Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." Fidel Castro Ruz

domingo, 26 de julio de 2020

Libro "Economía para no dejarse engañar por los Economistas" (X)


Por Juan Torres

¿Quién y cómo financia los gastos del Estado y qué problemas conlleva esa financiación?

Cuando el Estado realiza cualquier tipo de gasto tiene que obtener recursos para financiarlo, y esto lo puede conseguir básicamente por tres vías: estableciendo impuestos, emitiendo deuda pública o recibiendo préstamos directamente del banco central. Cada una de estas vías conlleva ventajas e inconvenientes,  a  veces  de  gran  trascendencia  para  el  conjunto  de  la economía.
La primera vía de financiación del gasto público son los impuestos, en cualquiera de sus variedades. La ventaja de esta vía es que el Estado no se endeuda, puesto que lo que gasta por un sitio lo recauda por otro. Pero tiene el inconveniente de que el efecto impulsor del gasto se anula en gran medida (veremos enseguida que no del todo ni necesariamente).
La financiación del gasto con impuestos permite que el Estado redistribuya los recursos, lo que ocurre cuando gasta en unos determinados sujetos y son otros los que financian ese gasto al pagar sus impuestos; y también establecer incentivos o desincentivos al encarecer o abaratar las diferentes actividades económicas.
Por tanto, se trata de una vía que requiere decisiones políticas. Por un lado, porque cada tipo de gasto tiene un efecto diferente sobre las personas o grupos sociales (no es lo mismo para la gente que se gaste en becas o pensiones que en ayudas a grandes empresas) y también sobre la economía en su conjunto (no es igual gastar en sueldos públicos más elevados que en investigación, por ejemplo). Y, por otro lado, porque hay que decidir qué grupos van a soportar en mayor o en menor medida la obligación de pagarlos. No es correcto afirmar, como hacen muchos economistas, que las decisiones en ese sentido sean cuestiones técnicas u objetivas. En realidad dependen de las preferencias de las personas, y lo correcto, por tanto, es que quien tome tales decisiones las someta al debate público, naturalmente, si lo que se quiere es que la sociedad funcione democráticamente y no bajo una dictadura.
La segunda vía es la emisión de deuda pública; es decir, la venta de títulos de préstamo (letras del Tesoro, bonos u obligaciones del Estado) a particulares, empresas o bancos del propio país o del extranjero. A lo largo de un determinado tiempo, el Estado va pagando intereses, y, al terminar el plazo previsto, o bien se devuelve el principal (en el caso de la llamada deuda amortizable), o bien se reemplaza por nuevos títulos en las mismas o en diferentes condiciones. El Estado también puede emitir la llamada deuda perpetua, que es la que no tiene fijada fecha de vencimiento, de modo que podría no llegar a amortizarse nunca, aunque sus títulos se pueden vender o comprar en cualquier momento en el mercado. Fue una práctica utilizada históricamente en tiempos de guerra y que apenas se llevaba a cabo en los últimos tiempos. Sin embargo, en la reciente etapa de tipos de interés muy bajos han comenzado a tener éxito emisiones de deuda pública (y en algunos casos también privada) a muy largo plazo, de cincuenta o incluso cien años, tal y como ha ocurrido en diversos países europeos desde 2012. La razón es que  este  tipo  de  deuda  se  emite  lógicamente  con  tipos  de  interés  más elevados.
Como veremos más adelante, desde el punto de vista económico es muy importante distinguir entre los diversos compradores de la deuda y tener en cuenta si se emite en moneda cuya emisión se controla o no.
Si la compran los particulares, su efecto sería en realidad prácticamente el mismo que el de los impuestos: lo gastado por un sitio se recauda por otro, aunque  con  unas  consecuencias  redistributivas  importantes  si  quienes disfrutan del gasto no son las mismas personas o grupos que compran la deuda.
Si la deuda pública se vende a los bancos, el efecto sobre la economía dependerá de lo que éstos estén en condiciones de hacer con sus recursos. Puede ocurrir que, al comprar deuda del Estado, disminuya su capacidad para prestar a los demás sujetos económicos, de modo que la economía (al disminuir el crédito) podría resentirse. O puede ser que, teniendo recursos suficientes, puedan comprar deuda pública sin que eso afecte al crédito que proporcionan. En este caso, el efecto expansivo del gasto financiado por esta vía será mayor.
Finalmente, el gobierno puede vender los títulos de la deuda al banco central, o bien recibir préstamos directamente de éste para financiar el gasto. En este caso, el gasto se traduce en una inyección directa de recursos a la economía prácticamente sin contrapartida porque los sujetos no «devuelven» al Estado por vía de impuestos o compra de títulos nada de lo recibido a través del gasto. Todo él fluye a la economía generando un evidente efecto expansivo. Naturalmente, esto es así siempre que se den las condiciones que analizamos anteriormente, que permiten que se produzca efecto multiplicador y, más concretamente, que haya recursos ociosos, porque, si no se dan, lo que ocurrirá cuando aumente el gasto sin paralela detracción de recursos será que subirán los precios.
También es determinante de lo que pueda ocurrir con la deuda pública el que se emita en moneda propia o ajena. Si lo hace con su propia moneda, el Estado nunca tendrá problemas para pagarla, porque podrá emitir nueva moneda para hacerlo. Es por eso que se dice que el Estado no quiebra nunca (hay que insistir, siempre que se endeude con títulos emitidos en su propia moneda). Aunque, lógicamente, eso no quiere decir que no puedan aparecer otros problemas: si emite dinero para pagar deuda que vence y ese dinero se destina a gasto frente a una oferta insuficiente, los precios se dispararían.
Por todo ello, el problema principal que plantea la financiación de los gastos públicos es que todo tiene un límite. Si se financian a través de impuestos,  porque,  de  crecer  indefinidamente  el  gasto,  será  necesario imponer cargas progresivas que limitarán sin duda la inversión y el consumo, produciendo antes o después la parálisis de la actividad económica. Si se financian a través de deuda, se debe tener en cuenta que las deudas que se contraen hoy hay que pagarlas en el futuro, porque, como decía Tirso de Molina, «no hay plazo que no llegue ni deuda que no se pague». Y para amortizarlas en el futuro, o bien se van obteniendo superávits a lo largo del tiempo, o bien se va generando más deuda para ir haciendo frente a la deuda, lo que a veces produce una especie de bola de nieve peligrosísima, salvo, claro está, que se pueda garantizar que la oferta crezca indefinidamente para absorber la cantidad creciente de medios de pago (lo cual no siempre es posible).
Es verdad que la ventaja del Estado es que tiene toda la vida por delante, que el período en el que puede amortizar su deuda es infinito (a diferencia de lo que le pasa a una familia o a una persona), pero incluso así puede ocurrir, si no se hace frente adecuadamente a su crecimiento, que llegue a tener un volumen tan elevado que no se le pueda ir pagando con los ingresos y la producción disponibles. En cierta forma, a la deuda le pasa algo parecido a lo que  Galeno  decía  sobre  las  drogas:  la  diferencia  entre  un  fármaco  y  un veneno es la dosis.
Por eso se dice que los gobiernos deben tratar de mantener un volumen de deuda que sea sostenible, es decir, que se le pueda ir haciendo frente sin provocar una paralización de las actividades que crean ingresos para el resto de la economía.
Para valorar el grado de sostenibilidad de la deuda pública se toma como referencia la proporción que representa sobre el PIB, que depende de varios factores. En primer lugar, depende del volumen de intereses que se ha de pagar, ya que pudiera ocurrir que la deuda pendiente no sea muy cuantiosa, pero que haya sido emitida a intereses muy elevados a los que resulte difícil o incluso imposible hacerles frente con los ingresos que se van generando. En segundo lugar, si la deuda está emitida en moneda de otros países, también puede suceder que se haga más insostenible si cambia el valor de dichas monedas  (si  tenemos  una  deuda  que  hemos  de  pagar  en  dólares  y  esta moneda sube de precio respecto al euro, nuestra deuda se encarece). Y, finalmente, la deuda puede ser más sostenible si aumenta el PIB, ya que entonces el porcentaje que representa la deuda sobre esta magnitud se reduce, aunque su volumen se mantenga.
Más concretamente, se considera que si el PIB crece menos que los intereses no habrá más remedio (si no se quiere que la deuda aumente haciéndose  más  y  más  insostenible)  que  evitar  que  los  gastos  públicos superen a los ingresos. Por el contrario, mientras el crecimiento del PIB sea mayor que el de los intereses, habrá la posibilidad de incurrir en déficit sin incrementar excesivamente la deuda. Más adelante veremos cuándo puede ser peligroso que la deuda se dispare, qué factores pueden provocar que eso ocurra y qué hay de razón, de mito o incluso de engaño en las políticas que tratan de hacerle frente.

Guerras de capitales

Michael Roberts 20/07/2020
Hemos abordado el debate de que el principal problema mundial en el siglo XXI es la creciente guerra comercial y tecnológica entre los EEUU y China. En su libro, Las guerras comerciales son guerras de clase, Klein y Pettis consideran que los desequilibrios comerciales son causados ​​por la desigualdad, el ingreso y el consumo en las dos potencias: China tiene un "exceso de ahorro" y Estados Unidos tiene un "exceso de consumo". He defendido que esta tesis no se sostiene en artículos anteriores.
Ahora tenemos el libro Capital Wars como una explicación alternativa de la rivalidad entre China y los Estados Unidos. La rivalidad entre Estados Unidos y China en la esfera económica se ha desarrollado hasta ahora en el comercio y la tecnología. La fricción en los mercados financieros no ha sido comparable. De hecho, a medida que se incorporan más acciones chinas en los índex globales, los inversores estadounidenses han estado invirtiendo capital en China a través de su inversión en fondos de inversión que siguen los índex.
Sin embargo, es poco probable que eso dure, según Michael Howell, ex director de investigación del banco de inversión Salomon Brothers, que ahora dirige su propia consultora. En Capital Wars, señala que las líneas de intercambio abiertas por la Reserva Federal de los EEUU a otros bancos centrales después de la crisis financiera de 2008, que se ha repetido con la crisis del coronavirus, se han extendido a naciones amigas, pero China ha sido excluida. Por lo tanto, el papel de la Reserva Federal como prestamista global de último recurso ha sido parcial y politizado.
Howell reconoce que la naturaleza de la relación entre estas dos potencias no es equilibrada. A pesar de la disminución de su participación en la producción mundial, Estados Unidos es el principal proveedor de la moneda de reserva dominante para los mercados mundiales. Pero su economía está marcada por un bajo crecimiento de la productividad junto con mercados financieros altamente desarrollados. China ha disfrutado de un alto crecimiento de la productividad a medida que se moderniza, pero ha subdesarrollado los mercados financieros. Sus persistentes excedentes comerciales han contribuido a una enorme acumulación de reservas de divisas: la mayoría en activos en dólares. Todo esto crea una interdependencia fragmentada.
El auge económico de China coincidió con un largo período de liberalización en los mercados financieros internacionales. Un tema central del libro de Howell es el aumento de la liquidez global: los grandes flujos de crédito, ahorro y capital internacional que facilitan la deuda, la inversión y los flujos de capital transfronterizos. En 2019, este flujo internacional de fondos se estimó en $ 130 billones, dos tercios más que el PIB mundial. La contribución de China era cercana a los $ 36 billones.
No hay nada nuevo en la visión de Howell. De hecho, varios autores, incluido yo, han señalado el enorme aumento de "liquidez", es decir, de la oferta de dinero, del crédito bancario, de la deuda (tanto pública como privada) y de los instrumentos de deuda como los derivados, particularmente desde principios de la década de 2000.
Lo nuevo es el énfasis de Howell en las nuevas formas que el sistema financiero ha encontrado para expandir lo que Marx llamó 'capital ficticio', es decir, activos financieros que supuestamente representan nuevos valores y ganancias futuras. Los bancos solían depender de los depósitos de los clientes para prestar y especular con ellos; ahora la principal fuente de fondos no son los depósitos, sino los acuerdos de recompra o 'repos', una forma de préstamo que debe ser respaldada por un 'colateral' en forma de activos “seguros” como bonos del gobierno.
Howell argumenta, como otros, que el sistema financiero ha superado el modelo de posguerra, cuando los bancos eran los principales facilitadores de préstamos. Tomaban prestado de sus depositantes minoristas y daban crédito a particulares y empresas. Hoy predominan los mercados mayoristas; y los principales proveedores de fondos son instituciones financieras y grandes empresas como Apple o Toyota. Los usuarios van desde compañías y bancos hasta fondos de cobertura y gobiernos: finanzas no bancarias o 'banca en la sombra'.
El principal argumento de Howell es que la principal fuente de inestabilidad en el sistema financiero moderno ha sido la escasez de activos seguros para estos creadores de liquidez, ya que no se ha emitido suficiente deuda pública y el rendimiento era bajo de todos modos. De hecho, antes de la crisis financiera de 2008, los bancos de inversión intentaron inventar nuevos 'activos seguros', como las obligaciones hipotecarias garantizadas. Por supuesto, ahora sabemos que dichos activos no eran "seguros" en absoluto, solo un esquema de crédito Ponzi gigantesco que resultó ser muy "ficticio" cuando el colapso financiero global en 2007-2009.
La pregunta que Howell sugiere es si la gran inyección de dinero crediticio por parte de la Reserva Federal y otros bancos centrales para rescatar a compañías y gobiernos en la crisis pandémica del COVID conducirá posteriormente a un "shock" financiero similar. La diferencia ahora es que es el estado el que está comprando estos 'activos seguros' directamente, en lugar del sistema bancario o la “banca en la sombra” como en 2008-9. Sin embargo, el tamaño de las compras de bonos corporativos e hipotecarios del banco central, así como el papel del gobierno, es tan grande que, si hubiera un tsunami de bancarrotas, el prestamista de último recurso (el banco central) – convertido en la actualidad en el primer comprador de capital ficticio-  puede terminar con enormes pérdidas que los gobiernos tendrían que absorber.
Un mérito del libro de Howell sobre otros del mismo tipo es que ofrece una explicación de por qué hubo este cambio drástico de la "banca tradicional" a la "financiarización" de los activos gubernamentales y corporativos. Howell sitúa la causa directamente en el colapso de la rentabilidad en los sectores productivos de la economía.
Howell reconoce que la caída de la rentabilidad del capital industrial condujo a una creciente 'liquidez' global y esto contribuyó a la caída de las tasas de interés de los activos de riesgo, lo que condujo a la búsqueda de activos financieros seguros, abandonando la deuda pública y buscando 'repos', en detrimento de la inversión productiva.
Sin embargo, Howell comprende a medias la historia de los últimos treinta años, el colapso financiero global y la Gran Recesión. Desafortunadamente, a pesar de referirse al análisis de Marx en ocasiones, Howell no lo usa. En cambio, recurre a las macro-identidades keynesianas habituales para explicar por qué ocurren las crisis. Como con todas las macro-identidades keynesianas, las ganancias desaparecen de la ecuación.
Howell parte de la identidad básica: ahorro = inversión y la revisa en su ecuación clave: liquidez = inversión fija más la adquisición neta de activos financieros. La liquidez es realmente ganancia más crédito en sus diversas formas. Sin embargo, para Howell, la fuerza impulsora del capitalismo moderno no es la parte lucrativa de la "liquidez", esa vieja conocida. Es la parte del crédito. Para él, los flujos financieros y la asunción de riesgos de los inversores impulsan la economía real y los precios de los activos, y no al revés. Más liquidez conduce a más compras de activos financieros. Y más compras de activos financieros requieren más liquidez. Así, pasamos de una visión del capitalismo como un modo de producción con fines de lucro, al capitalismo como un modo de especulación e inestabilidad financieras.   Esta teoría es similar al enfoque de Minsky y las modernas teorías de la "financiarización".
Para Howell, la próxima guerra entre EEUU y China se librará no tanto a través del comercio o la tecnología, sino de los flujos financieros y el control de las monedas internacionales a medida que las potencias rivales luchen por ofrecer los activos financieros "más seguros" al capital global: por ejemplo, ¿el dólar o el renminbi?
Claramente hay algo de verdad en esto. Si China pudiera ofrecer una moneda fuerte y con líquidez para reemplazar al dólar, el imperialismo estadounidense estaría en serios problemas. Pero una moneda fuerte no puede ser "creada" por los mercados financieros; proviene de la fuerza relativa de la productividad del trabajo y la creación de valor en una economía. Ahí es donde se centra la guerra económica; con el comercio, la tecnología y las finanzas como campos de batalla. El valor es lo decisivo, no el crédito.
 
es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2020/07/19/capital-wars/
Traducción:
G. Buster, Sin Permiso

Nuevas formas de gestión dan sus frutos en entidad ganadera de Ciego de Ávila

MAGALY ZAMORA MOREJÓN|FOTOS: OSVALDO GUTIÉRREZ GÓMEZ 

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Ciego de Ávila, 26 jul (ACN) La aplicación de nuevas formas de gestión en la Empresa Pecuaria Ruta Invasora, de Ciego de Ávila, ya rinde sus frutos con el incremento en el acopio diario de leche, uso de nuevas tecnologías y mejor explotación de las áreas.

Ricardo Pérez Echevarría, director general de la entidad, explicó que implementan un sistema de producción cooperada, que responde a las nuevas medidas económicas orientadas por la dirección del país para acrecentar la obtención de alimentos.

Detalló que seis vaquerías de la Unidad Empresarial de Base (UEB) Ricardo Rey ya ejecutan el modelo de gestión, de un plan de 10, el cual tiene como objetivos explotar las tierras que estaban cubiertas de marabú y elevar el aprovechamiento de las unidades subutilizadas.

Resaltó que los productores incorporados al sistema desde hace unos 15 días, han mejorado rápidamente la entrega de leche hasta en un 40 por ciento, cifra que puede crecer aún con la implantación del doble ordeño mecanizado.

Precisó que fue necesario cambiar las estructuras y rediseñar las unidades para cumplir los requerimientos para la instalación de tecnologías de ordeño, sembrar alimentos y lograr unos dos kilogramos de plantas proteicas por cabeza de ganado mayor.

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Se trabaja sin descanso, puntualizó, pero existen grandes motivaciones, pues el 75 por ciento de los resultados financieros finales van a manos del productor, en tanto la UEB administra sus recursos y puede pagar en un tiempo mínimo.

Pérez Echevarría recordó que el productor cuenta con un tiempo de dos años para preparar las áreas – que oscilan entre cinco y nueve caballerías- y aplicar la tecnología, al cabo del cual, si no ha logrado resultados por falta de interés, se le cierra el contrato.

Señaló que desde hace algunos meses comenzaron la preparación del programa, de conjunto con los productores para evaluar todos los animales mediante diagnóstico veterinario, que confirmara el buen estado de los mismos.

El proyecto implantado en Ciego de Ávila, aseveró, es tomado como experiencia en el país y acogido por otras empresas por sus buenos resultados hasta la fecha.

Llegó la esperada “revuelta de los millennials blancos (sic)” en EU

Posted By: Alfredo Jalife-Rahme,  julio 26, 2020, La Jornada


La Jornada; Bajo la Lupa 26.07.20

https://www.jornada.com.mx/2020/07/26/opinion/012o1pol

Antes de la volcánica explosión generalizada, expuse la rebelión de la “Generación Y ( millennials)”y la “Generación Z ( centennials)” en EU (https://bit.ly/2D2OXTN) cuando “50 por ciento de los millennials y 51 por ciento de la Generación Z sienten que el sistema económico de EU ha trabajado en su contra” con una “colosal deuda universitaria de los millennials: ¡1.6 millones de millones de dólares!” ( https://bit.ly/3fboPnI ) cuando EU se encuentra inundado por sus deudas al consumo (https://bit.ly/37pIu0l).

El futuro ya alcanzó a EU: “la verdadera revolución demográfica será implosiva con el ascenso de los centennials (Generación Z) hispánicos (sic) de EU y su promedio asombroso de 11 años de edad” (https://bit.ly/2MUSAgy).

Pew Research expone la identidad generacional de los contestatarios ( https://pewrsr.ch/3eSvx1d ): 40 por ciento son blancos (sic), primordialmente demócratas y menores de 30 años de edad: los millennials (https://bit.ly/2E75FlH).

Según Pew Research, los jóvenes adultos y demócratas asistieron a una protesta el pasado mes: blancos 46 por ciento; latinos 22, afros 17 y asiáticos 8 por ciento. Los latinos vienen en segundo lugar después de los blancos y antes que los afros cuando 79 por ciento es proclive a los demócratas y 17 por ciento lo es a los republicanos. De 18 a 29 años, es decir, los millennials, asistió 41 por ciento; de 20 a 49 años, 38 por ciento y de 50 a 54 años 15 por ciento.

Destaca que la protesta sea casi igual de las zonas urbanas (41 por ciento) y las suburbanas (42) frente a 17 de la zona rural (el área que vota por Trump). La elección se jugará en el área suburbana, donde vive la mayor parte de las minorías.

En su artículo de corte escatológico, Paul Craig Roberts, anterior secretario asistente del Tesoro con Reagan, juzga que EU cesó de existir (sic) hace varias décadas cuando “solamente la fuerza fundacional del país (…) preservó la imagen viva de un país funcional”, en clara alusión a la demolición iconoclasta de los iconos de los padres fundadores de la independencia de EU, lo cual atribuye al autodio (sic) de las élites liberales (sic) blancas (sic) que dominan la educación, los multimedia y el gobierno.

Paul Craig Roberts recuerda su artículo de hace 15 meses: La cultura occidental (sic) murió de una muerte políticamente correcta (https://bit.ly/2ZVO6xz).

Se lamenta que la iconoclastia no está únicamente limitada al sur –la otrora confederación secesionista–, sino que rebasa a los Padres Fundadores para alcanzar a la Constitución y al emblema nacional, definidos como racistas.

Lo más relevante de su canto de cisne es la admisión de que EU perdió a su juventud: el sustento de un país está desacreditado en la nueva generación (https://bit.ly/2CVvAfu).

¿Cómo puede tener presente, no se diga futuro, un país que desdeñó a sus millennialsy desprecia el futuro de sus centennialscuando lo único que le importa es enriquecer a su parasitaria plutocracia misántropa?

Paul Craig Roberts concluye con un epitafio sonoro: es muy tarde para hacer algo.La pregunta es: ¿quién sobrevivirá? No serán los blancos.

En efecto, la dinámica demográfica juega en contra de los axiomas fundacionales del Partido Republicano a quien, a mi juicio, le queda como último recurso la balcanización de los WASP (blancos, protestantes , anglosajones), hoy aliados a los evangelistas sionistas de la dupla de los Mike (Pence y Pompeo), para crear su República Blanca, quizá en alianza con un segmento de los latinos.

Paul Craig Roberts no cita para nada al movimiento antisionista de los Black Lives Matter (BLM) y al grupo Antifa que supuestamente encabezan la revuelta como epifenómeno, cuando la participación de los millennials blancos ha sido de mayor calado en la profundidad de las aguas turbulentas.

Lo peor en una guerra civil/guerra de clases/guerra cultural es tomar partido desde afuera cuando EU parece estar herido de muerte entre dos cosmogonías incompatibles: delicada situación que no será resuelta por quien fuere el vencedor de la elección presidencial en menos de cuatro meses.

¿Está preparado México a todas las eventualidades que le afectarán irremediablemente?


Facebook: AlfredoJalife


Detrás de las fotografías rutilantes de la Cuba del 59 [VIDEO]

La “próspera” Cuba de 1959. (+ Fotos)
Publicado por BERNALGODOY 

Por Ramón Bernal Godoy

¿Cuántas veces ha estado usted en un “debate político” sobre los avances y el impacto de la Revolución Cubana en la isla y su contrincante después de minimizar el mayor obstáculo para el desarrollo que haya tenido una nación en el hemisferio, el bloqueo, y de descontextualizar leyes y momentos históricos, culmina aludiendo a la “Cuba antes del 59”, describiéndola como la más prospera economía de la región? Si el supuesto debate es por internet, recibirá usted como adjunto una imagen o un video en blanco y negro donde una limpia y ordenada Habana parece estar a la altura de las más modernas capitales del mundo del momento.

Y yo me pregunto, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguirán mintiendo tan descaradamente, hasta cuando creerán que los cubanos tenemos memoria de elefante y/o que sus mentiras siendo repetidas mil veces se convertirán en la verdad que destruya la obra revolucionaria, hasta cuándo?

Hagamos un repaso sencillo de lo que esconden estos “desmemoriados” y que todavía hoy deja huellas en cientos de miles de familias cubanas.

¿Dónde queda la referencia a dos de los parámetros fundamentales de desarrollo humano, la mortalidad infantil y la esperanza de vida? ¿Por qué no describen esa dura realidad que hacía que fallecieran 60 cubanos por cada mil nacidos vivos y que los nacidos tuviesen una esperanza de vida de apenas 58 años? ¿Dónde queda la referencia a que el 44% de los cubanos no asistió, no pudo asistir jamás, a una escuela o que el 85% de la población carecía de servicio de agua corriente?

Hablan de prosperidad y bodegas abastecidas cuando el alimento fundamental de las familias cubanas era a base de arroz. Solamente un 4% comía carne; un 2% consumía huevos; y un 11% tomaba leche. La alimentación tenía un déficit de más de 1 000 calorías diarias, con ausencia de vitaminas y minerales fundamentales. Existía la desnutrición y la muerte por enfermedades curables.

A la desnutrición, la ignorancia y la insalubridad habría que añadir la enfermedad y el parasitismo. El 14% de los obreros agrícolas de Cuba, nuestra Cuba, padeció de tuberculosis y el 13% sufrió la tifoidea. ¿No les duele ver esas imágenes de pequeños descalzos, semi-desnutridos, limpiando botas en céntricas avenidas o caminando en los campos cubanos?

El país vivía varias realidades, la capital, con el 22% de la población disponía del 65% de los médicos y el 62% de las camas hospitalarias, a pesar de ser Cuba un país de población mayoritariamente campesina. En los campos cubanos, aquellos que no interesaban a los gánsteres, funcionarios corruptos o embajadores gringos, solamente había un hospital rural con 10 camas y sin ningún médico.

¿Dónde queda la referencia al obrero agrícola cubano que disponía de unos pocos centavos diarios para comer, vestir y calzar, 60% de los cuales vivía en bohíos de techo de guano y de piso de tierra, sin servicio ni letrina sanitaria, ni agua corriente, sin conservación de alimentos y sin quinqué o luz brillante para encenderlo (Solo un 3% poseía esos artefactos)?

Existía el desempleo permanente y estacional, el subempleo y el desempleo tecnológico. Según el Consejo Nacional de Economía de la época, el total de personas desocupadas en 1958 alcanzaba la astronómica cifra de 738,000 en una población de poco más de 6 millones. Apenas existían 2,400 industrias no azucareras, la mayoría con menos de 100 trabajadores y ubicadas en los alrededores de La Habana. Difícil, eh?

¿Dónde queda la referencia a las 400,000 familias urbanas que vivían hacinadas en barracones, cuarterías y ranchos sin las más mínimas condiciones higiénico sanitarias y los más de 2 millones de personas que se veían obligadas a pagar alquileres que sobrepasaban un quinto y un tercio de sus ingresos, casi 3 millones carecían de luz eléctrica (3 millones de 6 millones, casi la mitad, poquito, eh?

Sumemos a esta disparidad y diferencia social, sumemos a esta cruda realidad, el racismo, el regionalismo, los asesinatos, la persecución, el gansterismo, la cacería de brujas o macartismo, los toques de queda, las desapariciones, las torturas, los cuerpos mutilados aparecidos en calles y cunetas… ¡Por favor!

¿Y me hablan de la Cuba antes de 1959?

Pero la economía funcionaba bien… (Infamia!)

Aparentemente y solo de manera macroeconómica, gracias a ser el patio trasero de EE.UU y sin ningún impacto en la calidad de vida de la inmensa mayoría de los cubanos.

Todo “funcionaba”, entre otras cosas, porque había paridad del peso con el dólar gringo, paridad que se estableció “artificialmente” y “convenidamente” porque favorecía a los intereses norteamericanos y a la burguesía criolla importadora. Paridad ficticia, así cualquiera.

Económicamente hablando, digámoslo claro: “Éramos pobres y dependientes”, esa es la gran verdad. El capital financiero estadounidense era el propietario de la mayor parte de la riqueza nacional, así como el monopolista del sistema comercial y de crédito, lo que significó la desnacionalización de la banca del país, el National City Bank de Nueva York sustituyó al Banco Nacional y al Banco Español, como principal banco de Cuba.

La extracción cada vez más intensa de riquezas cubanas, el saqueo de los fondos públicos, la dilapidación de las reservas nacionales, hizo que los 500 millones de dólares que Cuba poseía en 1952 terminaran siendo menos de 100 millones en 1959 (Se transfirieron al extranjero por concepto de beneficios y fraudes más de 200 millones).

Al mismo tiempo la deuda pública se elevaba de $217.7 millones en 1952 hasta más de $1,300 millones en 1958, y lo peor, que esa deuda se generó mayoritariamente en inversiones no dirigidas a obras reproductivas sino a obras monumentales pagadas muy por encima de su valor real para beneficio de funcionarios y contratistas corruptos al servicio del régimen.

Hablan de “agricultura floreciente” cuando en el campo solo se explotaba el 20% de la tierra cultivable mientras Cuba importaba la mayor parte del consumo alimentario. Más del 50% de las mejores tierras del país estaba en manos extranjeras. Cuatro compañías azucareras norteamericanas eran propietarias de 1, 000,000 de hectáreas de tierra. El latifundio ganadero ocupaba 300,000 caballerías poco menos que abandonadas. ¿Entonces?

En fin, dejémoslo ahí… quien desee abundar en la economía de la época tiene mucho material donde abundar, pero por favor, no mientan como tontos.

Mi conclusión.

Hace poco leí algo así: “Los que en Miami se enorgullecen de que el Capitolio de La Habana es copia del que existe en Washington, son los mismos plattistas que también se enorgullecen de aquella Cuba”, yo agregaría mucho más, yo diría: “Los que en Miami se enorgullecen del Capitolio de Washington (lo dejaría así) son los mismos anexionistas a los que apuntaba Martí, son los mismos reaccionarios, o sus descendientes, que mienten con desfachatez espantosa sobre el crimen y la miseria de la Cuba de 1959, son aquellos que protegieron por décadas a batistianos asesinos y terroristas pagados por la CIA, son los que hoy intentan pulverizar los logros de una sociedad cubana obligada a desarrollarse en una trinchera con un cerco alrededor, son los que en nombre de la paz y libertad dividen a los cubanos y exacerban el odio entre las dos orillas, son los que piden hambre y necesidad para el pueblo cubano, son los que se alegrarían con una invasión militar, son los tipos del pasado que se intentan perdurar en el presente”.

Así lo veo.










El dinero que necesitamos

Por: Luis A. Montero Cabrera
25 julio 2020


En el momento en que se enderece la economía socialista cubana y pueda tener dinero de verdad, sin las ataduras de planes administrativos, tendremos que aprender a hacer política y economía de otra manera. Foto: Periódico La Demajagua

Todo parece indicar que el dinero se inventó antes de que el ser humano creara la escritura. Hasta en sociedades muy primitivas, el que tenía la mejor capacidad de cazar, puede que no la tuviera para confeccionar las buenas lanzas imprescindibles. Probablemente por decenas de miles de años se recurrió al intercambio. El que hacía lanzas las proporcionaba a cambio de una cantidad acordada de carne cazada. Pero en algún momento apareció el tan humano espíritu innovador. ¿No era mejor ponerse de acuerdo y usar algo que pocos pudieran fabricar, que fuera difícil de obtener fraudulentamente y que todos aceptaran como instrumento de cambio? Así el que cazaba podía cambiar la carne que le sobrara por ese instrumento y administrárselo mejor, pudiendo usarlo lo mismo comprando las lanzas que le hacían falta que los vegetales que tanto le agradaban y que un vecino cultivaba.
Ese instrumento como mercancía de cambio universal devino en el dinero moderno, pasando por muchas formas más o menos decentes: vacas, pepitas de oro, seres humanos como esclavos, monedas y billetes sin nombre, cheques y tarjetas magnéticas. Ahora se hace aún más evidente la naturaleza del valor intrínseco del dinero al poderse expresar solo con unos cuantos dígitos en la memoria de un sistema de cómputo. Lo que nunca ha perdido es una condición indispensable: la capacidad de cambio universal e irrestricta, aceptada por todos. Se trata de una herramienta sin ideología, como puede ser un serrucho, que lo mismo sirve para fabricar un cómodo sillón que un sarcófago.
La historia también nos enseña cómo esa capacidad de cambio universal ha convertido a esta noble mercancía en instrumento para realizar atrocidades, como es el robo sistemático de plusvalía, o valor de trabajo realizado, a las mayorías. Y también ha permitido evaluar las fortunas de unos pocos que han obtenido cantidades muy grandes, lo mismo si lo han logrado lícita que ilícitamente. Eso llevó a revolucionarios de buena fe en varios momentos de la historia a intentar renunciar al dinero. Incluso, en muchas definiciones de sociedades perfectas futuras, con las que muchos soñamos, algunos creen que el dinero no tiene lugar. Esas son consideraciones que es mejor realizar cuando se avizoren tales condiciones entre los seres humanos. Lo que si resulta muy evidente es que, si se desea el bienestar de todos en una sociedad contemporánea lo más justa posible, eso no puede alcanzarse repartiendo cantidades equivalentes de arroz para todas las personas, por la sencilla razón de que no todos comen arroz, ni lo hacen en las mismas cantidades. Hace falta el dinero, y con todas sus propiedades, para la conducción verdaderamente justa de una sociedad.
Lamentablemente, el dinero de cambio universal irrestricto no se usa en nuestro país desde hace bastante tiempo como producto nacional. A muchos les ha llegado a parecer que eso es así y tiene que ser así, y que se debe funcionar con un plan parecido a una libreta de abastecimientos. Sin embargo, en los momentos de crisis de los años 90 la Revolución de Fidel usó al dólar de los EE.UU. como instrumento para salir de ella. Era dinero que cumplía sus funciones perfectamente, por no poderse reproducir en Cuba de otra forma que usándolo. Además, su capacidad de cambio resulta irrestricta en la mayor parte del mundo. El dinero en forma de dólar tuvo una alta responsabilidad para ayudarnos a salir de aquella crisis en la que todas las organizaciones sociales cubanas fueron autorizadas y bastante aprendieron a usarlo.
Por alguna razón, en lugar de una moneda neutral usamos la de un país que nos suele agredir más o menos en dependencia de los vientos que soplen para espurios intereses electorales de un estado cercano. Y no tardaron en hacerlo gracias a su sector de poder que es intrínsecamente un enemigo ideológico y está además muy temeroso del ejemplo de una Revolución Cubana exitosa.
Respondimos entonces con regulaciones que limitaron al dólar en su función de dinero interno. También se volvió a monopolizar el comercio exterior por solo un puñado de empresas autorizadas, de predecible ineficiencia. La subsiguiente crisis de 2008 le dio una estocada mortal a la capacidad liberatoria oficial del CUC que lo había sustituido dentro de Cuba con muy buenas intenciones. Quedó relegado a un segundo plano con respecto a los “certificados de liquidez”, que es otro dinero virtual para controlar la gestión económica legal. Así quedamos de nuevo en un diverso escenario donde no hay posibilidad de aprovechar socialmente las ventajas de los instrumentos monetarios para los fines por los que se inventaron porque los tenemos coartados legalmente. Irónicamente y como es de esperar, es justamente el mercado ilegal el que ha sacado buenas ventajas de estas restricciones.
La sabiduría de todo el pueblo bien coordinada con sus dirigentes condujo a acuerdos en el VI Congreso del PCC que nos indicaban que debíamos revertir esa situación y lograr una unificación monetaria que permitiera que el dinero jugara el papel importantísimo que le corresponde para la construcción de un socialismo robusto. Ahora se anuncian medidas de transformación económica que implican el cumplimiento de estos acuerdos tan bien diseñados.
Tener la herramienta del dinero verdadero cambia muchos escenarios. Por ejemplo, hoy el estado cubano hace un gran esfuerzo por mantener el transporte a la Isla de la Juventud mediante un sistema marítimo y aéreo. Las restricciones están en las inversiones para barcos y aviones, así como los costos en dinero, que llamamos divisas, de su manutención y combustible. Si el dinero de todos fuera real, y el pago de esos servicios por los que los necesitan, sean personas u organizaciones, fuera con ese dinero, es probable que lo que ocurriría sería todo lo contrario. Las empresas operadoras incentivarían a las personas para que vayan a la Isla, lo mismo por mar, con sus encantos, que por aire, con sus paisajes y rapidez, para captar esos ingresos. Financiarían así sus costos con los pagos y fomentarían el mejoramiento constante de ese servicio y el bienestar de sus operarios con los excedentes, además de contribuir tributariamente al bien de toda la sociedad cubana.
No sería una fuente de gasto, sino de creación de valor, gracias al trabajo de los operarios y gestores de esa actividad empresarial. La única fuente que puede sostener las ventajas del socialismo es justamente el trabajo y su justa retribución, tanto en lo social como en lo individual. Y mientras más servicios se den y más se produzca, más se trabaja y se crea más riqueza.
En el momento en que se enderece la economía socialista cubana y pueda tener dinero de verdad, esa valiosa herramienta sin valor intrínseco y capacidad liberatoria ilimitada, sin las ataduras de planes administrativos, tendremos que aprender a hacer política y economía de otra manera. Tendrá que ser bastante diferente. En dependencia de nuestra ética y nuestro talento político puede ser mucho más efectiva para los ideales de justicia social y bienestar colectivo igualitario y libre de una sociedad exenta de cualquier tipo de explotación, como la que deseamos.