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miércoles, 11 de mayo de 2022

Se proyectan cien millones de casos de coronavirus en la ola del otoño e invierno en EE.UU.

Por Bryan Dyne. WSWS

El Gobierno de Biden anunció el viernes que espera que EE.UU. registre 100 millones de casos nuevos de COVID-19 durante los meses de otoño e invierno. Según el artículo del Washington Post que publicó la noticia, el Gobierno también advirtió de una “importante ola de muertes”.

Las proyecciones fueron realizadas por un oficial no identificado de la Casa Blanca durante una rueda de prensa privada y los detalles aún no se han hecho públicos. Lo más que indica el Post es que el Gobierno hizo sus estimaciones con base en “modelos externos de la pandemia” que asumen que ómicron y sus subvariantes seguirán dominando.

Las proyecciones se vuelven aún más sombrías si aparecen variantes nuevas e incluso más virulentas, como ocurrió repetidamente desde que alfa fue detectada por primera vez en Reino Unido a fines de 2020.

Las implicancias de alcanzar niveles tan masivos de contagios son pasmosas. Cien millones de casos nuevos duplicaría con creces la cifra oficial de casos de la pandemia de 83 millones. Cien millones de casos nuevos sugeriría, con base en un estudio publicado en abril por la Oxford University Press, que habría 43 millones de casos nuevos de COVID persistente. Cien millones de casos nuevos implica, según la tasa de letalidad por caso aceptada de 0,5 por ciento, 500.000 muertes más.


Enfermero Bryan Hofilena pone etiquetas de “Paciente de COVID” a la bolsa del cadáver de un paciente que murió por coronavirus en el centro médico Providence Holy Cross, Los Ángeles, California, 14 de diciembre de 2021. [AP Photo/Jae C. Hong]

Un reporte de ABC News sobre estas proyecciones, que incluye una entrevista con el coordinador de la respuesta al coronavirus de la Casa Blanca, Ashish Jha, presenta un panorama grave. Jha le confirmó a David Muir de ABC que, “entre ahora y el otoño e invierno, es muy posible que veamos nuevas variantes” más transmisibles. Al mismo tiempo, señaló que, cuando golpeen estas olas, “no vamos a tener vacunas… se nos van a agotar los tratamientos… no vamos a tener pruebas diagnósticas”.

No obstante, ha no propuso nada más allá del estribillo de la Casa Blanca de que las vacunas son la panacea para acabar con la pandemia. “Si te vacunaste y pusiste una dosis de refuerzo, tienes un nivel muy alto de protección contra la enfermedad grave”, dio Jha, sin mencionar ni siquiera las medidas de mitigación más básicas como las mascarillas.

Las vacunas son una de las herramientas necesarias para combatir la pandemia. Sin embargo, las tasas de vacunación en EE.UU. han permanecido estancadas en solo el 67 por ciento de la población con el esquema inicial y menos del 31 por ciento con una dosis de refuerzo. Estas tasas tan bajas solo son posibles en un clima social y cultural anticientífico, que ha sido promovido por los republicanos y demócratas. Como resultado, el Peterson-KFF Health System Tracker estima que al menos 234.000 personas han fallecido desde junio de 2021 que seguirían vivas si contaran con el esquema completo con refuerzo.

Además, las variantes de coronavirus han demostrado que una capacidad cada vez mayor para eludir la inmunidad ofrecida por las vacunas, especialmente las variantes de ómicron. En enero y febrero, el 42 y 40 por ciento de las muertes respectivas por COVID-19 en EE.UU. fueron de personas con esquemas completos de vacunación, incluyendo 12 y 15 por ciento, respectivamente, con tercera dosis.

Esto significa que, si ocurren 500.000 muertes por COVID-19 este año, más de 200.000 serían de personas con al menos dos dosis de la vacuna. Y la efectividad de las vacunas sigue cayendo cada mes desde ser administradas.

También existe la posibilidad de que la predicción del Gobierno de Biden resulte ser una subestimación de las próximas olas de la pandemia. Mientras que el número oficial de casos tiene un promedio de 70.000 al día, el Instituto de Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington estima que actualmente se producen más de 492.000 nuevas infecciones cada día, la gran mayoría de las cuales no se detectan debido a la falta de pruebas y al actual encubrimiento masivo de los datos del COVID-19.

A este ritmo, habrá más de 115 millones de nuevas infecciones para fines de año, incluso sin un repunte. La amenaza que supone la pandemia sigue siendo tan grave que incluso uno de los principales representantes del capitalismo, el fundador de Microsoft, Bill Gates, comentó al Financial Times: “Todavía corremos el riesgo de que esta pandemia genere una variante que sea aún más transmisible y más mortal”. Gates continuó: “El riesgo de que ni siquiera hemos visto lo peor de esta pandemia es muy superior al 5 por ciento”.

El Gobierno de Biden reconoce ahora abiertamente que la pandemia de coronavirus no ha “terminado” ni es “endémica”, como lo han dicho otros funcionarios de alto rango y los medios de comunicación corporativos. Más bien, se está convirtiendo en un tsunami de nuevos casos y muertes que tiene el potencial de superar incluso la escala colosal producida por la ola de ómicron en diciembre, enero y febrero.

Los medios de comunicación, sin embargo, están tratando esto en gran medida como un asunto sin importancia. La pandemia está siendo prácticamente ignorada por los noticieros televisivos y los medios impresos. El informe de ABC News fue más notable por ser el primer informe significativo de la cadena sobre la pandemia en meses que por los nuevos detalles presentados sobre el inminente desastre de salud pública.

En cuanto a la Casa Blanca, ha anunciado sus proyecciones pero no propone ninguna medida para prevenirlas. No ha celebrado ni una conferencia de prensa para advertir al pueblo estadounidense del peligro que se avecina ni ha ofrecido ninguna orientación sobre lo que debe hacerse para evitarlo. Por el contrario, el Gobierno de Biden ha presidido la eliminación de prácticamente todas las medidas de mitigación, incluso las más mínimas para reducir la transmisión, incluyendo la obligatoriedad de la mascarilla.

La política de contagio masivo está en pleno vigor bajo los demócratas, al igual que lo estaba bajo los republicanos. Cien millones de casos y los cientos de miles de muertes y millones de casos de COVID persistente que resultarán se consideran simplemente el coste de hacer negocios para mantener las arcas de Wall Street rebosantes.

El informe de la Casa Blanca vuelve a dejar claro que cualquier nivel de muerte es aceptable para la élite gobernante estadounidense siempre que no afecte a su capacidad de extraer plusvalía de la clase trabajadora. Varias fuentes de las cifras de a pandemia superan el recuento oficial de un millón de muertos y apenas se ha hecho mención de tan colosal pérdida de vidas en la prensa. Ahora el Gobierno federal ha admitido que las muertes aumentarán al menos a 1,5 millones.

La respuesta de la clase obrera debe ser luchar contra el inminente maremoto de infecciones y muertes. Esto solo puede hacerse a través de una política de eliminación global, que conlleva la aplicación agresiva de todas las medidas de salud pública, incluyendo el cierre de la producción no esencial y las escuelas, junto con la vacunación y otras medidas de mitigación, para detener la transmisión viral.

Esta política solo puede aplicarse a través de un movimiento de masas de la clase obrera, que conecte la lucha contra la pandemia con las crecientes luchas de los trabajadores de todo el mundo contra la desigualdad, la explotación, la guerra y el aumento de los costes de los bienes de consumo. Hay que desarrollar una lucha conscientemente revolucionaria para purgar la Tierra de la enfermedad detrás del impacto catastrófico de la pandemia: el sistema capitalista.

