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sábado, 2 de enero de 2021

China pone coto a sus empresas tecnológicas

Xi Jinping lanza una campaña para limitar riesgos sistémicos y reafirmar su autoridad sobre el sector privado



Xi Jinping no acostumbra a dar instrucciones en vano. En septiembre del año pasado el líder chino incidió en la importancia de realizar “esfuerzos para unir al sector privado alrededor del Partido”, con el objetivo de “fomentar su sano desarrollo”. Estas palabras dieron comienzo a una campaña antimonopolio en el sector digital destinada a limitar tanto los riesgos estructurales como el poder de sus actores. La gran castigada ha resultado Alibaba, la primera tecnológica del país y novena empresa del mundo por capitalización bursátil.

El primer golpe llegó a mediados de noviembre, cuando las autoridades paralizaron la salida a Bolsa de Ant Group, destinada a ser la mayor de la historia, con apenas 48 horas de antelación. La firma de servicios financieros ya estaba preparada para embolsarse 34.500 millones de dólares (29.500 millones de euros) por medio de un debut simultáneo en los parqués de Hong Kong y Shanghái, montante que empequeñecería la cima marcada por los 29.000 millones de dólares de Saudi Aramco en diciembre de 2019.

Ant es una de las organizaciones más innovadoras del mundo, hasta el punto de carecer de equivalente fuera de China. Su servicio primigenio es Alipay, una plataforma de pagos electrónicos de enorme implantación social. Esta representa la puerta de entrada a un colosal ecosistema alimentado por la ingente cantidad de datos generados por cada transacción. Ant puede así ofrecer préstamos, inversiones o seguros personalizados. La firma se enorgullece de emplear un esquema bautizado como 310: a la hora de contratar cualquier producto financiero bastan 3 minutos para rellenar un formulario, el cual es aprobado en 1 segundo por la intervención de 0 seres humanos. Alibaba todavía posee un tercio de la empresa que un día fue su filial.

La matemática de su salida a Bolsa habría colocado a Ant en posición de rebasar a los primeros bancos estatales. Con la ambición y la capacidad, además, de controlar un porcentaje significativo del crédito nacional; gracias a la ubicuidad de su aplicación telefónica en los 1.560 millones de móviles del país y la sencillez de sus servicios. El Gobierno entendía que esta posibilidad suponía un riesgo intolerable, y en el último momento interrumpió sus cuentas de la lechera modificando los requisitos legales.

Desde entonces los correctivos han sido constantes. El último tuvo lugar esta misma semana, cuando el Banco Popular de China proporcionó un nuevo tirón de orejas público en forma de comunicado. Tras una reunión con los directivos de Ant, el banco central aseguraba en su texto que esta debe “volver a sus orígenes” como empresa de pagos electrónicos y “rectificar errores” cometidos “en áreas comerciales clave”, exigiendo incluso “un cronograma de implementación”. Ant, con la cabeza gacha, ya ha tomado medidas para demostrar su obediencia, como limitar el crédito disponible para sus usuarios. Eric Jing, su director general, ha asegurado que “escucha con atención” las críticas de “reguladores y clientes”.

La casa madre tampoco ha salido indemne. La semana pasada la Administración Estatal para la Regulación del Mercado anunció la apertura de una investigación contra Alibaba, acusado de prácticas monopolísticas. Las autoridades provinciales de Zhejiang, donde está radicada el gigante tecnológico, ya han registrado su sede central, interrogado a empleados y requisado documentos. A consecuencia de su colisión con el Partido, Alibaba ha perdido casi un cuarto de su cotización bursátil desde finales de octubre, equivalente a la evaporación de 260.000 millones de dólares (213.000 millones de euros).

El hostigamiento gubernamental tiene también una dimensión ad hóminem. Lo sucedido evidencia la caída en desgracia de Jack Ma, fundador de Alibaba y uno de los rostros más conocidos del país. “Si el Gobierno necesita Alipay se lo daré”, llegó a afirmar, solícito, en 2013. Justo antes de la fallida salida a Bolsa de Ant –de la que es accionista mayoritario– se desmarcó con unas polémicas declaraciones en las que criticaba la legislación en materia financiera y su mentalidad de “tiendas de empeño”. Quien fuera el hombre más rico de China ha visto cómo en los últimos meses su patrimonio ha menguado de 51.000 millones de euros a 40.000, de acuerdo a datos de Bloomberg. El futuro no es halagüeño para el empresario y filántropo: las autoridades le habrían instruido a no abandonar el país, según distintos medios.

Más control sobre el sector privado

Pese a que el modelo chino sigue siendo nominalmente comunista, hace muchos años que las empresas privadas son el motor de su economía. Estas han pasado de sumar 443.000 en 1996 a 15,6 millones en 2018, hasta constituir un 84% del total. Una de los puntos en la agenda doméstica de Xi consiste en aumentar el control del Partido sobre ellas y alinearlas con las prioridades estatales. El primer paso fue la emisión a mediados de septiembre por parte del Comité Central de la Oficina General del Partido Comunista Chino de un documento titulado “Opinión sobre el fortalecimiento del trabajo del Frente Unido de la economía privada en la nueva era”.

