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domingo, 26 de enero de 2020

¿ Es China capitalista?

25 enero, 2020 Por obsadmin Deja un comentario

Marc Vandepitte , filósofo y economista

De creer lo que se escribe a derecha e izquierda sobre China, ¡no habría nada más que hablar! Se dice que el país ha capitulado y se ha vuelto capitalista, al margen de lo que pueda pretender el propio régimen chino. Es precisamente contra esta opinión casi unánime contra lo que luchan enérgicamente los economistas Rémy Herrera y Zhiming Long en su libro La Chine est-elle capitaliste?* [¿Es capitalista China?].
 Intereses
Es una cuestión fundamental para la izquierda. En primer lugar porque se trata de casi una cuarta parte de la población mundial y de uno de los raros y últimos países surgidos de una revolución socialista, de modo que la dirección que adopte China será determinante para el futuro del planeta.
Más aún, es un reto importante para la batalla de las ideas en nuestros países. El desarrollo económico de China es un éxito impresionante. En el momento en el que el capitalismo ofrece signos evidentes de declive hay un interés extraordinario en reivindicar como «capitalista» el éxito de China. De este modo sigue siendo posible atribuirse cierto crédito ideológico e incluso desanimar un poco a las fuerzas adversas. Por medio del pensamiento único neoliberal se hace lo imposible para convencer a la gente de que el socialismo no tienen futuro. Una China socialista rompería los esquemas.
Todo es cuestión de punto de vista
Por supuesto, hay una serie de fenómenos evidentes que abogan a favor de reconocer a China como un ejemplo de capitalismo: la cantidad cada vez más importante de personas multimillonarias, el consumismo de amplios sectores de la población, la introducción de muchos mecanismos de mercado después de 1978, la implantación de casi todas las grandes empresas occidentales que por medio de salarios muy bajos tratan de convertir al país en una gran plataforma capitalista, la presencia de los mayores bancos capitalistas en suelo chino y la omnipresencia de empresas privadas en los mercados internacionales.
Pero, según argumentan Herrera y Long, si Francia o cualquier otro país occidental colectivizara toda la propiedad de la tierra y del subsuelo, nacionalizara las infraestructuras del país, pusiera en manos del gobierno la responsabilidad de las industrias clave, estableciera una rigurosa planificación central; si el gobierno ejerciera un control estricto sobre la moneda, sobre todos los grandes bancos e instituciones financieras; si el gobierno vigilara de cerca el comportamiento de todas las empresas nacionales e internacionales; y, por si aún no fuera suficiente, si en la cima de la pirámide política estuviera un partido comunista que supervisara el conjunto… ¿se podría entonces seguir hablando de un país «capitalista» sin caer en el ridículo? A todas luces, no. Evidentemente lo calificaríamos de socialista e incluso de comunista. Sin embargo, curiosamente hay una obstinada reticencia a calificar así al sistema político-económico vigente en China.
En opinión de los autores, para entender bien el sistema chino y no enredarse en observaciones superficiales hay que tener en cuenta varios factores excepcionales que caracterizan al país, empezando por la cantidad enorme de personas que compone su población así como la extensión y diversidad de su territorio.
También es indispensable mantener en perspectiva los diferentes periodos, cada uno de ellos de siglos de duración, a lo largo de los cuales fueron tomando forma la nación y la cultura.
Así, durante dos mil años el Estado se apropió de la plusvalía de las personas campesinas y también reprimió duramente toda iniciativa privada y transformó las grandes unidades de producción en monopolios del Estado. A lo largo de esos siglos nunca se habló de capitalismo.
Finalmente conviene tener en cuenta la humillaciones coloniales de la segunda parte del siglo XIX y de una primera mitad del siglo XX particularmente convulsa, con tres revoluciones y otras tantas guerras civiles. Así, durante una guerra civil que duró treinta años el Partido Comunista llevó a cabo en los «territorios liberados» muchas experiencias en las que el sector privado se dejó en gran medida intacto con el fin de que compitiera con las nuevas formas de producción colectiva.
Más allá de los clichés
Antes de analizar las especificidades del sistema Herrera y Long saldan cuentas con dos clichés arraigados sobre el éxito de China. El primero, muy extendido, mantiene que el crecimiento económico rápido llega después de las reformas de Deng Xiaoping de 1978 y gracias a ellas, lo cual es totalmente falso.