(Publicado originalmente en inglés el 8 de mayo de 2022)

sábado, 7 de mayo de 2022

¿Qué País Ha Perdido Más Vidas por Covid? . Comentario HHC


Tristemente la respuesta es clara: el Perú. Esto es lo que reporta la Organización Mundial de la Salud (OMS), con datos actualizados hasta fines del 2021. [1] Esto representa un gran desastre nacional, lo que debería llamar a una profunda reflexión y búsqueda de reformas y soluciones, sobre todo en lo que se refiere a la debilidad del Estado peruano.

Pero vayamos por partes. Lo que la OMS ha calculado es estimados de “muertes en exceso” para el período 2020 y 2021. Este es el número de muertes en cada país, y para cada mes o año, que supera el número normal, éste último calculado en base a datos históricos de antes de la aparición de Covid (es decir, antes del 2020).

El número de muertes en exceso es un estimado del número de muertes por Covid, y se considera como una aproximación más exacta y creíble que las cifras de muertes por Covid reportadas por los gobiernos. Esto es en parte porque algunos gobiernos han querido maquillar el impacto de la pandemia, distorsionando las cifras. Por ejemplo, el gobierno de la India había reportado que las muertes por Covid, hasta fines de 2021, no pasaban de medio millón. La OMS estima casi cinco millones de muertes en exceso en India, una cifra diez veces mayor a la reportada por el gobierno.[2]

En la tabla a continuación vemos los cinco países que, en la base de datos de OMS, tuvieron más muertes por exceso en relación a su población durante el período 2020-21: Perú, Bulgaria, Bolivia, Macedonia Norte, y Rusia. Para comparar, la tabla incluye la cifra para algunos otros países latinoamericanos, y para los Estados Unidos.


Fuente: OMSLa tabla ratifica que el país con las mayores pérdidas de vidas por Covid fue Perú, y con amplia diferencia. Es necesario mencionar que, quizá en contradicción con la esperanza de que las cosas habían mejorado después de un muy mal comienzo, las cifras de la OMS dicen que el 2021 fue peor que el 2020: las muertes en exceso, por cada 100000 habitantes, subieron de 406 en 2020 a 467 en 2021.

La tragedia peruana es aún mayor si consideramos que a principios de la pandemia, hacia Marzo de 2020, la situación económica y financiera del país era arguíblemente la más fuerte de todo el mundo emergente. Esto lo he anotado ya antes,[3] pero recordemos que las reservas internacionales eran muy amplias (alrededor del 30 por ciento del PBI anual), la deuda pública sumamente baja (menos del 30 por ciento del PBI), y el acceso al financiamiento internacional prácticamente ilimitado (incluso bastante entrada la pandemia, en Noviembre del 2020, el Perú pudo vender bonos con vencimiento a cien años, a una tasa de interés cercana a 3.25 por ciento anual, mientras cambiaba el presidente tres veces!). En otras palabras, la extremadamente pobre performance del Perú en términos de confrontar la pandemia no se ha debido a falta de dinero.

Entonces, ¿qué falló? Esto debería ser el tema de un gran y serio debate nacional, con el objecto de encontrar formas de que esto no se repita, en el contexto de otros grandes desafíos nacionales, que los habrá (pensemos, por ejemplo, en el cambio climático, o el impacto de la revolución tecnológica). Mi instinto me dice que el gran talón de Aquiles fue la falta de inversión, a lo largo de los años, en desarrollar un aparato estatal moderno, ágil, y competente para enfrentar choques de varios tipos.

Pienso, por ejemplo, que lo que dice el doctor Elmer Huerta al New York Times:

“Cuando un sistema de salud no está preparado para recibir pacientes seriamente enfermos con pulmonía, cuando no puede proveer el oxígeno que necesitan para vivir, o incluso proveer camas para que ellos puedan tener algo de paz, uno recibe lo que hemos recibido”. [4]

es correcto, pero no identifica las preguntas centrales para una reforma efectiva. Por qué faltó el oxígeno, a pesar de que había fondos para comprarlo? Por qué escaseaban las camas y, al mismo tiempo, los ministerios a cargo estaban usando sólo una fracción del presupuesto que tenían disponible para la lucha contra la pandemia?

En cualquier país, el ser identificado como el peor del mundo en la respuesta a una crisis mundial debería ser un impulso mayúsculo al diálogo y búsqueda de acuerdos nacionales para elaborar rectificar rumbos y empezar una reforma mayor del Estado. Me temo, sin embargo, que la noticia será básicamente ignorada. Pero esa es discusión para otro día. Hoy el Perú debería estar de duelo.

Notas

[1] Los datos están disponibles en https://www.who.int/data/sets/global-excess-deaths-associated-with-covid-19-modelled-estimates

[2] Por esto el gobierno de India trató de bloquear la divulgación de los estimados de la OMS. Véase la discusión del NY Times en https: //www.nytimes.com/2022/05/05/health/covid-global-deaths.html?action=click&module=Well&pgtype=Homepage&section=Health

[3] Por ejemplo, https://www.americasquarterly.org/article/peru-squandered-its-early-covid-advantages-heres-how-it-can-recover/

[4] New York Times, artículo citado, traducción mía.

Comentario HHC: La información  disponible no está ranqueada, lo cual para obtener el lugar de Cuba , tuve que hacerlo . y arrojo como resultado que estamos en el lugar 75 entre 194 naciones, lo cual es relativamente medio alto. Los Estados Unidos alcanzan el lugar 40.

Cuba presenta una tasa de letalidad acumulada de 0.77 % . Las provincias Ciego de Avila  (1.18), Granma (1.12), Artemisa y Guantanamo (1.03) son las únicas que exceden la unidad, sin que se sepa cuál son las causas a pesar de que el protocolo médico es igual para todo el país.  Las de más baja tasas son Pinar del Rio (0.53), Cienfuegos (0.54) y Santi Spiritus con (0.56), y La Habana de  mayor problación y mayor concentracion de la misma por km2, exhibe un meritorio (0.70 %).

Les comparto la tabla ranqueada que hice con fuente en los link que dice el artículo.





miércoles, 20 de abril de 2022

Cómo diseñar un fondo de preparación y respuesta frente a las pandemias

Apr 20, 2022 MARIANA MAZZUCATO, ALAN DONNELLY PS

WASHINGTON, DC – Con más de dos tercios de la población del continente africano todavía sin vacunar contra la COVID-19, está claro que el régimen global de preparación y respuesta frente a las pandemias (PRP) sigue estando seriamente subfinanciado y no cuenta con sistemas de entrega eficaces y resilientes. Si bien el Acelerador de Herramientas de Acceso contra la COVID-19 (Access to COVID-19 Tools Accelerator (ACT-A)) ha ayudado a abordar la enorme desigualdad en el acceso a las pruebas, tratamientos y vacunas, carece del respaldo necesario para apoyar de manera integral a los países de bajos ingresos.

Estudios científicos y económicos han demostrado que una futura pandemia que se transmita por vía aérea podría matar a millones de personas y causar un caos económico, especialmente en el contexto de una urbanización en aumento e intensificación del cambio climático. Es inevitable la aparición de un nuevo patógeno y, cuando venga, bien podría significar una amenaza existencial para la humanidad. Al igual que con la lucha contra el cambio climático, los costes de la inacción son mucho mayores que los de actuar a tiempo.

En octubre pasado, la Presidencia italiana del G20 publicó un mapa de ruta de PRP para asegurar que el mundo esté mejor preparado para el próximo desafío de salud global. En los próximos días, los ministros de finanzas y directores de los bancos centrales de los países del G20 recibirán un informe de avances de la Fuerza de Tareas Conjunta sobre Finanzas y Salud del G20, la entidad creada para monitorear su desempeño.

Un próximo paso de crucial importancia es crear un Fondo Financiero Intermediario (FFI) adecuadamente financiado. La OMS y el Banco Mundial estiman que existe una brecha de financiación de al menos $10, 5 mil millones para el PRP. Debemos considerar esa cifra como el mínimo absoluto de fondos adicionales necesarios cada año para asegurar un acceso igualitario a las vacunas, las pruebas y las terapias, la vigilancia de patógenos, e investigación y desarrollo, la manufactura y la infraestructura de salud.

