Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

miércoles, 1 de julio de 2020

Apremian en Cuba nuevas formas de comercialización de productos agropecuarios

Esa labor, a cargo del grupo empresarial de acopio, continúa siendo ineficiente.




comercialización productos agropecuarios
La labor de acopio y comercialización de productos agropecuarios se desarrolla de forma centralizada.
Foto: Archivo IPS

La cadena agroproductiva y de comercialización de productos agropecuarios es un sistema complicado en la economía cubana y hay que tratarla, precisamente, bajo condiciones sistémicas, pues está integrada, a la vez, por diversos subsistemas interrelacionados y que interactúan entre sí.
Tiene su punto de partida en el territorio y reclama la participación de diversas variables, que se inician por la producción y su interacción con el consumo, los estimados de producción, la cosecha, el envase, la transportación, el almacenaje y la conservación (frigorífico), el mercado mayorista, la industria de beneficio y la industria procesadora, hasta la distribución minorista (en productos frescos y beneficiados). El ser humano constituye el elemento más importante y presente a lo largo de todo el proceso.
Además, la cadena trasciende, por lo general, los marcos del propio territorio donde se origina la producción; es decir, tiene un efecto de derrame o multiplicador hacia otros lugares y sectores económico-sociales.
En la actualidad, la labor de acopio y comercialización de productos agropecuarios se desarrolla de forma centralizada, a cargo de un órgano estatal denominado “Grupo Empresarial de Acopio”, subordinado al Consejo de Ministros y atendido por el Ministro de la Agricultura.
Dicha entidad establece los contratos o compromisos de entrega de productos con las diversas formas productivas del campo cubano, entre ellas: las  Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS), Cooperativas de Producción Agropecuaria (CPA), Unidades Básica de Producción Cooperativa (UBPC)  y la privada.
Los compromisos de entrega suelen identificarse como “encargo estatal”, que representa actualmente la mayor proporción de la producción nacional agrícola y ganadera, y deja poco o mínimo espacio a otras formas comercializadoras. Esta modalidad causa elevadas pérdidas de productos acopiados, unido a una larga cadena de impagos a los productores, como un elemento más que desestimula el incremento de la producción.
Informes de la Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otras fuentes consultadas alertan que, bajo esta forma centralizada y monopólica de la actividad de acopio estatal, las pérdidas promedio ascienden a 30 por ciento y, en determinadas  producciones, suelen ser superiores, entre 25 y 50 por ciento.
Un problema de larga data


comercialización productos agropecuarios
La actividad de acopio y comercialización de productos agropecuarios es una de las más complejas y significativas del sector agropecuario.
Foto: Archivo IPS

Las elevadas pérdidas del monopolio estatal de Acopio en la distribución de los productos agropecuarios se reiteran desde hace varias décadas y afloran a  la superficie en épocas difíciles. Por ejemplo, vale señalar algunos de esos momentos: la crisis económica de la pasada década de los noventa (periodo especial) y, en la actualidad, la epidemia de la covid-19.
Algo paradójico es que, precisamente, en esos momentos se retoma con mayor énfasis la centralización, desde control extremo de las producciones y su distribución, como vía de solución a las dificultades. Sin embargo, es un camino ya recorrido, en varias ocasiones sin éxito alguno.
Es cierto que se han registrado anormalidades en los pequeños espacios, donde se han aplicado otras formas de acopio y distribución, lo que ha servido de pretexto para retomar la centralización de la actividad y el renacer, como ave fénix, del monopolio de Acopio.
Los elevados niveles de centralización y casi monopólicos de acopio y comercialización de los productos agrícolas y ganaderos han dado lugar a situaciones desfavorables, tales como: desestimular al productor, pérdida de la cosecha en la plantación por no recogerla a tiempo, mermas de productos en los lugares de acopio, niveles de subsidios asumidos por el Estado, precios inconsecuentes con la calidad, cadena de impagos al productor, desviación de productos hacia el mercado subterráneo, entre otras.
Hasta el presente, la centralización de la gestión económica-productiva ha caracterizado al modelo de desarrollo económico-social cubano y, en particular, la actividad agropecuaria, no obstante fundamentadas alertas efectuadas por estudiosos y especialistas sobre el tema agropecuario desde trabajos e  investigaciones.
Buscar variantes


La pequeña industria de conservas La Ignacita produce una tonelada de pulpa de frutas diaria, con lo que reduce las pérdidas de cosechas de su cooperativa en San Miguel del Padrón, La Habana.
Foto: Ivet Gonzáles Lemes_IPS

El reto está en buscar constantemente otras maneras de comercializar y distribuir productos para que estas actividades sean más eficientes…”, remarcó el presidente Miguel Díaz- Canel.






A principios de junio, el presidente cubano Miguel Díaz Canel se refirió  a la necesidad “de dinamizar la comercialización de los productos desde diversas variantes, con alternativas que permitan a nivel local también gestionar directamente con los productores y llevar los productos al mercado”.
“El reto está en buscar constantemente otras maneras de comercializar y distribuir productos para que estas actividades sean más eficientes…”, remarcó. Esa exhortación, sin duda, motiva a realizar algunas sugerencias.
La búsqueda de formas diversas y novedosas de acopio y comercialización, que propicien mejoras constantes y conduzcan a la eliminación de los obstáculos que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas de la nación, evitarían la inmovilidad y propiciarían el desarrollo.
Se requiere ir hacia la diversidad de formas de comercialización de productos agropecuarios, tener presente que el problema no radica en la circulación, sino en la producción y su consecuente relación de continuidad con el eslabón más inmediato: la comercialización. Es decir, el destino de productos frescos y procesados hacia el mercado interno –industria procesadora–, sea en las variantes de mercado minorista, mayorista, la exportación e, inclusive, la inserción en las cadenas externas globales de valor.
De nuevo se requiere de un enfoque sistémico a lo largo del ciclo (producción- distribución-cambio y consumo). Cabe señalar, una vez más, que el desempeño de este ciclo está limitado por las constantes y excesivas restricciones y regulaciones, las cuales impiden el normal y favorable desenvolvimiento de la gestión económico-productiva del sector agropecuario cubano.
La diversidad implica considerar varias formas, incluidas las existentes, pero mejoradas en constante movimiento dialéctico, junto al desarrollo de nuevas formas o alternativas. Los productos y producciones del sector agropecuario encierran determinadas cualidades, especificidades y destinos diferentes que es necesario tener presentes.
Diversidad en la comercialización: alternativas y nuevas formas 

comercialización productos agropecuarios
Se requiere ir hacia la diversidad de formas de comercialización de productos agropecuarios.
Foto: Jorge Luis Baños_IPS

