Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

sábado, 13 de enero de 2018

No es por dinero, es por crueldad

La política de los republicanos no trata de ahorrar, sino de estigmatizar a quienes reciben ayudas públicas



Partidarios del Obamacare se manifiestan en Los Ángeles. GETTY IMAGES

La oposición del Partido Republicano a los programas de ayuda a los menos afortunados, desde los cupones de alimentos hasta la atención sanitaria, se enmarca habitualmente en términos monetarios. El senador Orrin Hatch, por ejemplo, cuando se le criticó que el Congreso no tomase medidas sobre el Programa de Seguro Sanitario para Niños (CHIP por sus siglas en inglés), una parte del servicio sanitario para personas sin recursos, Medicaid, que cubre a casi nueve millones de niños —y cuya financiación federal expiró en septiembre— declaró que “la razón de que el CHIP tenga problemas es que ya no tenemos dinero”.

¿Pero es verdaderamente una cuestión de dinero? No, es una cuestión de crueldad. En los últimos años ha quedado cada vez más claro que el sufrimiento impuesto por la oposición republicana a los programas pensados para establecer una red de seguridad no es un error, es una característica. El objetivo es infligir dolor. Para entender a qué me refiero, repasemos tres noticias sobre políticas de atención sanitaria.

La primera, la saga de la ampliación del Medicaid gracias a la Ley de Atención Sanitaria Asequible (ACA por sus siglas en inglés). El Tribunal Supremo permitió a los Estados eludir esta ampliación. Pero aceptarla habría sido pan comido para cada Estado: el Gobierno federal pagaría inicialmente todos los gastos, e incluso a largo plazo pagaría el 90%, además de aportar dinero y puestos de trabajo a la economía estatal.

Sin embargo, 18 Estados —todos ellos con cámaras o gobernadores, o ambos, republicanos— no han ampliado el Medicaid. ¿Por qué? Durante un tiempo se pudo razonar que se trataba de cínica estrategia política: la ampliación del Medicaid era una política de Barack Obama, y los republicanos no querían darle a un presidente demócrata ningún éxito político. Pero ese cuento no logra explicar que los Estados sigan resistiéndose a la idea de proporcionar cobertura sanitaria a miles de sus ciudadanos a un coste mínimo para ellos.

No, a estas alturas está claro que los políticos republicanos sencillamente no quieren que las familias de rentas más bajas tengan acceso a la atención sanitaria, y con tal de negarles ese acceso están incluso dispuestos a perjudicar a la economía de sus propios estados.

En segundo lugar, está la cuestión de los requisitos laborales para ser perceptor del Medicaid. Algunos Estados llevan años pidiendo el derecho a exigir a los perceptores del Medicaid que acepten puestos de trabajo, y esta semana el gobierno de Trump ha declarado que les permitirá hacerlo. Pero ¿qué es lo que mueve esta petición?

El hecho es que la inmensa mayoría de los perceptores adultos del Medicaid pertenecen a familias en las que al menos un adulto trabaja. Y la inmensa mayoría de los que no trabajan tiene muy buenas razones para permanecer fuera de la población activa: son discapacitados, cuidadores de otros miembros de la familia o estudiantes. La población de perceptores del Medicaid que “debería” estar trabajando pero no lo hace es muy pequeña, y el dinero que los Estados ahorrarían negándoles la cobertura es irrisorio.

Ah, y de los 10 Estados que han declarado su intención de imponer requisitos laborales, seis han aceptado la ampliación del Medicaid establecida en el ACA, lo que significa que la mayoría del dinero que se ahorrarían expulsando a la gente del sistema sería federal, no estatal. Entonces, ¿de qué va esto?

La respuesta, sin duda, sería que no se trata de ahorrar dinero, sino de estigmatizar a quienes reciben ayudas públicas, obligándolos a pasar todo tipo de obstáculos para demostrar que están necesitados. De nuevo, el objetivo es el dolor.

Por último, está el caso del seguro sanitario para niños. De nuevo, la financiación federal expiró en septiembre, y millones de niños perderán pronto la cobertura si no se restaura esa financiación. ¿Y cuánto tendrá que desembolsar el Tesoro si el Congreso hace lo que debería haber hecho hace meses y restaura los fondos? La respuesta, según la Oficina Presupuestaria del Congreso, es… nada. O, en realidad, menos que nada. De hecho, una prolongación de la financiación del CHIP durante 10 años le ahorraría a la administración pública 6.000 millones de dólares.

¿Cómo es eso posible, si el CHIP gasta unos 14.000 millones de dólares al año en atención sanitaria? El punto principal, establecido en un análisis de la oficina presupuestaria hace unos meses, es que muchas familias (aunque no todas) cuyos hijos están ahora mismo cubiertos por el CHIP podrían estar cubiertos alternativamente por seguros privados subvencionados a través de los mercados de seguros de salud establecidos en la ley sanitaria de Obama.

Sin embargo, los seguros privados son considerablemente más caros que el Medicaid, que aprovecha su poder negociador para reducir costes. (El coste del seguro privado ha subido aún más ahora que los republicanos han revocado la obligación de asegurarse de todos los ciudadanos, lo que ha empeorado la combinación de riesgos). Como consecuencia de ello, las subvenciones del seguro privado acabarían costando más que la cobertura directa que los niños obtienen actualmente a través del CHIP.

Y no se imaginen que, por el hecho de que muchos niños expulsados del CHIP encontrasen fuentes de cobertura alternativa, los niños estarían perfectamente. Para empezar, un número significativo se quedaría sin cobertura: la cifra de niños no asegurados aumentaría de manera sustancial. Es más, el seguro privado, que a menudo exige importantes gastos corrientes, es mucho peor que el CHIP para las familias de rentas bajas.

De modo que el retraso republicano en lo que concierne al CHIP, al igual que la oposición a la ampliación del Medicaid y la exigencia de disponer de un trabajo remunerado, no son cuestión de dinero, sino de crueldad. Empeorar la vida de los estadounidenses de rentas más bajas se ha convertido en objetivo en sí mismo para el moderno Partido Republicano, un objetivo para cuyo logro está dispuesto de hecho a gastar dinero y aumentar el déficit.