No hay ninguna buena razón para que el G20 no sea capaz de reunir otros $10,5 mil millones al año. Es una ínfima fracción de los billones de dólares destinados a mitigar la actual pandemia, por no mencionar los billones que se perderían en caso de otra crisis sanitaria global.

En todo caso, para tener éxito el FFI debería cumplir con cuatro condiciones. La primera es que no debe financiarse mediante promesas o iniciativas de reposición ocasionales, ya que son demasiado inestables. En su lugar, los gobiernos deben acordar la entrega por adelantado de los fondos para los primeros cinco años, al tiempo que adoptan medidas para generar compromisos financieros para el FFI en sus presupuestos anuales.

Este fondo inicial debería promover mecanismos financieros combinados e innovadores para apalancar las inversiones del FFI. Los gobiernos, bancos de desarrollo, filántropos y corporaciones ya están creando nuevas formas de colaboración para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas. Los líderes del G20 deben crear un grupo de expertos para identificar mejores prácticas de los modelos de financiación verdes que se puedan utilizar para inversiones en PRP.

Más aún, debido a que los países de ingresos bajos y medios enfrentan estrechas limitaciones fiscales, toda inversión adicional que hagan en sus sistemas de salud pública y PRP debería ser reconocida como contribución en especie al FFI (siempre que sea compatible con los objetivos generales del fondo).

Segundo, el FFI debería contar con un mecanismo de evaluación basado en indicadores acordados en común sobre el impacto socioeconómico de una inversión, para asegurar el uso eficiente de estos nuevos recursos y dar confianza a los donantes de que hay un retorno medible de su compromiso de largo plazo con el FFI.

Tercero, la financiación del FFI no debe socavar programas que estén dando respuesta a otras necesidades urgentes de salud pública. Los aportes de los países de ingresos altos se deberían hacer en adición a la ayuda para el desarrollo oficial ya existente, a fin de asegurar que el FFI no signifique recortes a otras partidas destinadas a ayudas.

Por último, como reconoció la Declaración de Roma de los Líderes del G20, el FFI debe apuntar a un acceso universal y una gobernanza inclusiva para asegurar su legitimidad ante los países de ingresos bajos y medios. Por ejemplo, la innovación y producción farmacéuticas deberían estar regidas por el principio de inteligencia colectiva, que llama al aprovechamiento común más amplio posible de los conocimientos subyacentes,

El FFI debe alejarse del marco ya caduco y desigual de donantes y beneficiarios. La representación dentro de su estructura de gobernanza formal se debería distribuir por igual entre países de ingresos bajos, medios y altos. Asimismo, debe haber un núcleo de instituciones de implementación global y regional, como la OMS y los Centros de Control de Enfermedades africanos, así como representación de expertos independientes de toda la sociedad.

Para evitar disputas burocráticas entre entidades de gobernanza global, el Banco Mundial debería albergar al FFI, con la OMS desempeñando un papel líder en el desarrollo y ejecución de estrategias. Al mismo tiempo, ambas organizaciones deberán reconocer que la mejor manera de desarrollar conocimientos, experiencia y capacidad es fomentar la máxima participación de todos los actores interesados, a través de relaciones de colaboración plenamente transparentes.

La Presidencia de Indonesia del G20 de este año debe asegurar que el FFI se haga realidad. Pero primero, quienes se reúnan en los encuentros de primavera del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional deben ponerse de acuerdo sobre su financiación y arquitectura, garantizando que el FFI cumpla con las cuatro condiciones descritas arriba.

Si algo nos ha enseñado la pandemia de COVID-19, es que necesitamos un radical cambio de dirección. Un PRP bien diseñado y completamente financiado es un paso crucial en el camino a lograr la misión de Salud para Todos de la OMS.

MARIANA MAZZUCATO, Professor in the Economics of Innovation and Public Value at University College London, is Founding Director of the UCL Institute for Innovation and Public Purpose and Chair of the World Health Organization’s Council on the Economics of Health For All. She is the author of The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy (Penguin Books, 2019), The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Sector Myths (Penguin Books, 2018), and, most recently, Mission Economy: A Moonshot Guide to Changing Capitalism (Penguin Books, 2022).

Alan Donnelly, a former member of the European Parliament, is Founder and Convenor of the G20 Health and Development Partnership.

viernes, 8 de abril de 2022

Los trabajadores y los pobres de EE.UU. sufren un número de muertes muy desproporcionado a causa del COVID-19, según un estudio


A medida que el número de muertos en EE.UU. por el COVID-19 supera el millón, el gobierno y sus portavoces en los medios de comunicación siguen perpetuando el mito de que las muertes por el COVID-19 son un fenómeno generalmente natural que las autoridades han sido impotentes para detener. Según esta mentira, el SARS-CoV-2 se ha propagado y ha matado sin preocuparse por el estatus socioeconómico de sus víctimas.

Sin embargo, un nuevo informe expone la sombría realidad de que entre los más de 81 millones de estadounidenses que han sido infectados por el mortal virus, los pobres y los que viven en comunidades de bajos ingresos han sido mucho más propensos a morir. Durante las repetidas oleadas de COVID-19 que han golpeado a cientos de miles de personas en los últimos dos años, las tasas de mortalidad fueron hasta cinco veces más altas en los condados más pobres que en los de mayor renta media.

El informe ha sido elaborado por la Campaña de los Pobres en colaboración con economistas de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU dirigidos por Jeffrey Sachs. Analizando las estadísticas de más de 3.200 condados de Estados Unidos, el informe compara el 10% más pobre de los condados con el 10% más rico. Y los resultados son asombrosos.

El estudio muestra claramente que es la clase trabajadora —los mal pagados, los desempleados, los que trabajan en lugares 'esenciales', los que no tienen seguro médico, los que tienen que pagar el alquiler— la que se ha visto afectada de forma desproporcionada y devastadora por la pandemia.

A medida que el número de muertos en EE.UU. por el COVID-19 supera el millón, el gobierno y sus portavoces en los medios de comunicación siguen perpetuando el mito de que las muertes por el COVID-19 son un fenómeno generalmente natural que las autoridades han sido impotentes para detener. Según esta mentira, el SARS-CoV-2 se ha propagado y ha matado sin preocuparse por el estatus socioeconómico de sus víctimas.


Niños y sus cuidadores llegan a la escuela en Nueva York, el lunes 7 de marzo de 2022. (AP Photo/Seth Wenig)

Sin embargo, un nuevo informe expone la sombría realidad de que entre los más de 81 millones de estadounidenses que han sido infectados por el mortal virus, los pobres y los que viven en comunidades de bajos ingresos han sido mucho más propensos a morir. Durante las repetidas oleadas de COVID-19 que han golpeado a cientos de miles de personas en los últimos dos años, las tasas de mortalidad fueron hasta cinco veces más altas en los condados más pobres que en los de mayor renta media.

El informe ha sido elaborado por la Campaña de los Pobres en colaboración con economistas de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU dirigidos por Jeffrey Sachs. Analizando las estadísticas de más de 3.200 condados de Estados Unidos, el informe compara el 10% más pobre de los condados con el 10% más rico. Y los resultados son asombrosos.

El estudio muestra claramente que es la clase trabajadora —los mal pagados, los desempleados, los que trabajan en lugares 'esenciales', los que no tienen seguro médico, los que tienen que pagar el alquiler— la que se ha visto afectada de forma desproporcionada y devastadora por la pandemia.

Como escriben los autores 'La pandemia de COVID-19 exacerbó las disparidades sociales y económicas preexistentes que se han enconado durante mucho tiempo en los Estados Unidos. La distribución generalizada y desigual de la riqueza, los ingresos y los recursos antes de la pandemia creó las condiciones para muchos de los resultados negativos asociados al virus'.

