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domingo, 26 de julio de 2020

Guerras de capitales

Michael Roberts 20/07/2020
Hemos abordado el debate de que el principal problema mundial en el siglo XXI es la creciente guerra comercial y tecnológica entre los EEUU y China. En su libro, Las guerras comerciales son guerras de clase, Klein y Pettis consideran que los desequilibrios comerciales son causados ​​por la desigualdad, el ingreso y el consumo en las dos potencias: China tiene un "exceso de ahorro" y Estados Unidos tiene un "exceso de consumo". He defendido que esta tesis no se sostiene en artículos anteriores.
Ahora tenemos el libro Capital Wars como una explicación alternativa de la rivalidad entre China y los Estados Unidos. La rivalidad entre Estados Unidos y China en la esfera económica se ha desarrollado hasta ahora en el comercio y la tecnología. La fricción en los mercados financieros no ha sido comparable. De hecho, a medida que se incorporan más acciones chinas en los índex globales, los inversores estadounidenses han estado invirtiendo capital en China a través de su inversión en fondos de inversión que siguen los índex.
Sin embargo, es poco probable que eso dure, según Michael Howell, ex director de investigación del banco de inversión Salomon Brothers, que ahora dirige su propia consultora. En Capital Wars, señala que las líneas de intercambio abiertas por la Reserva Federal de los EEUU a otros bancos centrales después de la crisis financiera de 2008, que se ha repetido con la crisis del coronavirus, se han extendido a naciones amigas, pero China ha sido excluida. Por lo tanto, el papel de la Reserva Federal como prestamista global de último recurso ha sido parcial y politizado.
Howell reconoce que la naturaleza de la relación entre estas dos potencias no es equilibrada. A pesar de la disminución de su participación en la producción mundial, Estados Unidos es el principal proveedor de la moneda de reserva dominante para los mercados mundiales. Pero su economía está marcada por un bajo crecimiento de la productividad junto con mercados financieros altamente desarrollados. China ha disfrutado de un alto crecimiento de la productividad a medida que se moderniza, pero ha subdesarrollado los mercados financieros. Sus persistentes excedentes comerciales han contribuido a una enorme acumulación de reservas de divisas: la mayoría en activos en dólares. Todo esto crea una interdependencia fragmentada.
El auge económico de China coincidió con un largo período de liberalización en los mercados financieros internacionales. Un tema central del libro de Howell es el aumento de la liquidez global: los grandes flujos de crédito, ahorro y capital internacional que facilitan la deuda, la inversión y los flujos de capital transfronterizos. En 2019, este flujo internacional de fondos se estimó en $ 130 billones, dos tercios más que el PIB mundial. La contribución de China era cercana a los $ 36 billones.
No hay nada nuevo en la visión de Howell. De hecho, varios autores, incluido yo, han señalado el enorme aumento de "liquidez", es decir, de la oferta de dinero, del crédito bancario, de la deuda (tanto pública como privada) y de los instrumentos de deuda como los derivados, particularmente desde principios de la década de 2000.
Lo nuevo es el énfasis de Howell en las nuevas formas que el sistema financiero ha encontrado para expandir lo que Marx llamó 'capital ficticio', es decir, activos financieros que supuestamente representan nuevos valores y ganancias futuras. Los bancos solían depender de los depósitos de los clientes para prestar y especular con ellos; ahora la principal fuente de fondos no son los depósitos, sino los acuerdos de recompra o 'repos', una forma de préstamo que debe ser respaldada por un 'colateral' en forma de activos “seguros” como bonos del gobierno.
Howell argumenta, como otros, que el sistema financiero ha superado el modelo de posguerra, cuando los bancos eran los principales facilitadores de préstamos. Tomaban prestado de sus depositantes minoristas y daban crédito a particulares y empresas. Hoy predominan los mercados mayoristas; y los principales proveedores de fondos son instituciones financieras y grandes empresas como Apple o Toyota. Los usuarios van desde compañías y bancos hasta fondos de cobertura y gobiernos: finanzas no bancarias o 'banca en la sombra'.