Paul Krugman es Nobel de Economía de 2008.

©The New York Times

Banco Mundial admite que perjudicó ranking de competitividad de Chile durante gobierno de Bachelet




El economista jefe del Banco Mundial, Paul Romer, admitió en una entrevista con el Wall Street Journal, que el organismo habría alterado constantemente la metodología de medición para mostrar un indicador más bajo durante la administración de la actual jefa de Estado de Chile, Michelle Bachelet, lo cual fue motivado por razones “políticas”.

El Banco Mundial, entidad internacional que se yergue como el defensor de la buena economía en todo el orbe, admitió haber alterado las cifras sobre el ranking de competitividad de Chile durante los gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet por “razones políticas”, por lo que la reacción de la mandataria fue de expresar preocupación ante la credibilidad que tendrá desde ahora este organismo.

Ante esto, la mandataria dijo, a través de su cuenta de Twitter, que es “muy preocupante lo ocurrido con el ranking de competitividad del Banco Mundial. Más allá del impacto negativo en la ubicación de Chile, la alteración daña la credibilidad de una institución que debe contar con la confianza de la comunidad internacional”.

El economista jefe del BM, Paul Romer, dio cuenta que el BM modificó los datos del ranking de competitividad empresarial de Chile durante 2006, afectando directamente el período presidencial de Bachelet, detallando haber cambiado constantemente la metodología de medición para mostrar un indicador más bajo durante la administración de la jefa de Estado, todo esto motivado por razones “políticas”.

El texto, que dio a conocer La Tercera, señala que “durante el mandato de la señora Bachelet, el ranking era constantemente deteriorado, mientras que constantemente subía durante el gobierno de Piñera”.

En la entrevista, Romer aprovecha de excusarse y entrega sus disculpas a Chile, mencionando que “esto fue mi culpa porque no dejamos las cosas lo suficientemente claras”.

Además, anunció que se corregirán los datos y recalcularán los rankings nacionales de competitividad en el informe Doing Business, romontándose al menos cuatro años atrás.

El ranking global de Chile ha estado variando constantemente desde 2006, mostrando que durante la administración de Bachelet el ranking “Doing Business” bajó constantemente, mientras que con Piñera los índices volvieron a subir.

Asimismo, en 2014 se agregaron nuevos factores a la metodología con la que se elaboraba este ranking, lo cual provocó una nueva caída que habría sido provocada por los nuevos componentes incorporados y “no por los cambios en el ambiente empresarial chileno”, dijo el experto.

En ese sentido, Romer señala que los cambios en la elaboración “parecen haber sido impulsados por motivos políticos. De acuerdo a las cosas que mediamos antes, las condiciones de negocios no empeoraron durante la administración de Bachelet”.

Por su parte, el ministro de Economía, Jorge Rodríguez Grossi, calificó el hecho como “escándalo de proporciones”, afirmando que “esperamos que la corrección del índice sea rápida, pero el daño ya ha sido hecho”.

Sobre la declaración de Romer al diario estadounidense, Grossi dijo que fue “muy franca y honrada, pero revela un escándalo de proporciones, porque lo que señala es que habría sido manipulada por el economista a cargo de su construcción (Augusto Lopez-Claro), de manera de hacer ver un deterioro económico durante el Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, con intenciones básicamente políticas”.

“Esperamos que la corrección del índice sea rápida, pero el daño ya ha sido hecho y es de esperar que no vuelva nunca más a ocurrir que se manipulen estadísticas con objetivos políticos, y menos en un organismo internacional como es el Banco Mundial”, finalizó el titular de economía.

Augusto López-Claros, el manipulador de las cifras

Augusto López-Claros, el hombre que manipuló las cifras, es el encargado del “Doing Business Report”, que compara el ambiente para los negocios entre los distintos países y que es elaborado por el Banco Mundial. Lopez-Claros es cercano al ex ministro secretario general de la Presidencia de Sebastián Piñera, Cristián Larroulet. También tiene conexiones con los ex controladores de Penta y con la Universidad del Desarrollo. 

Poco demoró el gobierno en reaccionar ante la manipulación de datos de competitividad del Banco Mundial que afectaron a Chile y, directamente, a la administración de la Presidenta Michelle Bachelet.

El titular de Economía, Jorge Rodríguez Grossi, calificó de "muy franca y honrada" la declaración del economista jefe de la entidad, Paul Romer, quien a través de una entrevista al periódico norteamericano The Wall Street Journal, reveló la situación.

"Revela un escándalo de proporciones, porque lo que señala es que habría sido manipulada por el economista a cargo de su construcción (Augusto López-Claros), de manera de hacer ver un deterioro económico durante el Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, con intenciones básicamente políticas”, dijo.

Augusto López-Claros, uno de los encargados del “Doing Business Report”, que compara el ambiente para los negocios entre los distintos países y que es elaborado por el Banco Mundial, es cercano al ex ministro secretario general de la Presidencia de Sebastián Piñera, Cristián Larroulet. También tiene conexiones con los ex controladores de Penta y con la Universidad del Desarrollo.

De acuerdo a fuentes del comando de Piñera que participaron en la primera administración del Presidente, el ex ministro de Hacienda, Felipe Larraín, se refería siempre en muy buenos términos a Lopez-Claro.

Por último, la Presidenta Bachelet, a través de su cuenta de Twitter, informó que "dada la gravedad de lo sucedido, como Gobierno solicitaremos formalmente al Banco Mundial una completa investigación. Los rankings que administran las instituciones internacionales deben ser confiables, ya que impactan en la inversión y el desarrollo de los países".

¿Qué haremos con el tiempo libre que nos dejarán los robots?



