es gestión de riesgos. La gestión de riesgos tiene un costo, pero ese costo de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse.

Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada quien construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades generan beneficios de suma positiva.

La pregunta para las potencias intermedias como Canadá no es si debemos adaptarnos a la nueva realidad —debemos hacerlo—. La pregunta es si nos adaptamos simplemente levantando muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso.



El primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante su discurso en el Foro Económico Mundial, en Davos, Suiza. Foto: Ap

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de manera fundamental nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestras viejas y cómodas suposiciones —que nuestra geografía y nuestras alianzas garantizaban automáticamente prosperidad y seguridad— ya no son válidas. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb, presidente de Finlandia, ha llamado “realismo basado en valores”.

O, dicho de otro modo, buscamos ser tanto firmes en principios como pragmáticos: firmes en nuestro compromiso con los valores fundamentales, la soberanía, la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo conforme a la Carta de la ONU, y el respeto a los derechos humanos; y pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen y que no todos los socios compartirán todos nuestros valores.

Por ello, nos estamos comprometiendo de manera amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Nos enfrentamos activamente al mundo tal como es, no esperamos a un mundo que desearíamos que existiera.

Estamos calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores y priorizando una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dadas la fluidez del momento, los riesgos que plantea y lo que está en juego para lo que viene.

Y ya no confiamos únicamente en la fuerza de nuestros valores, sino también en el valor de nuestra fortaleza.

Estamos construyendo esa fortaleza en casa.

Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial. Hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial. Estamos acelerando inversiones por un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para el final de esta década, y lo hacemos de manera que fortalezca nuestras industrias nacionales.

Y nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluida nuestra incorporación a SAFE, los mecanismos europeos de adquisiciones de defensa. Hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando tratados de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Estamos haciendo algo más. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes.

Así, en Ucrania, somos miembros clave de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad.

En soberanía ártica, respaldamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca, y apoyamos plenamente su derecho exclusivo a decidir el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el Artículo 5 de la OTAN es inquebrantable, por lo que trabajamos con nuestros aliados —incluidos los países nórdicos y bálticos— para asegurar los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares de largo alcance, submarinos, aeronaves y presencia militar sobre el terreno, sobre el hielo.

Canadá se opone firmemente a los aranceles relacionados con Groenlandia y llama a entablar conversaciones focalizadas para alcanzar nuestros objetivos compartidos de seguridad y prosperidad en el Ártico.

En comercio plurilateral, promovemos la construcción de un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, lo que crearía un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificar su suministro. Y en inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para no vernos obligados a elegir entre hegemonías e hiperescaladores tecnológicos.

Esto no es multilateralismo ingenuo ni dependencia de instituciones que ya no funcionan. Es construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos.

En algunos casos, eso incluirá a la gran mayoría de las naciones.

Lo que se está creando es una densa red de conexiones en comercio, inversión y cultura, de la cual podremos echar mano ante futuros desafíos y oportunidades.

Las potencias intermedias deben actuar juntas, porque si no estamos en la mesa, estamos en el menú.

También diría que las grandes potencias, por ahora, pueden permitirse actuar solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar y la influencia para imponer condiciones. Las potencias intermedias no.

Cuando negociamos solo de forma bilateral con una hegemonía, lo hacemos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes.

Eso no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor, o unirse para crear un tercer camino con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las reglas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos. Y eso nos devuelve a Havel.

¿Qué significa para las potencias intermedias vivir en la verdad?

Primero, nombrar la realidad. Dejar de invocar el orden internacional basado en reglas como si aún funcionara como se anuncia. Llamarlo por lo que es: un sistema de creciente rivalidad entre grandes potencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como coerción.

Significa actuar con coherencia, aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando criticamos la intimidación económica de un lado, pero guardamos silencio cuando proviene de otro, seguimos dejando el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer, en lugar de esperar a que el viejo orden sea restaurado. Significa crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe. Y significa reducir el margen de coerción: construir una economía nacional fuerte debe ser la prioridad inmediata de todo gobierno.

La diversificación internacional no es solo prudencia económica; es la base material de una política exterior honesta, porque los países ganan el derecho a posturas de principios al reducir su vulnerabilidad a represalias.

Canadá tiene lo que el mundo necesita. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos a la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los más grandes y sofisticados del planeta. En otras palabras, tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos valores a los que muchos aspiran.

Canadá es una sociedad plural que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable en un mundo que no lo es.

Y tenemos algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos retirando el cartel de la ventana. Sabemos que el viejo orden no volverá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Creemos que, a partir de la fractura, podemos construir algo más grande, mejor, más fuerte y más justo.

Esta es la tarea de las potencias intermedias: los países que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar con una cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder.

Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de fortalecer nuestra base interna y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente, y es un camino abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.

Muchas gracias.

viernes, 23 de enero de 2026

La historia le pasa a Davos por al lado

 Opinión/ 21 enero 2026




El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, gesticula en el pasillo tras su discurso especial en la 56.ª reunión anual del Foro Económico Mundial (FEM) en Davos, Suiza. Foto: EFE/EPA/Gian Ehrenzeller

Project Syndicate

Por Mariana Mazzucato

DAVOS- Mientras el Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo el lema “Un espíritu de diálogo”, Estados Unidos ha tomado el control de la infraestructura petrolera de Venezuela e instaurado una administración estadounidense de las reservas petroleras del país “por tiempo indefinido” (según la denomina el presidente Donald Trump), al tiempo que chantajea a los países europeos con sus demandas sobre Groenlandia. Entre el llamado del Foro al diálogo y la agresión unilateral de Estados Unidos (entre el mundo de Davos y el desorden mundial en desarrollo) hay, como mínimo, una incongruencia.

