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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

sábado, 15 de febrero de 2020

¿Y si las empresas demandan a la ciencia más innovación?

Presenta el Citma enfoque para los programas de ciencia, tecnología e innovación para el período 2021-2025. Proponen once grandes programas que darán abrigo a temas vitales para el desarrollo económico y social del país. Chequea Díaz-Canel Programa de Ciencia y la Tarea Vida

  

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La propuesta de programas nacionales de ciencia, tecnología e innovación para el período 2021-2025 fue presentada al compañero Miguel Díaz-Canel Bermúdez por las autoridades del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente (Citma), en el contexto de los sistemáticos chequeos sobre el Programa de la Ciencia que realiza el Presidente de la República.
El nuevo enfoque integrador permitirá una gestión más eficiente y articulada de los financiamientos dispuestos para estas actividades, tanto por el Presupuesto del Estado como por las empresas y otros contribuyentes.
La iniciativa, cuya presentación fue liderada por la titular del Citma, Doctora Elba Rosa Pérez Montoya, forma parte de la implantación de las políticas de ciencia, tecnología e innovación (CTI) establecidas por los documentos rectores emanados de los congresos del Partido.
A la presentación asistió la miembro del Secretariado del Comité Central del Partido Olga Lidia Tapia Iglesias y directivos y miembros de la comunidad científica nacional.
El viceministro del Citma Doctor Armando Rodríguez Batista explicó que el nuevo sistema de programas y proyectos de CTI tiene como objetivos: «la obtención de nuevos conocimientos; el desarrollo y asimilación de nuevos materiales y tecnologías; y el desarrollo de nuevos y mejorados productos y servicios con alto valor agregado.
Persigue además «elevar la eficiencia, la eficacia, la productividad y la calidad en la obtención de productos y la prestación de los servicios; incrementar el nivel de preparación de los recursos humanos; y evaluar los aspectos socioeconómicos y ambientales» proponiendo acciones al respecto.
Son once los programas nacionales de CTI para el período 2021-2025. Se construyeron también sobre las experiencias de funcionamiento de los actuales, que hoy son más de 30; y se elaboraron en consulta con la Academia de Ciencias de Cuba, los Organismos de la Administración Central del Estado (OACE), las OSDEs, las entidades nacionales y los territorios.
Conducirán a la par, a la conformación de programas sectoriales y territoriales a partir de objetivos, principios e indicadores, e incluyen un cronograma de implementación que garantice su inclusión en el Plan de la Economía.
Entre los requisitos que se les exige a estos programas está la disposición de financiamientos mixtos (Presupuesto del Estado, empresarial, créditos, fondos, contribución especial territorial, proyectos internacionales, y otros); la integración de varias entidades en la obtención del resultado (universidades, entidades de CTI y otras); y la participación de empresas que generen encadenamientos productivos. Deben tener además una dimensión social, lo que supone la inclusión de las ciencias sociales y humanísticas.

A debate

Las empresas y entidades deben participar como demandantes de innovación y ser parte de su aseguramiento, señaló el Presidente de la República en el más reciente chequeo del Programa de Ciencia. Foto: Estudios Revolución.
Tras la presentación de los directivos del Citma, Díaz-Canel indagó sobre los criterios de la comunidad científica nacional sobre la propuesta. El Doctor Luis Velázquez Pérez, presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, señaló que se está ante programas muy concretos que tendrán un impacto medible, son iniciativas integradoras, y permitirán que la ciencia esté conectada a la economía de forma más concreta y también general.
El Doctor Rolando Pérez Rodríguez, director de Ciencia e Innovación de Biocubafarma, subrayó por su parte que la nueva estructura promueve una integración sectorial muy fuerte, lo cual debe permitir pasar de la tradicional «oferta de conocimientos» a la «demanda de conocimientos»; o sea, «que la ciencia y la tecnología se conviertan en incremento del Producto Interno Bruto (PIB)»; «que más allá de los indicadores clásicos; vayamos a indicadores de cómo estamos impactando en la economía».
La Ministra del Citma expresó al respecto que la «demanda» de ciencia, de conocimiento, tiene que ser sentida por las entidades, pero no siempre ocurre así. Díaz-Canel indicó discutir la nueva propuesta de programas de CTI con todas las entidades, incluyendo a las Juntas de Gobierno de las OSDE, según propuso el viceministro del Citma Armando Rodríguez Batista.
Es muy importante —añadió el Presidente de la República— que los organismos tengan una visión sobre ellos, participen como demandantes de innovación y sean parte de su aseguramiento.
La reunión se celebró el pasado miércoles, cuando Díaz-Canel chequeo, además de otras políticas públicas, la implementación del Plan de Estado para el enfrentamiento al cambio climático en el Ministerio de Comunicaciones (Mincom) y en la provincia de Cienfuegos.