En otras palabras, la inmensa división de clases en la sociedad estadounidense ha quedado demostrada por el impacto desproporcionado del COVID-19 en los millones de personas que viven en condados empobrecidos de todo el país. Las políticas gubernamentales han creado la pobreza, el hambre, la hiperexplotación laboral, el desempleo y unas condiciones de vida deplorables que han creado las condiciones idóneas para que el COVID-19 se encone y mate.

El informe divide los condados de Estados Unidos en deciles, cada uno de los cuales representa aproximadamente el 10% de la población por ingresos. También proporciona valiosos mapas y gráficos interactivos que trazan el curso de la pandemia en estos condados.

En el decil más pobre, en el que entre el 42% y el 94% de las personas viven en la pobreza, la tasa de mortalidad es casi el doble que en los condados en los que menos de una quinta parte de las personas viven en la pobreza. Aproximadamente 31 millones de personas viven en el decil más pobre de los condados estudiados.

El condado de Mingo, en West Occidental, es uno de los de más bajos ingresos de EE.UU., con el 52,41% de la población viviendo por debajo del 200% del umbral federal de pobreza, que se sitúa en unos $36.000 para un hogar de dos personas. El estado de los Apalaches ha sido devastado por el desempleo y la crisis de los opioides.

La tasa de mortalidad del condado de Mingo es de 470 por cada 100.000, lo que lo sitúa en el cuarto más alto de los condados. El condado es 95% blanco y la renta media es de $32.746 con más de la mitad de sus residentes viviendo por debajo del 200% del umbral de pobreza. La tasa oficial de desempleo se sitúa actualmente en el 7,5%.

En el Bronx, en la ciudad de Nueva York, el 51% de los residentes del condado viven por debajo del 200% del umbral de pobreza. Más del 60 por ciento de los residentes están sobrecargados de alquiler, pagando más del 30 por ciento de los ingresos del hogar para el alquiler. Es uno de los condados con mayor diversidad étnica de Estados Unidos. De sus 1,4 millones de residentes, el 55% son hispanos, el 29% negros, el 9% blancos y alrededor del 5% asiáticos. Tiene una tasa de mortalidad por COVID-19 de 538 por cada 100.000, que está entre las más altas del país. Muchos residentes del Bronx trabajan en Manhattan, al servicio de la élite rica de Nueva York.

En cambio, en el condado de Fairfax (Virginia), uno de los más ricos de Estados Unidos, la renta media es de $124.831, y el 15,1% de la población vive por debajo del umbral de pobreza del 200%. La tasa de mortalidad COVID-19 es de 115 por cada 100.000. Fairfax gira en torno a los servicios profesionales y la tecnología, con muchos empleados que trabajan para el gobierno de los Estados Unidos. El condado alberga varias agencias de inteligencia, incluida la CIA. También es sede de siete de las 500 empresas de Fortune.

Casi tres cuartas partes de los condados con la renta media más baja y el mayor porcentaje de personas que viven en la pobreza se encuentran en el sureste y el suroeste del país.

El condado de Wilkinson, Mississippi, en el Sur profundo, tiene una renta media de $27.313. Más del 60% de sus habitantes viven por debajo del 200% del umbral de pobreza. La tasa de mortalidad de COVID-19 es de 510 por cada 100.000 habitantes. Aproximadamente dos tercios de la población del condado son afroamericanos.

En el condado de Gila, Arizona, en el suroeste, el 44,68 por ciento de los residentes viven por debajo del 200 por ciento del umbral de pobreza. La tasa de mortalidad por COVID-19 es de 641 por cada 100.000 personas, una de las más altas del país. El condado es un 77% de blancos y un 15% de nativos americanos. El 18% son hispanos o latinos.

La tasa de mortalidad por COVID-19 en el c ondado de McKinley, Nuevo México, es de 786 por cada 100,000 personas. El ingreso medio es de $33,834, y más del 61 por ciento vive por debajo de la línea de pobreza del 200 por ciento. Tres cuartas partes de la población del condado son nativos americanos.

Según el informe, los dos periodos más mortíferos de la pandemia han sido la 'tercera ola', del invierno de 2020-2021, que representa casi el 40% de todas las muertes hasta la fecha, y la ola ómicron en curso, que representa casi el 20% de las muertes hasta ahora.

Durante la tercera oleada, las tasas de mortalidad fueron 4,5 veces más altas en el grupo de condados del decil con la renta media más baja en comparación con los de la renta media más alta. Las tasas de mortalidad fueron cinco veces mayores en los condados más pobres durante la fase de la variante delta, mientras que en la fase ómicron la tasa de mortalidad ha sido casi tres veces mayor en los condados con ingresos medios más bajos.

Aunque las tasas de vacunación tienden a ser más altas en los condados más ricos, el estado de vacunación no explica toda la variación entre los grupos de ingresos, ya que en casi todos los deciles, la cobertura de vacunación de los condados oscila entre el 85% o más y menos del 5%.

El informe agrega los datos conectando la información sobre las muertes por COVID-19 con otras características demográficas, como los ingresos, la raza, el estado del seguro médico y otras características. Demuestra las conexiones entre la pobreza, la raza y la pandemia y trata de mostrar cómo 'la pobreza, la edad, el género, la raza, la etnia, la discapacidad y la clase social se cruzan con los resultados de COVID-19'.

Sin embargo, como demuestran los ejemplos de los condados, es la clase social la que está impulsando la miseria de la pandemia de COVID-19. Los condados más pobres, que son los que más han sufrido y los que más muertes han visto, varían mucho en cuanto a su composición étnica, siendo la clase socioeconómica el factor predominante.

Como bien dice el informe sobre la pandemia, 'mientras los millonarios estadounidenses aumentaban su riqueza en $2,1 billones, es decir, en un 70%, muchos estadounidenses se enfrentaban al desahucio, al hambre y al desempleo récord'. Como en todos los aspectos de la vida social, es la clase trabajadora la que ha sido el principal objetivo del SARS-CoV-2, impulsado por las políticas criminales de la élite gobernante y los dos partidos del gran capital.

(Publicado originalmente en inglés el 5 de abril de 2022)

lunes, 27 de diciembre de 2021

Comparando las respuestas de COVID-19 en Cuba y los Estados Unidos

 Por: Mary Anne Powell, BS, BA, Paul C. Erwin, MD, DrPH, and Pedro Mas Bermejo, MD, PhD

 


El propósito de este ensayo analítico es contrastar las respuestas de COVID-19 en Cuba y los Estados Unidos, y comprender las diferencias en los resultados entre las 2 naciones.

Con diferencias fundamentales en la estructura y organización de los sistemas de salud, así como en la filosofía y cultura políticas, no es sorprendente que existan grandes diferencias en los resultados. La respuesta más coordinada e integral al COVID-19 en Cuba ha dado como resultado resultados significativamente mejores en comparación con los Estados Unidos.

Hasta el 15 de julio de 2021, la tasa acumulada de casos en los EE. UU. Es más de 4 veces mayor que la de Cuba, mientras que la tasa de mortalidad y la tasa de mortalidad excesiva son aproximadamente 12 veces más altas en los Estados Unidos. Además de las grandes diferencias en las tasas acumuladas de casos y muertes entre Estados Unidos y Cuba, la pandemia de COVID-19 ha desenmascarado serias desigualdades en salud subyacentes en los Estados Unidos.

El lanzamiento de la vacuna presenta su propio conjunto de desafíos para ambos países, y los estudios futuros pueden examinar los éxitos comparativos para identificar estrategias efectivas de distribución y administración. (Am J Public Health. 2021; 111 (12): 2186–2193. Https://doi.org/10.2105/AJPH.2021.306526) (Am J Public Health. 2021; 111: 2186-2193. Https: // doi .org / 10.2105 / AJPH.2021.306526)

El propósito de este ensayo es contrastar las respuestas de COVID-19 en Cuba y Estados Unidos. Las dos naciones presentan ejemplos muy variados de respuesta a la pandemia a través de acciones gubernamentales, vigilancia y mitigación, pruebas y mensajes públicos, y los resultados respectivos demuestran la efectividad general del enfoque de cada país.

