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"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz
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viernes, 31 de julio de 2026

La caja de Pandora… Posdata sobre la economía cubana y sus debates


Réplica al artículo "La transformación del modelo cubano frente a las alas de Ícaro", firmado por el economista Pedro Monreal, publicado el 28 de julio en OnCuba.





Sin tener que recurrir a citas de autores famosos que lo avalen, permítanme partir de una noción elemental: cualquier cambio económico significativo ya es un cambio político.

No solo porque la economía no es una habitación separada —salvo para los economistas tecnócratas—, sino porque la manera en que la sociedad procesa esos cambios y reacciona frente a ellos se manifiesta en actitudes políticas que marcan el consenso efectivo aquí y ahora. Consenso heterogéneo y contradictorio que afecta la receptividad, eficacia y también los costos de las reformas, sobre todo cuando las medidas son tardías.

El grado de apoyo o de no oposición a esos cambios influye también, en última instancia, en la velocidad y rectitud de su implementación. Que se hagan ya y se hagan bien reduce el riesgo de que se extravíen o se degraden, a manos de una burocracia tendiente a la inercia y a no ceder su cuota de poder, por razones obvias.

La experiencia muestra que la propia cautela “sin pausa, pero sin prisa” ha tenido antes un efecto ralentizador. Esto facilita la gestación de un frente opositor formado por los “realistas desengañados”, en auge hoy gracias al descreimiento fomentado por el acumulado de políticas ineficaces, y a la decepción de los “custodios del socialismo verdadero”, que ya no se limitan a aceptarlos a regañadientes, sino que se dedican a levantar cargos de traición a los ideales.

Para evitar que alguien coja el rábano por las hojas con lo que estoy argumentando, aclaro que no se trata de aplaudir en vez de debatir críticamente. Digo que ignorar esas medidas o reaccionar ante ellas, antes de que se pongan en práctica, declarándolas de entrada nefastas y contraproducentes, cuando no contrarias al interés del pueblo, es algo diferente a evaluarlas en su alcance, integridad, parcialidad, riesgos, y a recomendarles correcciones y adiciones.

Analizarlas en su formulación y contenido está bien y así debe ser, especialmente desde las ciencias sociales. Pero adelantarse a juzgar efectos que dependen de su implementación y aplicación reales parece soslayar que la política es lo que se hace. Sobre todo si se limita a pronosticar impactos negativos, en el contexto profundamente alterado de una crisis tan policrítica como la actual, donde cualquier alivio es un paso de avance. Y aunque se justifique el recelo ante esa entidad llamada “el gobierno”, a la que se considera incapaz de aplicarlas como se debe.

Ignorar las políticas que promueve este gobierno, y que son debatidas públicamente, incluye a veces ignorar también a quienes las han propuesto durante los últimos 35 años, poniéndolas por escrito y publicándolas. Especialmente cuando el análisis de “los problemas de la economía” abarca no solo el círculo gremial de los economistas y la reflexión crítica y rigurosa de un comité ilustrado, sino discusiones múltiples con la puerta abierta.

Mi modesta experiencia en ese terreno, como algunos lectores saben, consiste en organizar un espacio de debate público que cumple 25 años en febrero próximo —Último Jueves—, donde han participado investigadores, practicantes, funcionarios, activistas, artistas, religiosos, líderes comunitarios, cubanos y no cubanos, residentes en Cuba y en el extranjero, y se han abordado temas de carácter económico, social y político, caracterizados por reunir puntos de vista siempre diferentes, algunos muy críticos.

Al final de este artículo voy a listar una selección de los debates más recientes (desde 2023) que, aunque se han publicado en las redes desde hace muchos años, algunos no saben que existen.

Volviendo al eje de mis consideraciones en “¿La caja de Pandora?…”, añado que no haber cogido al toro de los cambios políticos por los cuernos y pospuesto tanto tiempo su reconocimiento ha tenido un rebote negativo sobre la profundidad y continuidad de “esas reformas económicas”.

No en balde la mayoría de las numerosas medidas que se han venido acordando desde el lanzamiento de la Actualización del modelo, hace ahora quince años, muchas bien articuladas y sistémicas, no llegaron nunca a pasar la prueba de la aplicación. ¿Por qué?

Naturalmente, que ni los Lineamientos “económicos y sociales” ni la “reforma a la Constitución” alcanzaban a expresar el alcance de una transformación estructural e integral del socialismo en Cuba. Y cuando esos remilgos se revelaron como trabas a los cambios de fondo prometidos para lograr un socialismo “próspero y sostenible”, con sector privado y reforma del Estado, pero también descentralizado y democrático, el camino de una nueva Constitución se hizo imperioso.

Una Constitución que, con todos sus déficits e imperfecciones, sigue siendo la propuesta más sistemática e integral de un orden social, económico y político cubano.

Ningún paquete de cambios económicos, generados adentro y mucho menos afuera, tiene la legitimidad de una Constitución respaldada por el 86 % de los ciudadanos que votaron en 2019 por un orden político distinto. Es decir, por uno que postula “un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano, …para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva”. Y que incluye conceptos radicalmente nuevos sobre la propiedad, los derechos humanos, las libertades individuales, la ley, las atribuciones de los gobiernos locales, así como refrenda el acceso universal a la educación, la salud, el trabajo y el respeto a la dignidad de los ciudadanos sin diferencias marcadas por género, orientación sexual, color de la piel, etc.

Por todo eso se votó en 2019. Y seguimos esperando porque la mayoría de esas transformaciones se ejecuten en forma de leyes. Para que puedan convertirse en políticas reales.

Pregunto: ¿Es posible otra legitimidad que compita con la mayoría democrática expresada en aquel voto popular?

Claro que no siempre lo legítimo coincide con las ideas y sentimientos de una parte de la ciudadanía. Por ejemplo, resulta probable que alguno de los católicos asociados al Cuba Study Group en Cuba no hubiera votado a favor del Código de la Familia. De hecho, uno de cada tres cubanos que votaron en el referéndum del Código lo hicieron por el NO.

¿Es lícito argumentar que el derecho de familia vigente en Cuba gracias a ese Código y a esa Constitución resulta una expresión de “ideología de género” porque no refleja los principios, muy respetables por demás, de esos religiosos, no solo católicos, que rechazaron, a veces en términos bastante enardecidos, una legislación que existe, por cierto, en muy pocos países?

¿Un grupo de normas de ese derecho, que no se practican en ninguno de los otros países socialistas y tampoco en numerosos con “economías de mercado” —para hablar solo de la democrática Europa, en Italia, Polonia, Eslovaquia, Rumanía, Croacia, Bulgaria, Hungría, Bosnia, Serbia, Turquía?

Pregunto: ¿De dónde sacan que una economía gobernada por el mercado, con un sistema multipartidista, elecciones tan libres como para poder ganarlas la ultraderecha, es un marco democrático que garantiza per se los derechos ciudadanos y un esquema de desarrollo social y humano por encima?

Lo que leemos en documentos y en las redes acerca de los cambios políticos que deben acompañar a una economía de mercado por parte de los abogados de la reforma antisocialista define de manera más bien vaga estos cambios. Para que en esta posdata no haya confusión con lo que estoy diciendo, voy a citar sus ideas.

Cuba necesita una economía de mercado que sea “social”. Porque “el sentido de la economía es la sociedad”. Cuba necesita “un Estado de derecho democrático, porque el pueblo se ha empobrecido precisamente por el carácter autoritario del sistema”, además de algunas “presiones externas”. Y en un sistema democrático, “el pueblo controla al gobierno”.

¿Lo que diferencia a una “economía social de mercado” (ESM) capitalista del socialismo plasmado en la Constitución sería un Estado democrático de derecho? ¿Todo lo que no fuera una ESM capitalista excluye la posibilidad de ejercer “control democrático sobre las instituciones públicas”, “restringe la libertad de información y expresión”, “consolida las élites burocráticas”? ¿No ha sido posible en Cuba, bajo este socialismo defectuoso que tenemos, avanzar en el campo de la libertad de expresión y de la manifestación de una sociedad plural capaz de defender la participación ciudadana y criticar públicamente las políticas gubernamentales?

Ante tanta carga doctrinal, se me ocurren maneras de verificar el sentido de estas propuestas, colocándolas ante escenarios políticos concretos.

Imaginemos que la ANPP discutiera una ley de asociaciones que defina los requisitos para registrar organizaciones de carácter económico, religioso, étnico, cultural, gremial, deportivo. Y que, a partir del concepto de oposición leal, se admitieran algunas, cuyas bases estuvieran dirigidas a fomentar políticas identificadas con los presupuestos de desarrollo y justicia social, equidad, participación y democracia ciudadanas, control popular, sustentabilidad, independencia y soberanía. Y que en ese proyecto de ley se especificara que ninguna de esas organizaciones políticas podría legalizarse si tuviera vínculos de cualquier tipo con agencias del USG, ni con sus asociados en el exilio militante anticomunista.

Supongamos que las reglas electorales existentes abajo se abrieran hacia arriba, y organizaciones legales ya existentes o nuevas, que reunieran a mujeres, productores agrícolas, empresarios, artistas, académicos, religiosos, jóvenes, personas mayores, LGTB, trabajadores domésticos, científicos, gremios, profesionales, sindicatos, eligieran a sus representantes en un proceso de consulta interna y los registraran como candidatos a la ANPP.

Y que los ciudadanos cubanos residentes afuera pudieran participar en ese mecanismo electoral, incorporándose a esas organizaciones existentes en la isla. Esta ampliación del proceso de nominación de candidatos solo estaría limitada por la prohibición de usar fuentes de financiamiento, internas o externas, que crearan desiguales oportunidades entre los candidatos propuestos.

Si entre las muchas legislaciones pendientes, basadas en la Constitución y en los derechos que reconoce en materia de expresión pública y participación ciudadana, se introdujeran estas reformas políticas, ¿sería posible que los reformistas antisocialistas reconsideraran sus presupuestos doctrinales? ¿Que admitieran, por ejemplo, como saben quienes han hecho investigaciones en Vietnam, que a pesar de que existe un solo partido, y que no se trata precisamente de una ESM, la Asamblea Nacional ejerce un control del gobierno y le exige rendición de cuentas, de manera efectiva y transparente?

Nunca respondo a los comentarios que suscitan mis artículos en esta columna. Tampoco lo voy a hacer ahora, aunque, como es obvio, he leído todas las propuestas y conozco la manera de pensar de los autores, porque la mayoría han sido mis amigos durante muchísimos años.

Que discrepemos no me parece dañino ni contraproducente; al contrario. Algunas de sus observaciones me recuerdan el conocido recurso que los franceses llaman l´homme de paille. O sea, simplificar lo que el otro dice para dispararle desde la cintura.

En cambio, prefiero terminar estos comentarios dispersos con una invitación.

Como aparece el programa de debates de Último Jueves para 2026, publicado antes que todos estos documentos dedicados a “las transformaciones”, tenemos previsto un panel titulado “Partiendo los nudos de la política económica: las alternativas”. Lo vamos a celebrar el último jueves de septiembre.

Todos los que quieran discutir esas transformaciones, las formuladas en documentos y las que ya están en fase de ejecución, y otras, especialmente quienes hayan elaborado algunas y quienes quieran debatirlas, están invitados a participar activamente, en modo presencial o a distancia.

Posdata de la posdata

Termino esta larga posdata con una digresión sobre los mitos griegos, evocando mis años juveniles como profesor de literatura y teatro clásicos en la Escuela de Letras.

Según la leyenda, Ícaro y su padre quieren fugarse de la isla de Creta y no saben cómo, porque el rey Minos no los deja. Así que inventan una salida ilegal, consistente en irse volando con unas alas hechas de plumas de verdad. Ícaro, embullado con eso de volar, se remonta demasiado y termina quemado por el sol, como diría Nikita Mijalkov.

