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sábado, 13 de enero de 2018

¿Por qué Japón está libre de populismo?



En un momento en que una ola de populismo de derecha está arrasando en Europa, Estados Unidos, India y partes del sudeste asiático, Japón hasta el momento parece ser inmune. No existen demagogos japoneses, como Geert Wilders, Marine Le Pen, Donald Trump, Narendra Modi o Rodrigo Duterte, que hayan explotado los resentimientos acumulados contra las elites culturales y políticas. ¿Por qué?

Quizá lo más cerca que haya estado Japón fue el ex alcalde de Osaka, Toru Hashimoto, que primero se hizo famoso como personalidad de la televisión y luego, en los últimos años, cayó en ridículo cuando elogió el uso de esclavas sexuales en tiempos de guerra por parte el Ejército Imperial Japonés. Sus visiones ultranacionalistas y su aversión a los medios liberales fueron una versión familiar del populismo de derecha. Pero nunca llegó a entrar en la política nacional.

Hashimoto ahora le brinda asesoramiento gratuito al primer ministro Shinzo Abe sobre cómo ajustar las leyes de seguridad nacional. Y allí reside una explicación para la aparente falta de un populismo de derecha en Japón. Nadie podría estar más identificado con la elite política que Abe, que es nieto de un ministro de gabinete de guerra y luego primer ministro, e hijo de un ministro de Relaciones Exteriores. Y, aun así, comparte la hostilidad de los populistas de derecha hacia los académicos, periodistas e intelectuales liberales.

La democracia japonesa de posguerra estuvo influenciada en los años 1950 y 1960 por una elite intelectual que conscientemente pretendía alejar a Japón de su nacionalismo de tiempos de guerra. Abe y sus aliados intentan acabar con esa influencia. Sus esfuerzos por revisar la constitución pacifista de Japón, restablecer el orgullo de sus antecedentes de tiempos de guerra y desacreditar a los medios tradicionales "elitistas", como el periódico de centro-izquierda Asahi Shimbun, les ha valido el elogio del ex estratega de Donald Trump, Stephen Bannon, quien definió a Abe como "un Trump antes que Trump".

En algunos sentidos, Bannon tenía razón de pensar así. En noviembre de 2016, Abe le dijo a Trump: "Logré domesticar al Asahi Shimbun. Espero que usted también logre domesticar a The New York Times". Aunque fuera una broma entre dos líderes supuestamente democráticos, fue vergonzoso.

De manera que se podría decir que hay elementos del populismo de derecha presentes en el corazón del gobierno japonés, representados por el vástago de una de las familias más elitistas del país. Esta paradoja, sin embargo, no es la única explicación para la ausencia de un Le Pen, Modi o Wilders japonés.

Para que los demagogos puedan agitar resentimientos populares contra los extranjeros, los cosmopolitas, los intelectuales y los liberales, deben existir disparidades financieras, culturales y educativas enormes y obvias. Eso fue lo que pasó en Japón a mediados de los años 1930, cuando militares exaltados montaron un golpe fallido que apuntaba a los banqueros, empresarios y políticos que, en su opinión, estaban corrompiendo a la política japonesa.

El golpe estuvo respaldado por soldados que, en muchos casos, se habían criado en zonas rurales pobres. Sus hermanas a veces tenían que ser vendidas a grandes burdeles de las ciudades para que sus familias pudieran sobrevivir. Las elites urbanas cosmopolitas y occidentalizadas eran el enemigo. Y la opinión pública estaba, en gran medida, del lado de los rebeldes.

El Japón contemporáneo puede tener sus defectos, pero hoy es mucho más igualitario que Estados Unidos, India o muchos países en Europa. Los impuestos elevados hacen difícil legar la riqueza heredada. Y, a diferencia de Estados Unidos, donde se hace ostentación de la prosperidad material -el propio Trump lo hace-, los japoneses más adinerados tienden a ser discretos. Japón ha superado a Estados Unidos como un país de clase media.

El resentimiento se alimenta de una sensación de humillación, una pérdida del orgullo. En una sociedad donde el valor humano está medido por el éxito individual y simbolizado por la celebridad y el dinero, es fácil sentirse humillado cuando esto no existe, cuando se es una cara más en la multitud. En casos extremos, individuos desesperados asesinarán a un presidente o a una estrella de rock sólo para figurar en las noticias. Los populistas encuentran respaldo entre esos rostros resentidos en la multitud, gente que siente que las elites la han traicionado al privarla de su sentido del orgullo de su clase, su cultura o su raza.