En los diez años anteriores a este periodo la economía ya había conocido un crecimiento del 6,8 %, es decir, el doble del que tuvo Estados Unidos en el mismo periodo. Teniendo en cuenta las inversiones en medios de producción (capital fijo) y en conocimientos y experiencia (recursos educativos), se aprecia un crecimiento casi equivalente para los mismos periodos e incluso un crecimiento más importante investigación y desarrollo en el caso del primer periodo.
La política agrícola es un elemento esencial para explicar el éxito de China, que es uno de los pocos países del mundo que garantizó a sus poblaciones campesinas un acceso a las tierras agrícolas. Después de la revolución la gestión de las tierras agrícolas dependía del gobierno, que asignaba a cada campesino una porción de tierras agrícolas. Esta regla continúa vigente hoy en día. La cuestión agrícola es fundamental en una China que debe alimentar a casi el 20 % de la población mundial con solo un 7 % de tierras agrícolas fértiles. Hay que tener en cuenta que en China se habla de un cuarto de hectárea de tierra agrícola por habitante, en India del doble y en Estados Unidos de cien veces más.
A pesar de los errores del Gran Salto Adelante China iba a lograr alimentar a su población bastante rápidamente, tanto más cuanto que las plusvalías generadas por la agricultura se invirtieron en la industria, con lo que se establecieron las condiciones de un desarrollo industrial rápido.
El crecimiento espectacular del 9,9 % en el periodo que siguió a las reformas solo fue posible gracias a los esfuerzos y a los logros de los treinta primeros años posteriores a la revolución. Bien mirado, bajo Mao el país ya había conocido un crecimiento impresionante. Bajo su dirección se triplicaron los ingreso por habitante mientras que la población se duplicaba. Y los autores destacan también que en su fase inicial la economía china ni era una «autarquía» ni tenía voluntad de replegarse sobre sí misma sino que el país sufría un embargo de Occidente.
Según un segundo cliché muy extendido este crecimiento espectacular es el resultado natural y lógico de la apertura de la economía y de la integración en el mercado mundial capitalista y, más particularmente, de la entrada en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001. Pero esto tampoco se sostiene.
Mucho antes de dicha entrada China conocía ya un fuerte crecimiento económico: entre 1961 y 2001 se habla de un crecimiento anual del 8 %. Es indudable que esta apertura fue un éxito, pero el aumento del crecimiento no fue en absoluto espectacular. En los cinco primeros años después de la entrada [en la OMC] el crecimiento económico apenas aumentó poco más del 2 %.
La apertura económica a países extranjeros (comercio, inversiones y flujo de capitales financieros) tuvo unas consecuencias desastrosas para muchos países del tercer mundo. En China esta apertura fue un éxito porque se sometió a las necesidades y objetivos del país, y porque estaba totalmente integrada en una sólida estrategia de desarrollo. Según Herrera y Long, la coherencia de la estrategia de desarrollo en China no tiene equivalentes entre los países del Sur.
Ni comunismo ni capitalismo
Por consiguiente, ¿qué se oculta detrás del «socialismo con características chinas»? Para los autores, sin lugar a dudas no se trata de comunismo en el sentido clásico del término. Marx y Engels entendía por comunismo la abolición del trabajo asalariado, la desaparición del Estado y la autogestión de la producción. No es el caso de la China actual, como tampoco fue nunca el caso en los países del «socialismo real».
En China no fue tanto la consecuencia de una opción ideológica como de las extremadamente difíciles circunstancias en las que nació y se tuvo que realizar la revolución. En 1949, tras una guerra civil interminable, se instala un Estado que se denomina «comunista» y que a medida que avanzaba se fue distanciando del modelo soviético.
Después de la apertura y las reformas bajo Deng Xiaoping «el socialismo retrocedió enormemente en China. Hoy estamos lejos del ideal igualitario comunista». Los autores señalan en este sentido una serie de parámetros como el individualismo, el consumismo, el afán por los negocios lucrativos, el arribismo, el gusto por el lujo y la apariencia, la corrupción, etc. Es indudable que estos aspectos son preocupantes, aunque el gobierno chino hace todo para restablecer la «moral socialista».
Aunque es indudable que no es comunismo, tampoco es capitalismo. Para Marx el capitalismo supone «una separación muy fuerte entre el trabajo y la propiedad de los principales medios de producción». Los propietarios del capital tienen tendencia a formar colectivos (accionistas) que ya no gestionan directamente el proceso de producción sino que lo dejan en manos de los gestores. A menudo el beneficio adopta la forma de dividendos sobre las acciones.
La mayor parte de las muchas empresas (en general pequeñas empresas familiares artesanales) no responde a este criterio, ni tampoco las muchas empresas «colectivas» en las que las personas obreras son propietarias del aparato de producción y tienen derecho a voto en el nivel directivo, y menos aún en el caso de las cooperativas.