En tierra de ciencia

— El Sistema de Ciencia, tecnología e innovación (CTI) es «el conjunto de actores sociales que operan dentro del ámbito nacional, y la articulación dinámica de sus competencias».
—La infraestructura cubana de ciencia, tecnología e innovación incluye 222 entidades de CTI (entre ellas 136 centros de investigación), y 52 universidades, a las cuales están adscriptas 30 entidades de CTI y 94 sedes municipales.
— En el país hay 89 214 personas dedicadas a actividades de CTI, el 53 por ciento son mujeres. El personal dedicado a investigación más desarrollo en las entidades de CTI suman 57 198 trabajadores; el 54 por ciento son mujeres. El 77 por ciento del personal tiene títulos superiores o técnicos; 6 954 investigadores están categorizados, el 47 por ciento, mujeres.
— Los programas de CTI constituyen un conjunto integrado de actividades diversas organizadas fundamentalmente en proyectos (que son su célula básica), y cuyo objetivo es resolver los problemas identificados como prioridades. Están dirigidos a lograr resultados e impactos específicos en un período determinado. Los Programas nacionales conducen a la par a programas sectoriales y territoriales.
— Los Programas Nacionales se centrarán en las investigaciones fundamentales que contribuyan al avance de la ciencia, la tecnología y la innovación, a las investigaciones orientadas a dar respuesta a metas de la proyección estratégica del país —innovación— y a las propuestas para la toma de decisiones. Los once programas nacionales ahora propuestos son:
  • Producción de alimentos y su agroindustria.
  • Agroindustria de la caña de azúcar.
  • Envejecimiento, longevidad y salud.
  • Automática, robótica e inteligencia artificial.
  • Desarrollo energético integral y sostenible.
  • Telecomunicaciones e informatización de la sociedad.
  • Biotecnológico y farmacéutico.
  • Nanociencia y nanotecnologías.
  • Adaptación y mitigación del cambio climático.
  • Ciencias básicas y naturales.
  • Ciencias sociales y humanísticas.
— Los Programas Sectoriales se centrarán en la investigación aplicada, el desarrollo  y en particular en la innovación, orientada al cumplimiento del encargo estatal de los organismos y entidades, con el objetivo de lograr el escalado de los resultados de las investigaciones y diversificar los productos con destino a la comercialización. Para ello, cada organismo y entidad nacional deberá organizar programas sectoriales, que permitan orientar las investigaciones y evaluar la contribución de sus resultados en la actividad de la cual es rector.
— Los Programas Territoriales responden a prioridades de las administraciones locales; sus resultados benefician al desarrollo local integral, a la gestión social, medioambiental y a las cadenas de conocimientos, productivas y de valores del territorio, por lo que estarán más centrados en la innovación. Para ello, cada administración local deberá organizar programas territoriales que permita orientar las investigaciones y evaluar la contribución de sus resultados en el desarrollo del territorio.

El agotamiento del desarrollo, la confesión de la CEPAL


Lo que puede ser interpretado como la confesión de una derrota que afecta a toda América Latina ha pasado casi desapercibida. Se acaba de admitir que todas las estrategias de desarrollo implementadas en la región están agotadas. No sólo eso, sino que además se fracasó en todas ellas. Esa es la confesión de la secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).

A pesar de la gravedad de la declaración, no reaccionaron ni los gobiernos, ni la prensa, ni los actores ciudadanos directamente vinculados a la temática del desarrollo. Es más, la secretaria de CEPAL, Alicia Bárcena, avanzó más afirmando que el extractivismo, o sea la exportación de materias primas, es el que está agotado porque “concentra riqueza en pocas manos y apenas tiene innovación tecnológica” (1).

