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viernes, 24 de mayo de 2019

¿La reivindicación de la austeridad?

May 22, 2019 ROBERT SKIDELSKY


LONDRES – El profesor Alberto Alesina de la Universidad Harvard ha vuelto al debate sobre el déficit fiscal, la austeridad y el crecimiento. Allá por 2010, Alesina dijo a los ministros de finanzas europeos que “muchas reducciones, incluso importantes, del déficit fiscal han sido acompañadas y seguidas inmediatamente por un crecimiento sostenido en vez de una recesión, incluso en el muy corto plazo” (las cursivas son mías). Ahora, con los también economistas Carlo Favero y Francesco Giavazzi, Alesina escribió un nuevo libro titulado Austerity: When It Works and When It Doesn’t [Austeridad: cuándo funciona y cuándo no], que hace poco recibió una reseña favorable de su colega en Harvard Kenneth Rogoff.

Libro nuevo, cantinela vieja. La conclusión de los autores, en resumidas cuentas, es que “en algunos casos, el costo directo, en pérdida de producción, de un recorte del gasto se ve más que compensado por aumentos en otros componentes de la demanda agregada”. De modo que la austeridad (reducir el déficit fiscal en vez de aumentarlo) puede ser la política correcta en una recesión.

El trabajo anterior de Alesina en esta área (con Silvia Ardagna) recibió críticas del Fondo Monetario Internacional y de otros economistas por sus defectos econométricos y sus conclusiones exageradas. Y no hay duda de que este nuevo libro, que analiza 200 planes de austeridad plurianuales implementados en 16 países de la OCDE entre 1976 y 2014, también mantendrá ocupados a los estadísticos.

Pero la cuestión es otra. Correlación no es causación. La combinación de ajuste fiscal y crecimiento económico no nos dice nada respecto de la relación subyacente entre ambas cosas. ¿La reducción del déficit causa crecimiento económico, o el crecimiento económico causa reducción del déficit? Toda la econometría del mundo es incapaz de demostrar que lo uno fue causa de lo otro, o que ambas cosas no sean atribuibles a una tercera. Sencillamente, hay demasiadas variables omitidas, es decir, otras causas posibles de uno u otro resultado o de los dos. Las “demostraciones estadísticas” siempre parten de una teoría causal, a la que luego se “ajustan” los datos para conseguir el resultado que busca el teórico.

La teoría de Alesina se apoya en dos pilares conceptuales. El más importante es que un déficit persistente lleva a empresas y consumidores a prever impuestos más altos y reducir por tanto la inversión y el consumo. La reducción del gasto, en cambio, envía una señal de futuras bajas de impuestos, lo que estimula la inversión y el consumo.

El segundo pilar, complementario, es el supuesto de que un aumento de la deuda pública lleva a los inversores a temer un impago. Esta expectativa presiona al alza sobre los tipos de interés de los títulos públicos, lo que aumenta el costo general del crédito. La austeridad, al frenar el crecimiento de la deuda, puede provocar una “reducción considerable” de los tipos de interés y así permitir un aumento de la inversión.

El argumento complementario no puede tomarse como regla general. Si un país tiene banco central y emite moneda propia, el gobierno puede llevar los tipos de interés a cualquier valor que desee ordenando al banco central que imprima dinero. En este caso, la baja de los tipos de interés será resultado no de la austeridad, sino de la expansión monetaria. Y esto, por supuesto, es lo que sucedió con la flexibilización cuantitativa en Estados Unidos, el Reino Unido y la eurozona: los tipos de interés se han mantenido deprimidos por años, a la par de una inyección masiva de dólares, libras y euros en las economías.

De modo que sólo nos queda el pilar principal de Alesina: que un compromiso creíble de recortar hoy el gasto público estimula la producción al eliminar la expectativa de más impuestos mañana. El mismo argumento explica por qué, en opinión de Alesina, para reducir el déficit es mejor disminuir el gasto que aumentar los impuestos. Con lo primero se resuelve el “problema” del “crecimiento automático de las prestaciones sociales y otros programas de gasto”, mientras que con lo segundo no.