Ni siquiera en las empresas estatales está tan clara la separación entre trabajo y propiedad porque incluso ahí existe una forma de cogestión por parte de los obreros y empleados, aunque sea limitada. En resumen, a menudo es muy relativa la separación entre trabajo y propiedad.
Otro criterio para definir el capitalismo es «la maximización del beneficio individual». Esto no es en absoluto relevante en las grandes empresas estatales donde se concentran los medios de producción más importantes.
Por consiguiente, no se trata de capitalismo pero, entonces, ¿quizá es «capitalismo de Estado» (1)?. Según los autores del libro, el término se acerca más aunque sigue siendo demasiado difuso, demasiado vago al tiempo que encierra demasiados sobreentendidos.
Entonces, ¿de qué se trata?
Los principales dirigentes chinos no niegan la presencia de elementos capitalistas en su economía, pero los consideran uno de los componentes de su sistema híbrido cuyos sectores claves están en manos del gobierno. Para ellos China navega todavía por «la primera fase del socialismo, esto es, una etapa que se considera imprescindible para desarrollar las fuerzas productivas».
El objetivo histórico es y sigue siendo un socialismo avanzado. Como Marx y Lenin, se niegan a considerar el comunismo «un reparto de la miseria» y, por consiguiente, afirman «su voluntad de proseguir una transición socialista durante la cual una muy amplia mayoría de la población podrá acceder a la prosperidad. ¿No se demostraría a la vez que el socialismo puede y debe superar al capitalismo?», se preguntan los autores.
Describen el sistema político-económico de China como «socialismo de mercado o con mercado». Dicho sistema se basa en diez pilares, muy ajenos al capitalismo:
– La perennidad de una planificación fuerte y modernizada, que ya no es el sistema rígido y extremadamente centralizado de los primeros tiempos.
– Una forma de democracia política, claramente perfeccionable, pero que hace posible las opciones colectivas que están en la base de dicha planificación.
– La existencia de unos servicios públicos muy amplios que en su mayor parte siguen estando al margen del mercado.
– Una propiedad de la tierra y de los recursos naturales que siguen siendo de dominio público.
– Unas formas diversificadas de propiedad, adecuadas a la socialización de las fuerzas productivas: empresas públicas, pequeña propiedad privada individual o propiedad socializada. Durante una larga transición socialista se mantiene, incluso se fomenta, la propiedad capitalista a fin de dinamizar el conjunto de la actividad económica y de incitar a las demás formas de propiedades a ser eficaces.
– Una política general que consiste en aumentar relativamente más rápidamente las remuneraciones del trabajo respecto a otras fuentes de ingresos.
– La voluntad declarada de justicia social promovida por los poderes públicos, según una perspectiva igualitaria frente a una tendencia de varias décadas al empeoramiento de las desigualdades sociales.
– Se da prioridad a preservar el medioambiente.
– Una concepción de las relaciones económicas entre los Estados basadas en el principio de que todos ganan.
– Unas relaciones políticas entre Estados basadas en la búsqueda sistemática de la paz y de unas relaciones más equilibradas entre los pueblos.
Algunos de estos pilares se abordan con más detalle. Aquí distinguiremos dos de ellos: el papel clave de las empresas estatales y de la planificación modernizada. El libro también trata un asunto importante: la relación entre el poder político y el económico.
Las empresas estatales desempeñan un papel estratégico en el conjunto de la economía. Operan de un modo que no va en detrimento de las muchas pequeñas empresas privadas ni del tejido industrial nacional. Sus objetivos se orientan a las inversiones productivas y pueden proporcionar fácilmente servicios baratos tanto a otras empresas como a proyectos colectivos. Dentro de estas empresas el propio Estado puede determinar qué gestión sería la más adecuada.
En todo caso, el papel que desempeñan las empresas estatales es una de las explicaciones esenciales de los buenos resultados de la economía china. Y también desempeñan su papel en ámbito social. Las empresas estatales pueden remunerar mejor a sus empleados y ofrecerles una cobertura de seguridad social mejor. En este sector es más posible salvar la brecha entre ricos y pobres.
El proyecto de una economía es «el verdadero espacio donde una nación elige un destino común y el medio para que un pueblo soberano se convierta en su dueño». Según Herrera y Long, en el caso de China se trata de una «planificación» fuerte cuyas técnicas se han suavizado, modernizado y adaptado a las exigencias del presente. En la antigua «planificación excesivamente centralizada» una empresa debía aceptar los productos a pesar del coste real al que se habían fabricado.