Moraleja 1: Acercarse demasiado al fuego del sol puede derretirle las alas a uno y conducir no precisamente al sueño de la libertad.

Moraleja 2: Volar es una ciencia y uno no la lleva consigo como un par de alas postizas.

Mucho más compleja y menos moralizante, yo diría que más política, es la historia de la caja de Pandora, ese recipiente prohibido que guarda fuerzas maléficas, y una vez destapadas, resulta imposible encerrar de nuevo. Ciertamente, las acciones humanas no tienen marcha atrás; pero la esperanza habita en el fondo de esa caja, y esa es la única manera en que puede salir.

martes, 28 de julio de 2026

¿La caja de Pandora? Seguridad, instituciones, credibilidad y transformación en Cuba


Los obstáculos políticos para un proceso negociador entre Cuba y Estados Unidos se encuentran en el primer capítulo de cualquier manual de solución de conflictos: la incertidumbre para establecer medidas de confianza mutua.



En un receso durante las reuniones celebradas en la dirección del MINFAR para analizar los acontecimientos de Granada, a raíz de la invasión norteamericana en 1983, el General de Ejército Raúl Castro se retiró de la sala. Al reiniciarse la sesión, Raúl apareció vestido con una guayabera en lugar del uniforme verde olivo.

Dirigiéndose al auditorio de altos oficiales reunidos en el edificio Sierra Maestra, les dijo que a partir de ese momento no les iba a hablar el Ministro de las FAR, sino el Segundo Secretario del Partido. Su discurso ese día criticó severamente las debilidades y errores de las FAR, el Ministerio del Interior y el propio Partido en los hechos que habían conducido al derrocamiento del gobierno granadino y a la intervención de los Estados Unidos, y que habían propiciado la muerte de un grupo de colaboradores civiles de la isla.

Pocos años después, otros acontecimientos confirmaron en qué medida los militares, en sus múltiples roles dentro y fuera del país, estaban sujetos a la autoridad y el control del Partido. Los más trascendentes fueron los procesos judiciales públicos seguidos contra altos oficiales del MINFAR y el MININT, involucrados en negocios con el narcotráfico, corrupción, abuso de poder y operaciones fraudulentas, algunas de cuyas acciones pusieron en riesgo los sensibles mecanismos de la seguridad nacional cubana y al cabo de los cuales también se impusieron penas muy severas.

En ambos casos —aún más en el de las dos causas judiciales de 1989— se ratificó que la condición de militar o alto oficial no creaba inmunidad ante la ley ni toleraba conductas incongruentes con las normas establecidas. Esas normas, que incluían compartimentar estrictamente sus relaciones con todo tipo de instituciones o personas naturales extranjeras, habían contribuido también a preservar su legitimidad y prestigio ante los ojos del pueblo.

Que altos oficiales, con poder de decisión discrecional al mayor nivel, actuaran por su cuenta, implicaba un riesgo mayor para la seguridad nacional, no solo porque les había permitido concertar acuerdos con carteles de la droga y desactivar los dispositivos de la defensa antiaérea, sino, como enfatizó el propio Fidel en el juicio, porque daba a Estados Unidos una razón para intervenir.


“Causa 1/89. Fin de la conexión cubana”, Editorial José Martí, 1989.

Apenas seis meses después de que el gobierno cubano iniciara una investigación e hiciera público el vínculo de aquellos altos oficiales con el narcotráfico, Estados Unidos invadió Panamá, alegando que el gobierno del general Manuel Noriega trabajaba con cárteles de la droga colombianos.

Un documento elaborado por el Colegio de la Defensa Nacional (CDN) afirmaba, a fines de los años 90, que “el Estado cubano considera una insuficiencia reducir el concepto de seguridad a lo estrictamente militar, porque se ha de tener en cuenta su relación con lo económico, político y social, pues las inestabilidades en estos campos afectan tanto la seguridad nacional como la colectiva”. [CDN, Cap. “Cuba y su seguridad nacional en el hemisferio”, p. 39].

De manera que la imagen en la sociedad de las instituciones encargadas de la defensa, la seguridad y el orden interior ha constituido una dimensión fundamental de esa seguridad.

Una prueba al canto de ese principio fueron aquellos mismos procesos judiciales, que conmovieron la conciencia de todos los cubanos. En efecto, el halo de heroísmo, integridad y autoridad que había acompañado las trayectorias de algunos de los encartados formaba parte de una cultura política.


La Causa 1/89, mediante juicio militar sumarísimo, culminó con el fusilamiento de altos oficiales cubanos acusados de narcotráfico: Arnaldo Ochoa Sánchez, Antonio de la Guardia, Jorge Martínez y Amado Padrón. En la foto, el general Arnaldo Ochoa durante el juicio.

Esa cultura había generado un alto grado de confianza no solo en el liderazgo histórico, y en particular, en Fidel, sino también en aquellos oficiales que la transparencia del juicio público mostraba en su pérdida de valores, “dulce vida” y debilidades personales. El peso de esa imagen y aquella cultura política se manifestaba en que, a pesar de las evidencias aportadas en los juicios, y de que las máximas sentencias aplicadas se apegaban a lo establecido por el código militar, era posible palpar el malestar entre no pocos cubanos, que las consideraban muy drásticas.

En medio de una situación tan compleja y contradictoria, la audacia de lidiar con aquellas transgresiones de frente al pueblo y al mundo constituyó una respuesta política a la altura del problema. Su eficacia radicó en hacer prevalecer el orden institucional y la ley, por encima de ninguna otra consideración de carácter personal. Institucionalidad y transparencia no precisamente simbólicas, pues incluyeron la amplia cobertura informativa de los procesos, las explicaciones ofrecidas en su desarrollo, las sucesivas instancias de apelación militares y civiles, lo que les otorgó el alcance de un vasto ejercicio de pensamiento crítico y educación política para todos —las FAR, el MININT, el PCC, los ciudadanos de a pie, y también los que miraban a Cuba desde afuera, amigos y enemigos.

Los que vivieron aquellos juicios amargos seguramente no han olvidado que, a pesar de su costo, renovaron la confianza de la gente en el liderazgo y en los principios políticos puestos a prueba. Los que nacieron después, es decir, los que tienen menos de 42 años (edad media actual), quizás no hayan oído ni siquiera hablar de aquellos acontecimientos.

Si de cultura política cambiante se trata, la memoria (y la desmemoria) resultan clave para escrutar el presente, en especial uno tan opaco y ahumado por las redes como este.

Negociar con EEUU: memoria y desmemoria

Cualquier reflexión sobre fortalezas y tropiezos en materia de seguridad nacional se intersecta con nuestras relaciones con los EE. UU.

Aunque algunos comentaristas mediáticos no lo recuerdan así, los patrones de esas relaciones confirman que su conducción y ejercicio, tanto en materia de agenda como de actores designados para explorar el diálogo y avanzar en la búsqueda de acuerdos, constituyen un capítulo aparte de nuestras relaciones exteriores.

Si nos remontamos medio siglo atrás, hasta la mitad de los años 70, y examinamos el primer intento de restaurar relaciones, durante la parte final de la Administración Ford-Kissinger, podemos comprobar que las agendas respectivas abarcan áreas de problemas que rebasan el encargo de un solo organismo —como es lógico, dados su jerarquía y alcance.

Según la investigación más documentada y profunda sobre esa diplomacia secreta (Back Channel to Cuba, Leogrande y Kornbluh, 2014), Washington quería entonces recibir compensación por las propiedades nacionalizadas; la liberación de presos políticos estadounidenses; “progresos en derechos humanos”; suspender la “intromisión maliciosa” en torno a Puerto Rico; refrenar el apoyo a las insurgencias latinoamericanas; y el respeto al “principio de que Cuba no será base para armas ofensivas”.


Cuba buscaba el fin del bloqueo; la eliminación de las restricciones estadounidenses sobre envíos y conexiones aéreas en terceros países; suspender los vuelos espías en su espacio aéreo; el cese de operaciones subversivas y terroristas por organizaciones de exiliados; la devolución del territorio ocupado por la base naval de EEUU en Guantánamo; y al menos su abstención en cuanto al levantamiento de las sanciones de la OEA de 1964.

Los enviados a aquel diálogo con Kissinger, en 1975, Ramón Sánchez-Parodi y Néstor García Iturbe, provenían de la inteligencia cubana. Como se sabe, aquel primer acercamiento naufragó cuando Cuba puso por delante su compromiso político con Angola, enviando un contingente militar a enfrentar la invasión sudafricana, que estaba a punto de tomar Luanda, en diciembre del mismo año.

Cuando se iniciaron los contactos, pocos meses después, para explorar un diálogo con la nueva administración (1977-1980), y para gestar la nueva política hacia la emigración (1978-79) con algunos de sus representantes, los enviados especiales designados fueron dos altos oficiales del MININT: José Luis Padrón, coronel de Tropas Especiales, y Toni de la Guardia, su segundo al mando.

Avanzadas estas negociaciones, celebradas tanto en Washington como en otros países del Caribe y Centroamérica, y en la propia Habana, se sumaría José Antonio Arbesú, que tampoco era un diplomático, sino un funcionario del Departamento América del CC del PCC, bajo el mando de Manuel Piñeiro.

Una vez establecida la Sección de Intereses de Cuba en Washington, durante los quince años iniciales, sus dos primeros jefes serían precisamente Sánchez-Parodi (1977-1989) y Arbesú (1989-1992).

Lo que tenían en común aquellos complicados diálogos en la década de los 70 era que todos aquellos negociadores y representantes habían sido elegidos por Fidel y le respondían a él directamente, no al organismo del que procedían. Y que transcurrían en un plano de estricta confidencialidad, por acuerdo de ambas partes, ya que los dos gobiernos sabían que desarrollarlas a plena luz las exponía al ataque de quienes se oponían a un acercamiento, tanto en Miami como en el Congreso de los EE.UU.

El mismo patrón se repetiría en las últimas negociaciones (2014), iniciadas en torno al intercambio de presos acusados de espionaje, y que servirían de trampolín para acordar el viejo y frustrado propósito de normalizar relaciones entre ambas partes, impulsadas esta vez por Barack Obama y Raúl Castro.


Josefina Vidal, jefa de la delegación oficial de EE.UU. en la tercera ronda de conversaciones Cuba-EEUU, en mayo de 2015 en Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.


Roberta Jacobson, jefa de la delegación oficial de EE.UU. en la tercera ronda de conversaciones Cuba-EEUU, en mayo de 2015 en Washington. Foto: Ismael Francisco/ Cubadebate.

Como he argumentado antes en esta misma columna, esa normalización, que abrió la puerta a la interacción entre cancillerías, produciendo 22 acuerdos (entre ellos la cooperación en la lucha contra el terrorismo), fue luego congelada, en términos prácticos, durante Trump I, y definitivamente enterrada en Trump II. Ahora parece estar en manos, como nunca antes, de un político afanado en alcanzar la presidencia, para quien esa carrera puede justificar cualquier costo, incluido llevar las relaciones a su momento más peligroso e impredecible desde la Crisis de los misiles de 1962.

Como resultado de todo lo anterior, nos hemos alejado más que nunca antes del camino hacia un entendimiento con los EE.UU. Este no se explica por la ineptitud de los negociadores escogidos del lado cubano; ni por haber desaprovechado oportunidades; ni por los errores y lentitudes en las reformas; u otras tantas razones imaginadas retrospectivamente.

