Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

sábado, 30 de abril de 2016

Cuba. Empleados 4 millones 860 mil 500 personas

Por Gabino Manguela 

Cuba cuenta con alrededor de 4 millones 860 mil 500 personas ocupadas en la economía nacional, según dio a conocer Jesús Otamendiz, director de empleo en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. 

Informó que, de acuerdo con datos ofrecidos por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), el 29 por ciento de ese total está vinculado al sector no estatal y el 71 % al estatal, lo que indica un aumento del empleo en el primero de esos sectores en respuesta al lineamiento del VI Congreso referido a la necesidad de ampliar el trabajo no estatal en dependencia de las nuevas formas organizativas de la producción y los servicios que se establezcan. 


Es la agricultura el sector que más empleo genera en la economía cubana con el 28 % del total. Foto: Tomada de internet 

Al respecto puntualizó que cinco años atrás la economía nacional contaba con 4 millones 984 mil empleados, es decir, alrededor de 124 mil más, lo que evidencia una tendencia a la disminución dado el marcado envejecimiento de la población y el decrecimiento de los niveles de natalidad. “Ello obliga a una mayor y más exacta eficacia en el uso de los recursos laborales”, expresó. 

Asimismo dijo que es la agricultura la que más empleo genera con el 18 por ciento del total de ocupados, seguida de la construcción con el 6 %. 

Según datos de inicios del actual año, la tasa de desocupación es del 2,4 por ciento, un 0,3 % menor que la de un año antes y significativamente alejada de los niveles que exhibe la mayor parte de los países del mundo. 

Por otro lado refirió que al cierre del mes de marzo 507 mil 342 personas ejercían el trabajo por cuenta propia, de ellos el 21 % mujeres e igual por ciento de jóvenes. En 2010, cuando se reoxigenó el trabajo por cuenta propia eran solo 157 mil 352 los que nacionalmente laboraban en ese sector. 

“Con ello se valida el trabajo por cuenta propia como una positiva opción de empleo y complemento del sector estatal, a la vez que una importante fuente de ingresos para los presupuestos municipales”, subrayó. 

El funcionario agregó que las actividades más representadas en el trabajo por cuenta propia son la elaboración y venta de alimentos, el arrendamiento de viviendas, habitaciones y espacios, y el transporte de carga y de pasajeros. 

http://www.trabajadores.cu/20160430/empleados­4­millones­860­mil­500­personas/

La ira de los estafados

El 'establishment' republicano fracasa porque Trump ofrece a sus electores lo que quieren

La candidata a la nominación demócrata Hillary Clinton, en un mitin en Filadelfia. Eduardo Muñoz AFP


Puede que necesitemos un nuevo tópico: la ópera no se acaba hasta que canta Carly Fiorina. En cualquier caso, se ha acabado de verdad (definitivamente en el bando demócrata y muy probablemente en el republicano). Y los resultados no podrían ser más dispares.

Piensen en dónde estábamos hace un año. En aquella época, todo el mundo pensaba que Hillary Clinton y Jeb Bush eran los que más opciones tenían de llevarse el gato al agua en sus respectivos partidos. Si había alguien que disintiera con los analistas oficiales, era solo para señalar que a Bush podría sustituirlo una cara nueva, pero siempre respaldada por la cúpula, como Marco Rubio.

Y aquí nos tienen ahora. Pero, ¿por qué Clinton, a pesar de haber sido objeto de la cobertura informativa más negativa que ha tenido cualquier candidato en este ciclo electoral —sí, peor que la de Donald Trump—, ha llegado a la meta, mientras que el sistema del Partido Republicano se ha precipitado hacia una derrota humillante? Sin duda las personalidades han tenido algo que ver; digan lo que digan (bueno o malo) de Clinton, lo cierto es que aguanta la presión, un rasgo que brilla por su ausencia en el otro bando. Pero, en esencia, todo se reduce a diferencias fundamentales entre los partidos y el modo en que velan por los intereses de sus seguidores.

Ambos les hacen promesas a las bases. Pero, mientras que los dirigentes demócratas intentan, más o menos, cumplir esas promesas, los republicanos, en el fondo, llevan décadas tomándoles el pelo a sus votantes. Y, al final, estos se han rebelado contra la estafa.

