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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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lunes, 8 de junio de 2026

El armagedón en Cuba, según Marco Rubio

 


Si Donald Trump es el “abusador del barrio”, Rubio es el encargado de fabricar las excusas que justifican su conducta.

By JesusArboleya  Last updated Jun 6, 2026. Progreso Semanal


“La situación empeorará mucho y colapsará, lo cual sería malo para nuestro país”, dijo a la cadena Fox el secretario de Estado Marco Rubio, refiriéndose a la situación cubana y su posible impacto en Estados Unidos.

“Por otro lado, la situación puede mejorar. Pero para que mejore, se necesitan reformas económicas sustanciales y profundas. Estas reformas son imposibles con quienes están al mando” y agregó que esas personas “han abierto las puertas a los adversarios de Estados Unidos, para que operen en territorio cubano, en contra de nuestros intereses nacionales con total impunidad”.

Más que el pronóstico de la muerte natural del sistema cubano, como Rubio pretende que sea, se trata del anuncio de un asesinato, dicho por alguien que lleva años con el dedo puesto en el gatillo. Si Donald Trump es el “abusador del barrio”, Rubio es el encargado de fabricar las excusas que justifican su conducta.

Como casi todos los políticos cubanoamericanos, Marco Rubio ha edificado su carrera en torno a Cuba y a la promesa de derrocar al gobierno. Heredero de los grupos contrarrevolucionarios que bajo el amparo de la CIA dieron forma a la maquinaria política miamense, su visión de este propósito es que sea alcanzado mediante la intervención de Estados Unidos, un objetivo mucho más cercano, al convertirse en el político de origen cubano más poderoso en la historia de Estados Unidos.

Aunque Trump lo humilló en las primarias de 2016, Marco Rubio terminó por subordinarse al magnate neoyorquino, quien le regaló la política hacia Cuba con tal de “mantenerlo contento”. Alrededor de Rubio se estructuró entonces un equipo de “expertos en el arte de hacer daño”, que revisó cualquier resquicio del bloqueo y elaboró, con precisión quirúrgica, las nuevas medidas encaminadas a estrangular a Cuba.

Sin base factual o científica que sustentara esta acusación, fueron los inventores de los supuestos “ataques sónicos” contra los funcionarios norteamericanos radicados en el país, lo que sirvió de pretexto para cerrar el consulado norteamericano en La Habana, paralizar los acuerdos migratorios existentes y revertir de forma absoluta la política de mejoramiento de las relaciones, llevada a cabo por la administración de Barack Obama. De nuevo, Cuba fue incluida en la lista de “países promotores del terrorismo” y se impusieron 200 nuevas sanciones contra la Isla.

Al tsunami trumpista se sumaron los efectos de la pandemia. Debido al bloqueo norteamericano, Cuba se vio precisada a fabricar sus propias vacunas y tensar el sistema de salud, hasta agotar sus reservas económicas. Como Joe Biden también apostó por la debacle, Marco Rubio asumió el cargo de secretario de Estado en el segundo mandato de Donald Trump, con la misión de “terminar el trabajo”.

¿Qué aporta Marco Rubio a la administración de Donald Trump?

Rubio cuenta con el apoyo de algunos de los más grandes donantes del partido republicano, entre ellos el lobby sionista y los productores de armas, un atributo particularmente apreciado por el presidente. También es un actor relevante en la maquinaria política del estado de la Florida, convertido en un puesto de mando del movimiento MAGA, base electoral del trumpismo.

Además, su paso por el comité de inteligencia del Senado aporta conocimientos y contactos en el área de la política exterior e incorpora un grado de elaboración al discurso internacional de un gobierno caracterizado por la impericia de sus principales funcionarios.

Pero, sobre todo, Rubio aporta sus vínculos con la derecha latinoamericana, un ingrediente básico para articular la visión monroísta que caracteriza la política del actual gobierno norteamericano hacia América Latina y el Caribe. Más que la fuerza moderadora que algunos esperaban fuese en el gabinete, Marco Rubio ha sido el instigador de una política intervencionista, solo comparable con la desarrollada por Estados Unidos a principios del siglo XX en la región.

Esta postura ahora se revitaliza condicionada por el deterioro de la hegemonía norteamericana en el mundo. El lema “Make America Great Again” lo inventó Ronald Reagan, pero Trump lo hizo tema central de su identidad política y ello lo conectó con una realidad cuyos efectos ya eran percibidos por buena parte del electorado estadounidense. El éxito de su carrera se ha basado en vender la imagen de que es la única persona capaz de revertir esta situación.

Marco Rubio ha comprendido a cabalidad los instintos del presidente y se ha convertido en un apóstol de la consigna de “la paz mediante la fuerza”, especialmente cuando se trata de América Latina y el Caribe. En ello radica el peligro extraordinario que reviste para Cuba la actual política norteamericana y, por razones distintas, los precedentes de Venezuela e Irán incrementan este riesgo.

Venezuela, porque el éxito de la operación contra Maduro envalentonó a Donald Trump y fortaleció la posición de Rubio, lo que puede inducirlos a intentar la misma aventura en Cuba. En el caso de Irán, es lo contrario: para un hombre que necesita el reconocimiento de su superioridad, el fracaso en Irán puede llevar a Trump a buscar un “premio de consuelo” con Cuba.

A Donald Trump solo le interesan intereses personales para llevar a cabo una operación de este tipo; ni consideraciones estratégicas, legales o morales funcionan con este presidente, pero Marco Rubio, aunque comparte el mismo ADN intervencionista, es muy probable que piense distinto y ello está marcando, hasta ahora, la política contra Cuba.

Rubio sabe que no bastaría con estacionar un portaaviones frente al Malecón habanero, como dice Trump, para asustar a los cubanos. La resistencia sería enérgica e incluso, derrotada, no habría gloria para Estados Unidos en una guerra tan asimétrica e injustificada. Más bien, aumentaría el mito de la grandeza de la Revolución cubana y de la repercusión de su ejemplo, un legado insoportable para la extrema derecha cubanoamericana.

A lo que aspira Marco Rubio es a desprestigiar el proceso revolucionario cubano para que nadie intente repetirlo, por eso apuesta por apretar la tuerca del bloqueo hasta asfixiar la economía cubana y vender el relato de que el “colapso” no sería culpa de Estados Unidos, sino de la propia naturaleza del comunismo y la incompetencia de los gobernantes cubanos.