El principal argumento de Howell es que la principal fuente de inestabilidad en el sistema financiero moderno ha sido la escasez de activos seguros para estos creadores de liquidez, ya que no se ha emitido suficiente deuda pública y el rendimiento era bajo de todos modos. De hecho, antes de la crisis financiera de 2008, los bancos de inversión intentaron inventar nuevos 'activos seguros', como las obligaciones hipotecarias garantizadas. Por supuesto, ahora sabemos que dichos activos no eran "seguros" en absoluto, solo un esquema de crédito Ponzi gigantesco que resultó ser muy "ficticio" cuando el colapso financiero global en 2007-2009.
La pregunta que Howell sugiere es si la gran inyección de dinero crediticio por parte de la Reserva Federal y otros bancos centrales para rescatar a compañías y gobiernos en la crisis pandémica del COVID conducirá posteriormente a un "shock" financiero similar. La diferencia ahora es que es el estado el que está comprando estos 'activos seguros' directamente, en lugar del sistema bancario o la “banca en la sombra” como en 2008-9. Sin embargo, el tamaño de las compras de bonos corporativos e hipotecarios del banco central, así como el papel del gobierno, es tan grande que, si hubiera un tsunami de bancarrotas, el prestamista de último recurso (el banco central) – convertido en la actualidad en el primer comprador de capital ficticio-  puede terminar con enormes pérdidas que los gobiernos tendrían que absorber.
Un mérito del libro de Howell sobre otros del mismo tipo es que ofrece una explicación de por qué hubo este cambio drástico de la "banca tradicional" a la "financiarización" de los activos gubernamentales y corporativos. Howell sitúa la causa directamente en el colapso de la rentabilidad en los sectores productivos de la economía.
Howell reconoce que la caída de la rentabilidad del capital industrial condujo a una creciente 'liquidez' global y esto contribuyó a la caída de las tasas de interés de los activos de riesgo, lo que condujo a la búsqueda de activos financieros seguros, abandonando la deuda pública y buscando 'repos', en detrimento de la inversión productiva.
Sin embargo, Howell comprende a medias la historia de los últimos treinta años, el colapso financiero global y la Gran Recesión. Desafortunadamente, a pesar de referirse al análisis de Marx en ocasiones, Howell no lo usa. En cambio, recurre a las macro-identidades keynesianas habituales para explicar por qué ocurren las crisis. Como con todas las macro-identidades keynesianas, las ganancias desaparecen de la ecuación.
Howell parte de la identidad básica: ahorro = inversión y la revisa en su ecuación clave: liquidez = inversión fija más la adquisición neta de activos financieros. La liquidez es realmente ganancia más crédito en sus diversas formas. Sin embargo, para Howell, la fuerza impulsora del capitalismo moderno no es la parte lucrativa de la "liquidez", esa vieja conocida. Es la parte del crédito. Para él, los flujos financieros y la asunción de riesgos de los inversores impulsan la economía real y los precios de los activos, y no al revés. Más liquidez conduce a más compras de activos financieros. Y más compras de activos financieros requieren más liquidez. Así, pasamos de una visión del capitalismo como un modo de producción con fines de lucro, al capitalismo como un modo de especulación e inestabilidad financieras.   Esta teoría es similar al enfoque de Minsky y las modernas teorías de la "financiarización".
Para Howell, la próxima guerra entre EEUU y China se librará no tanto a través del comercio o la tecnología, sino de los flujos financieros y el control de las monedas internacionales a medida que las potencias rivales luchen por ofrecer los activos financieros "más seguros" al capital global: por ejemplo, ¿el dólar o el renminbi?
Claramente hay algo de verdad en esto. Si China pudiera ofrecer una moneda fuerte y con líquidez para reemplazar al dólar, el imperialismo estadounidense estaría en serios problemas. Pero una moneda fuerte no puede ser "creada" por los mercados financieros; proviene de la fuerza relativa de la productividad del trabajo y la creación de valor en una economía. Ahí es donde se centra la guerra económica; con el comercio, la tecnología y las finanzas como campos de batalla. El valor es lo decisivo, no el crédito.
 
