Por Katia Siberia ECONOMÍA 23 Agosto 2023. Imvasor
"La edificación de la nueva sociedad en el orden económico es también un trayecto hacia lo ignoto". RCR
Fidel
viernes, 25 de agosto de 2023
Desequilibrios del comercio en Ciego de Ávila
lunes, 3 de julio de 2023
Espejo de agua
Por Katia Siberia SOCIEDAD
Este es Yosvany, sin apellidos, porque de eso no hablamos y porque Yosvany podría ser cualquiera. Fotos: Katia
Presiento que en los ojos de Yosvany podrían verse otros hombres, aunque nunca hayan ido a La Turbina a matar el tiempo y los peces
Los ojos de Yosvany no son “alegres e invictos”, como los del viejo flaco y desgarbado que hacía 84 días no cogía un pez. No estaba en un bote en medio del mar ni era tampoco un pescador empecinado que hubiese perdido todo, menos la esperanza.
Sus ojos son turbios como las aguas que mira y estas son, a su vez, un espejo de agua que las excavaciones de otro siglo fueron bordeando hasta dar con un manantial. De ahí salía el balastro para las líneas férreas y los temporales de aquella época terminaron rematando el hueco. Finalmente, las turbinas que instalaron para aliviar la inundación no pudieran hacer otra cosa que legarnos el nombre.
Esas aguas de La Turbina que nunca van a ningún lado, a menos que los temporales de esta época la desborden y corran por la cañada mientras las malanguetas no hagan de carnada y las retengan en su propio estanque, tienen los ojos de Yosvany. Entre pardos y carmelitas. En su viejo carné de identidad podrían haber aclarado: ojos turbina, y aquí en Ciego de Ávila hubiésemos entendido de qué color eran.
Su mirada, sin embargo, sí se ve definida, nítida. Tiene el tono de quien se sienta a pescar algo. A esperar apacible lo mucho y lo poco. O la nada.
Encajan en el rostro de un cincuentón desgastado que habla poquísimo y no parece pertenecer al nombre que tiene. No tiene cara de Yosvany, pero sí la de un hombre que se sienta al borde de un puente sobre las aguas de La Turbina a “despejar porque la cosa está mala”. Y mientras despeja saca su cordel y engaña con lombrices a las clarias que dice que están zangandongas, aunque de esas él no ha cogido ninguna.
Aquí Yosvany con una de las tres tilapias que pescó mientras Invasor le arrebataba su calma
Lo cuenta sin abatirse por su aparente mala suerte. De hecho; la expresión en su rostro curtido de otros soles es de felicidad cuando asegura que bajo sus pies hay bichos más grandes que él. Se le estiran las arrugas al abrir los ojos y sonreír desde su flanco derecho al que le faltan algunas piezas. Por ahí también se le cuela el tiempo que no aparenta y del que creo que presume. ¿Tendrá ya el vicio de los viejos cuenteros?
― ¡Que no, que yo no las he pescado, pero he visto como las sacan de aquí mismo!
Sentada a su lado puedo tener cierta idea. Me guío por sus hombros, por los pies colgantes que casi van parejos, ras al agua, y concluyo que Yosvany debe medir 1.60. Y la claria, entonces, ¿dos metros?, pregunto.
“¡Coñoooooó!”, dice un chiquillo acentuando y alargando la o, a medio metro de Yosvany. “Eso debe ser más grande que un negrón”. Así ha salido de su mente y ha pasado por su vocabulario.
“Ay, estos muchachos de hoy en día”, podría haber dicho Yosvany con cierto dejo de reproche, si hablara por voluntad y no solo cuando uno le pregunta.
―¿Es su hijo?
―No, yo no tengo hijos. Nunca tuve―, corrige, y vuelve a sentirse más viejo, a creer que el tiempo de los hijos ya no es el de él.
―Este de aquí vino y se me sentó, sin cordel, sin carná, sin ná, y le tuve que dar de tó―, refunfuña cariñoso. Lo mismo sucedió con el otro, más alejado, y ya las rémoras fueron dos. Literalmente rémoras hasta que pescaron una tilapia con su propia suerte y Yosvany empezó a hablar por sí solo.
