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domingo, 1 de marzo de 2026

La mano visible de Adam Smith: por qué sus ideas siguen siendo influyentes


El pensador escocés, considerado por muchos como “el padre del capitalismo”, publicó hace 250 años ‘La riqueza de las naciones’, su obra magna. En ella acuñó la metáfora de la mano invisible, que no se refiere a un orden mágico, sino a un mercado con un marco institucional que propicia el crecimiento. Sus ideas influyeron decisivamente en el pensamiento liberal, especialmente por su confianza en la libertad del individuo y por su recelo hacia el intervencionismo del Estado.




El título completo del libro que Adam Smith publicó en 1776 fue: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Considerando que no fue el primer texto de economía, ni de liberalismo, y que no estuvo exento de errores, ¿por qué atrajo, y aún atrae, tanta atención?

Sospecho que la respuesta está en su título. Parece que Smith (1723-1790), efectivamente, explicó bien la naturaleza y las causas del crecimiento económico, y lo hizo desde una perspectiva moderna, institucional y multidisciplinar, porque Smith era un pensador con amplias miras más allá de la economía; y con un matizado liberalismo que hizo que su análisis fuera convincente y aplicable tanto en su tiempo como en el nuestro.

Las primeras palabras del libro son: “El trabajo anual de cada nación es el fondo del que se deriva todo el suministro de cosas necesarias y convenientes para la vida que la nación consume anualmente” (La riqueza de las naciones, Alianza; todas las citas corresponden a esta edición).

Este comienzo ya traza una línea divisoria con la falacia que basa la prosperidad en los recursos naturales o los metales preciosos. A Smith no le asombraría saber que el petróleo ayudó a enriquecer a los noruegos, pero no a los venezolanos.

Precisará la modernidad de su análisis, separando la riqueza de una nación de la del Estado, porque para él la riqueza que cuenta es la del pueblo: “Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable”.

Pero si el trabajo es la causa de la riqueza ¿por qué no hubo riqueza desde Adán?

Economía, incentivos e instituciones

Smith explica el aumento de la riqueza por la productividad del trabajo, y en concreto por su división, que no puede fructificar hasta que crezca el tamaño del mercado. Por eso cuando selecciona los dos acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad no se le ocurren inventos sino dos extensiones del mercado: el descubrimiento de América y el paso hacia Oriente por el cabo de Buena Esperanza.

La riqueza se crea mediante la producción y el comercio, y no existe la suma cero, otra venerable falacia, según la cual lo que ganan unos lo pierden otros. Todos pueden ganar, y todos cuentan con un poderoso incentivo, una regularidad de la naturaleza humana que Smith subraya en varias ocasiones: el deseo de mejorar nuestra condición, “que nos acompaña desde la cuna y no nos abandona hasta la tumba”.


El interior del Royal Exchange, la antigua bolsa de comercio de Londres, en 1788.HERITAGE IMAGES / GETTY IMAGES

Todos queremos mejorar, y lo logramos relacionándonos con los demás. Smith no postula el individualismo, porque no hay prosperidad sin intercambios voluntarios en provecho mutuo. Y su mensaje también es contrario al egoísmo, porque los egoístas atienden al propio interés a expensas del ajeno. El mercado es lo contrario, donde la gente satisface su propio interés a la vez que el ajeno.

No basta, sin embargo, con ciudadanos productivos y deseosos de progresar, sino que es imprescindible un marco institucional propicio. Eso ha hecho que la visión multidisciplinar smithiana del crecimiento haya tenido impacto en los teóricos del desarrollo. La economía necesita paz, y por eso “la defensa es mucho más importante que la opulencia”; y también seguridad jurídica: “El comercio y la industria rara vez florecen durante mucho tiempo en un Estado que no disfruta de una administración regular de la justicia, donde el pueblo no se siente seguro en la posesión de sus propiedades, donde el cumplimiento de los contratos no está amparado por la ley”.

Estado y libertad

De lo dicho hasta aquí se desprende que Smith pondera el papel del Estado. ¿En qué medida? Él mismo aclara que en un sistema liberal el soberano ha de cumplir con tres deberes: la defensa, la justicia, y “edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás será del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos el edificar y mantener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o un reducido número de personas, aunque frecuentemente lo reponen con creces para una gran sociedad”.