Hablemos primero de los demócratas: su partido se define a sí mismo como el protector de los pobres y la clase media, y especialmente de los votantes no blancos. ¿Se queda corto en el cumplimiento de esa misión la mayoría de las veces? ¿Están sus dirigentes en ocasiones demasiado próximos a los donantes de grandes sumas de dinero? Desde luego. Aun así, si se fijan en lo que Obama ha hecho durante estos años, verán medidas reales en pos de los objetivos del partido.

Por encima de todo, tenemos la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, que ha proporcionado cobertura sanitaria a 20 millones de estadounidenses, beneficiando sobre todo a los pobres, las minorías y los trabajadores con salarios bajos. Eso es prestar un servicio a las bases; y, sin duda, es uno de los motivos por los que los votantes no blancos se han decantado mayoritariamente por Clinton, y no por un rival que a menudo parecía desdeñar ese logro.

Y ese programa se ha pagado, en gran medida, con una subida de impuestos a los ricos, ya que los tipos impositivos medios sobre las rentas más altas han subido unos seis puntos porcentuales desde 2008.

Quizás piensen que los demócratas podrían y deberían haber hecho más, pero al menos lo que la cúpula del partido dice y lo que hace están aproximadamente en la misma línea.

Las cosas son muy distintas entre los republicanos. Por regla general, el partido ha ganado elecciones apelando a la animadversión racial y a la ansiedad cultural, pero su verdadero programa político consiste en velar por los intereses del 1% más rico, sobre todo mediante rebajas fiscales para las grandes fortunas (algo que ni siquiera los votantes republicanos apoyan, y detestan por completo ideas como privatizar la Seguridad Social y la asistencia sanitaria a los mayores de 65 años).

Lo que Donald Trump ha hecho es decirles a las bases que pueden escoger lo que quieran del menú. En la práctica, les ha estado diciendo a los blancos ofendidos que pueden alimentar su ira sin verse obligados a tragarse también la economía de la oferta. Sí, sus propuestas políticas reales siguen contemplando grandes rebajas fiscales para los ricos, pero esto no lo saben sus seguidores (y puede que él tampoco). Los detalles no son lo suyo.

La cúpula republicana ha intentado contrarrestar el tirón de Trump gritando, de forma cada vez más histérica, que no es un verdadero conservador. Y tiene razón, al menos según su definición de conservadurismo. Pero a sus votantes les da igual.

Aquí el único misterio es por qué no ha ocurrido antes. Una posible explicación es la decadencia de la cúpula republicana, que se ha anquilosado y desconectado de la realidad. Los burócratas que se han pasado toda su carrera profesional dentro de la burbuja de los comités asesores y los medios de comunicación de derechas albergarían la falsa ilusión de que su ideología gozaba de popularidad entre la gente de verdad. Y esa creencia les ha dejado inermes ante el desafío de Trump.

Sin embargo, es probable que sea más importante el choque entre la demografía y la locura relacionada con Obama. La élite sabe que el partido debe atraer a una mayor variedad de votantes a medida que el electorado se vuelve más diverso (de hecho, esa fue la conclusión de la autopsia del Partido Republicano en 2013). Pero las bases, cuya hostilidad se ha disparado tras siete años con un presidente afroamericano (al que la cúpula republicana ha hecho todo lo posible por demonizar) van por otro camino.

La cuestión, en cualquier caso, es que los dispares resultados de las primarias de 2016 no son algo accidental. El establishment demócrata ha ganado porque, aunque sea de forma imperfecta, ha intentado velar por los intereses de sus seguidores. La cúpula republicana ha sufrido una derrota aplastante porque lleva mucho tiempo estafando a sus votantes, y estos al final se han hartado.

Y sí, Trump también les está estafando a su manera, y con el tiempo también se darán cuenta de ello. Pero no sucederá de inmediato y, en cualquier caso, al sistema oficial no le servirá de nada. ¡Una pena!

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.

© The New York Times Company, 2016.
Traducción de News Clips.