Este mecanismo limitaba enormemente las posibilidades de iniciativa de las empresas así como la propia eficacia del sector productivo en su conjunto. La calidad y el costo se consideraban problemas «administrativos» o «tecnocráticos» y perdían su posibilidad de estimular la economía. Los imperativos y limitaciones de la producción se manifestaron en una recurrencia de las crisis de disponibilidad de los recursos materiales.
Por consiguiente, desde finales de la década de 1990 interviene una planificación más flexible, monetarizada y descentralizada. Esta nueva planificación seguía estando bajo la dirección de una autoridad central macroeconómica. Se dio a las empresas más autonomía para gestionar las divisas y comprar mercancías. Esta flexibilización llenó varias lagunas de la antigua planificación y llevó a un desarrollo económico más intensivo (2) y respetuoso con el medio ambiente.
¿Para una transición al socialismo es necesario que coincidan perfectamente los poderes económico y político? Los autores creen que no. En cambio, es necesario que quienes poseen el poder económico (los capitalistas) estén bajo la tutela estrecha del poder político. A este respecto los autores remiten a una discusión que tuvo lugar en 1958 entre Mao Zedong y el gobierno soviético de entonces.
Según Mao Zedong, la revolución china podía seguir caminando sin problemas aunque China todavía contara con capitalistas. Su argumento era que la clase capitalista ya no controlaba al Estado sino que este control lo ejercía entonces el Partido Comunista (3). Según los autores, actualmente la alta proporción de propiedad pública en los sectores estratégicos limita eficazmente las ambiciones de los propietarios del capital nacional privado. Además, el Partido Comunista sigue estando en posición de impedir que la burguesía se vuelva a convertir en una clase dominante.
El futuro
Permanece en suspense la opinión de los autores respecto la posible trayectoria de China. Sigue siendo posible una progresión en la dirección del socialismo, aunque no se pueda excluir una restauración del capitalismo. La lucha de clases será quien determine la cuestión.
En la China actual los equilibrios de clase son complejos. Por una parte está el Partido Comunista que se apoya sobre todo en las clases medias y en los empresarios privados, dos grupos a los que en las últimas décadas les ha interesado fomentar una economía con un alto crecimiento. Por otra parte están las masas obreras y campesinas «que siguen creyendo en la posibilidad de constituirse como sujetos de su historia y que siguen proyectando sus esperanzas en un futuro socialista».
Ahora la cuestión es saber si el partido logrará perpetuar sus éxitos sin desequilibrar la relación de fuerzas a beneficio de las personas trabajadoras y campesinas. Si el partido toma el camino del capitalismo corre peligro de trastornar este frágil equilibrio. Eso podría provocar grandes confrontaciones políticas e incluso provocar a una pérdida de control de las oposiciones sobre las que reposa el sistema, lo que supondría un fracaso en lo que concierne a las estrategias de desarrollo a largo plazo.
El desenlace es incierto, pero para los autores se pueden observar muchos aspectos que marcan claramente la diferencia con el capitalismo.
Más allá de esto, también están los objetivos a largo plazo del socialismo y hay potencial para reactivar el proyecto.
Otro factor de incertidumbre que es determinante para el futuro es el capitalismo de los monopolios financieros sostenidos por la hegemonía de Estados Unidos, que cada vez busca más la confrontación con China a pesar del denso tejido económico que existe entre ambos países. Herrera y Long advierten de que en Occidente debemos ser conscientes de que el capitalismo mundial está en un callejón sin salida y «que la agonía de este sistema solo aportará a los pueblos del mundo devastaciones sociales en el Norte y guerras militares contra el Sur».
Hay que añadir que sólo podemos esperar que la lógica capitalista se pueda mantener bajo control en China. De lo contrario, nos encontraríamos en una situación comparable a la que caracterizó la víspera de la Primera Guerra Mundial, cuando los bloques imperialistas emprendieron un pulso a fin de ampliar su zona de influencia o mantenerla.
Los autores no esbozan una historia triunfante. El «socialismo con características chinas» no constituye en modo alguno un «ideal logrado del proyecto comunista. Sus desequilibrios son demasiado patentes». En este sentido señalan que China sigue siendo un país en vías de desarrollo y que precisamente por ello «este proceso será largo, difícil, lleno de contradicciones y de riesgos», lo que no debería sorprendernos porque «¿acaso el capitalismo no necesitó siglos para imponerse?». Los muchos desequilibrios y contradicciones deberían frenar a las personas simpatizantes o al menos impedirles caer en la tentación de exportar demasiado rápido la receta china.