En realidad, la actividad de acopio y comercialización de productos agropecuarios es una de las más complejas y significativas del sector agropecuario. De igual forma, ha sido una de las más modificadas a lo largo del proceso de organización agraria en el sector agropecuario cubano.
Por su valor como eslabón que conecta la producción con la comercialización minorista y mayorista –incluidas las entregas a la industria y la exportación–, esta actividad reclama un reiterado acomodo y ajuste de sus estructuras respecto a la cadena producción-distribución-cambio-consumo –que la enlaza con otras actividades que interactúan entre sí–, así como en relación con la definición y alcance de sus propias funciones.
El sistema agroproductivo-comercializador tiene su punto de partida en el territorio y reclama la participación de diversas variables, comenzando por la producción y su interacción con el consumo[1], los estimados de producción, la cosecha, el envase, la transportación, el almacenaje y la conservación (frigorífico), el mercado mayorista, la industria de beneficio, la industria procesadora y hasta la distribución minorista de productos frescos, beneficiados y procesados industrialmente.
La casi totalidad de los destinos de los productos agrícolas y ganaderos requiere de la actividad comercializadora, la cual puede manifestarse mediante el vínculo directo del productor con el mercado minorista y mayorista (industria, turismo, exportación, etc.)
De acuerdo con la diversidad de formas organizativas comercializadoras existentes, resulta importante identificar aquellos productores privados individuales y usufructuarios que requieran y deseen acceder de forma directa a la comercialización minorista, cumpliendo con los requerimientos legales establecidos que faciliten su presencia en los diferentes mercados.
Hay cooperativas no agropecuarias dedicadas a comercializar las producciones agrícolas y pecuarias (fundamentalmente cárnicos: cerdo, ovino caprino, conejo), cuyas fuentes de suministro pudieran mantenerse mediante productores privados individuales, usufructuarios, UBPC, entre otros.
Los carretilleros o vendedores ambulantes, que se mueven en la zona urbana y acercan los productos a la puerta de los consumidores, son quienes ofertan mayor surtido y variedad de productos en estos momentos, por lo general en cantidades pequeñas y a precios elevados. Su fuente de suministro o abastecimiento suele ser la de intermediarios que hacen llegar los productos a las zonas urbanas.
Los organopónicos, en tanto, venden directamente las producciones propias, logradas en sus áreas productivas urbanas, y también otras producciones recibidas de áreas de la agricultura sub-urbana.
Los mercados agropecuarios estatales (MAE) suelen tener como fuente de suministro la vía de Acopio estatal, fundamentalmente, que también abastece al sector social (hospitales, asilos de ancianos, centros de reclusión penitenciaria, círculos infantiles, turismo, escuelas, centros de niños sin amparo filial).
Entre la diversidad de formas comercialización de productos agropecuarios están los conocidos Mercados de oferta y demanda, a precios libres. En la actualidad, se han instituido precios máximos o topados, que sin duda han restringido la oferta.
Demanda limitada por la oferta

comercialización productos agropecuarios
La realidad parte de una demanda insatisfecha, limitada por la oferta.
Foto: Jorge Luis Baños_IPS

La realidad parte de una demanda insatisfecha, limitada por la oferta, ante la insuficiente producción nacional de alimentos. Ello motiva el incremento de precios y, para “atenuar” su crecimiento en espiral, se acude de forma oficial a los precios topados. Esto, a la vez, desestimula a los productores a incrementar la producción, ya que el acceso a insumos y servicios es limitado y, de lograrlo, los obtienen a precios elevados, en el mercado informal. Los topes de precios, al final de la cadena por la vía oficial, no les permiten cubrir sus gastos y obtener un margen de ganancia adecuado.
La limitada producción de origen que logra transitar por la larga cadena comercializadora y sus arriesgados eslabones de intermediarios aumenta su precio en ese camino. Algunos de estos mediadores cubren una formalidad de venta, sobre la base de precios topados, para mantenerse en la oferta oficial; pero desvían una parte de los productos al mercado informal o subterráneo, donde logran obtener elevadas ganancias.
Otra modalidad son los que, en su inicio, fueron identificados como mercados del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), con precios más accesibles, y que se han transformado en mercados de variada presencia de oferentes  privados, empresas productoras estatales, cooperativistas, entre otros, también con precios topados.
Existen, además, algunos mercados arrendados por cooperativas (CCS, CPA) para la venta de productos agropecuarios, que están vinculados o pertenecen a dichas cooperativas, también sobre la base de precios topados.
¿Comercializadoras propias?
Una propuesta novedosa sería la creación de formas superiores organizativas comercializadoras propias (cooperativas de segundo grado), que agrupen a los productores de acuerdo con sus necesidades e intereses, teniendo presente los requerimientos sociales, para eliminar así eslabones intermedios innecesarios.
Las cooperativas de segundo grado están reconocidas en la conceptualización del modelo económico cubano y pueden incluir la labor de beneficio industrial de productos frescos, empaque, refrigeración, procesamiento industrial, transportación y, por supuesto, la comercialización, siempre respondiendo a los intereses de los productores  primarios que las integren (CCS, CPA, privado, usufructuario).
Resultaría apropiado que estas formas organizativas superiores dispusieran de espacios para la venta minorista en los territorios, ya sean propios o arrendados.
Es recomendable que haya varias de estas cooperativas de segundo grado en un mismo territorio, de acuerdo con las características productivas de las cooperativas primarias que las integren (CCS, CPA, UBPC).
A manera de ejemplo: varias CCS pueden constituir una cooperativa de segundo grado comercializadora y, a la vez, otro número determinado de estas pueden constituir otra cooperativa de nivel superior y establecer relaciones de intercooperación entre ellas, además de apoyar a productores privados, usufructuarios, entre otros. De esta forma, se ampliarían las relaciones horizontales en el territorio.
Otros caminos