Escribe Alesina: “La macroeconomía moderna destaca el hecho de que las decisiones de la gente respecto de qué hacer hoy dependen en parte de lo que esperan que pase mañana”. John Maynard Keynes también entendía la importancia crucial de las expectativas: John Hicks le atribuye el haber introducido el “método de las expectativas” en economía. Pero Keynes tenía una idea de las expectativas muy diferente a la de Alesina. Para Keynes, los inversores no forman sus expectativas mirando el déficit fiscal y calculando el efecto que tendrá en sus impuestos futuros. De hecho, apenas le prestan atención al déficit.

A lo que sí le prestan atención es al tamaño de sus mercados. Para Keynes, las decisiones de contratación de los empresarios dependen de sus expectativas de ingresos. Una desaceleración económica reduce las ventas esperadas, a lo que los empresarios responden despidiendo trabajadores. Si encima hay un recorte del gasto público, las expectativas de venta se reducen todavía más, de modo que habrá más despidos y eso profundizará la recesión. A la inversa, una suba del gasto público o un recorte de impuestos aumentan las expectativas de ventas y revierten la desaceleración.

Por ejemplo, una caída de la demanda de automóviles reduce su venta y la cantidad de trabajadores empleados en su fabricación. Pero si el gobierno aumenta el gasto en obras públicas, eso no sólo incrementará la contratación de trabajadores directamente, sino también la demanda de automóviles, con lo que la economía crecerá más que el gasto público, y eso reducirá el déficit.

De modo que básicamente, hay dos teorías opuestas respecto de cuál es la política fiscal adecuada en una desaceleración. Según Keynes, anunciar una reducción del gasto público transmite a los empresarios la señal de que sus ingresos disminuirán porque habrá menos venta de sus bienes y servicios. Según Alesina, esa misma medida transmite a los empresarios la señal de que pueden esperar menos impuestos mañana, de modo que invertirán más hoy.

Los lectores tendrán que decidir cuál de las dos teorías les parece más verosímil. Personalmente, me inclino por la descripción que aparece en un libro reciente, Austerity: 12 Myths Exposed [Austeridad: doce mitos expuestos]: “La austeridad es una herramienta de (…) los intereses financieros, no una solución a los problemas causados por ellos”.

Traducción: Esteban Flamini


ROBERT SKIDELSKY  Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, became the Conservative Party’s spokesman for Treasury affairs in the House of Lords, and was eventually forced out of the Conservative Party for his opposition to NATO’s intervention in Kosovo in 1999.

martes, 25 de septiembre de 2018

Las tres tribus de la austeridad

Por Yanis Varufakis 

Ninguna política es tan contraproducente en épocas de recesión como tratar de obtener superávit fiscal con el objetivo de contener la deuda pública; es decir, las políticas de austeridad. Mientras se acerca el décimo aniversario del derrumbe de Lehman Brothers, cabe preguntarnos por qué la austeridad despertó tanto entusiasmo en las élites políticas de Occidente después de la implosión del sector financiero en 2008. 

El argumento económico contra la austeridad es claro y contundente: una desaceleración económica, por definición, implica reducción del gasto del sector privado. Cuando en respuesta a la caída de la recaudación tributaria un gobierno recorta el gasto público, deprime sin darse cuenta el producto nacional (que es la suma del gasto privado y público) e inevitablemente, sus propios ingresos. De tal modo, dificulta el objetivo original de reducir el déficit. 

Es evidente entonces que debe haber otra motivación, no económica, para defender la austeridad. En la práctica, los partidarios de la austeridad se dividen en tres tribus bastante diferentes, cada una de las cuales tiene motivos propios para promoverla. 

La primera, y la más conocida, de las tribus de la austeridad obra motivada por una tendencia a comparar al Estado con una empresa o una familia, que debe ajustarse el cinturón en los malos tiempos. Pero al desestimar la interdependencia crucial que hay entre el gasto del Estado y sus ingresos (tributarios), una interdependencia de la que empresas y familias están exentas, los miembros de esta tribu dan el salto intelectual erróneo que va de la frugalidad privada a la austeridad pública. Pero no es un error arbitrario, sino fuertemente motivado por un compromiso ideológico con el achicamiento del Estado, que a su vez oculta un interés de clase más siniestro en la redistribución de riesgos y pérdidas hacia los pobres. 

