Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

viernes, 9 de septiembre de 2016

¿Está llegando a su fin el modelo capitalista?

Patricia Lee Wynne, Sputnik

Importantes teóricos han predicho en los últimos años que nos acercamos al fin del capitalismo como sistema mundial. El más conocido es el sociólogo Immanuel Wallerstein, quien afirma, en su último libro, '¿Tiene futuro el capitalismo?', que se ha llegado a un punto en el cual el sistema mundial se ha movido muy lejos del equilibrio, se ha vuelto caótico y ya no puede sobrevivir. Para Wallerstein, en las próximas dos o tres décadas, la cuestión ya no es de qué manera los gobiernos pueden reformar el sistema capitalista. "No hay ninguna posibilidad de hacerlo. La pregunta es qué va a reemplazar a este sistema", afirma.

El hecho fundamental es la declinación definitiva de la hegemonía de los Estados Unido, afirmación confirmada por los datos empíricos. El medidor clave para analizar el futuro de una economía es el crecimiento de la productividad, y en Estados Unidos, donde todo sucede primero, la caída de la productividad es la más grave de los últimos 30 años: en 2015 solo creció un 0,3%, y este año solo aumentaría 0,2%. Desde la posguerra hasta los años 70, la productividad creció a un ritmo del 3% anual, entre los 70 y los 90, cayó a la mitad, y ahora se licuó.

Para el especialista argentino Jorge Castro, la razón del "virtual derrumbe de la eficacia productiva norteamericana" es la caída estructural de su capacidad innovadora: menos empresas nuevas, reducción de la fuerza de trabajo y crecimiento de la pobreza, que alcanza al 15% de la población, lo cual dificulta la asimilación de los inventos y el progreso educativo, según escribe en su columna dominical del diario Clarín de Buenos Aires.

El otro aspecto es la reducción cada vez mayor de la clase trabajadora industrial estadounidense, la base de la generación de la riqueza. Esta caída es producto no solo de las innovaciones tecnológicas y la destrucción de puestos de trabajo, sino del aumento de la mortalidad, debido al suicidio, las drogas y el alcohol: mientras que la mortalidad en general cayó un 2% en los últimos 20 años del siglo pasado, la de la clase trabajadora industrial blanca de entre 45 y 54 años, aumentó el 0,5% anual.

La fuerza industrial cayó de 17 millones a 11 millones de trabajadores en los últimos 15 años, lo que explicaría el éxito de Donald Trump en los sectores más maltratados de la clase trabajadora blanca, pues propone una economía más proteccionista, contra los inmigrantes y los tratados de libre comercio. Un fenómeno similar al triunfo del Brexit, gracias al voto de los trabajadores ingleses más afectados por la crisis.

El desplazamiento de la fuerza de trabajo por la técnica y los robots no solo afecta a la clase obrera industrial: ahora el avance de la computación y la tecnología de la información va por la clase media y los sectores de servicios. Según el investigador Randall Collins, la tecnología de la información ha iniciado la segunda gran era de contracción de la fuerza de trabajo, pero, mientras que llevó dos siglos desplazar a la clase obrera, la sustitución de la clase media por la tecnología lleva dos décadas y avanza a pasos agigantados.

Cuando las computadoras reemplacen a los vendedores en los supermercados, a los empleados bancarios y hasta a los gerentes, los estados se verán obligados a aumentar el empleo público y los subsidios al desempleo, haciendo sucumbir los presupuestos estatales. Este proceso, llevado a su extremo —Collins habla de tasas del 50% al 70% de desocupación en 2050—, es lo que llevaría a la crisis terminal del capitalismo.

La otra cara del mismo fenómeno es el enorme salto de la desigualdad social. En Estados Unidos, los ingresos del 1% más alto aumentaron el 3,4% anual desde 1973, mientras que, para el resto, crecieron 10 veces menos. Según datos de la Universidad de Harvard, la concentración de la riqueza ha reducido un 20% el crecimiento de EEUU en las últimas cuatro décadas.

Muchos han creído ver en China, el anfitrión del G20, la tabla salvadora del capitalismo mundial. Pero el gigante asiático se aproxima a su inevitable desinfle. Si bien su crecimiento es envidiable en relación con el resto del mundo (6,4% en 2015), este es menos de la mitad del de 2007 y el más bajo en 25 años. Pero lo más grave es que se ha creado una burbuja de crédito público y privado, que representa el 280% del PBI y que crece dos veces más rápido que la economía, mientras que los préstamos incobrables son el 20%, equivalente a más de la mitad del PBI.

Con enormes inversiones en infraestructura y construcción, en la actualidad muchos caminos, trenes, vías y edificaciones se encuentran sin uso. Los desequilibrios de la China —que representa el 17% de la economía mundial— enviarán marejadas de inestabilidad a todo el mundo, especialmente a nuestros países, que viven de vender materias primas al gigante asiático.

De esta manera, la hipótesis de que China suplante a Estados Unidos como potencia económica mundial que permita superar las trabas congénitas del capitalismo, no parece sustentable.

Si es cierto que hemos llegado a un punto de crisis estructural y sin salida, ¿cuándo será el final? ¿En 2030? ¿En 2050? ¿En 2100? La ciencia no puede predecirlo, porque no es un resultado ineluctable, sino que depende de las acciones de los hombres. No sabemos si iremos hacia un mundo más justo o hacia la jungla de la destrucción. Pero el pronóstico es el mismo. En la cumbre del G20, ¿se harán estas preguntas los líderes de las grandes potencias capitalistas, Barack Obama, Angela Merkel, Francois Hollande y Theresa May?

El Grupo del Banco Mundial firma acuerdo de cooperación con el banco de los BRICS

WASHINGTON (Sputnik) — El presidente del Grupo del Banco Mundial (GBM), Jim Yong Kim, y su homólogo del Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS (NDB, por sus siglas en inglés), K.V. Kamath, firmaron un memorando de comprensión mutua.

"Estoy muy contento de que hoy estemos formalizando nuestra asociación", expresó Kim. © AFP 2016/ JOHANNES EISELE

Según dijo el ejecutivo citando el comunicado oficial, la firma del acuerdo permite a las instituciones fortalecer la cooperación. "Cuando los bancos de todo el mundo trabajan en estrecha colaboración y apoyan el desarrollo que promueve el crecimiento inclusivo en países de bajos y medianos ingresos, los pobres y los vulnerables se ven especialmente beneficiados", justificó.

 Los esfuerzos conjuntos del GBM y el NDB se centrarán principalmente en las infraestructuras. Más: "El papel de los BRICS en el mundo sigue creciendo" El comunicado no especifica el contenido ni el importe de proyectos conjuntos, pero recuerda que hoy en día unos 1.200 millones de personas no tienen acceso a la electricidad y unos 2.400 millones carecen de servicios de sanidad básicos. 

 En el año fiscal que termina el 30 de junio de 2016, el Grupo del Banco Mundial invirtió 25.000 millones en infraestructura. El Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), cuya creación fue anunciada por los BRICS en la cumbre de Fortaleza (Brasil), en julio de 2014, persigue el objetivo de financiar los proyectos de infraestructura de los países fundadores y ofrecer fondos a otros países en desarrollo. La institución, con sede en Shanghái, se estableció con un capital inicial de 100.000 millones de dólares.

La Democracia No Causa Mayor Crecimiento Económico



¿Causa la democracia mayor prosperidad y crecimiento económico? Esta pregunta se remonta a Platón y Aristóteles y su debate respecto a qué forma de gobierno rinde mayores ganancias políticas y económicas a la sociedad. Sin embargo, después de más de dos milenios no parece haber un consenso claro sobre si la democracia por sí misma genera mayor crecimiento económico en comparación con otras formas de gobierno más autocráticas.

Responder esta pregunta se ha convertido en una cuestión de carácter empírico. Por un lado, investigaciones basadas en comparaciones entre países (corte transversal) han puesto en duda el efecto de la democracia sobre el crecimiento económico (Sirowy and Inkeles, 1990; Przeworski and Limongi, 1993; Helliwell, 1994; Barro, 1996; Tavares and Wacziarg, 2001). Por otro, estudios más recientes basados en datos de panel encuentran que este efecto es positivo y significativo (Rodrik and Wacziarg, 2005; Papaioannuo and Siourounis, 2008; Persson and Tabellini, 2009;Acemoglu, Naidu, Restrepo, and Robinson, 2014).

La Figura 1 muestra esta regularidad empírica para 38 transiciones democráticas que tomaron lugar durante la denominada “tercera ola de democratización” y durante el proceso de democratización tras la caída del comunismo en la década de los 90.[1] En primer lugar, la tasa de crecimiento per cápita promedio—representada por la línea roja—aumenta en aproximadamente medio punto porcentual después de la democratización (-0,01 frente a -0,44, respectivamente), siendo esta diferencia estadísticamente significativa. Aunque a primera vista esta diferencia parece pequeña, es importante ponerlo en contexto pues implica que el tiempo necesario para que los países emergentes converjan a los niveles de ingreso de los países de la OCDE se reduciría en un tercio. Esta evidencia sugiere que la democracia tiene un efecto considerable sobre el crecimiento económico.

Figura 1. Crecimiento real p. c. alrededor de transiciones democráticas


A pesar de esta evidencia, varios estudios de ciencias políticas sugieren que periodos de crisis económica pueden causar o facilitar estas transiciones democráticas (O’Donnell, 1973; Linz, 1978;Cavarozzi, 1992; Remmer, 1993; Gasiorowski, 1995; Haggard and Kaufmann, 1995) y, con ello, los resultados anteriores pueden reflejar un inadecuado tratamiento de la endogeneidad que esto genera. Bajo este argumento, la tasa de crecimiento más baja (y negativa!) que se observa en la Figura 1 antes de la transición democrática puede indicar que el mal desempeño económico empujó o catalizó el fin de los regímenes autocráticos—en lugar de que la democratización haya tenido un efecto positivo sobre el crecimiento económico. Por ejemplo, varios investigadores identifican al shock petrolero de los 1970s, la expansión asociada de deuda, y la subsecuente crisis de deudas como el origen de la ola de democratizaciones observada en los años 1980s en América Latina.

En otras palabras, la asociación positiva entre la democracia y el crecimiento económico mostrada en la Figura 1 puede reflejar que la democracia provoca mayor crecimiento económico (en línea con estudios económicos recientes), que las crisis económicas provocan la transición democrática (en línea con extensa investigación en ciencias políticas) o, en cierta medida, ambos. Aunque establecer el sentido de la causalidad no es una tarea fácil, comprender el verdadero impacto de la democracia sobre el crecimiento económico sigue siendo un asunto de crucial importancia.

En nuestro reciente estudio “Democracy Does Not Cause Growth: The Importance of Endogeneity Arguments” asumimos este reto. Para enfrentar la potencial fuente de endogeneidad, proponemos una estrategia de identificación novedosa basada en una encuesta mundial realizada a 165 expertos en procesos de democratización. El estudio utiliza las respuestas a una serie de preguntas categóricas y abiertas sobre las fuerzas subyacentes que impulsaron la transición democrática en cada país. En base a estas respuestas, las transiciones se clasificaron entre aquellas originadas por inestabilidad económica—y, por lo tanto, endógenas al crecimiento económico—y aquellas relacionadas a causas exógenas al crecimiento económico (incluyendo la muerte del líder autocrático así como otros argumentos políticos e institucionales). [1]

La Figura 2 recrea la Figura 1, pero distinguiendo explícitamente entre democratizacion esexógenas (Panel A) y democratizaciones endógenas (panel B).

Figura 2. Crecimiento real p. c. alrededor de transiciones democráticas:
Transiciones democráticas endógenas vs. Exógenas

Panel A. Transiciones democráticas exógenas


Panel B. Transiciones democráticas endógenas

La evidencia reflejada en la Figura 2 muestra que la democracia no causa mayor crecimiento económico. El panel A muestra que las democratizaciones exógenas (las cuales no están contaminadas por problemas de endogeneidad) no tienen ningún efecto sobre el crecimiento económico. Las tasas de crecimiento antes y después de la democracia, representadas por las líneas rojas, son estadísticamente iguales.

Como corolario, el panel B muestra que el efecto establecido en trabajos recientes de la democracia sobre el crecimiento económico está explicado por las democratizaciones endógenas. En otras palabras, la asociación positiva entre ambas variables se explica por la incorrecta inclusión de transiciones democráticas de carácter endógeno en la estimación (lo cual da la falsa impresión que la democracia causa más crecimiento económico).

En resumen, un tratamiento más adecuado de la endogeneidad entre crecimiento económico y democracia muestra que, contrariamente a hallazgos recientes, lamentablemente, la democracia no parece ser un elemento crucial para promover crecimiento económico.

Por supuesto, esta advertencia aplica a la inversa también. Si bien la democracia no parece ser la clave para desbloquear el crecimiento económico, sería un error concluir que un régimen autocrático o dictatorial lo haría mejor. En otras palabras, la forma de gobierno tiene poco que ver con la prosperidad económica.

[1] Para mayores detalles sobre la metodología, ver artículo en www.guillermovuletin.com

[1] La lista de 38 procesos de democratización incluye a Argentina, Benin, Bolivia, Brasil, Bulgaria, Cabo Verde, Chile, Croacia, República Checa, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Estonia, Ghana, Grecia, Grenada, Guyana, Honduras, Hungría, Corea del Sur, Latvia, Lithuania, Mali, México, Mongolia, Panamá, Perú, Filipinas, Polonia, Portugal, Rumania, Sao Tome and Principe, Senegal, Eslovaquia, Eslovenia, Sudáfrica, España, y Uruguay.

Autores invitados: Julia Ruiz Pozuelo (la Institución Brookings), Amy Slipowitz (la Universidad de Columbia), y Guillermo Vuletin (el Banco Interamericano de Desarrollo)

G-20: escapar del naufragio

Jorge Eduardo Navarrete, La Jornada

Los anfitriones hubieran deseado que un ambiente global muy diferente rodease la celebración en su territorio –por fin, después de tantos años– de la cumbre del Grupo de los 20, el llamado foro por excelencia para la cooperación económica y financiera multilateral. Recuérdese que, en su actual encarnación, el G-20 data de 2008, del inicio de la gran recesión, e incorporó las economías emergentes al esfuerzo global, no por completo logrado, de recuperación del crecimiento y el empleo. Ocho años y 10 cumbres después, esa recuperación sigue mostrándose elusiva. Al menos hasta 2013, China hizo quizá la mayor contribución nacional a los objetivos proclamados del grupo; fue el motor que evitó una depresión profunda y generalizada.

El sentimiento que, me parece, prevaleció en Hangzhou, una de las capitales históricas de China, fue, notoriamente, el de los momentos previos a un naufragio: el hundimiento, en este caso, de la modalidad rampante, voraz y desregulada de la globalización financierizada. Los indicios del naufragio estuvieron a la vista de todos: desde la creciente improbabilidad de que se concreten –o, incluso, se negocien– los acuerdos trasnacionales de última generación, que abarcan todo, alrededor del Pacífico o del Atlántico norte, hasta la denuncia generalizada de las múltiples falencias del modelo de (des)orden económico y financiero multilateral vigente. El anfitrión, el presidente Xi Jinping, subrayó la más señalada de ellas: la desigualdad global: Medida por el coeficiente de Gini, ya ha superado el nivel de alarma de 0.6 puntos y ahora se sitúa en 0.7 –dijo en su discurso inicial. Obama también denunció, en alguna de sus intervenciones en Hangzhou, este destructivo avance de la desigualdad.

La explosión de la desigualdad explica buena parte del creciente malestar con la globalización. Éste se manifiesta en múltiples formas y asume dimensiones variadas: lo mismo impulsa a los británicos a abandonar el más acabado de los esfuerzos de integración regional del siglo XX que convence a trabajadores de actividades industriales afectadas en EEUU apoyar propuestas aislacionistas.

Xi había ofrecido, la víspera de la cumbre, una acción positiva y alentadora: junto con su colega estadounidense anunció la ratificación del Acuerdo de París sobre cambio climático por las dos mayores economías y los dos mayores emisores de gases de efecto invernadero del planeta. Nueve meses después de suscrito, ese acuerdo había reunido, según recuento de Le Monde (4 de septiembre), apenas 25 de las 55 ratificaciones necesarias, correspondientes a signatarios responsables de 39 por ciento de las emisiones mundiales de GEI, muy por debajo de la cota de 55 por ciento, que debe alcanzarse para su entrada en vigor. Con China y EEUU se está más cerca de ambos mínimos, en especial del segundo. La ratificación por parte de la Unión Europea, que es uno de los 175 firmantes del acuerdo, casi cubriría los faltantes, con sus 28 miembros y su volumen de emisiones. Se teme, sin embargo, que las turbulencias europeas, tras la salida británica, que por cierto no acaba de materializarse, demore esta urgente ratificación y la crucial vigencia del Acuerdo de París.

De vuelta en Hangzhou, llamaron la atención dos presencias de grisura fantasmal: la de Mariano Rajoy, carente todavía de investidura, y la de Michel Temer, de investidura reciente y, cuando menos, discutible, si no ilegítima. China amplió el diámetro de la mesa redonda para dar cabida a ocho líderes ajenos al grupo, tanto asiáticos como africanos, y a siete dirigentes de organismos internacionales. Todos deben haber disfrutado el espectáculo que siguió a la cena del domingo, reminiscente de una gala olímpica, coreografiado por el cineasta Zhang Yimou.

La declaración de los líderes estuvo disponible primero en el portal de la Universidad de Toronto (www.g20.utoronto.ca) que en el sitio oficial del Grupo (www.g20.org). Su primer párrafo sustantivo deja constancia –si se recuerdan las declaraciones de Antalya15, Brisbane14 y San Petersburgo13– de la notable capacidad de los sherpas o de quienes redactan estos documentos para decir lo mismo con palabras diferentes. Las elegidas para esta ocasión rezan: Nos reunimos en momentos en que progresa la recuperación económica global, ha mejorado la resiliencia de algunas economías y han surgido nuevas fuentes de crecimiento. Pero éste todavía es más débil que el deseable. Los riesgos de deterioro persisten debido al potencial de volatilidad de los mercados financieros, las fluctuaciones de los precios de los productos básicos, la debilidad del comercio y la inversión, y el lento aumento de la productividad y el empleo en algunos países. Los desafíos derivados de factores geopolíticos, las mayores corrientes de refugiados, el terrorismo y los conflictos complican la perspectiva económica global. Cómo conciliar la noción de una recuperación en marcha con el reciente señalamiento del FMI de que el G-20 está quedándose corto en su objetivo colectivo de elevar el PIB en 2 por ciento adicional para 2018; cómo pasar por alto el elogio a la mayor resiliencia de algunas economías, que equivale a exaltar su capacidad para soportar la adversidad, en lugar de evitarla; cuáles son esas nuevas fuentes de crecimiento y en favor de quién operan en una economía global cada vez más desigual.

Como reflejo de la experiencia nacional de desarrollo de China, el comunicado de Hangzhou subraya, más que la estabilidad, la necesidad del crecimiento de la producción. Recomienda adoptar la innovación como elemento clave del esfuerzo de identificar nuevos motores de crecimiento para las economías nacionales y para la mundial en su conjunto. Este énfasis contribuirá también a la creación de puestos de trabajo más productivos y mejor remunerados. Es bienvenida esta mayor insistencia en el fomento de la economía real, olvidada en ocasiones por el G-20 en aras de la muy sobrevalorada estabilidad financiera.

En su gira de despedida por Asia, Barack Obama continuó hacia Laos: un país en el que los niños se siguen tropezando con bombas no detonadas dejadas caer por Estados Unidos durante la guerra de Vietnam, terminada hace casi medio siglo (New York Times, 6/ 9/16). Un acto más de búsqueda de reconciliación. Como se sabe, acudió a la conferencia de la ANSEA en Vientián. Habría en ella un participante incómodo, el señor Rodrigo Duterte, presidente de Filipinas, émulo del señor Donald Trump en las actitudes y el lenguaje, aunque más letal, hasta el momento. Tras alusiones insultantes en un discurso de Duterte, Obama tuvo el buen juicio de suspender el encuentro bilateral que se había programado. Siempre deseo asegurarme de que las reuniones que celebro sean en verdad productivas, declaró el presidente, según la nota del Times. Lástima que esta reflexión no haya podido ser escuchada una semana antes en Los Pinos.

Argelia enviará petróleo a Cuba para ayudar a paliar caída en suministros desde Venezuela

LONDRES (Reuters) - Argelia enviará petróleo a Cuba por primera vez en su historia para ayudarla a paliar la caída de suministros desde Venezuela, donde los bajos precios han causado el mayor declive de producción en más de una década, dijeron el miércoles fuentes con conocimiento directo de la situación.
La petrolera estatal argelina Sonatrach planea enviar unos 515.000 barriles de crudo a Cuba en octubre, informaron las fuentes, para complementar los suministros de Venezuela, que han caído en un 40 por ciento en el primer semestre de 2016, de acuerdo a datos internos de PDVSA.
En noviembre o diciembre Argelia podría realizar otro envío de crudo, dijo una de las fuentes.
Cuba y Argelia han tenido una relación comercial cercana en los últimos años. La isla importa anualmente entre 200 millones y 300 millones de dólares en productos petroleros desde el país africano miembro de la OPEP.
Cuba depende de Venezuela, también miembro del cartel petrolero, para su suministro dentro de un programa de asistencia que tiene 15 años pero que Caracas ha tenido problemas para mantener debido a una profunda caída de su producción.
(Reporte de Julia Payne y Ahmad Ghaddar en Londres, Marianna Parraga en Houston y Marc Frank en La Habana; Editado en español por Javier Leira)