Gestión de la deuda en un mundo excesivamente apalancado

Michael Spence, a Nobel laureate in economics, is Professor of Economics at NYU’s Stern School of Business, Distinguished Visiting Fellow at the Council on Foreign Relations, Senior Fellow at the Hoover Institution at Stanford University,  Project Syndicate

MILÁN – ¿Qué pasó, realmente, con el desapalancamiento de la deuda? En los años que transcurrieron desde la crisis financiera mundial del 2008, austeridad y reparación del balance de resultados fueron las palabras usadas como lema en la economía mundial. Y, no obstante, hoy más que nunca, la deuda es la que impulsa las preocupaciones relativas a las perspectivas de crecimiento en todo el mundo.

El Instituto Global McKinsey, en un estudio sobre las tendencias de la deuda después de las crisis, señala que, desde el año 2008, la deuda bruta se ha incrementado en alrededor de $60 millones de millones – dicho de otra forma: alcanza un monto que representa el 75% del PIB mundial. La deuda de China, por ejemplo, se ha cuadruplicado desde el año 2007, y su ratio deuda-a-PIB se ha incrementado en alrededor del 282% – este ratio es más alto que el de muchas economías importantes, incluyéndose entre ellas la de Estados Unidos.

Una economía mundial que aumenta su apalancamiento, y que al mismo tiempo no puede generar suficiente demanda agregada para lograr un crecimiento potencial, se encuentra en un camino con riesgos. Sin embargo, para evaluar cuán riesgoso es dicho camino, se deben considerar varios factores.

En primer lugar, se debe considerar la composición de la deuda a lo largo de todos los sectores (hogares, gobierno, empresas no financieras y el sector financiero). Al fin y al cabo, el estrés en estos sectores tiene efectos muy distintos sobre la economía en general.

En los hechos, las economías con niveles de deuda bruta que sean similares y relativamente altos en relación al PIB muestran grandes diferencias en lo que respecta a la composición de su deuda. Una deuda excesiva de los hogares es especialmente riesgosa, porque un shock en el precio de los activos (especialmente en el precio de los bienes raíces) se traduce rápidamente en una reducción del consumo, ya que debilita el crecimiento, el empleo y la inversión. La recuperación de un shock de ese tipo es un proceso largo.

El segundo factor a considerar es el crecimiento nominal – es decir, el crecimiento real más la inflación. Hoy en día, el crecimiento real es tenue y puede incluso estar ralentizándose, y, a su vez, la inflación se sitúa por debajo de los objetivos fijados en la mayoría de lugares, e incluso en algunas economías existe un riesgo de deflación. Debido a que la deuda es un pasivo para los prestatarios y un activo para los acreedores, estas tendencias tienen efectos divergentes, ya que aumentan el valor para el titular de los activos, y, al mismo tiempo, aumentan las cargas financieras del deudor. El problema es que, en un entorno de bajo crecimiento, se elevan considerablemente las probabilidades de que surja algún tipo de moratoria. En dicho caso, nadie gana.

El tercer factor clave para evaluar el riesgo que conlleva una deuda creciente se compone por la política monetaria y las tasas de interés. Si bien nadie sabe exactamente como sería un entorno con tasas de interés “normales” en el mundo post-crisis, es razonable suponer que no sería parecido al mundo de hoy; es decir, un mundo en el que muchas economías están manteniendo sus tasas cercanas a cero y algunas, incluso, se desplazan a territorio negativo.

Los países soberanos que tienen niveles altos y/o en aumento de deuda pueden considerar que dichas tasas pueden ser sostenibles en la actualidad, siempre y cuando se implemente una política monetaria acomodaticia agresiva. Desafortunadamente, tal acomodamiento no se puede mantener por siempre, las condiciones de hoy en día se consideran a menudo como cuasi permanentes, creando la ilusión de estabilidad y reduciendo el incentivo para llevar a cabo difíciles reformas que promuevan el crecimiento a futuro.

El último factor que conforma el riesgo de la deuda, y que podría ser visto como el factor más importante, está vinculado con la inversión. Incrementar la deuda para sostener el consumo corriente, ya sea en el sector de los hogares o el sector gubernamental, se considera, de manera correcta, como un elemento insostenible de un patrón de crecimiento. En este punto, el caso de China es instructivo.

