Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

viernes, 12 de octubre de 2018

Elecciones intermedias en Estados Unidos: la gente contra el dinero



NUEVA YORK – Todas las miradas están puestas en Estados Unidos, conforme se aproximan las elecciones legislativas de noviembre. El resultado responderá muchas preguntas inquietantes que se plantearon hace dos años, cuando Donald Trump ganó la elección presidencial.

¿Proclamará el electorado estadounidense que Trump no es aquello que Estados Unidos representa? ¿Repudiarán los votantes su racismo, su misoginia, su nativismo y su proteccionismo? ¿Dirán que su política de “Estados Unidos primero”, contraria a la legalidad internacional, no se corresponde con los valores que defiende Estados Unidos? ¿O por el contrario, confirmarán que la victoria de Trump no fue un accidente histórico, derivado de un proceso de primarias republicano que produjo un candidato deficiente y de un proceso de primarias demócrata que produjo la adversaria ideal para Trump?

Mientras oscila en la balanza el futuro de Estados Unidos, las causas del resultado de 2016 son objeto de apasionados debates, que no son meramente académicos. Se trata de definir la postura que el Partido Demócrata (y otros partidos similares de la izquierda en Europa) deben adoptar para obtener la mayor cantidad posible de votos. ¿Deben inclinarse hacia el centro o concentrarse en movilizar a nuevos votantes jóvenes, progresistas y entusiastas?

Hay buenos motivos para pensar que la segunda opción es la mejor para obtener la victoria electoral y frenar los peligros que genera Trump.

La participación electoral estadounidense es exigua, y peor aún en los años en que la elección no es presidencial. En 2010, sólo votó el 41,8% del electorado; en 2014, sólo emitió su voto el 36,7% de los votantes habilitados (según datos de United States Elections Project). La participación demócrata es incluso peor, aunque en este ciclo electoral parece que está en alza.

Muchos estadounidenses dicen que no van a votar porque gane quien gane, los dos partidos son prácticamente indistinguibles. Pero Trump demostró que no es verdad. Los republicanos que el año pasado se quitaron el disfraz de la disciplina fiscal y votaron una inmensa rebaja de impuestos para los multimillonarios y las corporaciones demostraron que no es verdad. Y los senadores republicanos que apoyaron la designación de Brett Kavanaugh para la Suprema Corte (pese a que dio falso testimonio ante el Senado y a las pruebas totalmente creíbles de su conducta sexual inapropiada en el pasado) demostraron que no es verdad.

Pero la apatía de los votantes también es responsabilidad de los demócratas. El partido debe superar una larga historia de colusión con la derecha, desde la presidencia de Bill Clinton con la rebaja del impuesto a las plusvalías (que enriqueció al 1% más rico) y la desregulación de los mercados financieros (que contribuyó a producir la Gran Recesión), hasta el rescate de bancos en 2008 (que ofreció muy poco a los trabajadores desplazados y a los propietarios que enfrentaban una ejecución hipotecaria). En el último cuarto de siglo, a veces pareció que el partido estaba más interesado en obtener el apoyo de los que viven de la renta del capital que de los que viven del salario. Muchos que se abstienen de votar se quejan de que los demócratas sólo atacan a Trump y no proponen ninguna alternativa real.

El ansia de una clase distinta de contendiente se evidencia en el apoyo de los votantes a propuestas progresistas como el ex candidato presidencial Bernie Sanders y la neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez (28 años), que hace poco derrotó en una primaria del partido a Joseph Crowley, cuarto en orden de jerarquía en el bloque demócrata en la Cámara de Representantes.

