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domingo, 21 de agosto de 2016

Bancos, especulación e ideología

Enric Llopis, Rebelión

Se trata simplemente de un medio de pago. Lo que se da o recibe por la compra o venta de artículos, bienes y servicios. “No hay nada en el dinero que no pueda ser comprendido por una persona razonablemente curiosa, activa e inteligente”, afirma el economista John K. Galbraith en el libro “El dinero”, cuya primera edición se publicó en 1975 y Ariel reeditó en castellano 20 años después (con un capítulo añadido en el que incluían referencias a las presidencias de Carter y Reagan). El dinero aparece históricamente vinculado a tres instituciones progenitoras: las Casas de la Moneda, las Secretarías del Tesoro o Ministerios de Hacienda y los bancos. Y el negocio bancario nace en Italia. De hecho, el mundo no se inició con la actual crisis. “Ni los Rothschild ni J.P. Morgan han igualado a los Médicis en una grandeza sustancialmente fomentada por ser agentes fiscales de la Santa Sede”, resalta el autor. Además, las casas de banca de Venecia y Génova sientan el precedente de los bancos comerciales (al menos un centenar de bancos de depósito se fundaron en Venecia entre los siglos XIII y XV). Casi igual de avanzadas eran las entidades del Valle del Po.

A grandes trazos, en el mundo antiguo y en la Edad Media las monedas confluían en las ciudades con un comercio más boyante. Se aceptaba la moneda bajo palabra, y había una tendencia a pagar con dinero de escasa calidad mientras se retenían los mejores metales (“la moneda mala expulsa siempre a la buena”, sentenció en 1558 sir Thomas Gresham, una ley económica que con el tiempo se mostró inapelable). Proliferaban las diferentes monedas, que muchas veces circulaban adulteradas, rebajadas y recortadas. En 1609 se fundó el Banco de Amsterdam -el primer banco relevante- con el fin de regular y limitar los abusos del dinero, aunque sin las funciones con las que más tarde contaron los bancos centrales. Galbraith añade que con el tiempo se constituyeron otros bancos “guardianes” en diferentes países, en los que únicamente se tenía en cuenta el metal válido. A este fenómeno se agregó el de la expansión de los estados nacionales, que hizo disminuir el número de monedas al tiempo se mejoró la acuñación. Pero tampoco fue la panacea: “Una constante en la historia del dinero es que cada remedio puede dar origen a nuevos abusos”, destaca el autor de “La sociedad opulenta”, “El crac del 29” y “Breve historia de la euforia financiera”, entre otros textos. Durante cerca de un siglo, el Banco de Amsterdam permitió que los depósitos fueran considerados como tales y el metal confiado por su dueño permaneciera guardado hasta el momento en que éste decidiera transferirlo. Es decir, no se realizaban préstamos con el metal en depósito.

“Pocas cosas me han proporcionado más placer a lo largo de los años que leer, reflexionar y escribir acerca del dinero”, afirma John K. Galbraith en la introducción del libro de 300 páginas en el que aborda el nacimiento de la banca, las primeras fiebres especulativas en Europa y Estados Unidos, la constitución de la Reserva Federal norteamericana, el crac del 29 y el advenimiento de las políticas keynesianas, entre otras materias. Traducido a doce lenguas, el texto permite rastrear numerosos problemas económicos del presente, sea a partir de los precedentes en el siglo XVIII de la Banque Royale francesa (fundada en 1716 con un capital inicial de seis millones de libras, y que emitía billetes en forma de préstamos que terminaban financiando a la corona) el Banco de Inglaterra (impulsado en 1694 también mediante privilegio real y con el fin de costear el gasto militar de Guillermo de Orange) o la relevancia del papel moneda en las colonias americanas que aspiraban a independizarse de Gran Bretaña. ¿Qué enseñanzas aporta la evolución del pionero Banco de Amsterdam? Cuando en 1672 las tropas francesas de Luis XIV se aproximaban a la capital holandesa, se desató la alarma y los mercaderes acecharon el banco temiendo que hubiera desaparecido su riqueza. Quienes pidieron su dinero lo recibieron, mientras que otros prefirieron dejarlo ante la grave coyuntura. “Mucha gente que necesita desesperadamente su dinero del banco deja de necesitarlo cuando está segura de que lo tiene a su disposición”, concluye Galbraith.

