Fidel


"Peor que los peligros del error son los peligros del silencio." ""Creo que mientras más critica exista dentro del socialismo,eso es lo mejor" Fidel Castro Ruz

jueves, 9 de julio de 2026

Revisitando los 70 y 80 con Humberto Pérez



Las palabras del recientemente fallecido economista podrían iluminar de otra manera las inopias intelectuales e ideológicas de este presente, más oscuro que los apagones.

Por Rafael Hernández OnCuba


El regreso a la vida pública de Humberto Pérez ocurrió a mediados de 2015, en un debate de Último Jueves dedicado a un balance crítico de los años 70.

Aceptó aquella inusual invitación como si no creyera del todo que fuera posible. Recuerdo que cuando tomó la palabra, se extendió todo lo que pudo, como si tuviera que aprovechar algo que no se iba a repetir.

Desde entonces, cada vez que lo invitamos, su principal inquietud era el tiempo, siempre escaso para todo lo que él tenía que decir. Haber estado callado desde mediados de los 80 representaba un largo silencio, demasiado largo.


Humberto Pérez por primera vez en Último Jueves. Foto: Orlando Freire Santana/Cubanet.

Así que reencontrarse en esos espacios públicos con sus viejos compañeros y con los jóvenes que había conocido en los años de ostracismo era como volver a la vida. También lo era, por cierto, con los que fueron sus contendientes en el debate doctrinal dentro de las filas revolucionarias, a fines de los 60 y principios de los 70. Gracias a aquel postergado reencuentro pudimos constatar que, a pesar de los arduos enfrentamientos anteriores, era posible que compartieran finalmente muchísimo más de lo imaginable.

Lo digo sobre todo tomando en cuenta la intensidad e incluso el encono de aquellas polémicas 1966-1971 en torno a la enseñanza del marxismo, y en definitiva, a la originalidad del proceso cubano y sus aportes claros y distintos a la teoría política revolucionaria.

Naturalmente, las circunstancias objetivas surgidas en la era possoviética favorecieron no solo aquella postrera reconciliación, sino algo más importante e impredecible: el hecho de que ambos contendientes terminaron compartiendo un mismo pensamiento crítico socialista. Así sería en lo adelante, en su caso particular y el de otros colaboradores suyos; y el de los marxistas heterodoxos cubanos de los años 60.

A este entendimiento también contribuyó que Humberto asimilara el periodo de ostracismo posterior a su alejamiento de la política con entereza, dignidad y sentido del compromiso, de manera que no se le convirtiera en amargura ni resentimiento. Haber sido capaz de arrostrar con esa actitud fue una prueba intelectual y política que le ganó prestigio y respeto, incluso entre los que no compartían su marxismo o su antigua visión del socialismo.

Muchos le atribuían esa visión a una filiación ideológica de origen, consistente en que Humberto había sido militante del viejo Partido Socialista Popular (PSP), en una zona de Las Villas donde los comunistas tenían arraigo. Él me aclararía que siempre había militado en el M-26, desde los años de la lucha armada contra la dictadura, aunque estaba familiarizado con el marxismo, pues su padre sí había sido militante comunista.

Fue hombre de extraordinario talento, capaz de construir un discurso de altos quilates intelectuales, y a la vez con dotes sobresalientes de cuadro y dirigente político, en particular esa cualidad más bien rara que es el liderazgo. Yo lo había notado entre sus antiguos colaboradores, quienes le mantenían un respeto y reconocimiento, no simplemente al jefe superior, sino al intelectual con ideas políticas propias que era.

Desde aquella primera invitación al debate de Último Jueves, me impresionó también su actitud receptiva y ecuánime en el intercambio de ideas. Aunque nunca fui lo que se dice su “amigo íntimo”, mantuve conversaciones con él y, sobre todo, un epistolario abundante, donde desplegaba una inagotable curiosidad intelectual, así como una afectuosa necesidad de comentarme en extenso cada cosa mía que él leía. Yo apreciaba muy especialmente esos apuntes suyos, dichos en un plano personal, como si estuviéramos él y yo solos tomando café, y sobre todo despojados de ese egocentrismo “de la gran escena” que domina las redes sociales y a sus jinetes.

Ojalá que haya dejado escritas, aunque sea parcialmente, sus memorias, que serían una contribución excepcional a entender los entresijos de esta historia que llamamos la Revolución.

Todo lo dicho hasta aquí repite casi textualmente las impresiones compartidas en el grupo del Consejo Asesor de Temas, cuando nos llegó la triste noticia de su último viaje en días recientes.