Políticos y analistas se rompen la cabeza tratando de descifrar los mensajes de Donald Trump y Marco Rubio sobre Cuba, pero los cubanos conocen bien esta estrategia, es la misma que aplicó el capitán general español Valeriano Weyler, cuando trató de matarlos de hambre, para que no pudieran apoyar a las huestes independentistas, a fines del siglo XIX. Entonces también hubo que resistir en solitario y no fueron pocos los que actuaron en contra de su propio pueblo.

jueves, 29 de julio de 2021

Radiografía política para el diálogo posible en Cuba

Por Jesús Arboleya En Jul 28, 2021

Las manifestaciones de descontento ocurridas el pasado 11 de junio en Cuba, han reforzado la idea de la necesidad de un diálogo nacional, que sirva para articular nuevos consensos y ampliar los mecanismos democráticos existentes. Como resulta difícil concretar una agenda e identificar a sus posibles actores, conviene tratar de discernir las corrientes políticas existentes en el país y sus intereses más generales.

Desde el triunfo de la Revolución, la vida política cubana ha sido tan intensa y abarcadora, que muy pocos han podido evitar colocarse en uno de los grandes conglomerados en disputa, dígase los que apoyan el sistema socialista o sus adversarios. Analicemos el balance de estas fuerzas y su posible disposición al diálogo que se propone.

Derrotada tempranamente dentro del territorio nacional, el núcleo duro de la contrarrevolución se asentó en el exterior, especialmente en Miami. Para los sectores más extremistas de esta corriente, dialogar es una mala palabra y no han sido pocos los llamados despectivamente “dialogueros”, los que han sido hostigados, agredidos e incluso asesinados, por defender esta posición. Más allá del fanatismo que caracteriza a estos grupos, hay factores objetivos que explican esta conducta: han vivido de una hostilidad alentada, protegida y muy bien remunerada por el gobierno norteamericano.

Son promotores del caos y la intervención norteamericana en Cuba y su objetivo final es retornar al régimen neocolonial antes existente en el país. No se trata de una acusación gratuita, inspirada en fundamentalismos de izquierda, así lo expresa, de manera diáfana, la ley Helms-Burton, instrumento legal que regula las relaciones de Estados Unidos con Cuba.

Estas fuerzas cuentan con algunos seguidores dentro del país, por lo general alentados y dependientes del dinero que reciben desde el exterior. Tampoco estoy revelando un secreto, en un alarde de transparencia, cada año el gobierno norteamericano da a conocer los fondos públicos que destina a la subversión en Cuba y, ya sea de manera directa o mediante sus intermediarios miamenses, estos grupos de extrema derecha forman parte de los receptores de estos fondos.

Sus actividades en Cuba y en el exterior, por lo general violentas y provocadoras, tienen una resonancia internacional sobredimensionada, gracias a la atención que reciben en los grandes consorcios de la información y en las redes sociales, donde se articulan campañas mediáticas, muchas veces diseñadas mediante técnicas muy sofisticadas para la manipulación de estos medios. Por su naturaleza e intenciones, con esta corriente no existen posibilidades reales de diálogo, tampoco es de suponer que estarían dispuestos a aceptarlo, toda vez que conspira contra su propia existencia y sus privilegios.

Sin embargo, no todos los opositores al sistema socialista son renuentes a establecer diálogos con el gobierno y diversos sectores de la sociedad civil cubana. Para algunos, ello responde a una estrategia encaminada a lograr un “cambio de régimen por otros medios”, como fue definida la apertura de Obama en las relaciones con Cuba, pero, para otros, simplemente refleja la intención de avanzar en la satisfacción de sus propios intereses, dígase económicos, culturales, ideológicos, existenciales, incluso humanitarios, sin condicionarlo al derrocamiento previo del gobierno cubano. No es algo extraño, Cuba mantiene relaciones, más o menos armoniosas, con infinidad de gobiernos, instituciones y personas en todas partes del mundo, que se declaran contrarias al socialismo.

Al margen de sus intenciones, la conveniencia de este diálogo para Cuba, es que estas posiciones son mayoritarias en la emigración, parten del reconocimiento del Estado y las instituciones cubanas con las que se proponen negociar, se encaminan a satisfacer asuntos de mutuo interés y tienden a neutralizar las opciones más agresivas, influyendo en las políticas hacia Cuba de los gobiernos de los países en que se encuentran asentados, incluido el de Estados Unidos.

Esta corriente, que pudiéramos caracterizar de oposición pacífica y disposición al diálogo con el gobierno y la sociedad civil cubana, también tiene expresión dentro de Cuba, aunque no se aprecian formas de organización que la representen. Según puede inferirse del resultado del referendo constitucional de 2019, agrupa alrededor del 9% del electorado, unas 700 000 personas, que votó contra el socialismo, cifra que pudiera aumentar, si sumamos algunas abstenciones y votos nulos. Una posición significativamente minoritaria, que no se corresponde con las matrices de la propaganda contra Cuba, lo que no implica que sea justo desconocer sus derechos, ni inteligente subestimar la importancia de tenerlos en cuenta para la construcción del consenso nacional.

Aunque muchas veces pueden expresarse libremente a través de los canales del Poder Popular, las consultas abiertas que usualmente se realizan sobre diversos asuntos, los espacios sindicales y otros mecanismos de participación ciudadana, ya sea por deficiencias o limitaciones en el funcionamiento de estas estructuras o como resultado de la compulsión social que puede generar la intolerancia e incomprensión a sus posiciones, la plena satisfacción de estos derechos se ve muchas veces limitada.

Ante la dificultad para expresarse por vías oficiales, es común que se manifiesten a través de algunas iglesias y organizaciones fraternales, con las que el gobierno mantiene relaciones, o mediante las redes sociales. Para incrementar el diálogo con estos sectores y ampliar sus posibilidades de participación en múltiples aspectos de la vida nacional, basta hacer valer lo establecido en la Constitución y que reciban la máxima protección del Estado y el resto de las instituciones políticas del país.