Por Isabel Valdés

A Elena no la levantaría ningún despertador, dejaría que su cuerpo decidiese, haría café cada mañana y se sentaría a desayunar sin mirar media docena de veces la hora. Manuela piensa y cree que moriría del aburrimiento. Daniel pedalearía cada tarde, iría al mercado y no al súper, terminaría una lista de pueblos que lleva intentando visitar ocho años. Pilar se mudaría de piso, se tumbaría en el sofá durante la siesta para ver series y aprendería a tocar el violín. Carolina se prepararía para un Iron Man. Juanma y Sofía harían un calendario semanal de teatro, cine y museos, pintarían las paredes del salón, serían padres. Noelia entra en pánico ante la idea de no tener nada que hacer. Alejandra cambiaría de trabajo o montaría una web de no sabe qué.

¿Y si no tuviésemos que trabajar más de un par de horas al día? ¿Qué haríamos con esa cantidad importante y poco habitual de tiempo libre? La respuesta automática suele ser aquello que se tiene ganas de hacer en ese instante y no se puede, aficiones abandonadas, deseos de un imaginario común: viajar, leer, ir al cine, al teatro, a conciertos, hacer más deporte, aprender a cocinar-tocar un instrumento-bailar-tejer… Son ideas instintivas que surgen dentro de un contexto en el que lo común es tener poco tiempo disponible. Si la respuesta es meditada, se vuelve mucho más ambigua, se llena de frases como "no sé" o "tendría que pensarlo mucho".

Ese extraño escenario, que ahora parece lejano y del que solo se pueden hacer conjeturas, podría materializarse en algún momento si las previsiones sobre la cuarta revolución industrial (o revolución robótica) se cumplen, si la tendencia continúa y los androides empiezan a hacerse cargo de algunos de los trabajos del ser humano, total o parcialmente, como ya ha empezado a ocurrir; el pasado enero, por ejemplo, la aseguradora japonesa Fukoku Mutual Life sustituyó a 34 de sus empleados en oficinas por un sistema de inteligencia artificial basado en el IBM Watson Explorer (una plataforma de análisis de contenido a partir de datos).


Según el último informe anual de la Federación Internacional de Robótica (de 2016 con datos de 2015), actualmente hay en el mundo entre 1,5 y 1,75 millones de robots activos. Una cifra que habrá crecido, como viene haciendo durante los últimos años, en las estadísticas que ese mismo organismo publicará en septiembre y que ya lleva un tiempo ocupando la agenda de organismos internacionales.

Empieza a haber muchas y muy variadas previsiones de cifras para los empleos que se destruirán o los que se crearán: el Foro de Davos calcula que esta cuarta revolución industrial acabará con más de 5 millones de puestos de trabajo en los 15 países más industrializados del mundo de aquí a 2020, la OCDE estima que solo en España, el 12% de los trabajadores podrían ser sustituidos a corto plazo por robots, mientras, la Unión Europea calcula que solo la Inteligencia Artificial hará nacer casi un millón de empleos nuevos.

Sin embargo, es muy escasa la literatura en la que se hable del tiempo libre que dejará ese cambio, de los cambios sociales que acarreará y ni hablar de fechas probables en las que eso podría ocurrir. Aunque sí empieza a haber interés por adentrarse más allá de la economía en este futuro que parece inevitable: la iniciativa REIsearch, lanzada el pasado año con apoyo de la Unión Europea y la Comisión Europea, está haciendo una encuesta a todos los ciudadanos europeos para conocer su opinión sobre el impacto de la tecnología en aspectos como la economía, el trabajo, las esfera pública y la vida privada.

Antonio Rodríguez de las Heras, catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid y director del Instituto de Cultura y Tecnología de esa misma institución, reflexiona precisamente sobre cómo estamos observando ese cambio de paradigma desde un punto de vista puramente económico y de alteración en los puestos de trabajo y en el tipo de profesiones: “Pero lo que nos espera de la robotización es una agudización de la crisis cultural que ya estamos viviendo y que va a alterar profundamente las estructuras”.

Si cualquiera se frota las manos hoy cuando escucha la palabra "libranza" o "vacaciones" es porque la sociedad está siendo educada, desde hace décadas, para la producción, para ser rentable y para contribuir al statu quo del actual sistema capitalista. "Nadie sabe qué haría cada individuo con ese tiempo, pero la cuestión va más allá de ir tres días al cine en vez de uno", apunta Rodríguez de las Heras. Aquí, algunas de las claves de ese "más allá", que no forma parte por el momento del debate informativo, centrado en cifras, porcentajes y términos de coste y beneficio y que está lleno de incertidumbre. "Hay muy poca previsión y muy poca creatividad en cuanto a los escenarios posibles", puntualiza. Para él, no se trata de anunciar cual profetas o especular de forma apocalíptica, sino de reflexionar: "Estamos trivializando la robotización, que es un fenómeno capilar que va a ir entrando, a veces, de forma invisible, y que es mucho, mucho más profundo".

¿Estamos preparados para tener mucho más tiempo libre?

Un sí al unísono podría esperarse como respuesta obvia a esta pregunta. El tiempo es, probablemente, la magnitud de la que cualquiera quiere más, la que la humanidad siempre ha ansiado (y ansía) con más fuerza. En la realidad que Andrew Niccol dibujó en In Time, la película protagonizada por Justin Timberlake en 2011, los seres humanos han dejado de envejecer, sin embargo, cuando cumplen 25 años se activa una cuenta atrás que les dará un año más de vida; durante esos 12 meses, deben empezar a ganar tiempo: si el reloj digital que se dibuja en sus antebrazos llega al cero, mueren. Luchan, sudan, sufren y matan por conseguir segundos en lo que podría ser una metáfora distópica del mundo occidental.

Como en aquel filme, el concepto de ocio, y por tanto el de trabajo, se alterarían mucho bajo esta hipótesis. Aunque antes de eso, el historiador Rutger Bregman(Westerschouwen, Holanda, 1988), cree necesario "repensar qué es trabajo": "Hoy, millones de personas hacen trabajos que creen que carecen de sentido —están enviando correos electrónicos o escribiendo informes que nadie lee—. Creo que debemos trabajar menos, para que podamos hacer más , para vivir una vida rica y significativa". Una idea que enlaza con una idea que también da Rodríguez de las Heras: "El trabajo se consideró un castigo hasta que el sistema económico consiguió darle la vuelta y sublimarlo hasta el punto de reclamarlo. Trabajo y más trabajo para que el sistema siga funcionando como buenos consumidores".