Tuve la idea entonces de que, en vez de un epitafio o una despedida, a él le habría gustado que recuperáramos sus propias palabras, dedicadas a revisar los estereotipos sobre los años 70 y 80. No solo por el afán de restaurar la historia de la Revolución, en un momento en que el pensamiento político ha sido desplazado por lo que el ilustre Leonardo Padura ha denominado “cáscara de piña”, sino porque esa restauración puede iluminar de otra manera las inopias intelectuales e ideológicas de este presente, más oscuro que los apagones.

Lo haré desde las preguntas que yo le formulé, y que una docena de asistentes multiplicaron en aquella tarde de julio de 2015, hace 11 años. A pesar de que sus respuestas están publicadas en una de las recopilaciones digitales de Último Jueves, sospecho que los lectores interesados me lo agradecerán. No solo por la cantidad de información novedosa, y por el enfoque tan diferente a lo que se repite de oído o desde “lo que le tocó a mi generación”, sino por la utilidad de sus reflexiones para cuestionar ilustres testimonios y verdades aceptadas, también sobre el presente.

¿Qué fueron los años 70? ¿Cuál fue tu papel en aquel periodo? Entre los diferentes aspectos que podrías abordar, te pido considerar el reordenamiento institucional, la construcción de un nuevo sistema político y de un modelo económico.

Fui presidente de JUCEPLAN durante diez años, por haber estado al frente de la Comisión de Implantación del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE) desde el Primer Congreso del PCC (1975) en adelante. Pero ya desde el año 72 tuve una participación activa en todo el reordenamiento institucional del país y en la creación del nuevo sistema político, además del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (SDPE).

Después del Big Bang de la Revolución (1959-1961), que no había obedecido a un plan, a una secuencia premeditada, sino que se produjo en respuesta a la dinámica de los acontecimientos, los años 70 son los de las mayores y más abarcadoras transformaciones de todo el proceso.

Esas transformaciones se concibieron en un sistema: lo que se hizo en el Partido, o en el Estado, o en la división político-administrativa y en la economía, obedecía a una secuencia, a un plan, a una estrategia única. El objetivo estratégico se orientaba a un esfuerzo descentralizador, democratizador y estabilizador del proceso revolucionario, en todos los ámbitos de la vida política y social del país, y de acuerdo con las circunstancias históricas, nacionales e internacionales.

Desde el año 1970 comenzó un proceso de fortalecimiento de las organizaciones de masas. Se crearon nuevos sindicatos y se desarrolló el movimiento sindical, que se había abandonado en los años anteriores. Se delimitaron las funciones del Partido, el Estado y la administración, que se habían fundido y cofundido en el período previo.

Entre las transformaciones más impactantes estuvo una nueva división político-administrativa. Hasta ese momento existían seis provincias, 58 regiones, 407 municipios, además del nivel nacional; que pasaron a 14 provincias y 169 municipios; y desapareció la región. El propósito era acercar los niveles de dirección al pueblo. La provincia de Oriente era seis veces la de Matanzas; Camagüey y Las Villas eran las mayores; y después, mucho más pequeñas. En las regiones más recónditas, el acceso del pueblo a los centros de dirección se hacía difícil; estaban alejados. Al hacerse más pequeñas las provincias y eliminarse uno de los niveles, se facilitó la descentralización de tareas y el acercamiento de los niveles superiores a los inferiores.

La otra transformación fue la estructuración y creación de los órganos del Poder Popular. Hasta ese momento existía el Consejo de Ministros como órgano ejecutivo y legislativo; y todas las actividades, incluyendo las municipales, estaban dirigidas desde los ministerios a través de delegaciones en la provincia, en la región, en el municipio. Los funcionarios que dirigían esas actividades eran designados escalonadamente: el de la nación designaba al de la provincia, este al de la región, y así.

Eso cambió de manera sustancial. Aparecen los primeros órganos electivos, es decir, las instituciones representativas, adonde se traslada la administración de todas las actividades relacionadas con la población, educación, salud, comercio, servicios; todas pasaron a ser administradas directamente por los municipios y, cuando más, por la provincia, por personas designadas en el propio municipio o provincia, por quienes, a su vez, habían sido elegidos, en vez de aplicar las decisiones de arriba. Además, se les dio una autonomía para que empezaran a resolver los problemas con recursos propios, y se estimularan las producciones locales.

En contraste con los diez años de la etapa anterior [1960-1970], cuando no se manejaban las relaciones mercantiles ni la contabilidad de doble partida, estas se restablecieron en este período. Así como el pago según el trabajo; se volvieron a vincular las normas y el salario; fueron eliminados los horarios de conciencia y se comenzó a suprimir las gratuidades que existían prolíficamente en el período anterior.