Por encima de todo, se requiere comprender la naturaleza de la actual Administración de EE.UU., su base política (no me refiero al movimiento MAGA, sino a los sectores de la élite poderosa) y, especialmente, su vocación imperialista sin máscaras, unilateralismo radical, egotismo, autoimagen mesiánica, brutalismo diplomático y carencia de principio alguno, para entender que sus personalidades protagónicas son incapaces de negociar nada a lo que no estén forzadas por razones de fuerza mayor; ni de respetar ningún compromiso.

Algunas amistades mías que los comparan con Valeriano Weyler o los líderes nazis, tomando en cuenta su falta de escrúpulos, pasan por alto que el militar español, precursor de la contrainsurgencia, tenía la misión de ganarle la guerra al ejército mambí, cuya base de apoyo estaba en el campo cubano; y que los dirigentes del nacionalsocialismo estaban convencidos de su superioridad racial y la inferioridad de los demás pueblos.

Su barbarie tenía una razón de ser, un método, una ideología estructurada. Nada de eso aparece en quienes han secuestrado las instituciones de EE.UU., violado todas y cada una de sus propias leyes, roto pactos con sus aliados, convertido el manejo del Estado en un sistemático abuso de poder e instaurado un régimen más cercano al orden mafioso que al equilibrio de poderes imaginado por los remotos padres fundadores hace 250 años.

Aunque parecieran dispuestos a negociar, y Cuba reiterara su disposición a hacerlo, lo anterior implica una alta cuota de riesgo. Incluso si llegáramos al extremo de estar dispuestos a hacerlo en sus propios términos, con interlocutores aprobados por ellos o elegidos a su conveniencia.

Más que el sentimiento de venganza (hubris) que los psicoanalistas aficionados puedan detectar en la conducta de los decisores en Washington o los recalcitrantes de Miami, los obstáculos políticos para un proceso negociador se encuentran en el primer capítulo de cualquier manual de solución de conflictos: la incertidumbre para establecer medidas de confianza mutua.


Una estación de combustible vacía en La Habana. Washington lleva seis meses aplicando una política de máxima presión a Cuba: un bloqueo petrolero que ha multiplicado los apagones, nuevas sanciones que están ahuyentando a las empresas extranjeras y siempre, de fondo, la sombra de una posible intervención militar. Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.

No hay peor ciego

Quiero discutir por qué la idea de que la pelota está del lado de Cuba, en el campo de la política interna o de las relaciones exteriores, es un sofisma sin base.

El factor EE.UU. no ha funcionado nunca como catalizador de cambios positivos en Cuba. Ninguno de esos cambios, desde los años 70 o posteriormente, se derivó de una negociación con los EE.UU., ni siquiera las decisiones coincidentes con reclamaciones en la agenda estadounidense.

Ejemplos son, a fines de los 70, la liberación unilateral de presos como parte de las nuevas políticas hacia los emigrados, entre ellas un mayor reconocimiento de sus derechos ciudadanos. A fines de los 80 y principios de los 90, el retorno de las tropas desplegadas en el Cuerno y en el suroeste de África, la drástica reducción en el tamaño (50 %) y el presupuesto de las fuerzas armadas (11 veces, según el SIPRI de Suecia), las medidas anticrisis económica (legalización del trabajo por cuenta propia y la tenencia y uso de dólares, la apertura de mercados libres, la redistribución de tierras estatales a cooperativas, etc.).

Esos importantes reajustes en seguridad y defensa, y ese giro de 180 grados en políticas económicas establecidas, no respondieron a la interacción con EE.UU., como tampoco las desregulaciones a la libertad de viajar y residir en otro país, manteniendo derechos de residencia y regreso a Cuba (2013), o la firma del Tratado de Tlatelolco sobre la prohibición de armas nucleares en América Latina (2021).

No fueron presiones de EE.UU., ni formaron parte de acuerdos entre los dos países los avances en derechos humanos, libertad de expresión, igualdad de oportunidades para los creyentes religiosos, ampliación del acceso a la información, a Internet y las redes sociales, adopción de reformas económicas y políticas, especialmente desde 2011.

Con la excepción de las obligaciones derivadas de los acuerdos puntuales de 1994-95 en cuanto al trato a los migrantes, las políticas de EEUU hacia Cuba se mantuvieron esencialmente iguales a sí mismas hasta las postrimerías de la Administración Obama, a pesar de los cambios ocurridos en la isla desde el Periodo Especial.

De hecho, parecían más bien estar esperando que el régimen político colapsara, igual que los de Europa del Este y la URSS, según preconizaban las calcomanías “next Christmas in Havana” que circulaban en Hialeah y Coral Gables.

Por muchas intenciones favorables al cambio que pareciera anunciar el presidente Obama ante los gobiernos de la región reunidos en Trinidad y Tobago (2009) al inicio de su mandato, y su acto de contrición por una política hacia Cuba ineficaz (“fallida en promover la libertad de los cubanos”), no “injusta” ni “moralmente reprobable”, el giro radical real en 2014-2017 tampoco ocurrió porque Cuba hiciera despegar un plan de reformas en 2011, ni porque lo tuvieran programado desde el inicio, sino gracias al pie forzado del intercambio de presos y del diálogo creado por el proceso mismo de negociarlo.

A pesar de la lista de cargos contra Cuba sobre terrorismo y capital del comunismo internacional recopilados por el reciente informe del Departamento de Estado, si revisamos la historia de las relaciones cubanas con movimientos y gobiernos progresistas y de izquierda, en su contexto histórico real, y su inserción actual en el sistema internacional, vamos a encontrar otra cosa muy diferente a la ristra interminable de pecados que revelan la maldad intrínseca del régimen cubano y su incapacidad para convivir con la civilización occidental.

La mayoría de las relaciones de Cuba con los movimientos de liberación nacional (MLN) en el Tercer Mundo ocurrieron en el contexto del Movimiento de Países No Alineados (NOAL), es decir, excolonias devenidas países independientes, luego de luchas cruentas en muchos de los casos, de las que surgieron los actuales estados africanos, del sur y el este de Asia.

La participación de Cuba en el NOAL, sus relaciones de solidaridad con los MLN, estuvieron avaladas por esa nueva mayoría de estados independientes, así que no tenía nada de ilegítima, ni consistía en acciones terroristas, sino en el derecho a la revolución contra regímenes coloniales y dictaduras militares. Aunque desde Washington y sus socios se vieran como “una internacional de terroristas armados”, su objetivo no era tanto “exportar la revolución”, sino construir, sobre intereses comunes, un espacio de concertación más allá de las instituciones de un sistema internacional dominado por los más fuertes.

Ciertamente, los movimientos sociales, las luchas estudiantiles y por los derechos civiles en EE.UU., Europa, América Latina, Asia, la nueva izquierda anticapitalista en esas y otras regiones, admiraban y encontraban inspiración en la causa cubana, aunque no compartieran su ideología revolucionaria o su camino al socialismo. Esa simpatía natural se derivaba sobre todo de que la isla había logrado sobrevivir en una guerra no declarada de parte de la mayor potencia de la historia, que había usado todos sus recursos para someterla, incluida la inminencia del arma nuclear.

Si el radicalismo de la Revolución cubana llegó a tocar fondo en la segunda mitad de los 60, esa etapa coincidió con la circunstancia de su aislamiento perfecto, obra de unos EE.UU. obsesionados por “impedir otras Cubas” en el hemisferio. A pesar de ese radicalismo, y del compromiso con los movimientos armados en la región, así como en África, Medio Oriente, Asia, la imagen de Cuba entre los movimientos progresistas y liderazgos de la mayoría del Tercer Mundo, y aun de las potencias de Occidente, no era la de un promotor del terrorismo ni un “exportador de comunismo”. Como se puede comprobar si se examinan una a una, la mayoría de esas alianzas con gobiernos y MLN no se basaban en una ideología comunista.

Si la percepción de “la amenaza cubana” en América Latina y el Caribe se empezó a desvanecer en 1970, y ese aislamiento dejó de existir, entre gobiernos que no tenían nada de izquierdistas, fue porque estos encontraron que la isla era un actor legítimo en la comunidad hemisférica, a pesar de la presión en sentido contrario de parte de EEUU.

Basta preguntarles hoy a los demás países, incluyendo a los que no comparten nada con el socialismo, para saber que el reciente informe es un acumulado de referencias anacrónicas y manipulaciones extraídas del clímax de la Guerra Fría. Ninguno de ellos, ni siquiera los principales aliados de los EE.UU., parece creer que la mejor manera de fomentar cambios de ningún tipo en Cuba sea la asfixia energética y el cerco comercial y financiero eufemísticamente llamado sanciones. 

Al contrario.

Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.

Epílogo. ¿Un reformismo antisocialista?

El anticomunismo macarthista de esta Administración resulta tan extemporáneo como impresentable, también para quienes defienden la transformación radical del sistema político cubano hacia un régimen de democracia liberal. Una política antidemocrática, americanocéntrica y supremacista como la de Trump-Rubio resulta indefendible en su brutalidad.

Sin embargo, discordar de esos medios brutales no excluye compartir su lógica y objetivos. Digamos, el retorno de Cuba a un orden geopolítico y geoeconómico (misma cosa en definitiva) que le viene sobredeterminado como “natural”.

Como se diría en el tute subastado, “a las diez de última”, la fórmula abogada por algunos, como mis amigos economistas en la propuesta “Cuba Transformación” del Cuba Study Group, consiste en que la única opción realista para Cuba, en los términos de la modernización del sistema, sería precisamente la de acabar de reconocer esa sobredeterminación.

Una lectura por el revés sonaría así: sin aceptar una reconciliación que le haga regresar a la órbita de EE.UU., y a una dependencia conscientemente asumida, no hay salida para el país.

Bien visto, este enfoque económico realista contiene en una nuez la vieja ley patentada por John Quincy Adams acerca de “the political gravitation”, popularizada luego como teoría de la fruta madura.

No me queda espacio aquí para discutir esta lógica determinista respecto a un ancien regime liberal que restaure a Cuba en la órbita de los EE.UU. como un fatum irremisible. Solo quiero apuntar acerca de la congruencia entre convertir a Cuba en una “economía social de mercado” y al mismo tiempo encaminarla por la senda china o vietnamita.

Aquí parecería haber una confusión conceptual. No hay que haber hecho investigación de campo en China o Vietnam para saber que ni el “socialismo con características chinas” ni el del Doi Moi vietnamita se definen como “economías sociales de mercado”. Las diferencias son legión.

En todo caso, si de un “modelo transformacional” para Cuba se trata, abogar por la propiedad de la tierra para los campesinos, en lugar del derecho de usufructo por 30 o 40 años; por la disminución del papel del Estado al nivel de proveedor de servicios básicos, y dejarle todo lo demás al sector privado, en lugar de mantener la planificación estratégica, las prioridades de inversión, innovación tecnológica, infraestructura, desarrollo industrial, sostenibilidad ambiental, bienestar social; si es el mercado el que va a determinar todo eso, en vez de un Estado que lo regule, controle sectores como la energía, las telecomunicaciones, las finanzas, intervenga para estabilizar precios; si todo eso se reemplaza por el protagonismo del sector privado y el papel determinante del mercado, no como instrumento, sino como ultima ratio de las decisiones políticas, eso no se parece a China ni a Vietnam.

Para no hablar del reemplazo por un sistema político que, en vez de descentralizar el existente y democratizar sus instituciones, facilitar y asegurar el control desde abajo, expandir radicalmente la participación ciudadana y el debate de ideas, hacer real el imperio del Estado de derecho, incluyendo a una oposición leal, se abriera a un orden liberal, importando las instituciones y la dinámica entre partidos que caracterizan a los países de las “economías sociales de mercado”.


Foto: EFE/ Ernesto Mastrascusa.