La comparación de los 2 arrojará luz sobre las diferencias estructurales y organizativas entre los 2 sistemas de salud y cómo han influido en los resultados de COVID-19.

Perfiles prepandémicos

Para comprender mejor las influencias e implicaciones de las acciones de cada país durante la pandemia, se requiere una comprensión general de la estructura existente de sus sistemas de salud. La Constitución cubana de 1976 y la Ley de salud pública de 1983 (Cuba) instituyeron los principios rectores del sistema de salud de Cuba. Entre estos valores fundamentales se destacan: “la atención de la salud es un derecho, disponible para todos por igual y de forma gratuita; el cuidado de la salud es responsabilidad del estado; [y] las actividades de atención de la salud están integradas con el desarrollo económico y social ”1 (p.e14).

Aunque el MINSAP (Ministerio de Salud Pública) lidera a nivel nacional, es la atención a nivel comunitario lo que distingue al sistema cubano. Hay 11 128 consultorios (clínicas) en los vecindarios de Cuba, cada uno de los cuales cuenta con un dúo de médicos de familia y enfermeras que a menudo residen en la misma comunidad y están muy familiarizados con el estado de salud del vecindario y sus residentes. Los equipos de médicos y enfermeras de la familia están a cargo de la promoción de la salud, la prevención, la vigilancia, la rehabilitación, el fortalecimiento de la cohesión social y otras funciones.

Las casi 500 policlínicas del país supervisan y apoyan cada una de 20 a 40 de estos consultorios. Los hospitales municipales ocupan el peldaño por encima de los policlínicos y brindan una atención más especializada, y, por encima de ellos, los hospitales provinciales de atención terciaria realizan investigaciones. El sistema de salud cubano también fue diseñado sin delineamiento entre salud pública y atención clínica. La salud y la medicina de la población están intrínsecamente integradas en todos los niveles del sistema, con suficiente margen para la variación local de acuerdo con las necesidades únicas de los individuos y las comunidades.1

El sistema de salud pública de EE. UU. Se basa en el principio de descentralización, es decir, el papel del gobierno federal en asuntos de salud pública es secundario al de los gobiernos estatales y locales. Si bien la atención médica en los Estados Unidos puede estar disponible para algunos a través de Medicaid (principalmente para personas de bajos ingresos) o Medicare (para personas ≥ 65 años), para muchas personas, el seguro médico se obtiene a través de un empleador y, por lo tanto, depende de Sin embargo, en todas las formas de atención médica, no existen valores rectores acordados (p. ej., asequibilidad, accesibilidad, universalidad) para informar los sistemas que crean el gobierno o el sector privado, lo que ha resultado en una amplia variabilidad en todo el mundo. nación.

La cobertura de salud no está garantizada y un evento de salud catastrófico podría ser la razón por la que una persona quiebra. Por lo tanto, si bien la nación puede presumir de atención médica de alta calidad (para aquellos que pueden acceder y pagarla), el sistema sigue plagado de inequidades y disparidades.

En las secciones siguientes, se expondrán las fortalezas y debilidades de los sistemas de salud de los 2 países a través de un examen de la vigilancia e identificación de casos, las estrategias de mitigación (incluido el aislamiento y la cuarentena), las pruebas, el desarrollo de vacunas y los resultados, incluido el desenmascaramiento de las inequidades en salud en los Estados Unidos.

Respuestas gubernamentales y estrategias de mitigación

La respuesta de Cuba al COVID-19 comenzó en enero de 2020, cuando la nación comenzó a vigilar las llegadas en todos los puertos de entrada, y los funcionarios fronterizos y de inmigración recibieron capacitación sobre la detección y respuesta del COVID-19. En febrero, todo el personal de los hospitales y centros de salud recibió capacitación sobre el protocolo de prevención y tratamiento de COVID-19. El primer caso de COVID-19 se detectó en Cuba el 11 de marzo de 2020. Nueve días después, el presidente cubano Díaz-Canel anunció el primer conjunto de medidas nacionales destinadas a combatir la propagación del COVID-19.4

Estas primeras medidas abordaron tanto la salud como la economía. preocupaciones: incluían órdenes de quedarse en casa, prohibiciones de grandes reuniones y el cierre de muchas instalaciones, así como disposiciones para la protección financiera para ciertos grupos e individuos de alto riesgo, incluidas las pequeñas empresas o aquellos hospitalizados con COVID-19 y no pueden Además, los viajes de ida se limitaron a los esfuerzos humanitarios, y los viajes de ida se limitaron a los residentes cubanos que, al llegar, fueron hospitalizados (si tenían síntomas) o se les ordenó poner en cuarentena en casa (si eran asintomáticos) .4

Esta práctica cambió con una mejor capacidad de prueba, y el personal de salud comenzó a administrar pruebas de diagnóstico de COVID-19 (transcriptasa inversa ‒ reacción en cadena de la polimerasa [RT-PCR]) a todos los viajeros que llegaban al aeropuerto, y luego a hospitalizar a los casos positivos. Los niveles se cerraron indefinidamente el 23 de marzo, la presencia policial en las calles aumentó y cada estación de aplicación de la ley fue equipada con un fiscal de distrito para facilitar los cargos contra los violadores de las restricciones de COVID-19.4

El 1 de abril, se instituyó el mandato nacional de máscaras. 4 Una característica importante de las estrategias de respuesta y mitigación del gobierno empleadas en Cuba ha sido la “participación intersectorial”, con coordinación entre todas las unidades gubernamentales de alto nivel.6

La respuesta COVID-19 de EE. UU. También comenzó en enero de 2020, cuando los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) establecieron una Estructura de Gestión de Incidentes de 2019-nCoV (7 de enero) 7 y comenzaron a realizar pruebas de detección de coronavirus en JFK International, San Francisco International, y los aeropuertos internacionales de Los Ángeles, los 3 aeropuertos de EE. UU. que reciben la mayor cantidad de viajeros de Wuhan, China.

El 21 de enero, se confirmó el primer caso de COVID-19 en el estado de Washington y, el 31 de enero, el secretario del Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. Declaró una emergencia de salud pública de EE. UU.8 El gobierno de EE. UU. Anunció su primer conjunto de coronavirus nacional medidas de mitigación el 13 de marzo de 2020. El presidente Trump actualizó la declaración anterior para clasificar la pandemia COVID-19 como una emergencia nacional, una designación que abrió miles de millones de dólares federales para ser asignados a la ayuda.

También entró en vigencia una prohibición de viajar, que prohíbe a los no estadounidenses que hayan estado en cualquiera de los 26 países específicos en las 2 semanas anteriores ingresar a los Estados Unidos.8

Con frecuencia se decía que el enfoque principal del gobierno federal para combatir el COVID-19 era "aplanar la curva", es decir, extender los casos durante un período de tiempo más largo para evitar abrumar al sistema de salud.8 Como tal, las acciones iniciales del gobierno ocurrieron rápidamente y incluyó estrictas medidas de aislamiento y cierre en muchas partes del país; sin embargo, Estados Unidos se apresuró a adoptar medidas menos estrictas al ver solo una ligera mejora.9

La implementación de las órdenes de quedarse en casa, los mandatos de máscara y otros esfuerzos de mitigación se dejaron a discreción de los estados debido a la naturaleza descentralizada de los Estados Unidos. sistema de salud pública.10 Un mandato de máscara federal probablemente habría recibido un retroceso en su constitucionalidad, pero la variabilidad de estado a estado hizo que el uso de máscaras fuera mucho menos efectivo ya que los viajes interestatales todavía estaban permitidos.11

El 3 de abril, los CDC recomendaron formalmente el uso de cubiertas faciales por parte del público en general y, para el 27 de julio, 31 estados y el Distrito de Columbia habían emitido mandatos de mascarillas en todo el estado.11 Como muchos otros esfuerzos gubernamentales relacionados con COVID-19 ‒, el uso de mascarillas se convirtió en un tema politizado. 11

Vigilancia y detección de casos

Una característica única de la respuesta cubana al COVID-19 ha sido su esfuerzo de detección a nivel nacional, que fue posible gracias al sólido sistema de atención primaria de salud del país. Aproximadamente 28 000 estudiantes de medicina se ofrecieron como voluntarios para viajar a pie en parejas a 80 a 100 hogares y negocios todos los días, donde preguntaban cuántas personas estaban presentes en la vivienda y si alguna había viajado, tenía síntomas respiratorios o había tenido contacto con un conocido. Estuche COVID-19. Los cuestionarios de detección se adaptaron para limitar la probabilidad de que las personas oculten sus síntomas y para promover la detección temprana entre las poblaciones de alto riesgo.