Que no importaba si él se iba sin nada o con poco, que él estaba allí para despejar la mente, ¡que la cosa estaba muy mala!, repetía ahora y le agregaba el muy, como si del quinto párrafo a este decimocuarto la cosa hubiera empeorado. O quizás no y “muy mala” estuviera ya desde el principio de la conversación y él no repare tanto en esos detalles. En el cambio.
Yo sí.
Dejo silencios intermedios, le hago algunas fotos y observo que ciertamente no ha venido a pescar. Lleva camiseta y unas botas de goma embarradas de cemento que ni se quita para aligerarse (creo que está acostumbrado). Trabaja en la construcción por el día y hace guardias en otro lugar por las noches. Si está sentado un jueves a la 1:00 de la tarde sobre el puente de plástico negro que une los extremos de La Turbina, es porque ese día de lluvia hubo poco trabajo. El chinchineo de ese 7 de junio disipaba algunas labores.
El puente sin piso es un tubo flotante que hay que cruzar zigzagueando hasta el único lugar que la malangueta no ha “cerrado”
Yosvany, paradójico, se sometía a la intemperie, y tal vez ni un aguacero, de esos que pican en el lomo, lo hubiera hecho desistir. Allí estaba él, contra todo pronóstico: con un nailito de culeros desechables donde no cabría ni la cola de los pejes gordos que, asegura, se encuentran por esa zona.
Su jamo era la clara estampa del no pescador que yo insistía en no ver; convencida de que tatuarse un pulpo en el brazo izquierdo debía significar algo. “No, no significada nada, me gustó la imagen y me lo hice yo mismo. Y yo mismo me tatué los nombres de mis sobrinas aquí y esta de aquí es Rosa Tomasa, que es el de mi madre, y esta corona con estas iniciales son de una mujer que tuve y me falta el nombre de mi padre que me lo voy a escribir en el pecho”.
En el antebrazo izquierdo, las marcas que Yosvany lleva consigo. En el brazo derecho, la carnada, el cordel, la suerte echada
Lo dicho; solo quiere despejar y no importuno demasiado. Suficiente tiene con los dos niños que se pegaron como escamas y piden a Invasor que no los muestre, que sus madres los “traquean” ―es el término que usan― si se enteran de que no están en la escuela. Niños de primaria que se tiran al agua para demostrar que saben nadar.
Y con el alboroto él ni se inmuta. Le da igual si espantan las tilapias que iban a picarle esa tarde su carnada, porque Yosvany solo quería pescar el tiempo, soltarlo, dejarlo pasar. Por eso no lo tiene en el anzuelo: lo lleva en su mirada.
Todo eso fue, pregunta tras pregunta, aprovechando que el cordel lo sostenía con la izquierda y el cúbito de su antebrazo quedaba expuesto a la intrusa que hablaba de otra cosa, pues hasta para ella la pesca había sido un pretexto. Aunque seguía creyendo que se podía despejar la mente y pescar de verdad, con deseos. Con premeditación.
O cazar patos, por ejemplo. En el copo de los árboles los patos se balancean en filas y daba la sensación de que tampoco pescaban, que se lanzaban al agua sin una táctica definida, solo a remansar.
Error. Dice Yosvany que ellos pescan de las dos formas, al estilo más común de los pelícanos o nadando por abajo del agua. Ahí es cuando uno tira una red, les hace trampa y los pesca por abajo. De ese modo los ha cogido, lo que “hay que meterse en el agua y ¡qué va! …”
Hoy tampoco es día para pescar patos.
Estos patos, podrían pescarse bajo el agua, pero ahora están muy altos, muy lejos
viernes, 26 de mayo de 2023
El Banco: ¿en el banquillo de los acusados?