Esto todavía no ha sucedido en Japón. La cultura puede tener algo que ver con esto. La autopromoción, al estilo norteamericano, se ve con malos ojos. Sin duda, Japón tiene una cultura de la celebridad promovida por los medios masivos. Pero la autoestima no está tan definida por la fama o la riqueza individual sino por ocupar un lugar en una empresa colectiva, y hacer el trabajo que a uno se le asigna de la mejor manera posible.

La gente en las tiendas departamentales parece sentirse genuinamente orgullosa de envolver la mercadería a la perfección. Algunos empleos -pensemos en esos hombres uniformados de mediana edad que sonríen y hacen una reverencia ante los clientes que entran a un banco- parecen ser absolutamente superfluos. Sería ingenuo suponer que estas tareas dan una enorme satisfacción, pero ofrecen a la gente un sentido de pertenencia, un rol en la sociedad, por más humilde que sea.

Mientras tanto, la economía japonesa doméstica sigue siendo una de las más protegidas y menos globalizadas del mundo desarrollado. Existen varias razones por las que los gobiernos japoneses se han resistido al neoliberalismo promovido en Occidente desde los años de Reagan/Thatcher: intereses corporativos, privilegios burocráticos y política clientelista de diferente tipo. Pero preservar el orgullo en el empleo, en el costo de la eficiencia, es una de ellas. Si esto sofoca a la empresa individual, que así sea.

El thatcherismo probablemente haya hecho que la economía británica fuera más eficiente. Pero al aplastar a los sindicatos y a otras instituciones establecidas de la cultura de la clase trabajadora, los gobiernos también han eliminado los motivos de orgullo de la gente que suele hacer trabajos desagradables. La eficiencia no crea un sentido de comunidad. Quienes hoy se sienten a la deriva le echan la culpa por su situación a las elites más educadas y a veces más talentosas -y que, por ende, pueden progresar en una economía global.

Una de las consecuencias más irónicas es que mucha de esa gente en Estados Unidos ha elegido como presidente a un multimillonario narcisista que hace alarde de su riqueza, de su éxito personal y de su genialidad. Es poco probable que algo así suceda en Japón. Tal vez aprendamos algo valioso si reflexionamos sobre los motivos de por qué esto es así.

En defensa del populismo económico


CAMBRIDGE – Los populistas aborrecen las restricciones al poder ejecutivo. Puesto que dicen representar al “pueblo” en su totalidad, consideran que todo límite a su ejercicio del poder atenta contra la voluntad popular, y sólo puede estar al servicio de los “enemigos del pueblo”: las minorías y los extranjeros (para los populistas de derecha) o las élites financieras (en el caso de los populistas de izquierda).


Es una forma peligrosa de entender la política, porque permite a una mayoría pisotear los derechos de las minorías. Sin separación de poderes, sistema judicial independiente y libertad de prensa (algo que todos los autócratas populistas, desde Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdoğan hasta Viktor Orbán y Donald Trump detestan) la democracia degenera en tiranía de quien acierte a estar en el poder.

En el populismo, las elecciones periódicas se vuelven una cortina de humo. En ausencia del Estado de Derecho y de las libertades civiles básicas, los regímenes populistas pueden prolongar su reinado manipulando medios y tribunales a su antojo.

La aversión de los populistas a los límites institucionales se extiende a la economía, donde el ejercicio del pleno control “por el bien del pueblo” no admite que se interpongan organismos reguladores autónomos, bancos centrales independientes o las normas del comercio internacional. Pero mientras que en el ámbito político el populismo es casi siempre pernicioso, hay ocasiones en que el populismo económico se justifica.

Comencemos por analizar los motivos que puede haber para restringir la política económica, algo que suele ser del agrado de los economistas, porque cuando la definición de políticas es totalmente dependiente del tira y afloja de la política interna pueden producirse resultados sumamente ineficientes. En particular, la política económica suele padecer lo que los economistas llaman inconsistencia temporal: es común que los intereses inmediatos impidan la implementación de políticas que son mucho más deseables a largo plazo.

Un ejemplo de manual es la política monetaria discrecional. Cuando un político tiene poder para emitir dinero a voluntad, puede ocurrir que decida generar una “inflación sorpresa” para estimular la producción y el empleo en lo inmediato, por ejemplo, antes de una elección. Pero esto es contraproducente, porque las empresas y los hogares ajustan las expectativas inflacionarias, y al final, lo único que se consigue es más inflación sin ninguna mejora de la producción o el empleo. La solución es un banco central independiente, aislado de la política, que sólo deba cumplir el mandato de mantener la estabilidad de precios.