La segunda tribu de la austeridad, no tan reconocida, puede hallarse en la socialdemocracia europea. Para tomar un ejemplo destacado, cuando estalló la crisis de 2008, el ministerio de finanzas de Alemania estaba en manos de Peer Steinbrück, un importante miembro del Partido Socialdemócrata. Casi de inmediato, Steinbrück prescribió una dosis de austeridad como respuesta óptima de Alemania a la Gran Recesión. 

También promovió una enmienda constitucional que prohibiera a todos los gobiernos alemanes futuros apartarse de la austeridad, por profunda que sea una desaceleración económica. ¿Por qué, podemos preguntarnos, querría un socialdemócrata convertir la contraproducente austeridad en un mandato constitucional durante la peor crisis del capitalismo en décadas? 

Steinbrück dio la respuesta en el Bundestag en marzo de 2009. Su retorcido argumento podría resumirse en esta frase: “¡Es la democracia, estúpido!”. En un contexto de quiebras de bancos y una recesión imponente, opinó que el déficit fiscal quita a los gobernantes electos “margen de maniobra” y despoja al electorado de alternativas significativas. 
Aunque Steinbrück no lo dijo con todas las letras, su mensaje subyacente fue claro: incluso si la austeridad destruye empleos y perjudica a la gente común, es necesaria para preservar un margen para la decisión democrática. Extrañamente, no se le ocurrió que, al menos durante una recesión, hay un modo mejor de preservar ese margen, sin ajuste fiscal: aumentar los impuestos a los ricos y las prestaciones sociales a los pobres. 

La tercera tribu de la austeridad es estadounidense, y tal vez la más fascinante de las tres. Mientras los thatcheristas británicos y los socialdemócratas alemanes practicaban la austeridad en un desacertado intento de eliminar el déficit fiscal, a los republicanos estadounidenses no les preocupa realmente contener el déficit del gobierno federal, ni creen que lo lograrán. Tras ganar la elección con una plataforma que proclamaba el odio al Estado grande y el compromiso con achicarlo, proceden a aumentar el déficit fiscal federal aprobando grandes rebajas de impuestos para sus donantes ricos. Aunque parecen totalmente libres de la fobia al déficit de las otras dos tribus, el objetivo de los republicanos (“matar de hambre a la bestia”, esto es, al sistema de prestaciones sociales estadounidense) es proausteridad hasta la médula. 

En este sentido, Donald Trump es un republicano hecho y derecho. Ayudado por la exorbitante capacidad del dólar para atraer compradores de deuda pública estadounidense, puede dar por sentado que cuanto más aumente el déficit fiscal federal (mediante dádivas impositivas a los de su clase), mayor será la presión política sobre el Congreso para recortar la seguridad social, Medicare y otros programas. Así, echan por la borda la justificación usual de la austeridad (equilibrio fiscal y contención de la deuda pública) y van directo a su objetivo político más profundo: eliminar las ayudas a los muchos y redistribuir el ingreso entre los pocos. 

En tanto, independientemente de los objetivos de los políticos del establishment y sus cortinas de humo ideológicas, el capitalismo siguió evolucionando. Hace mucho que la inmensa mayoría de las decisiones económicas ya no las toman las fuerzas del mercado, sino un hipercartel estrictamente jerárquico (aunque bastante laxo) de corporaciones globales. Sus directivos fijan precios, determinan cantidades, manejan expectativas, fabrican deseos y se complotan con políticos para crear pseudomercados que subsidian sus servicios. La primera víctima fue el objetivo de pleno empleo de tiempos del New Deal, oportunamente reemplazado por la obsesión con el crecimiento. 

Más tarde, en los noventa, cuando el hipercartel se financierizó (y empresas como General Motors se convirtieron en grandes corporaciones financieras especulativas que a veces también fabrican autos), se sustituyó el objetivo del crecimiento del PIB por el de “resiliencia financiera”: una incesante inflación de activos de papel para los pocos y austeridad permanente para los muchos. Este mundo feliz se convirtió naturalmente en entorno propicio para las tres tribus de la austeridad, a cuya supremacía ideológica cada una de ellas hizo un aporte especial propio. 