Se comprende fácilmente que el tercer deber puede justificar un indefinido intervencionismo. Y, de hecho, el escocés recomienda medidas antiliberales en diversos campos, desde la educación y la protección de bandera en la navegación hasta la regulación de la banca, entre otras —la cuestión ha sido intensamente debatida—.

Su propia desconfianza práctica en el mercado, empero, da pistas sobre su posición liberal. En efecto, Smith defiende el capitalismo, pero no a los capitalistas, a los que acusa abiertamente: “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”. Pero este recelo no lo lleva a inclinarse en favor del político o estadista —“animal insidioso y astuto”—, sino de los más vulnerables, como son típicamente los consumidores: “El consumo es el único fin y objetivo de toda producción, y el interés del productor merece ser atendido solo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor”. No le impresionarían, por tanto, las manifestaciones nacionalistas ruidosas de los empresarios que reclaman protección para sus “sectores estratégicos” y la “soberanía” variopinta, haciendo pagar más a la gente.

Tampoco aceptaba la habitual arrogancia de los poderosos a la hora de interferir en la propiedad de sus súbditos: “Resulta por ello una grandísima impertinencia y presunción de reyes y ministros pretender vigilar la economía privada de los ciudadanos, y restringir sus gastos… Ellos son, siempre y sin ninguna excepción, los máximos dilapidadores de la sociedad. Que vigilen ellos sus gastos, y dejen confiadamente que los ciudadanos privados cuiden de los suyos. Si su propio despilfarro no arruina al Estado, el de sus súbditos jamás lo hará”.

El camino hacia la riqueza, por tanto, descansa más en los ciudadanos que en las autoridades: “Toda persona, en tanto no viole las leyes de la justicia, queda en perfecta libertad para perseguir su propio interés a su manera y para conducir su trabajo y su capital hacia la competencia con toda otra persona o clase de personas. El soberano queda absolutamente exento de un deber tal que al intentar cumplirlo se expondría a innumerables confusiones y para cuyo correcto cumplimiento ninguna sabiduría o conocimiento humano podrá jamás ser suficiente: el deber de vigilar la actividad de los individuos y dirigirla hacia las labores que más convienen al interés de la sociedad”.

Realista mano invisible

La metáfora más famosa de la economía, la mano invisible, ha sido confundida con la competencia perfecta, que nunca estuvo en la mente de Smith —“si ninguna nación pudiese desarrollarse salvo con el disfrute de una libertad y una justicia perfectas, entonces en el mundo ninguna nación podría haberse desarrollado jamás”—


 

Primera edición de ‘La riqueza de las naciones’ de Adam Smith, publicada en 1776.GRANGER ( ALBUM )

La sociedad es un orden complejo, de tal manera que conviene dejar en paz al ser humano, que “al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo”. Criticó Smith la desigualdad en la riqueza, pero subrayó la responsabilidad “de la política de Europa, que en ninguna parte deja que las cosas se desenvuelvan con completa libertad”.

Adam Smith cometió errores, como en su defectuosa teoría del valor objetiva o en su pronóstico del poco futuro de las sociedades anónimas. Pero acertó en su teoría fundamental, a saber, que la riqueza de las naciones depende del esfuerzo de cada uno de nosotros para salir adelante —en un contexto pacífico, justo y con una fiscalidad moderada—, y en la idea de que a menudo lo logramos a pesar del Gobierno.

Con prudencia y realismo previno contra la utopía y advirtió sobre la dificultad de las reformas liberalizadoras, porque las regulaciones intervencionistas “no solo introducen desórdenes muy peligrosos en el estado del cuerpo político, sino que son desórdenes con frecuencia difíciles de remediar sin ocasionar, al menos durante un tiempo, desórdenes todavía mayores”.

Reivindicación y legado

Adam Smith es reivindicado por economistas actuales, lo que resulta notable considerando cómo han cambiado tanto la economía real como la teoría económica.