Se restablecieron los estudios de Economía y Contabilidad en la Universidad de La Habana, que se habían abandonado a partir del año 1966-67. Se hace una reestructuración completa del sistema empresarial del país, de acuerdo con la nueva división político-administrativa y con la existencia del Poder Popular. Las empresas ahora no eran solo de subordinación nacional, sino provincial o local. En esas empresas se intentó que hubiese una autonomía económica operativa, incluso en las nacionales, en ese esfuerzo descentralizador del que hablamos, con creación de fondos de estimulación.

En la agricultura se estimuló el desarrollo de cooperativas y, en cierto momento, el Mercado Libre Campesino, como se le llamó entonces. También se comenzó a desarrollar el trabajo por cuenta propia.

En este período, además, se ejecuta el primer plan quinquenal en la historia de la Revolución, y se pasa a confeccionar el segundo; y se empieza a elaborar, ya en los 80, un plan a largo plazo, con vistas a quince años.

En 1976 se aprobó la primera Constitución socialista, que luego se enmendó en 1992 y en 2002.

En el Primer Congreso se aprobó un nuevo programa que Fidel consideró que sustituía al Programa del Moncada, ya cumplido hasta ese momento. Ese sería el nuevo programa a seguir por la Revolución a partir del Primer Congreso.

¿En qué medida hubo influencia soviética en el sistema político cubano? ¿Lo que se instauró en los 70 no fue un socialismo de Estado? ¿Hubo realmente separación entre el Estado y el Partido en esos años, o, más bien, una estructura paralela de gobierno en el PCC? ¿Cuál fue el efecto del productivismo imperante en los 70 sobre el medio ambiente, la destrucción de los bosques para expandir la cosecha azucarera y el pasto para la ganadería? ¿Cuál fue la consecuencia de la sovietización de la educación superior?

Estamos tratando de caracterizar y tipificar los años 70, que no son un compartimento estanco dentro del proceso revolucionario; penetran cosas que vienen de atrás y que, por inercia, como es natural, continuaron presentes, haciendo resistencia a los esfuerzos que se hacían y a los acuerdos que se tomaban. Se terminaron los 70, los 80 y hoy, en los discursos, se está volviendo a mencionar, con nostalgia, que se deben desempolvar aquellos acuerdos que se tomaron en los 70 y que no se cumplieron.

Algunas transformaciones se concretaron, otras solo se iniciaron, se desarrollaron unos años más, pero finalmente fueron truncadas.

En el Informe al Sexto Congreso del Partido, Raúl se refiere a seis citas de Fidel en el Primer Congreso; lo califica de trascendental, y dice que “se malogró el sistema de dirección que nos proponíamos implantar”. Reconoce que aquel sistema, con mayores o menores bondades, se malogró y no se implantó. Lo dice en ese Informe y lo dice después en la Conferencia Nacional del Partido: se engavetaron los documentos donde estaba dicho lo que había que hacer.

Lo del partido único no surge en los años 70, sino cuando se creó el PURSC y, virtualmente, desde las ORI. Para elaborar los documentos que trataban de hacer las delimitaciones entre Partido y Estado, nos basamos en lo que habían dicho Fidel y el Che sobre cómo debía funcionar el Partido.

En aquel momento, vísperas del 70, existían los llamados jefes de sectores, que dirigían —y puedo mencionar los nombres y las áreas— partido, gobierno y sindicato; todo estaba subordinado al jefe de sector correspondiente.

Entre los esfuerzos y pasos en los 70 está separar una cosa de la otra. Por eso surge el Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros, y el aparato del Comité Central, creado, hasta cierto punto, en paralelo con el gobierno, con sus departamentos.

Hay una carta de Alfredo Guevara, del año 73, muy previsora, a la dirección del Partido, donde planteaba sus preocupaciones con este paralelismo, y que él no veía cómo aquello se podía separar. Eso motivó un documento, que aprobó el Secretariado, con Fidel al frente: “Comunicación del Secretariado acerca de las relaciones que deben existir entre los Departamentos del Comité Central y los organismos centrales del Estado”. Ese documento se orientó como guía a cumplir, pero realmente en la práctica resultó lo que Alfredo Guevara había dicho.

Hoy todavía se está volviendo a plantear la necesidad de separar partido y Estado, cuarenta años después. Quiere decir que aquello no se resolvió ni en ese período, ni en el posterior, ni en el Período Especial, y hoy está de nuevo sobre el tapete. Cuando se redacte la nueva Constitución, hay que ver cómo se resuelve la contradicción de la soberanía de todo el pueblo y del grupo de avanzada que es el Partido. Eso nunca se ha resuelto.