Estamos ante la confesión de la máxima autoridad del organismo económico más importante del continente, el que por un lado tendría que haber contribuido a evitar ese fracaso, y por el otro, haber asegurado el camino hacia lo que ellos conciben como un desarrollo virtuoso que reduce la pobreza y la desigualdad. Reconocer que nada de eso ha sucedido es admitir que la CEPAL no tenía estrategias realmente efectivas para ese propósito, o si se asume que sus propuestas eran las adecuadas, entonces los gobiernos serían los culpables por no haberlas seguido. Cualquiera de las dos posibilidades tienen muy graves connotaciones.

La admisión del fracaso

Resulta sorprendente que semejante confesión pasara desapercibida. Habría que preguntarse si la secretaria ejecutiva de la CEPAL reconoce eso en público porque ya todos los saben, y como muchos que son responsables de un modo u otro, nadie se ofenderá ni exigirá asumir las responsabilidades por ese fracaso. Es que hay un aire de fatalismo creciente en el continente que se siente en estas y otras situaciones que hacen a las estrategias de desarrollo.

Esto contrasta con el entusiasmo con que se discutía sobre desarrollo en el pasado reciente, tanto por políticos como académicos y militantes. Desde inicios de los años 2000 proliferaron en América Latina todo tipo de ensayos sobre otros modos de organizar el desarrollo, incluyendo cambios en el papel del Estado, la regulación de los mercados y las políticas públicas. Aquel ímpetu estuvo directamente asociado con los gobiernos progresistas, y a medida que éstos languidecieron, las expectativas con sus versiones del desarrollismo también menguaron.

La CEPAL navegó bajo distintas tensiones y ambigüedades frente a los ensayos desarrollistas del siglo XXI. Nunca fue una promotora entusiasta de algunas de sus versiones, coma la bolivariana, pero contribuyó a legitimar los modos más moderados, como el de Brasil bajo Lula da Silva. No abandonó sus propias propuestas, como las que en los años noventa postulaban la “transformación productiva” o la inserción en la globalización comercial. Más allá de los énfasis, la CEPAL se mantuvo fiel al credo del crecimiento económico como motor indispensable del desarrollo, y ponía su esperanza en ciertas regulaciones para educir la pobreza y la desigualdad.

Crecimiento económico y extractivismos

Asegurada la adhesión al crecimiento económico, se hacen concesiones que no lo pongan en riesgo. En ello está el origen de la aceptación de los extractivismos. De ese modo, la CEPAL llegó a apoyar el concubinato de los extractivismos con todo tipo de planes y estrategias de desarrollo, conservador o progresista, enfocándose en que se mejorara la gestión tecnológica (más limpios), se aumentara el dinero recaudado (económicamente más beneficiosos), y que se apaciguara la protesta ciudadana (menos conflictivos). Toleró los extractivismos a pesar que ello iba en contra de la temprana prédica cepalina que cuestionaba un desarrollo basado en exportar materias primas. Lo hizo porque esperaba que permitiera acumular capital que de alguna manera sirviera a cambios estructurales y a reducir la desigualdad. Como consecuencia, la CEPAL nunca fue una voz enérgica en denunciar sus severas consecuencias negativas.

Por ello, es tremendamente llamativo que ahora, en 2020, se reconozca que los extractivismos concentran la riqueza, apenas tienen innovación tecnológica y son parte de ese desarrollo que fracasó. Todo eso es lo que han dicho las organizaciones ciudadanas, unos cuantos políticos y un puñado de académicos, desde hace más de una década, sin ser reconocidos por la CEPAL.

Por el contrario, la comisión contribuyó a un nacionalismo de los recursos naturales, que sobre todo desde el discurso progresista insistía, en las exportaciones de materias primas para asegurar el crecimiento económico, y desde allí desplegar planes sociales. La discusión se centró, por ejemplo, en la recaudación fiscal sobre los extractivismos y no en el tipo de desarrollo que éstos implicaban. No se entendió que ese modo de apropiación de recursos naturales tienen impactos locales de todo tipo, pero que además generan condiciones que impiden una diversificación productiva.

