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domingo, 27 de diciembre de 2020

Un as bajo la manga de América Latina para la reconstrucción post-COVID


Muchos expertos consideran que la bioeconomía es uno de los motores para una recuperación económica sostenible post-COVID-19. América Latina experimenta un gran interés por el desarrollo de políticas públicas relacionadas con la bioeconomía, indicó a Sputnik Adrián G Rodríguez, jefe de la Unidad de Desarrollo Agrícola y Biodiversidad de la CEPAL.

En el comunicado en ocasión del 3 Global Bioeconomy Summit 2020 se destacó que la transición a la bioeconomía es más crítica que nunca, subrayando que la "urgencia proviene de la realidad de las amenazas ambientales globales, las oportunidades que brindan las nuevas ciencias y las consecuencias del COVID-19". Los miembros del Consejo Asesor Internacional sobre Bioeconomía Global indicaron que la bioeconomía es un elemento clave para la reconstrucción pospandémica. 

Asimismo, la CEPAL destaca a la bioeconomía junto con la economía circular, las energías renovables, el turismo sostenible y la economía digital como uno de los sistemas sectoriales para avanzar hacia esa recuperación transformadora.
Bioeconomía en América Latina

En América Latina, en los últimos cinco años ha habido un interés creciente por el desarrollo de políticas públicas relacionadas con la bioeconomía, señaló en una entrevista con Sputnik Adrián G. Rodríguez, jefe de la Unidad de Desarrollo Agrícola y Biodiversidad de la División de Recursos Naturales de la CEPAL. 

Informó que durante el 2020, en medio de la pandemia de la COVID-19, dos países de la región lanzaron sus estrategias nacionales de bioeconomía.

Costa Rica lo hizo el 7 de agosto, al proclamar la Estrategia Nacional de Bioeconomía Costa Rica 2020 – 2030. Por su parte, el 5 de diciembre, Colombia anunció la Misión Bioeconomía.

"Aunque el desarrollo de ambas estrategias inició antes de la pandemia, ambas han sido visualizadas como marcos de política pública relevantes para las estrategias de recuperación pos-COVID-19", subrayó el funcionario, al agregar que la CEPAL brindó asistencia técnica a estos países.

Asimismo, en Uruguay la preparación de la Estrategia Nacional de Bioeconomía Sostenible está en la fase final, agregó.

Además, en Argentina y Brasil han habido avances sustanciales en ámbitos relacionados con la bioeconomía, como la biotecnología agrícola e industrial y la bioenergía. Aunque todavía no cuentan con una Estrategia Nacional de Bioeconomía, en ambos países se han desarrollado esfuerzos en esa dirección, señaló Adrián Rodríguez.


Detalló que Brasil ha sido pionero en la producción de etanol a partir de la caña de azúcar, y cuenta con políticas de avanzada para fomentar la producción agropecuaria sostenible, como el Programa de Agricultura Baja en Carbono (ABC). 

Asimismo, en Brasil, como parte de la Estrategia Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2016 – 2022, se creó en 2018 el Plan de Acción de Ciencia, Tecnología e Innovación en Bioeconomía, bajo el liderazgo del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovación y Telecomunicaciones, que también trabaja actualmente en el desarrollo de un Observatorio Brasileño de Bioeconomía. También en el país existen programas relacionados con el Ministerio de Agricultura y Alimentación, como el Programa Bioeconomía Brasil - Sociobiodiversidad y el Programa Nacional de Bioinsumos.

Por su parte, Argentina se ha posicionado globalmente como un productor importante de biodiesel, a partir de soja. Es líder en la región en el ámbito de la biotecnología agrícola, y durante los últimos 5 años ha incursionado en la producción de bioenergía aprovechando desechos agropecuarios, indicó el funcionario.

Además, en Argentina desde 2015 se han realizado diálogos regionales de bioeconomía, en reconocimiento de los distintos potenciales que existen para su desarrollo a lo largo del país. Como resultado fue creada la Comisión Nacional de Bioinsumos y desarrollada la Estrategia de Bioeconomía de la Provincia de Buenos Aires.

Cómo pasar de una economía tradicional a la bioeconomía

El experto puntualizó que la bioeconomía puede concebirse como un nuevo paradigma tecnoproductivo, y también como un marco para la articulación de políticas para avanzar hacia un modelo de desarrollo sostenible. 

Como nuevo paradigma tecno-productivo usa las tecnologías que derivan de la revolución en las ciencias biológicas de las últimas décadas y de la convergencia de ellas con otras nuevas tecnologías, sobre todo las tecnologías digitales y la nanotecnología. Los recursos biológicos son la base material y energética de la bioeconomía.