es un reconocido economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.
Fuente:
https://thenextrecession.wordpress.com/2020/07/19/capital-wars/
Traducción:
G. Buster, Sin Permiso

sábado, 22 de abril de 2017

Cómo el capital financiero gobierna el mundo

Nick Beams, wsws.org, Jaque al Neoliberalismo

Un artículo publicado la semana pasada en la página web de noticias australiana The Conversation ha puesto en dominio público algunos hallazgos importantes sobre el alcance de la dominación global del capital financiero.

Basado en una investigación llevada a cabo en el 2009, el artículo de David Peetz y Georgina Murray, académicos de la Universidad Griffith en Queensland, Australia, sintetiza su análisis del control ejercido por el capital financiero sobre las 299 mayores corporaciones del mundo (o CMGs).

A pesar de que la investigación ya tiene más de siete años, los autores señalan que, “desde entonces hemos descubierto que la tendencia es de creciente concentración en varios países en las últimas tres décadas”.

Su artículo comienza disipando el mito de que las grandes corporaciones públicas son propiedad de una gran cantidad de accionistas —una ilusión promovida continuamente en los medios de comunicación para potenciar el argumento de que los trabajadores tienen un “interés” en la bolsa de valores.

“Cuando una sola organización [el fondo de inversión estadounidense Black Rock] controla más del 6 por ciento de las acciones en las corporaciones más grandes del mundo y 30 controlan más de la mitad de todas las acciones en estas corporaciones, eso representa una concentración muy alta".

“Nuestro estudio del 2009 descubrió que varias formas de capital financiero controlaban la gran mayoría (68,4 por ciento) de las acciones en las grandes corporaciones del mundo. Los individuos o familias poseían sólo una proporción mínima (3,3 por ciento), y las compañías industriales poseían relativamente poco”.

La investigación está basada en una base de datos compilada por Bureau van Dijk, que combina información de alrededor de 100 fuentes, cubriendo casi 63.000 compañías en todo el mundo.

En un trabajo de investigación publicado en el 2009, titulado “Quién gobierna el mundo —propiedad y el capital financiero”, ambos autores informaron que unas 30 organizaciones, bancos e instituciones financieras poseían o controlaban entre ellas el 51,4 por ciento de las 299 CMGs en su base de datos.

Es decir, sólo el 1,5 por ciento de los accionistas controlaban más de la mitad de las acciones.

Este informe señalaba cuál es el mecanismo principal mediante el cual el capital financiero ejerce su control sobre las compañías en las que posee acciones.

Las instituciones financieras ejercen su poder “no a través de la voz”, es decir, teniendo directivos en las empresas, sino “a través del retiro” —la amenaza continua de retirar fondos de las acciones de las CMGs “si no llegan las ganancias adecuadas”. Mediante el uso de su poder en los mercados financieros y la presión que ejercen sobre los gerentes para mejorar “el valor para los accionistas”, el capital financiero es capaz de dictar los términos.

En efecto, le hace entender a la gerencia a través de los mercados financieros: “Si no haces todo lo posible para maximizar las ganancias —ya sea a través de una mayor productividad, una expansión a gran escala o la reducción de costos—, venderemos nuestra participación financiera o, de lo contrario, los desplazaremos como gerentes”.

Este modo operativo lleva a una conclusión importante que los autores logran sacar. Desde el punto de vista de la lógica esencial del sistema, la distinción entre capital industrial y capital financiero es engañosa. “Esto es porque, al final, el capital industrial es el capital financiero. Si alguna vez hubo un tiempo en el que el mundo era dominado por grandes corporaciones poseídas por unas pocas familias e individuos cuyos valores personales, caprichos y preferencias definieron el comportamiento de las corporaciones, ese tiempo ha pasado. El mundo es dominado por corporaciones que siguen la lógica del capital financiero—la lógica del dinero—porque eso es lo que son. Su lógica no es la lógica de los individuos, sino la lógica de una clase”.