Y el horizonte de ocio trastocaría el modelo actual por completo, según el catedrático: "Actualmente se nos quita lo único que somos, tiempo, hay una alienación tan sublimada por la hiperactividad que podría decirse que vacía a las personas, las deja sin capacidad reflexiva. ¿Cómo vamos a enfrentarnos a ocho horas libres diariamente?". Para Bregman, viendo el contexto actual, se puede: "Si comparamos diferentes países, en realidad son aquellos con las semanas de trabajo más cortas donde la gente dedica más tiempo a cuidar a los ancianos, los voluntarios trabajan y participan en sus comunidades locales. Son los países con las semanas de trabajo más largas donde la gente ve más televisión, no se puede hacer mucho más si estás cansado después de horas y horas en una oficina aburrida".

La doctora Núria Codina, profesora de la Universidad de Barcelona y especialista en Psicología Social y Ocio y Gestión del Tiempo, apunta por el contrario a que la sociedad no está educada para el uso y la gestión del tiempo: "Es el bien más escaso y más democrático y no se valora". Y se pregunta, además, si ese futuro tiempo de "no trabajo" será realmente "tiempo libre": "Probablemente se nos mantendrá ocupados. En esta línea posiblemente tome fuerza una modalidad de ocio, conocida entre los especialistas como 'ocio serio', que es aquello a lo que la persona se dedica procurando realizar la actividad cada vez mejor (idiomas, aprendizaje de instrumentos, disciplinas que requieren horas de práctica para desarrollarse bien...)".

¿Y las estructuras?
Los poderes públicos, que viven pegados a la solución inmediata de los problemas inmediatos, no se han parado a pensar en el problema del tiempo más allá de las consecuencias en sus estadísticas de población activa. Codina cree que solo adoptarán medidas en el momento en el que se manifiesten problemas sociales: "Problemas que pueden venir por parte de aquellos que no sepan qué hacer con su tiempo".

Para Bregman, la disposición o no de las grandes estructuras para este cambio no es del todo importante: "El cambio real nunca comienza con las grandes potencias políticas o económicas, comienza en los márgenes de la sociedad". El historiador recuerda cómo cada hito de la civilización (la democracia, el fin de la esclavitud, el estado de bienestar) fue alguna vez una fantasía utópica. "Siempre comienza con alguien que es desechado (por las grandes potencias) como irracional y poco realista. La tarea de los intelectuales es hacer realista lo irreal, hacer inevitable lo imposible". Y añade una frase de Óscar Wilde: "El progreso es la realización de utopía".


El tiempo es una de las magnitudes más ansiadas por el ser humano.

Rodríguez, además, apunta a un cambio que ya se está produciendo y que podría calar del todo si hubiese más momentos para la reflexión: un mundo donde no hay púlpitos ni balcones sino corrillos y reuniones en las calles. "Los grandes poderes ya están viendo que esa plaza, que antes les miraba a ellos, ha dejado de hacerlo y se ha puesto a hablar. Es una forma de organización que nos cuesta trabajo entender ahora por la falta de referencias cercanas, pero necesaria". Para el catedrático, esta es una situación amplificada por la sociedad en red: "Da la palabra a los que, hasta ahora, solo podían escuchar. Es lo más revolucionario". Y frente a eso, asegura, ese intento de desprestigiar estos movimientos "alegando que solo se dicen idioteces, trivialidades, que son un peligro…".

Más tiempo, más reflexión, más revolución contra lo establecido. Algo que, por otra parte y según Gabriela Vargas-Cetina, profesora de Antropología en la Universidad Autónoma de Yucatán (México) y autora del artículo Tiempo y poder: la antropología del tiempo, el poder intentará coartar: "Son ellos (poderes políticos y económicos) quienes están promoviendo los cambios en las formas de empleo y trabajo que nos llevarán a un mundo cada vez más desigual en términos del disfrute del tiempo libre".

Pararse y darse cuenta o la crisis de identidad

Como cada periodo de cambio en la historia, las preguntas se acumulan respecto al futuro y a veces se repiten. La filósofa y política Hannah Arendt, en los años 50, ya se preguntaba qué ocurriría si el trabajo diese tanto tiempo libre como para que la gente se dedicase a otras actividades. "Y decía que no hay ninguna que cree tanta identidad como el trabajo", arguye José Francisco Durán, profesor de sociología de la Universidad de Vigo. En aquel momento, las horas que el periodo laboral dejaban vacías la sociedad las dedicaba a realizarse, sobre todo, socialmente.


A lo largo de la historia, los cambios han generado las mismas dudas, y las mismas preguntas en una sociedad que siempre se ve amenazada ante la incertidumbre.

Image: LEWIS HINE ARCHIVO NACIONAL DE ESTADOS UNIDOS)

"Ahora es tiempo de consumo, de puro entretenimiento, y eso tiene problemas para crear identidad a largo plazo". La anomia, que Émile Durkheim introdujo en La división del trabajo social (1893), es la palabra que Durán elige para este futuro hipotético. "Aunque ya se da hoy en día. Es ese estado en el que hay una incapacidad para encajar la sociedad con el individuo y este no siente interés por hacer nada, no está motivado, ni para sí mismo ni para los demás". Según el profesor, hoy las motivaciones vienen principalmente del ámbito del consumo, lo que hace que tengan que generarse nuevas de forma continua: "No hay un proceso vital de largo recorrido, todo es nuevo y pasa rápido. Eso crea un estado anómico que repercute en una crisis de identidad".

La vacuidad a la que alude Durán puede derivar, a veces, en supuestos negativos. Gabriela Vargas-Cetina alude a las situaciones de "reconocimiento interno y exclusión" que pueden darse alrededor de esa creación de identidad: "Muchas veces quedan en el borde del totalitarismo". En un mundo como el actual, con repuntes de los movimientos ultraderechistas, ese tiempo libre podría acabar usándose, según Vargas-Cetina, en expresar ese resentimiento. "Nos estamos enfrentando a una crisis identitaria en el sentido de un reforzamiento de las identidades grupales como formas totalitarias de identidad".