Como ya se adelantó, esta situación es llamativa porque esa adhesión a los extractivismos en cierto modo contradice la prédica inicial de la CEPAL a favor de la industrialización y la autonomía comercial. Recordemos que el mandato fundacional de la comisión, en 1948, y luego bajo Prebisch en la década de 1950 y parte de 1960, se volcó a defender una industrialización, la revisión de los términos de intercambio, e incluso un mercado común continental. No es que estuvieran en contra de grandes emprendimientos mineros o petroleros, sino que consideraban como condición de atraso que éstos sirvieran únicamente al papel de proveedores de materias primas hacia el mercado internacional. Los extractivismos, en cambio, debilitan las opciones para una industrialización y a la vez imponen subordinaciones en el comercio externo, ya que deben aceptarse todas sus reglas si se quieren seguir exportando materias primas.

Cambio de rumbo y vuelco estructural

Con el paso del tiempo, la CEPAL poco a poco se apartó de aquellos propósitos para atender otras prioridades en el desarrollo. Por ejemplo, las propuestas cepalinas de la década de 1990 de una “transformación productiva con equidad” sumó un abanico tan enorme de metas, que varias de ellas terminaron siendo contradictorias entre sí (2). Por ejemplo, su adhesión a la globalización entorpecía su propuesta de industrialización, mientras que la insistencia en el crecimiento económico hacía imposible una sustentabilidad real. El “regionalismo abierto” de la CEPAL acentúo esos problemas (3). Las propuestas cepalinas nunca tuvieron un contenido teórico ni un apoyo político que permitiera atacar los obstáculos a la industrialización o a otra inserción comercial.

Más recientemente parecería que la CEPAL se recuesta más sobre el debate global acerca del desarrollo, como el que ejemplifica la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible o los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Sin duda, nadie puede estar en contra de perseguir algunas de las metas en esas plataformas, como asegurar el agua potable o el saneamiento, pero esos esquemas no suplantan ni resuelven las especificidades latinoamericanas.

Entonces no puede sorprender que la CEPAL tenga muchas dificultades en lidiar con la coyuntura actual y se sienta más cómoda en el pasado reciente. Se lanzan múltiples estudios sobre asuntos muy actuales, como el impacto de China en el continente, pero a la vez se sigue apuntando al neoliberalismo de las décadas de 1980 y 1990 como explicación de los problemas de hoy. Es así que cuando Bárcena admite que América Latina perdió las opciones de industrializarse, de promover la innovación y de reducir la brecha de desigualdad (otra confesión demoledora), lo explica culpando al neoliberalismo, que a su vez refiere a Milton Friedman y el Consenso de Washington.

Al hacerlo de ese modo, es como si se olvidara que en siglo XXI la región pasó por una fase de fenomenal crecimiento económico y en varios países se desmontaron unas cuantas de aquellas reformas de mercado. En sus explicaciones se desvanece la variedad de regímenes políticos que se sucedieron en el continente, cada uno con su ensayo sobre el desarrollo, desde Néstor Kirchner en Argentina a Juan Manuel Santos en Colombia, o desde Hugo Chávez en Venezuela a la irrupción de la extrema derecha en Brasil. Cualquier análisis del desarrollo actual requiere analizar estas circunstancias latinoamericanas.

Del mismo modo, no está nada claro si realmente se entienden todas las implicancias que tiene confesar el agotamiento del programa extractivista en particular y del desarrollo en general. Es que Bárcena afirma que hace falta una “vuelta estructural del modelo” para revertir ese agotamiento. Ese es otro propósito compartible, pero la duda está en qué entienden por “estructural” y por cambio en la CEPAL. Una reversión en las estructuras que resultan en las exportaciones de materias primas implicaría, por un lado una desvinculación selectiva de la globalización, y por el otro una integración regional dentro de América Latina aunque bajo otras premisas en organizar la industrialización. Es necesaria una postura muy distinta frente a la globalización, a los mercados globales y a su institucionalidad, como los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. La CEPAL nunca avanzó decididamente en ese tipo de cuestionamientos y alternativas, y por ello no está claro cuán estructural es el cambio que pregonan.