La información fue entregada al médico de familia consultorio, quien la pasó al profesor coordinador del policlínico para ser ingresada en una base de datos principal.12 Luego, el médico de familia dio seguimiento a las personas que reportaron síntomas respiratorios.2 Datos existentes de la Evaluación Continua y Riesgo La evaluación, una evaluación anual realizada por médicos de familia para evaluar la salud general de los vecindarios y los residentes, brindó información sobre las personas de mayor riesgo que requerirían más atención. Además del cribado realizado por estudiantes de medicina, estos individuos con comorbilidades también recibieron seguimiento regular por parte de los médicos de familia.12

Los individuos sintomáticos y aquellos con sospecha de contacto con un caso conocido de COVID-19 fueron evaluados y, si dieron positivo, fueron trasladados a un centro de aislamiento.12 Las formas adicionales de vigilancia continua incluyen (1) monitorear a todos los viajeros que llegan a los puertos cubanos, (2) evaluar los casos sospechosos y los contactos de los casos confirmados, y (3) las pruebas post mortem en aquellos que murieron con síntomas respiratorios o diarreicos.6

La detección y la vigilancia en los Estados Unidos han sido relativamente inconexas. En las primeras semanas de la pandemia, las pruebas se limitaron a personas sintomáticas con antecedentes de viajes a China; solo más tarde se pusieron a disposición las pruebas para individuos asintomáticos con y sin exposición conocida al COVID-19. A medida que las pruebas se volvieron más ampliamente disponibles, los CDC ofrecieron pautas para incluir las pruebas en grupos de riesgo (por ejemplo, trabajadores con interacciones cara a cara, residentes de entornos congregados, maestros y socorristas) y cuando la tasa de positividad de la prueba supere el 10,1%. , la detección aleatoria debe realizarse al menos dos veces por semana y todos los contactos cercanos de los casos confirmados deben ser evaluados.13

Había una amplia variedad en la forma en que los gobiernos estatales y locales y las instituciones y empresas individuales implementaron estas recomendaciones.

Aislamiento, rastreo de contactos y cuarentena

En Cuba, todos los casos confirmados de COVID-19 son hospitalizados.14 Después de la recuperación, se les hace una segunda prueba y se les permite regresar a casa si dan negativo. Durante los 15 días posteriores a su regreso a casa, se les ordena a esas personas que limiten su movimiento fuera de la casa y se les proporciona seguimiento por parte de su consultorio local.2,6 Todos los casos confirmados de COVID-19 también se someten a seguimiento de contrato. En los primeros meses de la pandemia, los contactos identificados fueron remitidos para la cuarentena obligatoria en uno de los centros nacionales de aislamiento de Cuba.14 Sin embargo, a medida que los resultados han mejorado, los requisitos de aislamiento para los contactos se han reducido y ahora se permite que los contactos sospechosos completen un 14- cuarentena diurna en el hogar, supervisada por su médico de familia.14 Estos esfuerzos amplios y estrictos de aislamiento y rastreo de contactos han sido posibles gracias al intercambio eficiente de datos horizontales y verticales. La comunicación sólida sobre el estado de los casos y sus contactos se produce en todos los municipios, provincias y el país.2

En los Estados Unidos, las órdenes estatales y locales de aislamiento y cuarentena para la población general se han seguido de las recomendaciones de los CDC, que sugieren que todas las personas con un resultado positivo en la prueba o que reciben una notificación de exposición se aíslen en sus hogares durante al menos 14 días.

Posteriormente, los CDC enmendaron la guía para individuos asintomáticos con sospecha de exposición, a quienes actualmente se les recomienda una cuarentena de 10 días sin pruebas o una cuarentena de 7 días si dan negativo 5 días después de la exposición.13 Estas recomendaciones resaltan la consideración importante de que las órdenes de prueba y aislamiento van de la mano: sin ser examinados, los individuos asintomáticos e infectados no son conscientes de la necesidad de aislarse.

Se estimó que se necesitarían entre 100 000 y 300 000 trazadores (números determinados por el tamaño de la población) para realizar un rastreo de contactos eficaz en los Estados Unidos; sin embargo, con o sin los recursos humanos, la transmisión comunitaria generalizada de COVID-19 ha hecho que cualquier posibilidad de rastreo de contactos a gran escala de todos los casos sea muy improbable hasta que la propagación comience a disminuir.15 Algunas iniciativas de rastreo de contactos a menor escala han tenido éxito —Por ejemplo, los que ocurren en los campus universitarios, a menudo en conjunto con los departamentos de salud locales.15

Aunque ha habido casos de órdenes de aislamiento exitosas y rastreo de contactos, los esfuerzos generales se han visto obstaculizados en gran medida en los Estados Unidos por restricciones relacionadas con la libertad, la privacidad y libertades civiles.15

Pruebas

Las pruebas que se utilizan para diagnosticar la infección por SARS-CoV-2, el virus que causa COVID-19, se dividen en 2 categorías: pruebas de amplificación de ácido nucleico (NAAT) y pruebas de antígenos. Las NAAT son más sensibles, pero el costo por prueba es alto y los tiempos de procesamiento son largos. Es más probable que las pruebas de antígenos den un falso negativo, pero son menos costosas y brindan resultados rápidos. Además de estas 2 pruebas de diagnóstico, existen pruebas de anticuerpos que pueden usarse para detectar evidencia de una infección anterior por SARS-CoV-2.

Al inicio de la pandemia, Cuba no estaba equipada con la infraestructura costosa y especializada o el personal capacitado necesario para implementar pruebas de RT-PCR masivas (NAAT) .14 Para adaptar y desarrollar gradualmente la capacidad, la nación preparó 7 laboratorios de diagnóstico en regiones de todo el país. país, y operaba con el objetivo de una tasa de positividad diaria por debajo del 10% de todas las pruebas.16 Para octubre de 2020, Cuba había alcanzado un total de 13 laboratorios de diagnóstico y, para abril de 2021, un total de 27 laboratorios de diagnóstico, con al menos 1 en todas las provincias.14 Si bien el proceso fue lento en los primeros meses, las instalaciones de diagnóstico cubanas se fijaron el objetivo de realizar pruebas de alto volumen para detectar tanto casos sintomáticos como asintomáticos17.

Las pruebas en los Estados Unidos han sido más complejas que en la experiencia de Cuba. Al igual que otros esfuerzos relacionados con COVID-19 ‒, se ha definido en gran medida por la desorganización y los mensajes mixtos del gobierno federal de los EE. UU.18 La prueba RT-PCR desarrollada por los CDC fue la prueba utilizada para detectar el primer caso en los Estados Unidos. de COVID-19 en enero de 2020. Laboratorios de todo el país estaban desarrollando sus propias pruebas en este mismo momento; sin embargo, se requirieron todas las pruebas de diagnóstico para obtener la Autorización de uso de emergencia (EUA) de la Administración de Drogas y Alimentos de los EE. UU. (FDA) antes de su uso.