Aunque las formas de la intervención estadounidense en América Latina estén cambiando, la captura de la infraestructura petrolera se parece a otras apropiaciones de recursos del pasado. Mientras los asistentes a Davos discuten sobre las sutilezas del capitalismo de partes interesadas, vuelven a imperar las viejas reglas del extractivismo y la política del poder.

En 2019, el historiador holandés Rutger Bregman diseccionó el espectáculo de Davos con precisión quirúrgica: “Impuestos, impuestos, impuestos. El resto es mentira”. Con esas escasas palabras, puso de manifiesto la brecha entre la retórica y la realidad, entre el discurso de prosperidad compartida y la práctica de la concentración de la riqueza.

Claro que las empresas deben pagar la parte de impuestos que les corresponde. Pero además de eso, hay que analizar la creación de valor; no sólo la redistribución, sino también la predistribución. Lo segundo se refiere a reestructurar la creación y el reparto del valor desde el principio (en vez de sólo redistribuir las migajas del valor extraído), y demanda la formulación de nuevos contratos sociales con condiciones y mecanismos de rendición de cuentas concretos. De allí la necesidad de organizar la estrategia industrial moderna en torno a misiones: objetivos específicos y medibles que den respuesta a los desafíos sociales y al mismo tiempo sean catalizadores de innovaciones e inversiones en todos los sectores.

El crecimiento no es una misión, sino el resultado de invertir en soluciones a problemas reales. Una misión de descarbonización de la economía, por ejemplo, transformaría al mismo tiempo la energía, el transporte, la alimentación y la tecnología digital. Una misión de “salud para todos” podría mejorar los indicadores sanitarios mediante la innovación en diversas áreas, entre ellas las ciencias biológicas. No se trata de favorecer a un sector en particular, sino de preguntarnos cuál es el papel de cada sector en el cumplimiento de una misión.

Esto demanda liderazgo, confianza y atención a los detalles. Hay que estructurar las iniciativas de innovación público‑privadas en formas que eviten una privatización de los resultados de investigaciones financiadas con fondos públicos (por ejemplo, mediante la imposición de patentes demasiado amplias y restrictivas en lo referido al otorgamiento de licencias), además de prohibir el cobro de precios excesivos que pasan por alto la procedencia del valor.

El Reino Unido es un ejemplo claro de cómo no estructurar las asociaciones público‑privadas; y el gobierno laborista, con su postura “abiertamente proempresa”, corre riesgo de repetir errores muy costosos. Basta pensar en el control cada vez mayor que tiene la empresa estadounidense de datos y análisis Palantir sobre los servicios públicos británicos. Durante la pandemia, la empresa ofreció sus servicios al NHS (el sistema nacional de salud del RU) de forma gratuita (más tarde el director de la empresa en el RU comparó ese gesto con la suscripción de prueba a una revista). Hoy Palantir tiene contratos con el NHS por más de 330 millones de libras (443 millones de dólares), además de un nuevo contrato por 240 millones de libras en el área de la defensa que fue otorgado sin concurso.

El ejército suizo rechazó un acuerdo que Palantir buscó por siete años, porque los expertos advirtieron que la propiedad estadounidense de la empresa creaba riesgos de acceso a datos de inteligencia y que depender de los especialistas de Palantir podía «limitar la capacidad del ejército para actuar en situaciones de crisis». Pero el nuevo contrato del RU con Palantir triplica lo gastado en la empresa desde 2022, y el ministerio de defensa británico admitió que cambiar de proveedor obligaría a reconstruir toda la arquitectura de datos, con un «costo significativo». Para que un gobierno no quede atado a un proveedor ni deba enfrentar la probabilidad de aumentos de costo desenfrenados, los contratos deben incluir cláusulas de desarrollo de capacidades estatales.

Otro ejemplo lamentable es la empresa británica de suministro y saneamiento de agua Thames Water, a la que la gestora de activos australiana Macquarie dejó con una deuda de dos mil millones de libras mientras la usaba como fuente de ganancias. La importancia de empresas como Blackstone y Macquarie en la financiación de infraestructuras en el RU revela un patrón claro de socialización de riesgos, privatización de ganancias y servicios esenciales puestos a merced de la ingeniería financiera. Aunque el anuncio de la semana pasada sobre el otorgamiento de incentivos públicos a la generación offshore de energía eólica conforme al programa Clean Industry Bonus (con condiciones de invertir en cadenas de suministro británicas) hace pensar que el gobierno aprendió algunas lecciones, sólo el tiempo podrá decir si las cláusulas son lo bastante sólidas como para evitar actos de parasitismo.

Para ser eficaces, las asociaciones público‑privadas deben incluir condiciones que garanticen la generación de valor público a cambio del apoyo público. La Ley CHIPS y Ciencia de los Estados Unidos supeditó el apoyo a las empresas a que estas limitaran la recompra de acciones, invirtieran en el desarrollo de la fuerza laboral y ofrecieran servicios de guardería. El banco público alemán KfW vincula el otorgamiento de préstamos en condiciones favorables con el cumplimiento de metas de descarbonización. La estrategia de Chile para el litio se asegura de que las empresas mineras inviertan en actividades con valor añadido dentro del país y cumplan normas de sostenibilidad; y el Estado se queda con una parte importante de los beneficios.

No son medidas contra las empresas, sino marcos de reciprocidad diseñados para que los incentivos privados estén alineados con los objetivos públicos. Cuando el RU apoyó con 65,5 millones de libras el desarrollo de la vacuna de Oxford/AstraZeneca, puso como condición que la empresa no buscara ganancias durante la pandemia. Eso es una asociación real: riesgos compartidos, recompensas compartidas, propósito compartido.