Como una modalidad de comercialización pudiera considerarse que los productores directos tuvieran un espacio, arrendado o propio, donde ofertar y vender sus producciones, tanto a mayoristas como minoristas.
Foto: Archivo IPS

Algunos autores abogan por retomar los mercados concentradores mayoristas en las ciudades capitales, donde hay mayor número de pobladores. Ese camino ya fue transitado y derivó en acciones ilegales que motivaron el cierre de dichos mercados.
En otros países y ciudades se registran formas similares de funcionamiento. Antes de 1959, en Cuba hubo igualmente mercados concentradores, como Cuatro Caminos y la Plaza del Vapor; también Carlos III. Pero su forma de funcionar era totalmente distinta y existían los dueños de tarimas (espacios de venta), que vendían tanto al por mayor como al por menor y recibían la mercancía o productos agropecuarios diariamente.
Estaban encadenados a través de transportistas intermediarios, que trasladaban la mercancía directamente de los productores o de algún punto donde se concentraban los productores, para ofertar ellos mismos sus producciones.
Esta pudiera considerarse como una modalidad dentro de la diversidad de formas de comercialización, pero con un enfoque y funcionamiento diferentes a los concebidos inicialmente y que propiciaron situaciones indeseadas.
Es decir, que los productores directos (CCS, CPA, UBPC, privado, usufructuario) tuvieran un espacio, arrendado o propio, donde ofertar y vender sus producciones, tanto a mayoristas como minoristas, a precios inferiores a los que se registren en el mercado minorista tradicional, evitando la concentración que conduzca al monopolio de la actividad acopio-comercializadora o a grupos dominantes de la comercialización.
Algunas sugerencias finales
  • Ante todo, abogar por mantener la diversidad en las diferentes modalidades de comercialización de productos agropecuarios, pero en constante movimiento, actualización y desarrollo hacia formas mejoradas.
  • Incorporar a centros de investigaciones y universidades en la realización de estudios e investigaciones necesarios, con vistas a lograr formas comercializadoras y encadenamientos más simples, económicos, que faciliten el acceso físico y económico de los consumidores y cubran las expectativas e intereses de los productores.
  • Lograr el encadenamiento directo productor-consumidor mayorista, minorista, reduciendo al máximo o eliminando eslabones intermediarios.
  • Acercar a los productores, por diferentes formas y vías, a que puedan acceder directamente tanto al mercado minorista, como mayorista.
  • Instaurar o crear formas comercializadoras de segundo grado, como algo novedoso, partiendo de los productores y de las necesidades de los territorios, considerando su vínculo directo con las medianas y grandes ciudades de elevada concentración poblacional.
  • Reducir las actuales altas proporciones del encargo estatal y que los productores dispongan, cada vez más, de mayor margen de decisión sobre los destinos de sus producciones.
  • Abrir el diapasón de la oferta de productos, particularmente los cárnicos, y considerar en la oferta la carne bovina, a partir de los incrementos por encima del plan de entrega de carne en pie logrados por los productores, quienes debieran poder disponer, decidir los destinos y venta libre a sus trabajadores y a la población en los mercados minoristas. Proceder de igual forma con los lácteos, particularmente la producción de quesos, yogurt y mantequilla, a partir de los incrementos logrados, una vez cubierto el encargo estatal.
  • Descentralizar en lo máximo posible la actividad de acopio estatal y centrar su actividad, fundamentalmente, en la atención de la asistencia social. (2020).
Notas:
[1] Tener presente que en el ciclo señalado, se manifiesta una unidad dialéctica producción-consumo-producción, para consumir  hay que producir y a la vez para producir hay que consumir, siendo determínate la producción.

The Economist y el pandemonium de las elites globalistas

01/07/2020

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En la carátula del último número de la revista The Economist, del 17 de junio al 3 de julio, las elites globalistas nos comunican su particular manera de ver la cosas que se vienen implementando, gradual y subrepticiamente, en torno a la "nueva normalidad" teniendo como trasfondo un contexto planetario potencialmente apocalíptico. Para hacernos creer todo esto la condición básica consiste en asegurar (para las élites, se entiende) una humanidad sometida al miedo (o a la amenaza) permanente (como la actual "pandemia"), dispuesta a sacrificar su libertad para acatar las relaciones de convivencia y las medidas de "protección" que se dictaminen desde el Nuevo Orden Mundial.

Pregunta de cajón: ¿por qué el niño de la imagen no lleva la máscara antigas (como sus padres y la mascota de la familia), pero sí un casco militar? Se responde esta pregunta más adelante, antes de lo cual es necesario pasar previamente por un ejercicio numérico.

Recordemos un fragmento del difundido discurso de Bill Gates en el famoso "Event201", organizado y patrocinado por su fundación en Nueva York, octubre del 2019:

"El mundo tiene actualmente 6 800 millones de personas y está en camino para llegar a 9 000 millones. Ahora, si hacemos un gran trabajo en nuevas vacunas, cuidado de salud y servicios de salud reproductivos, podríamos disminuir esa cifra, quizá 10 o 15%".