Por otro lado, si bastara con copiar el diseño político de Alemania, Austria, Países Bajos, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Suiza, para alcanzar el nivel de bienestar, autonomía, desarrollo, redistribución del ingreso, equidad, independencia y soberanía, y previniendo que ninguna potencia nos amenazara impunemente, sería estupendo construir una economía social de mercado como la de esos países en esta isla, “tan lejos de Dios y tan cerca de los EEUU”, según dicen los mexicanos.

Tanto las políticas brutales de Rubio-Trump como esas propuestas intelectuales modernizadoras comparten un mismo desprecio (¿invisibilización?) ante las transformaciones en curso en Cuba, como si las 176 medidas adoptadas por el gobierno cubano, propuestas y adiciones de los demás investigadores y académicos en la isla hubieran desaparecido de su radar o se percibieran de entrada como inútiles, extraviadas, insignificantes o, para decirlo en buen cubano, perdidas en el llano.

¿Podría darse que toda esta confusión se disipara, según piensan algunos, cuando las elecciones de medio término en noviembre produjeran un cambio fundamental de la circunstancia política que la nutre? ¿Tal vez pasen cosas que las rebasen como no podemos imaginar hoy? ¿Quizás la confianza en las instituciones cubanas deje de caer, y el descreimiento en la eficacia de sus políticas deje de amanecer en alza? ¿Por qué y cómo?

Si muchos coinciden en que no hay vuelta atrás, porque la caja de Pandora ya está abierta, bien podríamos saber que lo único en el fondo de esa caja tendría que ser la esperanza.

jueves, 9 de julio de 2026

Revisitando los 70 y 80 con Humberto Pérez



Las palabras del recientemente fallecido economista podrían iluminar de otra manera las inopias intelectuales e ideológicas de este presente, más oscuro que los apagones.

Por Rafael Hernández OnCuba


El regreso a la vida pública de Humberto Pérez ocurrió a mediados de 2015, en un debate de Último Jueves dedicado a un balance crítico de los años 70.

Aceptó aquella inusual invitación como si no creyera del todo que fuera posible. Recuerdo que cuando tomó la palabra, se extendió todo lo que pudo, como si tuviera que aprovechar algo que no se iba a repetir.

Desde entonces, cada vez que lo invitamos, su principal inquietud era el tiempo, siempre escaso para todo lo que él tenía que decir. Haber estado callado desde mediados de los 80 representaba un largo silencio, demasiado largo.


Humberto Pérez por primera vez en Último Jueves. Foto: Orlando Freire Santana/Cubanet.

Así que reencontrarse en esos espacios públicos con sus viejos compañeros y con los jóvenes que había conocido en los años de ostracismo era como volver a la vida. También lo era, por cierto, con los que fueron sus contendientes en el debate doctrinal dentro de las filas revolucionarias, a fines de los 60 y principios de los 70. Gracias a aquel postergado reencuentro pudimos constatar que, a pesar de los arduos enfrentamientos anteriores, era posible que compartieran finalmente muchísimo más de lo imaginable.

Lo digo sobre todo tomando en cuenta la intensidad e incluso el encono de aquellas polémicas 1966-1971 en torno a la enseñanza del marxismo, y en definitiva, a la originalidad del proceso cubano y sus aportes claros y distintos a la teoría política revolucionaria.

Naturalmente, las circunstancias objetivas surgidas en la era possoviética favorecieron no solo aquella postrera reconciliación, sino algo más importante e impredecible: el hecho de que ambos contendientes terminaron compartiendo un mismo pensamiento crítico socialista. Así sería en lo adelante, en su caso particular y el de otros colaboradores suyos; y el de los marxistas heterodoxos cubanos de los años 60.

A este entendimiento también contribuyó que Humberto asimilara el periodo de ostracismo posterior a su alejamiento de la política con entereza, dignidad y sentido del compromiso, de manera que no se le convirtiera en amargura ni resentimiento. Haber sido capaz de arrostrar con esa actitud fue una prueba intelectual y política que le ganó prestigio y respeto, incluso entre los que no compartían su marxismo o su antigua visión del socialismo.

Muchos le atribuían esa visión a una filiación ideológica de origen, consistente en que Humberto había sido militante del viejo Partido Socialista Popular (PSP), en una zona de Las Villas donde los comunistas tenían arraigo. Él me aclararía que siempre había militado en el M-26, desde los años de la lucha armada contra la dictadura, aunque estaba familiarizado con el marxismo, pues su padre sí había sido militante comunista.

Fue hombre de extraordinario talento, capaz de construir un discurso de altos quilates intelectuales, y a la vez con dotes sobresalientes de cuadro y dirigente político, en particular esa cualidad más bien rara que es el liderazgo. Yo lo había notado entre sus antiguos colaboradores, quienes le mantenían un respeto y reconocimiento, no simplemente al jefe superior, sino al intelectual con ideas políticas propias que era.

Desde aquella primera invitación al debate de Último Jueves, me impresionó también su actitud receptiva y ecuánime en el intercambio de ideas. Aunque nunca fui lo que se dice su “amigo íntimo”, mantuve conversaciones con él y, sobre todo, un epistolario abundante, donde desplegaba una inagotable curiosidad intelectual, así como una afectuosa necesidad de comentarme en extenso cada cosa mía que él leía. Yo apreciaba muy especialmente esos apuntes suyos, dichos en un plano personal, como si estuviéramos él y yo solos tomando café, y sobre todo despojados de ese egocentrismo “de la gran escena” que domina las redes sociales y a sus jinetes.

Ojalá que haya dejado escritas, aunque sea parcialmente, sus memorias, que serían una contribución excepcional a entender los entresijos de esta historia que llamamos la Revolución.

Todo lo dicho hasta aquí repite casi textualmente las impresiones compartidas en el grupo del Consejo Asesor de Temas, cuando nos llegó la triste noticia de su último viaje en días recientes.

Tuve la idea entonces de que, en vez de un epitafio o una despedida, a él le habría gustado que recuperáramos sus propias palabras, dedicadas a revisar los estereotipos sobre los años 70 y 80. No solo por el afán de restaurar la historia de la Revolución, en un momento en que el pensamiento político ha sido desplazado por lo que el ilustre Leonardo Padura ha denominado “cáscara de piña”, sino porque esa restauración puede iluminar de otra manera las inopias intelectuales e ideológicas de este presente, más oscuro que los apagones.

Lo haré desde las preguntas que yo le formulé, y que una docena de asistentes multiplicaron en aquella tarde de julio de 2015, hace 11 años. A pesar de que sus respuestas están publicadas en una de las recopilaciones digitales de Último Jueves, sospecho que los lectores interesados me lo agradecerán. No solo por la cantidad de información novedosa, y por el enfoque tan diferente a lo que se repite de oído o desde “lo que le tocó a mi generación”, sino por la utilidad de sus reflexiones para cuestionar ilustres testimonios y verdades aceptadas, también sobre el presente.

¿Qué fueron los años 70? ¿Cuál fue tu papel en aquel periodo? Entre los diferentes aspectos que podrías abordar, te pido considerar el reordenamiento institucional, la construcción de un nuevo sistema político y de un modelo económico.

Fui presidente de JUCEPLAN durante diez años, por haber estado al frente de la Comisión de Implantación del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) desde el Primer Congreso del PCC (1975) en adelante. Pero ya desde el año 72 tuve una participación activa en todo el reordenamiento institucional del país y en la creación del nuevo sistema político, además del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE).

Después del Big Bang de la Revolución (1959-1961), que no había obedecido a un plan, a una secuencia premeditada, sino que se produjo en respuesta a la dinámica de los acontecimientos, los años 70 son los de las mayores y más abarcadoras transformaciones de todo el proceso.

Esas transformaciones se concibieron en un sistema: lo que se hizo en el Partido, o en el Estado, o en la división político-administrativa y en la economía, obedecía a una secuencia, a un plan, a una estrategia única. El objetivo estratégico se orientaba a un esfuerzo descentralizador, democratizador y estabilizador del proceso revolucionario, en todos los ámbitos de la vida política y social del país, y de acuerdo con las circunstancias históricas, nacionales e internacionales.

Desde el año 1970 comenzó un proceso de fortalecimiento de las organizaciones de masas. Se crearon nuevos sindicatos y se desarrolló el movimiento sindical, que se había abandonado en los años anteriores. Se delimitaron las funciones del Partido, el Estado y la administración, que se habían fundido y cofundido en el período previo.

Entre las transformaciones más impactantes estuvo una nueva división político-administrativa. Hasta ese momento existían seis provincias, 58 regiones, 407 municipios, además del nivel nacional; que pasaron a 14 provincias y 169 municipios; y desapareció la región. El propósito era acercar los niveles de dirección al pueblo. La provincia de Oriente era seis veces la de Matanzas; Camagüey y Las Villas eran las mayores; y después, mucho más pequeñas. En las regiones más recónditas, el acceso del pueblo a los centros de dirección se hacía difícil; estaban alejados. Al hacerse más pequeñas las provincias y eliminarse uno de los niveles, se facilitó la descentralización de tareas y el acercamiento de los niveles superiores a los inferiores.

La otra transformación fue la estructuración y creación de los órganos del Poder Popular. Hasta ese momento existía el Consejo de Ministros como órgano ejecutivo y legislativo; y todas las actividades, incluyendo las municipales, estaban dirigidas desde los ministerios a través de delegaciones en la provincia, en la región, en el municipio. Los funcionarios que dirigían esas actividades eran designados escalonadamente: el de la nación designaba al de la provincia, este al de la región, y así.

Eso cambió de manera sustancial. Aparecen los primeros órganos electivos, es decir, las instituciones representativas, adonde se traslada la administración de todas las actividades relacionadas con la población, educación, salud, comercio, servicios; todas pasaron a ser administradas directamente por los municipios y, cuando más, por la provincia, por personas designadas en el propio municipio o provincia, por quienes, a su vez, habían sido elegidos, en vez de aplicar las decisiones de arriba. Además, se les dio una autonomía para que empezaran a resolver los problemas con recursos propios, y se estimularan las producciones locales.

En contraste con los diez años de la etapa anterior [1960-1970], cuando no se manejaban las relaciones mercantiles ni la contabilidad de doble partida, estas se restablecieron en este período. Así como el pago según el trabajo; se volvieron a vincular las normas y el salario; fueron eliminados los horarios de conciencia y se comenzó a suprimir las gratuidades que existían prolíficamente en el período anterior.

Se restablecieron los estudios de Economía y Contabilidad en la Universidad de La Habana, que se habían abandonado a partir del año 1966-67. Se hace una reestructuración completa del sistema empresarial del país, de acuerdo con la nueva división político-administrativa y con la existencia del Poder Popular. Las empresas ahora no eran solo de subordinación nacional, sino provincial o local. En esas empresas se intentó que hubiese una autonomía económica operativa, incluso en las nacionales, en ese esfuerzo descentralizador del que hablamos, con creación de fondos de estimulación.

En la agricultura se estimuló el desarrollo de cooperativas y, en cierto momento, el Mercado Libre Campesino, como se le llamó entonces. También se comenzó a desarrollar el trabajo por cuenta propia.

En este período, además, se ejecuta el primer plan quinquenal en la historia de la Revolución, y se pasa a confeccionar el segundo; y se empieza a elaborar, ya en los 80, un plan a largo plazo, con vistas a quince años.

En 1976 se aprobó la primera Constitución socialista, que luego se enmendó en 1992 y en 2002.

En el Primer Congreso se aprobó un nuevo programa que Fidel consideró que sustituía al Programa del Moncada, ya cumplido hasta ese momento. Ese sería el nuevo programa a seguir por la Revolución a partir del Primer Congreso.