Los datos sobre el país de origen de las grandes corporaciones y de las instituciones financieras que las controlan permiten una lectura interesante y políticamente significativa.

El mayor número de las CMGs, 86 en total, o el 29 por ciento, es originario de Estados Unidos. Los siguientes cuatro países en la lista son: Japón con 48; Gran Bretaña con 23; Francia con 23; Alemania con 20. Luego vienen en orden Corea, China, Italia y Australia.

La concentración de propiedad en las mayores potencias capitalistas es aún más pronunciada cuando se trata de corporaciones financieras. De las 10 principales corporaciones financieras que dominan a las CMGs, 6 tienen su origen en EEUU, 3 en Francia y 1 en Gran Bretaña. EEUU es el país de origen de 10 de las principales 21 entidades financieras. Fuera de este grupo, 18 tienen acciones en por lo menos 100 de las 299 corporaciones más grandes.

Dos instituciones financieras de EEUU se destacan: Black Rock y Capital Group. Ambas tienen el mayor número de acciones en una importante cantidad de compañías. En el caso de Black Rock, es el principal accionista de 42 o el 13 por ciento de sus participaciones. En el 55 por ciento su participación accionaria, Black Rock está entre los 5 accionistas principales, al igual que Capital Group con el 45 por ciento de sus participaciones.

El significado político de estos hallazgos es que refutan las afirmaciones hechas por virtualmente todos los grupos de pseudoizquierda de que Rusia y China son potencias imperialistas. No basan estas definiciones en ningún análisis económico, ya que ni las instituciones chinas ni las rusas figuran entre las principales entidades financieras que controlan las grandes corporaciones.

Como Lenin dejó claro en su obra El imperialismo, la época imperialista se caracteriza por la dominación global del capital financiero, controlado por un puñado de grandes potencias.

Este punto también fue subrayado por Trotsky cuando se opuso a varias tendencias que argumentaban que la Unión Soviética era “capitalista de Estado” y que la expansión territorial que la burocracia estalinista buscaba en relación con Europa del Este era “imperialista”. Un gran número de grupos de pseudoizquierda surgieron de esta corriente.

“En la literatura contemporánea, por lo menos la literatura marxista, el imperialismo se entiende como la política expansionista del capital financiero, que tiene un contenido económico muy bien definido”.

Decir otra cosa es sembrar la confusión, continuó Trotsky. Este es exactamente el objetivo de la pseudoizquierda. Dejando de lado cualquier análisis económico científico, ellos usan la palabra “imperialista” como un epíteto. Esto surge de sus motivaciones políticas, ya que se alinean detrás de sus “propias” potencias imperialistas, sobre todo EEUU, en la cada vez más intensa campaña de guerra contra Rusia y China.

Además, la investigación de Peetz y Murray es una confirmación sorprendente del análisis entero de Lenin en El imperialismo.

Él insistió en que el imperialismo no era una política preferida que podía ser reemplazada por alguna otra orientación, sino que éste surgió de una fase definida del desarrollo capitalista, su fase superior y final, reemplazando al capitalismo de libre competencia del siglo XIX.

Lenin enfatizó que el capital financiero buscaba la dominación económica no sólo de los países coloniales y sus recursos, sino de todo el mundo, tanto de países avanzados como oprimidos. Su política fluía de su economía —dando fin a la democracia liberal y la libertad e imponiendo reacción “en toda la línea”.

Él estaba escribiendo al comienzo de la época imperialista, que anunció su llegada con la erupción de la Primera Guerra Mundial, el 4 de agosto de 1914.

Muchas cosas han cambiado desde el siglo pasado, pero lo sorprendente es que las tendencias básicas de desarrollo económico han seguido el curso esbozado por Lenin. Por ejemplo, él enumeró cinco países —EEUU, Gran Bretaña, Francia, Alemania y Japón— como el núcleo del sistema imperialista. Como deja claro el análisis de Peetz y Murray de los datos sobre las CMGs y las instituciones financieras más prominentes, esas potencias permanecen en lo más alto de la lista.