De modo que la ubicuidad de la austeridad refleja una dinámica general que, disfrazada de capitalismo de libre mercado, está creando un sistema económico global financierizado, jerárquico y cartelizado. Triunfa en Occidente porque tres poderosas tribus políticas lo defienden. Los enemigos del Estado grande (que ven en la austeridad su gran oportunidad de achicarlo) unen fuerzas con los socialdemócratas europeos (que sueñan con tener más opciones cuando lleguen al gobierno) y con los republicanos desgravadores (decididos a desmantelar el New Deal estadounidense de una vez y para siempre). 

El resultado no es sólo un padecimiento innecesario para amplias franjas de la humanidad. También presagia un terrible círculo vicioso global de aumento de la desigualdad e inestabilidad crónica. 
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viernes, 5 de junio de 2015

Amartya Sen: Las consecuencias económicas de la austeridad

Onésimo Alvarez-Moro
@onesimohere


Hace décadas, en 1919, John Maynard Keynes publicó "The Economic Consequences of Peace" (Las consecuencias económicas de la paz) donde se refería al tratado de paz que los victoriosos en la primera guerra mundial firmaron en Versailles para mantener a Alemania, el perdedor en la guerra, bajo las botas de deuda y de reparaciones de guerra. Sin hablar de la parte política, ya que no hacemos política en estas páginas, Keynes criticó el tratado porque decía que mantendría a los pueblos de Europa, y especialmente al pueblo alemán, en la miseria.
El premio Nobel de economía, profesor Amartya Sen, nos recuerda lo que dijo John Maynard Keynes, en su artículo titulado: "The economic consequences of austerity" (Las consecuencias económicas de la austeridad), y nos dice que ve el mismo ambiente que en estos momentos con tantos países rodeando en grupo a Grecia, y no sólo la odiada Troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional).
Profesor Sen argumenta en contra de la austeridad que, en la situación en que se ha encontrado la economía mundial, la austeridad sólo lleva a cada vez más sufrimiento y, en la situación actual de Grecia, eso es lo que estamos viendo. Está claro que Grecia ha prometido mucho y cumplido poco pero, como mínimo, es muy desagradable ver a todos contra uno en las actuales negociaciones.
Como nos ha dicho Marco Antonio, hasta economistas del Fondo Monetario Internacional (FMI)admiten que pagar la deuda demasiado rápido impacta, quizás demasiado, el crecimiento que tantos buscan.
Yo no me encuentro en ninguno de los dos lados del debate, como he explicado en "El debate estéril entre el 'gran despilfarro' y la 'austeridad'"
Es verdad que es muy necesario que Grecia introduzca las medidas estructurales, especialmente en el lado de la oferta para asegurar que su economía se sitúe en el camino del crecimiento sostenible.
Políticas que traen más competitividad, más flexibilidad, ser más atractivo para los inversores, tanto los internacionales como los nacionales, más productividad, ser más atractivo para que los depositantes no saquen su dinero de los bancos griegos y sacarlo del país (como han estado haciendo los griegos desde hace tiempo), etc. etc. etc. Necesitan medidas económicas estructurales y equilibrio en los presupuestos.
Pero ya he dicho reiteradas veces que las prisas no funcionan en la economía. Lo que si funcionan son la claridad, la consistencia y la credibilidad de las medidas. Como ya he hablado en estas páginas:
Décadas de malas políticas económicas no se resuelven en meses ni en los pocos años que se están proponiendo. Como dije hace tiempo refiriéndome a la situación griega:
…las medidas que si convencerán deben ser de muy largo plazo, ya que se tardó décadas en llegar a donde estamos y los griegos no pueden salir en meses. Estas propuestas darán al gobierno griego el tiempo para introducir medidas moderadas y disciplinadas que, con el tiempo, les permitirán reconducir su economía, sin meter al pueblo griego en la pobreza, mientras, con el tiempo, hacen frente a sus obligaciones.