En esto, la implementación es tan importante como el diseño. Desarrollar capacidades estatales implica resistir la tentación de delegar funciones clave a consultoras. Demanda coordinación entre ministerios, acuerdos significativos con los trabajadores y con las empresas e invertir en las capacidades del funcionariado para el diseño, la implementación y la adaptación de herramientas, desde la compra pública hasta la infraestructura pública digital.

Un ejemplo de esta modalidad lo da la agencia sueca de innovación Vinnova, que usa la compra pública de comidas escolares «saludables, sostenibles, sabrosas y accesibles» como instrumento para la transformación de todo el sistema alimentario. Para lograrlo, Vinnova reúne a organismos gubernamentales, municipios y actores privados de diferentes sectores en torno a objetivos compartidos en materia de salud, sostenibilidad y desarrollo local.

Esta semana, Davos presentará las promesas habituales sobre capitalismo de partes interesadas, empresas con propósito y desarrollo sostenible. Pero sin mecanismos concretos (condiciones vinculantes, marcos de rendición de cuentas y modelos de reparto equitativo de los riesgos que distingan a los verdaderos creadores de valor de los rentistas) no dejará de ser teatro. Mientras se desarrolla otro capítulo de la larga historia del extractivismo en América Latina, los asistentes a Davos deberían preguntarse: ¿estamos construyendo asociaciones verdaderas o mecanismos de extracción sofisticados?

La respuesta parece clara, conforme los titanes de la tecnología hacen fila para jurar lealtad a Trump (como Mark Zuckerberg, de Meta, con su decisión de poner fin a la verificación de datos, y Jeff Bezos, de Amazon, que ha destruido la independencia editorial del Washington Post y se arrodilla ante el poder a cambio de libertad total para usar sus plataformas como herramientas de extracción de valor mediante rentas algorítmicas). Al mismo tiempo, los ejecutivos de las petroleras discuten sin reparos el reparto de las reservas de Venezuela, y Trump les promete «seguridad total» para extraer riqueza de un país sumido en el caos.

En un contexto de aparente ineficacia de las instituciones multilaterales tradicionales, necesitamos coaliciones de voluntarios que creen nuevos marcos para la gobernanza global. Los países que se toman en serio el desarrollo sostenible deben colaborar en la introducción de mecanismos de creación de consenso y en el desarrollo de la capacidad estatal necesaria para lograr el crecimiento verde. Esto implica pasar de las promesas voluntarias a acuerdos vinculantes sobre transferencia de tecnología, finanzas verdes y marcos de innovación compartidos: los ladrillos de un nuevo orden económico al servicio de las personas y del planeta.

El espíritu de diálogo no significa nada si no va acompañado de una transformación fundamental de las formas de crear valor. La verdadera reciprocidad demanda nuevos contratos que reflejen una relación público‑privada más simbiótica, con condiciones efectivas y un reparto equitativo de riesgos y recompensas. De lo contrario, sólo repetiremos los errores del pasado. Como dijo Giuseppe Tomasi Di Lampedusa: “Todo debe cambiar para que todo pueda seguir igual”. 

Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción: Esteban Flamini

Mariana Mazzucato, profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público en el University College de Londres, es autora de The Big Con: How the Consulting Industry Weakens Our Businesses, Infantilizes Our Governments and Warps Our Economies (Penguin Press, 2023). Rainer Kattel es subdirector y profesor de Innovación y Gobernanza Pública en el Instituto de Innovación y Propósito Público del UCL.

lunes, 1 de febrero de 2021

Pandemia y recesión hay en todo el mundo, sí, pero impacta más entre nosotres

Por Julio C. Gambina

La situación es grave en todo el mundo, sí, pero más aún entre nosotres. Si hablamos de recesión, la caída según el FMI fue en 2020 del -3,5%, pero América Latina y el Caribe cayó el -7,4%. La Argentina acumula, según el INDEC, un -10,6% de baja de la actividad económica entre enero y noviembre del 2020, y puede llegar al -12%, un guarismo levemente superior a la debacle del 2001.

No hay dudas que la tendencia es peor para la Argentina que para el promedio de la región, y en ésta, el impacto es mayor que para el promedio mundial.

Un tema para adicionar en cuestiones socio-económicas es que los organismos internacionales confirman que es Nuestramérica la región más desigual del planeta, no la más pobre, pero si donde la distancia entre los pocos más ricos y los muchos pobres es mayor.

Además, la conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo (UNCTAD), destaca en un informe a junio del 2020 la caída de las Inversiones Externas Directas para todo el mundo desde el 2015, agudizado en 2020 por efecto de la pandemia. En el mismo sentido, la CEPAL destaca que desde 2011 la región salió del radar de los inversores productivos globales, con escasas excepciones asociadas al saqueo de los bienes comunes. La salida de la Ford de Brasil así lo confirma.

La región solo atrae inversiones especulativas, de corto plazo, y con el propósito de extraer bienes comunes y el excedente generado socialmente en el país. Es la renta del suelo, petrolera, minera, financiera, la principal fuente de ingresos del capital en nuestros días.

En materia de pandemia la situación es grave en todo el mundo, con casi 102 millones de contagios y 2.200.000 muertes. Especialmente delicada es la situación en EEUU y en Europa, sí, pero 6 países de la región latinoamericana, figuran entre los 24 más afectados. En orden por contagios: Brasil, Colombia, Argentina, México, Perú, Chile. Por muertes: Brasil, México, Colombia, Argentina, Perú y Chile. Los seis, concentran unos 17 millones de contagios y 550.000 muertes. Nuestramérica concentra casi el 9% de la población mundial y registra el 17% de los contagios junto al 25% de las muertes. Estamos mal y la magia de las vacunas parece postergarse y encarecerse.