Los fantasmas de Prebisch

¿Qué dirían los fantasmas de Prebisch y sus compañeros de aquella CEPAL si escucharan que hoy se reconoce que todas las opciones de desarrollo fracasaron? ¿Qué sentirían al constatar que las materias primas siguen siendo los principales rubros de exportación de América Latina? ¿Cómo reaccionarían al observar la sucesión de planes de industrialización que no llegan a consolidarse?
Estas y otras interrogantes están vigentes porque la mirada de aquel estructuralismo inicial y los debates sobre el desarrollo de cuño prebischiano siempre criticaron la dependencia en exportar materias primas propia de los extractivismos. Una y otra vez intentaban apartarse de esa adicción.

No puede negarse que la situación actual de América Latina es muy distinta a la de 1948, cuando se creó la CEPAL. Por lo tanto es comprensible que las propuestas actuales difieran de las de aquellos años. Del mismo modo, las ideas de Prebisch de aquel tiempo, enfocadas en un “desarrollo hacia adentro”, no pueden ser trasladadas a la actualidad como un todo, aunque muchos de sus aportes siguen vigentes, y varios de los que fueron desechados merecerían ser resucitados. Tampoco puede olvidarse que el mismo Prebisch actualizó sus concepciones sobre el desarrollo, como lo hizo en 1981 en uno de sus últimos libros, “Capitalismo Periférico” (4).

Pero lo que sí se echa de menos son actitudes como las de Prebisch y su equipo en aquella CEPAL, avanzando en análisis críticos y rigurosos, independientes pero a la vez comprometidos con América Latina, y enfocados en buscar alternativas. Decía Prebisch en 1963: “Es todavía muy fuerte en América Latina la propensión a importar ideologías, tan fuerte como la propensión de los centros a exportarlas”, y para ser más claro agregaba: “Ello es residuo manifiesto de los tiempos de crecimiento hacia afuera”. No rechaza el aporte desde otros ámbitos y regiones, pero insistía en que “nada nos exime de la obligación intelectual de analizar nuestros propios fenómenos y encontrar nuestra propia imagen en el empeño de transformar el orden de cosas existente” (5).

Aquella “vieja” CEPAL producía ideas novedosas como respuestas a los problemas más agudos de su tiempo, y muchas de ellas fueron muy incisivas y por ello fueron tan resistidas. Los gobiernos no eran indiferentes, algunos las rechazaban otros intentaban aplicarlas cada uno a su manera. Había una visión, una aspiración y hasta un sueño de una gran narrativa de cambio, el “empeño” en transformar el orden actual, y es ese talante el que se fue desvaneciendo con el paso de los años.

Es esa postura, esa intransigencia en buscar el camino propio, la que más se necesita hoy en día dado que se reconoce que la propia idea de desarrollo está en crisis. No solo ha colapsado la concepción del crecimiento económico perpetuo, sino que eso también ha arrastrado en su caída a la categoría desarrollo. La confesión muestra que la CEPAL de alguna manera lo comprende, y que seguramente también lo entienden muchos dentro de unos cuantos gobiernos latinoamericanos. Es insostenible la tesis simplista de un crecimiento económico que asegura el desarrollo, ya que casi todos los países pasaron recientemente por una fase de expansión pero sin solucionar problemas como formalidad del empleo, equidad o industrialización. Hoy también es evidente que la propia idea de desarrollo está agotada. Se ha probado de todo, y el resultado final ha sido muy magro.

Este reconocimiento sería una oportunidad notable para abordar otro tipo de alternativas que estén ubicadas más allá del desarrollo. Pero como todos son más o menos responsables de este agotamiento, parece ser que siguen operando las barreras que impiden dar ese paso. Tal vez sea necesario rescatar del olvido a los fantasmas de Prebisch para, como él decía, “encontrar nuestro propio camino”

 Notas:

(1) América Latina ha perdido el tren de la política industrial y la innovación, I. Fariza entrevista a A. Bárcena, El País, 7 febrero 2020.
(2) La transformación productiva con equidad. La tarea prioritaria del desarrollo en América Latina y el Caribe en los años noventa. CEPAL, Santiago, 1990.
(3) El regionalismo abierto en América Latina y el Caribe. La integración económica al servicio de la transformación productiva con equidad. CEPAL, Santiago, 1994.
(4) Capitalismo periférico. Crisis y transformación. R. Prebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.
(5) Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano. R. Rebisch. México, Fondo de Cultura Económica, 1963 (2da ed., 1971), pág. 20.