Otra cuestión: el socialismo de Estado estaba presente antes y durante el período 1966-70. Con la Ofensiva Revolucionaria llegó a su punto culminante. En ese período se creó y desarrolló su trabajo la Brigada Che Guevara. El organismo llamado DAP (Desarrollo Agropecuario del País) fue el que dirigió aquellas bolas que arrasaron con palmares, arboledas, mameyes. El propósito era acabar con el marabú, pero arrasaron con la quinta y con los mangos. Ese momento era centralizador completamente, el de la Ofensiva Revolucionaria, el del Cordón de La Habana, el plan de San Andrés de Caiguanabo.

Hablamos de los 70 como un período cuando se pretendió descentralizar y democratizar, crear instituciones, etc., porque era una deuda. Todos hemos leído El socialismo y el hombre en Cuba, escrito en marzo de 1965. Allí el Che plantea la necesidad de institucionalizar al país. El 28 de septiembre de ese mismo año, en vísperas de la creación del Comité Central, Fidel dice que era necesario institucionalizar, hacer una Constitución, realizar un Congreso del Partido, constituir los órganos locales. No los llamó órganos del Poder Popular, sino las comunidades que se autoadministrarían, etc. Incluso, derivada de la constitución del Comité Central, se crea la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos, donde están Blas Roca, Pepín Naranjo y Alfredo Yabur, entonces ministro de Justicia, para que empezara a trabajar en el proceso de institucionalización.

Varios acontecimientos del período 66-70 interrumpen esto. Están las acciones del Che. En el Congo primero, en Bolivia después, y todo lo que involucró a la Revolución en eso. Está la Microfracción, que aparece en enero del 68, lo que no ayuda al mejoramiento de relaciones con la Unión Soviética, que estaban heridas desde la Crisis de Octubre, sino que las ahonda un poco más, porque algunas embajadas, entre ellas las de la Unión Soviética y la de la RDA, participaron en aquella conspiración. Se alivió un poco cuando Fidel apoyó a la URSS en los sucesos de Checoslovaquia, pero la relación quedó lastimada.

Así llegamos a 1970. No fue la zafra lo principal que fracasó, sino el intento de asalto al cielo que pretendimos en la construcción del socialismo y el comunismo. Lo que se vio que no resultaba. Y se llegó al 70 con unos índices de eficiencia por el piso, en algunos casos a niveles del 61 y 62. Le puedo facilitar las fuentes al que quiera comprobarlo.

Es ante esos hechos que Fidel reaccionó. Creo que, como siempre ha sido capaz de hacer, él no se ha empecinado en una línea cuando no da los resultados que él espera. Y hace una serie de planteamientos en el año 70, y hasta mayo del 71, acerca de cómo hay que dar marcha atrás y tratar de separar Partido y Estado, fortalecer las organizaciones de masas, crear los Poderes Locales, que era como los llamaban entonces.

El proceso empieza más en serio cuando, en vísperas del viaje de Fidel por África y los países socialistas, en el año 1972 —visitó nueve países y estuvo un mes y medio afuera—, le dejó encargado al Buró Político, encabezado por Raúl, que fuera trabajando en tres cosas: cómo dirigir mejor la economía, la planificación, etc.; cómo fortalecer al Partido y cómo fortalecer al Estado, creando las comunidades locales, etc. El trabajo le fue expuesto a Fidel a su regreso, y se estableció un orden para los pasos: primero, el Partido y las organizaciones de masas. Ahí viene el XIII Congreso de la CTC.

Voy a aprovechar para responder algunas imputaciones que a veces se hacen —estoy hablando individualmente— extrapolando lo que ocurrió en la esfera de la cultura y otras áreas. Dado el ingreso de Cuba al CAME (Consejo de Ayuda Mútua Económica), se habla de una tendencia de copia, de calco, de un mimetismo de todo lo de los países socialistas. En mi opinión, eso no fue así. O lo fue solo en la medida en que, lógicamente, el primer socio económico, político y militar, de alguna manera, debe influir.

Yo diría que donde se hizo una copia bastante fiel fue en lo de la estructura de los organismos centrales del Estado, es decir, de los ministerios. Fuera de eso, no creo que hubiera mimetismo.

En los Poderes Populares, la propuesta se deriva de un estudio orientado por Fidel, en la provincia de Matanzas, antes de la experiencia, que empezó en 1974. Matanzas se había escogido por su proximidad a la capital y por ser manejable para el experimento. Como resultado de ese estudio, no de qué estaban haciendo en los países socialistas, se organizó el Poder Popular.