Procedamos ahora con un rápido ejercicio numérico de esas cifras, empezando con las que se utilizaron en la simulación del "Event201": reducir la población actual en 15% implica disminuirla (con 1 o más "pandemias") a 5 780 millones, es decir, una reducción de 1 020 millones; mientras que con la tasa del 10% la magnitud resultante sería de 6 120 millones (reducción de 680 millones). En términos temporales implica un lapso de 1 año y 2 meses, o de 1 año y 1 mes, dependiendo de la tasa que se elija.

Al 30 de junio del 2020, según las cifras oficiales, hay 10.3 millones de personas infectadas y 507 000 fallecidos en todo el planeta.

(www.rtve.es/noticias/20200630/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml). Aun sumando a la cifra de los oficialmente fallecidos los "casos críticos" que en teoría vendrían a ser el 5% de 10.3 millones (515 000 casos) se alcanzaría algo más de 1 millón de fallecidos (1 022 000), pero a una distancia considerable de los 1 020 millones de la "meta" simulada. En otras palabras, esta meta no es posible que sea alcanzada en un tiempo tan corto (1 año). En el marco de este escenario hipotético, los globalistas necesitan una segunda, tercera o más oleadas de pandemias.

A más de tres meses de haber sido declarada la "pandemia" por la OMS, el 11 de marzo (6 meses desde que fue reconocida por el gobierno del PCCH), se puede apreciar entonces que los patrocinadores malthusianos (o eugenésicos), interesados(as) con Bill Gates a la cabeza en la disminución de la población mundial, se hallan bastante lejos de alcanzar la "meta" simulada en su "Event201" a pesar de todos los esfuerzos gubernamentales de etiquetar por encargo a los fallecidos con lo mismo (COVID-19), mediante la reclasificación de muertes, las cifras infladas y la distorsión estadística. Como afirmaba de manera contundente la Dra. Judy Mikovits en el vídeo censurado (Plandemic): "No mueres con una infección, mueres por una infección"; pero para quienes dictan las políticas del sistema sanitario de los Estados Unidos (modelo y paradigma de esta civilización en decadencia, disimulada con su pomposa tecnología), les resultaba de poca importancia hacer esa diferenciación y optaron por "un enfoque muy liberal de la mortalidad" (Dra. Deborah Birx, coordinadora del grupo de trabajo WH COVID-19 y consejera presidencial, citada en Plandemic).

Surge entonces la pregunta: ¿cuánto tiempo (en años) se requiere para alcanzar una reducción de 1 020 millones, a partir de la mortalidad actual del COVID-19 (507 000 fallecidos), considerando la tasa más alta de la simulación (15%)? Utilizando la fórmula del interés compuesto, el resultado es sorprendente: más de medio siglo (54 años y 5 meses), o 75 años 7 meses si fuera según la tasa del 10%.

La idea consistiría en evitar que la población mundial llegue a los 9 000 (o 10 000) millones y mantenerla por debajo de cierto umbral. (Para esto, una política pública podría ser el control de la natalidad, sobre todo en el Sur global). Dicho umbral es la verdadera intención del globalismo y se encuentra tallado en piedra, en las "misteriosas" Piedras de Georgia, el primero de cuyos principios dice lo siguiente:

"Maintain humanity under 500 000 000 in perpetual balance with nature" (Mantener a la humanidad por debajo de 500 000 000 habitantes, en equilibrio perpetuo con la naturaleza).


Si en las condiciones actuales, tal como se vio, es imposible alcanzar en 1 año la meta de reducción establecida por simulación en el "Event201" y que requeriría un plazo de cumplimiento entre 50 y 75 años, ¿cuál será el tiempo requerido para el objetivo programático de bajar la población en el mundo a 500 millones? Esta cantidad representa (en números redondos) el 7% de la población actual, lo cual quiere decir que la población debe ser reducida en 6 300 millones (93%). Con la misma lógica debemos preguntar: ¿en cuánto tiempo se alcanzaría la reducción de 6 300 millones, sabiendo que la "pandemia" arroja hasta ahora (al 30 de junio) 507 000 fallecidos? Ese resultado se alcanzaría en algún punto intermedio del intervalo de tiempo anterior, es decir, dentro de 67 años y 5 meses (en el año 2087).

Cabe esperar que los expertos que hicieron las simulaciones del "Event201" hayan recibido el encargo de hacer el seguimiento continuo a cómo evoluciona esta "pandemia", introduciendo ajustes en los cálculos y modificando los supuestos de partida, con el propósito de reducir (minimizar) el tiempo que se necesita para llevarnos al tamaño demográfico deseado por las elites. De ahí que el encierro en nuestras casas, el aislamiento/distanciamiento social, la privación de nuestras libertades, la destrucción o reseteo de las economías, el uso obligatorio de mascarillas deshumanizantes (respirando una y otra vez el dióxido de carbono que expulsamos por las fosas nasales); todas estas medidas que son presentadas como "estrategias" para supuestamente protegernos y limitar la propagación del bicho, adquieren otro connotación cuando las ubicamos en su verdadero contexto y real dimensión, pues no nos dan protección y lo que persiguen más bien es nuestra obediencia y sometimiento, reglamentando nuestra existencia (llamada "nueva normalidad") mediante la enajenación de la capacidad de decidir por uno mismo o de manera colectiva, limitando cualquier libertad de desplazamiento, meternos pánico y miedo, debilitar el sistema inmune. En fin, son estrategias que a la larga nos van preparando emocional y psicológicamente, dejándonos expeditos para el sacrificio o el momento final, pues en el interín vendrán las vacunas, los chips y el 5G.

Es legítimo preguntar si las élites estarían dispuestas a esperar 87 años (hasta fines de este siglo) para ver cumplido el objetivo trazado en las Piedras de Georgia. En ese plazo de tiempo y de acuerdo al ciclo de vida natural, las generaciones de hoy habremos partido de este mundo y seremos completamente sucedidas por los hijos de nuestros nietos o biznietos; pero es probable también que para ese tiempo venidero, de mantenerse el actual modo de producción, sistema de dominación y patrón de poder, la Tierra se encuentre completamente (casi) agotada y/o destruida, al borde del colapso definitivo y de la desaparición de toda forma de vida, incluyendo la vida humana.