Eduardo Gudynas es analista en temas de ambiente y desarrollo en el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES). La versión completa de este artículo está disponible en EconomiaSur.com Twitter: @EGudynas

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Cuba y su deuda

Por Aurelio Alonso Tejeda *

Estimado Humberto, destaco la importancia, en Cuba y la economía de 13 de febrero, del despacho de la agencia Reuters acerca del “impago” de la deuda cubana en el pasado año, con vencimientos de ochenta millones (según el despacho, que no precisa monto del impago), en supuesto incumplimiento de los acuerdos logrados en la renegociación de 2015 con los países acreedores. Y una consecuente aplicación de sanciones, en este caso una tasa de interés adicional del 9% a la que logró Ricardo Cabrisas en la citada renegociación (siempre según el citado despacho).

Dos días después, un despacho de AFP, que reproduces también en Cuba y la Economía, recoge una aclaración de Cabrisas en la cual explica el retraso, lo valora entre veintidós y veintitrés millones de euros y precisa que Cuba se compromete a darle cumplimiento antes de que finalice el mes de mayo. 

El hecho, visto con crudeza, es que a partir de 2016 la inserción cubana en el mercado mundial ha sufrido un recrudecimiento de la agresión financiera estadounidense de tal magnitud que no puede menos que incidir en las posibilidades de pago acordadas hace cinco años. El efecto de la enormidad de sanciones impuestas a bancos de terceros países por Washington en  estos años simplemente por sostener relaciones económicas con Cuba, sumado a prohibiciones estrictas en torno al turismo, y la persecución corsaria sobre el suministro de hidrocarburos, es significativo.

Por supuesto que esto no interesa al FMI, ni a las economías que lo sostienen en condición de países acreedores (y que negocian con Cuba en un comité ad hoc ya que no somos miembros del FMI, si  es que esas reglas no han cambiado). Los acreedores pueden exhibir como bondades la condonación de casi las dos terceras partes de la deuda cubana en 1986 (año en que Cuba tuvo que interrumpir los pagos debido a las pérdidas que ocasionó la caprichosa trayectoria del ciclón Kate desde el Oriente a La Habana, junto a otros reveses económicos). Los acreedores no se mostraron entonces “bondadosos”; más bien fueron inflexibles con sus exigencias de ajustes (reducción del Estado en la economía, o sea, privatizar, abrir los mecanismos de mercado, y todo lo consecuente). En tanto Cuba también lo fue en su radical decisión de no aceptar.

La moratoria planteada ese año en el pago tuvo como consecuencia un corte de los créditos a mediano y largo plazo desde las principales economías euroccidentales y asiáticas, al cual puede atribuirse, a mi juicio, la meseta que observa en la curva de crecimiento del PIB cubano de 1986 a 1989. Se afectaban necesidades que desde el CAME no se suplían, ya que solo podían cubrirse en moneda libremente convertible. De manera que para Cuba el efecto del derrumbe económico en la primera mitad de los noventa ya tuvo un anticipo en la estancación de la segunda mitad de los ochenta.

La aclaración de Cabrisas debe despejar cual
quier especulación en torno a la posibilidad   de de una interrupción unilateral por parte de Cuba que, como es sabido, se esmera en honrar sus compromisos, aun en las más difíciles condiciones..

Lo que quiero destacar es que, a diferencia de los factores que inciden en las dinámicas de otorgamientos de créditos entre acreedores y deudores para la mayoría de la periferia (la que se acomoda a las reglas de sometimiento del centro dominante), en los casos en que además se victimiza al país deudor mediante la aplicación sistemática de sanciones financieras (Cuba sería el arquetipo usado por el imperio), la salida por los mecanismos regulares (la supuesta normalidad) se revela imposible. En tanto, en las economías afines al sistema de los centros del capital, una parte importante de los préstamos que se conceden va a engordar las cuentas de la oligarquía local, sin beneficio alguno para la población. Esta adjudicación, que tampoco interesa al FMI, se refleja dramáticamente hoy en la intensificación de la presión migratoria centroamericana hacia los Estados Unidos.