Las cosas empezaron a torcerse por las complicidades entre el alcalde y los senadores de la ciudad de Amsterdam, quienes poseían el banco, y por otro lado los directores de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En muchos casos se trataba de los mismos próceres. En el siglo XVI la empresa había mostrado signos de un potencial enorme, aunque en ocasiones necesitaba dinero a corto plazo para la dotación de los barcos o esperar a su retorno. El banco comenzó a realizar préstamos, mediante transferencias de los recursos en depósito a otras cuentas. John K. Galbraith destaca que se trataba del “primer paso hacia lo que para los bancos comerciales modernos es la operación más ortodoxa”. Pero a finales del siglo XVII y en la centuria siguiente, las cuentas de la compañía holandesa arrojaron números rojos cada vez más inquietantes. La guerra contra Inglaterra de 1780 condujo a mayores demoras en los pagos. El gobierno de la ciudad también solicitó préstamos al Banco de Amsterdam. En tal coyuntura, si todos los depositantes quisieran recuperar su dinero resultaría imposible. La entidad bancaria comenzó a limitar las monedas que los clientes podían extraer o transferir. Señal de peligro. El final llegó en 1819, cuando el Banco de Amsterdam tuvo que liquidar sus negocios tras más de dos siglos de actividad.

El fallecido economista y autor de “La cultura de la satisfacción” hace un recorrido histórico que permite extraer lecciones, por ejemplo, respecto a las triquiñuelas lingüísticas y los motivos de las espirales especulativas. Durante el siglo XIX y hasta aproximadamente 1907 se hablaba de “pánico” sin ningún embozo. Pero a partir de esta fecha los hombres de negocios prefirieron las expresiones de “crisis” y “depresión”, con el fin de mitigar el desplome de la confianza. Se produjeron estados de “pánico” en 1819, 1837, 1857, 1873, en menor grado en 1884, muy grave en 1893, también en 1907 y breve pero muy importante en 1921; el más grave y duradero se produjo en octubre de 1929. En 1819 y 1837 la especulación se centró en la tierra, fueron los grandes años de la construcción de canales en Estados Unidos pero también de caminos, edificios del estado, escuelas y algunas cárceles. En 1857 la ambición especulativa se desplazó a los ferrocarriles y a las “obligaciones” con las que se financiaban los proyectos ferroviarios. Esta prioridad en la inversión de capitales se prolongó hasta finales del siglo XIX. “En los años que precedieron al pánico de 1873, y de nuevo antes del de 1893, hubo un enorme auge en la construcción de ferrocarriles”, recuerda Galbraith; “nada más curioso en el siglo XIX que la facilidad con la que la gente olvidaba el último desastre y se apresuraba a perder dinero en el siguiente”. Otros objetos de agiotismo no tan relevantes fueron el oro y el cobre. En el “pánico” de 1907 perduró la importancia del ferrocarril, aunque el foco se desplazó a las acciones en general. Al igual que en el de 1921, pero en este caso la depresión fue precedida por la especulación con las tierras y en los mercados agrícolas.

En este clásico “best-seller” sobre el dinero, John K. Galbraith hace gala de un extraordinario magisterio, que le permite explicar con gran sencillez, sin jerga para especialistas y aplicando técnicas habituales en la narrativa, las políticas de Roosevelt, las bases del keynesianismo, el auge y ocaso del patrón oro, la evolución de los precios después de la primera guerra mundial o las discusiones sobre la curva de Philips. En el capítulo final del libro (“Dinero y política”), el docente subraya que el periodo de bonanza económica en Estados Unidos terminó con la guerra de Vietnam. Los gastos del conflicto y la demanda resultante presionaron al alza de los precios. En años posteriores, los economistas de cámara de la Administración Nixon achacaron la inflación desbocada al caos fiscal que habían heredado. “Pero realmente la posición fiscal recibida era notablemente sana”, rebate John K. Galbraith. “Tampoco fueron muy alarmantes los movimientos de precios que heredó la nueva Administración”. Tal vez alguna de las claves radique en la primera rueda de prensa convocada por Nixon, el 27 de enero de 1969, en la que afirmó: “No estoy de acuerdo con la sugerencia de que la inflación puede ser eficazmente controlada exhortando al trabajo, a la dirección y a la industria a seguir ciertas normas orientadoras”. Según el autor de “El dinero”, “Todo el daño posible estaba aquí; había que minimizar la dirección de la economía, aunque fuese cada vez más necesaria”. ¿Economía o ideología?