La bioeconomía busca articular políticas para la gestión sostenible de los recursos naturales de origen biológico, con políticas de desarrollo productivo e innovación, explicó.

"El paso de una economía tradicional a la bioeconomía requiere nuevos esquemas institucionales, que fomenten la colaboración entre los sectores público-privado-y de investigación y desarrollo, para generar políticas que fomenten la innovación y el desarrollo de incentivos para que los productos de la bioeconomía puedan llegar al mercado", declaró Adrián Rodríguez.

Por otro lado, el experto destacó la importancia de la colaboración entre los sectores productivos tales como, agricultura e industria, "para generar los encadenamientos a partir de los cuales se obtienen productos nuevos o que sustituyen productos de origen fósil".

El funcionario subrayó que la bioeconomía es "intrínsecamente multisectorial e interdisciplinaria". 

"Al interior del sector público es fundamental la participación articulada de todos los sectores relevantes; por ejemplo, ciencia y tecnología, ambiente, recursos naturales, industria, energía, y agricultura, ganadería y pesca, e incluso salud y comercio exterior", sostuvo, al detallar que la selección dependerá de las características del país y de la orientación de su estrategia de bioeconomía.



© FOTO : PIXABAY/FREE-PHOTOS

La articulación de inversiones y de incentivos, la existencia de marcos legales concordantes con el desarrollo del conocimiento científico relevante y que promuevan la innovación y el emprendimiento, son también factores importantes para alcanzar los objetivos de la bioeconomía, según el funcionario. 

Entre otros factores fundamentales enumeró la equivalencia entre las condiciones de acceso a mercado para los productos de la bioeconomía y de origen fósil "considerando que éstos no internalizan los costos ambientales que se generan en su producción".

Además, la comunicación con la sociedad es otro factor importante, que permitirá generar conciencia de las ventajas que ofrece la bioeconomía, como un modelo de desarrollo alternativo al modelo de basado en los recursos fósiles, en línea con el gran objetivo del combate del cambio climático.

Biodiesel: potencial y desafíos en América Latina

La bioeconomía permite avanzar hacia una sociedad menos dependiente de los recursos fósiles. Sin embargo, Adrián Rodríguez señaló que la producción de biocombustibles genera opiniones encontradas. Por un lado está la posible competencia por el uso de materias primas que también se usan como alimentos. Por otro lado, se encuentra la competencia por el uso de la tierra que sirve para la producción de alimentos y de cultivos energéticos. 




El experto indicó que para garantizar la sostenibilidad de la bioeconomía, incluyendo la producción de biocombustibles, la FAO ha abordado los posibles impactos sobre la producción de alimentos: el desarrollo de la bioeconomía sostenible debe apoyar y garantizar la seguridad alimentaria y la nutrición en todos los niveles así como el uso de la tierra y otros recursos naturales.

En cuanto a América Latina, el representante de la CEPAL afirmó que Argentina y Colombia son identificados como países con potencial para la producción de biodiesel. Detalló que en Argentina se produce principalmente a partir del cultivo de la soja; y en Colombia de la producción de palma aceitera.

"Se considera que con ello no solo se contribuye a la sustitución de biodiesel de origen fósil, sino también al desarrollo de economía locales, y a la agregación de valor a materias primas agrícolas", aseguró.

Por otro lado, el funcionario señaló que la introducción de los biocombustibles en general y del biodiesel en particular, enfrenta actualmente retos, además de garantizar la sostenibilidad en su producción

"Uno de ellos son los bajos precios de los combustibles fósiles; otro es el surgimiento de alternativas que a largo plazo resultan más prometedoras, como el hidrógeno, sobre todo en el transporte de carga y en el transporte público, en ciudades", afirmó. 

Asimismo, destacó que las grandes reservas de gas y petróleo en Argentina podrían limitar una mayor penetración del biodiésel.


© AP PHOTO / HASAN JAMALI
Entre otros desafíos el funcionario mencionó la factibilidad técnica, es decir los cambios en los motores a gran escala. Y también está la factibilidad política, "sobre todo en aspectos relacionados con el rumbo que se les dé a las políticas de energía en los próximos años, y a su vínculo con otros objetivos, como el de la descarbonización", indicó.

El experto agregó que la sustitución total del diésel es un proceso paulatino y a largo plazo, aunque evitó opinar sobre los plazos que tomaría. 