Creo que la presión sobre la periferia mediante “sanciones” se hace un problema geoeconómico clave, sobre todo después del fracaso del impeachment al presidente Trump. En un artículo del diario de Miami El Nuevo Herald del 4 de febrero, la periodista Maribel Hastings previene que Trump haya salido, con el empacho de su victoria, convencido de que ahora “quedó demostrado que puede hacer lo que quiera, como dispararle a alguien en la Quinta Avenida, como predijo en 2016; pedir ayuda a naciones extranjeras para su beneficio político personal; obstruir las investigaciones; intimidar testigos; burlarse de la Constitución; mentir, mentir y mentir, sin consecuencia alguna”.

Es evidente el saqueo de las finanzas de los procesos que en la periferia buscan la salida democrática de sus sustentabilidad, que van a afrontar, como sucede ya con Venezuela bolivariana y otros que son victimizados con sanciones unilaterales, lo que marca la complejidad de la dominación en el siglo presente. Y creo que propuestas cubanas de asociación para hacer más equitativos los mecanismos de la cooperación económica merecen ser rescatados y puestos al día a la luz de las circunstancias. Y de lo previsible.   

Sigue la periodista miamense apreciando que “de este modo, su presencia (de Trump) aún en la Casa Blanca lo coloca en el peligroso y preocupante papel del presidente más poderoso que haya tenido este país”. Y el más peligroso de la historia mundial. Aunque en la lógica de las relaciones en las finanzas mundiales, no hallemos variantes esperanzadoras en lo que antecede a Trump ni lo que es previsible que lo suceda dentro de un año, o dentro de cinco, en la conducción de la economía que monopoliza el poder mundial. 

Saludos,

*Aurelio Alonso Tejada. Destacado sociólogo y filósofo cubano. Miembro fundador de Pensamiento Crítico y del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana. Fue director de la Biblioteca Nacional José Martí. Integró el colectivo de investigadores del Centro de Estudios sobre América. Desde 2006 se desempeña como subdirector de la revista Casa de las Américas. Ha publicado varios libros y un vasto número de ensayos y artículos.  Es Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas otorgado por el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, y el Instituto Cubano del Libro (2013). Recibió el Premio LASA a la excelencia académica por su contribución a los estudios sobre Cuba, (2014).

Bernie Sanders no es socialista

Ojalá el candidato demócrata no estuviera tan empeñado en ser un blanco fácil para los difamadores de derechas

PAUL KRUGMAN
14 FEB 2020 - 17:04 CST


Bernie Sanders, en un acto de campaña en Mildford (EE UU). MIKE SEGAR REUTERS

Los republicanos arrastran desde hace tiempo el deshonroso historial de mezclar cualquier intento de mejorar la vida de los ciudadanos con los males del “socialismo”. Cuando se propuso el Medicare [seguro médico para personas mayores y discapacitadas], Ronald Reagan lo llamó “medicina socializada” y declaró que destruiría nuestra libertad. En los tiempos que corren, a quien pida algo parecido a la atención sanitaria universal de la infancia, los conservadores lo acusarán de querer convertir EE UU en la Unión Soviética. Se trata de una estrategia política deshonesta y cargante, pero resulta difícil negar que a veces ha resultado eficaz. Y ahora, quien encabeza la lista de aspirantes a la candidatura demócrata —no por mayoría abrumadora, pero claramente la persona que por el momento tiene más probabilidades de salir ganador— está facilitándoles esa estrategia, al declararse de hecho socialista.

El caso es que Bernie Sanders no es en realidad socialista, en ningún sentido normal del término. No quiere nacionalizar las principales industrias ni sustituir los mercados por la planificación central; no ha expresado admiración por Venezuela, sino por Dinamarca. Es básicamente lo que los europeos denominarían un socialdemócrata, y las socialdemocracias como Dinamarca son, de hecho, lugares muy agradables para vivir, con sociedades que, por decir algo, son más libres que la nuestra. Entonces, ¿por qué se declara Sanders socialista? Yo diría que principalmente como una marca personal, con un poco de placer por escandalizar a la burguesía. Y este capricho no le perjudicaba mientras fuese un simple senador de un estado muy progresista.