No hay duda que la emergencia sanitaria golpea en el ámbito mundial, pero con fuerza en la región, territorio de abandono de políticas públicas de salud a la salida de la crisis mundial de los 70, agudizada con las hegemónicas políticas económicas inspiradas en el Consenso de Washington de los 90 del siglo pasado. La mercantilización de la salud fue la receta que hoy pagan los pueblos.

Las políticas hegemónicas, “neoliberales”, por medio siglo, reestructuraron regresivamente el capitalismo en la región, más allá de cualquier especificidad nacional, deteriorando las condiciones de ingreso, de riqueza y de vida de la población. La creciente mercantilización de la cotidianeidad con menores ingresos para los sectores populares explica el 45% de pobreza en la Argentina, un país de temprano desarrollo capitalista en el Siglo XX y potencialidad para la movilidad social durante décadas. Un fenómeno explicitado en una importante cantidad de “sectores medios” que estimularon una expansión del mercado interno y del consumo popular entre fines del siglo XIX y la década del 70 en el XX.

Hacia los 70 del Siglo XX, toda la región nuestramericana vivía bajo condiciones de ampliación de sus mercados internos y derechos, por ende, junto a las ganancias empresarias, se ampliaba el consumo popular. Es una época a los que muchos imaginan que se puede volver, por lo que se piensa en “nuevos” (imposibles) pactos sociales de colaboración de clases, para reanimar el crecimiento en el marco de la satisfacción de mayores ganancias e ingresos populares. Digo “imposible”, porque aquello solo respondió a condiciones de debilidad y defensiva estratégica del orden capitalista en el ámbito mundial entre 1930 y 1980.

En efecto, la situación de bipolaridad desde 1945 y la emergencia del mundo en desarrollo (tercer mundo) habilitó la búsqueda de estrategias de relativa autonomía ante el imperialismo. Eso posibilitó un despegue de esas relativas mejores condiciones de vida, las que se conocen como resultado del Estado del bienestar. Una cuestión promovida desde políticas públicas que restaban capacidad de acumulación a los grandes capitales. Por eso, la réplica contra la intervención del Estado ante la crisis de los 70, la liberalización, la desregulación y la privatización sustentadas como programa del terrorismo de Estado de las dictaduras del cono sur de América, y luego, por Thatcher y Reagan, coronadas con el colapso soviético.

Son políticas que se generalizaron luego en los 90 bajo las democracias tuteladas o subordinadas.

No hay retorno. Así como en la crisis de los 70/80 del Siglo XIX se salió hacia adelante, con actualización de las relaciones capitalistas, con monopolios e imperialismo; del mismo modo que en los 30 del Siglo XX se salió a la defensiva, pero con orden capitalista al fin. En los 70 del siglo XX se trocó en ofensiva “neoliberal” para avanzar con el orden capitalista, afianzado en los 90 con la desarticulación de la propuesta socialista, más allá de cualquier opinión sobre el tipo de sociedad que existía en la URSS.

Por eso ahora proponen desde DAVOS el “reinicio” del sistema, un reseteo del orden social mundial. El capitalismo no pretende volver a la etapa de la defensiva, salvo que sea llevado hacia allí por intermedio del accionar político de una sociedad consciente de los cambios a suscitar.

La defensiva de los 30 del Siglo XX tuvo que ver con resignar ganancias a costa de mejorar ingresos laborales y de la sociedad empobrecida, vía gasto público social acrecentado. Es lo que se viene revirtiendo desde comienzos de los setentas y que se agudiza año tras año por medio siglo, más allá de cualesquiera de las expectativas cifradas en gobiernos que se asumen críticos de las políticas hegemónicas. Pueden haber sido críticos de esas políticas, sí, pero no alcanzaron a revertir el fenómeno estructural por aquellas políticas generadas. Solo a modo de ejemplo, en la primera década del Siglo XXI se habilitaron expectativas en gobiernos que sustentaban un cambio político en la región nuestramericana, los que generaron un saldo en la distribución del ingreso y mejora relativa de ciertos indicadores sociales, sin modificar el modelo productivo de saqueo, de mayor explotación y de extranjerización en la propiedad de los principales medios de producción.

Desde ahí es que la respuesta de los pueblos en la actualidad, demanda de la suficiente acumulación de poder político para generar condiciones favorables a cambios que reviertan el ciclo de ofensiva capitalista. Bajo esas condiciones pueden generarse las condiciones de posibilidad para cambios estructurales. En rigor, cualquier cambio de rumbo en la política económica actual de los países de la región, demanda de poder político suficiente, lo que acelerará el proceso de reformas y transformaciones profundas de la realidad. Resolver el problema de la pobreza, la alimentación y la salud es posible ante el desarrollo actual de las fuerzas productivas, de la ciencia y de la técnica. Solo requiere voluntad política con densidad social suficiente para encarar el proceso de transformación social enunciado.