"Es posible que el biodiésel sea un combustible de transición hacia otras alternativas todavía en desarrollo, entre las cuales, la más prometedora a largo plazo posiblemente es el hidrógeno", concluyó.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Bioeconomía, la economía desde otros ángulos

Por Carles Manera

Carles Manera, Catedrático de Historia Económica en la UIB, es miembro de Economistas Frente a la Crisis
Conectar la economía con las ciencias de la naturaleza, he aquí un reto importante para los científicos sociales: enlazar biología y termodinámica con la economía, matizando el exceso de formalismo matemático y enfatizando factores de carácter cualitativo. La capacidad de relacionar la crematística y la economía –en el sentido aristotélico de tales conceptos– es lo que puede proporcionar una clave interpretativa mucho más ajustada de la evolución económica. Sin embargo, no puede decirse que no se hayan prodigado estudios sobre esa estrecha relación, si bien con metodologías y planteamientos teóricos muy distintos. Los resultados se han cultivado sobre todo en el ámbito académico y, en algunos casos, se han trasladado ideas y reflexiones a la política activa.
Los aspectos tratados pueden agruparse en sendos bloques: temas que atañen a la economía ambiental; y los que se sumergen en la economía ecológica:
En el primer caso, el instrumental aplicado es el neoclásico, orientado a aspectos como, por ejemplo, la disposición a pagar para mantener un determinado recurso natural o paisajístico y aproximaciones a su valoración económica.
En el segundo, se han utilizado datos no crematísticos, de carácter biofísico –consumo territorial, producción de residuos, contaminación, etc.–, sin traslación directa a los precios. La distinción entre precio y valor es aquí muy significativa, de forma que indicadores, como por ejemplo la huella ecológica, se han hecho presentes en el ámbito de las ciencias sociales.
Estas investigaciones no han inferido, empero, la asunción de sus resultados en las políticas públicas. Esto es un problema que diluye las sensaciones que se viven en el panorama de las políticas públicas, sensaciones que urge cuantificar. En concreto: la disposición de magnitudes específicas que faciliten la toma de decisiones. Su culminación permitiría traspasar la cortina entre la investigación y su aplicación; el ascenso, en definitiva, a la política económica.
La confección de indicadores responde a ese reto. La economía no dispone “de oficio” –por llamarlo así; es decir, con cálculos regulares por parte de la administración– de una batería de variables al respecto. Los fundamentos bibliográficos sobre estas cuestiones son abundantes. De todas las contribuciones, la visión de las leyes de la termodinámica se convierte en una encrucijada –y un acicate– para los científicos sociales. Aquí, de nuevo, la ligazón entre economía y ciencias naturales emerge con solvencia.
En tal sentido, la asimilación de los principios de la termodinámica a la economía, propuesta en 1974 por el economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, significa asumir –o tener muy en cuenta– las reglas que provienen de la biología, la física y la química. Este autor aboga por una ampliación en el análisis de los procesos económicos –incorporando métodos y teorías provenientes de las ciencias de la naturaleza–, con un corolario claro: el crecimiento económico provoca desorden en todos los ámbitos y, obviamente, en el entorno ambiental. De ahí que sea transcendental una disección precisa sobre los impactos ecológicos que promueve un determinado tipo de crecimiento, y que sea importante realizar mediciones que no se circunscriban a los parámetros convencionales en la economía académica. Así, las investigaciones que se han desarrollado detallan aspectos importantes como las calidades de los suelos, la posible incidencia del clima en la estructura económica, la transformación económica y ecológica del paisaje, entre otros. La imbricación social de esos aspectos es absoluta, y los economistas e historiadores económicos los han trabajado; la proximidad cronológica facilita la disponibilidad de datos de mayor robustez para realizar análisis económico, con esta perspectiva ambiental. Se consideran unas ideas esenciales –a partir de las tesis de Georgescu-Roegen– que abogan por un cambio metodológico:
  • Una crítica al mecanicismo económico, es decir, a una óptica lineal, atemporal, de la evolución económica, de manera que los elementos cualitativos sean considerados como claves explicativas, auxiliados por las matemáticas, pero sin el sometimiento a su excesivo formalismo –a veces con escaso contenido– que impera en la enseñanza e investigación en economía;
  • La idea de evolución, en clave biológica; o sea, la relevancia del dato histórico, de la trayectoria, del tiempo;
  • La adopción del concepto de entropía, derivado de la termodinámica, un argumento que implica la tesis de la irreversibilidad –e incluso del carácter irrevocable– de los procesos económicos.
El cambio es sustancial. Pero contribuye a enriquecer, técnica y conceptualmente, al análisis de la economía. Éste pasa de una fase mecanicista, de flujo circular cerrado, a otra holística, en la que el economista está impelido a dialogar con otras disciplinas para entender mucho mejor lo que acontece en la suya propia. De esta forma, conceptos esenciales como productividad y competitividad –que invariablemente se invocan en la economía– se refuerzan con otros que tienen mayores porosidades con los de la física, la química y la biología: capacidad de carga, eficiencia, eficacia, huella ecológica, intensidad energética, son muestras al respecto. El esfuerzo para el economista es innegable: su cuadro de lecturas se amplifica, sus necesidades de conocimientos –aunque éstos puedan ser indiciarios– se reafirman, desde el momento en que se “aprehende” que el material con el que se trabaja es de gran complejidad, presidido por la incertidumbre: el comportamiento humano. El vector temporal y la movilidad de factores constituyen características básicas, que proporcionan profundidad y mayor rigor –más proximidad a la realidad que se estudia– a los análisis. Y, por supuesto, se infiere la modestia necesaria para matizar la estrategia mecanicista que sustenta la predicción en economía.
La incertidumbre y el azar se hallan presentes en la cosmología económica; esto se contradice con los preceptos de la utilidad del consumidor, de la simetría de la información –que impediría los altibajos inherentes al azar y a los fenómenos caóticos– y del encuentro armonioso de familias y empresas en los mercados. Al mismo tiempo, otro elemento es considerado determinante: el tecnológico. Éste aparece en los modelos económicos más divulgados –y exigidos en buena parte de las investigaciones en economía– de manera acrítica. Es algo esperado que será capaz de resolver, casi sin discusión, cualquier reto que nos planteemos, incluyendo el relevo de recursos naturales, de manera que esto conduce a una fe ciega, a una confianza imbatible en el progreso tecnológico, resolutivo de los graves problemas que sacuden y cuestionan el crecimiento económico.[1]
La filosofía que impregna estas ideas proviene de los discursos más asimilados por la economía académica, bajo dos preceptos: la existencia de recursos infinitos (de manera que se resta importancia a la escasez de minerales); y lo que se ha venido a calificar como teorías energéticas del valor, es decir, la tesis de que el desarrollo científico proporcionará toda la energía necesaria para reciclar, de forma que el ambiente seguirá siendo natural y sustentará el crecimiento económico continuo. Se concluye que los materiales no son ni serán un problema, toda vez que pueden ser reciclados por mucho que se disipen. Es el “dogma energético” criticado por Georgescu-Roegen; a su vez, señala que lo que caracteriza a un sistema económico son sus instituciones y no la tecnología que utiliza.
La economía debe adoptar con decisión una nueva noosfera que tenga mucho más en cuenta la imbricación de la actividad humana con la biosfera, que con el recurso a pensar siempre que la tecnosfera va a resolver todas las externalidades provocadas por la actividad económica.