La respuesta es definitivamente negativa y la explicación reside en los cuadros que rodean a la familia en la imagen de portada de The Economist. Las elites buscarán la reducción de la población no solamente mediante "pandemias" sino que también será provocada con poderosos medios tecnológicos, incluyendo los conflictos militares o guerras nucleares (de baja intensidad). Las primeras víctimas han sido y seguirán siendo las personas de edad avanzada (nuestros adultos mayores) y quienes tengan situaciones de salud más complicadas, luego vendrán los mayores de 60, seguirán las personas adultas menores de 60, y así sucesivamente de manera escalonada: en la imagen, solamente los padres del niño están con máscaras de protección, representando la nueva "población vulnerable" una vez que se haya arrasado (exterminado) la vida de los mayores, a menos que sea alguien de la elite o esté en su séquito. Hace poco el Dr. Andreas Kalcker, en una entrevista del 28 de junio a un medio boliviano (El Polígrafo), afirmó que "estamos en una tercera guerra mundial" y muy pocos se están dando cuenta de la potencial gravedad de esta situación.

Las elites no quieren ni desean salvar el mundo sino salvarse a sí mismas, para lo cual han estimado que los recursos naturales que quedan (especialmente fuentes de agua y tierras cultivables) no alcanza para todos y solamente requieren de un volumen poblacional (500 millones) que sea suficiente y esté a su servicio, a fin de administrar o regentar la economía mundial que -según sus previsiones- llegará a estar robotizada, informatizada y automatizada. Quienes no tengan la suerte de ser parte de este engranaje (las mayorías del mundo) pasarán a constituir los nuevos "condenados de la Tierra" y por tanto seres humanos prescindibles; en términos de Marx: será la "sobrepoblación relativa" del siglo XXI, pero esta vez "condenados", expulsados para siempre del paraíso capitalista.

https://www.alainet.org/es/articulo/207593

Prioridades para la economía de la COVID‑19

Jul 1, 2020 JOSEPH E. STIGLITZ

NUEVA YORK – Aunque ya parece historia antigua, no pasó tanto tiempo desde que las economías de todo el mundo comenzaron a cerrarse en respuesta a la pandemia de COVID‑19. Al principio de la crisis, casi todos anticipaban una recuperación rápida en forma de V; esto se basaba en suponer que una breve interrupción de la economía sería suficiente, y que tras dos meses de amorosos cuidados y montones de dinero, retomaría donde había dejado.

Era una idea atractiva. Pero ya estamos en julio, y la recuperación en forma de V es probablemente una fantasía. La economía pospandemia será casi con certeza anémica, no sólo en los países que no consiguieron controlar el virus (en concreto, Estados Unidos), sino también en los que se las apañaron bien. El Fondo Monetario Internacional prevé que a fines de 2021, la economía mundial apenas habrá crecido respecto de fines de 2019, y que las economías de Estados Unidos y Europa se habrán achicado alrededor del 4%.

El panorama económico actual puede analizarse en dos niveles. La macroeconomía nos dice que el gasto se reducirá, por el deterioro de los balances de empresas y hogares, una oleada de quiebras que destruirá capital organizacional e informacional, y una fuerte conducta precautoria inducida por la incertidumbre respecto del desarrollo de la pandemia y las respuestas oficiales. Al mismo tiempo, la microeconomía nos dice que el virus actúa como un impuesto a aquellas actividades que implican contacto humano cercano; como tal, seguirá impulsando grandes cambios en las pautas de consumo y producción, que a su vez provocarán una transformación estructural más amplia.

Por la teoría económica y por la historia, sabemos que los mercados por sí solos no pueden manejar bien una transición de esta naturaleza, sobre todo con lo repentina que fue. No hay un modo fácil de convertir empleados de aerolíneas en técnicos de Zoom. E incluso si se pudiera, los sectores que ahora están creciendo se basan menos en la mano de obra y más en el conocimiento especializado que aquellos a los que reemplazan.

También sabemos que las grandes transformaciones estructurales suelen crear un problema tradicional keynesiano, por aquello que los economistas llaman «efecto ingresos» y «efecto sustitución». Aunque los sectores no dependientes del contacto humano estén creciendo al mejorar su atractivo relativo, el incremento de gasto asociado no compensará la disminución del gasto derivada de la pérdida de ingresos en los sectores que se contraen.

Además, en el caso de la pandemia habrá un tercer efecto: el aumento de la desigualdad. Como las máquinas no pueden contagiarse el virus, crecerá su atractivo relativo para los empleadores, en particular en los sectores en contracción que usan mano de obra relativamente menos cualificada. Y como las personas de bajos ingresos gastan en bienes básicos una proporción mayor de lo que ganan que las más pudientes, cualquier aumento que la automatización induzca en la desigualdad será contractivo.

A todos estos problemas se suman otros dos motivos para el pesimismo. En primer lugar, la política monetaria puede ayudar a algunas empresas a enfrentar restricciones de liquidez temporales (como sucedió durante la Gran Recesión de 2008‑09), pero no puede corregir problemas de solvencia ni estimular la economía cuando los tipos de interés ya están cerca de cero.

Además, en Estados Unidos y algunos otros países, el necesario estímulo fiscal chocará con las objeciones de los «conservadores» al aumento del déficit y del endeudamiento. Claro que es la misma gente que estuvo muy dispuesta a reducir impuestos para ultramillonarios y corporaciones en 2017, rescatar a Wall Street en 2008 y echar una mano a megaempresas este año. Pero extender el seguro de desempleo, la atención médica y ayuda adicional a los más vulnerables es otra cosa.

