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sábado, 16 de octubre de 2021

Un premio Nobel contra la falacia que une correlación y causalidad

 Los economistas David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens han obtenido el galardón por hacer más científica la economía, inventando trucos para atacar su pregunta más difícil: qué causa qué.


La medalla de un Premio Nobel de hace unos años.


¡Buenos días! Hoy quiero hablaros de otro premio Nobel, el de economía. Pero sin vídeos de pájaros.

No es fácil explicar qué provoca los resultados que observamos. Por ejemplo, sabemos que los niños de colegios privados tienen mejores trabajos de adultos, ¿pero en qué medida eso es una consecuencia de su educación y en qué medida ambas cosas —trabajo y colegio— son una consecuencia de que sus padres son más ricos? En el mundo real todo está conectado; cuesta observar una causa y sus efectos sin que se crucen variables.

Por desgracia, nuestra intuición ignora eso. Las personas sacamos conclusiones precipitadas con facilidad pasmosa. Si nos dicen que entre los niños que usan mucho el móvil hay el doble de casos de depresión, corremos a pensar que el teléfono los deprime… aunque es perfectamente posible que sea al revés (que la depresión de algunos niños los empuje a abusar del móvil). Este fallo humano lo conocemos desde hace siglos, por eso es una falacia lógica con nombre: “Si ocurre después de esto, por tanto ocurre a causa de esto” (post hoc ergo propter hoc).

La pandemia nos ha dejado otros ejemplos, pero mi favorito es un consejo tradicional que ha envejecido mal. ¿Os acordáis que hasta 2018 la gente te decía que te abrigases para no constiparte? En el imaginario popular el frío causaba infecciones. Ahora ha quedado claro que no debía de ser eso, porque para evitar la covid nadie te dice que te pongas un jersey, sino que evites los interiores, que no tosas encima de la gente y que te laves las manos. Los constipados circulan más en nuestro invierno y la temperatura desempeña aquí algún efecto, pero si asociábamos pasar frio y constiparnos, en parte era porque confundíamos correlación y casualidad.

Los economistas sabían que correlación no implicaba causalidad, pero hacían poco al respecto. Al menos así explica Justin Wolfers, catedrático de la Universidad de Michigan, lo que supuso el trabajo de los tres premiados: “Mirábamos los datos y decíamos ‘correlación no es causalidad’, pero enseguida lo olvidábamos y formulábamos un montón de juicios pseudocausales basados en datos que realmente no sostenían esas afirmaciones. Pero David [Card], Josh [Angrish] y Guido [Imbens] dijeron: 'Espera'. Su respuesta no fue el rollo destructivo habitual de ‘no podemos hacer afirmaciones causales’, sino algo enteramente constructivo: aquí tienes una caja de herramientas que puede ayudarte a hacer afirmaciones causales creíbles”.

No es un logro pequeño. Los premiados inventaron nuevos métodos para enfrentar el problema más profundo de la ciencia social.


El laboratorio del Alfred Nobel, donde hizo sus experimentos, en Karlskoga (Suecia).JONATHAN NACKSTRAND / AFP

La navaja suiza del experimento natural

La idea esencial de los premiados fue el experimento natural. Para entenderla, es útil dar un paso atrás y pensar cómo se resolverían todas las preguntas causales: la solución sería tener universos contrafácticos. ¿Quieres averiguar el efecto de vacunar a una persona? Bastaría generar dos universos idénticos, en uno vacunarla y en el otro no. Como hacer eso es imposible, los científicos usan un plan B, que son los experimentos con grupo de control.

Estos son ensayos que dividen a miles de voluntarios en dos grupos al azar, para que fuesen iguales en todo, salvo en la intervención de recibir (o no) la vacuna. Es un truco estupendo porque evita las interferencias. Con un grupo de control, ya da igual si el virus muta o la incidencia baja: como esos cambios afectarán a los dos grupos, siempre podremos compararlos y atribuir las diferencias al efecto de las vacunas.

¿Pero qué pasa cuándo no hay experimentos, porque son poco éticos, son caros o simplemente no se hacen? Ahí entran en juego Card, Angrist e Imbens. Demostraron que era posible buscarlos en la naturaleza. En el mundo real se producen un montón de experimentos, o casi experimentos, que podemos explotar para responder preguntas.

Uno de los primeros ejemplos fue el trabajo de David Card de 1990 en el que usó la llegada masiva de cubanos a Miami para estudiar los efectos de la inmigración sobre el empleo. En pocos meses, los trabajadores sin cualificación habían aumentado un 20% en la región. ¿Causó eso una bajada de los salarios? Card comparó la evolución de los sueldos en Miami con la de los de otras ciudades y observó que no. Era solo un estudio circunscrito a un lugar y un tiempo, pero empujó a los economistas a repensar sus modelos teóricos.

Otro clásico fue el trabajo de Angrist sobre servir en el ejército. ¿Qué efecto tiene alistarse sobre la vida de una persona? No es algo fácil de observar sin más: si vemos que los veteranos ganan poco dinero, no podemos saber si es consecuencia de la guerra o si hubiese sido así en cualquier caso (¡Porque correlación no implica causalidad!). Pero Angrist encontró un experimento natural: comparó a los jóvenes que fueron llamados a filas por sorteo durante la guerra de Vietnam, con otros jóvenes que se quedaron a punto de ser elegidos. Lo que vio es que, diez años después de acabar la guerra, los veteranos tenían unos ingresos un 15% inferiores que los de personas parecidas.

Buscar estos atajos fue una revolución metodológica. En palabras del economista Alex Tabarrok: “Los últimos treinta años de economía empírica han sido el resultado de economistas que abrían sus ojos a los experimentos naturales que había a su alrededor, por todas partes”.

El caso del salario mínimo

De los primeros experimentos naturales, el más comentado estos días es el que publicaron Card y Alan Krueger en 1993, sobre una cuestión todavía actual: ¿Subir el salario mínimo destruye empleos?

Para averiguarlo, los dos economistas aprovecharon una ley de 1992 que lo elevó en Nueva Jersey de 4,25 a 5,05 dólares. Lo que hicieron fue recoger datos de 400 restaurantes de comida rápida en ese Estado y en la vecina Pensilvania, donde el salario mínimo se mantuvo constante, razonando que cualquier otro factor que afectase a una región influiría también en la otra. ¿Creció menos el empleo en Nueva Jersey que en Pensilvania al aprobarse la ley? Descubrieron que no, contradiciendo a muchos economistas.

Nada de casual tuvo que este resultado fuera polémico. Era normal que un método nuevo arrojara resultados en llamativo contraste con las creencias de grandes economistas de la tradición anterior, más teórica. Eso demostraba la virtud del nuevo enfoque. Inventar técnicas creíbles para responder preguntas con datos debía llevar la discusión al terreno factual. Si el empleo no tuvo peor evolución en Nueva Jersey que en Pensilvania, eso es un hecho que los teóricos debían incorporar.

Después de 30 años de estudios, hay economistas empíricos que todavía piensan que el salario mínimo destruye empleo, y otros —quizás la mayoría— que piensan que sus efectos son mínimos. Pero lo importante es fijarse en lo que han acordado unos y otros: están de acuerdo en que se trata de una pregunta empírica que se responde mirando la realidad.

Esa transformación es la historia de este Nobel.

Card, Krueger, Angrist e Imbens hicieron de la economía una disciplina “más científica”, como dice Noah Smith. “Si incluso la teoría más consensuada, básica y querida de la disciplina podía refutarse mediante datos empíricos, eso significa que la economía consiste en un conjunto de afirmaciones falsables sobre el mundo en el que vivimos”. En un campo dominado por aproximaciones casi filosóficas para grandes preguntas, los premiados decidieron indagar la realidad poco a poco, haciendo preguntas pequeñas, pero obteniendo respuestas firmes. Abrazaron la mirada curiosa de la rutina científica.

Fue una revolución que se sintió más allá de la economía. Desde los noventa, los experimentos naturales han cambiado la ciencia política, la sociología, la demografía y la salud pública. Los premiados, y la generación de científicos que les siguieron, han empujado esas disciplinas para ser menos teóricas y más empíricas. La ciencia social ha dejado de ser una ciencia sin experimentos. Negarlo, hoy por hoy, es poner excusas.

viernes, 15 de octubre de 2021

El Nobel de Economía: la revolución de la credibilidad. Comentario HHC


Para quienes preocupa que los economistas se hayan formado crecientemente en una disciplina en la que tienen poca importancia las evidencias en la construcción del conocimiento económico, la concesión del Nobel de Economía este año es relevante. Se ha premiado a David Card, Joshua D. Angrist y Guido W. Imbens reconociendo una manera de producir conocimiento económico que se liga con intervenciones económicas del Estado para resolver problemas relevantes. Este reconocimiento es una refutación directa de los métodos de la economía convencional y, en consecuencia, de muchas de las leyes económicas que pretendidamente ha establecido el pensamiento económico dominante. Refutación que resulta de experimentos controlados, es decir, de estudios basados en información real que permite comparar resultados de cambios en políticas en grupos diferentes.

En el famoso artículo publicado en 1994 en la American Economic Review, Card y Kruger presentaron evidencia que demostraba el efecto de la elevación del salario mínimo sobre el nivel de empleo y los precios. Sus conclusiones refutaron la afirmación de la economía convencional que señalaba que incrementar el salario mínimo conduciría a reducir el nivel de empleo. En ese estudio analizaron información de 410 empresas de comida rápida en Nueva Jersey y Pensilvania siguiendo el aumento al salario mínimo de 4.25 a 5.05 dólares la hora en Nueva Jersey. Compararon lo ocurrido en ese estado y en Pensilvania, donde no hubo incremento salarial, antes y después de ese aumento sobre empleo, salarios y precios.

La revolución de la credibilidad cuestionó la idea de que era posible aislar los efectos de cambios en ciertas políticas a través de sofisticados modelos estadísticos que controlaban matemáticamente otros factores: el supuesto de permaneciendo todo lo demás constante, el ceteris paribus. Este método produce resultados correctos solamente cuando se aceptan los supuestos, es decir, cuando se acepta que el que no cambien las otras cosas es razonable y pertinente. Supuestos que, además, están sostenidos por la propia teoría que se pretende demostrar.

Pese a esta evidente debilidad metodológica, los resultados de las investigaciones econométricas se convirtieron en leyes económicas y, a partir de ello, sirvieron para refutar intervenciones gubernamentales que se proponían reducir la evidente desigualdad en el reparto de los ingresos producidos. El salario podía aumentar sólo en la medida en la que el factor trabajo incrementara su productividad. Si los aumentos salariales resultaban de decisiones políticas del gobierno, entonces la teoría económica se usaba para señalar que eso significaría reducciones del nivel de empleo y aumentos de precios y que, en consecuencia, era inconveniente la intervención estatal.

Desde los años 90 del siglo pasado, diversos economistas condujeron estudios que se sostenían en la fuerza del análisis de situaciones reales con información recabada directamente tanto entre empresas como con trabajadores para variables analizadas comparativamente. Se trata de procedimientos muy cercanos a los realizados en experimentos controlados. Este es el importante aporte de Card que junto con Kruger condujo estudios cuyos resultados cuestionaban las leyes económicas establecidas.

El banco central sueco, que otorga el Nobel de Economía, expresó en su razonamiento para otorgarlo a estos economistas que los experimentos naturales son una rica fuente de conocimiento que ha resultado en un gran beneficio para el conjunto de la sociedad. En realidad, el aporte va mucho más lejos. Demostraron que la teoría económica se equivocaba al afirmar que todo aumento salarial que no siguiera aumentos en la productividad reduciría el nivel de empleo y elevaría los precios. Pero demostraron algo todavía más importante: que decisiones políticas que aumentaban los salarios mínimos con el fin de reducir la excesiva concentración del ingreso no afectaban negativamente variables fundamentales, como el nivel de empleo y la inflación. Demostraron que era posible, y conveniente, que los poderes públicos intervinieran en los mercados, ya que la mano invisible no generaba bienestar, sino concentración del ingreso.

Los economistas galardonados con el Nobel 2021, impulsores de esta revolución de la credibilidad en el análisis económico, con sus aportes impulsan también políticas económicas que se proponen resolver problemas sociales centrales: mejorar las condiciones de vida de los trabajadores a través de aumentos salariales, ayuda a desempleados, apoyo a migrantes y otras. Cuestiones que conforman una agenda progresista, que claramente demanda una economía y unos economistas formados en la convicción de que en las ciencias sociales el análisis empírico es sustento del conocimiento científico. ( Negritas nuestras).


Comentario HHC: La realidad es que este Premio Nobel deberían haberse otorgado a los intentos de construcción del socialismo, pero se descuidaron otros aspectos relevantes como  la productividad del trabajo, pero es esperanzador de cara al futuro.

La pandemia de la covid ha demostrado que la intervención estatal era y sigue siendo necesaria, no solo para regular el mercado ( que solo no se autoregula), sino que es imprescindible para resolver los grandes problemas de la sociedad en general.

Esto puede ser el inicio del proceso de deconstrucción del Capitalismo tal como lo conocemos y el perfeccionamiento de la edificación socialista en igual sentido. Hay que seguir profundizando en ello.

lunes, 11 de octubre de 2021

Tres temas y seis académicos con opción de ganar el Nobel. Comentario HHC

Entre cinco hombres y una mujer estaría el ganador al premio en Economía que se entregará el próximo lunes.



El premio Nobel de Economía se entregará el próximo lunes 11 de octubre.

AFP

Las investigaciones sobre el espíritu empresarial, innovación y la competencia; la historia y cultura del progreso tecnológico y sus consecuencias económicas, así como las contribuciones a la macroeconomía internacional y conocimientos sobre la deuda mundial y las crisis financieras son las más opcionadas a ganar el Premio Nobel del Economía del 2021.

De acuerdo con la estimación de Clarivate Analytics, los seis académicos fuertes en economía tienen su sede en instituciones educativas en los Estados Unidos. Dos de ellos en Harvard y el resto en la Universidad de Indiana, en Berkeley, la Universidad de California y en Northwestern.

“Los galardonados con la mención de investigación de ‘Clase Nobel’ de este año han sido pioneros en algunas de las investigaciones más importantes de nuestro tiempo, como las crisis financieras”, dijo Joel Haspel, vicepresidente senior de estrategia y ciencia de Clarviate.

En el campo de la investigación pionera sobre el espíritu empresarial, la innovación y la competencia, uno de los destacados es el profesor David B. Audretsch, distinguido en la cátedra Ameritech de Desarrollo Económico en la Universidad de Indiana, donde también es director del Instituto de Estrategias de Desarrollo. Además es profesor honorario de economía industrial y emprendimiento en la WHU-Otto Beisheim School of Management en Alemania.

También fue reconocido en 2009 como el octavo economista más destacado del mundo por el Ranking Económico Handelsblatt y nombrado entre los 60 “economistas más influyentes de todos los tiempos”.

Por otro lado está David J. Teece , director de la iniciativa Tusher para la Gestión del Capital Intelectual y profesor de administración de empresas del Instituto de Innovación Empresarial, Haas School of Business, en la Universidad de Berkeley en California por sus estudios vinculados a la innovación, el espíritu empresarial y la competencia.

En el caso de las investigaciones sobre estudios de la historia y cultura del progreso tecnológico y sus consecuencias económicas se detaca el autor del libro ‘Una cultura de crecimiento: Los orígenes de la economía moderna’, el profesor Joel Mokyr que en la actualidad es docente en el departamento de economía de la Facultad de Artes y Ciencias de Weinberg y codirector del Centro de Historia Económica de Northwestern y que cuestiona los factores que hicieron posible la Revolución Industrial, basado en la historia económica de Europa, de 1750 a 1914.

Carmen Reinhart, la economista jefa del Banco Mundial tiene quizás el tema más coyuntural. Su estudio sobre las crisis financieras, el papel del gobierno y el uso de la deuda pública, durante la pandemia de la Covid-19, la convierte en una de las candidatas con más opciones. La mujer que asumió el cargo tras pedir licencia por servicio público como profesora del Sistema Financiero Internacional de Harvard Kennedy School en Cambridge, Massachusetts. Ha escrito el libro: ‘Esta vez es distinto: Ocho siglos de necedad financiera’ (en colaboración con Kenneth S. Rogoff) ha sido citado ampliamente en el despliegue de las políticas de austeridad de diversos gobiernos, pues su tesis apoya la idea de contener el crecimiento de la deuda en tiempos de crisis.

Precisamente Kenneth S. Rogoff , profesor de economía y de políticas públicas, Departamento de Economía, Universidad de Harvard hace parte del listado por sus contribuciones a la macroeconomía internacional y conocimientos sobre la deuda mundial y las crisis financieras.

El otro nominado con opciones es Joshua David Angrist, el economista israelí-estadounidense y profesor de economía de Ford en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), quien trabajó en temas de mercado laboral, inmigración, economía de la educación, entre otros.

El año pasado Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson fueron premiados por sus innovaciones en la teoría de subastas y la invención de nuevos formatos de subastas.

En 2019 el galardón fue para Abhijit Banerjee (economista indio), Esther Duflo (economista francesa) y Michael Kremer (economista estadounidense) por sus estudios sobre la reducción de la pobreza..

En el caso de los premios de 2018 los ganadores fueron William D. Nordhaus y Paul M. Romer que se llevaron el galardón por integrar los estudios sobre el cambio climático y las innovaciones tecnológicas en el análisis macroeconómico.

Comentario HHC: El año pasado de todos los pronósticos ninguno  fue el que ganó.

La que se menciona como favorita por la coyuntura que estamos viviendo, Carmen Reinhart. Su último libro fue galardonado con el Principe de Austurias 2018.

Una curiosidad, Carmen Castellanos es nacida en Cuba en 1955, y emigro con sus padres para EEUU en 1966. 

Estamos a pocas horas de saber quien (es) serán, el del año pasado ha sido el único Nobel que no busque información, el tema de un modelo para subastas, lo tenia demasiado lejos de mis intereses.