Progresistas como Sanders y Ocasio-Cortez lograron presentar un mensaje atractivo a los mismos votantes que los demócratas deben movilizar para ganar. Buscan restaurar el acceso a una vida de clase media a través de una oferta de empleos dignos bien remunerados, el restablecimiento de una idea de seguridad financiera y el acceso a educación de calidad (sin el endeudamiento asfixiante que hoy enfrentan tantos graduados que tomaron préstamos estudiantiles) y a atención médica digna cualquiera sea la situación de salud previa del beneficiario. Propugnan la vivienda accesible y una jubilación segura, en la que los ancianos no sean presa de la codicia del sector financiero. Y buscan una economía de mercado justa, más dinámica y competitiva, mediante la limitación de los excesos del poder de mercado, la financierización y la globalización, y el fortalecimiento del poder de negociación de los trabajadores.

Estos beneficios de una vida de clase media son alcanzables. Lo eran hace medio siglo, cuando el país era considerablemente más pobre que ahora; y lo son todavía hoy. De hecho, ni la economía de Estados Unidos ni su democracia pueden permitirse no fortalecer a la clase media. Y para hacer realidad esta visión, es esencial el uso de políticas y programas estatales (lo que incluye proveer alternativas públicas en seguros de salud, complementación de prestaciones de retiro y crédito hipotecario).

La explosión de apoyo a estas propuestas progresistas y a los dirigentes políticos que las sostienen me llena de esperanza. Estoy convencido de que estas ideas prevalecerían en cualquier democracia normal. Pero la política estadounidense está corrompida por el dinero, por la manipulación partidista del trazado de distritos electorales y por intentos masivos de privación del derecho al voto. La reforma impositiva de 2017 fue prácticamente un soborno a las corporaciones y a los ricos para que vuelquen sus recursos financieros en la elección de 2018. Las estadísticas demuestran el enorme peso del dinero en la política estadounidense.

Pero aun con una democracia defectuosa (incluido en esto la existencia de un esfuerzo concertado para evitar que algunos voten) el poder del electorado estadounidense importa. Pronto descubriremos si importa más que el dinero que ingresa a las arcas del Partido Republicano. El futuro político y económico de Estados Unidos, y casi con certeza la paz y la prosperidad de todo el mundo, dependen de la respuesta.

Traducción: Esteban Flamini


JOSEPH E. STIGLITZ  a Nobel laureate in economics, is University Professor at Columbia University and Chief Economist at the Roosevelt Institute. His most recent book is Globalization and Its Discontents Revisited: Anti-Globalization in the Era of Trump.

Bloqueo de Estados Unidos a Cuba 2017.


Obama prometió y Trump sobrecumplió

Por Francisco Rodríguez, Trabajadores 

El impacto económico del bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba es hoy cuatro veces mayor que hace casi tres décadas, y algunas de las supuestas medidas de apertura del gobierno de Obama nunca se aplicaron, trascendió este jueves en una audiencia pública convocada por la Comisión de Asuntos Económicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular.


Si el costo promedio anual de las sanciones contra Cuba hasta 1990 fue de mil 71 millones de dólares, en el último periodo entre abril de 2017 y marzo de este año la cifra de los daños se multiplicó por cuatro hasta alcanzar los 4 mil 321 millones, explicó José Luis Rodríguez, asesor del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial y uno de los panelistas en la sesión parlamentaria que tuvo lugar en la sede de la Asociación Nacional de Economistas y Contadores de Cuba.

La utilización del dólar estadounidense en las operaciones internacionales de Cuba, una de las supuestas flexibilidades de la época del presidente Obama, nunca se aplicó, ejemplificó el académico.

Con la presencia de diputados, economistas, investigadores, estudiantes universitarios, la audiencia también reveló los efectos particularmente nocivos que ha tenido el recrudecimiento del bloqueo por parte de la administración de Donald Trump, en particular en el sector financiero y bancario donde los perjuicios superaron en esta última etapa los 538 millones de dólares, de acuerdo con el doctor Jesús Pulido Catasú.

Unas 128 operaciones financieras o bancarias confrontaron obstáculos insuperables para su realización el pasado año, cifra superior al periodo precedente, informó el experto, quien puso ejemplos de las presiones y multas por parte de OFAC estadounidense a empresas o bancos extranjeros que se relacionan con entidades o ciudadanos cubanos.