Su propósito era “mejorar el enfoque de la sabiduría y la fortaleza de los empresarios en el objetivo y la misión del gran rejuvenecimiento de la nación china”. Para ello, aspiraba a crear “una columna de empresario fiables y disponibles en momentos clave”. El Gobierno encañonaba de este modo al sector digital. No solo por ser un ámbito estratégico, también por ser una de las industrias cuyos actores han acumulado una mayor preponderancia social gracias a una regulación laxa. Pero eso se acabó.

En noviembre, las autoridades competentes publicaron el borrador inicial de unas nuevas pautas antimonopolio en Internet. Dos semanas más tarde concluyó la Conferencia de Trabajo Económico Central, reunión anual de este organismo, encargado de fijar el rumbo en materia financiera y bancaria. El documento resultante contenía un epígrafe en el que la institución se comprometía a afianzar el control sobre las empresas de servicios financieros y comercio electrónico, con la intención de “fortalecer el antimonopolio y prevenir una expansión desordenada de capital”.

Esto se tradujo en dos rondas de multas. La primera a mediados de diciembre contra la propia Alibaba, China Literatura –de la que Tencent es accionista mayoritario– y Hive Box por “no informar sobre acuerdos pasados para la evaluación de las autoridades”. La segunda esta semana, por “tarifación irregular”. Las víctimas en esta ocasión fueron JD –segunda empresa de comercio electrónico del país–, Tmall –propiedad, de nuevo, de Alibaba– y Vishop.

Todas las sanciones se fijaron en 500.000 yuanes (62.700 euros), una cantidad modesta pese a superar el máximo que contempla la Ley Antimonopolio de 2008. Este paso, no obstante, supone la primera ocasión en que las instituciones actúan contra empresas de Internet, adelantando una tendencia creciente que viene a demostrar que en China nada está por encima del Partido. Y este, a su vez, resulta cada vez más indistinguible de la palabra de Xi Jinping.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

No hemos aprendido de los errores de la crisis financiera”

El Foro Económico Mundial celebra en enero su 50 aniversario y lo hará con un nuevo manifiesto para las empresas

P. VEYA / E. LIVINI / H. ZSCHAEPITZ
Ginebra 18 DIC 2019 - 00:46 CET

Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, en 2019.

Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Mundial, en 2019. GETTY

Klaus Schwab (Ravensburg, Alemania, 81 años) ha creado el modelo de reunión internacional de más éxito en el mundo. El Foro Económico Mundial (WEF, en sus siglas en inglés) celebra en enero sus 50 años de reuniones en la estación de esquí suiza de Davos y lo hará con un nuevo manifiesto para las empresas. Schwab se suma, así, a quienes abogan por reformar el capitalismo para sentar nuevas bases del modelo económico, del que se habla mucho pero se concreta poco. Schwab recibe en su despacho de Ginebra a un grupo de periodistas de la alianza de periódicos europeos LENA.
Pregunta. El nuevo manifiesto de Davos apuesta por hacer una valoración de las empresas en sentido amplio, en defensa de una especie de capitalismo colectivo (stakeholder capitalism).
Respuesta. Desde que publicamos el primer manifiesto, en 1973, yo he abogado por la responsabilidad social de las empresas. En contra de lo que defendía el premio Nobel Milton Friedman —“el único negocio de las empresas es hacer negocios”—, hoy hay nuevas exigencias y con este manifiesto busco establecer el papel de las empresas ante la cuarta revolución industrial en la que vivimos.
P. Que sería...
R. Hay que asegurarse que el valor de las compañías no se mida únicamente en términos financieros, sino también en términos medioambientales, sociales y de buen gobierno. Estos estándares no están ni unificados ni aceptados de forma generalizada, así que hemos creado un grupo de trabajo, dirigido por el presidente de Bank of America, pero no es fácil encontrar un espacio común.
R. Hacen falta muchas medidas para eso y lo detallamos en el manifiesto. Primero, los temas medioambientales, pedimos a las empresas que reconozcan los efectos negativos y los costes de sus productos para que se hagan responsables del daño medioambiental que produce. Y por lo que respecta a la inclusión y la justicia social, lo importante es reconocer quienes se sienten abandonados, aquellos que temen perder sus empleos con la cuarta revolución industrial. Y subrayamos la responsabilidad de las empresas de reciclar y mejorar la formación de sus empleados.
P. ¿Cómo interpreta en ese contexto la explosión de protestas y movimientos populistas y el giro a la izquierda de los partidos progresistas en todo el mundo?
R. Creo que lo que estamos viendo, especialmente en Estados Unidos, es una reacción al neoliberalismo extremo y la maximización de beneficios. Está además el factor de las redes sociales que permiten la movilización de quienes se sienten lastrados por la injusticia social. La conciencia social ha cambiado de una forma tremenda.
P. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
R. Después de la crisis financiera de 2008 entramos en una crisis económica. Ahora estamos ante una crisis social que puede dar pie a una crisis intergeneracional.
P. ¿Hemos aprendido los errores de la crisis de 2008?
R. No. Esa es una de mis mayores preocupaciones y no solo mía. No sabemos cómo salir de la trampa de bajos tipos de interés y una enorme carga de deudaen la que nos hemos metido. Japón lo ha intentado y no funciona. Donald Trump también, con una rebaja de impuestos para estimular la inversión que lo que ha provocado es una recompra de acciones por las empresas. Creo que caminamos hacia un futuro nebuloso desde el punto de vista de las políticas económicas.
P. ¿Pasa ese futuro por un impuesto global sobre las tecnológicas?
R. Lo que necesitamos son principios globales de fiscalidad para evitar la competencia fiscal desleal y analizar dónde se produce el valor de las empresas. 