En un sentido, es cierto el estribillo que se repite con frecuencia sobre que la deuda de China se encuentra en un camino insostenible. Al fin de cuentas, altos niveles de deuda incrementan la vulnerabilidad frente a impactos negativos. Pero, en otro sentido, dicho estribillo no capta la idea de lo que ocurre.

Muchos gobiernos hoy en día están acumulando deuda con el fin de reforzar el consumo público o privado. Este abordaje, si es usado en exceso, puede ser equivalente a prestarse demanda futura; en dicho caso, el abordaje es claramente insostenible. Sin embargo, si se utiliza como una medida transitoria para ayudar a impulsar la puesta en marcha de una economía o para proporcionar un amortiguador frente a shocks de demanda negativa, tales esfuerzos pueden ser altamente beneficiosos.

Por otra parte, en una economía que tiene relativamente un alto crecimiento, los ostensibles niveles altos de deuda no se traducen, necesariamente, en un problema, siempre y cuando la deuda se utilice para financiar inversiones que, o produzcan altos rendimientos o, alternativamente, creen activos cuyo valor supere al de la deuda. En el caso de la deuda soberana, el retorno sobre la inversión puede ser visto como el incremento en el crecimiento futuro.

La buena noticia, en el caso de China, es que gran parte del apalancamiento acumulado ha sido utilizado efectivamente para financiar inversiones, mismas que por principio crean activos que aumentarán el crecimiento futuro. (Queda aún por verse si los resultados de la reciente decisión del gobierno sobre incrementar el déficit fiscal para estimular la economía sigue este patrón de largo plazo y de mejora del crecimiento).

La mala noticia, en el caso de China, es que prestar de manera direccionada y relajar los estándares para el otorgamiento de créditos, sobre todo después de la crisis, dio lugar a inversiones en activos en el sector inmobiliario y la industria pesada que tienen un valor muy por debajo del costo de la creación de los mismos. El retorno sobre dichos activos es negativo.

El llamado problema de la deuda de China, por lo tanto, no es realmente un problema de la deuda, sino que es un problema de la inversión. Para abordar dicho problema, China debe reformar sus sistemas financieros y de inversión, de manera que las inversiones con retornos bajos o negativos sean identificadas y descartadas de manera más fiable. Esto significa hacer frente a los errores de valoración del riesgo que sobrevienen a consecuencia del respaldo que brinda el gobierno a los bancos estatales del país (bancos a los que, con seguridad, no se les permitiría fracasar).

Muchos países desarrollados también están fallando en cuanto a invertir en activos de alto rendimiento, pero esto ocurre por una razón diferente: sus apretados presupuestos y sus crecientes deudas evitan que inviertan mucho. A medida que esta situación debilita el crecimiento y reduce la inflación, la velocidad con la que se pueden reducir los ratios de deuda soberana disminuye de manera considerable.

Con el fin de estimular el crecimiento y el empleo, estas economías deben empezar a prestar más atención al tipo de deuda que acumulan. Si la deuda es para la financiación de inversiones que promueven el crecimiento, puede que endeudarse sea una muy buena idea. Sin embargo, si la deuda se destina a financiar “operaciones corrientes” y a aumentar la demanda agregada a corto plazo, es muy riesgosa.

Por supuesto, la situación no está claramente definida. El retorno sobre la inversión pública se ve afectado por la presencia o ausencia de reformas complementarias, mismas que pueden variar de un país a otro. Y hay un cierto potencial para el abuso, cuando hay gastos que se clasifican erróneamente como inversiones.

No obstante, en un entorno de tasas de interés a largo plazo que son bajas y demanda agregada deficiente a corto plazo (lo cual significa que hay poco riesgo perjudicar al sector privado), es un error no relajar las restricciones fiscales a la inversión. De hecho, el tipo adecuado de inversión pública probablemente estimule una mayor inversión del sector privado. La identificación de este tipo de inversiones es el lugar donde debería ubicarse el actual debate sobre la deuda.

Traducción de Rocío L. Barrientos.