Algunas notas al margen…
Aunque Herrera y Long son profesores universitarios saben cómo exponer sus argumentos de forma ligera, legible y convincente. El libro contiene información sólida, con cifras y muchos gráficos útiles. En el anexo se incluye una cronología muy interesante que traza la historia de China desde el comienzo de la humanidad. Un punto débil del libro es que no todos los argumentos son tan exhaustivos, además de ser demasiado conciso para ello.
El punto de vista elegido es económico, lo que tiene la ventaja de ser más materialista que «fluctuante» y la desventaja de subestimar a veces el papel de la lucha ideológica. Herrera y Long señalan algunos aspectos negativos en este sentido, pero subestiman el hecho de que toda la sociedad está literalmente impregnada de la propaganda capitalista, incluso dentro del propio Partido Comunista. En este sentido son esclarecedores los acontecimientos de Tiananmen ya que, en efecto, faltó muy poco para que China tomara el mismo camino que la Unión Soviética. Si se quiere mantener el rumbo en dirección del socialismo será crucial frenar la ideología capitalista.
En su argumentación sobre si el sistema es capitalista o no se centran en la cuestión de las relaciones de propiedad, lo cual es correcto, pero sólo en parte porque las relaciones de propiedad no dicen todo respecto al control que ejerce el gobierno sobre la economía. Al dar o no acceso a los contratos de adjudicación, a los beneficios fiscales, al acceso a los fondos de inversión del gobierno, a las instituciones financieras y a los subsidios, etc., el gobierno central dirige de hecho grandes sectores, incluidas empresas privadas, sin tener un control directo sobre estas empresas como tales ni poseer acciones en ellas (4).
Por múltiples razones China es uno de los países peor comprendidos del mundo, por lo que el libro de Herrera y Long es más que bienvenido. De forma valiente va a contracorriente de los prejuicios y señala algunos clichés arraigados. A la luz del relativo descenso a los infiernos del capitalismo, tanto económica como políticamente, los autores provocan la discusión ideológica. Esta es la segunda razón por la que es un libro muy recomendable
* Rémy Herrera y Zhiming Long, La Chine est-elle capitaliste ?, París, Éditions Critiques, 2019, 199 p.
Notas:
(1) El término «capitalismo de Estado» está lejos de referirse a la univocidad de un concepto sobre el que existe consenso. Ofrecemos a continuación algunos sistemas que podrían corresponder a este término:
– El Estado lleva a cabo actividades comerciales y remuneradoras, unas empresas estatales ejercen una gestión de tipo capitalista (aunque el Estado se considere socialista).
– Presencia fuerte o dominante de empresas de Estado en una economía capitalista.
– Los medios de producción están en manos del sector privado, pero se somete la economía a un plan económico o supervisión (cf. la obra de Lenin, Nueva política Económica).
– Una variante de lo anterior es que el Estado dispone de un fuerte control en materia de asignación de créditos e inversiones.
– Otra variante: el Estado interviene para proteger sus monopolios (capitalismo monopolista de Estado).
– Otra variante más: la economía está mayoritariamente subvencionada por el Estado, que se encarga de las cuestiones estratégicas de investigación y desarrollo.
– El gobierno gestiona la economía y se comporta como una gran empresa que utiliza la plusvalía generada por el trabajo para reinvertirla.
Fuentes: Ralph Miliband, Politieke theorie van het marxisme, Amsterdam, 1981, p. 91-100; http://en.wikipedia.org/wiki/State_capitalism .
(2) Un desarrollo extensivo equivale a un crecimiento cuantitativo, más de lo mismo por medio de la inversión de más personas y máquinas o haciéndolas trabajar de manera más intensiva. Desarrollo intensivo = crecimiento cuantitativo basado en una mayor productividad.
(3) «There are still capitalists in China, but the state is under the leadership of the Communist Party», Mao Zedong, On Diplomacy, Beijing 1998, p. 251.
(4) Véase por ejemplo Roselyn Hsueh, China’s Regulatory State. A New Strategy for Globalization, Ithaca 2011; Zhao Zhikui, ‘Introduction to Socialism with Chinese Characteristics’, Bejing 2016, Cap. 3; Arthur Kroeber, ‘China’s Economy. What Everyone Needs to Know’, Oxford 2016; Robin Porter, ‘From Mao to Market. China Reconfigured’, Londres 2011, p. 177-184; Barry Naughton, ‘Is China Socialist?’, The Journal of Economic Perspectives, Vol. 31, No. 1 (invierno de 2017), pp. 3-24, https://www.jstor.org/stable/44133948?seq=5#metadata_info_tab_contents .
Fuente: https://www.investigaction.net/fr/la-chine-et-la-destinee-du-monde/