Su visión institucional y multidisciplinar ha sido saludada por destacados académicos. Hablando solo de nuestro tiempo, y limitándonos a los premios Nobel de Economía, han estudiado a Smith y apreciado su pensamiento figuras como Friedrich Hayek, George Stigler, Amartya Sen, Ronald Coase, James M. Buchanan, Vernon Smith y Douglass North. Esta lista no pretende ser exhaustiva, sino solo ilustrativa del impacto científico que han tenido el profesor escocés y su magnum opus oeconomicum.

En cuanto a su legado doctrinal y político, Smith tiene, a causa de su matizado liberalismo, críticos entre los economistas más intervencionistas y también entre las huestes liberales, en particular en la Escuela Austriaca de Economía —pero no toda ella: Hayek lo alaba—.

Por fin, cabe detectar un legado smithiano en la política y la opinión pública. Se extiende el aprecio por el comercio y el mercado, y cunde una reacción política y popular en contra de las intromisiones de las autoridades y su onerosa fiscalidad.

Carlos Rodríguez Braun (Buenos Aires, 1948) es catedrático jubilado de Historia del Pensamiento Económico y miembro del Real Colegio Libre de Eméritos. Es traductor de La riqueza de las naciones y de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith.

sábado, 1 de julio de 2023

Adam Smith: ¿libre mercado o filósofo moral?

Por Michael Roberts

Es el tricentenario del nacimiento de Adam Smith este mes. Nadie está seguro de qué día nació Smith en junio de 1723, pero los economistas de la Universidad de Glasgow organizaron una serie de eventos y debates sobre las ideas de Smith a lo largo del mes.

Adam Smith se ha convertido en el gurú del 'laisser-faire', la economía de libre mercado, el hombre al que economistas de la Universidad de Chicago como George Stigler y Milton Friedman recurrieron como su mentor teórico para el 'libre mercado'. Fue elogiado por políticos de derecha de libre mercado como Margaret Thatcher por inspirarlos a adoptar políticas para reducir el tamaño del gobierno y el estado y "dejar que el mercado gobierne" en todos los aspectos de la organización social. Y los economistas de libre mercado global como Friedrich Hayek y la escuela austriaca de economía de libre mercado buscaron en Smith su enfoque básico. Incluso hay un 'grupo de expertos' con sede en el Reino Unido que pretende desarrollar una política económica basada en principios claros de 'mercado libre'. Su lema es “ Usar los mercados libres para crear un mundo más rico, más libre y más feliz”.  

Smith escribió dos grandes libros. El primero fue The Theory of Moral Sentiments en 1759 y el segundo, el más famoso, The Wealth of Nations, publicado en 1776. Esto le dio el nombre de “El padre de la economía”. Y, sin embargo, cualquiera que lea estos dos libros con detenimiento encontrará que Smith no era un furioso evangelista del libre mercado que negaba el papel del gobierno o que consideraba que el comportamiento humano estaba impulsado por el interés propio material y nada más.

Su declaración más famosa fue sobre la llamada 'mano invisible del mercado de la Riqueza de las Naciones: “(Cada individuo) en general, de hecho, ni tiene la intención de promover el interés público, ni sabe cuánto lo está promoviendo… Pretende sólo su propia seguridad; y al dirigir esa industria de tal manera que su producto pueda ser del mayor valor, sólo busca su propia ganancia, y en este, como en muchos otros casos, es conducido por una mano invisible para promover un fin que no era parte de su intención.”

Smith argumenta aquí que, dado que cada individuo realiza su propia actividad económica, el individuo no es consciente de que la combinación de todas estas acciones individuales produce un mercado para la producción y el consumo que no está bajo su control sino que conduce "invisiblemente" a un resultado mejor para todos. Detrás de esto estaba la gran idea de Smith de que la industria moderna se basa en una división del trabajo: cuando la producción de mercancías se divide en partes discretas donde el trabajo humano se especializa en lugar de que los trabajadores realicen cada parte del proceso, la productividad aumenta y los costos y los precios caen. Marx nos cuenta el lado oscuro de la división del trabajo: la alienación de la humanidad que convierte el trabajo creativo en fatiga y monotonía.