Todos los que que renunciaron a sus sueños porque pensaban que tenían que ganarse la vida, podrían lanzarse a cumplirlos

- Rutger Bregman

De forma constante, la sociedad se remite a movimientos pasados para preveer los futuros; en muchos casos con una carga mesiánica importante. "Y es un modelo totalmente desajustado. Sabemos que el cambio vendrá, y lo hará poco a poco y calando profundamente, y cuando llegue, el ser humano se dará cuenta de que nunca antes había tenido tiempo para reflexionar y se dará cuenta de las lagunas inmensas que tiene", arguye el catedrático Antonio Rodríguez de las Heras. Habla de nuevos malestares previos a un cambio social muy profundo del que no saldrá un líder, sino un movimiento más atomizado y global que, según Bregman, debe pasar no solo por prepararse para una nueva identidad, sino superar la verdadera crisis de esta, que se está dando ahora.

Apunta el historiador holandés a que cerca de un tercio de la mano de obra moderna está actualmente atrapada en un trabajo que encuentra inútil. Y asegura que no habla de agricultores, enfermeras o profesores, sino de abogados, banqueros y consultores: "Todos los que que renunciaron a sus sueños porque pensaban que tenían que ganarse la vida. Es una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: estamos desperdiciando una cantidad increíble de energía, ambición e inteligencia con todas esas personas inteligentes que trabajan en algo que no aporta nada de valor. O incluso peor (en el caso del sector financiero) que lo destruyen". Para Bregman no es una coincidencia que los que trabajan en este área, a menudo, terminen con agotamiento o depresión: "La verdadera crisis de identidad de nuestros tiempos".

Adiós, educación actual

Para que ese cambio de paradigma tenga lugar, todos coinciden en un punto clave: la educación, ahora enrocada en el afán por alienar y adoctrinar en los valores de la productividad, la rentabilidad y el futuro económico sostenible bajo los criterios de la jerarquía de la oferta y la demanda. Para la antropóloga Vargas-Cetina, desde las estructuras hegemónicas de poder y el status quo, los cambios nos están llevando de una educación más crítica a una más técnica, donde las ciencias sociales, las artes y las humanidades son relegadas. "Visto desde un futuro mejor para todos, deberíamos tener más arte, más crítica, más ciencias sociales y más herramientas que nos ayuden a entender por qué la técnica nunca es 'solamente' una aplicación de las cosas, sino la implementación de una cierta filosofía".

Hacerse con el control de la educación es formar el mundo que tú quieres

- Antonio Rodríguez de las Heras

En 2015, la reforma educativa española (LOMCE) redujo la asignatura de Filosofía en las aulas de manera significativa; en aquel momento, profesores y expertos se levantaron y arguyeron que la materia llevaba años siendo maltratada. Aquel fue solo un ejemplo más del escaso interés que la política —al fin y al cabo quien tiene en su mano la palanca de mando— tiene por inculcar el amor a la sabiduría. "Los grandes poderes, tanto nacionales como supranacionales, fomentan una educación vinculada directamente al trabajo; y la otra forma que han entendido hasta ahora ha estado vinculada al tema de la ciudadanía, pero eso sí, con valores superfluos y débiles", subraya Durán.

Rodríguez de las Heras también se encamina hacia ahí: "La educación siempre es revolucionaria o contrarrevolucionaria, por eso se disputa continuamente. Todos queremos en nuestra mano el mando para mover o contener el mundo y hacerse con la educación es formar el mundo que tú quieres". El catedrático coloca la educación como la protagonista única de un cambio que habrá de darse en cada individuo y que lo prepare frente a la indefensión y la vulnerabilidad que supondría este futurible. "Disponer de tiempo, al principio, nos deja indefensos frente a la invasión que supone el entretenimiento, una especie de sonajero sin trasfondo".

Los grandes poderes, tanto nacionales como supranacionales, fomentan una educación vinculada directamente al trabajo

- José Francisco Durán

Preparar a las personas para ser cultos, aprender a observar el mundo, discernir lo que sucede tras lo que es contado, alejar el trabajo como única realización personal, bajarle los humos al éxito profesional como indicador de felicidad... Un indicador que, probablemente, dejaría más en pañales que al resto a aquellos saturados de títulos, cargos y honores laborales. Rodríguez apunta a quienes tienen un nivel sociocultural más alto como los más afectados: "Su proceso educativo ha sido extraordinariamente transformador, una horma muy fuerte para que ser una pieza de relojería en la maquina social, por tanto, ahí puede producirse un derrumbamiento". Aunque asegura que el daño y las perturbaciones pueden ser muy dispares. "Los efectos de ese posible escenario va a darnos sorpresas, no son nada predecibles".

Nùria Codina suma una arista más a las hipótesis que podrían darse: no solo un cambio educativo es "esencial", sino que habría que introducir expertos en gestión del tiempo y el ocio. "No se trata solo de ocupar el tiempo, lo óptimo es invertirlo en aquello que realmente aporte el desarrollo psicosocial de la persona. Y aquí es importante destacar que algunas escuelas desarrollan experiencias piloto en las que el contenido académico se imparte a partir del ocio; unas experiencias que aportan innovación y nos preparan para otro modelo de enseñanza".

Poderoso caballero es Don dinero

Para asegurar un cambio positivo en lo que podrían ser las escuelas del futuro, Bregman, autor de Utopía para realistas, apunta hacia la renta básica garantizada como puntal para que las nuevas generaciones se dediquen más a seguir lo que desean y no lo que deben: "Los padres a menudo dicen a sus hijos 'aseguraos de estudiar algo que tenga un buen sueldo'. El resultado es que muchos jóvenes no estudian artes, música, danza, historia o filosofía, porque tienen miedo de no ganar suficiente". Si supieran que esa parte está cubierta, las decisiones de millones de personas, según el historiador, empezarían a ser otras.