Las prioridades inmediatas están claras desde el principio de la crisis. La más evidente es la necesidad de encarar la emergencia sanitaria (por ejemplo, garantizar un suministro adecuado de equipos de protección personal y capacidad hospitalaria), porque no puede haber recuperación económica hasta que se haya contenido el virus. Al mismo tiempo, para asegurar la rapidez de la recuperación llegado el momento, es esencial implementar políticas que protejan a los más necesitados, provean liquidez para evitar quiebras innecesarias y mantengan los vínculos entre trabajadores y empresas.

Pero incluso acordadas estas necesidades obvias, hay decisiones difíciles que tomar. No debemos rescatar empresas (por ejemplo, tiendas minoristas tradicionales) que ya venían mal antes de la crisis, ya que eso sólo serviría para crear «zombis» y limitar en última instancia el dinamismo y el crecimiento. Tampoco empresas que ya estaban demasiado endeudadas para soportar cualquier shock. Puede decirse casi con certeza que la decisión de la Reserva Federal de los Estados Unidos de dar apoyo al mercado de bonos basura con su programa de compra de activos es un error. De hecho, estamos ante un caso donde la preocupación por el riesgo moral es realmente relevante: los gobiernos no deberían proteger a empresas de su propia temeridad.

Como parece improbable que la COVID‑19 desaparezca en el corto plazo, hay tiempo suficiente para adecuar el gasto a nuestras prioridades. La pandemia encontró a la sociedad estadounidense atravesada por desigualdades raciales y económicas, deterioro de los niveles de salud y una dependencia destructiva de los combustibles fósiles. Ahora que se lanzan programas de gasto público a gran escala, la ciudadanía tiene derecho a exigir que las empresas que reciban ayudas contribuyan a la justicia social y racial, la mejora de la salud y la transición hacia una economía más ecológica y más basada en el conocimiento. Estos valores deben verse reflejados no sólo en el modo en que asignemos el dinero del erario, sino también en las condiciones que impongamos a los receptores.

Como varios colegas y yo señalamos en un estudio reciente, el gasto público bien dirigido, en particular la inversión en la transición a una economía verde, puede ser oportuno, muy demandante de mano de obra (lo que ayudará a resolver el problema del desempleo en alza) y sumamente estimulante; es decir, su relación costo‑beneficio es mucho mejor que, por ejemplo, la de una rebaja impositiva. No hay ninguna razón económica que impida a los países (incluido Estados Unidos) adoptar grandes programas de recuperación sostenidos que refuercen (o ayuden a hacer realidad) el tipo de sociedad que dicen ser.

Traducción: Esteban Flamini


JOSEPH E. STIGLITZ, a Nobel laureate in economics and University Professor at Columbia University, is Chief Economist at the Roosevelt Institute and a former senior vice president and chief economist of the World Bank. His most recent book is People, Power, and Profits: Progressive Capitalism for an Age of Discontent.

En Ciego de Ávila y Morón: Ventas del agro con regulaciones

Alden Hernández Díaz ECONOMÍA 29 Junio 2020
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Economía





Foto: Pastor Batista

A partir del próximo primero de julio, los consumidores de los municipios de Ciego de Ávila y de Morón solo podrán acceder a las viandas que se ofertan en el sistema comercial de la Empresa de Acopio Ciego de Ávila, de manera regulada y controlada, a través de la libreta de abastecimiento.
Roberto Sarmiento Álvarez, director general de la entidad, dijo a INVASOR que pretenden vender plátano (en sus variantes vianda, fruta y burro), boniato, yuca y malanga, a razón de tres libras semanales por integrante del núcleo familiar.
Agregó que otro alimento muy demandado durante esta época del año, sujeto a las mismas medidas regulatorias, es el maíz tierno, el que se podrá obtener a un per cápita de cinco mazorcas a la semana y advierte que: “puede que pasen 15 días sin maíz, pero cuando dispongamos de él se controlará”.
En el caso de las personas que no se encuentren inscritas en el Registro de Consumidores, conocido como Oficoda, deben ponerse en contacto con el delegado de la circunscripción y el presidente del Consejo Popular, para que la dirección del mercado correspondiente a su lugar de residencia las inscriba en un listado confeccionado para esta finalidad y así puedan adquirir mercancías, especificó.
Relativo a la distribución, Sarmiento Álvarez expresó que se utilizará el mismo principio empleado durante el período de venta de papa; también se expenderá en bodegas vinculadas al programa de autoabastecimiento municipal: 24 en el municipio cabecera y ocho en Morón.
“La aplicación de esta medida no quiere decir que habrá más productos, sino que los existentes se regularán y controlarán para que se pueda abastecer, a partir de esa misma cantidad de alimentos, a una mayor cantidad de personas.
“Tales regulaciones obedecen a las condiciones actuales en la producción agropecuaria, a la alta demanda en la red de mercados y comercio, y a la disponibilidad de productos; con ellas se busca que no siempre compren las mismas personas y propiciar un acceso semanal más equitativo a estos alimentos.
“Una vez se logre el despertar de la producción agrícola, volveremos a la venta, como normalmente la hacemos, en los establecimientos de Acopio.”
El problema fundamental reside en que la demanda sigue estando muy por encima de la oferta, además, la última campaña de primavera se desarrolló con niveles ínfimos de aseguramiento para la mayoría de los cultivos, lo cual propició rendimientos bajos; sumado a ello, los campesinos avileños solo sembraron el 56 por ciento de lo previsto, debido al agravamiento del acceso al país de combustibles.
A consecuencia de disponer en el territorio de alrededor de 15 toneladas de maíz para semillas con baja germinación, el Consejo de Defensa Provincial decidió convertirlas en harina para su venta. El precio de la libra será de 5,65 CUP, más caro que el de Comercio Interior, debido a la mejor calidad de la materia prima de la que procede, explicó Sarmiento Álvarez.
Señaló, además, que al no asegurarles a los campesinos un paquete tecnológico para el cultivo de ajo, boniato, yuca, malanga xhanthosoma y malanga colocasia, se dispuso, desde el primero de julio, con vistas a estimular la producción de estos cinco alimentos, el aumento de los precios de compra al productor y, en consecuencia, el incremento de sus precios de venta minorista a la población; no obstante, por debajo de los topes establecidos. 