¿En qué medida hubo influencia soviética en el sistema político cubano? ¿Lo que se instauró en los 70 no fue un socialismo de Estado? ¿Hubo realmente separación entre el Estado y el Partido en esos años, o, más bien, una estructura paralela de gobierno en el PCC? ¿Cuál fue el efecto del productivismo imperante en los 70 sobre el medio ambiente, la destrucción de los bosques para expandir la cosecha azucarera y el pasto para la ganadería? ¿Cuál fue la consecuencia de la sovietización de la educación superior?

Estamos tratando de caracterizar y tipificar los años 70, que no son un compartimento estanco dentro del proceso revolucionario; penetran cosas que vienen de atrás y que, por inercia, como es natural, continuaron presentes, haciendo resistencia a los esfuerzos que se hacían y a los acuerdos que se tomaban. Se terminaron los 70, los 80 y hoy, en los discursos, se está volviendo a mencionar, con nostalgia, que se deben desempolvar aquellos acuerdos que se tomaron en los 70 y que no se cumplieron.

Algunas transformaciones se concretaron, otras solo se iniciaron, se desarrollaron unos años más, pero finalmente fueron truncadas.

En el Informe al Sexto Congreso del Partido, Raúl se refiere a seis citas de Fidel en el Primer Congreso; lo califica de trascendental, y dice que “se malogró el sistema de dirección que nos proponíamos implantar”. Reconoce que aquel sistema, con mayores o menores bondades, se malogró y no se implantó. Lo dice en ese Informe y lo dice después en la Conferencia Nacional del Partido: se engavetaron los documentos donde estaba dicho lo que había que hacer.

Lo del partido único no surge en los años 70, sino cuando se creó el PURSC y, virtualmente, desde las ORI. Para elaborar los documentos que trataban de hacer las delimitaciones entre Partido y Estado, nos basamos en lo que habían dicho Fidel y el Che sobre cómo debía funcionar el Partido.

En aquel momento, vísperas del 70, existían los llamados jefes de sectores, que dirigían —y puedo mencionar los nombres y las áreas— partido, gobierno y sindicato; todo estaba subordinado al jefe de sector correspondiente.

Entre los esfuerzos y pasos en los 70 está separar una cosa de la otra. Por eso surge el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, y el aparato del Comité Central, creado, hasta cierto punto, en paralelo con el gobierno, con sus departamentos.

Hay una carta de Alfredo Guevara, del año 73, muy previsora, a la dirección del Partido, donde planteaba sus preocupaciones con este paralelismo, y que él no veía cómo aquello se podía separar. Eso motivó un documento, que aprobó el Secretariado, con Fidel al frente: “Comunicación del Secretariado acerca de las relaciones que deben existir entre los Departamentos del Comité Central y los organismos centrales del Estado”. Ese documento se orientó como guía a cumplir, pero realmente en la práctica resultó lo que Alfredo Guevara había dicho.

Hoy todavía se está volviendo a plantear la necesidad de separar partido y Estado, cuarenta años después. Quiere decir que aquello no se resolvió ni en ese período, ni en el posterior, ni en el Período Especial, y hoy está de nuevo sobre el tapete. Cuando se redacte la nueva Constitución, hay que ver cómo se resuelve la contradicción de la soberanía de todo el pueblo y del grupo de avanzada que es el Partido. Eso nunca se ha resuelto.

Otra cuestión: el socialismo de Estado estaba presente antes y durante el período 1966-70. Con la Ofensiva Revolucionaria llegó a su punto culminante. En ese período se creó y desarrolló su trabajo la Brigada Che Guevara. El organismo llamado DAP (Desarrollo Agropecuario del País) fue el que dirigió aquellas bolas que arrasaron con palmares, arboledas, mameyes. El propósito era acabar con el marabú, pero arrasaron con la quinta y con los mangos. Ese momento era centralizador completamente, el de la Ofensiva Revolucionaria, el del Cordón de La Habana, el plan de San Andrés de Caiguanabo.

Hablamos de los 70 como un período cuando se pretendió descentralizar y democratizar, crear instituciones, etc., porque era una deuda. Todos hemos leído El socialismo y el hombre en Cuba, escrito en marzo de 1965. Allí el Che plantea la necesidad de institucionalizar al país. El 28 de septiembre de ese mismo año, en vísperas de la creación del Comité Central, Fidel dice que era necesario institucionalizar, hacer una Constitución, realizar un Congreso del Partido, constituir los órganos locales. No los llamó órganos del Poder Popular, sino las comunidades que se autoadministrarían, etc. Incluso, derivada de la constitución del Comité Central, se crea la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos, donde están Blas Roca, Pepín Naranjo y Alfredo Yabur, entonces ministro de Justicia, para que empezara a trabajar en el proceso de institucionalización.

Varios acontecimientos del período 66-70 interrumpen esto. Están las acciones del Che. En el Congo primero, en Bolivia después, y todo lo que involucró a la Revolución en eso. Está la Microfracción, que aparece en enero del 68, lo que no ayuda al mejoramiento de relaciones con la Unión Soviética, que estaban heridas desde la Crisis de Octubre, sino que las ahonda un poco más, porque algunas embajadas, entre ellas las de la Unión Soviética y la de la RDA, participaron en aquella conspiración. Se alivió un poco cuando Fidel apoyó a la URSS en los sucesos de Checoslovaquia, pero la relación quedó lastimada.

Así llegamos a 1970. No fue la zafra lo principal que fracasó, sino el intento de asalto al cielo que pretendimos en la construcción del socialismo y el comunismo. Lo que se vio que no resultaba. Y se llegó al 70 con unos índices de eficiencia por el piso, en algunos casos a niveles del 61 y 62. Le puedo facilitar las fuentes al que quiera comprobarlo.

Es ante esos hechos que Fidel reaccionó. Creo que, como siempre ha sido capaz de hacer, él no se ha empecinado en una línea cuando no da los resultados que él espera. Y hace una serie de planteamientos en el año 70, y hasta mayo del 71, acerca de cómo hay que dar marcha atrás y tratar de separar Partido y Estado, fortalecer las organizaciones de masas, crear los Poderes Locales, que era como los llamaban entonces.

El proceso empieza más en serio cuando, en vísperas del viaje de Fidel por África y los países socialistas, en el año 1972 —visitó nueve países y estuvo un mes y medio afuera—, le dejó encargado al Buró Político, encabezado por Raúl, que fuera trabajando en tres cosas: cómo dirigir mejor la economía, la planificación, etc.; cómo fortalecer al Partido y cómo fortalecer al Estado, creando las comunidades locales, etc. El trabajo le fue expuesto a Fidel a su regreso, y se estableció un orden para los pasos: primero, el Partido y las organizaciones de masas. Ahí viene el XIII Congreso de la CTC.

Voy a aprovechar para responder algunas imputaciones que a veces se hacen —estoy hablando individualmente— extrapolando lo que ocurrió en la esfera de la cultura y otras áreas. Dado el ingreso de Cuba al CAME (Consejo de Ayuda Mútua Económica), se habla de una tendencia de copia, de calco, de un mimetismo de todo lo de los países socialistas. En mi opinión, eso no fue así. O lo fue solo en la medida en que, lógicamente, el primer socio económico, político y militar, de alguna manera, debe influir.

Yo diría que donde se hizo una copia bastante fiel fue en lo de la estructura de los organismos centrales del Estado, es decir, de los ministerios. Fuera de eso, no creo que hubiera mimetismo.

En los Poderes Populares, la propuesta se deriva de un estudio orientado por Fidel, en la provincia de Matanzas, antes de la experiencia, que empezó en 1974. Matanzas se había escogido por su proximidad a la capital y por ser manejable para el experimento. Como resultado de ese estudio, no de qué estaban haciendo en los países socialistas, se organizó el Poder Popular.

Hay una cosa inédita en nuestro proceso electoral. En todos los países socialistas, la nominación de candidatos la hacía el Partido. Cuba fue el único donde se estableció que no la hiciera el Partido a nivel de base, sino el pueblo, aprovechando la estructura de los CDR, de la ANAP, etc., que facilitaba la conformación de las circunscripciones electorales.

Es más, hubo discusiones en el seno de la dirección del país sobre si se iba o no a la elección directa de los cargos superiores. Lo aparentemente más democrático iba a resultar lo menos democrático, se decía. Porque, ¿quién iba a nominar a esos candidatos? En la Asamblea Municipal, era fácil, porque los vecinos se conocían entre sí y sabían quién era el más indicado. Pero ¿quién es el más indicado para ser diputado a la Asamblea Nacional?

Entonces se entendió que, en el momento, y esperando por etapas futuras, iba a resultar más democrático proponer a los directamente elegidos en la base por el pueblo. La Asamblea Nacional tendría una composición —cosa que se cambió después, en mi opinión, desfavorablemente, buscando la aparente democracia de la elección directa— donde 50 % de los diputados fueran delegados de la base. Ahora se dice que hasta el 50% son delegados de la base. El “hasta” quiere decir que con uno ya se está cumpliendo el precepto de la ley electoral; cosa absurda. No es el mínimo, es hasta.

***

Claro que estas reflexiones de hace once años difícilmente pueden dar cuenta del acumulado de problemas y políticas acordadas, y aún menos implementadas o aplicadas a cualquier nivel, que alguna persona o miles hayan experimentado en su vida diaria. Ni pueden reemplazar a investigaciones que no se han hecho, basadas en datos, documentos y comprobaciones, no solo en testimonios personales. Pero no cabe duda de que un protagonista de esas políticas resulta una fuente especialmente útil para entender lo que pasó, y estimar cómo y por qué se trabaron.

Sobre esa última pregunta, que no tuve tiempo de hacerle a Humberto en el verano de 2015, me gustaría volver en el actual. De hecho, unos meses después, para resarcirlo por el poco tiempo que había tenido en aquel panel, publicaríamos un texto suyo, en ocasión del 40 aniversario del Primer Congreso del PCC, donde vuelve a narrar ampliamente el proceso de los 70 y primeros 80, y de paso, responde a aquella pregunta candente: a pesar de haber sido aprobadas en dos congresos del PCC y refrendadas en una constitución, aquellas políticas sufrirían tropiezos y tendrían resultados contraproducentes, por lo que fueron cuestionadas, sometidas a revisión y encaminadas a una cierta rectificación, que naufragaría en la tormenta perfecta denominada Período Especial. ¿Por qué? Con esta respuesta de Humberto, escrita hace diez años, dejo a los lectores con un complejo y estratégico asunto de la mayor actualidad, que se suele caracterizar como económico, y que tal vez no lo sea tanto:

“Se debió en parte a la falta de capacidad, tenacidad, sistematicidad, seguimiento, exigencia y control en su aplicación, pero en gran parte también a que algunas de las ideas y concepciones aprobadas, sobre todo en el terreno de la dirección y gestión económicas, no gustaban lo suficiente ni satisfacían y convencían a plenitud a toda la dirección del país en aquellos momentos, que las aceptó y aprobó con reservas y desconfianza desde un inicio, debido a las similitudes que tenían con los sistemas de dirección económica de los países del CAME, y a las advertencias que había dejado escritas el Che respecto a los riesgos que representaban para el futuro del socialismo.

Estas reservas y desconfianza llevaron a que todos los incidentes, tropiezos y errores que se producían en la aplicación del SDPE aprobado por el Primer Congreso fueran seguidos con mucha cautela y prejuicios —alimentados por los hechos y tendencias negativas que comenzaron a manifestarse en los países socialistas europeos, incluyendo a la URSS, a mediados de los 80, como presagios de su desmoronamiento—. Afloraron con fuerza en el discurso y en el curso de los acontecimientos en Cuba en la segunda mitad de la década, lo cual tuvo una influencia determinante en la opinión desfavorable que se formó y que aún en parte se mantiene acerca del periodo que analizamos.”