Hay una cosa inédita en nuestro proceso electoral. En todos los países socialistas, la nominación de candidatos la hacía el Partido. Cuba fue el único donde se estableció que no la hiciera el Partido a nivel de base, sino el pueblo, aprovechando la estructura de los CDR, de la ANAP, etc., que facilitaba la conformación de las circunscripciones electorales.

Es más, hubo discusiones en el seno de la dirección del país sobre si se iba o no a la elección directa de los cargos superiores. Lo aparentemente más democrático iba a resultar lo menos democrático, se decía. Porque, ¿quién iba a nominar a esos candidatos? En la Asamblea Municipal, era fácil, porque los vecinos se conocían entre sí y sabían quién era el más indicado. Pero ¿quién es el más indicado para ser diputado a la Asamblea Nacional?

Entonces se entendió que, en el momento, y esperando por etapas futuras, iba a resultar más democrático proponer a los directamente elegidos en la base por el pueblo. La Asamblea Nacional tendría una composición —cosa que se cambió después, en mi opinión, desfavorablemente, buscando la aparente democracia de la elección directa— donde 50 % de los diputados fueran delegados de la base. Ahora se dice que hasta el 50% son delegados de la base. El “hasta” quiere decir que con uno ya se está cumpliendo el precepto de la ley electoral; cosa absurda. No es el mínimo, es hasta.

***

Claro que estas reflexiones de hace once años difícilmente pueden dar cuenta del acumulado de problemas y políticas acordadas, y aún menos implementadas o aplicadas a cualquier nivel, que alguna persona o miles hayan experimentado en su vida diaria. Ni pueden reemplazar a investigaciones que no se han hecho, basadas en datos, documentos y comprobaciones, no solo en testimonios personales. Pero no cabe duda de que un protagonista de esas políticas resulta una fuente especialmente útil para entender lo que pasó, y estimar cómo y por qué se trabaron.

Sobre esa última pregunta, que no tuve tiempo de hacerle a Humberto en el verano de 2015, me gustaría volver en el actual. De hecho, unos meses después, para resarcirlo por el poco tiempo que había tenido en aquel panel, publicaríamos un texto suyo, en ocasión del 40 aniversario del Primer Congreso del PCC, donde vuelve a narrar ampliamente el proceso de los 70 y primeros 80, y de paso, responde a aquella pregunta candente: a pesar de haber sido aprobadas en dos congresos del PCC y refrendadas en una constitución, aquellas políticas sufrirían tropiezos y tendrían resultados contraproducentes, por lo que fueron cuestionadas, sometidas a revisión y encaminadas a una cierta rectificación, que naufragaría en la tormenta perfecta denominada Período Especial. ¿Por qué? Con esta respuesta de Humberto, escrita hace diez años, dejo a los lectores con un complejo y estratégico asunto de la mayor actualidad, que se suele caracterizar como económico, y que tal vez no lo sea tanto:

“Se debió en parte a la falta de capacidad, tenacidad, sistematicidad, seguimiento, exigencia y control en su aplicación, pero en gran parte también a que algunas de las ideas y concepciones aprobadas, sobre todo en el terreno de la dirección y gestión económicas, no gustaban lo suficiente ni satisfacían y convencían a plenitud a toda la dirección del país en aquellos momentos, que las aceptó y aprobó con reservas y desconfianza desde un inicio, debido a las similitudes que tenían con los sistemas de dirección económica de los países del CAME, y a las advertencias que había dejado escritas el Che respecto a los riesgos que representaban para el futuro del socialismo.

Estas reservas y desconfianza llevaron a que todos los incidentes, tropiezos y errores que se producían en la aplicación del SDPE aprobado por el Primer Congreso fueran seguidos con mucha cautela y prejuicios —alimentados por los hechos y tendencias negativas que comenzaron a manifestarse en los países socialistas europeos, incluyendo a la URSS, a mediados de los 80, como presagios de su desmoronamiento—. Afloraron con fuerza en el discurso y en el curso de los acontecimientos en Cuba en la segunda mitad de la década, lo cual tuvo una influencia determinante en la opinión desfavorable que se formó y que aún en parte se mantiene acerca del periodo que analizamos.”

Se me ocurre que quizás estemos abocados a un momento parecido, aunque invertido. Un momento en el cual un paquete de reformas se puede percibir por algunos como negaciones de la esencia del socialismo como sistema, y en la práctica, tiende a representarse como traición a la causa. Sin mucho tiempo para pensarlo, aprender de la historia anterior no estaría de más.

Aprovechando el apagón, se los dejo como tarea.

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