Con una renta básica garantizada, por primera vez en la historia, todos serían verdaderamente libres

- Rutger Bregman

Por eso cree en la absoluta necesidad de adquirir ese nuevo derecho: "Es crucial que demos a todos la libertad de decidir por sí mismos qué quieren hacer con su vida. Sería el mayor logro del capitalismo y de la socialdemocracia". Por primera vez en la historia, todos y no solo los ricos, podrían decir "no" a un trabajo que no quieren hacer. "Por primera vez en la historia, todos serían verdaderamente libres".

Bienvenida de nuevo, cultura

Dentro de esa educación renovada, sin duda para los expertos, la cultura se posicionaría en cabeza. "La educación y la cultura se desmembraron la una de la otra hace tiempo y eso creó una anomalía en el cociente educativo y cultural", anota Rodríguez de las Heras, aludiendo a una divergencia que ha generado carencias inmensas en el desarrollo de las personas. "Si vuelven a integrarse, aquellas cosas que ahora pueden incluso molestar, como la pintura o la escritura creativa, se recuperarán". El catedrático está convencido de que este tipo de habilidades, ahora pertenecientes al mundo del tiempo libre de cada uno, tendrán un renacimiento: "Ese ocio llevará a aquello que te han robado porque no cabía durante el tiempo laboral impuesto".

Aunque, como en el resto de sectores, la cultura deberá atravesar un proceso de cambio que ofrezca respuestas y satisfaga las necesidades (que se antojan más profundas) del nuevo público. Unos espectadores que, en su mayoría y por el momento, "consumen cultura". El profesor Durán explica que, aunque ahora existe un afán cultural enorme, es solo un especie de espejismo del afán por el entretenimiento "enfocado a recuperar fuerzas para volver a trabajar". Sin embargo, afirma, debería ser algo que permitiese ser mejor moralmente, tener más capacidad y mejores herramientas para comprender el mundo: "El entretenimiento convierte a las personas en la masa, mientras que la cultura pasa por apreciar lo que se experimenta, por cultivarlo. Solo entonces se es más libre".


Según los expertos, el tiempo libre podría traer un renacimiento de las habilidades creativas que ahora están constreñidas a meras aficiones.
Image: REUTERS/Stefan Wermuth

Para todo lo anterior hay matices: la situación no sería igual en India que en Australia, ni sería lo mismo para aquellos con profesiones vocacionales que mecánicas, ni creativas que burocráticas. Pero parece claro que, en un mundo en el que nos han enseñado a ser eficientes operarios del sistema, habría que aprender, de nuevo y casi de cero, a vivir. Bregman está convencido de que millones de personas podrán dedicar más tiempo a cosas que creen que son realmente valiosas —siempre y cuando se cumpliese la premisa de la renta básica garantizada—: "De repente todo el mundo podría pasar a un trabajo diferente, una ciudad diferente y comenzar una nueva empresa. Aunque, obviamente, no sabemos con certeza lo que ocurrirá".

Por el momento, es difícil hacerse a la idea de un mundo en el que trabajar ocupara una parte mínima del tiempo; por el momento hay que volar, tener cinco brazos y dos agendas, rezar porque el transporte público sea puntual o no haya atasco, porque no se bloquee el ordenador o no caiga ninguna de las redes que son el puente de contacto con el resto del mundo; por el momento, el mundo es una carrerita en bucle entre el coyote y el correcaminos. El tiempo, claro, es el coyote y nosotros el correcaminos.

Incertidumbre
Hacer previsiones es siempre complicado desde el punto de vista sociológico. Los efectos de ese posible escenario son, según los expertos, poco predecibles y podrían dar sorpresas.
Educación
En un mundo en el que el trabajo no fuera el punto central de la rutina sería necesario un cambio educativo que acentuara la filosofía, la ética y las disciplinas creativas.
Reflexión
Una sociedad con más tiempo para la reflexión podría producir cambios profundos en los ámbitos de poder, políticos o económicos.
Trabajo
Algunos expertos hablan de casi un tercio de trabajadores en empleos que les parecen inútiles. Este nuevo escenario podría acarrear un aumento de profesiones vocacionales, relacionadas sobre todo con las artes y la creatividad.
Cultura
La cultura deberá atravesar un proceso de cambio que ofrezca respuestas y satisfaga las necesidades (que se antojan más profundas) del nuevo público. 
Renta básica
Expertos como Rutger Bregman, autor de Utopía para realistas, apunta hacia la renta básica garantizada como puntal para que las nuevas generaciones se dediquen más a seguir lo que desean.
Ocio
Podría tomar fuerza una modalidad de ocio, conocida entre los especialistas como 'ocio serio', que es aquello a lo que la persona se dedica procurando realizar la actividad cada vez mejor (idiomas, aprendizaje de instrumentos, disciplinas que requieren horas de práctica para desarrollarse bien...).

¿Por qué Japón está libre de populismo?



En un momento en que una ola de populismo de derecha está arrasando en Europa, Estados Unidos, India y partes del sudeste asiático, Japón hasta el momento parece ser inmune. No existen demagogos japoneses, como Geert Wilders, Marine Le Pen, Donald Trump, Narendra Modi o Rodrigo Duterte, que hayan explotado los resentimientos acumulados contra las elites culturales y políticas. ¿Por qué?

Quizá lo más cerca que haya estado Japón fue el ex alcalde de Osaka, Toru Hashimoto, que primero se hizo famoso como personalidad de la televisión y luego, en los últimos años, cayó en ridículo cuando elogió el uso de esclavas sexuales en tiempos de guerra por parte el Ejército Imperial Japonés. Sus visiones ultranacionalistas y su aversión a los medios liberales fueron una versión familiar del populismo de derecha. Pero nunca llegó a entrar en la política nacional.