Se me ocurre que quizás estemos abocados a un momento parecido, aunque invertido. Un momento en el cual un paquete de reformas se puede percibir por algunos como negaciones de la esencia del socialismo como sistema, y en la práctica, tiende a representarse como traición a la causa. Sin mucho tiempo para pensarlo, aprender de la historia anterior no estaría de más.

Aprovechando el apagón, se los dejo como tarea.

martes, 23 de junio de 2026

¿Ahora sí? La transición pospuesta



¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias para salir de la crisis? Responden los economistas Juan Triana, Omar Everleny y Julio Carranza.




Cualquier cubano que haya estado despierto desde 1993-94 sabe que el socialismo ya no fue en lo adelante lo que solía ser.

Después de la implosión de los socialismos en Europa del Este y el desmantelamiento de la Unión Soviética, las cosas en Cuba cambiaron de golpe. La admisión del mercado, del sector privado, la legalización del dólar, la redistribución en usufructo de la mayor parte de las tierras estatales, la apertura a la inversión extranjera, crearon no solo una nueva economía y una nueva relación con el mundo, sino otras mentalidades sobre el socialismo como sistema, incluida su reversibilidad.

Estas políticas inicialmente se justificaban como el enfrentamiento a la crisis denominada “Periodo especial en tiempo de paz”, o al menos así se proyectaron entonces. De manera que, a medida que la crisis se fue aliviando o así pareció (por un tiempo), su continuidad y profundización se hicieron más lentas; y aunque sus consecuencias en el plano ideológico (¿qué socialismo va a ser este?), y sobre todo su impacto en las desigualdades sociales y la pobreza, se fueron extendiendo.

Las políticas que igualaban a las distintas clases y grupos sociales en la Cuba anterior, tales como una estructura salarial muy acotada, canasta básica subsidiada mediante cartilla de racionamiento (la “libreta de abastecimientos”), control de precios, gratuidades y subsidios de todo tipo, se fueron desvaneciendo, formalmente o de facto, a medida que el salario y el ingreso divergían, que el acceso a divisas alteraba la relación establecida entre salarios y capacitación, que los niveles de producción no se recuperaban.

A pesar de la supuesta temporalidad de la crisis, Cuba no volvió nunca al nivel de bienestar y visión de futuro que había existido, sobre todo en la década anterior al Periodo especial.

Más de una década después de aquellas medidas —aprobadas e implementadas bajo la dirección de Fidel—, un documento titulado Lineamientos económicos y sociales fue discutido públicamente en una consulta masiva, y adoptado oficialmente en el VI Congreso del PCC (2011). Cinco años después, apenas el 23 % de sus políticas acordadas se habían cumplido.

En 2018, la consulta sobre una muy amplia reforma constitucional arrojó resultados inesperados. Entre ellos, que los temas más polémicos del nuevo texto no eran precisamente los cambios radicales en la diversificación de la propiedad sobre medios de producción, la extensión del mercado, el acceso del capital privado a sectores como la agricultura y los servicios (incluidos los sectores nacionalizados en 1960).

O sea, que estas transformaciones no suscitaban oposición, a pesar de su alcance fundamental. La nueva Constitución, aprobada por mayoría abrumadora en 2019, ponía la equidad —en vez de la igualdad— por delante y se preocupaba por la concentración del ingreso, pero no la proscribía.

Desde principios de los 90 hasta hoy, cada vez más expertos, dentro y fuera de nuestras instituciones, han venido haciendo propuestas encaminadas a constituir un programa de reformas que rebasara el alcance de un paquete de medidas anticrisis.

Aunque ninguno había propuesto nunca políticas como las que marcaron el desmantelamiento del socialismo en Europa del Este y la Unión Soviética, no pocos de ellos fueron calificados como emisarios del capitalismo.

A pesar de las diferencias introducidas en los documentos emitidos en los últimos 30 años acerca de la naturaleza del socialismo cubano, este recelo hacia cualquier propuesta de reforma se ha mantenido vivo hasta nuestros días.

A raíz de la intervención de Estados Unidos en Venezuela el pasado 3 de enero, se me ocurrió encuestar a un grupo de economistas y analistas políticos en torno a la pregunta: ¿Cuáles deben ser las políticas prioritarias, coherentes con una estrategia para salir de la crisis y que se hagan cargo de la complejidad del momento?

Según algunos lectores que me lo dijeron por lo claro, las respuestas de mis encuestados resultaban “excesivas” (neoliberales): Cuba ante Estados Unidos: lecciones y antilecciones de la intervención en Venezuela – OnCuba.

Ahora que la Asamblea Nacional (ANPP) acaba de aprobar un programa de transformaciones que rebasa con mucho, por su radicalidad y amplitud, lo que cualquiera de estos expertos propuso nunca, sin embargo, la visión que identifica las reformas con el virus del capitalismo sigue ahí.

Si uno lee, por ejemplo, las narrativas de medios extranjeros, supuestamente bien informados sobre lo que está pasando aquí y ahora, podrá comprobar que identifican las recientes transformaciones con concesiones al capitalismo, que reflejan la quiebra definitiva del socialismo. Exactamente como los fundamentalistas vernáculos. Y como si entre estas transformaciones y el derrumbe del Muro de Berlín no hubiera cambiado nada en Cuba.

En busca de luz sobre la compleja red de interrogantes que se derivan de las 176 medidas debatidas en la ANPP, decidí sometérselas a tres economistas, pioneros, que las anticiparon en escritos y conferencias, y a quienes conozco bien por su manera de pensar, persistencia y compromiso: Juan Triana Cordoví (JTC), Omar Everleny Pérez-Villanueva (OEP) y Julio Carranza (JCV).

Les agradezco a ellos por responder a mis preguntas de cabeza múltiple, y también por contestarme en un tiempo récord.


Rafael Hernández, Juan Triana, Omar Everleny y Julio Carranza.


Según algunos economistas, el eje de las reformas es o debería ser la extensión del sector privado, en todas aquellas actividades donde pudiera desarrollarse con mayor eficiencia que el estatal o el público. ¿Va a ser o debería ser así en la política económica que se avecina? ¿No implicaría, en el mediano plazo, que el sector privado se tragara al público?

JTC: No hay un solo eje en las reformas, sino al menos dos o tres grandes ejes. Uno de ellos, la expansión del sector privado y su papel en la economía. El otro, la reforma de la empresa estatal, aplazada tantas veces.

No creo que el sector privado pueda tragarse al público. Todavía este es muy grande, y hay realmente ahí un negocio poderoso; costaría mucho trabajo al sector privado poder desplazarlo, siendo todavía un sector naciente.

OEP: El sector privado debe jugar un papel esencial en la política económica que se avecina. No porque sea privado, sino porque el problema de Cuba, más que financiero, es de oferta de bienes y servicios. Y el Estado en estos momentos no cuenta con recursos financieros para producir lo que puede desarrollar el sector privado.

No creo que vaya a tragarse al sector público. Cada uno tiene su espacio.

Lo primero que hay que definir como estrategia es cuál será el tamaño de ese sector público. La energía, la producción de acero, todo ese tipo de producciones que necesitan un gran capital solo las puede garantizar el Estado.

Pero en el comercio minorista, la alimentación, los servicios personales, hay un área muy grande que puede cubrir el sector privado.

En el pasado, el sector público, por diferentes motivos, ha sido ineficiente. El Estado le ha quitado recursos que produce la empresa estatal socialista. Y esas reglas tienen que cambiar.

JCV: Una cuestión fundamental del actual planteamiento es darle a todo el sistema empresarial el reconocimiento y las facultades que debe tener para operar, sean estatales, cooperativas, privadas y mixtas, nacionales o extranjeras; todas integradas a los mercados regulados por el Estado, y en el caso de las empresas estatales, bajo una planificación estratégica y financiera, no una burocrática y administrativa como la que ha existido hasta hoy.

Los prejuicios con el sector privado se deben superar y darle el lugar que le corresponde. El sector privado y el cooperativo han de jugar un papel importante e imprescindible; sus intereses deben ser reconocidos y tener representaciones, pero de ninguna manera imponer esos intereses individuales o empresariales, por legítimos que sean y lo son, por encima de los intereses generales y mayoritarios del pueblo y la nación.

Claro que los medios de producción fundamentales, estratégicos, deben continuar bajo propiedad social con protección legal y también deben mantenerse y desarrollarse todas las empresas públicas que sean eficientes.

El sector estatal que salga de aquí ha de ser eficiente y competitivo. Eso no excluye la existencia de determinadas actividades que por definición son deficitarias y, dada su función, han de mantenerse bajo el subsidio del presupuesto del Estado, pero deben ser pocas y plenamente justificadas.

También han de mantenerse bajo régimen estatal y con la asignación de recursos necesarios a sectores fundamentales como la educación y la salud, aun cuando algunas actividades específicas de estos sectores pasen a formas privadas, como de hecho ya sucede con algunos comercios de medicinas y servicios de óptica y dentales, donde la participación ha de ser mixta.

Estas medidas van a acentuar diferencias sociales, pero estas deben estar reguladas y acompañarse de una política fiscal progresiva y rigurosa. Que las diferencias de ingresos sean resultado de la eficiencia y el trabajo y no de la corrupción y actividades espurias, las políticas sociales deben también reforzarse para apoyar a una población fatigada y hoy empobrecida. Se debe mantener el principio de que nadie quede abandonado.

Hay que impedir privatizaciones perversas y sin licitaciones que respondan a intereses de grupos particulares, muchos de ellos provenientes de la antigua burocracia. Ya vimos lo que sucedió en Europa del Este.

Esos peligros están activados, pero la manera de preverlos y controlarlos también debe activarse. Su esencia es la participación y el poder político de la población, mediante una actuación adecuada de las instancias del poder popular y de los órganos de control de la república, las instituciones políticas y sociales, en primer lugar, el Partido. Pero para cumplir adecuadamente ese papel, ellas mismas deben reformarse, el Partido incluido, y por el lado estatal, en lugar primordial, la Contraloría General, cuya función debe incluir a todos los sectores de la economía, sin exclusiones injustificadas.

Las instituciones democráticas del país, en primer lugar el parlamento, deben tener una voz activa y diversa, expresión de lo que ya hoy es y será la sociedad cubana.

Un sector público eficiente, con autonomía real para planear, decidir lo que produce, redistribuir ganancias entre sus trabajadores y hacer que participen en las decisiones, operar en el mercado cambiario, establecer acuerdos con otras empresas, sean públicas o privadas, nacionales o extranjeras, parece un animal muy diferente al actual. ¿Es posible esa metamorfosis? ¿Qué debería ocurrir para que esa transformación tuviera lugar? ¿En qué plazo?

JTC: La transformación de la empresa estatal tiene que ser profunda y grande. No se puede aspirar a que ocurra en un plazo corto. Pero esa metamorfosis, como tú la llamas, puede ocurrir porque, aunque a veces se desconoce, tenemos empresarios muy capaces, que no han dejado desarrollarse como empresarios de verdad.

Esa transformación va a tener lugar no solo por acciones directas hacia la manera en que se gestiona la empresa estatal, sino también por acciones indirectas. Una parte de las políticas que se están discutiendo y se aprobaron hoy obligan a esa metamorfosis: participar en el mercado cambiario, poder tener relaciones mucho más fluidas con empresas extranjeras, exportar e importar libremente; todo eso obliga al cambio de ese sector.

¿Qué más debería ocurrir? Dejar que los empresarios se pongan las pilas o no quitarles las pilas cuando ya las tienen puestas, que es también lo que ha pasado.