Por Katia Siberia ECONOMÍA 25 Mayo 2023
miércoles, 24 de mayo de 2023
Estimados agrícolas, al plato
miércoles, 17 de mayo de 2023
Un acto premeditado en la Paquito González
Acto por el 17 de mayo, día del campesinado. Un pretexto para, ese día, sentarse y celebrar. Fotos: Katia
Detrás de la fecha presente que celebra en mayo a los campesinos puede haber, como mínimo, un año de trabajo, que es el tiempo que demora un plátano avileño, entre la cepa y el desmane del mercado. Pero detrás del acto que esta semana hubo en la Paquito González hay, como mínimo, 40 años de trabajo.
Se veía venir. La rentabilidad cultivada, año tras año, ininterrumpidamente y durante más de cuatro décadas, terminaría cosechando sus frutos: credibilidad. Y ese crédito le ha servido a la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) Paquito González para que no solo su gente crea en lo que ellos pueden sacarle al surco. Han ido convirtiéndose en referentes, con todo el peso que implica en estos tiempos presumir de quintales y quintales de comida, cuando muy cerca, por ejemplo, una CPA acaba de disolverse y ellos asumen esas tierras, como si fueran un monopolio platanero entrenado para oler posibilidades donde otros, apenas, hieden a pérdidas.
Algunos “sabuesos” dirán que a la Paquito le resulta más fácil, pues tienen allí lo que no hay en otras cooperativas; pero esa es una verdad a medias, porque Invasor hacía notar sus peculiaridades hace cinco años. Aparecía inscrita en un programa de 78 cooperativas del país, con similares condiciones (y extensiones), que debían producir más de 100 000 quintales, y solo 36 lograron la meta, dentro de ellas la CPA avileña, que produjo 180 000 y se llevó el título de la mejor del país en Cultivos Varios.
Entonces, los hombres que jugaban dominó debajo de un tamarindo se regodeaban más de los anticipos que de la buena data. Habían crecido en un 42 por ciento. Los 345 socios recibían casi el doble de lo de antes y algunos no escatimaban la celebración en las aguas de las turbinas, donde se diluía hasta la resaca. Esas mismas turbinas, en tres caballerías, bombeaban 400 litros por segundo y promediaban unos 7000 quintales. Y, luego de cambiar la bomba, ahorraron electricidad, implementaron un sistema de riego por goteo y, con 40 litros por segundo, empezaron a obtener 20 000 quintales. El agua se reducía 10 veces y los rendimientos se multiplicaron (casi) por tres.
Y donde dice agua, dígase fertilizantes, inversiones, preparación de tierras…, todo lo que José Alberto González Sánchez, el presidente, mide con el filtro de la eficiencia; una palabra que pronuncia fácil ahora, pero que hace dos años no lograba traducir.
“Cuando se implementó el ordenamiento, hicimos un diagnóstico y, al calcular el precio de los fertilizantes, de otros insumos, y el precio al que teníamos aprobado vender nuestros productos, nos dimos cuenta de que íbamos a perder unos dos millones de pesos, y empezamos a planificarnos mejor, a hacer cosas diferentes, a rotar mejor las áreas… y terminamos ganando más de seis millones de pesos ese 2021. Y más de ocho millones en 2022”, remata.
El crecimiento ha sido vertical y horizontal, extensiones y rendimientos que se cosechan en las 90 hectáreas (ha) de riego por goteo o en otras 900 bajo máquinas. Unas áreas fundacionales y otras heredadas, por lo que la Paquito será más grande de lo que ya era y un crédito saudí impulsará nuevos regadíos, aunque José Alberto insiste en que lo mejor siguen siendo sus campesinos, los 340 asociados; una cifra casi inamovible: nadie quiere irse de la CPA.
Las razones que ofrece para tal retención se explican sin necesidad de que ningún asociado las respalde. “Los anticipos no son altos, sobrepasan los 4000.00 pesos, pero les ofertamos todos los meses granos, 10 libras de arroz a 3.00 pesos y 10 de frijoles; y lo hemos hecho aun comprando el arroz a precios elevados. Todas las semanas vendemos viandas y este mes, por ejemplo, agregamos aceite y pastas a precios módicos. En total, con el anticipo, el valor de lo que vendemos, la estimulación que pagamos en cada trimestre, más las utilidades de fin de año, se promedian unos 17 000.00 pesos cada mes”.