Hashimoto ahora le brinda asesoramiento gratuito al primer ministro Shinzo Abe sobre cómo ajustar las leyes de seguridad nacional. Y allí reside una explicación para la aparente falta de un populismo de derecha en Japón. Nadie podría estar más identificado con la elite política que Abe, que es nieto de un ministro de gabinete de guerra y luego primer ministro, e hijo de un ministro de Relaciones Exteriores. Y, aun así, comparte la hostilidad de los populistas de derecha hacia los académicos, periodistas e intelectuales liberales.

La democracia japonesa de posguerra estuvo influenciada en los años 1950 y 1960 por una elite intelectual que conscientemente pretendía alejar a Japón de su nacionalismo de tiempos de guerra. Abe y sus aliados intentan acabar con esa influencia. Sus esfuerzos por revisar la constitución pacifista de Japón, restablecer el orgullo de sus antecedentes de tiempos de guerra y desacreditar a los medios tradicionales "elitistas", como el periódico de centro-izquierda Asahi Shimbun, les ha valido el elogio del ex estratega de Donald Trump, Stephen Bannon, quien definió a Abe como "un Trump antes que Trump".

En algunos sentidos, Bannon tenía razón de pensar así. En noviembre de 2016, Abe le dijo a Trump: "Logré domesticar al Asahi Shimbun. Espero que usted también logre domesticar a The New York Times". Aunque fuera una broma entre dos líderes supuestamente democráticos, fue vergonzoso.

De manera que se podría decir que hay elementos del populismo de derecha presentes en el corazón del gobierno japonés, representados por el vástago de una de las familias más elitistas del país. Esta paradoja, sin embargo, no es la única explicación para la ausencia de un Le Pen, Modi o Wilders japonés.

Para que los demagogos puedan agitar resentimientos populares contra los extranjeros, los cosmopolitas, los intelectuales y los liberales, deben existir disparidades financieras, culturales y educativas enormes y obvias. Eso fue lo que pasó en Japón a mediados de los años 1930, cuando militares exaltados montaron un golpe fallido que apuntaba a los banqueros, empresarios y políticos que, en su opinión, estaban corrompiendo a la política japonesa.

El golpe estuvo respaldado por soldados que, en muchos casos, se habían criado en zonas rurales pobres. Sus hermanas a veces tenían que ser vendidas a grandes burdeles de las ciudades para que sus familias pudieran sobrevivir. Las elites urbanas cosmopolitas y occidentalizadas eran el enemigo. Y la opinión pública estaba, en gran medida, del lado de los rebeldes.

El Japón contemporáneo puede tener sus defectos, pero hoy es mucho más igualitario que Estados Unidos, India o muchos países en Europa. Los impuestos elevados hacen difícil legar la riqueza heredada. Y, a diferencia de Estados Unidos, donde se hace ostentación de la prosperidad material -el propio Trump lo hace-, los japoneses más adinerados tienden a ser discretos. Japón ha superado a Estados Unidos como un país de clase media.

El resentimiento se alimenta de una sensación de humillación, una pérdida del orgullo. En una sociedad donde el valor humano está medido por el éxito individual y simbolizado por la celebridad y el dinero, es fácil sentirse humillado cuando esto no existe, cuando se es una cara más en la multitud. En casos extremos, individuos desesperados asesinarán a un presidente o a una estrella de rock sólo para figurar en las noticias. Los populistas encuentran respaldo entre esos rostros resentidos en la multitud, gente que siente que las elites la han traicionado al privarla de su sentido del orgullo de su clase, su cultura o su raza.

Esto todavía no ha sucedido en Japón. La cultura puede tener algo que ver con esto. La autopromoción, al estilo norteamericano, se ve con malos ojos. Sin duda, Japón tiene una cultura de la celebridad promovida por los medios masivos. Pero la autoestima no está tan definida por la fama o la riqueza individual sino por ocupar un lugar en una empresa colectiva, y hacer el trabajo que a uno se le asigna de la mejor manera posible.

La gente en las tiendas departamentales parece sentirse genuinamente orgullosa de envolver la mercadería a la perfección. Algunos empleos -pensemos en esos hombres uniformados de mediana edad que sonríen y hacen una reverencia ante los clientes que entran a un banco- parecen ser absolutamente superfluos. Sería ingenuo suponer que estas tareas dan una enorme satisfacción, pero ofrecen a la gente un sentido de pertenencia, un rol en la sociedad, por más humilde que sea.

Mientras tanto, la economía japonesa doméstica sigue siendo una de las más protegidas y menos globalizadas del mundo desarrollado. Existen varias razones por las que los gobiernos japoneses se han resistido al neoliberalismo promovido en Occidente desde los años de Reagan/Thatcher: intereses corporativos, privilegios burocráticos y política clientelista de diferente tipo. Pero preservar el orgullo en el empleo, en el costo de la eficiencia, es una de ellas. Si esto sofoca a la empresa individual, que así sea.

El thatcherismo probablemente haya hecho que la economía británica fuera más eficiente. Pero al aplastar a los sindicatos y a otras instituciones establecidas de la cultura de la clase trabajadora, los gobiernos también han eliminado los motivos de orgullo de la gente que suele hacer trabajos desagradables. La eficiencia no crea un sentido de comunidad. Quienes hoy se sienten a la deriva le echan la culpa por su situación a las elites más educadas y a veces más talentosas -y que, por ende, pueden progresar en una economía global.

Una de las consecuencias más irónicas es que mucha de esa gente en Estados Unidos ha elegido como presidente a un multimillonario narcisista que hace alarde de su riqueza, de su éxito personal y de su genialidad. Es poco probable que algo así suceda en Japón. Tal vez aprendamos algo valioso si reflexionamos sobre los motivos de por qué esto es así.

En defensa del populismo económico


CAMBRIDGE – Los populistas aborrecen las restricciones al poder ejecutivo. Puesto que dicen representar al “pueblo” en su totalidad, consideran que todo límite a su ejercicio del poder atenta contra la voluntad popular, y sólo puede estar al servicio de los “enemigos del pueblo”: las minorías y los extranjeros (para los populistas de derecha) o las élites financieras (en el caso de los populistas de izquierda).