La prueba de los CDC fue la primera en recibir la aprobación de la FDA y los envíos se enviaron a los departamentos de salud a principios de febrero. Solo unos días después, se descubrió que tenían fallas.18 Había otras pruebas disponibles y listas para usar, pero el requisito de EUA de la FDA colocó una gran barrera burocrática en el camino, y no fue hasta el 29 de febrero que esas pruebas (aún sin un EUA ) recibieron luz verde de la FDA para su uso.18

La coordinación no mejoró a partir de ahí. Estados Unidos sufrió una "falta continua y inadecuada de pruebas" y una administración "desordenada" de las pruebas disponibles (p. Ej., Durante las primeras semanas del brote, solo se realizaron pruebas a individuos sintomáticos con antecedentes de viajes, ignorando lo que ya se sabía sobre la comunidad). transmisión en los Estados Unidos) .9 (p1790) Las fallas en las pruebas durante el período de febrero a abril, en particular, jugaron un papel importante en la incapacidad de contener la pandemia.9

La Tabla 1 muestra el número de nuevas pruebas COVID-19 diarias realizadas por cada 1000 personas en Cuba y los Estados Unidos en 4 puntos de tiempo. Ambos países demostraron un aumento constante en la capacidad de prueba a lo largo del tiempo; sin embargo, como confirma Pérez Riverol, la capacidad de prueba se cuantifica mejor como el número de pruebas de COVID-19 realizadas por caso confirmado16. Esta métrica considera el alcance de la epidemia en un área determinada y refleja mejor si la necesidad de pruebas se está satisfaciendo adecuadamente. (Tabla 2).



Mensajería

En la era de la proliferación de noticias y redes sociales, la comunicación sobre la salud se ha convertido en un paso esencial para combatir el COVID-19. En Cuba, antes del COVID-19, los canales de televisión estatales transmitían mensajes de educación para la salud en lugar de comerciales (como los conocen los estadounidenses). Las comunicaciones estratégicas e informativas relacionadas con COVID-19 comenzaron temprano en la pandemia, y los funcionarios de salud proporcionaron regularmente "mensajes integrales desde el hogar" que mantuvieron al público actualizado y alentaron un espíritu de colaboración.17 (p16)

Estos mensajes se proporcionaron durante las sesiones informativas diarias transmitidas en todo el país como parte de una “intensa campaña mediática”, y también incluyeron información específica sobre las personas que estaban en mayor riesgo y las medidas de seguridad adecuadas que esas personas deberían tomar.6 (p48)

Para combatir la desinformación, la red de salud de Cuba creó el sitio web Infecciones por coronavirus, que albergaba información de fuentes como la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud sobre el estado de la pandemia y tenía una función que permitía a los usuarios enviar sus preguntas para ser respondidas por expertos nacionales.20 Juventud Técnica, la única revista cubana de circulación masiva centrada en temas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), inició un esfuerzo para descartar los rumores comunes y desacreditar la desinformación científica. Además de su proyecto de verificación de datos, la publicación también produjo infografías y materiales relacionados con COVID-19 ‒ con información de agencias gubernamentales como el MINSAP.20

Los mensajes relacionados con COVID-19 ‒ en los Estados Unidos se caracterizaron por el conflicto, la inconsistencia y la desinformación flagrante. Muchos creen que la administración Trump es en gran parte culpable de la forma en que se dejó de lado la información científica en favor de mensajes más egoístas que restaron importancia a la gravedad de la epidemia de EE. UU. El ex presidente Trump socavó pública y repetidamente la autoridad y la experiencia de los CDC y otras agencias de salud.21 Bajo un intenso escrutinio público y enfrentando críticas de la administración Trump, los CDC alteraron algunas de sus guías publicadas previamente a pesar de las objeciones de los expertos internos.21

Esto y Otras inconsistencias sembraron dudas y desconfianza en la agencia, como lo demuestra la caída de 16 puntos en la confianza del público en los CDC entre abril y septiembre de 2020.10 En respuesta a la creciente inquietud y preocupación del público por la seguridad de cualquier vacuna presentada, 9 Las empresas emitieron un comunicado en septiembre de 2020 afirmando su lealtad a la ciencia sobre la velocidad durante el proceso de desarrollo de vacunas.21

Desarrollo de vacunas

El plan nacional de control de COVID-19 de Cuba de enero de 2020 ordenó la formación de un "comité de innovación" para comenzar el desarrollo de una vacuna. La nación cuenta con una de las industrias biotecnológicas líderes en el mundo, que comprende más de 30 institutos de investigación y fabricantes y opera como el "conglomerado estatal BioCubaFarma". 22 (p10) Porque la industria es completamente de propiedad estatal, financiada y - operados, la competencia y las acciones con fines de lucro de empresas privadas no han sido un factor en el desarrollo de vacunas.23

Aunque el país ha tenido que sortear dificultades para obtener ciertas materias primas debido al embargo estadounidense, la primera vacuna candidata de BioCubaFarma, SOBERANA01, fue autorizada por el Centro de Control Estatal de Medicamentos y Productos Sanitarios comenzará los ensayos clínicos en agosto de 2020.22 En marzo de 2021, 2 (SOBERANA02 y Abdala) de los 5 candidatos a vacunas totales de Cuba se encontraban en ensayos clínicos de fase III.

A nivel mundial, un total de otros 21 candidatos habían entrado en ensayos de fase III para este momento, y Cuba es el único país latinoamericano que tiene su propia vacuna entre esa cohorte.23 Se demostró que Abdala tiene una efectividad del 92.28% contra enfermedades sintomáticas y, en Julio de 2021, fue autorizado para uso de emergencia. Para el 14 de julio, el 10,2% de la población cubana estaba completamente vacunada con 3 dosis y otro 41,6% había recibido 1 o 2 dosis.

Cuba proyecta que toda la población será vacunada para fines de 2021.23 Las autoridades de salud cubanas han expresado su intención de distribuir las dosis de la vacuna a nivel internacional, especialmente a los países del Sur Global, a medida que continúa el despliegue nacional.22

Varias empresas privadas han estado involucradas en el proceso de desarrollo de una vacuna para su uso en los Estados Unidos. La asociación público-privada entre esas empresas y el gobierno de los EE. UU. Fue anunciada públicamente por primera vez por la administración Trump en mayo de 2020. El esfuerzo se denominó Operación Warp Speed ​​(OWS) y su objetivo inicial era tener "cantidades sustanciales" de un COVID seguro. -19 para enero de 2021.24 El Congreso asignó casi $ 10 mil millones a OWS para financiar esfuerzos en desarrollo, fabricación y distribución.

Para octubre de 2020, OWS había anunciado asociaciones con 6 empresas: Moderna, Pfizer ‒ BioNTech, AstraZeneca, Johnson & Johnson, Novavax y Sanofi / GSK.24 En noviembre de 2020, tanto Pfizer como Moderna publicaron resultados prometedores de los ensayos clínicos de fase III. Días después, Pfizer se convirtió en la primera compañía en presentar su candidata a vacuna a la FDA para EUA y, a mediados de diciembre, la FDA otorgó autorizo de uso de emergencia para las vacunas Pfizer y Moderna.8 Pasar la vacuna del desarrollo inicial a inyectarla en los brazos de las personas. en menos de 1 año fue un logro monumental. En febrero de 2021, la vacuna Johnson & Johnson de 1 dosis también recibió autoriza de uso de emergenia de la FDA.