Mientras José Alberto saca sus cuentas, se permite una incidental para aclarar que allí no escatimarían en cifras para atender al hombre, su principal recurso.
Ni siquiera dudaron al calcular las pérdidas. No pensaron en recortar ningún incentivo porque “si el campesino no está contento, si no tiene sus problemas medianamente resueltos, no puede pensar en la cooperativa, ni asumir que esa es la fuente de bienestar, que de su trabajo sale el beneficio”.
No obstante, los beneficios pueden durar un mes o toda la vida si se convierten en techo; que es el logro mayor de los 60 guajiros que tuvieron sus casas gracias al empeño de la cooperativa, que es lo mismo que gracias a sus empeños, al trabajo amasado con el sudor de sus cuerpos. La frente es poca cosa a media mañana. Sudan con todo, se bañan en su propio sudor.
Por eso, cuando este miércoles, a las 9:30 am, los termómetros de Ciego de Ávila marcaban 34 grados Celsius, nadie se quejaba de asistir a un acto por el 17 de mayo en el que, al menos, estaban sentados. Acostumbrados están al calor, al resplandor, al llamado a producir, a que les digan que son los mejores… Nada nuevo bajo el sol de hoy.
Como tampoco eran nuevas muchas caras. Una de ellas reconocida por el lente de Invasor. Otra vez Yudismar Zaldívar Martínez, el muchacho que sigue protegiendo a la Paquito por su cargo de jefe de Seguridad y Protección, y por el sentido de pertenencia que le ha nacido. Un guapo sin alardes, al que mucho y poco le ha cambiado la vida desde entonces.
Hace cuatro años contaba que ya tenía el piso de la casa en la mano y, obviamente, dábamos por sentado que no lo tenía en los pies, que su vivienda era una de las que se irían construyendo a un costado del estadio. Un paisaje que hoy contrasta con su ayer. Si no fueran las mismas palmas, al fondo, y el estadio impecable, a la derecha, uno podría pensar que llegó a otro sitio.
El batey de la Paquito González ya no es el mismo. Afortunadamente la vida allí ha mejorado
Sin embargo, es en la Paquito donde ahora Yudismar tiene 37 y casa terminada. Dejó de ser delegado a un congreso juvenil y es diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, pero sigue cabalgando en las noches de su CPA, esquivando balines y espantando ladrones.
Los balines pueden estar en cualquier rodamiento gastado y ser disparados desde las ligas de una flecha. Los ladrones, en todos lados, “aunque son frecuentes en las zonas del riego por goteo, que tienen plátanos de mejor calidad”, confiesa Yudismar, y al segundo roza la contradicción. “Bueno, es tan constante la amenaza de robo que ya uno no se confía en ningún lugar. A pesar de que hay guardias cada noche, yo siempre estoy dando vueltas. A caballo y con machete. Nada más”.
El “nada más” lo dice con cierto aire, después de una pausa que no era coma, sino punto y aparte. Es un hombre alto, que no se anda con miedos o, de lo contrario, no fuera lo que es: un celador.
Yudismar, delante de los plátanos que cuida con celo y bajo un sol que le ensombrece el rostro
José Alberto González Sánchez también lo es en grado mayúsculo. Es responsable de unas 1500 ha cultivables, de los recursos que sobre ella se emplean y de los 340 hombres (y familias) que la hacen parir, aun cuando las leyes dejen claro que la asamblea gobierna la cooperativa, a través de decisiones colegiadas.
Así la conduce él; solo que le ha pasado lo mismo que a su CPA: se ha ganado la credibilidad y muchos apuestan, lo secundan confiados. Han acertado, año tras año, hasta presagiar récords productivos y celebrar actos premeditados.
lunes, 8 de mayo de 2023
Conclusiones apresuradas
Foto: Katia
Después de postergar durante una década la anunciada aprobación de las mipymes, en estos casi dos años de creadas les han llovido más cuestionamientos que halagos
La Cadena Cubana del Pan, que pertenece a un ministerio cuya importadora no ha podido situar la harina de trigo en sus almacenes, no amasaría siquiera las 9 toneladas diarias de pan que venderán en Ciego de Ávila a precios diferenciados, si diferente no fuera el origen de su “nueva” harina de trigo.
Una empresa privada hará, y está haciendo, lo que la importadora estatal no ha podido; ya sea a causa del bloqueo norteamericano, por la falta de financiamiento, por los costos de los fletes, o por una larga cadena que la pequeña o mediana empresa privada, a cuenta y riesgo, ha logrado acortar.
Invasor aún no se ha sentado a relatar los avatares del privado, si bien damos por sentado que no compra mayoristamente buques de harina o de trigo y, en consecuencia, paga más por toneladas o que hará “malabares” para luego reaprovisionarse en moneda extranjera y cerrar ciclos financieros, mientras paga por contenedores en el Mariel, y camiones alquilados, y estibadores…
Conclusión primera: toda actividad comercial tiene un costo.
El saldo para la parte estatal se esbozaba en octubre de 2022, cuando la directora técnica de la Empresa Cubana de Molinería aclaraba que un buque de trigo costaba alrededor de 16 millones de dólares y, al mes, Cuba necesitaba cuatro. La inestabilidad en el financiamiento, dijo, nos dejaba con uno o con dos, y entonces el mayor costo era fácil de calcular: no se producía ni la mitad de lo que demandábamos. Y para producir esa harina o ese pan, antes hay que llevar el trigo a la industria molinera, procesarlo, transportarlo en casillas de tren o rastras para luego… Es decir, tampoco se produce al ritmo que necesitamos.
Pero Invasor sí estuvo en la reunión donde el director de la Cadena Cubana del Pan en la provincia sometía a consideración fichas de costo con esa “otra” harina importada que ellos adquieren aquí a 300.00 pesos el kilogramo y elevaría el precio del pan de 200 gramos a 70.00 pesos.
Conclusión segunda: las dos partes han salido ganando en su encadenamiento, aunque no faltarán quienes cuestionen a la empresa de la Industria Alimentaria por el precio abusivo y quienes acusen, en primer lugar, a las micro, pequeñas y medianas empresas (mipymes) privadas, por ser más abusivas aún.
Y yo, que no soy ni economista ni fiscalizadora, y que solo tengo la palabra de quienes calculan, certifican y explican por qué la vida se nos ha encarecido tanto, debo decir que, a pesar de no alcanzarme el salario, a veces me bastan ciertas explicaciones.
Ese no será el “pan nuestro de cada día” del sector presupuestado, pero ya sabemos que existen —para bien— otros consumidores, otros ingresos. El de ese mismo trabajador en una mipyme, el del padre que recibe remesas, el del trabajador de la empresa estatal que sí paga resultados porque sí los obtiene…
No sería lógico entonces que yo, desde mis 4800.00 pesos mensuales, le exija a una empresa privada que produzca teniendo en cuenta mi escala salarial. Como si ya esta tuviera suficiente tiempo de creada y hubiese podido abaratar costos a golpe de eficiencia y procesos más dinámicos; como si tuviese la red de distribución estatal o pagara los bajos salarios que pagan las panaderías estatales; como si accediera a recursos por planes y no por gestiones; como si tuviese un fondo aprobado para garantizar producciones subvencionadas y luego viniera el presupuesto del Estado a cubrir ese déficit.
No. No son las mismas circunstancias, por más que se diga que estatales y privados están en igualdad de condiciones. Y esas diferencias se reflejan en precios, también. Se traducen en sesgos, incluso, si decimos empresa estatal socialista, y no empresa privada socialista. Se confunde propiedad con sistema, ¿o es que acaso todas no pertenecen al mismo entramado empresarial del socialismo cubano?
Después de postergar durante una década la anunciada aprobación de las mipymes, en estos casi dos años de creadas les han llovido más cuestionamientos que a las que llevan décadas siendo ineficientes y no han podido, o sabido, reinventarse para abastecer al hoy maltrecho mercado.
De ahí sacan conclusiones apresuradas que dividen en buenas y malas; un fuego cruzado en el que pierden ambas y, por transitividad, todos. Los que compran pan… y los que no.