martes, 16 de junio de 2015

Una interpretación alternativa de la Teoría Monetaria

Enric Llopis, Rebelión

¿De dónde procede la expresión “fraude inocente”? Fue introducida por el economista John Kenneth Galbraith (“La economía del fraude inocente”, en 2004) para referirse a determinadas premisas incorrectas en materia económica, que políticos, economistas de la ortodoxia y medios de comunicación raramente ponen en cuestión. Banquero, inversor, hombre de negocios y uno de los principales defensores de la Teoría Monetaria Moderna, Warren Mosler señaló en 2010 algunos de estos “errores letales” en el libro “Los siete fraudes inocentes capitales de la política económica”, publicado en 2014 por ATTAC.

En un tono sencillo, directo y asequible para el gran público, Mosler explica que el dinero moderno es un mero apunte contable en una hoja de cálculo, un recurso financiero que se crea de la nada y que los estados –siempre que dispongan de soberanía monetaria- pueden crear en el volumen que consideren. En consecuencia, según esta tesis, un gobierno nunca se quedará sin dinero y siempre tendrá capacidad para pagar sus deudas. Lo realmente decisivo son los recursos reales y la capacidad productiva (hoy en general muy infrautilizada).

Los siete fraudes constituyen “falsificaciones de dimensiones históricas que juegan un papel fundamental a favor de las clases dominantes”, subraya el economista Alejandro Nadal en el prólogo del libro. Una de las falsificaciones más importantes, añade Nadal, consiste en que las fuerzas competitivas en el mercado libre llevan al equilibrio de los precios. “Es parte del esfuerzo por destruir el pensamiento macroeconómico y reducirlo todo a la microeconomía”. Dicho de otro modo, se trata de situar en el frontispicio de la teoría económica la idea de Thatcher: “La sociedad no existe, sólo hay individuos”.

El enunciado de los siete “fraudes inocentes” se deriva de la experiencia profesional de Mosler en Wall Street y el mundo financiero. El primer “fraude” expresa que un gobierno necesite endeudarse o recaudar más impuestos para contar con capacidad de gasto. La economía ortodoxa dice que esto es así, como en cualquier familia. El autor niega esta tesis: “no hay un límite numérico a la cantidad de dinero que el gobierno puede gastar cada vez que quiera; el gobierno nunca será insolvente y jamás quebrará”. Sin embargo, reconoce que un gasto excesivo puede provocar un aumento de los precios. En este punto reside la importancia de la fiscalidad para Warren Mosler: regular la economía, equilibrarla y evitar tanto un sobrecalentamiento (elevada demanda e inflación), como una atonía en el sistema económico.

La segunda “falacia” consiste en afirmar que los déficits públicos representan una carga onerosa (en términos de endeudamiento) para las generaciones venideras. El autor de “Los siete fraudes” afirma, por el contrario, que el tamaño del déficit “no supone ningún problema para las finanzas”. En coherencia con su interpretación de la teoría monetaria, el gasto del gobierno no es más que un número en una cuenta de la Reserva Federal. Así pues, en el futuro, “nuestros hijos podrán ir a trabajar, producir y consumir los bienes y servicios que generen, sin importar cuántos bonos del tesoro están pendientes de pago”, destaca.

Economistas, políticos y medios de comunicación defienden que los déficits presupuestarios reducen los ahorros de la población. “Este tercer fraude capital está muy vivo en las más altas esferas”, afirma el autor del libro, quien sostiene precisamente lo contrario, que el déficit fiscal incrementa el ahorro. Así lo explica: cuando el estado gasta 100 billones de dólares procedentes de la venta de bonos del Tesoro, los ahorros de los receptores de ese gasto ven incrementar sus cuentas en la misma cantidad. Y al contrario, el superávit presupuestario no puede convivir, a juicio de Mosler, con un aumento del ahorro privado. ¿Cuál es entonces el sentido del déficit público? Garantizar la producción y el empleo cuando el poder adquisitivo no sea suficiente. “Lo que importa en la vida real es la producción y el empleo; el tamaño del déficit es una estadística de contabilidad”, insiste el autor.