Lenin identificó al conflicto entre las grandes potencias como la fuerza motriz objetiva de la guerra, en la medida en que cada una lucha por el dominio del mundo y entra en conflicto violento con las demás.

El desarrollo de corporaciones e instituciones financieras globales llevó a un punto crítico la contradicción fundamental del modo capitalista de producción: entre el desarrollo de la economía a nivel mundial y el modelo de Estado nación en el que está arraigado el sistema de lucro privado.

Como explicó León Trotsky, en el análisis final, la guerra fue una “revuelta de las fuerzas productivas contra la forma política de Estado y nación”. El imperialismo buscó resolver este problema de forma militar para decidir “cuál país debe transformarse de una gran potencia a ser la potencia mundial”.

En oposición al imperialismo, la clase trabajadora tenía que avanzar su propia resolución e impedir el paso de la civilización al barbarismo a través de la revolución socialista mundial —el derrocamiento del sistema de lucro privado capitalista y del Estado nación— con el fin de sentar las bases para establecer una organización socioeconómica superior a nivel global

Lenin hizo hincapié en el mismo tema en El imperialismo. La transformación del capitalismo competitivo del siglo XIX en imperialismo, o capitalismo monopólico, no sólo creó las condiciones para la guerra. También sentó las bases objetivas para una economía socialista mundial planificada. La dominación del capital financiero, el crecimiento de las corporaciones que organizan la producción a escala mundial, la interrelación de las participaciones de los bancos y las corporaciones implicaron una transformación en las relaciones sociales de la producción—la enorme socialización de la producción y la mano de obra.

Durante el boom económico de la posguerra, muchos observadores miopes—economistas burgueses y también algunos que afirmaban ser marxistas—sostuvieron que el análisis de Lenin y Trotsky se había vuelto obsoleto.

Ha sido reemplazado, dijeron, por desarrollos políticos y económicos. Las colonias de las potencias imperialistas habían logrado la independencia —no sin una lucha considerable— y estaban buscando un desarrollo económico nacional.

En el frente económico, el capital financiero, sobre el que el movimiento marxista puso un gran énfasis, había pasado a un segundo plano ya que actuó como siervo de las grandes corporaciones industriales que llegaron a dominar el panorama económico.

Pero dentro del marco del desarrollo económico e histórico más amplio, este fue un episodio corto. El auge económico de la posguerra duró sólo un cuarto de siglo, terminado a inicios de la década de 1970. La profundización de la crisis de la rentabilidad que puso fin al boom fue la fuerza motriz detrás de una vasta reestructuración del capitalismo mundial, basada en la globalización de la producción para aprovechar fuentes de mano de obra barata, alcanzando un grado de explotación más allá de lo logrado en la era del colonialismo directo y de la expansión del capital financiero.

El resultado es que la tendencia de desarrollo ha retornado, a un nivel superior, al camino trazado por Lenin. Y el avance cada vez más profundo hacia la guerra ha sido su resultado inevitable.

Al mismo tiempo, la integración de la producción ha sentado las bases objetivas para el desarrollo de una economía socialista mundial planificada. Esto se refleja no sólo en los hallazgos del estudio de Peetz y Murray, sino también en la investigación llevada a cabo en 2011.

Un artículo publicado en la revista internacional científica New Scientist en septiembre de ese año, titulado “La red de control corporativo global”, detalló tanto la enorme socialización de la producción como la dominación del capital financiero.

Mostró que en el corazón de la red de 43.000 corporaciones transnacionales había una “súper-entidad” de 147 empresas unidas más estrechamente, que controla una gran porción de la riqueza de toda la red. Según James Glattfelder, uno de los tres coautores del informe, “En efecto, menos del 1 por ciento de las compañías fue capaz de controlar el 40 por ciento de la riqueza total de la red”.