Es muy difícil poner un plazo. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que exige desvestirse, desaprender, volver a vestirse y volver a aprender. Para ese proceso no me atrevo a poner un plazo, pero no debe ser corto, o sea, no ocurrirá en seis meses. Aunque hay empresas cubanas que empezaron a trabajar con empresas extranjeras y se fueron transformando rápido, siempre es un proceso complicado, pues desaprender y volver a aprender otra vez es relativamente complejo.

OEP: Va a haber diferentes etapas de la reforma. Una etapa en los dos primeros años, que algunos economistas hemos planteado identificar como de estabilización. Después, una etapa de cambios estructurales, entre dos a cinco años, que es donde realmente se hagan cambios más profundos.

En los dos primeros años, hay que concentrarse en tres temas vitales: energía, alimentación e infraestructura. Porque hay problemas críticos para la población cubana, como el del agua, la recogida de los desechos sólidos y otros servicios públicos que hay que recuperar.

Para después definir qué sectores, qué áreas son los que vamos a priorizar.

Yo sigo viendo el turismo como importante. Y la posibilidad de que empiecen a haber agentes turísticos, turoperadores privados, da cierta garantía de que se puede recuperar ese sector. Por ejemplo, si un hotel no tan grande, de 30 o 40 habitaciones, hostales, moteles, se le puede dar en administración a un privado, ¿por qué no dárselo, si ya lo tienen extranjeros?

El gobierno tiene un plan muy concreto y ha sido muy hábil, muy pragmático, en los últimos días, para plantear cosas que en otro momento no hubiera pensado.

Hay que pasar a CADECAs (casas de cambio) privadas, pues de todas maneras se cambia en la calle y ese es un dinero que no accede al Estado. ¿Por qué no poner CADECAs privadas y cobrar un impuesto por operaciones?

Otro paso importante es eliminar el monopolio del comercio exterior, de manera que todas las formas de propiedad puedan importar y exportar directamente. Si alguien lo quiere hacer a través de una empresa estatal con experiencia, que lo haga. Pero que no sea obligatorio. Así como eliminar las agencias empleadoras, que han sido una traba para los inversionistas extranjeros. Y sobre todo, trabajar el problema de la deuda externa. Si no destrabas la deuda, seguirá faltando el financiamiento.

Un sector público eficiente es aquel sector que se concentra en determinadas entidades, que para ser eficientes requieren una ley de empresas que las iguale a todas en las mismas condiciones. De manera que el sector estatal participe en el mercado cambiario, retenga parte de sus utilidades para recuperar la producción y la descapitalización que sufre.

Con las reglas aplicadas hasta ahora, no puede garantizar determinados bienes y servicios. ¡Claro que no! Pues si una empresa estatal tiene utilidades, pero después el Estado las recoge para un “bien común” —como producir determinadas cosas para toda la población—, eso puede justificarse así, pero se afecta la capacidad de la empresa como tal.

En un mediano plazo, habría que darles las mismas posibilidades que ha tenido el sector más dinámico de la economía hasta este momento, y que es el mayor importador de alimentos en Cuba ahora mismo (y las cifras lo avalan). La utilización de las remesas, para decidir dónde comprar y a qué precios, no la tiene el sector público o estatal.

La autonomía tiene que ser real. El camino que se avecina, yo creo que sí va a incluir una mejoría de las condiciones de competencia.

JCV: La situación actual tiene urgencias que hay que atender de manera prioritaria y también la necesidad de una transformación integral y profunda del modelo económico. Planos interdependientes, pero que no deben confundirse.

La respuesta inmediata a las urgencias está determinada por los problemas fundamentales que afectan hoy a la población: energía, alimentación, agua, salud, higiene pública, movilidad, etc. Esa respuesta también supone contar con más recursos externos, de ahí que el problema de la deuda y el acceso a créditos, inversión, etc., sea también una prioridad. En las medidas propuestas están incluidas las formas para responder a esas urgencias.

Lo otro es la transformación integral del modelo económico. Ese es un proceso necesariamente más lento, aunque se debe acelerar lo más posible, que ha de comenzar con el restablecimiento de los equilibrios macroeconómicos: déficit fiscal, inflación, déficits externos, etc. Ese proceso lleva más tiempo, pues es mucho lo que hay que transformar.

Es preciso definir etapas, áreas de acción, objetivos generales y parciales, indicadores, etc.; y sobre todo tener un horizonte estratégico claro y la capacidad política para corregir las desviaciones que inevitablemente habrán de aparecer. De lo contrario, se podría llegar a un triste destino no deseado y quizás ya sin recuperación posible. Sobre todo esto hemos escrito y propuesto en extenso desde nuestro libro de 1995 y con otros muchos textos posteriores con las actualizaciones correspondientes.

Hoy la política es más importante que nunca, aunque haya quienes piensen lo contrario, no para trabar ni para detener el proceso de reforma, sino para conducirlo por la ruta que debe marchar, respondiendo siempre a los intereses de la nación y no a espurios intereses sectoriales y de grupo, mucho menos a las presiones imperialistas. En eso hay un desafío fundamental. En un reciente artículo utilicé una expresión: que sean las ideas y no los hechos incontrolados las fuerzas conductoras de este proceso.

Uno de los rasgos del nuevo socialismo, tal como se retrata en la nueva Constitución, es la descentralización, en particular, la entrega de poderes a los niveles locales. Aunque seguimos sin una ley que se los haya otorgado al cabo de siete años de esa definición constitucional, ahora se enfatiza la descentralización y el papel estratégico de los municipios. ¿Están preparados los gobiernos locales para esa autonomía? ¿Para ser capaces de administrar sus recursos, gestionar inversiones internas y externas, diseñar políticas fiscales y de empleo, controlar servicios básicos y adaptar las políticas sociales a sus necesidades…? ¿Qué debería ocurrir para que los gobiernos locales asumieran plenamente ese papel? ¿Qué peligros se corren al descentralizar?

JTC: Si están preparados los gobiernos locales para la autonomía que se les concede, creo que no lo están. Es así de escueta mi respuesta.

En cuanto a qué debería ocurrir para que lleguen a estarlo, algo que está ocurriendo es que le están concediendo ya esos espacios, determinados derechos y obligaciones. Lo otro que debe ocurrir es que ellos tendrán que formar personal adecuado para eso.

Si uno revisa hoy a los gobiernos locales, no solo son pobrecitos porque estén en un territorio pobrecito, sino porque el personal que tienen para trabajar probablemente no sea el más adecuado, aunque, por cierto, sí pueda ser el más entregado.

Peligros que se corren al descentralizar, hay muchos, desde una interpretación errónea de las políticas nacionales hasta aquellos que están asociados a hechos de corrupción, sin lugar a dudas.

No me atrevo a enumerarlos todos porque a cada rato sale uno nuevo. Pero disponer de esa capacidad para interpretar las políticas nacionales y adecuarlas a sus necesidades, y para generar políticas propias, tiene como un componente la toma de riesgo y la posibilidad, sin dudas, de equivocarse.

Yo prefiero correr ese peligro en vez de quedarme sin hacer nada.

OEP: Una de las deficiencias que afectan a los niveles locales, y también a los centrales, es la falta de preparación de los cuadros. A veces se pone a ocupar un cargo a una persona que no está preparada o que no es el profesional que se necesita. Y para lo que se avecina, los gobiernos locales deberían tener una mayor preparación, y que se les dieran las prerrogativas de las que carecen, y se anuncian, pero en la práctica no se les otorgan. De la mano de la autonomía local deben ir la preparación y los estímulos necesarios para que los dirigentes sean capaces de administrar recursos a ese nivel.

Si se paga un salario bajo, no estimulante, no va a haber personas dispuestas a dirigir en los municipios. Antes de asumir cargos, digamos, en la educación municipal, estarán más interesadas en hacerlo en un negocio privado, donde pueden ganar diez veces más. Todos esos desajustes deben corregirse. Pero yo sí creo en los poderes locales, en lo cual hay que trabajar intensamente para lo que se avecina.

Sí hay peligros al descentralizar, efectivamente, pero hay que asumirlos. Porque antes las medidas centrales se daban en un contexto donde el Estado podía administrar recursos. Hoy no los tiene, ni los va a tener en los próximos años, porque hoy estamos solos. Solos significa que no tendremos el crédito necesario para distribuir, ni los amigos que necesitamos, porque los hemos perdido por la mala gestión en administrarlos.

Si un amigo te entrega, digamos, una serie de vehículos, de ómnibus para tu transporte público, y tú no se los pagas, él no te dará las piezas de repuesto de esos ómnibus. Así hemos tratado a los amigos que nos han ayudado vendiéndonos, con períodos cortos de pago, pero con tasas de interés muy bajas, y nos han permitido pagarles con productos, digamos, níquel, como China, a quien dejamos de enviarle níquel porque no lo producimos.

Todo eso hay que corregirlo, porque ese va a ser el próximo camino, porque no queda ningún otro. Hay que sobreponerse a todas las adversidades, pero eso lleva un costo. No tanto un mayor costo social, porque ya la reforma social se ha hecho –y te voy a comentar más adelante sobre eso.

JCV: Yo considero que la descentralización de estos procesos a los municipios debe hacerse con muchísimo cuidado. Es positivo y necesario y podría hacer la gestión más democrática y eficaz, pero no de cualquier manera. La descentralización municipal no debe significar que el gobierno central se desentienda de responsabilidades que le son propias e indelegables.

Un país no es la simple suma de sus municipios, ni siquiera en los países de fuerte carácter federal. Los municipios son muy diferentes entre sí y su articulación, su complementariedad como partes de un todo, es una responsabilidad indeclinable del gobierno central.

La política económica y la conducción de la estrategia nacional de desarrollo son una tarea de responsabilidad central. O sea, la acertada descentralización municipal no debe significar la anulación del papel imprescindible del gobierno central, pues somos una sola nación.

Por otra parte, para que la descentralización opere adecuadamente, deben contar los municipios con los recursos indispensables. En primer lugar, con los cuadros y funcionarios capaces. Ha de ser la meritocracia (capacidad, formación, ética, probidad, empatía y compromiso) lo que determine los nombramientos y la elección a ese nivel, como habría de ser en todos los niveles.

En general, el actual nivel de los cuadros y funcionarios a nivel municipal está por debajo del que se requiere para esta compleja función y, por supuesto, que ese trabajo debe tener la remuneración que merece.

En un contexto de descapitalización, falta de fuentes de financiamiento, alta deuda externa, infraestructura deteriorada, crisis energética y alimentaria, ¿de dónde podría salir la inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo? ¿Disponen los emigrados cubanos del capital y la voluntad para convertirse en esa fuente principal? ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? ¿Sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización?

JTC: La inversión necesaria para recuperar la economía y reestructurar el modelo puede salir de diferentes orígenes.

Una es la inversión extranjera, que puede sentirse estimulada por las decisiones adoptadas para facilitar y ampliar sus espacios en el país.

Otra fuente pueden ser las facilidades que ofrecen los BRICS. Para lo cual se requiere acabar de entender cómo negociar y participar en ese marco.

Una tercera fuente puede ser el capital nacional. Un capital no solo privado, sino de empresas estatales que sean exitosas y quieran invertir para crecer, para diversificarse, y que habría que dejarlas.

Están también los créditos que pueden aportar los organismos multinacionales, y los países individuales, a los cuales hoy cuesta mucho más trabajo acceder. Pero no los desestimo totalmente.

Por último, el capital de cubanos residentes en el exterior. Ahí viene la pregunta: ¿Hasta qué punto las circunstancias políticas en la diáspora cubana lo facilitan o lo ponen en riesgo? Hasta ahora, la historia de esa relación ha sido muy compleja —y tú la conoces mucho mejor que yo. Conlleva que una parte de esa diáspora tenga mucha desconfianza en invertir en Cuba.