Buenos Aires, 30 de enero de 2021


http://juliogambina.blogspot.com/2021/01/pandemia-y-recesion-hay-en-todo-el.html

lunes, 3 de febrero de 2020

Cómo el pensamiento económico dominante, causante de tanto sufrimiento, se reproduce: Davos

Vicenç Navarro, Público

A raíz del 50 aniversario del establecimiento del Foro Económico de Davos (World Economic Forum), el senior editor de la sección de opinión del New York Times, Kevin J. Delaney, escribió, el pasado 21 de enero, un artículo titulado “Davos has a credibility problem” (Davos tiene un problema de credibilidad) que debería distribuirse ampliamente en España, donde en amplios círculos y esferas económicos, así como en los establishments políticos y mediáticos, Davos goza de gran prestigio y credibilidad, una virtud esta última que Kevin Delaney demuestra –con gran detalle y contundencia– que tal fórum no posee.

Este año, alrededor de 3.000 hombres (solo una minoría son mujeres) de negocios, de los cuales (según el artículo del New York Times) 100 son milmillonarios (“billonarios” en inglés), junto con dirigentes políticos, predominantemente de gobiernos y partidos de derechas, y representantes de fundaciones y think tanks financiados en su gran mayoría por grandes empresarios filántropos, como Bill Gates, George Soros y otros, dedicados a promover los méritos del capitalismo, se han reunido (como hacen cada año) en un bello rincón de los Alpes, Davos, para discutir los grandes temas del año, centrándose en aquellos que consideran una amenaza para el mundo (capitalista) y para la ideología que promueven, el neoliberalismo.

Según el artículo del New York Times, el fundador y director ejecutivo de dicho fórum, el Sr. Klaus Schwab (al cual la televisión pública TV3, de la Generalitat de Catalunya –gobernada por una coalición liderada por JxCat, un partido liberal–, le dedicó un reportaje favorable de una hora y media el pasado martes), parece ser consciente de que el orden económico internacional actual, que tiene a Davos como su referente, está sumido en una profunda crisis. Y la evidencia clara y convincente que muestra Kevin J. Delaney así lo prueba. Según una encuesta global de la compañía Edelman, el 56% de la población mundial cree que el sistema capitalista es más dañino (debido al gran sufrimiento que ha causado a la población) que beneficioso para sus intereses. Y un 50% indica que este capitalismo le ha afectado personalmente de una manera negativa. Es más, aunque el 82% de los entrevistados subraya que cree que el mundo empresarial debería pagar un salario digno, solo el 31% cree que así lo hace. Esta falta de confianza e impopularidad del mundo empresarial va acompañada de una desconfianza, incluso más acentuada, hacia las autoridades públicas (Estados y partidos gobernantes), al ser percibidas estas como excesivamente influenciadas por las élites económicas y financieras que constituyen aquel mundo empresarial.

En realidad, un informe realizado por el mismo Foro Económico de Davos, publicado la semana pasada, sobre el enorme crecimiento de las desigualdades en el mundo (considerado como uno de los mayores problemas hoy) indica que tal crecimiento ha generado un enorme aumento del rechazo del orden económico que ha generado una gran concentración de la riqueza, la cual se percibe que ha sido alcanzada a costa del bienestar de la mayoría de la población, que ha sufrido un aumento de su precariedad y una pérdida de la dignidad, debilitando con ello el orden social, al destruir la confianza en las instituciones y en los procesos políticos, erosionando con ello lo que Kevin J. Delaney define como el “contrato social”. Lo que no dice el informe del Foro de Davos, sin embargo, es que esta situación la creó precisamente la aplicación de las políticas neoliberales que han sido promovidas por el mismo, conocido coloquialmente como el Vaticano de la religión laica dominante en los mayores centros del pensamiento económico hoy en el mundo: el neoliberalismo.

¿Cuáles han sido, según Davos, las causas del éxito económico de un país? ¿Qué es lo que hace a un país más competitivo que otro?

Tras la retórica oficial de Davos (que pretende presentarse como una comunidad económica sensible a las necesidades del mundo) aparecen con claridad los valores reales que lo sostienen. En el informe más importante que publica cada año (Global Competitiveness Report 2019), donde evalúa la economía de todos los países del mundo, agrupándolos según su nivel de competitividad, coloca a los países que han sido gobernados durante más tiempo desde la II Guerra Mundial por coaliciones de partidos de izquierdas –los países escandinavos– al final de la lista, apareciendo como los peor valorados y definiéndolos como países que, a pesar de admitir que tienen economías exitosas, tienen puntos flacos que deberían corregir. Así se considera que países como Finlandia, Suecia, Dinamarca y Noruega tienen una excesiva rigidez en sus mercados laborales, por lo que se sitúan al final de tal indicador, mientras que EEUU, Reino Unido, Qatar y Arabia Saudí (países con sindicatos muy débiles o inexistentes) son considerados como los líderes en esta variable de flexibilidad laboral. Un tanto igual ocurre en la categoría de “protección del empleo” (hiring and firing practices), que permite situar a los países escandinavos de nuevo a la cola en cuanto a competitividad, al ser demasiado difícil despedir a los trabajadores. Un tanto igual ocurre en cuanto a los impuestos a la Seguridad Social de sus trabajadores, que el empresariado tiene que pagar, una variable considerada negativa para la competitividad, y así un largo etcétera. Este documento económico (que es, en realidad, un panfleto político) presenta de una manera clara y grosera lo que Davos considera que son los puntos débiles que existen en la economía que deberían cambiarse para mejorar su competitividad. No debería ser ninguna sorpresa que la mayoría de la población mundial, según la encuesta citada por el New York Times, rechace lo que Davos representa.

La respuesta de Davos a esta pérdida de legitimidad del capitalismo que representa: el trumpismo

Ni que decir tiene que al senior editor de opinión del New York Times le preocupa también la pérdida de legitimidad del sistema económico mundial y cree que para salvar el capitalismo actual hay que cambiar el comportamiento del gran mundo empresarial y redefinir sus objetivos, que no pueden ser solo el aumento de beneficios de los accionistas y/o gestores, sino que debe incluir el servicio a las comunidades donde están ubicados, una actitud que podría ser digna de aplauso, excepto que, como señala el Financial Times (el periódico más inteligente y astuto políticamente del mundo empresarial), esta petición de responsabilidad social es semejante a pedirle peras al olmo, pues la economía mundial está prácticamente paralizada en la actualidad, y no es el momento de pedir sacrificios a los centros de poder económico y financiero.

Frente a esta situación, amplios sectores de este mundo de las grandes empresas económicas y financieras, incluyendo su Vaticano, Davos, se sienten amenazados, y su respuesta, en este momento, parece estar más encaminada a intentar canalizar el enfado popular a través de los movimientos de ultraderecha –a fin de parar a las izquierdas– que no a hacer sacrificios para evitar o reducir el enfado popular. Hay que recordar que en los años treinta del siglo XX la ultraderecha representada por el fascismo fue la respuesta del mundo empresarial frente a la amenaza que representaban las izquierdas contestatarias con el sistema que estaba en crisis. Las ultraderechas utilizaron entonces y utilizan ahora los temas identitarios y culturales (el nacionalismo extremo, el imperialismo nostálgico, la homofobia, el odio al otro, el racismo y el machismo) para ocupar el espacio que ocupaba antes el conflicto central del mundo del trabajo contra el mundo del capital. Y esto es lo que está ocurriendo hoy. Para ocultar su clasismo, intentan desviar la atención del conflicto capital-trabajo hacia otras áreas que podrían tener capacidad de movilización en amplios sectores de la población en contra de las fuerzas contestatarias con el capitalismo.

En EEUU esta ultraderecha hoy es el trumpismo, que es la versión en el siglo XXI del fascismo del siglo XX. Y lo que es más que preocupante es que el apoyo al trumpismo se está extendiendo rápidamente en el mundo empresarial, como se vio por el caluroso recibimiento que la asamblea de los personajes más ricos del mundo dio al presidente estadounidense, el cual fue presentado por el citado fundador y actual director ejecutivo, Klaus Schwab, como “el Presidente que orienta sus políticas hacia crear ‘inclusiveness’ (es decir, inclusión, integración) para todo el pueblo americano”. Esta frase provocó una protesta del editor antes citado del New York Times, que denunció la hipocresía y falta de credibilidad del Schwab, pues, al mismo tiempo que se presenta como el hombre que quiere humanizar el capitalismo, acoge a la persona que representa el mayor ejemplo del capitalismo extremo (esto es, de capitalismo sin guantes) responsable de que las desigualdades se hayan disparado, alcanzando niveles sin precedentes. En realidad, Donald Trump no ha dudado en desregular el ya muy poco regulado mercado de trabajo estadounidense (que a su vez adolece de una muy escasa protección social) o desmantelar el muy poco desarrollado Estado del Bienestar mediante unas reformas fiscales enormemente regresivas que provocaron que de los 335 mil millones de dólares de recortes surgidos de las reformas fiscales de 2017, 205 mil millones fueran a parar a manos del 20% de la población con más renta y solo 40 mil millones llegaran al 60% de la población con rentas más bajas. Definir a Trump como benefactor de toda la población estadounidense e integrador de todos sus componentes es de un cinismo superlativo, lo cual contrasta con la imagen que el programa de TV3 dio de Klaus Schwab: la de un hombre rico con buenas intenciones que podría ser seducido y convencido por Greenpeace para que haga algo en cuanto a la enorme crisis social y ambiental que sufre el mundo.

Una última observación: la frase característica del pensamiento económico dominante es que “no hay otra alternativa”, cuando la realidad muestra que sí la hay

El reportaje favorable a Davos de la televisión pública TV3 (de clara sensibilidad neoliberal, además de secesionista) intentó transmitir el mensaje de que ese foro, a pesar de sus defectos, es una institución a la que las fuerzas progresistas tienen que intentar convencer en cuanto a la bondad de sus propias propuestas. Así, como acabo de citar, el programa termina con la portavoz de Greenpeace hablando con el fundador y director de Davos del mérito de sus propuestas. No excluyo la posibilidad de que, a nivel personal, toda persona tenga que ser considerada educable. Ahora bien, considero que el mensaje del programa de TV3 refleja un entendimiento limitado, cuando no incorrecto, de la realidad. Como ocurre con la mayoría de los temas económicos, estos esconden, en realidad, temas políticos. Y la gente normal y corriente lo sabe. De ahí que la máxima responsabilidad de lo ocurrido (y su mayor rechazo), como muestran las encuestas de opinión popular, recaiga en las autoridades políticas. La enorme crisis de legitimidad del capitalismo se debe a que se ha percibido que las instituciones políticas han sido instrumentalizadas por los poderes económicos, y ahí está el problema. Greenpeace debería acudir a estas instituciones políticas y denunciarlas por no representar sus intereses, denunciando a las formaciones políticas y medios de información que promueven el neoliberalismo hoy y el trumpismo mañana.

La historia de la humanidad demuestra que todos los problemas económicos (la Gran Depresión o la Gran Recesión, por ejemplo) son, en realidad, problemas políticos, determinados por el enorme dominio de grupos económicos y financieros que tienen un abusivo control de las instituciones políticas y mediáticas. En realidad, la enorme crisis económica (que continúa todavía) podría haberse previsto fácilmente (como hicimos algunos) como consecuencia de las políticas públicas iniciadas por el presidente Ronald Reagan en EEUU y Margareth Thatcher en el Reino Unido, unas políticas que se hicieron suyas no solo partidos conservadores y liberales, sino incluso partidos socialdemócratas a través de la Tercera Vía. La correlación de fuerzas dentro del Estado está determinada por unas fuerzas políticas que utilizan el discurso económico en su intento de despolitizar lo que es profundamente político. La famosa frase de todos los neoliberales ha sido que “no hay alternativas”, una afirmación que es muy fácil de demostrar (aunque muy difícil de presentar en los medios) que no es cierta. Hay siempre alternativas. Y para ello hay que romper con el “determinismo económico” (sustituido con gran frecuencia por el determinismo tecnológico) y luchar por esas alternativas. El mayor problema que existe hoy es la sensación de impotencia que tiene la población en contra de lo poderes económicos y financieros, los cuales están convencidos de que no hay otra manera de organizar las relaciones sociales y económicas. Pero España acaba de demostrar como en tan solo seis años un partido inexistente ha pasado a gobernar el Estado con otro partido de izquierdas, abriendo toda una serie de esperanzas que podrán materializarse si la población se moviliza.

jueves, 23 de enero de 2020

Davos: una reunión familiar de las personas que están destruyendo el mundo

23 enero, 2020 Por obsadmin Deja un comentario

De la revista digital «Global Research»


La élite mundial ha llegado a Suiza para la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos.

Para obtener una credencial se requiere una membresía en el Foro Económico Mundial, que cuesta entre 60 mil y 600 mil dólares, más una coste adicional de $ 27 mil para ingresar a la conferencia. Hay 3.000 asistentes invitados, aproximadamente dos tercios asisten a toda la conferencia.

El propio Foro informó que el sentimiento de los líderes empresariales participantes en Davos pasó de optimista en 2018 a sombrío en 2019. Increíble lo que puede hacer un año. Pero, estos líderes empresariales son los que han visto caer el mercado de valores . Fue el peor año en una década y diciembre fue el peor mes desde la gran depresión.

La economía mundial ahora va a desacelerarse, no se trata solo de Estados Unidos, se trata de Europa, China, Japón y sobretodo un gran cambio geopolítico. Por tanto todos saben que la fiesta terminará durante el próximo año, más o menos. Para ahogar su penas en un día se han tomado más de 4500 botellas de licor.

Pero, ¿que es Davos, realmente? Es la reunión anual de los dueños del mundo. Para Bayrasli, autora y cofundadora de Foreign Policy Interrupted: «Davos es una reunión familiar de las personas que están destruyendo el mundo moderno».

Craig Murray , ex embajador británico, ahora historiador y activista de derechos humanos, tiene una visión ligeramente diferente : «Davos sirve como un recordatorio anual de lo mal que Dios nos avisa cuando se nos viene encima una avalancha».

En la víspera del Foro, la organización benéfica británica Oxfam publicó un estudio que documenta el asombroso crecimiento de la desigualdad social. Oxfam informó que las 85 personas más ricas poseen más riqueza que el 50% más pobre de la población mundial: ¡3.500 millones de personas!

Este años asisten a Davos 80 de estos súper-multimillonarios.

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, escribió en el Financial Times que “·la creciente desigualdad económica no es una buena receta para la estabilidad y la sostenibilidad».

Sin embargo, nadie en la conferencia propone reformas sociales para mejorar la difícil situación de la clase trabajadora o redistribuir la riqueza desde la cima. Como hemos dicho en Global Research :

» Por el contrario, la palabra clave es» reforma estructural «, un eufemismo para despojar a los trabajadores de todas las protecciones, desmantelar lo que queda del estado de bienestar y eliminar todas las normas ambientales, de salud y seguridad que restringen las ganancias corporativas».

“Una encuesta entre 1.344 ejecutivos de negocios participantes en el Foro (realizada por Price Waterhouse) concluyó que las principales preocupaciones eran la “ sobrerregulación a las corporaciones y los déficits gubernamentales» (es decir, el gasto social).

El setenta y dos por ciento de los ejecutivos dijo que el exceso de regulación es un impedimento para el crecimiento económico, mientras que el 71 por ciento se queja de un gasto social «excesivo» y de la deuda del gobierno. «

Esta es la conferencia perfecta para discutir cómo Gran Bretaña será esquilmada después del Brexit. El Foro está lleno de banqueros, gestores de fondos de cobertura, gestores de fondos buitres y otras hienas que buscan ganancias fáciles.

Según el galardonado periodista, Jonathan Cook:

“El largo experimento del liberalismo sigue su curso a pesar que ha fracasado catastróficamente. Sus intelectuales están inmovilizados frente a un precipicio. Sin embargo el abismo todavía no se abierto porque el liberalismo está siendo combatido mundialmente . Más bien, el abismo es el resultado inevitable de la imposición – de una élite cada vez más reducida – que actúa contra toda evidencia racional; que ha transformado una ideología profundamente injusta en una religión. Es la idolatría de un sistema de valores que está empeñado en destruirnos ”.

lunes, 4 de febrero de 2019

Davos: una distancia abismal entre la realidad y la retórica

Por Larry Elliott, Sin Permiso

Una de las mejores cosas de Davos es el tren que sube a la montaña. No se trata sólo de que las vistas sean impresionantes, tampoco es simplemente que los trenes siempre están a la hora. Se trata también de la ausencia de la polución sonora que se encuentra viajando en ferrocarril por el Reino Unido. 

No hay mensajes informándote de que la estación está vigilada por cámaras las 24 horas del día; nadie te va diciendo que es importante para tu seguridad que te apartes del borde del andén o que no se puede fumar en la estación. Sobre todo, nada de mensajes [de seguridad habituales en los ferrocarriles británicos] del estilo del “Fíjese, dígalo, y resuelto”, una forma de tortura acústica que es a la vez constante y sin sentido. La forma de garantizar que los trenes sean más seguros es hacer lo que hacen en Suiza: poner un guarda en todos los trenes.