[1] En los medios de comunicación aparecen recurrentemente artículos firmados por académicos que van en esa dirección optimista, hasta el punto de hablar de una economía de la abundancia, donde la escasez desaparecería gracias al impulso de la ciencia y de la tecnología. Los ejemplos que suelen argüirse son variados: la obtención de energía limpia, el desarrollo de las renovables, supondría, según tales previsiones, un mundo de energía infinita a coste casi cero. La síntesis artificial de alimentos constituye otro campo en dicho avance: la generación de comida infinita, creada en laboratorio, a partir de células madre y a costes exponencialmente decrecientes; esto afectaría igualmente a la producción de carne sintética creada sin animales. “Si dejamos que la fuerza de la tecnología siga actuando, podemos aspirar a un futuro esperanzador, en el que la riqueza de los países no dependa de pozos de petróleo, sino de su talento y de la fuerza del sol; y en el que la alimentación, información, energía, educación y sanidad se produzcan a coste marginal cero, y su acceso sea, por tanto, universal”. Esta confianza acrítica, absoluta, en los progresos técnicos elude el funcionamiento, precisamente, de los principios físicos de la termodinámica, toda vez que para obtener la mayor cantidad posible de energía solar se van a necesitar importantes stocks de capital cuya generación va a requerir el consumo de la energía convencional en sus primeros estadios. El entrecomillado es de un artículo de Xavier Ferràs, “La economía de la abundancia”, suplemento Dinero de La Vanguardia, 20 de agosto de 2017.