Pero si Sanders se convierte en el candidato demócrata a la presidencia, el engañoso calificativo que se da a sí mismo será un regalo para la campaña de Trump. Lo mismo que sus propuestas políticas. El sistema sanitario de pagador único es: (a) buena idea en principio; y (b) muy improbable que se dé en la práctica; pero al convertir el Medicare Para Todos en elemento central de su campaña, Sanders apartaría el foco del empeño que pone el Gobierno de Trump en eliminar el colchón social que ya tenemos.

Para que quede claro, si Sanders es el candidato, el Partido Demócrata deberá darle un apoyo incondicional. Probablemente no pueda convertir EE UU en Dinamarca, e incluso si pudiera, el presidente Trump está intentando convertirnos en una autocracia nacionalista blanca como Hungría. ¿Cuál preferirían ustedes?

Pero ojalá que Sanders no estuviera tan empeñado en convertirse en un blanco fácil para las difamaciones de la derecha.

Y hablando de postureo político inútil, el segundo en las primarias de New Hampshire también ha estado tirando piedras contra su propio tejado. En los últimos días, Pete Buttigieg ha preferido presentarse como un halcón del déficit, demostrando así que, para ser un rostro nuevo, tiene ideas sorprendentemente rancias.

Y si Sanders está poniéndoselo fácil a una estrategia política infame de los republicanos, Buttigieg se lo está poniendo a otra: la estrategia de lastrar la economía con austeridad fiscal cuando un demócrata ocupa la Casa Blanca y después endeudarse libremente en cuanto el Partido Republicano recupera el poder. Si los demócratas ganan, deberían seguir un programa progresista, no malgastar capital político limpiando el caos causado por los republicanos.Es posible que Buttigieg no esté enterado de que cada vez son más los economistas convencionales que piensan que la histeria que se desató hace siete u ocho años en torno al déficit se exageró en demasía. El año pasado, los que fueran principales economistas del Gobierno de Obama publicaron un artículo titulado ¿Quién teme los déficits presupuestarios? en el que concluían: “Es hora de que Washington abandone esa obsesión por el déficit y se centre en cosas más importantes”.

Una vez más, si Buttigieg logra convertirse en el candidato, el partido deberá apoyarlo sin reservas. Diga lo que diga sobre el déficit, no haría lo que hacen los republicanos: utilizar el miedo a la deuda como excusa para recortar programas sociales.

¿A quién nombrarán candidato los demócratas? No sé la respuesta. Lo importante, sin embargo, es que el partido se mantenga centrado en sus virtudes y en los defectos de Trump.

Porque el hecho es que todos los demócratas que aspiran a ser presidentes, desde Bloomberg hasta Bernie, son al menos moderadamente progresistas; todos quieren mantener y ampliar la red de seguridad social, y al mismo tiempo subirles los impuestos a los ricos. Y todos los sondeos indican que EE UU es esencialmente un país de centro-izquierda, razón por la cual, durante la campaña electoral de 2016, Trump prometió subirles los impuestos a los ricos y proteger los principales programas sociales.

Pero mentía, y a estas alturas cualquiera con una mente abierta lo sabe. De modo que los demócratas tienen una oportunidad perfecta para presentarse, honestamente, como los defensores de la Seguridad Social, de Medicare, de Medicaid [seguro médico para personas pobres] y la ahora popular Ley de Atención Sanitaria Asequible, en contraste con los republicanos, que defienden de manera más o menos abierta los intereses de los plutócratas frente a los de las familias trabajadoras.

Sin embargo, será una oportunidad perdida si el candidato o la candidata demócrata, sea quien sea, convierte la elección en un referéndum sobre la sanidad de pagador único o la reducción del déficit, ninguna de las cuales constituye una posición especialmente popular. Las cosas irán aún peor si los propios demócratas acaban peleándose por la pureza ideológica o la probidad presupuestaria.

La cuestión que, sea quien sea el candidato, los demócratas deben construir una coalición tan amplia como sea posible. De lo contrario, estarán regalándole las elecciones a Trump, y eso sería una tragedia para el partido, para el país y para el mundo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía

© The New York Times, 2020.

Traducción de News Clips