El dolor y sufrimiento que tal política provoca no es cuantificable, expresó por su parte el doctor Alfredo García, director del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas, al explicar la metodología y fundamentos jurídicos que rigen los rigurosos cálculos anuales que Cuba realiza sobre los daños económicos del bloqueo.

Tampoco es posible estimar el impacto negativo que ha causado esa guerra contra Cuba en el sistema de dirección de la economía, al obligar al país a trabajar en condiciones similares a una economía de guerra, con decisiones en la importación que obligan a cuantiosos gastos de recursos financieros.

En el debate hubo además un recorrido histórico por el complejo entramado jurídico que desde hace 60 años sostiene el bloqueo contra Cuba, que si bien existe formalmente desde febrero de 1962, inició prácticamente desde el propio año del triunfo revolucionario en 1959.

Según los expertos, de no existir este régimen de penalizaciones y persecución Cuba podría representar para los Estados Unidos un mercado potencial de productos agropecuarios de unos dos mil millones de dólares anuales y el destino para unos dos millones de turistas, lo cual junto a otros sectores conllevaría a que automáticamente el Producto Interno Bruto de la Isla crecería cada año un 2 por ciento más.

Participantes en la audiencia ofrecieron testimonios de las afectaciones que el bloqueo produce en la salud pública cubana, el desarrollo científico-técnico, las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía en general.

“¿Cuánto habríamos hecho con 4 mil millones de dólares más en un año? ¿Cuántas vidas hubiéramos salvado?, interrogó al final Ramón Labañino, Héroe de la República de Cuba y vicepresidente de la Anec.

La Alianza Transatlántica sobrevivirá a Trump


Por Mark Weisbrot

Este artículo fue publicado por Público el 7 de octubre de 2018. Una versión de este artículo fue publicada en inglés por The Nation el 27 de agosto de 2018. Si el texto a continuación aparece distorsionado, por favor pulse aquí para una versión sin errores de formato. Para ver la versión original en inglés, por favor pulse aquí. Si desea publicar este artículo, por favor infórmele a CEPR respondiendo a este mensaje. Si este correo electrónico fue enviado a usted por un tercero, suscríbase a las listas de correo electrónico de CEPR.

Cada semana y, con frecuencia, más de una vez por semana, aparece un nuevo artículo en los principales medios de comunicación o en publicaciones de política exterior sobre la desaparición del orden mundial angloamericano posterior a la Segunda Guerra Mundial. Generalmente, estos análisis hablan de la Alianza Transatlántica entre EEUU y Europa ―dos de las economías más grandes del mundo― con especial preocupación y nerviosismo por la posible pérdida de este orden mundial. No es de extrañar que haya contribuido a esta angustia los comentarios salvajemente erráticos del presidente Trump sobre la OTAN (a pesar del hecho de que él la está ampliando), sus groserías sin precedentes hacia los líderes europeos y su amistad con Putin en la cumbre de Helsinki.

La historia elemental detrás de este lamento y melancolía es que los líderes de Estados Unidos construyeron un sistema “basado en reglas”, sustentado en los “mercados abiertos” y la democracia (ambos se ven a veces como sinónimos); un sistema que ha fomentado la prosperidad y una relativa estabilidad. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue la única economía industrial importante que surgió no solo indemne, sino con su economía duplicada en tamaño. Mientras que otros podrían haber aprovechado este poder sin igual para su propio beneficio; según la historia, los gobernantes caritativos de Estados Unidos construyeron un orden mundial para el bien de todos. Trump es visto como una amenaza al mantenimiento de su existencia.

Este análisis del orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial no incluye a alrededor de tres millones de vietnamitas muertos y a medio millón de muertos en Indonesia, quienes podrían cuestionar el altruismo de este sistema, si es que no los hubieran matado. Más recientemente, un millón de iraquíes muertos, si pudieran ser escuchados, probablemente cuestionarían que el dominio estadounidense ha sido en interés de todos. Y hay cientos de millones de personas en América Latina, África y Asia que sufrieron durante décadas bajo dictaduras respaldadas por Estados Unidos, así como guerras patrocinadas por Estados Unidos. Gran parte de la actual disfuncionalidad violenta en estos países es un resultado directo de estas intervenciones, así como de la continua influencia de EEUU.

De hecho, mientras escribo esto, el Ejército estadounidense está directamente involucrado en una guerra en Yemen que ha producido deliberadamente lo que la ONU ha llamado la peor crisis humanitaria del mundo. Ha llevado a más de ocho millones de personas al borde de la hambruna, ha creado el peor brote de cólera en la historia moderna y ha matado a miles de civiles en bombardeos. Estados Unidos está proporcionando reabastecimiento en el aire a los bombarderos de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, asistencia en inteligencia y en identificación de blancos y personal militar en el terreno, entre otras ayudas (solo está relativamente constreñido gracias a la creciente oposición en el Congreso estadounidense).

Pero ignoremos estas verdades incómodas por un momento, como lo hacen casi todos estos análisis.

Echemos un ojo a la situación actual. La Alianza Transatlántica es mucho más sólida de lo que reconocen la mayoría de estos analistas. Esto se debe principalmente a que no es solo una alianza de Gobiernos democráticos con valores compartidos, sino también una alianza de los países ricos del mundo ―es decir, de sus líderes― contra los países pobres y de medianos ingresos del mundo.

Las reglas de la Organización Mundial del Comercio, a las que están sujetos 164 países, fueron escritas por corporaciones estadounidenses y europeas. El logro más significativo de la OMC desde su creación en 1995 fue aumentar la protección de las patentes al estilo estadounidense en todo el mundo, lo que provocó la muerte de millones de personas de bajos recursos que no tenían la posibilidad de acceder a medicamentos esenciales. Después de años de lucha, algunas de estas reglas fueron reescritas, pero aún queda un gran remanente del daño causado. Las normas de agricultura de la OMC también ponen en gran desventaja a los países en desarrollo y buscan prohibir que los Gobiernos subsidien la producción nacional para el consumo interno que tiene el fin de alimentar a las personas profundamente desnutridas; por ejemplo, en India. Las normas de la OMC también hacen que sea mucho más difícil para los países en desarrollo aplicar las políticas industriales que fueron empleadas por los países de altos ingresos, como Estados Unidos, para llegar a donde están hoy.

El Fondo Monetario Internacional, una organización que tiene como miembros a 189 países, es administrado por Estados Unidos y Europa. De hecho, para la mayor parte del mundo fuera de Europa es el Departamento del Tesoro de Estados Unidos el que maneja al FMI. El Banco Mundial, que por costumbre desde 1946 debe tener un presidente que sea estadounidense, también está controlado por Estados Unidos y sus aliados, y coopera con el FMI en la promoción e imposición de políticas económicas que Washington apoya. Estas políticas a menudo no benefician a los países en desarrollo, como cabría esperar de las organizaciones que no rinden cuentas a los países de bajos y medianos ingresos, ni a ningún electorado.

Estas son las instituciones de gobernanza global que ejercen el poder en el mundo, además del Consejo de Seguridad de la ONU, donde la Alianza Transatlántica debe compartir el poder de veto con Rusia y China. Durante la mayor parte del último medio siglo, el FMI ha sido la vía más importante de influencia de Estados Unidos sobre los países de ingresos bajos y medios. Se ha ubicado a la cabeza del cártel de los acreedores, que decide que los países que no acepten las condiciones del FMI no obtendrán préstamos de otros prestamistas multilaterales (por ejemplo, el Banco Mundial) y, en ocasiones, ni siquiera del sector privado. Este cártel perdió influencia en la mayoría de los países de ingresos medios en la primera década del siglo XXI, pero está resurgiendo (por ejemplo, en Argentina) y todavía mantiene el cártel de sus acreedores en los países pobres.

Los líderes europeos están bastante enojados con la derogación unilateral del Gobierno de Trump del Plan de Acción Integral Conjunto, el acuerdo negociado con Irán que había puesto fin a la amenaza de que desarrollara armas nucleares en un futuro previsible. Claramente, Europa se enfrenta a mayores riesgos en materia de seguridad en Medio Oriente, incluida la amenaza de guerra de Trump contra Irán; sin mencionar todos los problemas políticos que han sido creados por la afluencia de refugiados que fue principalmente el resultado de la intervención de Estados Unidos en la región. Pero, ¿qué hicieron al respecto, después de que sus ansiosas súplicas con Trump no lo convencieron? Nada, porque estos líderes ―no la gente de Europa, a la que han jodido gravemente desde la Gran Recesión― necesitan a su querido cómplice.

Estados Unidos es el gendarme del orden económico y político global de los países ricos. Esto se debe en parte a que EEUU no sufrió la destrucción que sufrió Europa en las guerras mundiales, y en parte porque los europeos han desarrollado Estados del bienestar que no permiten el gasto militar increíblemente derrochador que mantiene 800 bases militares estadounidenses en todo el mundo.

Pero las armas de destrucción masiva (y de destrucción ordinaria) de Washington no son, de ninguna manera, la totalidad de su arsenal. Se le suma el "privilegio exorbitante" de poder imprimir la moneda más importante del mundo, que representa el 60 por ciento de las reservas mundiales en poder de los bancos centrales. Cuando Lehman Brothers colapsó en 2008 y la crisis financiera mundial estalló, la Reserva Federal organizó permutas de divisas para sus socios europeos, con el fin de asegurarse de que no sufrieran ningún problema temporal de liquidez internacional. Al otro lado de la brecha, si no gravitas bajo la órbita de Washington, el sistema financiero mundial dolarizado le otorga a EEUU mucho más poder que a otros países para imponer sanciones contra ti (por ejemplo, en los casos de CubaVenezuela e Irán); sin, o incluso en contra de los deseos de las Naciones Unidas.

La élite de Europa está ligada a los gobernantes de Estados Unidos en virtud de su interés común en mantener el dominio de la economía mundial. Esto, a pesar de la realidad: el hecho de que sus botines no alcanzan a la ciudadanía de Estados Unidos o de Europa.
Esta dominación angloamericana no durará para siempre. Eurasia, la masa terrestre más grande del mundo, que crió las potencias coloniales que conquistaron al mundo, continúa aumentando su integración económica, a pesar de los grandes esfuerzos de Estados Unidos para contrarrestar esta tendencia histórica mundial, con sus intentos de acuerdos comerciales como el TPP y el TTIP. La economía de China ya es un 25 por ciento más grande que la de Estados Unidos sobre la base de la paridad del poder adquisitivo (esta es la medida más utilizada por los economistas para las comparaciones internacionales, ya que toma en cuenta las diferencias de precios entre los países). Se proyecta que en una década la economía china será dos veces más grande que la de Estados Unidos.

Con el tiempo, los países europeos, dirigidos por sus corporaciones e instituciones financieras, mirarán más hacia el este y menos hacia el oeste, a medida que el mundo se vuelva más multipolar y la participación de Estados Unidos en la economía mundial se reduzca. Pero para un futuro cercano, las élites de EEUU y Europa se necesitan mutuamente, ya que el hegemón global intenta aferrarse a su posición no elegida. Trump puede ser tan grosero, rudo e ignorante como quiera con sus aliados europeos; aún así, no los hará rebelarse contra "el líder del mundo libre".
Mark Weisbrot
Mark Weisbrot es codirector del Centro de Investigación en Economía y Política (Center for Economic and Policy Research, CEPR) en Washington, DC y presidente de la organización Just Foreign Policy. También es autor del libro "Fracaso. Lo que los 'expertos' no entendieron de la economía global" (Akal, Madrid, 2016).

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—Mario Solis Marich, periodista