De manera similar, para Smith, las personas que compiten en un mercado generarán un resultado beneficioso para todos. Y de esto fluyó la opinión de que “El consumo es el único fin y propósito de toda producción; y se debe atender el interés del productor, sólo en la medida en que sea necesario para promover el del consumidor.” Esta es la base clásica de la economía neoclásica moderna: basada en el mito de que el consumidor es 'soberano'.

Smith se opuso firmemente al monopolio, de los cuales había muchos en su época, a menudo controlados por un estado monárquico corrupto. Estos monopolios arruinaron la industria y redujeron la iniciativa empresarial y, por tanto, la productividad y la prosperidad. Se opuso en particular al mercantilismo, la doctrina del comercio internacional donde las naciones protegían sus industrias y acumulaban excedentes en lugar de expandir el comercio. Explicó por qué el proteccionismo siempre es contraproducente.“Por medio de copas, semilleros y muros calientes, se pueden cultivar muy buenas uvas en Escocia, y también se puede hacer muy buen vino con ellas a unas treinta veces el costo por el cual se puede traer al menos igual de bueno de países extranjeros. ¿Sería una ley razonable prohibir la importación de todos los vinos extranjeros, simplemente para fomentar la elaboración de clarete y borgoña en Escocia?

Pero es un mito creado por los defensores del libre mercado de hoy que Smith se opuso al gobierno y al comportamiento moral por encima del interés material. De lo contrario. El economista de Chicago Jacob Viner de la década de 1920 lo resumió:

“Adam Smith no fue un defensor doctrinario del laissez faire. Vio una amplia y elástica gama de actividades para el gobierno, y estaba dispuesto a extenderla aún más si el gobierno, al mejorar sus estándares de competencia, honestidad y espíritu público, se mostraba tentado a responsabilidades más amplias. Dedicó más esfuerzo a la presentación de su caso a favor de la libertad individual que a explorar las posibilidades de servicio a través del gobierno. [pero] Smith vio que el interés propio y la competencia a veces eran traicioneros para el interés público al que se suponía que debían servir, y estaba preparado. depender del gobierno para la realización de muchas tareas que los individuos como tales no harían, o no podrían hacer, o sólo podrían hacer mal. No creía que el laissez faire fuera siempre bueno o siempre malo. Dependía de las circunstancias; y lo mejor que pudo, Adam Smith tomó en cuenta todas las circunstancias que pudo encontrar”.

Se opuso firmemente a la esclavitud.  “No hay un negro de la costa de África que no posea un grado de magnanimidad que el alma de su sórdido amo apenas es capaz de concebir. Nunca la fortuna ejerció más cruelmente su imperio sobre la humanidad, que cuando sometió a aquellas naciones de héroes a los desechos de las cárceles de Europa.”

Marx fue un lector atento de La riqueza de las nacionesReconoció la contribución de Smith al intentar desarrollar una teoría del valor basada en el trabajo. Como dijo Smith : “Solo el trabajo, por lo tanto, nunca variando en su propio valor, es solo el estándar último y real por el cual el valor de todas las mercancías puede estimarse y compararse en todo momento y lugar. Es su precio real; el dinero es su precio nominal.”  Pero Marx pasó a criticar a Smith por la inconsistencia en su teoría del valor trabajo, ya que Smith volvió a una teoría del valor basada en "factores de producción", es decir, la renta de los terratenientes, las ganancias de los capitalistas y los salarios del trabajo, en lugar de que todo el valor se cree. por el trabajo y luego apropiado por los terratenientes y los capitalistas.

Adam Smith tampoco era un partidario de línea dura del libre comercio. Su posición se vio matizada por el estado de la economía británica en ese momento. Apoyó las Leyes de Navegación, que regulaban el comercio y la navegación entre Inglaterra, sus colonias y otros países, a pesar de que exigían que las mercancías se transportaran en barcos británicos incluso si otras opciones eran más baratas. “La defensa ”, escribió en La riqueza de las naciones, “ es de mucha más importancia que la opulencia”.

Denunciar políticas de seguridad deseables como “proteccionistas” no venía al caso entonces y ahora. Después de todo, la seguridad del estado capitalista era más importante que el libre mercado en el comercio internacional. Y el 'mercado libre' sólo es alabado siempre que no reduzca la rentabilidad de la empresa.