Las 20 principales compañías de este grupo estaban controladas por el capital financiero, como Barclays Bank, JPMorgan Chase y Goldman Sachs.

En la conclusión de su informe del 2009, escrito inmediatamente después de la crisis financiera global, Peetz y Murray apuntan que los Estados necesitan ejercer “cierto control sobre el capitalismo”, argumentando que “permitirle libertad sin restricciones es invitar nuevas crisis”.

Pero la posibilidad de algún tipo de reforma del capitalismo y de sus mandos en el capital financiero es una ilusión.

De hecho, el análisis de los dos autores es por sí mismo una refutación de su perspectiva política. Como señalan significativamente, la lógica del sistema es la lógica del dinero mismo.

La lógica del dinero, como la expresión material del capital, es decir, el valor que se expande sobre sí mismo, es derribar todas las barreras para su crecimiento.

El capital financiero no sólo domina y rige sobre las corporaciones. Como aclaró Lenin, también determina las políticas de Estados nominalmente independientes, incluso los más poderosos. Hoy, dicta todas las políticas gubernamentales, atacando servicios sociales vitales como la educación y la salud, exigiendo la reestructuración del mercado laboral de acuerdo a la necesidad de mayores ganancias.

Las experiencias de los últimos 30 años demuestran este hecho económico. A principios de la década de 1980, cuando el presidente francés, François Mitterrand, trató de poner algunos controles sobre los bancos, sus políticas fueron dinamitadas a través de las operaciones de los mercados financieros.

Otra experiencia importante ocurrió en 1992, cuando el capital financiero, en forma del fondo de inversión perteneciente a George Soros, forzó la devaluación de la libra esterlina al vender en corto la moneda británica y embolsarse alrededor de 2.000 millones de dólares en el proceso, a expensas del Banco de Inglaterra.

Cada gobierno vive ahora con miedo a una retirada masiva de su moneda y al veredicto de las agencias de calificación crediticia sobre sus políticas.

A fines de 1993, cuando el rendimiento de los bonos se elevó debido a la preocupación sobre el nivel de déficit del gobierno de EEUU, el gobierno de Clinton implementó una serie de medidas para imponer recortes significativos en asistencia social a fin de satisfacer las exigencias del capital financiero. En su momento, James Carville, asesor político de Clinton, comentó: “Solía pensar que si existía la reencarnación, quería regresar como el presidente de EEUU o el Papa o como un gran bateador de béisbol. Pero ahora me gustaría regresar como el mercado de bonos. Puedes intimidar a todos”.

Hay dos cuestiones básicas a tener en cuenta aquí.

En primer lugar, el capital financiero no es una figura extraña de la economía capitalista, alguna serpiente diabólica que se las ha arreglado para deslizarse en el auténtico Jardín del Edén de la ganancia y la propiedad privada, sino que surge de los cimientos de este sistema.

Al inicio de su trabajo preparatorio para El Capital, Karl Marx se enfrentó a los conceptos adelantados por el socialista pequeñoburgués Pierre-Joseph Proudhon, quien sostenía que era posible frenar los estragos financieros conservando la propiedad privada y el mercado capitalista de dónde surgió.

Como Marx señaló, esto era como tratar de acabar con el Papa conservando la Iglesia Católica.

En segundo lugar, lo esencial para el análisis de Lenin, confirmado por la investigación de Peetz, Murray y otros, es que el aumento y la dominación del capital financiero, que traen consigo la privación social y el peligro siempre creciente de una guerra mundial, no es una política u opción preferida, sino el resultado de una fase o etapa definida en el desarrollo del sistema capitalista en sí.

Esto significa que la única perspectiva viable y realista para finalizar la marcha hacia la guerra, para asegurar la paz e igualdad genuinas —el tema de la celebración de este año del Día Internacional del Trabajador de parte del Comité Internacional de la Cuarta Internacional— es la lucha por el programa de la revolución socialista mundial de la clase trabajadora internacional, cuya situación objetiva la coloca en oposición al capital.
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