Los costos del populismo macroeconómico son bien conocidos por la experiencia latinoamericana. Como señalaron hace años Jeffrey D. Sachs, Sebastián Edwards y Rüdiger Dornbusch, las políticas monetarias y fiscales insostenibles fueron la ruina de la región hasta que en los noventa comenzó a prevalecer la ortodoxia económica. Las políticas populistas producían periódicamente graves crisis económicas, que perjudicaban especialmente a los pobres, hasta que para cortar el ciclo, la región se volcó a las normas fiscales y a los ministros de finanzas tecnocráticos.

Otro ejemplo es el tratamiento oficial de la inversión extranjera. En cuanto una empresa extranjera hace una inversión, queda básicamente cautiva de los caprichos del gobierno anfitrión, que olvida fácilmente las promesas que hizo para atraerla, y las reemplaza por políticas que la exprimen en aras del presupuesto nacional o de las empresas locales.

Pero los inversores no son estúpidos y, por temor a que pase esto, invierten en otra parte. La necesidad de credibilidad de los gobiernos llevó entonces a la aparición de tratados comerciales con cláusulas de arbitraje de disputas entre estados e inversores, que permiten a las empresas demandar a los gobiernos en tribunales internacionales.

Todos estos son ejemplos de restricciones a la política económica en la forma de delegación de poderes a organismos autónomos, tecnócratas o reglas externas. Según esta descripción, cumplen la valiosa función de impedir que quienes ejercen el poder apliquen políticas imprudentes que sólo los perjudican.

Pero también puede ocurrir que las restricciones a la política económica traigan consecuencias menos benéficas. En particular, si son restricciones instituidas por grupos de intereses especiales o élites para consolidar su control permanente de la formulación de políticas. En esos casos, la delegación a organismos autónomos y la sujeción a normas internacionales no están al servicio de la sociedad, sino de una estrecha casta de “iniciados”.

Uno de los motivos de la reacción populista actual es la creencia (no del todo injustificada) de que la segunda descripción es aplicable a buena parte de la política económica de las últimas décadas. Las negociaciones comerciales internacionales han estado cada vez más supeditadas a la influencia de corporaciones multinacionales e inversores, lo que dio lugar a regímenes globales desproporcionadamente favorables al capital en detrimento de los trabajadores. Ejemplos claros son las normas estrictas sobre patentes y los tribunales internacionales para inversores. Otro es la captura de los organismos autónomos por las industrias que supuestamente deben regular. Los bancos y otras instituciones financieras han sido especialmente capaces de salirse con la suya y establecer reglas que les dan total libertad de acción.

Los bancos centrales independientes fueron actores fundamentales para controlar la inflación en los ochenta y los noventa; pero en el actual entorno de baja inflación, su insistencia en la estabilidad de precios imparte un sesgo deflacionario a la política económica, y está en tensión con la generación de empleo y el crecimiento.

Es posible que esta “tecnocracia liberal” esté en su apogeo en la Unión Europea, donde las normas y regulaciones económicas se diseñan a considerable distancia de la deliberación democrática nacional. Esta divergencia política (el llamado “déficit democrático” de la UE) ha dado lugar en casi todos los estados miembros al surgimiento de partidos políticos populistas y euroescépticos.

En estos casos, bien puede ser deseable flexibilizar las restricciones a la política económica y devolver poder de decisión a los gobiernos electos. En tiempos excepcionales se necesita libertad para experimentar con la política económica. La historia nos ofrece un excelente ejemplo con el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Para llevar a cabo sus reformas, FDR tuvo que eliminar las ataduras económicas impuestas por jueces conservadores e intereses financieros en el plano interno, y por el patrón oro en el plano externo.

Debemos estar siempre en guardia contra el populismo que asfixia el pluralismo político y debilita las normas de la democracia liberal. El populismo político es una amenaza que debe evitarse a toda costa. Pero a veces el populismo económico es necesario; de hecho, en momentos así, puede ser el único modo de anticiparse a su pariente político, que es mucho más peligroso.

Traducción: Esteban Flamini




Dani Rodrik is Professor of International Political Economy at Harvard University’s John F. Kennedy School of Government. He is the author of The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy, Economics Rules: The Rights and Wrongs of the Dismal Science, and, most recently, Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy.