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lunes, 19 de agosto de 2024

A sesenta y cinco años de la Reforma Agraria en Cuba: la socialización del campesino

0000-0002-5794-4681Lázaro Díaz Fariñas1  * 

1 FLACSO-Programa Cuba. Universidad de La Habana. Cuba

RESUMEN

En el artículo, a partir del análisis lógico histórico, se exponen algunas consideraciones sobre el proceso de socialización del campesino en Cuba, y se precisa su lugar en la actualidad. El trabajo repasa algunos momentos de la socialización agraria, en general, y analiza algunas de las contradicciones que ha supuesto este proceso. Se acerca a los diferentes tipos socioeconómicos que han participado en la socialización del campesino, entre estos, las formas cooperativas y la usufructuaria libre de la tierra. Allega algunas ideas a tener en consideración para el desarrollo de una posible política agraria nacional. Por último, precisa el lugar de la Cooperativa de Créditos y Servicios, el desarrollo de la economía familiar, cooperativa y comunal.

INTRODUCCIÓN

El campesino existe como clase social desde los albores de la sociedad humana. Ha sobrevivido a todos los modos de producción, incluido el capitalismo; aún en condiciones de monopolización de las relaciones sociales de producción bajo el influjo del capital financiero. Sigue existiendo a pesar de ello, y constituye la mayoría de la población de los países subdesarrollados, donde luchan por la tierra como anhelo ancestral preterido y contra su destrucción como clase. También sobrevivió al proceso de descampesinización premeditada en el espacio soviético y el campo socialista, en general. En la realidad soviética, treinta millones de campesinos lograron sobrevivir y producir más eficientemente, que aquellos que los habían condenado a desaparecer (Wolf, 1971). La idea de descampesinización y de la incompatibilidad del campesino con el socialismo también fue muy influyente en Cuba, una sociedad muy distinta a la europea, nacida del colonialismo y el neocolonialismo.

Por ello, la socialización del campesino ha ocupado un espacio importante en las ciencias sociales en Cuba, con énfasis en los últimos años, en el cooperativismo y sus problemas. La historia de la política de socialización del campesino en el país ha estado marcada por una interpretación sui géneris del problema agrario y campesino, por la apología y el dogma de inspiración estaliniana, inaplicables en ninguna sociedad como la historia demostró, menos aún en un país subdesarrollado, donde primó una economía de plantación, resultado histórico de la expropiación del campesinado. Esa falta de perspectiva crítica desde el subdesarrollo, se analiza en las páginas que discurren en este artículo.

La producción científica sobre las relaciones agrarias en Cuba se centra en la actualidad, fundamentalmente, en los problemas de funcionamiento de la agricultura, la producción de alimentos -en especial, su déficit-, la comercialización (Anaya y García, 2023), (Nova, 2022). Estas investigaciones tan necesarias, realizadas desde la ciencia económica, deben complementarse con estudios que, desde el análisis de la totalidad, ayuden a develar los graves problemas socioeconómicos y las contradicciones históricas resultantes del proceso de Revolución Agraria en Cuba.

Los estudios agrarios y rurales no son ajenos para nosotros, dedicados por años al análisis del pensamiento económico nacional y, en la actualidad, centrados en la dirección y organización de la actividad científica dentro del proyecto «Relaciones agrarias y la dimensión rural del desarrollo en Cuba», asociado al Programa Nacional de Ciencia, Técnica e Innovación sobre Teoría Marxista y Procesos Ideológicos en la Sociedad Cubana Contemporánea (CITMA, 2022).

Los estudios mencionados al inicio desbrozan un camino para la comprensión de una problemática altamente compleja, estigmatizada, dogmatizada en su tratamiento, con apego a criterios que en la actual coyuntura histórica no encuentran un sustento teórico válido para explicar la realidad de un panorama rural que ha cambiado. Por un lado, ha estado beneficiado por el impulso de lo mejor de la obra de la Revolución iniciado con la firma de la Primera Ley de Reforma Agraria el 17 de mayo de 1959 y, por otro lado, limitado por la política económica, la agraria y la social, a lo que se suma un contexto internacional extremadamente complejo, hostil y cambiante. Un antecedente en el estudio de esta problemática, en el empeño de develar contradicciones, fue publicado anteriormente por Díaz y Díaz (2022) y da continuidad a una línea investigativa sobre economía popular (Plaza y Díaz, 2022) y su articulación con el desarrollo rural.

Desde los años 90, incluso antes, se vienen realizando transformaciones en la estructura de la tenencia de la tierra en Cuba, las cuales han sido consideradas por algunos autores como una «tercera reforma agraria» (Figueroa, 2009) (Valdés, 1997). Sin embargo, estas transformaciones no alcanzan tal dimensión, puesto que no han alterado suficientemente las relaciones de propiedad existentes, a pesar de los cambios realizados sobre la posesión, gestión y uso del suelo. Tanto las cooperativas creadas a partir de los años 90, como los nuevos usufructuarios han quedado entrampados en la inamovilidad de la propiedad del Estado -entendida esta como propiedad socialista de todo el pueblo-, ejerciendo un influjo inadecuado para la socialización de las nuevas formas de gestión y de cooperación creadas, situación que persiste en la Constitución de la República de Cuba del 2019 (Asamblea Nacional del Poder Popular, 2019), debido al enfoque patrimonial con que se concibe la propiedad, sin el contenido socioeconómico para su efectiva transformación.

Las relaciones de propiedad son determinantes en cualquier sistema socioeconómico. La denominada propiedad socialista de todo el pueblo y la forma como ha sido gestionada por el Estado -sobre la base de un modelo agrario de inspiración eurosoviético-, han establecido un freno al desarrollo de las fuerzas productivas y al proceso de socialización real y efectiva de la propiedad. Además, han constituido un escollo a los procesos de descolonización y despatriarcalización, y al propósito de poner fin al trabajo enajenado en el anhelo de construir una sociedad de productores libres asociados siguiendo la lógica de Marx, esencia del socialismo.

Las nuevas relaciones socialistas conllevan un nuevo contenido humano que, siguiendo la lógica transicional, nos acerque paso a paso a la tan anhelada justicia social, donde estos productores asociados no solo produzcan para sí, sino también para la sociedad, en un proceso en el que se producen y se reproducen como sujetos socialistas. Además, se precisa de una teoría y una praxis para las nuevas relaciones sociales construidas desde abajo, que sintonicen con las aspiraciones del proyecto de nación resolviendo las contradicciones existentes entre dirigentes y dirigidos en la dialéctica del desarrollo (Lebowitz, 2015).

En 2015, Cuba contaba con 6 610 cooperativas agropecuarias y un total de 486 050 asociados. Para el año 2020 existían un total de 4 828 cooperativas distribuidas de la siguiente manera: 1 496 Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), 869 Cooperativas de Producción Agropecuarias (CPA) y 2 463 Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS), con 447 235 cooperativistas. En cinco años dejaron de ser cooperativistas 38 815 socios y se disolvieron 1 782 cooperativas en el país (Ministerio de la Agricultura, 2020).

Esta situación indica la urgencia de actuar profundamente en las relaciones agrarias, pues en ellas se determina una parte importante de la soberanía alimentaria, del bienestar general y, en particular, del rural. Esto no se puede resolver únicamente con medidas administrativas, se necesita desentrañar correctamente las principales contradicciones socioeconómicas existentes en el mundo rural, como la totalidad de relaciones sociales que no se constriñen únicamente a cuestiones económicas.

En ese empeño sobresale la Ley de Soberanía Alimentaria y Seguridad Alimentaria y Nutricional (Asamblea Nacional del Poder Popular, 2022); pero a pesar de la naturaleza y alcance de su contenido, al ser nulo el análisis de los tipos socioeconómicos, carece de fundamentos socioeconómicos que expresen en toda su extensión los problemas de la seguridad y soberanía alimentaria como cuestión socioeconómica, desde una perspectiva marxista con centro en los procesos de producción y reproducción de la vida económica en los campos.

Esta Ley carece de un enfoque de desarrollo rural, no esclarece suficientemente el lugar del campesino en ese proceso, se limita a referir que es competencia de los gobiernos municipales la atención a las condiciones de vida de las comunidades agrícolas. Se percibe carencia de la teoría marxista de la renta del suelo, como base teórico metodológica para la interpretación de las relaciones sociales en la producción agropecuaria; en especial cómo se produce y se apropia la riqueza en un escenario marcado por nuevas relaciones capitalistas en germen, sin los contrapesos necesarios. En este sentido, ese análisis cobra pertinencia para la socialización socialista en las nuevas condiciones históricas cuya marca fundamental es la emergencia de una nueva burguesía agraria, y la preeminencia del capital comercial, en el desarrollo de relaciones agrarias para nada solidarias.

La economía política revolucionaria y sus nuevos desarrollos deben ser un elemento de singular importancia, si se quiere tener una agricultura no solo marcada por la prosperidad, sino además por la justicia, interpretada esta desde la ciencia marxista. En este sentido, son importantes las consideraciones de García (2021) quien fundamenta el proceso de distribución de la renta en la actualidad e identifica múltiples contradicciones entre la propiedad, la gestión y apropiación de esta, las cuales deben superarse no solo para explicar la complejidad de las relaciones agrarias en Cuba, piedra angular también para entender el problema de la socialización en general. A tal criterio se añade, el análisis de la historicidad del asunto, las cuestiones antropológicas que definen los contenidos humanos y de las clases, de modo que permitan comprender suficientemente la problemática en cuestión, su transdiciplinaridad, para explicar desde la ciencia del movimiento de la sociedad, el carácter histórico concreto, el lugar del estado actual de cosas, marcado por la enajenación, la cosificación, monopolización de la producción y los reductos de la coloniedad del poder que aún subyace en nuestro modelo de desarrollo.

Entender los aciertos de la política agraria y su influencia en la socialización del campesino deviene en ejercicio necesario para comprender la depauperación del sector agropecuario y rural, en los últimos treinta años y más de crisis económica y social.

EL PROBLEMA DE LA TIERRA Y LA SOCIALIZACIÓN DEL CAMPESINO

El problema de la tierra es aún un problema no enteramente resuelto en nuestra Revolución Agraria; fue uno de los fundamentales identificados por Fidel Castro (1983) en el Programa del Moncada, referente inmediato de la Reforma Agraria cubana de 1959,1 la cual vendría a cumplir el mandato constitucional que proscribía el latifundio. La Constitución de 1940 condensó la aspiración de varios sectores sociales de acceso a la tierra, problema preterido desde la época colonial y agravado en la neocolonia. La cuestión agraria, -en especial el acceso a la tierra- formó parte de todos los programas de lucha por la independencia y la soberanía nacional, tanto el de Céspedes, como el de Martí y también el de Fidel. Ha sido tema neurálgico y recurrente en la historia del pensamiento económico nacional, así como en el pensamiento social cubano.

El dilema agrario aparece, como conflicto de clases, irresoluto desde los albores de nuestra nacionalidad; a partir de ese momento histórico surge la puja entre dos modelos agrarios que se esfuerzan por el dominio o supremacía en el contexto de las relaciones de propiedad, en una disputa económica, ideológica y política, que se muestra como expresión directa de la lucha de clases en cada época histórica. Se concreta en el gigantismo empresarial propio de la economía de plantación versus la pequeña propiedad privada, garante de la existencia de la economía familiar campesina.

El imperativo de la reforma agraria apareció no solo como una necesidad del desarrollo de las fuerzas productivas, sino como condición primigenia de la emancipación social en el pensamiento económico y social cubano. La maduración de la idea de la reforma agraria, a tono con un contenido científico, se fue perfilando a partir del colosal debate en torno al desarrollo económico de los años 40 y 50 del siglo XX. Las visiones más sobresalientes de este proceso fueron realizadas por el pensamiento marxista y el estructuralista latinoamericano, o la combinación de ambos.

Una idea básica que formó parte de los programas de distintas instituciones políticas, consideró como parte de ese proceso un gran reparto de tierras en Cuba; para el caso del marxismo, sobresale la idea leninista del reparto de estas, en propiedad o en usufructo (Lenin, 1973), adaptada por el programa del Partido Socialista Popular (1944). Este reparto de tierras no se llevó a cabo al inicio de la Revolución, después incluso de su reconocimiento por la Primera Ley de Reforma Agraria, a partir de consideraciones propias del contexto cubano. Resaltaba la idea que sustentaba la inevitabilidad del proceso de descampesinización de la sociedad rural y la incompatibilidad del campesino con el desarrollo del socialismo, sin entender suficientemente ni su lugar histórico en la economía cubana, ni mucho menos en la dialéctica de la transformación clasista del campesinado. La evidencia histórica demuestra que la centralización, la concentración, el gigantismo empresarial y la descampesinización no reproducen socialismo en las relaciones agrarias, como no lo hace tampoco el modelo de liberalización ilimitado de la integración vertical monopólica de la agricultura norteamericana altamente tecnificada influyente en la concepción empresarial agrícola soviética (Shanin, 1989), sino que se precisan de relaciones nuevas construidas desde abajo (Lebowitz, 2015) y desde la economía campesina sin excluir otras formas, especialmente los obreros agrícolas para el caso de Cuba.

El dogma de la inexistencia de «hambre de tierra» en Cuba

La Ley de Reforma Agraria concibió -además de hacer justicia con los que trabajaban la tierra sin ser dueños de ella- un reparto de tierra que incluía el proletariado agrícola, tomando en consideración prioridades por estamentos sociales que la propia ley definía. Sin embargo, en Cuba esta idea no fue aceptada en su plenitud, sino que fue asimilada de acuerdo con las condiciones propias de la lucha de clases en el país, en un legítimo proceso de innovación, aunque supuso también un altísimo grado de romanticismo económico.

La existencia en Cuba un gran proletariado agrícola y una producción azucarera tecnificada -unido al sentimiento cuestionable de clase obrera de ese proletariado-, signada, además, por la existencia de una economía estacional que lo obligaba a labrar la tierra para subsistir en el llamado tiempo muerto, era fuente directa de «hambre de tierra». Habría que añadir la realidad de una sociedad muy marcada por el desempleo, tanto involuntario como estacional, resultado de la inexistencia de una industria nacional capaz de absorber la mano de obra excedente en el campo, fuente directa de «hambre de tierra», sobre todo de una abundante población rural en condiciones de pobreza. El concepto de «pueblo» expuesto por Fidel en La Historia me absolverá (Castro, 1983) así lo demuestra, al igual que los datos expuestos por Rodríguez (1983a). El origen clasista de este proletariado se encuentra en la expropiación ilimitada de que fue objeto el campesinado, convirtiendo en obreros a estos y sus familia, estudiado magistralmente por Alberto Arredondo en su obra Cuba, tierra indefensa (Arredondo, citado por Valdés, 1997). En la concepción del desarrollo imperante, la tecnificación de la agricultura, junto a un proceso industrial más eficiente, liberarían a la industria azucarera de los reclamos válidos en aquellas condiciones contra la tecnificación (Torras, 1984) y creaban la base social para el reparto de tierra, nacido de las transformaciones tecnológicas al liberarse fuerza de trabajo en el campo y en la industria.

A esto habría que añadir las importantes diferencias regionales existentes en el país. Las condiciones de explotación capitalista y la situación social distaban de ser homogéneas para el desarrollo de una política de alcance nacional. Existían diferencias demográficas notables; por ejemplo, entre Pinar del Rio y Matanzas, en el sur de la antigua provincia de Las Villas, algunas partes de la actual provincia de Cienfuegos, con respecto al Camagüey y el Oriente cubano, donde la concentración de la tierra era muy alta y la composición étnica de la sociedad era distinta al resto de las zonas y, por lo tanto, distingue en el proceso histórico la apetencia de tierra. Ello explica el apoyo que parte del campesinado medio, pobre y el «lumpen rural» dio a la contrarrevolución en las primeras zonas mencionadas, influida por la actitud contrarrevolucionaria de los campesinos medios y ricos, opuestos históricamente al socialismo. Enfrentar esto condujo a la proclamación de la Segunda Ley de Reforma Agraria, medida política destinada a contrarrestarla, cuyo resultado fundamental fue el establecimiento de la supremacía estatal en la agricultura.

Esta medida -efectiva desde el punto de vista político- contrasta con los resultados económicos de la estatalización, siendo un elemento fundamental en la destrucción de medios de producción afectando la seguridad alimentaria. Esta situación es esencial para entender los límites históricos de esa política, y su influencia en la estatización desmedida de la economía agrícola, el sesgo rentístico y agroexportador de su modelo resultante, contrario a políticas más soberanas para la alimentación del pueblo, manteniendo las características esenciales del viejo esquema de ventajas absolutas, deformante de nuestra economía.

El Estado cubano contemporáneo tiene la posibilidad y la necesidad de diseñar una política agraria que transforme definitivamente, en el nuevo contexto constitucional, las relaciones de propiedad agrarias, y allegue la tierra al campesino y a la población rural, con los límites de nuestro tiempo y de un socialismo propio de profunda raigambre martiana. Ello debe trascurrir de modo que posibilite el desarrollo de una economía agraria diversificada, soberana y sostenible sobre la base de un campesinado fuerte, clase social que puede reproducir una sociedad rural de contenido socialista en las condiciones actuales de Cuba. Cabría entonces preguntar: ¿es la propiedad estatal, por definición, superior como forma de propiedad socialista a la propiedad cooperativa en la agricultura? ¿No fue esto un gravísimo error estalinista cuando se llevó a cabo la colectivización forzosa?

La historia económica de Cuba -incluida la de los mejores años de desempeño económico- demuestra que en las nuevas relaciones de producción socialista también se sacrificó parte del fondo de consumo de los obreros; situación que ha tenido un impacto enorme sobre la clase trabajadora y, especialmente, sobre resultados económicos positivos. Durante treinta años (1959- 1989) el producto interno bruto se triplicó y creció al 4 % como promedio anual, no así el agrícola que mostraba signos de agotamiento desde la década de 1980 (Nova, 1998). Este crecimiento se obtuvo sobre la base de una elevación de la densidad energética de la producción y una masiva inversión con bajos rendimientos de los medios básicos (Pérez, 2008).

A pesar de ello, Cuba no renunció a ser el primer país de América Latina que incorporara el mejoramiento social a su estrategia de desarrollo de manera explícita como la primera prioridad. No obstante, esto no sucedió suficientemente con el consumo de los trabajadores; aun en condiciones de retorno de parte del producto diferido a partir de los denominados fondos sociales de consumo en forma de gratuidades, las transformaciones en los niveles de vida del proletariado agrícola no fueron ostensibles.

Carlos Rafael Rodríguez tempranamente reconoció los problemas que había enfrentado en el país la «distribución con arreglo al trabajo» (Rodríguez, 1983b). Este proceso identificado por Mészáros (citado por Lebowitz, 2015) como «extracción política del plustrabajo» (p. 102), condujo a la depauperación del trabajador agrícola y tuvo como resultado directo bajos rendimientos agrícolas y de la productividad del trabajo, junto a los problemas inherentes al modelo, al no determinarse adecuadamente las proporciones de la acumulación y el consumo. Este problema se agudizó más en la década de 1980, período de estancamiento económico y primeros indicios de agotamiento del modelo cooperativo y empresarial basado en la descampesinización. Esta enorme inversión en medios básicos, no obstante, logró aumentos ostensibles de las exportaciones, pero solo sustituyeron el 40 % de las importaciones de alimentos -con un alto componente importado-, y dedicó únicamente el 5 % del fundo estatal a la producción de cultivos varios (Valdés, 1997).

Esta situación empezó a transformarse con la creación de las Unidades Básicas de Producción Cooperativa en los años 90, como parte de las medidas para enfrentar la crisis del denominado Período Especial, lo cual se complejizó aún más con la tarea Álvaro Reinoso. El camino del proceso de emancipación del proletariado agrícola ha sido largo y tortuoso, no solo por el escenario adverso que le ha tocado, sino en buena medida por la hiperregulación estatal, la poca o ninguna autonomía de que ha disfrutado hasta los tiempos más recientes (Pérez y Echeverría, 2006).

Estas formas de «gestión colectiva» han tendido históricamente a compensar las pérdidas de las empresas estatales de las cuales se originaron. Los trabajadores continúan siendo proletarios, sujetos económicos que no tienen propiedad. En la práctica, obreros agrícolas a los que no se les reconoce la propiedad cooperativa, a la vez, fueron expropiados, puesto que han tenido que amortizar el capital físico y hacerse cargo de las deudas de las empresas gestionadas por el Estado que les dio origen (Nova, 1998). Esto sucede por la no identificación de la propiedad cooperativa como propiedad socialista, condición que adquiere en el nuevo contexto. En esencia, no son más que formalmente cooperativistas, no son dueños colectivos del principal medio de producción: la tierra, como sucede con otros tipos de cooperativas más cercanas al socialismo. Una vía de atenuación de esta contradicción se vislumbra en el nuevo Decreto Ley sobre Cooperativas Agropecuarias (Consejo de Estado, 2023).

El análisis del proceso de socialización de los campesinos

A diferencia de otros procesos revolucionarios donde se tuvieron que trazar estrategias para allegar el apoyo de los campesinos pobres y medios a la Revolución, en el caso de Cuba estas tácticas no hicieron falta. De hecho, el campesinado cubano ha sido la fuerza motriz más importante de las luchas por la independencia y la soberanía nacional, incluida la última etapa donde su apoyo fue decisivo. Valdría la pena adentrarnos desde la crítica de la economía política a tal problema, teniendo en cuenta la teoría marxista de la renta del suelo, para explicar algunas consideraciones que entran en disfonía con algunos elementos de la interpretación marxiana y su efectividad para explicar el particular de las relaciones agrarias desde condiciones de subdesarrollo.

La posición del campesino, pequeño productor parcelario, según definición de Marx (1973), es la de la posibilidad siempre creciente de proletarización. En su análisis, Marx los considera propietarios de la tierra y, por tanto, no pagaban renta absoluta por el suelo. Esta distinción no significa que esta no actúe como elemento central de regulación económica, puesto que el suelo y sus rentas determinan económicamente la posibilidad de su existencia o su extinción. Sin embargo, existen otros elementos mucho más poderosos que aseguran, en condiciones de subdesarrollo, la sobrevivencia del productor parcelario, que tienen estrecha relación no solo con la posible expropiación por la clase capitalista, sino que en las nuevas condiciones históricas, limitan el interés del sistema por liquidar esta forma histórica de tenencia de la propiedad territorial.

En condiciones de subdesarrollo, la producción del campesino tiene una importancia extraordinaria desde el punto de vista económico, por el lugar que ocupa en la producción de plusvalía relativa y que es afín a la acumulación capitalista, a diferencia de otras realidades (Diaz y Plaza, 2018). Producir en las condiciones peores no se convierte en un freno para obtener mercancías a bajos precios, en todo caso las condiciones de superexplotación y el desempleo crónico afirman el proceso de apropiación del excedente producido por estos productores, con lo cual el capital está en condiciones de aumentar la productividad social del trabajo, a la vez que se resguarda de las condiciones impuestas por el sistema en el proceso de división internacional capitalista del trabajo, expresadas como intercambio desigual. Ello explica un proceso constante de descampesinización-campesinización a que está sometido el productor parcelario latinoamericano, marcado por una sociedad de bajo desarrollo industrial e informalidad del trabajo.

Mientras estas condiciones propias de la dependencia capitalista se manifiestan, el productor parcelario salva su existencia, hasta que las condiciones de esta productividad permitan reproducir su fuerza de trabajo y su familia aun en condiciones precarias. Cuando estas condiciones no concurren, el pequeño productor parcelario tiende a proletarizarse o semiproletarizarse o se convierte en desempleado. En una sociedad marcada por la insuficiencia del desarrollo industrial, empuja la masa de desempleados o informales a trabajar en las tierras peores, salvaguarda del desempleo (Diaz y Plaza, 2018).

En Cuba, antes de la Revolución, la existencia -como clase del productor parcelario dueño de la tierra- era ínfima, un remanente que, por lo general, trabajaban en las tierras peores, libres de la voracidad del latifundio. Lo predominante en Cuba eran los arrendatarios, los subarrendatarios de la tierra, y precaristas, por la que tenían que pagar una renta que podía ser en especie, para cultivos más rentables o, simplemente, en dinero. Para que el dueño de la tierra la cediese en arriendo, tendría que lograrse, a la vez, la obtención de una renta absoluta, de la que se apropiaba el capitalista o el terrateniente en condición de dueño, y una renta diferencial, remanente para el productor; ello era posible porque la fertilidad natural del suelo lo posibilitaba y el desarrollo técnico también. Los precaristas eran un grupo conformado por aquellos productores que ni siquiera tenían un contrato legal de arriendo, lo que aseguraba relaciones de explotación mucho más crueles.

Estas relaciones sociales en un entorno de superexplotación del trabajo, de desempleo crónico, hacían a este grupo social proclive a participar en programas y proyectos liberadores en busca de la tan ansiada justicia social. En Cuba, los campesinos han sido identificados como uno de los elementos fundamentales de nuestra nacionalidad, y sus aspiraciones sociales no han entrado en contradicción antagónica con otros grupos sociales, entre estos, la clase obrera y los miembros más progresistas de la pequeña y mediana burguesía.

Este elemento es de singular importancia para la dinámica de la Revolución, cuya dirección entendió, en lo general, el lugar que el campesinado ocuparía en ella; de ahí los beneficios obtenidos por la Primera Ley de Reforma Agraria, en especial el acceso gratuito a la tierra de los estamentos antes apuntados, pero que dejó por fuera otros sectores de la población rural muy necesitados de acceso a la tierra también. Esta situación se trató de salvar en los años 80 del pasado siglo con las CPA, que se conformaron conjuntamente por los miembros de las asociaciones agropecuarias y trabajadores agrícolas sin tierras inicialmente. Además de la tierra aportada por sus miembros, las CPA recibieron una dotación de tierra para posibilitar su desarrollo, lo cual constituyó un avance de las relaciones agrarias en Cuba, especialmente en el proceso de socialización del campesino y de una parte ínfima de obreros agrícolas incorporados al inicio del proceso.

La creación de estas nuevas formas de producción fue un proceso muy espinoso debido a errores, excesos y arbitrariedades, en un entorno de polarización social (Rodríguez, 1983b). Muchos de estos problemas han acompañado la política agraria y se mantienen aún con menor gradación hasta tiempos más recientes. En la actualidad las CPA atraviesan una profunda crisis económica y también social, puesto que además del proceso de extinción señalado arriba, muchas hoy poseen tierras ociosas, han sido marcadas profundamente por u entorno regulatorio inapropiado, falta de competencias; estos son problemas en vías de solución en el entorno creado por el nuevo decreto ley sobre cooperativas agropecuarias (Consejo de Estado, 2023).

En primer lugar, con el desarrollo exitoso de una agricultura estatal, no habría necesidad de socialización cooperativa que contrarrestase los bajos rendimientos agrícolas con respecto a una supuesta economía natural campesina, que demuestren las ventajas de una agricultura socializada. A pesar de algunos resultados positivos, esto no ha constituido un motivo para la socialización del campesino trabajador, ni se han obtenido los tan ansiados rendimientos esperados. A lo anterior habría que añadir que el proceso de socialización ocurrido no logró la transformación clasista total del campesinado, aunque pasó de ser el 56 % de la población en 1958, al 25 % hasta los años 90 y su desarrollo contemporáneo ha estado muy influido por la entrega de tierras estatales ociosas en libre usufructo (Nova, 2022). Los usufructuarios, han sido beneficiados directos de un nuevo reparto de tierras, pero con un contenido histórico clasista distinto, marcado por la transformación social, aunque aún acompañado de viejos estigmas. La ineficiencia también alcanzó buena parte de las CPA, quienes transitan por un gradual proceso de extinción, aunque se documenta la existencia de muchas de ellas, donde la productividad del trabajo y las mejoras ostensibles en el nivel de vida de sus socios, dan muestras de estabilidad y desarrollo; pero la excepción no hace la regla.

El proceso de creación de nuevas cooperativas como acto consciente en la transición socialista, también ha tenido límites. La necesidad de trabajo político, de elevación de la conciencia socialista, por parte de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) sobre las posibilidades y ventajas de la cooperación, se caracterizó por una ideologización que no explicó suficientemente el nuevo contenido socialista, liberador y desenajenante, de modo que hiciese frente al siempre presente anticomunismo.

En el proceso de conformación de las CPA se violó el principio leninista de la voluntariedad en la adhesión en muchos casos, aunque se utilizó la persuasión para el logro de este objetivo político trascendental; devino en un proceso de cooptación de la voluntad de una parte de los que se incorporaron a esta nueva forma de producción. Habría que añadir las prácticas de contingentación y exceso de regulación característica de la política agraria. La evidencia histórica nos indica que este fue un elemento determinante, para la incorporación masiva de los campesinos a las CCS.

Las Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS): su lugar presente y futuro en la socialización socialista y en el desarrollo rural cubano

El desarrollo de las CCS, como elemento socializador del campesino, discurrió en un escenario donde aproximadamente el 70 % de la tierra estaba en manos de empresas del Estado. La socialización campesina fue necesaria para darle al campesinado un sello completamente «socialista» subordinado al Estado. La marca estatal acompañó las CCS, salvo la posibilidad de la gestión privada del predio, y las decisiones sobre parte del excedente dedicado para el autoconsumo. Esto dio una mayor autonomía relativa al campesino, a pesar de que éste, de acuerdo a la lógica socialista, formó parte hasta hoy de planes y programas de producción y desarrollo.

El apego a esta forma de propiedad y gestión por los usufructuarios y otros trabajadores tiene como incentivos la realización de la propiedad y del trabajo. La baja producción y productividad del trabajo en la empresa estatal son un resultado histórico de no resolver adecuadamente la contradicción trabajador-empresa, de la contradicción existente entre los objetivos del Estado y la reproducción de la fuerza de trabajo, en un proceso de enajenación, que convierte el fondo de consumo del obrero en fondo de acumulación del Estado.

Sobre la CCS gravitan hoy problemas objetivos nuevos, influidos por la creación de las cooperativas no agropecuarias y la actuación de sujetos económicos privados que inciden negativamente sobre ellas. En la actualidad se tiende a un mayor reconocimiento de lo privado -que no incluye al campesino-, este tiene competencias que no poseen otras formas de gestión. Esta situación incide en la disminución de las cooperativas agropecuarias en nuestro entorno y requiere urgencia política, puesto que ocurre en el momento de mayor reconocimiento del campesino y su familia en la producción mercantil agropecuaria. Este elemento positivo empuja una masa importante de nuevos productores usufructuarios a las CCS, a pesar de que veladamente persiste el estigma que confunde la propiedad privada del campesino -acto de justicia redistributiva en nuestro país- con propiedad privada capitalista, aun cuando ese reducto es mínimo dentro del campesinado.

Lenin estableció el principio de la voluntariedad de adhesión de los campesinos a las cooperativas, a partir de considerar las ideas de Chayánov aplicadas en el contexto de la Nueva Política Económica (NEP),2 que partía de considerar que la economía campesina no es típicamente capitalista, en tanto, no se pueden determinar objetivamente los costos de producción por ausencia de la categoría salarios. De esta manera, el retorno que obtiene el campesino luego de finalizado el año económico no puede ser conceptualizado como la ganancia capitalista (Chayánov, 1925), porque guarda una estrecha relación con la sostenibilidad económica del predio, incluidos sus gastos simbólicos culturales (Wolf, 1971).

Ese criterio positivo se afirma, además, porque las CCS y las fincas privadas dentro de las formas de organización de la producción existentes, son reconocidas como las más eficientes, con apenas el 15 % de la tierra agrícola. En estas dos formas se obtiene el 77, 5 % de la producción total de alimentos de origen vegetal del país, 35 % de los cárnicos. Poseen el 68 % del ganado vacuno, 97 % del ganado ovino caprino y producen el 69 % de la leche (el Estado solo produce el 13 %); ostentan el 55 % de las vacas de ordeño y, además, el 55 % del ganado porcino.

Con la entrega de tierras ociosas y la puesta en vigor del nuevo modelo agrícola se consolidó el predominio de los «productores no estatales» en un 70 %. En el caso de la CCS y privados solo se incrementó del 18,5 % al 36,2 %, incluidas las áreas colectivas de la organización. Estos productores suelen ser los mejores y los más cercanos a las prácticas agroecológicas (Nova, 2022).

A los elementos analizados anteriormente habría que incorporar otras consideraciones, de tipo social y de otra naturaleza. Se debe considerar el enorme peso político que tiene el campesinado cubano conducido por la ANAP, pues esta se ha convertido en un espacio de diálogo permanente con el Estado. Habría que añadir, su enorme importancia para la seguridad nacional y defensa de la soberanía en los territorios, que poblados disuaden las apetencias imperiales del capital trasnacional, viabiliza la doctrina militar cubana de «guerra de todo el pueblo»; ocupa un lugar primordial en la reproducción de la ruralidad, en especial de la comunidad rural asentada de forma estable.

Desde el punto de vista social, las CCS son el centro de la comunidad y la fuente más importante de sustento de las localidades. Se destacan ejemplos de buenas prácticas del fondo sociocultural: este ha devenido en la fuente de financiamiento para no solo la actividad recreativa y político-ideológica, sino además, es un instrumento necesario para resolver problemas de la comunidad, entre estos: composición de caminos vecinales; reparación de escuelas y consultorios médicos; ayudas en medios de vida y apoyo a factores importantes para la comunidad, como el médico de la familia, los maestros; promoción de actividades comerciales y apoyo al comercio estatal, a través de la dignificación de la «tienda del pueblo», entre múltiples experiencias.

En este ámbito, todavía se cuenta con reservas que implican trasformaciones en la capitalización productiva, lenta pero sostenida, de producciones artesanales, manufactureras y de servicios, incluido el turismo rural, el agroturismo y el turismo ecológico, como base para una mayor diversidad de la producción. Es una vía para superar la pobreza y resolver los problemas de género, así como lograr un mayor reconocimiento del sujeto político mujer campesina, entre otros aspectos. Ha representado un espacio importante de representación de nuevos usufructuarios que imponen savia nueva al proceso de desarrollo campesino y cooperativo; su representación política por la ANAP ha sido importante para contrarrestar los vaivenes de los cambios, que han gravitando en muchas ocasiones negativamente sobre su desempeño.

Esta nueva figura, que acrecienta el campesinado cubano, por su grado de desarrollo, se puede clasificar a priori, según su relación con la cantidad de tierra que trabaja y la renta que de ella obtiene, en pequeños productores muy ligados al autoconsumo; es una especie de sector intermedio, comparable con la media de los campesinos cubanos de 12 ha y un tercero que ocupa grandes cantidades de tierra, en algunos casos por encima del máximo legal que reconoce la Segunda Ley Reforma Agraria, que funciona como un típico productor capitalista. Este último, no se corresponde con el entramado socioclasista de la CCS, genera distorsiones y contradicciones con la masa campesina sobre la base de sus privilegios.

No solo la cantidad de tierra disponible en usufructo hace a este último un capitalista, ni el volumen de producción y los niveles de productividad que obtiene, sino el control de la fuerza de trabajo disponible, que explota para sí. Esta situación hace muy ruinosa la competencia para el resto de las formas de producción, por su mejor posición en el proceso de acumulación del capital con respecto al campesinado, conformándose como elemento primigenio de una futura burguesía agraria.

Esta forma de producción, necesaria en la actualidad por los problemas de soberanía y seguridad alimentaria que padece el país, debe tender a su desaparición por la propia lógica del desarrollo socialista; y, en todo caso, debe ser reconocida como lo que en realidad es, como una expresión de relaciones capitalistas, para actuar sobre ellas como tal. El Estado precisa tener una acción reguladora sobre ella, por las causas siguientes:

  • El uso del suelo que explota para sí, amén de la utilidad social que representa.

  • La capacidad de generar una enorme renta, nacida de las condiciones naturales del suelo y la explotación, como regla de las tierras mejores, por las cuales no paga renta.

  • La explotación de fuerza de trabajo agrícola que monopoliza.

Esta situación debe ser contrarrestada con una política fiscal activa que capte parte de esa renta en beneficio de la sociedad dueña de la tierra y el desarrollo de formas de organización solidaria de sus trabajadores, que en el futuro puedan ser la base de la socialización socialista de tipo cooperativa u otra.

Ante la emergencia del cambio climático y los requerimientos del desarrollo sostenible, en el debate internacional aparece un cuestionamiento a las economías de gran escala. Esta situación viene modificándose desde los años 80 en Cuba con la creación de las CPA (Nova, 1998), pero no es un problema superado, en condiciones de descenso de la población y de acceso a tecnología moderna. En Cuba se deben fomentar proyectos de economía familiar o cooperativa, que fortalecerían las CCS, como alternativas al agronegocio, base de la cultura agroecológica -expresión de la lucha de clases contemporánea frente a la hegemonía del capital-, lo que las convierte en formas de producción más sostenibles y sustentables. Ello nos induce a proponer una profundización de la Revolución Agraria, allegar la tierra al campesino, frente al minifundismo resultante de la división administrativa de la tierra. Este debe ser un elemento cardinal para el desarrollo de la economía familiar y cooperativa sobre la base de la idea de Marx de una sociedad de productores libres asociados y del apotegma martiano: «la única forma de ser bueno, es ser dichoso; ser culto es la única forma de ser libre; pero en el común de la naturaleza humana se necesita ser próspero para ser bueno» (Martí, 1963, p. 289).

La futura política agraria tendría que tomar en consideración los avances científico-técnicos que han permitido obtener una mayor renta diferencial de la tierra y estudiar científicamente el límite legal de tenencia. El límite actual de cinco caballerías fijado en 1963, tomando como referencia la productividad del trabajo y los rendimientos agrícolas de la época, contiene un sustrato capitalista; los avances científicos y la posibilidad de comprar fuerza de trabajo se convierte en la base económica de una burguesía agraria incompatible con el socialismo. La primera Ley de Reforma Agraria estableció un «mínimo vital» de dos caballerías que, con las excepciones de la ganadería y algunos pocos cultivos, podría ser un espacio adecuado para el desarrollo de la economía familiar campesina como base de la cooperativa, aunque se reconozca el límite legal existente para el fomento en casos puntuales de proyectos ganaderos u otros, sin perder la esencia clasista y cultural del campesinado, reconocido como una de las bases de nuestra nacionalidad.

Después de la necesaria digresión sobre la relación usufructuario- cooperativismo y la virtual nueva política agraria, es menester mencionar otras cuestiones necesarias para el desarrollo de esta forma de economía popular, que podría ser la base para el desarrollo de una forma de socialización socialista mediadora entre la pequeña propiedad privada campesina y la propiedad socialista de todo el pueblo: la propiedad comunal o comunitaria. La sociedad solidaria como premisa de la actividad productiva para satisfacer necesidades y propósitos comunitarios no se desarrolla espontáneamente (Lebowitz, 2015), necesita de la acción consciente de sus protagonistas, en el lugar histórico contemporáneo de la lucha de clases. Estas son formas cuyo desarrollo consciente discurre por igual camino que el de la propiedad socialista, todavía en un estadio formal, lo cual amerita continuar investigando con vistas a proponer los fundamentos de un desarrollo rural, social, comunitario, sostenible y socialista, para el futuro de la transformación.

CONSIDERACIONES FINALES

Las relaciones agrarias de Cuba se han caracterizado por su extrema complejidad. Sobre ellas gravitan dogmas y estigmas propios del socialismo histórico (socialismo real), que deben superarse, pues guardan poca o ninguna relación con la vía leninista y martiana, contraria a la contingentación que históricamente la política económica ha practicado con este sector.

La preeminencia actual alcanzada por el campesinado ha estado más influida por la ineficiencia del sector estatal que por un esclarecimiento teórico y práctico de su verdadero lugar en el socialismo en Cuba, lo que se ha evidenciado en la permanencia en una política económica errática en el tiempo y que. solo en los momentos más recientes, comienza a vislumbrarse distinta.

La economía familiar campesina debe constituirse en una de las bases fundamentales para la socialización socialista en la economía agrícola, en tanto la familia -célula básica de la sociedad- puede constituirse, además, en el pedestal para formas de cooperación superiores, de mayor complejidad que se conviertan en el centro de una economía comunal.

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Notas aclaratorias:

1 Al referirse al término «reforma agraria» como proceso en este texto, se habla de la Primera Ley de Reforma Agraria, promulgada el 17 de mayo de 1967, así como de la Segunda Ley de Reforma Agraria, establecida el 3 de octubre de 1963. Para ambos textos, véase los anexos de libro Procesos Agrarios de Cuba.1959-1995 de Juan Valdés Paz (Valdés, 1997).

2 Consiste en un viraje teórico, metodológico y práctico liderado por Lenin en la Rusia soviética conocido como Nueva Política Económica (NEP), emprendida a partir de 1921 para contrarrestar los efectos negativos en la Revolución del denominado Comunismo de Guerra, aplicado durante la participación de la Rusia soviética en la coyuntura de la Primera Guerra Mundial.

Recibido: 18 de Febrero de 2024; : de ; Aprobado: 29 de Marzo de 2024

* Autor para la correspondencia. lazarodf@flacso.uh.co

martes, 29 de marzo de 2022

¿Déficit de producción de alimentos en Cuba o la diatriba entre desarrollo agrícola y desarrollo rural?

Lázaro Díaz Fariñas1  * 

Facultad de Economía, Universidad de La Habana, Cuba.

RESUMEN

El tema agrícola cobra relevancia en Cuba nuevamente debido al déficit sostenido por años en la producción de alimentos. Este fenómeno de alcance mundial constituye un reto para el desarrollo en países con tradiciones agrícolas y altos niveles de pobreza, como los de América Latina. En nuestra nación existen márgenes de pobreza relativa, especialmente en zonas rurales. La brecha de desigualdades entre el campo y la ciudad continúa incrementándose. Los destinatarios de las producciones agrícolas no ven resueltas sus necesidades de consumo y se agrava la problemática social. El estudio del desarrollo agrícola, en estrecha relación con el desarrollo rural, es una tarea de primer orden desde el punto de vista académico, pero también político. En este artículo se reflexiona sobre algunas contradicciones socioeconómicas que deben ser tratadas desde una perspectiva crítica para su solución.

INTRODUCCIÓN

En Cuba la insuficiencia alimentaria es un problema estructural, resultado del desarrollo típico del capitalismo en la Isla, en una economía de plantación. Doscientos años de pensamiento económico no fueron suficientes para que se resolviera dicha problemática, profundizada posteriormente por el neocolonialismo. La orientación exportadora de la agricultura cubana, durante el período revolucionario, se basó en un modelo de ventajas comparativas que limitó, en larga duración, la soberanía alimentaria. A causa de la gran cantidad de materias primas requeridas y de la necesidad de alimentar a la población y a la masa ganadera, persistió la dependencia económica y financiera del exterior.

Escuchamos a menudo referencias a las dificultades que limitan el desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura e inciden en la producción de alimentos. Una de las preguntas que se desprende de la afirmación anterior es: ¿Realmente se están estudiando las principales contradicciones para el desarrollo de las fuerzas productivas, o las investigaciones versan sobre una serie de problemas que están incluidos en ellas, pero que son apenas una ínfima parte de su contenido?

Esta problemática en su perspectiva histórica nos induce a considerar que no basta con valorar el desarrollo agrícola, como elemento central del desarrollo, sino también que existen otros componentes a tener en cuenta, aristas que brindan una visión mucho más totalizadora de la cuestión del campo. Para tales efectos, en este artículo se propone avanzar en una visión que considere la relación dialéctica entre los problemas económicos, productivos y sociales en el marco del desarrollo rural.

DESARROLLO

El modelo agroexportador en la Cuba de la Revolución fue un componente fundamental para encauzar el desarrollo económico y social del país. Su implementación posibilitó la creación de una amplia infraestructura de todo tipo. Además, requirió de formación de recursos humanos para su impulso e incidió positivamente en el campo. Nuevas empresas agrícolas e industriales, cooperativas y carreteras fueron el resultado más importante de esta transformación y el discreto grado de diversificación de las producciones tuvo un impacto positivo en el desarrollo social.

Los procesos de dislocación producidos por las nuevas empresas dieron lugar a fenómenos de movilidad social, construcción de nuevas comunidades y mejoramiento de las condiciones de vida. Además, contribuyeron a la electrificación, mayor acceso a servicios de transporte, educación y salud. A ello se une la construcción de nuevas viviendas y el consumo de una gama de productos industriales, como radio, televisión, refrigeradores, batidoras, planchas eléctricas, lavadoras, etc. Estos fueron ingresando lenta, pero sostenidamente, en el campo cubano (Castro, 1990). Lo que fue una quimera de la clase media en Cuba durante la década del cincuenta comenzó a llegar a la mayoría de la población rural a partir de los años setenta. Aunque tal transformación atenuó la diferenciación social resultante del neocolonialismo, no la disminuyó ostensiblemente. Una parte considerable de la población rural emigró a la ciudad, sus hijos estudiaron en las nuevas escuelas y las universidades desarrollaron un proceso que transformó el entorno rural. El auge del turismo en los años noventa también marcó este hecho. Además, el proceso de universalización de la enseñanza de nivel superior en el marco de la Batalla de Ideas homogenizó un modelo de formación profesional que pasó por alto los requerimientos específicos de las zonas rurales.

Ese proceso de descampesinización se acentuó desde la crisis de los años noventa influido también por una transformación en el patrón de acumulación del capitalismo y los resultados nefastos para Cuba del derrumbe del socialismo histórico. Los procesos migratorios no fueron solo a la ciudad, sino también al exterior. Como respuesta a la crisis, se desarrolló una estrategia para salvar la Revolución y las conquistas del socialismo: el denominado Período Especial (Castro, 1990). En ese escenario se empezaron a tomar medidas novedosas, entre las que destacan la entrega de tierras en usufructo y la liberación del mercado.

Sin embargo, sobre la política agraria siguieron gravitando hasta hoy estigmas no superados por la dirigencia política, como considerar justo únicamente lo que proviene del Estado. A ello habría que añadir que los indicadores sociales de salud y educación y acceso a servicios básicos en general se deterioraron especialmente en el sector agrícola y la población rural (Hidalgo, 2020). Un ejemplo de ello es que, en términos de construcción de vivienda, salvo las realizadas como efecto de acciones para enfrentar los resultados de catástrofes naturales, no se ha diseñado un plan específico para el área rural.

La gravedad del problema y su solución pasa por desentrañar, correctamente, la gravitación existente entre desarrollo agrícola y desarrollo rural. Urge una estrategia de desarrollo equilibrada que atienda los requerimientos de la economía agrícola y, a su vez, los problemas sociales, la sostenibilidad de la producción, la reproducción digna de la vida y el progreso en el medio rural.

Durante varias décadas el mero hecho de mencionar la palabra rural o vincularla a un entorno que de alguna forma diera a entender una relación con ella creaba un espectro que se movía bajo los preceptos de que las actividades que se desarrollaban en este sector eran atrasadas, poco eficientes y realizadas por personas con un bajo nivel cultural. En función de ello comenzó a surgir una serie de modelos que perseguía otorgarle el toque de modernización al atrasado sector rural y garantizar la transferencia de tecnología o la llamada Revolución Verde.

Históricamente un porcentaje bastante alto de las personas que se involucraban con lo rural en cualquiera de sus aspectos trabajaron, y aún lo siguen haciendo, bajo estos preceptos con enfoque productivista. Sin embargo, las expectativas que se crearon de solución de los problemas del campo, con la implementación de diferentes programas y políticas, no cumplieron con los objetivos para los que inicialmente fueron implementadas. A ello se podría añadir su sostenibilidad, siempre cuestionada.

En este sentido, habría que prestar atención a las ideas que se debaten en nuestra región. La visión de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL) sobre el desarrollo agrícola y rural reconoce la interrelación existente entre los elementos tecnoproductivos y sociales (Medina, 2014). Esto se contrapone a la postura neoliberal del Banco Mundial, asociada casi exclusivamente a la pobreza rural (Food and Agroculture Organization of The United Natios [FAO], 2002). En Cuba algunos trabajos recientes abordan la incidencia de la producción de alimentos en la reproducción de la sociedad y se centran en la influencia que tiene esta sobre el desarrollo socioeconómico. Esas investigaciones contribuyen a una mejor comprensión del desarrollo rural (García, 2020).

Aunque los estudios rurales tengan larga data, solo en la contemporaneidad es donde aparece un concepto más integral del desarrollo rural con una dimensión socioeconómica. Autores como Pachón (2007), coinciden en que, si se analiza este fenómeno en América Latina, hay que tener en cuenta elementos como el analfabetismo y el no incremento de los niveles de ingresos de los productores rurales, puesto que, en la medida en que aumentan los niveles de producción, se incrementan los costos de insumos y factores productivos. Además, la educación para los niños del sector rural es cada vez de menor calidad, la violencia y los movimientos migratorios forzados siguen en aumento, la concentración de la tierra avanza y cada vez crece más el latifundio.

Por otra parte, en esta región la importancia en términos de participación electoral del campesinado año tras año es menor, lo cual genera que el reconocimiento que anteriormente se le otorgaba ya no exista. En el ámbito económico destaca la incapacidad de los campesinos para insertarse en los mercados de la forma adecuada y seguir las actuales tendencias comerciales internacionales que van en desmedro del cada vez más golpeado sector rural. Algunos de estos problemas para el caso cubano se tipifican y se interseccionan con los problemas de clase, género, racialidad, territorio, entre otros, que le brindan una fisionomía particular.

Lo anterior evidencia la urgente necesidad de revalorar la vida en el campo y todas las actividades que allí se realizan, en pos de establecer una estrategia de desarrollo rural. Sin embargo, no es una tarea que pueda concretarse en el corto plazo y amerita un profundo estudio para desentrañar correctamente los fundamentos de la política. Solo así se podrá avanzar en una agenda para el desarrollo integral de los territorios rurales, no prevista hoy en los programas ramales de ciencia y técnica del Ministerio de la Agricultura (Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medioambiente de Cuba [CITMA] y Ministerio de la Agricultura [MINAG], 2021), y vagamente enunciadas en el programa de esta índole para el desarrollo local (CITMA y Ministerio de Economía y Planificación [MEP], 2020).

Relaciones de propiedad y relaciones de producción

A continuación ordenaremos una serie de ideas en forma tweets para no desentonar con los tiempos que corren y hacer más simple el proceso de comprensión de una problemática caracterizada por su extrema complejidad.

  1. La empresa estatal socialista, identificada como la forma principal de propiedad y gestión en nuestro modelo económico (PCC, 2016), en el sector de la agricultura se ha caracterizado por la baja productividad del trabajo, expresada en bajos niveles de producción y en la incapacidad de reproducir las relaciones socialistas en dicha rama. Se originó a partir de la yuxtaposición del modelo de plantación capitalista con base en un monopolio ineficiente por naturaleza, al que se agregó en un entorno de nuevas relaciones de propiedad la copia de modelos foráneos propios del socialismo histórico y se heredó la ineficiencia característica de ambos modelos. La solución a esta contradicción pasa por una política descolonizadora, que supere el modelo de plantación y, a su vez, la visión reduccionista de considerar socialista lo únicamente relacionado con el Estado.

  2. Las empresas estatales se basan en un modelo organizacional típico de los monopolios capitalistas con todas sus implicaciones, tanto económicas, políticas como sociales. Generan una enorme estructura administrativa que reproduce funciones ministeriales. En los últimos años se ha transformado una parte importante de ellas en comercializadoras parasitarias, con un impacto enorme en el control y distribución de los insumos y otros privilegios. . De esta manera, estas gravitan negativamente sobre la base productiva conformada por cooperativas de todo tipo. Cada vez es menor la participación de empresas productivas estales; las más eficientes pertenecen al Ministerio de las Fuerzas Armadas, al Ministerio del Interior u otros, y no son significativas para el agregado socioeconómico, pero sí muy necesarias para sus instituciones por su tipicidad. La agricultura socialista puede prescindir de esta enorme carga burocrática; sus mejores cuadros pudieran formar parte de departamentos del ministerio y de la dirección de una base productiva con asiento en formas de economía popular y solidaria, más a tono con nuestra región (Díaz y Plaza, 2018).

  3. Las cooperativas socialistas y las conformadas por los propietarios privados y más recientemente por usufructuarios no gozan plenamente del disfrute de sus derechos de propiedad. Son objeto de una regulación excesiva, falta de mercados de aprovisionamiento de insumos, carencia de un manejo científico de precios que se asiente en la renta del suelo, tanto absoluta como diferencial. Lo anterior se traduce en una pérdida de incentivos a la producción que provoca que los productores se dediquen a aquellas actividades más rentables, asociadas, por lo general, al mercado informal.

  4. El obrero agrícola estatal, los jornaleros privados, los trabajadores de la comercialización, entre otros del entorno rural, son los más explotados en todas las formas de propiedad y gestión, entre las que se incluye la estatal. Esta se caracteriza por formas de contratación y pago precapitalistas, a destajo o en especie en muchos casos. Así, se les sustrae a los trabajadores, de forma permanente, un excedente económico que compensa las pérdidas por ineficiencia y transforma el fondo de consumo en fondo de acumulación. El hecho de que el jornal agrícola puede ser mucho mayor que el de otros sectores no asegura una existencia digna. En efecto, la realización de la propiedad del trabajo se efectúa en condiciones de atraso relativo, desabastecimiento de productos alimenticios, industriales y otros que dificultan la reproducción de la fuerza de trabajo. Una política agropecuaria integral pasa por la dignificación del trabajador agrícola, sometido hoy a relaciones de producción capitalistas injertadas en la nueva sociedad, que hacen fluctuante la fuerza de trabajo, caracterizada, además, por el subempleo, entre otros problemas sociales.

  5. Una política de autoabastecimiento local es muy loable, pero no debe descansar únicamente en una producción local, tanto desde el lado de la oferta como de la demanda. Una visión de autarquía afectaría el consumo por la insuficiencia o no diversidad de alimentos propios, y también limitaría la realización de las mercancías agrícolas producidas por productores de la localidad, en los casos que excedan la demanda local. La visión de producción agrícola local concebida a ultranza frena el desarrollo de las fuerzas productivas, en tanto las condiciones naturales no son iguales para todos. En la producción agrícola concomitan fenómenos de orden económico que tienen una base objetiva muy difícil de transformar en las condiciones actuales; la fertilidad natural del suelo es el elemento central para la producción agrícola, determina el tipo de especialización de la producción, base misma de la división social del trabajo. Es muy loable buscar la soberanía y la seguridad alimentaria, pero ello no puede descansar únicamente en la productividad del municipio. Tres siglos de economía de plantación han incidido negativamente sobre la fertilidad del suelo, a lo que se une la tipicidad de estos; ello los hace más aptos para un tipo de producción con relación a otras.

  6. El autoabastecimiento debe descansar en relaciones de producción que se basen en las sinergias de los territorios, la creación de redes, cadenas de valor y formas de economía popular que pongan en contacto distintos actores -además de los propios del municipio- con otros a nivel territorial, nacional e incluso internacional, en un nuevo modelo de integración productiva. Esto conlleva nuevas formas de regulación e integración, distintas a las existentes. Dentro de estas pudiera ser considerada una contratación por responsabilidad social en desmedro de una por productos.

  7. Los resultados científicos de las ciencias agropecuarias no se socializan de la misma forma dentro de todas las formas de gestión y de propiedad. Se necesita de un proceso de difusión de la ciencia distinto al actual. En este sentido, es muy importante un trabajo cada vez más mancomunado entre las ciencias agropecuarias y las sociales, que permita develar adecuadamente estas contradicciones en el sector agrícola.

  8. Los loables resultados de las ciencias agropecuarias contrastan con su limitada expresión en la producción. Sobre la ganadería existe una enorme dotación de ciencia que demuestra la posibilidad del desarrollo de la actividad con forraje en condiciones tropicales. No son problemas tecnoeconómicos los que afronta únicamente esta actividad, sino que son especialmente de índole socioeconómico, entre los que sobresalen el no reconocer los derechos de propiedad sobre un producto del trabajo. Ello impide el autoabastecimiento y la comercialización local de carne, leche y sus derivados, y de otros productos, como café, cacao y cítricos, lo cual está entrampado en un modelo de gestión cuya ineficiencia es notoria.

  9. La ilegalidad de la comercialización de los productos de la ganadería vacuna (carne, leche y derivados) por los productores privados y las cooperativas ha influido en un sobredimensionamiento de la importancia de la producción porcina. Esta última es más costosa, ya que se dedican enormes recursos a la alimentación de cerdos, entre los que se incluyen productos importados, que pudieran servir a la alimentación de la población, en especial los granos. Entre 2014 y 2018 Cuba pagó más de 1 400 millones de dólares por la compra de componentes de la soya para alimento animal (Arencibia y Domínguez, 2021). Además, la dependencia de la importación de alimentos para el ganado porcino afecta su sostenibilidad, por la imposibilidad de realizar importaciones, precisamente no sustituidas por otros insumos de producción nacional.

Relaciones de distribución, cambio y consumo

  1. Las relaciones de la distribución de la producción se llevan a cabo, básicamente, por agentes subordinados a la ineficiencia crónica del acopio estatal, el cual se ha mantenido en el tiempo por voluntarismo político, sin que se avance en un verdadero proceso de innovación social que asegure una distribución justa tanto para productores como consumidores. Esta situación genera problemas de acceso de la población a los alimentos, como analizan estudios recientes (Anaya, 2020).

  2. El aseguramiento estatal de esta política ha ocasionado no solo el exceso de regulación antes mencionado, sino también un influjo excesivo de las medidas de carácter administrativo sobre las de carácter económico. Su aseguramiento se realiza a través de agentes extraeconómicos que muchas veces, mediante medidas arbitrarias, influyen negativamente sobre la población del sector rural. Esto perjudica la producción agrícola, el nivel de vida de las comunidades rurales y la credibilidad del sistema socialista.

  3. Estas anomalías son un caldo de cultivo para una serie de manifestaciones sociales inadecuadas, como delitos de hurto, sacrificio ilegal de ganado y fundamentalmente corrupción por parte de reguladores, comercializadores y productores. Tal efecto negativo se acrecienta cuando las medidas restrictivas se aseguran con fuerzas del orden público.

  4. El cambio se realiza en mercados caracterizados por una profunda segmentación, no precisamente por gamas, sino por formas de propiedad, los que también determinan el acceso segmentado a estos. Los mercados estatales se caracterizan por una notoria falta de productos, tanto en variedad como en calidad. Son frecuentes los robos a la población en cuanto a violaciones de precio y pesaje, así como la venta de productos a otros agentes. Los mercados privados, aunque más aprovisionados -menos en los últimos años-, reproducen parte de los fenómenos anteriores y abusan del monopolio y de la escasez en la formación de sus precios.

  5. La solución a la contradicción entre distribución y consumo pasa por el diseño de una política que termine con los monopolios, tanto estatales como privados, sobre sus respectivas áreas de influencia. La regulación estatal y la de la sociedad civil debe velar por que la distribución se asiente más en contratos por responsabilidad social que en contratos por productos. El denominado consumo social debe ser responsabilidad de todas las formas de gestión, en su relación estrecha con el entorno.

En tanto el consumo es la forma más concreta de realización de la producción, se deben tomar en cuenta en esta problemática ciertas consideraciones históricas:

  1. El consumo debe ser responsable y sostenible, en el que se incorporen variables como la sostenibilidad económica y ambiental. Tres siglos de plantación conformaron una dieta de productos con asiento en el exterior no producible en el país, influida, principalmente, por un criterio cuasi dominante de ventajas absolutas, al centrarse el modelo en la producción de azúcar, en desmedro de otros productos. Para mantener los contingentes de esclavos, primero, y la población, después, los grandes importadores fueron desplazando el consumo hacia productos que eran producidos eficientemente en el exterior, o subproductos alimenticios de sus industrias, con los que obtenían pingües ganancias, en contra de una producción nacional de alimentos. Algunos de ellos lograron una instalación básica en nuestra dieta, especialmente el arroz, la harina de trigo y la manteca de cerdo, todos excedentes de las producciones norteamericanas. Si bien Estados Unidos no era el único abastecedor de dichos productos, era el principal.