Al 15 de julio de 2021, el 48% de la población de EE. UU. Estaba completamente vacunada contra COVID-19, con otro 7.4% parcialmente vacunado.19 Los Estados Unidos no han estado exentos de desafíos de distribución. En las primeras semanas del lanzamiento de la vacuna, aunque los CDC habían brindado orientación para la priorización, la implementación a nivel estatal fue inconsistente y no necesariamente cumplió con las recomendaciones de los CDC. Durante las primeras semanas del lanzamiento de la vacuna, se entregaron más dosis de vacuna (per cápita) a los blancos en comparación con las personas de color. Estados Unidos también ha tenido grandes desafíos para superar la desinformación y las dudas sobre las vacunas.

Casos, muertes e inequidades

La pandemia de COVID-19 ha tenido resultados asombrosamente diferentes entre los Estados Unidos y Cuba, como se muestra en la Tabla 3, que muestra las cifras acumuladas y las tasas de casos y muertes de ambos países hasta el 15 de julio de 2021: la tasa acumulada de casos de EE. UU. Es más de 4 veces mayor que la de Cuba, mientras que la tasa de mortalidad y la tasa de mortalidad excesiva son aproximadamente 12 veces más altas en los Estados Unidos.

TABLA 3 — Tasas comparativas de casos y muertes por COVID-19: Cuba y Estados Unidos, hasta el 15 de julio de 2021 (vista de tabla)



Además de las grandes diferencias en las tasas acumuladas de casos y muertes entre Estados Unidos y Cuba, la pandemia de COVID-19 ha desenmascarado las inequidades sanitarias subyacentes en los Estados Unidos que, aunque entendidas en la comunidad de salud pública, anteriormente no estaban en la conciencia pública. No se puede negar el inmenso contraste entre los resultados del COVID-19 en Estados Unidos y Cuba y su correlación con ciertos mecanismos organizativos de sus sistemas de salud.

En Cuba, las tasas de mortalidad por COVID-19 y el número de casos confirmados se han equilibrado por igual entre los estratos socioeconómicos. Las instalaciones de diagnóstico provinciales y los consultorios del vecindario han significado que las pruebas y la terapéutica sean igualmente accesibles para los residentes de áreas urbanas y rurales.26 Por el contrario, los grupos minoritarios raciales / étnicos en los Estados Unidos tienen tasas de mortalidad por COVID-19 dos veces más altas que las de los blancos. Americanos.

Además, los estadounidenses de bajos ingresos han sido los más afectados por los impactos financieros del COVID-19 (por ejemplo, desempleo, inseguridad alimentaria) además de los peores resultados de salud. Estas disparidades surgen de deficiencias estructurales como sistemas de cobertura de salud ineficientes, infraestructura de atención médica inadecuada y uso indebido de los recursos existentes.3 También se han expuesto desigualdades en las áreas de pruebas y vacunaciones.

Conclusión

Aunque Cuba y Estados Unidos se diferencian entre sí de muchas maneras, sus respectivas experiencias, especialmente los resultados, señalan claros fracasos en Estados Unidos. La respuesta más coordinada e integral al COVID-19 en Cuba ha dado como resultado resultados significativamente mejores en comparación con los Estados Unidos. Gran parte de esta diferencia se puede atribuir a la estructura de los sistemas de salud de los países. En Cuba, el MINSAP se ha hecho cargo en todos los niveles: desde la provisión de servicios de salud hasta la preservación de la universalidad y asequibilidad del sistema incluso frente a una crisis de salud global.

En los Estados Unidos, una estructura descentralizada ha permitido la difusión de la autoridad y la rendición de cuentas entre múltiples agencias federales y estatales, y no ha surgido un líder claro. Por lo tanto, se puede argumentar que la organización de los sistemas de salud cubano y estadounidense fue un determinante primario de su respuesta a la pandemia porque, respectivamente, produjeron consistencia y dirección clara, o desorganización y orientación contradictoria.

Además de las diferencias estructurales, Cuba y Estados Unidos difieren en su confianza general en el poder concentrado. La respuesta a una pandemia se basa en gran medida en las medidas de protección de la salud y un liderazgo decisivo, que muchos estadounidenses han percibido como una violación de la libertad individual. E

n Cuba, la adopción de estrictas medidas de control y el cumplimiento de la orientación gubernamental por parte de la mayoría de los residentes sin duda facilitó la exitosa respuesta al COVID-19. Es cuestionable que las acciones comparables hubieran sido ampliamente aceptadas por los residentes de los Estados Unidos, pero sin un sistema de salud bien integrado, es inconcebible que pudieran haber sido implementadas adecuadamente, independientemente de la opinión pública.

Al momento de escribir este artículo, la pandemia de COVID-19 continúa evolucionando. En los Estados Unidos, después del Día de Acción de Gracias (2020) hasta el aumento de Año Nuevo (2021), los promedios móviles de 7 días de casos nuevos y muertes mostraron una tendencia constante a la baja hasta finales de marzo de 2021, seguidos de otro aumento. Para mayo de 2021, las cifras tendieron a disminuir y luego volvieron a subir en los primeros días de julio de 2021. Después de meses de tasas de casos relativamente bajas, Cuba experimentó un aumento en los casos y muertes entre enero y marzo de 2021, seguido de una meseta.

A mediados de junio de 2021, Cuba volvió a experimentar un aumento a un máximo histórico de casi 7000 nuevos casos en 1 día a mediados de julio. El aumento se atribuye a nuevas variantes más contagiosas, la disminución de la percepción del riesgo por parte del público debido a meses de casos bajos y la introducción de vacunas, y la ineficacia de los esfuerzos renovados para limitar la transmisión mediante la restricción del movimiento de personas. Entre febrero y junio de 2021, la tasa de reproducción en Cuba y Estados Unidos se mantuvo en 1,0 y por debajo de ella, respectivamente. Para el 15 de junio, la tasa de reproducción comenzó a aumentar en ambos países, llegando a 1.5 el 10 de julio de 2021.8 Ninguno de los dos países ha superado la pandemia, y más investigaciones pueden examinar las posibles diferencias en la flexibilización o endurecimiento de las restricciones relacionadas con COVID-19 ‒ en Cuba. y Estados Unidos y los efectos posteriores. El lanzamiento de la vacuna presenta su propio conjunto de desafíos para ambos países, y los estudios futuros pueden examinar los éxitos comparativos para identificar estrategias efectivas de distribución y administración.

Sobre los autores

En el momento de la preparación del artículo, Mary Anne Powell era estudiante de la Universidad de Alabama en Birmingham. Paul C. Erwin es editor asociado de AJPH y trabaja en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Alabama en Birmingham. Pedro Mas Bermejo trabaja en el Instituto de Medicina Tropical Kourí, La Habana, Cuba.

La correspondencia debe enviarse a Paul C. Erwin, MD, DrPH, Decano y Profesor, Escuela de Salud Pública, Universidad de Alabama en Birmingham, 1665 University Blvd, RPHB 140B, Birmingham, AL 35294-0022 (correo electrónico: perwin @ uab.edu). Se pueden solicitar reimpresiones en http://www.ajph.org haciendo clic en el enlace "Reimpresiones".

Este artículo fue aceptado el 16 de agosto de 2021; publicado en línea en diciembre de 2021.

https://doi.org/10.2105/AJPH.2021.306526

Colaboradores

M. A. Powell redactó el artículo; todos los autores participaron plenamente en la redacción, edición y revisión posteriores y aprobaron la versión final.

Apéndices

Los datos y las políticas que se describen en este manuscrito son precisos hasta el 15 de julio de 2021. Debido al tiempo que transcurre entre la redacción y la publicación de este artículo, proporcionamos una actualización más reciente sobre los datos de COVID-19 en el Apéndice (disponible como suplemento del versión de este artículo en http://www.ajph.org).

Conflicto de intereses
Los autores declaran no tener conflictos de intereses.

PROTECCIÓN DEL PARTICIPANTE HUMANO
Este trabajo no involucró investigación con participantes humanos.

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(Tomado de American Journal of Public Health, diciembre de 2021 / Traducción Cubadebate)