martes, 25 de abril de 2017

¡No es la desigualdad, estúpido!

Alfredo Apilánez - trampantojos y embelecos

La “nueva izquierda” y el trampantojo de la desigualdad
Hay que preguntarse si la economía pura es una ciencia o si es “alguna otra cosa”, aunque trabaje con un método que, en cuanto método, tiene su rigor científico. La teología muestra que existen actividades de este género. También la teología parte de una serie de hipótesis y luego construye sobre ellas todo un macizo edificio doctrinal sólidamente coherente y rigurosamente deducido. Pero, ¿es con eso la teología una ciencia?” Antonio Gramsci
Sería una gran tragedia detener los engranajes del progreso sólo por la incapacidad de ayudar a las víctimas de ese progreso
Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal (1987-2006)
No existe tema que concite actualmente debates más vehementes sobre cuestiones económicas que el de las causas y posibles medidas correctoras de las crecientes desigualdades de renta y de riqueza agudizadas en estos tiempos de crisis y de recrudecimiento del embate neoliberal. En los últimos cuarenta años, el peso de los salarios en la renta nacional ha sufrido un significativo descenso en paralelo a la extraordinaria acumulación de riqueza en el fastigio de la pirámide social (la moda de referirse al abismo entre el 1 y el 99% remite a esta extrema divergencia entre la cúspide y la base). El éxito reciente del texto de Piketty (“El capital en el siglo XXI”) demuestra la enorme preocupación que la erosión acelerada de los colchones amortiguadores del WelfareState perpetrada por la apisonadora neoliberal suscita en las capas sociales ilustradas nostálgicas del capitalismo con “rostro humano”. El arco de opiniones “respetables” abarca desde las posturas- llamémoslas “redistribuidoras”- de los restos de la socialdemocracia que ejemplifica Piketty  (defensor de medidas correctoras, como un impuesto global sobre la riqueza que contrarreste las tendencias hacia una forma de capitalismo “patrimonial” marcado por lo que califica como desigualdades de riqueza y renta “aterradoras”) hasta el despiadado neoliberalismo privatizador y desregulador de los cachorros de Friedman y Hayek. Los “redistribuidores” ponen el foco asimismo en la necesidad de poner coto (la Tasa Tobin y la lucha contra los paraísos fiscales serían ejemplos paradigmáticos) a la colosal extracción de rentas por parte del capital financiero y de los monopolios energéticos que agostan con su voracidad parasitaria las virtudes  de las sanas actividades productivas que –en caso contrario- derramarían sus dones sobre el tejido social. La contraposición entre rentismofinanciarizado depredador versus capitalismo temperado creador de riqueza y empleo domina el discurso regenerador (la obra –en otros aspectos interesantísima- de Steve Keen o Michael Hudson ilustra bien esta posición) de la izquierda reformista. El Estado debe, por tanto, mediante regulaciones financieras estrictas y medidas fiscales deficitarias de incremento del gasto y la inversión públicos, posibilitar la corrección de las fuerzas desatadas por la brutalidad de la agresión neoliberal (detener el “austericidio”) orientándolas hacia cauces que reviertan los rasgos patológicos en pos de un capitalismo bonancible (recuperar la soberanía monetaria, controlar el casino financiero, cambio de modelo energético, etc.).
Tales planteamientos, hegemónicos en la “nueva izquierda” institucional y en extensos ámbitos de los movimientos sociales, están atrapados en un falso dilema y eluden afrontar el núcleo del problema que aparentemente desean mitigar. Dicho de una forma un poco brutal: “su impotencia deriva de su mojigatería”. El acento puesto en la corrección de las iniquidades (“vivimos en un mundo donde el patrimonio neto de Bill Gates supera el PIB de Haití durante 30 años”) o en la utópica reforma financiera que embride la “fiera rentista” evita enfrentarse con las causas estructurales que las provocan. El agudo crecimiento de la fractura social que reflejan los terribles niveles de desigualdad y la hegemonía de la “máquina de succión” financiera son en realidad síntomas (epifenómenos) de un proceso más profundo: el agotamiento de la base de rentabilidad del capitalismo fordista-fosilista de los “treinta gloriosos” y de su función social legitimadora (combinando el “americanway of life” de la sociedad de consumo con sistemas de protección social a la europea).
Poner el acento en las políticas paliativas y en el control de las finanzas desaforadas (como si fuera posible un sistema posneoliberal, con una distribución del ingreso más equitativa y un sector financiero “domesticado”, al servicio de las actividades productivas, dentro del marco capitalista), ejes neurálgicos de los discursos moderados de los fustigadores de los excesos de la Bestia, omite el análisis –nunca más imperioso que en la actualidad- del funcionamiento de la “sala de máquinas”. Y, a su pesar, el discurso regenerador cae en la sutil trampa tendida por la economía ortodoxa que -con la pretensión de cientificidad que se arroga- trata los problemas distributivos como independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción. Se constituye así un campo de juego “neutral” que logra colar la ilusión de que, con el timonel adecuado, el control del Estado -como pretendido agente reequilibrador-será capaz de voltear las relaciones de poder social a favor de las clases subalternas. Al no explicar los mecanismos reales –y su evolución histórica- a través de los cuales la acumulación de capital esquilma sus fuentes nutricias queda en la penumbra el auténtico foco infeccioso que causa los síntomas que se pretenden combatir: la creciente dificultad de exprimir el jugo del trabajo humano que lo alimenta como sustrato de la violencia creciente –de la cual la impúdica desigualdad y la financiarización rentista son las manifestaciones más visibles- que el orden vigente ejerce sobre el ser humano y su medio natural.
Una prueba indirecta de esa centralidad de los procesos de extracción de riqueza social que se desarrollan en la “sala de máquinas” del capitalismo sería la ocultación sistemática de los mecanismos reales del funcionamiento del reino de la mercancía llevada a cabo por la disciplina que tendría como finalidad primordial desvelarlos. La economía vulgar se contenta, en las fieramente sarcásticas palabras de Marx, con “sistematizar, pedantizar y proclamar como verdades eternas las ideas banales y engreídas que los agentes del régimen burgués de producción se forman acerca de su mundo, como el mejor de los mundos posibles”.
Los ejes sobre los que gira la agudización de la lucha por el producto social (la creciente explotación del trabajo y la exacerbación del imperialismo belicista; la expropiación financiera a través del monopolio de los medios de pago y del imperio de la deuda en manos de la banca privada y la destrucción de los mecanismos redistributivos que el Estado “benefactor” implementó para amortiguar los acerados efectos de los desbridados “mercados libres”) están cuidadosamente ocultos bajo un marco conceptual permeado por la ideología dominante. Su principio axial, como decimos, es la consideración de las leyes que determinan la distribución del ingreso y del excedente social (que eran el objeto fundamental de la economía política para los clásicos: “la ciencia que se ocupa de la distribución del ingreso entre las clases sociales”, en la definición de David Ricardo) como totalmente independientes de las instituciones de propiedad y de las relaciones sociales de producción. Todos los datos relevantes (precios, salarios, beneficios y rentas) del reparto de la “tarta” se obtienen de los maravillosos modelos matemáticos construidos por los apóstoles de la teología económica a mayor gloria de la libertad de mercado y de la soberanía del consumidor. De este modo, los reformistas de nuevo cuño, al priorizar únicamente el eje redistribuidor-paliativo dejando intacta la “máquina de succión” de riqueza social que sigue operando en las calderas del modo de producción, coinciden involuntariamente con uno de los axiomas basales de la teoría ortodoxa: la exclusión de la redistribución de la renta, de las condiciones de producción y de las relaciones de propiedad del campo de la “ciencia” económica para dejarlos en manos de los bienintencionados legisladores y gestores de las políticas públicas (encargados de corregir externalidades y demás impurezas residuales generadas por el cuasi perfecto funcionamiento autónomo de las fuerzas del mercado libre y la iniciativa individual).
La crítica de las “verdades eternas” (“las verdades económicas son tan ciertas como la geometría” pontificaba solemnemente Alfred Marshall) proclamadas acerca del reino del capital por su discurso legitimador debería contribuir a descorrer el velo que camufla cuidadosamente el engranaje interno del régimen de producción de mercancías cuyos dos ejes claves son la agudización de la explotación del trabajo y de la expropiación financiera rentista que propulsa la financiación de colosales burbujas de bienes raíces por parte de la banca privada. Así pues, al contrario de la opinión de Paul Sweezy (que en su texto clásico ‘Teoría del desarrollo capitalista’ justificaba centrarse únicamente en la exposición constructiva del análisis marxista en lugar de dedicar ímprobos esfuerzos a la “ingrata tarea” de una crítica del discurso del capital), desvelarla condición profundamente ideológica de la teología económica debería servir, no sólo para revelar sus flagrantes inconsistencias al servicio de sus intereses de clase, sino sobre todo para evitar que la pusilanimidad y la falta de rigor de una visión superficial de la realidad y de las fuerzas sociales en pugna por parte de las fuerzas progresistas aumenten la sensación de impotencia que amplias capas populares sienten ante la aparente imposibilidad de lograr cotas reales de cambio social.
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viernes, 16 de diciembre de 2016

El nuevo auge del capitalismo de Estado: nuevas exigencias para la internacionalización

Por Enrique Fanjul

domingo, 20 de noviembre de 2016

Los que miran y no ven: Cuba y el “capitalismo de Estado”


“…. en ciertos momentos Lenin se planteaba la idea, incluso, de la construcción del capitalismo bajo la dirección del proletariado. Para tranquilidad de ustedes, desde luego, les digo que no tenemos pensado semejante cosa y no es porque estemos en desacuerdo con Lenin, sino porque las circunstancias son diferentes, puesto que nuestro proceso, que pudo contar con la asistencia del campo socialista y de la URSS, ha avanzado mucho, cuenta con fuerzas muy sólidas y no tiene que plantearse la cuestión en esos términos.” Fidel Castro, 6 de Agosto de 1995.

“Recuerdo haber leído cómo en determinado momento Lenin concebía la construcción del capitalismo bajo la dirección de los trabajadores, de un gobierno de trabajadores. Decía: Hay que construir el capitalismo, hay que desarrollar las fuerzas productivas. Pero fue tal el acoso, las agresiones, el aislamiento y la situación crítica que no le quedó más remedio que aceptar aquel desafío; Marx se habría puesto las manos en la cabeza, realmente.” Fidel Castro, 24 de agosto de 1998.

“Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado…” Fidel Castro, 1 de mayo de 2000.

Los que, se supone, estudian a Cuba no le prestan suficiente atención a las instituciones y prácticas que existen en el país.

La mayoría de estudiosos y reporteros desde el exterior discuten, escriben y prescriben sobre una Cuba imaginaria o imaginada. Se escribe sobre el futuro y muy poco sobre el presente real o el que fue. En otras palabras, no se hacen la pregunta – por ejemplo – :¿Por qué existen gasolineras CUPET y gasolineras ORO NEGRO? ¿Por qué hay dos en vez de una empresa para la venta de gasolina? No se preguntan por qué hay tantos diferentes tipos de taxis: HavanaTaxi, PanaTaxi, etc. Todo se ve como UN Estado controlándolo todo y lo demás, pues, no se analiza. Es más, ni se percibe.

Es obvio que en Cuba existe un capitalismo [casi por completo monopolista] de estado que confronta numerosas dificultades impuestas desde el exterior – particularmente por el gobierno de Estados Unidos.( subrayado de HHC)  Esta descripción no tiene la intención de ser peyorativa, es solamente descriptiva. Este capitalismo de estado, sin embargo, es distribucionista en lo que produce o genera de productos e ingresos. Estos aspectos lo diferencian del capitalismo de estado típico que distribuye las ganancias solo entre los inversionistas privados.

En el capitalismo de estado hay corporaciones que son independientes unas de otras, y pueden responder a diferentes sectores dentro del propio estado. Por ejemplo, el MINFAR tiene empresas (incluyendo el Banco Metropolitano – que es diferente al Banco Popular de Ahorro, que no controla). También tiene el MINFAR una línea de hoteles (Gaviota) y granjas propias. Estas granjas nos demuestran que existe “vertical integration” en diferentes cadenas productivas de la isla. Y esas entidades y cadenas estatales – pero autónomas unas de otras – COMPITEN con otras entidades del estado.

¿Existen posibles contradicciones – en términos marxistas – entre Gaviota y Cubanacan, por ejemplo? ¿Y desde cuándo existen estas instituciones? Comenzaron en 1985. ¿Y quién ha estudiado el proceso económico y político de Cuba en base de estas condiciones? Que es exactamente un “grupo empresarial” (por ejemplo: Azcuba)?

Los que llaman a la introducción de medidas capitalistas en la isla y sueñan con el mercado, están fuera de onda y despistados. Ya esos elementos existen, pero esa no es toda la realidad. Todo es mas complejo y complicado.

Lo que periodistas y numerosos académicos desde el exterior confunden es el capitalismo de corporaciones privadas y no entienden que es exactamente algo diferente la practica del capitalismo de corporaciones paraestatales o estatales. Una gran diferencia, por supuesto, es quien se apropia de las ganancias y cómo lo hace. Las ganancias en el capitalismo privado van – eventualmente – a manos privadas; el capitalismo estatal usualmente se apropia de las ganancias y distribuye parte de esas ganancias entre los administradores y de forma individual o social entre los que trabajan en la empresa o fuera de ella. Ambos tipos pagan impuestos.

Nota: En Cuba existieron precedentes de esta situación – y fueron establecidos por el gobierno de Estados Unidos. Por ejemplo, la Nicaro Nickel Company era una corporación estatal del estado norteamericano. La Nicaro era una subsidiaria en sentido administrativo de Freeport Sulphur Company que a su vez “actuaba” a nombre de Defense Plant Corporation and Metals Reserve Company que eras propiedad del estado norteamericano..

NOTA: el uso del término capitalismo de estado no tiene ninguna intención peyorativa.