  2. El intento de crear una producción de arroz en Cuba no es nuevo. Después de la II Guerra Mundial se popularizaron los proyectos para desarrollar una producción nacional de arroz, asociada al desarrollo económico nacional, pero chocó con los escollos del capital norteamericano que lo trató de torpedear (Díaz, 2019). A ello se unieron las condiciones naturales de Cuba: soberanía hídrica dependiente del régimen de lluvias, la inexistencia de grandes ríos, el hecho de ser una isla alargada y estrecha. Todo esto impide no solo una producción a gran escala, como la que se necesita para el consumo soberano, sino también las posibilidades de hacerlo eficientemente. Aunque las limitaciones para ello se pudieran mitigar con la voluntad hidráulica desarrollada en el país, no es suficiente.

  3. El consumo de arroz u otros productos de esa naturaleza debe ser suplido gradualmente por políticas que transformen los hábitos de consumo actuales por otros de producción nacional. Ello requiere de un proceso de aprendizaje y cambios de costumbres hacia un consumo responsable que tome en consideración estas variables. En ella no es ocioso el rescate y modernización de nuestra gastronomía popular (bucólica( a base de yuca, maíz, viandas, frutas tropicales, pescado, a la que se incorporen nuevos productos de producción nacional o aquellos que podamos importar comparativamente mejor.

  4. Con relación a la sostenibilidad ambiental, debe avanzarse más en la incorporación de conocimientos e innovación en la producción agrícola, de modo que se contribuya a una producción agroecológica que paulatinamente desplace a las producciones intensivas en agroquímicos propios de la Revolución Verde.

  5. En términos de sostenibilidad social y económica, si atendemos al despoblamiento de las zonas rurales y el envejecimiento poblacional, deberá hacerse un diagnóstico de aquellos territorios y producciones agrícolas donde la carencia de fuerza de trabajo amerita las producciones más intensivas en tecnología y no en fuerza de trabajo.

  6. Una vez que se avance en lo anterior, Cuba debe proyectarse hacia una producción agrícola cuya variedad satisfaga no solo en cantidad y calidad los requerimientos nutricionales de las personas, sino también los gustos y expectativas de los consumidores, en la medida que los cambios en los niveles de ingresos pueden reflejarse en nuevas demandas de consumo de alimentos.

Interacciones entre el desarrollo económico y el social

Las contradicciones analizadas en los epígrafes anteriores se sintetizan en una contradicción de carácter más general; la existente entre el desarrollo económico y el social. Llama la atención que una parte importante de ellas no es visibilizada en los planes sectoriales de desarrollo, sino que solo hay algunas referencias a su estudio en el programa referido al desarrollo local, donde se clarifica, modestamente, la necesidad de los estudios políticos y sociales en este campo de investigación. Las referencias al desarrollo rural tanto en el Plan Nacional de Desarrollo como en otros planes sectoriales (los pocos existentes, o mejor, a los que hemos tenido acceso( son prácticamente nulas.

Más de tres décadas de enfrentamiento a la crisis de un Período Especial no superado no han podido trascender una visión marcada por el sesgo productivista y exportador, pero muy dependiente de importaciones. Estudios recientes publicados por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) informan sobre el deterioro de indicadores de desarrollo rural (Hidalgo, 2020), como el acceso a servicios básicos de salud, educación, agua potable, electricidad y transporte. A ello hay que incluir los problemas de seguridad, que influyen negativamente en la producción y productividad social.

Para mejorar esta situación se necesita un Programa Nacional para el Desarrollo Rural. En el entorno campestre se engendra parte de la vida y se decide, en gran medida, la reproducción ampliada de nuestra nación, y con ello el logro de la seguridad y soberanía nacional.

El campesino cubano es un elemento esencial en la conformación de la nacionalidad cubana. Campesinos fueron la mayoría de nuestras huestes del Ejército Libertador, los que lucharon en el Ejército Rebelde y los que participaron en Girón y en la Lucha contra Bandidos. Estos constituyen una parte importante de nuestros organismos armados y de su seguridad nacional.

Si a ello añadimos la necesidad de estabilizar la población en el campo, se requiere de una estrategia que tome en consideración las problemáticas socioeconómicas del entorno rural. Unas son herencias del pasado no erradicadas y otras, por su parte, hijas de políticas públicas sectorializadas sin una integración efectiva, algunas a veces concebidas en nombre de un mayor desarrollo social.

Es imprescindible, en las condiciones actuales donde se efectúan con periodicidad los Congresos del Partido Comunista de Cuba, espacio en el que se actualizan conceptos y se aprueban lineamientos de políticas, usar las herramientas desarrolladas por las ciencias políticas y otras, con el fin de evaluar las políticas públicas y dotarlas de rigor científico (Díaz y Díaz, 2020). Por ello, abogamos no solo por la crítica de la economía política o la interseccionalidad de la sociología, sino también por un proceso de interacción científica de saberes cada vez más complejo. En ese sentido, los análisis integradores deben considerar, además, los siguientes aspectos, que dan continuidad a las ideas enumeradas a lo largo del trabajo:

  1. Resolver las diferencias históricas existentes entre el campo y la ciudad: en términos del desarrollo civilizatorio, es imprescindible dotar al campo de una educación de calidad. Esta debe centrase en el estudio de las principales problemáticas a resolver desde la educación primaria, sin obstaculizar la movilidad social de quienes habitan en zonas rurales. Ello debe incluir formas de educación popular para enfrentar los problemas existentes derivados de las relaciones de clase en el campo, los de género, etarios y de prejuicios sociales muy arraigados en este entorno, lo cual implica una educación universal por sus objetivos y diferenciada por sus contenidos.

  2. Fomentar y desarrollar emprendimientos de economía familiar: debe favorecerse la creación de nuevas cooperativas que, bajo los principios de la economía popular, promuevan prácticas solidarias, de ayuda mutua, responsabilidad social empresarial y ambiental, distintas a las actuales que promueven el individualismo típico del capitalismo. Ello debería ser una vía para la entrega de tierras y el desarrollo de proyectos de origen público-privado que deriven en formas más sociales de producción y apropiación de la riqueza producida.

  3. Superar la visión estrecha de que el entorno rural y su población se dedica fundamentalmente a la agricultura: deben desarrollarse en el campo otras actividades económicas, como el turismo, o servicios, como los bancarios, informáticos y especialmente los culturales, deportivos y recreativos. Todo ello debe ser adaptado a las satisfacciones de las necesidades de la población rural y estar en función de su pleno desarrollo socioeconómico.

  4. Llevar a cabo políticas de salud orientadas específicamente al enfrentamiento de problemas sociales originados por el uso y abuso de sustancias tóxicas en los procesos productivos, por hábitos inadecuados de higiene o por costumbres mal sanas típicas del subdesarrollo y profundizadas en espacios rurales: entre los problemas más preocupantes figuran la prostitución, el alcoholismo, el desarraigo y enfermedades trasmisibles y no trasmisibles, como el cáncer.

  5. Desarrollar una infraestructura que supere el aislamiento social que caracteriza la ruralidad: esto debe lograse a través de un programa para el mejoramiento y creación de los caminos rurales, la conectividad a Internet, el desarrollo de la telefonía básica, electrificación, acueductos rurales, entre otros.

CONCLUSIONES

Hasta aquí hemos expuesto algunas consideraciones que superan el déficit en la producción de alimentos en el contexto agrario. Además, hemos propuesto un estudio más profundo de estas y su estrecho vínculo con el desarrollo rural. Ello implica multiplicidad de saberes e integralidad como base científica para el diseño e implementación de la política económica y social.

La persistencia en el tiempo de los problemas rurales obedece, en gran medida, a que han sido tratados desde una perspectiva economicista y tecnicista, que no se ha logrado articular satisfactoriamente con una perspectiva social. Esta visión, a veces romántica en tiempos de crisis, no responde a la realidad objetiva del campo. Como resultado, por un lado, quedan irresueltos los problemas de aquellos que necesitan vivir y producir en mejores condiciones. Por otro lado, persiste un déficit de oferta alimenticia que afecta considerablemente a una parte importante de la población nacional, que son los destinatarios de esas producciones. Se necesita de una producción sostenida y suficiente de alimentos para sustentar la vida de millones de cubanos. Esta no se ha podido lograr bajo el influjo de las políticas públicas aplicadas hasta hoy.

La situación no se resuelve únicamente con políticas sectoriales. Urgen programas con intersecciones a otros problemas que afectan la producción del agregado social. Se requiere, además, considerar la multidimensionalidad del progreso y pensar el desarrollo rural como parte indiscutible del avance nacional. Sin embargo, no se puede pasar por alto que este tiene una agenda propia, que no puede estar disociada del resto de las existentes, pero que tiene su propia sintonía.

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1Códigos JEL: A12, A13, A14, B14, B15

* Autor para la correspondencia: lazarodf@fec.uh.cu