Bajo la punta del iceberg

Tener tierras sin cultivar cuando no hay suficientes alimentos, no es un problema surgido con la COVID-19, llevamos arrastrándolo muchos años.




Los estertores del mercado concentrador “El trigal”, fueron a la vez los dolores de parto del relanzamiento de la empresa estatal Acopio, una especie de Ave Fénix que ha sido el intento de solución recurrente del MINAGRI (Ministerio de la Agricultura), o de quien dirige la agricultura en Cuba, a los problemas de la comercialización (contratación, beneficio y distribución) de los productos agrícolas desde que mi amigo Goyo y yo, hace muchísimo tiempo, nos dedicáramos a “robar mangos” en la Finca de Morejón, famosa por aquella época en mi pueblo. Lo hacíamos menos para comer y mucho más por la aventura. Acopio nos acompaña para nuestro bien o para mal desde aquella época remota.

Parto de la presunción de que todas y todos, los trabajadores de Acopio son buenas personas, conscientes de su trabajo e imbuidos del valor social del mismo y lo hago extensivo a todas y todos los trabajadores de la agricultura, incluyendo al Ministerio. No es un problema de mujeres y hombres, aunque los involucre. Es un problema de conceptos.

Acopio ha sido la fórmula, el mecanismo, la organización que se ha dado el MINAGRI y los decisores para “garantizar”, entre otras cosas, control sobre la producción y los productores, sobre la distribución y los consumidores y porque quizás no encuentran una alternativa mejor. Acopio es el monopolio de la contratación, del acopio y distribución de los productos agropecuarios a lo largo, ancho y profundo del país.

Tiene en su haber infinidad de artículos en periódicos nacionales y provinciales, una buena parte de ellos poniendo de manifiesto su dificultad para “servir” bien a sus clientes, ya sea, porque deja “colgados” a los campesinos y los productos se pudren en el campo, o porque luego de recoger sus productos los deja en los camiones por días (recuerdo aquel reportaje de hace muchos años de los plátanos echados a perder por toneladas) o porque paga precios al productor que nada tienen que ver con los costos de producción en una época en que un jornalero que trabaja media sesión puede cobrar más de cincuenta pesos diarios, más el almuerzo, más una jaba de productos a la semana. O porque sencillamente demora el pago al campesino, quien no recibe tampoco compensación por esa demora. Acopio hoy es una OSDE (Organización Superior de Dirección Empresarial), un grupo empresarial subordinado al Consejo de Ministros y “atendido” por el Ministerio de la Agricultura. Pero Acopio es solo la punta del iceberg.

Una serie de tres artículos bajo el título: ¿Producir todos los alimentos que necesitamos con la misma economía, con las mismas estructuras y haciendo lo mismo? publicados los días 18, 22 y 26 de junio, de la autoría de dos colegas, nos ponen a pensar en los que hay debajo de la superficie. Claro que quizás lo que más avivó nuestras neuronas fue la mesa redonda donde comparecieron tres de las organizaciones protagonistas en la producción de alimentos en Cuba: MINAGRI, AZCUBA y el MINAL. Luego vendría un reportaje esperanzador sobre la reunión de los más altos dirigentes del país con los compañeros que trabajan /dirigen los centros de investigación asociados a la producción de alimentos.


Foto: Roby Gallego
Buscando debajo del iceberg

Es cierto que nos apura que se llenen las tarimas, pero es conveniente entender lo esencial: la economía política de la agricultura en Cuba, la relación entre los que participan en el entramado que es la producción agropecuaria e industrial de alimentos en Cuba. El Estado (representando al dueño, que es el pueblo) usufructúa a través de sus empresas la mayor cantidad de tierra en Cuba, y aun tiene sin cultivar una buena parte de ellas, cultiva con niveles de productividad muy bajos otra parte, prioriza en la asignación de recursos a sus empresas y produce una parte minoritaria de los alimentos. Los campesinos privados que, con una parte minoritaria de la tierra, soportando precios de compra de sus productos que muchas veces no compensan los costos, produce la parte mayoritaria de los alimentos. ¿Queremos acaso mayor contradicción que esta? Quien maneja y, de hecho, posee la mayor cantidad de tierras es quien menos la hace producir y quien menos rendimiento obtiene y además mantiene una buena cantidad de ella sin cultivar y demora la entrega de tierra a quien quiere y necesita trabajarla. Tampoco hay una política pública adecuada que incentive a aquellos que ya la recibieron y ocupan unos dos millones de hectáreas, muchas veces sin los recursos que necesitan. 


Si calculamos diez hectáreas por persona de las solicitudes que faltan por procesar serían 102 150 hectáreas de tierra que ahora no producen nada. ¡Cuánto producto dejado de producir en un año! Pongámosle números:


¡Tener tierras sin cultivar cuando no hay suficientes alimentos! No es un problema surgido con la COVID-19, llevamos arrastrándolo muchos años. Multipliquemos esas cantidades de productos no producidos por los últimos cinco años. En 1959, en apenas unos meses se entregaron miles y miles de hectáreas de tierra a más de 100 000 campesinos.

En 2018 Cuba importó 812 333 toneladas de maíz, con un costo de 273 247 000 dólares; 496 120 toneladas de arroz y pagó 198 843 000 dólares y 329 529 toneladas de torta de soya gastando en ello 152 385 000 dólares. También se puede sacar la cuenta de cuanto se hubiera podido ahorrar en cualquiera de esos productos, digamos maíz, si las hectáreas solicitadas y aún no entregadas hubiesen sido cultivadas. Entonces se habrían importado solo 568 194 toneladas de maíz y se habría podido ahorrar 191 125 000 dólares ¡solo en un año! Tener tierras ociosas no es para reír.

Las estructuras que tienen que ver con la producción de alimentos en Cuba y que, en mi opinión no es únicamente el MINAGRI1, concentran y centralizan la comercialización de los productos en un monopolio estatal, centralizan y monopolizan también la comercialización de los insumos, administran los precios, muchas veces divorciados de los costos, demoran la entrega de tierras no cultivadas, han convertido a las cooperativas de crédito y servicios en intermediarios, intermedia con empresas de poca eficiencia y también monopólicas entre los productores y los mercados externos y no logran cambiar radicalmente esa situación, manteniendo estructuras que reproducen modos de hacer arcaicos y divorciados de la realidad.

Esas estructuras, además, disponen de uno de los más poderosos sistemas de ciencia y tecnología con propósito agropecuarios de América Latina, de la fuerza de trabajo mejor calificada probablemente de la región, capaz de colocar sistemas de producción, tecnologías y servicios en otros países del mundo que lamentablemente no son aprovechadas plenamente en el nuestro. No es por falta de ciencia y de investigadores que seguimos empantanados intentando producir alimentos.

Vayamos por pasos; quitemos los burós de encima de los campesinos, entreguémosle toda la tierra que necesiten, apalanquémoslos con créditos blandos, dejémosles usar su sabiduría, ganada día a día en el surco. Juntémoslos con los científicos, permitamos que se acerquen a los consumidores finales, cubanos y extranjeros, mejoremos y actualicemos los incentivos. Hagamos menos dependientes a los territorios, impulsemos la creación de cadenas cortas de suministros y promovamos alianzas entre el sector público y el sector privado que reduzcan los costos de transacción de esos procesos.


Foto: Roby Gallego

En nuestro país hubo una Revolución que empezó por la agricultura, que se fajó con los americanos por haber nacionalizado la tierra, que le entregó parte de la tierra a los campesinos, que les enseñó a leer y escribir y posibilitó que sus hijos e hijas fueran médicos e ingenieros, que les permitió acceder a hospitales y para aquella época modernizó el campo cubano, llegando a tener más tractores por hectárea que muchos países de Europa, que ha formado miles de ingenieros en especialidades agropecuarias. Utilicemos las fortalezas no le pongamos más obstáculos.

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A finales de 1987, mi hijo tenía pocos meses de nacido, yo montaba mi bicicleta china, una Flying Pigeon a prueba de sacos y me iba hasta el casi cercano poblado de Alquízar (a más de 25 km de mi pueblo) y sus fincas colindantes a buscar malanga para la criatura. En el recorrido me acompañaba la idea de que cuando nacieran los hijos de él (mis nietos), mi hijo no tendría ya que hacer ese trayecto. Camila, su hija, nació hace una semana, el detalle es que parece que la malanga sigue arisca, pero también que cuesta trabajo encontrarla, incluso en Alquízar, que ya no tengo bicicleta y que ha transcurrido la friolera de 32 años. Ah, y está más cara también.

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1 Tampoco aquí es un problema de los hombres y las mujeres que trabajan en esta organización

Cuba reabre sus fronteras para el turismo internacional

 

Turistas disfrutan de un paseo por la playa en Cayo Coco. Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate
Cuba reabre este miércoles sus puertas al turismo internacional aprovechando un control de la Covid-19, cuando cada día disminuyen más los infectados e incrementan los sistemas de protección sanitaria.
La única provincia de las 15 y el municipio especial Isla de la Juventud de toda la nación que aún se mantiene sin pasar a la fase I de descongelamiento en cuanto al aislamiento social es La Habana, la capital del país, debido a sus casos activos de la enfermedad.
Por su parte desde el 18 de junio, el turismo nacional realiza reservaciones sobre todo en las bases de Campismo Popular del interior, siempre con la exclusión de La Habana.
Las agencias de viajes y turoperadores aún carecen de informes concretos sobre los primeros vuelos a la isla para los extranjeros, pero si en su momento manifestaron recibir variados intereses de este tipo desde todo el mundo.
Oportunamente, el ministro de turismo cubano, Juan Carlos García, informó que la industria recreativa en esta Isla abre a partir de esta jornada para los extranjeros.
García precisó las tres etapas de la reapertura paulatina del turismo, aunque precisó que desde el 18 de junio, los agentes de viajes y turoperadores ya pueden vender viajes de extranjeros para el 1 de julio.
Dijo que en el caso de los extranjeros solo podrán visitar los cayos Largo (sur-occidente), Coco, Guillermo, Cruz, y Santa María (centro-norte), sin poder moverse por el resto del país, pero tendrán excursiones, alquiler de autos y otros servicios en esos lugares.
Por demás, el Ministerio de Turismo (Mintur) venderá viajes para recuperarse de la misma pandemia y aprovechar la experiencia médica cubana (precisamente para esos aislados cayos).
Explicó que en las tres fases se aplicarán protocolos de protección que responden a las indicaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización Mundial del Turismo (OIT) y el Ministerio de Salud Pública (Minsap) de Cuba.
Entre esos protocolos se encuentra el control de la temperatura, las limpiezas constantes de los lugares, superficies, alojamientos y restaurantes entre otros sitios, medidas instaladas desde los aeropuertos.
También señaló que cada instalación hotelera tiene a su disposición equipos de médicos y epidemiólogos que controlarán la situación, y en caso de presentarse algún problema, tanto en turistas como trabajadores, están previstas pruebas, traslados y hospitalizaciones oportunas.
Los turistas extranjeros en su totalidad serán pesquisados mediante la prueba en tiempo real PCR para identificar posibles contagios de la Covid-19.
El eficiente control sanitario del país facilitó esta medida, sentenciaron autoridades. Las cadenas hoteleras cubanas como Cubanacán y Gran Caribe, e Islazul, ya informaron de los hoteles que inician operaciones en la primera fase, y algunas extranjeras como la española Meliá.
(Con información de PL)