Ni siquiera ahí, en lo alto de los Alpes, es posible escaparse de esa clase de mantras mecánicos, porque después de pasar una semana en el Foro Económico Mundial, está claro que Davos tiene su propia versión del “Fíjese, dígalo, y resuelto”. 

No cabe duda de que la gente que acude al Foro Económico Mundial se fija. Se fija en que la desigualdad va aumentando. Se fija en que no es accidental que los incidentes relacionados con el clima se sucedan con mucha mayor frecuencia. Se fijan en que acecha otra crisis financiera por algún lado. Se fijan en todo esto porque no hay que ser tan inteligente para fijarse en estas cosas, y la gente que acude a Davos no anda escasa en el negociado de de materia gris. 

¿Y lo están diciendo? Sí, algunos de ellos lo están diciendo. A lo largo de varios años, Davos ha retumbado con las advertencias de gente importante sobre la necesidad de tomarse la desigualdad en serio, de emprender acciones contra el calentamiento global antes de que sea demasiado tarde, de introducir algunas restricciones rigurosas al poder del sector financiero que puede hacer que estalle el mundo. 

Este año no ha sido una excepción. Davos se inició con un galardón a Sir David Attenborough por su contribución al medioambientalismo y terminó con Greta Thunberg, una activista sueca de 16 años centrada en el cambio climático, diciéndoles a los líderes mundiales que quería que empezaran a sentir pánico por el calentamiento global. Para cuando concluyó la reunión anual del FEM, Thunberg tenía audiencia con Christine Lagarde, directora gerente de Fondo Monetario Internacional. Lagarde misma citó un informe de Oxfam que mostraba que los 26 multimillonarios más opulentos poseen la misma cantidad de riqueza que la mitad de la población mundial.

Otros grandes organismos internacionales también lo están diciendo. Kristalina Georgieva, jefa interina del Banco Mundial, declaró que el cambio climático se estaba produciendo con mucha mayor rapidez de lo que se había pensado anteriormente y que había que afrontarlo de modo urgente. “Pónganse delante de ustedes una foto de sus hijos y sus nietos”, le dijo al público de la sesión de clausura del FEM. “Les garantizo que funciona”.

Los precios en caída de las energías renovables y los avances en almacenamiento de baterías vienen a significar que ya no se escucha en Davos el viejo argumento – que reducir las emisiones de carbono es “malo” para la economía –, por lo menos en público. El nuevo mantra es que restringir el aumento de la temperatura a 1,5 grados por encima de niveles preindustriales significaría que salen todos ganando: bueno para el planeta y bueno para la economía.

Aún así, sigue habiendo una brecha abismal en la realidad entre lo que se dice y lo que está sucediendo en realidad. Muchos países, los EE.UU. y Brasil, por ejemplo, están dirigidos por escépticos del cambio climático. Las empresas que contaminan no pagan el precio que supone contaminar. Utilizar materiales reciclados le resulta más costoso a una empresa que recurrir a productos primarios. Salarios de pobreza quiere decir que resulta más duro para los consumidores ir a la compra de modo sostenible aunque quieran hacerlo.

Un intento en serio de reducir la desigualdad requeriría de sindicatos más fuertes con capacidad para negociar mejores salarios para sus miembros. Requeriría que los gobiernos estuvieran dispuestos a ser más audaces a la hora de gravar fiscalmente a los ricos. La Organización Internacional del Trabajo apeló a una garantía universal de trabajo para salvaguardar los derechos fundamentales de los trabajadores. Parece haber poco apetito de un nuevo contrato social entre los ejecutivos, pese a las animosas palabras.

Y tampoco lo habrá mientras la economía se vea apuntalada por la noción de que más es siempre mejor, que la meta primordial de su política debería consistir en maximizar el crecimiento, y de que la interferencia en un sistema en el que el poder está sesgado a favor de los ricos y poderosos debería mantenerse al mínimo. La deprimente conclusión de una cena que tuvo lugar en Davos para debatir acerca del nuevo pensamiento en economía es que – con una o dos notables excepciones – ha habido muy poco pensamiento novedoso en materia de economía. Una década después de la mayor crisis de la que tengamos memoria, y con los relojes corriendo contra el cambio climático, todo sigue como de costumbre.

Hizo falta que un trío de profesores de psicología de Yale apuntara lo que va mal en la economía: nuestro cerebro nos miente. La gente que acude a Davos se encuentra en la cima de un sistema de valores que insiste en que más dinero equivale a mayor felicidad. Pero, tal como dijo Laurie Santos, uno de los docentes académicos de Yale, las cosas que en realidad nos hacen felices - estar con los amigos, hacer cosas por los demás, disfrutar de nuestro tiempo fuera del trabajo -, tienen muy poco que ver con el dinero. El dinero sólo parece hacer felices a los multimillonarios en el momento de donarlo.

Deberían resultar evidentes las conclusiones que se deducen de ello. La economía en su sentido tradicional resulta inútil cuando se trata de afrontar los apremiantes problemas que hay que resolver. Otras disciplinas, como la psicología, pueden ser realmente bastante más de ayuda que los modelos que se basan en consumidores supuestamente racionales que maximizan su utilidad.

Y a menos que repensemos nuestro modelo económico y reprogramemos nuestro cerebro, podemos fijarnos en ello y gritarlo desde la cima de las montañas de Suiza. Pero no se resolverá.