De otra parte, el marco legal en Cuba todavía no se entiende bien. Hay que perfeccionarlo mucho, mejorarlo para que pueda dar las seguridades que requiere el inversionista en general, y en particular, este inversionista cubano que viene de la experiencia de haber vivido en Cuba. Esa incertidumbre hay que borrarla, creando un grupo de reglas muy claras que además incentiven y garanticen esa participación.

La mayor parte de la diáspora cubana vive dentro de un riesgo constante y bajo la amenaza de las propias restricciones que el gobierno norteamericano le impone a Cuba. Tienen que estar midiendo si están violando alguna ley norteamericana y puede ser objeto, por lo tanto, de una represalia. Eso está presente, sin lugar a dudas, y puede complicar la inversión masiva de capitales de cubanos residentes en el extranjero.

En cuanto a si sería posible sin que Estados Unidos y Cuba volvieran al camino de la normalización: resulta difícil, pero no imposible. Tendría que extenderme mucho para explicarlo, pero hoy por hoy ya se da inversión de capitales de cubanos residentes en el exterior en la economía nacional. Así que, tomando los hechos como parte de esa respuesta y criterio de la verdad, diría que sí es posible, a pesar de que no haya una normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

OEP: Tenemos que ubicarnos en que el entorno económico natural de Cuba son los Estados Unidos, dada la distancia y el hecho mismo de haber recibido una parte mayoritaria de la emigración cubana. Pero el gobierno de ese país ha sido muy agresivo contra Cuba, y sobre todo en los últimos meses las sanciones han sido muy fuertes.

Sin embargo, Cuba tiene que encaminarse hacia lo que se podría hacer para esa normalización. Yo sí he podido conocer que los emigrados cubanos tienen capital y pueden convertirse en una fuente importante. Pero para eso hay que hacer cambios legislativos, hay que sentarse a analizar en la mesa de negociaciones el problema de las nacionalizaciones y otros temas pendientes, que hay que lograr resolver.

Si en algún momento fuera posible cambiar inversión por activo tipo swap, habría que hacerlo. Si tenemos un hotel con apenas 10 % de ocupación de sus capacidades, se podría disponer que un emigrado administrara ese hotel y parte de las utilidades se le entreguen, como parte del capital que Cuba dispuso. Hay muchas fórmulas.

Si no se arreglan las relaciones y no se alcanza la normalización, es muy difícil que Cuba acceda al capital que se necesita. Porque el capital hoy es transnacional; y aunque muchas compañías estarían dispuestas a invertir en Cuba, si luego van a ser sancionadas por Estados Unidos, no van a hacerlo, lo que ya está sucediendo en estos momentos.

Pero no podemos desistir, hay que buscar cualquier alternativa positiva, sin ceder soberanía, pero sin ser muy estricto, porque no hay forma de resolver esos problemas que has planteado. Y la cuestión del financiamiento externo es prioritaria.

El Estado tiene que hacer un proceso de estabilización de dos años vista, para resolver dos problemas prioritarios de corto plazo: la energía y la alimentación. Ya no va a garantizar la cartilla de racionamiento como en el pasado; no tiene con qué hacerlo. Eso llevará a que las personas entiendan que la Cuba socialista anterior a 2026 no será posible, y que para mantenerla en nuevas condiciones se requiere reestructurar el modelo.

Para mí, hay que construir un modelo social de mercado. Uno de los errores de estos últimos años es no haber adelantado las reformas que muchos sugirieron hacer, sobre todo Rusia y China, donde tuvieran un mayor peso todas las formas de producción, especialmente privadas. Y Cuba se demoró mucho en hacerlas. Hoy lo estamos haciendo en las condiciones en que no tenemos otras opciones. Y cuando se negocia en estas condiciones actuales es muy difícil, porque hay que aceptar muchas cosas que no se hubieran aceptado en otro momento histórico. Para salvar al país, por encima de todo.

JCV: Como señalé antes, la disposición de recursos es un problema fundamental, un fuerte nudo que afecta a la economía nacional; por eso el tema de buscar acceso a nuevos recursos es parte de las urgencias. Y destrabar la deuda es fundamental. He venido planteando lo de cambiar deuda por activos y por inversión, esto es muy posible y probablemente la opción más viable. Hay muchos recursos y capacidades que hoy están subutilizados y muchos deteriorándose. Claro que siempre debe hacerse de manera tan rigurosa como ágil, hay que cuidar que las presiones del momento no lleven a decisiones inconvenientes que afecten la soberanía y el control de recursos estratégicos de la nación.

La migración cubana es parte de la nación. Un sector de ella tiene capitales y capacidad empresarial, aunque no es toda ni la mayoría, integrada por trabajadores asalariados. Pero todos podrían participar de alguna manera. Los primeros, con inversiones, tecnologías, comercio, mercados, etc. Esto ha de ser parte de una voluntad compartida y aquí habrían de darse todas las garantías de manera transparente y sin titubeos, establecer con leyes y regulaciones lo que se puede hacer y lo que no; o sea, espacios y garantías amplias, claramente establecidas, en función de un proyecto de nación que debería ser compartido por todos, incluida, ojalá, los que han tenido una conducta hostil. Es todo un tema político y muy actual.

La respuesta corta es clara: sí deberían jugar un papel importante, sin renunciar a sus intereses individuales. Riesgos siempre habrá, pero hay que asumirlos con inteligencia y resolución. Lo más importante es el interés del pueblo y su bienestar, ¿es difícil hacer todo eso compatible? Sí. ¿Es imposible? No. Quizás este sea el desafío político más importante hoy.

Un escenario de negociación con Estados Unidos es lo más deseable, pues podría cambiar notablemente el cuadro, la superación de la crisis económica, etc. Creo que el gobierno ha trabajado y trabaja intensamente en ello, hoy con la experiencia de los años, de la historia, de los errores del pasado, etc. Pero la pregunta siempre ha de ser: negociar qué y para qué.

Es ahí donde la claridad de la respuesta ha de ser meridiana. Una posición amplia que incluye muchas decisiones sensibles, pero puntos muy claros acerca de que no es negociable bajo ninguna circunstancia. Se ha dicho que la soberanía y el orden interno, y yo estoy de acuerdo. Los temas internos de Cuba son un problema de los cubanos, de todos los cubanos, pero sin añadiduras.

El gobierno norteamericano debe estar consciente y seguro de que Cuba está dispuesta a avanzar y a poner mucho sobre la mesa, excepto lo irrenunciable. Esa conciencia podría dar lugar a una relación de respeto y mutua conveniencia. Ahora bien, ¿estará dispuesto el gobierno de Estados Unidos y esta administración en particular a establecer un marco adecuado de negociación?

Cuba debe trabajar para eso, pero también estar preparada para la peor de las situaciones, incluida una indeseada agresión militar. La soberanía, bien entendida, es irrenunciable, lo que no requiere fundamento académico. Es la voluntad histórica de un pueblo demostrada durante casi dos siglos. Ahora no habrá de ser diferente. Negociación sí, toda la posible, realista y amplia; pero imposición y concesiones de soberanía, bajo ninguna condición.

Desde 2011, se han venido adoptando sucesivos programas de reforma, alcanzando acuerdos en congresos del PCC, aprobando una nueva Constitución y nuevas leyes. Sin embargo, el proceso de reformas se ha estancado y hasta cierto punto parece haber extraviado su curso. ¿Qué razones hay para pensar que a partir de hoy será diferente?

JTC: Te diría que hay muchas razones y ninguna.

La primera razón para pensar diferente es el contexto internacional en el que Cuba se está desarrollando hoy, que ha cambiado tremendamente y genera mucho estrés a la hora de manejar el país. Esta situación puede empujar a ese proceso de reformas y que no pase lo que ha pasado otras veces.

Segundo, tenemos ahí la permanente amenaza de Estados Unidos y sus intenciones de cambiar el país, en función de lo que ellos entiendan que debe cambiar. Obviamente, ese es un elemento que empuja para hacer este proceso de reformas y no virar hacia atrás.

Lo tercero es la situación económica y social, esa policrisis en la que estamos todos metidos y sufrimos constantemente. Si no hay una reforma, está muy claro que va a ser muy difícil poder salir de esta policrisis.

También hay que entender que este gobierno ha tenido un proceso de aprendizaje. Hoy está en una situación con muy pocas alternativas, como no sean las de seguir un camino de reformas, que ya fue trazado en líneas generales y nunca se siguió, sino que se detuvo y se echó para atrás. Ahora hay que seguirlas, y esa es otra razón, sin lugar a dudas. Ahí hay un proceso de aprendizaje, que cuenta bastante.

OEP: El modelo que se avecina es diferente. Aunque es cierto que hemos aprobado decenas de programas, hemos alcanzado miles de acuerdos y hemos pasado balance de los congresos del Partido, la Constitución, las leyes, etc., sin embargo, el país no ha avanzado. Y entre las trabas por las que el país no ha avanzado, está el haberle tenido miedo al sector privado, que es un problema ideológico.

Hoy deberá ser diferente, porque reitero que Cuba está sola en el mundo. Nunca se había estado en un momento de policrisis como este. Significa que tenemos crisis financiera, de alimentación, largos apagones, problemas con los medicamentos y problemas con el transporte, todo junto.

En una familia cubana hoy se duerme mal, se come mal, se transportan caminando a los centros de trabajo, se gana poco y hay una alta inflación. No ha habido otro momento en la historia reciente de Cuba —hablando de los 90 para acá— que presente esta situación tan convulsa y tan complicada.

Si queremos salvar, no el modelo, sino al país, tenemos que hacer las cosas diferente. Si seguimos haciendo lo mismo, vamos a seguir repartiendo miseria. Si hay políticas nuevas que conlleven cambios constitucionales, hay que hacerlos. Si hay que eliminar en la Constitución aquello que dice que no se permitirá la concentración de los ingresos ni la propiedad, hay que cambiarlo. Mientras que sea legítimo, mientras que sea legal, mientras que el sector privado dé determinados bienes y servicios, ¿por qué cogerle miedo? La fuerza del Estado radica en lograr ponerle impuestos a esas actividades y después redistribuirlos a nivel de la sociedad.

Para mí, la única cosa diferente es que hay que hacer un país con mercado.

JCV: Hemos llegado a una situación límite: la agresión externa por un lado (que no es solo el bloqueo) y las insuficiencias internas por otro, entre ellas el tremendo retraso de una reforma económica integral y profunda. Ese ha sido uno de esos principales errores; lo hemos dicho y argumentado al menos desde hace más de tres décadas, cuando era ya evidente el agotamiento del modelo económico de planificación burocrática.

Si uno lee los documentos aprobados en los congresos del partido desde 2011, y después la Constitución de 2019, aprecia que esa realidad se comprende desde entonces; y que se aprobaron documentos que daban el espacio político y legal necesario para la reforma. Sin embargo, inercias, incomprensiones, dogmatismos e intereses creados fueron una permanente fuerza en contra.

Lo nuevo ahora es haberlo asumido; y la voluntad política para avanzar por encima de esa resistencia. Va a ser difícil, pero el camino ya empezó. Hay que tener cuidado con aquella máxima existente en Cuba desde época de la colonia: “Se acata, pero no se cumple”. Pero es preciso acabar con esos obstáculos sedimentados, tan fuertes como difusos, por eso son tan difíciles de eliminar. Nunca faltarán, pero con consenso, participación popular imprescindible, rendición de cuentas y una conducción certera se puede lograr.

Es difícil declararse pesimista u optimista frente a un proceso tan complejo. Debemos ser realistas y, como decía Gramsci, continuar, quizás, con el pesimismo de la mente, pero siempre con el optimismo del corazón.