Es una forma peligrosa de entender la política, porque permite a una mayoría pisotear los derechos de las minorías. Sin separación de poderes, sistema judicial independiente y libertad de prensa (algo que todos los autócratas populistas, desde Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdoğan hasta Viktor Orbán y Donald Trump detestan) la democracia degenera en tiranía de quien acierte a estar en el poder.

En el populismo, las elecciones periódicas se vuelven una cortina de humo. En ausencia del Estado de Derecho y de las libertades civiles básicas, los regímenes populistas pueden prolongar su reinado manipulando medios y tribunales a su antojo.

La aversión de los populistas a los límites institucionales se extiende a la economía, donde el ejercicio del pleno control “por el bien del pueblo” no admite que se interpongan organismos reguladores autónomos, bancos centrales independientes o las normas del comercio internacional. Pero mientras que en el ámbito político el populismo es casi siempre pernicioso, hay ocasiones en que el populismo económico se justifica.

Comencemos por analizar los motivos que puede haber para restringir la política económica, algo que suele ser del agrado de los economistas, porque cuando la definición de políticas es totalmente dependiente del tira y afloja de la política interna pueden producirse resultados sumamente ineficientes. En particular, la política económica suele padecer lo que los economistas llaman inconsistencia temporal: es común que los intereses inmediatos impidan la implementación de políticas que son mucho más deseables a largo plazo.

Un ejemplo de manual es la política monetaria discrecional. Cuando un político tiene poder para emitir dinero a voluntad, puede ocurrir que decida generar una “inflación sorpresa” para estimular la producción y el empleo en lo inmediato, por ejemplo, antes de una elección. Pero esto es contraproducente, porque las empresas y los hogares ajustan las expectativas inflacionarias, y al final, lo único que se consigue es más inflación sin ninguna mejora de la producción o el empleo. La solución es un banco central independiente, aislado de la política, que sólo deba cumplir el mandato de mantener la estabilidad de precios.

Los costos del populismo macroeconómico son bien conocidos por la experiencia latinoamericana. Como señalaron hace años Jeffrey D. Sachs, Sebastián Edwards y Rüdiger Dornbusch, las políticas monetarias y fiscales insostenibles fueron la ruina de la región hasta que en los noventa comenzó a prevalecer la ortodoxia económica. Las políticas populistas producían periódicamente graves crisis económicas, que perjudicaban especialmente a los pobres, hasta que para cortar el ciclo, la región se volcó a las normas fiscales y a los ministros de finanzas tecnocráticos.

Otro ejemplo es el tratamiento oficial de la inversión extranjera. En cuanto una empresa extranjera hace una inversión, queda básicamente cautiva de los caprichos del gobierno anfitrión, que olvida fácilmente las promesas que hizo para atraerla, y las reemplaza por políticas que la exprimen en aras del presupuesto nacional o de las empresas locales.

Pero los inversores no son estúpidos y, por temor a que pase esto, invierten en otra parte. La necesidad de credibilidad de los gobiernos llevó entonces a la aparición de tratados comerciales con cláusulas de arbitraje de disputas entre estados e inversores, que permiten a las empresas demandar a los gobiernos en tribunales internacionales.

Todos estos son ejemplos de restricciones a la política económica en la forma de delegación de poderes a organismos autónomos, tecnócratas o reglas externas. Según esta descripción, cumplen la valiosa función de impedir que quienes ejercen el poder apliquen políticas imprudentes que sólo los perjudican.

Pero también puede ocurrir que las restricciones a la política económica traigan consecuencias menos benéficas. En particular, si son restricciones instituidas por grupos de intereses especiales o élites para consolidar su control permanente de la formulación de políticas. En esos casos, la delegación a organismos autónomos y la sujeción a normas internacionales no están al servicio de la sociedad, sino de una estrecha casta de “iniciados”.

Uno de los motivos de la reacción populista actual es la creencia (no del todo injustificada) de que la segunda descripción es aplicable a buena parte de la política económica de las últimas décadas. Las negociaciones comerciales internacionales han estado cada vez más supeditadas a la influencia de corporaciones multinacionales e inversores, lo que dio lugar a regímenes globales desproporcionadamente favorables al capital en detrimento de los trabajadores. Ejemplos claros son las normas estrictas sobre patentes y los tribunales internacionales para inversores. Otro es la captura de los organismos autónomos por las industrias que supuestamente deben regular. Los bancos y otras instituciones financieras han sido especialmente capaces de salirse con la suya y establecer reglas que les dan total libertad de acción.

Los bancos centrales independientes fueron actores fundamentales para controlar la inflación en los ochenta y los noventa; pero en el actual entorno de baja inflación, su insistencia en la estabilidad de precios imparte un sesgo deflacionario a la política económica, y está en tensión con la generación de empleo y el crecimiento.

Es posible que esta “tecnocracia liberal” esté en su apogeo en la Unión Europea, donde las normas y regulaciones económicas se diseñan a considerable distancia de la deliberación democrática nacional. Esta divergencia política (el llamado “déficit democrático” de la UE) ha dado lugar en casi todos los estados miembros al surgimiento de partidos políticos populistas y euroescépticos.

En estos casos, bien puede ser deseable flexibilizar las restricciones a la política económica y devolver poder de decisión a los gobiernos electos. En tiempos excepcionales se necesita libertad para experimentar con la política económica. La historia nos ofrece un excelente ejemplo con el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Para llevar a cabo sus reformas, FDR tuvo que eliminar las ataduras económicas impuestas por jueces conservadores e intereses financieros en el plano interno, y por el patrón oro en el plano externo.

Debemos estar siempre en guardia contra el populismo que asfixia el pluralismo político y debilita las normas de la democracia liberal. El populismo político es una amenaza que debe evitarse a toda costa. Pero a veces el populismo económico es necesario; de hecho, en momentos así, puede ser el único modo de anticiparse a su pariente político, que es mucho más peligroso.

Traducción: Esteban Flamini




Dani Rodrik is Professor of International Political Economy at Harvard University’s John F. Kennedy School of Government. He is the author of The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy, Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science, and, most recently, Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy.