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domingo, 9 de septiembre de 2018

Reflexiones finales sobre el estancamiento secular


CAMBRIDGE – Joseph Stiglitz, Roger Farmer y yo coincidimos hace mucho en lo que probablemente sean los puntos más importantes. Que el paradigma “neokeynesiano” (que atribuye los ciclos económicos a rigideces transitorias en salarios y precios) no basta para explicar hechos como la Gran Depresión y la Gran Recesión. Que después de la crisis financiera de hace una década se hizo demasiado poco por estimular la demanda agregada. Que una distribución del ingreso más igualitaria obra en el sentido de aumentar dicha demanda. Que para minimizar el riesgo de crisis futuras se necesita una regulación financiera considerablemente más estricta que la que había antes de 2008.

Sigo teniendo desacuerdos con Stiglitz en relación con el historial de las recomendaciones de políticas, y con Stiglitz y Farmer en algunos aspectos de la teoría del estancamiento secular.

Comencemos por el historial de políticas. Stiglitz no se equivoca al afirmar que los economistas no necesitan estar de acuerdo en cuestiones de factibilidad política. Pero deberían ser capaces de ponerse de acuerdo respecto de lo que dicen los textos. El artículo en el New York Times que Stiglitz cita con orgullo pide un paquete de estímulo de “entre 600 000 millones y un billón de dólares a lo largo de dos años”. El gobierno de Obama pidió y obtuvo un total de unos 800 000 millones de dólares, bien dentro del intervalo propuesto por Stiglitz (y esto, pese a la limitación política de necesitar aprobación del Congreso). De modo que no entiendo muy bien lo que dice.

Stiglitz asegura que el estudio que escribió en 2002 por encargo de la Asociación Federal Nacional Hipotecaria (Fannie Mae) sólo decía que las prácticas crediticias de la institución en aquel momento eran seguras. Pero yo lo leo de otra manera. El artículo habla de una probabilidad a diez años de quiebra inferior a uno en 500 000; señala que incluso si el análisis estuviera errado por un orden de magnitud, el riesgo para el fisco sería muy pequeño; y minimiza la posibilidad de que el modelo no tuviera en cuenta todos los riesgos, apelando a la aplicación del sistema regulatorio vigente entonces. Stiglitz cuestiona análisis de la Oficina de Presupuesto del Congreso, del Departamento del Tesoro y de la Reserva Federal que indicaban –basándose en la misma información con la que contaba él al momento de escribir el artículo– que la garantía estatal implícita de la que gozaba Fannie Mae podía resultar costosa.

En cuanto a los instrumentos financieros derivados, tampoco entiendo muy bien lo que dice Joe. En el artículo al que responde, yo dejé en claro que desearía no haber apoyado la ley de 2000. Pero también dije que no hay motivos para pensar que durante el gobierno de Bush, la Comisión de Futuros (CFTC) habría impuesto nuevas regulaciones importantes a los derivados de no haber existido dicha ley, y señalé la opinión de los asesores letrados en el sentido de que había un problema de incertidumbre jurídica que era importante resolver. 

En relación con la teoría del estancamiento secular, Stiglitz y yo estamos de acuerdo en que después de la Segunda Guerra Mundial, la predicción de Alvin Hansen no se cumplió porque se dio una combinación de política expansiva y cambios estructurales en la economía. Es lo que dije hace cinco años al renovar la idea del estancamiento secular, cuando sugerí que en la situación en que estaba la economía en 2013, se necesitaba alguna combinación de expansión fiscal y cambio estructural para sostener el pleno empleo. En mis análisis del estancamiento secular, en todos los casos, hago hincapié en una variedad de factores estructurales, entre ellos la desigualdad, alta participación de los beneficios en el ingreso, cambios en los precios relativos y pautas globales de ahorro. ¿En qué no está de acuerdo Stiglitz?

Farmer, en su profundo comentario, sostiene que para pensar en el alto nivel crónico de desempleo hay que usar modelos como los que introdujo él en años recientes, y que con los microfundamentos correctos se puede concluir que la política fiscal es ineficaz. Creo que su metodología de modelización puede resultar muy fructífera, y me gustaría entenderla mejor. Pero por ahora, considero que la evidencia empírica, las comparaciones internacionales, los análisis de series temporales y los estudios de variaciones locales dentro de Estados Unidos son prueba convincente en el sentido de que la política fiscal funciona. Sin embargo, también creo que hay que considerar seriamente las ideas de Farmer en relación con el uso de la política monetaria para estabilizar los precios de los activos.

Finalmente, espero que Stiglitz responderá positivamente a mis reiteradas invitaciones a que debatamos estos temas en persona, en Columbia, Harvard u otro lugar apropiado. Algo en lo que todos estaremos de acuerdo es en la suma importancia de una mejor comprensión de las enseñanzas de la historia macroeconómica y de evitar que vuelvan a producirse acontecimientos como los de la década pasada.

Traducción: Esteban Flamini


LAWRENCE H. SUMMERS  US Secretary of the Treasury (1999-2001) and Director of the US National Economic Council (2009-2010), is a former president of Harvard University, where he is currently University Professor.

viernes, 11 de marzo de 2016

Deflación y estancamiento

Alejandro Nadal, La Jornada

Durante años las autoridades monetarias y los organismos financieros internacionales impulsaron una política monetaria dirigida a controlar la inflación. El gasto público tuvo que subordinarse a ese imperativo central que era la estabilidad de precios. La política de tasas de interés respondía a la necesidad de enfriar la economía cuando el calentamiento llevara riesgos inflacionarios. Y la política de ingresos también estuvo sometida a la exigencia de contener la demanda agregada. De ahí sale la contención del crecimiento de los salarios. Pero ahora las cosas han cambiado y con la crisis económica global descubrimos que en Europa, Estados Unidos, Japón e incluso China, el verdadero enemigo es la deflación.

Pero ¿por qué es mala la deflación? Hay varias razones. Primero, una reducción sostenida del nivel general de precios hace que los agentes económicos estén menos dispuestos a realizar gastos. Cuando los precios caen los consumidores tienen expectativas de que seguirán reduciéndose y prefieren esperar a que caigan todavía más. La demanda agregada se reduce, la actividad económica se frena y el desempleo aumenta.

Segundo, los agentes económicos no están dispuestos a tomar préstamos porque cuando tengan que repagar sus deudas, lo harán en una moneda que valdrá más que la que recibieron cuando aceptaron el crédito. Es decir, la deflación perjudica a los deudores y beneficia a los acreedores. Ésta es la imagen espejo del mundo en el que la inflación es el enemigo de los acreedores. Aceptar un crédito cuando los precios están cayendo no es bueno para el deudor porque el peso de su deuda se incrementará en términos reales. Y eso incluye a los empresarios que les gustaría embarcarse en una operación productiva.

Tercero, desde el punto de vista de la oferta hay que señalar que los inversionistas no tienen ningún interés en embarcarse en nuevas aventuras productivas cuando observan que los precios están reduciéndose. Es cierto que tampoco les gusta un escenario de fuerte inflación, pero un incremento moderado de precios, digamos de 5 o 7 por ciento no les hace sentir que están en la hiperinflación de la república de Weimar o en Zimbabue. En cambio detrás del problema de la deflación se esconde el espectro de un mundo en el que se estará produciendo con pérdidas.

En conjunto, estas tres razones pueden conducir a una severa contracción económica en la que las fuerzas que se desencadenan se retroalimentan y hacen muy difícil salir de una recesión. Eso es precisamente lo que estamos presenciando en casi todos los centros motores de la economía mundial, desde Europa y Estados Unidos hasta Japón. Varios indicadores muestran que la economía en China podría irse dirigiendo a un escenario similar. Esto es lo que alimenta la idea del estancamiento secular.

¿Qué pueden hacer las autoridades económicas frente a la deflación? Pues la verdad es que bastante poco. Hoy vemos que los bancos centrales han llevado sus tasas de interés al límite inferior más bajo, a cero por ciento, pero el impacto sobre el consumo y la inversión, es decir, sobre la demanda agregada, es muy débil. Eso se debe a que a pesar de que los precios están cayendo, los consumidores no tienden a incrementar su gasto porque también tienen expectativas negativas debido a que el peso de sus deudas se está incrementando en términos reales. O sea que el efecto positivo del descenso en los precios se contrarresta por el endeudamiento. Y hay que recordar que en los últimos dos decenios el endeudamiento de casi todos los agentes económicos (familias y empresas) ha sido el impulsor del crecimiento. Hoy el sobreendeudamiento hace que el consumidor no responda a la caída en los precios porque todavía prevalece el efecto de la orgía de sobrendeudamiento y los agentes buscan por todos los medios posibles reducir la carga de deudas.

Este fenómeno es especialmente severo en China, así que no tiene mucho sentido apostar a que su economía pueda volverse motor del crecimiento mundial. En los últimos veinte años, mientras la maquinaria de propaganda del neoliberalismo hacía que todo el mundo se maravillara por las altas tasas de crecimiento en China, los bancos daban créditos a quien quisiera construir rascacielos transparentes, ciudades fantasmas o carreteras que no iban a ninguna parte. Y ahora que el banco central chino relaja al extremo su política monetaria, recortando el nivel de reservas que los bancos comerciales o semi-privados deben mantener en el instituto monetario, ningún analista espera que esta medida pueda acelerar el crecimiento.

Los bancos centrales en el mundo capitalista desarrollado buscan regresar a niveles de inflación moderados. Por ejemplo, en Estados Unidos y en Suecia, la Reserva federal y la Riksbank buscan regresar a una tasa de crecimiento con una inflación de 2 por ciento. Quizás la Fed tenga que seguir el ejemplo de los suecos e instaurar tasas de interés negativas. De todos modos, el impacto sobre la demanda agregada ha sido casi despreciable en Suecia. Decididamente, algo está cambiando en el capitalismo contemporáneo.

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