martes, 26 de marzo de 2019

Las grandes empresas no son lo que nos dicen

Por 24 de marzo de 2019
Ganas de escribir

Uno de los errores más habituales en cuestiones economicas (inducido por la literatura mayoritaria) consiste en creer que las grandes empresas son las más avanzadas, las que gestionan mejor, las más productivas, las que se encuentran en la vanguardia de la innovación, las que más empleo crean y las que mejor resuelven los problemas de las personas, de las demás empresas y de la economía general. De ahí a que sus intereses se confundan con los de la sociedad en su conjunto, o a que su marca se identifique con la nacional (Marca España), no hay nada más que un paso

La realidad es otra.

Aunque los defensores del capitalismo achacan sus virtudes a que promueve la competencia y el buen funcionamiento de los mercados, lo cierto es justamente todo lo contrario. La historia de la economía capitalista es la de la lucha de las empresas para acabar con la competencia, aumentando su poder de mercado y concentrando cada vez más el capital.

Los datos no dejan lugar a dudas.

Según informe reciente (aquí), el 65% de las ganancias mundiales antes de impuestos corresponde a las empresas que ganan más de 1.000 millones de dólares. Y el 10% que más gana de ellas, captura el 80 % de todos los beneficios que generan.

En Estados Unidos, cinco bancos controlan el 80% de los activos, cuatro compañías todo el tráfico aéreo, dos grandes empresas el 90% de toda la cerveza que se bebe allí, un solo proveedor el acceso a internet del 75% de los hogares. Y esa concentración no ha parado de crecer: hace 30 años, por ejemplo, el 90% de la industria de los medios de comunicación de Estados Unidos se concentraba en 50 empresas, hoy día en sólo 6; y en los últimos 20 años, 4 grandes bancos han pasado a ocupar el lugar que antes correspondía a 37.

Una investigación publicada en 2011 (aquí) reveló que el 80% del valor de las 43.000 compañías multinacionales más grandes del planeta estaba controlado por 737 accionistas y el 40% por sólo 146. Hoy día, la situación sería peor porque se ha demostrado que en las últimas dos décadas, el 75% de las empresas estadounidenses han aumentado sus niveles de concentración de capital (aquí).

Pues bien, a diferencia de lo que se quiere hacer creer (normalmente por parte de las propias grandes empresas que contratan a economistas, políticos o periodistas y compran medios de comunicación o centros académicos para ello) esta concentración orientada a incrementar el poder de mercado de las empresas no las hace más productivas e innovadoras, sino justamente lo contrario.

Hace unos días se publicó una investigación de Germán Gutiérrez y Thomas Philippon (aquí) que demuestra que en los últimos 60 años las grandes empresas han disminuido en un 40% su contribución al aumento de la productividad en la economía de Estados Unidos y que hoy día su contribución es cero. Tampoco ahora emplean a más trabajadores, a pesar de su mayor tamaño y presencia en el mercado, ni es mayor el porcentaje de sus ventas sobre el PIB.

Esos mismos autores han demostrado que la razón de la cada vez más baja contribución de las grandes empresas a tirar del carro de la economía se debe a que la concentración y el creciente poder de mercado es un desincentivo para la inversión, entre otras cosas, porque ahora obtienen más beneficios que las de hace 60 años simplemente porque pagan muchos menos impuestos.

Ya lo saben. Cuando les pongan como ejemplo a empresas como Amazon, Facebook, Google, Apple… o en España a Telefónica, Repsol, Endesa… y otras de ese tipo, cuando les quieran convencer de que hay que satisfacer sus intereses porque ellas son las que tiran de la productividad y, en general, de todas nuestras economías, no hagan caso. El inmenso poder de esas grandes empresas es directamente proporcional a su ineficiencia. Más vale controlarlas y someterlas que dejarlas hacer porque son ellas las que destruyen la competencia y los mercados y las que traen consigo las crisis y las pérdidas de empleo y bienestar.