Paradójicamente, mucho más complejo se ha tornado establecer las agendas y la composición de los diálogos posibles dentro del conglomerado de izquierda que, desde diversas aproximaciones filosóficas y políticas, se declaran favorables al socialismo, aunque algunos pueden cuestionarse el modelo aplicado en Cuba y la gestión del gobierno. Aunque prácticamente todos dicen estar dispuestos a participar en un diálogo nacional, difieren muchas veces en la amplitud de las convocatorias, los focos de atención y las prioridades del debate. Lograr conciliar estas posiciones, resulta vital para articular la unidad del país alrededor del proyecto socialista. Por mucho que se haya degradado el argumento como resultado del abuso de consignas, la historia de la nación cubana es testigo de la importancia de esta unidad para la defensa de la soberanía e independencia del país, punto de demarcación de las tendencias políticas en Cuba.

Los temas en disputa son muchos, entre ellos: la conceptualización del socialismo y su aplicación a la realidad cubana; el funcionamiento del gobierno y la dirección de la economía; el papel de mercado y la gestión privada; los mecanismos de participación democrática y el control popular; el concepto de ciudadano y sus derechos; la política informativa y cultural; el burocratismo y el dogmatismo; los problemas sociales de diverso carácter; el papel del partido comunista y sus métodos de trabajo; la emigración y el vínculo de la nación con los emigrados, así como las relaciones con Estados Unidos y el resto del mundo.

Se trata de asuntos muy complejos, atravesados por fenómenos bastante recientes como el derrumbe de la URSS y el campo socialista europeo, que habían servido de modelo al sistema cubano; la tremenda crisis económica que esto significó para el país, con su secuela de desigualdades, problemas sociales y el deterioro de valores de mucha influencia en la conducta ciudadana; el incremento de la emigración, como resultado de descontentos y la falta de expectativas, especialmente entre los jóvenes, así como la desaparición física de Fidel Castro, factor aglutinador en el plano doméstico y de influencia internacional, especialmente en la izquierda mundial.

A todo esto se suma el recrudecimiento del bloqueo norteamericano, en medio de una pandemia devastadora, así como el agravamiento de problemas estructurales heredados, cuya solución se complica en las actuales circunstancias. Lo extraño no es que se hayan producido manifestaciones de descontento social, sino que el sistema haya sido capaz de sobrevivir a pesar de estos inmensos inconvenientes.

En estas condiciones tan adversas ha tenido que funcionar un gobierno nuevo, que ha cometido sus propios errores. Lo que no lo exime de asumir la máxima responsabilidad de encauzar los diálogos posibles, los cuales en realidad se ha comprometido a estimular y, de hecho, ha intentado hacerlo mediante diversas convocatorias. El problema es que dialogar no solo consiste en establecer espacios para expresar opiniones y debatir sobre diversos tópicos, sino en la solución de conflictos, mediante la confrontación de ideas diferentes, a veces supuestamente antagónicas.

El gobierno cubano no siempre ha tenido la flexibilidad y amplitud que se requiere para este empeño, en parte, porque en el caso de Cuba tiene mucho peso la necesidad real de una actitud defensiva, que no admite brechas. Una consecuencia del acoso norteamericano, ha sido la limitación objetiva del ejercicio democrático en el país. Con todo lo que debe ser reconocido como un derecho y desde esa condición deben ser tratadas cuando ocurren dentro de los parámetros establecidos por la ley, una manifestación de descontento social en Cuba no entraña los mismos peligros para la seguridad nacional que en otros países. Nadie ha pensado en una intervención humanitaria en Colombia, aunque los asesinados por la policía en las manifestaciones de los últimos meses, se cuentan por decenas.

La intransigencia revolucionaria ha sido un componente esencial de la capacidad de resistencia demostrada por la Revolución y forma parte de las tradiciones de lucha del pueblo cubano por la independencia y soberanía nacional. El problema para el diálogo posible es cuando esta intransigencia se asume mediante una mal entendida radicalidad, que confunde principios con coyunturas y objetivos con métodos para alcanzarlos. Cualquier estudioso de la historia de Cuba, tendrá que reconocer que Fidel Castro, el más radical de los revolucionarios cubanos, fue un mago de la dialéctica. En una ocasión le escuché decir, lo cito de memoria, “el arte de la Revolución ha sido la capacidad de convertir a enemigos en amigos”.

Los momentos más conflictivos del proceso revolucionario y la causa de muchas de las peores secuelas políticas ha sido, cuando, amparados en un tergiversado “radicalismo revolucionario”, se impusieron las tendencias más extremistas. Mucha gente se vio enajenada por una lógica perversa, que los maltrató injustamente hasta convertirlos en enemigos, con lo que quedó justificado el abuso original. El extremismo, como alertó Lenin, otro revolucionario radical por excelencia, es caldo de cultivo para el oportunismo, y el oportunismo es un cáncer que corroe los procesos revolucionarios. Basta mirar la debacle soviética, un desastre que se incubó dentro del sistema, para percibir la magnitud que pueden alcanzar estos daños.

El extremismo obstaculiza el diálogo cuando se atrinchera en lo indefendible y, en nombre de la defensa de la Revolución, descalifica cualquier tipo de crítica, así como viola principios éticos de la conducta política socialista, donde el fin no puede justificar los medios. No importaría tanto si simplemente reflejara a una corriente de pensamiento más, que se bate por defender su verdad en un plano de igualdad con otras tendencias, pero puede resultar muy nociva cuando, como ha ocurrido en ocasiones, asume la representación de la línea oficial del partido y el Estado, monopoliza las expresiones públicas y ejerce la capacidad de reprimir a sus adversarios.

De esta manera, en los últimos años, se ha tratado de desprestigiar, incluso sancionar, a intelectuales de izquierda, en su mayoría jóvenes que, con razón o sin ella, asumen posiciones críticas respecto a ciertas concepciones y políticas gubernamentales; se han frustrado opciones de diálogo con sectores no socialistas que, al margen de grandes diferencias, han estado dispuestos a encontrar puntos de encuentro con los sectores de izquierda; incluso se ha tratado de silenciar las voces críticas de militantes revolucionarios, mediante presiones o limitando su acceso a los medios oficiales de información.

Está claro que cualquiera de estas expresiones pueden servir a individuos con ocultas intenciones contrarrevolucionarias y, con seguridad, existen departamentos de la CIA, organizaciones de derecha y “expertos” en muchas partes, tratando de ganar posiciones en Cuba, ya sea dentro de la izquierda contestaría, los seguidores de otras ideologías o, incluso, entre los “comecandela” más extremistas, el asunto es no facilitarles las cosas, fabricando enemigos que no lo son ni quieren serlo. De nuevo, el respeto a la Constitución y las leyes, es la mejor protección frente a la penetración del enemigo y el principal antídoto para que no se cometan excesos amparados en este propósito.

A pesar de que no puede hablarse de la existencia de un diálogo nacional debidamente institucionalizados, muchos diálogos existen en Cuba y están más extendidos que lo que muchos suponen. Tienen lugar dentro del propio partido comunista, en particular en los núcleos, cuya simbiosis con las bases populares debiera ser más escuchada y aprovechada; se desarrollan con mucha intensidad y amplitud en los medios académicos, ya sea entre los estudiantes y profesores, o como resultado de investigaciones sociales que, aunque cada vez son más tenidas en cuenta para el diseño de políticas públicas, no se difunden hasta convertirse en fuente de la cultura popular; ocurre entre intelectuales y artistas dentro de sus propias organizaciones, incluso se observa en las comisiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, aunque el resultado de las votaciones siempre refleja una unanimidad exagerada. Existe entre los emigrados y el gobierno, así con diversos sectores de la sociedad civil, para no hablar de las calles, declaradas foro permanente del debate político en el país.

Quizás, el principal freno al potencial de estos diálogos dispersos para contribuir al consenso nacional, radica en las limitaciones de la prensa y otros medios de comunicación oficiales, para difundir sus resultados e integrarlos en el quehacer político de la nación. Durante años, el propio gobierno ha criticado las deficiencias de la prensa para reflejar la situación del país y satisfacer las necesidades informativas de la población. Pero esta crítica ha estado más centrada en señalar los resultados, que analizar sus causas. La consecuencia más negativa ha sido la pérdida de credibilidad de los órganos públicos y su indefensión frente a las distorsiones que muchas veces se generan a través de las redes sociales o por otros medios extraños.

Ello contrasta con la calidad promedio de los periodistas y otros profesionales de la información, con una alta vocación de servicio social, formados en buenas escuelas y al tanto de las técnicas más novedosas del oficio, ni siquiera son problemas en esencia achacables a los directores de los órganos y los funcionarios que dirigen estas actividades, ya que bastaría su sustitución para superar el entuerto, se trata de un problema mucho más profundo, relacionado con la concepción del papel de la prensa en la construcción de la hegemonía socialista y las normas para su funcionamiento, un viejo problema no resuelto del sistema socialista, a lo que se une el desfase para enfrentar el nuevo escenario generado por las nuevas tecnologías de la información. La solución, entonces, requiere de una revisión a fondo de las políticas estatales y partidistas, así como sus concepciones respecto a la prensa y sus exigencias democráticas.

La frase “es la economía, estúpido”, encabezó la campaña de Bill Clinton en 1992 y fue tan descriptiva de la situación, que algunos la consideran decisiva en su victoria. La misma lógica se aplica para la realidad cubana actual. Ningún diálogo podrá solucionar los impactos de esta realidad objetiva en la vida cotidiana de los cubanos, pero mucho menos puede la violencia. El diálogo es un camino para encontrar soluciones, sobre todo mediante el aprovechamiento del enorme capital humano que ha desarrollado el país; producir el bienestar de la armonía social y contribuir a la cultura política popular. En eso estriba su importancia.

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viernes, 13 de noviembre de 2020

La emigración y el tema de Cuba en las elecciones de Estados Unidos


LA HABANA. Alrededor de 870 000 personas de origen cubano estaban registradas para votar en las pasadas elecciones de Estados Unidos y la gran mayoría concurrió a las urnas. Diversas investigaciones han demostrado que, como ocurre con el resto de la sociedad, los asuntos que tienden a decidir la orientación del voto son aquellos que afectan de manera directa su modo de vida, dígase la economía, la salud pública o la seguridad social, entre otros. El tema de Cuba aparece distante entre sus prioridades existenciales, sin embargo, constituye un recurso movilizador de la comunidad cubanoamericana, que con frecuencia acapara la atención del discurso político en las campañas electorales.

Existen razones históricas que explican este comportamiento. En el caso cubano, la decisión de emigrar siempre ha tenido un componente político que sobrevive durante el proceso inmigratorio, máxime cuando en este proceso han tenido un peso determinante los beneficios asociados a la función de la emigración en la política de Estados Unidos hacia Cuba. De esta manera, lo que a primera vista parece un tema de política exterior, constituye un asunto doméstico, que se relaciona con los problemas existenciales prioritarios antes mencionados.

A partir del tema de Cuba se construyó la base ideológica de la maquinaria republicana en el enclave cubanoamericano de Miami. Hasta el punto, que el rechazo al socialismo continúa funcionando como un factor de cohesión en este entorno, incluso en momentos como éste, cuando el gobierno republicano ha tratado peor que nunca a los migrantes cubanos.

Aunque se ha armado mucho revuelo respecto al apoyo de los cubanoamericanos a la candidatura de Donald Trump, la mayoría de las encuestas a pie de urna, al menos las realizadas por el New York Times, American Election Eve Poll y New York Post, coinciden en que a escala estadual no sobrepasó el 56 por ciento, apenas dos puntos por encima de lo que se afirma obtuvo en 2016. No obstante, más importante que la cantidad, fueron los elementos cualitativos que distinguieron este apoyo.

Aunque no se puede afirmar que todos los cubanos que apoyaron a Trump compartían sus excesos respecto a Cuba, incluso hay estudios que así lo demuestran, la estridencia de la campaña y el silencio cómplice de otras opiniones, deja como saldo un discurso donde los cubanos republicanos fueron particularmente crueles con sus propios conciudadanos, en un momento signado por la crisis mundial originada por la pandemia de Covid-19.

Frente a semejante nivel de odio apasionado, la primera reacción es asumir que no existen posibilidades de acercamiento, y en algunos casos ciertamente es así, pero tal conclusión no es válida para toda la emigración. Tampoco podemos ignorar la vulnerabilidad del inmigrante cubano en un medio tan hostil como el de Miami. Aunque no es el único factor que puede explicarlo, en última instancia, el fanatismo anticubano, aquel que trasciende los marcos racionales de las diferencias políticas, es el resultado de la manipulación ejercida por la extrema derecha cubanoamericana, la más interesada en evitar el diálogo entre cubanos, porque en ello le va la vida como fuerza predominante en el enclave miamense. Ello explica que, por lo general, este grado de este fanatismo tiende a ser circunstancial, en dependencia del estado de las relaciones entre los dos países.

Por suerte, las elecciones también nos enseñaron que, en el peor escenario posible, casi la mitad de los electores cubanoamericanos se distanció de esta derecha y votó contra la candidatura de Donald Trump. Es probable que en otros lugares el tema de Cuba haya tenido menos peso que en Miami, pero resulta difícil imaginar que algún cubano en Estados Unidos haya podido abstenerse de asumir una posición respecto a este asunto, a la hora de decidir su voto por los demócratas.

Aunque es un proceso que tendrá que enfrentar el fortalecimiento alcanzado por la extrema derecha cubanoamericana en estas elecciones, no solo en el enclave, donde recuperaron los dos puestos congresionales perdidos en 2016, sino gracias a la obtención de escaños en otros estados, el resultado final de las elecciones nos deja un momento muy conveniente para que las posiciones a favor de la búsqueda de un clima de concertación con Cuba se revitalicen, al menos al nivel que las dejó el gobierno de Barack Obama.

Esta es la intención expresada por el presidente electo y no parece que habrá muchas dificultades para materializarla, toda vez que basta restablecer los acuerdos antes alcanzados. Joe Biden no tiene compromisos que puedan dificultar este objetivo y, más importante aún, su victoria ha sido el reflejo de una oposición espectacular contra las tendencias más reaccionarias de ese país, donde está incluido el tema cubano.

Otra enseñanza de estas elecciones es que un cambio en el equilibrio de las fuerzas políticas que dominan el enclave cubanoamericano de Miami constituye un factor que tendrá mucho peso en la estabilidad del mejoramiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, por lo que la política cubana debiera estar orientada a facilitar este proceso.

En cualquier caso, lo más relevante es que, al margen de las contradicciones antagónicas prevalecientes entre los dos países, estamos ante un escenario muy diferente al existente durante el gobierno de Donald Trump, lo que debe favorecer avances en la política de Cuba hacia su emigración, para integrarla todo lo que sea posible al proyecto de desarrollo de la nación.

Es una coyuntura donde ganar-ganar parece la tendencia predominante y no debe perderse la oportunidad, por mucho que griten viejos y nuevos trogloditas en Miami.

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domingo, 23 de agosto de 2020

La política en Miami y su influencia en Cuba

Por Jesús Arboleya Actualizado Ago 19, 2020


Diciembre de 1962, Miami, Florida. A la Brigada 2506 de la invasión a Cuba, en el Orange Bowl Stadium. La Sra. Kennedy conversa informalmente con los líderes de la Brigada Eneido Oliva, José Pérez San Román, Manuel Artime, el ex presidente cubano José Miró Cardona, y otros al finalizar la ceremonia. Foto: Cecil Stoughton, Casa Blanca, en el Museo y Librería Presidencial John F. Kennedy, en Boston.


LA HABANA. En su libro, Miami. City of future, el periodista e historiador T.D. Allman afirma: “Fue solo gracias a un accidente de la historia, la Revolución cubana, que Miami adquirió las habilidades humanas y las condiciones hemisféricas necesarias para explotar sus ventajas naturales como la capital del Hemisferio Occidental al sur del río Grande y el Golfo de México”.

Para una ciudad que no rebasaba la condición de enclave turístico veraniego o refugio de jubilados del norte del país, con una población que apenas alcanzaba un millón de habitantes en 1959, convertirse en el epicentro de la guerra de Estados Unidos contra Cuba, tuvo repercusiones extraordinarias. Se transformó tanto su base económica y social, como las condiciones en que tendría lugar el ejercicio de la propia política local.

A partir de ese momento, el tema Cuba estará en el centro de las campañas políticas de la ciudad, incluso cuando la mayoría de los inmigrantes cubanos aún no estaban en capacidad de votar en las elecciones, la razón no era solo ideológica, sino la relación existente entre este asunto y los beneficios económicos y políticos asociados a estas posiciones. En el exótico escenario miamense devino un ritual en el que los políticos de todo el país se acercan a la ciudad para hacer votos de fe anticomunista y prometer el derrocamiento del régimen de Fidel Castro.

Las estructuras destinadas a la guerra contra Cuba, muchas de ellas creadas por la CIA, también acabaron puestas en función de influir en la política doméstica y se articuló una fuerza política que permitió a los cubanoamericanos el control de importantes espacios locales, así como catapultar a la extrema derecha a planos nacionales, formando parte de los sectores más conservadores del país. Así nació lo que Francisco Aruca bautizó como la “industria del mal”.

Cuando ahora vemos a viejas organizaciones contrarrevolucionarias, medios de comunicación locales o incluso a figuras recién emigradas de la Isla desgañitándose para apoyar al candidato republicano a la presidencia, no estamos en presencia de algo nuevo, sino de una norma de lo que viene ocurriendo en el enclave cubanoamericano de Miami desde hace muchos años.

Tampoco es nuevo que la pasen mal los que no se pliegan a esta corriente, el linchamiento mediático ha sido una práctica común de los medios cubanos en la ciudad, para no hablar de los muertos y heridos que ha dejado la historia de esta cruzada “democrática”.

Lo que ha evolucionado es la sofisticación que han alcanzado algunas de estas acciones. A tono con lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, aunque en Miami aún existen programas de radio o televisión que continúan pastando en territorio jurásico, las campañas políticas están regidas por mecanismos tecnológicos y matemáticos muy avanzados, que permiten establecer el perfil psicológico, los intereses y los gustos de aquellas personas a los que va dirigido el mensaje.

Tanto los demócratas como los republicanos aprovechan estos mecanismos. Se dice que Barack Obama fue el primer cyberpresidente de la historia, pero la derecha republicana los perfeccionó, muchas veces de manera perversa, hasta el punto de garantizar la victoria de Donald Trump en 2016. En buena medida, la próxima elección del presidente norteamericano dependerá de la influencia que se ejerza a través de estos medios.

La Florida es uno de los escenarios fundamentales de esta batalla y los votantes cubanoamericanos uno de los “clusters” en que está dividida la sociedad estadounidense. Especialmente son un blanco de los republicanos, que esperan aumentar el nivel de respaldo en este segmento poblacional, explotando otra vez el tema de la hostilidad hacia Cuba.

A partir del diseño y el activismo de la extrema derecha cubanoamericana, ha sido brutal la política de Donald Trump hacia Cuba, sobre todo cuando se ha llevado a cabo en medio de una pandemia que acosa al mundo entero. Aunque no deja de ser una aberración, no es tan extraño en la historia del país que una parte de los cubanos actúe con tanta saña contra el resto de los suyos, los voluntarios y guerrilleros criollos al servicio de España, eran más temidos por su crueldad que los soldados españoles.

Para llevar una política de esta naturaleza se necesita alguna racionalización que la sustente. Hay que entronizar una matriz de opinión que justifique hacer cualquier cosa con tal de acabar con un régimen etiquetado entre los peores de la historia de la humanidad. Incluso el terrorismo más salvaje ha encontrado su excusa en esta lógica y generaciones de emigrados cubanos se han educado bajo estas premisas, dando lugar a una cultura del odio que se ha impregnado en la actitud de muchas personas, incluso en nuevos inmigrantes, particularmente vulnerables a los condicionamientos del gueto. Lo extraordinario no es que muchos cubanoamericanos apoyen a Donald Trump, sino que otros tantos voten en su contra, reflejando las transformaciones sociales y políticas que han tenido lugar en esta comunidad.

El sostenimiento de este clima, no admite ningún vestigio de normalidad en las relaciones con Cuba. Hasta hace unos meses, como secuela de la ampliación de contactos durante el gobierno de Obama, resultaba usual la presentación de artistas cubanos en Miami, así como de cubanoamericanos en Cuba. Parecían romperse las barreras que durante décadas había impedido este tipo de intercambios, pero una nueva ofensiva de intolerancia ha caído sobre los artistas cubanos, obligándolos a definirse contra el sistema cubano si quieren acceder al mercado miamense. Algunos han cedido a las presiones y estamos siendo testigos de las “conversiones” más insólitas y bochornosas.

Vale insistir que tampoco esto es nuevo en el actuar de la derecha cubanoamericana, lo novedoso es el impacto que ahora tienen estas actividades en Cuba. Mientras que antes su repercusión se constreñía básicamente a la población de origen cubano en la localidad, incluso con limitaciones hacia segmentos de esa población que prefieren manejarse en inglés y muestran inclinaciones políticas más liberales, el incremento de los contactos con Cuba y, sobre todo, la influencia de mensajes a través de las redes sociales, ha determinado un alcance mucho mayor dentro de la propia sociedad cubana, lo que plantea una nueva dimensión del problema, que no es ajena a los formuladores de la política norteamericana contra el país.

Mientras que radio y televisión Martí han gastado millones de dólares intentando infructuosamente acceder al público cubano, así como otros muchos millones destinados a la subversión se perdían en Miami en su camino hacia la Isla, ahora ni siquiera hace falta aparentar que se cuenta con una contraparte en Cuba para acceder a esos fondos. Basta conseguir “seguidores” en las redes por cualquier medio. Y de eso se trata las nuevas campañas, que igual cuentan con mecanismos científicos para ser diseñadas.

Los blancos son muy diversos y abarcan a toda la población cubana, pero los mensajes están más dirigidos a zonas de la sociedad particularmente afectadas por las tensiones económicas, con bajo nivel cultural promedio y donde se observa cierto deterioro de la conducta cívica. Eso explica la selección de tipos marginales como “influencers” políticos y que el sector preferido ha sido el universo de la cultura popular.

Las campañas tienen el gancho de la morbosidad que acompaña la revelación de supuestos secretos personales, especialmente cuando se trata de figuras políticas o artísticas, acusaciones falsas o legítimas de corrupción o cualquier noticia que refleje algún descontento social. Da igual que sea verdad o mentira y no hay límites para la infamia. El asunto no es lucir respetable, sino todo lo contrario, porque pareces más “popular”.

Ante tal avalancha de información indiscriminada, hasta los opositores de otro perfil ven mermada su visibilidad. La lógica de estas campañas no es crear alternativas políticas, incluso las auspiciadas por Estados Unidos, sino alentar el caos social en Cuba.

Más grave aún es que intoxican el debate nacional respecto a los reales problemas por los que atraviesa el país y cuyo mal tratamiento aporta credibilidad a las peores interpretaciones. A veces, la respuesta oficial u oficiosa es tan magra en argumentos como la ofensa y, en la medida en que se mezclan posiciones e intenciones, así como se establecen prejuicios frente a la crítica legítima, tiende a prevalecer la deslegitimación personal como recurso para la imposición de criterios.

Cuba ha tenido que enfrentar todo tipo de agresiones, pero el escenario actual es nuevo en muchos sentidos, también en las condiciones en que se lleva a cabo la confrontación ideológica. Ya no basta inventar antenas para que no ingresen señales indeseadas, por el contrario, lo más indicado es precisamente proveer a la población con la mayor y mejor cantidad de información posible, así como alimentar la confrontación inteligente de posiciones diversas, con vista a construir los nuevos consensos que impone la actual situación.

Frente a esta pandemia de grosería que nos llega de Miami, el único antídoto es la transparencia y la cultura.

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jueves, 23 de julio de 2020

Cuba: Medidas económicas y posible impacto en la emigración

Foto: Yuting Gao / Pexels.

Por Jesús Arboleya Actualizado Jul 22, 2020

LA HABANA. El gobierno cubano acaba de anunciar la puesta en marcha de una amplia gama de medidas, relativas al funcionamiento económico del país. Aunque falta por conocerse detalles de su alcance e instrumentación, ha sido informado que se trata de decisiones aprobadas previamente en los dos últimos congresos del Partido Comunista de Cuba (2011 y 2016), por todos los órganos de dirección del país y consultadas con el pueblo en diversos momentos.

No se puede decir entonces que fueron concebidas para enfrentar las consecuencias económicas de la Covid-19, pero resulta evidente que la pandemia catalizó la toma de decisiones y ayudó a superar la resistencia de los sectores que hasta ahora ralentizaron su aplicación, por lo que también pudiera reflejar una nueva correlación en el cuerpo político del país, respecto a estos asuntos.

De hecho, uno de los retos del gobierno será sobreponerse a la desconfianza generada por esta etapa de inmovilismo y convencer a la opinión pública, nacional y extranjera, que está dispuesto a avanzar a la mayor celeridad posible en la aplicación de las reformas. El propio presidente, Miguel Díaz-Canel, enfatizó que del éxito de esta gestión dependía el sostenimiento del apoyo popular y lo relacionó con sus consecuencias para el nivel de vida de la población.

Aunque son medidas que tienen un carácter endógeno, encaminadas a estimular la producción nacional, organizar el mercado interno y mejorar el balance del comercio exterior, su impacto en la emigración se explica por la estrecha relación de estas personas con la sociedad cubana. Lo que advierte, una vez más, de la importancia de tenerla en cuenta cuando se diseñan políticas nacionales.

Decisiones como la creación de las pequeñas y medianas empresas, la promoción de la inversión externa en sectores encaminados a la producción de alimentos, la ampliación del mercado en divisas convertibles y la eliminación del gravamen impuesto al dólar desde 2004, pueden resultar incentivos para una mayor participación de los emigrados en la economía nacional. Lo mismo resulta de la anunciada extensión de actividades para el ejercicio del trabajo por cuenta propia, así como la posibilidad de inversiones mixtas, donde intervengan todas las formas de propiedad. A lo que se suma, la aprobación de negocios de importación y exportación por parte de entidades no estatales, a través de las empresas de comercio exterior del Estado.

Lo esencial es que, si se satisfacen las expectativas generadas por los anuncios del gobierno, se desarrolla una política de estímulo a la participación de los emigrados en la economía y se establecen los marcos legales adecuados para la misma, el país se encamina a una dinámica económica diferente, que debe facilitar el avance de políticas más inclusivas hacia la emigración en otros aspectos.

Desde el punto de vista económico, es una dinámica que puede traer no solo beneficios para Cuba, sino también para los emigrados, en un momento muy complicado para la economía en todas partes. Aunque el bloqueo limita el potencial de las inversiones en Cuba, la participación de los emigrados en la economía cubana ha resistido todos los embates y se ha mantenido en el tiempo, incluso a través de canales que no han contado con la autorización de ninguno de los gobiernos.

Un mejoramiento de las relaciones con Estados Unidos, nada descartable a partir de lo que ocurra en las próximas elecciones norteamericanas, combinado con el aliento y mejores garantías para estas inversiones por la parte cubana, puede disparar este interés con más intensidad a lo ocurrido durante la administración de Barack Obama, ya que entonces el gobierno cubano hizo muy poco por estimularlas.

Entre los nichos posibles para los emigrados en un contexto de esta naturaleza, especialistas cubanos han mencionado la ampliación de negocios que ya existen, como es el caso de la comercialización de diversos insumos, la internet y la telefonía, así como los servicios de restaurantes y hospedaje. A ello podría agregarse la inversión en negocios de alta tecnología y en la modernización de otras producciones, como la agricultura y la construcción, donde pueden aportar diversos niveles de capital, conocimiento empresarial y mercados. A la vez, los inversionistas emigrados pueden nutrirse del alto grado de calificación de la fuerza de trabajo existente en el país, a precios más competitivos.

Más allá de las ganancias posibles, invertir en Cuba tiene atractivos especiales para los emigrados. Uno bastante obvio es contribuir al bienestar de sus familias, pero también en muchos casos están presentes factores culturales y la motivación de reinsertarse a la vida nacional. Se puede argumentar que no siempre este interés está exento de intenciones políticas indeseadas, pero igual ocurre con todo el proceso de estímulo a la inversión privada, incluso a escala nacional, y en ello estriba el desafío político que enfrenta el gobierno a la hora de implementar esta política.

De hecho, la implementación ha sido el argumento de aquellos que se han opuesto a la apertura. El problema es que, en las actuales condiciones, está demostrado que una economía completamente estatizada ya no resulta funcional a los intereses del país. La inversión privada constituye una necesidad, no una opción descartable, por lo que hay que asumirla y aprender a lidiar con ella, aunque implique violentar la zona de confort de los que abogan por el mantenimiento del modelo económico vigente.

La solución de esta problemática determinará el futuro de Cuba y los emigrados forman parte inevitable del proceso. Si es para bien o para mal, dependerá de la inteligencia de las políticas que se implementen. Parafraseando una vieja máxima de los consultores espirituales: “el destino está en nuestras manos”. Esta capacidad para decidir sin injerencias externas es un lujo de los cubanos, vale la pena aprovecharlo.

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jueves, 2 de julio de 2020

Cuba: economía y emigración

Por Jesús Arboleya Actualizado Jul 1, 2020
LA HABANA. Desde el triunfo de la Revolución, uno de los objetivos de la política norteamericana fue drenar a Cuba de la fuerza de trabajo calificada que requería el buen funcionamiento de la economía. Decenas de miles de profesionales y técnicos emigraron, en buena medida, alentados por las ventajas excepcionales que les ofrecía esta política, lo que obligó a un esfuerzo educacional monumental para suplirlos.
Paradójicamente, a la vez que este esfuerzo enriqueció el capital humano del país, hasta el punto de convertirlo en uno de sus principales activos económicos, creó bases objetivas para la reproducción constante de los flujos migratorios, que hoy afectan diversos renglones de la vida económica y social de la nación. Aunque la emigración, al menos en los volúmenes y composición actuales, constituye un costo para el país que no puede ser plenamente compensado por otras vías, es innegable que los emigrados contribuyen de diversas maneras a la economía cubana y pudieran hacerlo mucho más si se crean las condiciones adecuadas para ello.
En primer lugar, como ocurre en muchos países emisores de migrantes, lo hacen mediante las remesas. La mayoría de los estimados coinciden en que Cuba recibe unos 3 000 millones de dólares anuales por este concepto, el 68 por ciento procedente de Estados Unidos. Aunque el cálculo de las remesas y su impacto real en la economía siempre es engañoso por la forma en que circula este dinero, no caben dudas de que constituye un ingreso importante de capital fresco, una parte del cual va destinado a la inversión en los negocios privados que se desarrollan en el país.
Por estar destinadas al bienestar de sus familias en Cuba, las remesas tienen un componente moral que trasciende el aspecto económico y reproducen una conexión muy sólida con su país de origen. Las remesas no constituyen una limosna, sino un ingreso legítimo para Cuba, un país que ha aportado como pocos a la preparación de sus migrantes y está en pleno derecho a diseñar políticas, que posibiliten algún nivel de recuperación de esta inversión de toda la sociedad cubana.
A las remesas en efectivo, habría que agregar las que llegan al país en calidad de envíos de mercancías, calculado en otros tres mil millones de dólares anuales, los cuales también sirven en ocasiones para el desarrollo de negocios particulares. Aunque aceptadas a regañadientes por el gobierno cubano, dado que se considera que alteran las reglas establecidas para el funcionamiento del mercado, estas remesas ayudan a satisfacer necesidades de la población, contribuyen de manera directa al presupuesto estatal mediante el cobro de las tarifas aduanales y, en muchos casos, constituyen una violación masiva del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos al país.
Otro aporte relevante de los emigrados a la economía cubana es el que se realiza por medio del turismo y las visitas familiares. Según datos del gobierno cubano, en lo que abarca el último quinquenio, más de un millón de emigrados han realizado 4,6 millones de visitas al país. Solo en el año 2019 se produjeron 624 mil visitas, el 70 por ciento procedente de Estados Unidos, lo que convierte a la emigración en el segundo emisor de turistas a Cuba. Esto, a pesar de que el excesivo costo de los pasaportes y otros trámites consulares, limita el incentivo y la posibilidad de un incremento de estos viajes.
Más de 50 000 emigrados han solicitado reasentarse en el país en los últimos años. Por lo general, estas personas no constituyen una carga social, sino que regresan a Cuba con sus ahorros y pensiones, por lo que contribuyen a la economía nacional de diversas maneras, ya sea mediante el consumo personal y familiar o la promoción negocios privados.
El aporte de los emigrados también se concreta muchas veces en el pago de las comunicaciones de personas residentes en Cuba y en el financiamiento de sus visitas al exterior, que en el último quinquenio superó los cuatro millones de viajes, a pesar de que Estados Unidos prácticamente redujo a cero esta posibilidad desde 2017, con la excusa de los cuestionados ataques sónicos a sus funcionarios.
Hasta ahora, no creo haber descubierto algo que no haya sido tratado antes por otras fuentes, en realidad mucho se habla de las ventajas económicas de Cuba en sus relaciones con la emigración. Sin embargo, un aspecto menos difundido es lo que gana la economía norteamericana, en especial ciertos negocios radicados en el sur de la Florida, en su mayoría propiedad de cubanoamericanos, gracias a los vínculos de los emigrados con la sociedad cubana.
Tal parece que nadie quiere enterarse de esto, es un tema escasamente tratado por la prensa norteamericana y apenas existen estudios publicados respecto al impacto del mercado cubano en la estructura económica del sur de la Florida, a pesar de que involucra actividades millonarias, que se desarrollan de manera pública, incluso con altos niveles de publicidad comercial. No obstante, la realidad es tan evidente que no se requiere de muchas averiguaciones para calcular su envergadura.
Con altas y bajas, condicionadas por el estado de las relaciones entre los dos países, estos servicios y operaciones comerciales movilizan miles de millones de dólares y proveen cientos de empleos en un mercado donde están incluidas líneas aéreas, cruceros, agencias para trámites, bancos, abogados, tiendas especializadas para los envíos a Cuba, farmacias, empresas de comunicaciones, incluso funerarias que se encargan de enterrar a un pariente en Cuba.
Cada emigrado que visita Cuba o cada cubano que visita Estados Unidos es un cliente de esta infraestructura. También ahí se queda una parte de las ganancias por el envío de remesas, las mercancías o las llamadas telefónicas. Un emigrado que invierte en un negocio en Cuba no lo hace exclusivamente por caridad, sino porque además le resulta conveniente a sus intereses, y esto pudiera crecer mucho más, si tanto Cuba como Estados Unidos facilitan estas inversiones.
Según la lógica del funcionamiento político en Estados Unidos, esta debiera ser una poderosa base económica para las fuerzas que en el enclave cubanoamericano apoyan un mejoramiento de las relaciones con Cuba, lo que explica que la derecha actúe contra ellos siempre que le es posible. Tampoco este movimiento a favor de las relaciones ha cuajado hasta el punto de aprovechar este potencial, y lo que ocurre en muchos casos es que estos negocios acaban por pagar el chantaje de sus enemigos, con tal de que no los coloquen en el foco de atención de los ataques.
La política llevada a cabo por Donald Trump, bajo el aliento de la extrema derecha cubanoamericana, encaminada a perjudicar a estos negocios, no solo afecta a Cuba, como se argumenta, sino a clientes, empresarios y trabajadores que viven de estas actividades. En última instancia, se ve afectada la economía norteamericana, en especial en el estado de la Florida, cuya complementariedad con el mercado cubano ofrece grandes oportunidades de desarrollo para ambas partes.
Llama la atención que no se observe una reacción más vigorosa por parte de los perjudicados. Uno de los pocos estudios realizados sobre este tema fue llevado a cabo por el profesor Kenneth Lipner, retirado de la Universidad Internacional de La Florida (FIU), en 1999. El Dr. Lipner calculó que eliminar el embargo representaría alrededor de mil millones de dólares al año para la economía del sur de la Florida, junto con 40 mil nuevos empleos. En ese momento, el profesor intentó presentar sus resultados a los comisionados del condado de Miami-Dade, quienes ni siquiera comentaron sobre su trabajo. Más tarde, en 2010, Progreso Semanal informó que la Cámara de Comercio de los Estados Unidos estimaba que “una Cuba sin embargo sería … una bendición para la economía [de Estados Unidos]”. Dijeron que se inyectarían de 1, 2 a 3, 6 mil millones de dólares en la economía del país, junto con miles de nuevos empleos.
Es cierto que las remesas, los viajes y otras formas de contacto de los emigrados con Cuba no pueden ser entendidos como una muestra fehaciente de apoyo al gobierno cubano, pero sí reflejan necesidades e intereses cuya solución pasa por una mejor convivencia entre los dos países. En esto radica el punto de demarcación de las posiciones respecto a Cuba, en el seno de la emigración cubana.
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