“La seguridad social está en quiebra” (el expresidente Bush realizó cuatro veces esta afirmación en un solo día). El argumento de este cuarto “fraude” se ha escuchado en el estado español hasta el hartazgo: dentro de tres décadas las personas jubiladas superarán en mucho a la de trabajadores, lo que vaciará las arcas de la seguridad social. El pensamiento oficial concluye de este pronóstico que deben recortarse los gastos o aumentar los impuestos. Pero “si realmente quieren que los ancianos tengan más ingresos –contesta Mosler-, es una simple cuestión de incrementar las prestaciones”. La verdadera pregunta tendría que apuntar a los “problemas reales” y (de nuevo) a la economía productiva: comida, vivienda, ropa, electricidad, gasolina, servicios médicos que se les asignarán a las personas mayores.

“El desequilibrio del déficit comercial es insostenible, destruye puestos de trabajo y reduce la producción”. Es el quinto “error letal”. Afirma Warren Mosler que la producción e importaciones de un país es su verdadera riqueza. Más aun, defiende que el déficit comercial aumenta el nivel de vida real de la población. Ante afirmaciones como que Estados Unidos “está perdiendo puestos de trabajo a causa de China” o “Al igual que un marinero borracho, Estados Unidos está endeudándose en el extranjero para financiar sus hábitos de gasto”, el autor responde que es el capital extranjero el que depende del crédito interno a ciudadanos estadounidenses. Finalmente la compañía exportadora tiene un depósito en dólares en un banco, lo que también es ahorro. “¿Dónde está el capital extranjero? ¡No hay ninguno!”. Además, queda siempre la opción de apoyar la producción interna y el empleo mediante instrumentos de política fiscal.

El sexto “fraude” es de capital importancia porque conduce directamente a la actual crisis financiera. “Necesitamos ahorro para disponer de fondos para realizar inversiones”, expresa la falacia. Lo que realmente ocurre es una desviación de recursos de la economía real al sector financiero, con lo que la inversión real se desvincula del bien público. Pese a lo que afirma el discurso oficial, “del mismo modo que los préstamos crean depósitos en el sistema bancario, es la inversión la que genera ahorros”. El razonamiento es sencillo: si un ciudadano gasta menos de lo que ingresa –es decir, ahorra-, otro debe gastar lo que el primero no gastó, más sus propios ingresos; de lo contrario no se venderá la producción, se generarán stocks, caerán las ventas y el empleo.

El último “fraude inocente” considera negativo algo que, según Warren Mosler, tiene efectos benéficos para la economía. “Lo malo de los elevados déficit actuales es que significan mayores impuestos el día de mañana”. El sentido de los impuestos, reitera el autor en diferentes pasajes del libro, no es aumentar la recaudación sino rebajar el poder adquisitivo ante los riesgos inflacionarios. Tiene sentido esta medida, además, si la tasa de desempleo es muy baja. “Nos los subirán (los impuestos) en el momento en que los estantes se estén vaciando, debido a que nuestro exceso de poder adquisitivo está causando una inflación no deseada”, resume Mosler.

En el prefacio James K. Galbraith pondera la sencillez expositiva del autor y su “lucidez transparente”. Según Galbraith, “muchos economistas valoran la complejidad por sí misma; un vistazo a cualquier revista moderna de economía lo confirma; ¡Un argumento verdaderamente incomprensible puede conferir un gran prestigio!”. La segunda parte del libro (“La era de los descubrimientos”) consiste en un recorrido por la peripecia vital del autor, desde los orígenes en una familia pequeñoburguesa de Manchester, hasta su incursión en el campo financiero. El texto concluye con una tercera parte de 16 páginas (“interés público”), donde el autor defiende medidas como una suspensión de impuestos sobre las nóminas, un Servicio de empleo nacional, la cobertura sanitaria universal o medidas de alquiler social ante las ejecuciones hipotecarias.